miércoles, junio 10, 2009

Las cosas como eran, Esperanza Ortega

Menos Cuarto, Palencia, 2009. 296 pp. 17 €

Ignacio Sanz

La memoria es el hilo conductor que vertebra este libro, una memoria que bebe en una época mágica: la de la infancia de su autora, Esperanza Ortega, conocida sobre todo como poeta.
El libro se lee como una novela. Pertenece la autora, nacida en 1953, a una familia de la pequeña burguesía palentina, una familia peculiar formada por un padre y una madre que han contraído nupcias por segunda vez. De modo que la muerte está presente en este relato, aunque ella de niña creía que solo se llevaba a los que vivían en el bajo y en el primer piso de su casa, que nunca alcanzaba a los del segundo piso. Hasta que se llevó a su padre cuando ella tenía 10 años. Esperanza era la pequeña de la casa, la más mimada, la que llegó descolgada, la que jugaba con la mayor de sus sobrinas. Apenas conserva recuerdo de los abuelos, pero ha tenido en el padre un referente inolvidable. No nos explica esa fascinación de un comerciante y empresario de cine por los libros. Una fascinación que trasladó a su hija cuando le regaló un libro que la dejó marcada para siempre: Flor de leyendas. No sólo Flor de leyendas es un gran libro, es que, además, se lo regaló su padre. Por cierto también el padre, don Teófilo Ortega, escribió alguno, aunque tras la guerra quedaran sepultados y se trató de borrar su rastro comprometido. La narradora nos recuerda a su padre sentado tarde tras tarde en su despacho, cuando subía del almacén, leyendo libros en silencio sentado en una silla en forma de herradura. No se le podía molestar, pero ella que lo admiraba, a veces abría la puerta y le sonreía. Esa estampa del padre enfrascado en la lectura, acaso hiciera lectora engatusada a su hija. Pero es una estampa, un recuerdo de los muchos que desfilan por estas páginas. Me ha impresionado la descripción que hace de una escena protagonizada por su hermano José y por ella, ya al final del libro, cuando la autora regresa a casa, tras una operación. Esperanza es trasladada en ambulancia y su hermano José, que hace las veces de padre, la coge en brazos y, como si su cuerpo fuera de delicado cristal, asciende los sucesivos tramos de escalera y la deposita en la cama en la que cuatro años antes había muerto su padre, en la habitación más luminosa, donde pasará los seis meses siguientes. A su hermano se le hinchan las venas.
Hay un recuerdo emocionado hacia las criadas que le contaban romances y canciones, como se los contaban también a Federico García Lorca en Fuente Vaqueros. Y mucho cariño hacia los profesores y los compañeros de instituto, donde se matricula, tras pasar por decepcionantes y tediosos colegios de monjas, tanto en Palencia como en Madrid.
Pero me temo que no estoy siendo fiel al libro que está perfectamente estructura en capítulos cuyos títulos resultan curiosos: la casa, la ropa, los alimentos, los libros, olores y ruidos, muñecos y muñecas, los colegios, las palabras, el cine, lo invisible, las escaleras.
El capítulo de lo invisible habla de Dios, de los ángeles, de los abuelos muertos, de la ilusión que trató de inculcarle su madre, del tiempo. La mirada de la autora es aquí una mirada marcadamente poética.
«Mi casa estaba llena de palabras hasta rebosar. Parecían legiones de hormigas, no dejaban de multiplicarse. Había una palabra para nombrar a cada cosa y si no encontrabas alguna que estabas buscando, preguntabas y enseguida te ofrecían en bandeja la más apropiada.»
Rascucia, zangolotina, a esgalla, estafermo, marión, mazacotes, arambol, coritas, cimbalillos... son algunas de las palabras que la autora relaciona con su aprendizaje en el seno de la familia.
Las cosas como eran es un regalo, un agudo ejercicio de memoria en el que a veces el lector, inevitablemente, se ve reflejado, porque como sabemos, más que hijos de unos padres, somos hijos de una época. Esperanza Ortega ha hecho un esfuerzo monumental para quitar el velo del olvido a su infancia y ofrecernos con toda nitidez un espejo emocional en el que reconocernos.

martes, junio 09, 2009

Pascua en todas partes, Darcey Steinke

Trad. Rafael Aníbal. Kailas, Madrid, 2008. 247 pp. 17,90 €

Guillermo Ruiz Villagordo

A las pocas páginas de empezar a leer Leche, única novela de Darcey Steinke traducida al español a día de hoy, me vino a la cabeza otra novela breve, Sangre sabia, escrita por Flannery O’Connor. Los personajes de ambas, a pesar de moverse en una esfera real bien definida, parecen ser representaciones, más que generadores, de actitudes y pensamientos. Dan la impresión de vidrieras góticas que a la vez que muestran aspectos de la vida cotidiana funcionan como iconos de la fe y el sufrimiento, de ahí que sean seres humanos solitarios, concebidos como compartimentos estancos. Pero también le une a la matriarca del gótico sureño un gusto por la suciedad y la brutalidad, que discurre con total normalidad, en ocasiones de forma bastante impactante.
Con estos mimbres uno esperaría unas memorias dislocadas, sangrantes. Pero no. Una rara calma sobrevuela este libro mientras transitamos de manos de la autora por las distintas fases de su existencia. De una infancia ensimismada enmarcada en la precariedad del matrimonio de sus padres, un pastor luterano sin grandes aspiraciones pero entregado al prójimo sin calcular las consecuencias para su familia y una antigua reina de la belleza local constreñida por las condiciones de vida a la que su marido la conduce, a una adolescencia marcada por su tartamudeo y su condición de hija del pastor, y de ésta a una juventud rebelde contra todo y contra nadie que desemboca en un matrimonio fallido y una hija que se convierte en su único pilar vital seguro.
Llama la atención, sin embargo, que la escritura se encuentre ausente de la narración, como si fuese un asunto menor, a excepción de contadísimas referencias a algún título y un brevísimo adentramiento en el argumento de Jesus saves. Sólo la religión sirve de columna vertebral de su ejercicio memorialístico, y uno entiende esa desatención a su labor literaria en cuanto ésta no es sino la plasmación, el continuo replanteamiento desde múltiples perspectivas, de la lucha continua que mantiene con Dios y los rituales que le rodean, sus esfuerzos infructuosos, con fugaces victorias, por situarse en un lugar correcto respecto a él, más allá de las circunstancias personales que la envuelven en cada momento. De manera que a fuerza de no proporcionar ninguna explicación sobre la génesis de sus libros, lo hace de todos ellos a la vez.
Pero esto no significa ni mucho menos que Pascua en todas partes sea un tedioso ensayo teológico disfrazado de autobiografía, como tampoco consiste en una abrumadora recopilación de anécdotas. Religión y vida se hayan imbricadas de manera natural, se diría incluso que el estilo poético que adorna ciertos recuerdos, que tienden a ser más sensaciones que escenas concretas, particularmente de la infancia, es su resultado más perfecto. Su mirada es como la del sacerdote gay de Leche, que ve a su novio fallecido en todas las cosas, manifestándose en cualquier mínimo detalle, como si fuese el mismo Dios. Para Steinke irremediablemente siempre será Pascua en todas partes.
Si el lector salva el escollo que supone leer las memorias de alguien de quien seguramente no conoce ni el nombre, accederá a un testimonio lleno de belleza, de pequeñas iluminaciones pero también de enorme oscuridad. Aunque trate de una permanente crisis espiritual, uno gana una extraña paz con este libro.

lunes, junio 08, 2009

Entrega de los III Premios La Tormenta en un Vaso: álbum fotográfico



LOS GANADORES, CON LA ESTATUILLA DE MATEO SANZ. De izquierda a derecha: Enrique Redel, Cristina Fernández Cubas y Pablo Gutiérrez.

FOTO DE FAMILIA DE GANADORES Y PRESENTADORES. De izquierda a derecha: Marta Sanz, Enrique Redel, Óscar Esquivias, Cristina Fernández Cubas, Pablo Gutiérrez, Elena Medel, Care Santos.



LOS LIBROS GALARDONADOS CON LOS III PREMIOS TORMENTA. Rosas, restos de alas, de Pablo Gutiérrez, publicado por La Fábrica (Mejor nuevo autor); Lo infraordiario, de Georges Perec, de Editorial Impedimenta (Mejor obra traducida) y Todos los cuentos, de Cristina Fernández Cubas, editado por Tusquets (Mejor libro en castellano).

Los premios fueron entregados el pasado sábado, 6 de junio, a las 13:00 horas.

La Tormenta en un Vaso quiere agradecer a Casa del Libro de la calle Fuencarral, de Madrid, la buena acogida que nos ha dispensado.

viernes, junio 05, 2009

Estáis todos invitados


La Tormenta en un Vaso entrega sus premios anuales en Madrid.

Nos vemos mañana, sábado 6 de junio, a las 13.00 hh en la Casa del Libro de Fuencarral, 119. Pasaremos un rato genial entre libros.

