martes, octubre 14, 2014

Que levante mi mano quien crea en la telequinesis y otros pensamientos para corromper a la juventud, Kurt Vonnegut

Trad. Ramón de España. Malpaso, Barcelona, 2014. 118 pp. 17,50 €

Care Santos

Ignoro si Kurt Vonnegut (1922-2007) y James Salter (1925) se conocían. No creo que fueran amigos. Algo me dice que no se habrían llevado nada bien. En los últimos días, sin embargo, he leído a ambos con intensidad. Sus libros han convivido con resignación en mi mesita de noche. El caso es que no he podido evitar que una cita de Salter influyera sobre mi lectura de Vonnegut. La cita es la siguiente: "El humor proviene en gran medida de la indiferencia". Que Vonnegut me perdone. O no.
Kurt Vonnegut es uno de los menos serios de los escritores serios que conozco. Siempre me ha fascinado su biografía: el éxito literario le llegó tarde, a los 47 años. A lo largo de su vida trabajó en diversas cosas, sobre todo en la compañía General Electric, hasta que pudo dedicarse a escribir. En parte, debió esa decisión a la existencia de un buen número de revistas literarias centradas en la literatura de género -ciencia ficción y terror-, para las que escribió centenares de relatos. Más tarde la televisión hundió buena parte de estos semanarios, de modo que Vonnegut tuvo que ingeniárselas como pudo. Tenía siete hijos. Escribió sin descanso. Cuando murió a los 85 años, seguía haciéndolo. 
Para muchos, Vonnegut es el autor de Matadero cinco, una de las mejores novelas que he leído en mi vida, centrada en su experiencia como combatiente en la Segunda Guerra Mundial y el traumático bombardeo de Dresde, del que fue testigo. El libro es fácil de encontrar, tanto en su traducción al castellano (Anagrama) como al catalán (Proa), de modo que quienes aún no conozcan al autor ya saben por dónde deben empezar. Lo siguiente deben ser los cuentos. Hay dos buenas colecciones disponibles: Mire al pajaritoMientras los mortales duermen, ambas publicadas por editorial Sexto Piso. Y un consejo: si pueden, lean a esta generación de autores estadounidenses formados en las revistas de género (Richard Matheson, Fredric Brown, Shirley Jackson, el propio Vonnegut..) y comprobarán que lo popular bien hecho también es un arte.
Siento el consejo. Es lo que tiene leer este libro de Vonnegut. A una le asaltan deseos de aconsejar a quien se ponga por delante. Porque esa es la intención, en teoría, de los nueve discursos que lo componen. Sólo que Vonnegut no es un consejero muy ortodoxo. Tampoco es el consejero que buscarían unos padres para iluminar el futuro de su vástago. Para entendernos: es necesario que quien le contrataba supiera de antemano a quién estaba contratando si no quería matar al rector de un soponcio.
Estamos ante un género típicamente estadounidense, hacedor de muchos textos melifluos y bienintencionados: el discurso de graduación universitario. Como broche de oro a los fastos de graduación de las nuevas promociones, las universidades invitan a una celebridad a dirigir a sus jóvenes unas palabras. Se supone que esas palabras deben animar, felicitar y aconsejar a partes iguales. Y allá va nuestro autor, armado con su sentido del humor, su ingenio, su ideología de izquierdas y su gran bagaje personal a subir a estrados de Illinois, Chicago, Syracuse, Indianápolis o Houston. Comienza a leer y les dice a los (sospecho que atónitos) graduandos cosas como éstas:

Cantad en la ducha. Bailad con la radio. Contad historias.

Comed mucho salvado.

Ser compasivo es la única buena idea que hemos tenido hasta ahora.

Tomad conciencia de la felicidad experimentada y sabed cuánta es suficiente.

Da igual la edad que tengamos: nos aburriremos y nos sentiremos solos
durante el resto de nuestras vidas.

Me doy cuenta de que este comentario que estoy escribiendo sería mucho mejor si me limitara a copiar algunas de las citas que he recopilado en estas páginas. Por ejemplo, aquellas en las que Vonnegut alude al arte y al cometido de los artistas:

Es tremendamente difícil aprender a leer y escribir. Puede ser la tarea de toda una vida.

La función del artista consiste en que a la gente le guste más la vida.

La única prueba que necesito de la existencia de Dios es la música.

Toda la literatura gira en torno a cuán tedioso es ser un ser humano.

Los artistas (...) escogen una pequeña parte del mundo
y la convierten en lo que debería ser.

La ignorancia absoluta es la madre de la originalidad.

Todo esto sin dejar de ser él mismo. Es decir, siendo en todo momento mordaz, inteligente, hipercrítico con el mundo que le ha tocado vivir, con la raza humana y con los poderosos. Vonnegut no deja de ser un antisistema, una molestia para el american way of life, un niño de campo que sigue celebrando la vida sencilla, recordando a su tío Álex, reivindicando el presente y atacando a lo más sagrado para los estadounidenses, desde Obama a Roosevelt pasando por el petróleo o el dinero. En sus palabras:

No existe la más mínima posibilidad de que América se convierta en humanista y razonable. Ello se debe a que el poder nos corrompe y a que el poder absoluto nos corrompe por completo. Los seres humanos somos chimpancés borrachos de poder.

No sé qué hacen leyendo fascinados sobre Vonnegut. Lean a Vonnegut. Otro día hablaremos de James Salter.


* Postscriptum. Es justa una referencia a la maravillosa edición de Malpaso. Vonnegut dice que le gusta el naranja, que es un color "cargado de vitamina C" y de asociaciones alegres. Imagino que esa es la razón por la que los cortes de este libro, y su faja, sean de color naranja. Se agradece el detalle. Me gustan los libros hermosos y los editores detallistas. Pero hay algo más. Siguiendo unas sencillas instrucciones que el editor facilita en la última página, podemos adquirir gratuitamente el e-book. Es decir, que por el precio del libro tenemos ambas versiones: digital y en papel. Por fin. Por fin un editor que entiende cómo hacer las cosas.

lunes, octubre 13, 2014

El patio inglés, Gonzalo Garrido

Alrevés, Barcelona, 2014. 157 pp. 14 €

Juan Laborda Barceló

Un diálogo entre un padre y un hijo nunca resulta baladí, pues aunque el tema pueda ser frívolo, las cargas emotivas que se transmiten en el camino no son gratuitas. Todos nos vemos deformados en el espejo de nuestras vivencias. Nos toca por lo sentido, por la evidencia. Cuando, además, esta dialéctica se inicia producida por un suceso traumático su sencillez resulta hiriente.
El título de la novela nos lleva a un descenso, puntual y concreto, a los infiernos. Pablo, un chaval de dieciocho años, se lanza al vacío desde el tercer piso de la vivienda familiar. Allá abajo, en El patio inglés, se abren las fauces del suicidio. Es un gran tema, tan áspero de abordar como delicado de analizar. Aquí reside uno de los múltiples aciertos que esconden estas letras. Gonzalo Garrido, con una valentía poco habitual en el mundo editorial actual, se aleja del género negro que visitó exitosamente en su primera novela, La flores de Baudelaire, para atreverse con un comprometido salto sin red: una creación íntima.
Es esta una obra breve, personal, pequeña en sus formas, pero profunda en sus contenidos. El padre dolido, y sus pensamientos en forma de torrente, y el hijo suicida, establecerán un diálogo imposible a través de estas páginas. En ellas, con una serie de monólogos intercalados, se dibujan grandezas y miserias, incomprensiones y anhelos, desencuentros e ilusiones que suman un todo hasta llegar al momento crítico.
Las letras del padre son sentidas, pensadas y expuestas bajo la luz de una razón exenta de grandes esperanzas. La virtud conformista de la mediocridad es, a los ojos del hijo, un pecado. Las penas heredadas, el conflicto con su propio padre, un trabajo gris y un matrimonio inevitablemente apagado por el paso del tiempo son sus ingredientes diarios.
El joven, producto sin saberlo de las mezquindades pequeñoburguesas de sus progenitores, muestra en su diario todo un mar de dudas. Quizá sea esta, en contra de lo que puede parecer, una de las más vitalistas muestras de exploración personal que encontramos en el ser humano. Las entradas están especialmente conseguidas, puesto que reflejan tanto la inseguridad como el deseo de encontrarse inherente a cualquier adolescente, pero a su vez esconden mucha verdad, como si la búsqueda fuera el camino mismo. Allí encontramos esa intensa sinrazón de la juventud transformada en la más sartriana angustia de vivir. A pesar de la apatía, de los desengaños amorosos y familiares, de la ira hacia la vida y hacia los padres, recoge una sabiduría universal. Su drama personal no deja de ser ejemplo de la introspección más inquisitiva. Las piedras del camino, los desamores, los otros, la política, los estudios, la creación, uno mismo… la existencia, en suma, no le dejará ver el bosque entre las ramas.
Las certezas enfrentadas del ser maduro y de su astilla, contrapuestas por la esencia misma de la paternidad, son la base de la novela. Se trata de un viaje del que es imposible apearse pues nos veremos identificados, interpelados o rechazados a partes iguales por las reflexiones íntimas de ambos familiares.
Las penas e ilusiones de los protagonistas, padre e hijo, no dejan de ser una intensa radiografía del individuo y de la sociedad que los acoge. No importa que sea el Bilbao de los años ochenta o el Madrid de ayer, las ansias de construir a nuestra imagen y semejanza, de cincelar a nuestros vástagos y de perpetuarnos en esta tierra son las mismas. Los hijos, por su parte, deberán siempre esmerarse por romper el molde. Es la vida, tal cual. No se pierdan esta novela, les llegará muy dentro.

