viernes, marzo 18, 2011

Aguirre, el magnífico, Manuel Vicent

Alfaguara, Madrid, 2011. 256 páginas. 18,50 €

Care Santos

Recuerdo al crítico Rafael Conte, hace años, asegurando con aquella vehemencia tan suya, que Manuel Vicent es el mejor narrador de nuestras letras. Si yo no me atrevo a asegurar lo mismo tras leer esta novela es sólo porque no tengo bien ensayado el tono jactancioso y el papel de crítico en posesión de la verdad. El caso es que Vicent no siempre me gusta tanto, pero en esta ocasión su pluma me parece digna de los más exagerados elogios, la más rendida admiración y la más corrosiva de las envidias.
Lo primero que debo decir es que poco sabía del personaje a quien glosan estas páginas: Jesús Aguirre, segundo esposo de la duquesa de Alba, hijo natural, sacerdote revolucionario y más tarde aristócrata consorte, amigo de algunos escritores de la llamada Generación del 50 -de Juan García Hortelano, sobre todo-, hombre de gran cultura y de veleidades artísticas y vividor irredento, que supo conquistar el corazón de una duquesa poco ortodoxa y apañárselas para vivir con donaire entre paredes palaciegas y hasta de ser enterrado en el panteón de la casa de Alba.
La excusa para entregarse a este relato autobiográfica nos la cuenta Vicent en el primer capítulo, cuando -siempre según él- el propio Aguirre le pidió que se convirtiera en su biográfo en un encuentro celebrado en el Palacio de Oriente y con el rey y unas tapas de chorizo de jabugo como testigos. Allí mismo se comprometió el autor a escribir este libro, y allí mismo fue presentado al rey por el propio interesado como su biógrafo, a lo que don Juan Carlos respondió: "Coño, Jesús, pues como lo cuente todo, vas aviado" (página 12). Unas palabras que sirven de advertencia de lo que viene después porque, en efecto, Vicent lo cuenta todo, o eso, por lo menos, piensa el lector, quien no puede dejar de preguntarse qué opinión merecería al excéntrico Aguirre esta biografía suya.
Se podría decir de estas páginas aquello tan traído y llevado de que "se leen como una novela" si no fuera porque son una novela. Vicent se sumerge de cabeza en un relato verídico rellenando con literatura las lagunas de lo biográfico. Aunque, al margen del discurso -siempre un poco latoso- de lo verídico, hay que reconocer que pocos personajes de ficción pueden competir con la existencia de Jesús Aguirre. Y pocos escritores podrían explicársnosla con tanta gracia que recordara al Hola y a las vidas de Suetonio al mismo tiempo (aunque, bien mirado, las vidas de Suetonio fueron como el Hola de la Roma clásica). Sorprende el vigor de la prosa de Vicent, su humor cáustico, su gracejo para contar episodios de la historia más reciente, su tendencia a contar intimidades -secretos de alcoba incluidos- y rozar lo poético al mismo tiempo. Y, por supuesto, sorprende lo que nos cuenta de principio a fin.
Lo mejor de la historia hay que buscarlo, tal vez, en lo más íntimo: la crónica de la relación que trajo al mundo al personaje, o su infancia de niño distinto, en Santander; sus primeras relaciones con Cayetana de Alba o sus largos paseos por el palacio de Liria mostrando a sus amigos tanto los cuadros de Goya como los fondos de armario. El lector le seguirá embelesado, aprendiendo, admirándose de la capacidad de Aguirre para escalar en la sociedad de su momento pero también de adaptarse a todos los papeles, incluidos los menos gratos, como el de Duque de Alba con asignación mensual para tabaco. Y si al llegar al final el personaje inspira ternura es, qué duda cabe, gracias al talento del autor, que fue también -y se precia de ello- su amigo.
En suma, estamos ante una novela excelente. O una biografía excelente. O un modo excelente de retratar un personaje y una época. Su autor dice haber escrito un "retablo ibérico" compuesto de una figira central y varias escenas laterales. En fin, no merece la pena darle vueltas a la cuestión de la clasificación. Démosle la razón a Rafael Conte -que casi siempre la tenía cuando hablaba de literatura- y corramos a leer a Manuel Vicent y lo que sea que haya hecho.

jueves, marzo 17, 2011

La buena gente del campo, Flannery O´Connor

Trad. Marcelo Covián. Nórdica, Madrid, 2011. 70 pp. 8 €

Marta Sanz

Katherine Anne Porter
, Carson McCullers, Eudora Welty y Flannery O´Connor son algunas de las escritoras que forman parte del nutrido grupo de autores, procedentes del sur de los Estados Unidos, que retrata y reflexiona sobre su tierra a lo largo de la segunda mitad del siglo XX. Las relaciones entre estas mujeres, a las que se les hace emparentar con las figuras colosales de William Faulkner y del “padre fundador” Mark Twain, fueron casi siemprede camaradería y apoyo mutuo. Algunas de ellas se amaron. Sin embargo, Carson McCullers y Flannery O´Connor, representantes del llamado “gótico sureño”, compartían tantas cosas que no les quedó más opción que la de profesarse una antipatía inmensa. Las dos fueron mujeres valientes y sensibles que hubieron de luchar contra su mala salud: Flannery O´Connor padece un lupus que la debilita y la obliga caminar con muletas; en cuanto a McCullers, su historial clínico da miedo: ictus y ataques cardiacos, cáncer de mama… Las dos escriben sobre un lugar enfermo en medio de un mundo enfermo habitado por personajes enfermos. Y lo hacen desde una perspectiva inevitablemente enferma. Establecen un vínculo de amor-odio con su paisaje, con sus orígenes, con una identidad en la que pesan los códigos genéticos y los mimbres de la Historia con mayúscula. La capacidad de mirar corrosivamente y la compasión, el apego y el desapego, se entrelazan en narraciones que a menudo parten de una raíz autobiográfica. La inclemencia para con uno mismo marca la mirada piadosa que se proyecta hacia los demás. O al revés: buscando la propia salvación, todo lo que nos rodea se ensucia. El desacuerdo con el contexto en y contra el que uno se construye, la fusión y la fisión del individuo con su comunidad, y la sensación de labilidad moral empapan las obras de McCullers y de O´Connor, aunque la primera mire y hable desde el agnosticismo y la segunda lo haga desde una ideología católica que esgrime frente al corrompido discurso hegemónico del protestantismo. No por casualidad los predicadores y los vendedores de Biblias, como metáforas de la corrupción, la depravación o de la falsa inocencia, transitan por las páginas de Flannery O´Connor.
En La buena gente del campo, Hulga, una doctora en filosofía con una pierna artificial, convive con su madre y los arrendatarios de ésta en una granja del sur. Hulga podría parecer un elefante en una cacharrería: igual que la propia Flannery O´Connor en Andalusia, la granja donde crió pavos hasta su muerte. Hulga —que se ha cambiado el nombre que le puso su madre— escucha conversaciones basadas en el lapidario saber de las frases hechas, en la ética del trabajo duro y en cierto temor de Dios. Las mujeres de este mundo rural saben que son mucho más listas que sus hombres; sin embargo, se casan, se preñan a los quince años, trabajan como bestias y asumen como tema de conversación las veces que una embarazada vomita cada día. Hulga es una mujer desarraigada y extranjeraen el entorno que la ha visto nacer. También es una mujer enferma que morirá pronto.
La visión de Flannery O´Connor está marcada, además de por su vivencia de la enfermedad, por su condición de mujer —pese a que tanto ella como McCullers optaron por rebautizarse con nombres masculinos—. También por sus creencias religiosas. Este cuento se articula sobre dos contrastes decisivos en el imaginario religioso: bondad frente a maldad, y conocimiento frente a ignorancia. Los personajes y la trama de La buena gente del campo sugieren todo tipo de combinaciones y asociaciones entre los conceptos —bondad e ignorancia, sabiduría y bondad, etc. …— que se presentan sin autoritarismo. Pese al trazo grueso con el que O´Connor, a través de la mirada de Hulga, describe a la gente del campo, al final, la mirada hipercrítica y disconforme se transforma en necesidad de reconocer lo familiar: cuando Hulga toma conciencia de que el vendedor de Biblias no es “buena gente del campo” mide la verdadera dimensión de su vulnerabilidad y extraña lo que aparentemente la ahoga. Como si Flannery O´Connor pusiera de manifiesto sus contradicciones a través de Hulga y supiera que ser más sabia no la hace ser más fuerte. Como si no estuviese segura de en qué consiste la sabiduría y hubiera decidido que el ángulo de superioridad que adopta para retratar a los demás sólo puede legitimarse desde la toma de conciencia respecto a las propias limitaciones. Sólo así el relato podrá ser literariamente verosímil y moralmente equilibrado.
Flannery O´Connor relaja los preceptos religiosos que la inspiran a través del modelo de lectura que propone. No es una escritora imperativa o pacata. Hulga se quita su pierna ortopédica porque el vendedor de Biblias quiere ver la juntura entre la madera y la carne. La sexualidad genera miedo, es hostil, nos deja indefensos —indefensas— frente al enemigo. Flannery O´Connor, una excelentísima cuentista, expresa esa turbiedad con la línea de un relato que llega al lector con sencillez, pero que le deja una sensación de vacío y malestar en la boca del estómago.

