martes, junio 21, 2011

Página en construcción, Luis Bagué Quílez

XXV Premio Unicaja de Poesía. Visor, Madrid, 2011. 64 pp. 10 €

José Gutiérrez Román

Todo está por construir. Pero no en el mañana, sino en el hoy. Aquí y ahora forman las coordenadas espacio-temporales que los versos de Luis Bagué Quílez han acotado para edificar este libro. En él nos entrega una voz poética personal, cuajada con lucidez e ironía, y donde lo que se dice funciona como un tamiz de todo lo que entra por los ojos («Mi oficio es la mirada,/ pasar a limpio el mundo/ y ordenar los fragmentos del paisaje»).
El poemario está dividido en cinco partes: «Historias», «Metarreletos», «Hipótesis», «Ensayos» y «Monólogos». En el tramo inicial se nos recuerda que «todos somos extranjeros aquí», y también que «El cielo finge/ que este suelo ya no le pertenece». Todo, pues, está por ver, todo parece provisional mientras se va forjando esa página de nuestra realidad que llamamos mundo. Destaca en este primer asalto el poema «Magia negra», que ejerce su poder de nigromante con la contundencia de unos versos esclarecedores: «Hoy vienes a contarme el porvenir./ Yo puedo adivinar/ la huella de tu paso, tu pasado».
La música hace su aparición en la segunda parte con las citas que acompañan a cada poema, pertenecientes en su mayoría a canciones emblemáticas de la historia del pop y el rock. Quizá por eso nos golpean con más dureza algunos compases de «La vida te hará trizas» o «Los amantes del siglo XXI», que se cierra con una brillante paradoja: «dime si es verdad/ que el futuro no tiene porvenir». Estos dos apartados iniciales funcionan a modo de aldabonazos con los que el poeta nos despierta de nosotros mismos. A partir de entonces nos sumergimos de lleno en el proceso de construcción de esta página (ahora ya nuestra) a través de la expresión limpia y certera de Bagué Quílez, cuyo contenido se forja en el compromiso con uno mismo y con lo que nos rodea. El poema titulado «Herencia» tal vez sea el mejor ejemplo de este diálogo con todo lo que se ofrece ante nosotros y que de algún modo «tendremos que aprender a merecerlo». Ese camino hacia el merecimiento hemos de realizarlo desde ese aquí y ahora permanentes, parece decirnos su autor, consciente de los símbolos que se mueven detrás de un «lavado rápido» o de las preguntas que nos pueden surgir entre la maraña de lo cotidiano («Ahora tienes las manos en la duda./ Empieza a traducir»).
Es este un libro hijo de nuestro tiempo, pero elaborado con un material poético imperecedero, cuyos referentes van desde los clásicos (léase El sueño de Ulises o El síndrome de Casandra) hasta las imágenes más actuales. La voz de Luis Bagué Quílez tiene el don de atravesar lo íntimo y lo que nos circunda con una claridad reveladora. Y en este libro esa voz adquiere si cabe un matiz más vivo. Sus poemas nos ayudan a mirarnos en la distancia y a reconocernos en lo cercano. Al final del libro se nos avisa de que «corren/ malos tiempos para la épica». Y quizá sea ahí donde mejor se refleja el proceso de construcción en que se encuentra inmersa nuestra página. Aquí. Ahora.

lunes, junio 20, 2011

Dentro de la tierra, Paco Bezerra

Quatenus, Madrid, 2011. 103 pp. 10 €

Juan Pablo Heras

Cuando Paco Bezerra (Almería, 1978) ganó el Premio Nacional de Literatura Dramática de 2009, apenas superaba los 30 años y era casi inédito en los escenarios. Para los que no lo conozcan, el Nacional es un premio otorgado a la mejor obra publicada o estrenada en el año en curso, pero que en la práctica sirve para celebrar extensas trayectorias de autores consolidados. Por eso, todo indicaba que debía haber algo extraordinario en Dentro de la tierra, y por eso, apenas cuatro años después de que una primera edición, ministerial y por lo tanto escondida, se haya vuelto totalmente inaccesible, la nueva editorial Quatenus apuesta por este título para lanzar una de sus colecciones de textos dramáticos. La sola idea de apostar por una editorial dedicada al teatro ya merece un aplauso, pero si la selección de textos es además tan exquisita, optamos por la ovación.
Dentro de la tierra se podría agrupar a primera vista en una serie de textos dramáticos que sitúan su acción en lo más profundo de la España rural. Situar la acción hoy en el campo no tiene el mismo significado que en tiempos de Benavente, Machado o Lorca, y no es, ni de lejos, tan frecuente. Hablar del agro español hoy es acercarse a la despoblación, la soledad, el pasado enmudecido o el encuentro descarnado con el inmigrante jornalero. Y así lo hicieron José Ramón Fernández con La tierra, Alberto Conejero con Húngaros o José Manuel Mora con Mi alma en otra parte, tres textos que están entre lo mejor de la literatura dramática española de las últimas dos décadas.
Dentro de la tierra se sitúa en un lugar tan familiar como insólito: el mar de invernaderos de Almería, la “Huerta de Europa”, esto es, su corazón escondido, un espacio irreal por su aspecto que oculta a miles de almas apátridas que se dejan la piel en nuestros tomates. A la cabeza del reparto los tres hijos de un propietario, que esconden sensibilidades inconfesables en un país en el que lo diferente es sospechoso.
El valor fundamental de la obra de Paco Bezerra está en su capacidad de acercarse a la realidad con una mirada casi documental —en alguna medida, autobiográfica— y extraer de ella, mediante una fina depuración de elementos, y sin recurrir a una estilización excesivamente artificiosa, una serie de imágenes absolutamente explosivas, sugerentes y luminosas, que convierten este extraño lugar en un espacio arquetípico donde se enfrentan, desnudos, el bien y el mal, la verdad y la mentira.
En la reseña biográfica que acompaña el libro, Bezerra da cuenta de sus orígenes humildes y del ambiente supersticioso que le rodeaba. Desvela así que algunas de las imágenes más alucinantes de la obra, como la curandera que recorre el pueblo para sacar a los chicos raros el sol de la cabeza, tienen su origen en una experiencia real. Y sin embargo, eso no desdice el valor de su imaginación, y mucho menos de su capacidad como dramaturgo. Porque consigue que un material que podría haberse quedado en una grotesca acumulación de escenas estrafalarias se articule en una sutil red de situaciones e imágenes que no se engolfan en lo extraño, sino que tan sólo lo apuntan con la suficiente delicadeza como para mantener un afilado valor dramático. Sorprende también su atención a la perspectiva, un elemento siempre cuestionado en el género teatral: en calculada ambigüedad, el hermano menor, Indalecio, es un escritor que nunca escribe y a la vez un demiurgo que organiza el mundo en el que se mueven los demás personajes.
A lo largo de la obra, Bezerra abre la puerta a la duda respecto a todo lo que sucede. En las acotaciones iniciales del texto, indica que “el tiempo en el que transcurre es parecido al del sueño”. El efecto está logrado: a pesar de que la mayor parte del diálogo sea casi naturalista, las afirmaciones de todos los personajes que entran en el conflicto cuestionan la realidad de sus respectivas visiones del mundo (un poco como La habitación del niño, de Benet i Jornet, pero sin su fría precisión matemática), hasta el punto de que el lector, gozosamente desconcertado, se ve arrastrado a completar los huecos con sus propias entrañas. Con nuestras propias entrañas.

