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viernes, marzo 14, 2014

La banda de la casa de la bomba, Tom Wolfe

Trad. J.M. Álvarez Flórez y Ángela Pérez. Anagrama, Barcelona, 2013. 276 pp. 17,90 €

Julián Díez

Como profesional del ramo, mis sentimientos hacia el Nuevo Periodismo americano son ambivalentes. Básicamente, la parte negativa es la envidia que me produce que se pudiera trabajar así. Tom Wolfe, Jimmy Breslin (¿para cuándo su recuperación ante el público español?) o Gay Talese se tiraban semanas, meses conociendo a gente para escribir textos que hoy en España son escritos después de encuentros de minutos, horas como mucho.
Este libro es, por tanto, un doble testimonio. El fundamental es, por supuesto, de una época: los años sesenta, cuando había gente capaz de irse a Hawaii en un avión literalmente sin un dólar en el bolsillo sólo para poder surfear, las tribus urbanas eran auténticas y no fruto de un laboratorio de cool hunters, y Marshall McLuhan nos anunciaba que la tecnología de la información, huy, iba a cambiarlo todo. Cuando todavía se podía ser original sin tener que hacerse el raro. Pero para mí no es menos relevante el testimonio profesional, el de la era del periodista curioso y con hambre de material distinto al que pagaban no por ajustarse a los parámetros requeridos por los anunciantes o los convencionalismos supuestamente no ofensivos para los lectores, sino por ser diferente. Y por escribir bien. Porque el texto importaba.
Fin de la parte de lamentos; cualquier lector suficientemente espabilado sabrá comparar entre lo presente en este volumen, o los otros de artículos de Wolfe, y lo que se encuentra en las revistas españolas actuales, esas de fotos enormes y textitos de la medida adecuada para su consumo íntegro en una visita al retrete; o lo que se ve en las webs de supuestos reportajes supuestamente modernos tan en boga, que incluso se permiten dar lecciones periodísticas con un cinismo digno de perplejidad, pese a no pagar a sus colaboradores y alimentarse en realidad de refritos de material extranjero o reflexiones de salón. Pasemos al libro en sí, que como casi todo Wolfe, es en casi todo magnífico y en una pequeña parte grimoso.
La elección de personajes y el retrato que se hace de la sociedad por parte del periodista es absolutamente impecable. La teoría que sustenta el armazón del libro sólo puede calificarse como profética: la creación de estatusferas en las que el individuo que sea puede adquirir relevancia es algo que se ha multiplicado con el paso de los años. Los personajes que recorren los distintos reportajes, sean pijos londinenses, estrellas de Hollywood o Hugh Hefner en batín de seda, son todos de una verosimilitud, de una carnalidad impecable. No hay foto, no hay documento gráfico que pueda transmitir con la misma intensidad la sensación de “haber estado allí” que un reportaje de Wolfe.
La presentación de sus diferentes peripecias personales se lleva a cabo casi invariablemente con una técnica muy propia del Nuevo Periodismo: la del narrador omniscente, de origen literario. A Wolfe, como es muy hábil, le funciona casi siempre; sin embargo, tengo reservas acerca de su uso en términos de oficio. Wolfe siempre escribe una vez ha llegado a sus propias conclusiones acerca de los hechos, escenarios y personas, y los presenta como incuestionables, como naturales e inevitables. No hay mucho margen para que el lector haga sus propias interpretaciones, puesto que en el enfoque de Wolfe siempre va implícito cuál es el correcto y se nos deja caer como un martillo pilón. En resumidas cuentas, el periodista no es un testigo, sino un historiador que ya toma sus propias conclusiones y además se pone a redactar a partir de ellas.
Con todo, donde al maestro se le ven más las costuras es en el territorio mismo del lenguaje. En este arranque de su carrera, Wolfe era una voz absolutamente pop, y su sintaxis y léxico warholiano son, sin duda, más que adecuados para su contenido... Pero resultan hoy algo cansinos cuando se leen de forma consecutiva. Cada reportaje, en su publicación original, debía brillar de manera fulgurante, pero un volumen entero tan colmado de exclamaciones y onomatopeyas, contado con ese aire pagado de sí mismo, resulta una lectura fatigosa de manera consecutiva. Sigan mi consejo y dosifiquen el placer de La banda de la casa de la bomba; si lo hacen así, con seguridad buscarán los otros volúmenes de piezas breves de su autor, que Anagrama está reeditando con todo merecimiento.

jueves, marzo 28, 2013

Frutos extraños, Leila Guerriero

Alfaguara, Madrid, 2012. 408. 18,50 €

Miguel Sanfeliu

Por regla general, cuando uno oye hablar de Nuevo Periodismo, piensa en los escritores norteamericanos, piensa en Tom Wolfe y en su antología fundacional publicada a principios de los setenta en la que reunía textos de Terry Southern, Rex Reed, Joe McGinnis o Norman Mailer, entre otros; piensa también en Truman Capote y su novela de no ficción A sangre fría; O piensa en los reportajes de Guy Talese; o en nombres como John Lee Anderson, Linda Wolfe o Janet Malcolm. Todos ellos incorporan materiales literarios a la labor periodística. No es raro que el autor sea el protagonista de su propio reportaje o, al menos, que tome una postura activa en el mismo. A la nómina de estos autores, junto a nombres como Rodolfo Walsh, Tomás Eloy Martínez o Rodrigo Fresán y Martín Caparrós, hay que incluir a Leila Guerriero. Su libro Frutos extraños recoge una variada muestra de sus crónicas.
El libro está dividido en tres partes: Crónicas y perfiles, Discusiones y Sobre el periodismo, en los que se agrupan textos que dejan claro que estamos ante una excelente escritora, impulsada por una curiosidad inagotable, que persigue en una realidad compleja y llena de matices las huellas de sus historias, con seriedad y precisión, consciente de que es imposible descubrir las respuestas y que siempre hay que respetar la presencia de la duda. Utiliza los mecanismos de la ficción, recursos literarios y cinematográficos, para tratar de captar lo que define como la esencia de la esencia de la realidad. Crónicas que nacen por el deseo de conocer, el intento de entender y la necesidad de contar historias.
En Crónicas y perfiles encontramos reportajes que nos muestran personajes abocados a la desgracia, al horror, retratos de gente cuyas opiniones despiertan nuestro interés de inmediato, recorridos por el lado más vulnerable del ser humano. Guerriero se acerca a las historias con determinación, con curiosidad y respeto, y consigue colocarnos en el lugar de los protagonistas, escuchamos sus voces y las voces de testigos que se cruzan en la historia, seguimos el hilo argumental que nos propone una autora dispuesta a no juzgar, a colocarse en el lugar del otro, a transportarnos a vidas desgarradas, a incomodarnos y a recordarnos que los seres humanos, pese a sus circunstancias, no somos tan distintos unos de otros. Un gigante que estuvo cerca de alcanzar la gloria como deportista y que vive en la miseria, un cardiólogo que es doble de Freddie Mercury, la entrañable entrevista con Homero Alsina Thevenet poco antes de su fallecimiento, una joven que mata a puñaladas a su bebé recién nacido, una completa visión del mundo de la venta directa, el reencuentro de familiares separados por una dictadura atroz, historias de superación, existencias marcadas por una tragedia o por un destino que suele mostrarse caprichoso e impredecible. En La voz de los huesos, que recibió en 2010 el premio de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, nos habla de un grupo de antropólogos forenses encargados de identificar cuerpos víctimas de ejecuciones o asesinatos. Este es uno de los textos más impactantes del libro, el día a día del equipo de trabajo que identificó los restos, por ejemplo, de Marcelo Gelman, hijo del poeta Juan Gelman, de Azucena Villaflor, fundadora de Madres de Plaza de Mayo, o del Ché Guevara. Y así es la mirada de Leila Guerriero, certera a la hora de seleccionar los detalles, de posar su mirada y transmitirnos aquello que a veces uno no puede verbalizar.
Discusiones nos ofrece una serie de textos en los que la autora se posiciona ante diversos asuntos, y destaca esta parte tanto por la forma de narrar, por la estructura de los textos, como por la frescura de las opiniones. Cuando habla sobre los fanáticos de la salud, escribe: Ser saludable ya no es opción, es tiranía. Un modo extremo —altamente intolerante— de religión. Sobre lo que significa ser mujer: No me siento parte de ese continente femenino formado por compradoras compulsivas, fóbicas al ginecólogo, temerosas de los años, necesitadas de palabras de amor después del sexo. Sobre las visitas guiadas: Los city tours son la excrecencia inofensiva de una ciudad a la que se la ha quitado lo feo, lo sucio, lo desprolijo, para que reinen (como en una cárcel) el tedio, la rutina, la ortopedia, la obediencia, la multitud y la organización. Y, en el último texto de este grupo, encuentro una frase que me parece define muy bien la toma de postura de esta escritora: Decir que no, allí donde todos dicen sí, conlleva un riesgo. Y es evidente que Guerriero no teme los riesgos, es más, parece sentirse atraída por ellos.
Por último, la tercera parte, titulada Sobre el periodismo, ofrece unos textos que, por sí solos, justificarían la lectura de este libro. Una lección de periodismo, desde la primera persona, desde la experiencia y la pasión, sin pontificar, sin prepotencia. Una declaración de amor por un oficio lleno de retos, que ha de llevarse en la sangre y abordarse con pasión. Yo soy periodista —dice Leila Guerriero— pero no sé nada de periodismo. Lo dice casi al final del libro, cuando ya nos ha quedado claro que sabe de periodismo y mucho. Se define como una autodidacta absoluta, un dinosaurio: una periodista salvaje. Y es una excelente definición de este libro narrado con una entrega evidente, cuyas historias transcurren impulsadas por la inagotable curiosidad de la autora y se abordan con valentía y sinceridad.
Se encuentran excelentes relatos en este libro de crónicas. Historias que nos dibujan una sonrisa o nos retuercen el estómago y nos sobrecogen el alma. Historias narradas por una mujer empeñada en ponernos delante de las narices nuestras miserias y nuestras grandezas, los interrogantes de lo que nos hace humanos. Un libro que no sería justo que pasase desapercibido. Una lectura que no deja indiferente.