¡Os esperamos!

jueves, junio 04, 2009

No hay que morir dos veces, Francisco González Ledesma

Planeta, Barcelona, 2009. 464 pp. 19.89 €

Gregorio León

Generalmente, en las novelas negras clásicas, aquellas que se atienen a los clichés aceptados o más bien exigidos por los lectores, encontramos tipos duros, malhechores, chicas que siempre traen desgracias irreparables y algún detective en el que podemos hallar el único rasgo de integridad . Así se concibió la mejor novela negra, la que parieron Hammett y Chandler, y así se sigue escribiendo. ¿No se han dado cuenta del descaro con el que Philip Kerr imita a Chandler? Una bendita imitación que agradecemos todos lo que estamos interesados en el III Reich y en sus escondidos secretos. Pero en la última aventura del inspector Méndez que nos ha regalado Francisco González Ledesma, encontramos un personaje que desborda bondad, entre otras cosas porque no ha conocido ni conocerá el mal. Una niña con síndrome de Down que lo da todo a cambio de una sonrisa, que sólo será capaz de ofrecerle una mujer atormentada que se llama Sandra, y que está deseando morir. Las mujeres, las mujeres. Siempre las mujeres. Como ocurre en casi todas las novelas de Francisco González Ledesma, son ellas los personajes más potentes, las que encienden la mecha de la trama.
Con el talento que sólo tienen las grandes maestros, González Ledesma nos va envolviendo, engañando, que a fin de cuentas de eso se trata cuando hablamos de ficción. Lo que parece la preparación de un asesinato realizado por encargo, lo que intuimos como un asunto de prostitución, la más sórdida, la que tiene como víctimas a los menores, se va ramificando hasta encontrarnos con un caso de terrorismo internacional.
Y otra vez Méndez, el de los procedimientos poco ortodoxos, el que elige los peores menús, pero poseedor de una lucidez que está más allá de los métodos, de un corazón que no suele entrar en el pecho de los detectives que se nos aparecen en el camino de tantas lecturas. Es él el único que puede impedir la muerte de centenares de personas que disfrutan insensatamente los acordes de un vals ajenos a la tragedia que está a punto de producirse sobre la cubierta de un yate de recreo.
He leído, siempre con placer, otras novelas de González Ledesma. Aquí reseñé su exitosa Una novela de barrio, premio RBA. Pero me atrevo a decir que esta es incluso mejor, la más redonda, la que presenta más matices. Estoy con Lorenzo Silva. Dice en la faja que acompaña No hay que morir dos veces que esta novela es tierna en su ironía. Y esa es la palabra: ternura. Esa es la gran protagonista de esta novela.
Obviamente, de género femenino.

miércoles, junio 03, 2009

La era del guerrero, Robert Fisk

Trad. Efrén del Valle Peñamil. Ed. Destino, Barcelona, 2009. 336 pp. 19,50 €

Julián Díez

Si hay un género literario que esté sufriendo en la era de internet, ese es el reportaje periodístico. Sustituido por los refritos, el hábil corta y pega, la recopilación de datos tomados de un par de libros y vendidos como propios –materiales todos ellos abundantes en la red-, se ha visto marginado por impostores. Casi no hay en ningún medio textos –demasiado largos para los gustos actuales- en los que se describen hechos conocidos de primera mano: el viejo viajar para ver, ver para vivir y vivir para contarlo de Ryszard Kapuscinski, tan venerado como poco imitado.
Para los medios españoles, en particular, hace tiempo que los gastos que supone algo así no justifican la posibilidad de que el reportero traiga algo incómodo, o triste, o que no esté de moda. Se reserva esa inversión al conflicto del momento, la gripe porcina que toque, para publicar lo mismo que la competencia y así no quedar atrás en una carrera que no tiene en cuenta a nadie más que a los propios códigos internos de la profesión. Y siempre, por supuesto, sin ofender a nuestros anunciantes, que por algo son los que realmente pagan el medio, no los lectores.
Todo ello convierte a gente como Robert Fisk en una especie en peligro de extinción. En este volumen, que recopila numerosos artículos del corresponsal de The Independent en Oriente Medio, no sólo hay artículos sobre el tema del momento –Irak, Afganistán…-, sino sobre cuestiones que esquivan el interés de la opinión pública pero que siguen vivas ahí: el reconocimiento del genocidio armenio, la responsabilidad occidental en la situación en Israel y Palestina, la huella del desastre de Gallípoli…
El denominador común de todas esas historias es que Fisk está allí, conoce la situación, comparte sus pensamientos, y después lo cuenta. Tras esa labor, que contrasta felizmente con la mayor parte de lo que leemos al cabo del día, queda poco de juicio a priorístico, y aún menos de esos lugares comunes (“asesinato selectivo”, “necesidades de seguridad”, “eje del mal”) con los que los medios de comunicación trufan la visión del mundo que se nos ofrece.
El libro sólo se ve lastrado por los inevitables condicionantes de ser una recopilación de textos que no fueron originalmente creados para ese propósito, como reiteración de ideas o falta de un hilo conductor claro que sí estaba presente en la otra obra de Fisk traducida previamente, La gran guerra por la civilización. Sin embargo, es en su conjunto una obra nervuda, contundente, repleta de interés y que para mí, como periodista, tiene aromas que añoro en el producto que cada día se vende en los quioscos.

martes, junio 02, 2009

Desde el recuerdo, Françoise Sagan

Tras. Alejandro Palomas. El Cobre, Barcelona, 2009. 166 pp. 20 €

Pedro M. Domene

Françoise Sagan (1935-2004) se convirtió tras la publicación de su primera novela, Buenos días, tristeza (1954), en un fenómeno editorial que conmovió a la sociedad francesa del momento. Autora, además, de algunos éxitos posteriores tanto en narrativa, como en teatro y algunas, poco afortunadas, incursiones en el mundo del cine con guiones de escaso éxito. Traducidas, casi todas sus obras importantes a lo largo de estos años, El Cobre Ediciones publica en castellano Desde el recuerdo (2009), una obra autobiográfica que cuenta, con el habitual estilo directo de la narradora francesa, algunas de las pasiones que la llevaron a sonados escándalos, y a consumar una vida al límite. Habitual del boulevard de Saint Germain, por donde solía verse a Juliette Greco, Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, moradores de un París de profundas ideas revolucionarias, repleto de excesos de todo tipo. La buena vida, las excentricidades, el juego, fueron algunas de las pasiones de la joven Sagan. Los nombres de Billie Holiday, Tennesse Williams, Carson McCullers, Orson Wells, Rudolf Nureyev y, sobre todo, Jean Paul Sartre, conforman la agitada existencia de esta intelectual que provocaría escándalos a lo largo de toda su existencia, tanto privada como pública, además de todos los excesos que el alcohol y las drogas le permitieron. Con una prosa clara y contundente, estos textos contienen sus opiniones sin reservas y expresan esa combinación de cinismo, sensualidad e indiferencia con que se caracterizaba su obra en prosa, así como su propia actitud. Sagan escribe sobre quienes admira, sobre las tragedias con que vivieron esos personajes, atormentados en ocasiones como ella misma. A través de esta colección de textos (diez en total) ofrece el más sincero retrato de sí misma que jamás hubiéramos podido imaginar, porque además de escribir con ese entusiasmo juvenil en ocasiones, evoca algunos de esos aspectos favoritos que conformaron su propia vida: el sol, el ocio, los coches, ciertas compañías, algunas de sus lecturas adolescentes: Gide, Camus, Rimbaud o el eterno Proust. Y sobre todo ofrece, esa lucida visión de vértigo con llevó su ludopatía, cuando prácticamente buena parte de su adolescencia y madurez se desarrolló sobre los tapetes verdes de Saint-Tropez, y así quedó reducida a la débil sombra de aquella joven despreocupada que con ese primer libro, publicado en 1954, vendió millones de ejemplares en todo el mundo, solía divagar acerca de lo presentido, y todo lo observaba, con una candidez casi infantil. ¿En qué se parece la tragedia a la vida? Parte de la respuesta está en Desde el recuerdo, una excelente ocasión para volver sobre la autora de Buenos días, tristeza, tras algunos años de silencio y de sufrimiento.

lunes, junio 01, 2009

Sida mental, Lionel Tran

Trad. Laura Salas Rodríguez. Periférica, Cáceres, 2008. 160 pp. 15 €

Elvira Navarro

En las banlieue, como se llama a los suburbios de las capitales francesas, construidos en los años 60 para inmigrantes y nacionales que venían del campo, se respiran cuchillos. Lo digo porque viví en Mairie de Saint-Ouen (París) durante seis meses. Lionel Tran (1971), según reza la contracubierta de Sida mental, no sólo pasó allí una temporadita, sino que se crió en una de ellas. En concreto, en la de Vaulx-en-Velin, en Lyon. Su infancia y adolescencia no fue ningún camino de rosas, y Sida mental, libro autobiográfico, es el testimonio de un malestar muy cercano a la locura. Un testimonio con una (confesada por el autor) voluntad política de unir su historia personal con el contexto social.
Lo que aquí se denuncia no es sólo una realidad estática, que empieza y acaba en sí misma por falta tanto de proyectos como de medios para vehicularlos, sino el cascarón vacío que representan los ideales si no hay una coherencia con la que adquieran sentido y se ganen el respeto. El niño-adolescente-joven cuya voz escuchamos, voz que salta de un sitio a otro en capítulos titulados con fechas (aunque sin orden cronológico), está ahogado por una madre sesentayochista que acude a cuanta reunión, manifestación o protesta de comunistas y feministas haya. Sus “buenas ideas” no se traducen en casa en amor hacia el hijo, ni en intentar que éste aprenda, sino en una tiranía histérica que lo culpabiliza por ser hombre. «Mamá no es una madre. Es una mujer. (…) Ya no puedo llamarla mamá. (…) Un ‘niñohombrechico’ no debe pedir nada a una ‘mujerindividuocompleto’. (…) Un ‘niñohombrechico’ es considerado violento. En los juegos que acaban mal será considerado culpable desde el principio».
El protagonista no tiene referentes que le permitan vivir. Sus amigos están tan empantanados como él y, al igual que los escorpiones, que se clavan su propio aguijón ante el peligro, lo único que queda es destruirse. Por supuesto, no hay conciencia de esta destrucción. ¿Cómo la va a haber, si no existe nada donde el ‘niñohombrechico’ pueda mirarse y comparar? Cuando él sueña con matar a los otros, no se da cuenta de que es a sí mismo a quien aniquila. Porque proyecta lo que es, muerte, y en esa proyección se reafirma, y porque no sabe que las salidas, de haberlas, están fuera, en los demás.

viernes, mayo 29, 2009

El curioso caso de Benjamín Button / El diamante tan grande como el Ritz, F. Scott Fitzgerald

