Mostrando entradas con la etiqueta literatura hispanoamericana. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta literatura hispanoamericana. Mostrar todas las entradas

miércoles, mayo 21, 2014

El último vagón, Kalton Harold Bruhl

Ediciones Irreverentes, Madrid, 2013. 104 pp. 12 €

Pedro Pujante

En El último vagón, uno de los relatos sobre relaciones paternofiliales más tiernos y conmovedores que he leído en mucho tiempo –y que además da título al volumen-, Kalton Harold Bruhl (Honduras, 1976) expone su visión de la vida como un tren a través del cual vamos acumulando, transportando recuerdos. La metáfora puede igualmente servir para fotografiar un libro de cuentos breves, que como vagones se anudan unos a otros conformando un alargado entramado de piezas que se deslizan independientes pero compactas en forma de libro-tren por las vías de la literatura actual. Este es el caso de El último vagón, un libro de relatos que merecidamente quedó finalista en el VII Premio Internacional de Relatos Vivendia-Villiers.
No obstante, el libro que comentamos apunta en otra dirección. Los relatos de Harold Bruhl son minuciosos estudios de la mente humana. Con un incisivo sentido del humor y gran ojo clínico se adentra en el alma de sus personajes y los desmenuza desde su propio núcleo. Las historias breves que componen esta antología derivan por inciertos derroteros y el lector jamás adivina qué final inesperado le aguarda.
Muchos cuentos parecen participar de técnicas cinematográficas y presentan escenas, planos y secuencias que hacen trabajar nuestra mente a un nivel visual. Los temas que abordan muchos de los relatos coinciden: la maldad, la venganza y las oportunidades que nos ofrece la vida.
Por ejemplo en "Votos nupciales" asistimos a las vicisitudes de un feliz hombre casado que comienza a ser visitado por el fantasma asfixiante y voluble de los celos. En "Cuando desperté" el narrador nos relata una historia de enterramientos, heredera del mismo Poe, pero cuyo argumento Harold Bruhl ha sabido retorcer hasta hacernos ver que la literatura no tiene un punto de llegada determinado, sino que siempre puede dar un paso más. "El último concurso" es una historia moderna de fantasmas que emociona más que asusta. "La carta", quizá uno de los relatos más perfectos, es una rescritura de un famoso cuento de Cortázar, "La salud de los enfermos", pero que el autor hondureño ha sabido condensar hábilmente en una tensa y eficaz página.
Quizá los relatos que menos me interesen del volumen son los que dedica a explorar las intervenciones de ángeles y fuerzas divinas. Pero, qué duda cabe que igualmente son buenas historias a pesar de que el asunto ya de por sí pueda parecer de una extenuante y poco acertada intención moralizante. No obstante, Harold Bruhl es un gran contador de historias cortas (veintidós componen esta antología), que somete al lector a un tour de force de gran magnitud, que se mueve como un monstruo en un pantano por las turbulentas aguas del mundo abisal del relato breve y que sabe impactar con una escritura certera, precisa y cierta ironía bien calculada.

miércoles, mayo 14, 2014

La iniciación de un hombre: 1917, John Dos Passos

Trad. Elena Sánchez Zwickel. Errata Naturae, Madrid, 2014 168 pp. 12,50 €

Ángeles Prieto Barba

Dada la gran cantidad de libros conmemorativos, destinados a analizar la Primera Guerra Mundial publicados el año anterior y éste, es preciso orientar al lector para no perderse. Pues el mercado editorial nos está proporcionando sobre el tema un catálogo de títulos tan amplio, que hace aconsejable que tengamos previamente una idea clara de lo que estamos buscando. Si queremos un análisis de las causas o que nos detallen las consecuencias, si pretendemos encontrar un manual complejo de historia bélica o un sencillo resumen, si lo queremos bajo la perspectiva de sus propios actores o si optamos por encontrar un juicio o balance justo desde la época actual. Pues bien, para todos aquellos que necesiten enterarse de cómo fue dicho conflicto y que además pretendan que esta narración venga de la mano de una pluma excelente, con valores literarios, esta será una opción excelente. Con la debida advertencia de que encontrarán también otra Iniciación por parte de la editorial Gallo Nero, publicada tan sólo un mes antes. Distingan.
Antes que nada, vamos a situarnos. Aunque escrito en tercera persona, este es un libro autobiográfico que relata las andanzas de un joven Dos Passos, quien con sólo 21 años y sin estar de acuerdo con la entrada de Estados Unidos en el conflicto, se enrola voluntariamente en la Cruz Roja como camillero y de este modo acude al frente. En el libro, tomará el nombre de Martin Howe quien, a través de tomas cinematográficas, pequeñas escenas distanciadas en el tiempo, nos narrará perfectamente lo que está observando, escuchando y viviendo. Por ello estoy convencida de que estas memorias encubiertas agradarán a aquellos lectores con cierta solera literaria, desde el mismo momento en que éstos constaten que estamos en los inicios de lo que luego desarrollaría magistralmente en el Manhattan Transfer, estructura que más tarde copiaría Camilo José Cela en La Colmena.
Esto en cuanto a los valores literarios de un libro publicado en 1919, terminada la Guerra y con tiempo suficiente para la revisión y corrección de un manuscrito muy descriptivo, donde abundan las adjetivaciones. Respecto al contenido y su trascendencia histórica, hemos de tener en cuenta que los lectores actuales tenemos una concepción de muy cinematográfica de la guerra. Es decir, si pensamos en ella, de inmediato se nos viene la imagen de soldados corriendo y gritando a bayoneta calada mientras a su alrededor estallan los obuses. Pero esto es un error, lógico y propio de quiénes no hemos estado en ninguna, por lo que este volumen de Dos Passos nos puede servir mucho para que la contemplemos de una manera más amplia y exacta, siendo conscientes de que el enfrentamiento bélico es de corta duración y mientras no se produce hay tiempo para otras actividades: paseos, charlas, reflexiones y bromas incluidas en el libro. Todo esto lo vamos a encontrar en este volumen que se inicia a bordo del barco que lo trae hasta Europa y que indudablemente, desde esas primeras páginas, constituye un alegato contra la guerra que podemos percibir no sólo en las valoraciones personales: «¿Acaso aceptaba toda esta pestilencia, inmundicia, degradación y esclavitud como parte del orden divino de las cosas?», sino también en el propio trabajo del autor-protagonista que, como camillero, consiste en recoger en heridos en muy mal estado, prácticamente muertos. La compasión hacia los prisioneros, el sueño del socialismo liberador y el deseo de un mundo mejor no faltan tampoco en estas páginas donde se resguardan un tanto las esperanzas de cara al futuro. Hoy sabemos que otra guerra, la nuestra en concreto, se encargaría de abrir los ojos a Dos Passos y arrebatárselas definitivamente. Es por ello que felicitamos a Errata Naturae tanto por la edición como por ese brillante epílogo añadido que nos hace cerrar este libro aún con más satisfacción y provecho.

viernes, enero 31, 2014

Listen to me, Manuel Vilas

La Bella Varsovia, Córdoba, 2013. 200 pp. 15 €

Fernando Ángel Moreno

El terreno de lo literario ha sido siempre difuso y muy dado a interpretaciones. En este sentido, me llaman la atención algunas voces que invitan a ver Facebook como literatura. Evidentemente, habría muchas razones teóricas para darles la razón, con poco que nos pusiéramos a ahondar en problemas de lenguaje connotativo, intención del autor y de lector, y teorías de la ficción. Aún así, me resisto a este etiquetado, pese a que soy un gran defensor de la red social desde hace años.
Y me voy a cerrar aún más en mi ceguera, puesto que disponemos de la interesante propuesta de Manuel Vilas, y porque me conviene egoísta y tramposamente para defender su libro Listen to me.
En sus páginas se publican sus estados de Facebook —incluidas fotos y enlaces a canciones—, que con mayor o menor asiduidad muchos seguíamos y disfrutábamos. Que ya había una intención literaria parecía claro en la mayoría de ellos, y no guardaba dudas en los más ficcionales, como los que dan título al libro: aquellos en los que Vilas habla directamente con Dios.
Sin embargo, ahora una editorial los recoge en papel y los publica. Cualquier lector apegado a ciertas tradiciones me dirá que tan literatura eran antes como ahora, puesto que un texto es lo que es, independientemente del formato en que aparezca y puesto que esa intencionalidad pretendía darle el propio autor. No obstante, la propia experiencia de lectura puede llevar a que no se haga una relectura de aquellos ya conocidos, pese a que tampoco pueda sentirse que se leen como si se leyeran por primera vez. Es decir, mi sensación es que esos textos han sido transformados en algo que EVIDENTEMENTE ES literatura respecto a algo que era Facebook y que PODÍA SER literatura.
Recomiendo acercarse al libro desde esta perspectiva de que, schrodingerianamente, es y no es literatura al mismo tiempo.
A lo largo de sus páginas vamos conociendo a un personaje, Vilas, que nos va introduciendo en su mundo, va creando unas cuantas características aquí y allí para darle dimensiones ‒su pobreza, su tono hiperbólico, su pasión por Johnny Cash, Lou Reed, Scott Fitzgerald...‒, va desarrollando algunos conflictos internos y, hasta cierto punto, evoluciona. Yo diría que evoluciona en cuanto que evoluciona su estilo en este formato, sintiéndose cada vez más seguro. Si la coherencia y la cohesión quedaban reforzadas por un muro de FB con un nombre, ahora lo da un formato tradicional que invita a leer... ¿Como una novela? ¿Como poemas? ¿Como microrrelatos?
No obstante, somos conscientes de que lo allí narrado era vivido en tiempo real, incluido algún trágico acontecimiento. Podríamos afirmar, como ya se ha dicho, que no existe diferencia con el clásico diario o con el género epistolar, y remitir a Montaigne, a Ana Frank o incluso al propio Lovecraft y su correspondencia con tantos escritores. No obstante, la inmediatez de la faceta pública de estos textos influyó sin duda en su redacción e influye ahora en nuestro imaginario al leerlo. Con ello, cobran una fuerza diferente sus críticas a la política y la cultura españolas y, desde luego, su hondo y metaforizado existencialismo en constante pugna con un no menos hondo y directo amor por la vida y por el ser humano.
De este modo, el autor nos acerca muchísimo a su intimidad, a sus pensamientos más directos... Y, por otro lado, al literaturizar la vida, se hace más opaco, menos accesible el Vilas real.
Todo esto supone más que una mera discusión teórica sobre etiquetas y límites. En definitiva, trata de una experiencia estética difícilmente alcanzable con otros textos, actuales o del pasado, esa experiencia que Jordi Carrión denominó hace ya algún tiempo «ficción cuántica». Un libro revolucionario, sin duda, que es y no es literatura. (Como le pasa a toda la literatura, en realidad.)
Ah, olvidaba lo único importante de todo esto: desde mi (nada humilde) opinión, muy, muy divertido.