viernes, septiembre 07, 2012

Vida de un escritor, Gay Talese

Trad. Patricia Torres Londroño. Alfaguara, Madrid, 2012. 608 pp. 21,50 €

Guillermo Busutil

Hace tiempo que el periodismo cambió sus zapatos por un teléfono. No lo hizo por los callos. Tampoco por el cansancio. La razón es que para las empresas es más rentable, sobre todo en épocas de crisis, que sus reporteros investiguen en internet o que se trabajen confidencias a través de los móviles de políticos, gabinetes de prensa y personajes famosos. Eso de salir, escudriñar, contrastar es pasado. Es habitual que en las ruedas de prensa sólo pregunte un plumilla, casi siempre un interrogante relacionado con cifras (¿de dónde vendrá esa obsesión por los guarismos?), y que los compañeros de gremio, que no de afecto, recojan su demanda y las respuestas o que apenas existan periodistas que sepan contar con un lenguaje directo, descriptivo y literario la realidad que han cazado. La floritura, la tensión del lenguaje, ha quedado para algunos talentos que escriben de deporte o de toros; el resto desconoce que el adjetivo es el color del sustantivo, que el verbo es la acción de la historia. Es posible, muy posible, que con la subida del IVA desaparezcan los rotativos locales, igual que han cerrado otros medios de comunicación. Hoy día muchos obreros de este oficio fuman en las colas del paro o recorren las ciudades como vagabundos excluidos de la realidad, como sombras de los callejones sin salida que en una época fueron su campo de trabajo. Sin embargo hubo un tiempo en el que el periodismo se convirtió en literatura al día, en un espejo que reflejaba la vida, las miserias, las grandezas, las pequeñas historias que nos enriquecían la mirada. A esa época dorada pertenece Gay Talese, creador del nuevo periodismo, junto a su elegante "gemelo" Tom Wolfe, que en este país y especialmente en provincias nunca gozó de predicamento empresarial. Un Gay Talese que es una vieja marca de calidad, de compromiso, de innovación en una actividad que durante siglos ha contado historias.
La editorial Alfaguara que nos haya regalado excelentes piezas de Talese, como Honrarás a tu padre, La vida secreta de los maniquíes o Retratos entre otros libros suyos, nos entrega ahora Vida de un escritor donde el lector y también los estudiantes de periodismo que no sueñan con ser funcionarios (profesión estable, actualmente desacreditada y en reconversión) y sí con convertirse en transeúntes entre la realidad oficial y sus trastiendas, a los que les guía su oído y su olfato; dos viejas cualidades o armas actualmente en desuso, conocerá los inicios de este maestro al que con quince años su entrenador de béisbol le encargó que hiciera una crónica de los partidos para un diario local. Está claro que el talento nace y se forma entre la infancia y la adolescencia. Sabrán que su gusto por los trajes impecables es la herencia de un padre sastre de Calabria que vestía con raya diplomática a la mafia siciliana de Nueva York o que a su boda en Roma acudieron Fellini y Mastroianni. Hay algunas referencias más a su vida diaria en Nueva Jersey, a su vocación, a su fascinación por el restaurante de Elaine Kaufman, corazón de los escritores e intelectuales bohemios y a sus afectos por personajes anónimos, aunque la mayoría de las páginas se centran en algunos de los artículos que no llegó a publicar en el New York Times, donde entró en 1953. Talese, que sorprendió con sus ágiles diarios y su manera de desvelar, a través de pequeños detalles y de rutinas, las personalidades de Kennedy, de Sinatra y de otras celebridades, al igual que las vidas de los trabajadores que levantaban los modernos puentes norteamericanos, no consiguió editar sus historias acerca de Lorena Bobbit, la mujer que castró a su marido abusador; la del viejo depósito de la calle 63 en el que estaba grabada la historia de la ciudad o la historia de la jugadora china de fútbol que erró un penalty en la final del mundial femenino entre otros reportajes.
No obstante, Vida de un escritor, es un libro magnifico en el que Talese despliega las claves de su estilo, su incombustible curiosidad, su manera de empaparse de lo que oye y lo que ve, la mirada que le permite escoger el pequeño detalle revelador de la historia, la exigencia de encontrar, cuidar y mimar el tema sobre el que escribe, la exigencia del lenguaje que equilibra registros coloquiales, minuciosas descripciones y un ritmo literario, además de otras delicias que desvelan la cocina literaria de un maestro que empezó tomando notas en los cuellos almidonados de las camisas, que continúa arrancando sus relatos a mano antes de pasarlos a máquina y que considera que escribir es como conducir un camión por la noche sin luces y sabiendo que puede perderse en medio de la carretera. Un periodista que nos enseñó a muchos que la vida se cuenta a pie de calle.

