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martes, marzo 13, 2012

Levadura de malicia, Robertson Davies

Trad. Concha Cardeñoso. Libros del Asteroide, Barcelona, 2011. 312 pp. 21,95 €

Ángeles Prieto

Debo empezar esta vez por comentaros una debilidad emocional que me acontece con muy contados autores. Aquellos que basta con el anuncio de la próxima publicación de un título suyo, para que ya se altere mi estado de ánimo y acoja la noticia con entusiasmo, alegría y alborozo. Con los escritores actuales, he de confesar que esta ilusión me la proporcionan señores contadísimos como Amis, McEwan, Coetzee, Houllebecq o Seth. Pero el caso es que me ocurre también con este autor canadiense, al que yo le hubiera concedido muchos más años de vida, y no tener que esperar a sus sucesivas (y magníficas) traducciones, a fin de que hubiera seguido escribiendo bastante más: Robertson Davies. Aunque Davies no sea moderno, complicado ni incisivo. No sea rabioso, ni intelectual. Fue simplemente genial y basta con abrir cualquiera de sus libros, leer una simple paginita llena de mordaces, pero compasivas aseveraciones, para pasártelo en grande. Porque Davies, lúcido observador, sobre todo era moral. Lo que dota de charming o encanto a todo escritor.
Levadura de malicia hace referencia a una frase bíblica: “Líbranos, Señor, de la levadura de malicia para poder servirte siempre en esta vida con sinceridad y verdad”. Y levadura de malicia es lo que siembra un personaje retorcido y ambicioso, el británico Higgin, en la tranquila, pacífica, pequeña y provinciana comunidad canadiense de Salterton a la que acaba de recalar, produciendo no pocos sobresaltos, de los que nos libraremos mucho de revelar sus resultados porque será el hilo que nos conduzca hasta el final.
Pero el argumento quizá, sea lo de menos ante los magníficos e incomparables retratos que nos proporciona de personajes que sentimos muy actuales, conocidos y cercanos a nosotros, quizá por el profundo conocimiento del ser humano que guardaba Davies, agudo observador como ya he dicho, gracias al ejercicio de su profesión como actor, antes de convertirse en escritor.
Eso, y un desbordante, pero también compasivo, sentido del humor hacia sus semejantes, alegría que se despliega desde la primera hasta la última página. Y así, al principio de esta novela nos aguarda un retrato del mundo periodístico absolutamente cierto y totalmente hilarante, propio de películas inolvidables como Primera plana de Billy Wilder o Luna de papel. Pero también con esa jovialidad, propia de otras épocas y de otros momentos menos críticos que este, y que a veces necesitamos con desespero encontrar en una literatura que no sólo debe servir de fuste a la realidad, sino que también se agradece que nos reconcilie con ella.
Así, diversión, conocimiento, pasión y alegría nos aguardan bien cocidos en el atanor de esta novela, de nuevo magnífica novela de Robertson Davies, que no podemos perdérnosla.

jueves, marzo 10, 2011

A merced de la tempestad, Robertson Davies

Trad. Concha Cardeñoso. Libros del Asteroide, Barcelona, 2011. 344 pp. 20,95 €

Ángeles Prieto

Todas las generalizaciones dejan entrever los desconocimientos y carencias de quiénes las formulan, cuando no demuestran grave ignorancia. Y tras una larga historia de desencuentros, mala comunicación, problemas de frontera y guerras entre ambos países, Estados Unidos y Canadá establecieron también serias barreras culturales mediante la creación de tópicos mutuos, como todos los vecinos, buenos o malos, han establecido a lo largo de la Historia. Parte de esos tópicos son añejos y coloniales, como producto de las herencias de sus metrópolis fundadoras respectivas, sin embargo otros lugares comunes, muy desafortunados, no lo son, y podemos achacarlos directamente a la competición comercial entre ambos estados. Porque por esta causa, y ninguna otra, hay quiénes contrastan sin problemas la literatura norteamericana con la canadiense, adjudicando a la segunda todo el academicismo, reflexión, letargo, modorra y sopor que nunca reconocerían encontrar en el país de los cambios sociales fulgurantes, las apasionantes aventuras o la búsqueda de la Gran Novela Norteamericana.
Afortunadamente en los últimos años, y gracias a magníficas traducciones, estamos conociendo en España qué es y en qué consiste lo mejor de la literatura canadiense, con ese interesante y rico acervo cultural, del que tanto ignoramos, en contraste con todo lo que sabemos de la historia y la literatura norteamericanas. Cuatro nombres en concreto, por su calidad y magisterio, están ahora mismo despertando en la prensa española elogios unánimes: Alice Munro y Mavis Gallant como las grandes damas del relato corto; Saúl Bellow y Robertson Davies, como principales adalides de la amena, culta y apasionante gran novela canadiense.
A merced de la tempestad, la novela de Robertson Davies que ahora comentamos es un título primerizo, pero debemos recordar que El gatopardo de Lampedusa también lo fue, y con aquella guarda la similitud de tratarse también de una novela tardía que sin duda sabe transmitirnos el espíritu de un lugar y de una época. Pues, pese a recoger algunas características de los autores que empiezan, como expresarnos directamente sus opiniones sobre los escritores románticos o respecto a la maravillosa música de Purcell, nos encontramos también ante una novela magnífica gracias a sus muchos aciertos: la penetración psicológica inteligente demostrada en todos los personajes secundarios, y con especial acierto en Hector Mackilwraith, finalmente gran protagonista; el paralelismo divertido con la gran obra tardía de Shakespeare; la observadora descripción, no exenta de humor, de la vida social en la pintoresca Salterton, inventada ciudad mercantil, con su destacada Universidad, su Juzgado y sus dos grandes catedrales; el poderoso dominio demostrado en el estilo ágil, ameno y periodístico de la narración y en los no menos interesantes y humorísticos diálogos.
Así, el resultado de esta primera parte de la Trilogía de Salterton, no pudo ser más venturoso, a corto camino ya de El quinto en discordia o Mantícora, primera y segunda parte de la Trilogía de Deptford, auténticas obras maestras independientes que ningún lector entrenado debería pasar por alto. Porque tras una licenciatura en Oxford y una exitosa carrera tanto en dramaturgia como en periodismo, fue como Davies pudo luego deleitarnos y convertirse en el maestro mundialmente famoso que logró ser, gracias a su talento narrativo en esas once novelas tardías en las que derrochó su imaginación y lucidez. Y es sólo ahora cuando en lengua castellana, gracias a las preciosas ediciones, y mejores traducciones, de los Libros del Asteroide, nos hemos podido quedar boquiabiertos con siete, esperando que lleguen a nuestras manos todas ellas. Unas novelas divertidas cuyo estilo ágil iguala y aún sobrepasa, al mejor Mark Twain, el de Tom Sawyer y Huckleberry Finn, para dar así una lección en toda regla a quiénes afirman, estúpidamente, que la literatura canadiense es aburrida.

