miércoles, marzo 18, 2009

Moleskine. (Selección de relatos, 1999-2006), Guillermo Busutil

Prólogo Héctor Márquez. Las 4 estaciones, Málaga, 2009. 156 pp. 10 €.

Marta Sanz

Guillermo Busutil ha hecho casi de todo en ese circo de tres pistas que llamamos espacio cultural. En el ámbito del periodismo habrá sido a menudo domador de leones y encantador de serpientes; en la gestión cultural, un eficiente maestro de ceremonias; y, en la creación literaria, que es por lo que hoy estamos aquí, yo veo a Busutil como un funámbulo sobre la delgadez del alambre, quizá como un trapecista que dibuja tres mortales consecutivos en el precipicio del aire sin que, debajo de su cuerpo, se extiendan redes que puedan amortiguar la caída y salvarlo de morir.
En una época en el que se dice que el cuento es un género ninguneado por las editoriales —no por los lectores ni por los críticos: nadie se enzarza en discusiones bizantinas para establecer jerarquías absurdas entre los movedizos géneros literarios—, Busutil recoge algunos de los relatos escritos entre 1999 y 2006, y en su selección, deja claro que, más allá del lugar que ocupe el cuento en el campo de la literatura actual, dentro de la habitación de los cuentistas, la tradición con la que él entronca poco tiene que ver con ese realismo minimalista de Carver que durante décadas ha sido marca de prestigio en el código genético de los autores de relatos.
Podemos imaginar muy bien a Busutil tomando notas en su cuaderno Moleskine, releyéndolas, cambiando una palabra por otra que exprese una textura o una sonoridad distintas, otro concepto u otras asociaciones. La radicalidad de los relatos de Busutil reside en una extrema preocupación por el lenguaje que posiblemente se relaciona con el hecho de que este escritor polifacético es también poeta. Por eso, en el punto concreto de la habitación de los cuentistas situada en algún lugar específico del campo de la literatura española actual, en la habitación donde Busutil escribe en su cuadernito Moleskine, yo he visto una colección de retratos del modernismo, de un lado y de otro del océano Atlántico, y he escuchado una música que me hacía recordar esos textos de Azul donde la supuesta saturación naturalista desemboca en una preocupación por el lenguaje y por la sensorialidad que no deja de ser profundamente ética.
Moleskine incluye, además del prólogo de Héctor Márquez que con tino se titula “El novelista condensado”, nueve cuentos: “El asesino del Atlántic” se remonta a uno de esos agujeros oscuros en los que se construye la culpa y habla de los modos diferentes de ver a una misma persona y quizá también a nosotros mismos; “Manos de plata” es una estampa, castiza y decadente, incluso bohemia, de una realidad estilizada por la literatura –una estilización subrayada que nos obliga a su inmediata interpretación- donde los dos dualistas de la historia son un carterista y un inspector muy guapo; “El puente del arquitecto” son palabras alrededor del vórtice de una hermosa escena homoerótica y, como todos los cuentos de vampiros, una historia de amor, de muerte y posesión, que se remata con una economía y una lucidez, con una imagen que es igual a la ausencia de la misma; en “Un paraguas amarillo” escuchamos la música de Los paraguas de Cherburgo —yo aún recuerdo la carátula del single que se editó en España, con Catherine Deneuve, menos rubia que de costumbre, bajo la lluvia— ambientando un encuentro sentimental, fantasmagórico y feliz en el ómnibus; un limpiabotas lleva la voz cantante en “Maurice”: con ella desgrana una historia de amor-pasión en la que cada zapato es una metonimia de la identidad porque es bastante evidente que el trabajo hace al hombre; “La despedida danesa” es casi un homenaje a Andersen no exento de humor de negro: pérdidas, rencores, traumas y accidentes en el nudo, siempre complicado, de las relaciones paterno-filiales. Dejo, para el final, el comentario de tres relatos, en mi opinión, exquisitos: en “Golpe de sol sobre el tapete de hule de azul” la elocución pictórica se conecta con una precisión que tiene que ver con el detallismo y no tanto con la economía de medios; un cuento en el que Busutil se rebela contra un canon reduccionista y pinta un sangriento bodegón, una colección simultánea de naturalezas muertas, según los parámetros del cubismo pero con los colores de los artistas fauve. “El salto del ángel” es la pieza elegíaca de Moleskine: en él un personaje le pide a otro que le recuerde siempre el que fue el momento más feliz de su vida. Por si acaso él llegara a olvidarlo... Por último, “Melville” se atreve con un final climático como feliz colofón a una metáfora sobre el aburrimiento sexual. “Melville” cierra orgasmáticamemte la colección: cuando lean el libro de Busutil, se darán cuenta de que el adverbio “orgasmaticamente” no es una voluta retórica.
Hay que tener mucho arrojo para escribir como un escritor, saltándose las normas que configuran la ortodoxia respecto al cuento instaurada por algunos suplementos literarios y por ciertos talleres de escritura creativa. Eso es exactamente lo que el trapecista Busutil lleva a cabo con los triples mortales que encierra su Moleskine.

martes, marzo 17, 2009

Aunque seamos malditas, Eugenia Rico

Suma de Letras, Madrid, 2008. 400 pp. 18 €

Luis García

Eugenia Rico es un valor seguro. Literario, como no. Y Aunque seamos malditas, su reciente novela, está llamada a conformar ese necesario fondo de armario que todo lector exigente precisa. La historia se desarrolla en un inhóspito territorio irreconocible pero con guiños a la Asturias profunda, la de nuestros ancestros, un mundo en el que el tiempo parece haberse detenido. Mágica donde las haya, nos envuelve desde el comienzo en un halo de misterio, en un triangulo del que parecen no poder salir ni Ainur, ni Selena, las dos protagonistas principales. Dos voces para un mismo personaje. Dos voces que se reencuentran con idéntico estigma pero con un margen de siglos. Una única persona que sufre el mismo desprecio.
La historia, que es caprichosa, tiene la virtud de repetirse, y las personas, que somos crueles, de ser la mano ejecutora de dicha virtud. Porque Ainur y Selena son la misma persona pero viviendo la misma tragedia desde sus respectivos orígenes. «Antes preferiría ser la hija del Diablo» dicen Selena y Ainur con cuatro siglos de diferencia. Dos mujeres odiadas y envidiadas por la misma razón. Dos mujeres que son una.
La novela esta plagada de referencias y frases que la justifican por si sola. «Cuando se tiene dinero (dice Ainur) el dinero es como un colchón de plumas. No cambia la realidad, la acolcha». (Pag. 36). Y es que el dinero «no puede borrar los recuerdos». Unos recuerdos que la arrastran desde su Barcelona adoptiva, el acoso laboral y sexual, los repetidos insultos (bruja, bruja….) hasta su Asturias natal, esa aldea mágica en la que nació y creció y fue perseguida Selena, su doble, su abuela, ella misma.
El paralelismo entre Selena y Ainur no acaba aquí. En los aquelarres, la víctima era extendida desnuda sobre el ara de piedra para satisfacción de los sacerdotes, y desnuda, era poseída y torturada cruelmente. Ainur, por su parte, es acusada de haber propiciado una orgia en su oficina y de haber satisfecho los mas bajos instintos de sus compañeros, después (o antes, que mas da) de haber sufrido un intento de violación por parte de su jefe. Y digo que da igual, después o antes, porque Ainur, como Selena ya era una violada y ultrajada en vida, ya era una bruja. Ambas estaban malditas, y lo sabían.
Uno de los personajes más enigmáticos de la novela, pero a la vez más entrañables, es el farero, que intenta con su luz alumbrar el camino a ambas, que a su vez también se ha visto injustamente condenado por una sociedad cruel. El farero resulta imprescindible porque como ellas, también fue quemado en la hoguera. Por eso se entienden tan bien, por eso Ainur se oculta en su regazo. Por eso.
La novela avanza fragmentariamente, algo que no debe extrañar a los lectores de Eugenia Rico (resulta interesante que la propia autora se convierta en personaje colateral del libro) y lo mas importante, la historia nos envuelve como lo hicieron en su momento las novelas de las hermanas Brontë, las mágicas historias de aquellos que supieron darle cuerpo de verosimilitud y realidad a territorios mágicos como Rulfo, Faulkner o Luis Mateo Díez, y nos recuerda a poco que nos fijemos que por encima de la denuncia social imperante, por encima de aquellas falsas acusaciones que todos podemos sufrir en algún momento de nuestras vidas, se encuentra la verdad, y como no, una escritora valiente, de raza, capaz de entender la literatura como pocos autores en este país.
No estoy de acuerdo con quien dice que Aunque seamos malditas es una novela oscura. Todo lo contrario. Creo que es una obra en la que impera la luz, una luz mágica que alumbra a Selena, a Ainur, al farero, a Casilda, a Consuelo, a Eugenia... Una gran novela para unos tiempos de crisis e indecisión.