jueves, enero 23, 2014

Muerte súbita, Álvaro Enrigue

Premio Herralde 2013. Anagrama, Barcelona, 2013. 264 pp. 17,90 €

Care Santos

La última novela del mexicano Álvaro Enrigue, por la que resultó merecedor del último premio Herralde, parte de un planteamiento atrevido: el pintor italiano Caravaggio y el poeta español Francisco de Quevedo disputan en Roma un partido de tenis con el que saldan pendencias y arrojos anteriores. Quevedo empieza ganando, el público apuesta a su favor, corre el dinero, hay algunos espectadores muy especiales entre los asistentes (a los que vamos conociendo poco a poco) y todo ello sirve al autor de pretexto para desplegar hacia todos los lados una trama que se apoya en la disputa, pero sólo de refilón, para explicar muchas otras cosas: desde el destino de la melena que Ana Bolena se amputó justo antes de ser decapitada hasta los estúpidos arrebatos españoles durante la llamada conquista del Nuevo Mundo. Por estas páginas campan Hernán Cortés, su amante la Malinche, Moctezuma, varios papas, varias furcias y una gran diversidad de personal surgido de la época de los descubrimientos y de los movimientos contrarreformistas de la iglesia. Además, claro está, de los dos contendientes.
Se da también un interesante culto a los objetos, a través de los cuales todo parece hacerse más tangible. Este interés de Enrigue por ellos se subraya en algunos añadidos a la narración, en que se aportan definiciones históricas de ciertos utensilios muy empleados en este tenis arcaico, de la pella a la pala. Aunque los utensilios que con el argumento se crecen como un bizcocho metido al horno son otros: el juego de pellas únicas, vendidas a precios exorbitantes; un escapulario fabricado con el pelo de un muerto imperial o un bonete tejido gracias a un material inédito en el Viejo Continente, que asusta tanto como deslumbra.
La novela maravilla por el alarde de recursos que hace su autor, por el modo en que la voz del narrador se inmiscuye en lo que está contando, por el dominio del lenguaje. Y también por el artificio, por la trampa. A medida que se avanza en la lectura, una ya se da cuenta de que lo que Enrigue pretende contar no tiene nada que ver con el partido de tenis inicial. Lo que cuenta es mucho más universal y terrible. Lo dice el propio novelista, en una de esas intervenciones de su propia voz: «No sé, mientras lo escribo, sobre qué es este libro. Qué cuenta. No es exactamente sobre un partido de tenis. Tampoco es un libro sobre la lenta y misteriosa integración de América a lo que llamamos con desorientación obscena 'el mundo occidental' (...). Tal vez sea un libro que se trata solamente de cómo se podría contar este libro, tal vez todos los libros se traten sólo de eso. Un libro con vaivenes, como un juego de tenis». (páginas 200-201). Termina, sin embargo, con una conclusión esclarecedora: «Sé que lo escribí muy enojado porque los malos siempre ganan. Tal vez todos los libros se escriben sólo porque los malos juegan con ventaja y esto es insoportable» (página 202).
Tal vez en esto de la literatura también los malos jueguen con ventaja. Está claro que Enrigue es de los buenos y esta novela lo demuestra con creces.

martes, septiembre 17, 2013

Vean ve, mis nanas negras, Amalia Lú Posso Figueroa

Palabras del candil. Cabanillas del Campo, 2013, 168 pp. 12 €

Ignacio Sanz

Amalia Lú, la autora de este puñado de narraciones fascinantes, es natural de Quibdó, en Chocó, Colombia. Y al tiempo que escritora ejerce como narradora oral. En realidad estas narraciones son un homenaje a la narración oral. América Latina, España y Estados Unidos la han contemplado sobre los escenarios marginales en los que suele moverse la narración oral. Acaso también en algún teatro principal. Quienes hemos tenido el privilegio de escuchar estas historias de viva voz en boca de la narradora, podemos imaginarnos al leerlas sus movimientos insinuantes, su descaro, sus contoneos, sus infinitas maneras de llevar los sombreros, sus medias caladas y los registros ingenuos de su voz cada vez que habla de cucuné. Amalia es un continente que desborda sensualidad y descaro sin perder nunca la elegancia aristocrática con la que atrapa a los que la escuchan. En realidad estas historias son un canto a la vida, una fiesta arciprestal o rabelesiana, un goce para los sentidos y un puro disfrute para los oídos por los recovecos en los que se pliega el idioma en la boca de las mulatas y las negras chocoanas a las que presta su voz.
El punto de partida de estas narraciones es el ritmo. Cada negra de la que nos habla Amalia Lú tiene el ritmo en una parte de su cuerpo que ejerce como timón: tetas, nalgas, axilas, nariz, susuné, boca, corazón…
«Los pezones de las tetas de la nana Fidelia señalaban al norte y al sur, al oriente y al occidente, arriba y abajo, al centro y adentro; marcaban siempre la ruta correcta.” “Inocencia se enamoró de un negro por el olor. Antes de conocerlo percibió a distancia un olor a pichoncé y empezó a intranquilizarse por ese aroma que la despertaba ansiedad y la iba llevando por una arrechera ascendente…»
«La nana Limbania Pretel tenía el ritmo en el susuné.
¿Qué vas a hacer ahora? Cuidarme el susuné.
¿Para donde vas? A darle un paseo a mi susuné.
Todo lo que hacía Limbania estaba relacionado con o tenía por destino final el susuné. Era, como se dice por ahí, una adoradora de san susuné. Vivía para hacer feliz al susuné. Le encantaba montar en cicla sin calzones para sentir en libertad el susuné.»
Santa Amalia Lú, sensualidad y elegancia sobre la escena, no es menos elegante ni menos sensual cuando ejerce solo como escritora. De esta manera sus lectores podrán imaginar el ritmo bamboleante de sus caderas y prolongar el placer que supone oír este puñado de relatos en la cordialidad descarada su boca. Con ellos nos trae la calorina sofocante, la fruta tropical y, sobre todo, nos trae el regalo del lenguaje con sus acentos y sus giros. El lector de estos relatos se traslada a la selva, navega por los ríos turbios y desbordantes del Chocó. De la misma manera que García Márquez nos regaló Macondo, Amalia Lú nos abre las puertas de un paraíso que es un puro deleite sensorial, un goce infinito, un deleitoso canto a la vida.
Supongo que, si no lo han hecho ya, las autoridades de Quibdó, allí donde siempre es verano carnal, habrán pensado en levantar una estatua de Amalia Lú en su plaza mayor para homenajear a la escritora y narradora oral que ha abierto las puertas de su tierra a tantos escuchadores y a tantos lectores a través de estas negras descaradas que tienen el ritmo en las zonas más inverosímiles del cuerpo. No se lo pierdan.

