viernes, abril 22, 2016

Viaje a la costa, Kazumi Yumoto


Trad. Rumi Sato y José Pazó Espinosa. 
Nocturna, Madrid, 2016. 217 pp. 14,90 €

Santiago Pajares

Cuando hay autores que nos vienen de tan lejos como Japón, también pueden definirse un poco por las editoriales que les publican, especialmente cuando esas editoriales no son parte de grandes grupos. Las dos novelas de Kazumi Yumoto nos han llegado de la mano de Nocturna Ediciones, en su colección Noches Blancas. Y es que Viaje a la costa tiene muchas noches blancas.
Tras deslumbrar a los lectores españoles con Los amigos, una hermosa historia sobre la vida y el proceso de hacerse mayor, ahora Kazumi Yumoto nos da una vuelta de tuerca y nos deja una novela sobre la muerte. En la portada del libro podemos leer: «Una noche, Muzuki se encuentra en casa con su marido. El mismo que murió hace tres años». Lo que en manos de otro autor se podría haber convertido en una novela de terror, en manos de la autora japonesa se convierte en una extraña y delicada aventura. Porque ese no es el resumen del libro, sino de la primera página del mismo, dejando en manos del lector el descubrimiento de todo lo que habrá de venir.
Yusuke, el marido de Mizuki lleva desaparecido tres años, lo suficiente para que todos le hayan dado por muerto, pero una desaparición conlleva siempre una ínfima esperanza de retorno, de poder volver a ver al ser querido. ¿Pero y si vuelve y te asegura que está muerto? ¿Qué se suicidó y su cuerpo fue devorado en el fondo del mar por los cangrejos? ¿Cómo enfrentarse a algo así? Yusuke está muerto, sí, pero su estado le permite interactuar no sólo con su mujer, sino con el resto de seres vivos que se va encontrando. Él y su mujer emprenden un viaje por los pueblos de la costa en el que deberán aprender a relacionarse de nuevo tras tres años de ausencia, tres años en los que ambos han cambiado el uno sin el otro, emprendiendo nuevos caminos. Pronto nos daremos cuenta que la muerte de Yusuke es un estado intermedio entre el estar y no estar, una especie de poder probarlo todo pero no disfrutar de nada. Tanto puede interactuar en el mundo de los vivos que se ejerce en restaurantes haciendo empanadillas o dándole clase a alumnos sobre ciencia. Mientras, Mizuki deberá reevaluar todos los sentimientos que ha tenido en su ausencia, adaptándose a esta nueva personalidad que le hace suavizar sus propias aristas. En el camino por los pueblos encontrarán a más muertos en el mismo estado de Yusuke, personas que por no haber sabido vivir su vida tampoco pueden entregarse con completa libertad a la muerte, quedando así, anclados a las personas con las que compartieron los días. Pero nada es eterno, ni en la vida ni en la muerte. Por mucho que sepas que un camino tiene que acabar, abandonar algo en lo que has invertido mucho tiempo y esfuerzo se convierte en una transición que te también te cambia.
Kazumi Yumoto nos propone un juego totalmente distinto de Los amigos, pero que juega extrañamente con las mismas reglas y un diferente tablero. Porque los personajes profundos, la atención a los detalles y el camino a recorrer son el mismo. Un juego que tras cerrar el libro ha limado nuestras propias aristas y nos ha hecho sentir un poco más vivos, dándonos cuenta que en ese equipaje también había un lugar para nosotros.

miércoles, abril 20, 2016

Praga, 1942. La verdadera historia, Florentino García Martín


Ed. Ende, La Coruña, 2015. 398 pp. 18 €

Ángeles Prieto Barba

La historia como “magister vita” es herramienta común de filósofos, sociólogos, políticos y escritores para poder explicar nuestro presente y alertar sobre consecuencias futuras. Echar la vista atrás resulta necesario, ya que no sirve solo para evitar equivocaciones similares, también nos obliga a reflexionar seriamente en cada viaje al pasado, periplo que resulta siempre de ida y vuelta. Cuando enjuiciamos cualquier tiempo pasado con los conocimientos y prejuicios del presente, despertamos asimismo el inevitable sentido crítico ante lo que se da por hecho: ¿Fue la Historia tal y como nos la cuentan? La pregunta es espinosa y la respuesta, no menos compleja, asunto sustancial que se aborda en esta novela concreta. Ya que el interesante viaje propuesto en Praga, 1942, ciudad ya conocida, abierta al turismo masivo, y ante unos hechos acaecidos en un tiempo no lejano, no nos resultará ni exótico, ni ajeno, y sin dudarlo abre la puerta a que nos planteemos seriamente si lo que ocurrió fue como se nos ha transmitido.
La novela aborda con atino y rigor los hechos, al objeto de hacernos revivir, sin escatimar detalle, un episodio clave en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial: la llamada Operación Antropoide. Esta consistió en llevar a cabo un atentado necesariamente mortal contra el teniente general Reinhard Heydrich, uno de los más destacados jerarcas nazis. Una historia muy emocionante que a punto estuvo de fracasar y que ha sido documentada con suficiencia en películas, reportajes, libros y artículos. El interés por este episodio dramático proviene tanto de la fascinación por la figura, en buena parte desconocida, del “Carnicero de Praga” (bajo su ley Marcial se ejecutaron a más de 500 checos), como por la violencia represora extrema desatada tras su muerte con el tristemente famoso pueblo de Lídice arrasado por completo. Un episodio ineludible, básico para visibilizar la resistencia ante el nazismo, que deja muy poco resquicio para poder narrarlo a la manera de Alejandro Dumas, tomando como base el hecho histórico conocido y rellenando todo lo que no se sepa con ficción. Y que tiene como precedente a la galardonada HHhH de Laurent Binet, otra gran novela que prescinde de los tradicionales cánones narrativos, porque hechos de esta envergadura superan también nuestros propios límites de comprensión y aceptación.
Aquí nos vamos a encontrar con la Operación Antropoide bajo el prisma de una narración vivaz y meditada, así como bien elaborada, bastante lejos de todos esos clichés comerciales que han acabado por devaluar, tras tantas simplificaciones, los valores literarios. Esta novela no carece de ellos, así como tampoco prescinde de traspasar barreras psicológicas de tiempo y espacio de la mano de un personaje conductor, Tomás Jelinek, con el que nos vamos a sentir identificados y hermanados en el abordaje comprensivo de lo que sabemos, y lo que no sabemos: Todas las historias paralelas y los distintos intereses en juego.
Praga, 1942 tanto como una novela, es un viaje. Un viaje geográfico apasionante, no exento de placer, por la hermosa Praga. Un viaje temporal, comprensivo y compasivo, hacia unos hechos terribles que condicionan nuestra existencia actual, tal fue su trascendencia. Y sobre todo, un viaje ético al interior de nosotros mismos en la pregunta ineludible de qué hubiéramos hecho nosotros de vernos en dichas circunstancias, y sentirnos bajo la piel de sus protagonistas. Por ello, un viaje tan necesario que solo cabe emprenderlo leyendo esta original novela.

lunes, abril 18, 2016

Playa Omaha, Gonzalo Calcedo


Salto de Página, Madrid, 2015. 173 pp. 15,90 €

Ignacio Sanz

Gonzalo Calcedo es uno de los grandes cuentistas de nuestro país. Hijo putativo de John Cheever, sus cuentos planean con la sobria elegancia de su estilo en el panorama literario. A veces adjetiva con audacia como si, además de hijo putativo de Cheever, fuera sobrino nieto del Borges más desconcertante. Estos cuentos funcionan como un mecanismo de relojería con sorpresa final.
La playa de Omaha no es una colección de cuentos; se trata de una novela, acaso su primera novela, aunque no lo pueda asegurar de manera estricta. Y lo digo porque en una ocasión el propio Calcedo me aclaró que por imperativos editoriales se había visto obligado a transformar un libro de cuentos en novela porque aquellos editores pensaban que la novela vendería más. No es el caso. Estamos de principio a fin ante una novela. El paisaje en el que se desarrolla es la Normandía del célebre desembarco que desencadenó el fin de la II Guerra Mundial. El paisaje resulta fundamental, casi tanto como si se tratara de un personaje. Los hechos que se describen están condicionados por la sombra de la guerra y los personajes, en mayor o menor medida, viven marcados por aquel episodio luctuoso cuya influencia flota todavía en el ambiente. Rebuscadores de cachivaches, coleccionistas de balas, playas que guardan memoria viva de las atrocidades. De ahí que los personajes tengan algo de marginales obsesivos y estrafalarios.
En ese contexto llega una madre inglesa con su hija adolescente para hacer un homenaje a su progenitor que perdió la vida en aquella batalla. La hija adolescente, envuelta en esa atmósfera inquietante, se esconde o se escapa. No lo sabemos con exactitud; la madre denuncia su desaparición. Un policía pone en marcha un plan para buscarla. Y ahí comienza la intriga, con la aparición de una galería de personajes extravagantes. El más hinóptico por su fragilidad, acaso sea un niño que se tropezó con la niña inglesa en una de sus excursiones. El lector avanza página a página haciendo sus cábalas sobre el culpable. ¿Será el estrambótico Dudú? ¿Será el codicioso dueño de los apartamentos? ¿Será el viejo capitán americano envuelto en los eternos vapores de la borrachera? ¿Quién será?
Qué más da. El lector se ve arrastrado no sólo por la intriga, también por la prosa aérea y elegante que le invita a seguir los pasos erráticos del policía que mete las narices en un ambiente denso, cargado de tensiones, hipocresías, miserias, mientras otro policía se enrolla con la madre de la díscola niña inglesa que ya, al final, pregunta desconcertado si trajo verdaderamente a la niña con ella. Y es que a los dipsómanos les falla con frecuencia la memoria. Por otro lado la madre tampoco ofrece excesivas muestras de preocupación. Se trata de seguir adelante sea como sea, se trata de que no falte alcohol en la sórdida fiesta. La intriga avanza empujada por el estilo aéreo y cada capítulo abre nuevos interrogantes que nos invitan a seguir. Y así hasta que el lector descubre con sorpresa… pero no, eso no se cuenta. Lo que corresponde reseñar en todo caso es la sensación que deja esta novela inquietante que recibió el Premio Diario de Jaén 2015. Una compensación de 4.000 euros. Enhorabuena. Aunque resulte descorazonador que, como me temo, el novelista se haya visto empujado a presentarse al premio para ver publicada una obra de tan excelsa factura. Pero esa es otra película. Tiempos adversos no sólo para la lírica, también para los grandes narradores.

