jueves, mayo 17, 2012

Un mundo aparte, Gustaw Herling-Grudzinski

Trad. Agata Orzeszek / Francisco Javier Villaverde González. Prol. Jorge Semprún. Libros del Asteroide, Barcelona, 2012. 360 pp 22,95 €

 
Ángeles Prieto

 
En estos tiempos en que es frecuente encontrar manipulaciones históricas, a manos de opinadores de todo tipo e ideología y sin formación, la durísima lectura de este libro es más que necesaria. Porque estamos ante un desgarrado testimonio de primer orden condenado inquisitorialmente al olvido desde su aparición, pese a que viniera acompañado de un prólogo de Bertrand Russell en su primera edición en lengua inglesa, allá por 1951. El mismo Albert Camus batalló sin éxito alguno a fin de que fuera publicado este libro en Francia. No lo consiguió.
Al mismo Gustaw le resultaría aleccionador, además de irónico, que la difusión de su obra en Rusia no pudiera hacerse realidad hasta 1990, sólo después de la caída del muro y del gran aldabonazo que sobre el régimen soviético diera Solzhenitzyn con su Gulag. Quizá porque tuvieron que ser los propios rusos, y no un polaco, quiénes mostraran a Occidente todo el horror del régimen totalitario que debieron padecer, a idéntico nivel que el nazismo, aunque superado éste en términos estadísticos por los Soviets dado que cuarenta millones de personas fueron deportadas a Siberia. Escasa diferencia encontramos también entre los campos de concentración germanos y la extenuación por hambre y trabajos forzados en aquellos infiernos helados: la destrucción absoluta de la individualidad, los niveles de degradación alcanzados fueron los mismos. Y destaquemos también que la cerrazón de cierta intelectualidad europea a no querer asumir lo que allí estaba ocurriendo, en la proclamada patria de la igualdad y la justicia social, se impuso hasta el final.
El caso es que sumidos en el dolor más absoluto y desesperanzado, junto al testimonio organizado, inteligente y perspicaz que nos transmite Gustaw sobre la supervivencia en los campos, en medio de la traición, la delación y la culpa reinantes, siempre surge algo que nos redime, que nos permite distraer la mirada del horror para hacerlo quizá más ostensible. Porque a lo largo de esta obra autobiográfica se desliza una mirada perspicaz pero también compasiva, conocedora de esa empatía sabia, necesaria piedad, que sólo conseguimos encontrar en la mejor literatura: un libro jalonado de hermosas impresiones personales y de edificantes historias de muchos personajes anónimos que no tuvieron nunca la oportunidad de huir.
Más allá de un documento histórico estamos ante una obra mayor que nos conmueve profundamente. Y también nos debe motivar. Pues no sólo somos las quejumbrosas víctimas de una crisis económica, sino también los herederos de una Europa que se desgarró a sí misma en dos demencias crueles, alcanzando entonces unos niveles de degradación, envilecimiento y abyección jamás vistos y que consiguió remontar el vuelo derrotando utopías, gracias al trabajo, la solidaridad, la justicia y el respeto a los derechos humanos. En esa lucha de la razón, hemos de seguir con firmeza. Y ese es el valiente legado que nos transmite esta obra maestra.