viernes, febrero 27, 2009

Lo que arraiga en el hueso, Robertson Davies

Trad. Concha Cardeñoso. Libros del Asteroide, Barcelona, 2009. 487pp. 21.95 €

Sofía Rhei

En un solo personaje, espectador privilegiado al mismo tiempo que partícipe, se describe la historia de todo el siglo XX. A bote pronto se me ocurren Vida y destino, de Vasili Grossman, Autobiografía de Alice B. Toklas, de Gertrude Stein, El tambor de hojalata, de Gunter Grass, Hijos de la medianoche, de Salman Rushdie, La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, Novecento, de Baricco, Chiquita, de Antonio Orlando, Memorias de una caja a prueba de hormigas, de Mark Helprin, Lestat el vampiro, de Anne Rice (sí, el porno para chicas también puede tener su barniz histórico). Puede que la biografía (novelada, en la que ficción y fuente se contaminan) como metáfora de las transformaciones sociopolíticas sea una de las razones de ser de la novela en tanto que género, si es que de tal puede hablarse. Muchos de estos títulos se refieren específicamente a un país.
La lenta y fragmentaria construcción de la identidad canadiense y la correspondiente necesidad de mirarse, a la menor oportunidad, en el espejo de Inglaterra, son dos de los temas a los que el galardonado autor Robertson Davies sacó más partido a lo largo de su vida. No debe olvidarse que él mismo se educó en Oxford a pesar de haber nacido en una pequeña ciudad de Ontario, al igual que Francis Cornish, el protagonista absoluto de la novela de hoy. La historia de su protagonista transcurre entre Canadá y Europa mostrando tanto la permeabilidad de los diferentes tejidos sociales a algunas ideas como su tenaz resistencia a otras, y recoge las consecuencias de ambas actitudes gracias a la visión panorámica que permite el paso del tiempo.
Tras una breve introducción, que recoge el hilo argumental del tomo anterior de la trilogía (este libro es el segundo), la historia se convierte en una biografía al estilo clásico, empezada a narrar desde la generación de los abuelos de Francis Cornish, futuro pintor, millonario, falsificador y espía. Con estilo ameno y una interesante técnica, casi cinematográfica, de observación psicológica de las cosas pequeñas, que podríamos llamar plano detalle, se va desgranando la infancia, adolescencia y edad adulta de este controvertido personaje a ambos lados del Atlántico.
No se trata de un libro moderno, e incluso puede que sea intencionadamente anticuado, como si el autor tratara de ignorar todas esas cosillas que habían pasado en la literatura en las últimas cuatro o cinco décadas. La estructura es una línea temporal, lo que constituye un reto para el estilo (que Davidson supera brillantemente), pero esto no hace más que subrayar esa voluntad del escritor de convertirse en un "pintor de historia", de tratar de llegar a esa escritura atemporal que parecen poseer algunos clásicos. Lo que pasa es que no es tan fácil saber cuál es la causa y cuál el efecto en lo relativo a que un libro se convierta en un clásico o tenga una escritura aparentemente atemporal.
El punto de vista acerca de lo sobrenatural está basado en una tradición documental ligeramente poetizada (ángel de la biografía, daimon de la inspiración), y su función es poco más que pretexto biográfico; escrita veinte años después de El mago de John Fowles, la novela de Davies parece anterior.
El curioso hecho de que el artista empiece a practicar su arte mediante la observación y copia de naturalezas muertas humanas (los cadáveres de la funeraria) me ha traído a la memoria al pintor de muertos de Las horas náufragas, de Mercedes Chozas.
A pesar de tratarse de la vida de un pintor y de sus elecciones, las reflexiones acerca de los innumerables nexos entre el arte y el poder económico no ocupan un lugar fundamental en la novela, cuya prioridad es el retrato naturalista de los personajes, las pasiones de la mente y las del espíritu, las debilidades del cuerpo. Hay mucho diálogo, una de las tácticas del autor para hacer amena la lectura.
Cronista excepcional, sí. Posee la voluntad de dibujar el fresco de la historia viva, de retratar a cada miembro de las fotos oscurecidas en carne y sonrisa, de reunir lo que merece ser reunido, de decir muy bien lo que ya ha sido dicho. Sin embargo, los hilos entre lo que ya ha sucedido y lo que está sucediendo, o lo que va a suceder, y la exploración de todo lo que queda por decir, se echan de menos en este libro.