viernes, septiembre 19, 2014

Viajes con Charley. En busca de Estados Unidos, John Steinbeck

Trad. José Manuel Álvarez Flórez. Nórdica, Madrid, 2014. 285 pp.19,50 €

Pedro M. Domene

En 1962, un John Steinbeck, de 58 años, se puso en la carretera y recorrió su país, Estados Unidos, de punta a punta. A lo largo de tres meses hizo los dieciséis mil kilómetros por las carreteras secundarias de treinta y cuatro estados. Viajaba con Charley, un caniche francés, y en Rocinante, la autocaravana que compró para la ocasión y que llevaba su nombre escrito en un costado con caligrafía española del siglo XVI. Según cuenta el Nóbel sureño, durante todo ese tiempo nadie le reconoció ni una sola vez. El resultado, Viajes con Charley. En busca de Estados Unidos (que ahora publica, Nórdica Libros, 2014).
«Cuando yo era muy joven y tenía dentro esa ansia de estar en otro sitio, las personas mayores me aseguraban que al hacerme mayor se me curaría este prurito. Cuando los años me calificaron de mayor, el remedio prescrito fue la edad madura. En la edad madura se me aseguró que con unos años más se aliviaría mi fiebre, y ahora que tengo cincuenta y ocho, tal vez la senilidad realice la tarea». El relato del viaje resultó un texto muy personal, y es que ciertas historias hay que leerlas no solo para conocer sus paisajes, sino para entender al autor y para saber más sobre sus circunstancias personales y su época. Steinbeck va contando, a lo largo de todo el libro, como a medida que deja atrás kilómetros encuentra un país cambiante, donde las aldeas se van convirtiendo en pueblos y los pueblos en ciudades, también cómo los negros comienzan a integrarse en los estados del sur, y el racismo blanco se opone con auténtica fiereza, y averigua que la gente se ve obligada a comprar autocaravanas donde vivir para poder aprovechar una oportunidad de trabajo lejos de casa.
Un país enorme, raro y lleno de matices que, al margen de Steinbeck, hemos ido conociendo en la abundante literatura publicada hasta el momento, en los numerosos testimonios escritos o en los filmes de época que durante los últimos cincuenta años han invadido nuestras casas o salas de proyección. Pero, lo mejor de este libro como asegura el escritor, para conocer un país es necesario haber contemplado sus paisajes y caminos o, sobre todo, charlar y compartir con sus gentes, y esa no otra fue su idea al comienzo del mismo. En el camino se encontró con vendedores, granjeros, camioneros, campesinos, y gentes que, como él, que iban siempre de paso. Y lo que queda patente y claro es que aquella uniformidad muchas veces atribuida al mundo norteamericano, desde una visión europea, no es más que una distorsión grotesca, y su forma de ser, incluso su vida cotidiana es algo más diverso y complejo que cualquiera de las sociedades del viejo continente. Algunos de los problemas que Steinbeck encontró en su viaje de entonces no han desaparecido actualmente, entre ellos las curiosas, laberínticas y en muchas ocasiones absurdas leyes que rigen la entrada en cualquier país, como a él le ocurriera al intentar cruzar la frontera entre Nueva York y Ontario, o sea, entre Estados Unidos y Canadá, obligado a dar marcha atrás por no llevar el certificado de vacunación de su perro, Charley. Lo curioso es que podía pasar tranquilamente en Canadá, pero en la aduana canadiense le advirtieron que, tal vez, no podría volver a entrar en Estados Unidos, aunque el periodo de estancia en el país vecino apenas fuera de unas horas, lo suficiente para recorrer el camino más corto entre Niagara Falls y Detroit. Al dar media vuelta, sin embargo, fue detenido en la garita de entrada a los Estados Unidos. Leemos, pues, esas sensaciones que todos sentimos cuando en una aduana se nos invita amablemente a abrir nuestras maletas, o peor aun cuando alguien nos invita a acompañar al funcionario a otra habitación, ese desasosiego, como única percepción de que algo malo estemos haciendo.
Al hilo de un relato curioso, bien escrito que se lee con amenidad, salpicado de un rico anecdotario de las abundantes virtudes y defectos de los estadounidenses, las páginas fluyen, y sobresalen los juicios y amenas charlas con Charley, en quien confía, a quien cuida y le sirve de excusa para entablar conversación con los lugareños cuando llega a una población desconocida, puesto que generalmente por esas tierras no han visto un perro de anatomía y pelambrera tan curiosa y, sobre todo, tan viejo y que resulte tan buen compañero. Cuando Steinbeck recorre el sur, en las últimas etapas de su viaje, el valor del testimonio aportado es mucho mayor. Observará y nos dejará escritos algunos actos racistas en Nueva Orleans, y en ese mismo sentido le suceden numerosas anécdotas que demuestran su templanza y su humanidad, como por ejemplo cuando un grupo de mujeres, de pie frente a un colegio de la ciudad sureña, dedicaban las tardes y las mañanas a abuchear a tres niños negros que estudiaban allí. El escritor observa el espectáculo sorprendido y, a medida que seguimos leyendo, de nuevo en algún poblado del sur, conoce a un hombre que, entre otras cosas, confunde a Charley con un negro, este hombre le pide que lo acerque a un pueblo cercano y Steinbeck, siempre amable, acepta, mientras conversan, y surge el tema del rechazo a los negros, o “Niggers”, como sugiere el hombre que los llama los hombres blancos de modo despectivo.

jueves, septiembre 18, 2014

Anatomía de la memoria, Eduardo Ruiz Sosa

Editorial Candaya, Canet de Mar, 2014. 576 pp. 21 €

Javier Moreno

Anatomía de la memoria es la primera novela del mejicano Eduardo Ruiz Sosa, publicada bajo el auspicio de la Fundación Han Nefkens en la editorial Candaya. Se trata del primer autor becado por la Fundación, seleccionado de entre otros cientos de pretendientes por un jurado compuesto por Juan Villoro, Lourdes Iglesias e Ignacio Vidal Folch.
Ruiz Sosa, que previamente a esta novela se había desfogado con un libro de relatos titulado La voluntad de marcharse, compone una novela desprovista de referencias explícitas, geográficas o temporales. La acción transcurre en Orabá, ciudad de un país nombrado así, El País, aunque no tenga nada que ver con el periódico que todos conocemos. Estiarte Salomón, uno de los personajes, ha recibido el encargo de escribir una biografía sobre Juan Pablo Orígenes, conocido como el poeta, uno de los integrantes del grupo revolucionario mejicano conocido como Los Enfermos (para quien sienta curiosidad hay que decir que dicho grupo revolucionario izquierdista existió y que la novela se inspira, solo en parte, en la documentación y pesquisa llevadas a cabo por el autor). La investigación de Estiarte Salomón acaba ampliándose hasta abarcar al grupo de Enfermos supervivientes, enfermos revolucionarios (Eliot Román, Isidro Levi…) y enfermos reales a un tiempo (en realidad los Enfermos revolucionarios viven aquejados sin excepción por algún tipo de enfermedad: Orígenes padece Parkinson, Eliot Román es cojo, Isidro Levi es ciego, obedientes los personajes a una de las muchas leyes analógicas que gobiernan esta novela). La tarea de Estiarte Salomón es en principio la más difícil, la de aproximarse a la verdadera historia de los Enfermos, una historia que transcurrió cuarenta años antes del momento en el que se narran los hechos. Se trata, al fin y al cabo, de un ejercicio comunitario de memoria; y la memoria, ya se sabe, está llena de trampas, de engaños, sobre todo cuando quien habla es un enfermo de Parkinson.
Hay un libro que funciona a manera de hipotexto de Anatomía de la memoria y no es otro que el de Anatomía de la melancolía, de Robert Burton. Del mismo modo en el que Burton concibe la melancolía como una enfermedad, desarrollando una psicosomática de la melancolía, es decir, un tratado analógico del cuerpo y del alma melancólica, Eduardo Ruiz Sosa parece hacer lo mismo con la memoria. La memoria como enfermedad, con sus síntomas y su órgano privilegiado que ya no será el cerebro ni ninguna otra parte del cuerpo sino el libro. Hay en esta novela una profunda reflexión acerca del libro y de su concepción a través de la escritura. Una confianza casi mesiánica en el poder del libro, como ocurre en la obra de Edmond Jabès o del propio Mallarmé. Anatomía de la memoria es, de algún modo, un libro judío. A la concepción de la escritura como memoria, y viceversa, se une el exterminio, la particular Shoah que vivieron estos Enfermos que ahora pretenden, al modo de la imagen dialéctica de Benjamin, restaurar de nuevo la Enfermedad, resucitar la revuelta. Y ahí el libro vuelve a cobrar una importancia determinante ya que el método elegido para restaurar dicha Enfermedad revolucionaria es, como no podía ser de otro modo, el de recuperar los libros de contenido izquierdista que Eliot Román, uno de los Enfermos, había ido enterrando a lo largo y ancho de la ciudad cuarenta años atrás.
Estamos ante un libro poético, en el mejor sentido de la palabra (el recuerdo es como un poema hecho pedazos, se dice en un momento de la novela), y esta novela está escrita como ese recuerdo, como un gran poema, algo que aporta a la lectura un ritmo endiablado a pesar de su apariencia voluminosa. Pero lo que a mi juicio define con mayor rigor a Anatomía de la memoria es la perfecta fusión de lo anímico, lo fisiológico y lo político, como si estos tres niveles de la existencia humana se correspondieran con precisión con los distintos tipos de enfermos que pueblan esta novela: los enfermos reales que Macedonio Bustos, el boticario, recibe en su farmacia y a los que atiborra de drogas legales como si de un dealer se tratara, y los Enfermos integrantes del grupo revolucionario. Política, cuerpo y emoción son en Anatomía de la memoria una misma cosa. El amor y la política se confunden, lo mismo que el amor y la enfermedad, incluso cierto amor por la enfermedad. Estamos ante una novela morbosa, en el sentido de que el cuerpo tiene un papel preponderante, pero no menos espiritual, poblada (como ocurre en la obra de Rulfo, con la que la de Ruiz Sosa tiene mucho que ver) de fantasmas, es decir, desaparecidos que regresan, que renuncian al olvido, o que son regresados desde el olvido por aquellos que no pueden dejar de recordarlos.
Anatomía de la memoria es una novela ambiciosa. Mucho. Muy pocos autores primerizos están a la altura de sus pretensiones. Ruiz Sosa es sin duda una de esas raras excepciones. No estamos ante una promesa sino ante una pasmosa realidad. Hay autores que parecen prescindir de la natural progresión que depara (o no) la maestría del oficio, que nacen grandes. Aquí tienen a uno de ellos.

