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miércoles, marzo 16, 2016

El relojero de Yuste. Los últimos días de Carlos V, José Antonio Ramírez Lozano


XIX Premio de Novela Ciudad de Salamanca. 
Ediciones del Viento. A Coruña. 2015. 200 pp. 17,50 €

Ignacio Sanz

En Nogales (Badajoz) la biblioteca pública lleva el nombre de José Antonio Ramírez Lozano. ¿Pero quién se esconde detrás de Ramírez Lozano? Pues, en pocas palabras, detrás de tal nombre se agazapa un escritor con una vastísima obra a sus espaldas que, pese a todo, no deja de ser un escritor periférico o, si se quiere, poco visible.
Y esto es lo paradójico en un poeta, narrador y escritor de libros infantiles que ha conseguido los más prestigiosos premios en los tres géneros literarios. El relojero de Yuste se alzó con el XIX Premio de Novela Ciudad de Salamanca. La historia, como apunta el título se desarrolla en La Vera extremeña de la que se ha dicho mil veces que es un paraíso y allí, primero en Jarandilla y después en Yuste, muy cerca de Cuacos, envejecido por los zurres de la vida, va a pasar sus últimos días el emperador Carlos V, tras tanto batallar. La presencia de tan augusta figura suscita intrigas y expectativas de todo tipo, tanto entre los frailes jerónimos que lo acogen como en la cohorte que pulula alrededor de una figura de tal calibre. De entre todos ellos, por afinidad, descuella el ingenioso Juanelo Turriano, un personaje de proyección histórica que aquí vemos entregado a la fabricación de relojes, una de las pasiones del rey. La complicidad que se establece entre ambos suscita recelos y envidias entre los frailes que llegan a acusar a Turriano de calvinista. Incluso proyectan sombras de dudas sobre el propio emperador que tanto ha combatido a los nuevos herejes. Pero la gran metáfora y uno de los resortes poéticos de la novela estriba en la fabricación de un reloj especial que acompasa su tictac con los latidos del emperador, de tal manera que se crea un paralelismo entre ambos. Y cuando se pone en peligro al reloj, la que empieza a peligrar es la vida quebradiza del propio emperador.
Por lo demás la novela no sólo está magníficamente documentada, tanto en vestimenta, paisajes, costumbres y, sobre todo, en comidas y bebidas. A tal respecto resulta curiosa la controversia que se suscita la apasionada inclinación de Carlos V por la cerveza con el consiguiente desdén hacia el vino. Todo ello da lugar, entre los frailes que combaten esas veleidades, a una divertida batería de argumentos teológicos. Pero donde la novela muestra su mayor fortaleza es en el lenguaje. Da la sensación de que el autor se hubiera pasado años y años inmerso en los clásicos de la época para traernos el regusto del castellano antiguo sin que ello suponga un freno en la fluidez narrativa. Al respecto, al menos este lector, tuvo la sensación de estar leyendo a un hijo legítimo de Cervantes.
En fin, y para ir concluyendo, que quién guste de las novelas históricas, no debiera perderse esta obra de Ramírez Lozano para conocer, no tanto la verdad como el aroma vital que en Yuste pudo respirarse. A veces incluso con licencias audaces, como el encuentro que el emperador mantiene con un fiero personaje femenino salido directamente de lo más truculento del romancero.

martes, marzo 31, 2015

Malas palabras, Cristina Morales

Lumen, Barcelona, 2015. 190 pp. 16,90 €

Pedro M. Domene

Las biografías pueden convertirse en novelas, y eso le ocurre a esta curiosa propuesta, Malas palabras (2015), que viene de la mano de Cristina Morales (Granada, 1985), joven narradora que nos había sorprendido con La merienda de las niñas (2008), libro de relatos, y la novela Los combatientes (2013), que relata el proceso para crear un pequeño grupo de teatro en la Universidad de Granada, los ensayos para su primer montaje, más adelante la propia representación y, al mismo tiempo, se nos desvela la historia sentimental de la narradora.
Malas palabras es su segunda novela, y celebra con ella el quinto aniversario del nacimiento de Santa Teresa. Ofrece un fragmento en el que la Santa da cuenta del momento más importante de su vida: aquel en el que, mientras espera que prospere la fundación de su nuevo convento, se dedica a la escritura de los textos que compondrán El libro de la vida. Se trata de un curioso relato que muestra a una Teresa de Jesús madura que se aloja en el palacio de su buena amiga Luisa de la Cerda, en Toledo, a quien consuela por la pérdida de su esposo, y paralelamente, al hilo de sus dos prioridades, la novelista Morales imagina que la Santa redacta unas notas informales en las que pondría de manifiesto la vida llevada hasta el momento, así como sus pensamientos más íntimos, o da respuesta a una atormentada pregunta que se repite a sí misma, de forma insistente, ¿debo escribir que en mi juventud fui ruin y vanidosa y que por eso ahora Dios me premia? La narradora se dirige a su confesor, en primera persona, y también es consciente de que aquellos papeles nunca llegarán a su poder por el contenido comprometido de los mismos; en realidad, aquel puñado de páginas escritas se convierten en un auténtico desahogo de la monja que construye su relato de una forma dispersa, a medida que los recuerdos le vienen a la mente y recurre, a lo largo de sus páginas, a momentos de su infancia y juventud, a los juegos con hermanos y primos y la visión de una mujer que evoca a su madre, fallecida tras uno de sus múltiples partos. La narradora granadina ensaya, más que nada, un retrato más íntimo de la Santa que aparece como una mujer obstinada, astuta, valiente y no exenta de cierta jocosidad y divertida en ocasiones, aunque se siente constantemente vigilada por un mundo de hombres, cuya autoridad eclesiástica le aconseja ser prudente en sus actuaciones y en sus expresiones tanto personales como religiosas.
Cristina Morales reivindica en Malas palabras a una Teresa mujer, religiosa y escritora y sus posibles aciertos, sobre todo de haber gozado de libertad para escribir a su antojo, al tiempo que la joven narradora impone con su escritura ese inquieto desasosiego que inunda a la religiosa desde un punto de vista feminista actual aunque conserva, eso sí, conceptos históricos de la época de la Santa. Un “Prefacio” y un “Postfacio” justifican, de alguna manera, las reflexiones de la madura religiosa y de la narradora Morales, que deja constancia de los avatares e historia de la Vida, un libro calificado por la propia Teresa de Jesús como “mi alma” y “mis papeles”, y añade un original que nunca recuperó ni jamás vio publicado.

jueves, septiembre 04, 2014

Matar a Prim, Francisco Pérez Abellán

Planeta, Barcelona, 2014. 352 pp. 20 €

Luis Alberto Comino

Si hay un hecho puntual en la caótica historia de España del siglo XIX que cambió de forma radical la historia del siguiente siglo, y por ende la nuestra, este fue sin duda el atentado que le costó la vida al general Juan Prim y Prats la noche del 27 de Diciembre de 1870 en la madrileña calle del Turco (hoy Marqués de Cubas). Sin embargo, y a pesar de su incuestionable importancia, el mismo a pasado a la Historia rodeado de un halo de misterio y oscurantismo que ha llegado hasta nuestros días, y que el profesor Pérez Abellán y sus colaboradores de la Comisión Prim de Investigación han querido desentrañar de una vez por todas, llegando incluso a la inhumación y posterior autopsia de la momia el general con los más modernos medios a su alcance. Ello permite al interesado en el tema disponer, al menos en una versión accesible, del más completo análisis de las circunstancias y hechos más o menos probados, que rodearon la muerte del hombre que, como Pedro a Jesucristo, negó por tres veces el trono a los Borbones que hoy reinan en España. A pesar de que la documentación sumarial original que queda es del todo inaceptable y llena de errores; faltas de documentación, tachones, enmiendas, y un caos de numeración y orden, el profesor y su equipo han buceado en ella como nunca se había hecho hasta ahora. Después de haber leído todo lo que ha caído a mi alcance sobre el general y sobre el atentado, desde el capítulo de los Episodios Nacionales dedicado al tema (España trágica), en el que Don Benito Perez Galdós, contemporáneo y testigo de los tiempos que rodearon el magnicidio, y del que como Umbral, sospecho que no dijo todo lo que sabía al respecto; pasando por las biografías más o menos noveladas como la de Cristóbal Zaragoza (Yo, Prim) o Pere Anquera (El General Prim. Biografía de un conspirador) o el reciente best seller de Ian Gibson (La Berlina de Prim), en las que siguiendo la historia oficial, insisten en que el General murió a los tres días del atentado a causa de una sepsis producida por las heridas recibidas (alguna de ellas mortal de necesidad en aquellos tiempos). He encontrado ciertamente revelador el libro Matar a Prim, en el que la Comisión dirigida por el Profesor Pérez Abellán se encarga de desmontar del todo este diagnóstico: Las heridas no recibieron el oportuno tratamiento, ni fueron cerradas ni cauterizadas (la del hombro, por su gravedad y extensión, era casi imposible con los medios de la época), fueron simplemente taponadas de mala manera y sin el mínimo rigor médico, lo que descarta del todo la infección, imposible si la herida no está cerrada y por ello no deja de sangrar. Por ello lo más lógico era pensar en que el General simplemente se desangró; no hay más que ver el estado de las ropas y de la su famosa berlina en el Museo del Ejercito en Toledo, a pesar del tiempo transcurrido y las manipulaciones que han sufrido. Pero el resultado de la autopsia revela un hecho hasta ahora ignorado y que a la luz de las nuevas técnicas no deja de ser sorprendente: A Prim lo estrangularon a lazo, seguramente con un cinturón y en su propia cama. Una vez que parece claro que la Historia (el sumario y demás testimonios de la época), dejan claro de quien fue la mano ejecutora (la del republicano radical Paul y Angulo y once cómplices a sueldo), Pérez Abellán se centra más que nada en intentar localizar a los instigadores del suceso, a los principales interesados en hacer desaparecer a Prim de la escena política (el “cui bono” de toda investigación criminal). Descartados los republicanos, con los que Prim no mantenía buenas relaciones, pero no organizados ni política ni económicamente para perpetrar un hecho así. Así como los Borbones que en aquel momento tampoco disponían de suficientes medios ni tampoco estaban organizados para ello, nos quedan solo dos candidatos plausibles: Por un lado el General Serrano, prohombre de la Patria y máximo encargado de la seguridad de Prim tras el atentado, totalmente oscurecido los últimos años bajo la sombra del de Reus. Y por el otro lado el Duque de Montpensier, D. Antonio de Orleans, sobre cuya cabeza, al menos desde mi punto de vista, recaen las principales sospechas como principal instigador y financiador del magnicidio, ya que tenía tanto los contactos (y los que no tenía él, los tenía Serrano) como fundamentalmente el dinero (se llegó a comentar que se había gastado unos 16 millones de reales en una campaña para postularse como rey, una cifra astronómica para la época). La sospecha se cierra aún más sabiendo que, una vez restaurados los Borbones en el trono de España, pasó a convertirse en el suegro del Rey Alfonso XII (era el padre de María de las Mercedes, la del “Donde vas Alfonso XII….”), justo en el momento en el que la instrucción y el seguimiento del caso sufrió un, llamemos, olvido “sine die”. Ambos estaban muy interesados en ocupar el trono dejado vacante por la completamente inútil Isabel II, más incluso que el propio poder que ya tenían, y que pudieron “enemistarse” con Prim por el hecho de que, cuando llegó el momento de entronizar a alguien, buscara fuera de nuestras fronteras un candidato que aún no estuviese infectado por los grandes males patrios que habían intoxicado a los últimos Borbones. A pesar de los ríos de tinta vertidos en su día, entre los que se encontraban escritores tan insignes como Perez Galdós o Valle Inclán (convencido de la manipulación de pruebas y falsificación de testimonios), y de las investigaciones posteriores (alguna tan sesuda como la del eminente abogado Pedrol Rius), nadie llega tan al fondo de la cuestión como la Comisión, que realiza un pormenorizado estudio tanto de las pruebas físicas (Momia del general, ropaje, vehículo), como de las declaraciones recogidas en el incompleto sumario. Aunque para mi gusto el texto deja aún importantes preguntas sin resolver: ¿Cómo es posible que los dos acompañantes de Prim no sufrieran heridas en el atentado, salvo la de la mano de Nandin y porque fue él el que la puso delante del cañón de la pistola que apuntaba a su general? ¿Estaba el ministro Sagasta, a la sazón encargado de la seguridad de Madrid como Ministro de Gobernación y posterior adalid del bipartidismo borbónico, implicado en el atentado? ¿Tan grande era el poder de Serrano que ni el juez ni los médicos afines pudieron ver al general después del atentado, y ninguno elevó su queja al rey Amadeo cuando este llegó a Madrid? ¿Fue producto de una conjura generalizada o simplemente de la acción de dos hombres poderosos, uno políticamente (Serrano) y el otro financieramente (Montpensier) decididos a no permitir que el general se saliese con la suya de crear una dinastía constitucional en España, alejada de los vicios y los escándalos que hasta ahora habían salpicado los reinados de los últimos tres Borbones? Y sobre todo, si las heridas de General eran tan graves como cita la autopsia, ¿para qué arriesgarse a estrangularlo en su propia casa? ¿Tenían miedo de la leyenda de inmunidad que el General se había tejido en sus luchas en el Norte de África? Seguramente no tendremos nunca respuestas a todas las dudas que han surgido a lo largo de los últimos 140 años, respecto a ese magnicidio, que fue el primero de una lista de atentados nada claros y que tuvo continuación en los de Cánovas del Castillo, Canalejas, Dato y, más recientemente, Carrero Blanco, de los que, espero no tengamos que esperar tanto para saber la trama oculta que hubo tras ellos.

