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viernes, junio 09, 2017

Tiene que ser aquí, Maggie O’Farrell


Trad. Concha Cardeñoso Sáenz de Miera
Libros del Asteroide, Barcelona, 2017. 470 pp. 23,95 €

Care Santos

Lo primero que hay que advertir a quienes crean haber hecho el descubrimiento literario de la década es que Maggie O’Farrell ya tenía dos novelas traducidas al castellano, ambas publicados por Salamandra, ambas tanto o más recomendables que ésta: La extraña desaparición de Esme Lennox e Instrucciones para una ola de calor. Las inercias, a menudo incomprensibles, del mercado editorial, resultan en rápidos olvidos y también en súbitos encuentros. Sea como sea, es ahora Libros del asteroide quien nos devuelve a esta novelista irlandesa de 45 años, y lo hace con una novela poderosa y de calado, acaso algo más ambiciosa que las anteriores —a las que ya no les faltaba ambición— que en los pocos meses que lleva en el mercado se ha convertido en una de esas recomendaciones que hacen en voz baja los libreros de verdad a sus clientes menos conformistas. Yo aprendí hace ya tiempo a obedecer este tipo de mandados de los libreros. Siempre me han proporcionado deslumbrantes descubrimientos, Maggie O’Farrell ha sido el más reciente de ellos, pero también uno de los mejores.
¿Por qué nos deslumbra una novela? No es sencillo, pero voy a aventurar una respuesta. Por su capacidad de contar verdades al mismo tiempo que construye un envolvente mundo de ficción. Entre las verdades que a mí me interesan como lectora y como ser vivo están las que hacen referencia a la condición humana, al profundo desvalimiento que sentimos las personas, a nuestra necesidad de encontrar alguien, algo, alguna parte donde ponernos a salvo; nuestra, a menudo, incapacidad profunda para lograr todo eso. De todos los modos posibles de crear mundos de ficción me interesan los formalmente complejos, elaborados. Los que se basan, no en la concatenación cronológica de acontecimientos sino en otro tipo de disposición más aleatoria, más real, tal vez más personal: la que tiene que ver con el desorden del universo y no con el orden de la irrealidad. Me interesan, creo, las ficciones que de tan desordenadas terminan por parecerse a la verdad. Y esos son los dos motivos más importantes por los que me interesan las novelas de Maggie O’Farrell.
Tiene que ser aquí narra, sobre todo, la historia de una desaparición y de un encuentro. La desaparición es la de Claudette Wells, una actriz en lo más álgido de su carrera que decide apartarse del mundo. Tiene un hijo, una madre y un amante —el padre de la criatura— que serán también personajes importantes. El encuentro es el de Claudette con Daniel Sullivan en un camino enfangado y remoto de la igualmente remota Irlanda. Comienza como un tropezón cómico, o cómico-dramático, y termina siendo el único argumento de la obra. Daniel, a su vez, tiene una madre, un padre, un hijo y una hija. Las relaciones que establece con todos ellos ofrecen varios capítulos jugosos. Las vicisitudes de la extraña pareja Daniel-Claudette, la personalidad arrebatadora de ella, el amor que se profesan y los escollos del camino hacen el resto, hasta armar un argumento envolvente que emociona como sólo lo hacen ciertos pasajes de la vida real.
Hay muchas cosas en el estilo de O’Farrell que podrían justificar la lectura de sus libros, pero añadiré solo dos: su capacidad, resaltada docenas de veces, para crear personajes verosímiles, atacados de las mismas debilidades, miedos y problemas que todos nosotros y embarcados en esa lucha de por vida. Qué brillantes y mesurados los diálogos, en ese sentido, qué imprescindibles. En segundo lugar, su habilidad para transportarnos a través de una trama que parece irrelevante pero que está surcada de cuestiones de gran calado, de principio a fin, sin resolver todos los interrogantes —¿acaso lo hace la vida?— pero ofreciéndonos las respuestas que esperamos. Maggie O’Farrel es una narradora imponente que nada tiene que envidiarle a Jonathan Franzen o a James Salter, de quienes podría ser una lejana pariente irlandesa. Una de mis novelistas favoritas desde antes de acabar esta novela y comenzar a rastrear las anteriores.
Sólo queda rogar a los editores para que nos ofrezcan más de su obra. Y conminar a los lectores a leerla sin demora.

miércoles, mayo 03, 2017

Los últimos días de Nueva París, China Miéville


Trad. Silvia Schettin Pérez
Ediciones B, Barcelona, 2017. 240 pp. 18 €

Pedro Pujante

China Miéville (Londres, 1972) es uno de los escritores de ciencia ficción y fantasía más originales y prometedores del panorama actual. Sus libros son pequeñas bombas, repletas de juegos y metáforas potentes. Cuando leí La ciudad y la ciudad me impresionó ese equilibrio perfecto entre argumento y tesis, en una ficción que rozaba lo fantástico, lo policial y lo alegórico, la construcción de una ciudad deslumbrante, el juego fronterizo de los géneros.
En Los últimos días de Nueva París vuelve a sumergirse en la construcción de arquitecturas espectrales para ambientar una ucronía bélica que va más allá de la propia realidad en un París onírico. De hecho, la historia es una explotación del universo surrealista, experimento que Miéville ha llevado hasta los límites.
Sitúa a sus personajes en dos historias paralelas, con dos cronologías que se intercalan: 1950 y 1941. Una supuesta ¿Segunda Guerra Mundial? en la que ha estallado la Bomba S. Este hecho ha desatado las fuerzas surrealistas, el imaginario de los artistas surrealistas ha traspasado las fronteras de la realidad y lo poético para materializarse en formas tangibles, terribles monstruos multiformes llamados “manifs”. Además, los nazis han abierto las puertas del infierno y han liberado fuerzas demoníacas. Los monstruos surrealistas e infernales pasean sus extrañas fisionomías por una París sombría.
La novela sería la narración de un combate bélico, entre militares y revolucionarios, si no fuese porque Miéville ha incorporado estas extrañas figuras que emergen de los versos de Éluard o Aragón, o las pinturas monstruosas de Dalí o Tanguy. La proliferación de imágenes es excesiva y recurrente. El autor ha incorporado al final de la novela, una lista con las referencias y sus debidas explicaciones.
Hay que reconocer la grandiosa imaginación de Miéville. El impacto visual, el correlato artístico de esta novela es abrumador. No obstante, el ritmo narrativo se ha descuidado, se ha abusado del fragmentarismo, haciendo que el excesivo conceptualismo lastre un argumento que a menudo se nos antoja hermético.
China Miéville ha trazado la hoja de ruta para un gran libro, pero le ha faltado desarrollo. Las ideas son geniales, la prosa del autor británico es más que solvente y su imaginación inigualable. No obstante, en esta novela echamos de menos que la masa narrativa no haya sido aglutinada, que las historias que la integran no se hayan soldado.

viernes, abril 07, 2017

El día antes de la revolución, Ursula K. Leguin


Ilust. Arnal Ballester. Trad. Enrique Maldonado Roldán
Nórdica, Madrid, 2016. 62 pp. 18 €

Eduardo Fariña Poveda

La rara sensación de sentirse parte de un pasado al observar la realidad. Aquella en que las acciones ideológicas han contribuido a cambiarla. Una anciana mujer que no logra reflejarse en los comportamientos de los jóvenes, pero que sin su lucha ideológica tales conductas más libres no se hubieran logrado. En uno de los pasajes de este fantástico relato, la protagonista explica que nunca pudo explicar a la gente lo qué significa el coraje. La valentía y la superación de la adversidad propia de los gestores del cambio parece ser explicada como una continuación de las cosas hechas, sin detenerse «Aunque ¿Qué podía hacer una sino continuar?. ¿Existe una elección verdadera alguna vez?» (p. 30).
Ursula K. Leguin (Berkeley, California, 1929). Es una de las escritoras de ciencia ficción vivas más importante de la actualidad. Más de una veintena de títulos entre los que destacan clásicos como La mano izquierda de la oscuridad (1969) con la que ganó el Premio Hugo y el Premio Nebula y Los desposeídos: una utopía ambigua (1974) con la que volvió a ganar los dos destacados premios. De esta última novela se desprenda este relato. En la novela Los desposeídos, Laia Odo es un personaje que aparece en la novela de forma implícita ya que no se encuentra viva en el desarrollo de la novela. En el prólogo, Leguin explica que la fundadora del Odonianismo merecía aparecer en un relato, en un tiempo anterior a cuando todo el mundo construido con sus ideas se materializa.
El Odonianismo es el anarquismo. Inspirado junto con ideas feministas y taoístas, Leguin nos cuenta acerca de una sociedad que ha sido posible gracias al activismo y valentía de una mujer que crítico abiertamente las ideas libertarias del capitalismo. Estas ideas critican a un Estado autoritario, sea neoliberal o socialista de corte estalinista que coaccione de forma radical las libertades individuales. El relato está dedicado a Paul Goodman, el célebre sociólogo y activista norteamericano que junto con Noam Chomsky y Perry Anderson conformaron la New Left en los años sesenta. Además, junto con Fritz Pearls, importante desarrollador de la Terapia Gestalt, adscrita a la Psicología humanista. Los enfoques teóricos de estos movimientos son perfectamente visibles en la obra de Leguin; la armonía de la vida en las ciudades el ecologismo, la defensa de las prácticas homosexuales y bisexuales, la experimentación con el inconsciente, la política económica de comunidades autogestionadas, el antibelicismo, etc.
En este relato, reflexivo y atento a los detalles, la septuagenaria revolucionaria observa la transición de su mundo. Un día de su vida en el cuál rememora los días de lucha junto a su marido fallecido y su dificultad de adaptarse a este nuevo mundo, el cual ella ha contribuido a crear. La acción está ambientada en el planeta Urra y en la nación A-lo, la que se describe de forma detallada en Los desposeídos. La narración describe el día a día de la anciana revolucionaria. Los interiores de la casa Odoniana, con habitaciones amplias donde viven cinco jóvenes y donde se práctica la vida comunitaria. Ella, por su apoplejía, dispone de una habitación propia donde junto con su secretario, trabajan. Ella recuerda los días de su marido en prisión y observa con detalle los libros, las cartas escritas, los archivos en su escritorio. Odo admite que los cambios son lentos y graduales, mientras en la prensa se informa como una región del país Thu se rebela contra el poder central.
El día antes de la revolución es un excelente relato que nos entrega la visión de una mujer líder en el otoño de su vida, la cuál hace balances de sus recuerdos y de sus experiencias vitales. Es un prólogo para acceder a Los desposeídos y nos ayuda a internarnos en el intrigante universo ficticio de la escritora californiana. Recientemente, Leguin ha sido elegida como una de los catorce miembros de la American academy of Arts and Letters junto con escritores como Junot Díaz y Ann Patchett, lo que consolida a Leguin como una de las escritoras actuales que todo buen lector debe conocer. En el espíritu de la ciencia ficción, Jan Schrella, trasunto de Roberto Bolaño, le escribe una emotiva carta a Leguin. Describe su medioambiente casi como si fuera una casa odoniana y comunica la urgencia por escribir cartas que no llegarán a destino. Una carta con preguntas que Schrella confiesa que Ursula K. Leguin ha contestado de alguna forma con la belleza de sus libros.