lunes, marzo 16, 2009

Vidas y muertes de Luis Martín Santos, José Lázaro

Tusquets, Barcelona, 2009. 449 pp. 25 €

Pedro M. Domene

El lamentable accidente que acabó con la carrera literaria de Luis Martín Santos (1924-1964) y la abundante bibliografía que durante estos casi cincuenta años se ha publicado en torno a Tiempo de silencio (1962), ha oscurecido de alguna manera la vida y la personalidad del escritor-psiquiatra que ya entonces gozaba de una insólita reputación como médico, militante antifranquista e intelectual comprometido y que ahora, de alguna manera, se completa con la extraordinaria biografía Vidas y muertes de Luis Martín Santos, de José Lázaro, profesor de Humanidades Médicas en la Universidad Autónoma de Madrid. La obra ha recibido el prestigioso XXI Premio Comillas de Biografía, e indaga y profundiza, de una manera pormenorizada, en la vida privada y pública del escritor, cotejando documentos y testimonios, destacando las múltiples facetas de la personalidad del autor de Tiempo de destrucción (1975). Tiempo y memoria se funden en esta obra para ofrecer una diversidad de miradas en la compleja e interesante vida y obra de Luis Martín Santos.
Lo primero que nos llama la atención del presente libro, además de ser una extraordinaria biografía, en un país donde no existe tradición para el género, es el propio título puesto que en un escritor podemos vislumbrar una multiplicidad de vidas, aunque ignoramos si puede haber otras tantas de una misma muerte, aunque en el caso de Martín Santos, su desaparición coincide con un accidente de tráfico con el que, entonces, no se dejaron de conjeturar hipótesis como las de un suicidio o un crimen, posibilidades que ahora se despejan en Vidas y muertes de Luis Martín Santos, episodio que José Lázaro documenta sobradamente. La vida del escritor no podría discurrir por mejores senderos: estaba casado felizmente, tenía tres hijos, era un notable psiquiatra y director del Sanatorio de San Sebastián, había publicado con mucho éxito Tiempo de silencio y estaba acabando su segunda novela, Tiempo de destrucción, en realidad, por el propio título, una sombría mueca del destino porque nunca llegaría a verla publicada. Sin embargo, en marzo de 1963 moría su esposa en extrañas circunstancias, y unos meses más tarde, en enero de 1964 él mismo. El índice del libro ofrece una pormenorizada visión del escritor, reconstruyendo su muerte: viaje, accidente, entierro, para seguir con aspectos significativos: el hombre y las peculiaridades en torno a esa figura paterna, una infancia aislada, los estudios universitarios, ciertas peculiaridades vascas o, desde un punto más humanista, la realidad literaria del momento. El buen trabajo realizado por Lázaro se sustenta en los testimonios de las personas que conocieron al escritor muy de cerca, compartieron su vida privada y profesional, el relato de sus hijos, de su hermano, algunos amigos íntimos y colegas en el ámbito profesional y literario. Conocemos de primera mano, su vinculación socialista, con las detenciones, los interrogatorios y posterior ingreso en la cárcel, la memoria de la guerra civil y, finalmente, cierto desencanto político. Otra faceta interesante es la del «escritor» y en cierto modo, entrecomillo la palabra, porque quizá es una de las facetas que habría que destacar después del sobresaliente tratamiento de su novela, Tiempo de silencio, en una época, además, en la que España resurgía tras una dura postguerra y literariamente había que reconstruirlo todo, a lo que él contribuyó notoriamente. Cuando apareció su novela, autores de la talla de Juan Goytisolo, Mario Vargas Llosa, Jaime Gil de Biedma, el propio Carlos Barral y Carmen Martín Gaite, defendieron sus valores, aunque también hubo voces disidentes; en los apéndices se publica la primera reseña que José Luis Torres Murillo escribió sobre la novela, así como notas de prensa sobre la muerte, textos psiquiátricos inéditos y una correspondencia editorial sobre su obra; los nombres de Benedetti y Castilla del Pino, sobresalen en este apartado.
Cuando uno termina de leer los capítulos y los apartados de algunos silencios notables en la biografía de Martín Santos, la imagen completa del escritor resulta de lo más nítido, un hombre de una personalidad tan arrolladora como sorprendente, de una inusitada vitalidad y actividad social, muy analítico por su profesión y por su vocación literaria; la imagen real que proyecta la presente biografía es la de un líder nato de frustada proyección por su temprana desaparición. En cuanto a la técnica utilizada por el autor, se refiere a los personajes que va convocando en tercera persona, lo que hace del texto una lectura seudonarrativa que para nada favorece, en algunos aspectos, su lectura. Hay una necesidad de establecer unos claros criterios entre la oralidad de las transcripciones grabadas, las entrevistas reproducidas, y lo que realmente aporta el autor con su propia prosa, deslindando claramente los procedimientos de cada uno de ellos. Es un simple detalle de estilo y nada más. Sin embargo, el resultado de Vidas y muertes de Luis Martín Santos, convierte al libro en un espléndido acercamiento a la vida de este singular hombre, permite conocer al curioso aspectos biográficos desconocidos, de un autor de culto, referencia hoy inexcusable de la narrativa española de la segunda mitad del siglo XX.

viernes, marzo 13, 2009

La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, Stieg Larsson

Trad. Martin Lexell / J. J. Ortega Román. Destino, Barcelona, 2008. 749 pp. 22,50 €

Care Santos

La leyenda acompaña a la trilogía Millenium, de la que ésta es la segunda entrega. Cuentan de su autor, un periodista comprometido en la persecución de viejos nazis de apenas 50 años, que murió en la escalera de su editor cuando salía de entregarle el tercer volumen de la serie, que aún no ha visto la luz en nuestro país. Sus libros, revelación de las letras suecas, fasto de las letras europeas, celebración para la novela de género negro, han causado una verdadera revolución en toda Europa. Ya hay agencias de viajes que organizan «tours Larsson» para conocer los escenarios de sus novelas. La versión cinematográfica de la primera entrega —Los hombres que no amaban a las mujeres— se estrenó en Suecia el pasado 27 de febrero y promete otro tsunami de desbordada pasión por parte de los espectadores de todo el mundo. La reclamación de los sustanciosos derechos enfrenta en los tribunales de su país a los padres y la pareja de hecho del autor. Y lo mejor de todo es que los libros merecen tanto revuelo. Qué gusto da escribir algo así.
La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina es el segundo caso protagonizado por Mikael Blomkvist y —sobre todo, sobre todo— Lisbeth Salander, la pareja que ya centró la primera novela. Para quienes no estén familiarizados con el asunto, procedo a las presentaciones. Él es un periodista noblote, mujeriego y muy comprometido con la persecución de los antiguos capos nazis. Se parece tanto al propio Stieg Larsson que lo más probable es que sea mucho menos él de lo que deseamos creer sus lectores. Lisbeth es una muchacha de pasado turbulento, casi anoréxica, que en la primera novela conocíamos llena de tatuajes y piercings, insuperable hacker e investigadora astuta. Y al mismo tiempo es uno de los personajes femeninos más logrados que he conocido jamás en mi vida de lectora. Ella sola justifica la lectura de estas novelas. Cuando ella desaparece del escenario —y en esta segunda novela lo hace durante casi 300 páginas— el lector se queda desconsolado, huérfano, esperando su regreso. Qué gran logro el de su autor. Con esta pareja tan heterogénea, que cumplen del todo aquella premisa de Wilde de ser una mujer con pasado y un hombre con futuro, urde Larsson esta segunda entrega, en la que continúa con la vida de los personajes en el punto en que la dejó la primera novela para plantear otra trama que nos llevará a bucear en aquello que estamos deseando desde la página 47 de la primera entrega: el pasado de Lisbeh.
Como curiosidad, se repite también el título largo y difícil de digerir y la portada (con perdón) horrorosa. Algunos editores ya utilizan estos libros como ejemplo de hasta qué punto un mal título y una cubierta feísima no importan en absoluto a la hora de decantar el gusto de los lectores. Desde luego, no les falta razón. El título es tan horroroso que muchos son los países que han optado por cambiarlo. En Inglaterra, por ejemplo, la primera entrega —publicada por Quercus Publishing— se llamó The Girl With the Dragoon Tatoo (La chica con el tatuaje del dragón), mientras que los editores italianos (Marsilio) optaron por acortar y vulnerar el título de la segunda entrega llamándola La ragazza che giocava con il fuoco. Para ser justos, también los españoles se tomaron alguna licencia, porque en verdad la primera novela se llama Los hombres que odiaban a las mujeres, un verbo —odiar— que debió de sonarles demasiado fuerte.
En este libro, la historia vuelve a lo suyo, a las mayores preocupaciones de su autor: la denuncia de la violencia contra las mujeres en la que algún crítico han visto, con cierta estrechez de horizontes, no sé qué feminismo combativo; los personajes de pasado repugnante; la reflexión sobre los límites de la moral en relación con lo legal, como también ocurría en la primera novela. Aquí Lisbeth ya no es la criatura extrema de la primera entrega, aunque sigue siendo una chica rara. Y Blomkvist es el de siempre, pero tocado por las flechas de un amor que deseamos ver florecer —qué cursilada, Larsson me odiaría. O tal vez no me amaría— en la tercera entrega.
Hay bruscos cambios de ritmo, como ocurría en la primera, que el autor compensa con unos diálogos brillantes y unos personajes secundarios tan complejos que deseamos saber más de ellos. Y, sobre todo, hay suspense, ganas de saber qué ocurre después, maestría para contar una historia compleja que engancha de la primera a la última página y que se lee como si fuera una novela breve (y, desde luego, no lo es en absoluto).
A quienes aún no formáis parte de este extenso club de admiradores rendidos a los pies de Larsson (o de Salander, puesto que parece más agradable rendirse a los pies de un personaje de ficción que a los de un muerto), sólo cabe envidiaros: tenéis aún la posibilidad de maravillaros con los dos primeros libros, y de terminar siendo como nosotros. Y a quienes ya lo habéis hecho, consolaos: la tercera entrega, La reina en el palacio de las corrientes de aire, está al caer (en junio llegará a librerías). Y está también, para unos y otros, la versión cinematográfica, que firma Niels Arden Oplev. Qué festín.








* Existe edición en catalán, en Columna y también en Círculo de lectores / Cercle de Lectors.

