martes, julio 19, 2011

La enfermedad del lado izquierdo, Esteban Gutiérrez Gómez

Eutelequia, Madrid, 2011. 112 pp. 13 €

Miguel Baquero

«Siempre me había fascinado aquella vista de las montañas (…) Algo en mi interior me hacía sentirme satisfecho cuando la divisaba (…) El perfil de aquellos Siete Picos era mágico para mí».
Así comienza La enfermedad del lado izquierdo, la última novela del escritor Esteban Gutiérrez Gómez, autor asimismo de libros de cuentos, poesías y participante en diversas revistas literarias. Esta su última novela, publicada por la joven pero muy prometedora Editorial Entelequia, narra la historia de un hombre que, sin más bagaje en realidad que esa visión de las montañas y el bienestar que le proporciona, decide romper con todo su pasado anterior, un pasado de rutina, grisura, monotonía, movimientos entrenados y calculados… Sin más horizonte, y nunca mejor dicho, que las azules y próximas —pero que en realidad parecen inalcanzables— montañas azules del Guadarrama, el protagonista de La enfermedad del lado izquierdo decide emprender un camino sin rumbo fijo, pero libre de sus ataduras, que se habían ido somatizando en un progresivo y casi fatal dolor en su costado izquierdo.
Narrada con un estilo ágil y actual, lejos de esos engolamientos trascendentaloides que tan propios son de los libros de auto-ayuda y/o crecimiento personal. La enfermedad del lado izquierdo es una odisea pequeña, pero sincera e intensa, en la que cualquier lector puede verse reflejado. Se trata de ese viaje, en apariencia corto pero seguramente el más largo, hacia lo que nunca debimos dejar de ser. “Nunca es tarde para ser lo que deberías haber sido”, abre el libro una significativa cita de George Eliot.
Por el camino de vuelta a uno mismo (es sintomático que el libro siga una numeración creciente hasta la mitad y a partir de ahí comience a decrecer), por esa ruta de subidas y bajadas, crestas y valles como el perfil de las montañas, el protagonista de la novela irá cambiando toda su concepción sobre la amistad, el compañerismo, el amor… descubriendo la otra vertiente de la montaña, que hasta entonces le habían ocultado los prejuicios, las ideas comunes, el protocolo de este otro lado de la vida, el de las reglas definidas y el de la mediocridad ordenada.
La enfermedad del lado izquierdo es una novela no sólo bien narrada, entretenida, inteligente, sino una novela que invita a reflexionar sobre nuestro alrededor, sobre hasta qué punto nuestra vida se concilia con nosotros, y sobre si es posible romper con la inercia en la que estamos embarcados. A veces, como se dice en un capítulo de la novela, las crisis pueden significar no sólo una tragedia económica, sino una oportunidad para el cambio.

lunes, julio 18, 2011

Almería 66, Francisco Ortiz

Instituto de Estudios Almerienses, Almería, 2011. 150 pp. 10 €

Miguel Sanfeliu

Francisco Ortiz es de los que te dicen lo que piensan, sin rodeos, y cuando lees sus libros te das cuenta de que su actitud ante la literatura es fiel a su actitud ante el mundo. Es autor de la novela Ultima noche en Granada (ediciones Mira, 2009) y el Instituto de Estudios Almerienses acaba de publicar su libro de relatos Almería 66, un libro de textos muy pulidos, que se lee con rapidez, manteniendo un ritmo vertiginoso que no se ve interrumpido ni dificultado por nada, que fluye con naturalidad y tan sólo sobresalta al lector por el contenido brutal, por la rabia, por la mirada fría hacia el lado oscuro del ser humano. El uso reiterado del monólogo interior convierte el libro en una colección de manifestaciones, en un coro de voces, de declaraciones descarnadas, que van conformando una imagen brutal del horror en su estado más elemental. Los personajes que desfilan por estas páginas son víctimas de las circunstancias o de pasiones humanas que escapan a su control. En muchos de estos relatos, no tardas en hacerte una idea de lo que ha ocurrido, de toda la secuencia a la que hace referencia esa voz, a veces fría, a veces dolorosa. Los detalles que escoge, la mirada personal e incisiva que se detiene en aquello que resulta esencial, son muestras de que nos encontramos ante un escritor capaz de convertir en literatura todo lo que le preocupa, lo que le indigna, lo que le mueve a la reflexión. Sus relatos surgen del desagrado ante el mundo, de la rabia ante la injusticia.
Un buen número de historias muy potentes, pese a su brevedad, como “Los ojos de la hermana de Aner”, con ese contraste entre lo que piensa el protagonista y lo que hace; o “Matar al padre”, redondo en su concepción, que nos permite ver el dolor que se disimula detrás de una impostada indiferencia. La desgarrada historia de amor de “El espejo exacto”, la visceralidad incontrolada de “Todo tan fácil”, el impacto de un suicidio en “Adela”, o el irónico colofón, el nexo entre el autor y la obra, titulado “El asesinato”... Historias impactantes, contadas con una economía de medios encomiable, con un estilo en el que predominan las frases cortas, secas, sin rodeos ni adornos. Mezcla los diálogos y la acción, mantiene en un mismo plano los pensamientos del protagonista con los sucesos que se están contando, y presta una especial atención a los detalles, ya que el estilo con el que se cuenta es tan importante como el contenido de lo que cuenta.
La realidad es una de sus fuentes de inspiración, como si necesitara ficcionalizarla para asimilarla. Dramas que golpean y que intenta atrapar, así ocurre en “La llama nunca encendida”, por ejemplo, porque lo que hay que destacar en este conjunto de confesiones y sentimientos es la preocupación que demuestra el autor por ese lado salvaje que encierra todo ser humano, su lado más cruel, las circunstancias más brutales e incomprensibles. Casi puede decirse que nos encontramos ante un estudio sobre la violencia, una reflexión profunda sobre el modo en que muchos conflictos, incapaces de resolverse, tienen consecuencias imprevisibles. La venganza, el crimen fortuito, el asesinato premeditado, la defensa propia, el crimen como aplicación de la justicia... historias que encontramos cada día y a las que peligrosamente parece que nos vamos acostumbrando. Sin embargo, aunque es cierto que predomina el dolor y la desesperación, la rabia y la violencia, también deja espacio Ortiz para la ternura e incluso el humor, cuidadosamente distribuido a lo largo del libro.
Cuando se lee un buen cuento, capaz de traspasar la coraza que llevamos puesta, sentimos una especie de respingo, de sobresalto, un movimiento reflejo causado por el instinto de conservación que nos advierte que nuestras defensas han sido franqueadas. Pues bien, esa sensación la van a tener en más de una ocasión en cuanto se sumerjan en las páginas de este libro.

viernes, julio 15, 2011

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, Patricio Pron

Mondadori, Barcelona, 2011. 208 pp. 16,90 €

David Vicente

La industria de la literatura, como cualquier otra, ha de inventar cada temporada para alcanzar unas ventas mínimas un cupo de nuevas promesas, autores originales y vanguardistas movimientos narrativos con sus correspondientes representantes. Como casi siempre, todo lo que merece la pena surge al margen del ruido. Es el caso de Patricio Pron, un escritor de aspecto débil y enfermizo, dedos cortos y delgados, pero literatura contundente, que se dio a conocer en España con su novela El comienzo de la primavera.
Patricio probablemente nunca ha trabajado en un almacén de carga y descarga, a diferencia de Bukowski, en unos astilleros, al igual que otros tantos escritores, ni se cubre con la capa de autor maldito y outsider. No le hace falta para que su literatura suene real, sincera, sobrecogedora y, como digo, tan contundente como la del que más.
Si hiciésemos un símil pugilístico podríamos compararle a Pernell Whitaker, ese mítico boxeador de los años 90, campeón de cuatro categorías diferentes, que se movía como una mariposa, pero picaba como una abeja.
Es seguro que más allá de lo que diga la “lista Granta” (que a fin de cuentas no es más que ruido dogmático), Patricio es uno de los autores destinado a superar el fuego de artificio que acabarán siendo la mayoría de sus coetáneos.
Su última novela, El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, no es sino la confirmación de todo lo dicho anteriormente y, quizá en su caso, una novela necesaria y una deuda pendiente con un pasado, el suyo y el de toda una generación de argentinos, los hijos de la dictadura militar y de todos los padres y madres desaparecidos.
Y por qué no, también el de todos nosotros y el de todos nuestros padres. Ya lo decía Terencio, soy humano y nada de lo humano me es ajeno. Máxime en un país como el nuestro, necesitado también de ajustar unas cuantas deudas con el pasado, mal que les pese a algunos.
La novela de Pron, con evidentes tintes autobiográficos (aunque no lo olvidemos, como el mismo advierte, una gota de ficción tiñe todo de ficción), trata de averiguar quiénes han sido los que nos han antecedido, lo que no deja de ser averiguar un poco quiénes somos nosotros mismos. Una tarea que tiene mucho de detectivesca, al más puro estilo policíaco, pero también mucho de bucear dentro de las propias entrañas de uno mismo, algo que requiere sin duda dosis importantes de valentía.
Curiosamente un presidente argentino anterior a los hechos centrales que relata Patricio en su libro, Nicolás Avellaneda, acuñó la famosa frase, que posteriormente quedaría grabada en el campo de concentración de Auschwitz, los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla. Patricio no sólo no la quiere olvidar, sino que trata de rescatarla en la figura de su padre. (Quien por cierto ofrece una serie de interesantes puntualizaciones a la novela en el propio blog del autor, http://patriciopron.blogspot.com/p/el-espiritu-de-mis-padres-sigue.html, bajo el nombre The straight record: la versión de mi padre).
Sólo una cosa más para terminar la crónica de esta novela construida a base de honestidad, coraje, supongo que mucho esfuerzo y dolor, y buena literatura. Con permiso de Patricio, una rectificación al título. Creo sería (o así me gustaría pensarlo) más adecuado, El espíritu de nuestros padres sigue subiendo en la lluvia. Y que continúe.