viernes, junio 17, 2011

El hombre del corazón negro, Ángela Vallvey

Destino, Barcelona, 2011. 541 pp. 20,50 €

Amadeo Cobas

Esta novela policíaca coral desenmascara los sucios negocios de las mafias de la antigua URSS.
Tiene una presentación larga y decorada para dar a conocer a cada uno de los participantes en la narración. Tiene demoradas las descripciones durante el nudo, y tiene un desenlace sin resquicio dejado al albur, sino con sellado firme de este cierre, sorpresa incluida, todos los protagonistas ubicados correctamente en el final de la obra.
Contiene un estudio muy importante de este mundillo opaco, en el que se principia a delinquir como método de supervivencia hasta metamorfosearse en un modo de vida imposible de abandonar. Al fin, dicen que para un mafioso de éstos es una deshonra trabajar…
Las distintas acciones de este libro transcurren en planos opuestos, con personajes diversos que trazan su vida sin saberse entrelazados a posteriori con los otros intervinientes en la obra. Por poner un ejemplo, una dura escena: cuando la indefensa joven llamada Polina se reencuentra con el bruto Kakus… y muchas páginas más allá lo que ocurre, para solaz y tristeza, según a cuál de ellos preguntásemos…
Destaca el detallismo paisajístico así exterior como interior. El primero porque la autora es exhaustiva en lo más grande al plantear las situaciones con enriquecedora información sobre países como Rusia, Moldavia, Polonia, Ucrania, Rumanía…; ídem en la descripción pequeña, donde desempeña una esmerada prolijidad para acercar, por ejemplo, las situaciones crudas, crudísimas por las que deambulan las pobres muchachas que huyen de la miseria de sus pueblos, en el Este, y vienen a la Europa pudiente para trabajar de niñeras o en la hostelería… ¡Incautas! Acaban convirtiéndose a su llegada en prostitutas hacinadas en cuartuchos, maltratadas por sus captores, endeudadas frente a sus extorsionadores hasta el fin de sus días, sin esperanza de salvación. Y aquí entra la segunda parte del detallismo: las introspecciones que realiza cada uno de los coprotagonistas en esta novela aportan una luz cenital que les hace respirar, con lo que el lector se siente implicado en su desgraciado sobrevivir. Y no sólo de la infausta suerte de las chicas eslavas, sino de la agente de policía, Sigrid Azadoras, que vertebra la estructura de la obra desde su génesis, anunciando una participación determinante en el devenir de los acontecimientos como así es, aunque su brillo no eclipsa ni merma la muy convincente intervención del resto del elenco.
Pormenoriza un tema muy de actualidad después de la catástrofe sucedida en Fukushima: la cercanía vívida de quien sufrió el desastre nuclear en primera persona (de hecho la novela es «En memoria de los liquidadores de Chernóbil»): «Cuando el reactor 4 de Chernóbil explotó, no supieron cómo volver a tapar la puerta que comunicaba con el infierno. Gorbachov no sabía qué hacer. Nadie tenía ni idea. Algo así jamás había ocurrido en el mundo. Nunca. Jamás. El infierno se abría paso a toda velocidad hacia la tierra, ¿quién podía detenerlo?»
Ángela Vallvey, que esgrime entre su mérito curricular ser ganadora del Premio Nadal y finalista del Premio Planeta, entre otros, posee una intensidad en la forma de narrar que tiene su culmen en el sabio pliegue de algunos capítulos, llamando al lector a proseguir, pleno de intriga, mordido por esa víbora llamada incertidumbre: ¿qué va a pasar ahora? Además, lo normal es que el capítulo consecutivo salte a otros protagonistas, a una acción distinta para colorear, para mejor engalanar de diversificación lo relatado ofreciendo puntos de vista variopintos destinados a converger para cimentar sólidamente el armazón literario. Siempre es un placer leer a esta escritora por su buen hacer en este oficio, por su meticulosidad y detallismo, por esa carpintería literaria tan bien provista, por su ingenio y su capacidad para imprimir vida a las escenas que describe, por sus delicados dejes poéticos (es una delicia la poesía destilada por su pluma, la ternura emanada de sus versos, se la recomiendo… disculpen esta dispersión, vuelvo a centrarme), por su lenguaje rico sin sobrecargar, escogida cada palabra en sazón para formular frases intemporales que no se mustien con el decurso del tiempo, desechada la vacuidad de relleno, aplicada la musicalidad del ritmo propicio: el frenesí de una acción vertiginosa concatenado con la calma subsiguiente vestida de una paz muy plástica; apoyados, cómo no, en la sabia conjunción de los períodos expositivos, un movimiento largo jamás asfixiante y otro corto que da nombre a la concreción y mitiga lo superfluo.
Se dice en la novela que «…el dinero es la luz del mundo, su antorcha». Sin ánimo de ser irreverente, convendrán conmigo que, en el mundo actual, no se espera la llegada de un mesías que ilumine nuestro camino con su prédica desde una perspectiva espiritual. Se aguarda el maná actualizado: el dinero. Ya sea con la forma de una quiniela o lotería primitiva premiadas, una sustanciosa herencia inesperada… o el acceso al capital ganado por medios ilícitos, uno de ellos explicado en esta novela (aunque todos sabemos que hay más).
A lo mejor estoy equivocado. Ojalá.
Siempre queda esperanza mientras existan personas que osen enfrentarse a lo establecido aplicando el diálogo y la razón…