viernes, mayo 31, 2013

Historia del dinero, Alan Pauls

Anagrama, Barcelona, 2013. 208 pp. 17,90 €

Salvador Gutiérrez Solís

Comencemos con un poema de Pablo García Casado —de actualidad, ya que acaba de compilar toda su obra poética en Fuera de campo—: No es un ambiguo sentimiento de angustia, es dinero. La nueva novela de Alan Pauls podría resumirse perfectamente con este poema.
Parece que con Historia del dinero Alan Pauls cierra su trilogía setentera, argentina, excesiva y fantasmal. Y para ello se vuelve a aliar con algunos de los personajes más representativos —de esta trilogía— que ya encontramos en Historia del llanto y en Historia del pelo. La mirada del niño que sigue contemplando todo a través de su ventanal. Tónica general en su obra, se sigue buscando Pauls, o tal vez siga buscando esa concepción de la narrativa que con cada nueva novela consigue revitalizar y estimular. Aliento, electricidad, apuesta. Pauls es un magnífico ejemplo de la pasión por el camino, por el viaje, sin pensar cuál es el destino, o por qué es necesario alcanzar algún lugar. Tal vez no exista ese lugar, es lo de menos. El triunfo es el viaje, viajar, el trayecto. Pauls no ha soltado su mochila.
En esta novela, el dinero es más que billetes y cifras, es un universo, una obsesión, una forma de estar y ser. Ganar dinero es una pasión rutinaria, básica, pero pasión a fin de cuentas. Pasión que puede llegar a lo carnal, a lo sexual, orgía de dinero, pero con el tacto de un billete mil veces manoseado.
Excesivo y deslumbrante, Alan Pauls, características de su narrativa desde sus comienzos, en Historia del dinero nos conduce por el lado oscuro del dinero, sobredosis de dinero, dinero, mucho dinero, todo y todos por el dinero. Alterna Pauls, sin previo aviso, el microscopio con el plano general, los elementos autobiográficos con las referencias al contexto social, salvaje y caótico, de la Argentina mundialista de los setenta, ese país de “paranoia y dolor” que nos cantó Andrés Calamaro. En estos giros, que siempre sorprenden al lector, es donde Pauls exhibe todo su músculo literario, esa inexplicable capacidad innata para sobrevivir a su propio incendio y convertir un texto abocado a las cenizas en una imponente e iluminadora llamarada que nos ciega, puro esplendor.
Historia del dinero es una novela que aturde y emociona, que embriaga, que escuece. Narrativa con nervio y aliento, historias contadas, crónica de sombras y obsesiones, naufragios que nos intimidan, personajes reales y visibles, Literatura, de la buena.

viernes, mayo 17, 2013

Gallinas de madera, Mario Bellatín

Sexto Piso, Madrid, 2013. 147 pp. 16 €

Ignacio Sanz

Gallinas de madera es un libro que contiene dos novelas cortas independientes y de estirpe metaliteraria. En la primera titulada. “En las playas de Montauk las moscas suelen crecer más de la cuenta”, se homenajea a Bohumil Hrabal, el gran escritor checo cuya muerte es un misterio que sigue flotando sobre la historia de la literatura europea. Hrabal vivía internado en una residencia de ancianos. En la cornisa se de la cuarta planta se posaban las palomas a las que él echaba de comer. Un día Hrabal se precipitó al vacío. ¿Suicidio acaso? Bellatín parte de este hecho minúsculo para divagar sobre el gigante de la narrativa checa y lo hace bajo los efectos delirantes que produce la ingesta de un líquido lisérgico. La visión de la realidad es deformada y aparecen moscas monstruosas, aves de rapiña, perros. Y aparece una y otra vez Bohumil, pero un Bohumil deformado por los efectos del líquido lisérgico, como en los esperpentos de nuestro Valle, pero aquí sometido a un discurso circular, como de melopea que repite y repite, pero al mismo tiempo envía rayos de sol, puntos de luz sobre la obra del gigante checo. El segundo relato, “En el ropero del señor Bernard”, el homenajeado es el escritor francés Robbe-Grillet con quien Bellatín sostuvo una conversación pública poco antes de morir. El señor Bernard pertenecía al Movimiento Literario Sumamente Innovador. Uno de los principios de este movimiento consiste en matar al padre, en empeñarse en que cada generación de escritores renueve sus fuentes de creación edificando su obra sobre las ruinas de la generación anterior. Bellatín envuelve al lector en un discurso melopeístico con referencias personales y múltiples desdoblamientos.
Por todo ello no estamos ante un libro fácil, como acaso no lo sea la literatura de Robbe-Grillet. Y sin embargo, en medio del bálago discursivo, encuentra el lector reflexiones lúcidas como las que hace sobre  El extranjero de Camús al referirse a los tiempos verbales con los que empieza esta inquietante novela. En cualquier caso se trata de disquisiciones sobre la escritura antes que sobre la vida.
«Me puse a escribir, imaginariamente, eso sí, porque no comprendo el mundo. Lo hice en la mesa donde me sirvió alguna vez una sopa hecha con restos de pájaros. Esto es todo. Para colmo, mientras más escribo, menos entiendo. Ahora no se qué va a pasar, sabiendo además que en el ropero del señor Bernard falta un traje, por si fuera poco el que más detestaba.»
Y, pese a todo, es decir, pese a esta atmósfera de cavilaciones concéntricas que abruman ligeramente al lector, a menudo salta la chispa, una chispa que empuja a seguir para encontrar el misterio que une a los parricidas.

martes, marzo 12, 2013

Poesía reunida, Juan Gelman

Seix Barral, Barcelona, 2012. 1328 pp. 25 €

José Luis Gómez Toré

Más de mil trescientas páginas y más de veinte poemarios, precedidos por sendos prólogos de Julio Cortázar y Pere Gimferrer, dan fe de la prolífica escritura del argentino Juan Gelman (Buenos Aires, 1930), pero también de la calidad de su escritura y de su saludable ambición, que le han convertido en uno de los nombres imprescindibles de la lírica en español (la concesión del Premio Cervantes en 2007 fue solo una confirmación de lo que era un secreto a voces entre los lectores de poesía de nuestra lengua).
Estamos ante una lírica que explora todas las posibilidades del lenguaje: de ahí que se den cita tanto la escritura política como el desgarro existencial, los ecos de la música popular junto con la lección de las vanguardias, las imágenes más audaces y las distorsiones más sorprendentes de la morfología y la sintaxis en atrevida fusión con los giros propios del habla coloquial. Gelman parece hacer realidad el sueño de Lautréamont de una poesía hecha por todos, porque de alguna forma esa necesidad de acoger todas las dimensiones del idioma implica asimismo asumir que el lenguaje es una creación colectiva, un complejo entramado del que la voz del poeta es tan solo un hilo más. Aunque no esté ausente el yo, la poesía es para Gelman sobre todo la voz de lo otro y del otro (también del otro que es uno mismo). Por ello, no sorprende el recurso ocasional a heterónimos o incluso el empeño de escribir todo un libro de poemas, el bellísimo Dibaxu, en sefardí. Al igual que el autor no se prohíbe la poesía política (pero sin que el adjetivo devore al sustantivo: incluso los poemas más combativos del argentino no dejan de ser ante todo eficaces artefactos verbales), tampoco se impone otro tipo de cortapisas, nada infrecuentes en la reciente tradición lírica. Precisamente por la hinchazón sentimental de la poesía romántica y posromántica, buena parte de la mejor poesía del siglo XX se ha caracterizado por su contención, por una alergia a todo sentimentalismo. Ello ha propiciado a menudo cierto distanciamiento intelectual, cuando no irónico, frente a la compleja realidad emocional que nos constituye. En el caso de Gelman, por el contrario, la ternura, como también la rabia, afloran por doquier (de esa dualidad da buena cuenta el oxímoron que pone nombre a uno de sus libros capitales, Cólera buey). Se trata, sin embargo, de una ternura que, incluso cuando juega con el lenguaje convencional de las emociones, lo dinamita desde dentro, con una audacia que, pese a las muchas diferencias entre los dos poetas, recuerda a la de César Vallejo. Y es que ambos son capaces de transmutar alquímicamente el lenguaje cotidiano con sus riquezas subterráneas y aparentes carencias en una vía inédita de exploración del mundo.
La otra cara de la denuncia que aflora en no pocos de sus versos (pero sin que quepa reducir su obra a esta perspectiva, sin duda importante) es una casi imperceptible dimensión utópica. Sin embargo, ese componente utópico apenas se hace explícito, ya que es el propio lenguaje la utopía a la vez realizada y por realizar del encuentro de lo diferente, el espacio común donde puede decirse el desencanto pero también la fragilidad de la esperanza: un lugar donde explorar lo posible que late en toda realidad y que se revela así en una lengua en constante y gozosa metamorfosis.