lunes, abril 03, 2017

Harry Potter y el legado maldito, J.K. Rowling / Jack Thorne / John Tiffany


Trad. Gemma Rovira Ortega
Salamandra, Barcelona, 2016. 336 pp. 19 €

Maria Dolores García Pastor

Fue el libro más vendido de 2016 y no es de extrañar porque el personaje creado por J.K. Rowling tiene millones de seguidores en todo el mundo, seguidores que llevaban esperando nueva entrega desde que en 2007 se publicara Harry Potter y las reliquias de la muerte. Se suponía que ese iba a ser el título que cerrara la saga del joven mago pero, afortunadamente para sus incondicionales, ha habido más.
Se trata del guion de una obra de teatro que se representa actualmente en el West End londinense y que se estrenó en julio de 2016, en el Palace Theatre. Imposible conseguir entradas, olvídense. El libro no es la novelización de la obra sino el guion de los ensayos que está basado en la historia original de J.K. Rowling, Jack Thorne y el director John Tiffany.
La octava entrega de la saga tiene lugar diecinueve años después de la gran batalla de Hogwarts. Los protagonistas  de los siete primeros libros han crecido y ya son adultos, hace tiempo que dejaron el colegio de magia. Harry Potter trabaja en el Ministerio de Magia, se ha casado y tiene tres hijos. Uno de ellos, Albus Severus, tendrá que luchar en esta nueva aventura contra el peso de la herencia familiar. Pese a que esta vez el género no es novela sino teatro o que no es de autoría exclusiva de Rowling, el libro sigue el estilo y las reglas de los anteriores y engancha tanto como ellos, imposible dejar de leer.
Sin duda las historias de Harry Potter han supuesto todo un fenómeno editorial desde que en 1997 se publicara en el reino unido Harry Potter and the Philosopher's Stone (Harry Potter y la piedra filosofal, 1999). Las cifras que se mueven en torno a los siete primeros libros son impresionantes: cuatrocientos cincuenta millones de copias, han sido traducidos a setenta y siete idiomas y publicados en más de doscientos países. Y lo que es más impresionante, desde mi punto de vista, han conseguido que los niños dejaran los videojuegos, el fútbol o la televisión por un rato y se pusieran a leer, y que no pocos adultos disfrutáramos una barbaridad leyendo las aventuras del joven mago inglés.
Desde la eclosión del fenómeno se han llevado a cabo numerosos estudios sobre la obra de Rowling para averiguar dónde radica su éxito y de qué manera ha influido en varias generaciones de lectores. La escritora inglesa aúna en cada una de las entregas de esta saga recursos del folletín, de la novela de aventuras, de la novela gótica y de terror, de la de ciencia ficción y sus sub-ramas con algunos elementos de la novela policíaca y de suspense, consiguiendo con todo ello dar un nuevo aire a la novela fantástica. También hay grandes dosis de humor en los primeros seis libros, mientras que el séptimo es bastante más dramático que los anteriores, dando la sensación de que la madurez de las tramas ha crecido en paralelo al lector.  Harry Potter y el legado maldito, sin llegar a ser dramático, también opta por un enfoque más maduro de la historia. En cuanto a la influencia que las novelas de Harry Potter han podido ejercer sobre sus lectores, parece ser que los niños que lo leen se identifican con el protagonista y desarrollan actitudes favorables hacia los grupos minoritarios. Con todo esto sólo puedo decir, déjense llevar por la Pottermanía: disfrutarán.

viernes, marzo 17, 2017

El bosque infinito, Annie Proulx


Trad. Carlos Milla Soler
Tusquets, Barcelona, 2016. 848 pp. 23,90 €

Santiago Pajares

A pesar del título, lo que Annie Proulx nos trata de hacer entender es que el bosque no es infinito. Todo se acaba cuando el hombre, en su infinito afán de riqueza y materias primas, se empeña en destruirlo todo. Pero junto a la historia del bosque, Annie Proulx nos relata la historia de un país por nacer, Canadá, cuando todavía era una colonia europea llamada Nueva Francia. Y lo hace a través de dos familias, los Duke y los Sel. Una historia de más de tres siglos.
Annie Proulx se hizo conocida en todo el mundo a través de dos de sus libros, The shipping news (Atando Cabos, 1993) y Brokeback Mountain (1997), ambos adaptados al cine. Tras quince años de espera, podemos decir, quizá, que este libro es la culminación de su obra.
Esta novela cubre muchas historias. Sus más de ochocientas páginas le dan a Annie Proulx el espacio y la oportunidad para hablar de los bosques de Europa, Canadá, Nueva Zelanda y Estados Unidos, así como de los pueblos indios masacrados y arrinconados hasta casi su desaparición por los colonos del nuevo mundo. Indios que vivían y se relacionaban con los bosques que ellos querían talar para aprovisionarse de madera. Es también la historia de la industria maderera en Norteamérica, y de cómo el hombre lo arrasa todo pensando únicamente en el presente, sin prever el futuro. Es la historia de cómo el hombre está dispuesto a talar al hombre para conseguir lo que quiere.
René Sel y Charles Duquet emigran a Nueva Francia (Canadá) para buscar fortuna. Son contratados como leñadores en condiciones de semiesclavitud para su nuevo amo, Claude Trépagny. Él dispondrá de sus vidas diciéndoles cuando y cuánto trabajar, dónde deben vivir e incluso con quién se deben casar. Charles Duquet, astuto y ladino, escapa hacia los bosques en busca de su propia fortuna, donde está a punto de perecer. Sin embargo, logra sobrevivir y a través del comercio de pieles y madera con Europa y China, crea su propia empresa maderera, Duquet e Hijos, a cuyo mando se irán sucediendo sus descendientes hasta la actualidad. Mientras, su antiguo compañero, René Sel, todavía bajo el yugo de su amo, es forzado a casarse con su concubina india, creando una progenie de mestizos que deberán encontrar su lugar entre los indios en un mundo cada vez más absorbido por los colonos blancos. Las dos familias, a través de sus descendientes, quedarán estrechamente ligadas, contando con cada nuevo hijo, y cada nuevo matrimonio la historia de su propio país.
Podría pensarse que esta es una novela histórica, pero no es así. Basada en personajes de ficción, nos adentramos en la historia de América, Canadá y Nueva Zelanda, pero siempre a través de los bosques y la relación de los hombres con ellos. La abundancia de personajes no abruma, la maestría de Annie Proulx hace que nos adentremos con ellos entre los árboles de la mano, para que nos enseñen cada hoja y cada tronco, para que nos cuenten su propia vida. El bosque no es infinito, pero sí las historias que contienen, cada una única e irrepetible, como un árbol milenario que no debe ser talado. Ya se ha ocupado Annie Proulx de ello con este libro.

viernes, febrero 17, 2017

Porcelain. Mis memorias, Moby


Trad. Jesús Gómez Gutiérrez
Sexto Piso, Barcelona, 2016. 472 pp. 23,90 €

Deni Olmedo

In my dreams I'm jealous all the time / As I wake I'm going out of my mind / Going out of my mind (En mis sueños siempre estoy celoso / mientras despierto salgo de mi mente / salgo de mi mente)

Porcelain (Moby)