Trad. Carlos Milla Soler. Punto de Lectura, Madrid, 2009. 160 pp. 7,30 €

Miguel Baquero

“Todos venimos de El capote, de Gogol”, es fama que dijo Dostoievski, en referencia al celebre cuento del autor ruso donde, desde una raíz costumbrista y un punto folletinesca de contar una historia con los pies anclados en la realidad, de pronto, en un momento indeterminado, el escritor da un salto en el vacío, deja que se expansione su imaginación y prácticamente cambia por completo la manera de hacer y concebir los cuentos. El capote de Gogol podría marcar, seguramente, el punto de inflexión en que la fantasía deja de estar constreñida por su intento de reflejar la realidad social, suelta el lastre y toma carta de naturaleza propia. Como si dijéramos, se independiza.
El curioso caso de Benjamín Button, y el cuento que completa este volumen: El diamante tan grande como el Ritz, son una excelente muestra de imaginación desbordante, de un relato que no busca su valor en el reflejo de lo cotidiano, sino que pretende tener entidad por sí mismo. Sobre el primero se ha rodado recientemente una película y creo que todos los lectores estarán al tanto, o tendrán una idea al menos, de su argumento: El curioso caso… cuenta la historia de un hombre que al nacer es un anciano y, a partir de ese momento, su vida marcha en sentido contrario al de los demás. Ello da pie a numerosos equívocos y golpes humorísticos, que Scott Fitzgerald resuelve con una maestría y una frescura envidiables.
Una auténtica exhibición de gracejo y desenfado que no desentona, sin embargo, ni por supuesto desmerece, a ese Fitzgerald analista y crítico de la sociedad de El gran Gatsby, o de Hermosos y malditos, ni siquiera al visitante de los abismos humanos en Suave es la noche. Antes por el contrario, El curioso caso…, una novela breve o cuento largo de poco más de cincuenta páginas, pese a su concisión y a su raíz anecdótica, guarda en sus recovecos esa mirada ácida de Fitzgerald sobre la vida social, sobre el triunfo y la derrota, sobre el brillo de las luces tras el que se esconde la noche más oscura. Y al fondo de todo, al final del cuento, la inmensa ternura de Fitzgerald hacia sus personajes caídos que en este caso da lugar a uno de los más bellos finales que haya nunca leído; un final donde la confusión y los chistes de hace apenas un momento se difuminan y pierden su sentido ante la irrupción de lo verdaderamente importante, de ese absoluto que acecha continuamente al lector detrás de cada página de Fitzgerald.
El diamante tan grande como el Ritz, cuento que completa este volumen, me ha recordado en muchos sentidos a las novelas de Julio Verne; en especial, a su novela póstuma y en mi opinión mejor, como es La impresionante aventura de la misión Barsac. Así, una ciudad maravillosa con sus propias leyes y una fabulosa riqueza de repente en medio del desierto, en este caso en medio de Montana, oculta por fantásticos medios a la vista de quienes viven a apenas unos kilómetros. Una oportunidad, de nuevo, para la imaginación sin ataduras.
El curioso caso de Benjamín Button, junto con El diamante tan grande como el Ritz, ambos cuentos apropiadamente unidos en este volumen, suponen una excelente ocasión para acercarse a ese otro lado de Scott Fitzgerald, a la fantasía libérrima y al juego que también desarrollo este genial narrador norteamericano.

jueves, mayo 28, 2009

El rival de Prometeo. Vidas de autómatas ilustres, VV.AA.

Ed. Sonia Gómez-Tejedor y Marta Peirano. Impedimenta, Madrid, 2009. 400 pp. 22,95 €

Luis Manuel Ruiz

Si alguno de vosotros visitara el coqueto museo de Neuchâtel, una ciudad suiza que posa para una postal y que mediado el siglo XVIII fue patria de la mayor generación de relojeros del mundo, se quedaría pasmado con sus tres más famosos inquilinos. El primero es un infante de unos seis o siete años, dotado de una espesa melena, que se inclina sobre un pupitre para empuñar una pluma de urogallo y cubrir un pliego de frases; el segundo, hermano gemelo del anterior salvo por el color del cabello (este es rubio), dibuja siluetas con un lapicero en una tarjeta; la tercera, una joven con ese aire lacio de las aristócratas de sangre, interpreta al órgano piezas de una gélida sonoridad. Los tres son hijos de Jaquet-Droz, senior y junior, y de J.-F. Leschot, en su día relojeros de reconocida habilidad a lo largo y ancho de Europa, y fueron protagonistas de un asombrado ensayito de Italo Calvino en su Colección de arena (“Las aventuras de tres relojeros y de tres autómatas”). Pulsando aquí, podréis presenciar las monerías de estos seres de metal y cerámica, e inquietaros con su similitud con criaturas de carne y hueso y con la desagradable caricatura en que convierten esos actos tan racionales y artísticos que son escribir, dibujar o interpretar una partitura. A ellos, y a la larga estirpe de la misma especie que los precedió, va dedicada esta antología de textos titulada El rival de Prometeo. Vidas de autómatas ilustres: en concreto a las máquinas travestidas de hombres más populares de la historia y la huella que dejaron en artistas, filósofos, psicólogos y visionarios. En la mayor parte de los casos esa huella consiste en inquietud, cuando no en rencor o en una obsesión disfrazada de interés científico: el hombre artificial repele al intelectual a la vez que lo atrae, que lo arrastra hacia un abismo incierto donde se desdibujan los secretos de nuestra identidad y la tenue línea que nos separa de las cosas inertes y desprovistas de conciencia.
La intención de las editoras, Sonia Bueno Gómez-Tejedor y Marta Peirano, al realizar una selección de textos que abarca desde los primeros filósofos racionalistas hasta los últimos teóricos de la computación, ha sido ofrecer una cartografía del recorrido que la imagen del autómata, u hombre mecánico, ha seguido desde sus albores en el siglo XVII hasta nuestros días, y de la influencia que dicho perfil ha ejercido en diversos aspectos de nuestra cultura, señaladamente en la literatura. Podría quizá reprochárseles algo de arbitrariedad a la hora de comenzar su sondeo en la era de Descartes, soslayando a los orfebres del Renacimiento (Salomón de Caus, Juanelo Turriano) o eludiendo directamente la mención de los autómatas antiguos de que se tiene noticia (como la famosa paloma voladora del griego Arquitas); a su favor hemos de alegar que la antología no se pretende exhaustiva y que sólo con Descartes el autómata pasa a consistir en algo más que una mera curiosidad lúdica, un pasatiempo de alta sociedad, para ocupar un puesto de relevancia en la ciencia del momento y en el concepto que el hombre se hace de sí mismo. Fue el autor del Discurso del método quien formuló que el individuo es un espíritu atrapado en una serie de engranajes (the ghost in the machine, en la expresión de Gilbert Ryle) y que las diferencias entre un perro de carne y hueso y otro fabricado en un taller están sólo relacionadas con la resistencia relativa de los materiales.
Siguiendo un escrupuloso programa didáctico, la antología se divide en cuatro partes. La primera de ellas, Las máquinas filosóficas, echa un vistazo a las primeras formulaciones del mecanicismo filosófico y ofrece voz a Descartes, La Mettrie, Diderot y Charles de Vaucanson (el fabricante de autómatas tal vez más afamado de todos los tiempos) para que comparen libremente al ser humano con los artefactos surgidos de las relojerías. En su tiempo, siglos del XVII al XVIII, dicho paralelismo resultaba obsceno, cuando no diabólico: el hombre, colocado por Dios en la cúspide de la creación y agasajado con un alma inmortal que lo equiparaba a los ángeles, no podía ponerse al ras de un burdo muñeco de metal, cuyos movimientos sólo servían para contentar a aristócratas consumidos por el tedio. Sin embargo, la noción de cuerpo como entidad puramente material y la reducción de los procesos orgánicos a sucintas operaciones químicas terminarían por calar en el orbe académico y por permitir las primeras autopsias y progresos en la cirugía traumatológica.
La segunda parte se centra en el que seguramente es el más popular (y falso) autómata de la Historia. El turco rastrea los avatares del legendario jugador de ajedrez ideado por Wolfgang von Kempelen en 1769 para la emperatriz María Teresa de Austria y luego heredado por Johann Nepomuk Maelzel, quien lo convertiría en vedette y lo llevaría a recorrer las principales cortes y teatros del hemisferio norte. Se trataba de una figura que causaba impresión, dotado de una barba sarracena y un turbante, y que se presentaba al público con la promesa de derrotar a los escaques a todo aquel que se le opusiera. Casi un siglo tardaron las eminencias grises de la época en advertir que se trataba de un mero montaje y que un hombre (varios hombres, en realidad, entre los que se contaban muchos de los mayores ajedrecistas de la Europa de entonces) se ocultaba bajo el aparato y accionaba los resortes que le permitían jugar. El turco dejó una impronta profunda en el imaginario del siglo XIX, como atestiguan los ejemplos recogidos en la selección: el imprescindible ensayito sobre El jugador de ajedrez de Maelzel, de Edgar Allan Poe, o el relato de Ambrose Bierce El maestro de ajedrez de Moxon.
Las máquinas fatales es el título de la tercera parte, seguramente el clímax de la antología y la que contiene sus piezas más reveladoras. Se documenta en ella el giro de la figura del autómata de lo exótico a lo siniestro y su ingreso en el profuso panteón romántico. Es la era del decadentismo, de la femme fatale, de Salomé, la Esfinge, Baudelaire y la belleza depravada, donde todo lo hermoso lo es doblemente si se halla vacío por dentro y construido con cartón y en que Rimbaud confesaba a su amada Ah! Je ne veux pas ton cerveau torpide! La misoginia y el amor por las apariencias debían desembocar, inevitablemente, en la exaltación de la mujer objeto, de la muñeca hinchable, el maniquí, la robot. El pico de esta tendencia lo constituye la inevitable Eva futura de Villiers de l’Isle-Adam, construida por un Edison monomaníaco con la exclusiva función de satisfacer al amante, pero tiene un precedente en la que quizá es la narración más perfecta y terrible sobre autómatas que jamás se ha escrito, El hombre de arena, de E. T. A. Hoffmann. La selección presenta una impecable versión (por parte de José C. Vales) de este clásico tan maltratado por los traductores y cuya potencia para inquietar y provocar escalofríos no ha cedido un ápice hasta el día de hoy. Esta tercera parte añade extractos de obras de Freud (su famosa monografía sobre Das Heimlich en que analizaba el cuento de Hoffmann) y de Thea von Harbou, esposa de Fritz Lang y autora de una novela, Metrópolis, sobre la que se edificaría una de los primeros hitos del cine de ciencia-ficción.
La conclusión la aporta la cuarta parte, A mí me hizo J. F. Sebastian. Bajo un título prestado de otro imprescindible del cine del mismo género, Blade runner, se ilustra aquí la conversión del autómata en amenaza una vez que comienza su fabricación en serie y se acrecienta su poder tanto física como intelectualmente: es posible que, en un porvenir no demasiado lejano, los hombres artificiales, mecánicos o no (los de Blade runner eran réplicas genéticas) discutan el dominio del universo a su creador. Nos encontramos en la era del robot, no tan servicial ni decorativo como su antepasado dieciochesco, y notablemente más poderoso; esta sección última cuenta con textos de Isaac Asimov (sus repetidas Tres Leyes de la Robótica), A. M. Turing (con pros y contras sobre la posibilidad de conciencia en una máquina) y Karel Capek, inventor, en su obra R.U.R., de uno de los términos más empleados por los autores de fanzines y los amantes insatisfechos, el de robot.
El autómata, el hombre artificial, el gólem no están solos dentro de la prolífica camada de rarezas de la literatura fantástica: les hacen compañía seres no menos turbadores como el doble y el alienígena. Todos ellos, criaturas fronterizas, nos mueven al estupor, a la duda: nos enfrentan a nuestros propios límites como seres humanos y nos hacen cuestionarnos en qué consiste exactamente esa esencia escurridiza que nos define como especie frente a las bestias y los ángeles. El autómata o el robot repelen al observador por una razón esencial: porque si son muy perfectos, si imitan con el debido escrúpulo a las criaturas que los han producido, acaban por resultar indistintos de ellas. Los autómatas nos sumen en perplejidad y desasosiego y nos hacen preguntarnos qué nos separa realmente a nosotros, supuestos modelos, seres dotados de moral e inteligencia, de los juguetes generados a nuestra imagen y semejanza; así como cuestionarnos, como ya hacía Descartes en un párrafo revelador de sus Meditaciones, si al fin y al cabo cuantos nos rodean no serán maniquíes disfrazados bajo los que se ocultan tuercas, pistones y engranajes. Mirad bien debajo de las faldas de vuestras novias y la pechera del camarero: quizá os sorprenda el tictac de un reloj escondido.

