martes, abril 14, 2009

Limaria y otros poemas de una nueva Arcadia, José Antonio Sáez

EH Editores, Jerez, 2008. 107 pp. 12 €

Pedro M. Domene

Limaria es un espacio físico que impresiona por la inusitada belleza de su desnudez paisajística y por la plasticidad sus colores, un lugar enclavado entre las pequeñas poblaciones rurales de Los Higuerales y La Alijambra, localizado, geográficamente, en la provincia de Almería, pero que de la mano del poeta se convierte en una especie de nueva Arcadia donde aún son perceptibles, por esa magia del recuerdo, ciertos aromas de la infancia, donde aún se oyen murmullos del pasado, y sobresalen las costumbres ancestrales, caprichos que nos devuelven a ese territorio remoto de la inocencia perdida, esa que una vez fue y nunca hemos olvidado; también, es la voz y la plegaria de un poeta de la tierra, José Antonio Sáez (Albox, Almería, 1957), que publica Limaria y otros poemas de una nueva Arcadia (2008), y alcanza así una dimensión de realidad vivida donde, voces y expresiones, se conjugan en una reminiscente recreación sobre los alientos de ese tiempo pasado.
El poeta José Antonio Sáez ha intensificado su presencia en el panorama poético durante estos últimos años desde que hace casi tres décadas publicara Vulnerado arcángel (1983), obra a la que, de una forma regular, han seguido, La visión de arena (1987), Árbol de iluminados (1991), Libro del desvalimiento (1997), Liturgia para desposeídos (2001), La edad de la ceniza (2003), Lugar de toda ausencia (2005), para concluir en proyecto poético de mayor calaje, Las Capitulaciones (2007), y, en cierto sentido ofrecer, en una red de círculos cada vez más amplios, su visión del mundo y del conocimiento humanístico y clásico, como conceptos que gravitan en una profunda hondura del ser, del hombre que sufre, ama, recuerda y sobrevive a su propio desastre. Como todo buen poemario, Limaria... se estructura, arquitectónicamente, en dos libros, el primero con el título general del mismo: el poeta se identifica con la belleza del lugar, («Antorcha de cal viva, la más humilde y pura, »), entrevé el alma del mundo, muestra y se instala en la realidad («aquí vengo a morir, bajo un manto estrellado, /en la noche del mundo y entre luces de frío»); y el segundo, titulado en una suerte de fortuna, «Los brazos en el aire», muestra la ingravidez, el deseo de reintegrarse a la tierra, los brazos anhelan esa mutación humana de convertirse en alas y asumir esa conmemoración del cuerpo, radiante región encendida, para celebrar la unión de la carne. Fuego y lluvia se convierten en esa semilla celeste que fecunda esa región cálida, desértica en el Sur del país. El poeta despliega símbolos e imágenes que recuerdan existencias anteriores; todo en su justa armonía, utilizando un verso de musicalidad e imágenes desveladoras que se traducen en heptasílabos, endecasílabos y alejandrinos («La eternidad es el instante/ en el que, henchido, el ser/ se abandona y diluye/ su entidad en el cosmos/». El tiempo se convierte en esa percepción inmóvil de las cosas, en el disfrute del instante vivido, para concluir, en una tercera parte final, del segundo libro, «Luz en los atrios» y así conjugar la palabra poética, como esa única redención a que como lectores podamos interpretar la voz del poeta, que nos muestra sus secretos, el microcosmos contemplado en la misma palma de la mano o, como sugiere, el propio José Antonio Sáez: «Abres los brazos a la brisa leve/ y te abandonas al luciente espacio».
Las palabras del almeriense buscan acrecentar una visión del mundo, su voz emerge de la experiencia tanto vivida como literaria, del deslumbramiento de su existir y de su propio desvalimiento, de la admiración secreta de cuanto envuelve al poeta, su sentir de la poesía auténtica y verdadera, de su poder de la memoria, como auténtico perfume del alma, aflicción en suma, o incluso deseo ahora satisfecho, y en cierto sentido, espejo donde, inexcusablemente, vemos todas las ausencias, «la soledad tendrán por compañera/ y la locura rondará sus predios.»

lunes, abril 13, 2009

La casa de los encuentros, Martin Amis

Trad. Jesús Zulaika. Anagrama, Barcelona, 2008. 264 pp. 17 €

Pablo Gutiérrez

Acabo de terminar de leer La casa de los encuentros, y no quiero que se me escape la emoción y el bocado de la última página; por eso acudo rápido al cuaderno y sobre la contraportada escribo esta nota muy apresurada.
Primer apunte: Amis escribe como yo deseo escribir (y lo leo traducido, mi inglés apenas me alcanza para alguna simplicidad). Quiero decir, con esas paletadas de ideas y de imágenes que yo no tengo; dije imágenes, sí (no me atrevo a hablar de su prosa sin haberlo leído en inglés, aunque pueda entreverse detrás de la traducción), pero sobre todo me refiero a sus ideas, los carros de ideas que te vuelca a los pies para que hurgues en ellas y te manches los zapatos y elijas algunas para llenarte los bolsillos. ¡Hay tantos escritores (y muchos de mis favoritos) que ni siquiera manejan una sola idea!, una idea cabal e integrada en el discurso, en este caso en la novela, una idea que pueda distinguirse detrás de todo, entorno a todo, una idea que, como se decía antes, forme algo parecido a una tesis.
¿Recuerdan las novelas de tesis, ese concepto que aprendimos en los manuales de literatura? Los profesores hablaban de novela de tesis cuando nos hacían leer a Baroja o a Galdós, y después de las truculencias minuciosas del primero o de las lentitudes del segundo se nos decía: pues todo eso lo escribió este señor para demostrar tal cosa (y en tal cosa poníamos: la imposibilidad de un orden justo, la decadencia de la sociedad del XIX, el opresivo sistema de clases, el caciquismo, etcétera).
Pues bien, La casa de los encuentros es una novela de tesis, muy distinta de El libro de Rachel, Dinero, Campos de Londres o Perro callejero. En éstas, las ideas circulaban en zig-zag, atravesaban a los personajes, cogían al lector de los carrillos y trepidaban en un alegre desconcierto muy cómico, muy brillante, muy ingenioso. En cambio, las piezas dispuestas por Martin Amis en La casa de los encuentros tienen un objetivo, son un vector dirigido a la demostración de una idea, de una tesis, como hacían los viejos abueletes de la literatura pasada. La tesis es: qué enorme traición cometió la izquierda de acá (acá quiere decir la Europa formal), qué ceguera quiso inflingirse al mirar hacia otro lado para no ver la carnicería que se cometía en la Unión Soviética. Y aquí se adjunta con un clip el monstruoso Archipiélago GulagSolzhenitsyn ya describió con minucia esas fauces que se tragaron millones de cuerpos, y la novela de Amis no tendría sentido sin Solzhenitsyn—; pero también se adjunta, porque es indivisible, aquel Koba el Temible con el que el mismo Amis nos noqueó hace algunos años. Koba el Temible... recuerdo que no dejé de anotarlo y subrayarlo y de sentir rubor por todas esas cosas que no sabía, todo ese universo que no conocía, que no imaginaba, ni siquiera después de leer, por ejemplo, La broma de Kundera, porque la magnitud de la crueldad, el dolor y la desesperación se me escapaban, las proporciones eran irreales.
Segundo apunte: no hay duda, La casa de los encuentros parece una novela construida a partir de la digestión de Koba el Temible. Si en Koba... el autor describía la crueldad y la carnicería genocida de Stalin con la forma de una biografía, en La casa... acerca su lupa a la historia de dos hermanos sepultados en uno de los campos de concentración con los que el padre de todos los rusos quiso limpiar las llanuras, ya saben, con ese modo suyo tan delicado de hacer las cosas. Recurriendo otra vez a un concepto de antiguo manual de crítica literaria, aquí se enfrentarían las nociones de Historia y de intrahistoria: Historia en Koba..., intrahistoria en La casa de los encuentros.
Tercer apunte: como espera el lector de Guerra y paz, la narración de Martin Amis trasciende al escenario histórico en el que transcurre y cobra valor por el propio relato y por la construcción de los complejos personajes, con independencia de que eso ocurra durante las guerras napoleónicas o durante el terror soviético. Las descripciones de los grados del dolor y la tortura en el gulag son sobrecogedores, te revuelven y te revientan, pero el verdadero dolor se produce dentro de ti cuando Amis consigue que entiendas que todo ese tormento no se produce en el interior de un gulag, sino en el interior de dos seres concretos, vivos, carnales, próximos, ciertos.
Martin Amis: no puedo decir nada más de él. Comencé a leerlo tarde, hace un par de años, tarde y al revés, desde Perro callejero hasta El libro de Rachel, y aún no sé decir qué contiene su literatura, cuál es su fórmula, el ingrediente. Aunque haya un estilo recurrente en sus novelas, tengo la sensación de que Amis sería capaz de escribir fácilmente con cualquier otro tono, impostando una voz diferente. Cualquier libro podría ser el próximo de Martin Amis; cualquier libro que te sacuda, que te inquiete, que no olvides, como La casa de los encuentros.