miércoles, enero 09, 2013

Obra poética (1965-1998), Eduardo Mitre

Pre-Textos, Valencia, 2012. 456 pp. 30 €

José Luis Gómez Toré

Cuando con demasiada frecuencia la poesía se convierte en un fatigoso enfrentamiento entre facciones, en una larga serie de disputas en torno a modas y escuelas, se recibe como un soplo de aire fresco una lírica que se mueve sin dificultad desde las aventuras vanguardistas a la dicción más clásica, y que lo hace siempre con el aire desenfadado y elegantemente sentimental, no exento de humor, casi de poesía popular, de los versos de Eduardo Mitre (Oruro, Bolivia, 1943). En efecto, lo primero que llama la atención en estos poemas es la facilidad expresiva, la aparente espontaneidad de una escritura, que, frente a la mayor parte de la poesía contemporánea, recurre incluso al juego ocasional de la rima, casi siempre asonante. En las manos de Mitre, la poesía parece con frecuencia un juego, pero jugado con la seriedad con la que lo haría un niño, como se aprecia sobre todo en sus caligramas pero también en no pocos de sus versos de apariencia más convencional, que parecen una adivinanza o incluso una greguería: «¡Relámpagos: nubes/ que se abren las venas!».
Este tipo de poesía tiene sus riesgos y en algunos tramos de su trayectoria asoma así una falta de tensión lingüística. No es raro en un escritor honesto, y menos en un poeta, que sus logros mayores y sus puntos débiles estén sorprendentemente próximos. En ocasiones, la ligereza, la encantadora sencillez de los versos de Mitre se acerca peligrosamente a cierto descuido expresivo. Con todo, haríamos mal en juzgar esta escritura desde la visión simbolista del poema como una joya perfecta. Estos poemas son menos artefactos que una forma de respiración, de estar en el mundo. Sé que se trata de una asociación muy personal y probablemente muy discutible, pero esta conciencia vitalista, en la que el escribir se alimenta de la vida y esta a su vez es intensificada por la escritura, me recuerda de alguna forma al Goethe del Diván de Oriente y Occidente, ese libro de senectute tan sorprendente juvenil.
Pese a algunas reticencias, a la postre estos poemas nos seducen con su capacidad para decir el mundo sin ocultar la distancia insalvable entre mundo y lenguaje. Poeta de las realidades más humildes y por eso mismo poeta del milagro, de lo familiar convertido en asombroso, Eduardo Mitre es un poeta de la presencia, de lo que está ahí “por primera vez siempre”. Estamos ante una poesía de la carne hecha verbo y del verbo hecho carne, de una carnalidad que va más allá incluso del elegante erotismo de no pocos de sus versos. En esa atención a la materia no es difícil descubrir al admirador de Lucrecio, de quien, como de otros maestros, ha aprendido que “No hay más ascensión que hacia la tierra”.
Creo que no tiene sentido preguntarse si en estos poemas predomina lo elegíaco o lo hímnico, como tampoco si pesa más la mirada vitalista que el aliento meditativo. Precisamente en esa fusión de actitudes y elementos aparentemente contrarios está el atractivo mayor de su lírica, que conjuga asimismo la rebeldía frente a lo injusto con la serena aceptación de lo que existe: «No hay pregunta bien hecha:/ la vida es un entierro y una fiesta». La poesía es entonces, no un sustituto de lo real, sino una mirada alerta para advertir la fugacidad del milagro y, como quería Italo Calvino, hacer que dure y dejarle espacio: «El Paraíso está aquí./ Abre los ojos/ que abran sus puertas./ Despierta. Está aquí./ No es la dicha,/ es la presencia».

lunes, noviembre 19, 2012

El último tango de Salvador Allende, Roberto Ampuero

Plaza & Janés, Barcelona, 2012. 363 pp. 17,90 €

Pedro M. Domene

Esta es la historia del Doctor, o mejor dicho la intrahistoria de Salvador Allende, presidente electo de Chile, que en la mañana del 11 de septiembre de 1973 se dirige al Palacio de la Moneda porque todo indica que puede haber un golpe de Estado en marcha; y, también, la de Rufino, un singular asistente del político, compañero en un taller anarquista en su juventud, extraordinario testigo de una tragedia de la que dejará constancia en un viejo cuaderno escolar y, además, un fervoroso amante del tango, afición que contagiará al mandatario. Esta es, en realidad, la crónica de El último tango de Salvador Allende (2012), contada con ese buen ritmo, popular y profundo, con que se mantiene aun viva la mejor expresión de la música argentina.
Roberto Ampuero (Valparaíso, 1953), autor de una amplia obra narrativa, ¿Quién mató a Cristián Kustermann? (1993), Nuestros años verde olivo (1999) o Pasiones griegas (2006), se acerca a la historia reciente de sus país desde diferentes perspectivas, contando la vida privada del presidente-protagonista, su relación con Rufino, el asistente personal y panadero de profesión, o la vida secreta de los jóvenes disidentes Victoria y Héctor, y aun añade para otorgarle la intriga suficiente las indagaciones que lleva a cabo, David Kurtz, ex-agente de la CIA, que orquestó la conspiración en contra del presidente socialista por aquellos años. Kurtz volverá al país por expreso deseo de su hija Victoria, que está hospitalizada y allí mismo le hace jurar al padre que, cuando muera, busque a un antiguo amigo en Chile para entregarle sus cenizas. Treinta y cinco años más tarde, el ex-agente se enfrenta al recuerdo de su pasado en la capital chilena, repasará los escenarios de su anterior estancia con la simple ayuda de una foto y de un diario escrito en español que deberá ir traduciendo para buscar la pista del joven retratado junto a su hija. A media que avanza el relato, Kurtz se dará cuenta de quién es realmente el autor de ese diario, Rufino, el amigo y asistente del presidente derrocado, y el lector asiste así a una reconstrucción histórica de los difíciles días de Allende, enfrentado a la derecha chilena que considera sus reformas las de un comunista y, también, a la izquierda guerrillera y combativa, que verá en el presidente actitudes de debilidad y ante los acontecimientos pretende armar al pueblo. Cuando el político chileno acude a la U.R.S.S. en ayuda, Brézhnev le niega cualquier intervención tras la experiencia cubana, y así provoca una auténtica crisis en el país socialista; los Estados Unidos, atentos y bajo la mirada del presidente Nixon y el Secretario de Estado Kissinger promueven la caída del presidente electo apoyando el golpe militar encabezado por Pinochet. Al hilo de la parte documental, incluso histórica, Ampuero retrata un joven Allende universitario, con inquietudes anarquistas que conocerá a un mítico agitador Demarchi, un zapatero, a quien Rufino y él retratan como el maestro que supo enseñarles cómo entender el mundo, una instrucción que forjaría al futuro político y que ambos recordarán, años después, siendo ya presidente Allende y su mejor asistente, cuando transcurrido un largo día pasaban juntos las veladas de Tomás Moro, núm. 200, poco antes del golpe militar. El narrador ofrece, paralelamente, dos puntos de vista para hablar sobre el Chile contemporáneo, los argumentos de la realidad que vivió la gente cotidiana y las angustias del panadero que no consigue harina para hacer su pan, o la utópica teoría socialista con que sueña el político que no logra implantar en el país, y como añadido a toda esa compleja visión, las conversaciones terminan o, mejor, salvan la noche discutiendo acerca de las letras de los tangos y de sus intérpretes. En un retrato más personal, el panadero anotará las relaciones del presidente con su esposa Doña Tencha y sus amantes, Payita y Gloria Gaitán y, con el amor como trasfondo, subrayará esas intimidades comparando la vida cotidiana con una larga lista de sus intérpretes favoritos, Santos Discépolo, Carlos Gardel, Alfredo Lepera y Homero Manzi, muestra, por otra parte, de una realidad humana que Ramiro aviva con su entusiasmo musical. Mientras, Kurtz comienza sus pesquisas en la capital chilena, y conoce a Casandra, una famosa echadora de cartas, con quien inicia un curioso romance, pero en su desesperada búsqueda de Héctor se enfrenta a los fantasmas del pasado y descubre que sabía muy poco acerca de su hija adolescente, y de sus actividades en el mundo universitario en los meses previos a la sublevación. Ahora su investigación le permite ir reconstruyendo el pasado atroz de Héctor, y por añadidura las actividades clandestinas de su hija, cuyas pistas iniciales lo llevarán a Alemania, y tras algunos incidentes poco afortunados, de vuelta a distintos lugares de Chile, hasta que descubre que Amanda, la esposa de Rufino, es el eslabón de un final para completar su historia.
Roberto Ampuero concibe su novela, El último tango de Salvador Allende, como una interpretación del pasado con mucho de ficción, aunque subraya que lo más importante cuando se trata de hablar de figuras históricas es hacerlo con el más absoluto decoro, con toda la seriedad posible y, sobre todo, a través de una fina sensibilidad para que los personajes se manifiesten en toda la amplitud de sus sentimientos.

martes, noviembre 13, 2012

El país imaginado, Eduardo Berti

Impedimenta, Madrid, 2012. 235 pp. 19,95 €

Carmen Moreno

Hace mucho que soy fiel seguidora de la literatura japonesa, no así de la china, y, a modo de muñeca rusa, puedo decir que soy fiel, sobre todo, de la de la primera mitad del siglo XX; pero, sobre todo, de la de Yasunari Kawabata, que fue el primer japonés en ganar el Nobel de literatura, y de Yukio Mishima, aunque en los últimos años me ha interesado Natsuo Kirino y mucho antes Murasaki Shikibu. Por lo tanto debo reconocer que no he leído jamás al Nobel de este año, Mo Yan, ni me ha interesado en exceso la ambientación en China.
Lo que más me llama de la literatura japonesa es la belleza que encierran sus páginas, o el escozor psicológico que provocan sus tramas siempre encaminadas al desenlace menos hollywodiense posible. De dicha belleza escapa Natsuo Kirino que invierte sus fuerzas en construir thrillers psicológicos que acongojan a cualquiera. Pero en la estela de las historias magníficamente construidas, lentas y hermosas está la novela de Eduardo Berti, El país imaginado.
Una novela que no es apta para lectores en busca de acción, y es muy recomendable para aquellos que buscan recrearse en las palabras porque Berti apuesta por contar una intensa historia de amor desde la serenidad de una adolescente china.
El argentino crea un mundo dual en el que la vida y la muerte son complementarias, no solo coexisten, sino que no se entienden la una sin la otra; la belleza y la inteligencia, no se niegan, como tampoco lo hacen el pragmatismo y los sueños. Y, de una manera inteligentísima, el novelista se lleva la historia a Pekín en los años 30, porque solo en un país como China, puede hacerse creíble que unas historias tan intensas no tengan más deslizamiento que el de la tranquilidad, el sosiego, la obediencia sin amargura.
Dice Alberto Manguel en el prólogo a la novela: «… la novela de Berti no quiere separar la narración psicológica de la fantástica ni al lector escéptico del crédulo.» Y yo, a medida que la voz de la abuela aparecía e iba dirigiendo los pasos de la nieta, no podía dejar de pensar en Sandman, la novela gráfica de Nail Gaiman.
«El soñado es el que ve. El que sueña cree que ha visto alguna cosa, pero tan solo lo cree a partir de imágenes que construye su mente al despertar.», dice la abuela en una de sus apariciones. Y a eso juega Berti, a confundirnos para que solo nosotros coloreemos la historia, porque las siluetas ya están dadas, pero falta saber qué colores le otorga nuestra mente.
Desde que el lector coge la novela puede intuir que va a ser, no una gran historia, no un inquietante thriller, no una convulsa revuelta de los personajes, sino algo bello. Y esto es palpable desde que tomamos por primera vez el libro, porque Impedimenta apuesta por hacer hermosa incluso la portada.
Una novela, la de Berti, que conmueve desde el interior, que planea no el desmoronamiento de nuestro mundo, sino la construcción de algo nuevo. Una novela que nos propone una mirada plácida y lenta sobre un tema que parece tan manido: el amor.