miércoles, mayo 27, 2009

Guerra en la familia, Liz Jensen

Trad. Íñigo García Ureta. Tusquets, Barcelona, 2008. 241 pp. 17 €

Inés Matute

A veces ocurre. Llegas a la última página de un libro y te duele despedirte de un personaje, no saber más de él. Y aún duele más si el libro termina con su apacible muerte frente a un lago, en compañía de su recién descubierta familia. Entonces sí que nada tiene remedio: no volverás a saber de sus andanzas, de sus amores, de su pasado narrado y adulterado en primera persona. Porque no hay segunda parte posible a no ser que el autor se invente una voz alternativa que le desdiga y le ilumine desde otra perspectiva. El pasado de Gloria, una octogenaria deslenguada y vital, ingresada en una residencia de ancianos y cuya memoria flaquea, no es un pasado precisamente amable, aunque sí tremendamente enriquecedor. Víctima de la desmemoria –o de un galopante Alzheimer-, un humor feroz y una peculiar afición al sexo, nadie diría que nuestra Gloria es el personaje ideal para recrear un período y espacio –la segunda guerra mundial en Gran Bretaña- archiconocidos de tan visitados por el cine y la literatura. Pero lo es. Porque lo que ella nos cuenta no nos lo habían contado antes, y también porque su forma de hablarnos del miedo, de los bombardeos, del racionamiento, de los apagones, de las penurias y del sexo fugaz e intenso con los soldados estadounidenses, nos atrapa desde la primera línea. Es más: Me atrevería a decir que Guerra en la familia no es una novela, sino una auténtica sacudida a la conciencia del lector.
Entre chiste y chiste –sobre todo si son verdes, sobre todo si son negros- Gloria nos hace partícipes del carpe diem desquiciado que fue la guerra, de una cotidianidad con olor a ausencia y a carne en descomposición. Al leer sobre las guerras, por otro lado, tendemos a olvidar que para la gente que las vive y las sufre la vida sigue, y que deben trabajar, enamorarse y reproducirse al margen de las acciones bélicas. Soportándolas, sobreviviendo a ellas. Desde los jóvenes que aspiran al heroísmo en la narrativa de Scott Fitzgerald, el drama familiar en Steinbeck o la marginación en Marsé. Y eso, sin hablar de cine, pues la lista de autores y tratamientos distintos sería demasiado extensa. En cuanto al título, ¿Qué puede haber peor que dos hermanas enamoradas del mismo hombre, dos mujeres que luchan en una cama por conseguir un amor, que, en este contexto, no es otra cosa que una manera de huir? . Personalmente, siempre agradezco que un escritor me “eduque” sin que yo me de cuenta. Agradezco que a través de una historia casi corriente me introduzca en La Historia. Que me divierta y me emocione. Que me haga más sensible a ciertas realidades que no me ha tocado vivir. Y Liz Jensen, una escritora a la que conviene seguir de cerca, lo consigue con este título y esa voz sarcástica y amarga, también interesada, que oculta un terrible secreto.
Presionada por su hijo, Gloria descubrirá que todo el desenfreno vivido en aquellos días tuvo consecuencias atroces, no sólo para ella, sino para una hija de la que nada sabe. La posterior prostitución en que cayeron ella y muchas de sus compatriotas se nos pinta como algo inevitable. Los cuadros de muchachas inglesas paseando a recién nacidos negros en un cochecito -algo sorprendente en aquellos días-, hijos de una noche de tómbola y cerveza, sólo son una pincelada más de un cuadro del que poco o nada sabíamos. Porque aquí esas cosas forman parte tanto del contexto sociológico como del particular. Agradecemos a Liz Jensen su visión de la sexualidad femenina en tiempos de crisis, una visión que nada tiene que ver con las habituales confesiones edulcoradas ni con lacrimógenas crónicas de la frigidez. La sexualidad de Gloria, incluso a los ochenta años, es impetuosa, alegre, voraz, pero nunca obscena. Es una sexualidad sana y vivida como la viven los animales: sin cortapisas, sin vergüenza y sin remordimientos. En definitiva: Guerra en la familia es un magnífico libro, una novela vitalista que guarda entre sus páginas innumerables vidas cruzadas, muchos secretos y una gran verdad.

martes, mayo 26, 2009

Fragmentos de cal, Juan Manuel Barrado

Prol. Ricardo Senabre. El Gaviero, Almería, 2008. 80 pp. 20 €

Diego Vaya

A casi un Siglo de distancia de los movimientos de Vanguardia, ¿siguen estos teniendo sentido? Juan Manuel Barrado, en Fragmentos de cal, responde a esta pregunta, y demuestra que las Vanguardias continúan siendo una de las pocas vías de avance que le queda a la poesía. Este autor, nacido en Cáceres, además de tener una amplia trayectoria en la creación de poemas visuales y poemas objeto, ha publicado libros como Texto azul del Café Rocco y Suite Celan, todos ellos aparecidos en ediciones con poca visibilidad. Sin embargo, la labor editorial de Ana Santos Payán y Pedro J. Miguel no ha sido sólo la de “rescatar” a este poeta, sino también la de dar con el diseño adecuado, en la línea de algunos libros de autores vanguardistas y de la Generación del 27, un diseño sobrio, con un formato amplio, que ha sabido captar la postura estética de Barrado.
Pero ¿qué es Fragmentos de cal? No es un libro de poemas o un poemario. No. Es un libro de poesía, pero sin poemas. De ahí su insularidad en el panorama actual y su orfandad contemporánea. Porque la poesía no sólo consiste en escribir ristras de renglones cortados. Hay algo más. Jakobson dijo que cuando el verso es despojado de sus atributos más característicos (la rima y la regularidad silábica y acentual) acudía en socorro de este la función poética para que siguiese siendo poesía. Y ese precisamente es el terreno donde se mueven los versos de este libro. Ricardo Senabre, en el prólogo, nos habla de la relación entre el espacio y el silencio, dos ejes fundamentales en el discurso del autor. Abolido el concepto fosilizado de poema, Barrado ha borrado todos los moldes repetidos una y otra vez, y ha optado por darnos sus versos, como indica el título, de forma fragmentaria, tanto en el sentido como en la estructura. Fragmentos de cal es un libro que deja mucho espacio para que el lector pueda respirar, para que este reconstruya la poesía y su código cifrado. En estos versos se enciende un diálogo continuo con el yo y también con la realidad. Hay interrogaciones sobre la identidad y el origen, reflexiones sobre la injusticia, indagaciones sobre la maldad humana y sus consecuencias, y todo ello mediante versos que se lanzan como golpes fugaces pero contundentes en un discurso circular y hasta cierto punto reversible. El libro comienza con una referencia a la madre y se cierra con una al padre, y entre ambos, la guerra, Quevedo, trece, Eurídice, la lluvia, el Cid, el verano, Homero, el amor, sin olvidar a Paul Celan y a César Vallejo, cuyo eco está más presente en el aliento que enlaza las palabras que en citas o elementos concretos. Una radiografía de todos nosotros y de nuestro mundo, que aúna compromiso e inconformismo estético.

