viernes, septiembre 03, 2010

La tierra sin alma, James Stern

Trad. Sonia Fernández Ordás. Ediciones del Viento, A Coruña, 2010. 184 pp. 18 €

Óscar Esquivias

Christopher Isherwood, en su obra autobiográfica Christopher y su gente, dedica el siguiente párrafo a James Stern:

Christopher encontraba simpático a Jimmy Stern porque era un hipocondríaco como él [...]; porque era gruñón, un humorista flaco irlandés; porque su rostro despierto y preocupado era extrañamente atractivo; porque había sido jinete de carreras en Irlanda, camarero en Alemania y granjero en el páramo surafricano; porque sentía un pánico mortal a las serpientes y en cierta ocasión había recibido el mordisco de una [...]; porque había escrito un extraordinario libro de cuentos titulado «The Heartless Land».

Cualquier obra que Isherwood recomiende, me interesa, y más tras un apunte tan simpático de la personalidad y la vida de su autor. Pero The Heartless Land era un libro inencontrable, que había desaparecido por completo de la circulación. En inglés, no se había reeditado desde su aparición en los años 30 y jamás se había traducido al castellano, así que tuve que resignarme a quedarme sin conocer estos cuentos del escritor de rostro atractivo que tenía pánico a las serpientes. Hasta hoy.
La tierra sin alma es el título con el que Sonia Fernández Ordás ha traducido un libro realmente desalmado y descorazonador, pero tan apasionante y bien escrito que ningún lector será capaz de borrarlo de su memoria. El autor transmite sus impresiones sobre África del Sur, territorio donde se ambientan todos los relatos. El mundo literario de Stern está a medio camino entre el de Somerset Maugham (con sus jovencitos virginales que abandonan la metrópoli para instalarse en los territorios extremos del Imperio británico) y el de Joseph Conrad (su paso a la madurez se convierte en un proceso de degradación). En la sociedad colonial descrita por Stern no hay lugar para la justicia, las emociones puras o la alegría. Domina un ambiente opresivo lleno de violencia, aburrimiento, suciedad y racismo. Estos jóvenes se enfrentan al mal absoluto, se ven obligados a madurar en un infierno donde están solos, a merced de lo peor de la condición humana. Quizá no por casualidad, en uno de los cuentos un muchacho lleva a África Moby Dick: los protagonistas de La tierra sin alma vienen a ser los equivalentes modernos del grumete Ismael. Todos se enfrentan con una bestia poderosa que está a punto de matarlos.
Stern no sólo pinta con colores oscuros. En su prosa –sobria, certera, poderosa– abundan los destellos de emoción y de simpatía. Describe de forma vivaz, con gran inmediatez, no sólo los sentimientos de sus protagonistas –es un gran creador de personajes–, sino el paisaje, los olores, el clima, las sensaciones más pequeñas. Una fiesta en la ciudad (en la que una orquestilla toca El Danubio azul y el público baila), un viaje en el tren correo, el croar de las ranas durante el atardecer africano, la vida cotidiana en las granjas... todo esto está narrado con una naturalidad, persuasión y encanto maravillosos. Y, desde luego, uno acaba comprendiendo el pánico del autor por las serpientes.
Yo he terminado la lectura de La tierra sin alma muy conmovido, casi tan perturbado como los personajes de Stern, quienes tras su larga navegación desde Europa hasta Ciudad del Cabo no acaban de acostumbrase a pisar tierra firme. Así estoy yo, un poco aturdido, sin atreverme a escoger otro libro, temeroso de que cualquiera que venga después me decepcione.