jueves, julio 14, 2011

Amor. Poesía reunida, 1998-2010, Manuel Vilas

Madrid, Visor, 2010. 295 pp. 14 €

Ricardo Virtanen
firma invitada*

Me gusta mi poesía, me da alegría cuando la leo, me pone de buen humor, me río, me mete caña, me entran ganas de vivir, me entran ganas de fiesta. Con estas frases sorprendentes prologa Manuel Vilas (Barbastro, 1962) su poesía reunida. A una edad, tiende el poeta a reunir lo que constituye su voz poética (algunos van más allá y reúnen todo lo que se les pasó por la imprenta). Así ha querido titular su poesía Vilas: Amor. Pero que nadie se lleve a engaño. Nada de sentimentalismo y poesía amatoria. En el mundo Vilas, todo se halla hipertrofiado, todo es incómodo, provocador, divertido, ufano. La voz propia del poeta Vilas corresponde con sus tres últimas publicaciones: El cielo (2000), Resurrección (2006) y Calor (2008), que lo han colocado en lugar preponderante en la actual poesía española. A estos libros que, según palabras propias, se editan tal y como se publicaron en su día, sin ningún cambio, se les suman 19 poemas de sus 4 primeros libros: El osario de los tristes (1989), El rumor de las llamas (1990), El mal gobierno (1993) y Las arenas de Libia (1998). Una sabia elección.
El poeta se refiere a sí mismo como “marca Vilas”, que más allá de su producción poética, abarca además sus narraciones Dos años felices, Zeta y, sobre todo, Aire nuestro. Poesía que oscila entre un autobiografismo abrasivo y una parodia del mundo (nuestro, suyo) que agoniza entre sus manos, y que resucita de pronto con aires nuevos. Con El Cielo, Vilas experimentó con un modelo poético que divergía entre una narratividad expresa y un poema de interminables versículos enumerativos sine die (como buen seguidor del gran Whitman). Porque es obvio que, desde un principio, sus textos plantean una historia in medias res donde el personaje ficcional (Vilas, por qué no), vividor, viajante, despreocupado, saca de las casillas a la propia vida. Si no léanse los inicios de "Historia de una camarera": «Encima de la cama estoy, sin sueño, está amaneciendo en Cádiz, se oyen gaviotas trayendo el nuevo día, que yo no sé si viviré…»; "Gambas y navajas", que sería el epítome de lo que es un poema social postmoderno: «Me estaba comiendo unas gambas en un sitio que está cerca del teatro principal / y entró un negro vendiendo cedés, un negro con una sonrisa gigantesca, con un cedé de Julio Iglesias, metido en una bolsita nauseabunda», o aquel sorpresivo que empieza: «Sólo dios sabe por qué se me regaló el don de aprenderme de memoria las manos de todas las cajeras que me han atendido y cobrado alguna vez de mi vida» (de "Las manos de las cajeras").
En estos poemas irónicos y mordaces, y en otro muchos, relampaguea una cultura del pop, cómo no, radical y caricaturizante. Y no son pocos los poemas que presentan una base roquera para su posterior expansión: “Doug Yule” (disparatado diálogo entre Lou Reed y Yule), “Walk on the wild side”, sobre la mítica canción de Reed, “Los chicos están bien”, basada en el éxito de los Who, “1977”, retrato de una época mítica, y que coincide con las adolescencia del poeta Vilas, o el inédito “Danny Boy”, con canción de P. Grainger de fondo.
En muchos de los poemas, Vilas —o su heterónimo ciudadano— está dispuesto a amar al mundo por encima de todo o, en su defecto, a dejarse amar. En “Nueva York”, sátira punzante y dividido en 9 partes, se lee: «Amé su cubo de agua sucia, exaltación y pesadilla, / la vida grande amé, la vida sucia», refiriéndose a uno de los inmigrantes chinos de la ciudad. Una poesía, claro, en parte autobiográfica y expresionista. No pocos textos se inician con la incursión del propio Vilas en la trama poemática: «Manuel Vilas está sentado en un banco de la Catedral de Barbastro» (“Resurección”), «Manuel Vilas salió una mañana de casa. / Le esperaban en un instituto de la ciudad de Zaragoza» (“Mazda 6”), «El 24 de diciembre de 1985 Manuel Vilas estaba de guardia en el Cuartel del regimiento de Infantería de Barbastro» (“1985”) o  «Manuel Vilas sacó todo su dinero de los bancos», incluido en uno de los inéditos del libro, precisamente el que da título al volumen, “Amor”. Aquí se extrema la voz cáustica de su autor: «hoy soy San Vilas, un personaje que reparte todo su dinero a quien se encuentra por la calle». No es raro que leamos: nunca vimos a nadie tan enamorado. La sátira social conlleva un amor dislocado por sí mismo y, también, por un consumismo hiperbólico. Por ejemplo, su preferencia por los utilitarios de todos los modelos: “Madza 6”, “Seat 850”, “Audi 100” o “HU-4091-L”; o su amor por sus semejantes, “Fraternidad”, donde leemos: «me enloquecen los billetes de 500 euros».
En la llameante reunión que significa Amor, destacan sobre todo un puñado de odas al mundo contemporáneo y a la sociedad que nos despieza y que, al tiempo, nos da de comer de la mano. Un urbanitas fabulador en busca del lector insatisfecho, en aras de una provocación que llevarse a la boca. Si tuviera que elegir, me quedaría con poemas como “El comulgatorio”, “El crematorio”, “Las manos de las cajeras”, “MacDonald’s”, “Way out”, “Amor”, “Fraternidad” y el largo poema “Nueva York”. Todos confeccionan un mapa de realidades en los que chirría la existencia. La voz del poeta es esa puerta sin engrasar cuyo sonido —o soniquete— nos habla del interior de la casa, pero además de la fragilidad del mundo que se deshace ante nuestros ojos.
En verdad, a uno, leyendo al poeta Vilas, o al personaje Manuel Vilas, le entran ganas de perderse por los hoteles y playas del mundo. Esta poesía es —como leemos en uno de sus poemas— alegría, gloria, resurrección, dicha, exaltación, gozo, esplendor. El cielo.

* Ricardo Virtanen Madrid, 1964. Profesor, músico, poeta y crítico literario. Estudió Filología Hispánica e Inglesa en la UCM, y Musicología por la Universidad de La Rioja. Es doctor en Filología Hispánica con la tesis “La experiencia vanguardista de Guillermo de Torre”. Es profesor de secundaria y prof. contratado de Universidad.

Autor de numerosos libros de texto, ha publicado el libro de lingüística Lengua resuelta (1999), los poemarios Notas a pie de página (2005), La sed provocadora (2006), el pliego Epitafios (2005) y Sol de hogueras (2010) y, el cuaderno aforístico Pompas y circunstancias (2008). Dentro de la crítica literaria publicó Hitos y señas. Antología de la poesía española (1966-1996) (2001), la ed. de Carpe amorem, de Aurora Luque y una ed. crítica de Almanaque Literario 1935. Ha ejercido la crítica literaria en medios como Prima Littera, Cuadernos del Matemático, El ciervo, Ínsula, La Tribuna, Señales de humo, Per Abbad, Galerna, Empiurema, Zurgai, Ex libris, Paraíso, Cuadernos Hispanoamericanos, Clarín, El mirador de los vientos, Renacimiento o El Maquinista de la Generación, entre otras.

miércoles, julio 13, 2011

Una historia sencilla, Luis Velasco Blake

Caballo de Troya, Madrid, 2011. 144 pp. 13,90 €

Elvira Navarro

Según los neurólogos, la intuición no tiene nada de mágica. Ese pálpito fugaz y poderoso no es más que un cerebro que ya se sabe el camino, y que por tanto no necesita que todos los pasos afloren a la conciencia, lo que explicaría el porcentaje de aciertos. Hago esta aclaración previa porque, para hablarles de Una historia sencilla, voy a empezar con ese concepto altamente problemático que es la intuición, y que me servirá para seguir con otros no menos difíciles de fijar como categorías válidas a la hora de hacer una crítica, a saber: lo necesario y la autenticidad. Digo que son difíciles, y añado que en su dificultad reside su relación con la bondad de cualquier producto artístico, bondad que, como todos sabemos, está siempre puesta en tela de juicio porque en este campo no hay axiomas y sí, en cambio, paradigmas, es decir, ideologías: ahí es donde entran en juego estos conceptos. Sobre la intuición, aprovecharé la anécdota que consigné hace unos cuantos días en una crónica sobre la Feria del Libro de Madrid. Se trataba de una anécdota a propósito de una obra de Joan Didion, El año del pensamiento mágico, título que leí —o más bien observé— una, dos, tres, cuatro veces, pues tenía algo extraño; desde luego, una similitud con cualquier volumen de autoayuda que su presencia en un estante de literatura desmentía, aunque sobre todo, y tal como escribí en la mencionada crónica, lo que el título rezumaba era “algo inevitable, ese latido que está por encima del gusto, o sea, de la moda y del miedo, y que se impone”. Lo que posteriormente averigüé sobre el libro de Didion no hizo sino confirmar la explicación que los neurólogos dan a la intuición y a su alto porcentaje de aciertos (explicación que, por cierto, es una oda al aprendizaje): en efecto, la autora no había tenido elección a la hora de escoger el título, pues tras la muerte de su marido y de su hija se pasó un año convencida de que aquella desgracia había acontecido bajo una causalidad que, para ser tal, había que calificar como “mágica”.
Creo que lo anterior me vale para justificar mi creencia en que los libros que se escriben por necesidad y al dictado de su propia ley suelen albergar una potencia mayor que los que han sido diseñados por el autor para demostrar, o demostrarse, tal o cual cosa. Esto es así porque la obra que genera su propia norma está más al resguardo de las pretensiones de quien la escribe, de sus miedos y sus servidumbres, que la que es minuciosamente pensada. La pulsión creadora es libre, y esa libertad la torna corrosiva y capaz de ir en contra del limitado software mental del propio autor.
Luis Velasco Blake presentó el proyecto para escribir Una historia sencilla en el taller de nouvelle que imparto en Fuentetaja, y al poco nos trajo algo más de la mitad del libro; a ninguna de las trece personas que leímos aquel primer manuscrito nos cupo la menor duda de que Velasco Blake era un escritor hecho y derecho al que tal vez la vida (aún no lo conocíamos mucho) o la falta de confianza en sí mismo le habían impedido tener ya varias obras publicadas; también supimos que el pulso de la novela no admitía objeciones, lo que quiere decir que no las teníamos. Una historia sencilla narra las peripecias de una familia argentina de la segunda mitad del siglo XX a la que las convulsiones políticas, y alguna que otra personal, acaban por deshilachar. Nos aclaró Luis Velasco que esa familia no es la suya, si bien, por la cercanía personal con los acontecimientos que toca, podría haberlo sido. El libro se presenta como una paradójica novela de iniciación, y digo paradójica en la medida en que, si bien se cuenta un dramático destete, quien narra ya está de vuelta de todo y se dedica a hacer balance no con cinismo o descreimiento, sino desde una inocencia que pretende entender y pasar página. No hay aquí esperanza de sacarle réditos a la acusación, o lo que es lo mismo: no hay resentimiento. Los escasos juicios terminantes caen con humor o con sobrada justicia. Eso no es meritorio per se, sino en la medida en que lo fácil, por lo dramático de las circunstancias, habría sido echar hiel. En este sentido, lo que Una historia sencilla despliega es una mirada cervantina, que aspira a una comprensión de los motivos que llevan a los personajes a actuar de una manera u otra. Y aunque los protagonistas, casi todos militantes de distintos grupos de izquierda, nos muestran un fracaso no ya sólo personal, sino colectivo, se mantiene la fe en que no todo está perdido. Por otra parte, tanto la pulsión de comprender como el lenguaje y la sintaxis (un lenguaje y una sintaxis cercanos a la oralidad, de timbre cómplice, amable e incluso cómico) hacen pensar en la filiación del autor con Alfredo Bryce Echenique. Velasco Blake exhibe además un gran dominio del pulso narrativo, y ojo, aunque el tema de la novela es político, que no se asusten quienes piensan que la literatura no debe tematizar demasiadas ideas ni cargar las tintas en los mensajes “fuertes”, pues no hay tal cosa en Una historia sencilla. El título, por cierto, es harto elocuente: en la vida, y en la novela de Velasco, las catástrofes acontecen con (y en mitad de) la mayor sencillez.
Cualquiera que lea esta novela se percatará de que ninguno de los resbaladizos pero ineludibles condicionantes de los que hablábamos al principio (intuición, necesidad y autenticidad) faltan en ella. Luis Velasco Blake obedeció a su intuición, es decir, a la historia que pedía paso, ateniéndose a lo que le era estrictamente necesario para llegar a buen puerto, y olvidándose, como todo buen escritor, de cuanto le resultaba ajeno. Por ello, en el libro palpita esa extraña honestidad que captamos de manera inmediata y que nos lleva a asentir desde el convencimiento.