viernes, abril 15, 2016

Pleamargen. Poesía 1940-1948, André Breton


Ed. bilingüe Xoán Abeleira. 
Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2016. 480 pp. 23,90 €

José Luis Gómez Toré

Que el surrealismo supone una aportación fundamental a la historia del arte y de la literatura, nadie lo discute. Tampoco que su influencia llegue hasta nuestros días. Y, sin embargo, cabe preguntarse hasta qué punto esa herencia no nos llega ya domesticada, sin sombra de la radicalidad de un movimiento que quiso trascender el campo de lo artístico, que pretendió, absolutamente en serio, unir la divisa de Marx de cambiar el mundo con la proclama de Rimbaud, transformar la vida. Por ello, quizá resulte necesario aproximarse, como hace este libro, a uno de los principales impulsores de la aventura surrealista, y hacerlo además desde la convicción de que Breton no es solo es uno de los indudables cabecillas del grupo, sino ante todo un creador. Un poeta, que, a diferencia de algunos versificadores actuales, sí creía en la poesía (poesía, por supuesto, como un arte de vivir apasionadamente, no como un pobre sucedáneo de la vida).
El trabajo de Xoán Abeleira es notable tanto por su traducción como por los elementos para la reflexión que ofrecen tanto el prólogo como sus notas, que nos obligan a revisar algunos de los tópicos más asentados en torno a un movimiento que, como bien apunta el traductor, debería haberse llamado en castellano “superrealismo”. No es el menor de esos lugares comunes la tendencia a entender la escritura automática como una suerte de capricho pasajero, cuando el automatismo enlaza en realidad con uno de los puntales de esta vanguardia, su invitación a extender la conciencia más allá de los límites del la percepción ordinaria. La edición da también cuenta del universo plural y de las múltiples influencias entre las que se movía el escritor francés: Marx pero también el socialismo utópico de un Fourier, Freud pero también Jung, las llamadas culturas primitivas o, incluso, la tradición esotérica. El simbolismo ocultista (en este caso, de las cartas del Tarot) se convierte precisamente en el eje vertebrador del texto que cierra el volumen, Arcano 17, apasionado homenaje a un amor, la pianista Elisa Bindhoff.
La difícil adscripción de Arcano 17 a un género (ensayo, poesía…) recuerda a otro de los libros capitales de Breton, Nadja, y ambos escritos, en su apasionada celebración del amor y la mujer, se mueven en la misma trayectoria de algunos de los textos que podemos leer en Pleamargen como “Fata Morgana” o “Por la senda de San Romano”, poema que empieza con un verso que vale por todo un manifiesto surrealista: “La poesía se hace en la cama como el amor”. Es esa la convicción que cierra Arcano 17 y que resume la esencia, a menudo olvidada, del surrealismo: «es la revuelta en sí, y solo ella, la creadora de luz. Y esa luz no puede conocerse más que por tres vías: la poesía, la libertad y el amor».

miércoles, abril 13, 2016

Cada noche, cada noche, Lola López Mondéjar


Siruela, Madrid, 2016. 196 pp. 15,90 €

Rubén Castillo Gallego

En los años que llevo leyendo sus libros, que ya son muchos, no recuerdo jamás haber experimentado la sensación de que Lola López Mondéjar se dejase llevar por la facilidad o por la complacencia. Al contrario, se ha exigido subir en cada obra un peldaño más arriba por el camino de la indagación psicoanalítica, del texto exigente, de la prosa exacta. Después de Mi amor desgraciado (2010) y de La primera vez que no te quiero (2013), que tenían mucha más arquitectura de novelas, publica ahora en el sello Siruela su texto Cada noche, cada noche, en el que circula por caminos más difíciles de etiquetar y donde se aproxima al mito de Lolita en unos términos muy interesantes: Dolores Schiller, la narradora, es una mujer que afronta a sus 57 años un grave problema de salud que la lleva a considerar muy seriamente la posibilidad del suicidio asistido, que desea ultimar en Suiza. Pero antes de abalanzarse por esa tortuosa opción necesita arrojar luz sobre una duda que la corroe: ¿fue su madre, Dolores Haze, la niña que sirvió como nínfula para satisfacer los deseos eróticos del depravado Humbert en la novela Lolita, de Vladimir Nabokov? ¿Proviene de una mujer que fue usada como objeto sexual por un pervertido, que la forzó durante dos años y que, además, ha merecido una extraña indulgencia intelectual después de su infamia? Gracias a las indicaciones que le desliza la princesa Zolstowski, Dolores Schiller se entera de que Humbert sigue vivo. Y sin vacilar se desplaza hasta la localidad de Montreux, con el objeto de mantener varias entrevistas con el anciano, que le permitan reconstruir todo lo que pasó hace muchos años entre su madre y él.
Cuanto ocurre desde que comienzan a verse y a dialogar Dolores Schiller y el anciano pederasta tendrá que descubrirlo cada lector, pero conviene advertir a quienes decidan sumergirse en las páginas de este libro que la autora no les ofrecerá un texto de fácil intelección, sino unos párrafos profundos y exigentes, unos diálogos donde la mente tiene que esforzarse y donde conocer en profundidad la novela de Nabokov se antoja un requisito casi imprescindible para entender los matices y meandros intelectuales que Lola López Mondéjar le lanzará en sus páginas.
Se encontrará allí con historias de mujeres víctimas de abusos, quebrantadas por la enfermedad, preteridas por los varones que las rodean, silenciadas bajo la losa de mármol de los clichés. Y se le pedirá un esfuerzo enorme para rasgar el velo de los prejuicios y adentrarse en una zona anímica y social pantanosa por la que no resulta agradable deslizar los ojos y la mente.
Absténgase, pues, los lectores cómodos y quienes buscan en los libros jardines de Versalles. Lo que Lola López Mondéjar les pone delante es, como se lee en el inicio de La divina comedia, una selva oscura, en la que hay que penetrar con machete, tragando saliva y dispuestos a enfrentarse a las peores alimañas: las que los seres humanos llevamos dentro.

lunes, abril 11, 2016

En los bolsillos huesos de melocotón, Isabel Pose


Polibea, Madrid, 2016. 10 € (+ gastos de envío)

Verónica Aranda

Es más que conocida la influencia que ha ejercido el haiku en España en los últimos años y la proliferación de publicaciones, estudios críticos y antologías de haiku en español como Un viejo estanque, que salió en la editorial Comares y reunió tanto a haijines españoles como hispanoamericanos. Por otro lado, dentro de esta “moda” del haiku, mucha gente se ha lanzado a escribir y catalogar bajo ese nombre lo que no son más que poemas breves que al incorporar metáforas u otras “florituras”, de ningún modo funcionan como haikus.
No es el caso de Isabel Pose, que es una de las mejores haijines de nuestro país. Lleva años profundizando en la teoría y la filosofía de este género breve nacido en Japón en el siglo XVIII y fue discípula de Vicente Haya. Ha sido premiada en varios certámenes internacionales como el prestigioso Samurai Hasekura o el Haiku No-Michi. Forma parte del equipo de redacción de la gaceta de haiku “Hojas en la acera”.
El haiku es lo que se dice y, sobre todo, lo que no se dice, y los haikus de En los bolsillos huesos de melocotón destacan por su atmósfera intimista. Haikus que nos hablan de una soledad serena, de enfermedad, que nada tienen que envidiar a los de Shiki:

Del otro lado de la montaña
trae al enfermo
un manojo de menta.

Haikus de una enorme plasticidad y mirada flexible, milimétrica, que nos dibujan algunas escenas interiores muy sugerentes y llenas de vida:

En el patio del fondo,
la madre del samurái
planta glicinas.

El haiku es sencillo en su esencia, un ejercicio de desprendimiento que tiene que abandonar el yo para dejar constancia de ese asombro (aware) o ese encuentro entre la mirada del poeta y la naturaleza, que dura un instante, transmitiendo al lector un poso de armonía, la mística del paisaje. Ese instante pueden ser décimas de segundo, el tiempo que dura un relámpago:

A la luz del relámpago:
el plumaje de un pájaro
mojado de lluvia.

En general, los haikus de Isabel Pose no siguen la pauta del 5-7-5, lo cual es otro falso mito. Se puede escribir este género sin seguir el esquema métrico de las 17 sílabas, y la disposición tampoco tiene que ir necesariamente en tres versos. Por otro lado, también hay espacio para los haikus de temática urbana, que la autora plasma con maestría y nos deja flashes a modo de secuencias cinematográficas como “un plano de Roma” desplegado en el asiento de al lado o las noticias del frente que emite la radio mientras una mujer “descorazona ciruelas”.
En todos los haikus hay espacios en blanco, deben sugerir más que decir, y hablar de algún modo del silencio porque son gestados en la contemplación. Como bien explica la autora en la introducción, “para permitir que un haiku entre en nosotros es necesario que nuestra mente esté en silencio, sin estar analizando ni procesando nada”:

Sin nadie a quien hablar.
En la montaña
esperando el invierno.