miércoles, marzo 16, 2011

Orfeo en Nueva York, Fernando del Val

Difácil, Valladolid, 2011. 111 pp. 14,44 €

José Manuel de la Huerga

Otra vez Nueva York. Poeta en NY. Cuaderno de NY. JRJ en NY. Y ahora, rizando el rizo clásico, Orfeo en NY. Escribe el poeta Fernando del Val: «sólo hay imágenes inconexas/ a ellas se puede llegar en metro/ las veinticuatro horas».
El libro de apuntes del poeta es de larga tradición. Los poetas siempre llevan encima libretitas, papelitos garabateados. Y más aún, si los ojos del poeta son traspasados por los del periodista, incluso diría vampirizados. Es lo que tiene trabajar con las barajas mezcladas. Los apuntes del natural que obligan al periodista que quiere comer y pagar las facturas son traspasados por el poeta vate vago que se queda maravillados con el edificio que rasca el cielo e intuye en su altura desnucante al rey Kong con la rubia tiernamente cogida en su manaza.
Pero, y ahí radicará la novedad de Fernando del Val, ¿qué ocurre cuando un cruce de caminos clásicos atraviesa la ciudad escandalosa? A veces, la mueca expresionista: «oí un ladrido en la calle treinta y tres/ miré por ver si era hécuba exiliada». Otras, la broma macabra: la novena avenida se confunde con la novena de Beethoven, en homenaje a José Hierro. O el grito del ubi sunt?: «quién baja hoy a los infiernos como Orfeo/a desmancillar la justicia y darse un baño de multitud // quién baja hoy a los infiernos/aparte de los hollinados trabajadores del metro»”
Pero debería haber empezado por el principio, aunque me salvo con lo de las imágenes inconexas. Este poemario comienza con un hermoso poema que voy a fusilar completo. Es hermoso, es un hermoso pórtico, desalentador como pocos, pero que deja bien clara la posición de los ojos del poeta, su actitud ante el mundo: «no existe la pausa/ no existe el sigilo/ no existe la métrica/ no existe el compás// no existe la elipsis el reposo la medida/ el discreto caminar de los paquidermos// no existe la prudencia/ no existe la poesía// quieren sacarle los ojos al silencio// con dedos que parecen tenazas»
No hay lugar para la poesía en la NY de todas las naciones. Orfeo canta y no recibe el eco de su melodía, la voz se apaga en el tráfico de la urbe. Es un poema contenido, exacto, como la soledad del héroe que nadie sabe que lo es, y viaja en el metro callado.
Orfeo en NY es, por tanto, poesía política, vuelta a la mitología clásica, a su teatro, acaso como superación y hartazgo de la tan famosa frase por la que Marinetti pasó a la historia de la literatura. No, no es verdad, señor Marinetti, la Victoria de Samotracia, decapitada, con un ala mal cosida, tuvo que ser de una belleza sin par en la proa del barco griego, y es hoy de una belleza sin par en la subida de las escaleras en la galería del Louvre, porque forma parte de los mitos que siguen transitando las avenidas descoyuntadas de nuestra ciudad de Occidente. Aunque, para lo que nos vale…
Buscamos referencias clásicas en un lugar que las ha desvirtuado, o ha creado las suyas propias tan casposas: «Audrey Hepburn/ eterna/ con su tocado sus gafas su collar/ se arranca los guantes/ para ir al servicio/ y poderse limpiar más plácidamente el culo»
El poemario se completa con Prospect York, más apuntes del periodista con la sabiduría atravesada del poeta. Del Val sabe que NY es la quintaesencia de nuestra cultura, su pudridero perfecto, ahí daremos con nuestros huesos, con los de Truman Capote, con los de León Felipe, de quien siempre nos olvidamos, con los de los gatos perseguidos y esquilmados y los niños chicanos que revientan las pompas de agua para bañarse en la ciudad isla. NY de todas las naciones. NY para acarrear lo poco bueno que nos queda, la mirada de Orfeo, viejo, que canturrea una melodía que olvidó, buscando qué chica…, cómo se llamaba… Ay, los años no perdonan. Y qué frío hace, Dios…

martes, marzo 15, 2011

El perro que comía silencio, Isabel Mellado

Páginas de Espuma, Madrid, 2011. 128 pp. 14 €

Miguel Baquero

Tengo la costumbre, cuando leo un libro, de ir subrayando las frases que me parecen especialmente llamativas, en especial por lo novedoso, por lo poético, por lo distinto. Libros hay que se escapan (seguramente por mi torpeza) sin ningún rayajo; y otros como El perro que comía silencio, el primer volumen de relatos de la escritora chilena Isabel Mellado, que cuando llego a la última página y echó la vista atrás, encuentro llenos de líneas, de asteriscos, de notas al margen. Pero, por encima de esas impresiones súbitas, cuando uno concluye de leer este volumen de cuentos tiene la impresión de haber recorrido un pequeño edifico fascinante, de habitaciones lujosamente amuebladas, salones amplios, balcones con hermosas vistas, pero también pequeños cuartos íntimos y acogedores, e incluso trasteros misteriosos que esconden algún secreto. Una casa pequeña, pero llena de literatura.
“Hoy mi espejo se puso furioso porque llegué tarde a la cita matutina”, “observo esta mascota flaca que se llama cuerpo”, “entre el antes y el después no siempre hubo un ahora”, “el chirriar de la luna”, “si el reloj hiciera tac tic, ¿las cosas cambiarían”… son algunas de las frases y metáforas que he ido subrayando a lo largo del libro, pero el lector, a buen seguro, encontrará otras, de igual o más calidad. Porque El perro que comía silencio es una verdadera exhibición de lenguaje lírico bajo la forma de cuentos, un ejercicio, en ocasiones realmente exquisito, de imágenes nuevas, de comparaciones nunca planteadas, de situaciones diferentes.
El libro se compone de tres partes, aunque la melodía suena uniforme a lo largo de todas ellas: “Mi primera muerte”, donde los cuentos abarcan todo tipo de situaciones de la vida común (espléndido el cuento en que un viajero cambia de identidad con cada tren que toma); “La música y el resto”, donde los relatos se hallan centrados en el mundo de la música, las situaciones, los intérpretes, el público de los conciertos (la autora es violinista en la Orquesta Filarmónica de Berlín); y por último “Huesos”, la tercera parte, compuesta de pequeñas frases, metáforas, ideas, que poco tienen que envidiar a las “greguerías” de Ramón Gómez de la Serna, y que incluye también dibujos a vuelapluma de la propia autora.
El conjunto, aunque pudiera parecer un material disperso, está unido por un sentimiento poético sincero y genuino, que no se acoge a sensaciones comunes ni a tópicos líricos. Resulta sorprendente, para una primera obra, que su autora haya decidido arriesgarse con una propuesta nueva y ajena a lo trillado. Y aunque, como peaje inevitable, alguna vez, algún cuento, descienda en el nivel de calidad (“Eternidad 77x53”), o alguna de estas nuevas greguerías no consiga alzar el vuelo, el precio merece, sin duda, la pena ante el resultado final. No se puede ser sublime constantemente, e Isabel Mellado alcanza lo sublime en muchas partes de este pequeño libro, de lectura, y aun mejor, de relectura muy aconsejable.