martes, julio 12, 2011

Ultraviolencia, Miguel Noguera

Blackie Books, Barcelona, 2011. 312 pp. 20 €

Ricardo Triviño

La idea de que un par de tipos sorprendan con un nuevo tipo de humor en un libro difícilmente catalogable. Una especie de antología de chistes gráficos pero sin chiste. Más bien, conceptos, reflexiones que mueven a la carcajada. Hervir un oso de Jonathan Millán y Miguel Noguera cae como una bomba silenciosa, escondido en la sección de cómics de cualquier librería generalista. Es un libro que se encuentra, que llama la atención por su curioso título y su extraña portada, que se lee y que se queda.
La idea de que uno de estos dos autores empiece a correr de boca en boca hasta que acaba sacando un libro. Se lo editan y sale en la tele invitado al programa de Buenafuente, donde hace una mini actuación. El libro y la actuación son material de sus ultrashows, espectáculos de una hora donde presenta sus bizarras ocurrencias llenas de un humor sádico y ridículo donde no hay remate final, no suenan los platillos al final de la broma. Eso que algunos ahora llaman post-humor, que suena a póstumo, que suena a post-tumor, después de la operación. Algo muy asqueroso.
La idea de que lo haya publicado la editorial que consiguió su primer éxito con un libro del cantante de Eels, un tipo cuyo padre era un científico que demostró la existencia del multiverso y se pegó un tiro, un tipo cuya hermana se suicidó para reunirse con su padre en un universo paralelo. En esta extravagante búsqueda de la esencia, Blackie Books vuelve a saborear el éxito con este cómico extraterrestre. Dos ediciones llevan ya con Ultraviolencia de Noguera. "¡Es Dios!" frente a "¿Quién es este gilipollas?" se entremezclan en la red, en lo social. Un pupurrí de opiniones disfuncionales.
La idea de que Noguera no sólo consiguió trabajo en el extinto programa de Buenafuente sino que le imprimieron el libro a pesar de los diferentes textos que ha escrito poniendo en tela de juicio a la editorial. Nos dice que hay algo oscuro en Blackie Books, que esa perrita que tienen de mascota no es trigo limpio. Y ellos no se ofenden. Es más, están encantados. Se ríen con él como lo hace todo el mundo, sin saber muy bien por qué, sin poder descifrar qué narices está sucediendo para que alguien así pueda llegar a ser venerado.
La idea de que esos textos que escribe, que declama Noguera en su espectáculo, que nunca son iguales, que desarrolla in situ a partir de los títulos que lleva apuntados, son bautizados por él como "ideas". Ideas que empiezan en un bar o mirando Telecinco con la frase "La idea de que...", un pie que puede ser imitado por los que lo idolatran o no llegan a más pero que difícilmente puede ser reproducido. Seguramente, será una creación artística tan falta de progenie como lo son los esperpentos de Valle-Inclán o las greguerías de Gómez de la Serna.
La idea de que hay que hacer una reseña y que envíen el tomo de Ultraviolencia perfectamente envuelto, con artículos de prensa elogiándolo, y se empieza a leer siguiendo un ritual. Acariciar la portada de Blackie Books, un delicia, y retirar la banda publicitaria de la segunda edición que llevan todas las segundas ediciones. Una cinta que sólo sirve para molestar a los libreros, para que no puedan colocarlo bien, para que cuando llegue un cliente a la tienda y la vea levemente estropeada, pida un ejemplar nuevo porque considera que ése está roto. A mala leche.
La idea de que se aparte la banda, se tire por ahí, y se empiece a devorar el libro con extremo cuidado. En esas páginas se esgrime crueldad contra ancianas y niños, contra deficientes mentales. El lector intenta evitar convertirse en un ser despreciable como el autor, pero no lo consigue. Se ríe. Risas que unas veces afloran a los labios y otras se quedan en el pecho, no como una comisura bella sino como una carcajada nasal, porcina, una carcajada sucia, una risotada vil. Es desagradable, es incómodo. De alguna manera, se inventa la teoría de que esto es post-humor, de que en realidad es una crítica de la postura contraria. "¡Paparruchas!" escribe metaliterariamente Noguera, "¡Paparruchas!".
La idea de que este cómico sea capaz de aunar humor absurdo y humor negrísimo, de mover desde la reflexión lúcida al espasmo obsceno, de no haber punto medio, de sólo existir extremos, caminar sobre filos de cuchillo. Un humor complicadísimo porque si uno se resbala se mata. El libro tiene altibajos, valles pasada la mitad del libro que hasta entonces no tiene baches. Más que valles, barrancos con zarzas y libros de Carlos Ruiz Zafón en el fondo. Cuando no consigue equilibrarlo todo, el castillo de naipes se derrumba. Pasado el segundo centenar ya se aprecian los mecanismos, la repetición de los mismos. Vuelve a haber chispazos, tracas, pero todo es más pantanoso.
La idea de que aún habiéndolo calado, de haber visto sus armas, se es incapaz de pintarle el retrato. ¡Menudo crítico inútil! ¿Para eso te pagan? No, no me pagan. ¡Menudo inútil crítico! Pensar en imitarlo, en hacer una reseña con su estilo, hacerlo algo desorientado, ¡qué larga por Dios! Encontrarse la banda de publicidad tirada, desplegarla, ver que está llena de texto y dibujitos, ver que tiene una cita que dice que no se deberían escribir reseñas de Noguera sino que debería citarse el artículo de David Foster Wallace sobre Kafka. Eso duele. Un esfuerzo estéril. Una broma pesada. Infinita. Acabar en un anticlímax como raro.