Ser pariente de Herman Melville (sobrino-bisnieto) debería haber asegurado una infancia y juventud más o menos prósperas a sus descendientes, pero el señor Melville murió en la más absoluta miseria. Así, Richard Melville Hall nació en el Bronx neoyorquino y pasó parte de su infancia en Connecticut donde solía ayudar a su madre en una lavandería 24 horas. Una madre que no tenía demasiada suerte con los hombres que se iban cruzando en su vida. Una historia que se ha podido repetir miles de veces. Se independizó como sólo podía hacerlo alguien acostumbrado a llevar todos sus ahorros en los bolsillos, viviendo de okupa en una antigua fábrica abandonada en las afueras de New York, y parte de sus escasos ingresos los dejaba en el “alquiler” de un espacio de apenas 30 metros cuadrados. Sí, alquiler, el que tenían que pagar a los guardias de seguridad de esa fábrica por dejarles estar allí. 30 metros cuadrados en que cabían sus pertenencias y una pequeña mesa de mezclas, con la que iba grabando en cintas de cassette las sesiones de música de DJ Moby (lo único que heredó de su tío-bisabuelo Herman). Un sobrenombre que, desde entonces, ya no le abandonaría y que prácticamente ha borrado su verdadero nombre, que muchos solo conocen por la Wikipedia.
Mentira. Hay otra cosa que ha heredado de su famoso antepasado, y es (y esto no lo supo hasta que se puso a ello) su afición a escribir. Cuando un avispado editor le propuso publicar sus memorias, Moby inmediatamente pensó en contratar a alguien que las escribiera, previas entrevistas de documentación. Pero dicho editor le retó a que lo hiciera él mismo. Al fin y al cabo, era familia del famoso escritor de Moby Dick. Como si sólo eso ya fuera una garantía. Y salió bien. Moby no solo es un más que talentoso multi-instrumentalista (él graba todos los instrumentos que aparecen en la mayoría de sus discos), sino que descubrió que escribir le encantaba. Así que se puso manos a la obra. Y el resultado es toda una crónica de una generación que ha vivido la conversión de una ciudad sucia e insegura en la metrópoli por excelencia de este planeta: New York. Sí, son las memorias de Moby, que comprenden la década de los noventa, pero perfectamente podría ser una crónica de la vida de cualquier persona que orbitase en esos años (del 89 al 99) en esa ciudad.
Descubriremos a un Moby profundamente religioso, que creció pegado a una radio, donde escuchaba música constantemente. A su desconcierto escuchando canciones que le provocaban efectos contrarios: por una parte, la letra le hacía pensar que estaba pecando (¡) pero que acababa pensando que no podía ser pecado algo que le hacía sentir decididamente bien. Un Moby de ir a misa los domingos, donde veía a su novia de entonces, y quien le animaba a presentar sus sesiones en cassette en discotecas para conseguir trabajo. El Moby tierno y frágil que sólo podía acertar a pensar qué sería de la motocicleta de un compañero okupa, que acababa de morir en una reyerta cuando le intentaban robar. El Moby abstemio que rechazaba constantemente el alcohol y las drogas que constantemente le ofrecían en sus primeras actuaciones, después de una etapa de su vida en que despertaba casi todos los días tirado en el suelo, rodeado de su propio vómito y que decidió un buen día que ya estaba bien de estrellar coches todas las noches, que encontró refugio en la Biblia y se volvió vegano. Su padre había muerto de alcoholismo y la madre de su mejor amigo también, así que decidió que no quería ser como ellos. Pero el alcohol, las drogas y las resacas matutinas no abandonarían a Moby a lo largo de los siguientes años: las fiestas rave, los conciertos (que empezaban a llevarle a lugares tan lejanos como Japón) y, sobre todo, la muerte de su madre, le devolvían constantemente a la bebida. En realidad, a lo largo de los años, de pasar de actuar en sótanos a grandes discotecas, no le había cambiado nada, siempre manteniendo su particular guerra entre las adicciones y Dios.
Porcelain, como la canción de mismo título que incluiría dentro de Play (1999), es más que un recorrido en diez años de la vida de Moby. Es un retrato de la Nueva York de la década de los noventa. Una mirada en cierta manera tierna e ingenua y, sobre todo, muy honesta y con un punto de humor negro sobre las ganas de triunfar y la decadencia, una vez que vas consiguiendo llegar a lo que te has propuesto. Y con invitados más o menos esperados (como Chemical Brothers, Prodigy, Nine Inch Nails…) y otros que no lo son tanto (Viggo Mortensen o Madonna, por poner sólo un par de ejemplos). Te puede gustar más o menos su música, pero para quien desee saber de primera mano cómo era la cultura de clubs, los grupos que triunfaron en esa década y la vida (más bien nocturna) de un superviviente, la lectura de este libro es imprescindible.

lunes, diciembre 26, 2016

Shauzia, Deborah Ellis


Ilust. Ignasi Blanch
Ediciones Castillo, México, 2016, 152 pp. 15,60 €

María Dolores García Pastor

En el año 1996 Deborah Ellis (Ontario, 1960) viajó a Pakistán para prestar ayuda en los campos de refugiados afganos. Ellis es, además de escritora, activista anti-guerra y filántropa. Durante su estancia en esa república islámica realizó numerosas entrevistas a mujeres y niñas afganas que le sirvieron como base para sus obras El pan de la guerra (The Breadwinner, 2000),  El viaje de Parvana (Parvana’s Journey, 2002), Mud City (2003), Women of the Afghan War (2000) o Mi nombre es Parvana (My name is Parvana, 2012). En El pan de la guerra, El viaje de Parvana y Mi nombre es Parvana narra las aventuras de una niña afgana llamada Parvana. La mejor amiga de Parvana es Shauzia, a la que dedicó la novela Mud City (2003) que ahora ha sido traducida al castellano bajo el título de Shauzia.
En esta novela Ellis nos hace viajar hasta el campo de refugiados afganos en Pakistán donde ella estuvo. De su mano conoceremos la historia de Shauzia, una niña afgana que huye de la guerra y de un matrimonio concertado por su familia. Su objetivo es llegar a Francia para encontrarse con su amiga Parvana. La acompaña su perro Jasper y junto a ellos sentiremos la soledad, el hambre, el frío, la impotencia y todo el drama de los refugiados.
Deborah Ellis es autora de novela juvenil realista, y en sus obras trata temas tan impactantes y comprometidos como la inmigración, la guerra, las drogas, el SIDA... Es una gran viajera que llega hasta los países en conflicto, hasta el lugar en el que tienen lugar los hechos, y nos enfrenta a ellos con singular simplicidad y maestría. Una de sus obras más conocidas es The Heaven Shop, que aun no ha sido traducida en nuestro país, y que trata sobre unos hermanos de Malawi que han quedado huérfanos a causa del SIDA. Su obra es comprometida y valiente, y su labor como filántropa no se limita a dar voz a estas terribles historias sino que parte de las ventas de sus libros se destinan a estas causas. En nuestro país ha sido también traducida al catalán y al eusquera.
He de decir, para ser justos, que he llegado a la obra de esta autora gracias a que en esta ocasión Ignasi Blanch ilustra su libro. Blanch es un ilustrador catalán, conocido internacionalmente, con un estilo muy atractivo y reconocible. Hace más de veinte años representó a España en el mural internacional de graffiti plasmado sobre una de las partes conservadas del Muro de Berlín llamada "East Side Gallery". Licenciado en Bellas Artes por la Universitat de Barcelona vivió unos años en Berlín donde se especializó en técnicas de impresión y grabado en el centro Künstlerhaus Bethanien con la ayuda de dos becas CIRIT de la Generalitat de Catalunya. En la actualidad se dedica a ilustrar libros infantiles y juveniles. También está implicado en proyectos solidarios como “Humanicemos los hospitales”, del que fue director, y podemos ver sus ilustraciones en el magazine en línea Catorce. Cultura Viva.
Ignasi Blanch pone rostro a Shauzia y a su perro Jasper, a la señora Weera y a los demás personajes que pueblan las páginas de este libro. Una historia dura y real, pero también humana y tierna. Un libro recomendable para el lector de unos diez años, las edades en literatura infantil y juvenil siempre son orientativas, aunque la edición adolece de numerosos gazapos y la traducción no es todo lo buena que debería ser.

viernes, diciembre 23, 2016

El algoritmo de Ada, James Essinger


Trad. Pablo Sauras
Alba, Barcelona, 2015. 232 pp. 19,50 €

Victoria R. Gil

Augusta Ada Byron nació en Londres en 1815, con el dudoso honor (por el nulo interés mostrado por su padre) de ser la única hija legítima del poeta Lord Byron y de Anna Isabella Milbanke, una joven de buena familia que pondría fin a su matrimonio al poco de nacer la pequeña por las infidelidades de su famoso marido. Tal vez por las desdichas vividas en aquella relación y debido al inestable temperamento emocional de Byron, la joven madre fomentó una educación científica para su hija, que alejara de ella ese indeseable rasgo de carácter. Como resultado de ese empeño y de la pasión por la lógica y las matemáticas que prendió en la niña, Ada Lovelace está considerada hoy como la primera programadora de ordenadores, tras ser la autora del primer algoritmo destinado a ser procesado por una máquina. Podría creerse que Ada Lovelace es un personaje aislado en la historia de la ciencia, las artes o la tecnología, por su aportación al conocimiento de la humanidad, siempre firmado por hombres; una aportación a la que otras pocas habrían contribuido, de forma tan anecdótica como ella: una madame Curie por aquí, una Sofonisba Anguissola por allá…
Pero el tiempo, dicen, pone a cada uno en su sitio y cada vez son más las mujeres que recuperan su lugar en el panteón de los descubrimientos que nos han traído hasta el siglo XIX: Hedy Lamarr, precursora de las conexiones wifi y bluetooth; Evelyn Berezin, creadora del primer procesador de textos y del primer sistema de reservas de billetes de líneas aéreas; Grace Murray Hopper, precursora del lenguaje COBOL; María Gaetana Agnesi, fundamental por sus aportaciones al estudio de las matemáticas; por citar sólo algunas.
El propio Essinger asegura en el prólogo a su biografía, que «el mundo científico ha tendido a discriminar a las mujeres. Así, no se reconoció, en general, el admirable trabajo del personal femenino de Bletchley Park, la instalación militar británica donde se descifraron los códigos alemanes en la Segunda Guerra Mundial. Y todos los homenajes oficiales a los descubridores de la doble hélice del ADN pasaron por alto la decisiva aportación de Rosalind Franklin: una injusticia que abochornó a sus colegas varones, distinguidos con el Premio Nobel».
Resulta imposible no leer El algoritmo de Ada como la historia de una mujer adelantada a su tiempo, que tuvo que luchar contra un siglo inmovilista y una sociedad encorsetada por los prejuicios. Cuando en el verano de 1840, ávida por ampliar sus conocimientos, su madre le encuentra un profesor, el famoso Augustus de Morgan, éste llegó a preocuparse por el ansia de aprender de su alumna, hasta el punto de que, en una ocasión en que la joven enfermó, comunicó su preocupación a lady Byron por el hecho de que su constitución física y su temperamento desaconsejaban que estudiara matemáticas. Curiosamente, a De Morgan le inquietaba la voracidad intelectual de Ada, que «no se contentaba con aprender las lecciones como cualquier dama: sus preguntas iban mucho más allá de lo que se enseñaba». Las mujeres, en su opinión, «no están hechas para estudiar los fundamentos de las matemáticas ni los de ninguna ciencia, una idea (nos recuerda Essinger) que hoy nos parece equivocadamente misógina, pero que entonces no habría discutido casi nadie».
Pero la enorme tarea de documentación que ha llevado a cabo James Essinger trasciende más allá de la historia personal de esta singular mujer, que, de haber sido tenida en cuenta, podría haber adelantado en más de cien años el desarrollo de los ordenadores y el lenguaje de programación. Con este libro nos adentramos en la prehistoria de la informática, en aquellos primeros pasos, titubeantes e indecisos, de la primera calculadora mecánica inventada por Charles Babbage, con quien Ada trabajó y con quien compartía el mismo afán interminable de conocimiento.
Su biógrafo nos describe a una Ada imaginativa, nerviosa y vehemente, que compensaba su mala salud con su pasión por las matemáticas porque la ayudaban a concentrarse. Poseía una sorprendente capacidad de ver más allá de la inmediata aplicación de los inventos de Babbage, para quien sus máquinas no eran más que calculadoras. Ella, por el contrario, «comprendió que podían aplicarse a una pieza musical, por compleja que sea, una idea que hoy, un siglo y medio después, nos parece muy normal, pero que a los científicos de aquella época les resultaba inimaginable».
El mundo informatizado del siglo XXI rinde homenaje a esta singular mujer, transcurridos 150 años de su muerte, con el lenguaje de programación que lleva su nombre, creado por el Departamento de Defensa de los Estados Unidos, y con el Día de Ada Lovelace, en que se celebra la presencia de mujeres en la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas.

