martes, mayo 21, 2013

Nadie quiere saber, Alicia Giménez Bartlett

Destino, Barcelona. 2013. 419 pp. 18,50 €

Amadeo Cobas

Leer una novela policíaca, una buena novela, es un placer comparable a ir al monte a buscar setas. Uno va haciendo su recorrido y va recolectando las setas, ésta es buena, ésta no… Claro, siempre con la duda del neófito, porque esa seta que desechamos igual es una pieza fundamental en el puzzle, y si la dejamos en el olvido luego puede no completarse el rompecabezas de la intriga. Recorriendo el bosque de páginas se incrementa de pinceladas nuestra «cesta», se va mediando de «setas». Uno intenta que la mente conserve viva esa escena descrita con brevedad, acaso con fingido descuido, tocando de soslayo un tema con la yema del dedo, así como nosotros estuvimos en un tris de arrancar una nueva seta… aunque la despreciamos por su pinta. ¿Y si es una venenosa pista falsa? Y en este delicioso recorrido de tarde de sábado semeja que inspiramos la tinta que impregna las páginas del libro y forzamos las neuronas para entresacar ora un asesino recóndito, ora un feliz remate culinario para tanta seta...
Perdón por esta larga introducción, espero no inducir a nadie a la captura de setas antes que a desentrañar el misterio planteado por Alicia Giménez Bartlett. Sería una pena.
Una pena perderse esta nueva entrega de la inspectora Petra Delicado, que lleva más de tres lustros a las órdenes de su creadora y que es, en palabras de uno de los personajes que interviene en la narración, «una mezcla extraña de dureza y dulzura». No sin motivo, ya que sabe herir como nadie con la lengua aunque tenga un poso de bondad que le impide exacerbar su crueldad. Se contiene… cuando quiere.
Como es habitual, aquí la tensión narrativa está graduada con sabiduría, con las dosis justas de aporte de conocimiento de las situaciones y de sorpresas que reactivan la acción para dinamizar con oficio la lectura. Hay territorios comunes, es obvio, tal el apoyo en la sempiterna seguridad que granjea contraponer a dos policías de caracteres, forma de ser, ideales, etcétera opuestos hasta límites que anuncian un enfrentamiento personal, como aditamento mejor para que las pesquisas avancen…mientras el lector se entretiene y hasta sonríe. Con razón. Por todos los que seguimos sus avatares es conocido el macabro humor que gasta la inspectora, capaz de reírse de su propia muerte, frente al aparentemente simplón subinspector Fermín Garzón, almodovarianamente grotesco, sin par, en ocasiones hortera como cuando le da por comportarse como un turista más en Roma y se fotografía en medio de dos gladiadores…para cabreo de su jefa.
Porque dignas de destacar son las conversaciones entre ambos, con momentos en los que chispean los pinchazos que se lanzan y pasan a frisar ese tenue equilibrio antes mencionado entre hilaridad y tensión. Verbigracia: «Inspectora, ¿parecerá irrespetuoso que le diga que está usted empezando a tocarme los cojones?». Tiene la novela además muchas notas de desvelo social, que diría Serrat, como al paso, sin inmutarse «…así es como progresan hoy en día las ciudades: se renuevan los edificios y a las personas se las deja morir». ¿Un poco de moralina? Creo que no, es una reflexión propia del carácter de la inspectora, o de su pose o interpretación. No en vano, epiloga tal que así: «Yo había dicho lo que se esperaba de mí, y por eso mis palabras eran bien recibidas».
A los audaces que desdeñen las setas y se aventuren en este bosque les confirmo que no existe crimen perfecto, dado que un asesinato siempre deja pistas, el asesino siempre comete fallos. Petra dixit.
Como en esta obra, donde el culpable es… me lo callo, lo siento. Merece la pena que lean la novela para averiguarlo.

lunes, mayo 20, 2013

La casa en ruinas, Manuel García Rubio

XVI Premio de Novela Ciudad de Salamanca. Ediciones del Viento. A Coruña, 2012. 144 pp. 16 €