lunes, julio 11, 2011

Vida de Pablo, Carlos Pardo

Periférica, Cáceres, 2011. 312 pp. 20 €

Nere Basabe

Vida de Pablo, a medio camino entre la Bildungsroman y ese género tan actual como polémico que es la autoficción, trata de reconstruir, sin conseguirlo, la historia de Pablo, un artista que acaba trabajando tras la barra de un bar. Y en ese fracaso reside su mayor acierto. Porque tiene Vida de Pablo algo de Esperando a Godot, o de eso de que la vida es lo que pasa mientras hacemos otros planes. Pablo anuncia, en la última página, su visita para el verano que viene, pero se le esperaba el verano pasado. El hilo de la biografía del amigo Pablo se pierde así en digresiones diversas desde las primeras páginas, y las siguientes se siguen completando por sí mismas, para rellenar esa espera vana. Tratando de retratar al amigo, el narrador (Carlos Pardo, un joven poeta pinchadiscos que reside en una pequeña ciudad de provincias del sur) se retrata a sí mismo, y eso es lo mejor de esta biografía “fallida”.
Esas digresiones consisten en innumerables reflexiones filosóficas, discusiones estéticas o poéticas de barra de bar y en un sinfín de títulos de canciones, películas y libros. "Si hicieses una lista con todos esos títulos y la repartieses entre tus amigos, acabarías antes”, le reprocha su novia. Y sobre todo, la digresión principal, el amor, que Carlos retrata sin cursilería, o mejor dicho, con una cursi y brutal honestidad. Me echaba a llorar de amor pensando en sus radiografías, y se lo dije a Pablo pero me contestó que eso ya salía en La montaña mágica” / “Me dije que la excusa del amor me había negado el placer de las mejores oportunidades. Y casi siempre me había vuelto pesimista cuando estaba enamorado. A eso le llaman tener vida interior, que es como el fósforo del tedio. Como si no pudiera ser a la vez feliz y listo”.
“Carlos, es que no somos posmodernos”. Y pese a algunas de sus observaciones o actitudes estéticas, efectivamente no lo son porque, como todos los jóvenes, juegan a reproducir los estereotipos del poeta maldito, entre el alcohol, las drogas, la marginalidad autoimpuesta, la penuria económica de los trabajos temporales y el ejercicio de la leyenda personal (“¡Eh, poetas!”, les gritan en El Corte Inglés), aunque se muevan en una “periferia de París”, muy al sur, que se parece más al kitsch de Torremolinos (el autor insiste en el feísmo de los escenarios). Al pretender hablar de Pablo, Carlos habla de sí mismo, y al hablar de sí mismo, Carlos habla sobre todo de sus amigos (muchos de ellos más o menos reconocibles por todo aquel que siga la escena de la joven –o no tan joven− poesía actual). La amistad juega un papel central en este libro, y de sus servidumbres, su tedio y su posterior enfriamiento se traza aquí un retrato soberbio, en lo que constituye otro de los mayores logros de esta novela: “no hay amigos, sino momentos de amistad”. Dividida en dos partes separadas por una elipsis de años, uno no puede evitar reconocerse tal vez y sentir cierta nostalgia por ese, pese a todo, paraíso perdido que no se supo reconocer a tiempo, cuando los amigos eran los compañeros de un piso destartalado y constituían la única familia (“era una amistad homosexual”), y la precariedad obligaba a la persistencia en un presente perpetuo, sin horizontes: tan solo noches y noches de borrachera y bromas con amigos, esas infinitas conversaciones intrascendentes que saltan de una cosa a otra pero que parecían tan importantes, de Deleuze a una receta de cocina, que hacen juegos de palabras, y que nos sentimos impotentes porque a la mañana siguiente no podemos reproducir o recordar qué nos hizo tanta gracia. Pero Carlos, sí: “nadie rió mi chiste”. Aunque sí hay algunos buenos chistes aquí, y en general un humor sutil, que se mueve entre la crueldad y el indulgente cariño con el que solemos tratarnos a nosotros mismos cuando echamos la vista atrás.
Por último, no está de más decir que esta novela de 300 páginas se lee de un tirón, que las escenas y los diálogos no por repetidos resultan repetitivos (ya sabe, para recuperarse de la resaca no hay nada como ponerse a beber otra vez), pues está escrito con una prosa aparentemente simple, precisa, llena de ritmo e inteligencia.

viernes, julio 08, 2011

Formas de volver a casa, Alejandro Zambra

Anagrama, Barcelona, 2011. 164 pp. 15 €

Ignacio Sanz

Me había leído las dos novelas previas a la que suscita este comentario, Bonsái y La vida privada de los árboles. Ambas me habían resultado desconcertantes o, cuando menos curiosas, por la manera de abordar el hecho narrativo y por el estilo carente de resabios retóricos. La presente sigue estilísticamente la estela de las dos anteriores, es decir, se vale de una mirada oblicua, de una escritura elusiva y sinuosa. El lector se siente un poco perdido al principio por lo que ha de seguir con cierta atención el hilo de la historia para no perder los cabos sueltos de ese río que se va bifurcando conforme avanza.
¿Y de qué va la historia?, se preguntará el lector para ir entrando en materia. Pues bien, aquí Zambra aborda el compromiso político. Estamos en Chile, para ser más exactos estamos al principio en el Chile de Pinochet, aunque no encontremos ni una sola alusión a esta circunstancia. Para ello se vale de las peripecias de un niño de nueve años que ha se seguir los pasos, como si de un espía se tratara, de un vecino suyo que suscita cierta curiosidad. Esta encomienda le llega por parte de una niña algo mayor por la que el niño se siente fascinado. Extraño caso el del niño espía que da lugar a situaciones chuscas y rocambolescas dado el empeño del niño en realizar cabalmente su trabajo. Pero, sobre todo, el lector se va a encontrar con situaciones curiosas en el presente, cuando el niño que había desarrollado aquellas tareas en los años ochenta del pasado siglo, convertido en profesor, vuelve a verse con aquella chica en nuestro presente más inmediato.
Entonces el lector comienza a atar los cabos sueltos, a conocer la precariedad, el miedo y el camuflaje en el que han tendido que sobrevivir muchos ciudadanos chilenos. Y, al mismo tiempo, el lector descubre también, que las dictaduras se sostienen por la pasividad con que una mayoría que acepta el oprobio.
En realidad esta novela tiene una fácil traslación para el lector español, incluso para el lector menor de 40 años porque nuestra historia tiene cierto paralelismo con la de Chile. Y lo mismo cabría decir de Argentina, Paraguay, Uruguy, Perú, República Dominicana, Cuba...
En fin, que, además de estar hermanados por una lengua, lo estamos también por las dictaduras que durante periodos más o menos largos, acabaron socavando la convivencia social.
Uno de los aciertos de esta novela es que el autor apenas se despeina, que no hay proclamas ni consignas, que todo sigue un curso narrativo aparentemente sinuoso, en un plano personal, aunque al final el lector descubre lo irremediable, es decir, la dignidad de unos pocos ciudadanos que no se conforman, que arriesgan su vida. E, inevitablemente, un sentimiento de culpa.
Da la sensación, además, de que, en este caso, la novela tiene algo de desnudo integral, es decir, que el autor, ha abierto las puertas de su propia casa para que nos llegue el olor a podrido que emana de su propia familia. No se trata de una familia descaradamente complaciente con la dictadura, pero sí de una familia tibia, acomodaticia. Es decir de una de tantas familias reaccionarias.
Lo singular, una vez más, es el estilo, la manera indirecta y antirretórica de contar las cosas a la que Zambra nos tiene acostumbrados

jueves, julio 07, 2011

Un hombre sin cabeza, Etgar Keret

Trad. Ana María Bejarano. Siruela, Madrid, 2011. 192 pp. 17,95 €

Cecilia Frías

Pocos permanecerán indiferentes tras la lectura de esta nueva colección de relatos del singular Etgar Keret: escritor, guionista y director de cine israelí que cosecha éxitos más allá de sus fronteras, y ahora toma de la mano al lector para trasladarle hasta inesperados territorios en los que lo surrealista convive con lo cotidiano. Lo podemos comprobar desde las primeras páginas del volumen en las que un joven se queda estupefacto al descubrir que su apasionada amante de día se metamorfosea en un gordito con el que compartir partidos de fútbol y atracones de comida cuando el sol se acuesta. Así, lo que parecía una pega termina por convertirse en la fantasía inconfesable de cualquier chico que se precie: una pareja que alterne las dotes amatorias con las de compañero de juergas.
Y es que en el terreno de lo fantástico se maneja este polifacético artista como pez en el agua. No tanto por los perfiles de sus personajes, principalmente masculinos, esbozados en unas pocas líneas y de una “normalidad” con la que cualquiera podría identificarse, como por lo inusitado de los acontecimientos a los que se precipitan. O quién le iba a decir al protagonista de Jet-Lag cuando pensaba en ligarse a la azafata que terminaría lanzándose al vacío en pleno vuelo. Original resulta igualmente el caso de Liam Goznik, ese muchacho que por una extraña enfermedad genética crecía en la misma proporción en que sus abnegados padres encogían, hasta el punto de tener que sacarlos a pasear en el bolsillo de su chaqueta. Todo fuera por romper con el tópico del judío inteligente pero bajito, subraya sarcásticamente el narrador.
Humor negro, corrosivo que Keret no duda en derramar sobre los estereotipos de su propia cultura y otros usos de la sociedad contemporánea, como una vez más pone de manifiesto al describir la vida de un ginecólogo argentino que terminó de veterinario en Israel, o verter a través de sus personajes comentarios del tipo: «Mi padre dijo que antes, en Israel, una mujer podía ir sola por la calle en plena noche sin tener miedo a nada excepto a los árabes, mientras que hoy esto ya parece Estados Unidos».
Pero que nadie se lleve a engaño: la prosa ágil de Keret no es asunto sencillo aunque pudiera parecerlo a priori. A lo largo de esta treintena de relatos que apenas superan las cuatro páginas vemos desfilar toda una suerte de descabelladas historias en las que con gran capacidad de síntesis se abordan cuestiones que a pocos les serán ajenas: desde esa ambigüedad del destino que a veces se empecina en seguir su curso con independencia de nuestra voluntad (aquel perro malencarado que salva una y otra vez el pellejo a pesar de los infructuosos intentos de liquidarlo por parte de su dueño), a la reflexión sobre la amistad o el peso del azar en nuestras vidas, cuando el narrador nos invita a que fantaseemos sobre la posibilidad de hacernos tan ricos como el protagonista de la fábula: tal vez entonces sería él el que ahora leyese este cuento, nos dice al más puro estilo cortazariano.
Las apelaciones directas al lector se enmarcan, entonces, dentro de este ejercicio de imaginación conjunta en el que tendremos que poner de nuestra parte para perfilar los finales de los relatos, que en numerosas ocasiones parecen de una indefinición deliberada a fin de hacernos colaborar en la labor creadora. Juego extensible a la selección de títulos, que más que orientar sobre el argumento del texto parecen concentrarse lúdicamente en anécdotas periféricas al desarrollo de la trama. Como si con ello nos quisiera advertir de que la mejor manera de afrontar el absurdo que tantas veces preside nuestras vidas fuese con la distancia que nos proporciona el humor.
Y para el que quiera seguir buceando por el universo breve de Keret, recomendamos otras colecciones de relatos como Pizzería kamikaze o La chica sobre la nevera, también publicadas por Siruela.