viernes, diciembre 16, 2016

El camino del perro, Sam Savage


Trad. Ramón Buenaventura
Seix Barral, Barcelona, 2016. 152 pp. 16,50 €

José Morella

Esta novela habla, en principio, sobre artistas diletantes y sobre el peligro del diletantismo. Dicho peligro es más sutil de lo que parece. Si un artista es honesto consigo mismo se dará cuenta de que resulta tremendamente difícil discernir si su arte se nutre de sus neurosis egóticas o de la necesidad genuina de comunicar o expresar. Por supuesto, la neurosis no es algo de lo que se salga para no sufrirla nunca más. Lo que ocurre casi siempre es que transitamos una y otra vez de la neurosis a la cordura, del deseo frívolo de ser aplaudido al trabajo serio y humilde, al trabajo digno.
El camino del perro va de eso: de la dignidad o de su ausencia. Y no solo incumbe a artistas: todas las personas, en nuestra vida cotidiana -tratando con los otros, trabajando, estando con los amigos y con la familia- somos responsables de nuestra propia dignidad, de hasta qué punto forzamos la realidad para que se adecue a nuestros deseos y nuestros miedos o hasta qué punto trabajamos dignamente con ella sin querer imponer a toda costa el "qué hay de lo mío" o el "que no me toquen lo mío".
Los que escribimos sabemos de esto un rato. Tengo la sensación de que la gente que tiene que leer este libro -los artistas megalómanos, los escritores de foto de cubierta con mano en la barbilla, los editores y marchantes de arte maquiavélicos y el resto de gente que se pasa mucho más tiempo maquinando que creando- no lo leerán, o lo leerán sin sentirse aludidos.
Harold Nivenson, el anciano protagonista, revisa su vida desde dos miradores: su cercanía con la muerte y su olímpica misantropía: «Durante los fines de semana (las personas felices) se arraciman y apretujan en los jadines traseros y en los parques, sonriendo y meneando la cola como perros». Los personajes misántropos son maravillosos. Sin ellos la literatura quedaría huérfana, severamente achicada. Una de las ventajas de los cascarrabias es la distancia con la que miran el mundo. En el caso de Savage esa distancia ofrece a la voz narrativa una objetividad tangencial y deliciosa, a la vez que triste. Harold Nivenson -por eso es un personaje tan conseguido- no reserva la misantropía a los otros: una de sus principales dianas es él mismo. Su juventud y su madurez. La absurdidad de su tenaz vocación por el éxito, por ser especial, por ser un escritor y un artista admirado, por rodearse de gente famosa y brillante.
Nivenson lleva toda la vida escribiendo anotaciones en trozos de papel que ahora encuentra por toda la casa: «No puedo abrir un libro sin que de él no caiga algún papel. No sé qué era lo que esperaba conseguir.» Habla con la perspectiva que da el tiempo: eso que esperaba conseguir, fuera lo que fuera, ya no está al alcance. De hecho, Nivenson ni siquiera recuerda qué era aquello tan deseado.
Lo que cuenta la novela es poco, porque poco es lo que Nivenson hizo con su vida: a partir de una relativa fortuna familiar que no se ganó él mismo, se dedicó a hacerse un pequeño nombre como marchante de arte y a mantener ilusiones de ser un gran escritor. Compró una casa que llenó de cuadros. La casa fue atrozmente ocupada por gente que iba allí para estar con Meininger, el gran artista a quien Nivenson admiró y esponsorizó de un modo estúpido y casi delirante. Ese pintor irresponsable y suicida hizo lo que le dio la gana con él, y él se dejó. Meininger lo usó de un modo ruin, sin contemplaciones, sin disimulos. Lo traicionó. A Nivenson lo perdió su afán de notoriedad. Ser el mejor amigo de un supuesto genio de la pintura. Así desperdició su vida. La historia no tiene nada de especial. Lo valioso del texto es la minuciosidad del narrador para analizarla y la impresionante honestidad con la que se confiesa. Impresiona tanta lucidez. Es un comentario a la propia vida repleto de avisos para que el lector no desperdicie la suya. Son avisos no siempre evidentes, pero siempre certeros. El narrador, cuando nos habla, ha mudado ya muchas pieles de serpiente. Todos las mudaremos. Nuestra identidad cambiará y sufriremos, o nos resistiremos a cambiar y sufriremos más todavía. Nivenson nos avisa de las trampas que nos hacemos a nosotros mismos. Las disecciona. Son las peores trampas que hay. Es posible, de hecho, que sean las únicas que verdaderamente existen.
Nivenson, de joven, era ingenioso. Discutía de todo en las fiestas, las animaba, las colonizaba con su presencia encantadora. Era el foco de atención. Su verborrea estaba preñada de una "listeza elevadísima". La melancolía de la voz anciana del narrador recordando aquellas fiestas es punzante porque es lúcida. En realidad, el enorme esfuerzo por lucirse del joven Nivenson era patético. Era -según el propio texto- histérico.
Nivenson vive en su casa, la casa que compró y de la que se considera esclavo, y en ella se convierte en una especie de anti-Walden. Su afilada inteligencia lo ve todo: comprende muy bien, sin necesidad de aislarse en la naturaleza como el personaje de Thoreau, en qué consiste la vida de gran parte de los habitantes de las sociedades modernas: la obsesión por el triunfo, la competitividad innecesaria, la carrera absurda hacia ningún lado.
No reventaré aquí la imagen perfecta que Savage consigue de la institución familiar a partir de la afición a hacer puzles. Es uno de los símiles más eficaces que he leído en una novela, y sirve de maravilla para explicar al personaje, o al menos para enmarcarlo en algún sitio y entender tanto su inteligencia como su amargura.
El camino del perro es una novela sobre los sacrificios inútiles. Es extrañamente hermosa, casi hipnótica, y si es leída con atención difícilmente queda uno indemne. Todos hemos hecho algún sacrificio inútil alguna vez, y algunos de nosotros tal vez estemos dedicando nuestra vida entera a uno de ellos.
«El yo no es un hombre feliz», dice Nivenson. En realidad, aunque no lo sepamos, no somos ese personaje que nos hemos creado y que va por el mundo pescando halagos o creyéndose mejor que el resto de la gente. Somos otra cosa. Ese personaje, al final, como le pasa a Nivenson, nos cansa. Nos agota.

lunes, diciembre 05, 2016

Lluvia y otros cuentos, W. Somerset Maugham


Trad. Concha Cardeñoso Sáenz de Miera
Atalanta, Girona, 2016, 422 pp. 25 €

María Dolores García Pastor

Somerset Maugham fue un escritor prolífico que tuvo una carrera literaria larga y plagada de triunfos. Cuenta Vicente Molina Foix en su prólogo de Lluvia y otros cuentos que tuvo hasta cuatro obras en cartel al mismo tiempo, compaginando su éxito como dramaturgo y novelista de fama internacional. Muchas de sus obras se adaptaron al cine y gozó de reconocimiento popular. Pero, pese a todos estos méritos, no ha sido hasta las últimas décadas cuando ha comenzado a valorarse su obra como merece, situándole entre los grandes de la literatura. La aparición de libros como el que nos ocupa no hace más que confirmar su gran calidad como narrador. Son doce relatos de los más de cien que llegó a escribir a lo largo de su carrera. Pertenecen a épocas diversas y algunos sobrepasan las cincuenta páginas por lo que podrían considerarse como novelas breves. Entre ellos podemos establecer tres grupos según dónde suceden: relatos europeos, relatos orientales y relatos “en tránsito”, que son los que transcurren durante un viaje, generalmente a bordo de embarcaciones de la compañía de cruceros P&O. Se trata de relatos realistas narrados con un estilo sobrio que huye de las florituras y de los golpes de efecto. Son cuentos muy británicos, por su ironía, de anécdota clara. Dice también Molina Foix en el prólogo, que su autor era más próximo a Flaubert, Maupassant o Balzac, y que estaba emparentado con James por su extraterritorialidad. Le define como contrario a Chéjov,  y sí  es cierto que los cuentos del ruso son más profundos y trascendentes que los del británico.
Las tramas de Maugham están bien urdidas y las historias avanzan sin interrupciones que distraigan al lector de la unidad dramática: va al grano y sus finales son coherentes, el lector puede intuir hacia donde le está llevando, lo cual no impide que sean narraciones inquietantes y que sintamos la necesidad de seguir leyendo. Es un gran observador del comportamiento humano y se luce retratando a sus personajes aunque no sea prolífico en descripciones. Donde de verdad muestra su maestría es en la construcción de los diálogos porque en ellos aflora el dramaturgo. Estos son ágiles, verosímiles y contribuyen a profundizar en el retrato de los personajes. Entre dichos personajes destacan los femeninos por su fuerza: ellos actúan en la medida que ellas se lo permiten. Espías, sacristanes, predicadores, viajeros, damas de la alta sociedad... de todo cabe en este libro donde los paisajes exóticos devienen un personaje más.
Es directo, claro y preciso y sus finales son cerrados. Hay mucho de crítica social en ellos, rechaza los convencionalismos al tiempo que destila cierto aire misógino.  También captamos una mirada de superioridad colonial sobre los nativos y mucha ironía y humor. El relato que abre la antología, La carta, contó con al menos tres adaptaciones cinematográficas. Lluvia, el que da título a este libro, es uno de los más extensos, una fábula sobre la intolerancia religiosa y la hipocresía moral que también fue llevada al cine.
Somerset Maugham es uno de los escritores más viajeros y cosmopolitas que ha existido, con una notable tendencia al exotismo. Su éxito literario le permitió dar rienda suelta a su faceta viajera y residir en su lujosa mansión de la Riviera francesa. También trabajó ocasionalmente para el Servicio Secreto Británico. Todo ello, unido a su gran capacidad de observación, le proporcionó materia prima para sus historias que plasmó, además de en sus relatos, en veintiuna novelas, veinticuatro obras teatrales, ensayos, biografías, libros de viajes... Sin embargo, me atrevería a decir que encontramos al Maugham más ingenioso en los relatos. En definitiva, un nuevo acierto de una editorial tan exigente como Atalanta.