Victoria R. Gil

¿Es posible recuperar los yos que no hemos sido, pero que pudimos ser? ¿Tiene la vida, como los ordenadores, múltiples puntos de restauración? ¿Duelen los recuerdos, incluso los que no se conservan? Éstas y otras preguntas que seguramente todos nos hemos formulado en alguna ocasión son las que se plantea Manuel García Rubio a través de Ricardo Tremp, un ejecutivo en la cumbre de su carrera que, convencido de gozar de una existencia perfecta, descubrirá que la ruina no sólo carcome la madera y desconcha las paredes, sino que también deshabita a las personas.
Un inesperado suceso, veinte años después de que Tremp decidiera empezar su nueva vida, es el punto de arranque de esta novela breve, que no llega a las 150 páginas. Un mendigo ha resultado herido de gravedad al desprenderse un trozo del balcón de su casa familiar en el pueblo que abandonara sin mirar atrás. El accidente le obligará a regresar, a pesar del rencor y del desprecio. Aunque sobre el vallado de seguridad que ahora la rodea se advierta: «No pasar. Peligro de derrumbe».
Muchas son las cosas que están a punto de hundirse en esta novela, no sólo la vivienda en la que Tremp creció con el único deseo de escapar, como si la huida te llevara siempre a alguna parte. Sus recuerdos también amenazan ruina, junto con ese presente que se ha empeñado en mantener libre de todo asalto emocional. «Quedó horrorizado por el descubrimiento de que no sólo la materia orgánica puede amojamarse con el paso de los días, sino también determinadas formas de la rutina doméstica, como aquella que lo asaltó al toparse con su padre, sentado en el viejo sofá nada más que por fumar y beber hasta caer borracho, mientras escuchaba un disco de música clásica».
Uno comienza a leer La casa en ruinas confiado porque reconoce las claves, aunque su propio protagonista las ignore: crisis de madurez, hastío vital, rencores antiguos, cuentas pendientes… Pero aquí las cosas son lo que parecen sólo hasta que dejan de serlo. Y entonces irrumpe lo irreal, lo fantástico, y Tremp comprenderá que adentrarse en el pasado, como en la vieja casa familiar que huele «a polvo y a humedad, a tiempo embalsado», puede provocar efectos imprevistos.
El primer aviso quizás nos pase desapercibido. En una vivienda abandonada durante más de veinte años y que por supuesto carece de suministro eléctrico, conexión telefónica o cualquier otro servicio similar, aún parpadea el piloto rojo del contestador automático con una llamada que nunca fue respondida. Pero la desazón llegará después, cuando atrapados por una narración que ya no sabemos si es fantástica, onírica o alucinatoria, empezamos a sospechar, como su protagonista, que «el curso del tiempo se había desviado en un bucle» y que se hallaba «en un reino de tiempo pasado, confuso, absurdo, arbitrario, en el que las reglas del juego cambiaban a sus anchas, porque sí».
Surgen entonces las preguntas, tenaces como la carcoma royendo el interior de una alacena. ¿Y si hubiera escuchado a tiempo aquel mensaje? ¿Y si no hubiera abandonado el pueblo? ¿Y si hubiera regresado cuando la niña fuera ya mujer? Y aún otra, quizás la más inquietante: «¿Cómo recordar y, al mismo tiempo, saber que los recuerdos son ciertos?». Buscando las respuestas, Ricardo Tremp, como Orfeo, descenderá a su infierno particular (el pasado que siempre estuvo ahí), pero en contra de lo que pudiera parecer, no busca rescatar a Eurídice, sino salvarse a sí mismo y recuperar su futuro.
Con La casa en ruinas, Manuel García Rubio, uruguayo de nacimiento y asturiano por vocación, fue galardonado el año pasado con el XVI Premio de Novela Ciudad de Salamanca por un jurado integrado, entre otros, por Luis Alberto de Cuenca y Fernando Marías, que destacó, precisamente, la habilidad de la obra para moverse “entre lo mágico y lo fantástico” dentro de un ambiente de “realismo excepcional”.
Atrévanse a cruzar con Ricardo Tremp el límite de lo imposible. El tiempo perdido merece buscarse hasta en el infierno