martes, octubre 02, 2012

Ruido blanco, Raúl Quinto

La Bella Varsovia, Córdoba, 2012. 56 pp. 10 €

José Luis Gómez Toré

Aunque tengo por costumbre desconfiar de ese peculiar género literario que constituyen los textos de contraportada, en este caso no puedo por menos que citar un fragmento que resulta ciertamente iluminador: “Ruido blanco: señal aleatoria que contiene todas las frecuencias, todas ellas con la misma potencia. Es el sonido del mundo contemporáneo, donde la suma de todas las voces produce un marasmo informativo, un colapso ensordecedor”. En efecto, ese exceso de comunicación que se resuelve en ruido es una de las marcas de una postmodernidad en la que todo texto parece condenado a ser solo cita, como si el anhelo liberador de la autonomía de la palabra que soñó la poesía simbolista se hubiese convertido en la pesadilla de un lenguaje que se multiplica a sí mismo como un cáncer, hasta el punto de convertir todo en un texto ilegible. No es de extrañar que Raúl Quinto (Cartagena, Murcia, 1978) evoque la imagen de un palimpsesto, pero de un palimpsesto que se muestra como la herida de un cadáver, como la peligrosa “intemperie del adentro”.
El cuerpo y la violencia tienen desde luego una destacada presencia en este libro, como ya lo tuvieran en un poemario anterior, La flor de la tortura (2008), pero ni en este título ni en el que ahora comentamos se trata en ningún caso de una mera estetización de la violencia, sino de una necesaria exploración de esa corporalidad amenazada y amenazante que también materia verbal. Raúl Quinto utiliza en esta ocasión como hilo conductor la figura de Christine Chubbuck, periodista estadounidense que se suicidó delante de las cámaras en 1974. La evocación de este suceso histórico podría servir de base a una mirada crítica sobre esa espectacularización de lo real que, como ya denunciara Guy Debord, es una de las notas características de nuestro presente. Así es, en efecto, pero los poemas van más allá: se trata de mostrar el frágil suelo sobre el que pisamos, la imposibilidad de edificar una morada en el vacío.
Fredric Jameson, en su Teoría de la postmodernidad, señalaba cómo ante lo postmoderno, entendido como dinámica cultural del capitalismo tardío, no se podía responder con estrategias ancladas en la modernidad. La técnica de yuxtaposición a modo de rapidísimo zapping o de salto de un hipervínculo a otro en Internet, la inteligente utilización de la elipsis, el constante juego de referencias culturales que encontramos en estos poemas son estrategias típicamente postmodernas (aunque con raíces en las vanguardias), pero, a diferencia de no pocos textos contemporáneos, no revelan ninguna complacencia. En Ruido blanco la violencia es algo más que un tema, es un juego de fuerzas que hace estallar el poema desde dentro. Los fragmentos que recogemos son esa mirada interrogante que Christine Chubbuck lanza a la cámara o el espejo quebrado en el que se mira, como quien se asoma a un precipicio, el lector.

lunes, mayo 21, 2012

Interior metafísico con galletas, Alberto Santamaría

El Gaviero, Almería, 2012. 62 pp. 16 €

Fernando Sánchez Calvo

La metafísica es una parte de la filosofía que investiga acerca del ser y de sus principios, orígenes y causas primeras.
Las galletas, aparte de estar muy buenas, son redondas (la figura preferida por los filósofos) y maleables (la textura preferida por los poetas).
«¿Qué será eso que nos hipnotiza / más allá de la materia?» es una de las grandes preguntas que un incombustible poeta y crítico literario se hace en la última joya de la colección Guairo, quizás (aunque sólo sea por los once títulos ya publicados bajo esta franja) la más conocida de El Gaviero Ediciones. No es la primera vez ni la primera colección, no obstante, en la que metafísica y cotidianeidad comparten escenario en El Gaviero. Otro de los títulos más vendidos de la editorial, ¿Cuánto dura cuánto?, de María Eloy García (Colección “Cuarto Menor”), ya acertó a vislumbrar que es nuestras mascotas, en las cajeras, en las peluqueras y en la gente que nos rodea donde tenemos que buscar (léase, por ejemplo, De cuándo descubrí que la vecina del tercero B es la filosofía). Sea en las personas, como es el caso de la poeta malagueña, o en las cosas, como es el caso de Alberto, la materia prima para “entender” (en el significado literal de la palabra) la tenemos.
Pero volviendo a Alberto Santamaría y a su materia, es ésta, «¿Qué será aquello que nos hipnotiza?», una de las grandes preguntas y seguramente origen del resto de dilemas del libro, el que, a medio camino entre la filosofía (la cual nunca busca respuestas) y la eterna desventura del vivir cotidiano (el cual siempre las busca) encuentran el camino para hacer más visible lo visible. Si hay algo que no quede claro hasta ahora (seguro que todo), el magnífico, preciso y también metafísico prólogo de Rosa Benéitez al poemario dará más luz al lector que se enfrente a esta ni siquiera decena de poemas.
Lo único que esta claro, eso sí, es que hay que mirar de nuevo y mirar de un nuevo modo. Con nuevos ojos, con nuevas actitudes («No existir no es el problema. Tenlo presente / Es su propia naturaleza / la que nos retiene»), con nuevas aptitudes («Chupar /cabezas de marisco / es algo delicioso sólo a partir de los cincuenta») o incluso con nuevas asociaciones (Farfullando como un subastador con problemas de vejiga), con todo aquello que se quiera, pero siempre y cuando incluya la palabra “nuevo”. Al fin y al cabo un poema es eso y un poeta es ése: la nueva realidad que surge gracias a la asociación de dos antiguas realidades porque, eso sí: en la realidad y en la naturaleza de siempre es donde tenemos que mirar, sólo que de un modo distinto. Sólo así podremos comprender cómo una zapatilla de andar por casa puede llorar su soledad al lado de un sofá, cómo una piedra alguna que otra vez puede sufrir por no encontrar su esencia o cómo la misma Angels Barceló es capaz de narrar la noticia más anodina del mundo con la misma profundidad que podría relatarse el fin de nuestros días. Sólo encontrando una luz, una intuición, alguna explicación de soslayo en los agujeros de una galleta, a todo lo que nos rodea, podremos también comprender, maravillados, que dicha periodista merece ese himno.

viernes, abril 27, 2012

Hierro ilustrado, José Hierro

Nórdica. Madrid, 2012. 174 pp. 29,50 €

Care Santos

No me canso de leer a José Hierro. Confieso que cada vez que cae en mis manos una antología de sus poemas, voy directa al índice y busco mi favorito: Mis hijos me traen flores de plástico. Si no forma parte de la obra, me enfurruño. Si, como suele ocurrir, ahí está, sonrío con benevolencia y considero que la selección ha acertado. En este caso, por supuesto, sonreí. Lo leí en voz alta -conviene hacerlo con los poetas, pero con Hierro más aún- y me emocioné, como siempre, al leer lo de siempre, pero que el paso del tiempo va llenando inquietantemente de sentido (al fin y al cabo, ése es el clásico, según la definición de Italo Calvino: el que no termina de decirnos lo que tiene que decirnos). Dice así Hierro: Pocas cosas / os enseñé: / a adorar el mar; / a sentir la alegría de ver vivir un animal minúsculo; / a interpretar las palabras del viento; / a conocer los árboles no por sus frutos; / por sus hojas y por su rumor; / a respetar a los que dejan / su soledad en unos versos, unos colores, unas notas / o tantas otras formas de locura admirable; / a los que se equivocan con el alma. / Os enseñé también a odiar / a la crueldad, a la avaricia, / a lo que es falso y feo, a las flores de plástico.
Es maravilloso que a estas alturas estemos aquí para descubrir a José Hierro. Y envidio con el alma a quienes no le hayan leído nunca y vayan a hacerlo por primera vez en esta hermosa edición con la que la fundación que lleva el nombre del autor y la excelente editorial Nórdica han querido conmemorar los diez años de su muerte y, a un tiempo, los 90 de su nacimiento. Los más críticos puede que echen de menos algún poema. A mí me da la impresión de que está lo esencial, lo que el autor hubiera deseado que estuviera: un recorrido por sus poemarios desde 1947 (Tierra sin nosotros) hasta el último que publicó en vida, en 1998 (Cuaderno de Nueva York) y más aún: algunos poemas posteriores, como el minimalista Di fe, con estructura de soneto, que sirve de colofón a la obra. La selección de los poemas, por cierto, ha corrido a cargo de Tacha Romero y Julieta Valero, dos de las nietas del autor que tan a menudo encontramos inspirando sus versos (Todo lo vuelves claridad, espacio, / lugar dispuesto para el espectáculo / escrito, dirigido, interpretado por las nubes, escribe en Dos madrigales para nietas).  
Pero, más allá de los versos emocionantes, tiene esta edición un mérito que la hace única: la de aunar por vez primera un gran número de las pinturas de su autor con sus versos. Así, se presentan con toda suntuosidad, sin escatimar al lector ningún goce, casi sesenta acuarelas y dibujos que Hierro fue elaborando a lo largo de su vida, incluyendo varios de sus autorretratos, incluido el que sirve de sobrecubierta. Se echa de menos, eso sí, un listado con los títulos de la obra plástica, y más en un autor cuyos títulos son ya, por sí mismos, obras literarias.
Pocas veces se adivina tanto el cariño con que un libro se ha elaborado. Pocas veces se tiene la oportunidad de leer libros tan hermosos. Creo que Pepe Hierro hubiera sido muy feliz con este modo de celebrar su cumpleaños.