miércoles, diciembre 18, 2013

En tierra de lobos, Luis García Jambrina

Ediciones B, Barcelona, 2013. 216 pp 16 €

Ángeles Prieto Barba

Ciertamente, los numerosos fans del ya prestigioso investigador criminal don Fernando de Rojas, nos hemos visto gratamente sorprendidos porque le haya salido una “paredra” como esta en época contemporánea. Ya no está solo. Pues todos aquellos que considerábamos sin duda, que el personaje creado por Luis García Jambrina (Zamora, 1960) era un adelantado a su época, finales del siglo XV, nos hemos encontrado ahora con esta intrépida Aurora Blanco, agraciada imitadora con tacones, que husmea con idéntico valor y desparpajo los bajos fondos de la postguerra para descubrir a un asesino de prostitutas nada menos. Y es que esta última novela del profesor Jambrina, siempre muy lejos de toda fatuidad académica, no sólo comparte autor con las dos anteriores, es que tiene mucho en común con ellas. Por ello, considero que su lectura debería ser emprendida por los seguidores de la serie anterior con entusiasmo, pero además, servir para que se sumen o incorporen nuevos lectores.
En cuanto a su génesis, el propio autor nos confiesa haberse inspirado en un personaje real muy admirado por su abuelo, Margarita Landi. Una rubia teñida de ojos inteligentes, a la que recordamos fumando en pipa, que trabajaba para un periódico de sucesos pleno de morbo: El Caso. Semanario que desde 1952 hasta 1987 sirvió para conjurar temporalmente el aburrimiento y las telarañas mojigatas de aquella época gris. Como viuda joven, diplomada en criminología y conductora de un descapotable, Margarita Landi no se arredraba a la hora de plantear hipótesis y resolver casos espeluznantes, en parte por su intrepidez, pero también porque disfrutó siempre de magníficas relaciones con aquellas temidas fuerzas del orden que le suministraban informaciones valiosas. De este modo, y con estos datos biográficos, Jambrina ha compuesto un personaje bastante fiel al original que imita, en una trama ciertamente entretenida acompaña por personajes singulares y pintorescos como Emilio el camillero, aunque no seamos forofos, como es mi caso, de la novela negra y policiaca al contrario que mi propia abuela, otra fiel admiradora irreductible de esta increíble señora.
Uno de los grandes aciertos del libro es abordar la postguerra con mucha lucidez y un constante humor sano y no crispado, con la ironía justa para que percibamos con nitidez la censura o las injusticias sociales, bien presentes en la novela, pero sin que la crítica al sistema se convierta en el tema principal de la misma. En absoluto. Porque lo que nos conduce gratamente hasta el final es la trama dosificada con oficio, además de compartir con el autor una debilidad sentimental insoslayable, presente en todas sus novelas, como es el amor hacia esa Salamanca que enhechiza. De hecho, bien podríamos decir que esta novela continúa las anteriores porque constituye otro claro homenaje a la Atenas castellana. Es por ello que Aurora Blanco se adentra en su barrio chino para que la conozcamos mejor, haciéndonos ir más allá del fastuoso escenario ya vislumbrado por todos de Plaza Mayor, iglesias, conventos y palacios.
Es sólo que al cerrar el libro con provecho, nos asalta la duda y una irritante cuestión queda en el aire, ¿continuará el autor con Fernando de Rojas, culminando siquiera una trilogía gloriosa, o seguirá embarcando a doña Aurora en peligrosos y turbios menesteres? Porque mucho me temo que con el simpar García Jambrina nunca se sabe.

miércoles, octubre 23, 2013

La muchacha de Catulo, Isabel Barceló Chico

Ediciones Evohé, Madrid, 2013. 112 pp. 11,50 €

Miguel Baquero

Pocas épocas ha habido más agitadas, turbulentas y apasionantes, al fin, para los historiadores que los años intermedios del siglo I a.C. en la vieja Roma en la que, por aquel entonces, estaba dando sus últimos coletazos la republica. Es la época de la conjuración de Catilina, del encumbramiento de Cicerón; los años en que Julio César ha marchado a la Galia a dar inicio a su eterna fama y a planear la conquista del poder; los días en que en una tumultuosa Roma se pelean con las tácticas más sucias, y a menudo en combates callejeros de porras y espadas, los “plebeyos” contra los “patricios”, armados aquellos por Clodio y estos por Milón. Los días también en que por esas calles alborotadas pasea el joven poeta Catulo, muerto de amor por Clodia, la hermana del tribuno Clodio arriba citada, el jefe de los “plebeyos”.
En este marco histórico, ya de por si apasionante, es en el que la escritora Isabel Barceló sitúa esta su segunda novela histórica, La muchacha de Catulo, partiendo del supuesto más aceptado (aunque alguna vez se ha discutido, pero a fines novelísticos es perfectamente válido) de que aquella “Lesbia” protagonista de los versos del famoso poeta fuera, como se ha dicho, Clodia, mujer famosa entonces en la sociedad romana. Interpretando los poemas de Catulo que nos han llegado algo dispersos, nos narra entonces Barceló una historia, que, en su inicio, es de amor apasionado del escritor por la joven. Rechazado de pronto por ésta sin más razones que por mero aburrimiento, el sentimiento del poeta hacia Clodia se transforma al momento en un odio brutal, inmenso, que lo acaba consumiendo, aunque, para beneficio de la poesía, lo mejor y lo que ha hecho eternos los versos de Catulo sean estos del final de su vida en que desprecia, insulta, veja repetidas veces a una mujer (sea “Lesbia”, en efecto, Clodia, o sea otra) a la que, sin embargo, no puede dejar de amar. Tanto así que acaba consumiéndose por ella… o eso cuenta Barceló, porque también hay dudas sobre la fecha exacta y el modo en concreto en que murió Catulo. Pero de nuevo, y en lo que cuenta al interés novelístico, la cronología y la lógica que ha establecido la autora es perfectamente válida.
Al hilo de esta historia, breve en su tratamiento (apenas cien páginas) e inmensa en su escenario —Barceló construye una Roma de la época sencillamente prodigiosa, creíble de todo punto tanto por las actitudes, como por los personajes, como por los diálogos; una Roma que, lejos de las tramoyas ampulosas a que nos ha acostumbrado el cine, se nos presenta tal cual seguramente fuera por entonces: un pueblo grande, sí, pero pueblo donde todos se conocían, murmuraban y se movían por cotorreos de vecindad—; al hilo, decía, de esta historia, la autora nos pinta a Clodia, la muchacha amada por Catulo, como una mujer que hace gala de su libertad —lo que en aquellos días era casi revolucionario— para elegir o dejar al hombre que le apetezca, para disponer de su vida sin sujetarse a los convencionalismos, para amar o dejar de amar sin necesidad de explicaciones. Lo cual lo defiende Clodia de una forma “intelectualizada”, meditada, consciente de que con ello está rompiendo una barrera, “asumida” una actitud heroica… Lo cual seguramente no fuese verdad. Quiero decir, las crónicas difusas (y distorsionadas, lo más probable, por intereses familiares: recordemos que Roma sería entonces no más que un gigantesco patio de vecinos) que nos han llegado de la época nos pintan a Clodia como una libertina que dicen que envenenó a su marido, que se rumorea que se acostó con no sé cuántos, que era borracha, desvergonzada… Exagerado todo, es de creer, pero lo cierto es que Clodia, obrara como obrase, en ningún momento lo haría de forma meditada, consciente de estar defendiendo una postura, de estar sosteniendo unas ideas, sino sencillamente siguiendo su natural.
Esa sería la verdad, estoy por decir que indudable, pero para una novela (para una buena novela como ésta) carece de importancia la verdad: Andrómaca seguramente sería una insensata, Fedra una caprichosa, Helena una tontorrona, Medea una simple psicópata descerebrada… Son los grandes escritores que han tratado sobre ellas los que, tergiversándolas, exagerándolas, las han hecho paradigmáticas. Y eso es lo que importa a la literatura. Y Barceló, realmente, ha escrito una muy meritoria novela (por lo concisa, por lo ágil, por lo documentada) y se ha ganado el derecho de hacer a su Clodia representante de las mujeres que huyen de los yugos amorosos.