miércoles, julio 06, 2011

Siempre, Ignacio Elguero de Olavide

Hiperión, Madrid, 2011. 80 pp. 9 €

Ariadna G. García

La obra poética de Ignacio Elguero de Olavide puede dividirse en dos etapas. En la primera encontramos los libros Los años como colores (1998) y Cromos (2000); la segunda se corresponde con los poemarios editados por Ediciones Hiperión, y está constituida por El dormitorio ajeno (2003), Materia (2007) y Siempre (2011). Si bien es cierto que a ambos lados de la zanja es apreciable la huella temática de la poesía épica romana, el diálogo con la tradición poética de los Siglos de Oro, y el tratamiento de asuntos elegiacos (la pérdida, el olvido) o anacreónticos (el placer, el deseo); el estilo, sin embargo, es radicalmente opuesto en una u otra orilla de su creación literaria. A la estética pop de los comienzos (donde abundan las citas, las alusiones musicales o cinematográficas y la escenografía popular urbana), enfrenta Elguero un tono confidencial y meditativo de la mejor estirpe salmantina del siglo XVI. Dentro de esta segunda etapa, los libros van soltando lastre hasta alcanzar la cota de altura que sobrevuela Siempre, sin duda, el mejor poemario de su autor.
En su libro, Elguero dota de carácter simbólico a las coordenadas espacio-temporales donde se localizan los poemas. Todo connota. Nada queda al azar, ni a la improvisación. La lección la ha aprendido de los clásicos. Así, observamos que, según los motivos tratados, tanto el sujeto lírico del libro como la narrataria de los textos, se localizan o bien en un entorno natural (playas, bosques) a plena luz del día, o bien en un espacio cerrado a media noche. Ésta sugiere distintas emociones negativas que van de la añoranza al miedo. La dialéctica presencia/ausencia organiza la obra, que como un lienzo barroco está llena de claroscuros y contrastes de luz.
El pulso que mantienen en el libro la certeza y la incertidumbre determina la estética del conjunto de textos. Ya hemos hablado de la simbología, nos vamos a ocupar ahora de las modalidades oracionales del sujeto que habla. En su afán por detener el tiempo (“trato de retener/ para siempre este instante”, de Asientos contiguos) y por certificar la realidad, la voz que enuncia afirma taxativamente el estado de cosas de su mundo afectivo (“mi noche y mi delirio, tú”; “El deseo es el tiempo que hora habitas”, “Eres relieve, tacto”). Sin embargo, en otras ocasiones, en que las dudas colonizan al amante, la modalidad enunciativa deja paso a la interrogativa. Las preguntas aran la tierra, la llenan de surcos que no alojan ni semillas ni agua. Están a la intemperie, expuestas a nosotros, los lectores, a quienes piden una explicación. Cada interrogación remueve, agita, nuestro propio concepto de lo real (“¿Acaso tú me esperas?/ Sigo pensando en ti/ no sé hasta cuándo”, de Insomnio). Ignacio Elguero, que rinde homenaje con su poemario tanto a San Juan de la Cruz (“Por túneles, bodegas/ voy en busca de ti”, de Tentación) como a Pedro Salinas (“No te persigo a ti, yo aún voy más lejos”, de Dormitorio), es uno de nuestros poetas amorosos más intensos y elegantes. Sus versos rotundos, casi agónicos, redoblan en la mente mucho tiempo después de su lectura (“Te temo, sí/ como a un juego retórico/ donde todo es imagen”, de Límites).

martes, julio 05, 2011

Teatro de ceniza, Manuel Moyano

Prol. Luis Alberto de Cuenca. Menoscuarto, Palencia, 2011. 128 pp. 13 €

Marta Zafrilla

No es difícil encontrar frescura en la literatura actual; la originalidad verdadera, sin embargo, es menos frecuentada. Manuel Moyano ha demostrado publicación tras publicación no sólo sorprender a sus lectores desde argumentos frescos y trabajados, ha sabido dar al público solo la calidad que busca el más escrupuloso lector. Un título de Manuel Moyano nunca defrauda. Un título de Manuel Moyano siempre sorprende. Porque como narrador es ante todo un antropólogo de la realidad, explora la rutina y se zambulle en lo insospechado del día a día. Es capaz de dar brillo al más aburrido silencio y volver patas arriba la rutina más anodina despertando al lector de su mirada cansada y abriéndole los ojos ante el desconcierto que procura siempre la sorpresa de las cosas conocidas.
No piense quien lea estas líneas que el autor que nos concierne aquí se deja llevar por la mera historia que se apodera de su imaginación, nunca es simplemente así en sus páginas. Los fondos de los relatos breves que componen Teatro de ceniza se fundamentan en el buen contenido, sí, pero aparecen revestidos con la mayor de las precisiones lingüísticas. Quien relea cada microcuento de los aquí recogidos encontrará que cada palabra resulta inmejorable, que nunca parece sobrar ni faltar ni una línea, que la historia se ha condensado hasta resultar idónea en su forma y que la prosa gana eficacia siempre a través de los mejores caminos. Y fíjense que hablo de releer porque será sin duda la primera lectura una lectura rápida, presa del hambre de sus palabras y con velocidad de bestseller. Es tan sencillo engancharse a estas páginas que conviene volver a sus historias para detenerse con delicia en cada recoveco de sus letras.
Si es usted fiel seguidor del microrrelato encontrará en Teatro de ceniza piezas antológicas; si no se considera apasionado del género, bucee en estas páginas sin miedo, pues contiene poesía, intensos argumentos y sobre todo buena literatura. Bucee, bucee sin miedo, pero ojo que el agua moja y esta lectura cambia la mirada de sus lectores.

lunes, julio 04, 2011

Filosofía zombi, Jorge Fernández Gonzalo

Anagrama, Barcelona, 2011. 224 pp. 17 €

Santiago Pajares

“El zombi es siempre el alienado, el extranjero, y trae con él nuestro miedo a lo que viene de fuera”.

Jorge Fernández Gonzalo, el autor de Filosofía zombi no es, desde luego, nuevo en el mundo literario. Con 29 años y una tesis doctoral sobre poesía, tiene cinco poemarios publicados y entre otros premios, el Hiperión de poesía, el más importante de toda España. Y ahora nos sale con que ha quedado finalista del premio Anagrama de ensayo. Si esto ya de por sí tiene mérito, conseguirlo con un ensayo titulado Filosofía zombi no hace sino engrandecerlo.
Para el común de los mortales la palabra ensayo es un claro sinónimo de tostón, y uno puede pensar que, aunque la temática sean los zombis, puede llegar a aburrir sobremanera. Entonces la pregunta es, ¿Aburre Filosofía zombi? NO ¿Es realmente entretenido Filosofía zombi? SÍ. ¿Se deja leer Filosofía zombi aunque nunca hayas leído un ensayo? SÍ. Espero haberlo dejado claro.

“El miedo actúa como una pregunta sin respuesta”

No es que los zombis estén de moda, es que no han dejado de estarlo desde principios del siglo XX. Generaciones de cineastas y escritores han utilizado la figura del zombi para exponer temas fundamentales en el ser humano como la supervivencia, el amor, la bondad o la resistencia ante la adversidad. Pero no sólo eso, porque si algo deja claro este libro es que los zombis siempre han sido usados como una alegoría de otras amenazas, desde la guerra de Vietnam hasta el moderno consumismo exacerbado.
Jorge Fernández Gonzalo hace un repaso de toda la filmografía zombi a partir del trabajo de un auténtico gurú del medio, el cineasta George A. Romero, el verdadero introductor del zombi en la moderna cultura popular. Usando como base seis de sus películas comienza a desgranar todo el fenómeno zombi y a buscar referencias en la filosofía, en la literatura, en la política, a veces tan agudas e intrincadas que te preguntas: ¿Cómo hemos llegado aquí? ¿Realmente hemos comenzado hablando de zombis?

“Los personajes son las máscaras de nuestro miedo”

El zombi se distingue de los demás monstruos del género (hombre lobo, vampiros...) por una cuestión de número. Mientras que en el resto de películas si matas al hombre lobo ganas y te salvas, en el contexto zombi no existe salvación posible, tan sólo la duda de hasta dónde podrás aguantar. Es el tetris de las películas de terror. Sabes que caerás, pero no sabes cuando. Entonces se produce algo curioso, que es sobrepasar el miedo a la muerte. No tienes miedo de morir, sabes que morirás, pero no estás dispuesto a convertirte en otro zombi. Hay cosas peores que la muerte, y las ves todos los días. Esa se convierte en la premisa principal. En un mundo donde tenemos acceso a todos los datos, donde estamos sobreinformados y podemos ver desnudos en nuestra pantalla con sólo un par de clicks (uno, si tienes ya un acceso directo), ¿existe algo más que ver un cuerpo desnudo? Sí, verlo desde otro ángulo. Desde dentro.
El libro es un cúmulo infinito de reflexiones sobre el ser humano desde todos los puntos de vista, partiendo siempre desde la temática zombi. Una de mis referencias favoritas es la de la película El amanecer de los muertos (1978), donde dos de los personajes, encerrados en un centro comercial, creen que los zombis les persiguen. Y uno le dice al otro: “No, vienen por costumbre, lo hacían en su vida pasada y lo recuerdan vagamente. Son como nosotros”. ¿Saben los zombis que son zombis? ¿Dónde acaba el humano y dónde empieza el zombi? ¿No hemos hecho nunca algo porque es lo que siempre hemos hecho, sin pensar? ¿No seremos nosotros mismos un estado intermedio entre el humano y el zombi, sin saberlo? De hecho, el propio autor reconoce al final del libro ser un zombi entre otros tantos.