miércoles, abril 18, 2012

Poemas lisiados, Jorge Riechmann

La Oveja Roja, Torrejón de Ardoz, 2012. 96 pp. 5 €

Ariadna G. García

En el siglo XIX, los escritores románticos dudaban sobre la conveniencia de desvelar lo oculto, por el daño que la información y el conocimiento pudieran provocar en los lectores. Su actitud era contradictoria. Temían la reacción del público, su posible congoja ante la imagen monstruosa de la realidad, pero a la vez, deseaban retirar el velo que la recubría, para mostrar, así, a sus conciudadanos la crudeza del mundo. Lejos de aquella duda trágica se encuentran muchos de los autores de este siglo en que estamos. Hoy, los escritores, sin miedo alguno, se remangan los brazos, apartan la sábana y encaran la verdad. Me refiero a los grandes creadores, cuya obra no consiste tan sólo en que nos conozcamos a nosotros mismos, sin otra pretensión; sino que buscan un efecto perlocutivo: que obremos, que nos reinventemos, que transformemos el orden de las cosas. A esta especie de artistas comprometidos con su tiempo pertenece Jorge Riechmann.
«Estamos aquí para tratar de decir la verdad» escribe el poeta. A eso se ha venido dedicando desde su primer libro. Y la verdad tiene forma de planeta enfermo, de especuladores adinerados, de obreros desprotegidos, de recortes sociales, y de hombres y mujeres ignorantes de lo que se les viene encima. De ahí la importancia de la voz, de la palabra: con ellas nos pretende espabilar del letargo del sueño: «¿No veis lo que está pasando? ¡Despertad!». A su espalda, el clamor de los místicos renacentistas, cuya preocupación por la integridad moral, la rectitud y la justicia zarandeaba a las gentes del siglo XVI: «Despierta, pues, despierta de tu dormido y peligroso sueño, y conocerás tu vanidad tan manifiesta y tu engaño tan conocido» (Libro de la Verdad, de Pedro de Medina, 1548).
El poeta tiene una doble misión: hacernos ver y auxiliarnos con sus textos en nuestro caminar por la travesía conjunta del desierto. Los poemas, explica en su poemario anterior (El común de los mortales, 2011), son muletas que sostienen a cada individuo, habida cuenta de que «todos somos minusválidos».
Si el ideario de Jorge Riechmann se mantiene constante a lo largo de sus libros, lo que varía aquí es la forma. Sus Poemas lisiados aparecen en una bella edición a modo de libreta, de formato pequeño, íntimo, lo mismo que un diario. Pero más allá de la apariencia externa del volumen, donde innova Jorge, con respecto a sus anteriores entregas, es la composición de los textos. Así, ahora se nos revela como un diestro ejecutor de haikus («Pequeñas grietas/ hacen el cuenco frágil/ pero no inútil»), hasta el punto de que se atreve a modificar su métrica («El universo entero/ en tu cuartito/ fiesta de dos»). Además, alude a códigos populares, marcas y símbolos de la cultura de masas (Lady Gaga, Micky Mouse, Jurasic Park), pero no con la intención de enriquecer la polifonía de su discurso, ni de seducir a los lectores por el uso de iconos de la cultura popular; sino con el objeto de denunciar el consumismo, el mercado y las modas. Frente a la verdad del mundo, la hermosura de la naturaleza y el carácter perenne de los montes… contrapone el autor la falacia del artificio, la fealdad de los ilusiones químicas y su contingencia.
Como vemos, Riechmann dialoga con la tradición poética nipona, con la mística española, y con la literatura medieval (por el empleo de fuentes legas). Sin embargo, su obra se impone con urgencia en nuestro mundo, debido a su mensaje: la denuncia del capitalismo y de su atroz impacto en el medioambiente y en nuestra sociedad. Su libro, pues, es un pariente cercano de un artículo franco y demoledor: Nuestro futuro energético, de Margarita Mediavilla (Universidad de Valladolid): «Asumir el reto de la crisis energética supone enfrentarse a un gran cambio global, un cambio en la industria, la agricultura, el transporte, el urbanismo y la vivienda, pero, sobre todo, un gran cambio de mentalidad colectiva que necesitará del abandono del consumismo y del crecimiento».
Con sus Poemas lisiados, el poeta trata —una vez más— de contribuir a la modificación del paradigma de vida dominante en España, y por analogía cultural, en todo Occidente; aunque reconoce, no obstante, la dificultad de su empeño. Cada poema, en su viaje al lector, se topa con un muro: la indiferencia. La televisión, los cotilleos y el fútbol son algunos de los ladrillos que detienen —brutalmente— su avance. Pese a ello, estos textos lisiados, heridos, en ocasiones sobrevuelan el muro con ayuda de pértigas de fibras de carbono. Entonces, se produce el milagro de la reflexión y la rotura de lo que Riechmann denomina «la ilusión de normalidad».
A menudo, no obstante la voz que enuncia se dirige a una interlocutora ausente y encuentra su consuelo en el amor. Quizá porque en él reside lo que nos hace humanos.

lunes, abril 02, 2012

El caracol dorado, Dionisia García

Renacimiento, Sevilla, 2011. 169 pp. 10 €

Pedro M. Domene

Los aforismos, las máximas o las reflexiones, muestran un modo propio de pensar y de sentir, presuponen esa extraña búsqueda que, literariamente, se concreta en un ideal de belleza y de verdad. No es la primera vez que Dionisia García (Fuente Álamo, Albacete, 1929) invita a sus lectores a reflexionar sobre aspectos y actitudes de nuestro mundo, sin duda olvidados o desatendidos por las prisas que, de alguna manera, sintetizan nuestro cotidiano sobrevivir. En Ideario de otoño (1994), ofrecía ciertas paradojas y con sus observaciones se respondía a ciertas preguntas y confirmaba su mágica visión sobre esa estación del año, un tiempo tanto de comienzo como decadente esplendor y, después, en Voces detenidas (2004), se proclama la vida como es, recurría para ello a la memoria y al olvido cuando, transcurrido un tiempo prudencial, termina por convertirse en una entrega de expresión sentenciosa e intelectual, en su expresión más textual y deslumbrante, como nos tiene acostumbrados la poeta manchega, brillante en su resultado y ejecución final. Y una tercera entrega, El caracol dorado (2011), que aporta nuevas formas, matices diversos y ofrece una mayor comprensión de nuestro entorno vital.
La obra aforística de Dionisia García apuesta por el modelo del género, brevedad, ingenio y sorpresa se funden con un profuso tempo lírico, fruto de su larga experiencia poética, que transforma con sus reflexiones en visiones de una estética incuestionable. «Confidencias» y «Artificios» son los dos grandes bloques en que divide la autora su más de setecientos aforismos de El caracol dorado, muchos de los cuales proclaman una filosofía de la existencia, y recrean una frágil realidad de la que no siempre somos conscientes, «Atesora los días, mídelos, pálpalos, procura retener el instante. Ya perdidos, suéñalos, recuérdalos, manténlos en la memoria, mezcla lo viejo con lo nuevo, que en todo fuiste y eres. Eso es la vida», como sugiere al comienzo mismo de esta serie. Su agudeza crece a medida que seguimos leyendo, se detiene en detalles pequeños o insignificantes que, sin embargo, nos pueden hacer distintos: «Perdemos parte de la vida en demostrar que somos los mejores». Estas Confidencias devienen, en su sentido último y más profundo, en un humanismo comprometido, porque a lo largo de sus páginas Dionisia García reproduce opiniones y no pocas de las lecturas que ha ido realizando a cabo en el largo lustro en que se ha ido fraguando el libro: León Bloy, Ernst Jüng, Epicuro, Aldous Huxley, quien acertadamente escribiera sobre las estaciones del año y la ordenación de la vida en conformidad con ellas, el clásico Horacio, o la recientemente desaparecida, Wislawa Szymborska, Nobel en 1996, se asoman en sus páginas. Si la primera parte suponía buena dosis de ese extensivo halo lírico que salpica la prosa aforística de la autora, esta segunda, Artificios, más amplia, nos sumerge en una mayor visión de cuanto acontece en el mundo y de sus consecuencias inmediatas, tanto individuales como colectivas, como se sugiere en el primero de sus acertados textos, «Adentrémonos en el camino y algo se encontrará», y así abundan las sugerencias y las afirmaciones sobre el concepto del bien y del mal, sobre lo justo y lo injusto, sobre la extrema hermosura en que se concreta la vida y los ásperos peligros que se nos aguardan a lo largo de nuestra existencia, «En este siglo XXI la provisionalidad nos acecha. Lo mejor es quedarse fuera, pero ¿dónde?». Quizá por eso, esta segunda parte está plagada de una veta de finísima ironía que subyace bajo el pensamiento mismo, o se resume en las múltiples facetas de continuas sonrisas en que se concreta todo cuanto nos llama la atención.
Como ha señalado Dionisia García, el caracol puede ser una clara y evidente metáfora del vivir; va con la carga acuestas y en esa carga, nosotros obtenemos el sentido de la felicidad y, también, el de la aflición.