lunes, marzo 14, 2011

Cristal Embrujado, Diana Wynne Jones

Trad. Gema Moraleda. Nocturna, Madrid, 2011. 332 pp. 16 €

Sofía Rhei

Estoy algo tentada de simplificar hasta el punto de afirmar que hay dos tipos de maneras de narrar sucesos mágicos: una de ellas apuesta por sorprender, deslumbrar y hacer que el mundo real palidezca a su lado (lo que quizá signifique que la realidad es un leve consuelo y tan solo un soporte para la fantasía de la mente), la otra trata de definir cuidadosamente parámetros verosímiles, igual que la ciencia ficción más rigurosa, y hace que el mundo fantástico se imbrique con el real retroalimentándose el uno al otro, sin que nunca se sepa exactamente dónde está la línea. Este proceso, de alguna manera, hace más real la magia, y al mismo tiempo, más mágica la realidad. Hay que prestar atención a cada detalle en lugar de esperar explosiones de fuego violeta. A esta segunda categoría pertenece Diana Wynne Jones.
Lo que pasa es que no existen solo dos maneras de narrar la magia. Hay magia con muchos puntos en común con la física, como la que describen Eoin Colfer en su saga juvenil (lo sobrenatural como tecnología del subsuelo), Madeleine L'Engle en su soberbia serie teseráctica, Lev Grossman en la inquietante Los magos (el reverso psicoanalítico de C.S Lewis, o cómo tratar con verosimilitud los cuentos de hadas), o, con un sabor más irónico, la que practican los magos más jóvenes de la Universidad Invisible. De este tipo (una magia muy relacionada con el trabajo y el estudio) es también la descrita por Susanna Clarke en su Jonathan Strange. En ese libro la autora se ocupa de la magia masculina, el Las damas de Grace Adieu se dedica a la de las mujeres. Esta distinción ha sido muy trabajada por Sir Terry Pratchett, creador de la cabezología, especialmente en Ritos iguales.
Existe magia que llueve misteriosamente del cielo como la de las Luces del Norte de Phillip Pullman, en la que se entremezclan el destino y el deseo de apropiación del ser humano de lo que no le pertenece; magia que es poco más que tiempo o fantasía en su máxima expresión, como sucede en los dos libros más famosos de Michael Ende. hay magia darwinista, como la de Brandon Mull o Holly Black, con complejas genealogías de seres conectados con la naturaleza. Determinado tipo de magia brota directamente de los libros: Cornelia Funke, Jasper Fforde, La historia interminable; o de los cuentos tradicionales: Kelly Link, Gregory Maguire, Robin Mc Kinley, Javier Ruescas. Otra está directamente relacionada con las funciones del cuerpo, como la de Millroy el mago. Hay una fascinante magia relacionada con los objetos comunes, como la que encontramos en muchos cuentos de Andersen, la que abre las puertas de Narnia, Oz o Wonderland, como la que practican Mary Poppins y muchos personajes de Roald Dahl, y después tenemos, una especie de santería depurada, urbana y llena de sorpresas como la que describe la deslumbrante Rachel Pollack. Magia de la ciudad en tanto que ser vivo y complejo: Neverwhere (Gaiman), Nocturnia (Simon R. Green), New Crobuzon (Mieville), Galveston (Sean Stewart), Roncavarancolia (Cotrina).
Hay magia oscura, injusta, brutal (Larrabeiti), contundente y derivada del destino (Tolkien), o construida a partir de una lógica interna llevada a sus extremas consecuencias (Mundodisco). Magia psicológica, a veces perversa, es la de de Anne Rice, Jonathan Carroll, Lisa Tuttle. Magia de sueños, deseos y pesadillas, maravillosamente poética, la de Oscar Wilde, Ray Bradbury, Angela Carter, Steven Millhauser, Mijail Bulgákov, Mervin Peake, Theodore Sturgeon, Maria Gripe, Ana María Shua, Jane Yolen.
Sin llegar al extremo de su devoto Neil Gaiman, que afirma sin rubor que «Diana Wynne Jones is the best. The very best. Honest.», no me parece arriesgado decir que si tuviéramos que escoger entre todos estos maestros de la magia tan solo los fundamentales, los originarios, siguiendo el criterio de la novedad y brillantez de su manera de describir lo extraordinario, Diana Wynne Jones estaría indiscutiblemente junto a Shakespeare, Dante, Andersen, Carroll, Tolkien, Ende y Ursula K. Le Guin.
Por supuesto que los ríos de la literatura se entremezclan sin cesar, y así debe ser, porque de otro modo cada escritor tendría que reinventarlo todo desde cero y no avanzaríamos gran cosa. Cada género tiene sus propias marcas y motivos recurrentes. Pero así como J. K. Rowling o Terry Pratchett recogen todos los tópicos para jugar con ellos desde su óptica, Wynne Jones siempre se ha esforzado en hacer que sucedan cosas nuevas, por imperceptibles que parezcan. Por la portada me daba la impresión de que el texto podía tener puntos en común con Mundoespejo, de Mike Wilks. Pero me equivocaba. No hay nada previsible en esta escritora.
La magia que crea Diana Wynne Jones esta relacionada, siempre, con la naturalidad, con lo cotidiano. Es del tipo que emplean sus interesantísimas contemporáneas, también británicas, Joan Aiken y Vivien Alcock.
Wynne Jones nunca advierta a sus lectores con un "preparaos, que ahora viene algo especial". Los sucesos extraordinarios se narran con el mismo grado de excepcionalidad que la recogida de hortalizas (porque nunca se sabe si en esas hortalizas, o a través de ellas, acabaremos por descubrir un secreto memorable). En este sentido su táctica es la contraria a los pirotécnicos Pratchett y Rowling, que rodean cada momento clave con una cohorte de señales y presagios digna de las grandes superproducciones de Hollywood. Wynne Jones está más cercana a la extraordinaria Le Guin, al inteligente Sapkowski, al sutil Millhauser.
Al comenzar a leer Cristal embrujado un lector desprevenido podría pensar que se trata de un libro realista, de una de esas encantadoras novelas de ingleses excéntricos. De hecho, este libro escrito en 2010 tiene un estilo tan perfecto que podría haber sido escrito muchas décadas antes. Hay sutiles ecos de Wodehouse, tan depurados que se le pueden escapar al que lea rápido (nunca hay que correr ese riesgo con esta autora).
Sin embargo, al avanzar en la lectura, se van detectando pequeñas cosas que se han deslizado ligeramente, sutiles comentarios con implicaciones no exactamente naturales, curiosos comportamientos que no acabarían de tener sentido en el mundo estrictamente real.
«Hay que quitarse las gafas y limpiarlas cuando se quiere que la gente haga lo que uno ha dicho.»
Como si el tipo específico de magia que describe fuera algo completamente familiar para el lector, Wynne Jones avanza en la narración sin detenerse jamás a dar una explicación. No se preocupa en absoluto de cual debería ser o no ser la edad o la personalidad de su protagonista según los criterios del marketing. Le da igual que su libro lo lean niños de catorce o señoras de ochenta: casi no parece un libro de ficción, sino el testimonio semidocumental de una serie de personajes a cual más imprevisible (sin que resulten grotescos) en su mezcla de personalidades muy reales con acontecimientos bastante inusuales.
De hecho, la finura psicológica a la hora de describir los caracteres hace que estos resulten vívidos precisamente a causa de su alejamiento de los clichés. Llama la atención la hondura de Aidan, el personaje infantil, que a veces recuerda al Eric de las series de Crestomancia por su prudencia y madurez. Ya sabíamos, de todas formas, lo que Wynne Jones era capaz de hacer con personajes menores de edad después de La hora del fantasma.
La trama no responde a ningún esquema tradicional, no está troquelada con patrones de iniciación, desafío, pérdida o injusticia. De hecho, hay dos protagonistas que tienen exactamente el mismo peso en el libro, malabarismo que a muy poca gente le sale bien.
Aidan es un niño cuyo nombre solo pueden pronunciar las buenas personas. Andrew es un adulto, un despistado profesor al que le cuesta tomar las riendas de su vida. Para él la magia es, literalmente, una molesta herencia de la que tiene que responsabilizarse. Por supuesto que cree en ella, siempre ha sabido que estaba allí mismo, pero no le causa demasiada admiración. Sin llegar a ser tan descreído como la familia a la que tiene que enfrentarse el pobre fantasma de Cantervile, Andrew no está dispuesto a que ningún fenómeno extraño le convenza de cosas que no son.
Según avanza la novela descubrimos un juego de personajes a los que ya conocíamos, pero que no se parecen necesariamente a lo que recordábamos de otras veces. O sí se parecen, y en realidad lo que estamos viendo ahora es su verdadera realidad, desprovista de "glamoures" varios.
Este libro, como todos los que he leído de esta autora, merece la pena ser releído. Es un sitio al que volver, un lugar con una entidad casi tangible. Alguien puede preguntarse que cómo es posible que los libros de Harry Potter se vendan por miles millones y los de Wynne Jones, si tan buena es, tengan una difusión mucho menor. Una de las respuestas es que los libros de Rowling son más fáciles de leer, en el sentido de que tienen una acción más vívida y proporcionan emociones más fuertes. El mal está mucho más presente en ellos. Contienen muchísimo más espectáculo. Y, desde luego, requieren muchísima menos colaboración por parte del lector. Le dan un camino ya trazado. Si te saltas un par de párrafos aquí y allá tampoco es demasiado grave. Sin embargo, Diana no te deja pasar ni una.
Por otra parte, paradójicamente, los chispeantes hechizos de Hogwarts solo existen unos cuantos momentos en la vida, mientras dura ese arco de fascinación. Después solo nos queda su recuerdo. Sin embargo, la magia cotidiana de Diana Wynne Jones, muchísimo más sutil, resucita cada vez que nos demos cuenta de que alguien se ha quitado las gafas al tratar de convencernos de algo. Una vez que entramos en ella, ya nunca desaparece por completo.

viernes, marzo 11, 2011

Tanta pasión para nada, Julio Llamazares

Alfaguara, Madrid, 2011. 155 pp. 17 €

Ignacio Sanz

Para empezar, este espléndido libro de doce relatos y una fábula, rinde homenaje en una nota aclaratoria al gran cuentista socarrón Antonio Pereira, ese clásico semioculto entre el bálago editorial que nos dejó en el 2009. Es una manera preciosa de comenzar la lectura y de situarnos en los que ha de venir. No es la primera vez que Llamazares aúpa a su paisano, un gesto generoso que, teniendo en cuenta la difusa invisibilidad en la que se movió Pereira, lo engrandece. Una vez más.
En esa nota inicial, el autor habla del nihilismo que atraviesa la médula de estos cuentos como parte de una de sus constantes literarias. En efecto, el nihilismo está latente en este ramillete de cuentos, pero también la melancolía poética y cierta ráfagas de humor que los hacen más transitables. Y un desasosiego creciente que aparece, sobre todo, en “Un cuento de encargo”. Y la pasión por la narración pura, por el gusto de contar y contar que está presente en todos.
En algún momento, mientras leía, me he sentido recostado en un escaño, en La Puebla de Lillo o en La Mata oyendo la voz grave de Llamazares, como si estuviéramos en una vieja cocina, al calor de la lumbre pero, sobre todo, al hilo de las palabras que alimentaron los filandones de su tierra. Por ejemplo, ese eco a los filandones aparece claramente en “Las campanas de Cuerna”, “Música en la oscuridad” o “Médico en la noche”. Tiene uno la sensación de que estos cuentos podrían ser trasunto de la realidad, crónica de la biografía del propio autor. También he escuchado el eco lejano de don Pío Baroja en el ritmo de la prosa, pero también en el trasfondo ideológico algunos personajes, en concreto, en aquellos cuentos alentados por personajes que resultan esquivos al sistema, ajenos a los principios dominantes del mercado. Y, cómo no, también revolotea por ahí el Camus de El extranjero”.
La primera ocupación literaria de Julio Llamazares fue la poesía. Algunos de estos relatos escritos en prosa, son poesía destilada. Por ejemplo “El lilar de las monjas” o “A Primout no vuelve nadie”, un homenaje al poeta Ángel González. Qué maravilla. Se nos queda el libro entre las manos y el pensamiento viaja hasta aquella aldea remota y olvidada de los Picos de Europa, donde el poeta asturiano comenzó su vida laboral como maestro y donde vuelve 50 años después, contraviniendo el diagnóstico del viejo alcalde. Y nos enlaza con otra de las preocupaciones de Llamazares, los pueblos abandonados, esos pueblos que un día alentaron vida y donde ahora campa el olvido y la desolación. Julio sabe bien de lo que habla.
En definitiva, aquí está resumido el mundo de Llamazares, la reflexión metaliteraria, los maquis que aparecieron en “Luna de lobos”, su primera novela, los pueblos abandonados de su mítica “La lluvia amarilla”, la gesta legendaria del futbolista Djukic, la mirada poética sobre una realidad cruda y desasosegante. Como la vida misma, esa vida que inútilmente perderemos, pero que, gracias a relatos de este calibre se hace menos áspera, más transitable.
Y para cierre, esa fábula, apenas siete líneas, titulada “El día de mañana” y que, como “La novela brasileña” de Pereira, nos deja con el pensamiento cabalgando y cabalgando, como si saboreáramos un caramelo de largo aliento. Como los grandes vinos.