El libro, bellamente editado por Polibea en su colección “el levitador”, en consonancia con la elegancia y la austeridad del haiku, se divide en tres secciones. Llama la atención la parte central, titulada “Anti-haikus”, que no llegan a ser haikus por su exceso de “subjetividad” o porque incorporan metáforas. Es todo un gesto de honestidad por parte de la autora haberlos incluido en el libro y, al mismo tiempo, es muy pedagógico porque nos ayuda a identificar lo que se aleja de los cánones que, sin embargo, puede funcionar a la perfección como poema breve.
El libro acaba con unos tankas, un subgénero que apenas se practica en España y que fue muy popular en la corte nipona, especialmente durante el periodo Heian. Los amantes recurrían con frecuencia a este tipo de poema para enviarse mensajes con un significado que sólo ellos podían entender. Por lo tanto, en el tanka sí que está permitida la subjetividad y la expresión de los sentimientos, y suele estar compuesto de 31 sílabas de 5-7-5-7-7, admitiendo también otras combinaciones. Curiosamente, sigue siendo la poesía predilecta en Japón y hay casos de bestsellers actuales escritos en tankas.

viernes, abril 08, 2016

Croatoan, José Carlos Somoza


Stella Maris, Barcelona, 2015. 342 pp. 19,50 €

José Morella

Hay que ser osado para escribir una novela apocalítica de intriga en los tiempos que corren. Ambas cosas -el fin del mundo y la falta de piezas informativas que sirva de cebo a los lectores para llegar hasta el final de los libros- abundan en cantidades inasumibles para nosotros en novelas, películas, series, cómics, memes de Internet, chistes, conspiraciones y cotilleos de vecindario. El motivo principal de este exceso es nuestra invisible -de tan ubicua y generalizada- adicción al entretenimiento. A que pasen las horas y lleguen otras horas y así sucesivamente hasta por fin morirnos. Y no hay muchas cosas mejores para entretenerse del miedo a la propia muerte que una buena intriga y un buen escenario apocalíptico. Total: José Carlos Somoza es valiente por el sólo hecho de intentar que esta historia sobresalga. Pero es que además lo consigue.
Tengo que reconocer que no soy lector de ciencia ficción. Aparte de algunos clásicos como Philip K. Dick y Aldous Huxley, no he leído demasiado. Lo último que leí relacionado con el fin del mundo es La carretera, de Cormac Mccarthy, y ya hace unos años de eso. No soy lo que se suele llamar un amante del género. No sé si les gustará mucho Croatoan a los que se reconocen en esa expresión, pero a mí sí me ha gustado. Puede que tenga algo que ver el hecho de que se trate de un texto que se pasa bastante por el forro varios los elementos tradicionales del género: es una novela de zombis donde no hay técnicamente zombis, y un fin del mundo en el que el mundo no se va: nosotros nos vamos. El mundo sigue aquí, haciendo esa cosa, sea cual sea, que se dedica a hacer o dejar de hacer. Leyendo la novela me he acordado mucho de un monólogo del genial George Carlin sobre nuestras relaciones con el planeta que no tiene desperdicio.
He disfrutado leyendo Croatoan, y entre las razones de ese disfrute está el hecho de que Somoza no se toma la ciencia a risa. No frivoliza con ella. Siempre he pensado que la literatura ganaría mucho de una relación más potente con la ciencia, que ya es, en sí misma, tremendamente poética sin añadirle nada más. De hecho la sensación de piel de gallina que la poesía provoca es muy similar a la que se tiene a poco que uno se sumerja en la ciencia e incluso en la tecnología. La biología, la física, la matemática incluso la programación informática, todo acaba dando un vibración poética pura, muy personal e intensa, de gran belleza. A mí me parece bella la forma en que Somoza nos planta en su novela la teoría del interconductismo (mi curiosidad me llevó a enterarme de la existencia de J.R. Kantor y a leer varias cosas en Internet entendiendo algo así como el 10% de ellas), y cómo consigue, sin soltarnos ningún rollo académico pesado y sin interferir en el propio flujo de las peripecias de los personajes, que tengamos un vislumbre de comprensión que nos ayude a seguir con el libro en las manos, convencidos de que el vuelco de acontecimientos del que nos está hablando el texto es verosímil. La ciencia y la poesía tienen una relación a veces extraña con la verosimilitud, pero Somoza no tiene problema en patinar por ese hielo frágil y quebradizo sin accidente alguno.
En Croatoan ocurre algo parecido a esto: un etólogo llamado Mandel escribe un correo electrónico a distintas personas, en el que sólo aparece la palabra croatoan. El mensaje está programado para llegar dos años después de la muerte del mismo Mandel. Croatoan es la misma palabra que quedó grabada en un árbol en 1590, cuando un pueblo entero de los Estados Unidos desapareció de repente sin dejar rastro. A partir de ahí, los destinatarios de ese e-mail intentarán salvar el pellejo, y para ello tratarán de entender lo que está pasando. Por qué la vida tal y como la conocemos está dejando de existir en todo el globo. Qué significa el mensaje de Mandel, y qué papel tienen ellos en todo eso. En todo el mundo han empezado a pasar cosas aterradoras.
Se pasa miedo leyendo. Mucho.
«Muchas veces no sabemos por qué hacemos lo que hacemos». Esa es, para mí, la frase clave del texto. No quiero estropear ninguna sorpresa, pero una vez entendida (o no entendida) la teoría mandeliana, lo que se abre ante nosotros es un abanico de preguntas basadas en el hecho de que todo lo que hemos estado creyendo sobre nuestras vidas y sobre nuestra historia sea una ilusión. El libre albedrío y el determinismo conductual fundamentan la inquietante columna sobre la que se sostiene toda la ficción. Este es un gran acierto de Somoza. Un tema como el libre albedrío, que recorre transversalemente la historia del pensamiento -y no sólo del occidental- convierte cada intercambio entre los personajes, cada descuerdo, cada afecto, cada tensión y distensión, cada diálogo, en un disparadero de preguntas y más preguntas. Para el que le guste hacérselas, claro. Para quien no, la trama basta: da miedo y entretiene de un modo más que eficaz. No se cae de las manos en ningún momento. Que no teman los ansiosos y los poco entusiastas de la filosofía y de la metafísica.
Somoza apunta muchas cosas que quedan asomando, sugiriéndose: el tema de la violencia sobre las mujeres planea casi todo el tiempo. Las relaciones entre Estado e individuo, gracias a la situación límite que se plantea en el libro, aparecen nítidas y con toda su crudeza. Lo que llama la atención es que las cosas que acaban reflotando y sobreviviendo en ese estado del mundo son, de una manera casi siniestra, las mismas que en el mundo real, que en el mundo nuestro. Las fuerzas que nos empujan a actuar o dejar de hacerlo no cambian ni en el último instante. Incluso la compasión, congénita a los humanos, florece casi como un mandato. En ese modo radical de vivir -un presente continuo a fuerza de intensidad- un segundo es suficiente para pasar de la agresión a la compasión, y el paradigma de lo cuerdo y lo que deja de serlo puede hacerse añicos en menos que canta un gallo. En definitiva, Croatoan es un libro estupendo. Tal vez menos ambicioso, desde el punto de vista literario (ehem), que otros trabajos de Somoza, pero sin duda alguna aterrador, sorprendente y luminoso.

miércoles, abril 06, 2016

Biodiscografías, Iban Zaldua


Páginas de Espuma, Madrid, 2015. 224 pp. 17 €

Jaime Valero

La música produce un efecto sobre el oyente que va más allá del goce estético, más allá de la respuesta emocional que despierta una melodía, una entonación o una sucesión de acordes. Tiene un carácter universal, puesto que nos habla en un lenguaje que no entiende de idiomas, y si hay algo que de verdad nos estremece por dentro al escucharla, es su prodigiosa capacidad para evocar recuerdos. Basta con escuchar el principio de una canción para que nuestra mente se inunde con imágenes del pasado: la primera vez que la escuchamos, aquel concierto al que fuimos en compañía de otra persona —quizá nuestra futura pareja—, y eso nos lleva a pensar en cómo éramos cuando aquella canción era nuestra favorita, cómo vestíamos, cómo pensábamos... y cómo hemos cambiado desde entonces. Pocos estímulos externos le tocan tanto la fibra a una persona como cuando enciende la radio y se topa con esa canción “de su época” que le remite a unos años que ya creía olvidados.
Esa capacidad de la música para avivar nuestros recuerdos es la base del nuevo libro de relatos de Iban Zaldua, titulado Biodiscografías. Estructurado en una serie de historias cortas, a modo de pequeños flashbacks vitales, cada uno de estos cuentos está encabezado —motivado, más bien— por un disco diferente. Estos discos se nos van presentando en orden cronológico, comenzando por el Revolver de los Beatles, que vio la luz en 1966 —coincidiendo con el nacimiento del autor—, y culminando con The Smile Sessions, de los Beach Boys, publicado en el año 2011. Entre estos dos extremos, Zaldua nos ofrece una serie de vivencias fugaces que siempre giran en torno a la música, pero que no se limitan a ella.
Buena parte del encanto de estos relatos recae sobre la selección musical, con bandas en su mayoría extranjeras tales como The Kinks, Pink Floyd, R.E.M., The Smiths, Radiohead y The Cure. Zaldua se nos revela como un melómano empedernido que salpica sus narraciones con apuntes agudos y perspicaces sobre la música y sus intérpretes. Pero en un nivel de lectura más hondo, este Biodiscografías también es un repaso de la actualidad política y social de las últimas décadas en España, y más concretamente en el País Vasco, con sus tensiones políticas y sus ideologías enfrentadas. Mi momento favorito del libro ejemplifica muy bien lo que Zaldua ofrece a lo largo de toda la obra. Se trata de un interludio en el que, en lugar de un disco, el relato gira en torno a tres conciertos. El primero de ellos se celebra en el velódromo de Anoeta en 1982, con Roxy Music y King Crimson. El segundo, diez años después y en el mismo lugar, con U2 como protagonistas. Y el tercero, otros diez años más tarde, en la plaza de toros de Ilumbe, con un cartel compuesto por Maná y Álex Ubago. ¿Qué pueden tener en común estos tres eventos, tan dispares tanto en el tiempo como en lo musical? La respuesta es una chica, a la que solo nuestro protagonista es capaz de ver. Una chica que nunca llegó a nacer por culpa de un atentado.
Como todo buen relato que se precie de serlo, los que aquí nos presenta Iban Zaldua son fotogramas de una historia mucho más grande que el lector debe completar con su propia imaginación. A su brillante capacidad de síntesis y a su claridad en el lenguaje, libre de florituras y pretensiones, hay que sumar el amor por la música que planea por toda la obra, y que convierte la labor de pasar las páginas de este libro en algo tan placentero como ojear vinilos en las cubetas de alguna de las pocas tiendas de discos que, por desgracia, quedan en nuestro país.