viernes, abril 10, 2009

Heridas causadas por tres rinocerontes, Fernando Sanmartín

Xordica, Zaragoza, 2008. 60 pp. 750 €

Juan Marqués

Repasando mis notas de lectura, compruebo que durante el año pasado leí algo más de cien nuevas obras de autores españoles publicadas durante el propio 2008. La más hermosa, limpia y emocionante de todas ellas se titula Heridas causadas por tres rinocerontes y la escribió Fernando Sanmartín. La descubrí en primavera con incredulidad, la releí inmediatamente después con emoción, y he vuelto a recorrerla otras dos veces desde entonces sin que la admiración y la gratitud hayan hecho otra cosa que aumentar.
Hay libros que uno no querría reseñar sino regalar masivamente, copiarlos con buena letra en cuadernos pequeños y dejarlos en los bancos de los parques o de las paradas de autobús, reproducirlos todo lo posible para que más gente pueda llegar hasta ellos y saborearlos. Son libros cuyos derechos debería comprar el Estado para imprimir millones de ejemplares y repartirlos por las casas como si fuese el listín telefónico, ya que su lectura aumentaría no ya el nivel cultural sino la calidad civil de las personas, la bondad y la comprensión de los ciudadanos, la atención popular por las cosas importantes. Sería bueno fundar un país donde sucedieran esas cosas, un lugar donde el poder supiese que hay textos que mejoran a quienes los leen, que producen personas más completas y libres. Yo, por mi parte, he regalado estas Heridas causadas por tres rinocerontes a todos los médicos que conozco, y estoy seguro de que nada de lo que pueda escribir aquí, por muy sincero y entusiasta que sea, sería tan eficaz para recomendarlo como copiar sin más dos o tres de sus mejores páginas.
Confieso que es un libro que ya me gustaba antes de leerlo, no tanto por intuición como por ilusión, por esperanza e incluso por sentido común. Cuando un poeta tan pudoroso y discreto como Fernando Sanmartín (y éste, sea lo que sea, es fundamentalmente el libro de un poeta) publica un breve cuaderno de los días en que su hijo luchaba contra la leucemia, es inmediatamente evidente que estamos ante un título que no se puede dejar escapar porque ha de tratarse de un libro importante, crudo, verdadero. Después las expectativas quedan completamente satisfechas al comprobar que todo está bien en él, desde la preciosa edición de Xordica (ilustrada por el niño que coprotagoniza el diario) hasta casi cada una de sus secciones, de sus páginas, de sus palabras.
En la página 20 de Hacia la tormenta (el anterior diario publicado por Sanmartín —Zaragoza, Xordica, 2005—) nacía Yorgos, el niño que ahora es casi siempre nombrado, sin más, «el niño enfermo», excepto en la dedicatoria, en el prólogo y en algunas pocas ocasiones más. Si ese prólogo no es un epílogo, como tal vez agradecerían ciertos lectores, es seguramente porque en él se nos explica que el niño superó felizmente la enfermedad y que está lleno de vida y futuro, aviso que en buena medida hace menos angustiosa la lectura de todo lo que sigue, sabedores desde el principio de que no va a terminar trágicamente.
Pero el libro es, con todo, estremecedor, y sabe expresar y compartir algo tan inefable y privado como el pánico a una pérdida que resultaría inconcebiblemente dolorosa. «Necesito que cese, en algunos momentos, la desesperación», declara en p. 23, y poco después se nos regala uno de los párrafos más exactos del libro, que he de citar completo: «El destino, la vida, nos corrige. Y lo hace sin delicadeza. Porque vivir es un capricho del destino, una cortesía. Yo quiero escribir contra el destino, quiero negarlo, impedir que siga devorándome. Pero lo único que hago es colorear una máquina de tren con Yorgos, compartir con él ese dibujo, hacer algo en común. Nos intercambiamos pinturas, nos fijamos en los contornos. Yo lo miro a él. Miro su rostro. Su cabeza sin pelo. Su ternura. Mis llagas» (p. 26). Inmediatamente antes de estas palabras se dice algo que, en mi opinión, sería más cierto si se le diera la vuelta: «Yorgos, dentro de dos meses, cumplirá cuatro años. Celebrará ese día, y todos sus cumpleaños futuros, como un amanecer», cuando sucede que en medio del miedo, la enfermedad y el dolor uno celebra cada amanecer como si fuese un cumpleaños.
Se dice también que «el silencio es la herramienta, lo único que hace no quedar mal» (p. 29) y se comprende que «no existen los disfraces si uno se ha desmoronado de verdad» (p. 36), aunque la primera parte ha terminado con una sublime declaración de esperanza: «Hay días en los que subo a un taxi para huir. Los semáforos lo impiden. Y lo impide el equipaje invisible que llevo siempre. Aunque, sobre todo, lo impide mi certeza de que la vida volverá a llenarse de almohadones» (p. 29)...
Estoy completamente convencido de que no puede haber literatura verdaderamente alta que no sea a la vez profundamente humilde. Heridas causadas por tres rinocerontes es, en ese sentido, una lección inolvidable sobre cómo poner la literatura al servicio de la vida, aun teniendo entre mano un tema tan delicado y tan susceptible de desembocar en lo lacrimógeno. Lo que consigue Sanmartín, sin embargo, es de una pulcritud perfecta:
«Le pongo al niño, en sus heridas, unas gotas de Betadine. Me mancho las manos, y el niño se ríe de mis dedos manchados. Y esa risa es un balneario» (p. 34).

jueves, abril 09, 2009

Cartas de París, Alexander Ródchenko

Idea, edición y prólogo de Ginés Garrido. Coordinación de Emilio Ruiz Mateo. Traducción de Sergio Mendezona y Ginés Garrido, revisada por Sara Gutiérrez. La Fábrica, Madrid, 2009. 171 páginas. 22 €

Elena Medel

Supón que eres pintor, fotógrafo, escultor, diseñador gráfico, escenógrafo, activista artístico y gestor cultural en una URSS en pañales; que en 1925, entre marzo y junio, te ofrecen vivir en París, ocupándote —construcción, montaje, etcétera— de algunas de las exhibiciones de tu país para la Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industrias Modernas. Y que la ciudad del Sena acoge por entonces, también, a los mayores artistas de vanguardia en cualquier disciplina que puedas imaginar: Braque, Le Corbusier... Te llamas Alexander Ródchenko, has cumplido poco más de treinta años; décadas más tarde se te considerará uno de los autores clave de la historia de la fotografía, en parte por las escenas que has captado —quizá con alma más documental que artística— durante tu periplo francés.
Regresemos: te llamas Alexander Ródchenko, vives para el arte y, sin embargo, París te aburre soberanamente. «Qué sano y sencillo es Oriente, esto se ve con tal claridad solamente desde aquí. Aquí, a pesar de que roban los bailes, los trajes, los colores, la forma de andar, los tipos y las costumbres de Oriente, todo, hacen de todo ello tal abominación y porquería que al fin no queda nada de Oriente», escribe Ródchenko el 25 de marzo de 1925, sólo cuarenta y ocho horas después de llegar a París, en una de sus primeras cartas a las mujeres de su vida: su madre, su pareja —la también artista plástica Várvara Stepánova— y su hija pequeña. Les llama, en tono cariñoso, «Mulka, Mamulka y Mulichka»: mamá, mamaíta, mamita.
Y es que en estas Cartas de París constituyen el diario, en forma de intercambio epistolar —desigual: una cincuentena de misivas de Ródchenko, por sólo seis conservadas de Stepánova—, acerca de la monótona existencia de un genio en una capital de genios; alguien que despierta, trabaja y trabaja, apenas disfruta de jornadas de descanso, y entre ideas, quejas y compras de material para los amigos rechaza conocer a sus homólogos en Francia: cuando un colega y compatriota, el pintor Antoine Pévsner, comunica a Ródchenko el interés de Piccaso y Eremburg por conocerle, éste responde que «mejor dentro de unos días» (2 de abril); casi dos meses más tarde, el 1 de junio, escribe sobre su encuentro con Fernand Léger: «hablé con Léger y me mostré presuntuoso. Soy artista… Lo que hace Léger yo lo he dejado de hacer hace mucho. Y si yo viviera en París, tendría un nombre más grande que Léger. Y aun así no me gustaría vivir aquí… En qué somos peores los de Moscú…»
Alexander Ródchenko compara una y otra vez ambas ciudades, sus costumbres, sus hábitos, sus mundillos artísticos, para despreciar el capitalismo que representa la capital francesa, y subrayar la pureza y calidad de vida de Moscú. «Así es este París, que antes no me apasionaba, pero al que tenía respeto», transmite a su familia el mismo 2 de abril. «Lo raro», continúa, «es que todo el mundo trabaja y todo va bien, tal y como quisiéramos que fuera en nuestro país. Pero, ¿cuál es el fin de todo esto? ¿A dónde quieren llegar? ¿Y para qué? Entonces es cierto que es mejor marcharte a China y, allí, tumbarte, soñar no se sabe con qué». «La exposición, seguramente, no vale la pena ni visitarla; han construido unos pabellones que hasta vistos desde lejos provocan rechazo, y de cerca son un horror. La nuestra [la exposición del sector soviético] es sencillamente genial. En general, desde el punto de vista del gusto artístico, París no es más que una provincia en arquitectura. Los puentes, los ascensores, las escaleras mecánicas, eso sí, eso es bueno», rematará el 5 de abril.
Cartas de París cataloga el trabajo artístico de Ródchenko en los pabellones de la URSS en un doble sentido —el de la minuciosidad con la que Ródchenko registra los avances de su equipo, y el de las imágenes que se incluyen—, pero también narra la historia de un creador con enorme conciencia política: «la luz de Oriente no es solamente la liberación de los trabajadores. La luz de Oriente consiste en una nueva actitud hacia el individuo, la mujer y las cosas» (4 de mayo); «no podremos organizar unas nuevas normas de vida si nuestras relaciones se parecen a las relaciones bohemias de Occidente. Ahí radica el mal» (21 de mayo); «las cosas son el opio de la vida. Sólo se puede ser comunista o capitalista. Aquí no puede haber nada intermedio» (sin fecha). Se nos muestra, pues, a un artista más politizado que político, que compensa el desinterés hacia sus compañeros de profesión con la pasión por el proyecto ideológico de la URSS; y es el peculiar diario de trabajo de un hombre dos únicos anhelos: perder de vista los bidés, y regresar a casa. «Pienso siempre en ti, me apena que no estés conmigo, estoy tan acostumbrado a hacer todo con tus ojos, a hablar con tus oídos y pensar contigo», confiesa a Stepánova el 28 de marzo. «Mañana es ¡día 2! ¡Pronto seré libre! ¡Oriente!», celebra en la recta final de su estancia parisina, harto de los retrasos en la inauguración de los pabellones de la URSS y, por tanto, de los retrasos en su vuelta a Moscú, al hogar y a la familia. Más que el diario de un artista, el diario de un hombre: cansado de su situación, ilusionado con su misión, solo en el fondo. Aunque parezca un tópico, no se lo pierdan.