martes, octubre 15, 2013

En el sabor del tiempo, Feliciano Páez-Camino

Huerga y Fierro, Madrid, 2012. 504 pp. 20 €

Fernando Sánchez Calvo

Cuando un lector entra en una novela histórica sabe que va a emprender un viaje de ida que, si está bien escrito y retratado, se convertirá también en un viaje de vuelta, es decir, devolverá al lector la sensación de haber estado de verdad, de haber vivido realmente aquellos años, aquella parcela del tiempo que el autor en cuestión se ha aventurado a rescatar. Quizás por eso Feliciano Páez-Camino, porque lo ha hecho bastante bien, ha preferido titular las dos partes de este libro editado por Huerga y Fierro como “estampas” (de ida y vuelta) y no como “viajes”, porque no se ha limitado a brindarnos un recorrido por el eje cronológico que abarca desde el nacimiento de la Segunda República Española hasta los años 60 del tardo-franquismo, sino que entre la figura de Carlos (hijo de españoles republicanos exiliados en Argelia que desde el prisma de la infancia y del paria extranjero vive los turbulentos años de la descolonización francesa) y la de su padre Andrés (maestro durante la II República que ve cómo en un abrir y cerrar de ojos, y parafraseando a Azaña, los horrores de la tiranía vencen a los errores de la democracia) estira toda una serie de acontecimientos diarios, concretos, conocidos en algunas ocasiones, anónimos e intrahistóricos tal y como los quería Unamuno en otras, que trascienden la acumulación de datos y fechas para tejer un tapiz más o menos representativo de aquellos años. Es lo mínimo que se le puede pedir a una novela histórica. En ese caso el primer supuesto está conseguido. Si a dicho dibujo y color sumamos además que el autor también fue hijo de un exiliado republicano en Argelia y que su tesis doctoral versó sobre las relaciones hispano-francesas durante la República, obtenemos el segundo ingrediente indispensable para este género, en este caso por partida doble: el conocimiento experiencial y académico.
El lector que se adentre En el sabor del tiempo y, sobre todo, los lectores que nacimos después de la discutida Transición y para los que el temario de Historia siempre se detenía justo en 1931, comprenderemos por qué Victoria Kent no quiso que votaran las mujeres una vez conseguido el sufragio femenino, cómo ciudades como Málaga vivieron una república bastante distinta a la de Madrid, cuál es la razón para que exista una ley universal que garantice que siempre haya un oprimido por razones políticas y religiosas, por qué un pied-noir menospreciaba a un españolito hijo de exiliados de la misma manera que un metropolitano francés menospreciaba a un pied-noir, por qué la figura del maestro fue tan potenciada y respetada en una época determinada, cómo el sueño de la libertad y la pesadilla de la opresión ocupa espacios tan distintos como España o África, por qué razón fracasó esa Edad de Plata en nuestro país y por qué muchos no supieron ver que a la segunda tampoco iba a ir la vencida. Todas estas preguntas y otras, pasadas muchas veces por el tamiz de la nostalgia y la decepción, convierten a no pocas partes del libro en una crónica sentimental, lo cual a un servidor no le importa para nada, pues no estamos hablando de historia, sino de novela, la hermana gemela que amplía desde el corazón el esqueleto que se encarga de levantar la Historia.
Es evidente y estúpido mencionar de qué parte está el autor. Ha sido también valiente al ser crítico con la propia izquierda y calificar así desde el narrador omnisciente a hermanos políticos del Socialismo: «Ello contribuyó, junto con la libertad de movimientos que permitía el régimen republicano, a afirmar la presencia del anarquismo, cuyo seductor discurso, simple y mesiánico, venía ya siendo seña de identidad de un amplio sector de las clases populares malagueñas». Mi desconocimiento medio sobre aquella época y tema me impide decir si ha sido en ese sentido reduccionista o no. Otros testimonios como los del cantautor Chicho Sánchez Ferlosio (hijo del falangista Rafael Sánchez Mazas), me han educado en otra visión más positiva del anarquismo en España. Lo que importa, como dice la canción, es que «ganaron las derechas, por partirse las izquierdas». Lo que importa es que, como decía en su día Javier Cercas contra aquellos que manifiestan su tedio y odio hacia las novelas que abarcan esos años, la Guerra Civil, la República y sus consecuencias son para los españoles como para los americanos el “western”. La Guerra Civil es nuestro “western”, nuestro género, el que explica cómo somos. Todo lo que de momento no se soluciona desde la parte política, nos los tienen que explicar historiadores y novelistas como Feliciano Páez-Camino.

lunes, julio 08, 2013

El fiordo de la eternidad, Kim Leine

Tra. Ana Sofía Pascual Pape. Duomo Ediciones, Barcelona, 2013. 560 p. 21,80 €

Ángeles Prieto Barba

Groenlandia. De la segunda mayor isla del Planeta lo desconocemos casi todo, pese a estar habitada desde el III milenio antes de Cristo, y el hecho cierto de que se encuentra cubierta por hielos en su práctica totalidad no debería ser excusa, sino acicate, para que nos acerquemos a su Historia. Porque en este medio duro y terrible, en el que se logra sobrevivir a duras penas, no sólo ocurren eventos históricos, sino que además éstos suelen venir asociados a grandes tragedias y grandes gestas.
Como las que recoge aquí Kim Leine, autor que no sólo forja con ellos una sólida novela de aventuras, sino que también logra transmitirnos, y con bastante rigor, la época en la que éstas se desarrollan, ese turbulento final del siglo XVIII donde se desmoronan los pilares sociales. También allí, por supuesto. Una colonia dependiente de las grandes compañías comerciales, de los miembros de la iglesia luterana y de la corona danesa, en último término, pero donde ya se vilumbra la necesidad urgente de autonomía para la propia supervivencia. Porque no existe historia que se elabore sin tener cuenta el presente y porque nadie duda ahora que Groenlandia conseguirá constituirse como Estado propio en algún momento de este siglo XXI, esta novela hibrida de maravilla con la Historia.
Algo que descubriremos mediante el viaje circular, de aprendizaje y de Odisea que realiza Morten Falck, clérigo protagonista, agudo observador y personaje-guía que nos conduce por Noruega, Dinamarca y Groenlandia mientras lleva a límites extremos su propia vida. Una vida intensa, pero no más emocionante que la de otros personajes inmensos que jalonan esta novela, muy bien trazados psicológicamente, al socaire de pasiones, avatares del destino y otras desventuras donde claramente destacan y alcanzan difícilmente la madurez, debatidos entre el animismo esquimal y el cristianismo, entre los sentimientos sinceros y sencillos de los inuit y las hipocresías luteranas, los mestizos.
Asimismo, las tensiones sociales se adivinan, desarrollan y terminan por explotar en grandes cuadros épicos inolvidables que convierten este libro en algo más que el típico novelón histórico anglosajón. Pues sus más de quinientas páginas nos dejan muy bien informados, pero también sobrecogidos por escenas de gran belleza, profundidad y perspicacia. Eso sí: no puedo, ni me da la gana resumir todo lo que oculta ese hermoso título, El fiordo de la eternidad, que a la vez es un lugar físico y metafísico. Porque es tarea del lector inquieto, inteligente y curioso descubrirlo.

viernes, abril 19, 2013

Señoría, Jaume Cabré

Trad. Daniel Royo. Destino, Barcelona, 2013. 480 pp. 19,50 €

Fernando Sánchez Calvo

Hace más de año y medio, concretamente el 17 de noviembre de 2011, descubrí gracias a una reseña de Care Santos a uno de mis escritores preferidos. Fue, y creo que es, una de las reseñas más apasionadas y visitadas que se han escrito en este blog sobre un libro. Entonces, la obra llevada a examen y crítica fue la monumental Yo confieso, también publicada en Destino. A partir de ahí, tanto Care Santos como todos aquéllos que descubrimos a Cabré ese 17 de noviembre empezamos a devorar otros títulos del autor como Las voces del Pamano, Viatge d`hivern o Señoría. Ni siquiera sabíamos entonces que ya había sido traducido en más de quince países.
No sé qué ocurre ni qué me ocurre con Cabré y no me importa que se deba a una moda de ésas que corre de boca en boca y que muchas veces inflan el prestigio de los escritores desconocidos gracias a certeras estrategias editoriales. Lo único que sé o creo que sé es que dicho prestigio no se va a desinflar en mucho tiempo. Psicología del personaje y estructura, suspense y reflexión, crítica social e intimismo, ambición formal y un “hablar llano” que tanto defendió en su día Cervantes: todo o todo lo que yo acierto a ver es equilibrio en la última novela publicada del autor catalán, y ya son muchas. Además, con Señoría nos vuelve a regalar una novela histórica de verdad, con su rigor, con su estudio de las costumbres de una época, con su vocabulario; en resumen: con su documentación, parte o paso previo que se le olvida a muchos que incurren en este subgénero narrativo tan de boga hoy en día.
El argumento de Señoría es sencillo: Rafael Massó, regente civil de la Audiencia de la Barcelona del siglo XVIII, contempla preocupado cómo el asesinato de una famosa cantante francesa en sus dominios jurídicos puede acarrear la propia caída de su prestigio y poder. Sin tiempo que perder, se detiene a un joven poeta como chivo expiatorio que además, sin saberlo, porta ocasionalmente unos documentos secretos de los que depende gran parte de la decadente aristocracia borbónica, entre ellos su señoría Rafael Massó.
Todo sale bien para el poderoso y mal para el pobre, tal y como la vida misma, pero la bendita ficción de esta obra quiere que una pasión tan vieja como los hombres, el deseo hacia las mujeres hermosas, pueda servir como última esperanza para hallar al verdadero culpable del asesinato y de esta manera reconciliar al lector con la justicia.
Corrupción + poder + miserias humanas + historia catalana + amor platónico contra el sexo más sucio e interesado. Todo ello aderezado por la melomanía ya conocida del autor. En definitiva, los mismos temas que podíamos encontrar en Yo confieso, Las voces del Pamano y otros títulos. Hay quien dice que cuanto más pequeño es el mundo de un escritor, mejor es el escritor. En ese sentido ése es el acierto de Cabré, quien, escriba una novela ambientada en la Edad Media, en la casi pseudoilustrada España borbónica o en la actualidad, siempre te habla de lo mismo y consigue que tú, como lector, quieras que te hable de lo mismo, pero de distinta manera.