lunes, abril 04, 2016

Puerto escondido, María Oruña


Destino, Barcelona, 2015. 430 pp. 18,50 €

Amadeo Cobas

¿Qué es un puerto escondido?, cabe preguntarse.
María Oruña afirma que un puerto escondido es «un trocito de tierra y mar apartado de las masas… donde [los protagonistas] eran invulnerables, donde el tiempo estaba detenido». Es decir, interpretando con entera libertad, diremos que para unos pocos este lugar es el paraíso guardado en lo más recóndito de la memoria; para otros —afortunados ellos— una vivencia cotidiana que experimentan indolora e inocua, que experimentan quizá desvalorándola, añadamos —desafortunados, corrijo—; finalmente, para los más es un sueño que tiñe de esperanza sus vidas vacías o demasiado llenas de hastío, preocupación y problemas.
¿Y qué se esconde en este puerto escondido, valga la redundancia? Una novela que navega sin sobresaltos un océano de géneros literarios, desde la epístola con un diario de destino claro a priori, aunque quizá no arribe al puerto propuesto…, un trocito de historia y un ápice de costumbrismo, romanticismo no falta, a veces mermado por las aristas del interés, terror en dosis justas, con alguna escena que paraliza la glotis y, por descontado, ese trazo negro que viste y engalana las pesquisas de los beneméritos, en copioso número, a la caza y captura de malos malísimos, arteros y sagaces en su perfidia, bien resguardados por la narradora hasta el instante propicio, como debe ser.
Es cierto; confieso que me encanta cómo la narración mece sin sobresaltos al lector, con un breve detalle, un apunte, un susurro para transportarlo a un momento nuevo y fundamental en la trama. No en vano, un escritor de mérito en novela policíaca es aquel que dosifica la información, mas no oculta piezas del puzle para hacerlas aparecer grotescamente por arte de birlibirloque. La sorpresa ha de encajarlas milimétricamente en el entendimiento del lector metido a detective. Tal que aquí, donde está medido al gramo lo que se ofrece, cual receta de repostería, sin subterfugios, artificios ni adulterando un resultado que conlleve a engaño. Es necesario. Porque en una obra tan coral como ésta, pese al predominio de dos, Valentina y Oliver, una abrumadora profusión de datos, en lugar de informar, hubiera vuelto plomiza la lectura. Y no es el caso, sino que la amenidad se desliza sobre estos párrafos. Mas no significa que, muy tamizada y mesuradamente, en ocasiones se visiten descripciones prolijas y detallistas. ¿Qué se consigue? Dar visibilidad y lucimiento; valga como ejemplo el mar, «que hoy se manifiesta liso, brillante, en apariencia calmado, sin ganas de rebelarse al sol inclemente».
Y es que la escritora sabe hacer filigranas con el lenguaje, dotado si quiere de un clasicismo perlado de tropos literarios, campos donde abundan aromáticos hiperbatones, coloristas imágenes o prosopopeyas elegidas cual pétalos delicados, «un pueblo que miraba soberbio», «el cielo que escucha todo sin réplica»…; en otras el lenguaje cobra la precipitación de un manantial vuelto torrente con la crecida de las últimas lluvias. Se nota, además, que sabe definir sin ambages ni anestesia: «…la ambición es poderosa y abandona los remilgos, tal y como se olvidan y abandonan los sueños poco sustanciosos al despertar».
En conclusión, recomiendo Puerto escondido porque María Oruña les va a conducir en estas páginas por el vértigo de los paisajes cántabros, tan amados y conocidos para ella, transmitiendo recuerdos coloristas, la bruma y el azul, el azote del vendaval, lo abrupto de sus misterios; armando una obra donde cobran primacía el antagonismo que se da entre muchos de sus intervinientes y una indefectible sorpresa que logra volver vibrante la novela hasta su conclusión. No les decepcionará esconderse en este puerto, ya lo verán…

viernes, abril 01, 2016

La vida sexual de las gemelas siamesas, Irvine Welsh


Trad. Federico Corriente. Anagrama, Barcelona, 2015. 392 pp. 19,90 €

Santiago Pajares

El nombre de Irvine Welsh está ya asociado para siempre a Edimburgo como un icono escocés. Allí se ubica su novela más conocida, Trainspotting, que luego tuvo su secuela, Porno, y su precuela, Skagboys. Si uno camina por las calles de Edimburgo no puede evitar mirar alrededor para buscar a Renton, Begbe o SickBoy. Por eso que ahora su nueva novela esté localizada no sólo en otra ciudad, sino en otro continente, no deja a nadie indiferente. En La vida sexual de las gemelas siamesas nos vamos a Miami.
Empezamos por la confusión del título, pues el libro no va para nada de eso, sino que es un tema de fondo que todos los personajes comentan en un momento dado, un fino hilo conductor. ¿Y por qué Miami? Porque, al igual que en la vida, a veces tiene que venir alguien de fuera para decirte exactamente quien eres tú. Y para Irvine Welsh, la sátira es la mejor forma de verdad.
Lucy Brennan es entrenadora personal en Miami, una ciudad donde conviven los cuerpos más esculturales con los más obesos del planeta. No parece haber un término medio, todos parecen estar siempre en constante cambio, adelgazando o engordando. Lucy tiene todo muy claro en la vida: Quiere hacer deporte, comer sano, progresar en la vida y follarse todo lo que le apetezca sin hacer caso a más reglas que las propios. Pero su vida se verá alterada cuando un día se encuentra en medio de un altercado en un puente elevado y se ve obligada a desarmar a un pistolero que persigue a dos personas. ¿Con qué armas? Tu cuerpo se convierte en un arma cuando estás de verdad en forma. La aventura es grabada por Lena, una artista con obesidad, que filtrará la cinta a unos medios de comunicación que rápidamente alzaran a la entrenadora personal a sus altares de heroísmo. Le ofrecerán un programa de televisión, ser imagen de marcas y toda la fama que pueda soportar. Pero todo esto se desvanecerá cuando se descubra la identidad de agresor y veamos lo rápido que se puede pasar de heroína a villana en una ciudad de polos opuestos. La chica que grabó el video, Lena, contratará a Lucy como su entrenadora para perder unos cuantos kilos y ella le someterá a un plan de entrenamiento mucho más allá de lo que habría imaginado. Un plan que puede llevarlas a las dos al desastre.
Todo parece extremo en este libro. Las aplicaciones móviles que te permiten contar las calorías de tu día a día, los precios o materiales de las obras de arte, el entrenamiento físico como forma de vida o las relaciones sexuales como forma de desahogo. Y la voz de Lucy, esa primera persona en la que encontramos ecos de Edimburgo, de esa rudeza y sinceridad brutal envueltas esta vez con el más precioso de los papeles de regalo. La vida sexual de las gemelas siamesas nos devuelve a un Irvine Welsh perfectamente ubicado e informado, con el mismo nivel de acidez y sátira de sus mejores tiempos. Porque se puede entrenar tu cuerpo, como Lucy Brennan, o afilar tu mente, como Irvine Welsh, por quien no pasan los años. Porque en este libro nos demuestra que puedes irte de Escocia y al mismo tiempo llevarla siempre contigo.

miércoles, marzo 30, 2016

Julio Cortázar, Miguel Dalmau


Edhasa, Barcelona, 2015. 640 pp. 24 €

Pedro Pujante

La vida del escritor Julio Cortázar (1914-1984) es una de esas peripecias que bien merecen una biografía. No es la primera vez que alguien se acerca a radiografiar a este cronopio universal, a este argentino internacional que construyó un mundo literario fantástico propio, caleidoscópico y abierto al mundo pero sin renunciar a sus orígenes porteños, a su idiosincrasia latinoamericana y al final de su trayecto vital, comprometido políticamente con Cuba y Nicaragua.
Sí, parece que ya todo está dicho acerca del autor de Los premios. Sin embargo, merece la pena recorrer una vez más, esta vez de la mano de Miguel Dalmau (Barcelona, 1957), la vida azarosa de Julio Cortázar. Porque, sí, sabemos muchos detalles de su vida y de su ingente obra, de sus itinerarios políticos, de su migración voluntaria a París, de sus amistades más notables, amores o de sus afinidades literarias. Así que la pregunta oportuna sería, ¿qué aporta esta nueva biografía de Cortázar? Dalmau ha conseguido erigir una estampa fidedigna y exhaustiva pero a la vez salpicada de interesantes indagaciones, a través de su propia obra.
Ha sabido hilvanar con maestría el dato objetivo con la observación minuciosa y personal del biografiado. Atendiendo, no solo a documentación, cartas, diarios y estudios previos. También, y esto es lo más interesante, se ha permitido extraer conclusiones de sus propios cuentos y novelas, y avanzar un paso más en el ensayo biográfico. Esta suerte de concatenación de datos reales y conjeturas mediadas por la interpretación literaria, hacen que la lectura de este último Cortázar se trasmute en una suerte de enciclopedia interior, una biografía íntima de uno de los mayores escritores del siglo XX.
Además, el libro es exhaustivo y realiza un viaje completo, jalonado por los hechos físicos, libros publicados y anécdotas más recónditas. Parte desde sus orígenes en Argentina, sus primeros trabajos como docente, la asfixia del artista adolescente en un medio inhóspito y su deseo de volar lejos, a París, a la ciudad que lo adoptaría y que se convertiría en uno de los escenarios más transitados de su obra. La llegada de la fama, el reconocimiento, el acontecimiento Rayuela. Sus últimos años, sus viajes, sus amistades, sus enfermedades… Cortázar y sus miedos, Cortázar y el alcohol, Cortázar y el jazz. Cortázar, un hombre complejo que acusaba una enfermiza relación materno-filial, terrores, ausencias, preocupaciones cotidianas…
Dalmau demuestra ser un escritor total, porque no solo se ha limitado a reseña episodios más o menos interesantes del escritor Julio Cortázar. También ha conseguido trasladar al papel un retrato interior del hombre, sus miedos y sus fobias, sus amores más secretos, sus secretos más inconfesables, sus sueños más intensos, sus debilidades y sus ambigüedades.
Este libro es delicioso, está escrito con solvencia y su prosa cautiva, avanza sin didactismos y en un equilibrio perfecto entre la erudición y la belleza formal. Es un libro necesario para los amantes de Cortázar. Es una guía que complementa su bibliografía, y que ayuda a comprender, si no el alcance de un genio y la profundidad de una obra sólida y total (en realidad una obra literaria no necesita explicación, se ha de bastar por sí misma), sí al menos la trayectoria vital y experiencial de una de las figuras más relevantes del siglo XX, que además resultó ser un hombre de carne y hueso, que supo, a pesar de erigirse como un dios literario, mantenerse aferrado a su mundo a través de su única arma, su arma secreta: la palabra.
¿Quién fue la Maga? ¿Cómo se construyó el escritor Cortázar? ¿Qué realidad y que traumas se esconden tras su obra fantástica? ¿Quién es ese hombre delgado que escribió Rayuela y que tradujo a Poe, que reinventó una nueva forma de hacer literatura y que creó una legión de cronopios? ¿Qué extraña relación tuvo con su hermana, con su madre? ¿A quién amó? ¿Qué significó realmente la literatura para él? Estas y más respuestas las hallará el curioso lector entre las páginas de este libro.