jueves, febrero 09, 2012

Articuentos completos, Juan José Millás

Seix Barral, Barcelona, 2011. 960 pp. 27 €

Fernando Sánchez Calvo

Personalmente, no me gusta leer los archiconocidos articuentos de Juan José Millás por una sencilla razón: me hacen pensar durante todo el día. Normalmente los lees a primera hora de la mañana, pasando directamente de la portada y páginas interiores del periódico a la columna que cierra a éste. Tú te estás tomando tranquilamente un café y entonces, no recuerdo qué día de la semana, en ese momento llega Millás contándote una historia sobre una muela, sobre algún adulterio desconcertante, sobre un recuerdo de la infancia, sobre el poder de la muerte en la memoria, sobre la seducción, sobre la caca, sobre el desorden material y humano que puede provocar un terremoto, sobre el descubrimiento de alguna nueva especie animal o vegetal que en principio no nos concernía pero al final del articuento Millás como autor y tú como lector descubrís que sí. Una vez leído el articuento, no es que pienses “qué tontería ha escrito hoy éste” pero sí lo olvidas momentáneamente hasta que, ya en el trabajo, durante la comida, tras la siesta, después de cenar, con la nunca ya sobre la almohada, esa muela, ese descubrimiento científico y esa historia en general, reaparecen y desaparecen simplemente para decirte que están ahí como temas y ya está. ¿Por qué? Porque los ha puesto Millás como orden del día junto a las noticias importantes sobre economía, política y fútbol. Dichos temas y reflexiones no te van a solucionar la vida ni tampoco es que captes el mensaje por fin después de doce horas: es que olvidas las cosas importantes que tu día te reservaba para simplemente pensar en el cuerpo, en la mente, en el lenguaje. Pasas a pensar en los temas de Millás, otra razón por la cual desconcierta leerle, leerlo y leer en general.
Cuerpo, mente, lenguaje, sociedad y cajón de sastre. No son secciones de un periódico ni de cualquier revista de variedades, sino las cinco partes que estructuran el colosal (en ambos sentidos de la palabra) tomo que Seix Barral, bajo el título de Articuentos completos, ha publicado sobre el autor valenciano, quien, muy a pesar de él o no, pasará a la historia de la literatura gracias a este híbrido de columna periodística y ficción, de humor y desconcierto, de cotidianos y extracotidianos. No sé cuánto tiempo hace que Millás escribe articuentos ni qué fue antes, si el articuento o el nombre en sí que, con tanto acierto, explica en qué consisten estas piezas breves, rara vez de más de una página de extensión, con las que se analiza la historia de nuestro planeta y de nuestras intimidades. Las cinco partes de las que antes hablábamos podrían ser perfectamente pues, las cinco obsesiones del autor no sólo en este género sino también en la novela (Léase Cuentos de adúlteros desorientados, La soledad era esto o Dos mujeres en Praga, por dar algunos títulos al azar). En los articuentos, sin embargo, y más en los seleccionados para esta completa antología incompleta por voluntad del autor (quien en conjunto con su editora decidió suprimir aquellos ejemplares que, por decirlo de alguna manera, trataban temas ya pasados de moda), dichas obsesiones crecen ante los ojos del lector por tratarse con lupa. Si cualquiera de nosotros mira a una mosca concluirá que es una mosca. Si Millás la mira con su lupa concluirá que es una mosca + su infancia en Valencia cazando moscas + una discusión propiciada por algún malentendido ocasionado por culpa del zumbido de ésta+ todos los insectos que la precedieron.
¿El origen de análisis tan prodigioso? Si atendemos a los comienzos de los casi mil articuentos que comprenden esta antología, muchas veces una conversación robada por el oído del autor a la mesa de al lado en cualquier cafetería de barrio. Si atendemos a la materia prima, cualquiera que se ponga delante del ojo de éste: asesinatos y nacimientos, pies y prostitutas, cuernos y lámparas. Si atendemos a un estado vital, el desconcierto ante la vida que el autor valenciano nunca podrá o querrá superar. No sé si Millás estará feliz por ello o no, de acuerdo o en desacuerdo, pero en la opinión general que me rodea, pasará a la historia (si es que hay alguna) como el magnífico autor del género breve que a muchos nos hace sentir más profundos aunque también más jodidos. Lo siento por sus novelas y el resto del material que produzca, pues, siendo bueno, no va de momento pegado a la piel del autor y a la de este lector como las veinte o treinta líneas que cada mañana me regalan un pequeño tema en el que poder pensar con fastidio.

viernes, febrero 03, 2012

El muelle de Ouistreham, Florence Aubenas

Trad. Francesc Rovira Faixa. Anagrama, Barcelona, 2011. 240 pp. 17,50 €

Julián Díez

En una página editorial de casi cualquier periódico, la semana pasada, leíamos elogios a la decisión del gobierno de mantener el salario mínimo en cifras de hambre. En ese mismo periódico, unas páginas después, podríamos ver recomendaciones de regalos navideños cuyos precios multiplicaban varias veces ese salario mínimo, por productos en muchos casos superfluos. Los medios de comunicación dan por descontado que su lector pertenece a un ámbito distinto al de los perceptores del salario mínimo, los submileuristas o los parados.
Hasta los habitantes del tercer mundo —lejanos, susceptibles de obras de caridad tranquilizadoras de la conciencia— se asoman más, aunque lo hacen muy poco, a los medios de comunicación. El suburbio de clase baja se ha convertido para las voces hegemónicas de la opinión pública en la última frontera: más lejos que los países exóticos a los que se va de vacaciones, o los que ocupan los documentales de La 2, son lugares a los que sólo puede acercarse, con una mezcla de incredulidad, compasión y asco, algún programa tipo Callejeros.
Por suerte todavía quedan algunos buenos periodistas, que parecen encontrar rendijas en el sistema por su prestigio o su constancia. La francesa Florence Aubenas, que estuvo en Iraq y en la antigua Yugoslavia, decide marcharse a Caen, una ciudad de provincias, a buscar un puesto de trabajo fijo como limpiadora. Sin currículum, sin contactos, sin amparo ninguno: sólo a ver si puede conseguir salir adelante con su esfuerzo.
Resulta difícil saber hasta qué punto Aubenas fue fiel a su programa de mantenerse únicamente con lo ganado; las circunstancias de Günter Wallraff cuando preparó Cabeza de turco —obvio referente de este trabajo— eran bastante más difíciles. Posiblemente, Aubenas tirara de ahorros en momentos determinados para no limitarse a vivir de lo ganado trabajando dos horas aquí, tres allá, limpiando letrinas a velocidad vertiginosa en un transbordador. También hace una pequeña trampa al finalizar su experiencia: el planteamiento era seguir hasta obtener un contrato fijo, y lo hace cuando obtiene uno a tiempo parcial. En cualquier caso, la experiencia relatada es igualmente válida: todo el dolor y la mezquindad están ahí, en esos seis meses de esfuerzo físico, menosprecios y estrés.
Muchas de las sensaciones relatadas resultan familiares también para cualquier ciudadano español que tenga preocupaciones más significativas que comprobar las ofertas del día de Privalia. Como la crueldad a pequeña escala del que consigue ascender un mínimo peldaño en el escalafón de nuestra carrera de ratas global. La indiferencia a los problemas personales de quien solo ve el mundo en términos de cifras y balances. O el egoísmo grosero y ciego de algunos de los que no recibieron educación, o acaso la perdieron en alguna escaramuza de su batalla por la supervivencia. Aubenas es periodista de escuela clásica, y todos se retratan por sus palabras y obras, nunca por el juicio de la narradora.
A todo ello se suma alguna particularidad que debe ser francesa, o noreuropea, y aquí suena algo más remota. Por ejemplo, el denso aparato del sistema público de búsqueda de empleo, sometido a tensiones que tal vez aquí no son tan intensas y expliquen en parte nuestros datos. O la existencia continua de contratos —apenas aparece el muy español dinero negro, tan corriente en particular en el ramo de la limpieza—, aunque siempre por periodos de tiempo falsos, por cantidades irrisorias.
Por el camino, Aubenas también conoce a algunos personajes singulares, auténticos, como el conquistador de cuarta Philippe o la ex sindicalista Victoria. Retrata a varias decenas más con hábiles pinceladas, al igual que a esa oscura región de ciudades decadentes, y transmite una genuina sensación de opresión, oscuridad y desesperanza. Con el progresismo convertido en una antigualla y los desfavorecidos de la fortuna preocupados por conseguir un iPhone, ni siquiera la conclusión relativamente afortunada y el hallazgo de personas de valor evitan que El muelle de Ouistreham se cierre como uno de los más estremecedores de los últimos tiempos.