viernes, octubre 10, 2014

SOLO CON INVITACIÓN: Isla nada, Víctor Álamo de la Rosa

Tropo Editores. Zaragoza, 2013. 407 pp. 19 €

Ignacio Sanz

Lo primero que sorprende de Víctor Álamo (Santa Cruz de Tenerife, 1969) es su poderoso estilo. Qué facilidad para arrastrar al lector por un torrente de floridas imágenes que se van encabalgando con la fuerza imparable de un huracán. Y comienzo destacando el estilo porque intuyo que los saltos de escenario, las idas y venidas por el ancho mundo en el que se mueven los personajes de esta novela, tienen mucho que ver con el estilo, con la necesidad que darles vida en amplios escenarios.
Philipp es un viejo aviador nazi reconvertido en aventurero. El nazismo es una referencia lejana, en realidad estamos ante un soñador empujado por la aventura que pretende montar un zoo humano; para eso viaja a borde del barco “Veterano” por los anchos mares recolectando personajes variopintos, desde una familia de esquimales hasta un cabrero-arqueólogo de la isla de El Hierro o unos negros a los que, por la barbarie de la guerra de Sierra Leona, han sido mutilados. Y todo para mostrarlos al mundo, especialmente a los países europeos. El Palacio del Cristal de El Retiro madrileño es uno de los escenarios son mostrados. Pero, entre tanto, los personajes superan mil peripecias para llegar a cumplir su objetivo.
Montoto, el otro gran personaje de esta novela llena de tipos admirables, es un tenor catalán que, tras una vida de éxitos públicos y de estrepitosos fracasos privados, se retira a El Hierro. Precisamente así comienza la novela, cuando el tenor, que ha triunfado en los grandes teatros del mundo, llega a El Hierro y, entre las casas humildes de La Restinga, descubre la enigmática pensión de un alemán.
La novela resulta interesante por los escenarios, Brasil, Sierra Leona, Galicia, El Ártico, pero, sobre todo, por El Hierro. Supongo que la mayoría de los españoles tenemos una idea vaga de esta isla que Víctor Álamo describe maravillosamente, hasta el extremo de hacer soñar al lector con un viaje para su descubrimiento.
Pero no nos engañemos, quien tira de la novela, quien la hace sugestiva, son los personajes. Además de los descritos, habría que hablar de dos mujeres, la romántica Celia y, sobre todo, la carnal Janine, casada con Montoto, profesora de universidad y a la que nada se le pone por delante para conseguir sus objetivos. En este sentido, el capítulo 10 de la novela, es de un erotismo tan excelso que recuerda el capítulo 8 de Paradiso, la célebre novela de Lezama Lima.
Otros capítulos están atravesados por el humor, especialmente en los dos en los que un burro, siempre un burro herreño, se convierte en protagonista de unas escenas que entroncan con una literatura popular.
Estamos, pues, ante una novela ambiciosa que se desarrolla en parajes de ensueño habitada por personajes extremos que finalmente mueve a cierta melancolía. Y estamos también ante un escritor canario con un estilo de altos vuelos, como si un águila le fuera trazando su caligrafía. 


Víctor Álamo: «La literatura es muy hija de puta y es ella quien decide si eres o no eres escritor»


Víctor Álamo de la Rosa (Santa Cruz de Tenerife, 1969). Poeta y narrador, ha publicado cuatro libros de poesía, seis novelas y dos libros de relatos. Su obra se ha editado en países como Francia, Portugal, Croacia, Brasil, Venezuela, Alemania, entre otros. Entre sus novelas destacan El año de la seca (1997), prologada por José Saramago, Campiro que (2001), cuya traducción francesa fue finalista del prestigioso Prix Fémina a la mejor novela extranjera, Terramores (2007) y La cueva de los leprosos (2010). Isla nada (2013) es su última novela hasta la fecha. En esta entrevista nos cuenta los secretos de su cocina literaria.

Isla nada cierra un ciclo dedicado a las Islas Canarias, el archipiélago que le vio nacer. ¿A qué obedece esa necesidad de hablar de su territorio? 
—Efectivamente cierro un ciclo novelesco donde he querido conformar un mundo narrativo propio anclado a la idea de isla y de mar, para explotar ese lado mítico de la insularidad que tiene casi una microtradición literaria propia, porque las islas en literatura siempre han dado mucho juego. Recordemos por ejemplo a Stevenson y su isla del tesoro o a Cervantes y a su isla Barataria, sin ir más lejos. Más allá de lo obvio, es decir, que soy canario y por tanto un ser insular y que mi memoria, y sobre todo, la memoria de mi infancia, está anclada a una isla, a un territorio siempre cercado por el muro azul del mar, he de confesar que situar mis novelas en islas también obedece a esa intención puramente literaria de explotar también yo el misterio, la magia, las posibilidades y paisajes de las islas, insertándome también conscientemente en esa tradición literaria de la insularidad que tantas obras maestras ha dado a la literatura universal. Cuando mis novelas empezaron a traducirse en Francia, por ejemplo, me di cuenta de que allí se leían así, es decir, como novelas que se ambientan en islas misteriosas, míticas, casi irreales, lejos de la realidad geográfica que impone una cartografía y unos mapas que llaman Canarias al archipiélago donde nací. Este juego entre realidad y ficción me pareció muy literario y me dediqué a explotarlo en estas novelas que, aunque independientes, tienen mucho que ver las unas con las otras. Isla nada cierra el ciclo porque destruyo la isla mítica de mis narraciones pero también porque abro mi narrativa a otros lugares tan dispares como la Antártida o Río de Janeiro. Sentía la necesidad de imponerme nuevos retos narrativos porque si algo tengo claro es que el escritor no puede ser acomodaticio sino que, si de veras quiere hacer arte, debe estar imponiéndose retos continuamente, probándose a ver hasta dónde puede llegar


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jueves, octubre 09, 2014

La fiesta de la insignificancia, Milan Kundera

Trad. Beatriz de Moura. Tusquets, Barcelona, 2014. 144 pp. 14,90 €

Care Santos

Milan Kundera tiene 85 años. Ha tardado 14 en volver a publicar después de La ignorancia. Es razonable pensar que ésta será su última obra. También lo es sospechar que en ella Kundera nos está entregando una especie de declaración de últimas voluntades. Un texto en el que nos entrega sus conclusiones, después de permanecer en el mundo durante ocho décadas y media. Pero antes de entrar a analizar cuáles pueden ser esas conclusiones, hay dos detalles que creo importantes. El primero es la solapa izquierda del libro, allá donde normalmente se imprime la biografía del autor, cargada de méritos, países a los que ha sido traducida su obra y títulos de sus obras anteriores, todos muy leídos y laureados. Todo esto podría haber aparecido en esta solapa, y habría podido continuar -por falta de espacio- en la otra. Pero no. Kundera sólo ha querido que figurara lo siguiente: "Milan Kundera nació en Brno (Repúbllica Checa) en 1929". De modo que un ignorante podría pensar que se trata de un autor debutante entradito en años. ¿O sólo es una broma? Una muy seria, que tiene que ver con el contenido del libro: en él, Kundera declara la irrelevancia de todo lo destacado, empezando por sus propios laureles. O tal vez es que le disgusta que todo el mundo dé tanta importancia a estas cosas, igual que le disgustan las entrevistas, los periodistas, el modo fácil de ver las cosas desde los titulares, las lecturas epidérmicas. Kundera lleva años protegiéndose del mundo, como quien se protege de un virus muy contagioso. Esa lacónica presentación de sí mismo es una defensa más.
El otro detalle a destacar es el idioma. Kundera ha escrito esta novela en francés. Es su décima obra en francés, después de las novelas La lentitud, La identidad y La ignorancia, de la obra de teatro Jacques y su amo y de cuatro ensayos sobre literatura. A mí me pareció, en su momento, percibir una evolución hacia la desnudez cuando el autor dejó de escribir en checo y comenzó a escribir en francés. Puede ser esa la intención, como parece que fue también la de Samuel Beckett: acercarse más al disfraz, a la impostura, escribiendo en un idioma que no era su lengua materna. El idioma de su transformación, de su pérdida -pretendida- de identidad. O puede que sólo sea otro juego. Hablar un idioma que no te pertenece es como jugar a nombrar el mundo de un modo nuevo, diferente. Renombrar es reiventarse.
Pero vayamos con el libro. La historia es la siguiente: cuatro amigos que viven en París tienen pequeños encuentros en los que afloran las grandes cuestiones de la vida y, al mismo tiempo, algunas de las nimiedades más cotidianas. Uno de ellos acaba de recibir la noticia de que no morirá de cáncer, aunque lo oculta a su amigo sin saber muy bien por qué. Otro está preocupado por la inminente muerte de su madre. Un tercero ha convertido la ausencia de la figura maternal en una obsesión por los ombligos de las mujeres. Alguno quiere visitar una exposición de Chagall, pero no lo consigue jamás porque detesta guardar cola. Todos los temas son tratados con naturalidad de sobremesa, el autor nos habla, nos increpa, confiesa sus errores y nos lleva de la mano de peripecia en peripecia. Todo es como un enorme divertimento, donde lo que ocurre y se nos cuenta no es lo más importante. Lo importante es lo que podría ocurrir. Un juego de espejos, de referentes, de sobreentendidos que subyace en el texto. Cuando el autor habla de Stalin, y le recrea contando anécdotas difíciles de creer, que pueden ser tomadas por un chiste, nos dice que reír puede ser muy peligroso para quienes escuchan. De igual modo, la interpretación errónea de una broma traía muy serios problemas a uno de los personajes de la primera novela del autor checo, la magnífica La broma (1967). Milan Kundera lleva casi 50 años escribiendo la misma historia. La historia de un mundo que se toma a sí mismo demasiado en serio.
Es cierto que aquí todo admite interpretaciones, que todos los personajes son susceptibles de ser analizados desde la filosofía, desde la ética, desde la historia, porque al autor le divierte la ambigüedad, porque no le gustan las interpretaciones fáciles. En cierto modo, es Kundera concentrado, esencia del Kundera que lleva medio siglo encandilándonos con ese modo tan suyo de ver lo pequeño antes que lo grande. Mejor: de mostrarnos cómo lo pequeño es siempre el lugar donde lo grande palpita y se muestra. Es analizando las pequeñas reacciones de Stalin al bromear con sus invitados como podremos entender de verdad cómo era el dirigente ruso. Es sabiendo por qué ríe la mujer que acaba de perder a su compañero de toda la vida como de verdad comprenderemos su fortaleza y su entrega. Un juego -uno más- fascinante, porque nos adentra en las profundidades del alma humana, que el autor conocer mejor que ningún otro territorio.
Aunque debo hacer también una confesión: durante la lectura de esta obra breve, de apariencia y lectura fáciles, no pude quitarme de la cabeza ni un momento las grandes obras de su autor. El Kundera de La vida está en otra parte, de La broma o -sobre todo- de El libro de la risa y el olvido, mi favorita.  Un Kundera vigoroso, tal vez no tan sabio como el actual, más apasionado. El Kundera que escribía en su lengua materna, descreía menos de la humanidad y no utilizaba el lenguaje como un escudo protector.