miércoles, septiembre 17, 2014

Martillo, Alejandro Hermosilla

Balduque, Cartagena, 2014. 228 pp. 14 €

Pedro Pujante

Imaginemos por un momento que Lewis Carroll hubiese pertenecido a una secta demoniaca que venerase a Cthulu, que hubiese vivido en Fez, en la mítica Ubar o en otra región árabe, y que sus laberintos fuesen menos coloristas y más tenebrosos y perversos. En ese caso, quizá hubiese escrito algo parecido a Martillo del cartagenero Alejandro Hermosilla (1974).
Lo que Hermosilla ha cincelado para delectación del lector es un dédalo extraño, formado por palabras y frases –en su mayoría, breves y contundentes- que insisten y se enroscan sobre sí mismas como si de un poema, un cántico sagrado y demoniaco se tratase. Al leer Martillo somos capaces de visualizar los arrabales de una ciudad musulmana, escuchar la llamada de los muecines y los golpes incesantes de un martillo que percutiese en nuestro subconsciente. Pero estas ciudades que se describen en Martillo son trasuntos de un submundo pesadillesco y obscuro; están habitadas por demonios, misteriosas mujeres, animales salvajes, monstruos, vampiros, bestias del infierno, hombres horribles que anhelan tu perdición, libros malditos y brujas obscenas.
Frase a frase, palabra a palabra, ha erigido Hermosilla un libro heterodoxo, complejo, abigarrado, con diferentes sedimentos narrativos pero de una indiscutible homogeneidad y coherencias estilísticas y estéticas.
La prosa de Martillo es absorbente, hechizante y de una plasticidad inusitada. Desde las primeras páginas ya tiene el lector la sensación de encontrarse en un lugar privilegiado, místico y esotérico, a mitad de camino entre el Magreb y las pesadillas de Burroughs. Influido por Las mil y una noches, Borges y los tormentos admonitorios de Lovecraft, el autor de este singular libro nos propone un entramado en el que la intertextualidad y la metaliteratura se conjugan de un modo fresco, natural y totalmente sorprendente. Las referencias literarias y culturales, como sustrato de la propia narración, lejos de abrumar, se constituyen en el abono ideal para erigir este minarete gótico pero moderno, vanguardista pero con un aire clásico que lo transmuta en orfebrería atemporal.
El narrador, con un aliento poético, nos hace avanzar por una ensortijada caja china, mise in abyme orientalizada, pero que se oscurece por momentos con los tonos lóbregos de la literatura de horror más espeluznante. En ningún momento se sentirá el lector seguro en su deambular por los recovecos de Martillo. Y esa inquietud es quizá uno de los puntos más fuertes de la prosa de Hermosilla. No es este un libro para almas remilgadas.
Las metáforas no son gratuitas. Desde el título del libro, leitmotiv que se escucha de fondo a lo largo del periplo narrativo, pasando por otras estampas más inquietantes: un extraño pájaro dentro de una caja; efrit demoniacos que se enroscan su propia cola; mujeres lujuriosas y sensuales; el exotismo de una tierra mística; el terror cerval…
El goteo de imágenes es incesante a lo largo de la novela. Además de esta sucesión de símbolos, la precisa prosa y la imaginación de las que se vale Hermosilla, hacen de Martillo un libro intenso, que no es para nada obsequioso con el lector. Es de una originalidad extrema y nos demuestra que el autor posee unas dotes innegables para canalizar sus influencias y crear su literatura propia.
Para encontrar una construcción de este tipo –aunque las analogías aquí son meramente subjetivas- quizá haya que visitar Esto no es una novela de David Markson, libro compuesto de frases, sin un argumento preciso ni personajes.
Esta es la primera novela publicada de Alejandro Hermosilla, sus incipientes acólitos ya esperamos la siguiente con impaciencia.

martes, septiembre 16, 2014

El armario de acero. Amores clandestinos en la Rusia actual, VV.AA.

Trad. Pedro Javier Ruiz Zamora. Editorial Dos Bigotes, Madrid, 2014. 285 pp. 17,95 €

Daniel López García

El armario de acero es el primer título del catálogo de una nueva editorial que nacía el pasado mes abril, la editorial Dos Bigotes. El libro consiste en una colección de textos literarios de diverso género, pertenecientes a un total de dieciséis autores nacidos en Rusia. Sus fechas de nacimiento se encuentran entre los años 1964 y 1990, encontrándose actualmente todos en activo. Realizar un comentario crítico de esta obra no resulta tarea fácil por algunos de los motivos que acabo de indicar. Por un lado, la selección de autores es amplia y sus voces diversas. Si bien son contemporáneos entre ellos, el margen entre los mayores y los más jóvenes es lo suficientemente significativo como para poder abordarlos desde una perspectiva generacional. Además, la naturaleza de estos textos responde a diferentes cauces de expresión, encontrando una mayor presencia del relato breve, junto con poemas y textos híbridos que combinan rasgos del texto teatral y el narrativo. Por último, estamos frente a una antología de autores prácticamente desconocidos en nuestro país para los que está edición supone la primera traducción de su obra al castellano. Por tanto, retomo la nota introductoria de los editores, Gonzalo Izquierdo y Alberto Rodríguez, para este libro en la búsqueda de un ángulo que me sirva de herramienta para su comentario. De ella extraigo lo siguiente:
«La curiosidad está en el origen de El armario de acero. Una curiosidad que en su inicio tuvo una doble dirección: profundizar en nuestro conocimiento acerca de la literatura rusa contemporánea y descubrir cómo ésta abordaba la temática gay y lésbica en momentos de confrontación política y social»
A partir de esta declaración de intenciones, analizo esta obra. La primera dirección que toman los editores es eminentemente literaria, tal y como expresan, y en ese sentido la obra recoge una selección de textos de autores en activo de los últimos treinta años de la historia literaria de Rusia. El conjunto de escritores seleccionados están relacionados con el mundo cultural del país, algunos desde el exilio, y se encuentran vinculados a revistas literarias, editoriales, el mundo académico, e incluso han sido galardonados o seleccionados para algunos de los premios más importantes del panorama literario del vasto país como son el Premio Debut para jóvenes autores o el Premio Andréi Bely, premio literario independiente más antiguo de Rusia. Por tanto, parece evidente que sí nos encontramos ante una selección de textos relevantes de la producción literaria de la Rusia actual.
En cambio, la segunda dirección por la que se mueven, más que con una cuestión literaria en sentido estricto, tiene que ver con el deseo de reflejar una situación política y social que afecta a un grupo de población en concreto. En este sentido, y sin abordar aquí el clásico debate literario sobre la vinculación de la literatura y los fines sociales, considero que la perspectiva que toma Dos Bigotes encierra un acierto dentro de este tipo de editoriales. Desde mi punto de vista, Dos Bigotes a la hora de manejar lo gay en literatura, en lugar de tratarlo como un elemento propio de una sensibilidad diferente y diferenciadora, los editores manifiestan su interés por reflejarlo desde su perspectiva social, la de mostrar esa particularidad como producto de un contexto afectada por unas determinadas tensiones. Y si me permito la digresión en este punto, es porque creo que arroja algunas luces para exponer mi lectura de la obra.
Por tanto, y desde su intención manifiesta, El armario de acero, más que un ejemplo de literatura donde lo gay o lo lésbico es un cauce de expresión de una angustia o un deseo particular, se convierte en un sismógrafo que recoge diferentes inquietudes o reflexiones donde el elemento gay emerge con el objetivo de reflejar una producción literaria vinculada a un contexto social concreto. Este punto es uno de los que estimo de mayor interés a la hora de fijarnos tanto en la editorial como en el libro, ya que los diferencia del resto con las que comparte temática, al menos en su intención. A partir de aquí, los textos seleccionados para esta antología se sitúan entre estos márgenes de lo particular y lo general, entre lo específicamente gay y lo gay concebido como una experiencia que sirve de motivo para tratar otros aspectos de carácter universal. De antemano, sí les aviso que más interesante se convertía mi experiencia lectora en la medida en que lo escritores contenidos en ella se han acercado al segundo margen que cito.
En primer lugar, en el libro podemos identificar una serie de textos de autores que tratan el tema de lo gay asociándolo a los valores de belleza masculina en sus aspectos más armónicos, grotescos, incluso absurdos; el deseo por el cuerpo masculino manifestado en la pulsión y el acto sexual; y la recuperación de estereotipos masculinos tradicionales asociados ahora a prácticas homosexuales, especialmente llamativa es la figura del militar. Entre estos autores –todos hombres- se encuentran Aleksander Belykh (1964), Ilya Ilyn (1975), Vadim Kalinin (1973), Nikita Mironov (1986), Slava Mogutin (1978) -autor que además refleja una actitud de contracultura en lo gay, la homosexualidad como rebeldía centrada en el placer-, Dmtry Volchek (1964) y Maksim Zhelyaskov (1972).
En un segundo grupo encontramos a autores que recrean pasajes con aires costumbristas y escenas donde predominan la soledad y la nostalgia como producto de unas relaciones no satisfechas y de amores imposibles, en las que como contrapunto aparece en ocasiones la solidaridad entre desconocidos: Dimitri Kuzmin (1968), Valery Pechykin (1984) y Vasili Chepelev (1977).
En tercer lugar, reunimos a dos autores que plantean, a partir de los textos literarios, una confrontación más evidente entre lo gay y el contexto político y social. Ejemplo de ello son los textos de Aleksander Anasevich (1971) en el que desarrolla una visión que confronta la soledad de una voz que padece de SIDA y una sociedad que continuamente alardea del sexo, o Sergei Finogin (1990) que refleja en su poesía los cambios en los estereotipos de género a través de la que sea quizá una de las voces poéticas más interesantes de la antología.
Por finalizar, en el último grupo se situarían aquellos autores cuyos textos manifiestan un impulso que aspira a conectar lo particular con un alcance general: Margarita Meklina (1972), Aleksander Murasov (1978), Stanislav Snitko (1989), Natalia Starodubtseva (1979) y Galina Zelenina (1978). Para este lector, este grupo muestra los textos de mayor interés y alcance literario de esta antología, donde curiosamente tres de los cinco autores que destaco son las únicas mujeres de los dieciséis de la antología. De entre estos cinco pongo el acento en dos de ellos, la escritora Margarita Meklina y el escritor Aleksander Murasov. Margarita Meklina a partir de relatos breves crea una red narrativa en la que las voces y sus ecos construyen la historia de unos personajes en el exilio y sus relaciones, por las que accedemos a la expresión de un deseo y una necesidad colectiva. Por su parte, Aleksander Murasov escribe una poesía que se enfrenta a la tradición en un doble sentido: cultural e histórico. De esta manera, la voz poética se siente parte de ellas al mismo tiempo que manifiesta su carácter genuino, para enfrentar el paso del tiempo, el amor y la muerte de una manera universal.