lunes, mayo 25, 2009

Todos crecen menos Peter, Silvia Herreros de Tejada

Lengua de Trapo, Madrid, 2009, 205 pp, 18,60 €

Recaredo Veredas

Podría parecer que Todos crecen menos Peter (galardonada con el premio de ensayo Caja Madrid) sólo posee interés para incondicionales de la vida y obra de James Mathew Barrie o para aquejados por el síndrome de Peter Pan, que buscan la causa de la denominación de su patología. Sin embargo, esta obra puede apasionar, incluso, a quien sólo conoce “Nunca Jamás” por la película de Disney. Porque, al margen de su valía literaria, Peter Pan es un mito que, como los grandes personajes shakespearianos, define y delimita sentimientos irremediables de la naturaleza humana. Un mito que, como tantos otros -como Drácula, por ejemplo-, ha superado a la obra que le concedió vida. El interés, ya puramente narrativo, de la obra de Silvia Herreros de Tejada parte desde la pregunta planteada en el título, que afirma la excepcionalidad del protagonista: un joven llamado Peter, por motivos desconocidos, no crece. Las siguientes 205 páginas se dedican a averiguar, con el rigor de la mejor investigación policiaca, las causas de tan extraño deseo, designio o patología.
Silvia Herreros de Tejada aborda una doble perspectiva: la del creador y la de su personaje, irremediablemente unidos en este caso, estableciendo un paralelismo que se apoya en interpretaciones psicológicas sumamente plausibles, que huyen de los delirios en los que, con frecuencia, cae la crítica literaria más psicoanalítica. No se desliza en enlaces forzados cuya indemostrabilidad, lógicamente, se ha incrementa aún más con el transcurso de las décadas. Además es un excelente estudio de la relación que mantiene la vida del autor con su obra, de los vínculos conscientes e inconscientes que siempre existen y han existido, lo pretenda o no el creador. El análisis técnico también resulta interesante, ya que muestra lo manipulables, lo moldeables que resultan los criterios y los cánones literarios.
Un hombre de cuarenta años que busca la amistad de unos inocentes niños es contemplado, irremediablemente, ahora y hace un siglo, como un pervertido. Y con frecuencia lo es. Sin embargo, Silvia Herreros de Tejada demuestra que Barrie constituía una excepción. Su búsqueda de amistad infantil, determinada por carencias físicas y psicológicas, era plenamente sincera, casi irremediable. Sin embargo, fue víctima de los prejuicios sociales, que consideran determinadas conductas intrínsecamente perversas, aplicando patrones inamovibles. El triste destino de los hermanos Llewelyn acentuó aún más la leyenda negra, dulcificada por la mirada de Hollywood. Barrie, al menos, construyó un mito con su desgracia. No consiguió la inmortalidad, la eterna juventud que tanto anhelaba, pero sí logró que su obra haya merecido un reconocimiento insólito: que sus derechos no caduquen –como ocurre con cualquier otro autor- setenta años después de su muerte, sino que permanezcan siempre vivos.
Todos crecen menos Peter también posee un fuerte componente narrativo. Contemplamos, por ejemplo, el tremendo riesgo asumido por Barrie en el estreno de la versión teatral de Peter Pan. Hace que nos impliquemos plenamente en el suspense, en la consecución de ese logro mágico materializado tras años de trabajo, de preparación previa que incluyó la creación de ese hermoso boceto es El pajarillo blanco. Lentamente, conforme transcurren las páginas, nos alejamos de Barrie y nos aproximamos hasta el personaje. Hacia el análisis de un mito que merece tantas interpretaciones como el mismísimo Hamlet. ¿Peter no puede crecer o no quiere hacerlo? Bajo la apariencia de una obra infantil nos hallamos frente a una terrible historia de amor y egoísmo que sustenta un conflicto irresoluble: su protagonista no es ni adulto ni joven, ni niño ni viejo. Es un ser que nunca morirá y cuyo grito de guerra es, sin embargo, “Morir será una aventura maravillosa”. Y no sería nada sin su antagonista, sin Garfio. Silvia Herreros de Tejada incluye un análisis exhaustivo de la temática del doble, de la complejidad del héroe y su irremediable complementariedad con un villano sin el que carecería de sentido: representa su sombra, ese lado siniestro que todos poseemos y del que Peter, por su obcecada negación al avance, se ha desprendido absolutamente.
Aparecen hipótesis sumamente oscuras, como la muerte de Peter Pan poco después de su nacimiento, que provoca su condición fantasmal. Lo que le convierte no en un frívolo, sino en un personaje plenamente trágico (“…ahora pienso que Peter es sólo un bebé muerto, el bebé de todos aquellos que nunca tuvieron uno”, afirma Barrie en sus propias notas). Su relación con Wendy también merece especial atención: aunque su inmadurez no le permita amar a Wendy como mujer, Peter la salva de la muerte al permitir que todos sus descendientes vayan al reino de Nunca Jamás.
Además Silvia Herreros de Tejada domina el lenguaje y convierte este ensayo en una obra llena de vigor, ritmo y, cuando es necesario, lirismo, en una indagación en las sombras que rodean a la creación de un mito o, lo que es lo mismo, en una indagación en las sombras que nos rodean a todos: “Es un náufrago, un preadolescente confuso que odia a las madres y a las niñas que le desean; un chico cruel y cobarde. Además, es héroe y villano; un chico eterno y un niño muerto; amo y creador a la vez que personaje en conflicto narrativo, debatiéndose entre ser el protagonista de un cuento de hadas y un mito.”

viernes, mayo 22, 2009

Elvis, la construcción del mito / Elvis, la destrucción del hombre, Peter Guralnick

Trad. Alberto Manzano. Global Rhythm, Barcelona, 2008. 575 pp / 847 pp. 49.5 € / 49,5 €

Manuel Vilas

En mi opinión, no creo que haya un mito más grande y más fascinante en el mundo de la cultura de masas de la segunda mitad del siglo XX que el mito de Elvis Presley. Reconozco que no puedo ser imparcial a la hora de hablar de Elvis Presley, que me puede el mito, pues Elvis es para mí una de las creaciones humanas más hermosas y más definitivas. Mi fascinación por Elvis es total. Por eso, estos dos volúmenes de carácter biográfico de Peter Guralnick, que ha traducido impecablemente Alberto Manzano para la editorial Global Rhythm, son una auténtica biblia para cualquier apasionado del fenómeno Elvis Presley. El fenómeno Elvis es más complejo de lo que pudiera parecer a primera vista, y tiene distintos niveles de conocimiento. Guralnick sabe perfectamente que hablar de Elvis en profundidad es hablar de los sueños colectivos de millones de fans que dieron a Elvis una identidad que oscila entre lo irracional, lo político, lo libidinoso, y lo sacrificial. Guralnick sabe que la historia de Elvis Presley es la historia de una destrucción, de un sacrificio, de una distorsión moral. Pero más allá de las interpretaciones, que en el caso de Elvis son imprescindibles, los dos tomos de Guralnick están escritos con un rigor aplastante. Decir que estamos ante la biografía definitiva de Elvis puede ser ya un tópico, pero desde luego me parece muy cierto que tardará bastante en aparecer una biografía que supere la meticulosidad de ésta.
Encontrará el lector en estos dos tomos una reconstrucción llena de detalles de la vida de Elvis, de sus orígenes familiares, de sus primeros estudios, de su vida privada, del mundo en el que se movió durante su juventud, del advenimiento a los círculos infernales de la fama, de los conciertos, de las giras, del dinero, de las discográficas, del cine, de los mánagers, de los músicos, de las drogas, de las amantes, de los amigos, y de la política. Los dos tomos, titulados Último tren a Menphis y Amores que matan, siguen la cronología de la vida de Elvis, desde enero de 1935, con que se inicia el primer volumen, hasta el verano de 1977, cierre del segundo volumen. Quizá uno de los capítulos más escalofriantes es el dedicado a la autopsia de Elvis Presley. Esa autopsia tiene un valor simbólico que casi no alcanzo a vislumbrar. La mitología elvisiana tiene en estos dos tomos la cartografía imprescindible para alcanzar el corazón de ese hombre, o de esa voz, que es un resumen de lo que como raza hemos sabido idolatrar, conducir a los altares de la histeria y de la pasión. Quizá la histeria que acompañó la vida de Elvis sea la gran creación psicosocial del siglo XX. El estremecimiento orgiástico, liberador, compulsivo, erotizante de las masas ante una voz sigue siendo un misterio, probablemente un misterio de origen político, que tiene que ver con la democracia y con el capitalismo emocional

jueves, mayo 21, 2009

Cartas (1911-1939), Joseph Roth

Trad. Eduardo Gil Bera. Acantilado, Barcelona, 2009. 685 pp. 29 €

Martí Sales i Sariola

A veces escribir una reseña es harto imposible. Cuando tienes todo un libro subrayado, por ejemplo. O cuando el texto se explica solito. O cuando no hay necesidad –ni sería posible, por otro lado– de resumir, introducir, contextualizar.
Aún así: Joseph Roth (1894-1939), austriaco, soldado, escritor extraordinario, periodista, bebedor, nómada. La primera mitad del siglo XX: revoluciones, guerras, depresiones, desmembramiento de imperios, caída de la razón. De los 17 años de su juventud talentosa a los 46 de la desesperación generalizada de todo un continente. La construcción de un hombre, de un escritor, de un testimonio. Grafómano empedernido, escribió miles de cartas. Aquí se recopilan unas quinientas cincuenta. Hay muchas páginas tediosas sobre necesidades de escritor sin posibles, de negociaciones con editores –los anticipos, siempre los anticipos–, de rencillas sin calado. Sin embargo, sirven para realzar la voz de los pedazos lacerantes de vida y verdad que aparecen por doquier: es como si hablaras con una mano tapándote la boca –farfullaras incoherencias, tu habla convertida en pura fonética de desdentado o de loco– y de repente te la quitaran y tus palabras resonaran fuertes y claras y todo se entendiera y tuviera sentido.
Sin más:

«1926
Ya no me creo nada. Miro con lupa. Quito la cáscara a las cosas y las personas, dejo al aire sus secretos, y luego, claro, uno ya no puede creer. Sé con anterioridad cómo se forma y cambia, y también qué hará el objeto que observo. Puede que sea de otro modo, pero mi conocimiento de él es tan fuerte que se conduce exactamente como lo he pensado. Si se me ocurre que alguien va a cometer una vileza, ya la está haciendo Me convierto en un peligro para las personas respetables sólo a causa de mi conocimiento de ellas. Es una vida terrible, descarta completament el amor y casi la amistad. Mi desconfianza destruye todo calor, como un desinfectante los bacilos. Ya no entiendo en absoluto las formas en las que los hombres se relacionan. En una conversación inofensiva, se me oprime la garganta. No puedo pronunciar una palabra insignificante. No entiendo cómo se dice algo sin importancia. Cómo se danza. (…) Sólo sé hablar con personas muy inteligentes y hacerlo muy inteligentemente. (…) ¡Esto no da más de sí! ¡No da más! Mi novela sigue adelante.

1926
¡La amistad de los pobres! En ella rechinan las cadenas.

1929
No tengo un “carácter” literario estable. Y yo tampoco soy estable. Desde que cumplí dieciocho años, jamás he habitado una vivienda privada, a lo sumo, una semana como huésped en casas de amigos. Todo lo que poseo son tres maletas. Y eso no me parece extraño.

1930
Y en eso no ayuda, por desgracia, que uno mismo sea escritor. Uno lo es oficialmente, pero en privado es un pobre diablo, del todo insignificante, que arrastra más peso que un cobrador de tranvía. Sólo el tiempo, y no el talento, puede darnos la distancia; y yo no tengo mucho más tiempo. Diez años de matrimonio con este resultado han significado cuarenta para mí, y mi inclinación natural a ser un viejo está sustentada de una manera terrible por esta desgracia exterior. Ocho libros hasta hoy, más de mil artículos, diez horas de trabajo diario desde hace diez años, y hoy, cuando escasean los cabellos, los dientes, la fuerza, la más primitiva capacidad de satisfacción, ni siquiera tengo la posibilitdad de vivir unos meses sin preocupaciones financieras. ¡Y esta canalla de la literatura!