miércoles, noviembre 23, 2011

La mujer de tu prójimo, Gay Talese

Trad. Marcelo Covián. Debate, Barcelona, 2011. 538 pp. 24,90 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Es de sobra conocido cómo la publicación de A sangre fría de Truman Capote marcó un antes y un después en la narración de hechos reales, al proporcionarle un trato artístico equiparable al que se dispensaba a la ficción. A los escritores inmersos en el espíritu renovador de la contracultura norteamericana que adoptaron este nuevo enfoque en sus intervenciones periodísticas, que cuenta con nombres imprescindibles como Tom Wolfe, Terry Southern, Norman Mailer y Hunter S. Thompson, se les englobó en lo que se dio en llamar 'nuevo periodismo', que se convertiría en una exitosa corriente bajo cuya etiqueta nacieron obras señeras como Miedo y asco en Las Vegas y Elegidos para la gloria. Nada sabíamos por aquí sin embargo de una importante figura de este movimiento, muy conocida por el contrario en su país de origen, el dandy Gay Talese, quien curiosamente sea el más periodista de todos en el sentido clásico del término. Este desconocimiento de la obra de Talese en el panorama editorial español ha sido solventado en pocos meses de golpe y porrazo con la publicación de tres volúmenes: Honrarás a tu padre (reseñada anteriormente en este mismo blog), donde se introduce en las interioridades de la mafia; Retratos y encuentros, recopilación de esas semblanzas que constituyen el género en el que más cómodo se siente por su habilidad para penetrar limpiamente en la psicología de sus protagonistas; y este La mujer de tu prójimo.
Talese adquirió una merecida fama por el reportaje Frank Sinatra está resfriado, cuyo proceso compositivo nos dice mucho sobre nuestro escritor: surgido como encargo de la revista Esquire, que quería un perfil de Sinatra, al no obtener el permiso del cantante para ser entrevistado Talese le presenta a distancia, visto desde lejos, como mito adorado no exento de vulgaridades, acodado en la barra de un bar mientras es rodeado por una plétora de mujeres, fans y representantes. Aún hoy se considera uno de los mejores retratos periodísticos del siglo XX, por su ironía y perspicaz observación.
En La mujer de tu prójimo, si ya de por si el tema resulta tan fascinante como seguir los distintos vaivenes que ha experimentado la relación de la sociedad estadounidense con el sexo a través de su historia, éste se ve fortalecido con el juego narrativo que utiliza, similar a las cajas chinas, de manera que cada capítulo se centra en un personaje con un papel bien definido en la evolución del pensamiento y la moral americanos (ya sea ofreciendo nuevas perspectivas o castrándolas) al tiempo que sirve como punto de referencia para engarzar con el siguiente capítulo, que presenta a su vez a un nuevo protagonista, pasando el conjunto a conformar un rico mosaico en el que hemos podido ser conscientes de la relación entre sí de las diversas teselas. De esta manera, Talese hace desfilar a lectores de revistas ligeras, modelos fotográficas sin pudor, visionarios fundadores de imperios del erotismo, distribuidores de libros prohibidos, amantes del sexo liberal, censores autoerigidos como defensores de la moral puritana, incluso se incluye a sí mismo, lo que aporta una riqueza poco frecuente en este tipo de textos, que tienden a aplicar una óptica parcial al tener decididas sus preferencias de antemano. Por otra parte, no sólo se nos mencionan hechos de relevancia pública más o menos fácilmente verificables mediante notas de prensa o biografías al uso, sino que nos sumerge en sus anhelos, sus pasiones, sus temores, permitiéndonos entender la deriva personal de cada uno de ellos y, consecuentemente, la paulatina evolución de una sociedad de mentalidad cerrada a otra bipolar tan orgullosa de enarbolar la libertad de expresión como principal seña de identidad nacional como escandalizada por los escarceos amorosos de sus presidentes.
Durante la lectura se hace patente la impresionante labor de investigación, las arduas y por fuerza incisivas entrevistas que debió llevar a cabo, puesto que no sólo desgrana con suma habilidad y concisión los principales hechos de sus vidas desde su infancia hasta los momentos que le sirven como puntos de partida para su narración, sino que hace un pormenorizado retrato del ambiente histórico en el que tuvieron que desenvolverse y de aquellos que les rodearon y tuvieron alguna importancia en su recorrido vital, fuese a través de un contacto directo o indirecto. La impresión final es la de haber disfrutado de una borrachera de periodismo de alta graduación destilado con una elegancia y profesionalidad difícil de igualar.

viernes, noviembre 04, 2011

Donde viven los libros, Jesús Marchamalo

Siruela-Fundación Germán Sánchez Ruipérez. Madrid, 2011. 222 pp. 18,95 €

Care Santos

Los lectores estamos condenados a ser bibliotecarios de nuestros propios libros, a tomar decisiones enojosas (cómo ordenar, qué descartar, qué tener cerca y qué lejos) o a sufrir el mal del espacio (por culpa de la biblioteca, que lo va invadiendo todo, como una planta trepadora, hasta que termina por ahogarte). Algunos lectores, además, cometen el pecado de la bibliofilia. Los hay desenfrenados. Otros, más prudentes, casi tímidos. Hay bibliotecas heredadas y bibliotecas perseguidas, bibliotecas que crecen junto a otras que se aligeran y también hay bibliotecas perdidas —aunque éstas fueron objeto de un libro anterior: Las bibliotecas perdidas, Renacimiento, 2008— y lo mejor es que todas ellas, así como todos sus tenedores están, a su vez, en  lo último de Jesús Marchamalo.
De dice Luis Mateo Díez —en el prólogo de Tocar los libros (Fórcola, 2010)— que su apariencia sosegada y bondadosa esconde una obsesión. Y dice también que jamás le ha visto sin uno o varios libros encima, ni falto de entusiasmo hacia ellos. El poeta Antonio Gamoneda le llamó  "inspector de bibliotecas". No andaba errado. El germen —periodístico— de este nuevo libro existió primero en una serie de reportajes que Marchamalo publicó en el diario ABC. En ellos se propuso hurgar en las bibliotecas de un puñado de conocidos escritores para, con esa excusa, terminar revelando algunos de los secretos de sus propietarios. Ya lo dijo Marguerite Yourcenar: el mejor modo de conocer a alguien es ver sus libros.
Así que Marchamalo se dedicó durante unos cuantos meses a ver los libros de Fernando Savater, Arturo Pérez-Reverte, Enrique Vila-Matas, Luis Alberto de Cuenca, Luis Landero, Mario Vargas Llosa, Javier Marías, Carmen Posadas o Luis Mateo Díez, entre otros. De todos ellos ha dado buena cuenta en los distintos textos que componen este volumen, que repasa, sobre todo, el modo de amar los libros de cada uno de sus protagonistas. Mario Vargas Llosa, por ejemplo, se compra una primera edición jugosa con cada anticipo que recibe por alguna de sus novelas. Historia de Mayta le dejó una primera edición de Madame Bovary (1857) y El Paraíso en la otra esquina, una de Los Miserables de Victor Hugo. Su biblioteca de 25.000 libros está repartida en tres casas de tres ciudades y dos continentes: Lima, Londres y Madrid.
Pero para bibliófilo irredento Luis Alberto de Cuenca, quien ha acabado por huir del piso que habita —ya en soledad— su extensísima biblioteca. Luis Alberto, junto con Andrés Trapiello, acaso sean los mayores perseguidores de libros de todos los autores entrevistados y, por tanto, también los tenedores de bibliotecas más apetecibles. Todo lo contratio le ocurre a Juan Manuel de Prada quien sólo parece perseguir libros por necesidad y que confiesa, sin ningún embarazo su aprensión hacia el papel viejo de los libros antiguos. 
En cuestiones de orden no hay criterio que valga: cada uno sigue su capricho. Por orden alfabético, por editoriales, por tamaños, por querencia o incluso por orden de nacimiento de los autores, como Javier Marías, cuya biblioteca, al parecer, presenta un aspecto pulcro, admirable. También hay muchos limbos librescos: hay desvanes embarazados de cajas de libros que ya no gustan, estanterías junto a la entrada donde las visitas pueden llevarse lo que gusten o incluso sótanos que recuerdan al purgatorio, y de los que casi ningún ejemplar consigue volver a salir. También hay mucho desorden, mucho caos, grandes pilas de libros que aún no encuentran su sitio y personas felices en compañía de todo ello.
Es un libro magnífico, cargado de anécdotas, de pequeñas excentricidades y de amor a la letra impresa,  que se lee con la amenidad de anteriores trabajos del autor y que destila pasión, lo mismo que aquéllos. Pasión, hay que decirlo, en el sentido etimológico, pariente de la enfermedad. Y en ese sentido cabe advertir que la lectura de este Donde viven los libros puede producir efectos secundarios: desde ganas de ordenar la biblioteca o de desordenarla a la compra compulsiva de cualquier tipo de libros, incluidos los de anticuario más caros o —aún peor— ganas de entrar a hurtadillas en casa de algunos escritores, en busca del tesoro libresco. Un deseo que los bibliófilos seguro que comprenderán.