jueves, junio 16, 2011

Fábula del archidiablo Belfagor, Nicolás Maquiavelo

Traducción y edición: José Abad. Traspiés, Granada, 2011. 81 pp. 10 €

Ángeles Prieto

Hete aquí que hoy, en un ejercicio de evidente masoquismo, me apetece elogiaros un texto impresentable, políticamente incorrecto, aquejado de marcada misoginia. Una anomalía absurda que además no tiene razón de ser, al provenir de uno de los filósofos más inteligentes de todas las épocas, el sagaz florentino Nicolás Maquiavelo, el mismo que soltó aquello de: “pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos”, estableciendo así el verdadero motivo de lo que sería el modus vivendi ideal de la Edad Moderna (siglos XVI al XVIII) y buena parte de la Contemporánea. Pero por supuesto, hablamos de unas ansias de figurar que caracterizan tanto a mujeres, como a hombres. Por lo que la maquiavélica identificación del afán ostentoso de éstas con el origen de todos los males, además supone una acusación bastante injusta.
Pero sucede también que amo los relatos breves, ligeros, escritos con desparpajo y desenvoltura, con total libertad, sin moralinas ni autocensuras, que además no cierran por completo el paso a la fantasía. Y me he topado aquí con uno de estos ejemplos interesantes y originales, en buena parte rompedores y adelantados a su tiempo, que rara vez jalonan la historia de la literatura haciéndola avanzar alejada de rígidos y eclesiásticos vericuetos, siempre impuestos.
Porque si partimos de la Metamorfosis de Ovidio y continuamos con el Asno de Oro de Apuleyo, llegaremos al crucial siglo XIII con dos figuras geniales y emblemáticas, afines a Maquiavelo, de las que cuales bebió este con fruición a fin de redactar esta original exempla o fábula archidiabólica. Me refiero por supuesto a Dante, con su Divina Comedia y su detallada descripción del burocrático infierno, que quedaría como modelo para toda la eternidad, y como no podía ser menos, también a Giovanni Bocaccio, en ese Decamerón donde hombres y mujeres celebran su canto a la vida, y contra la muerte, viéndose envueltos en notables enfrentamientos, bromas, burlas y enredos.
Tras ellos, encuadraríamos este cuento de Maquiavelo como un hito más dentro de una larga tradición, pues tendría continuidad temática en posteriores e importantes obras dramáticas. Primero, en comedias o tragicomedias que desarrollarán bien el tema de la uxorginia (horror a tomar esposa o aversión al casamiento), como en La fierecilla domada de Shakespeare o bien, siguiendo el no menos interesante asunto de los diablos mezclados en tratos humanos, encontraríamos El diablo cojuelo de Vélez de Guevara o El mágico prodigioso de Calderón. Y por supuesto, también en lo que consideraríamos tiempo después, novela. Empezando por El diablo enamorado del ilustrado Jacques Cazotte, pasando por el impresionante Fausto de Goethe y terminando con El maestro y Margarita de Bulgakov.
Y como no pienso revelar el argumento de tan interesante y original relato del florentino, ya sólo me quedaría la opción de recomendar su lectura no sólo a los alegres divorciados, libres ya del despotismo matrimonial, sino también a todo estudioso, amante de la literatura, que tomará así buena nota de que la historia de la literatura no es más que una continuada carrera de relevos. En cuanto a nosotras, pobres y vilipendiadas mujeres, nos quedará siempre el reconocimiento, aunque también la opción, de seguir otra máxima de Maquiavelo: Los hombres ofenden al que aman, nunca al que temen. Así que señoras, aplicaos el consejo.

miércoles, junio 15, 2011

Fiesta en una botella, John Collier

Trad. Daniel Gascón. Contraseña, Zaragoza, 2011. 193 páginas.

Care Santos

Cualquier lector puede pensar, viendo el nombre de John Collier en la cubierta de esta edición preciosa -como todas las del sello independiente aragonés Contraseña- que se trata de un autor que no conoce de nada. Error. La obra de John Collier (1901-1980) nos resulta mucho más familiar de lo que creemos. Es el autor del cuento en que se basó la película de Roger Corman The Little Shop of Horrors (traducida como La tienda de los horrores), de 1960, revisitada por Franz Oz en 1984. También es el autor de los guiones, y de los relatos en que se inspiraron, de un buen puñado de capítulos de dos de las series más míticas de la historia del terror y la ciencia ficción audiovisual: The Twiling Zone (La dimensión desconocida) y Alfred Hitchcock presents. Collier pertenece a esa generación de escritores de género que se dio a conocer a un amplísimo público a través de las revistas estadounidenses especializadas. En España se le ha traducido poco o casi nada, y aún se le considera un autor de segunda división, pero en Estados Unidos pertenece a una raigambre de escritores forjados en el mimo a un público que les pagó con una enorme devoción. Misma estirpe, por cierto, de la que salieron Richard Matheson o Fredrick Brown, por citar dos de los que comienzan a ser más conocidos para los lectores en castellano.
Fiesta en un botella nos ofrece ahora la oportunidad de solventar este desconocimiento. Para los amantes de las series antes mencionadas, debería ser una lectura obligatoria. No sólo por el aire de familiar ambientación que reconocerán en relatos como Volver por Navidad o De mortuis -dos de los cuentos que fueron adaptados a la pequeña pantalla- sino también por algunos hallazgos del género de terror al más puro estilo de los grandes, como el cuento Onagra, tal vez el mejor de la colección. En él, las familias más poderosas de una fantasmal Nueva York, venidas a menos tras el crack del 29, se han refiugiado en los grandes almacenes de la ciudad, para descubrir que allí impera un mundo feroz liderado por sus propias criaturas sombrías. El relato, así planteado, se convierte no sólo en una épica lucha por la supervivencia, también en una crítica a la sociedad contemporánea del autor, que tantos rasgos en común presenta con la nuestra, al más puro estilo Ray Bradbury o Philip K. Dick.
Estupendos son también los relatos Fiesta en una botella, que abre y da título al volumen, y El aperitivo. Ambos participan de una tenmática y una ambientación similares: el clásico almacén de las maravillas, donde un viejo con algo de brujo ofrece una mercancía maravillosa a sus visitantes -temática deudora, como señala bien Fernando Iwasaki en el prólogo- de Las mil y una noches, y ambos comparten también su mirada despiadada sobre el hombre moderno, demasiado ambicioso o demasiado cándido para entender lo que está ocurriendo a su alrededor.
Me gusta algo menos el Collier sarcástico. Sus relatos sobre venganzas familiares, tahúres profesionales o parejas de enamorados vencidos por la codicia hasta el asesinato me parecen menos eficaces, pero hay que reconocer que incluso en ellos, el autor no olvida jamás su papel de encantador de serpientes, y sabe servir a su público algunas pinceladas inolvidables, ya sea en forma de diálogos o de arranques sorprendentes. Contentar al público, entretener, ofrecer espectáculo... es algo que los autores estadounidenses de género siempre han tenido muy claro. Es el equivalente literario al axioma "el cliente siempre tiene la razón". Y a nadie le amarga que le mimen de vez en cuando.