lunes, septiembre 15, 2014

Sueños de penitencia, Juan Ortega

Booklane, Madrid, 2013. 260 pp. 14,04 €

Fernando Sánchez Calvo

Hay pasados que vuelven al presente por mucho que éste quiera cerrarles la puerta. Con más razón si ese pasado transporta en sus espaldas una vieja historia de amor no resuelta. Ése es el dilema de Carlos, profesor de secundaria que en los años decadentes del socialismo felipista saborea un pingüe bienestar con mujer e hijo hasta que Sonia, antigua compañera de estudios, coincide con él en el mismo instituto más de veinte años después tras probar en carne y espíritu la típica desilusión del docente que se vuelca demasiado con un medio, el rural, que no es el suyo. Pero Sonia no sólo trae antiguas palabras y afectos no revelados entre ambos: con ella vuelven los años de la todavía joven democracia española, los del NO A LA OTAN, los del Madrid de Tierno Galván y, en definitiva, los del Madrid divertido, guerrero y prometedor.
Entre esos dos contextos, los de la euforia y el primer desaliento de la pretendida izquierda, la trama cobra importancia principalmente en el segundo. Es ahí donde Carlos poco a poco irá cayendo en las redes de Sonia, quien (no sabemos si adrede o no o las dos cosas) ha llegado a Madrid desde Ávila para recuperar todo aquello por lo que en sus años de juventud no se atrevió a luchar. En principio es tarde, los primeros contactos sólo conducen a un café, pero poco a poco los recuerdos, la memoria, los amigos que van y vuelven o antiguas canciones y libros confunden a nuestro racional protagonista hasta llevarle a la clásica diatriba de no saber distinguir entre amor y amistad, entre una aventura y su familia.
Eso respecto a la historia, manida donde las haya y no por ello menos interesante. Pero son el discurso, la multiplicidad de narradores y un diálogo ágil y verosímil los grandes responsables de que esta novela sin pretensiones pero bien contada no se caiga. Más amena e interesante a medida que avanzan sus páginas, quizás un tanto naif e ingenua en algunas descripciones o conversaciones que se suben de tono, la recuperación de unos de los grandes temas de Nacha Guevara, Sueños de penitencia, resume, aparte de dar título, el espíritu nostálgico de aquellos años donde los sueños de unos cuantos universitarios desembocaron irremediablemente en la prosaica realidad que Aznar y la propia evolución de cada uno dictaminaron. Como siempre la única salvación a veces son los escarceos amorosos, pero éstos, siempre interesantes en la ficción, acaban por destruir a sus protagonistas, por muy indulgente que el narrador, autor e incluso lector, se muestren con ellos

viernes, septiembre 12, 2014

Legado en los huesos, Dolores Redondo

Destino, Barcelona, 2013. 560 pp. 18,50 €

Victoria R. Gil

Dolores Redondo tenía el listón muy alto tras El guardián invisible, la primera parte de su trilogía del Baztán, que convenció a críticos y lectores, y constituyó una sorpresa en la narrativa policíaca patria, ortodoxa y contenida como mandan los cánones. Con un atrevimiento premiado con el éxito, Redondo añadió un tercer ingrediente al tradicional combinado de investigación policial y vida personal -más o menos atormentada- del protagonista: el sobrenatural.
También rompió un tabú para las mujeres policías y detectives de ficción, cuya femineidad se estereotipa, o se atempera para mimetizarse con el entorno abundante en testosterona en el que se desenvuelven. (Antes que ella, Mercedes Castro y su Y punto, ya habían empezado a resquebrajarlo). Amaia Salazar, inspectora de homicidios de la Policía Foral de Navarra, no se preocupa de ir vestida para matar, ni es mordaz y sarcástica, y aún menos resulta dura como el acero de su pistola. Amaia Salazar llora, duda, se preocupa por su periodo y, cuando al final consigue ser madre, se obsesiona como toda primeriza por convertirse en la superwoman que lidia con tres jornadas laborales: la profesional, la maternal y la del hogar.
Amaia, además, está rodeada de mujeres: Tía Engrasi; sus hermanas Flora y Ros; su hija, que decidió cambiar de sexo en el último momento; Mari, la diosa que habita en las montañas, y, sobre todo, Rosario, su madre, la más presente de todas, pese a su ausencia. Porque el matriarcado, tan vivo en la sociedad rural vasca y navarra, y la maternidad, en más de una forma, son temas poderosos en la obra de Redondo. Y se vale de ellos sin complejo alguno, convirtiéndolos en un nudo más de la trama, tan importante como la propia investigación policial.
Es cierto que quizás puede reprochársele un cierto tono sentimental y explotar la belleza de la protagonista, tan hermosa que hasta los jueces –sin saber muy por qué- caen rendidos a sus pies. Pero se le perdona porque Dolores Redondo ha conseguido ese objetivo que tantos escritores buscan y tan pocos logran: crear un universo propio, dotarlo de potentes personajes y metérselo en vena a los miles de lectores que aguardan ansiosos el final de esta trilogía que aún esconde tantos misterios por descubrir.
Legado en los huesos comienza retomando los últimos coletazos de la investigación anterior. La inspectora Salazar espera en el juzgado para testificar contra el padrastro de Johana Márquez, una de las jóvenes asesinadas en El guardián invisible. El inesperado suicidio del acusado será el primero de una serie de ellos que, aun carentes de motivo en apariencia, están relacionados con varios casos de violencia de género y quizás con algo más oscuro que se esconde en el pasado.
En esta segunda parte nos adentramos de nuevo en el húmedo valle navarro en el que Elizondo aguarda plagado de secretos. Y de una maldad que surge violenta y tenebrosa como el alma que la impulsa. También aquí la autora se vale de la mitología vasca para introducir otro personaje fantástico, el tarttalo, descrito por ella misma como “un cíclope sanguinario, caníbal y feroz”. A pesar de ello, Dolores Redondo siempre hace recaer la maldad del lado de los humanos; por lo que se refiere a Amaia Salazar, la magia y el poder de lo sobrenatural actúan siempre de forma benéfica.
Decía al comienzo de esta reseña que las expectativas eran muchas ante la aparición de Legado en los huesos y la autora no las ha defraudado, porque esta novela es, claramente, mejor que la primera. Redondo ha pulido el estilo y profundizado en sus personajes, y si bien hay aspectos de la nueva trama que pueden sorprender, el resultado es tan intrigante y adictivo como lo fue El guardián invisible.
Los lectores de Dolores Redondo, tantos que ya se organizan viajes al Elizondo real para conocer los lugares donde transcurren los casos de esta inspectora foral, pueden apuntar la fecha del 25 de noviembre en sus agendas; ese día se pondrá a la venta Ofrenda a la tormenta, último título de la trilogía y en el que se desvelarán todos, es de suponer, los misterios que aún esconde el valle de Baztán.

jueves, septiembre 11, 2014

Nosotros caminamos en sueños, Patricio Pron

Literatura Ramdom House, Barcelona, 2014. 128 pp. 16,90 €

Pedro Pujante

Hace diez años esa novela vio la luz en una primera versión con un título más acertado y corrosivo: Una puta mierda. La novela ha sido corregida y ampliada y se presenta ahora en su versión definitiva.
Es la primera obra que leo de Pron (Argentina, 1975), autor joven pero prolífico y con una obra traducida a varios idiomas y avalada con importantes premios, Premio Jaén de Novela o Premio Rulfo de Relato, entre otros.
En Nosotros caminamos en sueños, un narrador nos cuenta en primera persona su extraña experiencia en la guerra de las Malvinas. Según el propio autor esta es la visión, o más bien, el recuerdo de su niñez respecto al fatídico episodio bélico. Pero lo que ha hecho Pron, lejos de suministrarnos una crónica histórica o verista de los acontecimientos, es construir una fábula, menos moralista que paródica, con tintes absurdos y elementos del más puro esperpento. La historia se confunde por momentos con una obra de teatro de Beckett, trufada con humor cervantino y algo de los sketches del mismísimo Gila cuando nos hablaba de sus batallas irreales y desaforadas. Una guerra que no parece tener final. De hecho, aparece una bomba suspendida en el aire, sin intención de caer. Esa suspensión del misil bien podría servir como metáfora de esta y de cualquier guerra: una situación que se sostiene sin explicación racional ni justificación en el tiempo y el espacio. En este sentido, la obra está emparentada con otras como Esperando a los Bárbaros de Coetzee, El mar de las Sirtes de Gracq o El desierto de los Tártaros de Buzzati, novelas todas ellas en las que una prolongada y absurda espera prolonga una situación bélica sin mucha lógica.
Aunque por supuesto Nosotros caminamos en sueños está escrita en clave de humor. Y pienso, ¿no es, desde Kafka, la espera postergada hasta el absurdo el gran tema de la literatura contemporánea?
Pero no nos llevemos a engaño. Detrás de estas pintorescas situaciones de vodevil, enredos y gags cómicos se oculta una feroz crítica al mundo de la guerra, de la política y a los abusos del poder en un mundo burocratizado hasta la estupidez. El humor lo utiliza Pron como un estilete afilado para desgranar y desvelar qué de insensato y alocado hay en una guerra. Desde situaciones rocambolescas en un hospital de campaña en el que el doctor confunde brazos con piernas; ejecuciones sumarias y arbitrarias; fraudes ocultos con pingües beneficios a costa de vender la comida de los soldados; turistas japoneses que fotografían las escabrosas imágenes de la crueldad… Las estampas absurdas se suceden sin tregua.
La mitad de la novela, para más efecto teatral, está compuesta por diálogos, en su mayoría absurdos juegos de palabras: repeticiones, equívocos o simplemente enredos verbales que no conducen a ninguna parte y que incomunican más si cabe a los protagonistas. Los personajes, acordes a la situación en la que se hallan, son caricaturas: un tal Snowden (ya saben a quién puede recordar), un militar que aparece disfrazado de mujer, una familia de mujeres que sirven de concubinas a las tropas…
La novela resulta de una factura impecable aunque la inacción y lo grotesco se alargan demasiado, en un callejón sin salida del que quizá el lector desearía haberse zafado un poco antes. Pero aunque el sinsentido nos abrume es innegable que Pron demuestra en esta fábula inmoral sobradas dotes para la composición de viñetas destartaladas, personajes esperpénticos y atmósferas que nos recuerdan los tenebrosos chistes de Kafka o los imprevisibles planteamientos de Ionesco.
Una novela absurda, o sea, bélica que retrata con una mirada vitriólica nuestras propias e inconfesables miserias.