Jesús Marchamalo: «Las bibliotecas ordenadas son la excepción"
 
Cuando le pregunto a Jesús Marchamalo si encontró reticencias en alguno de los veinte autores cuyas bibliotecas inspeccionó para su Donde se guardan los libros, es tajante: «No más de la que estás encontrando tú». Recuerdo que cuando, un par de días antes, hablé con él para fijar la hora de la entrevista, dijo, risueño: «Tengo dos bibliotecas, pero prometo no ordenar ninguna de las dos».
Comenzamos por la de su casa. En el salón, todo tiene un aire libresco, incluso lo que en apariencia no guarda relación con los libros. Los cuadros de las paredes son originales de viejas cubiertas —incluso de novelas rosa— y hay retratos de escritores acechando en todas partes. Kafka y Pessoa, omnipresentes. También hay varias colecciones: de cajitas de hojalata, de sombreros, de gorras militares, de soldaditos de plomo. Le pregunto cómo pueden vivir cuatro personas (sus dos hijos tienen 17 y 9 años), tantos libros y todos esos objetos en una casa de poco más de cien metros cuadrados y Jesús Marchamalo afirma, con aplastante naturalidad:  «Siendo tranquilos con las convivencias».


Para leer la entrevista completa haz click AQUÍ.

jueves, noviembre 03, 2011

El tigre. Una historia real de venganza y supervivencia, John Vaillant

Trad. Jordi Beltrán Ferrer. Debate, Barcelona, 2011. 400 pp. 22,90 €

Julián Díez

A falta de grandes historias en los medios de comunicación, el noble arte del reporterismo clásico se refugia en lo que antes era su destino secundario y final, el libro. La aportación de Vaillant, experto en temas medioambientales, evoca de inmediato desde su punto de partida a referentes que creo que agradan a casi cualquier lector, mezclando precisamente narración y testimonio: desde las descripciones desgarradas de la profunda Rusia de un Kapuscinski hasta las obras clásicas de la literatura estadounidense que enfrentan al hombre con bestias incognoscibles —Melville, London—, pasando por las aventuras polares cercanas al horror de Poe o Verne, y unos retratos de personajes entroncados con el entorno que remiten inevitablemente a Arseniev, por razones geográficas, pero también a viajeros clásicos como Chatwin.
Vaillant se las apaña para sacar todo eso de una anécdota de modesta envergadura; un par de muertes a manos de un tigre en el Primorje siberiano, la esquina situada exactamente en el final de Eurasia, sobre Corea del Norte y China. El suceso, que se produjo varios años antes de que Vaillant se ponga a investigarlo, es pronto reducido a excusa para los propósitos del autor. En primer lugar, y de manera destacada, dar cuenta de la compleja relación del hombre con los predadores felinos, devenidos en figuras arquetípicas bien presentes en el inconsciente colectivo humano desde tiempos prehistóricos. Los tigres siberianos que protagonizan la historia son caracterizados de forma brillante como una máquina de matar casi definitiva por su tamaño y agilidad. Además, Vaillant usa la estrategia clásica del género de terror de apenas mostrarlos de manera concreta, mientras no deja de referirse a ellos; cabe esperar que si llega a producirse una anunciada adaptación cinematográfica del libro —Darren Aranofsky tras la cámara, Brad Pitt ante ella—, se tenga la sensibilidad para reproducir ese mecanismo y esas sensaciones.
Por otra parte, esta es una historia sobre un rincón del mundo muy concreto, y sobre las muy especiales circunstancias en que la sociedad se ha adaptado a él. El relato tiene más que presente un entorno compuesto por una naturaleza aún totalmente fuera del control humano, temperaturas extremas más allá de lo imaginable, ciudades semiabandonadas tras la perestroika, alcoholismo y miseria. Un lugar en el que, simplemente, lo normal sería que no hubiera occidentales, y los pocos que quedan a estas alturas tras la colonización del lugar, a costa de la siempre floreciente megalomanía rusa, subsisten en su mayoría aislados, dedicados a cazar con munición hecha en casa para sobrevivir y buscando la asistencia de los nativos más adaptados, más resistentes, a los que en el siglo pasado se quiso exterminar.
Por supuesto, esos personajes —maravillosa la idea de incluir el retrato de muchos de ellos en unas ilustraciones a color: sus rostros son como cartografías de la supervivencia— son el eje fundamental. Tanto los perdedores terminales -porque realmente es difícil imaginar una situación peor- como los héroes anónimos que intentan mantener el tipo en esta situación extrema son retratados por Vaillant con pinceladas impresionistas en las que no puede evitar una ternura implícita. El denominador común a todos ellos es su aceptación de algo que para cuantos me lean es apenas una sensación remota: la de que su destino no está en sus propias manos o las de otros hombres —sean familiares, jefes, gobernantes o especuladores financieros—, sino en las de una naturaleza impredecible e insensible. Como los personajes más perturbadores del terror moderno, el entorno siberiano no odia al hombre, sino que es por completo indiferente a sus necesidades o inquietudes. El tigre protagonista, que enloquece para escapar a la supuesta lógica en el comportamiento de su especie, no es sino la plasmación definitiva de esa realidad.
En una acción elemental, pero hoy extraordinaria, Vaillant recoge el reto de Kapuscinski, va hasta allí donde se produjeron los hechos y los cuenta. Pese a su conocimiento previo de otros lugares e historias no menos complicados, la impresión es que para Vaillant ese fue uno de los viajes que cambian por dentro, y consigue transmitir no poco de esa experiencia en este libro más que recomendable.