viernes, noviembre 25, 2016

Teatro reunido, Arthur Miller


Trad. Victoria Alonso Blanco, Jordi Fibla Feito, José Luis López Muñoz y Eduardo Mendoza
Tusquets Editores. Barcelona, 2015. 488 pp. 23,50 €

Victoria R. Gil

En 2015 se conmemoró el centenario del nacimiento de Arthur Miller, uno de los mejores dramaturgos del pasado siglo, galardonado con varios premios Pulitzer y con el Premio Príncipe de Asturias, entre otros muchos reconocimientos que avalan una obra que sigue tan vigente hoy como cuando fue escrita. La editorial Tusquets decidió celebrar esa fecha con la publicación de un volumen que reúne cinco de sus mejores obras Todos eran mis hijos (1947), Muerte de un viajante (1949), Las brujas de Salem (1952), Panorama desde el puente (1955) y Después de la caída (1964). En todas ellas destaca la crítica social que caracterizó siempre su trabajo y, sobre todo, el desaliento que produce la imposibilidad de alcanzar ese sueño americano que, a pesar de lo que nos cuentan, no está al alcance de cualquiera.
Otro gran hombre del teatro, José María Pou, recordaba con motivo de este centenario las numerosas veces que se ha representado en España su obra más famosa y la que mejor representa la frustración de no cumplir unas aspiraciones imposibles, ese fracaso que se le pega a uno como el hedor del agua estancada y no se va con ningún cepillado. El traje de Willy Loman, un auténtico máster en representación teatral que todo actor aspira a superar con nota, se lo han puesto en nuestro país grandes nombres de la escena como Carlos Lemos y José María Rodero. (Éste último, en una versión para televisión con Juan Diego, Jaime Blanch y Berta Riaza que RTVE comparte en su archivo videográfico a través de internet y que no deberían perderse).
Willy Loman y sus castillos en el aire, su ambición nunca cumplida y su huida hacia delante nos resulta muy familiar porque tiene mucho de nosotros mismos, inmersos en este tiempo capaz de levantar un sistema financiero sobre cimientos de cristal y convertir la especulación capitalista en la única y verdadera religión. Eso sí, los ricos, como los santos, siguen siendo los otros.
De plena actualidad es también otra de las obras incluida en esta antología. En el prólogo a su traducción de Panorama desde el puente, Eduardo Mendoza asegura que ésta refleja «la situación de los inmigrantes ilegales, obligados a asumir la marginalidad, a integrarse de hecho y de derecho en el círculo de la delincuencia, sin otra causa que el deseo de ganarse la vida con un trabajo honrado». Una situación que, como recuerda el autor catalán, se ha agravado hasta alcanzar hoy dimensiones globales.
¿Y qué decir de Las brujas de Salem, un alegato contra la detención de cualquier norteamericano sospechoso de ser comunistas impulsada por el senador McCarthy en Estados Unidos y de la que fue víctima el propio Arthur Miller? El fanatismo religioso que tan bien retrata el escritor, irracional y violento, como lo es cualquier otro fanatismo (político, racial…) empeñado en la destrucción del otro, del diferente, llena las primeras páginas de nuestros periódicos cada día. La pervivencia de unos conflictos que fueron descritos hace más de sesenta años no nos deja en buen lugar.
En Todos eran mis hijos y Después de la caída, el dramaturgo va a profundizar en las heridas que siempre provocan las relaciones personales. En la primera, un pobre hombre que nos recuerda a Willy Loman por sus sueños de gloria, no es más que un empresario sin conciencia, a quien no le importa pagar el precio más alto por aumentar su margen de beneficio. Y el descubrimiento de su verdadera naturaleza quiebra por segunda vez una familia que, quizás (su tragedia es ignorarlo) él mismo había roto ya, sin saberlo.
En Después de la caída, el escenario va a ser «la mente, el pensamiento y la memoria» de su protagonista, y el principal argumento, ese campo de batalla que es el matrimonio y del que acaso nadie logre salir indemne. Escrita después de la muerte de Marilyn Monroe, con la que estuvo casado cinco años, Miller relata sin pudor sus reflexiones más íntimas y nos transmite la intensidad y el desencuentro de aquel amor que pareció nacer condenado al fracaso.
Este Teatro reunido que nos ofrece Tusquets es una magnífica oportunidad para reencontrarnos con la obra de un escritor que nunca tomó el camino fácil y cuyo principal mérito radica en despojarnos de caretas y artificios hasta dejarnos desnudos como el emperador.

miércoles, noviembre 16, 2016

Las chicas, Emma Cline


Trad. Inga Pellisa
Anagrama, Barcelona, 2016. 342 pp. 19,90 €

Salvador Gutiérrez Solís

Cada cierto tiempo nos anuncian a bombo y platillo el nacimiento de una nueva estrella literaria que ha de convertirse en el faro del futuro, y en demasiadas ocasiones el queroseno dura mucho menos de lo previsto y la estrella deja de brillar, hasta desaparecer en el agujero negro del olvido. Es una historia frecuente, recuerdo estrellas que no soportaron el big bang, abrasadas por la artificial y premeditada llamarada inicial. Jamás volvimos a saber de ellas. Esa primera luz también fue la última.
No sé si Emma Cline será en el futuro una estrella sin luz, un nuevo agujero negro olvidado, un juguete roto por la mercadotecnia y las excesivas y abusivas expectativas, puede que sí, quién sabe, pero también puede que suceda justamente lo contrario. Esa respuesta la tiene el tiempo y las futuras obras que esta escritora pueda ofrecer. Lo tangible, lo real, lo evaluable es este presente que encontramos en Las chicas (The girls), una formidable novela, brillante hasta lo inolvidable en algunos pasajes, estructuralmente perfecta y de una original tal que la convierte en una pieza única, desde un punto de vista argumental.
Es difícil abstraerse a toda la onda expansiva que rodea a esta novela: vertiginoso y vitoreado debut literario, críticas de inusual grandilocuencia, mareantes cifras, adaptación cinematográfica –apuesto por Sofía Coppola-, juventud de la autora, etc, pero aún así, teniendo presente tan amplia y descomunal carta de presentación, Las chicas muestra a una autora, Emma Cline, muy habilidosa, rigurosa, profunda, cuando así lo requiere la situación, y con mucho talento. Ese talento que se siente a la primera y que el artificio es incapaz de recrear. Hay mano, buena mano, hay pulso, hay Literatura en esta su primera obra.
Es fácil deducir, en Las chicas, que bajo Rusell se esconde Charles Manson, ese líder mesiánico, lisérgico y atroz de finales de los sesenta que pasó a ocupar un lugar destacado en la Sala de los Horrores tras el asesinato de siete personas, la actriz y modelo Sharon Tate entre las víctimas, pareja del director de cine Roman Polansky. Sin embargo, Rusell ocupa en Las chicas un lugar secundario, ya que son las chicas que le rodean, especialmente Suzanne, cabeza visible, las relaciones que establecen, el día a día de la secta, la vida en el rancho y el tránsito de la adolescencia a la juventud los grandes protagonistas de la novela.
Narrada en dos tiempos a través de su protagonista, Evie, adolescente en 1969, madura en la actualidad, Las chicas alterna la poética sensualidad con el desgarro feroz de la violencia, así como la explicación de los hechos mediante la exposición de sus protagonistas, todos ellos propietarios de vidas desestructuradas, con la turbadora representación de una realidad descarnada y macabra.
Curiosamente, coincide el lanzamiento de Las chicas con la emisión de la teleserie Aquarius, protagonizada por David Duchovny (el legendario agente Mulder de Expediente X), donde se recrean los últimos meses de Charles Manson y su secta, desde una perspectiva policial. Y mientras la serie recorre la primera superficie de lo acontecido, Emma Cline se atreve a descender a las alcantarillas, a las raíces, de esas chicas greñosas y felices que danzaban alrededor de Rusell. Una deslumbrante novela construida a partir de una historia formidable, mediante una narración tan hermosa como precisa.