jueves, marzo 10, 2011

A merced de la tempestad, Robertson Davies

Trad. Concha Cardeñoso. Libros del Asteroide, Barcelona, 2011. 344 pp. 20,95 €

Ángeles Prieto

Todas las generalizaciones dejan entrever los desconocimientos y carencias de quiénes las formulan, cuando no demuestran grave ignorancia. Y tras una larga historia de desencuentros, mala comunicación, problemas de frontera y guerras entre ambos países, Estados Unidos y Canadá establecieron también serias barreras culturales mediante la creación de tópicos mutuos, como todos los vecinos, buenos o malos, han establecido a lo largo de la Historia. Parte de esos tópicos son añejos y coloniales, como producto de las herencias de sus metrópolis fundadoras respectivas, sin embargo otros lugares comunes, muy desafortunados, no lo son, y podemos achacarlos directamente a la competición comercial entre ambos estados. Porque por esta causa, y ninguna otra, hay quiénes contrastan sin problemas la literatura norteamericana con la canadiense, adjudicando a la segunda todo el academicismo, reflexión, letargo, modorra y sopor que nunca reconocerían encontrar en el país de los cambios sociales fulgurantes, las apasionantes aventuras o la búsqueda de la Gran Novela Norteamericana.
Afortunadamente en los últimos años, y gracias a magníficas traducciones, estamos conociendo en España qué es y en qué consiste lo mejor de la literatura canadiense, con ese interesante y rico acervo cultural, del que tanto ignoramos, en contraste con todo lo que sabemos de la historia y la literatura norteamericanas. Cuatro nombres en concreto, por su calidad y magisterio, están ahora mismo despertando en la prensa española elogios unánimes: Alice Munro y Mavis Gallant como las grandes damas del relato corto; Saúl Bellow y Robertson Davies, como principales adalides de la amena, culta y apasionante gran novela canadiense.
A merced de la tempestad, la novela de Robertson Davies que ahora comentamos es un título primerizo, pero debemos recordar que El gatopardo de Lampedusa también lo fue, y con aquella guarda la similitud de tratarse también de una novela tardía que sin duda sabe transmitirnos el espíritu de un lugar y de una época. Pues, pese a recoger algunas características de los autores que empiezan, como expresarnos directamente sus opiniones sobre los escritores románticos o respecto a la maravillosa música de Purcell, nos encontramos también ante una novela magnífica gracias a sus muchos aciertos: la penetración psicológica inteligente demostrada en todos los personajes secundarios, y con especial acierto en Hector Mackilwraith, finalmente gran protagonista; el paralelismo divertido con la gran obra tardía de Shakespeare; la observadora descripción, no exenta de humor, de la vida social en la pintoresca Salterton, inventada ciudad mercantil, con su destacada Universidad, su Juzgado y sus dos grandes catedrales; el poderoso dominio demostrado en el estilo ágil, ameno y periodístico de la narración y en los no menos interesantes y humorísticos diálogos.
Así, el resultado de esta primera parte de la Trilogía de Salterton, no pudo ser más venturoso, a corto camino ya de El quinto en discordia o Mantícora, primera y segunda parte de la Trilogía de Deptford, auténticas obras maestras independientes que ningún lector entrenado debería pasar por alto. Porque tras una licenciatura en Oxford y una exitosa carrera tanto en dramaturgia como en periodismo, fue como Davies pudo luego deleitarnos y convertirse en el maestro mundialmente famoso que logró ser, gracias a su talento narrativo en esas once novelas tardías en las que derrochó su imaginación y lucidez. Y es sólo ahora cuando en lengua castellana, gracias a las preciosas ediciones, y mejores traducciones, de los Libros del Asteroide, nos hemos podido quedar boquiabiertos con siete, esperando que lleguen a nuestras manos todas ellas. Unas novelas divertidas cuyo estilo ágil iguala y aún sobrepasa, al mejor Mark Twain, el de Tom Sawyer y Huckleberry Finn, para dar así una lección en toda regla a quiénes afirman, estúpidamente, que la literatura canadiense es aburrida.

miércoles, marzo 09, 2011

Zoom, Manuel Espada

Paréntesis, Sevilla, 2011. 192 pp. 13 €

Miguel Baquero

“Imaginar el mundo al revés”, ese parece ser el objetivo, radicalmente literario, de Manuel Espada, uno de los mejores microrrelatistas de este país. Hace apenas unos meses, Manuel Espada nos sorprendió con un magnífico libro de relatos, en aquel caso algo más extensos, titulado Fuera de temario, una obra que compartía con ésta que ahora sale a escena el mismo deseo de romper con lo establecido, llegando incluso (o en primer lugar) a romper con lo lógico; un afán por contemplar la vida cotidiana de forma sustancialmente distinta, desde “el otro lado”. Una reivindicación, en definitiva, de la ficción sin reglas, acercándose al surrealismo pero sin caer en la autocomplacencia en que acabó apagándose aquel viejo movimiento.
La principal diferencia con los surrealistas es que, mientras aquellos parecían empezar y agotarse en sí mismos, la imaginación que propone Manuel Espada (tanto en Zoom, como en Fuera de temario, como en su primer libro de cuentos, significativamente titulado El desguace), parte de un asunto cotidiano y aparentemente trivial, y concentrándose en el detalle (el “zoom” al que alude el título del libro), al levantar la vista de él contemplamos una realidad distinta, un mundo en el que el tiempo puede volver hacia atrás, las pacíficas e hipotecadas casas de pronto se convierten en mansiones espectrales, uno tropieza con su asesino repetidas veces en el día o los cuerdos son encerrados en los manicomios.
Asimismo, se entremezclan con estos relatos de raigambre cotidiana otros que tienen su origen en la literatura, o al menos en el papel impreso: hemorragias de palabras en la biblioteca, personajes de cómics hartos de compartir página impar con tipos de mala catadura, o escritores que se creen caballeros andantes y que en sus novelas hacen que sus personajes queden mancos en batallas navales. Pareciera que, en sus relatos, Manuel Espada va girando el ángulo de la realidad, cada vez de forma más acusada, 60, 90, 120 grados, hasta llegar a los 180, en que el mundo ha dado la vuelta por completo. En este sentido, no es casual la inclusión en el volumen de una recreación del famoso relato “El lobo-hombre en París”, maravilloso breve en el que Boris Vian consiguió forzar de forma espléndida ese plano con el que ahora juega Manuel Espada.
Compuesto de relatos en torno a las quince o dieciséis líneas (en ocasiones la extensión se reduce a un renglón, otras veces el relato alcanza, todo lo más, la página y media) no por ser breves los cuentos dejan de tener “cuerpo”, en ocasiones mucho más que el de una novela amplia, y llevan a detenernos en su lectura y a volver sobre las páginas, intrigados o fascinados por la solución, como lo haríamos ante los gruesos volúmenes de una biblioteca repleta. Tampoco casualmente el libro lleva por subtítulo: “ciento y pico novelas a escala”. En realidad, en numerosas ocasiones se trata de eso, de comprimir una novela en un espacio mínimo, un espacio donde, además, es frecuente que se rompan las leyes de la lógica.

martes, marzo 08, 2011

El juego del mono. Ernesto Pérez Zúñiga

Alianza Editorial, Madrid, 2011. 316 pp. 18,50 €

Doménico Chiappe

En El juego del mono, un profesor de literatura se muda a Algeciras para dar clases en un colegio público. Conoce a los habitantes, algunos contrabandistas, y visita el peñón de Gibraltar de vez en cuando, como forma de escape y recreación. Ahí secuestrará a un mono, de los que roban y divierten a los turistas (él, uno más), y lo encerrará en el sótano de su casa alquilada, en cuya cercanía apareció un cadáver y donde aparecerá un manuscrito. En esta narración hay tres rasgos propios del autor:
1) El ambiente cotidiano y sin embargo opresivo. De ahí que la primera mención, de las muchas que se encuentran en la novela, sea para Onetti.
2) La delimitación temporal en el hoy, el aquí, el ahora, y no obstante la universalidad de los personajes.
3) Los personajes, tan habituales, tan del vecindario, pero descubiertos en un mundo íntimo que deja entrever la mediocridad de sus habilidades, la impotencia de encontrarse sin salidas, atrapados en un laberinto de setos que no son más que la realidad y las circunstancias propias.
Como advertencia al lector, una línea: «Cuando alquilé aquella casa comencé a soñar con monos». Lo real y lo onírico fluyen como el traspaso de una frontera física (Algeciras) a otra (Gibraltar). O como el paso del bajo de la casa al sótano. La pequeña tragedia diaria del profesor se cuenta con una estructura de matrioshka, muñeca que abre su panza en la página 113, con el capítulo “La historia que me contó el mono”. En ese momento, la narración principal, la de este profesor incómodo aunque apoltronado, cede ante un manuscrito encontrado en el sótano de la casa de Algeciras, donde está prisionero el primate de Gibraltar.
Lo que “cuenta el mono” pertenece a otro prisionero: un hombre en medio de la naturaleza, con lo que se establece una paradoja, porque el mono residente en el sótano es otro prisionero pero en medio de la ciudad. Dos rehenes o uno solo. O, quizás, el futuro del profesor. La incertidumbre del lector juega un rol de tensión en toda la trama. «No entiendo este juego. Entiendo que encerrarme es un acto en extremo cruel, en extremo inexplicable», dice el narrador. Otra paradoja: el secuestrado que narra esta segunda parte debe aprender a escribir, mientras que quien lo lee, un profesor de literatura, debe enseñar a leer.
El prisionero del manuscrito enloquece bajo el yugo de La Mujer del Jardín y, mientras lee este legado, el narrador-protagonista, recorre un camino similar. Este tránsito, el de la locura, el que ocupa la última parte de la novela, “La Mujer de la Máscara, La Chica de la Nariz, La Niña de la Ducha”, se atraviesa de manera minuciosa, oscura, nebulosa. Con saña, con lentitud, se camina por una cuesta que lleva a lo terrible, hacia una cima de zoofilia (mujer-perro / hombre-mono / mujer-mono), contada con elegancia, repleta de silencios esclarecedores, de la que el protagonista solo se precipitará al vacío, como si cumpliera una sentencia, una predestinación.