miércoles, septiembre 10, 2014

Obra completa, Héctor Viel Temperley

Amargord, Madrid, 2013. 503 pp. 19,95 €

Verónica Aranda

Héctor Viel Temperley (Buenos Aires, 1933-1987) fue un poeta de culto, visionario y excéntrico, que ha influido en las últimas generaciones de poetas argentinos, pero que apenas se le conocía en España, hasta su aparición en la Antología Las ínsulas extrañas (Galaxia Gutenberg, 2002). Ediciones Amargord ha tenido el buen criterio de publicar su Obra completa, compuesta por nueve poemarios—treinta años de poesía— en la colección Trasatlántica, en una cuidada edición a cargo de Juan Soros.
Desde sus primeros libros, Viel Temperley cultivó un misticismo muy personal e innovador (al situarlo también en el espacio urbano), entre el panteísmo («Esta tarde Dios habla/ en los saltos del río») y la invocación a un Dios corpóreo y heterodoxo, con el que tiene una relación de vértigo. De este modo, Temperley siempre nadó contracorriente de los movimientos literarios de su país, Argentina, donde la poesía mística es una rareza, y más en el escéptico siglo XX, salvo contadas excepciones como Jacobo Fijman o algunos poemas de Ricardo Molinari.
Si bien la obra que lo consagró a Temperley las puertas de la muerte fue Hospital Británico, es interesante hacer un recorrido panorámico y cronológico por toda su producción, donde hallamos escalofriantes epifanías de lo que vendría después, y cuyas esquirlas saltarán en Hospital Británico. En sus primeros libros —Poemas con caballos y El Nadador— encontramos influencias lorquianas en el simbolismo metafórico y cierto barroquismo gongorino que irá evolucionando hacia un lenguaje más seco y sobrio, y, a partir de Carta de marear, avanzará con más fuerza hacia el irracionalismo verbal o “mística surrealista”, como la denominó el propio autor. Son poemas cimentados en la contemplación y la revelación de las cosas (a través de símbolos recurrentes como la figura del ángel), que hablan de libertad, de la comunión con la pampa y la naturaleza salvaje del cono sur («Crines y cola ardidas/ y un jinete/ que nada sol/ La pampa con sus huesos»), del mar, los espigones y las piscinas. Porque la de Viel Temperley es una poesía tremendamente acuática y de un erotismo febril. La natación era más que un ejercicio diario, una obsesión para el autor y una forma de meditar y alcanzar la plenitud y la trascendencia: «Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada./ Tuyo es mi cuerpo, que hasta en las más bajas/ aguas de los arroyos/ se sostiene vibrante». Por tanto, lo corporal se mezcla en todo momento con la mística, y la poesía no deja de ser un territorio codificado de evasión.
Su penúltimo libro, Crawl, de tono salmódico, desembocará en el estado de iluminación de Hospital Británico, uno de los poemarios más singulares de toda la literatura hispanoamericana, compuesto por el poeta argentino tras ser operado de un tumor cerebral en dicho hospital, a las afueras de Buenos Aires. De hecho representa un caso excepcional dentro de la poesía del siglo XX; en palabras de Esperanza López Parada, «Viel es el único poeta que consigue diseñar para su obra su condición de recepción futura, el único que cierra y decide su deriva arriesgadísima, convirtiendo la muerte en un punto de partida». El autor escribe su propia elegía, con intervalos de dolor y lucidez. El poema inicial del libro, escrito en marzo de 1986 se va disgregando, reordenando, se transportan fragmentos de poemarios anteriores, creando, así, un montaje, un conjunto de postales que son también una alegoría de la intervención quirúrgica. La estremecedora conciencia de la muerte que impregna todo el libro, recuerda, salvando la distancias, a la práctica de los haijin japoneses de escribir su haiku final, casi al filo de la agonía. Al leerlo a viva voz emite una musicalidad poderosa, propia de la más alta poesía.
El texto es la metáfora de una enfermedad, como lo ha denominado Eduardo Milán, produce un efecto físico en el lector y es de una intensidad rarísima. Hay una deslocalización de lo onírico, que se mezcla con imágenes realistas. Junto con la extrañeza se da la unificación del propio cuerpo («Voy hacia lo que menos conocí en mi vida: voy hacia mi cuerpo»), que conecta con las imágenes de una manera asfixiante, como en los fragmentos titulados “Tengo la cabeza vendada”, donde se anula el tiempo. Eros y Tánatos. El diálogo con una entidad suprasensible —Dios— que va neutralizando el dominio de la herida. Un camino de ida y vuelta entre la trascendencia y lo material que sólo podía acabar en epifanía: «El verano en que resucitemos tendrá un molino cerca con un chorro blanquísimo sepultado en la vena.»

martes, septiembre 09, 2014

Te arrastrarás sobre tu vientre, José Luis Muñoz

El Humo del Escritor, Palma de Mallorca, 201. 456 pp. 19,50 €

Pedro M. Domene

José Luis Muñoz (Salamanca, 1951) escribe una crónica dura sobre los oscuros años de la postguerra española, los días felices de la denominada transición y el desarrollo posterior que desemboca en la España de la corrupción, la especulación y el pelotazo, y para ello se sirve, como muy bien sabe hacerlo, del género negro por el pasean matones y proxenetas, se mueven a su antojo entre las calles y barrios de su ámbito o en los antros de lujo, al tiempo que reprueba como, poco a poco, irrumpe el mundo de la droga y va haciéndose hueco entre la suciedad de un mundo tan convulso como extraño. Todo este preámbulo para reseñar que, Te arrastrarás sobre tu vientre (2014), cuenta la historia de Gaspar Noriega, un ex-boxeador y chorizo barriobajero que a las órdenes y esbirro de Aureliano Vázquez controla la prostitución del Barrio Chino barcelonés y todo cuanto se mueva en torno a su ámbito de acción, y en las primeras páginas y capítulos, se recrea una sociedad negra española y serpentea por ella la sombra del franquismo, con sus luces y sus grandes miserias.
Noriega, sin necesidad de ponerle cara, está caracterizado como un tipo frío y despiadado en sus actuaciones, nada resulta agradable en él, un simple matón que hace cuanto se le antoja, y nunca ofrece posibles opciones, obliga a todos a estar bajo su mirada, aunque él mismo solo existe bajo la sombra de su jefe, a quien odia tanto como admira; en su mundo ya no hay escapatoria, si no hay más remedio, aprieta el gatillo y mata cuando hace falta. Ex-púgil, viste siempre calzones de boxeo, recuerdo imborrable de su vida en el cuadrilátero y de sus combates, pero como toda criatura humana tiene su punto flaco: el de Noriega será Perlita, una prostituta de lujo, candidata a convertirse en licenciada en leyes, que hará de él lo que se le antoje a cambio de sexo, aunque la astuta joven no tendrá solo ojos para Gaspar, sino que utilizará idéntica estrategia con el capo, Vázquez.
Narrada en tercera persona, José Luis Muñoz cuenta, de una forma vertiginosa y a un ritmo trepidante, los acontecimientos que convierten Te arrastrarás sobre tu vientre en muchas de esas otras sensaciones que cautivan a un lector, ávido de pasar sus páginas en todo momento porque, uno tras otro, y en capítulos breves, se ofrece cada vez algo nuevo, una mirada distinta del sórdido mundo descrito, y así asistimos a una sucesión de acontecimientos, de conflictos personales y ajenos, a una sucesión de señales que anticipan un giro en la segunda parte de la novela. Deudor de la novela negra Norteamérica, sin duda de James M. Cain o del cine de Bigas Luna, el escritor salmantino da un paso más, apuesta por un dinamismo poco convencional para que al lector, su historia le resulte incansable y asimile página tras página cuanto lee y a la misma velocidad con que el narrador cuenta.
Novela clásica, secuela de película de género negro, José Luis Muñoz salva su historia porque recrea caracteres y escenarios hispanos donde el mundo del hampa y la prostitución recuerdan a un tiempo pasado, no hay excesivos detalles en la descripción de los personajes, aunque muestra la brutalidad y frialdad de los mismos y lo mismo ocurre con los ambientes, nada es artificial porque todo se circunscribe a pequeños trazos que hilan la sucesión de escenas que conforman la historia, al final una pasión amorosa, con abundante sexo y páginas de escenas de una extrema dureza, y donde todo termina por donde comienza porque todo suceso de ficción tiene un origen real, y porque al final como el personaje principal se pregunta, nadie puede escapar a su pasado o bien esta condenado a ser su esclavo durante el resto de su vida.