martes, noviembre 01, 2011

Un paquete para el mánager, Arturo Seeber

Editorial El Garaje, Madrid, 2011. 208 pp. 14 €

Miguel Baquero

El mundo del boxeo siempre ha sido muy atractivo para narrar grandes historias, sobre todo por ese trasfondo canalla que parece serle consustancial, ese ambiente de antiguos púgiles, hoy guardaespaldas de algún tipo de extraño vivir, de peleas amañadas, de apuestas fraudulentas, de combates clandestinos sin protección, de todo, en fin, un submundo lindante con lo delictivo en cuya estrecha frontera tantos buenos libros y aún mejores películas se han convertido en clásicos.
Este ambiente tan sugestivo, pero a la vez tan peligroso para un narrador por la cercanía del tópico, es el elegido por el argentino Arturo Seeber para su primer libro, una colección de diez relatos que, bajo el título Un paquete para el mánager, narra otras tantas historias protagonizadas por púgiles o aspirantes a serlo. Se trata de diez cuentos ambientados en Argentina, en los alrededores literarios del estadio Luna Park (el Madison Square Garden de Buenos Aires, donde, como en el cuadrilátero de Nueva York, tantas leyendas y tantos sonoros fracasos se fraguaron), y narrados con un agilísimo estilo donde todo el sabor y el tipismo del porteño-lunfardo, que el autor domina a la perfección, no dificulta sin embargo la lectura ni entorpece la naturalidad con que fluyen los relatos.
Por encima de dichas historias, sin embargo, este libro de relatos es el testimonio de la admiración del autor por el deporte de las doce cuerdas y la épica, la tragedia, la mitología que le acompaña. Apasionado del boxeo, como nos cuenta en la introducción al libro, desde los tiempos de su más temprana juventud, cuando asistió a algunos de los más célebres combates de la época y soñó con poder subirse al ring algún día, Arturo Seeber nos muestra cómo, durante mucho tiempo, el enfundarse en un albornoz y el calzarse unos guantes fue la única salida posible para quienes buscaban escapar de las villas miseria y, a fuerza de puñetazos, encontrarse con una vida mejor, con una vida al menos digna. Los diez cuentos de Un paquete para el mánager son sendas crónicas de huidas, sendos retratos de esperanzas que se van construyendo entrenamiento a entrenamiento pero que, finalmente, acaban truncadas, a veces de forma dramática, otras veces incluso ridícula, cuando llega el combate de verdad contra la vida y ésta acorrala inmisericorde al protagonista contra las cuerdas y se prepara para asestarle el uppercut definitivo. Un golpe que, en la espléndida prosa de Seeber, llega con la mayor contundencia (una frase corta, un adjetivo demoledor, a veces inserto de pronto en la acotación de un diálogo) y tira al protagonista contra la lona.
Aunque políticamente incorrecto en nuestros días, el boxeo siempre ha dado grandes páginas a la literatura, y las de estos cuentos de Arturo Seeber no desmerecen, desde luego, de ninguna de las mejores que se hayan podido escribir. Por eso, prejuicios deportivos aparte y ateniéndonos sólo a lo novelístico, Un paquete para un mánager no podrá dejar de agradar al lector gustoso de relatos clásicos resueltos con una rotunda pegada.

viernes, octubre 28, 2011

A la vista, Daniel Sada

Anagrama, Barcelona, 2011. 237 pp. 17,50 €

Ignacio Sanz

Bolaño, aquel monje borracho de literatura, dio un listado con siete u ocho nombres de los escritores más relevantes de la América Latina emergente y ahí estaba Daniel Sada. Cuando dejamos de creer en los dioses que nos dieron nuestros padres necesitamos dioses nuevos o, al menos, pequeños ídolos que los sustituyan. Bolaño lo fue. Tantas mortificaciones. Así fue como yo me acerqué a Daniel Sada.
La literatura es un entramado de vasos comunicantes, una urdimbre unida por afectos y estéticas que tratan de ser únicas pero que necesariamente beben en fuentes parecidas. Porque la tradición que el escritor pretende violentar acaba emergiendo siempre por muy original que se pretenda.
Por lo demás, Sada, tampoco es un recién llegado, que anda, como yo, caramba, somos quintos, así se consigna en la solapa, acariciando los sesenta, una edad muy respetable que antiguamente era, virgen santa, el preludio de la ancianidad. Claro que aquel listado de Bolaño seguro que tiene ya sus diez o doce años y entonces Sada andaría colgado de los cuarenta, una edad tan prometedora.
Pero ya está bien de divagaciones. Digo yo que habrá que entrar a matar.
El desierto es el escenario de esta novela que cuenta con varios protagonistas, todos desvalidos, colgados de una existencia precaria, pobres guiñapos, especialmente los dos protagonistas de la historia, es decir, los dos traileros, conductores de trailers, que deciden matar al patrón allá, en una autopista o semidesierta para lanzar luego al trailer por una barranca y que se pudra el jefe que lleva tantos años humillándolos con esos sueldos de miseria que ni sé. Pero el desierto sigue abrazando sus vidas, lo ocupa todo y ellos desguarecidos, cada cual en su casa espartana, casi desértica dentro de una población carente de gollerías, tampoco se encuentran y se desasosiegan y se buscan en ese paisaje irreal y alucinado donde aparecen otros personajes extremos y alucinados también, y la tensión crece, pero no es una tensión policíaca, a ver si los pillan y los enchironan, es una tensión interior, almas vagantes llevadas al límite de la rutina, sin horizontes ni grandes esperanzas como no sea la de la lotería, tan incierta, almas de carne y hueso, pero semejantes a las que aparecen en Pedro Páramo, supongo que ustedes se acuerdan de Pedro Páramo, esa sensación de irrealidad. Claro que Sada goza con el lenguaje, no es tan contenido, tan austero como Rulfo, todo lo contrario, entraría en la estela florida y desparramada de Faulkner y pone el oído al pueblo facundioso que habla y al hablar retuerce el idioma, juega con las palabras, “chillen, putas”, y nos hace disfrutar con esos guiños que sabemos que vienen del lenguaje coloquial mexicano, un río que se desborda en frecuentes anacolutos. Qué exhuberancia.
Y esta es, a la postre, me parece, la gran contribución de Sada a la literatura en castellano, ese homenaje a una manera de contar tan ligada a la manera de hablar del pueblo. Pero también, claro, la atmósfera que crea. Hay que leer esta novela con un vaso de agua al lado porque se pasa mucha sed. Y con gafas de sol porque deslumbra la luz de ese desierto por el que se mueven y de esas ciudades, que no acaban de serlo, más bien poblachones sin orillas, ya se llamen Sombrerete o se llamen Toreeón.
Pero qué digo agua. Si están un poco hartos de refrescos edulcorados y quieren probar el sabor del tequila seco, aquí tienen ocasión de echarse al coleto un destilado puro del desierto.