1930
Cuando estalló la guerra, perdí mis lecciones, sucesivamente, por turno. Los abogados volvieron, las mujeres se volvieron malhumoradas, patrióticas, mostraban una clara preferencia por los heridos. Me enrolé voluntario en el XXI batallón de cazadores. No quería viajar en tercera y saludar eternamente, fui un soldado ambicioso, marché pronto al campo de batalla, al frente oriental, me apunté en la escuela de oficiales, quería ser oficial. Me hice brigada. Estuve hasta el final de la guerra en el frente, en el Este. Era valiente, estricto y ambicioso. Decidí seguir siendo militar. Entones vino el cambio de régimen. Yo detestaba las revoluciones, pero tuve que arreglarme con ellas y, como el último tren de Shmerinka había partido, me fui a pie a casa. Caminé durante tres semanas. Luego hice un rodeo, de diez días, de Podwoloczysk a Budapest, de ahí a Viena, donde, a falta de dinero, comencé a escribir para periódicos. Se imprimieron mis tonterías. Viví de eso. Me hice escritor.

1933
El letargo del mundo es mayor que en 1914. El hombre ya no se conmueve si se vulnera y asesina lo humano. Fue así en 1914 y lo fue de tal modo que se han hecho esfuerzos por todas partes para explicar la bestialidad con razones y pretextos humanos. Pero hoy resulta que se pasa por alto la bestialidad simplemente con explicaciones bestiales que son aún más atroces que las bestialidades. (…) Usted fue como judío contra la guerra y yo fui como judío a la guerra. Los dos tenemos numerosos camaradas. No nos quedamos en la retaguardia. Porque igualmente podría decirse que también hay judíos de retaguardia en el campo de batalla de la humanidad. De ésos no se puede ser. Nunca he sobrevalorado la tragedia de lo judío, y ahora menos, cuando ya es trágico ser sin más un hombre decente.

1933
¡No proteste de ninguna manera! Calle o luche, lo que le parezca más prudente.

1933
Todos hemos sobrevalorado el mundo, también yo, que soy de los absolutamente pesimistas. El mundo es muy, muy estúpido, bestial. (…) Todo: humanidad, civilización, Europa; hasta el catolicismo: un corral de vacas es más juicioso. (…) Me veo obligado, como consecuencia de mis instintos y mi convicción, a hacerme monárquico absoluto. Dentro de seis u ocho semanas publicaré un folleto a favor de los Habsburgo. Soy un antiguo oficial austriaco. Amo a Austria. Considero cobarde no decir ahora que es el momento de desear el regreso de los Habsburgo.

1934
Repito lo que he escrito desde la llegada de Hitler, día tras día, ochos horas de media: una novela (malograda pero, así y todo, un libro entero); tres relatos, muy logrados; El Anticristo; media novela (nueva); treinta y cuatro artículos. Entretanto, enfermedad, traición, pobreza. Qué quiere usted de mi, querido amigo? ¿Eso no es valentía? ¿Soy un dios? Traicionado por amigos, engañado, preocupaciones por seis personas, ¿qué quiere usted? Procesos, abogados, cartas, negociaciones, y escribir, escribir, escribir.

1935
Esta noche empiezo de nuevo la segunda parte. Tengo el arrojo de la desesperación. Sólo tengo el arrojo que da la desesperación. Pese a todo, es decir, pese a esa situación de pánico sin perspectivas, estoy liberado. Es como cuando uno tiene fiebre muy alta y se levanta para ir al baño. ¿Conoce usted la sensación?

1935
No creo en “la humanidad”, en eso no creí jamás, sino en Dios y en que la humanidad, a la que Él no concede gracia alguna, es una porción de mierda. Pero confío en su Gracia.

1935
Está claro que ante el fin del mundo, no es nada importante. Pero también en aquellos tiempos, en las trincheras, diez minutos antes de un ataque y, por lo tanto, ante la muerte, podía yo moler a palos a un perro canalla que, por ejemplo, hubiera negado que aún tenía un cigarrillo. El fin del mundo es una cosa y la indecencia privada es otra.

1936
Ya no tengo noches. Ando por ahí hasta eso de las tres de la mañana, me acuesto vestido sobre las cuatro, me despierto a las cinco y vago perdido por la habitación. Llevo dos semanas sin salir del traje. Ya sabe usted lo que es el tiempo: una hora es un lago; un día, un mar; la noche, una eternidad; el despertar, un espanto infernal; el levantarse, un combate por la claridad contra el delirio de fiebre.

1936
Mi portero de noche es un buen hombre, más cabal que diez escritores, y lo prefiero, sin duda alguna, antes que a Kesten, por ejemplo. (…) A parte que Auguste conoce su oficio mejor que diez malos escritores. No puedo renunciar a mi respeto por Auguste, ni a su amor por mí. Vous êtes un bateau surchargé, vous coulez à pic, me dijo ayer. Mon pauvre vieux, venez chez moi. Ésos son mis premios Nobel.

1937
Tout comprende c’est tout confondre»

La lectura de un epistolario es una experiencia curiosa y excitante: la vida del escritor se nos presenta de una manera absolutamente íntima y próxima y a la vez deslavazada, fragmentada, obscura. Normalmente sólo leemos una parte de la correspondencia, nos perdemos “la otra” mitad, y tenemos que hacer, como lectores, un enorme esfuerzo de invención –¿cómo son, cómo escriben, sus interlocutores?–, de comprensión, de construcción de puentes de sentido que nos ayuden a tramar una vida completa a partir de una larga serie de elipsis. Es apasionante. Es un reto. Es una manera poderosísima de arrojarte a la vida de otra persona y su tiempo, de hacerte partícipe de sus congojas, sus ansias y sus victorias. En el caso de Roth, el horror de una época terrible y el desgarro de un hombre superado por las circunstancias; sus hábitos de formación y destrucción, las bambalinas donde lo político se convierte en personal y viceversa. Una biografia es mucho menos verdadera. En los epistolarios domina el presente en toda su aplastante intensidad: esa es su característica más poderosa y adictiva. Si unimos género tremendo a escritor poderoso, el cóctel es un libro-bomba del que se aprende, del tirón, historia, literatura y, sobre todo, humanidad.

miércoles, mayo 20, 2009

Payasos en la lavadora, Álex de la Iglesia

Seix Barral, Barcelona, 2009. 176 pp. 15 €

María Ruisánchez

Al igual que hiciera Cervantes en El Quijote o más adelante Cela en La familia de Pascual Duarte, Álex de la Iglesia actualiza la consabida técnica de los manuscritos encontrados, esta vez hallando un Mac en una estación. Este objeto nos sitúa a su vez, en un contexto y un tiempo, nos delimita la forma de la posterior narración, nos introduce un elemento de tensión, (no saber si la batería aguantará o si se ha podido salvar todo el documento) y nos marca el camino de un estilo al que podríamos denominar "pop", al ser el Mac la primera referencia cultural-tecnológica que encontramos en la novela. A la que se unirán más tarde un sin fin de productos, personajes televisivos, cinematográficos, animados o publicitarios.
En este sentido es un novela plagada de referencias temporales, de coetáneos efímeros, que si bien aún conserva la vigencia de la primera edición, a medida que pase el tiempo se irá quedando desfasada. De hecho así lo manifiesta Álex de la Iglesia en el prólogo: «Han pasado doce años desde que Satrútegi escribió este texto. Las cosas han cambiado mucho...» Sin embargo lo que no pierde actualidad es la crítica al mundo que nos rodea, la burrocracía, el afán social por admirar o exaltar a los mononeuronas... «(...) Quizá por todo esto he decidido no tocar una sola línea del monólogo demente de este poeta maldito. Releyéndolo se me antoja particularmente aleccionador».
No obstante, la novela no sé queda en una simple crítica, es además la expresión de un personaje que emprende un viaje colérico, demente, abrupto, muy en la línea del Ulises, de Eric Packer o el mismísimo Quijote. En este sentido la novela es una búsqueda constante del reconocimiento. El protagonista conserva, doblada y desdoblada hasta la saciedad la crítica brutal que le hicieron a su primer libro de poemas. Está resentido y se abandona en una orgía alcohólica, deslavazada y carente de sentido hasta que descubre que han publicado su segundo libro y se redime.
La novela está plagada de reflexiones llenas de odio que tambalean lo que el común de las personas entienden por felicidad o vida. «Os maldigo porque sois muchos, y eso os consuela. Sois felices con vuestra pequeña rebeldía, que os individualiza, os hace sentiros únicos, pero sin causaros problemas. Os maldigo por vuestra satisfacción inconsciente, por esa seguridad que posee el que lo ignora todo y por eso no teme a nada. Os maldigo porque creéis en la realidad y confiáis en ella. La barra, el taburete, vuestra chica os sostienen, os mantienen en pie, como si hubiesen sido creados para este preciso momento. Si fuerais capaces de entenderla, gritaría con toda mi alma la Verdad, para contemplar, desde este rincón oscuro, vuestras caras descomponiéndose de terror, vomitando y llorando a la vez, implorando misericordia». Y por supuesto la ironía es un recurso presente en casi cada página: «Mata las putas neuronas que nos queman todo los días, mata lo que te diferencia...»
Desde mi punto de vista esta novela está mal entendida cuando se la coloca en el compartimento de humor. Si bien tiene episodios y frases que logran la sonrisa, no es un libro humorístico. Me explico, en la novela hay un personaje excéntrico, soez, ridículo, pero lúcido en sus planteamientos a pesar de estar la mayoría de la narración abotargado por las drogas y el alcohol. Precisamente ese personaje, censurable por el resto de la sociedad, es el que está diciéndonos la verdad con letras mayúsculas. El que se libera de las cadenas y sale de la caverna, para volver ciego y loco, o retomando a Cervantes, ese Quijote del que todo el mundo se ríe por afirmar rotundamente: "Yo sé quién soy". ¿Acaso sabían los que se reían quien eran ellos mismos? ¿A caso lo saben los coetáneos de la novela de Álex de la Iglesia? ¿Acaso lo sabían los lectores de la primera edición del Quijote? No, creemos, creen, creían saberlo, y por tanto el libro fue tomado por una chanza o una parodia, y logró así tanto éxito. Pero en su interior contenía una crítica feroz a aquella sociedad, al igual que la contiene Payasos en la lavadora, que aún disfrazado de sátira, nos mueve, nos despierta y nos da qué pensar. Porque no olvidemos que los borrachos, los niños y los locos siempre dicen la verdad.