miércoles, octubre 08, 2014

Los muertos, Jorge Carrión

Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2014. 240 pp. 19,50 €

Pedro Pujante

En esta primera novela, que ahora se vuelve a editar, Jorge Carrión (Tarragona, 1976) ha creado un mundo propio, con mimbres propios de la ciencia ficción distópica y con una propuesta divergente que se acerca a los productos audiovisuales. Sería difícil explicar esta última consideración sin destripar parte del argumento de esta curiosa novela.
Dividida en cuatro partes, la primera y la tercera (¿temporadas?) son el bloque argumental, mientras que la sección intermedia es un inciso explicativo cercano al falso ensayo, y que sirve de soporte teórico para acercarnos al mundo metaficcional y novelesco que Carrión ha diseñado. La última, llamada , actúa como colofón, y al igual que la tercera, como sustento teórico para comprender las pretensiones del autor, y enlazar Los muertos con sus evidentes o no tan explícitos referentes extraliterarios. La narración ensambla fragmentos, de manera constante pero coherente, a modo de fotogramas de cine, en los que se nos presenta una sociedad muy parecida a esta pero con oscuros matices, distorsiones sutiles y lagunas explicativas que nos abisman en la incógnita. Las personas se materializan de repente en una distópica ciudad, quizá Nueva York, desprovistas de recuerdos y pasado. Para, después, en la segunda parte, comenzar a desvanecerse.
Lo interesante de Los muertos es la originalidad con la que Jorge Carrión nos propone esa realidad alternativa, deudora de Kafka, Los Soprano, Blade Runner, Matrix o Inception. Aunque por el planteamiento narrativo propio de Los muertos y por su tonalidad grisácea y sobria sería más correcto conectar esta premonitoria novela con productos tales como las actuales series televisivas The Leftovers, Les Revenants o la británica Black Mirror. Y es que Los muertos, al crear como decíamos su propio universo ficcional, también posee su estética propia, una estética retro, vanguardista, lúgubre y posmoderna que la convierte en un artefacto sin claros referentes en los que encontrar claves para su análisis. A pesar de que el autor la conecte, como decíamos, en la sección no-narrativa del libro, con otras tantas películas y teleseries.
Las diferentes historias que se entrecruzan de forma constante nos dan cuenta de este mundo extraño y paradójico, casi un infierno dantesco formado por calles y círculos, tecnificado y virtual en el que sus habitantes conviven y se afanan por sobrevivir con la desmemoria y la fatalidad, en busca de un destino o una comunidad que les proporciones las claves necesarias para alimentar su identidad y codificar su conciencia. En definitiva, seres anónimos, con un pasado tenue, que huyen hacia un inmediato presente que no comprenden y que los comprime.
Pero el autor no se contenta con contar una historia; Carrión es un filósofo sutil y ahonda en asuntos tales como el estatus del personaje de ficción, la identidad, la memoria, el sentimiento de pertenencia a un grupo social, la inmigración (más como estado mental que geopolítico), la sociedad de masas, el duelo, la muerte y que, sobre todo, araña en la siempre frágil frontera entre géneros literarios y audiovisuales, entre realidad y ficción. Y esa frontera, siempre movediza, ha sido por fin destruida en Los muertos. De hecho, en la última parte, en un irónico y sorprendente giro metaliterario y borgiano (o vila-matiano o magrittiano), se conjetura la imposibilidad de construir una obra como Los muertos y se desmiente que incluso pueda existir. ¿Esto no es una novela…? En definitiva, Los muertos, por su capacidad de fascinación, su originalidad de argumento, un planteamiento atrevido y una composición formal destacada, se convierte en una lectura adictiva, recomendable y de enorme calidad literaria.
Ahora se ha reeditado en Galaxia Gutenberg, al mismo tiempo que Los huérfanos, la segunda novela que junto a la inédita Los turistas habrá de formar una trilogía: Las huellas.
Yo hasta me atrevería a afirmar que esta es la literatura del futuro. Y si no me creen, ya lo verán.

martes, octubre 07, 2014

Trigramas, Claudia M. Capel

Lumen, Barcelona, 2013. 136 pp.6,99 € (eBook)

Juan Laborda Barceló

El I Ching, uno de los libros más populares y milenarios de guía humana y espiritual, se compone de hexagramas, representaciones gráficas que a su vez se dividen en trigramas. El sentido profundo es difícil de concretar en pocas palabras, pero podemos decir que los canales de energía fluyen a través de aquella obra para permitirnos alcanzar un conocimiento intuitivo que de otro modo se nos escaparía. Los Trigramas, con su orientación general que luego hay que interpretar, son las claves para acceder a ese mundo.
No deja de ser toda una declaración de intenciones arrancar con un título tan contundente. Se trata de un concepto que trasciende por lo que entraña, pero muy concreto, por su significado. La autora establece un precioso diálogo entre versos e interpretaciones de aquellas páginas oraculares. No en vano Borges, el genial maestro que Claudia M. Capel conoce en profundidad, nos dejó un poema titulado "Para una versión del I Ching" que, a buen seguro, es, al menos, referencia de estos textos.
Trigramas es una obra plena de fuerza estética y de hallazgos netamente literarios: "He copiado a mano tus silencios", por citar un ejemplo, da muestra de una belleza formal que nos incita a la evocación más sugerente y a la abstracción de las ideas. Funciones esenciales ambas de la poesía. Igualmente, se hacen referencias tanto al mundo del intangible: «No habrá jardín/apenas una flor/en todo el aire», como a la par se denotan rasgos de lo sensitivo: «La vigilia de un beso/desvela todo el cuerpo». La obra plantea, por tanto, un continuo contraste de sensaciones entre el viaje físico y el emotivo.
Sin hacer referencia a más versos concretos, donde los aciertos lingüisticos son evidentes y hacen volar la imaginación del que lee con ese afán de la búsqueda de lo bello, existe en Trigramas otro juego formal y de contenido. Se trata de un salto de la composición corta, más impactante y precisa, que se combina, casi seguido, con el poema de lo onírico, donde la vivencia del sueño, del otro y del universo son tremendamente intensas. El espacio para la intuición crece a medida que nos adentramos en los versos.
Pasamos, sin saberlo, del Haiku preciosista al sonido etéreo de unas pisadas protagonizadas por hombres que ya no están aquí. Los espacios, los tiempos y la ensoñación planean como sombras en estas páginas. Si bien, la esencia histórica de aquellos espíritus impregna unos versos llenos de esteticismo y de amor por el pasado más humano. La fuerza última de estas poesías no recae ahí, sino en la arquitectura simbólica que se construye con sus palabras. Éstas serían, quizá, un reflejo poético y vibrante de los citados trigramas. Ese tránsito nos permite dibujar emociones vividas, de la sensualidad más sencilla y cautivadora al encuentro de almas, amoroso o fraternal, en el que recrearse.
Esta obra es, en definitiva, una celebración: La fiesta de la vida, la religión terrenal de las emociones, la fuerza de lo ritual, la frescura de los encuentros, y, hasta el aire orientalizante, pero a su vez universal, son algunos de los ingredientes que dan sabor a esta receta festiva. Es el inicio de una búsqueda. Navegamos tratando de captar nuestro sentido último. Trigramas es un río, nunca seremos los mismos al volver a bañarnos en sus letras, con el permiso de Heráclito. No se lo pierdan.