* * *

Fernando Iwasaki llama la atención en el prólogo acerca de las versiones televisivas de pequeño formato que de los cuentos de Collier -y de otros muchos- realizó el actor argentino Alberto Laiseca. He aquí una de ellas, correspondiente al relato The Chaser (El perseguidor), traducido como El cazador en las ediciones argentinas -seguro que para evitar la coincidencia con el título cortazariano- y como El aperitivo (¿por qué?) en la española de Contraseña. Un modo adictivo de entrar en la literatura de un autor adictivo.


martes, junio 14, 2011

Destierro en Manhattan: Refugiados españoles en Norteamérica, Antonio Ruiz Vilaplana

Zimerman Ediciones, Granada, 2010. 221 pp. 14,96 €

José Gutiérrez Román

Hace poco tiempo nos hacíamos eco (y nos alegrábamos) de la reedición del mítico libro Doy fe de Antonio Ruiz Vilaplana. Esa alegría se ha multiplicado al conocer que por las mismas fechas había aparecido otro título suyo, hasta ahora inédito en España: Destierro en Manhattan, publicado en 1945 en México, y que hasta hoy no había vuelto a imprimirse. Hay que agradecer y felicitar a Zimerman Ediciones por recuperar obras tan valiosas como ésta dentro de su colección “Exiliados”.
Vilaplana, como muchos otros, se vio abocado al exilio tras finalizar la Guerra Civil. La escritura de Destierro en Manhattan comienza en 1945, justo cuando Vilaplana se dispone a dejar Estados Unidos y sus recuerdos aún están recientes. Es ese el momento elegido para hacer balance de lo que ha ganado y perdido durante ese lustro que ha pasado en Nueva York y para dar fe una vez más de los acontecimientos y personas que le han rodeado. Y siempre a través de una prosa eficaz y elegante, en la que confluyen la autobiografía novelada y el relato periodístico, ese género que de algún modo le empareja con Manuel Chaves Nogales, como se apunta en el prólogo.
En la primera parte del libro Vilaplana da cuenta de su trabajo como reportero para una importante agencia de noticias estadounidense. He aquí una radiografía de aquella sociedad y de su periodismo, por los que manifiesta admiración en ciertos aspectos e incomprensión en otros. Resulta especialmente interesante su análisis de la mujer norteamericana, el aislamiento social dentro de la gran urbe o ese modus vivendi mediatizado por la impronta del cine. En este sentido afirma: «Mi experiencia reporteril me ha convencido de que en Norteamérica no existen bien definidas y delimitadas las fronteras entre lo real y lo ficticio o perteneciente al séptimo arte». La magnificencia de la avanzada sociedad estadounidense no logra, sin embargo, borrar la añoranza que el autor siente por esos modos de vida patrios más imperfectos y con menos comodidades, pero mucho más humanos.
El resto del libro se detiene en las dramáticas historias personales de los expatriados (españoles principalmente) que va conociendo en Nueva York. Vilaplana pone la lupa de su escritura al servicio de aquellos menos afortunados, cuyas vidas transcurren entre la penuria y el abandono. Son los «sin papeles» de su tiempo. Esa lupa se centra de un modo particular en tres personajes: Alberto, un joven sensible y desorientado que no consigue abrirse paso en la gran urbe; Anselmo, humilde trabajador, con una hija a su cargo, que ejemplifica la bondad y el sacrificio; y por último, la figura más interesante, y a la que Vilaplana dedica más atención: Manuel Orozco, un hombre mayor, culto e inteligente, defensor de las ideas liberales, que no quiere renunciar a las prebendas de su pasada vida burguesa. Es él un personaje literario redondo: educado, cínico, atractivo y digno de compasión a un tiempo, y de cuya voz provienen algunas de las reflexiones más interesantes del libro. En una de ellas define así su condición de expatriados: «Eso es lo que nosotros todos somos: fuegos fatuos. Nadie sabe por qué existen, pero existen, aparecen y desaparecen. La gente los ve, pero huyen de ellos, no quieren su proximidad. Saben que hay tales fuegos fatuos, pero es algo dramático y misterioso que existe solamente en las noches, en las lejanías de los pueblos; no tienen existencia real, sino una vida de reflejo y alucinante. Esos somos los expatriados, fuegos fatuos». Sin duda, este fragmento es el que mejor resume la esencia del libro.
La figura de Antonio Ruiz Vilaplana sigue ejerciendo un poderoso y doble atractivo: por un lado está su gran talento como escritor, esa pericia para indagar en el momento histórico, los ambientes, las ciudades y en las personas que se mueven por ellas. Y por otra parte tenemos la fascinación que produce su propia vida, como si fuera el protagonista de una novela que permanece con nosotros una vez se ha cerrado el libro. Vilaplana se ha convertido en uno de esos fascinantes autores-personaje cuyo atractivo reside precisamente en esa unión indisociable de vida y obra. A fecha de edición del libro seguía sin saberse a ciencia cierta en qué otros países vivió después de su periplo norteamericano o dónde había muerto. Toda esta información se nos desveló por fortuna hace pocos días en la prensa, donde se recogía la visita a Burgos de sus dos hijos nacidos en Suiza. Ahora conocemos por fin algunos de estos datos biográficos antes velados, e incluso que hay un tercer libro de Vilaplana inédito. Estamos, pues, de enhorabuena. Todo ello debería servir para rehabilitar y reconocer la figura y la obra de Antonio Ruiz Vilaplana. Su vida y su brillante escritura, sin duda, lo merecen.

