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viernes, abril 15, 2016

Pleamargen. Poesía 1940-1948, André Breton


Ed. bilingüe Xoán Abeleira. 
Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2016. 480 pp. 23,90 €

José Luis Gómez Toré

Que el surrealismo supone una aportación fundamental a la historia del arte y de la literatura, nadie lo discute. Tampoco que su influencia llegue hasta nuestros días. Y, sin embargo, cabe preguntarse hasta qué punto esa herencia no nos llega ya domesticada, sin sombra de la radicalidad de un movimiento que quiso trascender el campo de lo artístico, que pretendió, absolutamente en serio, unir la divisa de Marx de cambiar el mundo con la proclama de Rimbaud, transformar la vida. Por ello, quizá resulte necesario aproximarse, como hace este libro, a uno de los principales impulsores de la aventura surrealista, y hacerlo además desde la convicción de que Breton no es solo es uno de los indudables cabecillas del grupo, sino ante todo un creador. Un poeta, que, a diferencia de algunos versificadores actuales, sí creía en la poesía (poesía, por supuesto, como un arte de vivir apasionadamente, no como un pobre sucedáneo de la vida).
El trabajo de Xoán Abeleira es notable tanto por su traducción como por los elementos para la reflexión que ofrecen tanto el prólogo como sus notas, que nos obligan a revisar algunos de los tópicos más asentados en torno a un movimiento que, como bien apunta el traductor, debería haberse llamado en castellano “superrealismo”. No es el menor de esos lugares comunes la tendencia a entender la escritura automática como una suerte de capricho pasajero, cuando el automatismo enlaza en realidad con uno de los puntales de esta vanguardia, su invitación a extender la conciencia más allá de los límites del la percepción ordinaria. La edición da también cuenta del universo plural y de las múltiples influencias entre las que se movía el escritor francés: Marx pero también el socialismo utópico de un Fourier, Freud pero también Jung, las llamadas culturas primitivas o, incluso, la tradición esotérica. El simbolismo ocultista (en este caso, de las cartas del Tarot) se convierte precisamente en el eje vertebrador del texto que cierra el volumen, Arcano 17, apasionado homenaje a un amor, la pianista Elisa Bindhoff.
La difícil adscripción de Arcano 17 a un género (ensayo, poesía…) recuerda a otro de los libros capitales de Breton, Nadja, y ambos escritos, en su apasionada celebración del amor y la mujer, se mueven en la misma trayectoria de algunos de los textos que podemos leer en Pleamargen como “Fata Morgana” o “Por la senda de San Romano”, poema que empieza con un verso que vale por todo un manifiesto surrealista: “La poesía se hace en la cama como el amor”. Es esa la convicción que cierra Arcano 17 y que resume la esencia, a menudo olvidada, del surrealismo: «es la revuelta en sí, y solo ella, la creadora de luz. Y esa luz no puede conocerse más que por tres vías: la poesía, la libertad y el amor».

lunes, abril 28, 2014

El territorio interior, Yves Bonnefoy

Trad. Ernesto Kavi. Sexto Piso, Madrid, 2014. 221 pp. 19 €

José Luis Gómez Toré

Aunque El territorio interior no es un libro de poesía (tampoco nos hallamos ante una narración propiamente dicha, a pesar de haber aparecido dentro de una colección de narrativa), no resultaría difícil adivinar que su autor es un poeta, aunque el despistado lector no supiera a estas alturas quién es Yves Bonnefoy (Tours, 1923), una de las voces más destacadas de la poesía francesa contemporánea. Y no me refiero con esto a las cualidades de su prosa, que a menudo alcanza una intensidad lírica, pero que desborda los límites de lo que convencionalmente se denomina prosa poética (sobre todo, cuando con tal etiqueta se alude, de manera engañosa, a una cierta hinchazón retórica y sentimental). Si en este libro Bonnefoy prolonga el diálogo con lo real que constituye su obra propiamente poética, ello tiene que ver con el hecho de que en estas páginas se recorre una perturbadora tierra de frontera a la que no es ajena la mirada lírica. Ante el lector se despliega un esquivo territorio entre el ser y el no ser, entre el sueño y la vigilia, que puede evocar lejanas regiones desérticas pero que sobre todo adquiere los contornos más familiares, pero quizá no menos misteriosos, del mundo mediterráneo. Un viaje por tierras de Italia y Grecia que es también un viaje por las obras de arte del Renacimiento italiano así como por las secretas galerías de uno mismo, por decirlo con la bella expresión machadiana.
Dicho viaje constituye una búsqueda de ese otro espacio que parece está más allá o más acá de lo contemplado, en un esfuerzo por dilucidar esa experiencia en el que el mundo «amado primero como la música, y enseguida disuelta su presencia, vuelve como presencia segunda, reestructurada por lo desconocido, pero viva y en una relación más secreta conmigo». Se trata de un viaje de ida y vuelta, en el que las fronteras nunca están claras. De ahí que no me acabe de convencer la traducción del título original, L’Arrière-pays, aunque reconozco la dificultad para encontrar una versión satisfactoria, que no resulte forzada en castellano, de ese país “de atrás” (lo que no significa por mi parte un juicio negativo sobre la más que meritoria labor del traductor, capaz de verter al español la sinuosa, y a ratos, compleja, prosa, tan rica en matices, del autor francés). Y es que el territorio del que se nos habla no es solo un territorio interior, ya que, si a la postre se niega otro mundo más allá de nuestra realidad cotidiana, lo cierto es que hay un constante ir y venir entre el yo y lo otro, entre los territorios interiores y una realidad exterior, que no acaba de decir su secreto. Dicha ambigüedad se pierde en parte, me parece, en el título en español. Y se trata de una ambigüedad esencial, ya que hay aquí una invitación al lector para asumir el riesgo de soñar, de aprender a soñar hasta el final, única y paradójica manera de no dejarse seducir por el sueño. La escritura, y en concreto la escritura poética, se muestra así como una forma de terapia homeopática, como si solo soñando lo real, pudiéramos defendernos de los espejismos del sueño.
Me he referido antes a que no estamos ante un texto poético propiamente dicho, como tampoco ante un texto lírico strictu sensu ni tampoco plenamente ensayístico o autobiográfico o narrativo. Y, sin embargo, uno de los aspectos más interesantes del texto es que nos deja entrever los retazos de una narración que pudo ser y no fue. Así, funcionan como contrapunto del propio discurso no solo los proyectos de una escritura narrativa frustrada, sino también la huella de una novela de aventuras de la que solo queda la evocación, penosamente convocada por el recuerdo, de una lectura juvenil. De la imposibilidad del relato, de pensar esa experiencia desde la narratividad, surge la necesidad de afrontarla desde otra escritura, que trasciende y mezcla los géneros, escritura que se revela por sí misma como un territorio, como un espacio a la vez interior y exterior, como otro y el mismo mundo en el que transcurre nuestra existencia, hecha también de sombras y fantasmas.