lunes, octubre 06, 2014

Legión y El alma del emperador, Brandon Sanderson

Trad. Rafael Marín. Fantascy, Barcelona, 2014. 238 pp. 14,90 €

Julián Díez

Es un hecho poco conocido fuera del propio género que la novela corta ha tenido un protagonismo decisivo en el desarrollo de la literatura fantástica y de ciencia ficción. Sin embargo, el devenir del mercado ha convertido al tocho y la serie de tochos en el formato más habitual en el que estos géneros llegan al lector, ocultando una producción interesante y que resulta absolutamente decisiva en este campo. Iniciativas como la de unir dos novelas cortas en un volumen, como es este caso, resultan por tanto dignas de aplaudir.
Brandon Sanderson, que aún no ha cumplido los 40, se ha convertido en apenas una década en uno de los principales nombres en la literatura fantástica pura. Y precisamente haciendo lo que más arriba comentaba: elaborando gruesos volúmenes de fantasía épica, e incluso consagrándose a terminar una de las series más longevas y exitosas en términso comerciales del género, La rueda del tiempo, al firmar los tres últimos volúmenes que su creador, Robert Jordan, no pudo concluir en vida.
Si esto suena poco prometedor, es tal vez porque a mí mismo me lo parecía de igual forma y he visto en la distancia el progresivo prestigio de Sanderson sin atreverme a catar su obra. Sin embargo, esta presente edición de dos novelas cortas independientes de sus sagas se presentaba como una inmejorable ocasión para poner remedio a mi desconocimiento y tengo que decir que ha valido la pena. Sanderson es un artesano eficiente: ameno, de estilo diáfano, y cierto vuelo imaginativo. Una de las cosas que me prevenían en contra suya era la similitud de su trayectoria vital con la de uno de los dominadores de este campo en los últimos años, Orson Scott Card; pero lo que se ve en las dos novelas cortas de este volumen son, precisamente, las cualidades con las que Card (en sus, ay, ya casi olvidados momentos de acierto) consiguió un notable prestigio en el arranque de su carrera antes de entregarse sin paliativos en brazos de la comercialidad y el proselitismo religioso mormón.
“Legión”, el primero de los contenidos del volumen, presenta a un curioso personaje: Stephen Leeds, un hombre que sufre alucinaciones tan vívidas que de hecho los personajes que imagina se conviertan en sus auxiliares para aportarle sus propias cualidades, desde la de ser un experto hacker hasta la de hablar en distintos idiomas. En esta intriga, Leeds es reclutado para buscar a un inventor que vendió a una empresa la idea de una máquina que permite tomar fotos del pasado, pero ha desaparecido con el prototipo una vez acabado. La resolución de la trama no resulta del todo satisfactoria, y tiene un cierto regusto a profesionalidad americana de “curso de escritor”, pero el personaje tiene tanta chicha que sostiene el juicio final positivo del relato, que por lo demás es entretenido.
En cuanto a “El alma del emperador”, se trata de una obra de fantasía heroica con bastantes más puntos de interés, que consiguió ganar el premio Hugo del pasado año. La protagonista es Shai, una maga falsificadora, capaz de copiar “el alma” de personas y cosas, de rediseñar o de copiar prácticamente lo que se le antoje. La suya es una habilidad considerada como blasfema, pese a lo cual los poderes fácticos del Imperio Rosa la apresan para que reconstruya la personalidad del emperador, que fue víctima de un atentado.
Aunque en el espacio de una novela corta no hay lugar para la creación intensiva y original de un mundo de fantasía, las pinceladas ofrecidas por Sanderson tienen muchos matices interesantes, al igual que los personajes; no sólo Shai, sino el anciano consejero Gaotona, que consigue eludir el tópico en que podría sustanciarse. Sanderson se las apaña para eludir algunos tópicos del género; por ejemplo, he tenido ocasión de leer comentarios suyos en los que rechaza la clásica fórmula del relato de viaje como esqueleto de las historias de fantasía, y efectivamente “El alma del emperador” se desarrolla prácticamente de forma íntegra entre cuatro paredes sin por ello dejar de resultar una historia entretenida y de satisfactorio vuelo imaginativo. Las gotas de heroísmo, traición y magia que salpimentan el relato consiguen darle verdadero cuerpo épico, sin por ello caer en lo trillado.
Tanto Shai como Stephen Leeds parecen personajes llamados a protagonizar más historias de Sanderson, que confiemos en que sepa sacarles partido con las mismas herramientas que lo hace aquí. Veremos si este juicio se consolida más adelante o, como en tantas ocasiones en el género, los formatos extensos y la tentación de deslizarse hacia la fórmula deja estas novelas cortas en un preludio sin continuidad.

viernes, octubre 03, 2014

Doble mirada: El cielo de Lima, Juan Gómez Bárcena

Salto de Página, Madrid, 214. 320 pp. 17,90 €

1. Juan Laborda Barceló

Juan Gómez Bárcena es un autor que, a pesar de su risueña y casi insultante juventud, posee una maestría en las formas y un conocimiento de las letras que, en buena justicia, deberían haber sido adquiridos a lo largo de una prolongada vida de estudio y lecturas. La creación y el talento, ya lo ven, son caprichosos y no entienden de tiempos, formalidades o cánones.
Tras unos relatos entre la crónica y la distopía, Los que duermen, que ya apuntaban el estilo y los contenidos que estaban por venir, el joven escritor cántabro vuelve a aparecer en Salto de Página con El cielo de Lima. En ella, dos aspirantes a poetas de primeros del siglo XX en un Perú fascinante por decadente y agitado, se hacen pasar por una damisela (vía misiva) para camelarse al gran Juan Ramón Jiménez y, de paso, conseguir las nuevas publicaciones del autor, que al otro lado del charco escaseaban.
Resulta muy interesante como esta historia sencilla, ocurrida realmente, se torna en la ficción en un intenso juego de apariencias, donde la realidad narrativa de una relación epistolar prolongada cobra la profundidad literaria de las más humanas inquietudes. Carlos y José, José y Carlos, son dos amigos que paren en su imaginación a Georgina Hübner, protagonista irreal de la novela. Así, cuando el poeta español muerde el anzuelo, se inicia un viaje extraordinario, pues lo que los dos jóvenes peruanos harán es proponerse escribir una novela, dar luz a sus personajes y construir todo un relato a través de sus cartas. Estamos, pues, ante una novela sobre la creación de otra novela.
Los juegos, miedos y desvaríos de la creación, sincera e impostada, se conjugan sabiamente en las páginas de la obra con la evolución de una amistad. Asistimos, por tanto, al despertar de los individualismos y al surgimiento de una madurez doliente, que aleja a los protagonistas entre sí y los convierte en lo que finalmente son.
Hay rasgos históricos bien trenzados, deseos de promoción social que se sienten necesarios, “escribidores” profesionales y hasta una rata roedora de textos que viaja en el transatlántico de turno, pero sobre todo, lo que hay en la novela es amor por la literatura. Un juego meta literario tiene lugar mientras se piensa y se construye una novela. Los personajes, al igual que la obra, crecen, sufren y evolucionan, dejando atrás las ilusiones de una adolescencia tardía. Todo un reto difícil de obviar para los amantes de las buenas letras.

2. Pedro Pujante

De entre las mujeres soñadas por personajes de una obra literaria, además de a Dulcinea o la Paulina de un cuento de Bioy Casares, habrá que rescatar para el imaginario colectivo de la posteridad la silueta enigmática e incierta de Georgina Hübner. La historia real de esta musa es ya conocida por todos. Dos peruanos, admiradores del poeta español Juan Ramón Jiménez, urdieron un plan epistolar: simular ser una joven llamada Georgina para recibir la atención de su querido maestro. Y la trampa, al parecer, funcionó. El resultado, además de una correspondencia (de la que se conservan al menos cinco cartas), es un poema, dedicado a la improbable musa limeña, e incluido en el libro Laberinto de J. R. Jiménez. Un poema que da título a esta novela.
A partir de este hecho verídico Gómez Bárcena (Santander, 1984) nos regala en su primera novela una historia intensa, que oscila entre la recreación histórica y la fantasía literaria. De hecho, la virtud del autor para dotar de vida a los personajes y para colorear la estampa de la Lima de comienzos de siglo es inmejorable. Digna de un pintor impresionista.
En la novela José y Carlos, los jóvenes acomodados que juegan a ser poetas y que contemplan el mundo en clave literaria, deciden enviar una carta a Juan Ramón Jiménez. A partir de entonces, la urdimbre postal se irá fraguando, configurando sus propias vidas, su día a día, y apoderándose de sus destinos. Hay, de hecho, un momento en el que uno de los personajes dice: «No somos nosotros los que escribimos las novelas, sino las novelas las que nos escriben a nosotros…»
Y ciertamente, la fantasía y la pasión irán revistiendo a la irreal Georgina de matices y profundidad hasta transformarla en un ser de carne y hueso. Hasta tal punto que incluso Carlos, el más sensible de los dos jóvenes impostores, se sentirá identificado con ella. Alrededor de este hilo conductor –el carteo establecido entre Georgina y el autor de Platero y yo- también se irán desmenuzando las vidas de los autores de la falacia. Quieren ser poetas pero su mediocridad es manifiesta. Quieren ser pobres y bohemios pero descienden de familias adineradas y su futuro está ya hipotecado y comprometido con sus industrias y un modelo de vida burguesa. Su alma pequeña podría aspirar a una revolución pero sus corsés sociales les impiden respirar el viento que traen los profetas del comunismo o el anarquismo. En definitiva, en sus ajustados modelos de vida solo les cabe un soplo de fantasía a través de ese personaje bello, frágil e irreal que es Georgina.
Pero, la novela que están escribiendo José y Carlos avanza y cobra vida; es una novela de amor y profundo anhelo, pero cuando comienza a llegar a su inevitable desenlace, las cosas no parecen conducir al final esperado. Porque el cada vez más enamorado célebre poeta ha decidido y anuncia que viajará hasta Lima con la intención de conocer a su querida amiga Georgina. Así que ¿cuál puede ser la solución para salir airosos de este melodrama por entregas? ¿Y evitar así que Juan Ramón Jiménez viaje a Perú y conozca la verdad, o sea, la onerosa mentira? O lo que es peor: que se desvele el sueño de amor e irrealidad que los dos jóvenes han construido para él y para sí mismos.
Gómez Bárcena con un pulso firme ha elaborado una novela perfecta, sin altibajos ni giros chirriantes, pausada y melancólica, que es capaz de transportar al lector desde el principio hasta el final sin que el interés decaiga en ningún momento. Pero además de confeccionar una narración compacta ha sabido valerse de un lenguaje rico y acorde a la historia que parece aspirar a la poesía pero sin abandonar en ningún momento el suelo narrativo sobre el que se asienta. Se respira en todo el libro un tono evocador, nostálgico y emotivo.
No podrá el lector dejar de emparentar El cielo de Lima con Juegos de la edad tardía de Landero, aquella novela, también escrita de un modo magistral, en la que la fantasía y la mentira acaban por apoderarse de la realidad de sus personajes hasta transformarlos en víctimas de sus propias falacias.
Otra virtud la hallamos, como ya dijimos al comienzo, en la construcción de los personajes, ambiente y época. Cada detalle ha sido cuidado y el lector sentirá por momentos que pasea por las avenidas de la vieja Lima, escucha la música y los murmullos de sus burdeles o el gentío en las tabernas en las que las barras de amigos beben pisco, juegan al billar y ensayan malos versos. Uno de los descubrimientos de esta temporada. Muy recomendable.