lunes, junio 13, 2011

Los fantasmas del Retiro, José Vicente Pascual

Paréntesis, Sevilla, 2011. pp. 532 pp. 17 €

Ángeles Prieto

En una visión de conjunto sobre la narrativa española actual, el lector bien informado mediante la red y los suplementos culturales, puede observar perfectamente como ésta parece avanzar mediante pelotones de ciclistas de manera compacta. O al menos es así cómo los autores son promocionados por unas leyes de mercado que impone colocar importantes figuras en primera línea, difícilmente sustituibles, seguido de un grueso conformado por los artífices esforzados del libro anual, muchos de los cuales más que avanzar, a veces retroceden. Y una cola trasera a la que suelen incorporarse figuras mediáticas populares, de corta vida literaria, aunque también pueden ascender al primer pelotón alguna pluma esforzada de otros grupos quejosos de no recibir la atención que merecen, como los especialistas del relato corto o algún poeta. Todo esto expuesto en líneas generales, pues en ocasiones nos sorprenden además algunos escapados, generalmente por la vía del humor o la confesión íntima, que generan asombro, diversión y el general aplauso. Pero la normalidad, lo previsible, la ayuda y el respeto mutuo entre los escritores españoles suele ser la tónica, lo que nos muestran. Al contrario de lo que ocurre en ese pelotón trasero de los cuentistas, mucho más bronco al sentirse menos mimados por el mercado, donde actualmente las antologías saturan los estantes y provocan diferencias entre ellos, con el efecto de desorientar muchísimo al lector sobre quiénes deben ser, o no, leídos.
Pero lejos de este panorama que conforman los agentes y las grandes editoriales, donde a pesar de las fanfarrias pocos son los que logran vender de manera masiva y mucho menos exportar, nos encontramos con algunas figuras literarias que a mí me producen cierto interés admirativo. Me refiero a los que generalmente no parecen utilizar las bicicletas promocionales de los agentes, ni pertenecen a ningún equipo en competición, los corredores de fondo que han logrado permanecer durante años en las pistas con una narrativa sólida, de estilo único, ajena a modas, y cuya principal representante quizá sea esa Ana María Matute genial que sólo al final ha logrado su gin tonic mayor del merecido reconocimiento. Aunque también podemos ver correr por ahí a algunos varones de respiración apasionada de los que sólo citaré, más que nada por falta de memoria, a tres: don Mauricio Wiesenthal, José Manuel Benítez Ariza y José Vicente Pascual.
Estos dos últimos autores han publicado recientemente en Paréntesis, una editorial andaluza en alza dispuesta a darnos a conocer voces nuevas y rescatar del olvido mediático a otras tantas. Y como en las librerías andaluzas, los libros siempre se ordenan y localizan por editoriales, observaremos que esta novela que nos ocupa, Los fantasmas del Retiro de José Vicente Pascual, es la que ostenta el lomo más grueso de todas ellas. Una larga novela de suspense sólida, de argumento verdadero pero inverosímil, que intenta acercarnos a la postguerra madrileña en los años cincuenta, con el aliciente literario de presentárnosla de manera mucho más original y disparatada de lo que hemos venido leyendo hasta ahora.
Porque en ella, un personaje político anacrónico de la Transición, Silvano Cervera, nos rememora su juventud estudiantil en ese Madrid de antaño al que le costaba tanto levantar cabeza, con aquella Brigada político social controlándolo todo. O casi todo. Y es a partir de este casi, donde arranca la astronómica historia de Silvano y la trama singular y compleja de esta novela, que mucho nos guardaríamos de desvelar en esta reseña.
Una buena opción para acercarnos a la obra de José Vicente Pascual, que supone darnos de bruces con un autor prolífico y constante, un auténtico corredor de fondo literario, caracterizado por sus metáforas siempre originales, tantas veces castizas, donde prima el buen humor, un seguro optimismo hacia la vida y una mirada bastante aguda. Y una oportunidad para no quedarse ahí y conocer después su considerable obra narrativa, porque en ella no hay que perderse, so pena de perder momentos gloriosos de lectura, la exitosa novela histórica Juan Latino (1998), otra reflexión sobre la postguerra muy diferente a ésta y muy aplaudida por la crítica, El país de Abel (2002) y el homenaje al tango que efectúa en la conmovedora Palermo del cuchillo (1995). Sólo así comprenderemos porqué merece la pena editar siempre y cuidar con mimo, a los que avanzan aparte, a los auténticos y esforzados rara avis de nuestra farándula literaria.

viernes, junio 10, 2011

Verdadero y falso, David Mamet

Trad. Josep Costa. Alba, Barcelona, 2011. 126 pp. 18 €

Juan Pablo Heras

Cuando apareció por primera vez en 1998, este libro detonó como una bomba en el sosegado templo de la pedagogía actoral. Años de experiencia directa en las tablas, en la lucha por conquistar al público desde la verdad insobornable del que tiene algo que contar, habían convencido a David Mamet de que algo olía a podrido en los dominios de los apóstoles de los apóstoles del Método (en el nombre de Stanislavski, Strasberg y Marlon Brando, amén). Como quiera que, llegados a este punto, no bastaba con la sugerencia razonable para combatir lo que sólo se sustenta en la fe y en la mortificación de la culpa, decidió provocar al autocomplaciente mundillo teatral con un libelo al que subtituló “Herejía y sentido común para el actor”, y que casi desde el inicio contiene afirmaciones como ésta: “El Método de Stanislavski y las escuelas derivadas de él son absurdos. No es una técnica con la que practicando se pueda desarrollar un oficio, es un culto”.
Mamet sostiene tamañas afirmaciones contra el Método desde la constancia de su inutilidad: para él, los grandes actores que han surgido de tales escuelas estaban tan dotados que hubieran triunfado de todos modos; en cuanto a los mediocres, tal pérdida de tiempo y dinero sólo les ha servido para crearles traumas que desconocían y que para colmo son incomunicables. Cuando llega el momento de aportar ese “sentido común” que debería sustituir a los mandamientos de los vendedores de humo, Mamet renuncia a ofrecer un sistema alternativo y recurre a su larga experiencia enfrentándose a actores desde su acreditado oficio como autor teatral, guionista de cine y director, y en su conocimiento compartido de la escena underground de la costa este y de los grandes estudios de Hollywood. En ese sentido, Verdadero y falso viene a ser una recopilación de anotaciones dispersas dirigidas al actor, a la vez fruto de la intuición del que ha vivido mucho y de la racionalidad del que no se deja engañar. En su ausencia de método –en todos los sentidos- recuerda un poco al entrañable Écoute, mon ami de Louis Jouvet.
Aunque quepan mil reservas ante la agresiva actitud de Mamet, lo cierto es que resulta tan persuasivo que uno siente la tentación de convertirse en discípulo, asumir sus afirmaciones como si se tratara de una nueva verdad revelada, y acatar lealmente sus enseñanzas. Es decir, justo lo contrario de lo que pretende, que es invitar al actor a desconfiar de las certezas y el confort, y a encontrar en el miedo, la incertidumbre y lo desconocido el motor y la gasolina de una interpretación verdaderamente emocionante. Un mensaje que no es fácil de asumir y que excluye a todo aquel que prefiere “ser actor” a “actuar”. Por lo tanto, para ser actor sólo serían necesarias ciertas aptitudes físicas ligadas a la voz y al cuerpo, una vocación a prueba de bombas y de meses de desempleo y, sobre todo, el valor de enfrentarse a lo incierto, porque nada que pueda ser controlado tiene interés para el público: “cuando aceptáis no saber lo que hacéis, os ponéis en el mismo estado que el protagonista de la obra. (…) Como el protagonista, estáis confusos, asustados, ansiosos”. Porque al fin y al cabo el público va al teatro para “enfrentarse a su anomia, ansiedad, culpabilidad, incertidumbre e incoherencia”.
Si abrimos la mirada más allá del rutilante pero minúsculo mundo de la interpretación, encontramos que Verdadero y falso se inscribe en una larga tradición ensayística ligada al más sano escepticismo y a la reivindicación del empirismo más riguroso. Mamet, como hicieron tantos otros, denuncia a los falsos profetas que venden a precio de oro verdades exquisitamente diseñadas, cómodas y tranquilizadoras, y en cambio nos anima a enfrentarnos a nuestra ignorancia y a aceptar la oscuridad, porque sólo en esta incertidumbre se encuentra la materia del arte. Como dice una curiosa cita del pediatra D. W. Winicott con la que Mamet inicia su libro, “la aproximación científica del fenómeno de la naturaleza humana nos permite ser ignorantes sin tener miedo, y sin, por lo tanto, tener que inventar todo tipo de teorías extrañas para explicar nuestras lagunas de conocimientos”.