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Puedes disfrutar de una selección del trabajo de Alexander Ródchenko si haces click aquí.

miércoles, abril 08, 2009

La tormenta, Romain Gary

Trad. Gema Moral Bartolomé. El Cobre Ediciones, Barcelona, 2009. 152 pp. 18 €

Juan Gómez Espinosa

No hay nada mejor para un libro que dejar al lector con ganas de más. El presente, editado por El Cobre, lo consigue de varias maneras. Así, un forofo de Romain Gary se encontrará con pequeñas joyas inéditas en español; por otro lado, a quien desconozca la obra del polaco-francés le abrirá las puertas a un mundo en el que merece la pena adentrarse. En estos breves relatos no sólo se apunta lo mejor del escritor, sino que también se exponen claramente las materias que debe elegir manejar cualquier creador. Entramos así en el eterno debate sobre entretener o expresar, sobre lecturas para el autobús o lecturas para la alcoba. El primero dirigirá su atención a un público para el cual trenzará situaciones, tramas y personajes que lo conduzcan a un bucle dramático; el peligro, obviamente, serán la posible vacuidad emocional de sus personajes, condicionados por la acción, y la ausencia de riesgos en el propio lenguaje, que se mantiene “conservador” a fin de conectar con un público amplio. En la otra orilla, sin embargo, un autor cuya perspectiva sea la de su propio ombligo mostrará sin pudor sus inquietudes, su pulso de entrañas, pero con el riesgo de crear un auténtico tostón a fuerza de onanismo; su lenguaje, sus personajes (si los hubiera), sus acciones (si las hubiera)… estarán marcados siempre por su enfrentamiento individual con el exterior. En Romain Gary la fusión entre ambos tipos de escritor es perfecta, y eso es algo que nunca le podremos agradecer lo suficiente. Sabe crear una trama de pura intriga, ir avisando elegantemente sobre la posibilidad de acción, atraer con la expectación… pero también ir más allá, dar una oportunidad a héroes (por llamarlos de alguna manera) que están gritando en silencio para expresarse de manera autónoma; Gary no se conformaba con los clichés, ni con las argumentaciones de andar por casa. Las menciones a las contiendas del siglo XX no se enmarcan ni en defensas viriles ni en denuncias edulcoradas; la guerra y la violencia aparecen, simplemente, como una siega fría de vidas, tanto las de las víctimas inocentes como las de los ejecutores; estos últimos están condenados a sobrevivir y a ser sepultados en cualquier rincón mínimo y sórdido de la Historia. Gary escribía con brillantez, con maestría, tampoco se conformaba con los recursos lingüísticos y estructurales consensuados. Repasando un relato como La tormenta (el que da título al libro) uno se percata de que su “padre” era una brillante rara avis: sólo él podría hacer que la combinación de un paraje aislado, una mujer hastiada, un marido plomo, un enigmático desconocido y un clima salvaje no se convirtiera en un relatito tópico de amoríos bajo el monzón. Eso por no hablar del frío aislamiento (físico y emocional) en que se mueven los personajes de “Geografía humana”, “Sargento Gnama” o “Diez años después o la historia más vieja del mundo”, en los que la falta de acción evidente deja un vacío desasosegador. “Sin aliento”, “El griego” y “Una mujercita”, tal vez las mejores piezas, estremecen hasta la médula: las dos primeras, por su condición de brillantísimos comienzos (o esbozos) de novelas que nunca llegaron a realizarse (nos queda soñar con sus posibilidades); la tercera… simplemente hay que leerla; luego ya me dirán.

martes, abril 07, 2009

La ruta de Waterloo, Adolfo García Ortega

Menoscuarto, Palencia, 2008. 180 pp. 14.50 €

José Manuel de la Huerga

Son nueve cuentos, probablemente de toda una vida creativa robada al sueño y demás afanes, algunos dormidos en el cajón de la espera. Lo digo por menudencias. Por ejemplo, un hombre paga los servicios de una prostituta con 15.000 pesetas. Y por los estilos: de la alegría narrativa de Hoteles Metropol, a la cadencia reflexiva de Y en otro lugar, John Garfield, pasando por el que, a mi juicio, es el mejor relato de todo el fajo: Vidas, mitad de trayecto, un brillante ejercicio de contención estilística y de azar encadenado, que retrata la comedia humana con su doble rostro de hermosa amargura.
¿Qué da unidad a una colección de cuentos, de variada temática (el lector obsesivo que necesita viajar al lugar de su novela preferida, el exquisito cocinero que recorre Europa trabajando sólo en Hoteles Metropol, el director de cine encarcelado por la caza de brujas de la era McCarthy…) y técnicas muy bien aprendidas en al lectura de los clásicos europeos y americanos de los siglos XIX y XX? Quizá la intención: la voluntad inquebrantable del escritor que persigue la corza herida en cualquiera de las metamorfosis que se le presenten. Quizá el gusto de empaquetar juntos los pequeños presentes de unos cuantos años de vida vinculada a la literatura en todo su proceso creativo, decisivo de edición y amable de lector.
Stendhal y los otros realistas, la ópera, la alta cocina, el cine negro, la historia de Europa en los últimos años del XIX hasta la Revolución rusa, años efervescentes de creación y pasiones, dibujan un territorio donde Adolfo García Ortega se mueve con el placer del cicerone que trabaja gratis, por el placer de enseñar.
Pero hay un cuento, antes mencionado, que verdaderamente me ha imantado y conmocionado, por su radicalidad narrativa, escueto y seco como los relatos de un gran narrador americano como Cormac McCarthy. Es Vidas, mitad de trayecto. (Otra vez el divino Dante en el título.) ¿Qué puede ocurrir en un día laborable, en una gran ciudad, desde las 5.30 horas a las 20.30? Los personajes, apenas entrevistos en una página, van encadenándose con los siguientes, en una gran maraña humana, una colmena, un hormiguero. Son (somos) electrones girando alrededor del núcleo de la vida, asimilándolos o rechazándolos a una vía muerta, por azar. Cruces, coincidencias, cadena de trivialidades. Y un narrador magistral: con su mirada neutra del tú que señala y que a la vez conforta al lector, porque une ante la adversidad de lo desconocido: la vida. Un precioso canto a la soledad solidaria: todo el espectro social, desde un director de museo estatal destituido, una emigrante que limpia su casa, una mujer que se prostituye para completar el mes, parados, un vendedor de cedés abandonado por su mujer, un conductor de autobús, un hombre que va a recoger los resultados de una prueba de cáncer de pulmón…
Era Monterroso el que dejó escrito que un buen cuento tiene que ser triste. Los nueve cumplen con la premisa del maestro del relato. Queda un peso amargo de despedida en ellos, especialmente en Habib, donde un hombre mantiene durante unos días encendida la llama apasionada de su doble vida de homosexual oculto, con un sirio que se prostituye y que en silencio le ama.
De lectura individual, La ruta de Waterloo termina convirtiéndose en un conjunto modulado que deja en el paladar literario el “retrogusto” agridulce de los cuentos amados y amasados por el autor durante largo tiempo, luego dormidos, para ser desempolvados, reunidos en gavilla y, por fin, puestos al sol de los lectores. Un gusto. Menoscuarto se ha convertido en una editorial imprescindible.

lunes, abril 06, 2009

La alambrada, José Marzo

ACVF Editorial, Madrid, 2009. 111 pp. 8 €.

Miguel Baquero

Editada por primera vez hace siete años, sale ahora la segunda edición de La alambrada, la tercera novela del madrileño José Marzo. Subtitulada La deconstrucción de un individualista, La alambrada es una novela corta con vocación de desprenderse de todo lo superfluo e ir desde el primer momento, desde la primera frase: «Me telefonearon pasada la medianoche para decirme que mi tío había muerto», en busca de los temas universales: en este caso, las maneras de vivir, las diferentes posturas que los hombres adoptamos ante el discurrir del tiempo, y tratar de establecer, al menos de vislumbrar, cuál de ellas puede ser la más correcta. La más humana. La más moral.
Novela de reflexión pero al mismo tiempo contada con ligereza, muy cercana al estilo del mejor Baroja de El árbol de la ciencia, el autor no busca en ningún momento establecer afirmaciones categóricas, quizás ni llegar a una conclusión. Planteada como un largo diálogo entre un joven que empieza a vivir y su tío, un hombre hasta hace poco vital, individualista, nihilista y un punto cínico, que de pronto se encuentra enfrentado a una muerte inminente, a lo largo de las páginas de La alambrada se van poniendo (lanzando) sobre el tapete cuestiones sobre la vida que a todos nos afectan. Escenas que nos invitan a pensar.
De un lado, el tío enfermo, un hombre que hasta hace poco se encontraba seguro en la vida y contemplaba a los demás con cierta cínica suficiencia, encuentra de repente que sus ideas (o la carencia de ellas), que él creía un terreno firme, y la cultura que consideraba un refugio seguro, comienzan a desmoronarse, a «deconstruirse», sin que al fondo de todo ello, en un primer momento, parezca que vaya a haber nada. Hombre vital, ya se ha dicho, atado al presente, un hombre que ni siquiera se había molestado hasta entonces en ordenar sus recuerdos de forma cronológica, se encuentra de pronto con que pierde pie y en su confusión no encuentra ningún asidero que le frene en la caída. Del otro lado, un joven que hace poco ha salido de la adolescencia, esa etapa que tan feliz se nos aparece en la distancia pero que en realidad te expulsa cargado de traumas, de complejos, de frases que te han quedado por decir, de decisiones que no tuviste el valor de tomar. José Marzo acierta a pintar estos dos caracteres sin otro fondo que una habitación de hospital, apenas unos paisajes diluidos en el recuerdo, y en el diálogo entre ambos, fluido, diverso y, lo que es más importante, desnudo y sin tapujos, asistimos a la comedia humana. Esa comedia cruda, absurda y, a ratos, literaria que los hombres se ven abocados a cumplir desde el inicio de los tiempos.
No diré aquí lo que, finalmente, el tío moribundo acaba por encontrar, como una moneda de oro, al fondo del fango, ni en qué se impulsa el joven para obviar, o aplazar al menos, el absurdo y seguir hacia delante. Novela humana y profunda, emparentada con lo mejor del existencialismo, La alambrada se aparta de cuanto sea conformismo y distracción (en el peor sentido, en el sentido de no querer advertir lo que ocurre alrededor) y apuesta por una constante incitación al lector para que se detenga a pensar, para que considere lo que es y abra los ojos, sin el recurso fácil a esas ideas que flotan espesas por el aire.
«Cuando mi tío nos visitaba, yo sentía que un soplo de aire fresco entraba por la puerta. Cuando partía y la puerta se cerraba, la pipa de mi padre (un hombre idealista, el paréntesis es mío, y adepto a los grandes conceptos) recuperaba el espacio perdido. Ahumaba el salón; el humo se deshilachaba por el pasillo, bajo las puertas, flotaba en los dormitorios, ocupaba la casa entera. Todo parecía cubierto de un humo de responsabilidad y compromiso sin fisuras que se adhería a las paredes y las penetraba».