lunes, septiembre 08, 2014

Ansiedad. Vida de un yonqui, Gabriel Oca Fidalgo

Lupercalia, Alicante, 2014. 174 pp. 12,95 €

Miguel Baquero

Es curioso que, de un tiempo acá, esté leyendo muchas novelas sobre heroinómanos escritas por ellos mismos –o por escritores que intermedian para relatar sus vivencias– y así mismo, como editores, recibamos muchos manuscritos en torno al tema. Es curioso, pero creo que tiene una explicación, la de siempre: el tiempo. Quienes sobrevivieron a los duros años de la aguja y, posteriormente, al estrago silencioso del sida, hoy, al echar la vista atrás, pueden contemplar aquella experiencia, que en muchos casos se corresponde con tres cuartas partes de la vida, con la emoción debidamente contenida, sin caer en esa apología ingenua de la drogadicción en la que entonces era muy fácil picar, pero sin servirse de esa moralina posterior y recurrente que tan fácil también parece recitar de carrerilla.
Sencillamente, como una experiencia humana más —quizás la más fuerte de los últimos tiempos—; y este es el campo, el de tratar la vida, en el que entiende la literatura, y de ahí, creo, que —medio serenado ya todo, y casi digerido— es ahora cuando surgen las novelas. De diferente calidad, por supuesto: la ex drogadicción por sí sola no es un valor. Las hay malas, las hay buenas, y las hay mejores, y Ansiedad, la segunda novela de Gabriel Oca Fidalgo tras La carretera muerta podría entrar en esta última categoría.
El título lo explicita bastante: estamos ante la vida de un yonqui, de un adicto, a la heroína, principalmente, pero en realidad un politoxicómano, como se estilaba en los 80: catador de todo tipo de sustancias prohibidas. En la novela se nos cuenta cómo se introdujo en aquella corriente, que entonces, siendo el autor un chaval, era bastante impetuosa: nadie espere, sin embargo, un relato morboso sobre el primer pico, por ejemplo; si algo caracteriza a las buenas novelas, en general, y a estas sobre la droga en particular, es su naturalidad, el estar contadas como sucede la vida: sin pomposos preámbulos, largos prólogos, estudios previos… sucede, sin más, y no hay tampoco mucho tiempo para detenerse en el instante.
Esto, como apuntaba al principio, el hecho de no disertar en pro ni en contra sino centrarse en la experiencia humana, es uno de los grandes valores novelísticos de esta Ansiedad. Otro —entre varios más que pueda encontrar el lector— es su acertado, y natural también, uso de la jerga, del argot de las calles y los poblados de chabolos donde se pillaba, del maco donde muchos pasaban algunos años…, un verdadero dialecto, como Oca parece querer demostrar por la soltura con que lo usa, en el que puede expresarse un escritor con eficacia y espontáneamente, sin darse ínfulas de lo canalla que uno ha sido o de la mala gente malhablada con la que se ha llegado a juntar. Oca, sencillamente, se expresa así para escribir, como buen novelista que busca su propia y particular manera de decir. Y en bastantes casos consigue con ello alcanzar cotas muy altas, y en un episodio en concreto, en el que narra como un amigo suyo se quedó definitivamente colgado después de un viaje de tripi, da con el tono justo y preciso para conmocionar al lector y componer una escena emotiva de esas que, posiblemente, queden en la memoria de quien lee por más que pasen años y libros.
En el debe —porque un buen libro también tiene que tener debes—, yo incluiría el excesivo espacio y protagonismo que da el autor a los años en que hacía el servicio militar, y ya se ponía, en detrimento del tiempo antes y después de aquello; también las consideraciones, digamos, “metaliterarias” sobre lo que está escribiendo, sus dudas, en determinados momentos, que expresa “en voz alta” sobre si se le entenderá, si resultará confuso, si estará utilizando el lenguaje adecuado… Algo que choca bastante con aquella naturalidad que, mediante el argot, se trata de mantener. Y así mismo incluiría en el debe sus “caídas” en el lugar común cuando se interna en cuestiones políticas y sociales, su uso recurrente a la frase agradecida y sonora que todos nos podemos imaginar cuando se habla, por ejemplo, de la democracia, del capitalismo o del hambre en el mundo y que, aparte de chocar con esa voz genuina que en buena ley se busca, el autor emplea con cierto tono de soflama y en una actitud que quiere ser transgresora pero que en este punto en concreto no sobrepasa “lo habitual”. Pero aparte de estos pequeños debes, y si el lector quiere recorrer, mediante un lenguaje sonoro y distinto, una galería de tipos humanos todavía reconocibles, y encontrarse con algún episodio sobrecogedor, como el apuntado arriba del cuelgue de un amigo, le recomiendo sin duda esta Ansiedad de Gabriel Oca Fidalgo.

viernes, septiembre 05, 2014

Doble mirada: Muerte en el bosque, Sherwood Anderson

Trad. Miguel Á. Martínez-Cabeza. Traspiés, Granada, 2014. 205 pp. 15,75 €

1. Salvador Gutiérrez Solís

Sencillo, pulcro, eficaz y poderoso. Los cuatro adjetivos con los que calificaría la narrativa de Sherwood Anderson y que, con toda probabilidad, son los cuatro adjetivos a los que debería aspirar cualquier cuentista. Y así, uno a uno, sencillos, pulcros, eficaces y poderosos son los trece cuentos que encontramos en esta compilación, agrupados bajo el título del primero que aparece, y tal vez el más brillante, y también desconcertante, Muerte en el bosque.
Si en Literatura existe eso que conocemos como Justicia, cualquiera sabe lo que es ya a estas alturas, no me cabe duda de que esta edición de Traspiés lo es. E incluyo en el reconocimiento la traducción e introducción de Miguel Á. Martínez-Cabeza, soberbias en claridad, precisión e intención. Artista menor o escritor secundario son algunas de las injustas denominaciones que hemos encontrado para definir a Anderson a lo largo de los años, cuando es un ejemplo de autor a recuperar, sepultado injustamente por la novedad, por la actualidad, por las modas y hasta por los que siguieron su camino.
En Muerte en el bosque, así como en el conjunto de su obra, Sherwood Anderson nos muestra la extrema aspereza de la vida en la montaña, el sabor del güisqui destilado en oscuros graneros, la soledad de un nevado invierno en la cabaña, la paciencia del pescador de truchas o el esclavista trabajo en las plantaciones de algodón. Pocos autores han reflejado la América rural, la más profunda, la que hunde sus pisadas en la tierra, con tal nitidez y realismo. Pero, sin embargo, Anderson fue mucho más allá, y nos contó, a través de su obra, el transito de esos agricultores y ganaderos a las grandes ciudades.
Y asentados en las grandes ciudades, los personajes de Sherwood Anderson se enfrentan y desarrollan nuevas casuísticas, en consonancia con el hábitat al que se han incorporado. Novedosos problemas de pareja, la ambición por la posesión, la carrera por hacerse con una “posición social” destacada, el vendaval de las tendencias, la falta de identidad, la desconocida y desgarradora soledad de la gran ciudad. Los relatos de Muerte en el bosque nos muestran esa transición, esa revolución o éxodo, la conformación de una nueva sociedad y, por tanto, de un país. Sencillo, pulcro, eficaz y poderoso, y preciso en el retrato, la narrativa de Anderson se sumerge en las inquietudes y vacilaciones de sus personajes, y nos ofrece ese otro lado que habitualmente permanece en la intimidad, oculto de nuestras miradas.

2. Pedro M. Domene

La simplicidad y la sinceridad definen la vida y la obra de Sherwood Anderson, autor admirado por la “generación perdida” su visión intimista de la vida le proporcionó la estupenda acogida del público lector durante décadas, sin olvidar que el norteamericano ofrece un efecto innovador en sus relatos que abre posibilidades nuevas ante un modernismo en la América tradicional y conservadora. Mientras en Europa ese proceso se convertía en algo natural tras las vanguardias, y se trabajaba en conceptos de percepción y de lenguaje, una América, hundida en una profunda crisis, solo veía un proceso de transformación en una sociedad que se alejaba de los presupuestos calvinistas más rurales, y sus críticas se orientaban hacia actitudes psicológicas, ocurre en su propia novela, Winesburg, Ohio (1919), o Main Street (1920), de Sinclair Lewis, y literariamente hablando los 20 fueron de un conservadurismo atroz, la industrialización y la comercialización creciente propiciarían un desarrollo considerable de la cultura y de las letras. La famosa “Era del Jazz”, isla del hedonismo y del materialismo, desembocaría en el Crack de 1929, y cuanto supuso en Norteamérica entre los aspectos morales y los datos económicos que plasmarían escritores de distintas generaciones en sus obras.
Sherwood Anderson forma parte de la tradición clásica emersoniana y whitmaniana, de las leyendas del Medio Oeste, de las tradiciones patrióticas, o de las lecturas de Melville y Borrow y por edad y adscripción literaria pertenece a la llamada “escuela de Chicago” o “Renacimiento de Chicago” que incluye a Theodore Dreiser, Edgar Lee Masters, Carl Sanburg, Sinclair Lewis y Ernest Hemingway. Los primeros pasos literarios de Anderson se centran en una amplia mirada sobre el naturalismo del XIX y en el modernismo del XX, modelos culturales que contribuyeron a un sentido determinista de la economía, que en América supuso un crecimiento industrial y financiero, y el desarrollo de pensamientos filosóficos que provocarían una concienciación de clase que denunciaría la explotación del sistema y la deshumanización de las relaciones humanas que hizo reaccionar a autores como J. T. Farell, Upton Sinclair y John Steinbeck, que con su literatura denunciaron corrupción política y cinismo financiero.
Sherwood Anderson ha dejado de ser un perfecto descocido para la gran mayoría de lectores españoles tras la publicación reciente de algunas compilaciones de sus cuentos, La chica de Nueva Inglaterra (Nórdica, 2014), la novela Pobre blanco (Barataria, 2013) y de nuevo, la colección de relatos, Muerte en el bosque (Traspiés, 2014), además de sus novelas más conocidas, Winesburg, Ohio (1919) y Muchos matrimonios (1923). Un austero y escalofriante viaje por la soledad nos hace partícipes de los problemas cotidianos a que se enfrentan los personajes de Anderson, vistos desde un punto de vista interior, porque en sus cuentos el paisaje rural de fondo conforma esa identificación con el mundo exterior, y la fuerza de la naturaleza se convierte en una cualidad del pensamiento para salir de la alienación a que se ven abocadas sus vidas. Muerte en el bosque reúne trece relatos que ofrecen lo peor o lo mejor de la vida en la América profunda; una auténtica bajada a los infiernos del alma humana con un lenguaje sencillo y eficaz que, en realidad, procede del habla cotidiana de los habitantes de tan recónditos lugares, y reproduce una charla o una confesión en cualquier calle de un pueblo de Ohio. En todos y cada uno de estos cuentos, la sensación de libertad plena, el contacto constante con la naturaleza, la idea de la bondad del ser humano, conforman una variedad de sorprendentes e interesantes soluciones narrativas, aun cuando apenas si ocurre nada en estas historias. Los relatos de esta compilación, originariamente, de Death in the Woods and Other Stories (1933), reúne los diez que quedaban inéditos en español hasta el momento, con una nueva traducción de Miguel Ángel Martínez-Cabeza, además de dos dispersos, “La siembra del maíz” y “La esposa”. Según el traductor, Anderson había quedado satisfecho con esta colección en la que el narrador comparte la vida que observa, al contrario de sus relatos anteriores, relatados por un observador pasivo sobre el que se impresiona la realidad. El eje temático planteado, en esta ocasión, es la figura de la muerte y el mundo de la mujer. Precisamente, “Muerte en el bosque”, uno de sus últimos cuentos (1933) ha sido comentado por Harold Bloom, uno de los estudiosos más polémicos de la crítica universal, trata de un personaje que ha sido una víctima durante toda su vida y con tan escasa conciencia de ello que no puede ser considerado grotesco, narra la triste historia de una mujer pobre y sola de la que se han aprovechado toda su existencia. Anderson ni le rinde homenaje ni se compadece de ella, pero el narrador, claramente un sustituto del propio autor, experimenta su propia transformación consciente del hecho a la vez que se inicia su despertar sexual con la contemplación del cuerpo congelado de la anciana, de un extraño aspecto blanco y adorable como si realmente tras la muerte se hubiera convertido de nuevo en una niña. Bloom, en su análisis, señala como se siente estremecido e impresionado tras su lectura porque, al centrarse en la visión que el narrador ofrece de la muerte de la vieja, Anderson reduce la muerte a sus consecuencias estéticas que sirven de material para la historia. El narrador se aprovecha de la anciana tanto como los humanos y los animales se han aprovechado siempre de ella. Uno espera hallar algo de ironía en esa conciencia de la culpabilidad en "Muerte en el bosque", pero no la hay. Esa ausencia indica la pureza de Anderson como cuentista, y por añadidura sus limitaciones. El resto de cuentos concretan la vida en las montañas, los avatares sentimentales de varias parejas, la pasión por los caballos o las contradicciones entre el espíritu norteamericano y el europeo tras su paso y vivencias por el París de los 20, o los más sensibleros como el excelente, “La esposa”, y la brutalidad del medio, “Juicio con jurado” son otros de los temas que aparecen en estas narraciones de magistral factura y de mejor traducción.