“El arte es para la gente a la que no le preocupan los zombis”

viernes, julio 01, 2011

La bofetada, Cristos Tsiolkas

Trad. Ana Herrera. RBA, Barcelona, 2011. 539 pp. 23 €

Cecilia Frías

Todo comienza con un escenario aparentemente inocente: el de una barbacoa en un barrio residencial australiano un sábado cualquiera al atardecer. Parejas con hijos, amigos, abuelos y demás familia que felizmente se reúnen en casa de Hector y Aisha, los perfectos anfitriones si el lector se asomara ingenuamente a este retablo de vidas en las que todo desprende amabilidad. Sin embargo, y he aquí la clave de la tensión narrativa que con acierto dosifica Christos Tsiolkas a lo largo de la novela, nosotros sabemos mucho más de lo que sucede en apariencia. Como si de unos avezados vouyers se tratase, no dudamos en cederle la mano a este narrador en tercera persona que con pericia nos adentra en los entresijos emocionales de una serie de personajes a punto de estallar.
Solo hay que lanzar la cerilla, una imprudente bofetada del primo de Hector ante la desaforada rabieta del pequeño Hugo, para que la paz familiar salte en mil pedazos. Como si la torta hubiera sido una llamada de atención ante su ineficacia como educadores, los padres del niño responden a la tremenda: hay que dejar el asunto en manos de la policía ya que se trata de un evidente caso de maltrato infantil. Y entonces las reacciones más encontradas se desatan entre los testigos del delito: desde el placer casi erótico de Hector al comprobar que alguien ha tenido las agallas para hacer lo que muchos deseaban con ese enano malcriado, a la indignación de la adolescente que cuida a Hugo o de Aisha, amiga íntima de la hiperprotectora madre de la criatura que se siente ofendida en su propio territorio.
Si el autor nos apresura hasta este momento climático al comienzo del libro en el que inevitablemente tendremos que tomar partido, es solo para que juguemos con él en esta lúdica comparsa de buenos y malos que no hace si no poner de manifiesto la gran hipocresía en la que nos sumerge la sociedad de lo políticamente correcto: el que da un cachete a un niño es un delincuente, fumar mata… cuando lo que realmente resulta perjudicial para la salud de esta serie de personajes es no decir jamás lo que piensan por miedo al juicio del otro.
Hombres que no terminan de madurar a pesar de rondar los cuarenta, mujeres que eligen no ser madres, adolescentes perdidos por sus propias inseguridades, viejos que toman conciencia de la poca dignidad del ser humano cuando la muerte se aproxima. En definitiva, personas de carne y hueso que deben esforzarse para superar la propia insatisfacción. Ninguna generación escapa a la prosa certera de Tsiolkas que con su ojo crítico reflexiona, a través de las ocho figuras que estructuran los capítulos de esta novela coral, sobre el racismo del australiano ante el aborigen, la pérdida de identidad del emigrado o el proteccionismo del “estado-niñera”. Tampoco quedan fuera otros conflictos que atañen a la esfera de lo individual con los que cualquiera podría sentirse identificado: la educación de los hijos, la maternidad como escudo para olvidarse de uno mismo, y sobre todo, el peso de la familia cuando presiona para que tomemos partido con sus tácitos códigos de lealtad.
Puede que en ello resida el mayor acierto del libro: mostrar el lado humano junto al más oscuro de cada uno de los protagonistas hasta hacernos comprender los porqués de sus debilidades, y volvernos a la postre, más benevolentes tanto con ellos como nosotros mismos.

jueves, junio 30, 2011

La piedra lunar, Wilkie Collins

Trad. Catalina Martínez Muñoz. Alba, Barcelona, 2010. 528 páginas. 31 €

Care Santos

Comencé a leer a Wilkie Collins a los doce años y hoy le sigo considerado uno de mis autores favoritos. Creo haber leído casi todas sus obras representativas y aun alguna de las menos conocidas, como Antonina o la caída de Roma, su primera novela, que editorial Montesinos publicó hace unos años. Sin embargo, no había leído La piedra lunar, la que se considera, en liza con La dama de blanco, su mejor novela. Podríamos decir, simplificando un poco, que no lo había hecho por falta de ánimos.
No me veía con ánimo de sumergirme en las ediciones que podían encontrarse en las librerías. Casi todas compartían el defecto de poseer más de 600 páginas de finísimo y transparente papel, atiborradas de una letra minúscula. Algunas envejecían fatal. La de Ediciones B, demasiado estrecha y en tapa blanda, era casi imposible de manejar. La más reciente de Belacqua, no mejoraba casi nada de lo dicho. No hablemos de la de Debolsillo o de su hermana casi gemela, en Plaza & Janés. Esta es una novela, hay que decirlo, que no debería aparecer en colecciones de bolsillo y que, sin embargo, se me antoja muy apropiada para libros electrónicos (el bibliófilo Wilkie me perdone). En fin, que llevaba con este problema sin solución unos veinticinco años, y ya me había resignado. Sí, lo sé, podría haber leído La piedra lunar en inglés, pero me asustaba el esfuerzo. Preferí, pues, esperar. Y hete aquí que hace unos meses, Alba premió mi paciencia de lustros con una edición ma-ra-vi-llo-sa de la  novela pendiente. Una edición en tapa dura, que puede abrirse por cualquier página sin disgusto, con el prólogo del autor a las dos ediciones que conoció en vida, y sobrecubierta. Un deleite para los collinsadictos. Me lancé sobre ella sin dudarlo.
Para quien no conozca a Wilkie Collins, sólo se me ocurre decir: Leedle sin perder tiempo.
Para quien ya lo conozca, hay que advertir que en esta obra está lo mejor de él. Su genio novelístico, sus maravillosos personajes, sus historias que nunca pueden encasillarse en un solo género, sus escenarios decorados con mano experta y hábil (una mano que nunca olvida nada que pueda necesitar), sus guiños al lector, su generosidad, su británico y socarrón sentido del humor, su sabiduría al contemplar el mundo... Collins es un escritor gigante, atendiendo a la compleja definición de John Gardner en Para ser novelista: es un conocedor profundo del alma humana, sabe lo bastante del mundo como para hablar de él con autoridad, está preocupado por menudencias que sabe mostrarnos, no practica la demagogia ni el moralismo (aunque algunos de sus personajes son moralistas y demagogos), es quisquilloso, tiene personalidad, jamás arroja sobre nada una mirada convencional y, en definitiva, pone ese sinfín de recursos al servicio de lo que tiene entre manos. En este caso, una historia que podría ser frívola, incluso insustancial, pero que termina por ser compleja y maravillosa.
Esa es la razón, sospecho, por la que sigo leyendo a Wilkie Colins. Si soy sincera, no puedo decir que me interese mucho la trama policial que se desarrolla en este libro. Para resumirla en breves líneas: el nombre alude a un diamante robado en India por un inglés sin escrúpulos,. A la piedra acompaña una maldición brahmánica y juntos, joya y maldición, llegan a la deliciosa Inglaterra victoriana para posarse en el escote de una desfallecida señorita de buena familia, de cuyo secreter serán robadas esa misma noche. Un policía parodicamente british tratará de esclarecer en qué circunstancias ha ocurrido la desgracia, pero su trabajo se verá entorpecido por diversas vicisitudes, la mayor de las cuales, terminará por creer el lector, es el mismo destino. 
En estas páginas, Collins recurre, otra vez, a uno de sus recursos clásicos, en el que es un verdadero maestro: las distintas voces narrativas. Igual que en otras de sus novelas -la más conocida, sin duda, es La dama de blanco-, son sus diversos personajes quienes reconstruyen por partes la historia de modo que el lector recibe el espejismo de ser el único que de verdad sabe qué ocurrió. En estas voces recae el peso de la intriga, dosificada con precisión matemática -la novela se publicó por primera vez por entregas en la revista de Dickens All The Year Round (en 1868).
La trama es notable, precisa, y está llena de sorpresas, pero lo que me interesa de verdad de este libro es la gran habilidad del autor para retratar un mundo en el que las convenciones antaño inamovibles comenzaban a tambalearse, a pesar de que en la Inglaterra del momento no se notara mucho. También su portentosa mano para crear personajes inolvidables, comenzando por el mayordomo Betteredge, socarrón, victoriano hasta la médula, xenófobo, reaccionario, adicto a Robinson Crusoe y divertidísimo; o la sorprendente señorita Rachel, heredera de la joya; o el sargento Cuff, de quien desde su descripción lo esperamos todo, ya que podía ser tomado "por un párroco, un empresario de pompas fúnebres o cualquier otra cosa, menos por lo que realmente era". Los estrafalarios métodos de investigación del sargento le singularizan entre sus colegas, los detectives de novela negra. Lo cual, si tenemos en cuenta que estamos ante una novela fundacional del género policiaco, tiene más mérito aún. La piedra lunar es un clásico, sí, pero se lee como una vuelta de tuerca modernísima a una temática de plena actualidad.
Un detalle curioso, que ningún lector dejará de advertir, es que Collins parece dirigirse todo el tiempo a un interlocutor exclusivamente masculino, con quien se atreve a chismorrear sobre los hábitos de las mujeres o la insignificancia del tabaco de pipa con la complicidad de un amigo íntimo. Imagino que las mujeres victorianas, como las de hoy, no conformaban el público mayoritario de la denominada novela negra.
Y aún a sabiendas de que no he dicho todo lo que podría y que me dejo mucho en el tintero, concluyo con una exclamativa y muy decimonónica aseveración: ¡Lean a Collins, damas y caballeros, y serán ustedes más felices que antes!