jueves, marzo 12, 2009

Solo con invitación: El mapa del tiempo. Félix J. Palma

XL Premio de Novela Ateneo de Sevilla. Algaida, Sevilla, 2008. 628 pp. 22 €

Julián Díez

El hecho de que esta novela haya conseguido un premio de prestigio supone una excelente noticia, y merece mucho la pena abrir una reseña literaria de un libro español con buenas noticias. Quizá ese movimiento sutil pero innegable que se va respirando en el ambiente, la cristalización desde diferentes procedencias de una generación literaria “argumentista” amante de los géneros que pueda terminar, o al menos poner en su sitio –interpreten esto como quieran-, a la asfixiante hegemonía de la “literatura del yo” en el panorama nacional. Son individuos que, en contra de las preferencias de los inseguros necesitados de suplementos culturales, buscan entretener con sus historias. Gente que, además, entiende que una narración no puede disfrutarse si el escritor considera que el lector es estúpido, o si no hace los deberes correspondientes a un buen trabajo literario. Brillantes artesanos del buen contar que nos son muy necesarios en un panorama desde hace décadas infestado de aspirantes a artistas.
A diferencia de las novelas galardonadas anteriormente de José Carlos Somoza o Lorenzo Silva, que cultivaban géneros que empiezan a estar pasablemente bien vistos como el terrorífico o el policial, Félix Palma entra con El mapa del tiempo vagamente en el de la ciencia ficción, donde dio sus primeros pasos literarios hace más de tres lustros. Félix negó, con todo, que la novela sea cf en su presentación. Desde entonces, he oído al maestro César Mallorquí decir que ésta quizá sea la mejor novela española de cf de la historia. Por otra parte, nuestra anfitriona creyó oportuno que yo reseñara esta obra a su lado en mi calidad de supuesto experto en ese campo. Pero no tengo una respuesta al respecto: la propia novela confirma y desmiente con el paso de sus páginas su militancia en ese género, y no han faltado en los últimos años literatos relevantes que han empleado la iconografía o el corpus temático de la cf para hacer otras cosas, seguramente vecinas, pero quizá no directamente emparentadas.
Dicho todo esto, lo que sí es sin duda El mapa del tiempo es una novela amena, y un homenaje incondicional a la época de oro del narrador puro: la del final del siglo XIX en lengua inglesa. La era de Conrad, Stevenson, Conan Doyle, Stoker, y el H.G. Wells al que aquí se concede el protagonismo de la historia. También es una parábola sobre el propio hecho literario: Palma reflexiona de la mano de Wells sobre la conveniencia de escribir con el horizonte de buscar el prestigio o de satisfacer al lector.
La novela opta por esto último con un dinamismo narrativo en el que no faltan emociones y giros, y con un estilo que hace la lectura agradecida. Este factor resulta especialmente reseñable, por cuanto supone una evolución decisiva en la obra de Palma. Autor de relatos memorables, joyas de maquinaria exquisita que recomiendo incondicionalmente, los dos intentos previos de Palma en el territorio de la novela se veían precisamente lastrados por el mismo estilo miniaturista que resulta tan satisfactorio en piezas de 15 páginas. En El mapa del tiempo ha encontrado una voz propia pero no intrusiva –pese a que, curiosamente, como narrador se da el capricho de intervenir libérrimamente en el relato-, que dosifica las ocurrencias y aciertos formales para permitir antes que nada el desarrollo de las historias.
La novela se articula en tres partes complementarias, un poco a lo Tarantino, en las que Wells es personaje común, y la obsesión por la posibilidad del viaje en el tiempo hilo vertebrador. Personalmente, mi favorita es sin duda la segunda, una historia de amor bastante singular, en la que brilla un personaje femenino inicialmente algo tópico pero que con su posterior desarrollo termina por resultar cautivador. La primera, de estilo algo más recargado, supone un arranque lento en comparación, claramente sobrado de páginas; y la tercera, en la que las paradojas temporales se enrevesan y se pretende ofrecer unas conclusiones, se me antoja algo oscura; sospecho que existe un mensaje en las últimas páginas, pero admito que no lo percibo con claridad. Aunque El mapa del tiempo no es la novela redentora que la cf española ansía –y que, tal vez, no reciba nunca-, sí supone un avance en muchos sentidos por conseguir reconocimiento para su temática y por elevar otro poco el abanico de públicos a los que puede llegar la muy recomendable obra de Palma. Además, y seguramente en lo que supone su auténtico objetivo cumplido, es una novela que se lee con interés durante una caudalosa cantidad de páginas, y se cierra con expectativas futuras.



Félix J. Palma: «Me siento con la madurez suficiente para hacer frente a lo que venga»

—Su novela es una reivindicación de los altos vuelos que puede alcanzar la novela de género. ¿Algo que añadir a las muchas páginas de la novela?
—Supongo que como se suele decir, lo he demostrado con hechos. En mi opinión, las historias de género -¿cuál no lo es?- no tienen por qué excluir los valores de la literatura con mayúsculas. Yo empecé escribiendo cuentos de ciencia ficción, e intenté hacerlo siempre con una prosa de calidad porque independientemente al amor que pueda sentir por el género, también amo la literatura, la musicalidad del lenguaje, la potencialidad de las palabras… En El mapa del tiempo he adaptado mi escritura porque tenía que trabajar con una historia más dinámica que las que generalmente alumbran mis cuentos, pero intentando que pese a ello también tuviera un valor en si mismo, que ofreciera un placer estético.


Lee la entrevista completa aquí

miércoles, marzo 11, 2009

El silencio de Dios y otras metáforas. Una correspondencia entre África y Nueva York, Alfonso Armada y Gonzalo Sánchez-Terán

Trotta, Madrid, 2008. 136 pp. 12 €

José Luis Gómez Toré

El presente volumen recoge las cartas que se fueron cruzando en las páginas del suplemento dominical de ABC y de otros diarios del grupo Vocento, entre 2002 y 2005, el periodista y escritor Alfonso Armada (Vigo, 1958), desde un Nueva York que había conocido ya el 11 de septiembre, y Gonzalo Sánchez Terán (Madrid, 1971), escritor y cooperante, desde Guinea Conakry, Liberia o Costa de Marfil.
Dos peligros tienen este tipo de libros recopilatorios: uno de ellos es, evidentemente, el riesgo de que, dado su origen periodístico, el material recopilado sea tan dependiente de su contexto inmediato que, al perder su actualidad, pierda asimismo su interés y su capacidad de interperlarnos. El otro es la casi inevitable reiteración de temas y argumentos, que tal vez no moleste al lector de un periódico, pero que, en una lectura continua de textos no concebidos en su origen para formar parte de un libro, puede acabar convirtiéndose en un lastre. Afortunada o desgraciadamente, los textos conservan toda su fuerza a pesar de su evidente vinculación con la fecha de escritura. Y digo desgraciadamente, porque gran parte de estas cartas, si obviamos los nombres y las fechas, podrían haberse escrito hoy mismo: África sigue presentándonos como la misma dolorosa interrogación que aquí se hace una y otra vez Sánchez Terán y Nueva York continua siendo, en buena medida, el reverso de esa realidad africana. La ciudad norteamericana, en la que se dan cita múltiples realidades (los barrios pobres, Wall Street, la sede de la ONU a la que Armada acude como corresponsal...), funciona a la vez como un espacio concreto y como el símbolo recurrente de un sistema económico y político. Ese mismo sistema que ahora soporta los embates de la crisis financiera pero que ha ignorado durante años esas otras crisis permanentes que tan bien conocen los pueblos africanos. De igual manera, la repetición de temas, de personajes, de lugares... nos ponen una y otra vez ante una historia que no deja de dar vueltas en el mismo tiovivo de ruido y de furia.
Si mirarse en el otro es a menudo también aprender a mirarse uno mismo, Armada no sólo cuestiona la actitud de su propio país y de las grandes potencias sino también el papel que los periodistas cumplen en el mantenimiento del statu quo: Rsyzard Kapuscinski metió el dedo en una llaga que supura: «Los medios han difundido la consigna: la lucha no da resultados». Y en contra de esa consigna de resignación, Sánchez Terán convierte sus cartas en una constante denuncia de la pobreza, de las terribles desigualdades de nuestro mundo, de la complicidad de las potencias occidentales con los dictadores, convertidos en socios del expolio, o la complicidad, aun más lacerante, en las guerras que asolan el continente africano.... Con todo, mucho más importante que esa imprescindible labor crítica es su testimonio de todos aquellos (cooperantes extranjeros pero sobre todo, africanos) que desobedecen esa consigna. África es también el rostro de quienes optan por la lucha cotidiana, de quienes deciden poner palos en las ruedas de ese carro de los vencedores al que gusta de subirse la historia. Escribe Sánchez Terán: «Cuando la noche dura tanto, la única dignidad posible es permanecer insomne» y él, desde luego, mantiene los ojos muy abiertos, no sólo ante horrores que apenas sospechó el Kurtz de Conrad sino también ante la humanidad de gentes como Kolouma. Es difícil no conmoverse ante la iniciativa de este jefe de una aldea de Guinea Conakry que pregunta al español, después del 11 de marzo, si quiere que sacrifique dos gallinas para que los muertos en el atentado "según su creencia, hallen pronto la dicha junto a sus ancestros".
Me atrevería a proponer como lectura obligatoria en nuestros institutos la carta «Antonio Machado cruza a pie la selva de Liberia». En ella, Sánchez Terán pone en paralelo la indiferencia que nos acaban causando las hambrunas y las guerras de África con la actitud del director de un periódico que, en plena Guerra Civil española, recrimina a un periodista por seguir ocupándose de un tema (nuestra contienda incivil) que ya no interesaba a sus lectores. Como dice Aurelio Arteta, que prologa este libro, mucho más urgente que dilucidar la cuestión del silencio de Dios a la que alude el título es preguntarnos por nuestro propio silencio ante la injusticia y el sufrimiento de otros seres humanos, a los que, en teoría, consideramos nuestros congéneres.

martes, marzo 10, 2009

Bitch, Miguelángel Martín

La Cúpula, Barcelona, 2008. 124 pp. 20 €.

Guillermo Ruiz Villagordo

La experiencia de leer a Miguelángel Martín es una de las más impactantes que como lector se puede tener. Uno se acerca, pongamos por ejemplo, a Brian the Brain pensando que se tratará simplemente de la dulce y triste historia de un niño solitario y se topa con una serie de las mayores barbaridades que es capaz de pergeñar mente humana. Sin embargo, pese a su deprimente atmósfera, no es nada comparado con la dureza, gracias a sus abundantes dosis de violencia y sexo explícito, de Rubber Flesh o, sobre todo, Psychopathia sexualis, obra de principios de los 90 que constituye una buena muestra de hasta dónde es capaz de llegar la mente de Martín y que llegó incluso a ser secuestrada en imprenta en Italia, lo que no extraña teniendo en cuenta su tema: las conductas sexuales más desviadas, tanto reconocidas, como el orgasmo por asfixia, como inventadas ex professo para sus retorcidas historias.
En Bitch Martín nos sitúa en un futuro cercano marcado por las mismas injustas guerras de hoy contra las que se manifiestan a su manera una pandilla de jóvenes: Bitch, una artista del grafitti; Blondi, una punky trasnochada; y Amin, un dj gay saharahui. Pero Martín, fiel a su convicción de que nadie o casi nadie es inocente, no los presenta como adalides de la verdad absoluta, y así, en breves capítulos, a través de ellos y de su encuentro con otros personajes (un freak profesional, un grupo musical terrorista palestino, un misterioso grafitero que compite con Bitch en su afán de adueñarse de la ciudad mediante sus pinturas), se encarga de desvelar sus dobles perspectivas, sus mentiras, sus contradicciones tras esa apariencia de anarquistas contraculturales. Todos se debaten entre múltiples opciones entre las que son incapaces de elegir, por lo que se vuelcan en un pacifismo que acaban usando como una moda más a la que son arrastrados sin percatarse.
Un rasgo muy peculiar de los personajes de Martín es que, a pesar de su cierto encanto de dibujito infantil, debido su trazo claro y limpio, carecen de expresión. Casi nunca ríen ni se enfadan ni se muestran tristes. Viven en un estado de semicatarsis que les permite observar y juzgar lo que creen que es justo e injusto, tener inquietudes, pero no revelarlo físicamente. Es como si la sociedad les hubiese ganado la partida de antemano y asistiesen a un espectáculo en el que no pueden actuar más que como comentaristas (de esta manera se podrían entender las explicaciones bienintencionadas de sus respectivas causas que se dan entre sí a modo de pequeños discursos, intentando inútilmente autoconvencerse, más que convencer al otro, con meras justificaciones de actitudes que no tienen justificación), aunque crean que participan en él y están cambiando algo, que es lo más descorazonador de todo. Quién sabe si nosotros…

lunes, marzo 09, 2009

El día en que callamos las palabras, Antonia Cortés

Ediciones Soubriet, Ciudad Real, 2009. 73 pp.