jueves, septiembre 04, 2014

Matar a Prim, Francisco Pérez Abellán

Planeta, Barcelona, 2014. 352 pp. 20 €

Luis Alberto Comino

Si hay un hecho puntual en la caótica historia de España del siglo XIX que cambió de forma radical la historia del siguiente siglo, y por ende la nuestra, este fue sin duda el atentado que le costó la vida al general Juan Prim y Prats la noche del 27 de Diciembre de 1870 en la madrileña calle del Turco (hoy Marqués de Cubas). Sin embargo, y a pesar de su incuestionable importancia, el mismo a pasado a la Historia rodeado de un halo de misterio y oscurantismo que ha llegado hasta nuestros días, y que el profesor Pérez Abellán y sus colaboradores de la Comisión Prim de Investigación han querido desentrañar de una vez por todas, llegando incluso a la inhumación y posterior autopsia de la momia el general con los más modernos medios a su alcance. Ello permite al interesado en el tema disponer, al menos en una versión accesible, del más completo análisis de las circunstancias y hechos más o menos probados, que rodearon la muerte del hombre que, como Pedro a Jesucristo, negó por tres veces el trono a los Borbones que hoy reinan en España. A pesar de que la documentación sumarial original que queda es del todo inaceptable y llena de errores; faltas de documentación, tachones, enmiendas, y un caos de numeración y orden, el profesor y su equipo han buceado en ella como nunca se había hecho hasta ahora. Después de haber leído todo lo que ha caído a mi alcance sobre el general y sobre el atentado, desde el capítulo de los Episodios Nacionales dedicado al tema (España trágica), en el que Don Benito Perez Galdós, contemporáneo y testigo de los tiempos que rodearon el magnicidio, y del que como Umbral, sospecho que no dijo todo lo que sabía al respecto; pasando por las biografías más o menos noveladas como la de Cristóbal Zaragoza (Yo, Prim) o Pere Anquera (El General Prim. Biografía de un conspirador) o el reciente best seller de Ian Gibson (La Berlina de Prim), en las que siguiendo la historia oficial, insisten en que el General murió a los tres días del atentado a causa de una sepsis producida por las heridas recibidas (alguna de ellas mortal de necesidad en aquellos tiempos). He encontrado ciertamente revelador el libro Matar a Prim, en el que la Comisión dirigida por el Profesor Pérez Abellán se encarga de desmontar del todo este diagnóstico: Las heridas no recibieron el oportuno tratamiento, ni fueron cerradas ni cauterizadas (la del hombro, por su gravedad y extensión, era casi imposible con los medios de la época), fueron simplemente taponadas de mala manera y sin el mínimo rigor médico, lo que descarta del todo la infección, imposible si la herida no está cerrada y por ello no deja de sangrar. Por ello lo más lógico era pensar en que el General simplemente se desangró; no hay más que ver el estado de las ropas y de la su famosa berlina en el Museo del Ejercito en Toledo, a pesar del tiempo transcurrido y las manipulaciones que han sufrido. Pero el resultado de la autopsia revela un hecho hasta ahora ignorado y que a la luz de las nuevas técnicas no deja de ser sorprendente: A Prim lo estrangularon a lazo, seguramente con un cinturón y en su propia cama. Una vez que parece claro que la Historia (el sumario y demás testimonios de la época), dejan claro de quien fue la mano ejecutora (la del republicano radical Paul y Angulo y once cómplices a sueldo), Pérez Abellán se centra más que nada en intentar localizar a los instigadores del suceso, a los principales interesados en hacer desaparecer a Prim de la escena política (el “cui bono” de toda investigación criminal). Descartados los republicanos, con los que Prim no mantenía buenas relaciones, pero no organizados ni política ni económicamente para perpetrar un hecho así. Así como los Borbones que en aquel momento tampoco disponían de suficientes medios ni tampoco estaban organizados para ello, nos quedan solo dos candidatos plausibles: Por un lado el General Serrano, prohombre de la Patria y máximo encargado de la seguridad de Prim tras el atentado, totalmente oscurecido los últimos años bajo la sombra del de Reus. Y por el otro lado el Duque de Montpensier, D. Antonio de Orleans, sobre cuya cabeza, al menos desde mi punto de vista, recaen las principales sospechas como principal instigador y financiador del magnicidio, ya que tenía tanto los contactos (y los que no tenía él, los tenía Serrano) como fundamentalmente el dinero (se llegó a comentar que se había gastado unos 16 millones de reales en una campaña para postularse como rey, una cifra astronómica para la época). La sospecha se cierra aún más sabiendo que, una vez restaurados los Borbones en el trono de España, pasó a convertirse en el suegro del Rey Alfonso XII (era el padre de María de las Mercedes, la del “Donde vas Alfonso XII….”), justo en el momento en el que la instrucción y el seguimiento del caso sufrió un, llamemos, olvido “sine die”. Ambos estaban muy interesados en ocupar el trono dejado vacante por la completamente inútil Isabel II, más incluso que el propio poder que ya tenían, y que pudieron “enemistarse” con Prim por el hecho de que, cuando llegó el momento de entronizar a alguien, buscara fuera de nuestras fronteras un candidato que aún no estuviese infectado por los grandes males patrios que habían intoxicado a los últimos Borbones. A pesar de los ríos de tinta vertidos en su día, entre los que se encontraban escritores tan insignes como Perez Galdós o Valle Inclán (convencido de la manipulación de pruebas y falsificación de testimonios), y de las investigaciones posteriores (alguna tan sesuda como la del eminente abogado Pedrol Rius), nadie llega tan al fondo de la cuestión como la Comisión, que realiza un pormenorizado estudio tanto de las pruebas físicas (Momia del general, ropaje, vehículo), como de las declaraciones recogidas en el incompleto sumario. Aunque para mi gusto el texto deja aún importantes preguntas sin resolver: ¿Cómo es posible que los dos acompañantes de Prim no sufrieran heridas en el atentado, salvo la de la mano de Nandin y porque fue él el que la puso delante del cañón de la pistola que apuntaba a su general? ¿Estaba el ministro Sagasta, a la sazón encargado de la seguridad de Madrid como Ministro de Gobernación y posterior adalid del bipartidismo borbónico, implicado en el atentado? ¿Tan grande era el poder de Serrano que ni el juez ni los médicos afines pudieron ver al general después del atentado, y ninguno elevó su queja al rey Amadeo cuando este llegó a Madrid? ¿Fue producto de una conjura generalizada o simplemente de la acción de dos hombres poderosos, uno políticamente (Serrano) y el otro financieramente (Montpensier) decididos a no permitir que el general se saliese con la suya de crear una dinastía constitucional en España, alejada de los vicios y los escándalos que hasta ahora habían salpicado los reinados de los últimos tres Borbones? Y sobre todo, si las heridas de General eran tan graves como cita la autopsia, ¿para qué arriesgarse a estrangularlo en su propia casa? ¿Tenían miedo de la leyenda de inmunidad que el General se había tejido en sus luchas en el Norte de África? Seguramente no tendremos nunca respuestas a todas las dudas que han surgido a lo largo de los últimos 140 años, respecto a ese magnicidio, que fue el primero de una lista de atentados nada claros y que tuvo continuación en los de Cánovas del Castillo, Canalejas, Dato y, más recientemente, Carrero Blanco, de los que, espero no tengamos que esperar tanto para saber la trama oculta que hubo tras ellos.

miércoles, septiembre 03, 2014

Noticias del frente, Guillermo Busutil

Tropo Editores, Huesca, 2014. 239 pp. 18 €

Cristina Consuegra

Desde que el brazo armado del capitalismo diera su golpe más firme sobre el tablero de juego diseñado por las anteriores versiones del sistema, la (palabra) crisis ha irrumpido en nuestra cotidianeidad con fiereza y contundencia. Hemos incorporado al andamiaje de la rutina, conceptos, gestos y acciones que, otrora, carecían de interés o simplemente resultaban innecesarios. Atrás queda la ceremonia a la que asistíamos –pensábamos- como invitados cuando en realidad éramos el plato principal. De entre esos conceptos, gestos y acciones, han surgido documentales, películas y libros que ahondan en los diversos significados que este acontecer manifiesta o aparenta manifestar, disciplinas artísticas que intentan escudriñar un presente huidizo con el fin de arrojar algo de luz sobre lo que deberá ser el futuro como experiencia.
Una de esas obras que mira a los ojos de la crisis para medir la fractura social, al tiempo que plantea nuevas variables con las que obtener resultados divergentes de los ofrecidos por los gobiernos, es Noticias del frente (Tropo Editores, 2014), de Guillermo Busutil, libro que recopila las columnas que el escritor ha ido publicando cada domingo en La Opinión de Málaga, entre 2013 y 2014; textos que Busutil ha estructurado simulando las secciones habituales de un periódico (Sociedad, Política, Economía, Cultura, Sucesos, Deportes y Obituarios) porque justamente «un periódico puede leerse como un conjunto de relatos que cuentan la realidad y sus ficciones». Estas palabras que habitan en la contraportada del libro guardan relación directa con el aliento de El periodismo es un cuento (Alfaguara, 1997), de Manuel Rivas, una antología de textos publicados en El País en la que el autor gallego defiende el nexo entre literatura y periodismo. «El periodista es un escritor. Trabaja con palabras. Busca comunicar una historia y lo hace con una voluntad de estilo». Rivas es uno de los tres abanderados que encontramos en la página de bienvenida, una página que ya advierte sobre lo que el lector encontrará en las entrañas de este nuevo artefacto del autor granadino. Los otros dos nombres propios que completan esta suerte de Trinidad del periodismo más crudo y combativo son Camus y Kapuscinski, carne y esqueleto de Noticias del frente; carne por lo que tiene de periodismo libre y comprometido para con un tiempo de trinchera y desarraigo. Y esqueleto porque cada columna es intencional y se sostiene sobre el firme principio de informar desde el frente, sin armisticios, asumiendo que con cada texto se debe describir la contemporaneidad.
Es cierto que el periodismo no es uno de los ejes temáticos de Noticias del frente, aun así es un libro sobre el oficio, sobre el olor a tinta o el eco de teclas. Y lo es porque el análisis de la realidad que hace el autor es riguroso e independiente, análisis que por tendencia natural se arrastra hacia latitudes literarias para otorgar a cada pieza una geografía única, exuberante e intensa, con la que atravesar la epidermis emocional del lector y alcanzar así la dimensión humana del acontecer.
En cuanto a la diversidad temática de Noticias del frente, existe una suerte de principio de ósmosis que regula la poética del libro según el cual cada elemento que mide la realidad desde la perspectiva más cruenta y áspera, desde el desencanto, es compensado por la entrada de otro elemento que busca aportar el aliento de la resistencia, la promesa de un combate sin treguas ni rendiciones. Así, y en el afán por encontrar en lo más cercano, en lo doméstico y pequeño, el mundo visto según Cortázar, Busutil cose un collage de ideas sobre las que pivota el latido de Noticias del frente, ideas que funcionan como pares, lealtad/traición, corrupción/Política, compromiso/impostura, realidad/esperanza, presente/memoria, poder/honestidad… un juego de contrastes que Busutil calibra a través del hecho literario y que, en el caso de Noticias del frente, se pone al servicio del fuego cruzado que vivifica la obra: la labor del periodismo.
Con este planteamiento de pares y contrastes, de horizontes espejo, Noticias del frente es, al mismo tiempo, el manual perfecto del columnismo actual, del periodismo de vieja escuela, pero también el manual perfecto para cómo se debe estar en el mundo sin miedo ni complejos porque «Vivir no se celebra. Se hace, se siente, se piensa, se pelea, se sufre y se disfruta» y Noticias del frente enseña, entre otras cosas, el oficio de estar vivo.