sábado, mayo 18, 2013

María Estuardo, Stefan Zweig

Trad. Carlos Fortea. Acantilado, Barcelona, 2012. 416 pp. 26 €

Miguel Baquero

Además de excelso novelista —¿cómo?, ¿qué todavía no has leído su Novela de ajedrez?— Stefan Zweig fue un biógrafo de primera línea; de hecho, muchas de sus biografías han servido de modelo a otros autores a la hora de relatar la vida de un personaje histórico con perspicacia psicológica, atención al detalle significativo, un profundo toque lírico en los momentos cruciales y, en el fondo y como remate de todo, una capacidad genial para captar el fondo social y humano de la época a través del protagonista de la biografía. El libro dedicado a María Antonieta, dentro de las figuras históricas tratadas por Zweig, es sin duda todo un clásico en este sentido; y en todo caso, es una narración impresionante tanto por su amenidad, como por su estilo narrativo, como por su calado psicológico.
Dos años después de la publicación de María Antonieta, en 1934, Zweig publicó la biografía María Estuardo, que ahora reedita Acantilado en una magnífica edición. No es, sin duda, una narración tan límpida y contundente como la que el autor austriaco trazó de la reina de Francia, pero ello no ha de achacársele al escritor sino a la figura biografiada y a las múltiples luces y sombras que la rodearon (luces y sombras que incluso hoy, siglos después, aún no han sido desveladas del todo y siguen manteniendo la realidad entre penumbras).
Convertida en piedra de choque, en plena época de la Contrarreforma, entre los partidarios del protestantismo (Inglaterra en especial, con su reina Isabel a la cabeza) y los defensores de la vieja Iglesia papista (Francia y España, sobre todo), es comprensible que la verdad en torno a María Estuardo, reina católica de Escocia, se haya desvirtuado y tergiversado en función de los intereses de unos y otros. Tanto más cuanto los avatares de su vida la hicieron perder el trono, ser apresada por los ingleses y finalmente llevada al cadalso tras un juicio (o remedo de) cuya resolución llegó a convertirse en “casus belli” entre Su Graciosa Majestad Isabel I y Su Muy Católica Alteza Real Felipe II, quien llegó a fletar toda una armada para conquistar la isla y poner fin a la ofensa intolerable cometida contra la vida de toda una reina ungida, con el resultado creo que ya de todos conocido.
Sabe Zweig, por tanto, que se está moviendo por un territorio resbaladizo, sembrado en su día de mentiras interesadas, exageraciones y ocultamientos. Sin embargo, desde la perspectiva del tiempo transcurrido, el escritor austriaco no tiene miedo de cotejar, por ejemplo, los documentos que se mostraron como inculpatorios para la Estuardo con sus características psicológicas, para concluir si tales documentos, o esas otras argumentaciones, son ciertos o tienen visos de haber sido manipulados. La biografía, así, pasa en muchos momentos a convertirse en una verdadera novela sobre las argucias de unos y otros, sus comadrejeos por las cortes europeas, la venalidad y la hidalguía de estos y aquellos… Al fondo, dando forma al cuadro completo, la persona de María Estuardo, compleja como todo ser humano, inteligente en ocasiones, de comportamiento estúpido a veces, imbuida de su majestad y al mismo tiempo cubierta de dudas. Y más al fondo aún de la reina de Escocia, como una presencia amenazadora, su Némesis, la reina Isabel de Inglaterra —¡sublime personaje!—, que de igual manera la tema, la odia, la admira…