lunes, octubre 24, 2011

El violento oficio de escribir, Rodolfo Walsh

451 Editores, Madrid, 2011. 556 pp. 21,50 €

Pedro M. Domene

La vida de Rodolfo Walsh (1927-1977) transcurrió entre grandes momentos de tensión por su activa militancia política, por su vocación literaria, y sobre todo por su curiosidad periodística. En la década de los cuarenta, tras pasar por varios domicilios familiares y colegios, se trasladó a Buenos Aires para completar su educación secundaria. Mediada la década, su vida adquiere una actividad casi febril: un frustrado intento de ingresar en el Liceo Naval, colabora con la editorial Hachette, participa en la Alianza Libertadora Argentina, cursa algunas asignaturas en la Facultad de Humanidades, y ya en 1950 obtiene una mención en el Primer Premio de Cuentos Policiales que organiza la revista Vea y Lea. A partir de este momento se dedica al periodismo y trabaja para Vea y Lea y Leoplán, donde publicará cuentos, artículos de crítica literaria y divulgación cultural. Sus abundantes colaboraciones en la prensa lo señalan como la cumbre del periodismo argentino y, en ocasiones, acompaña sus textos con fotografías que convierten sus reportajes en auténtico periodismo gráfico, y sobre los temas más diversos. A partir de 1956 sus continuas denuncias contra la represión y los fusilamientos de José León Suárez desembocarán en los libros, Operación masacre (1957), hito del género testimonial en la literatura argentina y al que seguirán ¿Quién mató a Rosendo? (1969), y su famosa Carta abierta de un escritor a la Junta Militar (1977). Ernesto Ekaizer relata en el prólogo a El violento oficio de escribir (2011), como, desde varios meses, el periodista y su esposa Lilia Ferreyra viven en una casa modesta, sin luz eléctrica, agua corriente o gas, que han comprado a unos 52 km del centro de Buenos Aires, de donde Walsh viajaría el 25 de marzo de 1977 a la capital para acudir a varias citas y echar en diferentes buzones varios sobres que contienen su famosa Carta abierta..., que condensa toda la labor informativa del año, basada en la fuente documental que forman los cables de noticias difundidas, denuncia el asesinato, la desaparición y tortura de miles de ciudadanos en virtuales campos de concentración que ha creado la dictadura del general Jorge Rafael Videla en las guarniciones militares. Walsh va armado con una pistola Walter PPK calibre 22 que no le salvará la vida, pero será más difícil que lo cojan vivo. Un llamado «grupo de tareas» de la Escuela Mecánica de la Armada y un pelotón de policías le han preparado una encerrona. El militante con quien Walsh debía encontrarse ha desvelado el lugar de la cita, aun le da tiempo a sacar su pistola pero varios disparos le cruzan el pecho en diagonal y apenas llega vivo al campo de concentración de la ESMA. Esa misma noche los militares que se han hecho con la escritura de compra venta que portaba el periodista, organizan el saqueo y bombardeo de su casa, a donde a la mañana siguiente llega su esposa sin conocer la tragedia y advierte que la han volado llevándose su carpeta de documentos y escritos personales.
La edición que 451 Editores presenta con el título de El violento oficio de escribir (2011, aunque la original es de 2007), con prólogo de Ernesto Ekaizer y nota preliminar de Daniel Link, recoge, según este último, la totalidad de los artículos publicados con la firma de Rodolfo Walsh o sus iniciales R.W., o R. J. W.) o el seudónimo, Daniel Hernández. De sus libros o grandes investigaciones, se incluyen ejemplos aislados necesarios para dar una visión fiel del progreso de la obra periodístico; tampoco se recogen sus artículos y prólogos que se considerarían de crítica literaria, tampoco los escritos íntimos y del resto de la obra conocida quedan muchas notas sin publicar y se ofrece una edición incompleta por definición. Según su editor, este libro se titulada así porque el propio Walsh, escribió en un texto autobiográfico que decía los siguiente: «En 1964 decidí que, de todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía». Cuando leemos los abundantes textos de la presente edición, se percibe el espíritu de Walsh cuando afirmaba que pretendía devolverle al periodismo la voz y la identidad de las noticias, los acontecimientos o la dignidad a los personajes que habían sido protagonistas y que de alguna manera dejaban testimonio con sus actuaciones o con su propia vida. El «caso Padilla», su estancia en Cuba y la creación de la agencia de noticias Prensa Latina, los diversos artículos sobre la baja condición social de los trabajadores de la Argentina, son algunos de los textos más sugerentes; en ocasiones, se funde literatura y periodismo, y este último aspectos tanto literario como político, testimonio de una objetividad que, de alguna manera, en la totalidad de la obra de Walsh se completó con los informes de Cadena informativa que ampliaba así su compleja visión del periodismo. La lectura de «La Carta abierta de Rodolfo Walsh a la Junta Militar» vislumbra ese «acto de libertad» con que invitaba a sus últimos lectores y aun hoy a quienes confiamos en ese voluntarioso periodismo caracterizado por la honradez y la exactitud verificada.

miércoles, septiembre 28, 2011

Honrarás a tu padre, Gay Talese

Trad: Patricia Torres Londoño. Alfaguara, Madrid, 2011. 640 págs. 21,50 €

Ángeles Prieto

El pasado año, los lectores españoles fuimos asombrosa y gratamente sorprendidos con el primer desembarco de unos de los indiscutibles padres del nuevo periodismo norteamericano: Gay Talese. Autor que, con una evidente clase, patente en su forma de vestir y dirigirse al público mezclando sencillez en el trato con elegancia innata, abogaba por el acercamiento íntimo a los indiscutibles personajes públicos de Retratos y encuentros, de manera perspicaz y cálida. Nada que ver con el periodismo sensacionalista hacia el star o political system al que ahora estamos desgraciadamente acostumbrados.
Además de esta enseñanza ética y magistral de un periodismo artesano y sabio, donde triunfaba la dignidad en el trato, conseguíamos también en ese libro indiscutibles lecciones literarias de cómo abordar y cómo retratar a un personaje. Magisterio que después aprovecharía en el libro que hoy presentamos: Honrarás a tu padre, un extenso y documentado estudio sobre la neoyorquina familia Bonanno, una de las más representativas de la historia mafiosa de los Estados Unidos, junto a los Luciano, Capone, Genovese, Gambino, Costello y Lucchese.
Un libro de larga gestación, iniciado en 1965 con motivo del espectacular secuestro y detención de Joseph y Bill Bonanno, respectivamente, y terminado en 1971, fecha de su publicación. Volumen indiscutiblemente motivado por la necesidad de una comunidad italoamericana, trabajadora y cumplidora de la ley, de poner coto a la machacona imagen gangsteril que los poderes públicos y los medios de comunicación, proporcionaban constantemente sobre ella en los años sesenta y setenta.
Iniciado con un secuestro cuya resolución acapara toda nuestra atención lectora, la historia se va desarrollando bajo el interesante prisma rector de las tres películas que componen la saga del Padrino, la historia de la familia Corleone: La lucha por la subsistencia de los emigrantes sicilianos, el ascenso social, económico y amoral de un padre rector, el choque generacional con aquellos hijos que reciben una educación superior, y como resultado, la pérdida de ese estatus, no sin un coste emocional devastador, en la disyuntiva de cumplir con el cuarto mandamiento y continuar con los turbios negocios familiares, o bien, apostar por la integración social. Por ello, aunque la editorial publicite el libro como inspirador de la más reciente, y exitosa serie de los Soprano, pronto se encontrará el lector con una historia real y centrada en las relaciones padre-hijo, mucho más cercana a la que se establece entre Vito y Michael Corleone.
Talese es muy exhaustivo en su trabajo, y por ello nos retransmite con todo detalle el proceso jurídico que provoca la decadencia final, amén de relatarnos los últimos grandes enfrentamientos entre las grandes familias mafiosas de Nueva York. Nos retrata con magisterio el barrio de Brooklyn y su posterior evolución, así como también viajará a Sicilia y allí procurará rastrear los orígenes de la Mafia, retrayéndose nada menos que a las Vísperas Sicilianas de 1282, cuando la población de Palermo masacró a los franceses, conquistadores de la isla, por la versión tradicional de que un soldado borracho había violado a una joven recién casada. Cuyo padre, al grito de “Ma fia, ma fia” (mia figlia, mi hija), daría paso así al origen de la palabra. En cualquier caso, esta terminará convirtiéndose en una institución arraigada y compleja en una isla constantemente invadida, cuyos habitantes no pudieron gozar de instituciones de gobierno propias hasta fechas muy recientes. Y de ahí, esta necesidad de contemporizar con los poderes públicos extranjeros, mediante el empleo de métodos no ortodoxos y de doble moral que veremos más tarde en los Estados Unidos a inicios del siglo XX.
Así, con una traducción bastante correcta, donde sin embargo se deslizan americanismos que chocan al lector europeo (riesgoso por arriesgado; abalaceado por disparado), llegaremos sin duda a disfrutar de la lupa singular de Gay Talese sobre este tema, deseoso de descubrir sus orígenes y a sí mismo, pero enfocando sin miedo y con inteligencia los claroscuros de su propia colectividad, en la lucha por la subsistencia y en la obligación final de integrarse en la siempre apasionante sociedad norteamericana.