Sofía Rhei

"No es justo que conviertas tu inquietud en mi ansiedad", dice uno de los poemas de este libro de textos lúcidos, con los que resulta imposible no identificarse. Al trasluz de los poemas se adivinan situaciones cotidianas que han quedado marcadas por la amargura que una carencia de comunicación ha dejado impresa en ellas. A menudo, el hecho de no decir supone un mensaje muchas veces más dañino que absolutamente cualquier palabra:

"Cuéntame, si es que en tu olvido hay una luz,
cuándo tus ojos perdieron el brillo de la verdad"

Al presentar el libro, Luis Alberto de Cuenca, autor del prólogo, explicó cómo, a su parecer, casi toda la poesía es triste, porque la poesía es un sustituto de la alegría. Esto tiene mucho que ver con este libro, en el que el tono melancólico es un vehículo del sentido, un refuerzo de la añoranza por ese mundo posible y cercano en el que las palabras serían todo lo que pueden llegar a ser.
El prologuista escribe que "el silencio desempeña el papel de villano" en esta colección de textos sobre la presión atmosférica de la incomunicación y su omnipresencia, sobre cómo el no saber o no querer decir puede ahogar, acerca del abrumador océano de palabras en el que tratamos de flotar y la falta de sentido de la mayor parte de ellas.
La poesía de Antonia Cortés tiene una voluntad semántica. Tras varios años de silencio, la poeta sólo habla para decir cosas que merece la pena decir, para poner la palabra en la llaga de las oportunidades perdidas, de las trampas de la memoria, de la cobardía como fuente de sufrimiento, de los diferentes colores de la pérdida, de la ciudad como trampa para las soledades y los alejamientos. Como causa y efecto de todo, en el centro de todo, están las carencias comunicativas, los silencios que sustituyen a esas palabras clave que deberían ser pronunciadas en los momentos precisos, y la falta de conciencia acerca de la importancia de esa amputación del sentido, de esa discapacidad. A menudo habría bastado con una palabra, pero como dice Antonia, "no estamos acostumbrados a pronunciarla".
La edición, cuidadísma y excepcionalmente lujosa dentro el panorama de la poesía, demuestra una vez más el cuidado que muchas pequeñas editoriales ponen en sus obras.
Este libro (que sólo pueden encontrarse en librerías pequeñas, de esas en las que los libreros se preocupan por mantener la calidad de sus existencias) está cuidadosamente ilustrado por el artista Eduardo Barco a razón de una limpia imagen por poema. Cada par de páginas contiene un texto y un grafismo, pero lejos de repetir estructura, en cada caso particular la disposición gráfica varía, en un ejercicio de diseño del que se aprecian incluso las leves transparencias de unas imágenes sobre espacios en blanco. Las ilustraciones, de una abstracción reflexiva, sugieren en su roma geometría mecanismos de protección y relaciones fallidas, enlazando de una interesante y sugestiva manera con una autora heredera de las mismas fuentes que la poesía de la experiencia.

viernes, marzo 06, 2009

Modelos de mujer, Almudena Grandes

Tusquets, Barcelona, 2009. 256 pp. 13,50 €

Inés Matute

No diré que el prólogo con el que Almudena Grandes nos presenta la obra es lo mejor de ella, pero sí diré que ayuda enormemente a comprender por qué la autora, siendo una de las más sólidas narradoras del panorama actual y una de las de mayor proyección internacional, no cultiva el cuento de modo habitual: se le queda corto. Se le queda corto dado que, cuando la Grandes empieza a tirar del hilo de la historia, percibe que el trabajo se está excediendo de sus límites, y es embargada por una inconcreta nostalgia fruto de los días en que ya no podrá seguir viviendo en compañía de los personajes, dejándose llevar por sus peripecias. En otras palabras: se frustra por no poder seguir dándoles cuerda. También nos explica que los relatos que conforman este libro no fueron escritos con la expresa voluntad de ser integrados en un volumen, pero que todos ellos están, de una u otra manera, vinculados a los conflictos que han inspirado sus obras anteriores, una condición que les presta una unidad inevitable. A la autora de Las edades de Lulú, Malena es un nombre de tango, Atlas de la geografía humana, Los aires difíciles o El corazón helado, su novela más reciente, le gusta deambular por un mundo sencillo y muy personal, cuyas fronteras coinciden con los límites de su memoria.
El libro que hoy comento se compone de siete cuentos, cuyos títulos nos ofrecen una pista más que fiable acerca de su contenido. “Los ojos rotos” trata sobre los amores de una cuarentona mongólica con una fantasma, desventuras que la llevarán a rasgarse los ojos para así recuperar los rasgos de un rostro que sólo es percibido por su espectral amado.
"Malena, una vida hervida”, recoge la increíble historia de una mujer atada de por vida a un régimen, una dieta que presumiblemente la hará más deseable a ojos de su amor, un perfecto imbécil cuya imagen ha sido idealizada a través de los años. La peculiar relación sensorial que la protagonista establece con la comida —fascinación, embrutecimiento, lujuria— me ha llevado a releer la historia varias veces, disfrutándola cada vez más, encontrando los hilos que, inevitablemente, nos remiten a Las edades de Lulú, donde la mirada del amante modifica y determina la imagen que el amado tiene de sí mismo. A mi juicio, se trata de un relato sobresaliente. “Bárbara contra la muerte”, trata sobre la lucha de una adolescente contra un horrible anuncio o premonición que sale de la boca de una monja de clausura. La arrolladora juventud y las ganas de vivir de la protagonista conseguirán, a modo de moraleja, que la vida se imponga a la muerte. (Sonreirán todas las lectoras que, como yo, hayan estudiado en un colegio de monjas). “Amor de madre” es la loca historia de una madre alcohólica que retiene a su hija a su lado utilizando las drogas, y también a su yerno a punta de pistola, inmerso todo ello en el discurso desquiciante de una mujer que desconoce los conceptos de libertad y escrúpulo. Una madre que sólo “sabe” ser madre, aún a costa de aniquilar a su única hija. “El vocabulario de los balcones” es la minuciosa descripción de un amor que ha crecido en la distancia, en el cruce de miradas, donde la lejanía y los deseos ocultos moldean la historia. ”Modelos de mujer” profundiza en el viaje profesional de dos mujeres, una espectacular e incompetente actriz y una traductora inteligente y divertida, pero también gorda. ¿Adivináis cuál de ellas se convertirá en objeto de deseo del hombre más interesante que aparece en todo el libro?. Por último, “La buena hija” trata sobre el drama de una mujer que ha sido criada por una chica de pueblo, la chacha de la casa, a la que adora. Años más tarde, la infeliz se verá obligada a cuidar de su madre cuando ésta enferma y se convierte en una perfecta tirana. No desvelaré el final de la historia por no cerrar la puerta a la sorpresa, pero sí diré que todos estos cuentos son un canto a la vida y al esfuerzo.
Modelos de mujer es un libro adictivo, que se lee muy rápido, que nos deja con ganas de más, más modelos y más mujeres, más de una Almudena Grandes que hace honor a su apellido y que, con un lenguaje fresco, coloquial sin ser vulgar, nos envuelve en un torbellino de sensaciones. No, no es un libro de mujeres escrito para mujeres, pues ni los argumentos son menores ni los personajes son de rango menor ni es menor la ambición de la autora al escribirlos. Tonto sería pensar, además, que Almudena Grandes sólo ha pretendido ofrecer una visión caleidoscópica de una vida estrecha que va del fogón al pasillo. Leedlo y descubrid que lo atípico cabe dentro de lo cotidiano, y que las cosas no siempre son lo que parecen. El deseo es el motor de la voluntad; es él quien nos ayuda a torcer el destino. Y ese es, precisamente, el hilo conductor de este magnífico libro.

jueves, marzo 05, 2009

Submáquina, Esther García Llovet

Salto de Página, Madrid, 2009. 152 pp. 15,95 €.