viernes, noviembre 11, 2016

Las sillitas rojas, Edna O´Brien


Trad. de Regina López Muñoz
Errata Naturae, Madrid, 2016. 352 pp. 19 €

Fermín Herrero

Tras el succès d’estime de su trilogía de índole autobiográfica, publicada también en español por Errata Naturae, llega ahora a las librerías la última novela de Edna O’Brien, que apareció en inglés el año pasado y constituyó, para el público y la crítica británicos –sectores cada vez más divergentes en todo Occidente, por lo que es noticia esperanzadora- un acontecimiento en toda regla, tras diez años de silencio narrativo por parte de la autora. Fue saludada con encendidos elogios, entre otros, por John Banville y Philip Roth, con lo que está todo dicho.
Frente a la frescura íntima de las novelas anteriores de las “chicas”, el arranque de Las sillitas rojas es un tanto peliculero. La acción se inicia en un pueblo irlandés, un escenario especialidad de la casa, pues O’Brien demostró ya sobradamente en las narraciones mencionadas que conoce a la perfección los intríngulis, las ganas de chismorreo y escándalo, los mecanismos psicológicos que rigen la vida secreta de estas localidades pequeñas. Y una vez más lo consigue. A este respecto, por caso, es muy atinado el retrato de un club de lectura, epidemia que se ve que no afecta sólo a nuestro país.
En ese escenario, como por ensalmo, aparece en una noche cerrada, heladora, invernal, un hombre barbudo, ataviado con un abrigo talar y solemnes guantes blancos. Todo en este extraño caballero, estirado y al tiempo con aura de santo peregrino, es fascinante y enigmático: procede de un lejano país, Montenegro; ha vivido retirado en varios monasterios de su tierra; pretende ejercer como “sanador y terapeuta sexual”, una bomba de relojería para la católica y farisaica sociedad lugareña. Aparte de practicar la medicina alternativa se declara poeta, al modo de Ovidio exiliado junto al Mar Negro en sus Tristia. Y, más allá de la brutalidad y la crudeza, de las escenas durísimas, que no se olvidan, desde el momento en que se desencadenan los acontecimientos, esto es lo más inquietante: muchos dictadores, gerifaltes, genocidas de la historia, no sólo el Karadciz del texto o Hitler han tenido veleidades artísticas. Asunto que J.A.González Sainz noveló de manera magistral en nuestras letras en Volver al mundo.
Sin embargo, quien amalgama el argumento y le confiere sentido es de nuevo un personaje femenino de los suyos, de una pieza, de nombre Fidelma, «pelo negro, piel de porcelana, cuello de cisne, sonrisa de Gioconda», que también hizo sus pinitos líricos durante la adolescencia, la belleza del lugar sometida a una especie de expiación londinense, trabajando de limpiadora o en una perrera de galgos, viviendo entre inmigrantes, que «camina bella como la noche», según el verso de Byron. Cómo nos gustaría ser el petirrojo que la ronda entre los rododendros y al final del libro, o sentarnos con ella en un pub, con una Guinness o un whisky caliente con clavo o miel, mientras suenan los maravillosos The Pogues, rodeados de “los pecios de este mundo”: los atormentados, los perseguidos, los proscritos, los vencidos.
La autora mantiene de sus narraciones anteriores la linealidad clásica con flashbacks puntuales y oscilaciones entre el uso verbal del presente y del pasado, con una rara naturalidad; así como la alternancia de puntos de vista, la inclusión de algún episodio onírico, tal vez prescindible, y el final abierto. Su mirada, menos introspectiva, se ha ensanchado, igual que su prosa, ha saltado de lo privado, lo doméstico, a la actualidad internacional, marcada por las guerras (aquí la de Yugoeslavia), las masacres y la emigración. En este sentido, la aparición de Roberto Bolaño en una de las citas iniciales, de un fragmento del Poema de Gilgamesh al frente del primer capítulo o después de otro de La Eneida o de un poema de Emily Dickinson son muestra de su intención de ampliar horizontes y quitarse el estigma de narradora natural, sin formación. Aunque la verdad es que no sé si este salto obra en beneficio de su narrativa, la trama es bastante previsible y con frecuencia cae en el maniqueísmo ambiental, de los mass media. Tal vez se mueva mejor en las distancias cortas y el tono confesional, menos grandilocuente.
En todo caso, O’Brien es una novelista de raza, no cabe duda, tiene ese algo indefinible del narrador instintivo, nato –sólo hay que ver las terribles historias que sueltan, para desahogarse, los refugiados de un centro benéfico; o las de los currantes de un restaurante para pasar el rato durante el descansillo del cigarro-, una intuición de dónde está la materia novelística de los días y vidas comunes, aparentemente anodinos. Lo demostró en su narrativa primera de raíz autobiográfica, vuelve a hacerlo en Las sillitas rojas, con la que da además un paso adelante en su obra.

viernes, octubre 21, 2016

David Bowie. Starman, Paul Trynka


Trad. María Pildain
Alba Editorial, Barcelona, 2011 (re-ed. 2015). 624 pp. 29,50 €

Victoria R. Gil

Creímos que era inmortal, casi divino. Si hacemos caso de las crónicas periodísticas que anunciaron la noticia al mundo el pasado 10 de enero, en realidad, él ni siquiera está muerto; el hombre de las estrellas, simplemente, regresó a su planeta.
«Los extraterrestres son inmortales», escribe Paul Trynka en esta biografía de David Bowie, achacando esta idea a los fans del artista, ansiosos debido al infarto que sufrió el 25 de junio de 2004, tras cantar Ziggy Stardust en el festival alemán de Hurricane y desplomarse un momento después tras el escenario. Y precisamente con Starman, la canción que da título al libro, comienza Trynka esta obra intensa y prolija, que reconstruye con retazos de la memoria ajena la vida de quien es, para muchos de nosotros, el artista con más talento del último medio siglo, en permanente cambio, provocador, revolucionario y siempre subversivo.
Todo ese potencial, junto y a la vez, explotó el 6 de julio de 1972, ante los quince millones de telespectadores del programa Top of The Pops de la BBC que asistieron a la presentación de Ziggy Stardust y sus arañas marcianas cantando al hombre de las estrellas. «Mientras el público, formado por adolescentes excitados y padres escandalizados, trata de asimilar ese mono guateado y multicolor, eso pelo exuberante y naranja, esos dientes puntiagudos y esos ojos soñolientos pintados con rímel, él entona una sucesión de imágenes fascinantes: radio, extraterrestres y rock and roll». Y en un país donde tan sólo cinco años antes se había despenalizado parcialmente la homosexualidad, Bowie se atreve a ir aún más lejos: «se apoya la mano, delgada y grácil, en la mejilla y su compañero de pelo rubio platino se una a él al micrófono. En ese instante, con tranquilidad y descaro, Bowie rodea el cuello del guitarrista con el brazo y acerca a Ronson cariñosamente hacia él».
Con aquella actuación, el artista no sólo rompía para siempre la imagen de cantante de un único éxito (Space Oddity, 1969) que lo había perseguido hasta entonces, sino que mostró que había un camino por el que huir de los límites musicales, terrenales, sexuales… Paul Trynka describe los tres minutos que duró la canción como el momento exacto en que «para toda una generación de adolescentes se acaba de hacer la luz: aquellos noventa segundos de una tarde soleada de julio de 1972 alteraron el ritmo de sus vidas». Y nada volvió a ser igual, ni en el rock ni en nosotros.
Desde The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, el álbum que lo lanzó en 1972 a una fama tantos años perseguida, el cantante y compositor experimentaría a lo largo de su vida con todo tipo de ritmos y experiencias, uniendo los unos a las otras en una actuación total que se prolongaba más allá del escenario y que perfeccionó hasta el extremo con esos alter egos en los que resulta imposible saber dónde termina la verdad y comienza el artificio.
Este libro se subtitula «la biografía definitiva» y aunque sería imposible resumir en 600 páginas cincuenta años de carrerea artística, el trabajo de documentación que ha realizado Trynka es digno de admiración. El aficionado más exigente quedará satisfecho con los minuciosos detalles y las anécdotas más personales que nos revelan a un joven ambicioso y promiscuo, obsesionado con el éxito y empeñado en ser el mejor. No falta nada de lo que cualquier seguidor espera: sus amantes; sus esposas; las drogas; Lindsay Kemp; el tiempo de Berlín; la amistad con George Underwood (responsable de su pupila permanentemente dilatada), Lou Reed o Iggy Pop; sus trabajos con Brian Eno; la primera película, cómo no, interpretando a un extraterrestre… Todo está aquí, menos su último trabajo.
Tras años de silencio, ahora sabemos que a causa del progresivo deterioro de su salud, el artista volvía a la actualidad con un musical y un disco que compartían un mismo tema, Lazarus, en el que recuperaba a aquel extraterrestre de su primera película, The Man Who Fell to Earth, quizás para devolverlo a su planeta de origen. El álbum se publicaba el 8 de enero de 2016, el día de su 69 cumpleaños, y dos días después supimos que este críptico y surrealista trabajo era también su herencia musical, perfectamente orquestado para coincidir con su despedida final.
David Bowie trascendió todos los límites hasta dejar su huella en la moda, las artes plásticas, el teatro, el cine, la danza y, por supuesto, la música. Su influencia es tan poderosa que ha llegado aún más allá, a la vocación transgresora, la libertad sexual o la identidad de género. Y aunque descubrimos que no era inmortal, a cambio sabemos que será eterno.

miércoles, septiembre 14, 2016

Me llamo Lucy Barton, Elizabeth Strout


Trad. Flora Casas
Duomo, Barcelona, 2016. 209 pp. 16,80 €

Care Santos

Un alto porcentaje de las mujeres que siguen algún tipo de terapia psicológica en Estados Unidos —y en todas partes, asumo— lo hace porque les aterra la posibilidad de parecerse a sus madres. Tal vez la protagonista de esta novela, Lucy Barton, habría terminado también en una de esas terapias grupales en las que uno se presenta, precisamente, diciendo su nombre de pila, y a las que el título de esta novela alude implícitamente. Desde luego, no son motivos para hacer terapia los que le faltan a Lucy. Con ellos construye Elizabeth Strout una trama poderosa, cargada de matices, donde la familia y la memoria son vigas maestras.
El argumento es de una compleja simplicidad: mientras está ingresada en el hospital, echando de menos a sus dos hijas pequeñas e ignorada por un marido que dice odiar los hospitales, Lucy recibe la visita de su madre, a quien lleva años sin ver. Entablan una conversación en apariencia intrascendente pero que no tarda en ahondar en las heridas de la vida de Lucy. Parten de un pasado común que a ninguna de las dos parece gustarles mucho y no van a ninguna parte, aunque terminan por llegar a alguna parte, a alguna conclusión. Se constata la complejidad de las relaciones: la maternidad no es un paraíso de perfección porque las madres distan de ser perfectas. Tampoco lo son los hijos, ni las circunstancias.
Pensaba mientras leía esta historia que Strout podría haber escrito un texto teatral en lugar de una novela. Los personajes tienen categoría de personajes dramáticos. Es decir: hondura, complejidad, matices, incluso gestos teatrales. Si a alguien se le ocurre la idea de llevarla a escena, la madre debería interpretarla una veterana actriz. Alguien que supiera imprimirle el toque justo de ternura, que supiera llenar los silencios de frases no pronunciadas y que al mirar por la ventana pudiera transmitirnos ese miedo cerval a hablar del pasado que siente (o creemos que siente) el personaje de la novela. Una madre incapaz de decir «te quiero» que, sin embargo, acude una sola vez al encuentro de una hija que la necesita. La auténtica protagonista de la historia. Si se eligiera bien, las ovaciones al final de la representación serían largas.
En cuanto a la hija, sospecho que el casting sería más fácil. Bastaría con una mujer aún joven —la novela está contada desde la perspectiva de los años—, atractiva aunque muy desmejorada por la enfermedad, que supiera dotar de cierta originalidad al tan vulgar sentimiento de extrañeza hacia la propia familia que da cuerpo a todo el relato. Lucy Barton procede de una infancia de la que huyó al casarse, se ha sobrepuesto a ella con una vida más o menos rica en la ciudad de Nueva York y no mantiene con su pasado más vínculos que los inevitables —y dolorosos— de la memoria. El padre, casi ausente, alcohólico, pero también humanizado por sus acciones, es un culpable al que nadie se atreve a señalar. Los hermanos, víctimas acomodaticias. De nuevo, lo mejor de todo es la madre.
Luego está el edificio Chrysler. La ventana de la habitación de hospital donde tiene lugar la conversación que es la trama está frente al famoso rascacielos art decó —¡qué bien quedaría en un escenario!—, que de noche brilla con su iluminación. Es una metáfora de la vida nueva de Lucy, pero también del mundo exterior. Dentro del hospital hay expiación del pasado, grisura, culpa, imposibilidad de nombrar ciertos sentimientos. Fuera está la vida nueva: las hijas, el marido, el brillo de la ciudad elegida, que ese rascacielos emblemático simboliza.
La escritura de Strout logra algo muy difícil: disfrazarse de simplicidad para contar lo más complejo. Dispara justo en el centro de nuestras miserias: aquellas que ninguno de nosotros reconocemos, pero que nos empujan a seguir leyendo, que emocionan. Al fin, comprendemos algo importante: se sobrevive a lo que no podemos cambiar. Y más vale encontrar el modo de hacerlo.