miércoles, abril 06, 2011

Intervenciones, Michel Houllebecq

Trad. Encarna Gómez Castejón. Anagrama, Barcelona, 2011. 264 pp. 17,50 €

Amadeo Cobas

He de confesar que jamás había leído un artículo periodístico firmado por o una entrevista realizada a Michel Houllebecq. Eso sí, me he leído parte de su obra narrativa (Plataforma, Las partículas elementales, Lanzarote y La posibilidad de una isla), por lo que me imaginaba lo que me podría encontrar en esta compilación de opiniones suyas, vertidas a pluma suelta. ¿Y qué me he encontrado? Al Houllebecq provocador, cínico, delirante, agresivo, radical, ácido, ofensivo, burlón, ingenioso, políticamente incorrecto, maleducado, grosero, antiislamista (¿o no?), perspicaz, sexual (¿pornográfico?), hedonista (¿nihilista?), corrosivo…
Ya empieza el libro «haciendo amigos»: al poeta Jacques Prévert, cuya obra es estudiada en los colegios de Francia, le dedica epítetos clarificadores: «mediocre… mal poeta… imbécil». Otro artículo suyo principia con esta frase palmaria: «La literatura no sirve para nada». ¿Por qué? Porque su propósito es chinchar… Y a fe que lo consigue.
Aunque he de reconocer que sentencia máximas que llevan a reflexionar: «uno debería poder abrir una novela en cualquier página, y leerla con independencia del contexto. El contexto no existe. Es bueno desconfiar de la novela; no hay que dejarse atrapar por el argumento; ni por el tono, ni por el estilo»; casi nada lo que afirma… Y no cabe duda que estos alegatos tan suyos forman parte de su psique más profunda —no sé si atreverme a decir que disfruta erizando el vello a los lectores más susceptibles, o que le importa un bledo tener pleitos en su contra a raíz de la publicación de cada una de sus obras—, de sus ganas de provocar. ¿No se lo creen?: «…algunos seres con valores desviados siguen asociando la sexualidad y el amor»…
Este antisistema que profiere: «…lo único que realmente se puede hacer en Occidente es ganar dinero», desarrolla en esta compilación su faceta de crítico literario, de cine, arquitectónico, filosófico, musical…; ninguna modalidad artística, modo de vida, ningún tema es lo suficientemente espinoso como para no poder ser abordado por el intelecto de Houllebecq. Es impepinable que no hay temas tabú en sus opiniones, ni opiniones que pongan en riesgo su libre juicio: «el pedófilo me parece el chivo expiatorio ideal de una sociedad que organiza la exacerbación del deseo sin procurar los medios para satisfacerlo […] el hombre maduro quiere follar, pero ya no tiene posibilidad de hacerlo […] Así que no es tan sorprendente que la emprenda contra el único ser incapaz de ofrecer resistencia: el niño». De este modo comenzaba un artículo sobre la pedofilia publicado en 1997. Nadie se rasgue las vestiduras todavía, no olvidemos que estamos ante un provocador. ¿Otro ejemplo? «Personalmente, siempre he considerado a las feministas unas amables gilipollas, en principio inofensivas, pero a quienes, por desgracia, su desarmante falta de lucidez vuelve peligrosas», opinión suya plasmada en una obra que epilogó en 1998. Epílogo que no sé si haría mucha gracia a Valérie Solanas, la escritora, cuando gratifica dicha obra, ¡ejem!, con calificativos de este jaez: «Aunque las primeras páginas del SCUM Manifesto son deslumbrantes, hay que reconocer que por desgracia cae después en gilipolleces a la manera de Stirner, si no peores».
Es peligroso abrir un micrófono delante de una lengua voraz como la de Houllebecq
Este autor plantea cuestiones que a la fuerza dolerán a los afectados. Verbigracia, los jubilados alemanes, dado que huyen en cuanto pueden a vivir al sur, España principalmente, por lo que se pregunta: ¿aman a su país? Más: propuso que se exterminase a la pareja de osos que fue introducida en los Pirineos. ¿Por qué? Vaya usted a saber, por ser él mismo. Acaso porque a Houllebecq le ocurre lo que al escorpión de aquella fábula atribuida a Esopo (recogida por Anthony de Mello). ¿La saben? Pido disculpas por la reiteración, si tal sucede: un escorpión le pide ayuda a una rana para atravesar un río. Ésta le replica que si lo hace, una vez esté sobre su lomo le clavará el aguijón y la matará. El escorpión matiza que sería una locura por su parte, porque entonces la rana moriría envenenada, pero él perecería ahogado. Tras cavilar unos instantes, accede la rana. En mitad del río el escorpión pica a la rana, y ella le pregunta: ¿por qué lo has hecho?, ahora vamos a morir los dos. Y el escorpión se justifica: no he podido evitarlo es mi naturaleza…
A quien le guste una forma de escribir libre, directa y sin tapujos, la literatura punzante, la que conmueve (para bien o para mal), la que excita el pensamiento hasta enfebrecerlo que no deje de leer a este escritor, porque le garantizo que no quedará indiferente. Le encandilará o le escandalizará. Casi diría que pasará por ambos estados.
Puede que a la vez…

martes, septiembre 21, 2010

Diez días en un manicomio / La vuelta al mundo en 72 días, Nellie Bly,

Trad. David Cruz / Rosa M. Salleras Puig. Buck, Barcelona, 2009/2010. 188 / 261 pp. 15 / 18 €.


Guillermo Ruiz Villagordo

Tomar contacto con los pioneros es una experiencia refrescante en estos tiempos en que nos sentimos de vuelta de todo, pero cuando nos topamos con un personaje tan atractivo como Nellie Bly, la primera reportera encubierta, el interés nos cegará para cualquier cosa que no sea acercarnos a sus libros, feliz y espléndidamente recuperados para el lector español por la recientemente aparecida Ediciones Buck.
Y es que a finales del siglo XIX en el periódico donde esta entonces jovencísima e intrépida reportera trabajaba, nada menos que el New York World de Joseph Pulitzer, conscientes de sus cualidades innatas para afrontar cualquier tipo de riesgo, sus jefes le propusieron una oferta imposible de rechazar: escribir una crónica desde dentro sobre las instituciones para enfermos mentales. Ni corta ni perezosa se hizo pasar por loca, desenmascarando en primer lugar a jueces, médicos y demás figuras de la autoridad que se dejaron engañar sin ninguna dificultad por alguien perfectamente cuerdo (de hecho, las mujeres que estaban fuera de la sociedad, tales como inmigrantes o huérfanas, eran internadas sin mayores averiguaciones; Nellie relata incluso el caso de una chica alemana juzgada “loca" por la sencilla razón de que no había un intérprete que tradujese sus palabras), y en segundo lugar a los propios hospitales para dementes, desvelando la inhumanidad, vileza y crueldad de su personal, la comida infecta y nauseabunda, las pésimas instalaciones, la ropa escasa de las recluidas en medio de un frío helador... El escándalo que produjo su publicación llegó a tal punto que los servicios sanitarios no tuvieron más remedio que proceder a una reforma sin precedentes en aquella época, algo de lo que nuestra Nellie estaba muy orgullosa.
Pero si esta experiencia fue apasionante, la siguiente fue de las que hacen época, en este caso propuesta por ella misma a su periódico y aceptada a regañadientes tras superar las reticencias de su jefe por no considerarla apta para una mujer: ni más ni menos que reducir el tiempo empleado por Phileas Fogg en La vuelta al mundo en 80 días de Julio Verne. Pero hay un elemento que le da un toque aún más interesante a la aventura, y es que su periódico tuvo la feliz idea de concertar una cita con el mismísimo Verne y su esposa en una escala forzada en su viaje. El famoso autor, que conservaba un mapamundi en el que había señalado las diversas etapas del viaje de su héroe, incluso marcó las distintas paradas de la ruta de la reportera antes de despedirla con sus mejores deseos. ¿Cuántas veces se tiene la oportunidad de revivir una historia con el consejo y las observaciones de aquel que le insufló vida literaria?
En su viaje, mientras observa con nada sutil ironía a sus compañeros de viaje y nos confiesa sus temores y manías personales (su necesidad de al menos un gran tarro de crema para el cutis, el mareo que los viajes por mar le producían), tendrá que lidiar con todo tipo de medios de desplazamiento, desde ferrocarriles hasta buques, y las inesperadas inclemencias del tiempo, sobre todo en territorio asiático, en forma de monzón. Pero, por si no fuera poco, en un giro más propio de una novela, descubre que otra reportera, espoleada por un periódico rival, ha emprendido el mismo reto, aunque finalmente no le arrebatará la gloria a nuestra Nellie tras setenta y dos días de infatigable carrera contra el tiempo.
No hay que esperar de su estilo ningún descubrimiento literario, pero aunque no estemos ante una gran escritora, si estamos ante una grandísima periodista. Aún así, aunque fiel en todo momento a su obligación de informar de forma precisa de sus peripecias, lo hace siempre con desenvoltura y un toque de vivacidad que se convierte en un aliciente más para el lector.