jueves, junio 09, 2011

Wakefield, Nathaniel Hawthorne

Trad. María José Chuliá. Nórdica, Madrid, 2011. 80 pp. 15 €

David Vicente

La editorial Nórdica celebra sus cinco años de vida, lo que, en un mercado (el del libro) a veces selvático y quizá sobre saturado en relación con el número de lectores existentes, ya es todo un mérito en sí mismo. Aunque no el único, desde luego.
Junto con otras, no muchas, Nórdica se ha convertido en una editorial de referencia en lo que a libros ilustrados para adultos se refiere. Se agradece que en un negocio donde parece que el debate se ha desviado en torno a si es mejor leer en papel o mejor leer en “tableta”, obviando cuestiones de mayor envergadura y transcendencia para el convento, alguien apueste por deliciosas ediciones casi de coleccionista.
Para celebrar este lustro sus editores rescatan Wakefield de Nathaniel Hawthorne, ilustrado para la ocasión por Ana Juan, Premio Nacional de Ilustración 2010.
Para quien no conozca el relato (imprescindible para cualquier lector con un mínimo de interés más allá del bestseller de turno), Wakefield es un inquietante cuento sobre un marido que en el Londres victoriano decide tomar una decisión extravagante e incomprensible: abandonar su hogar y a su esposa e instalarse en la casa de enfrente, pasando completamente desapercibido, con el único objetivo de observarla sin que ella sea consciente de ello y apartarse del mundo.
El tiempo va pasando y ambos se van haciendo más viejos en soledad, pero apenas distanciados por unos cuantos metros. Wakefield será testigo de cómo la pena de su esposa por su desaparición se va amortiguando con el paso del tiempo, mientras su desasosiego va en aumento.
Tras veinte años y, gracias a una tormenta que le coge justo enfrente de la que fue su casa, Wakefield decide entrar de nuevo en ella buscando refugio, como si nada hubiese pasado, para así reencontrarse tras dos largas décadas con su esposa.
Un breve relato que tiene la virtud, como los grandes textos, de prolongarse más allá de sus páginas durante mucho tiempo en la cabeza de sus lectores, obligando a cada uno de ellos a sacar sus propias conclusiones. Esta, sin duda, podría ser una de ellas:
[En medio de la aparente confusión de nuestro misterioso mundo, las personas están tan pulcramente adaptadas a un sistema, y los sistemas engarzados entre sí y a un todo, que si una persona se ausenta por un momento, se expone al aterrador riesgo de perder su puesto por siempre, pudiendo llegar a convertirse, como le sucedió a Wakefield, en el Desterrado del Universo.]
Nórdica recupera a un autor, Nathaniel Hawthorne, de una prosa ágil y elegante, que construye una literatura, más que actual, atemporal, que ha superado con creces el tamiz del paso de los años.
Pero sería injusto poner aquí el punto y final, sin destacar el otro 50% de esta edición: las ilustraciones de la valenciana Ana Juan. La prestigiosa ilustradora y autora de cuentos infantiles que ha colaborado con publicaciones de la talla de Time o New Yorker, ha creado para la ocasión unas láminas que retratan a la perfección los dos mundos paralelos y completamente diferenciados de los que consta el relato: el del Sr. Wakefield y el de su esposa, la Sra. Wakefield. Uno, sombrío y turbador, el otro, aunque sosegado, cargado de una resignada melancolía.
Según Borges, uno de los mejores cuentos de la historia de la literatura. Lo que ya es motivo suficiente, máxime si tenemos en cuenta que él no pudo disfrutar de los maravillosos dibujos de Ana Juan cuando lo leyó.

miércoles, junio 08, 2011

Vidas elevadas, Miguel Baquero

Editorial Talentura, Madrid, 2011. 134 pp. 12,50 €

Abel Posse
firma invitada*

Después de un libro de relatos, como Diez cuentos mal contados, y de la curiosa y fresca miscelánea que constituyó A esto llevan los excesos, Miguel Baquero (Madrid, 1966) vuelve al terreno de la novela con Vidas elevadas, publicada por la reciente y prometedora editorial Talentura (antigua Policarbonados). En Vidas elevadas, su nueva novela, Baquero mantiene ese tono humorístico, ese registro de sorna, gamberro en muchas ocasiones, al que nos tiene acostumbrados y que en el fondo, tras todo el aparato de las sonrisas y en ocasiones (bastantes) de la risa franca y sonora, encierra una crítica, en forma de caricatura, contra nuestra actualidad.
En esta ocasión, el objeto de la sátira es el mundo de la literatura, o más en concreto el mundo de la poesía, personificado en tres protagonistas, poetas todos ellos de mayor o menor prestigio y en general escaso arte, que vienen a coincidir en el espacio de un pequeño pueblo. Lastrados todos ellos por la inevitable pose, la mentira, el truco que parece ser consustancial a la expresión artística actual, se irán viendo desarbolados y descubiertos por la sencilla vida cotidiana, o lo que es lo mismo: por la vida verdadera. Burla de toda esa… digámoslo: tontería que en muchos casos rodea al mundo de las Letras, los protagonistas de Vidas elevadas irán exponiendo ante el risueño lector todos sus tics de “gente literaria”.
He oído decir a Baquero en una entrevista que él mismo se incluye en la caricatura de Vidas elevadas, que muchos de las ridiculeces que pone al descubierto él mismo las ha practicado, a lo mejor inconscientemente, y seguramente las volverá a practicar. No observa el autor su cuadro desde una posición superior y mayestática, sino que busca tan solo registrar lo que ocurre a su alrededor, en medio del fregado, lo que él también aporta a toda esa feria de vanidades. Debido a ello, la risa que busca Baquero en el lector, y que doy fe que en numerosas ocasiones consigue, tiene mucho de catártica, de reírnos de nosotros mismos, de dejar a un lado nuestra solemnidad como medio último de ver el alcance de nuestros errores. Verlos claramente y —¿a quién le cabe duda?— volver a cometerlos.
Desde la solapa —¡al menos no se pierdan esto!— hasta la conclusión, pasando por el mismo argumento, donde el suceso principal y determinante de todo nunca acaba de describirse, todo en esta pequeña novela, Vidas elevadas tiene un sentido humorístico o, mejor dicho, bienhumorado. El lector, sin duda, acertará a identificar a varios de los protagonistas y muchos de los latiguillos de los que se hace mofa en el texto le sonarán bien cercanos y quién sabe si familiares. Pero detrás de todo ello no hay un dedo acusador, una voz tronante que denuncie y amenace con la excomunión; en su lugar, hay un escritor que ha aceptado el juego pero que sabe que está jugando. Y esta propuesta lúdica que se desprende de toda la novela, el divertimiento bien entendido —es decir, sin perder de vista la realidad—junto con la limpieza y calidad del estilo a que el autor nos tiene acostumbrados, es uno de los mejores activos de esta novela con la que Baquero vuelve para alegría de sus seguidores.