lunes, marzo 07, 2011

Jaque a la reina muerta, Carmen Güell

La Esfera de los Libros, Madrid, 2010, 264 pp. 22,90 €

Amadeo Cobas

Es sencillo devolver a la vida personajes históricos –sobre todo si son secundarios en la Historia– para cubrirlos de una pátina de idealismo que los convierta en casi irrepetibles, que los revierta en un ejemplo de modernidad, unos adelantados a su tiempo. Es sencillo, sí. Intentarlo, claro. Porque lograrlo ya es otro cantar. Lograr que Germana de Foix, reina consorte de Aragón, virreina de Valencia, marquesa de Brandemburgo y duquesa de Calabria cobre vida, y verosimilitud lo que de ella se relata, es el propósito de Carmen Güell.
Y lo logra con solvencia.
Nos muestra la escritora a una reina que aunque se conforma –porque no le queda más remedio– con el rol que le toca desempeñar como mujer de su época (siglo XVI), siempre en segundo plano con respecto al hombre, se rebela al menos opinando en contra de las imposiciones masculinas que le toca sufrir; máxime en su caso, que como esposa del rey ya sabe lo que le toca: darle a Fernando el Católico un heredero. A ver si así consigue la estirpe Trastámara perpetuarse en el trono de Aragón y ¿quién sabe si algo más?... ¿Acaso no evidencia signos de locura Juana, la hija de su marido? A ver si no cómo se entiende que traslade los fétidos despojos de su fallecido esposo, Felipe el Hermoso, desde Burgos a Granada, en procesión nocturna que duró… ¡ocho meses! No, quizá sea excesivo considerar que Germana ansiaba darle a Fernando un vástago –varón, majestad, si a vos no os molesta, es de suponer que propondría algún consejero…– para la sucesión al frente de la corona de Aragón. No, estos intereses están alejados de la mente de la reina. La prueba es que ella misma confiesa que anhelaba tener un hijo, pero con una intención más loable: para mimarlo, malcriarlo y que él le dijera: te quiero, mamá.
Dentro del acierto general del tratamiento dado a la novela, destaca el uso de la narración en primera persona, acercando los pensamientos íntimos, las inquietudes de Germana de Foix ante el reto que se le presentaba: suceder a Isabel la Católica casándose con su viudo. Y su zozobra: «No podría evitar que me compararan con ella a cada momento»; y su deseo: «Ya me hubiera gustado poseer su misma energía y feminidad».
Porque no tuvo una papeleta fácil ni agradable. Ella, con sus puros 18 años, casada con Fernando el Católico, de 53 batallados años. Un viejo, perdido ya parte de su empuje físico a causa de los estragos de tanta guerra y tanta intriga, «calvo, de feo semblante y espalda encorvada», así lo describe la protagonista tras su primer encuentro. Eso sí, el rey aragonés no ha perdido ni un ápice de su artera sabiduría en materia diplomática y política: «La política, y sólo eso, era su vida, lo primero y lo único que le importaba de verdad». Estas conclusiones sacó Germana de sus primeros días de matrimonio…
Porque como mujer de su tiempo hubo de claudicar a las imposiciones reales en forma de boda de conveniencia. La primera impuesta por el rey de Francia para sellar una alianza con el rey de Aragón; la segunda y tercera por mandato del rey de las reunificadas Castilla y Aragón: Carlos I de España y V de Alemania.
Pero era sabia. Dando cabo a su vida, la protagonista de esta novela reflexiona y aplica esa innata sabiduría, aliada con su experiencia, para afirmar con rotundidad: «la felicidad no es vivir una pequeña vida sin embrollos, sin cometer fallos ni moverse. La felicidad consiste en aceptar la lucha, el esfuerzo, la duda y avanzar sorteando los escollos». Perspicaz máxima, a mi entender, aunque peligrosísima también para emitirla una fémina en esa Edad Moderna que le tocó vivir, por mucho que el Renacimiento porfiase por abrir ventanas en las obtusas mentalidades masculinas. No olvidemos que la Inquisición merodeaba para velar porque nadie desviase ideas heréticas –qué fácil debía de ser convertirse en reo de una conducta punible para el Santo Oficio–, so pena de aplicar un devenir cruento: humillación pública, potro de tortura, auto de fe…
Nos ofrece el primer plano de esta novela a una maravillosa actriz. Supo desempeñar su papel aunque la Historia la ocultó tras demasiados personajes principales. De ahí la libertad que disfruta Carmen Güell para apartar de arquetipos a Germana y darle visos de modernidad aunque, como la propia autora matiza en el epílogo, está «lejos de ser una heroína». Es verdad, quizá no lo fue en su época, pero lo es desde el momento en que resucita para cualquier lector que se adentre en esta amena forma de narrar, sucinta en floreos y nula en relleno vano, con la cadencia adecuada para paladear estos golosos manjares ofrecidos, a imagen de la reina –placer sublime para Germana de Foix era la comida: su perdición fue, encadenándola a la obesidad–, un relajo su vida de un matrimonio de conveniencia a otro, plegada a los deseos reales, permítaseme esta frivolidad, seguro que pocos aceptarían hoy en día estas obligaciones para sus vidas.
No deberá pasar esta revisión histórica al olvido. No lo merece su autora ni lo merece su alteza la protagonista. Por inteligente, por pensar por sí misma y por valiente.
Quede subyacente ese enigma que se bosqueja en las postrimerías de la obra, referente al resultado de los encuentros íntimos entre Germana y su majestad imperial Carlos V.
¿Será verdad lo que insinúa?...

viernes, marzo 04, 2011

Valor de ley (True Grit), Charles Portis

Trad. Eduardo Mallorquí. Debolsillo, Barcelona, 2011. 202 pp. 7,95 €

César Mallorquí

Por lo usual, se espera del crítico literario que ceda el protagonismo al texto sobre el que va a hablar y se mantenga fríamente aparte, escudándose en una apariencia de objetividad que, de ese modo, convierta su dictamen en una especie de juicio divino. No va a ser éste el caso; de entrada porque en realidad soy un falsario, un escritor disfrazado de crítico, pero sobre todo porque existe una intensa vinculación sentimental entre Valor de ley y yo.
Le ruego al lector que eche un vistazo al nombre del traductor de la novela y luego el del perpetrador de esta crítica. “Mallorquí” no es un apellido frecuente; Eduardo era (murió hace 10 años) mi hermano. Tradujo Valor de ley, de Charles Portis, a finales del 69 y Bruguera la publicó al año siguiente con el subtítulo de Mattie. Nada más editarse, mi hermano me prestó un ejemplar y me recomendó que la leyese. Lo hice y me gustó. Yo tenía 17 años. Poco después, Henry Hathaway estrenó una película basada en el texto de Portis que le consiguió a su protagonista, John Wayne, el único Oscar de su dilatada carrera. Vi la película con mi padre, José Mallorquí; a ambos nos gustó.
Mucho después, a lo largo de los años, volví a ver (en TV) el film de Hathaway dos o tres veces, y ocurrió algo curioso: cuanto más lo veía, más me gustaba, hasta que acabó convirtiéndose en uno de mis westerns favoritos. Y, al mismo tiempo, más se diluía en mi memoria la novela. Recientemente, los hermanos Coen han vuelto a versionar Valor de ley y, aprovechando la ocasión, Random House ha reeditado la novela, y la traducción de Eduardo, bajo el sello Debolsillo. La compré nada más verla e, impulsado por la nostalgia, la leí en un par de días; aunque tenía miedo, lo reconozco, porque con frecuencia novelas que me entusiasmaron en mi juventud acabaron defraudándome en una posterior relectura.
Y así ha sido, en cierto modo. Valor de ley, de Charles Portis, no es una novela tan buena como yo recordaba. Es infinitamente mejor.
Valor de ley es un western de planteamiento clásico, pero también muchas otras cosas. Su argumento no puede ser más sencillo. Estamos en Arkansas, en 1870; el ranchero Frank Ross viaja a Fort Smith para comprar una partida de caballos y allí es asesinado por Tom Chaney, uno de sus empleados. Chaney huye a territorio indio y se une a una banda de forajidos. Días después, Mattie, la hija de Ross, una muchacha de catorce años, llega al pueblo para hacerse cargo del cadáver de su padre. Pero Mattie no es una adolescente cualquiera, sino la chica más testaruda, resuelta y autosuficiente del mundo. Así que Mattie, decidida a vengar a su padre, contrata a Rooster Cogburn, un viejo comisario, tuerto, tosco, borracho e implacable, para perseguir a Chaney y capturarlo. A ellos se les une La Boeuf, un Ranger de Texas que persigue a Chaney por el asesinato de un senador. Juntos se internan en territorio salvaje e inician un periplo jalonado de violencia y muerte.
¿La tópica historia de persecución y venganza? Puede ser, pero ahí acaban los tópicos. La novela está narrada en primera persona por Mattie muchos años después de los acontecimientos que relata. Es decir, el universo tradicionalmente atiborrado de testosterona del western está contemplado desde un punto de vista femenino, lo cual hace que las constantes del género nos parezcan sutilmente distintas. Podría objetarse que Mattie no es una chica normal, incluso que resulta un poco masculina, pero no es así. Mattie es una mujer, pero también una pionera, y las pioneras, más allá del, en el fondo machista, estereotipo femenino, eran mujeres fuertes como rocas que se jugaban la vida para conseguir un mundo más civilizado. Eso es Mattie: una roca.
Dado que el argumento de Valor de ley es muy leve, Portis dedica gran parte del texto a retratar a los personajes. Y no sólo a Mattie y Cogburn, los protagonistas, sino también a los secundarios, desde el presuntuoso, pero en el fondo entrañable, La Boeuf, hasta el Coronel Stonehill, un deliciosamente pesimista tratante de caballos. Cabe resaltar el modo en que crece la figura de Cogburn, que de entrada parece un personaje de una pieza, pero acaba convirtiéndose en un fascinante ser humano lleno de matices y contradicciones.
La novela está narrada con un soterrado sentido del humor que recuerda al mejor Mark Twain. De hecho, más de una vez se ha comparado a Mattie con Huckleberry Finn, aunque en realidad se trata de personajes opuestos. No obstante, al igual que ocurre en la obra de Twain, Valor de ley relata un viaje iniciático que se adentra en las raíces primarias de la historia y la cultura norteamericanas. Y también habla del final de la inocencia, del bien y del mal, y del demoledor paso del tiempo.
Los géneros literarios se centran en las diferentes facetas de lo humano. El mejor thriller se adentra en los rincones sórdidos de la sociedad; la mejor ciencia ficción especula sobre el cambio y sus consecuencias; y el mejor western explora la frontera entre la vida civilizada y la vida natural. En Valor de ley, Mattie representa el orden y la civilización, y Cogburn la existencia libre y salvaje. Al final, ambos se necesitan; Mattie precisa a hombres como Cogburn para cimentar el orden que tanto anhela, y Cogburn necesita a Mattie para descansar en la vejez o, al menos, para contar con una tumba donde pasar la eternidad.
Escribo esta crítica al día siguiente de la entrega de los Oscar. Pese a sus diez candidaturas, Valor de ley, la película de los Coen, no ha obtenido ninguna estatuilla. Es injusto; se trata de una gran película, muy superior a El discurso del rey. Y hay algo que quizá el lector desconozca: todo lo que aparece en el film, argumento, situaciones, personajes, diálogos, hasta el más pequeño de los detalles, todo sin excepción está en la novela. En cualquier caso, supongo que los académicos habrán pensado que Valor de ley “sólo” es un western y por eso han decidido premiar a un film aparentemente más serio y trascendente, aunque en realidad se trata de un producto mucho más liviano, un mero artefacto fílmico diseñado para acaparar premios.
Y me temo que algo parecido suceda con quienes lean esta crítica. A fin de cuentas, Valor de ley es un western, ¿no? Una novela de género y, además, de un género que ya todo el mundo da por muerto y enterrado. ¿Para qué perder el tiempo con algo así cuando se pueden leer obras realmente enriquecedoras? Estoy seguro de que Valor de ley pasará inadvertida, que ni siquiera aquellos que tilden la película de los Coen de obra maestra se molestarán en visitar el magistral texto en que se basa. Estoy seguro de que Valor de ley no será candidata a los Premios Tormenta, porque casi ninguno de los colaboradores de este blog la leerá. Pero también estoy seguro de otra cosa: dentro de cien años, cuando la mayor parte de los libros que aquí se ensalzan no sean más que polvo acumulado, Valor de ley, de Charles Portis, seguirá siendo un clásico de la literatura norteamericana del siglo XX.
Ah, en cuanto a la traducción de mi hermano: impecable.