lunes, marzo 28, 2016

Cult movies. Películas para la penumbra, Vicente Muñoz Álvarez


Excodra, Madrid, 2015. 182 pp. 15,90 €

Miguel Baquero

En el año 2011, la editorial Eutelequia sacó a las librerías Cult movies. Películas para llevarse al infierno, un libro donde el escritor y poeta leonés — una de las voces más destacadas, si no la principal, del underground español—, Vicente Muñoz Álvarez (Leon, 1966) seleccionaba un centenar de películas que, para él, resultaban de inexcusable “visionado”, o quizás “videado”, por utilizar su expresión, ya que la mayoría de ellas no se proyectan regularmente en cines ni en televisiones, y para poder verlas hacía falta muchas veces un esfuerzo de rastreo y casi de investigación policial para conseguir hacerse con una copia, a pesar de los inmensos almacenes que uno puede encontrar en la Red. Pero en todos los casos de aquel libro, el esfuerzo merecía la pena y el fruto era encontrarse frente a una película distinta, extraña, inquietante, salvaje…
Vaya por delante que las películas que Vicente Muñoz recomendaba en aquel libro, al igual que las que recomienda ahora en este que acaba de aparecer, Películas para la penumbra, no están significadas seguramente por su calidad técnica, o por su excelente argumento, o por la magnífica interpretación de sus actores. A veces también, pero en todo caso no se trata de películas recomendables “al uso”, sino de películas que destacan y a las que se les rinde culto (tomo palabras del prólogo): «por lo crítico, lo atípico, lo raro, lo grotesco, lo perverso, lo incómodo, lo hiriente, lo hipnótico, lo arrebatador». Películas, en resumen, que despojan al cine de ese papel que muchas veces quiere dársele de mero vehículo de ocio y entretenimiento y le devuelve esa otra función, que para muchos directores y espectadores es la idónea, que es servir para expresar lo que quizás no podría expresarse de otro modo, el mundo de las pesadillas, de lo inefable, de lo oscuro…
Este es el factor común de las 132 películas ahora seleccionadas y por lo que son, o merecen ser tenidas, como películas de culto. En la mayoría de los casos se trata de filmes marginales, proyectados en círculos minoritarios o que han tenido un efímero paso por las salas, pero nos encontramos también con películas que, pese a todo, podrían calificarse de exitosas, incluso de comerciales, como Moby Dick, de John Huston, o varias películas de Polanski, que se distinguen, en último caso, de las películas digamos “corrientes” por buscar un planteamiento distinto, original, insólito y hasta contrario a lo establecido.
Son películas que buscan retratar lados oscuros, comportamientos febriles, aspectos morbosos. El recopilador de ellas, Vicente Muñoz Álvarez, se manifiesta en muchas páginas del libro amante de lo grotesco, de lo truculento, de lo escalofriante, y declara su pasión por el fantaterror, las historias vampíricas y de ultratumba, así como por la psicodelia y los comportamientos alterados, pero en su selección hay películas como Harold y Maude, de Hal Ashby, o la impresionante Atlantic City, de Louis Malle, donde la cuerda de lo habitual se rompe por el lado de lo tierno y humano. También en cintas como ¿Qué fue de Baby Jane?, de Robert Aldrich, donde las más brutales pasiones humanas son suficientes para trasladarnos a esa realidad inquietante.
El periodo que Vicente Muñoz Álvarez cubre es prácticamente toda la historia del cine, desde los años 20, con Las manos de Orlac, de Karl Freund, hasta la muy reciente Searching for a sugar man, de Malik Bendjelloul. Por el camino, todo un conjunto de filmes dignos de culto, y la especial predilección del autor por el “giallo” italiano y, recientemente descubierta, por el cine de terror mexicano de los años 60.
En su nómina de películas y autores hay también un apartado, y no de los más pequeños, para los cineastas españolas, entre los que destaca a Carlos Saura, algunas de cuyas películas ya registró en el libro anterior, y otras como Cría cuervos o Elisa, vida mía incluye en esta selección. Desde Fata morgana, de Vicente Aranda, a Morbo, de Gonzalo Suárez, pasando por El extraño viaje, de Fernando Fernán-Gómez, Mi querida señorita, de Armiñán, y varios filmes en los que interviene el gran José Luis López Vázquez, el autor hace mención de, al menos, una decena de películas españolas dignas de figurar entre las más auténticas.
En resumen, un libro necesario para el cinéfilo o para quien considere el cine como un arte con todas sus consecuencias y no como un simple pasatiempo comercial. Pues como tal arte, debe buscar una forma de expresar lo turbador y lo conmovedor. A estos, sin duda, les resultará de mucha utilidad este listado de películas, como manera de guiarse en medio de la avalancha de filmes insustanciales, películas de temporada o proyecciones simplemente vacías.