Marta Sanz

Cuando Esther García Llovet leyó La lección de anatomía, mi última novela, me dijo que su personaje favorito era mi tía Marisol. Pensé en mi tía Marisol, una excéntrica mujer de cabellera roja y costuras detrás de las orejas, que hacía burla a su marido, de cuerpo presente, tras uno de esos obscenos escaparates del tanatorio, y me preocupé por Esther. Ahora doy cuenta de que mi tía Marisol habría podido ser perfectamente uno de los personajes de Submáquina, un libro armado como una pistola y dispuesto a disparar.
Esther García Llovet, quizá como mi tía Marisol, es una perra verde. Un bicho raro en el contexto actual de la literatura española: el mundo de sus escritos es también el de una perra verde. El de una exquisita rara avis. Con los mimbres de la literatura de género, García Llovet escribe algo que no es literatura de género; adelgaza el “negro” dejándolo en la musculatura de sus tipos y de sus ambientes; de la trama quedan los fogonazos, las casualidades, la vulgaridad de los secretos, la convicción de casi todo está roto en el lenguaje, en las artes, en la realidad, en los géneros que elegimos para representar la una a través de las otras.
En Submáquina se presenta un lugar cosmopolita, mestizo, peligroso, mutante, que, pese a su condición simbiótica, está marcado por las contradicciones no resueltas; un lugar donde se escucha algo así como a “Ray Charles cantando en tailandés”, las mujeres se llaman Tiffany Figueroa y se ve a gente vestida con “un plumífero plateado con las costuras saltadas y quemaduras de cigarrillos y olía a Chanel”; la imagen de esa prenda resume el universo de Submáquina y posiblemente el de su autora, esta perra verde: un universo donde aparentemente se concilia el glamour y lo cutre, pero sólo aparentemente; una olla a presión a punto de estallar quizá cerca de Tijuana o de Miami o en el imposible solapamiento de los dos territorios que, gracias a las ficciones, han terminado convirtiéndose en espacios míticos...
El desconcierto, la extrañeza, definen la atmósfera de esta construcción literaria con cierto aire a lo David Lynch que reconozco a menudo en los textos de su autora: niños que se comportan como personas adultas, ancianos aniñados, actitudes, gestos enanoides, una parada de los monstruos de la que todos formamos parte: no hay más que escarbar un poco dentro del corazón o del intestino grueso, por debajo de las cicatrices de cirugía que nos surcan la conciencia más que la piel. Los rostros de estos seres de ficción son como las máscaras de ciertos actores que a veces repelen y a veces nos imantan a sus gestos por sus fisonomías alienígenas: Willem Dafoe, Christopher Walken y su cutis plastificado. Dafoe, Walken, Lynch, David Cronenberg, el Win Wenders de Paris Texas que deja su impronta en el atrezzo de estos fragmentos encadenados, pistas que la autora desparrama como miguitas de pan: cabezas de Barbies, parejas de novios sobre la tarta nupcial, fetiches feos, tacones raspados, minifaldas que pueden llegar a marcar tendencia. El lector superpone los rastros para sumergirse en una sucesión de imágenes de cine que, sin embargo, no son cine, sino literatura pura y dura: las comparaciones chandlerianas, las visualidad y sensorialidad del texto -que a ratos tiene incluso banda sonora: siempre hay alguna música o algún ruido de fondo, distorsionante, distractor, como esas polillas que suenan contra los neones- se consiguen con una prosa exactísima, como el güisqui decantado, quintaesenciado en el alambique, una prosa tan depurada y eficaz como los resortes en los que se incardinan los seis fragmentos que componen Submáquina.
Al final, la excentricidad como actitud es una manera de expresar el límite: una forma de mirar a la realidad por debajo de la falda para que salga a la luz el desarraigo, la hipocresía, el sentimiento elegíaco. Puede parecer que la autora de Submáquina sobrevuela lo real y se escabulle con lenguajes aprendidos: como si le pusiera a la vida o la cámara con la que se retrata la vida una media por encima de la cabeza, un difumino espurio, un filtro. Pero es mentira porque esta autora cuestiona cada código, cada imagen, cada palabra y, con su literatura, se rebela como la Repa, Sabina Vargas, que, a lo Mae West, sentencia: “Lo que hago está mal. Pero lo que no hago es aún peor.” A lo mejor ella no lo sabe, pero Esther García Llovet es como el hombre enmascarado, como su Tiffany, como Errol Flynn haciendo de héroe... Esther, por su rareza, por su espíritu de subversión, por su lateralidad en el campo de la literatura actual, es básicamente una romántica: una estupenda y maldita escritora romántica que, con la mala acción de su escritura, funda, refleja, distorsiona, mezcla mundos que están en éste porque sabe que es de cobardes pretender escapar de él.

miércoles, marzo 04, 2009

La familia Wagner, Brigitte Hamann

Prefacio, traducción y notas Roberto Mansberger Amorós. Juventud, Barcelona, 2008. 286 pp. 19 €

Juan Gómez Espinosa

Aquel que quiera comenzar a transitar, suavemente, por los caminos del “wagnerianismo” encontrará en este libro una introducción ágil y agradable sobre los vericuetos de tan polémico universo. Evidentemente, su autora, Brigitte Hamann, no se ha propuesto elaborar una summa enciclopédica sobre el gran Richard, sus obras y sus sucesores; esto sólo habría sido posible redactando tomos y tomos que abarcaran cuestiones tan diversas como elementos de composición musical, historia germánica, sociología, dramaturgia y praxis teatral... incluso de economía (por no contar los cientos de anécdotas, públicas y privadas, que se podrían llegar a recoger). Para todos estos ámbitos ya existen ejércitos de monografías, más o menos apasionadas. La obra de Hamann, por tanto, es un repaso a casi dos siglos de vida de una saga, la de los Wagner, absolutamente condicionada por la sombra de su miembro más famoso. Hamann, y éste es su máximo logro, expone la ¿evolución? de la familia con una objetividad absoluta , deja que los datos y los hechos (y a veces los propios protagonistas) hablen por si mismos. Realmente, el asunto no necesita ninguna ayuda externa. Todo observador puede constatar, desde su atalaya, los esfuerzos de este linaje por mantener una aristocracia artificial, un orgullo casi mesiánico y que, desde un principio, consigue mantener muy alto el listón de ridiculez. Es lo que pasa cuando uno se desvive por aquilatar su burbuja. Posiblemente, la prueba material más clara de esta estulticia sea la perpetuación del Festival de Bayreuth; casi, casi tan decadente como el pardo concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena. Tal vez el gran problema de los Wagner no sea otro que el de alienarse por la memoria del único genio que se crió entre ellos. Ya es hiriente ver cómo los acólitos del compositor (su esposa Cósima a la cabeza) no sólo alimentaron su egolatría en vida sino, sobre todo, cómo a su muerte erigieron un túmulo sectario y enfermizo con el cual canalizar una serie de corrientes políticas y filosóficas bastantes discutibles. Para la génesis de éstas se parapetaron en actitudes más o menos circunstanciales, más o menos sinceras, de un creador que, unas veces pegado suciamente al mundo y otras elevado por encima de tanto lodo, siempre se condujo por un individualismo narcisista. Hamann se sitúa, muy sagazmente, lejos de la enumeración de los logros artísticos del genio (ya han hablado de ellos unos cuantos musicólogos) y lejos de los juicios de valor sobre sus herederos: sabe perfectamente que no hay más que verlos para que queden en evidencia sus taras emocionales y su ambición sin escrúpulos. Sería deseable, cuando no obligatorio, haber escuchado algo de música de Richard Wagner antes de leer este libro ya que, como he apuntado al comienzo, no es un estudio para partir “de cero”. De hecho, sería obligatorio haber escuchado algo del genio (algo más que la Cabalgada de las Valkirias) antes de hablar de tal coloso y de su camada. Parece obvio, pero uno no deja de escuchar bocas y bocas llenas de estulticia mezclando las churras con las merinas, Lohengrin con Hitler, Brunilda con los empresarios. No estaría de más recordar, como le decía el maestro Cristóbal Halffter a un intelectualucho que abominaba de Richard enlazándolo a la Gestapo, que, gracias a las vías musicales abiertas por Tristán, otro genio llamado Arnold Schoenberg –judío, calvo y apátrida- consiguió componer uno de los mayores alegatos en contra del Holocausto: Un superviviente de Varsovia. Tal vez no sea un tópico eso de que el arte prevalece sobre todo lo demás. Justicia poética, en definitiva.

martes, marzo 03, 2009

Érase que se era. Cuentos tradicionales de Castilla y León, Edición de Joaquín Díaz

Editorial Castilla Tradicional, Urueña, 2008. 252 pp. 26.90 €

Ignacio Sanz

El cuento tradicional es el antecedente del cuento literario o de autor. La sociedades tradicionales, de la misma manera que acuñan refranes, jotas o romances, acuñan también cuentos, a veces con una estructura compleja. El Arcipreste de Hita o don Juan Manuel son dos clásicos de la lengua que sacaron mucho partido al cuento. El cuento tradicional está presente en El Quijote y en muchas de las obras del siglo de Oro. En nuestros días autores tan insignes como Guelbenzu, Rodríguez Almodóvar o José María Merino también se han ocupado del cuento tradicional.
De la estirpe refinada de Menéndez Pidal o de Julio Caro Baroja, el etnógrafo Joaquín Díaz, un clásico vivo como intérprete del romancero, con más de medio centenar de discos a sus espaldas y con otro medio centenar largo de libros sobre cancioneros, trabalenguas, refranes, romances y cuentos es una autoridad indiscutida de la cultura tradicional. Desde hace veinte años dirige el Centro Etnográfico de Urueña (Valladolid) que lleva su nombre así como la Revista de Folklore. Pero, además, es un dinamizador de la sociedad tradicional y un creador de museos e impulsor de iniciativas que tienden a realzar el valor de esta cultura, con frecuencia menospreciada desde los centros urbanos del poder. Como dijera Machado: “Lo que no es tradición es plagio”. Eso lo sabe bien Joaquín Díaz que no sólo bebe en las fuentes tradicionales sino que las recrea para trasladar al hombre de nuestro tiempo la emoción que potencialmente contienen.
En la introducción a este hermoso tomo de cuentos tradicionales, Joaquín Díaz reflexiona sobre la necesidad de mitos que tiene el hombre de cualquier época y de cómo el hombre se sirve de los relatos para la trasmisión de valores: “Quienes trabajamos en el terreno de los conocimientos legados por la tradición lo tenemos muy claro: nada en la vida de los individuos se produce aisladamente.”
Joaquín Díaz, arriesgando mucho, ha decidido dividir los cuentos de esta entrega en seis apartados que ha titulado: “astucia y necedad”, “valentía y cobardía”, bondad y maldad”, “riqueza y pobreza”, “prudencia e imprudencia”, “lo natural y lo sobrenatural”. Y digo que arriesga mucho porque los cuentos, como las personas, no son espíritus puros ni simples y participan al mismo tiempo de varias de estas características.
No hay más que catar alguno de estos 140 cuentos para percatarse de su ambigüedad o complejidad temática. También del estado de gracia que siguen teniendo, es decir de cómo nos siguen encandilando estas historias primigenias protagonizadas por frailes, curas y sacristanes, por molineros, zapateros, herreros o sastres, por zorras y lobos.
Y es que en estos cuentos se palpa el gozo primigenio de la narración eficaz sin aditamentos artificiosos, la gracia siempre viva de las historias que vienen rodando desde largos siglos, entreteniendo las veladas, las meriendas y los momentos gozosos de la vida del pueblo llano que las ha hecho suyas.
El mérito de Joaquín Díaz descansa en la traslación esencial de estos cuentos, eliminando no sólo los carraspeos de los contadores o informantes, sino el bálago reiterativo en el que con frecuencia caen otros colegas más puristas. De tal modo que al leerlos experimentamos una sensación de plenitud que recuerda al goce esencial que nos traslada cualquiera de sus discos.