jueves, marzo 03, 2011

Después del Reich, Giles MacDonogh

Trad. José Luis Gil Aristu. Galaxia-Gutenberg. Barcelona, 2010. 975 pp. 30 €

Julián Díez

2.250.000 muertos, 16 millones de desplazados y 200.000 niños nacidos como fruto de violaciones es el balance de la posguerra alemana que muestra Después del Reich. El británico Giles MacDonogh, especialista en historia alemana, lleva a cabo un balance exhaustivo, creo que no realizado hasta la fecha por su amplitud y objetividad, sobre los acontecimientos que se produjeron en Europa Central después de la caída del régimen nazi, y que no creo muy conocidos para el lector medio con curiosidad por la divulgación histórica.
Sería fácil dar de lado el trabajo de MacDonogh buscándole intencionalidades ocultas; en una época en que vemos que la sensibilidad sobre el tema sigue a flor de piel, como muestran recientes batallas twitteras, presentar a los alemanes de posguerra en víctimas puede ser interpretado como un intento de ocultar o relativizar las atrocidades que cometieron previamente. Sin embargo, el autor es claro desde el principio al respecto: «Este libro no pretende excusar a los alemanes, pero no duda en poner en evidencia a los Aliados victoriosos por el modo en que trataron a los enemigos en tiempos de paz, pues en la mayoría de los casos no se violó, mató de hambre, torturó o apaleó hasta la muerte a los culpables sino a inocentes. Los verdaderos asesinos murieron con demasiada frecuencia en la cama».
MacDonogh cuenta con una documentación abundante y es capaz de presentarla de manera organizada y fácil de consultar, lo que resulta todo un logro hoy en día cuando abundan textos de este tipo que se deslizan hacia el descontrol narrativo. Su prosa es clara y directa, de obvia inspiración periodística -para bien, de cuando este calificativo significaba precisión y sobriedad-. Los relatos de hechos interesantes y apenas conocidos se suceden: la ocupación de campos de concentración para ser empleados como nuevos campos de prisioneros, los desplazamientos masivos de una escala incomprensible para los parámetros actuales, en particular en Europa; la corrupción, la pobreza y la violencia generalizadas en ambos bandos.
Que Alemania fuera capaz de sobreponerse a situaciones tan extremas como la atroz miseria moral del nazismo y la posterior represalia de sus vencedores supone una reflexión final tras la lectura del libro que ofrece, una vez más, un triste contraste con la realidad que nos rodea.

miércoles, marzo 02, 2011

Mani. Viajes por el sur del Peloponeso, Patrick Leigh Fermor

Trad. Agustina Luengo. Acantilado, Barceona, 2010. 416 pp. 24 €

Luis Manuel Ruiz

Existen tantas modalidades de libros de viaje como viajes en sí, pero pienso fundamentalmente en dos. En una, extrovertida, el autor, que es también el peregrino, registra todo cuanto le ha acontecido durante su periplo, sin dejar de consignar, casi notarialmente, el sabor de las comidas, el número de chinches de cada colchón y las conversaciones con las gentes que ha ido encontrando en cada paso; en el otro, más concentrado, el viaje en realidad es sólo un pretexto para una ensalada de recuerdos personales, lecturas, conjeturas peregrinas o no, que se van sumando a la descripción del recorrido y le prestan sostén y variedad. Autor del primer tipo sería, por ejemplo, Paul Theroux; del segundo tenemos muestras excelentes en las monografías sobre ciudades de Paul Morand y, sobre todo, en Patrick Leigh Fermor. No hace tanto que se reeditó su excursión épica, a pie, de Londres a Constantinopla, con los títulos sucesivos de El tiempo de los regalos y Entre los bosques y el agua (Península, 2001 y 2004, respectivamente), y que se nos ofreció la oportunidad de comprobar qué personalísima alquimia de elementos integran para él la crónica de viajes. Dichos ingredientes incluyen la investigación antropológica, el retrato de personajes, el paisajismo, la digresión en todo lo más variado, sabroso y profundo que dicho término pueda significar, el brillo de la prosa, la filología, los estudios estéticos, el humor, la gratitud de estar en el mundo, de que haya un mundo y uno lo pueda recorrer para escribir libros. Leyendo los acendrados y casi perfectos relatos de Leigh Fermor, uno tiene la sospecha de que el viaje no constituye más que una coartada: el fin verdadero no es conocer otras latitudes, sino servirse de ellas para la literatura.
En esta ocasión, el autor nos conduce a un rincón poco transitado por las guías turísticas del que, según es común en su vena, él es capaz de entresacar paletadas y más paletadas de anécdotas, referencias eruditas y postales de relumbrón. Para el lego, Grecia es islas, yogures, casitas pintadas del color de los pitufos, bailes en círculo y un par de equipos de fútbol y baloncesto; para la persona leída, la sombra apabullante de los grandes filósofos, los estadistas y los trágicos del mármol, amén de una raza de bigotes que ha dado poetas y cineastas de cierto prestigio. Pero hay más: oculto en una de la penínsulas del sur del Peloponeso que la civilización apenas ha rozado, existe un exótico universo en miniatura de pasión, violencia y atavismo. Mani (tal es su nombre, derivado quizá del título de cierto castillo fundado durante el reino franco llamado Magne) ocupa imprecisamente las tres o cuatro puntas de tierra más meridionales de la Grecia continental, y es patria de hombres rudos y hermosos, jamás romanizados, opositores de un imperio turco que tampoco logró asimilarlos y no convertidos al cristianismo hasta la fecha sorprendente del siglo VI o VII después de Cristo. El territorio que Leigh Fermor recorre en este libro no abarca más de unos pocos centímetros sobre el mapa; ello contrasta con la inmensidad de la información que aporta y la amplitud de su visión: casi con un vértigo, el lector es arrastrado del último Bizancio de los Paleólogos a las formas más populares del canto fúnebre, puramente orales, de las luchas intestinas entre clanes mediterráneos a la diáspora griega por Córcega y las Baleares, de la entrada al infierno antiguo a través de cuevas y recovecos minerales a la participación de poetas del norte en la Guerra de la Independencia helénica. Y sobre todo ello gravita, envasado en el pulcro estilo del autor, el paisaje crudo del último Peloponeso, una desnudez casi abstracta que se compone exclusivamente de costas a pico, llanuras de sal y rocas peladas. Y de las que un excelente escritor de viajes sabe hacer fluir, como la piedra de Moisés, todo un manantial de aguas felices, que aquí son felices horas de lectura.