jueves, octubre 02, 2014

El coleccionista de libros, Charlie Lovett

Trad. Damián Alou. Plaza & Janés, Barcelona, 2014. 400 pp. 19,90 €

Sandra Ferrer Valero

En el frío y húmedo mes de febrero, Peter Byerly se encontraba viajando por Gales, a la búsqueda de libros extraños. Pues esa era su profesión, librero, apasionado del arte de las letras y su encuadernación y conservación a lo largo de los siglos. Pero Peter también se encontraba en la Gran Bretaña, lejos de su Estados Unidos natal, intentando superar una terrible e insoportable pérdida. La muerte de Amanda, su esposa, lo había dejado sumido en una profunda desesperación y depresión que le había llevado a huir de todo. En su búsqueda de una nueva existencia sin Amanda, encontrará algo que dará un giro inesperado a su vida. Escondido entre las páginas de un manual del siglo XVIII sobre falsificaciones de escritores clásico, descansa un retrato de una hermosa mujer con un parecido perfecto a Amanda.
Con este extraño misterio, inicia el relato Charlie Lovett en su apasionante novela El coleccionista de libros. Una historia que lleva a Peter Byerly a buscar desesperadamente por qué su esposa fallecida en el siglo XX aparece en una acuarela victoriana. En su camino, Peter descubre algo tan fascinante como el rostro de su amada en un retrato de dos siglos atrás. La posibilidad de encontrar una obra largamente desaparecida y que podría probar que las obras de Shakespeare fueron efectivamente escritas por el gran escritor inglés aparecerá ante sus manos como si fuera la búsqueda del Santo Grial.
Peter se sumerge entonces en una arraigada rivalidad entre dos familias inglesas, los Alderson y los Gardner, mientras descubre de la mano de Liz Suthcliffe a un extraño escritor que es posible que sepa quién es A.H., la misteriosa firma de la acuarela victoriana.
El coleccionista de libros entremezcla la historia de Peter, su desesperación por haber perdido a Amanda y su intento de encontrar una nueva vida sin ella, con uno de los misterios y controversias más analizados de la historia.
William Shakespeare, en su propio tiempo, fue un escritor denostado por otros literatos quienes no aceptaban que un muchacho de provincias y sin apenas estudios, pretendiera ponerse a la altura de plumas salidas de las grandes y prestigiosas Oxford y Cambridge. Algo que cambiaría cuando el escritor de Stratford se ganó al público de la Inglaterra de su tiempo con obras inmortales como Romeo y Julieta o Hamlet. Pero pasados los años, la duda continuó sobrevolando sobre uno de los autores más conocidos y estudiados de la literatura universal. Los conocidos como oxfordianos, intentaron durante años demostrar que Shakespeare no había escrito sus obras, sino que habían sido ideadas por otros.
El libro que persigue Peter, mientras intenta descubrir quién es en verdad la dama de la acuarela, es el Pandosto, una obra escrita por Robert Greene, un coetáneo de Shakespeare. Al parecer, Shakespeare habría utilizado esta obra de Greene para inspirarse y el fruto habría sido Cuento de invierno. El Pandosto que busca Peter, es ni más ni menos que el original que Shakespeare habría leído y escrito en sus márgenes notas para su propia obra. Un libro que desvelaría para siempre las dudas sobre su verdadera autoría de las obras de William Shakespeare. Un Santo Grial literario por el que algunos estarán dispuestos a morir. Y a matar.
El coleccionista de libros es una novela trepidante, relatada con constantes saltos en el tiempo, desde el momento presente, en 1995, hasta el siglo XVI, pasando por la Inglaterra victoriana y los hermosos años de la historia de amor entre Peter y Amanda. Un libro en el que aparece el amor, el odio, la ambición y la codicia a partes iguales, mientras se desgrana el apasionante mundo de los libros y coleccionistas de piezas literarias antiguas.
Charlie Lovett es escritor, profesor y dramaturgo, de cuyas obras para niños se han hecho más de tres mil representaciones. Anteriormente se había dedicado a la venta de libros antiguos y es un coleccionista ávido, una profesión que sin duda le ha valido para ambientar su novela y hacerla muy convincente.
Está previsto que El coleccionista de libros se traduzca a una decena de idiomas. Recomiendo su lectura para los amantes de la vida y la obra de Shakespeare, los apasionados del misterio histórico y literario y aquellos que disfruten con una trágica pero hermosa historia de amor.

miércoles, octubre 01, 2014

Divina, Inma Luna

Baile del Sol, Tegueste (Tenerife), 2014. 69 pp. 12,48 €

Verónica Aranda

El manual de La mujer ideal de 1953 que se entregaba en España a las mujeres que hacían el Servicio Social en la Sección Femenina, incluía perlas como: «Las mujeres nunca descubren nada; les falta el talento creador reservado por Dios para inteligencias varoniles»; o «¡No te quejes! No lo satures con problemas insignificantes. Cualquier problema tuyo es un pequeño detalle comparado con lo que él tuvo que pasar.» Dicho manual, impregnado de un ferviente catolicismo y encargado de recuperar “la antigua feminidad”, adoptó las figuras de Isabel la Católica y Santa Teresa de Jesús como símbolos y modelos de conducta.
Divina, el sexto poemario de Inma Luna (Madrid, 1966), poeta y narradora prolífica, es, ante todo, un ajuste de cuentas con ese pasado represor. Entre la ironía y la ira, el yo poético en primera persona, a través de una mirada retrospectiva, lanza una dura crítica a aquel sistema educativo franquista y del tardofranquismo —¡La Sección femenina duró hasta 1977!— que adoctrinaba a la alumnas y a las mujeres españolas para cercenarles cualquier deseo de emancipación, espontaneidad o rebeldía. El objetivo era conducirlas al redil doméstico y extirparles afanes igualitarios, convirtiéndolas en procreadoras y esposas sumisas. «No hay que ser una intelectual», aconsejaba Pilar Primo de Rivera, fundadora y suma sacerdotisa de la Sección Femenina.
Divina, según la autora su poemario “más íntimo”, se divide en tres partes. La primera sección, “Párvula en los nueve círculos”, es la más redonda. Trascurre en el internado de monjas donde se educa la protagonista y cuestiona el sentimiento de culpa judeo-cristiano, la hipocresía y la anulación total del cuerpo para centrarse en el espíritu. Los métodos represivos van desdibujando la identidad y el libre albedrío de las alumnas. Se enumeran las “tristezas pedagógicas” y, a veces, la imaginación y la curiosidad infantil son una válvula de escape.
La falta de libertad se siente también en los espacios donde se sitúa el poemario-confesionarios, aulas, capillas, patios de recreo-todos cerrados y asfixiantes, representando un “infierno” donde les iban “inoculando el miedo”, privándoles del aire puro. La segunda sección es un reencuentro con la muchacha dubitativa “que daba pasos en falso” y con el aislamiento de la adolescencia. El miedo le había “cercenado los deseos”, y los problemas educativos de base como la separación por sexos hacen mella e impiden aprender a relacionarse con el sexo opuesto: «No me dejaban jugar con los chicos/ así que nunca supe/ cómo relacionarme con los hombres./ Mi matrimonio fue un fracaso/ que se gestó en la infancia.»
La recta final del libro cobra intensidad y desgarro. Sobreviene un embarazo no deseado y una boda forzada por las circunstancias. Al final la escritura es la tabla de salvación para trascender la rutina gris. «Escaparse entre las páginas/ era el único modo.» Se trata de una poética de claridad de expresión y estilo narrativo. Desde la infancia hasta la madurez, se puede leer como una historia que, más allá de si es o no autobiográfica, es la historia aún no del todo resuelta de la educación y de muchas mujeres en nuestro país. Con un lenguaje sencillo y fresco, lleno de musicalidad, Inma Luna aborda en los poemas cuestiones complejas como la enseñanza religiosa caduca o la liberación de la mujer. Cabe mencionar la originalidad de incorporar este tipo de temáticas a un poemario. Una lectura más que recomendable editada con esmero por el sello canario Baile del Sol, con magníficas ilustraciones en tonos rojos y negros, llenas de simbolismo de Loreto Rodera.