lunes, marzo 02, 2009

Otra vida. Poemas en asturiano 1996-2004, Martín López-Vega

Trad. del autor. Prensas Universitarias, Zaragoza, 2008. 84 pp. 10 €

Sofía Castañón

Para leer este libro son necesarios otros pies. Unos más parecidos a los que deberían ser los nuestros: sin las marcas de un calzado incómodo, sin las atrofias de la falta de uso, sin el grabado de la cenefa de los calcetines en los tobillos. Hacen falta unos pies de verdad, porque a lo largo de los ocho años de poesía en asturiano que se recogen en este libro hay ciudades, hay paisajes, toda una geografía no siempre existente (“Les ciudades nun esisten/ non colos nomes colos que les conocemos”) que sólo se puede recorrer descalzo.
Esta es otra vida, igual que son estos otros poemas que los lectores no falantes no habían podido disfrutar. Y en esta vida, la de otro muy próximo, habita la espera, los días se parecen a esos previos al comienzo de un viaje o, las más, al día justo en que uno vuelve a casa y, colocada ya la ropa de nuevo en el armario, sólo se desea volver. López-Vega se debate entre la memoria y el olvido, y es que tiene presentes las palabras de Brodsky, y “para olvidar un vida un hombre necesita, al menos/ otra vida más.”
Si el autor entiende que la poesía es el manual de instrucciones para entender la vida que no nos dan cuando nacemos (y así lo expresa en “Si escribiera una poética diría más o menos algo así”, Clarín, número 71) en Otra vida uno encuentra el callejero para recorrer las calles que, de un modo muy platónico, nos olvidamos al nacer y con los años vamos redescubriendo.

viernes, febrero 27, 2009

Lo que arraiga en el hueso, Robertson Davies

Trad. Concha Cardeñoso. Libros del Asteroide, Barcelona, 2009. 487pp. 21.95 €

Sofía Rhei

En un solo personaje, espectador privilegiado al mismo tiempo que partícipe, se describe la historia de todo el siglo XX. A bote pronto se me ocurren Vida y destino, de Vasili Grossman, Autobiografía de Alice B. Toklas, de Gertrude Stein, El tambor de hojalata, de Gunter Grass, Hijos de la medianoche, de Salman Rushdie, La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, Novecento, de Baricco, Chiquita, de Antonio Orlando, Memorias de una caja a prueba de hormigas, de Mark Helprin, Lestat el vampiro, de Anne Rice (sí, el porno para chicas también puede tener su barniz histórico). Puede que la biografía (novelada, en la que ficción y fuente se contaminan) como metáfora de las transformaciones sociopolíticas sea una de las razones de ser de la novela en tanto que género, si es que de tal puede hablarse. Muchos de estos títulos se refieren específicamente a un país.
La lenta y fragmentaria construcción de la identidad canadiense y la correspondiente necesidad de mirarse, a la menor oportunidad, en el espejo de Inglaterra, son dos de los temas a los que el galardonado autor Robertson Davies sacó más partido a lo largo de su vida. No debe olvidarse que él mismo se educó en Oxford a pesar de haber nacido en una pequeña ciudad de Ontario, al igual que Francis Cornish, el protagonista absoluto de la novela de hoy. La historia de su protagonista transcurre entre Canadá y Europa mostrando tanto la permeabilidad de los diferentes tejidos sociales a algunas ideas como su tenaz resistencia a otras, y recoge las consecuencias de ambas actitudes gracias a la visión panorámica que permite el paso del tiempo.
Tras una breve introducción, que recoge el hilo argumental del tomo anterior de la trilogía (este libro es el segundo), la historia se convierte en una biografía al estilo clásico, empezada a narrar desde la generación de los abuelos de Francis Cornish, futuro pintor, millonario, falsificador y espía. Con estilo ameno y una interesante técnica, casi cinematográfica, de observación psicológica de las cosas pequeñas, que podríamos llamar plano detalle, se va desgranando la infancia, adolescencia y edad adulta de este controvertido personaje a ambos lados del Atlántico.
No se trata de un libro moderno, e incluso puede que sea intencionadamente anticuado, como si el autor tratara de ignorar todas esas cosillas que habían pasado en la literatura en las últimas cuatro o cinco décadas. La estructura es una línea temporal, lo que constituye un reto para el estilo (que Davidson supera brillantemente), pero esto no hace más que subrayar esa voluntad del escritor de convertirse en un "pintor de historia", de tratar de llegar a esa escritura atemporal que parecen poseer algunos clásicos. Lo que pasa es que no es tan fácil saber cuál es la causa y cuál el efecto en lo relativo a que un libro se convierta en un clásico o tenga una escritura aparentemente atemporal.
El punto de vista acerca de lo sobrenatural está basado en una tradición documental ligeramente poetizada (ángel de la biografía, daimon de la inspiración), y su función es poco más que pretexto biográfico; escrita veinte años después de El mago de John Fowles, la novela de Davies parece anterior.
El curioso hecho de que el artista empiece a practicar su arte mediante la observación y copia de naturalezas muertas humanas (los cadáveres de la funeraria) me ha traído a la memoria al pintor de muertos de Las horas náufragas, de Mercedes Chozas.
A pesar de tratarse de la vida de un pintor y de sus elecciones, las reflexiones acerca de los innumerables nexos entre el arte y el poder económico no ocupan un lugar fundamental en la novela, cuya prioridad es el retrato naturalista de los personajes, las pasiones de la mente y las del espíritu, las debilidades del cuerpo. Hay mucho diálogo, una de las tácticas del autor para hacer amena la lectura.
Cronista excepcional, sí. Posee la voluntad de dibujar el fresco de la historia viva, de retratar a cada miembro de las fotos oscurecidas en carne y sonrisa, de reunir lo que merece ser reunido, de decir muy bien lo que ya ha sido dicho. Sin embargo, los hilos entre lo que ya ha sucedido y lo que está sucediendo, o lo que va a suceder, y la exploración de todo lo que queda por decir, se echan de menos en este libro.

jueves, febrero 26, 2009

Esa polilla que delante de mí revolotea. Poesía Reunida (1982-2008), Olvido García Valdés

Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2008. 460 pp. 25.50 €.

José Luis Gómez Toré

La concesión del Premio Nacional de Poesía a Olvido García Valdés (Santianes de Pravia, Asturias, 1950) por el libro Y todos estábamos vivos, recogido en este volumen, supuso tan sólo la confirmación de lo que era un secreto a voces entre muchos lectores, la constantación de que estamos ante una de las trayectorias más interesantes y arriesgadas entre las voces que se dieron a conocer en la poesía española de los años ochenta. Esa polilla que delante de mí revolotea, precedido de un inteligente prólogo de Eduardo Milán, recoge los libros La caída de Ícaro, Ella, los pájaros, Caza nocturna, Del ojo al hueso y el ya citado Y todos estábamos vivos (en estos dos últimos poemarios es, probablemente, donde su escritura se muestra más convincente, donde se nos hace más necesaria). Se incluyen además en el volumen algunos inéditos así como varias notas de la propia autora sobre el hecho de escribir, que constituyen un complemento nada superfluo a la lectura de los poemas. García Valdés se muestra como una lúcida lectora e intérprete de sí misma aunque en su prosa sigue presente, aunque en sordina, esa perplejidad ante la existencia y ante la propia escritura que encontramos en toda su poesía.
Precisamente, en dichas notas, la autora destaca la yuxtaposición como mecanismo central de su poesía, que, a su entender, es una «escritura realista, quiero decir literal». Conviene pensar con detenimiento la cuestión del realismo, porque éste no cabe entenderse a la manera que fue predominante en el canon oficial de la poesía de los ochenta y de los noventa. En la escritura de García Valdés, realidad e irrealidad no son tanto antónimos, como dos formas de nombrar el enigma de la vida. Como para Alberto Caeiro, el heterónimo de Pessoa (con el que, sin embargo, poco tiene que ver el yo lírico de estos poemas), el misterio de las cosas parece residir no en su profundidad, sino en su superficie: en lo que parece una recreación de «la rosa sin porqué« de Angelus Silesius y de la rosa de nadie de Rilke y Celan, García Valdés escribe «Recogida, salvo/ la vida, nada esconde la rosa» (Del ojo al hueso). Por ello, no es de extrañar que el sistema imaginario sobre el que se sustenta su obra sea más metonímico que metafórico: la extrañeza que produce su escritura no se logra, excepto en raras ocasiones, mediante mecanismos de sustitución metafóricos sino mediante la yuxtaposición de presencias, de fragmentos de experiencias, de objetos, de discurso. En estos poemas lo literal deviene símbolo y lo real, la máxima irrealidad: cada fragmento de lo real, huérfano de un contexto sólido, adquiere así un aire fantasmal y a la vez se nos muestra extraordinariamente nítido. Contribuyen a ello las estructuras paratácticas, el frecuente asíndeton y el uso personalísimo de los signos de puntuación, en especial de la coma, que convierten todo en una enumeración que, aun cuando parece responder a una lógica discursiva, se nos antoja casi siempre caótica.
«Lo que llamo niñez no aparece como tiempo y espacio de felicidad, sino, en todo caso, de intensidad, de la intensidad con que se percibe una —quizá inherente— condición desdichada de habitar el mundo». Así se expresa García Valdés en «La poesía, ese cuerpo extraño», una de las notas sobre la escritura incluidas en el libro. La intensidad que nos transmite esta poesía tiene que ver tal vez con esa mirada que proviene de la infancia, una intensidad que no siempre es vivificante y puede convertirse en una carga para un yo que es a la vez infantil y adulto. Ante la mirada asombrada de esta poesía, la vida se vuelve irreal en el espejo de la muerte; la muerte parece una ilusión ante la evidencia doliente o gozosa de la vida.
Esa enigmática oposición parece teñir también la vivencia del cuerpo, que es al mismo tiempo lo indeclinablemente nuestro y lo otro, así como la experiencia turbadora del lenguaje. La voz poética no oculta el desarraigo de un lenguaje que no sabe quién dice y se dice en el poema. La radicalidad con que se presenta la experiencia del habla nos sitúa ante la dificultad de decir yo con convicción («ese yo que es el miedo» se nos dice en La caída de Ícaro). ¿Es el yo el que crea el lenguaje o es el lenguaje el que se inventa un sujeto, un yo? Ese enigma del yo obliga asimismo a la escritura a tomarse muy en serio la responsabilidad de decir tú. Hay que mostrarse precavidos ante la posibilidad de nombrar al otro y a lo otro, ante el riesgo de convertir al otro en un objeto, borrado en la violencia del discurso. Y es que «Todo dice poder, calla/ carencia» (Y todos estábamos vivos). De ahí que, pese a la apariencia ensimismada de esta escritura, casi onírica a pesar de su fisicidad, no se soslaya una dimensión ética en el decir: «no mentir,/ no mirarse al ombligo, no ser/ deliscuescente, no llegar/ al decálogo» (Caza nocturna). La respiración de esta escritura consiste en un ir y venir de lo exterior a lo interior y de esta interioridad de nuevo al afuera de un mundo que no está al margen del lenguaje. Pero esa interioridad trasciende al sujeto. Como dice en Caza nocturna, «Condición/ de real al margen de lo real./ Lo real dice yo siempre en el poema». La poesía se convierte así en un ritmo respirado, a veces acompasado, otras veces entrecortado, acelerado, nervioso, pero siempre formando parte del impulso de una voz que afronta con lucidez la coexistencia de la vida y la muerte, del cuerpo y de su sombra. De esa sombra que es tal vez el lenguaje.

miércoles, febrero 25, 2009

Solo con invitación: Hacia la luz, Care Santos

Espasa, Madrid, 2008. 302 pp. 19,90 €.