martes, septiembre 02, 2014

Compás de espera, Eva Alarte Garví

Alfar, Sevilla, 2014. 78 pp. 10 €

Fernando Sánchez Calvo

«Cuando ya no seas tú /quien nunca busca / Cuando ya no sea yo / quien nunca espera / Abriré las compuertas / de parte a todo / para legalizar la caza / sin reservas.» Ésta la historia de un amor despechado y orgulloso, como aquel que se cantaba en las mejores rancheras. No quiero restar con ello prestigioso al giro temático (que no estilístico) que la poeta Eva Alarte, española afincada en Italia por amor a la palabra, da en este segundo poemario tras su primera publicación, Ritmo de lucha, versos que pedían a gritos un despertar ciudadano hacia la política, es decir, hacia lo que es de él mismo.
Compás de espera, con sus correspondientes tres partes (“Compás de espera”, “Despeinarás mi adiós” y “Esperanzas (a secas)”) conlleva otro tipo de despertar, esta vez amoroso, donde, como si de un cancionero petrarquista de tratase, el lector puede recuperar la trayectoria vital de un amor ficticio o autobiográfico a través de los cronológicos y ordenados poemas de un corazón que aguanta, se desespera, fracasa, se despide y se da una nueva oportunidad a sí mismo sin querer caer de nuevo en el entusiasmo utópico que acerca al hombre y a la mujer más a la adolescencia que a la madurez.
Por ello, el mayor acierto de este medio centenar de poemas es conseguir trazar una trama poética coherente que no chirríe de una a otra parte, de uno a otro ejemplar. Hablar de amor es fácil, incluso sublimarlo de vez en cuando en algún que otro prodigioso acierto. Lo difícil es aflojar, como el bueno de Flaubert decía, los goznes, los principios y finales de cada capítulo o poema para que el conjunto pueda continuar, a sabiendas de que en dicha tarea alguna que otra vez deberemos renunciar al hallazgo de un prodigioso verso que no merece desperdiciarse en ese soneto, en ese conjunto, sino guardarlo para un pico o vértice posterior.
Ése es, por paralelismo, el gran acierto de Compás de espera, deudor como Ritmo de lucha también de Mario Benedetti en cuanto al estilo sobrio, directo y conversacional, pero también deudor de la vanguardia en tanto que un poeta debe destrozarse a sí mismo por medio del lenguaje para poder volver a empezar a partir de cero. Para construir, antes hay que destruir. O dicho de otra manera: «No puedes impedir que todo pase /para reconquistar lo que ha pasado.»

lunes, septiembre 01, 2014

Relatos reunidos, César Aira

Literatura Random House, Barcelona, 2013. 224 pp. 17,90 €

Pedro Pujante

La obra de ficción de César Aira (Coronel Pringles, Argentina, 1949) es muy extensa y se encuentra diseminada por multitud de editoriales, por lo que seguir su rastro o tratar de compilar todos sus nouvelles o relatos es una tarea irrealizable.
Así que cuando aparece un intento de reunir algunos de sus mejores cuentos se agradece. En este volumen encontrará el lector diecisiete piezas breves que fueron escritas entre 1996 y 2011, diecisiete «relatos a medio camino entre el cuento y la crónica imaginada». Cuando se lee a Aira uno no sabe adónde se dirige, quizá porque ni el mismo autor conoce el paradero último al que han de desembocar sus historias. Por eso una de las primeras cuestiones que nos surgen es: "¿qué no puede ocurrir en los textos de Aira?" Porque una historia de corte autobiográfico sobre la niñez en Pringles puede derivar en una trepidante y rocambolesca aventura con enanos asesinos y monstruos, con personajes que retornan del pasado, y con la certeza de que la memoria, la locura y la fantasía están compuestas por el mismo material en los tejidos narrativos de Aira. Quizá la materia misma de la que están hechos los sueños, como advirtió Shakespeare.
Además otra de las características de la prosa airana es que se renueva a sí misma en cada frase, avanza hacia un punto indeterminado, gira, se abre paso sin control, en un aparente caos argumentativo pero que en su conjunto se advierte cierta coherencia. De hecho, la precisión con la que se da cuenta de algunos acontecimientos permite que lo absurdo se mute en asunto lógico y hasta creíble.
Algunas historias, como ya se ha dicho, transcurren en Pringles, es decir, en el territorio de la infancia del autor, un lugar mitificado por el juego y los recuerdos fastuosos de un niño que se ha convertido en escritor sin renunciar a su fragor imaginativo; Aira consigue hacer que fantasía y recuerdos se confundan en el juego distorsionante de su literatura.
En otros relatos, como por ejemplo "El perro" nos propone una situación que pasa de la aparente normalidad –un hombre paseando en autobús urbano- por la obsesión y el miedo, hasta confluir en los meandros vertiginosos del absurdo y lo grotesco.
Y es que el absurdo, se podría afirmar sin temor, es uno de los temas que se erigen como principales en la obra de Aira. Pero no un absurdo pesimista y crítico como pudiera verse en la obra de Beckett, sino quizá más desenfadado y burlón como tiene lugar en Ionesco o en Virgilio Piñera. Absurdos son los planteamientos de cuentos como "Picasso", en el que un genio le da la oportunidad al narrador de elegir entre ser Picasso o poseer un Picasso. O "El té de Dios", en el que se relata la estrafalaria decisión del Creador de celebrar su cumpleaños con un té invitando solo a monos. Ya se puede imaginar el intrigado lector qué consecuencias puede acarrear dicha ceremonia de primates y desenfreno. Y a modo de explicación teórica del universo airano se puede leer "El hornero", un texto paradójico, un falso ensayo, de corte pseudo científico a través del cual el autor nos hace saber que el hombre, a diferencia de los animales, entre ellos el hornero (un ave), vive regido por un estricto programa instintivo, por lo que paradójicamente nuestro albedrío cultural es solamente una ilusión.
Además de lo ya anotado: absurdos argumentos; ficción hiperbólica y realidad en un mismo plano; mucha fantasía e inagotable sentido del humor, se podrían añadir un par de características más para acabar con esta reseña sobre los cuentos del autor. César Aira despliega una escritura correcta y pulida, sabe contar una historia, hacerla interesante y convencernos con una prosa sólida y sin titubeos de que el mundo es algo distinto de lo que creíamos. Y por supuesto, que el humor es la herramienta de la que se valen los narradores inteligentes y dotados para reírse del universo, es decir, para imaginar y crear el suyo propio.