viernes, abril 03, 2009

Tierra y cenizas, Atiq Rahimi

Trad. Masoud Sabouri. Lengua de Trapo, Madrid, 2009. 96 pp. 8.98 €

José Morella

Tierra y cenizas cuenta el viaje de un hombre, Dastguir, y su nieto, Yasin, hacia la mina de carbón donde trabaja el hijo del primero y padre del segundo. Van a contarle que su aldea ha sido arrasada por los rusos, y toda la familia excepto ellos ha perecido. Yasin se ha quedado sordo por culpa de las bombas, pero él piensa que, por el contrario, las bombas le han quitado la voz a todos los demás. El estilo lacónico y pulcro de Rahimi es un esfuerzo por representar la máxima violencia con la mayor delicadeza posible. Consigue evitar lo obsceno de la guerra y explicar la guerra al mismo tiempo, sin quitarle un ápice de dolor. Salpica el desierto narrativo de su historia con gotas de poesía destilada, mineral. Eso es lo que la literatura todavía puede ganarle a la imagen televisiva. Se pierde lo obsceno y se gana profundidad y verdad. Porque la verdad necesita una reflexión, un proceso de digestión mental, y la imagen de la pantalla no es más que brutalidad en el salón de tu casa. Acto sin reflexión.
Atiq Rahimi habla de su país desde una posición que podríamos llamar la del extranjero autóctono. Tal vez ningún otro afgano, demasiado implicado en su propio tejido de país, podría haber escrito una novela como esta. Rahimi lleva años de exilio en París. Cada día, a las diez de la mañana, se va a un bar, siempre el mismo. Pide un desayuno, y en cuanto el bar comienza a estar lo suficientemente lleno para que él se sienta solo, se pone a escribir. Se va de allí unas doce horas después. En una entrevista, Rahimi explica que eso sería imposible en su país: «en ciertos países, como Afganistán, no se tiene derecho a la soledad. La vida en familia, la vida social, política e intelectual te obliga a estar todo el tiempo en contacto con otras personas (... ) Hay miradas, sabes que estás siendo vigilado». En el año 2000 volvió a su país para hacer un reportaje fotográfico de encargo para una revista francesa, y notó el choque del retorno: «todo el mundo dice que partir es morir un poco. Yo digo que volver también es morir», dice Rahimi. Su país parece obsesionarle, pero para poder hablar de él necesita colocarse en el mundo como un extranjero. Acercarse a sus compatriotas como si estos fueran extraños. Y lo son. Ahí descansa la calidad de su mirada. En el extrañamiento. Ver en las cosas que creemos normales lo extrañas que en realidad son. En el rodaje de la película basada en Tierra y cenizas, rodada en Afganistán, Rahimi se sintió totalmente fuera de lugar, extranjero: habían programado incendiar un pequeño pueblo para algunas escenas. Era un pueblo totalmente destruido y abandonado. Reconstruyeron parcialmente el lugar de forma muy frágil, apenas unos decorados, todo en papel y madera. También reconstruyeron una mezquita. De repente, apareció gente que empezó a ir a rezar a la improvisada mezquita de cartón piedra. Les daban las gracias, imaginando que eran una ONG que iba a reconstruir todo el pueblo. Rahimi dice: «cuando digo que el arte es inmoral quiero decir esto: teníamos los medios para construir un pueblo sólo para destruirlo después. ¿Imagina el efecto de eso en aquel lugar? Yo les explicaba lo que era y les mostraba que, si se apoyaran en la pared de la mezquita, todo se iría abajo. Pero el día en que íbamos a filmar una escena muy importante, una parte de la mezquita se incendió y hubo una revuelta. Llegó gente de otros pueblos con armas. Fue peligroso. Durante todo el tiempo estuvimos amenazados y quisieron colocar explosivos donde filmábamos». Rahimi es, al mismo tiempo, el extranjero más alejado posible y el afgano que más de cerca, con más amor y sutilidad, nos ofrece una crítica honesta. Él mismo se coloca en el centro de la crítica cuando dice que el arte es inmoral, y no le importa. Esa autocrítica es la esencia de ser un extranjero «de la casa». Por ella lo es. Su mirada está corrompida de exterioridad y, precisamente por eso, es la más limpia posible.

jueves, abril 02, 2009

El amante imperfecto, Carlos Chernov

La otra orilla, Barcelona, 2008. 256 pp. 17 €.

Miguel Sanfeliu

Carlos Chernov es poco conocido en España. De hecho, sólo había publicado el libro de cuentos Amores brutales (Mondadori, 1998 – Reservoir books), cuyo contenido es todo un catálogo de deformidades que fue suficiente para que me interesara seguirle la pista. Esperaba que se publicara alguno de sus libros. Pero la espera fue infructuosa. Le busqué por internet y averigüé cosas sobre él, como que había nacido en Buenos Aires, en 1953; o que en 1993 ganó el premio Planeta en Argentina, con su novela Anatomía humana; que es médico psiquiatra; que es autor, además, de las novelas La conspiración china y La pasión de María, y de otro libro de cuentos titulado Amor propio. En una entrevista dijo: Hay un nivel que tiene que ver con la extrañeza y la inverosimilitud, pero por debajo de eso hay personas: escribo desde el sentimiento, lo cual es una buena descripción de su manera de enfocar la literatura y del modo en que trata a sus personajes, manteniéndoles en el límite entre la normalidad y el delirio.
El IV Premio de novela La otra orilla lo ganó Carlos Chernov con su obra El amante imperfecto, lo cual nos ofrece la oportunidad de descubrir a este autor singular cuyas historias se deslizan con el paso lento e inexorable del reo que se encamina al cadalso. Sabemos que la tragedia puede aparecer en cualquier momento. Somos testigos de delirantes conclusiones, de planes inverosímiles por parte del personaje, locamente enamorado de una muchacha evidentemente idealizada por su mirada.
Guillermo, tímido, apocado, que vive con su madre, cuyos largos y embarazosos abrazos soporta con estoicismo ejemplar, está perdida e irremediablemente enamorado de Helenita, una joven vulgar que se siente encantada de ser la destinataria de una pasión tan intensa, por lo cual, aunque se casa con otro hombre, procura no perder el contacto con él, alimentando un deseo que, cuando parece alcanzable, le estimula a emprender las más absurdas empresas, encaminadas todas ellas a deslumbrar a la amada. Su vida se convierte en un trayecto hacia Helenita. Todos sus actos van encaminados a conseguirla, lo cual dificultará su relación con otras mujeres. El amor convertido en obsesión, en motor de la propia vida en el sentido más literal del término.
Chernov maneja con maestría la tercera persona subjetiva y nos involucra en las elucubraciones de su personaje, en los razonamientos que guían sus actos, en sus conclusiones. De este modo, nos hablará del amor como finalidad y elemento determinante del ser humano, las conexiones entre el deseo y su consecución, el papel del sexo y de la capacidad de interpretar los acontecimientos de acuerdo a un patrón establecido, pero, por encima de todo, de cómo el ser humano interpreta la realidad según sus propios intereses.
El amante imperfecto es una obra muy amena, narrada con un estilo muy cuidado y medidas dosis de humor. Pese a que nos mantiene pegados al personaje de Guillermo, a su forma de pensar, mantiene una distancia que transmite cierta ironía y que bordea la caricatura sin llegar a caer en ella. Un libro que se lee con interés y que permite conocer a un autor muy recomendable.

miércoles, abril 01, 2009

El sueño de la fiebre, Miguel-Anxo Murado

Traducción del autor. Lengua de trapo, Madrid, 2009. 172 pp. 18,50 €.

Ignacio Sanz

Dos amigos, desconocidos entre sí, me habían hablado con mucho entusiasmo de Murado, escritor gallego que se ganaba la vida como reportero de guerra en algunos de las refriegas abiertas en el mundo. Uno de ellos, además, me contaba que cada día se trasladaba al frente en un taxi junto con otros compañeros. Salían del hotel los periodistas y fotógrafos y le decían al taxista: llévenos al frente a ver cómo anda aquello. Como si fueran descendientes directos de Gila. A partir de esas experiencias Murado escribía, convenientemente distorsionados, relatos tremebundos sobre las contradicciones y disparates que se producen en todas las guerras.
Parte de esas experiencias las volcó en Ruido. Relatos de guerra, centradas en el conflicto yugoslavo, un libro que corrió de mano en mano entre los lectores fervorosos. Posteriormente publicó Fin de siglo en Palestina, considerado como el «Libro del año» por la Asociación Gallega de Editores donde ahonda en las brechas que abre la guerra en la sociedad circundante.
Con El sueño de la fiebre, objeto de este comentario, Murado no se aparta del todo de la guerra, porque alguno de los relatos tiene como protagonista de fondo el conflicto palestino, pero el hilo conductor de estas historias es la fiebre, los estados febriles que sacan al mundo de la realidad y lo colocan en ese grado de calentura en la que se pierde la nitidez para contemplar pero, al mismo tiempo, nos descubre realidades fantasmales latentes en nuestra cabeza. Entre relato y relato y entre lo real y lo ficticio, Murado hilvana unos excursus sobre la fiebre entre reales y ficticios que recorren todo el libro y que resultan muy reveladores: «La fiebre no es una tiniebla, es una luz cegadora. Recuperarse de ella es como flotar en la oscuridad, como cuando se sale a flote de un baño de agua caliente. La temperatura del cuerpo va descendiendo lentamente y la carne se estremece con un placer que tiene que ser similar al placer de revivir.»
La fiebre, los estados febriles, a veces de apariencia irreal o fantástica, dan vida a la mayoría de los relatos ambientados en escenarios que van de la Galicia rural de Los otros, El sueño de la nieve o El remordimiento hasta los situados en una Roma lejana o en un Santiago de Compostela inquisitorial. Pero todos están tocados por un hilo sutil de fiebre, de irrealidad, de fantasía contenida, muy lejos de la fantasía desbordante de su paisano Cunqueiro en el que Murado bebe, sí, pero a tragos cortos, con templanza.
Jan Van Iriis, joyero, el cuento con el que se abre el libro, que discurre en un Santiago de Compostela de principios del siglo XX, podría servir como ejemplo de esa atmósfera inquietante y perturbadora que salpica al resto de los relatos. Por lo demás, Murado escribe con la agilidad propia de un periodista, es decir, con eficacia.
Acaso por ello el lector se transforma con la lectura de estas historias y acaba, también él, poseído por la fiebre, empujado a leer, a seguir leyendo, como si estuviera contagiado por la reverberación febril en la que nos mete Murado con estas historias fantásticas, escritas o al menos imaginadas, si no en un estado febril, sí en estado de gracia.