martes, marzo 01, 2011

¿Qué estás pensando?, Care Santos

Ediciones Baladí, Alcalá de Henares, 2010. 148 pp. 14 €

Rubén Castillo Gallego

Cuando alguien se conecta a la red social Facebook lo primero que se encuentra en la parte superior de la pantalla es una pregunta de confesonario, diván freudiano o novia inquieta: «¿Qué estás pensando?». Y a continuación se invita a reflejar esos pensamientos en un recuadrito que, mediante la tecla Compartir, los hará universales. Care Santos (Mataró, 1970), la febril, moderna, juguetona, innovadora y curiosa Care Santos, eligió el 8 de abril de 2009 como fecha de inicio de un experimento: puesto que ese día festejaba su trigésimo noveno cumpleaños, ¿qué mejor celebración que inaugurar una secuencia de 365 entradas en Facebook, a ritmo de una por día?
Dicho y hecho, considerando irónicamente que «los 40 años son la edad a la que el escritor debe comenzar a tomarse en serio su carrera» y que, por eso mismo, «dispongo de 364 días que ocupar en idioteces» (página 7), la espléndida escritora catalana inicia una navegación de lo más singular: un diario en marcha internáutico que ahora recoge en formato de libro Ediciones Baladí, con simpática y colorista cubierta. ¿Y cuál es el contenido de la obra? Pues ni más ni menos que el contenido de la vida. Durante el año todos reflexionamos, leemos libros, escuchamos anécdotas, llevamos a los hijos al dentista, dejamos que la televisión nos inyecte películas, viajamos, reencontramos a gente que creíamos perdida, nos entristecemos, brindamos con los amigos, nos conectamos a Internet, frecuentamos periódicos y revistas... Care Santos, con la difícil prosa de la normalidad, nos va trasladando la misma secuencia de actividades, que se empapa así de cercanía. En las páginas amenísimas de este volumen conoceremos a su hija Elia, protagonista de anotaciones tan cortazarianas como la del 26 de abril, que no me resisto a dejar aquí: «Y entonces Elia, con el rostro desencajado por el espanto, salió de su habitación y asomándose a la escalera gritó, aterrada: ¡Se ha bombido la fundilla! Lo cual puede también significar que Laie, con el rostro desespantado por el encajo, habitó de su salión y escalándose a la asomada aterró, gritada: ¡Se ha fundido la bombilla!» (página 14); conoceremos también a su hijo Adrián, inventor de pocodrilos y propietario de una broma de borrar; o a su hijo Álex, fundador de tiempos alternativos («Son las dos menos punto») y aprendiz de Linneo («Mamá, ¿el marciano es un animal?»); sabremos de los amigos admirados de Care, como Montero Glez («Maldito genio», lo llama en la página 53), Óscar Esquivias, Andrés Neuman o Elena Medel; y seremos informados de anécdotas graciosas, chocantes o reveladoras. Entre estas últimas yo destacaría tres: la primera, aquella ocasión en que Care se vio urgida a comprar uno de sus libros y entabló un diálogo exasperante con el librero, tan desidioso como analfabeto; la segunda, el modo rocambolesco en que rescató una moleskine perdida en un avión; la tercera, el gesto fundacional de su madre, que despejó una estantería de su casa y colocó en ella el primer libro (delgadísimo) de su hija, sabiendo que publicaría los suficientes como para repletar la balda.
Escrita con agilidad, con humor, con seriedad y con desenfado, esta bitácora nos muestra el vivir cotidiano de una Care Santos que, aparte de documentarse para sus novelas y embarcarse en su escritura, se dedica también a otros menesteres no menos placenteros: cocinar para los suyos, dejarse invadir por programas de televisión, beber vodka con naranja, escuchar a Bach, abrir los paquetes de libros que le llegan a diario o robar tarritos de mermelada en los hoteles («Las escojo de sabores variados, siempre procurando no repetirme mucho. Las de fresa para Deni. Las de melocotón, para los niños. Yo no como mermelada. La detesto», página 71). Si a todo este conjunto de detalles le unimos algunas sentencias que juguetean con lo filosófico y con el juego de palabras («Un segundo antes de mi muerte me moriré de curiosidad», página 56) y otras donde anida una inteligente reflexión emocional («Mi memoria sumada a tu memoria no es igual a nuestro pasado», página 117), obtendremos una obra que se lee con enorme placer y que ustedes harían bien en procurarse para cobijarla en la biblioteca de casa. Care Santos siempre es una garantía.

lunes, febrero 28, 2011

Tempus Fugit. Ladrones de almas, Javier Ruescas

Alfaguara, Madrid, 2010. 296 pp. 14,50 €

Sofía Rhei

¿Para qué sirve la literatura juvenil?, oímos preguntar a veces.
A mí también me gustaría, si no vivir, al menos poder echarle un vistazo a ese lugar donde uno pudiera dejar sobre la mesilla de noche de un niño de nueve años la serie completa de "Fundación", y esperar que al cabo de una semana el niño, entusiasta, hubiera deducido los fundamentos básicos de la sociología y de la psicohistoria pasando un agradable rato. Pero me temo que a menos que uno sea el nieto (intelectualmente malcriado) del mismísimo Isaac Asimov, eso es demasiado pedir.
La literatura juvenil está ahí, misteriosa incluso para quienes la escribimos, a medio camino entre las lecturas con ruedines y las motos de competición. Pero eso no significa que uno deba saltarse el importante paso de probar una bicicleta, helarse los nudillos cuando hace frío, despeinarse en todos los ángulos posibles y dejarse llevar por su incertidumbre y su tambaleo, como hace Hanna.
La libertad extrema, el dominio del espacio e incluso y el tiempo, no son más que la cárcel definitiva en el mundo diseñado por Tempus Fugit. Quien controla los transportes lo conoce todo. Por eso, la diminuta rebeldía de una adolescente que se niega a utilizar las cabinas de teletransporte va cobrando dimensiones más y más preocupantes para aquellos que vigilan desde arriba. Como siempre, son las cosas pequeñas, las grietas imperceptibles lo que hace que se abra una brecha en la roca: un error inexplicable que se intenta enmendar, una desaparición que cobra relevancia.
La excentricidad y la vestimenta de esta adolescente nos recuerdan un poco a la niña Momo, pero su personalidad es distinta porque Hanna es activa en vez de ascética y está movida por inquietudes impulsivas, como buena adolescente, sin que nunca le falten buenos motivos para ello. Los tres protagonistas son un abanico de personalidades y circunstancias con mucho interés: por una parte parece que no podrían ser más distintos, y por otra se acaba descubriendo que lo que tienen en común es precisamente esa parte de la naturaleza humana que merece ser salvada. Este trabajo psicológico implícito hace que el exoesqueleto de desolación tecnológica cobre un alma cálida, ya que es imposible no identificarse con alguno de los tres protagonistas.
Siempre es de agradecer que en un libro no dejen de pasar cosas, y que esas cosas se sucedan a la mayor velocidad posible. Las aventuras de Hanna enganchan desde el primer momento, despertando la curiosidad de un lector que irá desenmarañando al mismo tiempo que ella la compleja red en la que están atrapados los ladrones de futuros.
El mundo que construye Javier Ruescas tiene ingredientes distópicos, pero en mi opinión estos conviven casi con sugestivas imágenes relacionadas con la fábula moral. Quiero decir que lo importante o no es la minuciosa descripción del tipo de tornillos de energía o de paneles de cristal fotosensible, como a veces sucede, sino las causas de esta sociedad contaminada (por elementos que tanto abundan en la nuestra), y las consecuencias de sus errores para el conjunto de la población. El autor indaga en el porqué del futuro.
No cuento más. Merece la pena dejarse llevar por esta fábula de elecciones personales y responsabilidades con uno mismo. Se trata de una ficción científica muy verosímil y bien resuelta, inteligentemente escrita, con cierto regusto poético, que recuerda a Michael Ende o al Brazil de Terry Gilliam en la construcción de sus parámetros. Como todos los libros, describe solo una de las posibilidades que una trama con tantas ideas y potencial podría dar de sí. Para eso sirven las novelas: para despertar cientos de otras posibilidades en la mente del lector.
Ahora tengo treinta y dos años, y después de haber coqueteado con todos los géneros conocidos, ningún tipo de literatura me parece tan satisfactoria y completa como la ciencia ficción, y especialmente, todos sus híbridos: Catherine Asaro, David Brin, Neal Stephenson, Jasper Fforde, Connie WillisDelany, Zelazny, Adams, Stewart… Puedo disfrutarlo mucho ahora, pero ojala hubiera caído en mis manos Tempus fugit cuando era adolescente. Habría cumplido plenamente su propósito de hacer crecer los puntos de vista, de forzar a la imaginación a aplicarse sobre el aquí y el ahora. Este, sin duda, es uno de los mejores regalos para alguien de esa edad. Es uno de esos libros que crean lectores.

viernes, febrero 25, 2011

Brooklyn, Colm Tóibín

Trad. Ana Andrés Lleó. Lumen, Barcelona, 2010. 315 pp. 18,90 €

Coradino Vega

Quizás toda forma de literatura sea un artificio, una mentira, pero hay obras que lo aparentan menos y otras que lo aparentan más. Por otro lado, la tarea de narrar una historia acaecida en un tiempo remoto a la experiencia del novelista corre el riesgo de la insinceridad. También puede que todo esto no sea más que prejuicios tan generalizados como relativos, asentados fundamentalmente en parte de la crítica y en las escuelas de escritura creativa. De ser así, Brooklyn sería un magnífico ejemplo para romper con la tentación de cualquier tipo de amordazamiento previo. Contada de un modo completamente lineal, desde un punto de vista en tercera persona apoyado en la protagonista que nos sumerge de lleno en su conciencia al tiempo que guarda una distancia exacta de seguridad, la última novela de Colm Tóibín pone de manifiesto cuán importante es la forma para que lo que se cuenta sea lo que se quiere contar.
A priori estaríamos ante un relato ‘déjà vu’: Eilis Lacey, señorita de un pueblo del sudeste irlandés, emigra a Estados Unidos a principios de los cincuenta para encontrar trabajo; es decir: típica historia de viaje en barco, llegada a Nueva York, dificultades de adaptación, relación sentimental, paulatina transformación y conquista del sueño americano. Situado su inicio en España pasaría, para algunos, por una novela sospechosamente costumbrista. Y sin embargo, por más que la trama sea a groso modo ésa (final escatimado, no se preocupe el lector), todo en Brooklyn resulta original, verdadero, de una autenticidad vital sobrecogedora, magistral, de una templanza, un virtuosismo técnico y una perspicacia psicológica a la altura del protagonista de una anterior novela de Colm Tóibín titulada The Master: Henry James. El secreto radica precisamente en la verosimilitud de su forma. Cómo contar la emancipación de una mujer que nos evoca a Jane Austen además de a James, con una sobriedad contemporánea como de entre Alice Munro y J.M. Coetzee. Cómo lograr esa sustancia y esa solidez con una superficie tan difícil de ligera, con un estilo tan limpio, suave y contundente al mismo tiempo, de una ―podríamos decir― sofisticada contención, que provoca en sí la placidez del que lee lo muy complejo escrito de modo muy sencillo. No hay un solo detalle que denote voluntad de estilo en esta obra de Tóibín, ostentación, gesticulaciones ni grandilocuencia. A la humildad de su propósito inicial (contar simplemente lo que le pasa a Eilis) se le suma el deliberado paso atrás que da el autor hasta hacerse invisible. Así, nos muestra todo de manera transparente sugiriendo lo justo, siendo explícito sin incurrir en ningún exceso explicativo: el pasaje en un vagón de tercera a través del Atlántico, la casa irlandesa en Brooklyn de la señora Kehoe, el oficio de dependienta en unos grandes almacenes, los cursos nocturnos de contabilidad, el noviazgo, un suceso trágico, la vuelta a Irlanda, los factores que alimentan la indecisión. Una historia sobre el exilio y el arraigo, tremendamente emocional, que no cae en ninguno de los clichés del sentimentalismo. Porque no debería confundirse el estilo despojado de Tóibín con cierto minimalismo que sólo oculta la incapacidad de transmitir emociones, conmover al lector, estrecharle la mano y reconciliarlo con la literatura como se hacía antes de la pérdida de la inocencia literaria. Brooklyn demuestra que no hace falta una mirada oblicua para ser original, ni una voz empoderada, ni tan siquiera el sobrevaloradísimo talento, sino que basta el oficio de contar muy bien esta deslumbrante historia sobre el destino y la fatalidad, poblándola de unos personajes dotados de una dignidad y una inteligencia que evitan todo tipo de condescendencia.
De entre la proliferación de títulos con referencias a Nueva York que últimamente ocupan las mesas de las librerías españolas, muchos situados del lado por el que sopla el viento de la moda y otros al calor del oportunismo comercial, merece la pena acercarse a Brooklyn por la honestidad de su planteamiento, por la comprensión de algo tan complejo como el haz de verdades y mentiras y azares y contradicciones y decisiones y determinismos que forma la vida, y porque rehúye precisamente de eso que parece ir asociado a una novela sobre la conformación de Nueva York: los aires de grandeza épica de la llegada a Ellis Island cuando, desde el barco, el inmigrante vislumbra la Estatua de la Libertad.