*Abel Posse (Sevilla, 1970) es licenciado en Filología y aficionado a la literatura. Como tal, ha sido finalista de diversos concursos locales de cuentos y microrrelatos y ha colaborado como reseñista en revistas culturales digitales, como Digitalone, Caleidoscopio, Literaturas.com, La vieja factoría y otras. Actualmente está ultimando la publicación de su primera novela, Memorial de envidias. Es autor asimismo de poemas y escritura creativa.

martes, junio 07, 2011

5 de junio, 20:30 horas, librería La Buena vida: entrega de los V Premios Tormenta


El Lector Tormentoso, estatuillas de Ignacio Sanz,
listas para ser entregadas

Elena Medel presentó los premios junto a Care Santos


Elvira Navarro, ganadora del año pasado, presentó el
Premio Autor Revelación


Daniel Sánchez Pardos agradeciendo su premio


Eduardo Riestra obtuvo el I Premio Editor Tormentoso,
por haber publicado a dos de los tres ganadores

Marta Sanz presentó y recogió el Premio Tormenta
al mejor libro del año en lengua extranjera,
que obtuvo Alice Munro

ÓscarEsquivias, ganador del Premio Tormenta
al mejor libro del año 2010, recoge su galardón

Lola Sanabria, ganadora del I Premio de Microrrelatos
Tormenta en un Vaso, durante su discurso de agradecimiento

Foto de familia de los ganadores y los maestros de ceremonias.
De izquierda a derecha, atrás: Eduardo Riestra, Daniel Sánchez Pardos,
Care Santos, David Vicente, Óscar Esquivias, Elvira Navarro,
Elena Medel. Delante: Andrés Neuman, Lola Sanabria.



Silvia Querini, editora de Lumen, agradeció el premio a Alice Munro de esta forma.

lunes, junio 06, 2011

Premios Tormenta 2010: ganadores

Premio Tormenta al mejor nuevo autor en castellano:
El cuarteto de Whitechapel, de Daniel Sánchez Pardos

El cuarteto de Whitechapel, Daniel Sánchez Pardos.
Ediciones del Viento, A Coruña, 2010.
389 pp. 20 €

«Escrita con una prosa ágil, salpicada de ironía, y con unos personajes perfectamente definidos, El cuarteto de Whitechapel pertenece a ese tipo de novelas que nos atrapan sin remedio. En su elaboración se aprecia la pericia de un relojero que logra que cada pieza ajuste con precisión en el engranaje final de la obra. Especial mención merecen sus últimas cien páginas, muy sorprendentes, y que se leen a un ritmo vertiginoso. Se me ocurren muchas razones para recomendar El cuarteto de Whitechapel: es turbadora, divertida a veces, vibrante, demoledora y lúcida. Pero sobre todas estas razones se impone otra de más peso: es una NOVELA (con mayúsculas).»

(de la reseña de José Gutiérrez Román)


Daniel Sánchez Pardos nació en Barcelona en 1979. Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Sus narraciones han sido premiadas en concursos como el NH de Relatos o el Joven & Brillante de Novela Corta, y han aparecido en diversas revistas y antologías. Ha publicado las novelas El cuarteto de Whitechapel (Ediciones del Viento, 2010) y El jardín de los curiosos(Bohodón, 2010) .
Desde La tormenta en un vaso creamos hace dos ediciones esta nueva categoría, con el objetivo de resaltar la obra de un autor o autora, con un máximo de dos libros publicados, y que suponga ya una apuesta no de futuro, sino de presente. Elcuarteto de Whitechapel ha sido el título que, cumpliendo estos requisitos, ha obtenido más votos entre nuestros colaboradores.



Premio Tormenta al mejor libro traducido al castellano en 2010:
Demasiada felicidad, de Alice Munro

Demasiada felicidad, Alice Munro.
Traducción de Flora Casas.
Lumen, Barcelona, 2010.
339 pp. 22,90 €

«La prosa de Alice Munro es elegante, natural, de una técnica refinada y versátil que a la vez es precisa, afilada y pulcra, de una sobriedad y delicadeza en la que lo sereno se vuelve de repente punzante. En la misma página podemos sentir cómo se nos raja la cara de un navajazo y palpar simultáneamente la posibilidad de su cura. Porque en eso reside quizás la grandeza de Alice Munro, en su riqueza emocional, en la manera que tiene de dotar a la vida de sentido aunque sea narrando sus pequeños, inexplicables y numerosos sinsentidos. Cada escena cotidiana tiene la justa dosis de ambigüedad para entender el misterio que la habita. Leemos con placidez y armonía estos relatos que, sin embargo, encierran lo terrible, insoportable y tremendo como si nos adentráramos lentamente, sin estridencias ni artificios, en las aguas de una laguna llamada realidad. De ahí que Alice Munro sea una de las más grandes escritoras vivas, si no la que más: porque sabe conjugar complejidad y sencillez con la misma maestría con la que hace visible la maldad junto a la redención, la penumbra y lo epifánico, y las heridas con la bonheur de vivre. Leer a esta mujer que desprende sabiduría, comprensión y piedad es encontrarle sentido a la vida. Desde su hondura irónica, tibia y feroz, Alice Munro nos invita a amar la buena literatura o, lo que es lo mismo, a compartir con ella instantes de verdadera dicha.»

(de la reseña de Coradino Vega)


Alice Munro nació en Wingham (Ontario, Canadá) en 1931. Antigua librera, escritora-residente en la Universidad de Western Ontario, sus relatos breves analizan la vida cotidiana de manera cercana, sobria y realista: no en vano la llaman la Chéjov canadiense, y su nombre resulta habitual en las quinielas de grandes reconocimientos como el Nobel. Ha ganado en tres ocasiones el principal galardón canadiense a la creación literaria, y ha recibido los premios National Book Critics Circle (1998) y Reino de Redonda (2005). Traducida a trece lenguas, el lector en castellano puede disfrutar de sus más significativos libros de relatos: Las lunas de Júpiter(1982), El progreso del amor (1986), Amistad de juventud(1990), Secretos a voces (1994), El amor de una mujer generosa (1998), Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio (2001), Escapada (2004), La vista desde Castle Rock (2006) y este Demasiada felicidad, editado en Canadá y Estados Unidos en 2009, traducido al castellano en 2010, premiado en 2011 por La tormenta en un vaso.



Premio Tormenta al mejor libro publicado en castellano en 2010:
Pampanitos verdes, de Óscar Esquivias

Pampanitos verdes, Óscar Esquivias.
Ediciones del Viento, A Coruña, 2010.
160 pp. 16 €

«¿Qué música late en estos cuentos para que nos atrapen como nos atrapan hasta convertirnos en lectores rendidos y encandilados? Quizá sea la naturalidad, la fluidez narrativa, esa manera de contar como si estuviera meando, que diría Delibes. Lo cierto es que Óscar Esquivias despliega en estas historias un poder de seducción que nos arrebata. Y no es que se ponga estupendo estilísticamente hablando, no, qué va, son sus personajes desvalidos y atormentados, con sus pequeñas neuras, con sus flaquezas, sometidos a situaciones extremas en su cotidianeidad, los que misteriosamente nos atrapan.»