lunes, marzo 25, 2013

Te prometo un imperio, Juan Vilches

Plaza y Janés, Barcelona, 2013. 576 pp, 19,90 €

Ángeles Prieto Barba

Hace unos años contemplé cómo en el documental Edward sobre Edward (1996), el actual príncipe Eduardo de Inglaterra, hijo menor de la reina Isabel II, tras desclasificar algunos documentos e imágenes de archivo, proclamó en él la total inocencia de su tío abuelo ante las insistentes sospechas de un posible pacto con Hitler, para firmar un armisticio y volver a ocupar el trono. Me resultó extraño contemplar cómo salía a la palestra por primera vez un miembro de esta familia tan distante para defender a otro, y me empecé a preguntar hasta qué punto podemos aceptar la imagen negra de Wallis Simpson (“serpiente del Potomac” para la reina madre Isabel, aquella rechoncha abuelita sonriente de nuestros recuerdos, o directamente “La Puta” según Winston Churchill), frente a la leyenda blanca y amorosa de Eduardo VIII. Complicado. Quizá porque los personajes con sangre real (y no señalo) nunca se enteran de nada, ni hacen jamás nada malo.
En cualquier caso, Juan Vilches compone esta entretenidísima novela con una percepción psicológica y un olfato histórico extraordinario, situándola precisamente en un momento y lugar clave, a la hora de determinar las intenciones y suerte final de la pareja: su estancia en el hotel Ritz de Madrid entre el 20 de junio y el 3 de julio de 1940. Dado que acogerse bajo la férula y control del Caudillo español, en esos días especialmente críticos para la suerte de los aliados en la Segunda Guerra Mundial y con Serrano Suñer (adalid de la política pronazi) en la cúspide del poder, no parece, ni parecerá nunca un gesto casual e inocente.
No lo fue. Pues Edward (David en la intimidad) y Wallis, nunca ocultaron su admiración por la Alemania de Hitler, su íntima relación con los Mosley, ni sus afanes constantes de popularidad, títulos, gloria y fortuna infinita de los que se vieron privados tras la obligada abdicación. Pero es que además, consiguieron destrozar su idílica imagen de enamorados por encima del poder con esa vida plena de frivolidades y gastos suntuosos, mientras la población civil británica sufría los estragos de la guerra, asunto que les pasó irremediablemente factura. La novela reproduce además el contenido de un famoso informe elaborado sobre Wallis, previo a la renuncia al trono de Eduardo, con revelaciones que hubieran determinado la imposibilidad de que en esa época precisa hubiera podido ser coronada como Reina (infertilidad tras aborto clandestino, posibles labores de espionaje).
Compone así Vilches un más que brillante estudio sobre estos dos personajes principales, donde logran moverse con idéntica verosimilitud otros, como el ministro Beigbeder, Francisco Franco o un más que conseguido Ramón Serrano Suñer, ya citado. En una novela donde una doble trama, brillantemente urdida, reina mucho más que Wallis y nos mantiene absortos en ella hasta el final, con el hábil recurso de componer esta obra mediante capítulos cortos e impactantes. Sólo un lunar puedo señalar en su redacción y es la utilización de lugares comunes muy trillados y perfectamente prescindibles (listo como el hambre, astuto como un zorro) para el desarrollo de la trama. Defecto que podrá subsanar en un futuro y que no impedirá el éxito y venta masiva que, pese a la crisis económica, espero que consiga esta novela, prometedora de otras propuestas inteligentes que su autor debe seguir suministrándonos. Yo ya me he comprado su anterior novela y espero seguir leyendo próximas entregas sin dudarlo.

lunes, febrero 25, 2013

Morir bajo dos banderas, Alejandro M. Gallo

Rey Lear, Madrid, 2012. 686 pp. 26,50 €

Juan Laborda Barceló

Aunque el autor ha optado por la fórmula de novela histórica, estas páginas están muy pegadas a los hechos concretos del pasado. Nos estamos refiriendo al leit motiv de la novela: los avatares de los soldados republicanos tras la guerra civil española.
La participación militar española en las fuerzas aliadas durante la II Guerra Mundial es el eje del libro. El texto tiene mucho de ensayo y de ese complejo placer que produce la divulgación amena y rigurosa de nuestro pasado. No en vano datos, ubicaciones geográficas, mapas de recorridos militares (que ilustran magníficamente el inicio del libro), términos de armamento y tácticas son minuciosos hasta el extremo. Incluso los personajes, en su mayoría reales, son colocados como actores de sus propias vidas en esta obra (en cuyas últimas páginas encontramos un jugoso apartado biográfico de los mismos). Todo ello demuestra la excelente documentación que ha realizado el autor, no sólo como un paso necesario para conseguir una brillante ambientación, sino como labor y objeto de estudio histórico en sí mismo.
Era necesario que apareciera en nuestro horizonte literario una obra como ésta. No se trata de recrear unos acontecimientos sin más, es la absoluta necesidad de recuperar a unos personajes injustamente abandonados en los cajones de la historia. No pretendemos abrir el debate de la memoria histórica, ni discutir sobre líneas historiográficas (que se podría), simplemente abogamos por el buen juicio y el sentido común. Si estos hombres bregados en cientos de acciones heroicas (los Ardura, Fábregas, Campos… los protagonistas de la novela, los de la Nueve de Leclerc…) fueran norteamericanos, existiría una amplia bibliografía sobre ellos. Ensayos, novelas, obras de teatro e incluso cinematográficas jalonarían desde los estudios primarios a las placas conmemorativas de las cuadriculadas calles de las urbes yanquis. El caso no es baladí, desde Norman Mailer hasta Steven Spielberg se han acercado a aquellos héroes de la guerra contra el nazismo, dando lugar incluso a todo un género: la ficción bélica, que aunque ya existía, tiene en la II Guerra Mundial uno de sus mayores exponentes.
La línea argumental de Morir bajo dos banderas es realmente sencilla, lo cual también es un acierto. Es una novela coral. En ella participamos de las vicisitudes de una familia, los Ardura, desde su salida de España en el 39 a través de los principales acontecimientos bélicos del período: de los campos de refugiados en Francia, hasta el Nido del Águila en Berchtesgaden, pasando por la liberación de París, tras recorrer media África frente a Rommel. Junto a ese combatir imparable, viajan una imperiosa necesidad de mantener vivos unos ideales, las heridas de la derrota cosidas en el alma y un poderoso motor: la venganza. Una dolorosa herida individual, símbolo de la desgracia colectiva, que acompaña a unos españoles llamados “el ejército de las ratas”, unos verdaderos apátridas, pero terriblemente fieros en la batalla.
Alejandro M. Gallo crea en esta obra una estampa completa de la situación de los españoles inmersos en la conflagración mundial. Y no lo hace sólo de un bando, nos habla de todos. Lo cual ayuda a entender los matices con los que realmente está construida la Historia y que ante el afán generalista del tiempo presente quedan desdibujados.
En su precisión y análisis de las jugarretas de la política residen muchas de las claves. Por ejemplo, al ilustrar como muchos republicanos españoles enrolados en la Legión Extranjera, que se mantenía fiel al colaborador gobierno títere de Vichy, tuvieron que desertar en bloque o como los comunistas no se alistaron en ninguna fuerza militar al inicio de la guerra para así respetar el Tratado Germano-Soviético de no agresión (también llamado Ribbentrop-Molotov), pero luego generaron utilísimas fuerzas de resistencia interior…del mismo modo nos habla de los hombres de la División Azul. De los forzados a acudir que querían desertar, de los convencidos en la lucha contra el comunismo que sintieron que Franco les traicionaba al regresar al hogar. Incluso de los que volvieron, a título particular, a unirse posteriormente a la Wehrmacht en la defensa de Berlín, y que también perdieron por ello su nacionalidad.
Es una obra total porque no deja de ambientar ni un solo frente donde hubiera españoles: de Narvik en Noruega, hasta los campos del interior de Francia con las agrupaciones de guerrilleros, sin olvidar África, el avance hacia París o la posterior entrada en Alemania. La familia Ardura es una metáfora de esa diáspora combatiente: del frente ruso hasta el norte de África.
El autor tiene, como ya demostró en otros textos como Asesinato en el Kremlin, una gran capacidad para generar relatos hondamente emotivos. Este lo es, pero la narración vital se ve postergada por el suplicio de la guerra. La metralla y el sin sentido harán perder la cabeza a algunos de nuestros protagonistas, a pesar de contar con compañeros de viaje como Leclerc, Patton o Eisenhower (por no citar a Hemingway, Jean Moulin o Malraux).
El destino último del soldado, cuya razón ha quedado nublada por la traición y la ausencia de ideales que realmente esconde la guerra (manifestada, en este caso, en la negativa de los aliados de seguir la contienda para liberar a España de Franco), no puede ser otro que el furor de la lucha, aunque sea en teatros ajenos.
No dejen de acercarse a este pedazo vivo de la Historia reciente de España.