viernes, mayo 17, 2013

Gallinas de madera, Mario Bellatín

Sexto Piso, Madrid, 2013. 147 pp. 16 €

Ignacio Sanz

Gallinas de madera es un libro que contiene dos novelas cortas independientes y de estirpe metaliteraria. En la primera titulada. “En las playas de Montauk las moscas suelen crecer más de la cuenta”, se homenajea a Bohumil Hrabal, el gran escritor checo cuya muerte es un misterio que sigue flotando sobre la historia de la literatura europea. Hrabal vivía internado en una residencia de ancianos. En la cornisa se de la cuarta planta se posaban las palomas a las que él echaba de comer. Un día Hrabal se precipitó al vacío. ¿Suicidio acaso? Bellatín parte de este hecho minúsculo para divagar sobre el gigante de la narrativa checa y lo hace bajo los efectos delirantes que produce la ingesta de un líquido lisérgico. La visión de la realidad es deformada y aparecen moscas monstruosas, aves de rapiña, perros. Y aparece una y otra vez Bohumil, pero un Bohumil deformado por los efectos del líquido lisérgico, como en los esperpentos de nuestro Valle, pero aquí sometido a un discurso circular, como de melopea que repite y repite, pero al mismo tiempo envía rayos de sol, puntos de luz sobre la obra del gigante checo. El segundo relato, “En el ropero del señor Bernard”, el homenajeado es el escritor francés Robbe-Grillet con quien Bellatín sostuvo una conversación pública poco antes de morir. El señor Bernard pertenecía al Movimiento Literario Sumamente Innovador. Uno de los principios de este movimiento consiste en matar al padre, en empeñarse en que cada generación de escritores renueve sus fuentes de creación edificando su obra sobre las ruinas de la generación anterior. Bellatín envuelve al lector en un discurso melopeístico con referencias personales y múltiples desdoblamientos.
Por todo ello no estamos ante un libro fácil, como acaso no lo sea la literatura de Robbe-Grillet. Y sin embargo, en medio del bálago discursivo, encuentra el lector reflexiones lúcidas como las que hace sobre  El extranjero de Camús al referirse a los tiempos verbales con los que empieza esta inquietante novela. En cualquier caso se trata de disquisiciones sobre la escritura antes que sobre la vida.
«Me puse a escribir, imaginariamente, eso sí, porque no comprendo el mundo. Lo hice en la mesa donde me sirvió alguna vez una sopa hecha con restos de pájaros. Esto es todo. Para colmo, mientras más escribo, menos entiendo. Ahora no se qué va a pasar, sabiendo además que en el ropero del señor Bernard falta un traje, por si fuera poco el que más detestaba.»
Y, pese a todo, es decir, pese a esta atmósfera de cavilaciones concéntricas que abruman ligeramente al lector, a menudo salta la chispa, una chispa que empuja a seguir para encontrar el misterio que une a los parricidas.