lunes, octubre 24, 2011

El violento oficio de escribir, Rodolfo Walsh

451 Editores, Madrid, 2011. 556 pp. 21,50 €

Pedro M. Domene

La vida de Rodolfo Walsh (1927-1977) transcurrió entre grandes momentos de tensión por su activa militancia política, por su vocación literaria, y sobre todo por su curiosidad periodística. En la década de los cuarenta, tras pasar por varios domicilios familiares y colegios, se trasladó a Buenos Aires para completar su educación secundaria. Mediada la década, su vida adquiere una actividad casi febril: un frustrado intento de ingresar en el Liceo Naval, colabora con la editorial Hachette, participa en la Alianza Libertadora Argentina, cursa algunas asignaturas en la Facultad de Humanidades, y ya en 1950 obtiene una mención en el Primer Premio de Cuentos Policiales que organiza la revista Vea y Lea. A partir de este momento se dedica al periodismo y trabaja para Vea y Lea y Leoplán, donde publicará cuentos, artículos de crítica literaria y divulgación cultural. Sus abundantes colaboraciones en la prensa lo señalan como la cumbre del periodismo argentino y, en ocasiones, acompaña sus textos con fotografías que convierten sus reportajes en auténtico periodismo gráfico, y sobre los temas más diversos. A partir de 1956 sus continuas denuncias contra la represión y los fusilamientos de José León Suárez desembocarán en los libros, Operación masacre (1957), hito del género testimonial en la literatura argentina y al que seguirán ¿Quién mató a Rosendo? (1969), y su famosa Carta abierta de un escritor a la Junta Militar (1977). Ernesto Ekaizer relata en el prólogo a El violento oficio de escribir (2011), como, desde varios meses, el periodista y su esposa Lilia Ferreyra viven en una casa modesta, sin luz eléctrica, agua corriente o gas, que han comprado a unos 52 km del centro de Buenos Aires, de donde Walsh viajaría el 25 de marzo de 1977 a la capital para acudir a varias citas y echar en diferentes buzones varios sobres que contienen su famosa Carta abierta..., que condensa toda la labor informativa del año, basada en la fuente documental que forman los cables de noticias difundidas, denuncia el asesinato, la desaparición y tortura de miles de ciudadanos en virtuales campos de concentración que ha creado la dictadura del general Jorge Rafael Videla en las guarniciones militares. Walsh va armado con una pistola Walter PPK calibre 22 que no le salvará la vida, pero será más difícil que lo cojan vivo. Un llamado «grupo de tareas» de la Escuela Mecánica de la Armada y un pelotón de policías le han preparado una encerrona. El militante con quien Walsh debía encontrarse ha desvelado el lugar de la cita, aun le da tiempo a sacar su pistola pero varios disparos le cruzan el pecho en diagonal y apenas llega vivo al campo de concentración de la ESMA. Esa misma noche los militares que se han hecho con la escritura de compra venta que portaba el periodista, organizan el saqueo y bombardeo de su casa, a donde a la mañana siguiente llega su esposa sin conocer la tragedia y advierte que la han volado llevándose su carpeta de documentos y escritos personales.
La edición que 451 Editores presenta con el título de El violento oficio de escribir (2011, aunque la original es de 2007), con prólogo de Ernesto Ekaizer y nota preliminar de Daniel Link, recoge, según este último, la totalidad de los artículos publicados con la firma de Rodolfo Walsh o sus iniciales R.W., o R. J. W.) o el seudónimo, Daniel Hernández. De sus libros o grandes investigaciones, se incluyen ejemplos aislados necesarios para dar una visión fiel del progreso de la obra periodístico; tampoco se recogen sus artículos y prólogos que se considerarían de crítica literaria, tampoco los escritos íntimos y del resto de la obra conocida quedan muchas notas sin publicar y se ofrece una edición incompleta por definición. Según su editor, este libro se titulada así porque el propio Walsh, escribió en un texto autobiográfico que decía los siguiente: «En 1964 decidí que, de todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía». Cuando leemos los abundantes textos de la presente edición, se percibe el espíritu de Walsh cuando afirmaba que pretendía devolverle al periodismo la voz y la identidad de las noticias, los acontecimientos o la dignidad a los personajes que habían sido protagonistas y que de alguna manera dejaban testimonio con sus actuaciones o con su propia vida. El «caso Padilla», su estancia en Cuba y la creación de la agencia de noticias Prensa Latina, los diversos artículos sobre la baja condición social de los trabajadores de la Argentina, son algunos de los textos más sugerentes; en ocasiones, se funde literatura y periodismo, y este último aspectos tanto literario como político, testimonio de una objetividad que, de alguna manera, en la totalidad de la obra de Walsh se completó con los informes de Cadena informativa que ampliaba así su compleja visión del periodismo. La lectura de «La Carta abierta de Rodolfo Walsh a la Junta Militar» vislumbra ese «acto de libertad» con que invitaba a sus últimos lectores y aun hoy a quienes confiamos en ese voluntarioso periodismo caracterizado por la honradez y la exactitud verificada.

lunes, septiembre 26, 2011

Eitana, la esclava judía, Javier Arias Artacho

MR Ediciones, Barcelona, 2011. 380 pp. 20,50 €

Pedro M. Domene

Los años de la transición propiciaron la proliferación de la novela histórica, tanto de episodios de reciente actualidad en aquel momento, como lejanos. Consideraban entonces las editoriales que ofrecían una mezcla equilibrada de ficción y documentación, es decir, que la invención y la realidad iban parejas en la reconstrucción de un tiempo que el autor no ha vivido y, por consiguiente, debe conocer muy bien. El sentimiento popular de formar parte, de alguna manera, de la historia proviene del XIX, en favor de una burguesía ávida y sedienta de conocimiento. Durante la década de los ochenta del pasado siglo XX, la tendencia literaria instaba a una recuperación de la narratividad, y presumía acerca de la abolición de límites entre los géneros literarios. Desde entonces, el panorama con respecto a la novela y sus (seudo)géneros ha cambiado y bastante. La conexión entre ficción e historia ofreció entonces la posibilidad de salvar un género que pretendía recobrar energías. En aquel momento, se hablaba y se catalogó como subgénero histórico, aunque en la historia literaria reciente han quedado los, indiscutibles, éxitos de Eco y Yourcenar, en un intento de cuestionar las versiones oficiales, lejos de una catalogación de la historiografía oficial, y en un intento para recuperar buena parte de aquello que durante el franquismo español, concretamente, se había silenciado. No es el caso de otros países, donde el género ha crecido en direcciones bastante más amplias. Quizá por este simple motivo, muchos de los autores que entonces empezaban con obras en este mismo marco, En busca del unicornio (1987), Eslava Galán o El mal amor (1987), Fernán Gómez, después han conseguido un cierto prestigio, aunque ni entonces ni ahora deberíamos calificar el género con el simple concepto de «novela histórica» para así englobar un solo y único producto. Reconocidos autores de la época, se vieron motivados por la Historia para contar aspectos sobre la naturaleza humana, casos de las novelas, Urraca (1982), y La vieja sirena (1990), o para proyectar el pasado sobre el presente y defender la libertad, en un auténtico ejercicio de estilo, caso de Extramuros (1979), incluso narradores tratando sus textos como auténticas fuentes de sabiduría, desde la fabulación misma y la fantasía, Las joyas de la serpiente (1984), y muchas otras que hacían convivir, en un mismo contexto, a personajes históricos, heterogéneos y diacrónicos, o dudar de la existencia de muchos otros, en este sentido sirvan de ejemplo las novelas, Fragmentos de Apocalipsis (1977) o La isla de los jacintos cortados (1980), ambas de Torrente Ballester.
En la actualidad proliferan las novelas históricas y en el mercado editorial se establece un auténtico ranking entre los nombres que más venden y proliferan en nuestras librerías, desde Valerio Massimo Manfredi, Robert Graves, Colleen McCullough o José Luis del Corral, pero esta lista podría ampliarse con los nombres de Jesús Sánchez Adalid, Amin Maalouf, Noah Gordon o Ken Follet. A todos ellos se une Javier Arias Artacho (Barcelona, 1972), que forma ya parte de ese nutrido grupo de escritores que dotan a sus textos con esos diferentes registros con que se caracteriza a la buena literatura de tema histórico. Una primera incursión en el género fue, La sombra de Masada (2009) y ahora vuelve con Eitana, la esclava judía (2011), la historia de una joven esclava, arrancada desde su niñez en su Palestina natal hacia el cautiverio, una novela ambientada durante el Imperio de Claudio, año 54. Con un marcado acento clásico, casi épico, la historia de Eitana, cuya vida se caracteriza con la fuerza y el valor suficientes para sobrevivir, narra cómo el paso del tiempo va conformando su espíritu indómito que lleva al personaje desde Betsaida, la tierra del apóstol Pedro, la envuelve en un incierto destino, y acaba vendida como esclava en la Roma de Nerón, un infortunio del que solo se recuperará años después, mientras sigue realizando una búsqueda permanente de la libertad a lo largo de los años vividos como esclava, humillada y ultrajada.
La historia que nos cuenta Javier Arias funciona con requisitos tan acertados y amplios que cualquier lector verá en esta novela, además de un marco histórico documentado y creíble, la Roma del primer siglo, o el incendio que devastó gran parte de la ciudad, una acción graduada y calculada que avanza a medida que nos adentramos en su lectura, y aun se añade un intencionado sentimiento de espiritualidad paralelo a la pasión experimentada por la joven vendida en Roma, su existencia en la domus del juez, y su permanente lucha por sobrevivir en una esclavitud que marcará su destino en el futuro, hasta que consiga huir y vuelva a convertirse en una mujer libre finalmente, cuando los recuerdos y buena parte de su vida anterior ya hayan empezado a cicatrizar. Tres grandes bloques dividen la historia, «Tiempo de sufrir (De iunius del 54 a aprilis del 58)», cuando el lector conoce las circunstancias y el entorno de los personajes de Eitana, convertida en esclava, que la acompañarán en sus primeros años de cautiverio: Efren, Dolcina, Doma, el médico Didico y, sobre todo, el juez Claudio Ulpio, «Tiempo de crecer (De aprilis del 58 a iulius del 64)», su paso a la libertad, el encuentro con el librero Servius y su esposa Verina, su maternidad, su labor como amanuense, y la justificación de muchos de los episodios vividos por la joven judía en la metrópoli romana, hasta su vuelta a la incertidumbre, y «Tiempo de aceptar (De iulius del 64 a februarius del 65)» que, de alguna manera, cierra el ciclo vital de la joven cuando años atrás debería haber viajado hasta la villa romana de Marcius Julius, en Capua, y el destino le jugó una mala pasada, para cumplir la voluntad del tribuno. Una vez instalada, junto a Paulina, la viuda de su benefactor, Eitana recupera parte de su dignidad, aunque decide regresar a su tierra y una vez en Cesarea se desengaña cuando observa las diferencias experimentadas, tras tantos años de ausencia, la pérdida de su familia, sus vecinos y amigos que apenas la recuerdan, hasta que, en un nuevo guiño del destino, consigue la tan ansiada libertad, una palabra que se repite una y otra vez a lo largo del texto, y se convierte en tema esencial de la novela de Arias Artacho, quien le otorga el mismo valor al nombre de su protagonista, fuerza y valor, para que así la historia de Eitana adquiera, finalmente, un sentido completo.