martes, febrero 19, 2013

Voltaire enamorado, Nancy Mitford

Trad. Miguel de Hernani. Duomo editorial, Barcelona, 2012. 288 pp. 18 €

Ángeles Prieto Barba

No conocer a Nancy Mitford (Londres, 1904-Versalles, 1973), implica ignorar a una de las grandes novelistas del siglo XX, caracterizada por su humor incisivo y aguda ironía sobre las relaciones sociales y de pareja. Sus novelas A la caza del amor, Amor en clima frío, La bendición o No se lo digas a Alfred, traducidas y editadas por Libros del Asteroide, revelan un conocimiento único, certero y especial de los comportamientos y relaciones sociales de las clases altas. El ojo clínico que sabe desvestirlas y representárnoslas tal como son, con un método eficaz, punzante y ameno.
De hecho, toda su obra gira en torno a la cuestión social, del mismo modo que los vaivenes de su vida provienen de ser hija de un barón británico. De pertenecer a esa decadente aristocracia inglesa que no pudo ni supo preservar su estilo de vida y fortunas, de los avatares que jalonaron el pasado siglo, y que trajeron verdaderas tormentas en su propia familia, a raíz de los problemas ocasionados por sus hermanas Diana y Unity (fascistas) o Jessica (comunista). Aunque si bien Nancy se mantuvo alejada de los entusiasmos foráneos e ideologías radicales de ellas, no fue menos cierto que sufrió otras penalidades, derivadas de sus relaciones con hombres de su misma clase y entorno. Parejas manirrotas e infieles con las que debió mantener las formas, aunque en modo alguno fueran las adecuadas para ella. Ni para nadie tampoco.
El caso es que, además de novelar con maestría los avatares de su tiempo, también supo bucear y analizar magistralmente las actitudes de las antiguas clases aristocráticas en sus biografías históricas. Concretamente escribió cuatro, todas ellas centradas en personajes fundamentales para comprender el Antiguo Régimen: Madame de Pompadour, Luis XIV de Francia, Federico el Grande y Voltaire, gran autor de las letras francesas que llegó a codearse íntimamente al menos con dos de los anteriores. Cuatro libros que la convirtieron en una verdadera especialista en la época y en las relaciones nobiliarias que la protagonizan.
Pero el Voltaire “in love” que Nancy nos presenta, su mayor interés, radica en el preciso momento en el que lo estudia, ese tiempo en el que aún no será el autor elevado a los altares que todos conocemos, aunque se halle en camino de serlo. Esos quince años en los que vivió cobijado y amparado por su amante, la increíble Madame du Châtelet y su más que complaciente marido, tan lejos de la rígida moral propia de las clases medias. Porque Châtelet, caprichosa, ludópata e infiel por vocación, no fue una dama cualquiera, y aquí la vemos en igualdad de condiciones con Voltaire, como la otra gran protagonista del libro. Única mujer entre seis hermanos que recibió la misma formación intelectual que éstos, lo que le dotaría de unas facultades excepcionales para la ciencia y la filosofía, a las que dedicaría luego el mismo tesón que empleó con ella un fascinado Voltaire. Ese mismo que se aislaría en el castillo de Cirey, donde llegaron a reunir más de 21,000 volúmenes, convirtiéndolo en el moderno foco de la física newtoniana frente al cartesianismo imperante. Émilie Châtelet fue asimismo autora del destacable Discurso sobre la felicidad, donde abogó por no reprimir deseos ni pasiones, aunque también determinó que «l amor al estudio es la pasión más necesaria» Por eso, lo que Nancy Mitford aborda aquí, en la época de los filósofos y los libertinos, y a través de los duales y complejos Voltaire y Châtelet, dos cerebros brillantes, no es más que la eterna búsqueda de la perfecta unión física e intelectual entre hombres y mujeres.
Ocurre también que los amores mueren como morimos nosotros, pero no pienso desvelar aquí bases, avatares, frutos filosóficos y consecuencias de tan sonada relación, terreno que debe quedar a oscuras para que lo descubran unos lectores doblemente afortunados: aquellos que accederán a este libro para conocer mejor a Voltaire y el siglo XVIII y que, deslumbrados, caerán en los brazos de las irresistibles Émilie du Châtelet y Nancy Mitford. La estupenda traducción, por cierto, contribuye a ello.

martes, febrero 05, 2013

Catalina La Grande, Robert K. Massie

Trad. Cecilia Belza. Crítica, Barcelona, 2012. 794 pp. 32 €

Ángeles Prieto Barba

De todas las biografías históricas que podemos encontrar en estas fechas sobre la mesa de novedades, la mejor es ésta. Por tres motivos fáciles de definir, sencillos de explicar y que vamos a desarrollar seguidamente: el autor, el personaje y la obra.
Pues Robert Kinloch Massie, que cuenta en la actualidad con ochenta y tres años, es sobradamente conocido en el mundo anglosajón por sus biografías impecables, propias de un historiador bien curtido, forjado en las universidades de Oxford y Yale, pero contando además con una formación periodística de primer orden en el Newsweek y el Saturday Evening Post que lo han convertido en un narrador brillante, impecable y ameno. Y si repasamos su bibliografía, descubriremos además que es experto en cultura, política y sociedad rusa de los siglos modernos y contemporáneos. No es de extrañar que, tras haber publicado con éxito apabullante Pedro el Grande: su vida y su mundo (premio Pulitzer en 1981, serie en la NBC con tres Emmy), decidiera después dedicar ocho años de su vida a la confección de esta biografía que podemos encontrar ahora en nuestras librerías: la de Catalina la Grande, su continuadora. Es casi imposible pues, mejorar esta carta de presentación del autor, un historiador que nos asegura el rigor, la lucidez, la paciencia, la amenidad y el trabajo bien hecho, cualidades necesarias para abordar tan intenso y apasionante personaje.
Porque el siglo de las Luces, ese que vemos plasmado en los libros generales de Historia bajo los signos del progreso, la filosofía y la lucha por la hegemonía europea entre Francia e Inglaterra, guarda asimismo un gran protagonismo político femenino. En este sentido, Catalina la Grande no fue ni mucho menos una figura aislada dentro de ese tablero político dieciochesco en el que jugaron no pocas damas: la princesa de los Ursinos, Isabel de Farnesio o María Teresa de Parma en España, pero también la gran María Teresa de Austria y Catalina de Rusia, sobre la que convergen no pocas mitologías misóginas como la de una voracidad sexual que no fue tal, sino mostrar a las claras sus preferencias por compañeros de cama visiblemente más jóvenes que ella. Aunque también competentes: pues no olvidemos que, algunos de ellos como Orlov o Potemkin, le ayudaron de manera fiel y continuada en sus inmensas labores de gobierno. Un capítulo más de una vida que para el lector muestra otros aspectos mucho más deslumbrantes: cómo enfrentar entonces acuciantes crisis y problemas (peste bubónica de 1771, rebelión de Pugachov, alta mortandad por viruelas, dos guerras contra Turquía, otra frente a Suecia, enfrentamientos con Prusia, particiones de Polonia, Revolución Francesa) y qué hacer, desde la cúspide de un país sumamente atrasado, por mejorar sus condiciones sociales, económicas y culturales, pues no olvidemos tampoco que estamos ante la gran constructora de San Petersburgo y fundadora del Hermitage. Y que no demasiado lejos llegó en ese Estado inmenso, pues habiendo protegido a Voltaire, Grimm y Diderot y siendo firme partidaria de las ideas ilustradas, legisló sin tener para nada en cuenta a la gran mayoría de la población, sometida y analfabeta, en esa esclavitud encubierta denominada “servidumbre”. Gran contradicción de un reinado que al final hubo de vérselas con los ecos de la Marsellesa, ante cuyos clamores revolucionarios terminó imponiendo el cierre de fronteras, la censura de prensa y el inevitable cordón sanitario.
Y todo esto relatado con pulso eficaz, ameno y sumamente ordenado en 794 páginas que se enumeran pronto y se leen con mayor interés y gusto, en una obra confeccionada al objeto de deslumbrar y perdurar mucho tiempo en nuestra memoria. Créanme cuando les digo que de tantas páginas no sobra ni una sola. Que la traducción al castellano está a la altura de esta biografía que no sólo está al alcance comprensivo de cualquier estudiante o aficionado a la Historia, sino también al de esos buenos lectores que quieran informarse, formarse y abstraerse con ella.

miércoles, enero 23, 2013

Sal en la piel, Suzanne Desrochers

Trad. Francisco J. Ramos Mena. Grijalbo, 2012, 308 pp. 17,90 €

Ángeles Prieto Barba

Saul Below, Alice Munro, Robertson Davies, Mavis Gallant, Margaret Atwood y muchos otros, componen el nada desdeñable plantel de la gran literatura canadiense, tocada por la musa de la hondura y de la belleza. Una literatura que estamos conociendo desde la década anterior, gracias a estupendas traducciones como la que aquí nos ocupa. Autores perspicaces que sin duda, han servido de aprendizaje para esta joven autora a la hora de transmitirnos sentimientos y paisajes.
Aunque hay que advertir al lector que no vamos a encontrarnos en esta narración con una literatura de altos vuelos y riesgo mayor kamikaze, como estamos acostumbrados por estos lares con cada autor que empieza, sino con una opera prima pausada, sencilla, bien escrita, bastante rigurosa desde el prisma de la Historia y sobre todo, deliciosa. Pienso además que nos encontramos precisamente con una novela más que apta para ser disfrutada precisamente por aquellos lectores amantes de tantos títulos anglosajones y decimonónicos, que abordaron el aprendizaje o iniciación de las mujeres, tema clásico en las hermanas Brontë, Jane Austen, Katherine Mansfield, George Eliot, Edith Wharton o Elizabeth Gaskell.
Lo curioso es que surgió como proyecto de tesis para un máster que Suzanne eligió, con la intención de conocer mejor a las “filles du roi”, ochocientas buenas chicas del país vecino enviadas expresamente por Luis XIV, el Rey Sol, para casarse cristianamente y dar hijos a los primeros colonizadores galos del Canadá. Un viaje en modo alguno romántico, pues el porvenir para ellas consistió en sobrevivir a un clima inhóspito, muy hostil, con esposos rudos, mayormente soldados y comerciantes de pieles, que las dejarían largo tiempo solas. Es por ello que muchas se resistieron a embarcar a pesar de que todas ellas sufrieron previamente condiciones de vida paupérrimas, y un tercio de ellas provenía directamente de la Salpêtrière de Paris, entidad de beneficencia donde encarcelaban y obligaban a trabajar a prostitutas, locas, ladronas y huérfanas.
Y con este triste panorama, tras la consulta de archivos, la autora optó mejor por crear esta obra de ficción, con la intención de describir en ella, de manera minuciosa, todos estos ambientes de la mano de un personaje vivaz y luchador, esa Laure capaz de sobrevivir física y emocionalmente a tantos vaivenes como le deparará el destino. Por ello, los tres escenarios claves de la novela: La Salpêtrière, el viaje en barco y el matrimonio y maternidad en Canadá nos los encontramos descritos sin concesiones, con mucho conocimiento de causa y no poca maestría. Aparte las emociones que compartimos, el otro eje no menor de la novela por los padres perdidos, la compañera de trabajo y travesía, el marido y los indios salvajes que consiguen atraparnos e interesarnos por la difícil vida de estas mujeres sin sentimentalismos, a la vez que nos preguntamos si nosotras seríamos capaces de vivir tales experiencias con nuestras cómodas condiciones de vida. Hay que leerlo.