martes, septiembre 30, 2014

Jesucristo bebía cerveza, Afonso Cruz

Trad. Roser Villagrassa. Alfaguara, Madrid, 2014. 237 pp. 18,50 €

Ignacio Sanz

Ciertas novelas tienen el don de trastocarnos, de emocionarnos, de reconciliarnos con la lectura, de constatar que, por más que el camino a veces resulte penoso, al final merece la pena recorrerlo para llegar a puertos que ofrecen tantas maravillas. No conocía a Afonso Cruz (Figueira da Foz, 1971) que forma parte de las nuevas y potentes hornadas de narradores portugueses. Quiero decir que esta es la primera novela que leo, aunque según parece, se trata de un autor muy celebrado no sólo en Portugal sino en Europa donde ha alcanzado grandes reconocimientos. No me extraña. Narra los disparates con tanta naturalidad, escribe con tal trasfondo filosófico que, a veces recuerda a Cervantes, a veces a García Márquez. Esparce el surrealismo a su alrededor con tanta ligereza que uno no puede sino enamorarse de autores que, como él, nos salvan de nuestra sempiterna condición de lectores.
Pero vayamos por partes. La acción se desarrolla en El Alentejo. Eso para empezar. Quien no lo conozca, baste decir que es una vasta región portuguesa paredaña con Extremadura, una región en la que domina el granito, la pobreza y la despoblación. Podría ser Teruel, Cuenca o Soria, donde, que sé yo por qué, abundan los personajes excéntricos que producen los desiertos. Los personajes excéntricos suelen ser personajes poéticos. Y los que recorren las páginas de esta novela lo son también. Parecen dotados de alas. A veces de alas y picos carroñeros. Pero ahí, en ese ambiente, se van desarrollando los acontecimientos en torno a una muchacha llamada Rosa, a su abuela Antónia, a una millonaria inglesa que duerme dentro del esqueleto de una ballena y que se rodea a su vez de personajes excéntricos como un cura rijoso o como el anciano profesor Borja que, al final, adquiere un protagonismo creciente al lado de Rosa. Los personajes descabellados entran y salen con naturalidad de las páginas para asombro del lector. El profesor Borja, entre otras lindezas, promueve un viaje a Tierra Santa para que la abuela Antónia vea cumplido uno de sus sueños. Y así, trampantojo tras trampantojo, convierte una de las aldeas alentejanas en Jerusalen. Un disparate propio de El Quijote.
¿Qué pinta la cerveza en todo esto? Acaso lo aclare la cita cervecera con que se abre la novela, una cita que supongo apócrifa y que la da sentido y aliento a esta historia: «De la corrupción hablo con pompa y propiedad, y hasta puede que mejor que la parábola de Cristo, esa que dice que el cereal ha de morir para vivir, pues del cereal no solo hago nacer más cereal, sino que hago un verdadero milagro. De lo putrefacto, que está muerto y corrupto, obtengo pan líquido, que es la cerveza, néctar de reyes, alimento de pobres, ambrosía de sabios.»
Es decir, de la corrupción, de la descomposición de una sociedad, se puede llegar al néctar de reyes que es la cerveza. Pese a todo, no es el caso. Rosa, el personaje central acaba en Lisboa. Pero mejor desvelemos el final. Por cierto, un final al que le sigue otro equívoco final. Como si la novela no terminase nunca. Y así es, en el fondo, la novela no se acaba porque sigue viva durante días, durante semanas en la memoria del lector que ha quedado atrapado por el submundo descabellado que nos pinta Afonso Cruz, por ese halago de la cerveza y por esas consideraciones entre históricas y filosóficas que se hace en torno a este alimento líquido que tanto debía circular en Palestina en la época de Jesucristo y del que, sin embargo, extraña paradoja, no aparece ninguna referencia en los Evangelios.
Por mi parte, rendido ante esta prodigiosa novela, seguiré buscando otros libros de Afonso Cruz para vivir con intensidad el vértigo primigenio que da sentido a la lectura.

lunes, septiembre 29, 2014

Las manos, Miguel Ángel Zapata

Candaya, Canet de Mar, 2014. 258 pp. 16 €

Miguel Baquero

Me voy a tomar la libertad de calificar, de principio, esta novela como «novela gamberra», dicho sea, por supuesto, sin ánimo peyorativo. Este que suscribe ha escrito (o mal-escrito) y publicado alguna novela de este cuasi-genero y cree entender la gran dificultad que existe en lo que, en apariencia, parece sencillo, poco menos que espontáneo, como si el autor hubiera estado escribiendo folios a la carrera… o tal vez ni eso, hubiera ido anotando sus ideas en servilletas de papel… Sin embargo, todo ella conlleva un arduo trabajo y es necesaria una rara habilidad para mantenerse siempre en el borde, sin precipitarse en el exceso. Dificultad que se redobla cuando al texto se le quiere dar una dosis de poesía. O una alta dosis, como en el caso de esta Las manos, la más reciente obra de Miguel Ángel Zapata (Granada, 1974), autor que con su último libro de relatos, Esquina inferior del cuadro, consiguió llegar a finalista del premio Setenil.
Si nos fijamos en esos cinco pequeños apéndices en que rematan nuestros brazos, y nos paramos a pensar sobre ellos, veremos que las manos condicionan el mundo. Al levantar la vista, en un descanso, del libro de Zapata encontraremos que las manos cubren nuestra vida cotidiana, que la historia es una sucesión de hechos elaborados a mano, que la misma literatura está repleta de ellas. La novela de Zapata parte de una anécdota: la Copa del Mundo, o lo que es lo mismo, ese máximo trofeo que podemos tener entre nuestras manos, se le escapa de las ídem a Fernando Torres, que la estaba mostrando en alto; y tomada por una mano anónima, va pasando… pues eso, de mano en mano. El protagonista se lanza a descubrir su paradero, encomendándose al destino con un simple juego de dados, o lo que es lo mismo: ese juego ancestral en que encerramos dos cubiletes en nuestras palmas, los movemos y luego los arrojamos para saber nuestra suerte. Así emprende el camino, y a través de él (con la música de fondo de un jazz tocado por hábiles dedos) nos iremos encontrando desde la figura trágica del suicida que con sus propios manos anuda la soga de que se ahorcará —y aquí el autor inserta un poema escalofriante del pobre hombre—, a la otra mucho más cómica (genial) de dos siameses unidos por una falange y que, al separarles, hubieron de prescindir de esa mínimo pero fundamental porción que les completaba…
Toda la novela está cargada de símbolos, que de alguna manera nos remiten a las manos, desde los juegos que parecen de prestidigitación a los objetos manufacturados.... En la misma Copa del Mundo, cuya persecución vertebra la historia (y que representa a dos manos alzando un globo terráqueo), parece haber una segunda lectura, como si se tratara de una especie de Santo Grial cuya búsqueda, al menos, cambia la naturaleza del protagonista, que pasa de ser un individuo anodino y gris a todo un carácter que toma las riendas de su destino y va pasando por distintas aventuras de Madrid a Viena, de Nueva York, a Tokio, en persecución de un trofeo, el verdadero, mientras por el mundo van apareciendo diferentes réplicas…
Por el camino, se dejan caer, como si al protagonista se le escurrieran cada vez con más frecuencia, reflexiones, en ocasiones bastante profundas, sobre la vida, sobre las personas… y también sobre la propia literatura: reflexiones sobre el texto al mismo tiempo que se escribe y, junto con ello, distintos juegos con los tipos de letras, tamaños, con los renglones…
Finalmente, como en toda buena novela «gamberra», que no deja de ser una variedad de la novela itinerante, de la novela «del camino», descubriremos que lo importante no es tanto lo que se pueda encontrar al final del periplo como el hecho de avanzar y, mientras se avanza, ir descubriendo aspectos desconocidos de nosotros mismos y de mundo, como por ejemplo la fascinación que pueden despertar unas manos. Y quede tranquilo el lector, que esto no es ningún spoiler.