jueves, septiembre 02, 2010

Necrópolis, Boris Pahor

Trad. Barbara Pregelj. Anagrama, Barcelona, 2010. 264 pp. 17,50 €

Julián Díez

Hay numerosas diferencias entre Necrópolis y otros libros dedicados a describir la actividad genocida nazi. En primer lugar, éste no trata acerca del holocausto judío, sino sobre las vivencias de un antifascista enviado a campos de trabajo, donde murieron más de tres millones de personas no directamente exterminadas, sino por agotamiento e inanición. Es, por tanto, otra historia distinta, complementaria, ni mejor ni peor. Además, es una narración en primera persona en la que no hay grandes reflexiones globales. Sólo la descripción, detallada y vívida, del dolor. De días, meses, años de carencias. Del intento de demoler a individuos en su condición de tales, para conseguir en algunos casos que emergieran precisamente las mejores cualidades de la humanidad. Sin testigos, hasta que Boris Pahor nos permite convertirnos en tales.
Pahor inició su periplo por distintos recintos del horror en el campo de concentración de Struthoff, en Alsacia, y el libro comienza cuando vuelve a ese lugar para visitarlo veinte años después, junto a un grupo de turistas. El contraste entre el comportamiento despreocupado de los visitantes y las pinceladas de recuerdos del escritor esloveno es la primera bofetada del libro. Después, nos sorprenderá con una galería de personajes descritos apenas a través de sus comportamientos, identificados por un nombre de pila y la nacionalidad. Gente de ideas políticas contrarias al fascismo que tuvo la oportunidad de poner en marcha con su comportamiento vital esas ideas de solidaridad que hoy a veces nos parecen manoseadas, tan gastadas.
Y es que en Necrópolis destaca sobre todo un choque: frente al estilo sombrío de Pahor, austero pero denso, las acciones de sus compañeros brillan con un mensaje de optimismo. En medio del horror, de las descripciones físicas tan escuetas como siniestramente sugerentes, al final el libro se cierra dejando el recuerdo de un croata alegre capaz de poner una sonrisa en medio del caos, del médico noruego sacrificado, del pillo esloveno que engañó algún tiempo a los carceleros.
El otro aspecto relevante del libro, como ya adelantaba, es su falta de juicios. Pahor parece estar por encima de la necesidad de hacer valoraciones del comportamiento de los nazis, o de hurgar deliberadamente en detalles escabrosos para satisfacer el morbo, tan característicos de esos libros sobre el Holocausto que se hicieron populares en los setenta. El estaba allí, lo cuenta, dice lo que sentía. No hay mucho más que añadir a semejante experiencia, salvo el propio entendimiento, la empatía del lector.
Para terminar, incidiré en otro punto que creo importante. La razón básica que llevo a Pahor a un campo de concentración y que le ha mantenido como un escritor casi desconocido en Europa pese a la calidad de esta obra es su condición de esloveno nacido en Italia. Perteneciente a una minoría, poseedor de una lengua distinta, ha visto como su cultura ha sido perseguida durante décadas y no ha renunciado a ella. Hoy se le considera un ejemplo. Convendría la lectura de este libro en esa clave, bajo esos términos, para cuantos pretenden imponer o minusvalorar sentimientos de esas características en nuestro entorno cercano. Para poder interpretarlos de una puñetera vez como una interesante fuente de diversidad, como un elemento de riqueza, en lugar de un estorbo a ficticias e imposibles ideas de uniformización forzosa.

miércoles, septiembre 01, 2010

Bajo el influjo del cometa, Jon Bilbao

Salto de Página, Madrid, 2010. 249 pp. 19,50 €

José Gutiérrez Román

Precisión. Esa es la palabra que mejor define esta colección de cuentos. La precisión entendida como «concisión y exactitud rigurosa en el lenguaje, estilo, etc.» (donde Jon Bilbao demuestra ser un maestro), pero también la precisión que aparece en otra de sus acepciones, esto es, la «obligación o necesidad indispensable que fuerza y precisa a ejecutar algo». Porque es esa “obligación” interior (a veces misteriosa y a veces nacida de lo trivial) la que empuja a los personajes de estos relatos a visitar sus abismos particulares. Por ejemplo, el descubrimiento de unos vecinos leyendo la biblia conduce a los protagonistas del primer cuento a una espiral de espionaje que acabará por retratarles también a ellos. En “Una victoria parcial”, una pareja regresa a una playa solitaria donde cinco años antes fueron dichosos; el reencuentro con aquel paisaje, donde ahora hallan una ballena muerta, les incita a descifrar sus dilemas. El protagonista de este cuento confiesa que es «una persona que concede importancia a las señales», y quizá esta sea otra de las constantes del libro: la presencia de elementos simbólicos que provocan, de un modo u otro, que los personajes se revuelvan en su interior. Así, en el relato que da título al libro, el paso de un cometa deja, misteriosamente, algunas zonas sin suministro de luz, lo cual servirá para mostrar los aspectos más oscuros de sus habitantes.
Mención aparte merecen los dos relatos más sobresalientes del conjunto: “Soy dueño de este perro” y “Un padre, un hijo”. El primero narra una historia desasosegante, donde el dueño de un perro tendrá que enfrentarse con sus dudas sobre el posible instinto criminal de su mascota. “Un padre, un hijo”, por su parte, presenta el incómodo viaje que padre e hijo emprenden a la tumba de su mujer y madre respectivamente, muerta muchos años antes. El cuento está rematado con un final excepcional, de los que no se olvidan. Jon Bilbao demuestra que no sólo domina la técnica narrativa, sino que además sabe desentrañar como pocos los entresijos de las relaciones personales de pareja, familiares o entre vecinos.
Quienes ya hayan leído su anterior libro de cuentos (Como una historia de terror), o quienes piensen hacerlo, encontrarán cierta continuidad en los textos de ambos libros, lo cual, a mi entender, es una virtud. Podemos decir que en los cuentos de Jon Bilbao existe una unidad paisajística que abunda en los bosques, los escenarios costeros o la presencia de animales (casi siempre como preludio de algún acontecimiento perturbador). También nos encontramos con parecidos individuos aislados, o con pequeños incidentes cotidianos que desvelan los confusos mundos internos y externos de las personas. Los cuentos de ambos volúmenes podrían intercambiarse unos con otros y el resultado sería igual de bueno. Bajo el influjo del comenta no hace sino ahondar con acierto en ese inquietante territorio literario de lo desconocido dentro de nosotros. Pocos libros son capaces de diseccionar la compleja simplicidad del ser humano con la precisión con que lo hacen estos ocho relatos. Precisión, esa es la palabra. Por ello, leer a Jon Bilbao es uno de los mejores regalos que cualquier lector puede hacerse hoy en día.