Hilario J. Rodríguez

«Esta mañana, al regresar a casa, subí en el ascensor con una mujer a la que no había visto en mi vida. Sólo sé que iba al tercero, ni siquiera me miró a los ojos al decírmelo. Aunque en la calle no hacía frío, ella llevaba un echarpe anudado alrededor del cuello. Parecía una serpiente intentando estrangularla. Me llamó la atención porque la falda de aquella mujer apenas le llegaba hasta las rodillas y porque las mangas de su blusa eran cortas. Quizás, pese a no ser friolera, tenía la garganta delicada. Puede que esta misma noche intervenga en un recital poético o que sea una profesora con alumnos demasiado díscolos o que vaya a cantar madrigales en el Liceo de Barcelona. También podría ser que necesitara recordar algo importantísimo y llevar una prenda alrededor del cuello la tranquilizase más que ponerse un reloj de pulsera al revés. O que quisiera ocultar a su novio un inexplicable chupetón. O que el novio ya hubiese visto el chupetón y el echarpe ocultara una cicatriz perfecta…»
Una desconocida, un echarpe, un ascensor y alguien que da forma a un relato con esos elementos. Care Santos, por ejemplo. Mucha gente, al leer sus novelas, suele dar por hecho que no van con ella, que son puras invenciones, productos de una imaginación febril, inquieta. Yo no estoy tan seguro. Antes de seguir, me gustaría dejar claro que soy amigo de Care y que posiblemente no sea la persona más idónea para hablar sobre sus libros, aun así creo que conocerla me proporciona cierta ventaja con respecto a quienes no la han tratado jamás. En más de una ocasión nuestra amistad me ha permitido acceder a su particular laboratorio de ideas. Gracias a eso, he logrado unir piezas que a cualquier otro le resultarían distantes. Por eso el aparente desarraigo de su obra, con miles de páginas yendo en direcciones contrapuestas, a mí nunca me desconcierta. Sé que —como yo— ella es una nómada perpetua, una narradora forastera que busca su territorio allí donde la guíen la pasión y la curiosidad. Poco importan las dificultades, los obstáculos. Tampoco el miedo. Basta con una breve noticia en un periódico o con una conversación escuchada a medias; basta con un recuerdo que regresa de pronto o con una coincidencia anómala; basta con una súplica o con un susurro… En Hacia la luz lo que despertó el interés inicial de Care fue la muerte y las extrañas ramificaciones que se establecen a partir de ella.
Walter Benjamin recordaba en Sobre el programa de la filosofía futura y otros ensayos cómo durante la Edad Media la muerte aún no había sido desplazada del contexto social y los adultos llevaban a sus hijos al pie de la cama de los moribundos, para que pudiesen asistir a una valiosa lección antes de que su maestro expirase. Hoy en día eso ya no es posible. La sociedad occidental ha decidido higienizarlo todo y desplazar la muerte a los márgenes, quizás porque no es demasiado rentable. Algo así no tendría mayor importancia si tras la punta del iceberg no hubiese otras cosas sepultadas. Por un lado están muchos más asuntos que se intentan borrar, como la enfermedad, la pobreza, la vejez o la ignorancia; y por otro está el cinismo con que se habla sobre lo anterior en los foros públicos, demostrando un inquietante interés la mayoría de las veces.
Lo que está claro es que, en términos literarios, los lectores accidentales prefieren visiones optimistas de la muerte o de la enfermedad, mientras que los más sesudos prefieren los ominosos trazos del pesimismo. Al final, sin embargo, la actitud de unos y de otros es igual de intransigente. Si los primeros se abstienen de leer libros como Bajo el signo de Marte, los segundos no reparan en las posibles virtudes de Hacia la luz. Por desgracia, lo que empuja a las dos partes a reaccionar así no es en ningún caso una cuestión estética o ética sino una cuestión de temperamento. Los primeros se quejan de lo triste que es la autobiografía del suizo Fritz Zorn (un seudónimo de Fritz Angst) y los segundos se quejan de lo vigorosa que es la novela de Care Santos (y ya sabemos que hoy el vigor se deja para los vigoréxicos y para los gimnasios). Como no quiero establecer jerarquías entre ambas posturas, me conformaré con decir que no comparto ninguna de ellas.
«¿Aún te acuerdas de la desconocida con la que me encontré esta mañana en el ascensor? Bien, te dije que el echarpe anudado al cuello encubría un buen número de hipótesis narrativas, lo que no te comenté es que a veces llego a las historias a través de inopinados caminos, porque antes me pierdo en especulaciones filosóficas, sociológicas o como quieras llamarlas. Y en el caso de la mujer con el echarpe me ha sucedido algo así: al verla me dio por pensar que ocultaba algo, seguramente un linfoma o una inflamación del tiroides. Hace años le oí decir a mis padres que muchos enfermos creen que llega con ocultar los órganos dañados para que su mal desaparezca. Según parece, bastantes personas prefieren no saber, confían en la ignorancia, pero la ignorancia sólo les libra de ser conscientes de que la tempestad se les echa encima, no de sus consecuencias. De poco vale esquivar la palabra cáncer si al fin y al cabo va a ser el cáncer, y no un catarro, el que acabe matando a uno. No entiendo a quienes siempre esquivan las evidencias. Y, por supuesto, esta mañana no pude entender a la mujer del ascensor. Ojalá supiese cuál era la evidencia que estaba ocultando. Como no lo sé y como va a ser difícil que alguien me saque de dudas, creo que escribiré un libro sobre personas que ocultan cosas, sobre personas que se niegan a aceptar cosas que les afectan, sobre la mortalidad y la inmortalidad, sobre la palabra y el silencio, sobre el miedo y los mecanismos para vencerlo…»
Hacia la luz es el equivalente literario de una película comercial seria. Su velocidad no le impide pensar a sus páginas. De hecho, los pensamientos suelen ser tan trepidantes como la acción, porque abordan un tema como la eutanasia sin dejar nada en el tintero. Recopila, medita, cuestiona, expone, aventura… Su despliegue resulta asombroso, como si antes del proceso de escritura hubiese habido otro proceso aún más largo y trabajoso, de igual o mayor importancia. Es como JFK (ídem, 1991), donde Oliver Stone exploraba el asesinato de John Fitzgerald Kennedy desde todos los ángulos posibles. La novela no se permite tiempos muertos ni derivaciones. Tiene muchas cosas que decir. Y una historia (varias) que contar. Una mujer debe reconducir su vida, un hombre debe cuestionar sus planteamientos éticos y profesionales (que quizás sean la misma cosa y él no se haya dado cuenta), un médico comprende la diferencia entre opinar y actuar, y varios moribundos se preparan para una aventura que harán en solitario, la última de sus vidas.
Buena parte de la literatura política (o comprometida o informativa o como quiera llamársela) que se hace en Europa siempre me ha parecido como escuchar un debate entre torys y laboristas en la Casa de los Comunes de Gran Bretaña o, en menor medida, como escuchar a nuestros representantes políticos en el Congreso de los Diputados. Las palabras pueden sonar más o menos convincentes, pero las propuestas suelen resultar decepcionantes porque rara vez contienen la urgencia que requiere el presente. Parece como si los novelistas obedeciesen las mismas reglas protocolarias de los políticos, haciendo una literatura tranquila y cabal, para jubilados y no para gente a la que de verdad le interesa conectarse con el tiempo que le ha tocado vivir. A menudo las novelas carecen del lado más salvaje de aquello que pretenden poner en evidencia, están atrapadas por constreñimientos similares a los de cualquier informativo donde se intenta no ofender al público más allá de lo razonable. Hasta cierto punto, son anestésicas, nunca sobrepasan ciertos límites (fijados por la decencia, además de por cuestiones relacionadas con la necesidad de abarcar a un mayor número de lectores). Por eso me gusta la falta de remilgos y la agresividad de Care Santos, que nunca se anda con coñas cuando quiere contar algo de provecho sobre temas como la eutanasia. Estoy de acuerdo con que posiblemente el libro no sea uno de esos artefactos minimalistas y crueles, graciosos pero sin gracia, fríos como un témpano, maduros en la forma y juveniles en el contenido, tan sugerentes que a veces no dicen nada; sin embargo, ningún lector podrá negar que es emocionante de principio a fin.


Care Santos: «Experimento al vivir un placer sin límites y tendré al morir una satisfacción sin límites»


—Tu obra suele articularse a partir de mecanismos de ficción y temas reales o de actualidad, pero en ningún caso la situaría en terrenos afines al Nuevo Periodismo, tampoco la considero híbrida (tal y como se entiende el término hoy en día, aunque toda literatura tiene su punto mestizo).
—Me interesa la realidad como punto de partida, no como fin en sí misma. Tiene que ver —supongo— con las razones que me llevan a escribir. Retener la realidad es una de ellas. Aunque no basta con eso. Si yo conociera de primera mano un crimen como el que narra Truman Capote en A sangre fría, contaría la historia del vecino que lo vio todo pero calló porque esa misma noche se la pegaba a su mujer con otra. Más que la realidad, me interesan sus intersticios, la grieta por donde todo se resquebraja. Y con respecto a las hibridaciones: hace tiempo que quiero escribir novelas que combinen géneros supuestamente populares y otras cosas. La novela de terror, el thriller de médicos, el realismo social, la novela sentimental e incluso la novela negra están en Hacia la luz.


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martes, febrero 24, 2009

Creta lateral travelling, Agustín Fernández Mallo

Editorial Sloper, Palma de Mallorca, 2008. 138 pp, 18 €.