viernes, septiembre 26, 2014

Felices los felices, Yasmina Reza

Trad. Javier Albiñana. Anagrama, Barcelona, 2014. 190 pp. 14,90 €

Care Santos


«El tiempo: el único tema»«Cuando has visto de cerca cómo copulan los cerdos ya no te puedes hacer ilusiones sobre el sexo». Ninguna de estas dos citas pertenece a este último libro de la francesa Yasmina Reza, sino a dos de sus trabajos anteriores: Hammerklavier y En el trineo de Schopenhauer, respectivamente. Pero nos sirven a la perfección para resumir este libro de relatos en la sobrecubierta dice que es una "novela", pero yo no estoy en absoluto de acuerdo y habrían podido muy bien formar parte del mismo. 
Eso ocurre porque Reza construye una literatura en que sus preocupaciones, sus filias y fobias son como esas vigas exteriores que tanto se estilaron en la arquitectura de los años 90: están a la vista, la intención no sólo no es esconderlas, sino lucirlas, mostrar lo fundamentales que son. Leerla significa enfrentarse de nuevo con esos fantasmas suyos, que ya nos resultan familiares (aunque nos asustan igual): la soledad, la muerte, la maternidad y paternidad, las relaciones de pareja y el omnipresente paso del tiempo. Reza es, además, una exitosa autora teatral, y no me cabe duda de que construye los argumentos de sus novelas —o de sus relatos— partiendo de la visión dramática de los personajes.
Lo cual me invita a hablar de psicología y teoría literaria. La inmensa mayoría de narradores que conozco construyen sus historias de ficción a partir del argumento o de la voz narrativa (sería divertido enumerar ejemplos de lo uno y de lo otro). No conozco a muchos narradores que a la hora de inventar un personaje se pregunten por qué dice tal o cual cosa, o que analicen sus reacciones desde puntos de vista poco convencionales, como por ejemplo el imperativo categórico kantiano. Los dramaturgos sí lo hacen, constantemente. Miran a sus personajes desde todos los ángulos. Y también leen libros de psicología para comprenderlos mejor. No conozco apenas a ningún novelista que lea libros de psicología para construir personajes. Pero estoy segura de que Yasmina Reza sí lo hace. También estoy segura de que conoce los complejos engranajes de las emociones humanas. Las conoce porque se hace mayor: la evidencia es que en la solapa figuran todo tipo de detalles biográficos, pero no el año de nacimiento. A mí me encanta que los novelistas envejezcan. Incluso los cuentistas.
Volviendo a los personajes, podríamos encontrar algunas explicaciones plausibles a que los dramaturgos lean libros de psicología. «Tienes que saber una cosa muy importante: los actores te preguntarán por qué deben decir cada una de sus frases. Y tú debes saber contestarles en todo momento de un modo convincente. Eso significa que debes saber por qué dicen lo que dicen.» Ese fue un consejo que una vez le escuché a un admirado amigo dramaturgo.
Tal vez los dramaturgos temen quedarse en blanco ante las preguntas de los actores y actrices. Los personajes de novela no formulan preguntas, aunque a veces deberían hacerlo para incomodar a sus creadores. Imagino a más de uno que al llegar al capítulo 2 diría, muy enfadado: 
«A ver tú, ¿serías tan amable de decirme por qué suelto esta parrafada sobre mis orígenes familiares? Y no me digas que porque alguien debía facilitar esta información a los lectores. Eso NO es una explicación. »
Yasmina Reza no deja de ser dramaturga aunque escriba cuentos (que su editor llama "novela", no olvidemos ese detalle). Sus personajes son imperfectos, odiosos, cargantes... son profundamente humanos y creíbles. Tienen manías estúpidas, como todos nosotros. Se meten en líos absurdos, como nosotros, de los que a menudo no saben salir. Persiguen la felicidad, que como todo el mundo sabe es un bien huidizo, quebradizo o tal vez inexistente (la autora no resuelve la incógnita). En su búsqueda, a menudo encuentran personas a quienes no buscan pero que están bien en el camino, y mantienen con ellas un intercambio de placeres, dolores, desengaños, silencios o incomprensiones. Sus vidas son anodinas, como todas. Aunque ellos a veces se den muchos aires de grandeza, como algunos. 
La mayoría de las historias se organizan a partir de parejas de personajes. Abundan las infidelidades conyugales, el viejo tema. Los personajes reaccionan como lo hacen las personas: algunos perdonan, otros se resignan, algunos miran hacia otra parte, otros lo mandan todo al garete. Los mismos personajes son protagonistas de unos relatos y secundarios en otros. Hay un sutil hilo conductor entre ellos, que da sentido al conjunto. O da sentido al hecho de que los relatos aparezcan juntos. Podrían haber sido más, naturalmente, incluso infinitos. Aunque el libro ganaría si se le extirparan un par de historias. La sobrecubierta dice que en total los personajes son dieciocho y, sinceramente, espero que no mienta también en esto. A mí me ha dado pereza contarlos.
Pero, más allá del género que estemos leyendo o del número de personajes que intervengan en él (¿algo de eso importa, en realidad?) es fascinante el bestiario humano que construye Reza a través de estas historias. Algunos protagonistas parecen estar ahí sólo para personificar el paso del tiempo, como la magnífica Jeannete Blot. Otros, son el retrato en negativo de la figura donjuanesca, como Chantal Audouin, cuyo relato comienza de este contundente modo: «Un hombre es un hombre. No hay hombres casados, ni hombres prohibidos.» O como la pareja que en el primer cuento discute de una manera absurdamente cruel en el supermercado, Robert y Odile, y de quien poco a poco conoceremos secretos abrumadores. Ella, por ejemplo, le engaña. Él también a ella. Con Virginie, la enfermera del doctor de la señora odiosa con cáncer cuyo hijo es otro de los amantes de Virginie. Y así hasta completar un círculo que sólo limita la voluntad de su creadora.
Lo mejor en Reza siempre es la rotundidad con que invita a la reflexión. «Se pasan la vida recomponiendo los pedazos y a eso lo llaman matrimonio, felicidad o yo que sé» (pág. 115); «Resulta imposible comprender lo que es una pareja, incluso cuando se forma parte de ella» (pág. 129); «Quizá tener una infancia feliz no es bueno para la vida posterior» (pág. 145); «Lo que deseo de verdad no puede formularse» (pág. 76). Éstas sí son citas de Felices los felices. Y una más, la de Borges que da nombre al libro:  «Felices los amados y los amantes y los que pueden prescindir del amor. Felices los felices».
Eso sí, si tienen previsto casarse pronto, mejor lo dejan para más adelante.

jueves, septiembre 25, 2014

W o el recuerdo de la infancia, Georges Perec

Trad. de Alberto Clavería. Menoscuarto, Palencia, 2014, 208 pp. 17,50 €

José Miguel López-Astilleros

Acercarse a una obra de Perec es aceptar el reto de subirse a un barco con rumbo desconocido, con la única seguridad de que nos espera el descubrimiento de un nuevo continente. No es exagerado decir que sólo en la asunción del riesgo y la posibilidad del fracaso que conlleva, se encuentra la aventura del hallazgo. Así entendió Perec la literatura, razón por la cual todos sus libros son diferentes entre sí, muy diferentes, podría decirse, aunque en ellos queda siempre la impronta común de su exuberante y fértil imaginación. Este juicio no implica que este constante deseo de innovación y originalidad se deba sólo y exclusivamente a cuestiones formales, como las desarrolladas dentro del grupo OuLiPo, fundado por Raymond Queneau y François Le Lionnais, al que perteneció. Hay también en su obra un deseo de reflexionar, por ejemplo, sobre el espacio y el tiempo, o sobre la influencia en nuestra existencia de las cosas y los objetos insignificantes que nos rodean, o sobre la tiranía, la identidad, la relación entre la ficción y la realidad, la esencia y la naturaleza de los recuerdos, como sucede en W o el recuerdo de la infancia.
Esta es la tercera traducción al español (dos en España y una en Chile) que se publica de esta obra, iniciativa que hay que agradecer a la editorial Menoscuarto, puesto que cada traducción implica una nueva lectura, máxime si se trata de un autor como Perec, para quien el lenguaje, las palabras, suponen un caudal inagotable de posibilidades de expresión, cuyas combinaciones y asociaciones son harto difíciles de trasladar a otra lengua diferente de la originaria. Demos, por tanto, la bienvenida a este nuevo intento, que viene a contribuir al conocimiento del fascinante mundo literario de Perec entre los lectores de lengua hispana.
La obra consta de 37 capítulos breves, divididos en dos partes, 11 en la primera y 26 en la segunda. Los capítulos no son uniformes, puesto que se van alternando dos historias diferentes. La primera es una historia ficticia, impresa en letra cursiva, reelaboración de un texto escrito a los doce años, que consiste en que al protagonista, Gaspard Winckler, se le da una nueva identidad para que comience una nueva vida en Alemania, después de desertar del ejército francés. Gaspard recala en una isla de Tierra del Fuego, W, en busca del verdadero dueño de su nombre. El grueso de esta parte trata sobre la descripción de una sociedad autoritaria, basada en el deporte como organización social, donde no sólo los vencidos y los débiles son presa del terror, sino también los vencedores. En este planteamiento subyace una alegoría crítica de los totalitarismos. La segunda historia es su propia autobiografía desde la infancia, reconstruida con retales de recuerdos, en los que la ficción a veces se erige en verdad, sin que le quede claro al protagonista qué es la realidad y qué es la ficción, frontera que sólo existe probablemente en las palabras que nombran estos conceptos, no en la percepción que tenemos del mundo (era hijo de un matrimonio de judíos polacos, su padre murió en el campo de batalla en la Segunda Guerra Mundial y su madre en el campo de exterminio de Auschwitz, cuando él contaba unos cinco años). De modo que por un lado tenemos una historia de ficción, que remite a la realidad de un poder totalitario, por otro los recuerdos fragmentarios de su infancia, por otro los recuerdos imaginados, que se suman como una realidad nueva al torrente de su memoria, y por otra los testimonios externos que le ofrecen los demás sobre su vida, formando todo ello un conjunto proteico, dotado de distintas perspectivas. Quizás no sea descabellado tildar a Perec de escritor realista, como sugieren algunos críticos, dada la presencia en su obra de una realidad necesaria, cuando no de muchas realidades. Ambas historias, como dijimos, se alternan, para confluir al final. El punto de vista que adopta es el de la primera persona del singular en toda la primera parte de ambas historias y en el relato autobiográfico de la segunda, no así en la ficticia de la segunda parte, donde utiliza la tercera, quizás para distanciarse de la dolorosa descripción de la sociedad de W, además de aportar más veracidad y un tono más analítico, propio del ensayo y del periodismo.
Lo sorprendente de esta obra es que a pesar de su complejidad, se lee sin dificultad alguna, dejando al lector que se quede en el nivel de lectura y profundidad que desee, sin que llegue a aburrirse en ningún momento, a lo cual contribuye el humor y la ironía, claves necesarias para comprender su obra.
Entre los escritores para quienes ha sido el escritor más importante al menos de la segunda mitad del siglo XX están Roberto Bolaño y Enrique Vila-Matas, cuya influencia puede rastrearse en algunas de sus obras.
Hay que advertir que la lectura de Perec es adictiva para los apasionados a la buena literatura, una vez leído por primera vez, ya no podrá decirse que será la última, por eso les sugerimos que se acerquen además, si no las conocen, a Las cosas, Un hombre que duerme, Especie de espacios, Lo infraordinario, La cámara oscura o la magnífica y grandiosa La vida instrucciones de uso. No les defraudará.