martes, mayo 19, 2009

Historias de la Alcarama, Abel Hernández

Gadir, Madrid, 2008. 240 pp. 18 €

Julián Díez

Las Tierras Altas de Soria son la comarca menos poblada de Europa, con dos habitantes por kilómetro cuadrado, una densidad similar a la del desierto del Sahara. Buena parte de ese dato es causado por la mayor superficie despoblada de España, conocida como la Alcarama. Una extensión de casi 50 kilómetros de punta a punta en los que no vive absolutamente nadie, y en la que se suceden una docena de pueblos que fueron abandonados cuando, en los sesenta, un estrafalario plan forestal repobló de pinos toda la zona y dejó a la población sin su medio de vida, una agricultura de subsistencia.
Suena a proyecto estalinista, faraónico y absurdo, pero ocurrió aquí hace menos de cuarenta años. Se pudo llevar a cabo, y dejar a cientos o miles de personas sin hogar, porque se hizo en Castilla, en la olvidada Soria, en una región sin voz y permanentemente denigrada, habituada al malvivir y a la humillación, que ha visto incluso como sus señas de identidad han sido hasta hoy denigradas al apropiarse de ellas reaccionarios locales y foráneos con ínfulas totalitarias. Cuando hay tanto de belleza y de amor por la libertad en el alma de Castilla…
El periodista Abel Hernández, figura respetada en la prensa de hace unas décadas, nació en uno de esos pueblos perdidos y creció en otro. Este es un libro singular de memorias, estructurado en capítulos breves que reconstruye a través de episodios concretos –la matanza, la visita de los recaudadores, las noches de invierno de mujeres charlando en torno al brasero- un mundo desaparecido, hoy remoto, pero en absoluto lejano, al que jamás llegó las instalaciones para el agua corriente o la electricidad, ni el asfalto o el alcantarillado, y que sigue abandonado en ese estado hasta hoy.
Sin eludir historias que en otras manos podrían sonar a tópico, con la vivencia pura narrada con veracidad como herramienta, Hernández presenta la trágica circunstancia de su niñez –muertes en la guerra, hambre, embrutecimiento, friuras terribles- bajo el prisma descubridor e ilusionado del chaval que fue, el primero que llegaría a obtener un título universitario en la historia de su pueblo, y con el que el autor se reencuentra ya cumplidos los setenta.
El libro se devora jalonado de leyendas, anécdotas magníficas –memorable la del nonagenario cuyas últimas palabras fueron “me cago en mi vida, me cago en el mundo, tener que morirme ahora cuando hay tantos adelantos”-, detalladas memorias de privaciones y pequeños recuerdos personales teñidos de autenticidad.
Creo que casi ningún lector que llegue a dar una oportunidad a Historias de la Alcarama dejará de pensar en hacer una visita a esa comarca en la que el tiempo se detuvo. Así que, egoístamente, tal vez prefiero desearle a este libro una escasa repercusión, para que la soledad siga siendo dueña absoluta de ese paraje único.

lunes, mayo 18, 2009

Mundoespejo, Mike Wilks

Trad. Zulema Couso. Toro Mítico, Barcelona, 2009. 408 pp. 18,95 €

Sofía Rhei

«-Ahí dentro se está librando una batalla –dijo señalando el lienzo del imperio del sueño que estaba apoyado contra la pared. El Maestro lucha por su vida mientras nosotros nos enfrentamos los unos con los otros. Tenemos que volver con él enseguida.
-Necesitamos pinceles, aceites y caballetes –continuó Wren-. Y también a todos los artistas que haya disponibles para luchar contra lo que nos espera ahí dentro.»
¿Quién no ha deseado poder entrar dentro de un cuadro, ser capaz de observar, sin el límite de marco o la perspectiva todo lo que sucede allá dentro, e incluso participar en los eventos que transcurren en la pintura? Esta es la posibilidad que nos ofrece este muy sugestivo título, que en su versión para España nos suena a ese Pattern recognition de William Gibson que fue traducido como Mundo espejo y que tanto tiene que ver con la relación entre las imágenes y la realidad que representan, o con esa obsesión por que las imágenes de algo que aún no está, es o existe pueda llegar a cobrar cuerpo. Esta coincidencia en los títulos no deja de resultar interesante, puesto que a pesar de que Mike Wilks ilustró el poema épico de Brian Aldiss , Pile, en el que se habla de un mirrorworld, el título original del libro que nos ocupa es Mirrorscape.
Sin embargo, no es de espejos de lo que trata esta aventura (si alguien preferiría que fuera así, puede leer Jonathan Strange y el Senor Norrell, de Susanna Clarke), sino de pinturas al óleo. Mike Wilks, cuya carrera como ilustrador es de gran importancia, intenta con la trilogía que empieza con Mundoespejo lo mismo que el también dibujante Mervyn Peake con la suya, Gormenghast: dar vida escrita al mundo de imágenes que pueblan su mente.
En la narración existen dos planos: el de la vida cotidiana de los personajes y el mundo del otro lado de las pinturas, al que sólo unos pocos pueden acceder, y que posee una extraña continuidad en la que unos cuadros se comunican con otros, sumando las criaturas pintadas por unos y otros artistas. En este sentido, es innegable el parentesco con La historia interminable, ya que todos los seres del mundo del otro lado nacen de la imaginación de los pintores. Al adentrarnos en ese mundo de dentro de las pinturas, se nos llena la mente de imágenes del Bosco, Richard Dadd, Dalí, Escher.
Sin embargo, puede que lo más interesante de este título sea que el mundo "cotidiano" de los personajes también es un mundo de fantasía, y, desde mi punto de vista, resulta más coherente e interesante que el que espera detrás de las pinturas. Se trata de una sociedad no industrializada en la que los distintos "placeres" sensoriales son controlados por una poderosa élite
No se trata de un libro para lectores demasiado jóvenes o poco acostumbrados a textos que pueden resultar complejos. Es un texto muy trabajado, probablemente desarrollado a lo largo de varios años; puede interesar mucho a jóvenes y adultos interesados tanto en la fantasía como en la historia como en la pintura (es necesario familiarizarse con una serie de términos especializados, de los que se incluye un glosario al final, para comprender en todos sus matices los procedimientos de transferencia de un mundo a otro). Se trata de un libro poco frecuente, en el que puede encontrarse un interesante bestiario de criaturas fantásticas y un desarrollo muy sugestivo de escenarios para curiosas aventuras y batallas en las que el pincel es más poderoso que la espada.

viernes, mayo 15, 2009

El corrector, Ricardo Menéndez Salmón

Seix Barral, Barcelona, 2009. 143 pp. 17,50 €

Ángeles López

Que no es el mejor de los tres libros invertidos en hablar del “mal” de este autor gijonense, lo digo antes de que el lector me lo recrimine por lo bajini... Pero que está escrito con las manos llenas de dolor y sabiduría –que, en ocasiones, viene a ser lo mismo- sobre los claroscuros del alma, es absolutamente incuestionable. Sin duda el más logrado volumen de la trilogía que nos ocupa es La ofensa y el propio autor bien lo sabe, pero, como a toda argumentación –y más aún la literaria-, es preciso ponerle el sombrero en algún momento, para culminar el ochomil de la empresa. Supongo que bajo esa premisa nació El corrector, a sabiendas de que sería el hermano pobre de la trama, aunque el más necesario, en tanto que cierra la tentativa narrativa –e ideológica- enunciada tres años atrás. Alguien dijo que los libros que no hablan de amor es que no saben de lo que hablan y tal máxima no le coge en un renuncio a Menéndez Salmón porque se afana en su antónimo; más aún, en los muchos reversos que gasta el amor: llámese miedo, dolor, fraude, mentira, maldad, inflación del alma... Y de ahí bebe el aire doliente –tan benéfico- que gastan las palabras de Salmón, tan sabedor del alma humana y tan honesto en su verbo. Ya sabíamos que la gente muere. Que la gente mata... Que la gente miente y luego oculta sus cadáveres bajo alfombras de grueso pelo. Ahora, gracias a este escritor que se viste con la palabra justa por los pies de la literatura, sabemos también que hay “flojos de pantalón” –Rosendo dixit- que alimentan sus desatinos en la creencia de que el resto de los mortales es miope o imbécil. El novelista de lirismo visionario no denuncia, sólo nos lo recuerda... Que ya es bastante. Por ello, adentrarse en las páginas de este último “¿paratexto?” resulta ácido y lacerante. Leerle es dolerse porque tanto su verbo como su argumentación resultan auténticos decapantes para el espíritu, como pudiera serlo media hemina de vinagre. Revisarle –sus obras merecen más de un acercamiento, créanme- es llegar a la conclusión de que sus textos resultan fundacionales y remiten a la sincronicidad de otro grande europeo: Philippe Claudel. Si leen, al hilo de El corrector, El informe Brodeck del francés, comprobarán que hay una hebra invisible que une las sensibilidades estéticas y las preocupaciones metafísicas de ambos autores. No porque uno beba del otro si no, tal vez, porque ambos gasten un retropaladar semejante a la hora de retratar la percepción del “daño”, una misma humildad en la prosa y una magia en el idioma alejada de todo cairel. En mi humilde opinión entrenada en novedades editoriales, ambos conforman el “dream team” del viejo continente, empeñados en la militancia de la alta prosa. Uno y otro, sin pretenderlo, están confeccionando una literatura destinada a perdurar pues está fabricada para ser testigo de su tiempo. No en vano, y aunque parezca un contrasentido, sus libros... se están escribiendo mañana.