Inés Matute

Sabemos, porque así lo ha afirmado, que a A.F.M le gusta la imagen de una cama elástica perfectamente tensada: a simple vista, nada ocurre en esa superficie muerta, pero si dejamos caer cualquier objeto, por leve que sea, al mínimo roce saldrá rebotado con una energía que en apariencia no guarda relación con esa cama, un paisaje quieto y casi mineral. Para Agustín, esa es una de las posibles definiciones de belleza: la tensión que es sinónimo de inquietud. Por ese motivo, supongo, y buscando la belleza, buscando la tensión, el autor gallego escribió en el año 1998 una obra tan desconcertante como aguda; un texto inclasificable embrión de todo lo que habría de venir después, pues Creta Lateral Travelling no es un libro de viajes al uso, ni un recorrido por la isla griega con itinerarios, anécdotas chispeantes y pellizcos de queso feta. Aunque sí participe de la aceleración medida de un buen Sirtaki. De hecho, nada en Fernández Mallo se inscribe dentro de los parámetros de lo previsible, pues, como él mismo ha afirmado en más de una ocasión, «mis textos producen zonas híbridas, cartografías literalmente monstruosas, y es esa zona fronteriza la que me interesa investigar». ¡Qué diablos! La poesía bebe de tantas fuentes como el mundo que la rodea, y en el caso de Agustín, sirve, disfrazada de prosa, maquillada de ciencia, para situarnos en el presente.
Fiel a su proyecto de hibridación de géneros, de temas y de voces, y años después de una publicación casi clandestina —pese a todo, Premio Café Mon de Palma de Mallorca, año 2004—, C.L.T adquiere su verdadera dimensión al ser contrastada con las dos primeras obras de la Saga Nocillera: ahí está todo, comprimido, esbozado, apretado en una primera píldora. Qué puedo decir. A ratos, en esta lectura que también es un viaje y un recorrido por una Creta privadísima, Fernández Mallo me recuerda a Ray Loriga. Un Ray Loriga con imágenes más potentes y aligerado de palabras. Palabras, las justas, las que perfilan al poeta excéntrico que juega a explicarnos una fórmula y no atina, ofreciéndonos, a cambio, un paisaje irrepetible del cual, extrañamente, ya formamos parte.
Román Piña, el editor, ha tenido el buen gusto de aportar, además, dos ensayos del autor con los que la edición queda más completa. Sus títulos, Poesía postpoética: hacia una nuevo paradigma y Un diagnóstico, una propuesta, nos dejan bien claro que el azar o el ingenio aquí no pintan nada —ni el uno ni el otro garantizan buena literatura— y que en este encaje de bolillos que es su escritura, todo se mide, todo se pesa, y, sin embargo, fluye con una precisión que no deja de ser intuitiva. La precisión intuitiva que David Brooks reivindica constantemente.
Un libro para disfrutar y también para reflexionar, para hacerlo nuestro, no me cabe duda.

lunes, febrero 23, 2009

Los números del elefante, Jorge Díaz

Planeta, Barcelona, 2008, 426 pp, 19,50 €.

Recaredo Veredas

Nos encontramos frente a un auténtico novelón realista, de la estirpe más clásica y perdurable. No es una obra de vanguardia y, posiblemente, nunca lo podría haber sido. Por esa misma causa podrá ser disfrutada dentro de cincuenta años con la misma intensidad con que lo es ahora. Su única innovación proviene de un leve toque metaliterario, tan sutil que no resulta cargante. Por supuesto muestra las variopintas peripecias que disfruta —y sobre todo sufre— un peculiar héroe durante su largo viaje circular, cuyo comienzo y fin es la miseria, con breves paradas en el esplendor. La circularidad es fruto de los caprichos de la suerte lo que siempre —y mucho más en un drama— resulta sumamente peligroso pero la maestría del autor y su conocimiento, tanto de la extraña lógica del azar como de la percepción que de esa lógica posee el lector, consiguen que la verosimilitud se mantenga.
Los números del elefante muestra cómo un desdichado labriego, criado en la más dura posguerra española, puede convertirse en uno de los amos de Rio de Janeiro. También exhibe el crecimiento y decadencia de un sueño llamado Brasil, un país destinado a convertirse en una auténtica potencia mundial que por las mismas causas de siempre —la corrupción, la más negra avaricia— nunca levantó el vuelo. Díaz se aproxima a la novela histórica, pero no termina de irrumpir en el género por la falta de intervención del antihéroe en la alta política de su país. Sin embargo, la narración de las peripecias históricas no desentona, al contrario, funciona como un perfecto correlato del auge y caída del protagonista. El país se convierte en un personaje más que, como Bernardo, soñó con la prosperidad. Contemplamos con nitidez la degradación de las favelas, el triunfo de Brasil en el mundial del 58, la eclosión de Brasilia. Es una novela llena de derivaciones, de minúsculas subtramas que por sí solas poseerían un poderoso interés narrativo, desde el suicidio del presidente Getulio Vargas a la trágica vida de Garrincha, aquel futbolista brasileiro que pudo convertirse en el mejor del mundo y a quien el alcohol y la mala vida convirtieron en el reverso oscuro de Pelé. El excelente pulso de Jorge Díaz, su absoluta conciencia de lo que es importante y lo que es superfluo, evita la desfocalización.
La elección de punto de vista no sigue, como suele ocurrir en los best sellers más premeditados, criterios de facilidad. Al contrario, la opción elegida es la más difícil, tanto desde una perspectiva técnica como puramente comercial: la primera persona. En el tramo final el lector comprende que es la única posible. Escoge a un narrador, además, de una cultura y una formación muy limitada, lo que se manifiesta en su lenguaje y podría coartar las posibilidades expresivas que, sin embargo, no quedan suprimidas, sino perfectamente adaptadas a las limitaciones de la voz. Evidentemente a veces el discurso se desvía y crece más allá de sus limitaciones pero el vigor de lo narrado impide la incoherencia. La descripción espacial es perfecta. Rio de Janeiro, como ocurre con el propio Brasil, se convierte en un personaje más, contemplamos sus lujos y sus miserias —concretados en el crecimiento y degradación de las favelas, que pasan de ser barrios humildes a convertirse en auténticos sumideros—. Es una voz turbia, dominada por una culpa indefinida, instalada en un lugar tan profundo, con tantas raíces, que su supresión resulta imposible. Cuando el narrador pierde a sus hijos nos hallamos frente a una tragedia, pero el autor no tiene que esforzarse para que así lo creamos. Puede mantener su sobriedad ya que comprendemos a la perfección su manera de contemplar el mundo. Sabemos que nunca exhibirá su dolor.
Convierte a los despiadados mafiosos sean personajes complejos, abocados irremediablemente a una muerte violenta y, si las suerte les complace, a una brevísima gloria. Los hay justos e injustos, compasivos e innobles. Tanto como los políticos, con quienes establece un curioso paralelismo, que demuestra la inverosimilitud de la realidad histórica: los servidores del pueblo resultan mucho más pintorescos que los delincuentes declarados que, en comparación, parecen puros personajes de realismo sucio. Gracias a esos matices logra que comprendamos la difícil relación que mantiene el protagonista con su antagonista y salvador, ese otro emigrante gallego llamado Albino, con quien mantiene un agradecimiento y una rivalidad eternas.
Además Jorge Díaz domina a la perfección recursos narrativos tan difíciles como el ritmo. Es capaz de narrar cuarenta años en una página y que lo escrito resulte plenamente coherente con el resto de la obra. Tal es su templanza que logra incluso máximas magistrales: Estos cuarenta años me he dedicado solo a ver pasar el mundo delante de mis ojos. El sorprendente desenlace —emplazado en el límite del exceso— pone en duda la certeza de todo lo mostrado pero al mismo tiempo realza su condición literaria, su vigor artístico.

viernes, febrero 20, 2009

Los domingos de Jean Dézert, Jean de la Ville de Mirmont

Trad. Lluis María Todó. Impedimenta, Madrid, 2009. 128 pp. 15.30 €

Rubén Castillo Gallego

Uno de los atributos más loables de un editor consiste en saber descubrir dónde están las obras realmente dignas, publicarlas con esmero y con elegancia, y darles la adecuada difusión. Es lo que Enrique Redel, máximo timonel del fino sello Impedimenta, está diciendo en los últimos tiempos con loable constancia. Y una de sus últimas apuestas es la que traigo hoy a esta página: la curiosa novelita que lleva por título Los domingos de Jean Dézert, de Jean de la Ville de Mirmont, un estilista sorprendente al que la Primera Guerra Mundial clausuró la respiración en 1914, después de una carrera literaria tan corta como prodigiosa.
El protagonista es un gris funcionario de veintisiete años que trabaja en el Ministerio de Estímulo al Bien. Carece de ilusiones, escribe la palabra “Nada” en muchas páginas de su Diario, se aferra a su trabajo con una lánguida indolencia y cobija ideas tan extenuadas como malheridas por el desánimo («Jean Dézert hace suya una gran virtud: él sabe esperar. Durante toda la semana espera el domingo. En su ministerio, espera el ascenso, mientras espera la jubilación. Una vez jubilado esperará la muerte. Él considera la vida una sala de espera para viajeros de tercera clase», páginas 25-26). Su única relación amistosa es la que establece con Léon Duborjal, con quien coincide a la hora de la cena en el local de madame Chênedoit, y con quien charla de temas neutros y banales. Pero un día la vida del rutinario empleado Dézert sufre un vuelco cuando conoce en el Jardin des Plantes a Elvire Barrochet, una hermosa muchacha que, con su atropellada anarquía vital y su jovialidad pizpireta, llenará sus horas de novedades. Esta ‘intromisión’ descabala el régimen de vida que hasta ese momento ha respetado con escrúpulo, e imprime un cierto aire de novedad y hasta de humor a su vida (diálogos como el que nutre la página 88 parecen escritos por el propio Miguel Mihura). El padre de Elvire, que es distribuidor de coronas funerarias, tenía otros planes («Yo había soñado con dar a mi hija a un marmolista y así asociar mis intereses a los de mi yerno», páginas 95-96); pero acepta al muchacho con liberalidad. Y en entonces cuando se produce la gran sorpresa: planificada ya la boda, Elvire Barrochet se echa súbitamente atrás, con el peregrino argumento de que su novio tiene la cara muy larga (página 105). Y Dézert, como no podía ser de otro modo, decide suicidarse. Elige, eso sí, hacerlo un domingo, para no perturbar el ritmo de su trabajo...
La fineza de esta prosa, sus diálogos deliciosos, la pintura de personajes, la delicada ambientación... Todo contribuye para que consideremos Los domingos de Jean Dézert una de las obras más exquisitas que nos ha deparado el panorama editorial español en los últimos tiempos. Impedimenta sabe lo que se hace, sin duda alguna.