martes, marzo 31, 2009

Con la soga al cuello, Flavia Company

Páginas de Espuma, Madrid, 2009. 139 pp. 14 €

Rubén Castillo Gallego

Una de las dificultades, y de las magias, que tiene un volumen de relatos, es que la persona que lo compone debe cambiar de tono, de registro, de personajes y de tema varias veces, sin que el conjunto se resienta, se desnivele o resquebraje. Es un esfuerzo titánico, que pocas firmas consiguen. La escritora Flavia Company (de la cosecha bonaerense del 63) ha compuesto, en este libro que le acaba de publicar el perspicaz Juan Casamayor en Páginas de Espuma, una de esas raras piezas. Diecinueve composiciones, diecinueve malabarismos, diecinueve universos, condensados en un tomo de bellísima presentación y de enjundioso contenido, que captura a los lectores desde las primeras líneas. Tenemos allí, esperándonos, a las ancianas que conviven con la dignidad y con la pobreza en Una vida en común; la intrigante situación de Paqui, una sirvienta de la que su señora no puede tener más queja que el hermetismo que la envuelve (La criada); la historia de infidelidad de una abogada escrupulosa y ordenancista, que traiciona a su pareja con su nueva ginecóloga (Rodajas de limón); la anómala convivencia de un hijo que frisa los sesenta años y un padre que supera los ochenta, tan maniático como manipulador (Padre e hijo); el desasosiego que genera un hombre de mentalidad inestable en los miembros de su familia (La réplica); etc. Las ofertas y seducciones literarias que nos lanza Flavia Company son muy diversas, y todas construidas con finura, elegancia y sensibilidad. Además, hay algunos cuentos que habrían hecho las delicias de otros tantos maestros del género, y que parecen rendirles tributo. Así, el relato Con luz verde explora las posibilidades infernales de un taxi, de la misma forma que Cortázar había indagado las de un autobús; y Julio Equis, aparte de su intrínseco homenaje nominal, sin duda hubiera sido del agrado de quien escribió sobre las peripecias de Lucas o sobre las cosas que suceden cuando se da la vuelta al día en ochenta mundos... Pero es que la versátil Flavia Company (de la que se nos dice en la solapa del volumen que es licenciada en Filología Hispánica, traductora, periodista, profesora, patrona de yate y que toca el piano) no se conforma con regalarnos diecinueve argumentos sorprendentes, sino que postula otros tantos lenguajes, otras tantas piruetas estilísticas, para que el lector no se acomode nunca en una aproximación fácil y repetida: los cambios de voz narrativa, la sintaxis mutante y la movilidad de escenarios salpican el texto de mercurio, de fiebre, de alegría. Se nota que la escritora disfruta contando, y que lo desea hacer (y lo hace) de mil maneras distintas. Dice José Carlos Llop en uno de sus libros (El informe Stein) que el padre Cristino “sabía a la perfección a quién iba a suspender la vida, a quién iba a aprobarlo y a quién a darle un notable. Porque el padre Cristino sabía que la vida no regalaba jamás un sobresaliente”. Es una frase dura y quizá cierta. Pero no es arriesgado asegurar que el talento desplegado por Flavia Company en este volumen editado por Páginas de Espuma sí que se merece, cuando menos, un notable bien alto.

lunes, marzo 30, 2009

Corazones sagrados, Juan Pimentel

Ediciones de La Discreta, Madrid, 2007. 144 pp. 13 €

Juan Marqués

Del investigador Juan Pimentel (Madrid, 1962) ya son bien conocidos y admirados los ensayos que ha ido produciendo su carácter de apasionado historiador en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. En ellos, y entre otras muchas virtudes, se podían apreciar sus excelentes dotes para la lectura, y no era difícil sospechar que alguien tan hábil para descifrar textos ajenos debía tener un cajón lleno de intentos propios.
Esta actividad literaria, más o menos secreta, ha quedado ahora felizmente demostrada con la silenciosa aparición (en una editorial cuyo nombre parece una simpática declaración de intenciones) de Corazones sagrados, una colección de doce cuentos perfectamente independientes que, sin embargo (y como es habitual en los libros de relatos breves), tienen también voluntad y vocación unitarias y comparten intenciones, en este caso de forma muy clara. Son todos textos que tienen mucho de iniciático, como fragmentos o episodios de una pequeña bildungsroman particular, y en ellos late la retrospección autobiográfica. La contracubierta nos avisa de sus evidentes ecos memorialísticos, pero a la vez nos previene contra las apariencias, recomendándonos sabiamente no ser demasiado crédulos ante lo que se nos relata. Hay al menos tres cuentos protagonizados por un tal Juan, pero ni sabemos si en todos los casos es el mismo, ni —si así fuese— convendría identificarlo automáticamente con el autor, el cual sabe difuminar su yo, consiguiendo, más que un ajuste de cuentas con su infancia, unas narraciones donde subyace una gran complicidad consigo mismo. Tener razón antes de tiempo es una forma de equivocarse, decía no sé qué emperador romano, y no conozco mejor consejo a la hora de leer cualquier género de narrativa, sobre todo si viene teñida por la «realidad» o por el recuerdo íntimo.
Resulta especialmente sugerente ese pequeño cuento que va explorando a lo largo de los años la Plaza de Castilla (que es ya uno de los epicentros de cierta nueva mitología madrileña), cuyo último párrafo puede hacer pensar que no se nos habla tanto de la plaza como del propio relato que estamos terminando de leer, de todo lo que queda por encima y por debajo de nosotros y del texto, intuido y presente pero no visto, no dicho, en una suerte de versión de la teoría del iceberg de Hemingway. Pero también se disfruta del que abre el libro (donde al final hay una justa desmitificación de las drogas expuesta con cierto moralismo contenido y no molesto), o aquel en el que el bañador verde de una adolescente da forma y color al recuerdo (casi como una erótica magdalena proustiana) de un verano muy especial. Algo muy parecido sucede en “Mentiras sobre Ondarreta”, y también el “Primer paseo en bicicleta” supone un hito en la educación sentimental del narrador, invitado por su padre a la valentía vital (y ése es un regalo que, pasados los años, sabe agradecer más que el de la propia BH azul).
Un tono más melancólico y privado tienen las “Cuatro posdatas” que constituyen la segunda y última sección del libro, y que seguramente son también las piezas mejor escritas y las más emocionantes. Son cuentos especialmente breves y también valientes, porque Pimentel no tiene complejos ni prejuicios a la hora de terminar unas páginas preciosas con el deseo de “Que Dios bendiga tu vuelo” (p. 127). Los escritores «posmodernos» padecen un miedo atroz a resultar o parecer cursis o blandos, o a que les crean creyentes, y así renuncian a palabras y símbolos muy valiosos. Su aversión a lo espiritual (y no es lo mismo espiritual que religioso) les hace rechazar también muchas posibilidades de alcanzar cierta belleza o conmoción, que Pimentel aprovecha aquí incluso en el título general del libro. Se puede ser sentimental sin resultar ridículo, o delicado sin caer en lo lacrimógeno, y esto queda completamente demostrado en esas «posdatas»: las cartas que el narrador (o los narradores) envía a su hija Carmen, a su hijo Javier y a su pareja, y la evocación agridulce de su hermana Luisa. En ellas les dice cosas sabias y hermosas, les anima a vivir con intensidad y atención, y les desea felicidad y suerte en un mundo (tanto el «real» —este de aquí, tan nuestro— como el narrativo —ese de «allá», de papel y de tinta—) en el que, si se lee bien, «aún se escucha un silencio antiguo, el eco de una pena honda» (p. 123). Es ese eco del pasado, por encima de cualquier otra cosa, el protagonista verdadero de este inesperado y excelente libro. Un eco que rastrea palabras que nos salven. Un impulso que querría fundar un mundo que no duela.

viernes, marzo 27, 2009

Mendel el de los libros, Stefan Zweig

Trad. Berta Vias Mahou. Acantilado, Barcelona, 2009. 64 pp. 9 €

María Ruisánchez Ortega

Mendel el de los libros es un relato que ha permanecido inédito en castellano hasta este momento. Acantilado nos trae de nuevo a Stefan Zweig con una novela escrita en 1929, que versa sobre la exclusión, y retrata la Viena nazi, a través de un personaje, Jakob Mendel, extraño ser, librero de profesión, que vive ensimismado en una realidad diferente y opuesta a la de sus contemporáneos.
Cualquier librero querría tener esa memoria prodigiosa de la que hace gala Mendel para almacenar tantos datos, precios y detalles acerca de los libros que atesora. Cada tomo le cae en las manos como un regalo que escrupulosamente disecciona. Único en apreciar lo que hay detrás y entre las cosas. Capaz de encontrar cualquier ejemplar. El personaje de Mendel, no se narra a sí mismo, no piensa en párrafos, a penas habla, son los que le rodean los que lo describen. Pero a pesar de que tenemos un punto de vista externo, nos damos cuenta de cómo esto le confiere al personaje más profundidad, que si estuviésemos alojados en su cabeza, viendo por sus ojos a través de sus lentes gruesas, ya que sólo descifraríamos unas letras que se arremolinarían en valiosas hojas. Sería cómo estar dentro de una computadora, una base de datos llena de libros, precios, editoriales y tamaños. Por eso, paradójicamente, la visión externa del personaje, nos retrata a Mendel mejor, de lo que él mismo podría retratarse.
Tan importante como el personaje, es también en esta novela el lugar, un café Gluck en el que se ve la transición de una época, donde los viejos valores humanos van perdiendo potestad a favor del progreso, y un mundo más práctico, más productivo, con más beneficios, que deja de lado a las personas. En este sentido encontramos la metáfora en la propia remodelación del café, su cambio de dueño, y con ello, el cambio brutal de época histórica. No olvidemos, que ese lugar conforma todo el mundo de Mendel.
Stefan Zweig utiliza un lenguaje sencillo, conciso, elegante, salpicado de frases para la eternidad, demoledoras: «Mendel ya no era Mendel, como el mundo ya no era el mundo». Este lenguaje sin artificios es perfecto para la fábula, para la alegoría. Al leer este relato he sentido la necesidad de extrapolarlo, arrebatarle las épocas y los tiempos, para confirmarme que también hoy, en el mundo que nos rodea existe una exclusión total hacia el diferente, hacia el que hace su vida en otro mundo, hacia el inteligente. A menudo pensamos que se premia una conducta intelectual, pero los medios de comunicación, la gente de a píe da constantemente bofetadas al saber, lo excluye de sus vidas, porque pensar, quizás, es demasiado doloroso. Y esto es lo que he visto en Mendel, como un hecho absurdo, como la ignorancia extrema, lleva a un hombre a la muerte.
No en vano, la novela concluye con estas líneas: «Precisamente yo, que debía saber que los libros sólo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda la existencia: la fugacidad y el olvido».