viernes, marzo 25, 2016

Cronomoto, Kurt Vonnegut


Trad. Carlos Gardini. Malpaso, Barcelona, 2015. 240 pp. 19 €

José Morella

«Que alguien me pegue un tiro mientras soy feliz», escribe Kurt Vonnegut en Cronomoto. A Vonnegut le cuesta horrores la felicidad, pero la ha vivido y la recuerda. Ha disfrutado de una una vida digna de vivirse (sólo el 17% del a población mundial, según sus cálculos, puede decir lo mismo) y al mismo tiempo ha sufrido una tristeza congénita: «Soy un monopolar depresivo que desciende de monopolares depresivos. Por eso escribo tan bien».
En Cronomoto ya está Vonnegut un poco de vuelta de todo, bastante mayor y, según él mismo confiesa, sin mucha energía para escribir. Hace, pues, lo siguiente: abandona una novela en la que lleva diez años escribiendo y la refríe. Se pone a meter tijeretazos y la transforma en otra cosa. De ese modo, lo que leemos aquí -llamémosle novela o como nos dé la gana- es algo tan simple como el señor Vonnegut contándonos su novela no escrita como quien te cuenta una peli tras salir del cine. La explicación está trufada, además, de cualquier otra cosa: su juventud, su abuelos y sus tíos, sus ideas, sus exmujeres, sus hijos, sus reflexiones, sus asombros, sus lecciones aprendidas, sus manías, sus confesiones, su madre suicida o su amor por el socialismo. Se relaja y, en suma, se lo pasa de fábula. Y nosotros también leyéndolo.
Lo que pasaba en la novela inacabada era lo siguiente: el 13 de febrero de 2001 un terremoto de tiempo azota el universo, empujando a todos los seres diez años atrás, hasta el 17 de febrero de 1991. Durante esos diez años se da "la resposición". Todo el mundo repite exactamente sus últimos diez años sin poder cambiar nada. Se vive sin voluntad propia. No puedes "salvar tu propia vida o la de un ser querido si no lo habías hecho la primera vez". En 2001, cuando concluyen los efectos del seísmo, volvemos a tener libre albedrío. Pero es difícil volver a usarlo por la falta de costumbre. El raro héroe que está allí para ayudar a la humanidad es, cómo no, Kilgore Trout, el escritor vagabundo de ciencia ficción que goza más de destruir sus cuentos que de publicarlos y que todos los lectores de Vonnegut conocen de otras novelas suyas.
El libro está escrito en viñetas, y por lo tanto hay que leerlo como un cómic. Vonnegut es el mismo de siempre, pero algo cansado. Va más suelto. Eso nos da cosas y nos las quita. La trama importa poco, se derrite en nuestros ojos. Lo que se dice entremedio de la trama es lo que importa. Este libro es un cómic-conferencia, una tarde en un bar con un hombre muy rápido de mente, con la guardia muy baja y, sobre todo, muy tierno. Vonnegut se pasó toda la vida escribiendo libros para decirnos que los humanos somos tiernos, y que todos los problemas del mundo -las bombas en Hiroshima y Nagasaki- se producen cuando nos olvidamos de nuestra propia ternura. Y nuestra ternura está inevitablemente mezclada con el humor y la amabilidad hacia nosotros mismos. Escribir es para Vonnegut trabajar sin descanso para hacer libros que nos hagan reír y que nos recuerden en qué consiste ser humanos, puesto que lo olvidamos constantemente. Se trata de ser subversivo a base de dulzura. La única manera, en mi humilde opinión, en que podemos ser subversivos sin reproducir los patrones inconscientes de agresión y dominación de los que adoran ser poderosos. Todos los subversivos que han alcanzado puestos de poder y han logrado mejorar el mundo lo han hecho desde ese corazón roto y tierno que sabe reírse de sí mismo. Stalin, eso Vonnegut lo sabía muy bien, no tenía el más mínimo sentido del humor.
Vonnegut fue un socialista hasta el fin de sus días. Cita, una vez más, a Eugene Debs: «Mientras haya una clase baja, perteneceré a ella. Mientras haya delincuencia, seré parte de ella. Mientras haya un alma en prisión, no seré libre». Eugene Debs fue cinco veces candidato socialista a la presidencia de los Estados Unidos, y lo encerraron por echar discursos brillantes y llenos de compasión. Es el personaje sobre el que los americanos no se atreven a hacer una de esas series de televisión de calidad que hacen ahora. Heywood Broun, un famoso periodista, dijo de él: «ese viejo con los ojos encendidos cree en serio que puede haber algo parecido a una hermandad humana. Pero lo más raro no es eso: es que cuando lo tengo cerca, lo creo yo también.» A mí me parece que todos los libros de Vonnegut, del primero al último, han sido escritos para encender en los ojos de los lectores el mismo fuego que había en los de Eugene Debs.
En Cronomoto lo bueno se encuentra encerrado en multitud de cosas malas. Se habla durante paginas de gente que no quiere vivir y, sin condenar en absoluto sus suicidios o sus malas decisiones, el texto se convierte una celebración de la vida. Es desgarradora -sin que Vonnegut la escriba con desgarro- la relación con su hermana, muerta a los 41 años. Las pequeñas anécdotas que hacían esa relación auténtica. Todo lo auténtico se puede contar como algo pequeño. Si no se puede, no es auténtico. Un pariente de Vonnegut repetía la frase «si esto no es agradable, ¿qué lo es?» cada vez que la vida le sonreía. Lo sencillo es mágico. El suicidio y la alegría son dos manifestaciones palpitantes de lo mismo, del asunto extraño este de estar vivos pululando por el planeta.
De golpe, además, nos llegan sus ramalazos de inteligencia radical. No hay que desvelarlos en una reseña, pero podemos anunciarlos. ¿Qué tienen que ver Hitler y Édith Piaf? Vonnegut tiene un tremendo oído para enlazar lo que no parecía susceptible de ser enlazado. Lo caza al vuelo y nos lo pone delante de las narices.
El texto es un constante chorro de anécdotas e ideas. A mí, por ejemplo, me impactó que una de las enmiendas que el autor propone a la constitución americana sea un ritual de paso obligatorio para todos los adolescentes. Una fiesta en la que se celebrará que ya son co-responsables de lo que ocurre en la sociedad. En un mundo en la que los rituales tradicionales han sido sustituidos hace tiempo por las compras, y los templos por centros comerciales, resulta impactante la claridad y sencillez de la propuesta de Vonnegut. También introduce la idea de que el Estado haga lo posible por que a todos nos echen de menos al morir. Esto es imposible, según Vonnegut, sin familias extensas como la suya. Tener una familia extensa te salva de todo y te da sentido. Te salva de la tecnología, de la alienación, del olvido, de la depresión monopolar. El decrecimiento que nos salvará de esta monstruosidad de consumo en la que vivimos no vendrá teniendo menos hijos, sino teniendo más y dándoles todo eso que los gadgets, las compras sin pausa y el estúpido entretemiento eterno no pueden darles. La chispa en los ojos de Eugene Debs, de Kurt Vonnegut y de los cientos de miles de personas que aman sus libros.

miércoles, marzo 23, 2016

El instante de peligro, Miguel Ángel Hernández


Anagrama, Barcelona, 2015. 223 pp. 17,90 €

Ariadna G. García

Miguel Ángel Hernández asombró a los lectores con su ópera prima, Intento de escapada, novela potente que indagaba en los límites del Arte y de la perversión humana. Dos años ha tardado en publicar su segunda obra, Instante de peligro, con la que ahonda en el tema de la creación, en este caso, literaria y plástico-visual. El narrador se nos descubre como el autor de la anterior entrega, en un juego metaliterario que da coherencia al conjunto. En ambos casos, por tanto, nos encontramos con un sujeto que enuncia en primera persona; la diferencia radica en que en Intento de escapada se trataba de un narrador-testigo de las excentricidades del célebre artista social Jacobo Montes; mientras que en El instante de peligro la voz que habla sí asume el protagonismo de la historia. El comienzo de la narración promete. Martín Torres es un profesor universitario interino que carece acreditación. En su currículum lucen una novela, reseñas de libros y artículos de opinión: miles de páginas inútiles para meritar. La administración no valora la creación literaria ni la actividad crítica como méritos computables para conseguir una plaza. Valga esta queja del autor no ya sólo para la docencia superior, sino también para la secundaria. No interesan los profesores con inquietudes artísticas, de espíritu inquieto, que tengan una actitud curiosa ante la vida, que busquen donde nadie lo hace, que plasmen por escrito su visión de las cosas, que puedan resultan incontrolables. Y por eso Martín Torres tiene un pie y medio fuera de las aulas. “La universidad había dejado de ser el lugar del conocimiento para convertirse en espejo de la burocrcia”, se lamenta el protagonista, y ante semejante panorama, acepta una –más que providencial– invitación para pasar un semestre becado en el Clark Arte Institute de Williamstown. A partir de aquí, la novela acelera, o más bien, se precipita. A las siete páginas ya estamos en Massachusetts. A las veintisiete, Torres ya bromea con su compañera de proyecto sobre la posibilidad de hacerle visitas a su estudio. Demasiada velocidad. Pese a ello, hay una confesión interesante sobre la pérdida de fe de los artistas, sobre la falta de confianza en su capacidad transformadora de estado de cosas, sobre el fin de su inocencia e ingenuidad, sobre la repetición de eslóganes de izquerdas que no llevan a parte alguna. Se salvan a sí mismos, pero no mueven un centímetro el mundo, no ponen pan en la boca del hambriento, que diría la poeta Ángela Figuera. El resto del libro se centra en el desarrollo del proyecto compartido entre Torres y Anna Morelli, una artista que trabaja el tema de la memoria a partir del borrado de imágenes en películas antiguas; que trata de encontrarse en los demás, porque ignora quién es. Sazona el argumento la aparición de un amante ocasional de ella y el enfrentamiento de él con su pasado, pues en aquel mismo lugar matuvo una relación con una artista casada, a quien dirige la novela, Sophie. Buena parte del libro, la más tediosa, describe la biblio-filmografía que utiliza Torres para inspirar su escrito sobre las imágenes borradas de su compañera. Son páginas interesantes que, sin embargo, restan ritmo a la obra; que asemejan la novela al ensayo; que minan la fuerza del argumento del libro. El instante de peligro es una novela bien escrita pero desapasionada, sin conflictos entre los personajes cuando la historia daba para reproducirlos. Pienso en novelas como El artista del mundo flotante, donde Kazuo Ishiguro enfrenta a dos tipos de artistas (el comprometido y el evasivo) en una narración llena de empuje, de momentos climáticos, y sólo puedo lamentar que Miguel Ángel Hernández ponga su talento –que lo tiene– al servicio de una literatura erudita que evita la dialéctica, la tensión entre caracteres o los momentos de crisis, y que opta por el dicurso teórico en detrimento de la acción. Una lástima porque Intento de escapada es una muy buena novela, que quizás, ha puesto al escritor el listón muy alto. Habrá que estar atentos a la próxima.

lunes, marzo 21, 2016

Solo con invitación: Que se enteren las raíces, Fernando García Maroto


Triskel Ediciones, Sevilla, 2015. 226 pp. 13 €

Fernando Sánchez Calvo

Lezna quiere venganza. Odia a su mujer y su mujer lo odia a él. Esto no sería un problema si no fuera porque además Elisa ha encontrado a alguien más joven que su marido para disfrutar de la pasión que con él no ha podido encontrar. El alcance social de este hecho, a pesar de que nuestro protagonista es un convencido misántropo, le hiere el orgullo. Suficiente para que Lezna desee que Elisa desaparezca del mapa. Sólo hay un problema: no puede o no se atreve a ejecutar su plan. Es entonces cuando aparece Rengo, escritor con más defectos morales incluso que físicos y que acepta el encargo de asesinar a Elisa no se sabe si por dinero, por proporcionarle a su estática vida un chute de acción o por las dos cosas. A partir de esta premisa, los pensamientos de uno y las acciones del otro se alternarán en capítulos paralelos que diseccionan, con precisión de bisturí, los preparativos de dicho asesinato así como reflexiones varias sobre la soledad, el oficio de escritor, la descomposición de las relaciones de pareja, entre otras.
Éste es el argumento de Que se enteren las raíces, cuarta novela publicada del escritor madrileño, esta vez con un sello sevillano, Triskel Ediciones. Argumento sencillo, eficaz, directo, de los que te ganan por KO. Justo lo contrario del estilo cada vez más personal de Fernando García Maroto: moroso, deliciosamente escurridizo, anfibio que va del ensayo a la narración y viceversa y que, para colmo, acude al mejor poeta español del siglo XX, Federico García Lorca, para robarle uno de sus versos y plantarlo como poderoso título de la obra. Fernando no tiene prisa. Sabe como el brazo ejecutor de Lezna, Rengo, que el final va a llegar, y en eso se nota su madurez como prosista. No va a regalar un final impactante (o sí), sino que va a preparar el camino cuidadosamente. ¿Qué importa que asesine o no a su mujer si todas las novelas sobre las que sobrevuela la venganza sólo ofrecen dos obvias soluciones? Lo que importa es el camino, investigar en el origen, saber cómo empezó esta historia de odios, destapar la sesera de Lezna, de Rengo, de Elisa, de Verónica, y ver qué hay dentro de los cerebros de estos personajes que, de tan humanos y redondos, asustan. ¿Cómo llega uno a querer desear la muerte de su propia mujer? ¿Cómo es la vida del otro para aceptar un encargo así? Ahí está el interés de la novela: en la búsqueda del principio del todo, sin desmerecer el final.
Que se enteren las raíces es la mejor novela de Fernando García Maroto. O al menos la que ha conseguido un mayor equilibrio entre arquitectura y contenido. El mimo con el que además se ha elegido cada palabra, lo eleva a la categoría de un orfebre sin florituras gratuitas que justifica cada cambio de ritmo, cada ironía, cada pensamiento. Nada sobra. Todo en esta novela es necesario.