viernes, septiembre 09, 2016

Avenida de los misterios, John Irving


Trad. Carlos Milla Soler
Tusquets, Barcelona, 2016. 640 pp. 22,90 €

Santiago Pajares

John Irving es sin duda uno de mis autores favoritos, así que es posible que esta sea una reseña demasiado entusiasta, pero a la vez sincera, porque es uno de mis autores favoritos por algo. Según el propio autor, esta es una novela que lleva gestándose en su cabeza más de dos décadas. Comenzó como un encargo de guión cinematográfico, pero con el paso de los borradores, se fue convirtiendo en novela. La India pasó a ser México y lo que iba a ser un guión de ciento veinte páginas acabó convertido, para nuestro deleite, en una novela de setecientas. Esta novela nos cuenta la personal vida de Juan Diego Guerrero, que pasó de convertirse de niño rebuscador de basura en Oxaca a escritor profesional y profesor de escritura creativa en la universidad de Iowa (como lo fue el propio autor). En medio, todos los avatares del mundo, contados por una mano experta en la narración del espacio tiempo como es la de John Irving.
Todo comienza en el presente, cuando Juan Diego es un adulto en la cincuentena, profesor universitario y con una cojera que hace que todo el mundo se desviva por ayudarle. Además del problema en su pie, anclado para siempre en un ángulo fijo, Juan Diego tiene una condición cardiaca que hace que tenga que tomar betabloqueantes de adrenalina. Estos le mantienen vivo en el presente, pero también bloquean sus sueños, y esos sueños es lo único que mantienen vivo su pasado. En sus sueños todavía puede hablar con su hermana Lupe, con su madre prostituta, con el hermano Pepe y el hermano Eduardo, sus dos antiguos ángeles de la guarda. Un viaje a Filipinas para honrar a un antiguo amigo trastocará su medicación y hará que sus sueños vuelvan con más fuerza que nunca, y es a través de estos como conoceremos su historia como niño del basurero, aprendiz de acróbata en un circo y finalmente adoptado por una pareja gay que le lleva a una nueva vida en Estados Unidos. Juan Diego es un niño de una inteligencia excepcional, que aprendió a leer en español e inglés por su cuenta con los libros que rescataba de la quema en el basurero. Le acompañaba su hermana, una extraña telépata que podía leer la mente y anticipar, a veces, el futuro de las personas. El problema es que Lupe hablaba un lenguaje extraño que sólo podían entender su madre y su hermano, lo que les condenaba a ser sus eternos intérpretes con el mundo. Así les encuentran los hermanos Jesuitas Pepe y Eduardo, que tratan de buscar para ellos un futuro mejor en la misión de los niños perdidos de Oxaca, tratando de alejarles del basurero, sin saber que al mismo tiempo les alejan de todo lo que los niños eran.
En el presente Juan Diego se encuentra con dos nuevos ángeles de la guarda, Miriam y Dorothy, madre e hija y lectoras acérrimas del escritor. Se empeñan en ayudarle y acompañarle en su viaje y, al mismo tiempo, disputarse sus favores. Juan Diego, que tendrá que hacer malabarismos con sus dosis de betabloqueantes y sus renovados sueños, quedará a merced de las dos mujeres.
Avenida de los misterios es una obra tan compleja, tan extraña, con tantos matices de tantos personajes, que sólo un maestro de la narración como John Irving es capaz de llevar a buen puerto. Con el autor de Exeter iremos de la mano por el pasado y el presente, por Oxaca y Filipinas, viviendo las aventuras de un chico que pasó de rebuscar libros entre las montañas humeantes de basura y quemar perros muertos a buscar la tumba del padre de un huido de la guerra de Vietnam. Todo esto puede sonar extraño, y lo es, pero resulta extraño y hermoso como lo son todas las narraciones de John Irving. Por eso es uno de mis autores favoritos.

miércoles, septiembre 07, 2016

Los papeles de Aspern, Henry James


Trad. Catalina Martínez Muñoz
Alba minus, Barcelona, 2016. 168 pp. 10 €

Ana Gamero Escudero

Con motivo del centenario de la muerte de Henry James, han salido a la luz nuevas ediciones de sus obras, como es el caso de Los papeles de Aspern de Alba minus, que nos dan la oportunidad de revivir al aclamado escritor americano a quienes lo hemos leído y lo acercan a quienes todavía no han disfrutado de su lectura. Henry James (1843-1916) nació en Nueva York, aunque la mayoría de su vida la pasó en Europa e incluso llegó a convertirse en ciudadano británico en 1915, justo después del comienzo de la Primera Guerra Mundial y un año antes de su muerte. En su carrera literaria, James escribió narrativa romántica con personajes redondos y llenos de contrastes, brillantes ensayos políticos y sociales (sobre todo centrados en temas de clasismo y estatus), y exploró a fondo ideas como la libertad personal, el feminismo y la moralidad. En cuanto a su estilo, aunque en sus obras encontramos influencias de maestros del realismo y el naturalismo como Balzac, Dickens y Hawthorne, a James se le considera un escritor de transición entre el final del movimiento Victoriano y el principio del Modernismo, mayormente por el gran desarrollo que hace de sus personajes y sus ideas en innovadores monólogos interiores.
La novela corta que nos concierne, Los papeles de Aspern, no es una de las más conocidas del autor americano, aunque merece situarse entre sus mejores obras de ficción. Publicada en 1888, ya que fue escrita durante la estancia de James en Florencia, es una muestra de la enorme habilidad que el escritor poseía para crear dramas psicológicos, a través de la intriga y la seducción. Tiene como argumento la aventura de un editor que se propone recuperar unas cartas del fallecido (y ficticio) poeta Aspern. Llega a sus oídos que las inéditas cartas están en posesión de su antiguo amor y, sin dudarlo, se presenta en su mansión veneciana, aún sabiendo que su tarea no será nada fácil. Las descripciones sobre la decrépita mansión y la reclusión de sus inquilinas, Juliana Bordereau y su solterona sobrina, recuerdan al halo de melancolía y polvo que envuelve a la señorita Havisham y a su protegida Estella en Grandes Esperanzas de Dickens. James consigue mantener el interés de quien lee la novela de dos formas: primero, a través del argumento externo que ocupa la búsqueda de los papeles de Aspern (los concienzudos planes del editor, la amistad que poco a poco surge entre él y Tina, las trabas que Juliana les pone…), y segundo, mediante la lucha interna y el declive moral del protagonista, de las que el autor nos hace partícipes con un magnífico uso de la primera persona y el monólogo interior. A principios de verano, el editor bromea para sí sobre qué está dispuesto a hacer para conseguir los papeles, y a lo largo de la historia presenciamos el claro cambio de tono en sus pensamientos y la sucesiva corrupción de sus valores.
El interés de James por cuestiones como la identidad nacional y el contraste entre Europa y Norteamérica, que desarrolló en la mayoría de sus novelas, se materializa en esta obra en la figura de Jeffrey Aspern. Y es que sus personajes estadounidenses tienden a representar el progreso y la evolución, en contraposición a los personajes europeos. Sin embargo, James no alababa sin criterio a sus compatriotas, también los consideraba vacíos culturalmente y materialistas, lo que se refleja en el carácter de conocidos personajes como Daisy Miller o, en el caso de Los papeles de Aspern, de Juliana y del propio poeta. Por eso, aunque algunas de las teorías más extendidas defienden que tras el nombre de Aspern se oculta el poeta romántico Shelley, que vivió y murió en Italia, o incluso su contemporáneo Lord Byron, todo apunta a que, en realidad, James se refería al americano Edgar Allan Poe. De hecho, varios críticos apoyan esta hipótesis en la existencia de Sarah Whitman, una anciana que estuvo prometida con Poe y cuya historia es muy parecida a la de la señorita Bordereau. Además, también sustenta esta teoría el hecho de que James no se llevara demasiado bien con Poe y quisiera hacerle una crítica velada con esta obra, un poco al estilo Quevedo-Góngora.
Los papeles de Aspern es una novela corta, pero en la que Henry James no escatimó en demostrar sus mejores habilidades, aquellas que lo han situado entre los escritores y estudiosos más prestigiosos de su época. En general, esta es una historia sobre manipulación y codicia, un debate entre ambición y moralidad que nos hace preguntarnos: ¿hasta dónde se puede llegar?, ¿cuánto pueden cegarnos el egoísmo y el orgullo?, ¿qué precio estamos dispuestos a pagar por nuestro beneficio personal? James captura magistralmente ese diálogo interno que nos hace convencernos de una cosa, excusarnos para cambiar de opinión una y otra vez, e incluso llegar a proyectar nuestros sentimientos en la forma en la que vemos a las personas que nos rodean. Porque, al final, esta no es solo la historia de un editor buscando unos interesantes papeles, sino el intento de entenderse y conocerse a sí mismo.