jueves, marzo 26, 2009

Envidia, Yuri Olesha

Trad. Marta Rebón. Acantilado, Barcelona, 2009. 200 pp. 17 €

Carmen Fernández Etreros

Yuri Olesha es considerado como uno de los mejores escritores rusos del siglo XX y, sin embargo, es casi un desconocido para los lectores europeos. Yuri Olesha (Ucrania, 1899 - Moscú, 1960) presenta en esta novela Envidia una sátira original sobre la sociedad rusa de la época y sobre las consecuencias irreparables del asentamiento de un sentimiento tan básico como la envidia en el alma humana.
El escritor Yuri Olesha nació en el seno de una familia noble de origen polaco, estudió en la Universidad de Novoróssiya, sirvió en el Ejército Rojo y ejerció como periodista. En 1922 se instaló en Moscú y colaboró en el periódico Gudok, junto con Mijaíl Bulgákov e Ilf & Petrov. Entre sus obras destacan la novela Los tres gordinflones (1928) editada en España por Siruela en 1992 y la comedia La lista de las recompensas (1931).
Esta novela Envidia (1927) se considera su obra cumbre y, gracias a la Editorial Acantilado que la ha editado recientemente, podemos ahora disfrutar de su ironía y cinismo. Su argumento es sencillo: Un hombre Andréi Bábichev es considerado un ciudadano ejemplar para el sistema. Trabaja como director de una fábrica de alimentos cuya misión es proveer de salchichas al proletariado. El azar y la mala suerte le lleva una noche a encontrarse con Nikolái Kavalérov, que acaba de ser expulsado borracho de una taberna. Andréi lo invita a vivir en el sofá de su casa y, a trabajar para él a cambio corrigiendo pruebas. Pero este amable gesto no bastará para atemperar el odio teñido de envidia que se va asentando y creciendo en silencio hacia su benefactor. Ese único sentimiento «la envidia» se convertirá en el peor enemigo del “hombre admirable” para la sociedad, una vez que se instala definitivamente en el corazón de Nicolái:
«—...Sí, la envidia. Aquí se tiene que representar un drama, uno de esos grandiosos dramas del teatro de la historia que durante mucho tiempo suscitan en la humanidad el llanto, el éxtasis, la compasión y la ira. Usted aunque no lo comprenda es el portador de una misión histórica. Usted es, por decirlo así, un grumo. Un grumo de envidia de la época que perece. La época moribunda envidia lo que la desplaza» (p. 130).
Aunque la novela al principio parece un alegato a favor del sistema, y así paso desapercibida para la crítica de la época, a medida que avanzamos en la lectura nos damos cuenta del ataque velado y certero. Un papel destacado supone el personaje del hermano de Andréi, Iván, hombre excéntrico, vengativo e intrigante, que incitará y alimentará la envidia de Kavalerov en una «conspiración de los sentimientos», incluso hasta hacerle pensar en el asesinato del «hombre honorable».
De Envidia hay que valorar sin duda el análisis psicológico de los personajes, y sobretodo la descripción minuciosa del carácter dubitativo de su protagonista Nicolái Kavalerov a través de sus pensamientos, sus paseos por la ciudad o sus conversaciones con Iván. En estos reconocemos la crítica del autor, sus dudas y ataques al sistema.
Una novela diferente a las que nos encontramos en el panorama literario actual y que sorprende por esa defensa del poder de los sentimientos, «de una conspiración de sentimientos» como motor de cambios insospechados. Un simple sentimiento humano y natural como la envidia puede poner en peligro toda la maquinaria de la vida cotidiana, e incluso a veces puede herir de muerte una sociedad.

miércoles, marzo 25, 2009

La Gran Guerra, John H. Morrow Jr.

Trad. David León Gómez. Edhasa 2008. 764 pgs. 40,50 €

Alberto Luque Cortina

Es muy probable que en el futuro las dos guerras mundiales del siglo XX se estudien como un solo conflicto de treinta años de duración, un gran tsunami del que aún padecemos la última y más devastadora ola, la producida entre los años 1939 y 1945, Hitler, el exterminio judío, la bomba atómica, el «nuevo» orden mundial siempre igual de viejo. Aunque la Segunda Guerra Mundial ocupa un lugar destacado en el imaginario popular, su hermana mayor, la guerra del 14, la primera, la Gran Guerra, constituye en mi opinión uno de los momentos más trascendentales de la historia moderna de Occidente, como lo fue en su momento la colonización europea de América, por lo que supuso de quiebra de los principios y valores dominantes hasta la fecha.
Premonitoriamente, la noche en que Inglaterra declaró la guerra a Alemania, Sir Edward Grey, ministro británico de Asuntos Exteriores, afirmó: «Se están apagando las luces de toda Europa, y no vamos a volver a verlas brillar en nuestra vida». Aún hoy resulta difícil evaluar las consecuencias de este conflicto. La Gran Guerra, de John H. Morrow Jr., es un intento de ofrecer nuevas perspectivas a esta contienda, cuya historiografía, entre la que destaca la obra de Hew Strachan, no es muy abundante en el mercado español, si bien es cierto que la cultura occidental se ha hecho eco de la Primera Guerra a través de múltiples manifestaciones, muchas de ellas sobresalientes: desde la literatura autobiográfica –Adiós a todo eso (Robert Graves, 1929) –, a la novela basada en la experiencia personal –El fuego (Henry Barbusse, 1917), o Sin novedad en el Frente (Erich Maria Remarke, 1927) –, pasando por el cine –Senderos de Gloria (Stanley Kubrick, 1957) o Gallipoli (Peter Weir, 1981) – hasta los inquietantes grabados y pinturas de Otto Dix. Todas estas obras subrayan la barbarie de una guerra para la que, merced a los nuevos avances tecnológicos, ninguno de los bandos estaba preparado.
El estudio de Morrow, profesor de Historia de la Universidad de Georgia, es muy revelador en este sentido. En primer lugar, los importantes avances tecnológicos propiciaron las mejoras del armamento tradicional y la invención de nuevas armas, como los obuses y morteros, los lanzallamas o las ametralladoras, los tanques o las nubes de gas, frente a las cuales las viejas estrategias militares, como las cargas de caballería, resultaban inoperantes y por completo desastrosas. A esto debe sumarse una deficiente operatividad sustentada muchas veces en pésimas comunicaciones y rígidas cadenas de mando cuyas órdenes eran emitidas desde lugares alejados del campo de batalla.
Todos estos errores se pagaron con un elevado coste humano. Más de nueve millones de soldados perecieron en acciones, muchas de ellas suicidas, donde el honor nacional y un trasnochado sentido del deber se anteponían a la vida de los combatientes. Este espíritu parece reflejarse en la contundente respuesta del general alemán Von Falkenhayn al canciller Hollweg, tras conocer la entrada de los ingleses en la guerra: «Aún si perecemos, habrá sido una experiencia exquisita». Su epitafio, según los datos de Borrow: 2,3 millones de soldados rusos muertos; 2 millones de alemanes; casi 2 millones de soldados franceses; austrohúngaros: 1.000.000; británicos: 800.000; turcos: 770.000; 450.000 italianos; 126.000 estadounidenses; serbios: 125.000; australianos: 59.000; canadienses: 57.000; belgas: 40.000; senegaleses: 29.500. Esto sin contar otros pequeños contingentes y las víctimas civiles, entre las que se hallan cientos de miles de armenios.
Los datos aportados por el autor sobre la evolución de la guerra en los diversos frentes son muy significativos, y en el caso francés apelan directamente a la incompetencia del general Joffre y su nefasto sucesor Robert Nivelle, quien hizo famosa la frase, después utilizada en contextos bien distintos, «Ils ne passeront pas!» («¡No pasarán!»). El 21 de agosto de 1914, por ejemplo, en la batalla de Charleroi, los franceses sufrieron 130.000 bajas. De los dos millones de soldados galos muertos, 450.000 cayeron en los cuatro primeros meses de guerra. Estas cifras son extensibles al resto de contendientes. A modo de ejemplo, en el primer año de guerra, de los 1.100 combatientes del batallón de fusileros reales de Gales sólo sobrevivieron 86 tras tres semanas de combate en Ypres.
En contra de las intenciones alemanas, la invasión de Francia y Bélgica pronto se estancó, dando lugar a la guerra de trincheras y a una prolongación ruinosa del conflicto. Muchas posiciones, a veces sólo separadas por unas decenas de metros, apenas llegaron a moverse durante los tres años y medio siguientes y sólo a costa de numerosas vidas. La mortandad continuó en 1915. Las cuatro quintas partes de las tropas de la Entente apostadas en Tesalónica murieron de paludismo. En Gallipoli murieron casi medio millón de hombres, pero para los australianos constituye un hito clave en la creación del sentimiento de nación. 1915 fue también el año del exterminio del pueblo armenio a manos de los turcos. En 1916 llegaría la batalla de Verdún, la más larga de la guerra, sin consecuencias decisivas, aunque los franceses la consideraron como una victoria, pírrica si se considera el número de bajas galas –1,2 millones– frente a las alemanas –700.000–. Los británicos tuvieron su propio Verdún en el Somme: el 1 de julio de 1916 lanzaron un ataque en el que sufrieron, sólo ese día, 60.000 bajas y 20.000 muertos.
Estas cifras, no siempre pacíficas entre los historiadores, manifiestan la crudeza del enfrentamiento, pero no añade nada nuevo a los estudios previamente publicados. El interés de la obra de Morrow está en la visión panorámica de los diversos frentes, desde la guerra submarina hasta la aérea –donde aún «sobrevuelan» los nombres de los aviadores Oswald Boelcke, Manfred Freiherr von Richthofen, o Lanoe Hawker–, incluyendo la retaguardia civil, de especial importancia, donde se aborda, entre otros, el papel de la mano de obra femenina y sus consecuencias sociales en la lucha por la igualdad de sexos.
Por lo que se refiere a la crónica de los episodios bélicos, Morrow incluye las voces de los soldados anónimos gracias a su acceso a numerosa correspondencia, y repasa los diversos escenarios de la guerra, desde Bélgica hasta el África Oriental, donde tuvo lugar el enfrentamiento, glosado abundantemente por la épica belicista, entre el ejército colonial de Paul von Letow-Vorbeck, en su mayoría formado por nativos, y las tropas, superiores en número y pertrechos, de la Entente. Durante más de tres años el contingente de Letow-Vorbeck fue perseguido infructuosamente a través de selvas y montañas por todo el África Oriental. El militar alemán nunca fue derrotado y se rindió el 25 de noviembre de 1918, 14 días después del armisticio.
Aunque los combates e insurrecciones en las colonias fueron parciales y focalizados, los europeos lograron extender el conflicto «importando» combatientes nativos a los principales campos de batalla. A los regimientos indios reclutados por los británicos deben sumarse los más de 600.000 senegaleses que combatieron bajo bandera francesa. De los africanos se temía su promiscuidad sexual –de hecho fueron confinados, al igual que los indios, para que no se mezclaran con las mujeres blancas– y se admiraba su raza guerrera. Los senegaleses participaron en la vanguardia de los ataques más arriesgados con el objetivo expreso de evitar, en la medida de lo posible, «el derramamiento de sangre francesa». Clemenceau afirmó, refiriéndose a estos, que prefería «ver muertos a diez de ellos que a un solo francés». Esta suerte de racismo, no en vano hablamos de una guerra entre cuyas causas se encuentra la carrera colonialista, mostró su cara más áspera en el desprecio del gobierno y la sociedad civil estadounidense hacia los batallones de negros que lucharon en Europa. Mal equipados por sus superiores, algunos de estos regimientos tuvieron que combatir con cascos, pertrechos y armamento franceses.
Aunque en ocasiones el texto pueda pecar de efectista por lo que se refiere a las descripciones de los hechos bélicos, La Gran Guerra es una interesante introducción a una contienda donde casi todos perdieron a excepción, quizá, de Estados Unidos, cuya intervención resultó decisiva para la guerra y para su encumbramiento como primera potencia mundial militar y económica. Los abundantes datos incluidos y el enfoque amplio del estudio pueden servir de estimulante preámbulo para la reflexión sobre un conflicto desgraciadamente inacabado.