(de la reseña de Ignacio Sanz)


Óscar Esquivias nació en Burgos en 1972. Es licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Burgos. Dirigió “Calamar, revista de creación” (1999-2002). Ha colaborado con sus poemas, artículos y relatos en revistas y antologías de España e Hispanoamérica. Ha publicado las novelas El suelo bendito (Premio Ateneo Joven de Sevilla; Algaida, 2000), Inquietud en el Paraíso (Premio de la Crítica de Castilla y León; Ediciones del Viento, 2005), La ciudad del Gran Rey (Ediciones del Viento, 2006) y Viene la noche (Ediciones del Viento, 2007); los libros de cuentos La marca de Creta (Premio Setenil; Ediciones del Viento, 2008) y Pampanitos verdes (Premio Tormenta al mejor libro publicado en castellano en 2010; Ediciones del Viento, 2010); las novelas juveniles Huye de mí, rubio (Edelvives, 2002), Mi hermano Étienne (Edelvives, 2007) y Étienne el Traidor (Edelvives, 2008); y La ciudad de plata (El pasaje de las letras, 2008), una evocación literaria de su ciudad natal.





viernes, junio 03, 2011

Premios Tormenta 2010: entrega


La Tormenta en un Vaso te invita a la entrega de los V Premios "La Tormenta en un Vaso" a los mejores libros publicados en España en 2010 (de aquí, de allá y por un autor novel), y al I Premio de Microrrelatos "Tormenta en un Vaso". Nos vemos el domingo 5 de junio, a las 20.30 hh y en la librería café La Buena Vida (c/Vergara, 10; metro Ópera), para celebrar la buena literatura.

jueves, junio 02, 2011

Premios Tormenta 2010: finalistas (mejor libro en castellano)




El mes más cruel, Pilar Adón.
Impedimenta, Madrid, 2010.
195 pp. 17,90 €

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Bajo el influjo del cometa, Jon Bilbao.
Salto de página, Madrid, 2010.
249 pp. 19,50 €

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El ladrón de morfina, Mario Cuenca Sandoval.
451 Editores, Madrid, 2010.
244 pp. 17,70 €

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Pampanitos verdes, Óscar Esquivias.
Ediciones del Viento, A Coruña, 2010.
160 pp. 16 €

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Black, black, black, Marta Sanz.
Anagrama, Barcelona, 2010.
336 pp. 19,50 €

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miércoles, junio 01, 2011

Premios Tormenta 2010: finalistas (mejor libro traducido al castellano)



Verano, J. M. Coetzee.
Traducción de Jordi Fibla.
Mondadori, Barcelona, 2010.
255 pp. 18 €

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Un matrimonio de provincias, Marquesa Colombi.
Traducción de Mercedes Corral y María Corral. Prólogo de Cristina Grande. Posfacio de Natalia Ginzburg.
Contraseña, Zaragoza, 2010.
144 pp. 17,50 €

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Picnic en Hanging Rock, Joan Lindsay.
Traducción de Pilar Adón. Introducción de Miguel Cane.
Impedimenta, Madrid, 2010.
320 pp. 21,95 €

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Demasiada felicidad, Alice Munro.
Traducción de Flora Casas.
Lumen, Barcelona, 2010.
339 pp. 22,90 €

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Sukkwand Island, David Vann.
Traducción de Daniel Gascón.
Alfabia, Barcelona, 2010.
210 pp. 18 €

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martes, mayo 31, 2011

Lola Sanabria, con su relato "Aventurero", gana el I Premio de Microrrelatos Tormenta en un Vaso



AVENTURERO

Lola Sanabria


Superó la tormenta, el ataque del barco pirata y la cuarentena. Cuando estaba a punto de atracar en el puerto, su madre lo llamó para la cena.


Yo nací en una casa grande en una calle ancha llena de mecedoras y sillas en verano y de soledad y ladridos de perros en invierno. En un pueblo de la sierra de Córdoba con un barrio alto que tenía una plaza de tierra prensada con un bar pequeño; y un barrio bajo con unas escaleras que bajaban a la plaza del Ayuntamiento, la casa del juez, la de las maestras, la del veterinario, la de los dos médicos, y el Café Español, con su salón de baile.
Mi casa de muros de adobe, puerta de madera maciza, veinte centímetros de llave de hierro, pasillo de piedrecitas colocadas como hojas, losetas pintadas de rojo a los lados, paredes encaladas, varias habitaciones, una despensa, una bodega con grandes tinajas, la cocina, el comedor, el patio, el gallinero y la cuadra. Arriba, el doblado con los arcones, el castillejo, algún somier de muelles hundidos, las artesas para curar los jamones, las orzas para los lomos y las aceitunas, y un cabezal de níquel desgastado.
Vivía con mi abuela, mis padres, mi hermana, mis tíos y sus seis hijos. Camas comunales de ropas revueltas, corros de mujeres cosiendo al atardecer en el patio, tamborileo de dedos en las palanganas de porcelana, “El submarino amarillo” cantado por mis primos a la vuelta de la carpintería, risas; y el olor del jabón hecho en casa, de la colonia a granel, del betún de los zapatos. Años de infancia y adolescencia donde germinaron mis primeras historias.
Con diecisiete años me vine a trabajar y estudiar a Madrid. Los cuentos se replegaron a un lugar de mi interior para dejar paso a los conciertos de jazz en el Johnny, los cine-forums, los sueños de libertad. Un compañero y dos hijos, mi trabajo como Técnico Auxiliar en Centros Ocupacionales con personas con discapacidad intelectual, me han dado la estabilidad. Y aquí sigo bajando a la mina de mi memoria, a la infancia cargada de imágenes, olores, sabores y roces de piel de las que surgen nuevas historias.


Lola Sanabria: "Busco que impacte en la primera lectura"

Entrevista a la ganadora del I Premio de Microrrelatos Tormenta en un Vaso

Pregunta: Tu relación con los microrrelatos viene de antiguo. ¿Qué buscas en ellos?

Respuesta: Busco que impacte en la primera lectura. Yo tengo una historia que contar. La doblo muchas veces y la presento muy condensada para que el lector pueda penetrar hasta la última capa y construya su propia historia.

P: De tu relato los miembros del jurado han valorado tu capacidad de “concentrar el extenso género de aventuras en un par de líneas y dejar que cada lector recuerde su leonera y sus propios piratas”. ¿Nos hablas de tus piratas, y de tu leonera?

R: Mis piratas fueron El Capitán Trueno y Jabato. Durante las siestas, con una cubeta de aluminio, agua, y una pluma de gallina, viví más de una aventura en el Amazonas. Y mi leonera, a la que voy cada vez que intento escribir algo, es esa casa comunal donde nací, habitada por muchas personas, donde siempre ocurrían cosas importantes y a la que sigo alimentando en mi memoria.

P: Descríbenos la Tormenta que más te asusta.

R: La que está inundando el planeta de muertos vivientes políticos y sociales que actúan con total impunidad sin que les tiemble la mandíbula a la hora de devorarnos.

P: ¿Qué sientes al saber que has resultado ganadora entre los 718 textos presentados al Premio?

R: ¡Un subidón!