viernes, octubre 30, 2009

Los ángeles del infierno, Hunter S. Thompson

Trad. José Manuel Álvarez Flórez y Ángela Pérez. Anagrama, Barcelona, 2009. 360 pp. 18 €

Recaredo Veredas

La frase, casi una consigna, “I wouldn't recommend sex, drugs or insanity for everyone, but they've always worked for me” resume fielmente la filosofía de Hunter S. Thompson. El autor de Los ángeles del infierno. Una extraña y terrible saga” dedicó su vida a la búsqueda y práctica de una libertad inconcebible desde nuestros pacatos tiempos. Para mantenerla y exhibirla corrió importantes riesgos, tanto profesionales como físicos, culminados con intoxicaciones etílicas y lisérgicas, e incluso con palizas como la que cierra este libro. Mediante esa inmersión total en los hechos, personajes o trayectorias que pretendía investigar logró desvelar una verdad mucho más profunda, más cruda, que la conseguida mediante las habituales perspectivas distantes. Pero este libro no sería más que otra obra de investigación sobre una tribu urbana si Thompson no consiguiera convertirlo en una profunda reflexión sobre la manipulación mediática, la rebeldía y los verdaderos poderes que manejan su país (y cualquier otro).
Los ángeles del infierno nos enseña —siempre es necesario recordarlo, porque se olvida a diario— cómo la creación de un demonio, de un peligro público cuya sola mención escandalice a los bien pensantes, siempre resulta conveniente. Sobre todo para que las masas no piensen en lo que verdaderamente les afecta. Como afirma uno de los miembros de tan famoso club motorista, «cuando obramos bien, nadie se acuerda, cuando obramos mal, nadie lo olvida». Thompson realiza un análisis concienzudo de la sociedad norteamericana, sus miedos y las necesidades nacidas en esos temores. Lo hace sin detenerse en lo políticamente correcto. O, mejor dicho, sin siquiera tener conciencia de su existencia.
Thompson es, además, un notable narrador, y no deja de mostrar escenas claras y contundentes, que permiten al lector extraer su propia opinión sobre lo que contempla. Describe espacios y personajes con vigor, sin caer nunca en la delectación, ajustando el registro y el ritmo de su prosa al mensaje que desea transmitir en cada momento. Es decir, además de informar, sabe expresar. Su mirada resulta profunda y, al mismo tiempo, lacerante. Consigue que su análisis de la white trash, lecho donde nacieron los Ángeles del Infierno, divierta e interese incluso a quienes nunca conocieron nada de los amantes de las Harleys o los hippies de Palo Alto. No les halaga innecesariamente: sabe que son unos indeseables, carentes de esa épica que los intelectuales californianos les concedieron. No niega su condición de parásitos, de mugre de una sociedad enferma. Sabe que tras sus máscaras solo hay miseria, un baile de disfraces para niños locos. Sin embargo el rugido de su motos, sus melenas sucias quiebran el idílico mundo americano de chalets y sonrisas dentífricas. Son auténticos punks, conscientes al menos del inmenso decorado que les rodea: «Los forajidos no son coherentes respecto de las fuerzas y debilidades del mundo en el que se mueven, pero tienen un instinto maravillosamente afinado. Han aprendido por experiencia que algunos delitos pueden castigarse y otros no».
¿Por qué un libro como este puede resultar interesante en estos tiempos? Por las virtudes narrativas y periodísticas de Thompson, que aún sorprenden tantas décadas después y, sobre todo, por la épica de Estados Unidos, de una tierra que, como afirmó Wim Wenders, ha colonizado nuestro subconsciente y provoca que reconozcamos como propios territorios y héroes absolutamente ajenos.

miércoles, junio 03, 2009

La era del guerrero, Robert Fisk

Trad. Efrén del Valle Peñamil. Ed. Destino, Barcelona, 2009. 336 pp. 19,50 €

Julián Díez

Si hay un género literario que esté sufriendo en la era de internet, ese es el reportaje periodístico. Sustituido por los refritos, el hábil corta y pega, la recopilación de datos tomados de un par de libros y vendidos como propios –materiales todos ellos abundantes en la red-, se ha visto marginado por impostores. Casi no hay en ningún medio textos –demasiado largos para los gustos actuales- en los que se describen hechos conocidos de primera mano: el viejo viajar para ver, ver para vivir y vivir para contarlo de Ryszard Kapuscinski, tan venerado como poco imitado.
Para los medios españoles, en particular, hace tiempo que los gastos que supone algo así no justifican la posibilidad de que el reportero traiga algo incómodo, o triste, o que no esté de moda. Se reserva esa inversión al conflicto del momento, la gripe porcina que toque, para publicar lo mismo que la competencia y así no quedar atrás en una carrera que no tiene en cuenta a nadie más que a los propios códigos internos de la profesión. Y siempre, por supuesto, sin ofender a nuestros anunciantes, que por algo son los que realmente pagan el medio, no los lectores.
Todo ello convierte a gente como Robert Fisk en una especie en peligro de extinción. En este volumen, que recopila numerosos artículos del corresponsal de The Independent en Oriente Medio, no sólo hay artículos sobre el tema del momento –Irak, Afganistán…-, sino sobre cuestiones que esquivan el interés de la opinión pública pero que siguen vivas ahí: el reconocimiento del genocidio armenio, la responsabilidad occidental en la situación en Israel y Palestina, la huella del desastre de Gallípoli…
El denominador común de todas esas historias es que Fisk está allí, conoce la situación, comparte sus pensamientos, y después lo cuenta. Tras esa labor, que contrasta felizmente con la mayor parte de lo que leemos al cabo del día, queda poco de juicio a priorístico, y aún menos de esos lugares comunes (“asesinato selectivo”, “necesidades de seguridad”, “eje del mal”) con los que los medios de comunicación trufan la visión del mundo que se nos ofrece.
El libro sólo se ve lastrado por los inevitables condicionantes de ser una recopilación de textos que no fueron originalmente creados para ese propósito, como reiteración de ideas o falta de un hilo conductor claro que sí estaba presente en la otra obra de Fisk traducida previamente, La gran guerra por la civilización. Sin embargo, es en su conjunto una obra nervuda, contundente, repleta de interés y que para mí, como periodista, tiene aromas que añoro en el producto que cada día se vende en los quioscos.