martes, marzo 24, 2009

Historia de las despedidas, Pedro Sorela

Alianza Editorial, Madrid, 2008. 299 pp. 18 €

Alba González Sanz

Un personaje de este libro se pregunta, como metafísica apertura, dónde empiezan los viajes. Sus respuestas van desde el control de pasaportes de un aeropuerto a su propia vida en el momento del relato, pero no dan una mejor que una vez escuché de alguien acostumbrado a estas lides: un viaje comienza en el asiento del avión, a punto de despegar, cuando todo son nervios porque uno está al borde de la aventura. Un viaje empieza en los despegues, en el último pitido del tren dentro de la estación, un instante breve en todo caso que pronto queda eclipsado por otros asuntos pero cuya emoción condensada es única. Así los cuentos.
Pedro Sorela (Bogotá, 1951) presenta y mantiene, en el conjunto de su obra narrativa, una de las propuestas más innovadoras y más sólidas con las que se va a enfrentar el lector. Opinión tal vez demasiado tajante pero que sostienen, a mi juicio, no sólo sus colecciones de cuentos como esta reciente Historia de las despedidas, sino novelas como Viajes de Niebla o Ya verás (publicadas ambas en Alfaguara). La innovación tiene, lo mismo en estos cuentos, diversos factores. Uno de las más notables es la fusión de tradiciones que distingue la creación de mundos de este escritor hijo de familia hispano-colombiana con una capacidad lectora y de conexión portentosa. También la muy bien entendida sensación de movimiento al encarar la acción, que en su última entrega de cuentos es fundamental y, en general, conecta con la presencia del viaje y sus implicaciones más estrechas en toda su obra previa. No falta tampoco una exploración de las capacidades del lenguaje para construir la ficción, un intento de ir más allá con las viejas fórmulas, empresa arriesgada para quien, por generación, bien podía estar a otros asuntos, a más cómodos realismos y menos disquisiciones sobre fronteras en la escritura, en los géneros o en los trayectos.
Y las tramas, claro. Historia de las despedidas es un viaje por muchos viajes, por muchas vidas y muchas geografías. Es una mirada sobre la India que no toma un tópico si no es para hacer que lo olvidemos bajo una nueva propuesta: léase entonces lo que le ocurre a un postmoderno Pigmalión en el breve Lo que cuelga de los ojos, dentro del segundo relato del libro Neura de tigre en Rantampoor. Son más los destinos y podemos pensar que estos cuentos se construyen sobre geografías íntimas, como el genial Aquí nos vemos de John Berger pero con una mayor distancia vivencial en la voz, en las voces, que nos van acompañando en cada relato. Así hay un París y una Venecia de postal que esconden en su apariencia plastificada para el viajero inexperto, secretos mucho más profundos. Están Barcelona y El Salvador, Ámsterdam y el Norte de África, todo lo que se esconde bajo el inquietante genérico con el que nos referimos a la Europa que queda entre Alemania y Rusia, marco intangible en el que puede darse un relato como “Nada que ver en Miskolc”: lo que parece una vuelta a los paisajes de la infancia adquiere al final giros de verdadera locura.
Las ciudades no son nada sin sus habitantes, esto es, sin los amantes (solos, en parejas, en extrañas y libres asociaciones) que dotan de literatura y fragor a las calles. Hay muchas parejas (o lo que antaño lo fueron o aún no lo son, potenciales andróginos) gastando suelas en estas ciudades. Podríamos decir que dotan de espesor al libro al hacer que estos viajes no sean meros catálogos de lugares, sino fogonazos de emociones de quienes en un momento de su vida, lejos de hipotéticos centros, se hallan sorprendidos o asustados, felices o tremendamente solos, en cualquier lugar del mundo. Si pensamos además que el viaje tiene todas las potencialidades de lo que no es pero podría ocurrir porque lejos de ese centro cambian las reglas, encontraremos una constante en algunos relatos: el sujeto que se descubre en el otro, en lo extraño, en las decisiones que de otro modo, en otro espacio, no habría tomado. En el riesgo de la fábula que decide vivirse y no sólo contarse.
Las historias de este libro están trazadas sabiendo muy bien cómo operan la casualidad y la concatenación de azares. Probablemente estén pensadas para que la extrañeza embargue al lector a la vez que lo obligue a asentir ante los sucesos extraños que puedan darse en ciertos momentos (los relatos hindúes, en este punto, son reveladores). Yuxtaposición y sorpresa en todo menos en el lenguaje, donde hay mucho más que oficio, hay toda la capacidad de no dejar escapar la morbidezza, de saber pintarla, como desea el aprendiz del taller veneciano en uno de los relatos.
Historia de las despedidas tiene más de una veintena de cuentos y es justo decir que por los muchos que sorprenden, que suenan tremendamente frescos y son apuesta de novedad para el relato, hay alguno que puede dejar la sensación de no haber llegado donde los otros. Así los viajes. Cara a repasar todos los cuadernos que los componen, no hay ataques radicales a la armonía general del libro, al mundo ficcional levantado. Como si esos finales “Efectos de la lluvia en Portugal” cayeran sobre los textos e hicieran que de todos ellos se elevase una tristeza extraña, me atrevería a decir que alegre, una tristeza fiera y animal, de sonrisa a gritos.

lunes, marzo 23, 2009

El libro negro de los secretos, E.F. Higgins

Trad. Mireia Terés Loriente. Puck, Barcelona, 2008. 253 pp. 13 €

Sofía Rhei

Es posible que, ante la gran cantidad de libros juveniles con portadas parecidas, llenas de elementos posiblemente mágicos, oscuros, intrigantes y anacrónicos, pueda ser difícil distinguir unos libros de otros, e identificar cuales son los más adecuados para cada lector o cada edad. Bien es verdad que la estela rowlingniana ha dejado una profunda huella en el diseño (no sólo gráfico) de los libros, y que esa presencia de elementos comunes puede dar lugar a error. Por ejemplo, ¿es El libro negro de los secretos un libro de fantasía o solo de ficción? ¿Trata elementos oscuros, satánicos, criminales? ¿Es una lectura de calidad o un nuevo golpe de efecto? ¿Se trata de un libro juvenil, como sugiere su aspecto?
Respuestas: no es un libro de fantasía, aunque lo pueda parecer. Tiene elementos criminales, pero poco oscuros, y desde luego no satánicos (aunque la trama incluya una pequeña reflexión acerca de las advertencias clericales). Su calidad literaria es alta, y el objetivo del autor es conseguir una escritura atemporal, con reminiscencias victorianas. Y solo se trata de un libro juvenil en la medida de que no contiene temas que habitualmente están poco recomendados para los jóvenes, pero tampoco es un libro modelado para adolescentes, de esos que persiguen satisfacerles a cualquier precio. De hecho, el libro sólo contiene en un grado muy pequeño la famosa «tensión sexual no resuelta» tan importante en esa franja de edad. Se trata de un buen libro, a secas; no busca los golpes de efecto, pero los encuentra gracias a la solidez de su trama. Absolutamente cualquier lector puede disfrutar mucho de él, pues el motor principal de la acción son los secretos privados de las personas, y esto quiere decir sus pasiones, sus errores, sus debilidades y sus crímenes.
En un entorno decimonónico y rural, en esa Inglaterra casi abstracta, un viajero aparentemente errante se instala en un pueblo perdido, y se anuncia como prestamista. Pero poco a poco sus habitantes van descubriendo que la verdadera mercancía que él compra no es otra que los secretos de las personas. Cada noche, una persona del pueblo se acerca a la casa del prestamista y le confiesa uno de sus secretos a cambio de dinero… y hasta ahí podemos contar. El narrador es el joven aprendiz del prestamista, un pequeño pícaro procedente de La Ciudad (versión algo expresionista de los barrios bajos del Londres de la época), que sufre una evolución personal al conocer al prestamista, y que también tiene sus propios secretos.
Esta reflexión sobre la naturaleza humana, sobre los tipos psicológicos y las situaciones extremas en las que las personas pueden verse forzadas a actuar en contra de su voluntad, sobre las desigualdades, las mentiras y las verdades, se deja leer estupendamente (gracias a la acertada traducción) y tiene algo de novela policíaca y psicológica envuelta en la bruma inglesa, algo de ese ambiente en el que cualquier cosa parece posible tan apreciado por los amantes de la fantasía y algo de aventura clásica en plan La isla del tesoro, tono proporcionado por el punto de vista del joven ayudante.
Para regalar y disfrutar.

viernes, marzo 20, 2009

Un poco de nostalgia, Wilhelm Genazino

Trad. Carmen Gauger. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2008. 194 pp. 18 €