miércoles, junio 29, 2011

Una ola con sabor a pez, Nuria Riera Carrillo

Bartleby, Madrid, 2011. 164 pp. 16 €

Fernando Sánchez Calvo

Nuria Riera es una periodista con evidente querencia a la narrativa breve, directa, fresca. No voy a cumplir con el tópico de asegurar que la palabra concisa y exacta que le exige su oficio habitual haya influido en su vocación literaria, entre otras cosas porque es la primera novela de la autora y porque hasta la fecha el que escribe no había leído ningún cuento, ningún microrrelato, ninguna crónica suya. Lo que sí puedo afirmar es que todas las características y virtudes citadas anteriormente las siento como tales, hasta el punto de que leídas las diez primeras páginas, no fui consciente de que ya había empezado la historia por el simple motivo de que el torrente de emociones, reflexiones, pensamientos e imágenes derrochados por la protagonista me habían impedido seguir el hilo argumental. Ése es pues el principal problema de la novela: el difícil juego y combinación entre trama, pensamiento y poesía por el que Nuria Riera ha apostado.
Respecto al argumento, nada nuevo. Mamen, humana, mujer de mediana edad, no pasa por el mejor momento de su vida y decide tirarse al mar, o decide caerse al mar, o decide ir al acantilado para que luego el mar decida por ella. Dentro de él o en las inmediaciones (la novela carece adrede de unas coordenadas espaciales precisas) descubre un mundo habitado por un par de crías gemelas, su tío y su padre y, allí, estos la ayudarán o no (depende de lo quiera Mamen en cada momento) a salir de ese bache, a volver a la felicidad con las herramientas básicas, las de toda la vida: el amor, la comprensión, la paciencia. Esto en cuanto al argumento.
Respecto al tono o actitud, por el contrario, muchas cosas nuevas. Con el suicidio ya mencionado como telón de fondo, no parece sin embargo y no somos conscientes del estado de Mamen hasta que se producen las primeras conversaciones con Isla, una de las gemelas. Es precisamente aquí, en los diálogos, donde se manifiesta todo el pensamiento y la frescura de la narrativa de Nuria Riera. Lo curioso y lo grande lo encontramos en la naturalidad y humanidad con la que la protagonista habla con una niña de suicidios, fracasos sentimentales y otras tragedias. Este binomio, adulto-niño, lo hemos visto triunfar muchas veces en cine, literatura y, por qué no decirlo, en programas de televisión que nos entretienen por la noche, pero sería injusto comparar Una ola con sabor a pez con estos últimos, en primer lugar porque a diferencia de aquéllos, ésta no cae en el chiste y gracia fácil, y en segundo lugar porque dichos diálogos, además de ser portadores del pensamiento de la narradora y protagonista, sirven además para que el lector recupere datos sobre la trama, perdida algunas veces en la propia narración por casi ausencia de ésta.
Por tanto, y a pesar de que el esqueleto narrativo se tambalea en ocasiones y no está suficientemente bien engranado, dicha carencia se suple con la verosimilitud de esta novela irrealista. Nuria Riera ha creado una historia surrealista para una mujer de mediana edad y su crisis existencial, pero ha jugado limpio. Por eso, cuando están hablando de los pulpos que habitan debajo del mar y Mamen pregunta a Isla si ella o su tío Abel hablan con ellos, ésta le contesta indignada que no, que cómo quiere que hablen con ellos si están muertos. Eso en literatura es verosimilitud: la respuesta, irónica e inteligente, tiene sentido dentro de una conversación disparatada.
Para abrir al lector el apetito sobre la posible y plausible lectura de la novela, a continuación cito literalmente (o casi) algunas de las perlas con las que nos sorprende la autora. No importa quién las dice sino el nivel de profundidad al que se llega:
1. Cuando alcanzas el horizonte es que tu vida se está acabando. Entonces, si sufres miopía supongo que debes pensar que eres inmortal.
2. ¿Cuánta gente quiere saber de mí? Pero lo más importante: ¿de cuánta gente quiero yo saber?
3. Espero que seas adoptada. Ser adoptada significa que había una lista larguísima de gente que te quería incluso antes de que nacieras.
4.—Cuesta mucho contradecir a todo el mundo.
—¿Aunque tengas razón?
—Sobre todo si tienes razón
Frescas, profundas y llenas de amor dentro de la triste historia de una mujer, Mamen, que un buen día se tiró al mar porque las tenía todas consigo en este mundo y tuvo la suerte de encontrar a otros personas que le ayudaron a solucionar o no, de manera ilógica, la absurda y cruel vida que le tocó vivir.

martes, junio 28, 2011

Un día me esperaba a mí mismo, Miguel Ángel Ortiz Albero

Jekyll & Jill editores, Zaragoza, 2011. 128 pp. 18 €

Juan Marqués

“Un día me esperaba a mí mismo / Me decía Guillaume ya es tiempo de que vengas / Para que sepa al fin quién soy / Yo que conozco a los demás / Los conozco por los cinco sentidos y algunos otros”, se lee en el poema “Cortejo”, de Apollinaire (publicado en Alcoholes y recogido, por ejemplo, en Zona. Antología poética, Barcelona, Tusquets, 1980, pp. 71-73). Alcools. Poèmes 1898-1913 se publicó por primera vez en abril de 1913, año y medio año antes de que su autor fuese movilizado por petición propia, y destinado al 38 Regimiento de Artillería, con base en Nîmes, para luchar contra el avance de los alemanes. Desde entonces, y hasta su muerte el 9 de noviembre de 1918, Apollinaire ya apenas conocería ni la paz en Europa ni el sosiego en su propio cuerpo, agitado siempre por un exceso de sensibilidad, talento y pasiones por el que a menudo se sentía aplastado. Demasiado que hacer y que decir en muy poco tiempo. Demasiado que vivir y que amar en un mundo roto.
Centrándose en esos últimos años de vida, el poeta zaragozano Miguel Ángel Ortiz Albero narra en el primer título de la editorial Jekyll & Jill las peripecias, movimientos y delirios de Apollinaire, y lo hace desde dentro, no sólo por el recurso ocasional a la primera persona sino por la reproducción y reivindicación de la vida interior, por la prioridad que se da al pensamiento sobre la anécdota, a la imaginación sobre la cotidianeidad, a la poesía sobre la prosa. Levantando a veces un disimulado collage de citas (no sólo del poeta romano), es éste un libro de amor y de guerra, de trenes hacia el mar y de trincheras, de cartas encendidas y de casas incendiadas. La pasión hacia Madeleine, la amistad hacia Berthier, el apetito de vida y de arte, el excedente de creatividad (que, como conmovedor ejemplo, lleva a Apollinaire a fabricar anillos con piezas de aviones derribados), la reivindicación de la belleza de todo lo existente y la exaltación y urgencia del tiempo presente (pues en la narración no existe el futuro y nadie se remonta apenas a un pasado mínimamente remoto)..., van vertebrando un relato por el que desfilan personajes, como la señora Bragelogne, que merecerían algún día su propia novela.
La edición de Jekyll & Jill es tan impecable que no hace falta añadir nada sobre ello, y con este lanzamiento se amplía la obra del inquieto y fecundo Ortiz Albero, escritor de varios registros y activo artista todoterreno que siempre desafía a quien lee u observa sus obras. Una buena actitud y un impulso necesario para una voz muy poderosa.

lunes, junio 27, 2011

Lecturas y lugares, José Luis García Martín

Traspiés, Granada, 2011. 64 pp. 10 €

Ángeles Prieto

Quizá porque la mismísima vida puede reducirse a un constante “ir a” o “venir de”, el lector debería acoger esta intensa, deliciosa y fulgurante joyita con filosofía y cariño. Pues alberga catorce destellos literarios, fulgores de nuestra propia memoria viajera, y también sedentaria, a través de distintas ciudades universales, con sus poetas, palabras y semblanzas. Es decir, nos encontramos con un libro íntimo que nos habla de lo que somos, de nosotros mismos. O más atinadamente, de lo que sabiamente alcanzamos a ser a partir de cierta edad, en la que ya sólo nos redimen los viajes y el recuerdo de los amores perdidos.
Y así, desfilan por sus páginas y fotografías, siempre hermosas y románticas, Venecia, Nueva York, Roma, Coimbra, Nápoles, Ginebra, Lisboa, Livorno o Santander junto con historias, poco conocidas, de aquellos personajes que las habitaron y las dotaron de sentido: Leopardi, Henry James, Shelley, Eça de Queirós, Nietzsche, Axel Munthe, Pessoa o Thomas Mann, en un festín de la palabra y de la memoria contra el olvido y la muerte. Dama a la que no se excluye del libro y que pasea subrepticia por algunas de sus páginas, montada en otra barca.
Porque mantener el corazón sano, fuerte y alegre, secreto para la felicidad que este libro guarda, exige cumplir con algunos requisitos de disciplina y frugalidad, esos que nos enseñan a vivir muy lejos de vanidades y ambiciones, disfrutando de los pequeños placeres que, al fin y a la postre, son los que dotan de sentido verdadero y explicación, a la existencia. Así, Axel Munthe paseando por el hermoso jardín del Cementerio Acatólico, Luis Moure-Mariño ante el roble grande de Basán o Nietzsche llorando de emoción al escuchar música sobre el puente de Rialto, logran encontrarse a sí mismos.
Todo ello (y si no lo digo, reviento), expresado mediante una prosa elegante, culta, fluida y espléndida, con frases largas o cortas pero siempre libre de ripios, exabruptos, salidas de banco, ínfulas, pedanterías, metáforas comunes y errores sintácticos o gramaticales, que incluso sorprenderá al lector más exigente porque bien complicado resulta encontrar ahora una calidad literaria como la que luce esta pequeña obra, en una mesa repleta de novedades: con verdadero equilibrio y profundidad entre fondo y forma.
Un libro provechoso, extraordinariamente intenso pese a la brevedad de sus evocaciones, y con notable capacidad de síntesis, que ni mucho menos puede leerse tan sólo una vez por su contenido, ni tampoco dejar olvidado en el asiento de un autobús por su belleza, quizá porque el Ulises que García Martín en esta obra representa somos todos: “Me gustaría vivir en el mar, estar siempre de paso. Tocar puerto al amanecer, partir a la puesta de sol. Que la mayor parte de mis días transcurran lejos de todo, en medio del océano, a merced del viento, los caprichos del motor, el temporal imprevisto…. Me gustaría vivir en el mar, estar siempre de paso. Pero de sobra sé que no hace falta vivir en el mar para estar siempre de paso”, nos señala con orden y precisión el narrador, viajero y sobre todo, poeta.
Y como todo gran poeta, cerrará gloriosamente su canto con el regreso a Ítaca, su lugar de origen representado en un sólido arco de cuatro pilares que, desde tiempos romanos, acompaña al río Ambroz, el de su propia infancia en Aldeanueva del Camino, Cáceres, convirtiéndolo así en ciudadano romano, en ciudadano del mundo. En el viajero infatigable que hoy es y que sabe que Ítaca es el punto de partida y de llegada, mientras la vida se nos descubre y se nos escurre en el camino.