miércoles, septiembre 24, 2014

Ladrilleros, Selva Almada

Ed. Lumen, Barcelona, 2014. 196 pp. 16,90 €

Juan Laborda Barceló

Hay novelas que se quedan grabadas en la retina del lector. Muchas veces no se trata tanto del acierto temático, prosístico o literario, sino del momento vital del que lee. Haciendo un justo ejercicio de conciencia, podemos apreciar que Ladrilleros no es de estas últimas, sino que merece, por cualidades propias, ser recordada como una excelente obra cargada de preciosistas maneras.
El arranque es brutal por lo sencillo. Dos tipos, aguerridos representantes de las familias Tamai y Miranda, se han cosido a puñaladas entre las supuestamente alegres atracciones de una feria rural. Mientras sus vidas se apagan, se produce el milagro de una historia sólida, maravillosamente contada, que juega con maestría con las mejores trazas de los grandes de la literatura, del realismo mágico a la crítica social. Es esta una novela de cercanos ecos de disputa familiar, con vagos aromas a las trifulcas entre los Capuleto y los Montesco. En realidad, son los ardores más inconfesables de familias vecinas los que tejen los rencores que dan pie a la obra, trazando con pericia el motor de todas aquellas cuitas: el dolor y la búsqueda inherente a cualquier tipo de naturaleza humana.
Los juegos no acaban ahí, pues con una prosa desbordante de belleza Selva Almada nos dibuja los orígenes de los contendientes, las vidas de los progenitores, machos alfa ellos, hembras heridas y supervivientes ellas, que son el caldo de cultivo del drama. Abunda en esa magia retratando unas sentidas infancias, patrias eternas de aquellos que al crecer pierden el norte y se encabritan en pugnas sin sentido, herencias inevitables de unos padres dolientes. Hay mucho de Macondo en estas bellas, pero duras, sagas familiares. La construcción de personajes brilla por su certeza.
Un narrador omnisciente nos acompaña en esta arquitectura del tiempo, nos hace entender las evoluciones varias, hacia delante y hacia atrás, las motivaciones, los sentimientos travestidos y los momentos de cada casta. Incluso lo onírico, lo irreal y los fantasmas tangibles o imaginarios, tienen cabida entre estas letras que optan ora por la faceta legendaria, ora por la cotidianeidad más amarga.
Estamos, en definitiva, ante una novela que todo aquel amante de las letras que disfrute de los hallazgos más puramente literarios, de la prosa más estilizada o de las fórmulas donde lo poético se entremezcla con lo habitual, gozará sin duda alguna.
Seguiremos a la autora, Selva Almada, pues con su quinta novela nos ha regalado unas páginas de gran intensidad y calidad literaria, poco comunes en el panorama editorial actual, bien sea a este o al otro lado del charco. Ella, como ya se ha dicho en alguna otra ocasión, no es solo promesa de las letras argentinas, sino genial actualidad de la ficción hispanoamericana.

martes, septiembre 23, 2014

La primera vez que no te quiero, Lola López Mondéjar

Siruela, Madrid, 2013. 272 pp.18,95 €

Cristina Consuegra

En Lazos de sangre (Páginas de Espuma, 2012), Lola López Mondéjar apuntaló su trayectoria narrativa con un conjunto de relatos que reflexiona, ficción en mano, sobre el hecho familiar, mostrando a quien sostiene el libro, otra manera de construir/deconstruir las relaciones individuales dentro de este ámbito, terreno primordial para la identidad –presente y futura- de los miembros que componen las familias. Motor indispensable del modelo de convivencia social.
Con su siguiente entrega, La primera vez que no te quiero (Siruela, 2013), López Mondéjar ha manufacturado una novela de aprendizaje que respeta y actualiza todos los elementos propios del género, un título impregnado por la huella de la cosa familiar, eje transversal en el corpus de la murciana. Dos de las características principales del Bildungsroman marcan el latir de esta obra; por un lado, el diálogo que el personaje establece con la experiencia de la vida, diálogo basado en la tensión, conflicto que va mutando conforme la historia acontece y el YO de Julia pasa de un nudo al siguiente. Y por otro, el final no armónico, horizonte que precisa, con determinación, de un lector activo sobre el que recae el destino de la protagonista.
La primera vez que no te quiero narra lo que le sucedió a una generación de españolas en la década de los ochenta, generación que se abrió paso poniéndose la libertad por montera, pugnando con la antecesora por otra manera de estar en el mundo y cuestionando lo aprendido hasta la fecha. Por ello, además de ser una novela de formación es, al mismo tiempo, una obra que celebra la juventud, una juventud empoderada que deseaba escribir su futuro y que utilizaba el conocimiento como motor de cambio. Sin duda, esta cartografía emocional de un tiempo es uno de los grandes atractivos de la novela.
Ese retrato pretérito permite a Mondéjar introducir otro elemento literario, el contraste entre verdad narrativa (ser) y verdad biográfica (estar), siendo la primera aquellos recuerdos que cada individuo genera para refugiarse ante la intemperie de la vida, y la segunda aquello que vamos acumulando conforme la vida pasa. La autora camufla la inserción de esta característica a través de la memoria, memoria que es articulada gracias al empleo de una estructura narrativa que refuerza la respiración de la obra.
«Cuando tenía dos meses de edad, mi madre intentó ahogarme mientras me bañaba». Así comienza La primera vez que no te quiero, principio que recuerda al célebre comienzo de El extranjero por lo que encierra de fractura en el personaje principal. Con estas primeras palabras, la novela no sólo se pone en marcha con una acción, sino que deposita las primeras piedras en las vidas de Julia y su madre, horizontes condenados a enfrentarse por la lógica de la divergencia natural, por las distintas educaciones emocionales aprendidas. Así introduce ese conflicto perpetuo en Julia, tensión que determina el resto de relaciones que emprende con los diversos personajes, relaciones, la mayoría, poco saludables para la protagonista, quien se abre paso a través de una maraña de emoción y conocimiento, maraña que viste el conflicto entre Julia y la experiencia de la vida. Bruma desde la cual intenta madurar y alcanzar el deseo que subyace tras las relaciones con el Señor Oscuro, con su marido y otros hombres: ser feliz.

lunes, septiembre 22, 2014

Tan lejos de Dios, Roxana Popelka

Baile del Sol, Tenerife, 2004. 110 pp. 9,36 €

Miguel Baquero

Roxana Popelka (Gijón, 1966) hace literatura con las cosas pequeñas. Con los objetos, las palabras, los sentimientos que suele manejar la gente común, por lo general desechables y desde luego muy alejados de esas grandes sensaciones que, se supone, mueven cuentos y novelas. Para la asturiana, la vida, como titula uno de sus cuentos, «se compone y se descompone con pasmosa facilidad». La felicidad o la desgracia, la fortuna o la desesperación dependen de cosas muy pequeñas que, normalmente, están en manos de otros: del padre que se marcha, de repente, sin más explicaciones, y deja sola a la familia; del tipo que miente por instinto; incluso del bebé inocente que no para de llorar. En los cuentos de Popelka —que aspiran, como los buenos libros, no tanto, o no sólo, a entretener como a verter una visión sobre la vida—, los personajes, como quizás todos nosotros, carecen de una personalidad firme y rocosa, de un arraigo a la manera de los caracteres novelísticos antiguos: si nos podemos mirar en ellos no es con admiración, sino sintiéndonos iguales en su torpeza, en su desorientación, en sus dudas… Tipos que condicionan su vida, dando un giro busco a sus estudios, en función de un arranque emocional, de una discusión, o sencillamente de la posibilidad de aprovechar una beca en un país lejano, aunque no les interese demasiado el país ni la carrera. Gente como en “Una señora bien” o “Vuelo directo”, que ha llegado a lo que desde lejos puede verse como una cúspide, pero que en el fondo de sí presienten, saben, que la vida les ha llevado hasta allí como podría haberles llevado a cualquier otro sitio, al lado opuesto incluso. Aquel desorientado del colegio —pero no más que cualquiera de nosotros— convertido, de pronto, a los ojos de todos, en un triunfador; o aquella mujer bien acomodada a la que le gustaría sentir las miserias y el dolor, pero la firmeza sentimental al fin, de un artista...
«Así que a partir de ahora podía ocurrir cualquier cosa…»
Esta frase, tan sencilla, es la que marca el borde del barranco en el que parecen desarrollarse los cuentos de Popelka, siempre al filo de que, como en el famoso principio, el aletear de una mariposa en Brasil, un hecho por completo ajeno e incontrolable, lo desmorone todo, por más firme que parezca. Sucesos nimios como una mujer, o un hombre, con quien de pronto se encuentra la pareja; incluso algo tan cotidiano como una charla con la persona que tienes al lado, tu hijo o tu hija, que se supone dependen de ti pero que de pronto te muestran algo que siempre has ignorado.
Es formidable el breve cuento “El escultor”, la mujer que se desespera ante las dificultades para aprender de ese hijo que siempre ha soñado sería más inteligente que ella. Uno de los mejores cuentos que he leído desde hace tiempo. Un gran valor de los cuentos de Popelka es que en ellos la vida se pinta de manera tan difusa —como al fin y al cabo es—, sin que exista en ella una posición precisa en la que aposentarse, que incluso la postura ante un mismo hecho varía sin causa aparente. Y allí donde puede admirarse —“Presentación”— la entereza de una joven y el desprecio que siente hacia su padre, que las abandonó a su madre y a ella, en el siguiente cuento, “Tan lejos de Dios” parecida postura nos parece ruin y despreciable cuando, gratuitamente, una protagonista parecida le jode la vida al padre que se marchó de casa; en sólo diez páginas, el lector ha empatizado con el personaje supuestamente odioso y mira con desprecio a quien en principio debía admirar.
Ese cambio de punto de vista, de verdadera maestría literaria, prueba última de que en la vida no hay nada cierto y todos estamos tan lejos de Dios como de cualquier tipo de verdad inamovible, hace de este libro de Roxana Popelka un pequeño volumen digno de ser buscado por las bibliotecas, y encontrar luego un hueco para leerlo. Un libro en apariencia pequeño, como las sencillas cosas de las que se habla en él, pero con muy grandes destellos de calidad.