miércoles, diciembre 26, 2012

El justiciero cruel. Pedro I de Castilla y el nacimiento de las dos Españas. (Una historia diferente de Castilla, II parte), Arsenio e Ignacio Escolar

Península, Barcelona, 2012. 224 pp. 16,99 €

Ángeles Prieto Barba

Continuando su repaso divulgativo a la historia de Castilla iniciado en septiembre de 2010 con el libro La nación inventada, donde se abordaba el siglo XIII, Arsenio e Ignacio Escolar (padre e hijo) entran con este segundo volumen en el siglo XIV, tal vez los cien años más difíciles de superar que conoció el mundo occidental hasta la fecha, incluido el XX.
Porque en ese tiempo los embates de la hambruna y los conflictos bélicos generalizados no hicieron más que acrecentar una mortandad brutal, fulminante y sobrecogedora a causa de la peste negra, que dejó a Europa prácticamente despoblada, sin una de cada tres personas que la habitaban. Además, con los sufridos pobladores de esta Península Ibérica repartidos en cinco reinos que permanecieron en pugna constante: Portugal, Castilla, Navarra, Aragón y Granada.
Aunque lo interesante de este libro, pese a sus evidentes protagonistas que son Pedro I, Enrique II de Trastámara y el discutible cronista Pedro López de Ayala, es que los autores pretenden transmitirnos también una historia del pueblo: campesinos, artesanos y pequeños comerciantes que sobreviven a duras penas víctimas de todas estas plagas, y además debiendo sufragar con altos impuestos o “pechos desaforados”, el alto nivel de vida de una aristocracia y un poder eclesiástico que finalmente se decantaron por apoyar al bastardo Enrique, “el de las Mercedes”, a fin de acrecentar sus privilegios. Y en este sentido concreto, Arsenio e Ignacio determinarán (al igual que hiciera el gran medievalista don Julio Valdeón mucho antes) que con este episodio bélico aparentemente sucesorio, nos encontramos ante una primera guerra civil española con todas las de la ley. No sólo porque el siglo XIV viene precedido de una Hispania romana y unos reinos godos que no podemos negar, sino también porque en este conflicto que nos ocupa (1366-1369) participan asimismo los demás reinos peninsulares y las potencias europeas más cercanas (Inglaterra y Francia), apoyando a uno u otro candidato, incluso cambiando de bando (Navarra) en función de sus intereses.
Siguiendo esta tesis, Pedro I (cruel y justiciero), efectivamente desequilibrado tras análisis forenses contemporáneos, sería el representante adelantado de esa España moderna que estaba por llegar, donde el monarca concentraría todo el poder bajo su corona, acabando así con la anarquía feudal y los abusos de la alta nobleza. Pero no pudo ser. Y su expuesta cabeza cercenada a manos de su hermanastro Enrique certificó un punto de inflexión en la historia de esa Castilla más igualitaria de burgos, artesanos, mercaderes y judíos que conocería su derrota definitiva con la expulsión de los últimos y la derrota comunera en Villalar. Asunto que será abordado, pues así nos viene anunciado, en un próximo volumen.
Nos encontramos pues ante un gran trabajo de divulgación seria, crítica con las principales fuentes de la época, amena hasta en las cuestiones más enrevesadas como fueron los ajedrecísticos pactos matrimoniales y que sirve para interrogar a la historia desde las cuestiones que nos afectan ahora, como esta crisis que estamos viviendo que pone bien a las claras la división entre privilegiados fiscales (financieros y políticos) y no privilegiados, el resto del pueblo. Porque no hemos cambiado tanto desde la aparentemente lejana, oscura y atrasada Edad Media.

miércoles, noviembre 21, 2012

La muerte y la Dolce Vita Stephen Gundle

Trad. Pedro Donoso. Seix Barral, Barcelona, 2012. 496 pp. 21 €

Ángeles Prieto Barba

No hay recurso, ni personaje más conmovedor, a lo largo de toda la historia de la literatura, que la figura yerta de una joven hermosa, haya fallecido por propia mano o ajena. Recordemos a Ofelia, Julieta o Melibea. Tampoco nada más incitador y excitante que poder contemplar escondidos a una mujer guapa, en la plenitud de sus encantos, buscando el placer por sí misma.
Pues bien, estas dos imágenes contrastadas, la de la joven Wilma Montesi, cuyo cadáver apareció en una playa cercana a Roma en 1953 y aquella otra, más afamada, de Anita Ekberg en la fontana de Trevi en la película felliniana de 1960, compondrán este curioso volumen denominado La muerte y la dolce vita, que no es otra cosa que un libro de Historia. De Historia Social, en concreto, al igual que esos dos volúmenes, ya clásicos de la historiografía, como son El queso y los gusanos de Carlo Ginzburg o El regreso de Martin Guerre de Natalie Davis. Es decir, libros que utilizan la técnica de estudiar atentamente un suceso concreto para, desde el mismo, retratar a toda la sociedad del momento.
Esa interesante sociedad analizada será la Roma de postguerra, una ciudad convaleciente aún de la miseria causada por la Segunda Guerra Mundial y los estragos de un fascismo que impuso como vía de ascenso social el clientelismo político. Lo que aquí llamamos el enchufismo. Si a esto añadimos la liberación del país, a manos de esos estadounidenses que traen, además del cine, movimientos sísmicos tales como el papel de la prensa, la cultura de la fama, el ocio, las actitudes ante la autoridad y el valor del dinero, tenemos todas las causas por las que este caso penal de Wilma Montesi, se convirtiera en el suceso estrella de la prensa del momento.
Una honesta joven de clase media-baja, fallecida tras haber sido trasladado su cuerpo inconsciente y virginal a la playa, posiblemente a causa de la ingesta de drogas, y posterior ahogamiento. Un caso que se cerró en falso y resurgió por el testimonio firme y honesto de una mujer, otra aspirante a convertirse en estrella cinéfila, el sueño de todas las jóvenes del momento: Anna María Caglio, quien señaló como seguro culpable a su amante, el hijo de un ministro del Gobierno.
Es sólo que prefiriendo no seguir revelando esta interesantísima trama a quien me esté leyendo, sí me gustaría señalar que ninguna obra histórica surge por casualidad, sino que es el historiador quien elige el tema que va a estudiar, en función de los acontecimientos que le preocupen o llamen la atención en ese preciso momento. Y Stephen Gundle no permaneció ajeno a esta influencia actual, siendo evidente el paralelismo entre este concreto suceso, de hermosas mujeres drogadas y la búsqueda de ascenso social mediante las relaciones sexuales con políticos, con el caso de Silvio Berlusconi, viejo libertino, quien a raíz de conocerse su relación con la menor napolitana Noemí Letizia produjo el mismo escándalo social en la Roma de nuestros días. Pero en ambos episodios terminó haciéndose la vista gorda. Señal de que las costumbres sociales son siempre lo que más tarda en cambiar, si hablamos de evolución histórica.

viernes, octubre 26, 2012

Solo con invitación: Últimas pasiones del caballero Almafiera, Juan Eslava Galán

Planeta, Barcelona, 2012. 520 pp. 21,50 €

Ángeles Prieto Barba

“No es lo que parece” resumiría sin dudarlo la primera lección que todo estudiante de Historia recibe, a la hora de abordar la Edad Media. Especialmente en nuestra Península, convertida en territorio de frontera, donde esa época atrasada y plena de oscurantismo que la historiografía tradicional nos enseña se transforma, a poco que nos fijemos en ella, en un periodo apasionante que tiene mucho que decirnos. Y con tal propósito educativo, pero sin dejar en ningún momento de emplear un tono jovial y lúdico, se ha escrito esta novela genial, una de las más conseguidas de la extensa producción de Eslava Galán, tal vez la mejor, la más lograda.
Pues con ella no echaremos de menos esas carcajadas que todos dejamos escapar al leer En busca del unicornio, ni tampoco esa atención constante que nos exigió Señorita hasta terminarla, sin poder soltar el libro. Y es que esta novela feliz, destinada a explicarnos cómo se desarrolló la batalla de las Navas de Tolosa, recoge bastantes virtudes presentes en la prolífica obra de Eslava, además de verse enriquecida con un vocabulario exacto y sustancioso, al que lamentablemente no solemos estar acostumbrados en nuestra narrativa de los últimos años. Sin olvidar que el libro incluye también un post scriptum, un censo de personajes, un glosario, bibliografía y breves apéndices explicativos.
Pero hay mucho más para conseguir que esta novela se aleje del típico producto conmemorativo de bicentenarios al que ya estamos acostumbrados. Y no sólo porque de los hechos referidos nos separe esta vez un milenio, sino por las lecciones implícitas o explícitas que podemos encontrar en ella: esa llamada a la concordia de los pueblos cristianos peninsulares, representada en la figura de unos reyes emparentados y en discordia perpetua que deciden unirse; esa mirada lúcida ante hispánicos conflictos bélicos que, analizados con rigor, dejan de ser tan nuestros y no más crueles, ni peores, que los que se llevan a cabo en cualquier otro país europeo; esa sociedad abierta y desvergonzada, de lenguaje bronco y directo, donde el predominio de la religión no impide en absoluto dar satisfacción al cuerpo, y finalmente, esos tronchantes güiños anacrónicos, dirigidos al lector atento, para que no pierda ripio entre guisos desestructurados, los versos de maese Lorca el trovero o la fugaz aparición del caballero Pérez Reverter, más comedido que de costumbre, presto a conseguir la gloria en el campo de batalla.
Hasta tal punto me ha gustado esta novela que no voy a lamentar que la crítica española académica, tan seria y grave, no haya otorgado todavía, y a lo grande, el reconocimiento que la obra de Eslava merece, al igual que ocurriera antes con otros espíritus, afines y alegres, como Francisco García Pavón o Fernando Quiñones. Porque este libro parece escrito, pese al bagaje que contiene y gracias a los cielos, no por un consagrado autor campanudo, sino por un jovenzuelo goliardo, desenvuelto y procaz, que acaba de descubrir cuan hermosa es la existencia. Tal es la alegría y la esperanza que maese Johannes transmite. No sé si le compensará que, en vez de estar recorriendo el país para recoger placa tras placa, hasta la placa final, nosotros prefiramos verdaderamente que siga escribiendo como hasta ahora, progresando y creciendo. Y por nosotros que no se entienda en ningún momento un “público”, mayoritario o de culto, sino sus activos, divertidos, agradecidos, fieles, numerosos y desprejuiciados lectores. Los que él mismo se ha buscado desde siempre.