jueves, febrero 24, 2011

Juego de cartas, Max Aub

Cuadernos del Vigía, Granada, 2010. 190 pp. 50 €

Luis García

Max Aub está vivo. Incluso diría, que está mas vivo que cuando Antonio Muñoz Molina leyó su ya conocido discurso Destierro y destiempo, con el que habría de ingresar años atrás en la Real Academia Española de la Lengua. Ahora, casi quince años después, y cuando muchos, entre los que me incluyo, creíamos conocer, que no leer, casi toda su obra, la Editorial Cuadernos del Vigía “se descuelga” con una curiosa iniciativa: la edición de Juego de cartas. Una curiosa novela epistolar que fue tan solo editada en una ocasión en México en 1964. Bien. Juego de cartas es una broma literaria, compuesta de 108 cartas en las que Aub va desgranando una novela por una de sus caras, la vida y pesares de Máximo Ballesteros contada por sus amantes, su mujer, sus amigos y amigas (¿tenía amigas y amigos?, me pregunto?)… Se me olvidaba decir que Máximo, Max, en diminutivo, lo que no hace sino alargar el ingenio, ya esta fallecido, muerto y enterrado, y uno de los objetivos del juego, es descubrir si dicha muerte ha sido un suicidio como mantienen Miguel Ángel y Gloria en sendas dividas. Da igual. Asesinado por Carmen, o mero accidente, natural u objeto del desaire de algún malentendido, a algunos y algunas les tiene sin cuidado, caso de María José, posiblemente antaño una amante despechada que dice: «Amiga Jacinta: Me tiene sin cuidado la muerte de Máximo. Ahora se dará cuenta Carmen de lo que ha perdido, de cómo echó a perder dos vidas…» Lo que no se puede negar, es que comencemos a leer por la carta que se comience, estamos ante uno de los más ingeniosos experimentos narrativos del siglo XX. Lo que no es poco decir. Pero no podemos dejar de hablar del reverso de la baraja, en este caso tan importante como la propia novela en si. Max Aub le encarga al pintor vanguardista catalán Josep Torres Campalans, como él exiliado en México, una serie de dibujos de ascendencia naif. Su alter ego. Porque Josep Torres Campalans es una impostura de Max Aub, una broma más en este laberinto conformado por Juego de Cartas. Insisto, una gran novela experimental por la que no pasa el tiempo, pero por la que es fácil a medida que se van leyendo las misivas observar todos los puntos de vista que la conforman: dolor, amor, pasión, miedo, desprecio, ira, insulto… formando lo que se ha denominado una novela cubista.

miércoles, febrero 23, 2011

El espíritu de Praga, Ivan Klíma

Trad. Fernando de Castro y Dolors Udina. El Acantilado, Barcelona, 2010. 264 pp. 19,50 €

Juan Pablo Heras

Antes de abrir el libro, leemos en la cubierta trasera que su autor, Ivan Klíma (Praga, 1931), sufrió de niño los rigores de un campo de concentración nazi (por judío) y de adulto la opresión de un régimen comunista (por intelectual). Y nos viene a la cabeza el famoso proverbio atribuido a los chinos: “nunca vivas tiempos apasionantes”. No sé si el maltratado premio Nobel Liu Xiaobo suscribiría estas palabras, pero lo que queda claro de la lectura de este libro, tras cerrarlo y reencontrarse con la biografía de la cubierta trasera, es que a la largo de su difícil supervivencia, Ivan Klíma gozó de pasiones que apenas podemos imaginar -¿por suerte?- los que, por ahora, vivimos tiempos más aburridos.
El presente volumen recoge una serie de artículos publicados originalmente entre 1975 y 2005, que van desde la remembranza autobiográfica al ensayo político, ecologista o literario. Lo que abraza a este material disperso viene a ser su propio título, El espíritu de Praga, una suerte de actitud particular que los checoslovacos mostraron durante el largo siglo XX hacia los diversos fanatismos que les fueron azotando. Los praguenses asumieron y promovieron sucesivos cambios de régimen en medio de una inusitada ausencia de derramamiento de sangre; y aunque la violencia sistémica de nazis y comunistas contara con vergonzosos silencios y viles adhesiones, el firme compromiso de los opositores por la paz y la libertad dio lugar a fenómenos tan admirables como la primavera de Praga de 1968 y la revolución de terciopelo de 1989.
Como se puede adivinar, Klíma tiene mucho en común con Milan Kundera. Respecto a éste, carece de su trazo genial, pero en cambio está dotado de una lucidez envidiable. Artículos como “Los poderosos y los impotentes” o “La lucha de la cultura contra el totalitarismo” podrían formar parte de la mejor antología de textos de Educación para la Ciudadanía. Otros como “El fin de la civilización” o “Breve reflexión sobre la basura” se adelantan a su tiempo en la defensa de una forma de vida sostenible. Es curioso observar cómo reflexiones elementales de tipo ecologista, hoy tan repetidas que han sido arrolladas por la apisonadora triste de la rutina, refulgen de nuevo en textos escritos allá por 1975. Es más, resulta sorprendente comprobar que las actitudes negacionistas que ya existían entonces, las de aquellos que desprecian todo cuidado en virtud de una milagrosa capacidad de autorrecuperación de la Tierra, eran atribuidas por Klíma a los marxistas más recalcitrantes, que no aceptaban despertar del sueño falaz del progreso ilimitado. Que ahora estas posturas estén asociadas a los adelantados del capitalismo nos hace entrever que estamos siendo víctimas de otro tipo de utopía, quizá más borrosa y discreta, que basa el crecimiento constante de la felicidad mundial en la acumulación de beneficios financieros a costa de los recursos finitos del planeta.
Tras la ocupación soviética de 1968, Klíma tuvo la oportunidad de vivir un apacible exilio en una universidad de Estados Unidos. Y sin embargo, decidió jugarse la vida, volver a su país para trabajar en la clandestinidad y sufrir la persecución de la dictadura, que ya preparaba un proceso contra él y su familia. A cambio, experimentó «la satisfacción de que libros que se difundían sólo por medio de copias o en ediciones publicadas en el extranjero les dijesen algo a la gente, que los lectores los buscaran afanosamente y estuviesen agradecidos» (pág. 190). Es decir, que la imposibilidad de publicar en libertad dio a sus obras el valor que todo escritor sueña para las suyas. Consciente de la paradoja, Klíma viene a decirnos que la lucha merece la pena, que los escasos momentos de felicidad que logró robar a tan largos periodos de opresión compensan la angustia y la desesperanza. ¿Qué decíamos de los tiempos apasionantes?
Sin embargo, Klíma no es un abanderado incondicional de la literatura de compromiso político. Una de las reflexiones más interesantes que aborda el libro se esconde bajo su particular lectura de la obra de otro célebre compatriota en el artículo “Las espadas se aproximan: las fuentes de inspiración de Franz Kafka”. Klíma interpreta muchas de las obras fundamentales de Kafka a la luz de experiencias vitales aparentemente banales. Kafka escribió El proceso y En la colonia penitenciaria cuando todo su alrededor temblaba por el estallido de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, sus cartas y diarios prueban, a juicio de Klíma, tanto la indiferencia por los conflictos internacionales como su tremenda angustia por la inminencia de un compromiso matrimonial. Es decir, que Kafka se desentendió por completo de los graves problemas de la sociedad de su tiempo y se dedicó a exorcizar sus problemas personales en su secreta obra literaria. Lo asombroso es que ahora sus textos nos parecen –y lo son- el reflejo más certero y estremecedor de la sinrazón que se apropió de la humanidad durante el siglo que dejamos atrás. Lo que viene a decirnos Klíma es que Kafka, desde su confinamiento espiritual, demostró un compromiso insuperable con la esencia de lo humano, mientras que muchos otros intelectuales que se creían impulsados por un afán de salvación o redención de la especie, se sumergieron en apriorismos ideológicos de tal modo que olvidaron lo mejor de la tradición cultural y se volvieron ciegos ante los horrores de los totalitarismos contemporáneos. No cabe callar ante la injusticia, pero es en la defensa de la intimidad, de la duda, de la sinceridad con uno mismo y de la libertad de la mirada, donde se encuentra el más profundo respeto hacia nuestros semejantes.