jueves, mayo 14, 2009

Esas vidas, Alfons Cervera

Montesinos, Mataró (Barcelona), 2009. 149 pp. 14 €

Marta Sanz

Después de leer Esas vidas, he sentido vergüenza de no haber conocido a Alfons Cervera hasta tan tarde. O a lo mejor es que nunca es tarde y, desde ya, puedo empezar a disfrutar con una escritura que, para mí, es una aspiración cuando leo y también cuando escribo: una escritura drástica y aguda, no porque sea “ingeniosa”, sino porque está llena de aristas y, en ella, el efecto melancólico se despoja de sus connotaciones cursis y de sus tonos pastel. En la contundencia de las frases duras calcifican los duros sentimientos, las sensaciones y esas visiones superpuestas –siempre terribles por ser siempre elegíacas- que constituyen la vida en un sentido biológico, sentimental, social y también literario.
La mirada de Cervera, para hablar de la muerte de su madre, de la muerte de todas las madres, de la muerte en general, es tan intensa que incluso los que quieran mirar tendrán, a ratos, que apartar los ojos: el oxímoron de la madre muerta –nuestra condena a la orfandad- se convierte en una meditación sobre el leitmotiv del vivir para contarlo, de que el contar es inevitable y de que optar por el silencio podría ser una forma de suicidio, incluso una pose cultural que ya empieza a estar más gastada que las propias palabras: la convicción de que en el silencio reside la existencia verdadera nos enfrenta a la pregunta pueril de qué es una existencia verdadera y a la obviedad de que los seres humanos somos nuestro lenguaje, y de que, sin comunicación, ni hay vida ni hay crecimiento: el silencio es lo que mata a la madre del autor que es a la vez el narrador de esta historia común...
Vivir para contarlo se presenta como una falsa disyuntiva: la vida es relato y viceversa. Estas reflexiones metaliterarias implícitas se complementan con otras explícitas –los “cómicos de la lengua”, los amigos escritores, Fernando Valls, Chirbes, Raúl Núñez, un canon alternativo, la teoría de que la lectura es otra forma de escritura...- y culminan en el momento nada culminante de que no es cierto que la palabra combata la muerte, porque las palabras también caducan. La escritura es inevitable, pero no salva. La paradoja epistemológica del primer plano -cuanto más se mira de cerca un objeto, un acontecimiento, una madre, más se desdibuja, menos se conoce- redunda también en esta concepción pesimista. No en vano Cervera es lector de Cioran.
Los pensamientos literarios no son dulces ni complacen, pero cuando el lector siente deseos de taparse los ojos es cuando Cervera nos enfrenta a certidumbres como la de la agonía; como la de que nadie se quiere morir por mucho que la muerte se esté pidiendo a gritos; como la de que la muerte genera una hipocondría en la que, al ver morir a un ser amado, es inevitable pensar en el propio acabamiento. Otra certidumbre es la de que la muerte no es un punto, el pinchazo de un practicante habilidoso; la muerte no es un clímax, sino un anticlímax, primero un barruntar, un presagio, luego un descenso, la caída por las escaleras de la madre, una prolongación que el sujeto y el contemplador de la muerte viven de diferente manera: la resistencia del que muere se opone al sentimiento de culpa del que ve morir deseando que por fin la muerte acabe con el sufrimiento ajeno y también con el propio. Son muchos los tópicos sobre la condición del ser humano que se cuestionan en Esas vidas: el agonizante no reparte sus parabienes y bienaventuranzas a los que se quedan, sino que suele ser víctima de un resentimiento hacia los supervivientes que resta dignidad a las bajadas del telón; quien va a morir se siente con derecho a todo en ese trance y aparecen todas las gamas del egoísmo, la ira, la rabia, la distancia que se marca con los otros y que, tal vez, tiene que ver con el generoso afán de no suponer una molestia o, quizá, es que el generoso afán se parece más bien a la soberbia de no querer molestar... La madre moribunda se retrata con un dispositivo que unifica el amor con la agresividad de una mujer que mira la fecha de los yogures que le da su hijo. Por si están caducados. Corrompiéndose, deformándose, transformándose como una prosa que, a medida que avanzan las páginas, se va haciendo fecal y orgánica como el cadáver de Addie Bundren en Mientras agonizo: el cuerpo de la prosa, contenido y perfecto dentro de sus bordes desnudos al inicio del relato, se licua poco a poco y se va llenando de excrecencias, prolongaciones. La respiración del texto es como el jadeo de una enfermedad que no va a curarse. El oído de Cervera es de músico y el libro acaba cuando acaba la respiración.
Además de la muerte, la estructura del libro recorre, como una escalera de caracol, el bucle de la memoria, la corrección de la memoria, su sensorialidad, la foto, la imagen congelada que vivifica y al mismo tiempo es siniestra porque la realidad ya no es la de la foto, sino otra, envejecida o ausente. Y esta memoria, en el caso de las obras de Cervera, no es abstracta, sino la memoria específica de un tiempo y de un espacio del que el cuerpo de la madre, como en El desierto y su semilla de Barón Biza, es un mapa, una página que relata la Historia: el cuerpo partido de la madre como metáfora de un pueblo partido, de una guerra; la fisonomía y la enfermedad como metáforas de las heridas. La memoria de Cervera no tiene nada que ver con la memoria esclerotizada y comercial, con la nostalgia embotellada, que nos prende al pasado en lugar de ayudarnos a emprender el futuro. Igual que Faulkner, Cervera escribe de lo que no llega a conocer. Escribe del miedo y de la muerte con la conciencia de que “toda escritura es una biografía”: la muerte, el imperativo biológico, desencadena el recuerdo y la reconstrucción biográfica de esas vidas, marcadas por un tiempo y por un espacio históricos, que son las nuestras y las de nuestros padres.

miércoles, mayo 13, 2009

Café Budapest, Alfonso Zapico

Astiberri, Bibao, 2008. 164 pp. 16 €

Sofía Castañón

En tiempos grises, y para qué negar que estos también lo son, es necesario conocer la historia: saber de dónde viene toda esta marea que arrastra muebles viejos, cansancio y horror. Y, si nos acercamos a la historia con una mirada afilada y sin dobleces, quizás podamos llegar a entender algo.
La mirada con la que Alfonso Zapico relata el origen del conflicto en Jerusalem —si entendemos, claro, que ese origen proviene de mediados del siglo XX— es clara, amable, sincera. Y ninguno de estos adjetivos impide que sea además crítica, sin concesiones políticas ni ideológicas.
Yechezkel es violinista, joven, judío y da por olvidados algunos de sus primeros años, que tuvo que pasar encerrado en una habitación, escondido del minucioso y bárbaro registro nazi. Finalizada la guerra, en una Hungría deshecha y hambrienta, decide ir con su madre –que volvió de un campo de concentración alemán enferma y sola- a Jerusalem, donde su tío Yosef regenta una cafetería que hoy nos resultaría utópica. En ella, ingleses, americanos, judíos y musulmanes conviven tranquilos. En el Café Budapest y en toda la ciudad. Las cosas cambian cuando Naciones Unidas hacen oficial el famoso “reparto”. A partir de ahí, la segmentación de dos religiones desconocerá el significado de tregua, y dejará para siempre olvidado el de paz.
Zapico no se lava las manos, las entinta hasta el fondo. Expone la necedad de los siervos del fanatismo, muestra el control de las potencias sobre una tierra y sus habitantes. Habla de civiles, y no de ejércitos. De ideas, y no de ideologías. De amor, y no de religiones.
Dentro de lo afable del relato, por el modo en el que presenta a sus personajes, por la sensación que el lector tiene de pequeña historia dentro de la gran Historia, Zapico no obvia el terror, la barbarie, el espanto. Pero no se recrea ni busca la emoción fácil.
Podríamos hablar de un cuento optimista, en el que sus personajes mantienen tenazmente una visión del mundo envidiable, digna, realmente bondadosa. Pero no hay lugar para el pensamiento ingenuo. La más terrible de las ideas que habitan esta novela gráfica es la de la esperanza de cambio. Algo que aún hoy, transcurridos más de cincuenta años, se presenta muy lejano.

martes, mayo 12, 2009

Proyectos de pasado, Ana Blandiana

Trad. y prol. Viorica Patea y Fernando Sánchez Miret. Periférica, Cáceres, 2008. 368 pp. 20 €

Elvira Navarro

Éste es uno de los mejores libros que he leído en mucho tiempo. Compuesto por once relatos más o menos largos en los que la escritora rumana Ana Blandiana despliega una parábola sobre los efectos del totalitarismo, su valor está lejos de residir en lo que llamamos denuncia (aunque también la hay, y mucha), o en el testimonio de lo que significó la dictadura comunista en Rumania (de la que la autora fue víctima), o en lo que se rotula bajo el calificativo de “alta literatura”, que lo es. Su valor, al menos para mí; lo que me hace afirmar que este libro es uno de los mejores que he leído en mucho tiempo, tiene que ver con el raro desplazamiento que la escritura opera sobre el lector. Proyectos de pasado es como un coach disparándonos preguntas para acceder a lo que ignorábamos que sabíamos, y que nos produce un asombro tranquilo, como cuando tras mucho buscar la moneda que se nos ha caído la descubrimos en nuestro regazo y accedemos al mismo tiempo a la lógica que la ha mantenido sobre nuestras piernas. Una lógica que habíamos desechado porque las monedas suelen ir a parar debajo de los muebles. Tal vez sea por ello que aquí el elemento fantástico, utilizado para ver el reverso de la pétrea realidad totalitaria, no asusta, sino que tranquiliza. Al fin se descubre lo que llevábamos tiempo sospechando pero en lo que nos estaba prohibido creer: que los fantasmas existen.
Campos de maíz comidos por una densa capa de insectos, pueblos donde sólo hay viejos, ángeles, aves demoníacas, un secuestrador gigante, delfines pensantes o una iglesia que navega por el Danubio son algunos de los motivos con los que Blandiana alza su visión casi mayéutica del mundo. Los despliega sin abusar de epifanías ni de elipsis, y hay cuantas digresiones considera oportunas la autora, que hace con el género lo que le da la gana. En Blandiana la escritura es ante todo y sobre todo hablar de lo que importa, y el hacer literatura no es un fin en sí mismo, sino un medio. O lo que es lo mismo: lo que se dice (o lo que se sugiere) no ha de estar al servicio de la eficacia narrativa, sino al revés. Sorprende que el resultado de que no haya sacrificio en el mensaje, de que no se cierre la boca para lograr una mayor adecuación, no contenga partes deshilachadas. Estos relatos son perfectos, y lo son porque en la voluntad de no dejarse nada atrás se ha encontrado la forma de que quepa todo, lo cual es casi milagroso.