Mercedes Cebrián

Lo primero que a muchos sorprenderá de esta novela es que, en la página 10, Dieter, el protagonista pierda una oreja así, como quien no quiere la cosa, en medio de un bar donde proyectan el partido de fútbol Alemania-República Checa. Esta pérdida tan sorprendente (no se trata de una oreja cortada por nadie, sino de una que se cae al suelo sin más) funciona como metáfora del proceso vital que experimenta el cuarentón Dieter y, si bien podría tener más peso en el desarrollo de la trama y causarle más cuitas al hombre en cuestión, el autor ha decidido dejar el extravagante asunto en un segundo plano para alivio de ciertos lectores, que así podemos nuestra atención en otros aspectos del relato y, sobre todo, en las agudas observaciones en primera persona del protagonista.
Las observaciones de Dieter son como los golpes de un martillo de plástico colorido: al alcanzar su blanco emiten un sonido peculiar que, lejos de causar daño, resultan hasta divertidos para quien los recibe. Dieter se limita a hablarnos de sì mismo; de lo complicadas que son las relaciones con su exmujer Edith, la madre de su hija («Noté entonces una vez más que para Edith la necesidad de reducir gastos es algo tan ajeno como una enfermedad»); de Sonja, la mujer con la que sale temporalmente; de una compañera de trabajo que parece gustarle; de su ascenso laboral y de otros aspectos de una vida de clase media, convencional y carente de estímulos trepidantes, en la Centroeuropa de nuestros días. Hasta aquí, todo puede parecer algo anodino, pero a medida que avanzamos en la lectura nos damos cuenta de que el texto es un ejemplo excelente de una voz masculina exenta de los tics de lo muy afrancesado, de la guasa y, en ocasiones, solemnidad ibéricas que tan de memoria conocemos, y del humor irónico ampliamente exportado por los escritores anglosajones. ¿Podríamos atrevernos a afirmar entonces que estamos ante una voz «alemana»? Quizá sea exagerado, sobre todo porque nos obligaría a definir el adjetivo «alemana» en este contexto, pero lo que sí puedo asegurar es que se trata de una voz lúcida, con gran capacidad de autoanálisis y de espíritu crítico («Como tantas otras veces, mi vida afectiva está en el límite entre el acercamiento y la huida. A veces me intereso por otras personas, y luego ya nada, ni siquiera, lamentablemente, por quienes ya me interesaron alguna vez. Me gustaría ahogar (aquí, en la piscina) esos sentimientos poco serios, pero se aferran a mí con fuerza y no entran en negociaciones.»). Y lo más importante: le saca todo el jugo posible a una vida que muchos considerarían soporífera.
El mundo es una pequeña fiesta en la voz del protagonista de Un toque de nostalgia; pero una fiesta modesta, con sandwiches de jamón de York, refrescos, algún gorrito, serpentinas y dos o tres matasuegras. A lo largo de sus observaciones, Genazino, a través de su personaje, parece animarnos a seguir celebrándola, manteniendo despierta la curiosidad ante cualquier situación («Por la curiosa posición de su órgano sexual, el hombre está obligado a mirarlo desde arriba durante casi toda su vida. Envidio a las mujeres, que están liberadas de esa eterna monotonía.»), que es lo mismo que animarnos a seguir viviendo.

jueves, marzo 19, 2009

Doble Mirada: Los cuentos más breves del mundo: De Esopo a Kafka, Edición de Eduardo Berti

Páginas de Espuma, Madrid, 2008. 280 pp. 19 €

1. Elia Barceló

Creo que la primera vez que me encontré con un microrrelato (o hiperbreve o minificción, como también se les llama) fue hace muchos años en un texto ensayístico de Cortázar donde, para ejemplificar el punto de vista en un relato, usaba una breve historia que no era suya, pero no indicaba procedencia y hasta ahora no he averiguado de quién es, aunque por el tema podría ser de M. R. James. Lo cuento de memoria:
Un matrimonio quiere comprar un castillo inglés (o escocés) que acaba de ponerse en venta y, mientras el marido habla de las condiciones con la empleada de la inmobiliaria, la mujer va entrando y saliendo de distintas habitaciones. Al llegar a un pasillo, se encuentra con un caballero que, al parecer, también está interesado en la compra del castillo, empiezan a charlar y la mujer le comenta: «He oído decir que este castillo tiene fantasma. ¿Usted cree que es cierto?»
El caballero le contesta: «No sabría decirle, señora. Yo hace quinientos años que vivo aquí y no lo he visto nunca.» Y desaparece.
El minicuento me pareció tan estimulante, tan curioso, tan lleno de sugerencias que desde ese momento empecé a buscar microrrelatos conscientemente, lo que me llevó, como era de esperar, a Monterroso y su dinosaurio, y de ahí a muchos otros autores pasados y presentes que utilizaron la extensión hiperbreve para plasmar sus historias. Debo de haber leído cientos, pero todos ellos eran modernos, entendiendo por moderno lo producido, sobre todo, a lo largo del siglo XX.
Los ensayos sobre la ficción hiperbreve también suelen dedicarse a lo contemporáneo y hasta la lectura de Los cuentos más breves del mundo. De Esopo a Kafka apenas si había tenido ocasión de leer textos que hubieran sido escritos mucho antes del siglo XIX.
Por eso he encontrado muy satisfactorio este volumen: porque me ha abierto un campo que yo sabía que tenía que existir, pero nunca había encontrado, y me ha proporcionado muchos momentos de placer de lectura porque, si algo tienen los microrrelatos, es que —igual que su equivalente en poesía, el haiku— ofrecen un máximo de placer junto a un mínimo de tiempo de lectura y un eco interior larguísimo.
El proceso de reunir los textos que nos regala esta obra ha debido de ser largo y difícil, casi detectivesco, porque nos encontramos con microrrelatos de 157 autores que van desde el más antiguo (Esopo, 620-560 a.C) al más reciente (Franz Kafka (1883-1924), pasando por los autores griegos, chinos y romanos de antes de Cristo, para continuar cronológicamente recorriendo la cuentística árabe, persa, india, china, europea de distintos países y estadounidense.
El compilador —Eduardo Berti— nos informa en el prólogo de que ha estructurado su selección partiendo de tres criterios: los textos elegidos debían ser muy breves (un máximo de 350 palabras, aunque la mayor parte tiene muchas menos); debían ser anteriores al siglo XX (o de principios del siglo XX como mucho) y debía tratarse de textos escritos en cualquier lengua salvo la castellana.
Esto ha tenido que aumentar considerablemente la dificultad de compilar la antología porque las lenguas originales son tantas y tan variadas que no resulta posible que un solo antologista las domine todas y esté en posición de ofrecernos una traducción propia. Para eso se han encargado traducciones a varios profesionales que constan en el elenco del final del libro.
El lector aficionado a la ficción ultrabreve descubrirá en esta obra una gran cantidad de textos que, estoy casi segura, no conocía y que le proporcionarán esas breves chispas de ingenio que suelen incendiar la estopa de nuestra imaginación.
De todas formas, es conveniente avisar de que los lectores acostumbrados a textos contemporáneos, que suelen poner el énfasis en la sorpresa, pueden encontrar muy diferentes los microrrelatos más antiguos: algunos son, para nuestro gusto actual algo «lentos»; otros nos parecen ya conocidos —porque ha habido generaciones de escritores posteriores que han bebido de estas fuentes sin informarnos de ello y los lectores pensábamos que eran originales—; otros son —lamento tener que confesar mis dificultades con el pensamiento chino— algo crípticos; otros son fuertemente didácticos —cosa a la que los lectores actuales ya no estamos acostumbrados—, pero en conjunto se trata de un libro apasionante que vale la pena tener siempre a mano porque, a diferencia de las gordísimas novelas que están de moda hoy en día, esta obra tiene la ventaja de que con dos minutos de lectura hemos incorporado a nuestra mente un texto completo que nos hará sonreír o reflexionar durante mucho tiempo.
Es muy de agradecer también la estructuración cronológica de los microrrelatos, la existencia de un índice de autores con un poco de información sobre cada uno de ellos —ya que los hay auténticamente desconocidos para un público occidental— y las referencias a los traductores.
Eduardo Berti y Páginas de Espuma nos han hecho un gran regalo y, a riesgo de parecer una niña mimada y desagradecida que, nada más recibir un juguete ya está pidiendo el siguiente, me gustaría que ambos continuaran colaborando para ofrecer a los lectores más libros como éste.


2. Ignacio Sanz

Los relatos cortos o microrrelatos no son una moda de nuestro tiempo acelerado. Ya encontraron asiento en la antigüedad entre autores célebres. No hay más que echar un vistazo a este libro recogido por Eduardo Berti para percatarnos del largo camino que llevan trazado. Es verdad que, en la mayoría de los casos, son piezas sueltas en la obra de sus autores, es decir que el género carecía de la patente de corso que goza en la actualidad donde grandes autores de novelas o de relatos han entregado también libros de microrrelatos. Acaso al rebufo de esta nueva corriente, Eduardo Berti, mira al pasado para descubrirnos que también los clásicos habían hollado este camino. Es una manera sutil de hacernos saber que no hay nada nuevo bajo el sol.
¿Pero qué es un microrrelato o un relato breve? Berti lo define en la introducción al este libro como aquel que no ocupa más de una página. Dicho en palabras, los que no superan las 350 palabras. Los relatos por él elegidos oscilan entre las tres líneas y la página, es decir, son relatos cortos. Otra particularidad del libro es que se trata en todos los casos de relatos traducidos, es decir no escritos por autores en español. Ningún autor está representado con más de dos cuentos. Y otra característica más es que Berti se adentra tanto en la cultura occidental, incluyendo a los árabes, como en la oriental, rescatando autores chinos o japoneses con los que el lector occidental no suele estar muy familiarizado.
Leyendo esta antología uno descubre que los autores, antes que hijos de unos padres concretos son, sobre todo, hijos de una época. Quiero decir que el lector se va a encontrar aquí los cuentos moralizantes propios del medievo que recuerdan a nuestro don Juan Manuel; también se topará con nombres legendarios, nunca mejor dicho como el italiano Santiago de la Vogágine, autor de la Leyenda aúrea, junto a los clásicos griegos y latinos. Y muchos autores célebres como Leonardo, Voltaire, Marqués de Sade, Baudelaire, Tolstói, Stenvenson, Rimbaud, Chéjov, Bierce, Wilde, Mark Twain, Jules Renard, Svevo o Kafka que cierra la lista. Es decir, el libro se cierra en los albores del siglo XX.
La amenidad del libro radica en la brevedad de sus relatos. Leyendo estas páginas uno tiene la sensación de haber hecho un recorrido por la historia de la literatura. Es verdad que se trata en ocasiones de apuntes, escorzos llenos de gracia e ironía en los que el quiebro final acaba dando al relato esa esferecidad de la que hablaba Cortázar y de la que se apropió después Antonio Pereira, uno de nuestros grandes cultivadores de relatos breves.
Es posible que el lector contemporáneo se sienta más atraído por aquellos autores más cercanos en el tiempo, pero no se va a sentir decepcionado con los escritores precristianos ni tampoco con los orientales. Al fin, las preocupaciones del hombre son constantes en lo esencial.
Y, para muestra un botón, elegido por su brevedad: Frenesí de William Drummond:
«Una dama sentía tal frenesí por cierto predicador llamado Mr. Dod, que le pidió a su marido que le permitiese acostarse con él a fin de procrear un ángel o un santo; el permiso fue dado, pero el parto fue normal.»