Juan Eslava Galán: "Soy una fusión en frío de doña Ermengarda y Marmite"


Con sencillez, naturalidad y muchísimo sentido del humor, Juan Eslava Galán desvela en esta entrevista alguna de las claves de su última novela, Últimas pasiones del caballero Almafiera (Planeta), una aventura emparentada con aquella feliz En busca del unicornio, que nos devuelve al mejor y más auténtico Eslava: el de la novela histórica de ambientación medieval. Sus filias, la relación con sus lectores y, en especial, con sus personajes quedan en sus palabras al descubierto.

1212 es una de las escasas referencias históricas que todo español recuerda, ¿por qué?, ¿y por qué una celebración jovial y festiva de la batalla, que no una visión derrotista como es habitual, como tenemos de casi todos nuestros grandes acontecimientos históricos?
—Era una fecha fácil de recordar, doce-doce. Quería conmemorar la batalla que llevo toda la vida estudiando, pero ahora apenas hay lectores (hombres quiero decir) sino más bien lectoras. O sea, ya me hago un lío. No es que no haya lectores, por supuesto que los hay, pero no se entretienen en ese género ligero la novela, que se va quedando más bien para mujeres. Ellos están más centrados en lecturas más densas y conectadas con la realidad, como el Marca o el As, y en las profundas discusiones sobre temas ligueros que les concitan (y a las que los incitan).  Por lo tanto yo no quería hacer una novela de guerra y batallitas dirigida al ausente lector masculino. A las chicas, que son las lectoras, les preocupan los sentimientos. Por lo tanto inventé una historia de sentimientos y puse en ella muchas enseñanzas que a uno le ha ido dando la vida. Así como madame Bovary era Flaubert (Madame Bovary cest moi) así yo soy una fusión en frío de doña Ermengarda y Marmite (principalmente).
Entra AQUÍ para leer la entrevista completa

viernes, octubre 12, 2012

El pueblo traicionado, Alfred Döblin

Trad. Carlos Fortea. Edhasa, Barcelona, 2012. 563 pp. 37,50 €

Angeles Prieto

Acabada la Segunda Guerra Mundial, Alfred Döblin emprendió la ambiciosa trilogía denominada “Noviembre 1918”, de la que este volumen, El pueblo traicionado, constituirá una primera entrega de la segunda parte tras Burgueses y soldados. Y no es complicado aventurar el motivo por el cual Döblin, consagrado ya tras Berlín Alexanderplatz, inició esta obra verdaderamente monumental, si pensamos en el impacto que sufrió la opinión pública mundial tras los Juicios de Nuremberg.
Y es que nos encontramos ante una novela que directamente no es posible disfrutar si no tenemos conocimientos previos de la época, ni de su autor. Pues confeccionada con retales, instantáneas de los terribles impactos sociales que sufrió Alemania durante la República de Weimar (larga etapa de la historia alemana que va desde el final de la Primera Guerra Mundial hasta la proclamación del III Reich), en diferentes escenarios, con escasos y esporádicos personajes protagonistas (lo que haría Cela muchos años más tarde en La Colmena, pero con mayor complejidad) y empleando un estilo que guarda no pocas semejanzas con el Ulysses de Joyce, podemos afirmar que esta obra de interés académico e histórico no está destinada a un público mayoritario sino curioso y preparado que se preguntará, a lo largo de toda la obra, cómo el pueblo alemán terminó por encumbrar al partido nazi.
Por ello Döblin intentará buscar respuestas retrotrayéndose a los meses finales de 1918, que es donde espera encontrar el germen: con el regreso de las tropas del frente, el protagonismo del mariscal Hindenburg y el general Ludendorff, la firma del ignominioso Tratado de Versalles y sus imposibles compensaciones económicas, el apego a toda costa del socialista Ebert al poder y los asesinatos del católico Matthias Erzberger y sobre todo, de los dos grandes líderes espartaquistas e interesantes pensadores, llamados a traer la Revolución rusa a Alemania, que fueron Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Y la atroz crisis económica que vino después, esa que arruinó a toda la clase media y que acabó por dar la puntilla a esta sociedad sorprendentemente creativa que trajo también no pocos avances sociales.
Aunque se nos olvida un hecho capital para nuestro autor: ese odio al judío bien arraigado, presente en estas páginas en forma de esporádicos episodios de aislamiento social, progromos y violencia, que ya entonces, en 1918, los incita a una emigración sin esperanza. Porque es evidente que Hitler no creó el antisemitismo, sólo lo condujo a extremos inhumanos e inimaginables.
El placer en la lectura de El pueblo traicionado lo obtenemos gracias a la anécdota, a esos cortos pero fieles retratos sociales, también mediante los eficaces discursos que retratan a los dirigentes políticos del periodo. Pero vamos mucho más allá si hacemos nuestros esos interrogantes que plantea Döblin y en medio de nuestra propia crisis económica, de liderazgo y de valores, reflexionamos sobre los extremismos y sus consecuencias. En este volumen se echa de menos prólogo, notas y glosario: el lector los necesita.

lunes, octubre 01, 2012

Doble mirada: La ciudad de los ojos grises, Félix G. Modroño

Algaida, Sevilla, 2012. 400 pp. 18 €

1. Juan Laborda Barceló

En las postrimerías de la Belle Époque un hombre vuelve a su ciudad natal al enterarse de que la mujer a la que siempre ha amado, a la sazón esposa de su hermano, ha muerto en extrañas circunstancias. La idea básica a la que responde esta obra despertará por sí sola el interés de los amantes de la literatura histórica y de misterio. Los tintes noir parecen evidentes en una trama que va cobrando diversas tonalidades y matices a medida que avanza la lectura. Este caso resulta un tanto especial, puesto que la hibridación de géneros es clara en la novela.
Podríamos definir libremente la esencia de esta obra como un trasunto literario de la melodramática (y netamente cinematográfica) fuerza de un director del calibre de Douglas Sirk, saltando por encima de los rasgos estéticos diferenciadores del norte de la península ibérica y de la sociedad norteamericana de los años cincuenta, fijándonos esencialmente en el reflejo de la naturaleza humana y sus inherentes vaivenes emocionales. Los paralelismos entre este buen escritor patrio, Modroño, y aquel director de origen germánico, pero asentado en EEUU, Sirk, se dejan ver en la sensibilidad y tino con que los temas más profundos y arquetípicos son tratados: el amor, tanto el prohibido como el permitido, el familiar o el social, la búsqueda de la identidad propia, la melancolía que emana del alma sensible, la necesidad de transformar al mundo y a las personas… No en vano la novela se sitúa muy inteligentemente en el Bilbao de 1914, donde socialistas, nacionalistas e intelectuales de diversa índole se batían el cobre en su particular visión de las reformas que necesitaba su amado espacio vasco. Entre estas páginas podemos apreciar el sufragismo, la búsqueda de la igualdad, las referencias, magníficas por concretas, a las formas de vida burguesa, desde las costumbres hasta la gastronomía, pasando por los usos sociales o deportivos (descubriremos el origen etimológico del término Alirón o Pitxitxi, en un alarde de integración de conceptos interesantes dentro de la narración).
La aventura vital fluye en la novela como el agua de la ría a la que tantas veces se hace referencia, entre diálogos veraces y rápidos, de la mano del protagonista Alfredo Gastiasoro, un descastado y atormentado dandi parisino. Entre su Bilbao natal y la capital francesa de comienzos del siglo XX, se establecerá una trama que mezcla sabiamente niveles de complejidad y que irá creando un compromiso emotivo con el lector. Descubriremos las componendas de los espías que pululan por una Europa sumida en la Gran Guerra, acompañaremos a unos singulares detectives en la investigación de un posible asesinato, el de Izarbe, la otra gran protagonista, marcado por corruptelas policiales y dramas familiares. Y todo ello barnizado con una prosa elegante y sensible, que entre varias fórmulas, acaba dibujando la que realmente corresponde a estas letras: una novela sentimental, entendiendo el concepto de forma positiva, como un reflejo más de nuestro natural sentir.
Capítulo aparte merecen la gran cantidad de personajes señeros que podemos encontrar sazonando esta historia: Unamuno, Indalecio Prieto, Mistinguett, Maurice Chevalier o el mismo Picasso, entre otros. Se trata de elementos fetiche, pero perfectamente integrados en la narración, enmarcados acertadamente en un fastuoso fresco de época y entrelazados con una potente trama negra.
“En la hibridación de géneros puede encontrarse el futuro de la novela”, me dijo alguien hace unos años… No se la pierdan.

2. Marina Fernández Bielsa

La ciudad de los ojos grises  es una novela que nos hace viajar. Viajar en el tiempo, a finales del siglo XIX y principios del XX, un tiempo convulso —si es que hay alguno que no lo sea—, de cambios vertiginosos en las ciudades que se modernizan a una velocidad hasta entonces desconocida. Y viajar en el espacio, de una capital en apogeo como París, en plena Belle Epoque, a Bilbao, una ciudad industrial que acepta las transformaciones sin perder sus costumbres. Hay en esta novela viajes físicos, en trenes que no siempre son de ida y vuelta y, sobre todo, viajes emocionales, a un tiempo ya pasado que encierra secretos y enigmas nunca resueltos.
Alfredo Gastiasoro, profesor de arquitectura en París, regresa a su ciudad natal, Bilbao, tras enterarse por una noticia del periódico de la muerte de Izarbe Campbell, un amor de juventud truncado de manera incomprensible y esposa de su hermano Javier. Es diciembre de 1914, Europa está en guerra desde julio, y Alfredo vuelve a Bilbao para librar sus propias batallas.
El autor utiliza flashbacks hábilmente estructurados para narrar la evolución física, económica y social de ese Bilbao de finales del XIX. Los datos que aporta resultan interesantes, no restan ritmo a la novela y contribuyen a crear la atmósfera de la historia, mezclando personajes de ficción y personajes reales de manera natural, nada forzada. Desfilan por sus páginas don Miguel de Unamuno, Marie Curie, Indalecio Prieto, María de Maeztu. Esas idas y venidas del presente al pasado sirven para dar pistas, decisivas en el desenlace, que no pasarán inadvertidas al lector atento, manteniendo un suspense que incita a no parar de leer.
Alfredo ayudará en su investigación al comisario Fernando Zumalde, compañero de infancia y adolescencia y amigo leal desde entonces, y en sus pesquisas recorrerá las calles de Bilbao, sus barrios, sus cafés, sus bajos fondos, sus clubes privados donde se hacen y deshacen negocios de todo tipo, siguiendo pistas que le lleven a descubrir cómo murió Izarbe.
«Nadar en aguas tibias no es lo mismo que alternar aguas frías con aguas calientes. Y a estas alturas de su vida, Alfredo no sabía muy bien en qué aguas nadaba», dice el narrador. Desde luego, no es el caso de Félix G. Modroño. La novela alterna pasado y presente, historia y ficción de manera hábil y amena, generando una intriga que nos mantiene atentos durante casi cuatrocientas páginas. Los personajes son creíbles y cercanos, los diálogos ágiles y la prosa precisa y eficaz. Destacan los personajes femeninos, en mi opinión más ricos y con más matices que los masculinos; resultan también deliciosos, en todos los sentidos, algunos pasajes gastronómicos: a los protagonistas les gusta comer bien, y hay referencias a lo que degustan y dónde. También ciertas descripciones y reflexiones del narrador —sobre el arte, la política, el amor, las mujeres, los recuerdos, la memoria— aportan a la novela interés y un toque que va más allá del mero entretenimiento.