Fernando G. Maroto: "Escribir es una compulsión"


La geografía de los días (2007), La distancia entre dos puntos (2009), Los apartados (2012), La vida calcada (2013), y ahora Que se enteren las raíces (2015). Fernando García Maroto es un narrador directamente lanzado que además está pudiendo disfrutar de una relación agraciada con pequeños sellos editoriales de nuestro país. Después y antes de su nueva inmersión en el relato, hablaremos con él, dos años después, de su última novela, de su evolución como escritor, de sus miedos y lecturas y de sus proyectos de futuro. Aviso a navegantes: viene más nihilista que nunca.

Dejémonos de prolegómenos y vayamos al meollo de la cuestión: ¿usted es más de Rengo o de Lezna? No se me salga por la tangente y me vaya a decir que de Vogler.
—Difícil elección, porque, sin recurrir deliberadamente a ningún aspecto biográfico, hay algo de mí en ambos personajes. Inevitablemente el autor, quiera o no, consciente o inconscientemente, se cuela un poco en la existencia de sus criaturas. No puedo decir que uno de ellos sea mi favorito, o que reniegue de uno en detrimento del otro, pero desde luego la identificación más acertada sería con Lezna: un individuo absolutamente reflexivo, maniático hasta alcanzar cotas desproporcionadas, un punto pesimista y otro punto insatisfecho con el mundo que le rodea. No es una imagen muy alentadora, pero hace justicia y es la más cercana a la realidad. En mi caso, no es que yo aspire a alcanzar los atributos o los defectos de mis personajes, sino que fatalmente ya los tengo. 


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viernes, marzo 18, 2016

Seré duda, Andrés Trapiello


Pre-Textos, Valencia, 2015. 728 pp. 35 €

Bruno Marcos

Es difícil para quien siga las letras actuales ignorar lo que es, seguramente, uno de los fenómenos literarios más singulares de los que se están produciendo en nuestros días, la escritura de Salón de Pasos Perdidos de Andrés Trapiello. Diecinueve entregas van de un diario personal que superan, muchas de ellas, las setecientas páginas ampliamente y que se iniciaron con la del año 1987. Alcanza esta "novela en marcha" las nueve mil novecientas cuatro páginas por ahora, según las cuentas que le salen al autor. Trapiello se duele en esos mismos diarios del prejuicio generalizado hacia lo prolífico que acaso menoscabe siempre el trabajo y el esfuerzo para ponderar lo escuálido, no se sabe si por decantado o por arrebatado de genio pasajero.
En esta ocasión las más de setecientas páginas se inician nada menos que con seis prólogos, cosa que no ha de extrañar en un gran prologuista como es este escritor. Pudimos leer bastantes de los escritos por él, reunidos no hace mucho, en su libro titulado Vagamundos. Los temas son los de siempre en este tomo. Aparecen de nuevo las reflexiones sobre su técnica diarística que tiene la piedra angular en que el diario se escribe como un diario pero se lee como una novela. No en vano el frontispicio de estos escritos es siempre la cita de Fortunata y Jacinta de Galdós: «Por doquiera que el hombre vaya lleva consigo su novela». Así mismo aparece de nuevo el asunto de las identidades de las personas que salen representadas en el libro. El uso de iniciales y equis, en lugar de preservar el anonimato de los aludidos, supone para el autor una garantía de que lo que se cuenta es interesante al margen de que los protagonistas sean famosos o no. Ya afirmaba Andrés Trapiello, en otro libro muy recomendable, El escritor de diarios, que ni los grandes personajes ni los grandes acontecimientos producen grandes diarios sino que, más bien, los mejores resultados en este género los da la mirada del desplazado a ras de suelo. El diario para Trapiello es un hablarse a sí mismo de forma que lo escuchen los demás.
Este diario corresponde al año 2005, año que el autor pasó dando vueltas a la Península Ibérica presentando su continuación del Quijote. Se suceden en Seré duda las magníficas descripciones paisajísticas, sobre todo en su Beatus Ille de La Viñas, no exento del todo de las complicaciones humanas, los viajes a Tánger, Tetuán o Bucarest y las crónicas del Rastro. En el diario de este año recoge la muerte de su admirado Ramón Gaya y la de Haro Tecglen. Resulta, entre muchas otras cosas, interesante la visita a la Fundación Juan Ramón Jiménez, poeta preferido para este autor, que termina con la imagen romántica y espectral del ataúd de níquel del poeta, cuya faz se ve por una ventanita apreciándose aún la barba del gran poeta.
Lo que más gusta a este lector de los diarios de Trapiello es, sin duda, su humor, que nunca destaca nadie citando sólo la críticas que determinados personajes reciben de su pluma. Para un lector como este, al que el Quijote ha arrancado carcajadas, lo más cervantino de Trapiello, gran lector y hasta continuador y actualizador de Cervantes, es precisamente ese humor y esas carcajadas. Los retratos que hace, en los que sabe buscar el punto flaco a cada cosa, pintan con detalle la ridiculez de la sociedad nuestra que lo será, seguramente, más o menos como lo han sido casi todas. Los escarnecidos quizá no sean del todo como los dibuja su lápiz pero el cuadro es totalmente verosímil y si la realidad no se ajusta a la pintura es porque no está a la altura de la literatura.

miércoles, marzo 16, 2016

El relojero de Yuste. Los últimos días de Carlos V, José Antonio Ramírez Lozano


XIX Premio de Novela Ciudad de Salamanca. 
Ediciones del Viento. A Coruña. 2015. 200 pp. 17,50 €

Ignacio Sanz

En Nogales (Badajoz) la biblioteca pública lleva el nombre de José Antonio Ramírez Lozano. ¿Pero quién se esconde detrás de Ramírez Lozano? Pues, en pocas palabras, detrás de tal nombre se agazapa un escritor con una vastísima obra a sus espaldas que, pese a todo, no deja de ser un escritor periférico o, si se quiere, poco visible.
Y esto es lo paradójico en un poeta, narrador y escritor de libros infantiles que ha conseguido los más prestigiosos premios en los tres géneros literarios. El relojero de Yuste se alzó con el XIX Premio de Novela Ciudad de Salamanca. La historia, como apunta el título se desarrolla en La Vera extremeña de la que se ha dicho mil veces que es un paraíso y allí, primero en Jarandilla y después en Yuste, muy cerca de Cuacos, envejecido por los zurres de la vida, va a pasar sus últimos días el emperador Carlos V, tras tanto batallar. La presencia de tan augusta figura suscita intrigas y expectativas de todo tipo, tanto entre los frailes jerónimos que lo acogen como en la cohorte que pulula alrededor de una figura de tal calibre. De entre todos ellos, por afinidad, descuella el ingenioso Juanelo Turriano, un personaje de proyección histórica que aquí vemos entregado a la fabricación de relojes, una de las pasiones del rey. La complicidad que se establece entre ambos suscita recelos y envidias entre los frailes que llegan a acusar a Turriano de calvinista. Incluso proyectan sombras de dudas sobre el propio emperador que tanto ha combatido a los nuevos herejes. Pero la gran metáfora y uno de los resortes poéticos de la novela estriba en la fabricación de un reloj especial que acompasa su tictac con los latidos del emperador, de tal manera que se crea un paralelismo entre ambos. Y cuando se pone en peligro al reloj, la que empieza a peligrar es la vida quebradiza del propio emperador.
Por lo demás la novela no sólo está magníficamente documentada, tanto en vestimenta, paisajes, costumbres y, sobre todo, en comidas y bebidas. A tal respecto resulta curiosa la controversia que se suscita la apasionada inclinación de Carlos V por la cerveza con el consiguiente desdén hacia el vino. Todo ello da lugar, entre los frailes que combaten esas veleidades, a una divertida batería de argumentos teológicos. Pero donde la novela muestra su mayor fortaleza es en el lenguaje. Da la sensación de que el autor se hubiera pasado años y años inmerso en los clásicos de la época para traernos el regusto del castellano antiguo sin que ello suponga un freno en la fluidez narrativa. Al respecto, al menos este lector, tuvo la sensación de estar leyendo a un hijo legítimo de Cervantes.
En fin, y para ir concluyendo, que quién guste de las novelas históricas, no debiera perderse esta obra de Ramírez Lozano para conocer, no tanto la verdad como el aroma vital que en Yuste pudo respirarse. A veces incluso con licencias audaces, como el encuentro que el emperador mantiene con un fiero personaje femenino salido directamente de lo más truculento del romancero.