jueves, julio 31, 2014

La trabajadora, Elvira Navarro

Literatura Random House, Barcelona, 2014. 155 pp. 16,90 €

Ariadna G. García

Estamos cambiando de periodo histórico, económico y social. Occidente ha entrado en una nueva etapa. Europa vive una crisis sin parangón desde los años 30. El desempleo, el auge de los nacionalismos y precariedad actuales parecen invocados como demonios que no fueron bien exorcizados. Los escritores –algunos, al menos–, tienen puesto su punto de mira en las transformaciones que esta crisis está generando. De ahí, que regresen con fuerza la narrativa realista y la distópica, hermanadas por su espíritu crítico. La sociedad presente como materia novelable es el título del ensayo con que Galdós entró en la Real Academia de la Lengua. Hablaba, entonces, del nacimiento de la clase media («…que no tiene aún existencia positiva, es tan sólo informe aglomeración de individuos procedentes de las categorías superior e inferior, el producto, digámoslo así, de la descomposición de ambas familias: de la plebeya, que sube; de la aristocrática, que baja») y de la necesidad de que la literatura estudiase esta nueva forma de vida. El artículo data de 1897. Pues bien, hoy en día la sociedad realiza el camino a la inversa: asiste a la destrucción de la clase media y del sistema que la sostiene: el estado de derecho. De modo que los escritores, otra vez, deben (debemos) trasladar estos cambios a nuestras obras. Esta labor de testimonio, no exento de denuncia, la encontramos –entre otros– en: Rafael Chirbes (En la orilla), Fernando J. López (La inmortalidad del cangrejo) y Elvira Navarro.
La trabajadora se articula entorno a un relato literario insertado dentro de la novela que escribe, para superar sus traumas, la joven Elisa: escritora frustrada y correctora de estilo de un importante grupo editorial. Este juego, que dará lugar a reflexiones meta-literarias, es de los menos relevante del libro. De hecho, ese relato de ficción que escribe Elisa basándose en las experiencias de su compañera de piso (Susana), resulta demasiado rebuscado y artificial –fundamentalmente se centra en los peculiares encuentros eróticos de una mujer heterosexual con hombres y con mujeres (¿?), para acabar manteniendo una relación más o menos estable con un enano homosexual (¿?)–. Sin embargo, la segunda parte del libro realiza una acertada y lúcida cartografía del mapa moral, laboral y mental de los madrileños –y por extensión, de los españoles– de este siglo en que estamos.
Con una prosa pulcra, bella y cuidada, Elvira Navarro nos introduce en la mente de un personaje desgarrado por las circunstancias adversas y nos invita a recorrer el extrarradio de una capital que se va empobreciendo. Los escenarios físicos son proyección de los psicológicos y ambos nos retratan a una sociedad necesitada, enferma, desasistida y sin recursos para sobrevivir. No obstante, la delincuencia y los antidepresivos se alían, respectivamente, con las gentes desfavorecidas y con la propia Elisa. Siempre se abren hendiduras y pasadizos en las cámaras cerradas.
Elisa trabaja para el Grupo Editorial Término, a punto de entrar en un concurso de acreedores. Como diría Tomás de Iriarte, cobra: «o tarde o mal o nunca». Su precariedad le obliga a trasladarse a un humilde apartamento de Aluche. Las dificultades económicas la conducen a una depresión de la que se despeja caminando por los ensanches de la ciudad: San Ignacio de Loyola, Usera, Plaza Elíptica… En sus barojianos itinerarios descubre una nueva urbe, una ciudad okupada, que se extiende por la cárcel de Carabanchel y por los desangelados pisos de protección oficial.
Si Elisa es una licenciada sobrecualificada, con problemas personales y de subsistencia en un mercado laboral despiadado, Susana (su compañera de apartamento) presenta un cuadro clínico y profesional análogo. Es su espejo en diez años. De ahí que se obsesione con ella. ¿O es al revés? La escritura del texto en primera persona, por parte de Elisa, confiere muy poca credibilidad a cuanta información transmite la narradora, que, recordemos, escribe bajo el influjo de estupefacientes (aquellos recetados por su experto psiquiatra).
La trabajadora es una arriesgada novela de introspección que refleja las inseguridades y la falta de certezas de una clase media vapuleada por la crisis; encarnada en una joven sin ataduras familiares; en una licenciada-precaria como las hay miles. Una obra de mérito que conviene leer para reforzar la empatía y la solidaridad, ahora que aún hay tiempo de modificar las cosas.

miércoles, julio 30, 2014

El gato que venía del cielo, Takashi Hiraide

Trad. Yoko Ogihara y Fernando Cordobés. Alfaguara, Madrid, 2014. 160 pp. 16,50 €

Santiago Pajares

Lo más probable es que el nombre de Takashi Hiraide no os diga nada. Aun con el auge de la nueva literatura nipona no podemos clasificarlo más que como un desconocido o, estirando el término, un autor emergente (a sus 64 años). Tras trabajar durante nueve años en una editorial de Tokio, Takashi Hiraide lo dejó todo atrás para dedicarse por entero a la literatura. Y no le salió mal la jugada, ya que su primera novela El gato que venía del cielo ha sido traducida a multitud de idiomas y se ha extendido por todo el mundo, ganándose grandes críticas como la que le dedicó el Nobel de literatura japonés Kenzaburo Oé: «Desde lo más profundo de la poesía, Hiraide crea una nueva prosa.»
Lo más usual es escribir un libro con una premisa fuerte sobre la que poder contar los temas que interesan al autor, para que cuando la gente pregunte de qué va el libro, puedas decir: Va de esto. ¿Pero y si se hace al revés? ¿Y si se arma un libro alrededor de una premisa pequeña y débil, algo tan frágil que parece que podría romperse en cualquier momento? Indudablemente leeríamos esa historia con cuidado de que no se fuera quebrar en nuestros dedos. La historia de El gato que venía del cielo gira alrededor de un pequeño gato propiedad de unos vecinos, un gato llamado Chibi (que se podría traducir como pequeño). Los protagonistas de esta historia son una pareja que se ha mudado a una pequeña casa de invitados en el jardín de una gran casona. Una casa humilde, pequeña y práctica, pero emplazada en un hermosos jardín y donde encuentran la tranquilidad necesaria para poder trabajar desde casa. Este jardín está rodeado de vecinos, y uno de ellos tiene un gato, un gato pequeño que recorre el espacio entre ambas casas y poco a poco, comienza a introducirse en su vida diaria. Un gato, como ellos mismos dicen, que ha decidido adoptarlos a ellos como dueños. Esa pareja, sin mascotas, sin hijos, con nada más que el trabajo para llenar sus horas encuentra en ese pequeño animal alguien para centrar sus atenciones y de donde sacar pequeñas reflexiones psicológicas, que parecen brotar como las pequeñas flores del jardín en el que viven.
Pero no creamos que este es un libro sobre un gato únicamente, sino que sirve como excusa para hablar de un momento singular en la historia de Japón. A finales de los ochenta, tras la muerte del emperador, se produjo una inusitada crecida en los precios de la vivienda, lo que provocó que casi una generación entera de japoneses tuvieran que hipotecarse de por vida para comprar un hogar (¿Nos suena, verdad?). En ese momento económico nuestros protagonistas querrían comprar la pequeña casa donde viven alquilados para así preservar su felicidad, como si esta se pudiera envasar al vacío para que no caducase, pero se ven obligados, tras la muerte de uno de los dueños, a buscar otro hogar. Entonces se presenta un dilema: ¿Qué hacer con Chibi, el pequeño gato que les ha adoptado como dueños y que tantas alegrías les ha dado? ¿Serán capaces de alejarse de él? ¿Tan esencial se ha vuelto en sus vidas?
El gato que venía del cielo no es una novela para amantes del thriller, ni de las novelas históricas llenas de personajes. Solo disfrutarán de este libro los amantes de las cosas pequeñas, los observadores de pequeños detalles, aquellos que pueden buscar sin sonrojo la flor más pequeña del jardín. Este es un libro pequeño, como el pequeño gato Chibi, pero al mismo tiempo, fundamental en la vida de algunos lectores.

martes, julio 29, 2014

Las señoras de Paraná, Manuel Villar Raso

Autores Premiados, Sevilla, 2014. 325 pp. 16,99 €

Pedro M. Domene

Manuel Villar Raso (Ólvega, Soria, 1936) tiene el suficiente bagaje literario como para no defraudarnos con cada obra suya, o quizá mejor, no resulta nada extraño encontrarnos con una magnifica entrega cada vez que publica nueva novela, y en esta ocasión ocurre con, Las señoras de Paraná (2014), una historia de lo más sugerente, escrita con esa pasión que caracteriza el pulso narrativo de Villar Raso, con una prosa cuyo léxico, ejecutado con frases breves y contundentes, ofrece en igual proporción un ritmo ágil que nos lleva de una página a otra, de una pequeña aventura a la siguiente, y todo adornado con hermosas imágenes y un aire de fascinación que transforma la historia en una mágica visión de cuanto acontece; solo posible por la detallada descripción del mundo vegetal y animal de aquellas tierras pobladas de pájaros exóticos y de árboles milenarios. Se describe, concretamente, el Brasil de la Ilha do Mel, aunque se concretan, otras historias, en las inmediaciones del Iguazú, o en los parajes que cubren Curitiva y Paranaguá, al tiempo que el narrador traza, con su saga femenina, una mezcla de tragedia y de ensueño, donde el odio y el amor más desaforados atormentan la existencia de sus principales protagonistas. Y es esa soledad que queda tras el furor erótico, la que consume la vida de las mujeres, y el más absoluto de los olvidos afecta a esos hombres que amaron sin ser correspondidos al tiempo que, el autor, hurga en lo más ignoto de la condición humana para trazarnos un mapa dibujado de varias generaciones de sobresalientes personajes femeninos.
Las señoras de Paraná es una novela envolvente con un halo de realismo mágico que muestra una obra donde lo exótico se antoja diferente de lo ensayado anteriormente por Villar Raso, eso sí dueño de un mundo tan ancho como ajeno en el mejor sentido del indigenista Alegría por la exhuberancia de una naturaleza épica, repleta de estímulos sensoriales que despiertan todos los resortes de la emoción con que pueda quedar herido cualquier lector, y para sugestionarnos e implicarnos en una saga familiar donde las mujeres ofrecen lo mejor de su existencia: la pasión. Y lo más curioso de la novela es la cadena que empieza, primero Gabriela que le había dado catorce hijos a su Ignacio Coimbra y nunca le amó, y después sigue en Eliana que nunca llegó a perdonarle a Césare su desenfreno sexual con las jovencitas de Curitiva y las campesinas de San Geminiano, y tampoco llegó a amarlo, aunque tuvo con él dos hijos, y lo mismo ocurriría con Marcela que jamás quiso a (mi) papá —habla la narradora—, Vincenzo Agnelli, otro nuevo fracaso y de lo más sintomático para ella, casarse con un hombre a quien, evidentemente, no amaba y con el que tuvo tres hijas, y una es, Rossana, quien narrará la historia. Aunque, para que todo esto ocurriera, hubo un antes, los amores del aventurero portugués don Pedro de Oliveira con su esclava prodigiosa Sebastiana Vellozo, y la venganza que a esta le propinó quien fuera su verecunda legítima Ana dos Praceres. Y aun después, sobrevienen los fantásticos amores de la propia Rossana, la hija de Marcela, nieta de Eliana y biznieta de Gabriela con el micólogo holandés Jan Van Rijsted y el ornitólogo francés Édouard Baulieu, en Ilha do Mel, un paraíso de la vida primigenia. Es, en fin, la historia de unas mujeres desquiciadas a lo divino que, siempre, se casan con quienes no quieren y aman a quienes no deben, siguen las estrictas normas morales de aquel tiempo pero nunca las siguen y se convierten en las heroínas de otras tantas mágicas historias por contar en mitad de unos paraísos perdidos.
Los infortunios y las desgracias se suceden en esta cadena de historias que evocan, como hace cincuenta años, un ¿realismo mágico?, entrevisto, sin duda, tras leer, Las señoras de Paraná, por el tratamiento del lenguaje, la ambientación y, sobre todo, el tiempo dilatado, el real y el verbal empleado, conseguido por el tratamiento del léxico y lo sugerente de muchas de sus páginas; Villar Raso dilata el tiempo en los muchos acontecimientos que se concatenan acertadamente, o impone un trepidante ritmo para contar su historia que, en ocasiones, queda sumida en una atmósfera casi irreal, pero tan cercana por las similitudes que la hacen posible. Y, ese tempus, por increíble, no deja de resultar verosímil. Ese, y no otro, es el procedimiento del realismo mágico, del que el autor se sirve para situar al lector en una disyuntiva permanente: lo que parece es, cierto; pero lo que no es, se estima también por convicción propia.