viernes, junio 24, 2011

Solar, Ian McEwan

Trad. Jaime Zulaika. Anagrama, Barcelona, 2011. 360 pp. 19,50 €

Fernando Sánchez Calvo

Después de dos novelas de transición como Sábado y Chesil Beach, las dos publicadas en España, como toda la obra del autor, también por la editorial Anagrama, el nuevo trabajo de Ian McEwan ha llegado para que el lector y él mismo se reencuentren de nuevo con un producto de una gran madurez estructural. Porque sobre todo, McEwan es eso, un autor que llega a las emociones a través de y gracias a un dominio de la forma y de las vértebras narrativas que, como vasos comunicantes, acaban todas perfectamente unidas al final de lo que se viene denominando como el esqueleto de una novela.
Michael Beard, físico y Premio Nobel más que sospechoso por un descubrimiento que hace años triunfó como la combinación Beard-Einstein, es el protagonista de esta historia. En los mejores años de su carrera profesional, con gran proyección en el extranjero y solicitado por todos los organismos y países, no pasa sin embargo sentimentalmente por su mejor etapa. Divorciado por enésima vez, con su último matrimonio mantenido por un adulterio recíproco que, a sabiendas del otro, cultivan tanto él como su actual mujer, la vida de Beard da un giro radical cuando Tom Aldous, un becario que idolatra a Beard y que ha llegado al mundo de la ciencia como todos los becarios, con ganas de trabajar y de cambiar el planeta, entra en la casa y en las vidas del físico y de su esposa Patrice. A partir de ahí nada que se pueda contar al avezado lector que busque engancharse con una reseña que sin embargo no resuelva desenlaces.
Sí que merece la pena, no obstante, hablar del tono objetivo y la distancia que adopta el narrador respecto a la hipocresía y cinismo en el que muchas veces se desenvuelven las altas esferas y las instituciones. “La física estaba exenta de contaminación humana”, afirma el mismo narrador en un indirecto libre en boca del protagonista con gran ironía para, como hace tantas veces McEwan desde Expiación, desacreditar con la cadena de hechos que vendrán a posteriori las palabras que dan comienzo a esta historia. Y una vez más, y como también pasa con el clásico que se llevó al cine, un hecho concreto, una mentira, y más que una mentira una omisión de datos, justifica el resto de la evolución de la trama a cambio del silencio de muchos actantes. Ya en Expiación un amor acababa roto y con uno de los miembros alistado en la guerra por culpa de la mentira de una pequeña que, mediante la invención, hizo creer al resto del mundo o de la sociedad lo que todo el mundo debe creer, por sentido común, a un personaje inocente. Lo mismo ocurre en Solar, pero como ya hemos dichos antes, en lugar de mentira ahora hay omisión y la niña ya no es una niña sino un físico de renombre y la edad ya no son diez años sino cercana a los sesenta. Un momento concreto, una decisión o antojo puntual por parte de uno de los protagonistas, desencadena una serie de hechos que en principio quedan ocultos, pero que finalmente, como si de una tragedia griega se tratase, se resuelven y desmantelan en una suerte de justicia social que castiga con severidad argumental a los que decidieron mentir o callarse. La mima ironía podemos apreciar en otros personajes como Turpin, primer amante de la última mujer de Beard y quien fluctúa entre los niveles más bajos de dignidad y el orgullo de quien se sabe necesario para enemigos cercanos al Premio Nobel. Cada uno de los secundarios que rodean al protagonista son, en ese sentido, menos contingentes que nunca, pues McEwan considera el universo de la novela como un puzle donde una pieza no destaca mucho si está pero es capaz de echar a perder una historia si desaparece. Por eso todos los personajes importantes de este libro aparecen, se van y vuelven a aparecer para recuperar un pasado ya casi olvidado que, sin embargo, explica silenciosamente muchas cosas del presente. El mismo epílogo que cierra el libro confirma lo dicho: “La mejor y más dulce armonía no se produce cuando cada parte de un instrumento se oye por sí misma, sino cuando hay una combinación de todas ellas.”: McEwan toma nota y lo practica, y además lo hace bien.

jueves, junio 23, 2011

Manifiesto, David Mamet

Trad. Ramón Buenaventura. Seix Barral, Barcelona, 2011. 174 páginas. 17 €

Care Santos

La lectura de David Mamet siempre me provoca dos estupendos efectos secundarios. Por un lado, corro a conocer las obras, sean textos teatrales o películas, que él cita como imprescindibles y que aún no he visto. Por otro, necesito -sin exagerar: necesito- volver a ver sus películas. Después de muchos años de fidelidad a este estadounidense listo y díscolo, sé muy bien que su cine -como su teatro- siempre me sorprende. Y sé también que siguiendo sus consejos he conocido algunos textos teatrales y algunas películas portentosos, de los que te cambian para siempre.
David Mamet no falla nunca. Su talento se desborda incluso cuando echa mano de conceptos de su biblia personal, tan trillados y archisabidos para él como para sus seguidores. Con la única excepción de su labor como novelista, que me parece menos destacable, este hombre es un portento en todo lo que aborda. Desde luego, lo es en la escritura dramática, terreno en el que es un nombre de referencia mundial. Para aquellos que aún no le conozcan, es el autor del guión de El cartero siempre llama dos veces (en su remake de 1981) o de Los Intocables, así como el autor de maravillas como La trama, El caso Winslow o State and Main, acaso la comedia más divertida que he visto jamás de "cine dentro del cine" (bueno, salvando Cantando bajo la lluvia, pero sólo por romanticismo). Y por lo que respecta a su obra dramática, sólo hay que nombrar títulos como American Buffalo, Glenngarry Glen Rose o Edmond para tener claro de qué división estamos hablando.
Pues bien. Además de todo esto, Mamet es un excelente teórico de la ficción. No importa que se trate de cine, narrativa o teatro, porque su punto de vista siempre es fascinante. No sólo para los creadores, pienso, pero sobre todo para los creadores. Su obra es ya ta extensa como imprescindible, desde sus libros más o menos misceláneos, como Escrito en restaurantes (Versal, 1991) hasta sus incursiones más directas en el género teatral, como el excelente Los tres usos del cuchillo. Sobre la naturaleza y la función del drama, (Alba, 2001) o sus reflexiones más autobiográficas, al hilo de su relación con el estado de New Hampshire, en Al Sur del Edén (RBA, 2002) o su imprescindible Bambi contra Godzilla (Alba, 2008). En la misma línea de este último debe inscribirse este Manifiesto. Se trata de un Mamet maduro, con poco -o nada- que perder, que se atreve a descabezar mitos y a poner puntos sobre las íes. Se adivina, además, que su poder es tal dentro del propio stablishment teatral que ya puede permitirse ejercer la crítica despiadada desde la misma entraña del monstruo. A pesar de eso, y de la gracia que pueda tener ver a uno de los nombres más conocidos de la escena estadounidense cargando contra instituciones como Broadway, los espectadores de abono o el método Stanislavski, mucho más interesante aún es él mismo: su solidez como creador, la inteligencia de sus contundentes afirmaciones.
Quiero puntualizar que, a pesar del grandilocuente nombre de esta edición española, en inglés el libro se titula, simplemente Theatre, Teatro. En él, Mamet repasa todos los aspectos del género dramático, desde el papel del dramaturgo al del actor, la perniciosa influencia que las subvenciones ejercen sobre cualquier montaje, los métodos de trabajo -es divertidísima su arremetida contra todos los sacrosantos varones del método, desde Stanislavski a Brecht pasando por Artaud-, la desaparición de la figura del director en beneficio de la aparición del gerente o el auge y caída de los proyectos independientes. Así, el lector conocedor de la teoría de la actuación no podrá evitar soltar una carcajada nerviosa al leer que los libros de Stanislavski -tres, canónicos entre la gente del oficio durante generaciones- no son más que "un revuelto de vómitos inútiles" (p. 159). Carga también contra lo que él llama "la depredación directorial" y cita a Stanislavski, precisamente, para criticar a los directores que se las dan de grandes creadores a costa de alterar y sacrificar los textos: "El director que tiene que hacer algo interesante con el texto es que no lo ha entendido", dice.
También da un buen puñado de excelentes consejos para los dramaturgos incipientes. Hay que escuchar al público -ese "maestro silencioso"- observarle, tratar de entenderle, ser humilde, huir de la intelectualización excesiva (que él asimila, con cierto, a los prejuicios) y, sobre todo, aprender a construir un argumento poderoso, capaz de lograr que el espectador se pregunte, en todo momento, qué ocurrirá después. En palabras de Mamet: "¿Qué debe hacer el escritor teatral contemporáneo? Aprender a escribir una trama. ¿Cómo se hace? Escribiendo, corrigiendo, escenificando, corrigiendo y volviendo a empezar. Buena suerte".

miércoles, junio 22, 2011

El torturador arrepentido, Carlos Salem

Editorial Talentura, Madrid, 2011. 136 pp. 3 €

Miguel Baquero

En medio de una exitosa carrera como novelista de género negro —aunque, eso sí, entendido el género de una manera peculiar, donde el humor y la transgresión tienen un papel clave—, Carlos Salem hace un pequeño alto para entregar a la imprenta El torturador arrepentido, una obra de teatro que ya fue representada con éxito en Barcelona por la Compañía Brétema Teatro y que ahora tiene su edición en papel a cargo de la Editorial Talentura.
En El torturador arrepentido, el ágil, cáustico, iconoclasta autor de novelas como Matar y guardar la ropa o Pero sigo siendo el rey, deja a un lado el juego narrativo para encarar, mediante la acción teatral, el tema de la dictadura argentina y la feroz represión que se llevó a cabo durante aquel triste y cruel periodo. Con dicho tema como fondo, Salem, sin embargo, buscar ir más allá, hacia el fondo humano del problema, para plantear la cuestión no sólo de si el torturador puede llegar a tener remordimientos morales, sino si la condición de verdugo, de represor, está implícita en la naturaleza de las personas o si se llega a ella forzado por las circunstancias. O lo que es lo mismo: si cualquiera de nosotros, forzado por la situación, podría llegan a situarse a ese otro lado de la picana. Si, a cambio de seguridad y poder, podríamos mimetizarnos con el ambiente opresivo.
Ese posibilista que se adapta a cualquier situación… «es, quizás, el combustible de los nazismos que han sido y serán, el que no pregunta porque no le interesa preguntar, y que, paradójicamente, plantea la pregunta más difícil de responder: Si pudieras elegir entre ser torturador y torturado, ¿qué elegirías?», pregunta el autor en las Notas Finales a la obra.
Lejos del maniqueísmo seguramente oportunista al que conduciría una obra que parte de la situación citada, es muy de agradecer que El torturador arrepentido, en lugar de refugiarse en lo fácil, se atreve a plantearse preguntas profundas. Se atreva a rescatar esas cuestiones atemporales que siempre han constituido la base del hombre y que tendemos a ocultar, por su incomodidad, bajo un montón de lemas amables y consignas simpáticas y agradables de oír. Es tarea de los escritores de verdad sacudir toda esa hojarasca de palabras y volver a plantear, negro sobre blanco (y en este caso también, encima de unas tablas), las preguntas en su verdadera esencia.
Eso, quiero decir: la profundidad, es lo que hace de un libro o de una obra de teatro un texto realmente bueno, poderoso y recomendable de leer.