miércoles, mayo 30, 2012

La tierra dividida, Ramón Muñoz

Ediciones Pàmies, Madrid, 2012. 448 pp. 19,95 €

Julián Díez

Tengo la fortuna de haber seguido la incipiente carrera literaria de Ramón Muñoz desde sus comienzos. Durante lustros, Muñoz fue firmando a ritmo lento una serie de relatos de corte fantástico de calidad incuestionable y aroma reconocible: pausados, de tema enjundioso, prosa un tanto prolija pero siempre precisa. Las mejores cualidades de esos trabajos están presente en su debut novelístico, en el que como muchos autores que arrancaron su carrera en el seno de la ciencia ficción española opta por buscar otro género.
Escoger la novela histórica, como lo hicieran antes siguiendo ese mismo recorrido Javier Negrete, León Arsenal o Juan Miguel Aguilera, no es en absoluto casual. Los pasados que presentan todos ellos son, por momentos, tan alienígenas como los futuros de los relatos con los que debutaron. Las herramientas ya afinadas para describir lo distinto, las mentalidades extrañas, una suerte de parestesia transmitida por la mirada descriptiva de personajes totalmente ajenos a nuestra experiencia, encuentran un acomodo conveniente en el argumento presentado por Muñoz, que da voces a tres personajes de origen totalmente distinto: el monje Fortuno de Monforte, el vikingo Njall Haraldsson y el reyezuelo feudal Musa ibn Musa, el moro Muza de las leyendas.
El escenario es la península ibérica dividida del siglo IX, un periodo poco tratado por la novela histórica española seguramente por la disposición confusa del mapa político de la época. Pero precisamente muy interesante por la misma razón: Muza, musulmán hijo de musulmán y cristiana, hermanastro del rey cristiano de Pamplona, marido de cristiana y vasallo del califa de Córdoba, representa de manera inmejorable el zeitgeist mestizo y salvaje del momento y el lugar. El autor tiene además buen tino a la hora de retratarle desde dentro como un conspirador diestro, una calculador ambicioso que intentará mover las piezas de todo el tablero ibérico en su afán por convertirse en el tercer rey de la península.
Las tramas de los otros protagonistas, también de un noble muy venido a menos que intenta restañar pasadas heridas con un último asalto a la grandeza, confluirán en un final intenso. Entretanto, conoceremos por el camino del monje Fortún los primeros reinos cristianos de la época, en un camino salpicado de picaresca. Con el vikingo Njall nos asomaremos a una mentalidad extraña, en páginas que dan buena muestra del saber hacer del autor para la acción, y en particular su capacidad para resultar brutal con una encomiable economía de recursos.
La tierra dividida viene a reivindicar una época concreta poco conocida de nuestra historia y vuelve a demostrar que en todo el periodo de la Reconquista se encuentra el potencial para crear un género propio, fronterizo y multicultural, una suerte de western de civilizaciones en choque que podría resultar de interés tanto como escenario de aventuras como de reflexiones sobre nuestro propio tiempo. Muñoz, salvado con nota el compromiso del debut en larga distancia, cuenta con el potencial para hacerlo o buscar otros retos.

lunes, septiembre 26, 2011

Eitana, la esclava judía, Javier Arias Artacho

MR Ediciones, Barcelona, 2011. 380 pp. 20,50 €

Pedro M. Domene

Los años de la transición propiciaron la proliferación de la novela histórica, tanto de episodios de reciente actualidad en aquel momento, como lejanos. Consideraban entonces las editoriales que ofrecían una mezcla equilibrada de ficción y documentación, es decir, que la invención y la realidad iban parejas en la reconstrucción de un tiempo que el autor no ha vivido y, por consiguiente, debe conocer muy bien. El sentimiento popular de formar parte, de alguna manera, de la historia proviene del XIX, en favor de una burguesía ávida y sedienta de conocimiento. Durante la década de los ochenta del pasado siglo XX, la tendencia literaria instaba a una recuperación de la narratividad, y presumía acerca de la abolición de límites entre los géneros literarios. Desde entonces, el panorama con respecto a la novela y sus (seudo)géneros ha cambiado y bastante. La conexión entre ficción e historia ofreció entonces la posibilidad de salvar un género que pretendía recobrar energías. En aquel momento, se hablaba y se catalogó como subgénero histórico, aunque en la historia literaria reciente han quedado los, indiscutibles, éxitos de Eco y Yourcenar, en un intento de cuestionar las versiones oficiales, lejos de una catalogación de la historiografía oficial, y en un intento para recuperar buena parte de aquello que durante el franquismo español, concretamente, se había silenciado. No es el caso de otros países, donde el género ha crecido en direcciones bastante más amplias. Quizá por este simple motivo, muchos de los autores que entonces empezaban con obras en este mismo marco, En busca del unicornio (1987), Eslava Galán o El mal amor (1987), Fernán Gómez, después han conseguido un cierto prestigio, aunque ni entonces ni ahora deberíamos calificar el género con el simple concepto de «novela histórica» para así englobar un solo y único producto. Reconocidos autores de la época, se vieron motivados por la Historia para contar aspectos sobre la naturaleza humana, casos de las novelas, Urraca (1982), y La vieja sirena (1990), o para proyectar el pasado sobre el presente y defender la libertad, en un auténtico ejercicio de estilo, caso de Extramuros (1979), incluso narradores tratando sus textos como auténticas fuentes de sabiduría, desde la fabulación misma y la fantasía, Las joyas de la serpiente (1984), y muchas otras que hacían convivir, en un mismo contexto, a personajes históricos, heterogéneos y diacrónicos, o dudar de la existencia de muchos otros, en este sentido sirvan de ejemplo las novelas, Fragmentos de Apocalipsis (1977) o La isla de los jacintos cortados (1980), ambas de Torrente Ballester.
En la actualidad proliferan las novelas históricas y en el mercado editorial se establece un auténtico ranking entre los nombres que más venden y proliferan en nuestras librerías, desde Valerio Massimo Manfredi, Robert Graves, Colleen McCullough o José Luis del Corral, pero esta lista podría ampliarse con los nombres de Jesús Sánchez Adalid, Amin Maalouf, Noah Gordon o Ken Follet. A todos ellos se une Javier Arias Artacho (Barcelona, 1972), que forma ya parte de ese nutrido grupo de escritores que dotan a sus textos con esos diferentes registros con que se caracteriza a la buena literatura de tema histórico. Una primera incursión en el género fue, La sombra de Masada (2009) y ahora vuelve con Eitana, la esclava judía (2011), la historia de una joven esclava, arrancada desde su niñez en su Palestina natal hacia el cautiverio, una novela ambientada durante el Imperio de Claudio, año 54. Con un marcado acento clásico, casi épico, la historia de Eitana, cuya vida se caracteriza con la fuerza y el valor suficientes para sobrevivir, narra cómo el paso del tiempo va conformando su espíritu indómito que lleva al personaje desde Betsaida, la tierra del apóstol Pedro, la envuelve en un incierto destino, y acaba vendida como esclava en la Roma de Nerón, un infortunio del que solo se recuperará años después, mientras sigue realizando una búsqueda permanente de la libertad a lo largo de los años vividos como esclava, humillada y ultrajada.
La historia que nos cuenta Javier Arias funciona con requisitos tan acertados y amplios que cualquier lector verá en esta novela, además de un marco histórico documentado y creíble, la Roma del primer siglo, o el incendio que devastó gran parte de la ciudad, una acción graduada y calculada que avanza a medida que nos adentramos en su lectura, y aun se añade un intencionado sentimiento de espiritualidad paralelo a la pasión experimentada por la joven vendida en Roma, su existencia en la domus del juez, y su permanente lucha por sobrevivir en una esclavitud que marcará su destino en el futuro, hasta que consiga huir y vuelva a convertirse en una mujer libre finalmente, cuando los recuerdos y buena parte de su vida anterior ya hayan empezado a cicatrizar. Tres grandes bloques dividen la historia, «Tiempo de sufrir (De iunius del 54 a aprilis del 58)», cuando el lector conoce las circunstancias y el entorno de los personajes de Eitana, convertida en esclava, que la acompañarán en sus primeros años de cautiverio: Efren, Dolcina, Doma, el médico Didico y, sobre todo, el juez Claudio Ulpio, «Tiempo de crecer (De aprilis del 58 a iulius del 64)», su paso a la libertad, el encuentro con el librero Servius y su esposa Verina, su maternidad, su labor como amanuense, y la justificación de muchos de los episodios vividos por la joven judía en la metrópoli romana, hasta su vuelta a la incertidumbre, y «Tiempo de aceptar (De iulius del 64 a februarius del 65)» que, de alguna manera, cierra el ciclo vital de la joven cuando años atrás debería haber viajado hasta la villa romana de Marcius Julius, en Capua, y el destino le jugó una mala pasada, para cumplir la voluntad del tribuno. Una vez instalada, junto a Paulina, la viuda de su benefactor, Eitana recupera parte de su dignidad, aunque decide regresar a su tierra y una vez en Cesarea se desengaña cuando observa las diferencias experimentadas, tras tantos años de ausencia, la pérdida de su familia, sus vecinos y amigos que apenas la recuerdan, hasta que, en un nuevo guiño del destino, consigue la tan ansiada libertad, una palabra que se repite una y otra vez a lo largo del texto, y se convierte en tema esencial de la novela de Arias Artacho, quien le otorga el mismo valor al nombre de su protagonista, fuerza y valor, para que así la historia de Eitana adquiera, finalmente, un sentido completo.