viernes, julio 29, 2016

El club de la lucha 2, Chuck Palahniuk / Cameron Steward


Ilust. Cameron Steward. Trad. Carlos Mayor Ortega
Reservoir Books, Barcelona, 2016. 288 pp. 21,90 €

Santiago Pajares

Ya está aquí la novela que llevabas más de quince años esperando, desde que en 1999 vieras en el cine la película y corrieras (alguno) a comprar la novela en tu librería. Sólo que no es una novela, es un comic. Es el regreso de Tyler Durden.
¿Por qué un comic? Es que un escritor prolífico como es Chuck Palahniuk (ha escrito 14 novelas, libros de relatos y ensayos) está buscando acaso conectar con otra generación más visual? ¿Experimentar con otros formatos narrativos? ¿Sacarnos de la cabeza de una vez las caras de Edward Norton y Brad Pitt? Lo cierto es que no es importante, porque Tyler ha vuelto y nadie que conozca la historia del fabricante de jabón puede esperar a saber más. Han pasado diez años, y ahora, el narrador sin nombre se llama Sebastián. Sebastián, ya con menos pelo, tiene una vida con Marla. Tiene un trabajo, una casa en las afueras, un hijo y un montón de pastillas que mantienen latente a su alter ego. Pero Tyler Durden es una presencia tan fuerte y poderosa que no puede ser reprimida por unas simples pastillas de colores. Con la ayuda de su psiquiatra, Tyler mantiene vivo el proyecto Estragos, un proyecto que, al contrario que la vida de Sebastián, nunca se ha detenido. Por todas partes vemos a sus acólitos, en supermercados, en tiendas de flores, en lavaderos de coches, con la cara magullada y los labios partidos diciendo a Sebastián: «No me debe nada, señor Durden, no se preocupe». Y es que una vez que has creado un ejercito, no puedes abandonarlo. Y de eso sabe el propio Chuck Palahniuk que, como un personaje más del libro al que los otros personajes acuden en busca de inspiración, es plenamente consciente que ha creado un arquetipo que se ha inmiscuido en el consciente colectivo de una generación como Papá Noel en las navidades.
Por las páginas del comic veremos pasar a todos los personajes a los que echábamos de menos. A Marla, que trata de ser una madre modelo pero al mismo tiempo no puede evitar crear una fuerza armada con los chicos de las reuniones de progeria, ancianos prematuros que buscan desesperados algo grande a lo que entregar sus vidas. A Robert Paulson, ahora un monstruo al que se le puede invocar como un demonio. A Cloe, la enferma terminal de cáncer desesperada por echar un polvo. Todos un poco más viejos, pero con las mismas ganas de dar un sentido a su existencia, aunque sea un sentido violento, contrario a las normas sociales y, en cierto sentido, comandado por Tyler Durden.
Tenemos 276 páginas a todo color para disfrute de todos los amantes de El club de la lucha, aquellos que descubrimos a Chuck Palahniuk a raíz de la película de David Fincher. Y algo más, un prefacio del primer editor de Palahniuk, aquel que consiguió que aquella novela excesiva y llena de violencia se imprimiese en papel pese a la negativa de sus socios. Una joyita que los fans del autor, y de Tyler Durden, no pueden perderse.
Y es que Chuck Palahniuk sabe que si consigue que todo el mundo crea en Tyler, deja de ser un amigo imaginario para convertirse en una leyenda.

viernes, julio 22, 2016

American smoke. Viajes al final de la luz, Iain Sinclair


Trad. Javier Calvo
Alpha Decay, Barcelona, 2016. 384 pp. 26 €

Fermín Herrero

Conocí unos cuantos poemas de Iain Sinclair gracias a la voluminosa –seis décadas, casi cincuenta poetas antologados- y sorprendente antología de poesía británica La isla tuerta. Allí se le incluía curiosamente en el grupo de los “Indocumentados”, cuando, como veremos, en el libro que nos ocupa, da muestras de un dominio de fuentes y bibliografía respecto a escritores beat realmente apabullante. Se decía también en las escuetas notas biobibliográficas con las que se clausuraba el volumen, entre otras cosas, que ha sido «jardinero, portuario, librero, cervecero y envasador de cigarrillos», nada menos. Además de emparentarlo, como “socio satélite”, con la familia última de iluminati ingleses, con J.G. Ballard a la cabeza, escritor citado varias veces en American Smoke.
También se le catalogaba como autor inclasificable y, en efecto, la siguiente obra suya que leí, La ciudad de las desapariciones, pertenece al género narrativo, pero a partir de esa fijación genérica es harto difícil de encasillar. En concreto, en la solapa del libro, también publicado por Alpha Decay –según el traductor de lujo de aquel volumen y del que comentamos, Javier Calvo, para solventar la “anomalía perturbadora” de que nunca hubiera aparecido nada de Sinclair en nuestro país- se encuadraba el libro en la psicografía, «la exploración lúcida y perspicaz del entorno urbano por el afán de descubrir el trasfondo mágico del espacio y la arquitectura que lo articula». En la línea de la antropología urbana, a la vanguardia contracultural de nuestro tiempo, Sinclair era capaz de elevar con prosa soberbia, un punto expresionista, la zona Este de Londres, ciudad de adopción y acogida de este galés, natural de Cardiff y formado en Dublín.
En buena parte de American smoke, sin embargo, Sinclair abandona, primero con las humedades otoñales y luego en varias escapadas más (Vancouver, Kansas, Seattle, Berkeley, con parada y fonda en Hollywood, según Mike Davis «la sinergia perfecta entre la cultura de los gángsteres y las fábricas de películas»), el anclaje medular de su literatura –“corría el año 2011 y había perdido su aroma”- y se embarca hacia Norteamérica «con la esperanza de volver a conectar con los héroes de mi juventud», guiado en principio por la memoria de Charles Olson, de quien dice algo maravilloso para un poeta: “vivía en el lenguaje”, alma y rector del Black Mountain College, en Carolina del Norte, institución por la que pasaron gente tan diversa, de todas las artes, como John Cage, Robert Creely, Merce Cunnigham, Willem de Kooning o Robert Duncan, autor de la sugerente cita inicial del libro: «Regreso para encontrar secretos./Regreso para robarlos».
Y así es, Sinclair, aspirante en su día a poeta vagabundo, causa probable de los orígenes librescos de sus expediciones, en su afán de encontrar y ofrecernos secretos, comienza su periplo americano tras las huellas de Olson, extraño poeta jungiano, entre pescadores de origen siciliano, dedicados a capturar preferentemente pez espada con palangre. Luego, su recorrido literario rastreando «la escena contracultural» yanqui, persiguiendo la «rancia y escurridiza esencia de la literatura beat», le acerca a faros icónicos, espirituales, del calibre de Malcolm Lowry, Gary Snyder, William Burroughs, Jack Kerouac, Allen Gingsberg, Gregory Corso y otros de su estirpe, casi siempre, como compañera, con la sombra alargada, omnipresente, obsesiva, de Roberto Bolaño, de los diarios de Spandau de Albert Speer y de la marca profética de Blake. Todos, escritores que fueron hasta el fondo, hasta «el final de la luz».
Por el camino, claro, aparecen multitud de figurantes no menos destacables: el editor multimillonario y marxista Feltrinelli; Alexander Baron, uno de sus referentes, novelista bélico de cierto éxito, desconocido para mí; el apocalíptico Dylan Thomas en el mítico Chelsea, junto a los cadáveres de Sid Vicious y Janis Joplin, «que una vez tuvo una cita desastrosa con Olson»; Lovecraft y sus “mitos chiflados de Ctulhu”; Ed Sanders y su inmersión en la espiral de locura de la secta Manson; Lew Welch, «intoxicado con una fuerte dosis de Gertrude Stein», que se internó en un bosque para siempre, para no volver jamás; Cal Shutter, futbolero y vendedor de sangre; el «jovenzuelo chulesco» Gore Vidal; Timothy Leary, sus “cacahuetes” de psilocibina y sus frascos de ácido lisérgico. Y tantos otros, una pléyade de lo mejorcito de la literatura norteamericana contemporánea, que asoma por las apasionas y apasionantes páginas de este galés indomable. El libro en su conjunto es un tesoro de informaciones de primera mano y de primer orden, lleno de apreciaciones sugerentes. Pero Sinclair, aunque como buen investigador inglés de las letras dispone de artillería pesada, no abusa en absoluto de su arsenal, más bien se muestra compasivo con los vicios y defectos de los pobres poetas, admirables en su desastre. Sin faltar a la verdad, por otra parte, sabe perfectamente quién se merece una mofa leve, caso de Stephen King o de Stephanie Meyer, la autora de «la franquicia de vampiros» Crepúsculo. De modo que, desde lo personal autobiográfico a los acercamientos fílmicos con Courtney Love en papel estelar, American smoke traza una visión completa de las tribus beat, tan distintas entre sí. Tilda a los neoyorkinos de «cascarrabias, competitivos»; a Corso, por ejemplo, «le costaba escuchar sin reírse cómo Snyder daba la brasa a los granjeros de Dakota sobre cómo tenían que plantar patatas».
El dragador Sinclair es un maestro de la literatura de no ficción: reconstruye vidas, ensambla sucesos, aventura destinos. Su modo de indagación es único, tiene una penetración aguda que determina una mirada semejante a una radiografía. Esta mirada viene determinada por su mezcla muy original de reportero entre aquiescente y puntilloso, flâneur siempre atento, explorador lúcido, ensayista errático a quien nada le es ajeno y viajero curioso y detallista. Y por un estilo capaz de conjugar el lirismo desbordante de adjetivación exquisita con la prosa impresionista de flashes secos y condensados o la transcripción literal de testimonios grabados; la precisión periodística con la digresión, siempre atinada y fundamento clave de su escritura.