lunes, marzo 14, 2016

El acero y la seda, José Abad


Ilust. José Ruanco. Traspiés, Granada, 2015. 96 pp. 12,80 €

Miguel Sanfeliu

José Abad es un escritor granadino quizá más conocido por su faceta de ensayista, pese a que tiene publicadas dos novelas y un libro de relatos. Ahora, en la colección Vagamundos de la editorial Traspiés publica El acero y la seda, un volumen en el que se reúnen cuatro relatos ambientados en el Japón ancestral de los samuráis y las grandes batallas. El libro está bellamente ilustrado por José Ruanco. En estas historias nos encontramos con el Japón milenario plagado de leyendas y magia, de sucesos sobrenaturales, de épica y lances de honor, una tradición literaria no demasiado arraigada en nuestra literatura pero que, de alguna manera, apunta a nuestro corazón y nos llega muy profundo, con una carga emotiva que pareciera apuntar a algún lazo ancestral que ignorara la gran distancia y diferencia cultural que nos separa.
Me ha llamado la atención la riqueza del lenguaje y la precisión de las descripciones, así como el ritmo pausado de la narración, que acrecienta el carácter misterioso de la misma. El placer de la lectura, el gusto de esas leyendas que conectan con nuestros más atávicos miedos, ha conseguido sumirme en una ensoñación que me ha transportado a mi juventud, cuando descubría con asombro el poder de traslación de la literatura.
La indagación en la historia para averiguar cuándo comenzó la enemistad entre los clanes Azuma y Kasuga, germen de "Holocausto", el primer relato, en el que se plantea si debe uno cumplir su palabra aun cuando las circunstancias señalen lo contrario, sienta las bases de este libro. No creo que sea vano que finalice con la frase «Los caminos del escritor y el lector están destinados a encontrarse». Esa persecución sin fin en el cuento "Kagemusha", con la precisa descripción del paisaje y, sobre todo, con la potente imagen de esa cueva que ofrece un refugio seguro en una noche de tormenta, y en cuya entrada parece verse la silueta de un guerrero montado a caballo, un guerrero que parece ser el mismo protagonista, está contada de un modo admirable.
La sobrenatural historia de "El vuelo incierto de la libélula, el vuelo inquieto del gorrión" consigue mantenerte en un suspense tenso, mientras pasan los años y esperamos el desenlace de ese reencuentro entre unos amantes que esperan volver a abrazarse a pesar de la muerte, venciendo al tiempo y al destino.
El destino es sin duda el protagonista principal de este libro. Me gusta mucho la frase «el azar sólo es la máscara que usa el destino para salirnos al paso», del último cuento, el titulado "Un cerezo en flor y un charco de sangre", en el que queda claro que el desenlace es lo de menos, que lo importante es que estaba escrito y que "al abrir un libro, el lector debe estar dispuesto a correr ciertos riesgos".
Y yo animo a que corran el riesgo de abrir este libro y dejarse seducir por estas historias que consiguen activar ese imaginario en el que nos vemos como supervivientes en mitad de un bosque en cuyas sombras acechan los peligros.

viernes, marzo 11, 2016

Nueva York: Historias de dos ciudades, VV.AA.


Trad. Magdalena Palmer. Nórdica, Madrid, 2015. 406 pp. 23 €

Ángeles Prieto Barba

El gran autor de libros de viajes Paul Theroux asegura en su entrega más reciente sobre África, El último tren a la zona verde, que no es posible entender una ciudad visitando solo su centro y que para conocerla bien, hay que acudir a su periferia. Por eso, mientras viajaba hace unos días a Nueva York, teniendo justo al lado a otra persona que leía precisamente este libro de relatos que os presento, pensaba en ello. Ya que iba como turista por primera vez, pero con el propósito de visitar no solo los enclaves más famosos de Manhattan (Times Square, la estatua de la Libertad, el Rockefeller Center, el MET, Central Park, el Empire State), los que todos hemos conocido in situ o por películas, sino también para contemplar la zona concreta donde viven mis amigos en Brooklyn. A toro pasado, creo que fue una decisión sabia. Se trataba de un primer contacto, y esa mezcla de constante bullicio comercial, de prisas, semáforos, metro y nervios, con las grandes zonas de relax y esparcimiento que la parte más amable de Brooklyn proporciona, me resultó muy grata. Porque en Nueva York se vive y se debe vivir con salud, tranquilidad y comodidad,  al margen de ese fastuoso escaparate que para el resto del Mundo hoy es Manhattan.  No pisé, sin embargo, el sur de Bronx, zona residencial donde los ingresos suelen ser muy bajos, la delincuencia permanente y la infravivienda, mal común. Para cubrir esa laguna, está este libro.  
De esta cuestión tan concreta, Nueva York y sus enormes desigualdades sociales, trata esta antología temática curiosa, original y muy dispar en sus entregas. Ya que en ella podemos encontrar autores prestigiosos, traducidos y conocidos por el lector español (Zadie Smith o Junot Díaz), frente a aportaciones de periodistas sin libro publicado o la redacción de una chica de quince años. Del mismo modo, tampoco podemos calificarla como libro de relatos, ya que recoge textos autobiográficos, ensayos, poemas y hasta un curioso noticiero twitter de sucesos neoyorquinos ocurridos en la lejana fecha de 1912, que por cierto produce seguros escalofríos. Y lo que más nos puede llamar la atención, como bien señala Antonio Muñoz Molina en el prólogo, es que las mejores aportaciones no provienen precisamente de las firmas más renombradas.
Una cuestión candente se convierte en la principal protagonista del libro, el tema más repetido: el precio de la vivienda neoyorquina, cuyos alquileres han subido espectacularmente en los últimos diez años, originando con ello una enorme bolsa de pobreza que se demuestra en esas 58.000 personas que duermen en centros de acogida, siendo la mitad de ellos, niños. Esto ha dado lugar a un fenómeno conocido como gentrificación (de gentrification, en inglés), por el cual barrios desfavorecidos han ido renovándose, desplazando con ello a sus habitantes originarios, que no tienen donde alojarse ahora, puesto que los salarios de los trabajadores no han crecido en la misma proporción. Solo los ingresos de los financieros y especuladores en bolsa se han elevado, haciendo desaparecer rápidamente lo que conocemos como clase media. De hecho, el título del libro no proviene de ningún escritor, la comparación con la novela de Charles Dickens la estableció el actual alcalde Bill de Blasio, el primer demócrata en ocupar el sillón del consistorio tras veinte años de mandatos republicanos, prometiendo la construcción de viviendas más asequibles. Y que aún se están esperando.  
Por esta razón precisa estamos ante un libro muy atractivo no solo para todos aquellos aficionados a la literatura, sino también para quien pretenda enterarse o concienciarse de los problemas sociales más acuciantes y, por supuesto, para quiénes pretendan tomarle el pulso verdadero a esta espléndida ciudad de rascacielos inmensos y ratas en el metro, de escaparates lujosos y camas de cartón, de espectáculos fascinantes en Broadway y comida basura. Porque nos guste o no Nueva York, para el resto del Mundo, sigue siendo su mejor espejo.

miércoles, marzo 09, 2016

El reverso de los demás, Kaouther Adimi


Trad. Aloma Rodríguez. Xordica, Zaragoza, 2015. 96 pp. 11,95 €

Ana Gamero Escudero

El reverso de los demás le ha merecido a Kaouther Adimi, una joven argelina de 30 años, varios premios, como el FELIV (Festival Internacional de la literatura del libro juvenil de Argel) en 2008 y el Premio Vocación en 2011. Esta joven promesa de la literatura francófona narra con tono melancólico un día en la vida de nueve habitantes de un barrio obrero de clase media, más bien baja, de Argel. Esta polifonía de voces se suceden desde la madrugada hasta la tarde de un día cualquiera, y nos cuentan los problemas y dificultades a los que se enfrentan los personajes en forma de monólogos interiores. Cada capítulo está narrado por una persona distinta: los protagonistas, que son los hermanos Adel y Yasmine, su madre, su hermana mayor Sarah, el marido y la hija de esta, Hamza y Mouna (que viven todos, los seis, bajo el mismo techo), y los vecinos, Kamel, Tarek y Hadj Youssef.
Resulta muy interesante la oportunidad que nos brinda este libro de acercarnos a la realidad contemporánea de Argelia, donde conviven varias culturas con sus diferentes ideologías, y poder observar como la más numerosa, la cultura árabe, ha sabido adaptarse (o no) al siglo veintiuno. Sorprende, desde el desconocimiento sobre este país que puede tener el público español, poder identificarse tanto con los jóvenes argelinos y descubrir que su panorama económico y social no es muy diferente al que tenemos ahora en España, sino más bien todo lo contrario: sueños rotos, emigración, desempleo, vandalismo, la lucha moral entre resignarse o luchar, irse o quedarse, tirar la toalla o tener la esperanza de que algún día se acaben las injusticias y las limitaciones. Además, los tres personajes femeninos que aparecen en el libro tienen mucha fuerza y, aunque son muy diferentes, intentan, cada una a su manera, huir del limitado papel que la sociedad musulmana les ha otorgado tradicionalmente y sueñan con un futuro mejor que, tristemente, puede que nunca llegue. Desde luego, Kaouther Adimi ha dado con todos los ingredientes para crear una interesante novela juvenil, donde encontramos diferentes perfiles de antihéroes y personajes sin rumbo que, además, representan minorías y clases desfavorecidas. Sin embargo, este libro va un paso más allá y nos provoca una sensación amarga y una reflexión profunda desde la primera página que, sin duda, no nos deja indiferentes.
Lo que interesa de la novela es el monólogo interior de los personajes, que casi no hablan los unos con los otros, y que buscan ocultar lo que verdaderamente piensan y sienten. No obstante, creo que en algunos casos no han estado del todo logradas estas voces narrativas y no sé si es un problema de expresión de la autora o de traducción del francés al español. Tal vez las narraciones se podían haber distinguido un poco más para hacer más evidentes los contrastes entre hombres y mujeres, jóvenes y mayores. Además, todos y cada uno de los personajes son muy interesantes y tienen mucha fuerza pero, al tratarse de una novela corta, casi un relato, están poco desarrollados y solo se nos presentan pinceladas de cada una de sus personalidades, lo que hace que nos quedemos con ganas de más.
En general, obviando estos problemas de expresión, El reverso de los demás es un libro que ha sabido experimentar con la forma y el stream of conciousness, que empezaron a utilizar grandes autores modernistas como Joyce y Woolf, para trasladarnos a un país cuya literatura contemporánea, sobre todo la escrita por mujeres (que hace muy poco que vienen abriéndose camino en este campo, y en muchos otros), necesita más reconocimiento. La autora ha querido llegar a ese “reverso”, desvelar la verdad individual sin filtros ni normas para contar la historia de una generación perdida, que, por desgracia, si miramos a nuestro alrededor, está más cerca de lo que creemos.