jueves, mayo 16, 2013

Grandes borrachos daneses, Lars Bang Larsen e Ignacio Vidal-Folch

Alfabia, Madrid, 2013. 111 pp. 6 €

Anna Maria Iglesia

«¡Dios míos!», exclama el narrador, «¡Me gustaría saber qué fuerza demoníaca empuja a los daneses a beber de una forma desaforada, como si ignorasen o despreciasen olímpicamente las previsibles consecuencias de una adicción tan ruinosa!». No se halla respuesta a lo largo de este breve e irónico libro publicado por Alfabia y de curioso título: Grandes borrachos daneses. Sus autores, Lars Bang Larsen e Ignacio Vidal-Folch realizan un viaje sui generis alrededor de Dinamarca y la “empapada mentalidad danesa”; un viaje marcado por retratos costumbristas y saltos temporales que no buscan dar una respuesta a la exclamación anterior, sino mostrar con ironía, parafraseando a los propios autores, la empapada historia danesa.
Si el alemán Nieztsche hablaba del eterno retorno, un danés bien podría hablar de la eterna borrachera, de la perenne atadura a la botella; pero los daneses no son los únicos a estar indefensamente ligados a este objeto. De hecho, a tierras danesas, cuentan los dos autores, llegan cada años miles y miles de noruegos en busca de un vicio demasiado caro en sus gélidos lares. Viajan los noruegos, como también viajan los jóvenes ingleses verano tras verano; en ferry, los primeros alcanzan las tierras de sus vecinos, mientras, los segundos, en vuelos cada vez más baratos, llegan a las cálidas y baratas –al menos con respecto a su economía- tierras de esta Europa del sur. Sin embargo, lejos de las degradantes escenas que protagonizan los jóvenes anglosajones y que la televisión no duda en mostrar con escrupuloso detallismo, Vidal-Folch y Larsen rememoran anécdotas históricas en las que el alcohol, el arte de la bebida, se convierte en un ingrediente, en un elemento narrativo indispensable no sólo para los hechos, sino, y sobre todo, en tanto que condimento sarcástico y costumbrista de la narración. No hay que detenerse siempre en lo escabroso y los dos autores lo saben bien, porque en el hábito del beber los matices son importantes, narrativamente hablando, se entiende.
Se tiende en demasiadas ocasiones en buscar mensajes moralísticos, enseñanzas cívicas y condenas contundentes de los malos hábitos. No busque, estimado lector, ni unos ni otros; Grandes borrachos daneses no es un texto apologético, pero tampoco de denuncia. Se trata de un juego paródico; un ejercicio en el que el arte de la narración se entremezcla con estilo periodístico —ai las, que dirían los trovadores, ¿adónde fueron los Larra?—, con ese periodismo que no se detiene en la última hora, sino que encuentra su objeto en la cotidianidad, próxima o lejana, pero siempre oculta tras los imperativos de la información diaria. A lo largo de este ejercicio de estilo, Vidal-Folch y Larsen rescatan del anonimato a personajes singulares, Jumbo cogorza, Jens Evenses o Jens Paras. ¿Creaciones de la imaginación o personajes reales? En un ejercicio, que bien podría ser tildado de borgesiano, los dos autores no dejan de referenciar a cada uno de los personajes de la narración; las fechas concretas, los lugares, los testimonios directos o referencias a publicaciones son algunos de los elementos a los que los dos autores recurren para borrar la frontera que separa la ficción del reporterismo. No se trata de invenciones, parecen indicar, al menos en apariencia, estas verosímiles referencias, pero, como ya bien sabía Borges, la verosimilitud es un elemento más de la ficción; Grandes borrachos daneses ¿es un reportaje periodístico? ¿Es una recopilación de anécdotas de la historia “empapada” danesa? ¿es una ficción? Es precisamente la ausencia de respuesta a estas cuestiones la que hace de este texto un texto singular, pues propone distintas claves de lectura, todas válidas, pero ninguna definitiva.
«A los borrachos no se les perdona nunca», escribió Bukowski, pero a los escritores se les perdona todo; de la misma manera que «los borrachos se perdonan a sí mismos porque necesitan seguir bebiendo», el lector perdona siempre a los escritores porque necesita seguir leyendo. Consciente de su absolución, Grandes borrachos daneses sigue planteando un juego al que resulta imposible sustraerse.

miércoles, mayo 15, 2013

El problema de Spinoza, Irvin D. Yalom

Trad. José Manuel Álvarez-Flórez. Barcelona, Destino, 2013. 464 pp. 19,50 €

Luis Manuel Ruiz

En la pequeña población de Rinjsburg, a cuarenta kilómetros de Amsterdam, hay una casita de grandes adoquines con tejado a dos aguas y ventanas emplomadas que contiene un museo. Las dos salas de que consta ofrecen al visitante detalles nimios de la vida tal y como tenía lugar cuatrocientos años atrás: una cama con dosel y sábanas de Holanda, jofaina, espejo, escabel; un conjunto de útiles de aspecto desconcertante que, si el profano no lee el prospecto que recibe a la entrada, jamás llegará a reconocer como herramientas para la manufactura de lentes; un escritorio con candil y un armario donde se acumulan centenar y medio de libros gruesos como sacos, todos ediciones originales del siglo XVII y anteriores, en seis lenguas, holandés, portugués, español, hebreo, latín y griego. Es la biblioteca de Spinoza: una radiografía, como si dijéramos, del interior de su cerebro, una imagen al trasluz de la mente que alumbró el sistema metafísico más detallado y sorprendente de la historia de las ideas. Poseer la biblioteca de Spinoza significaría algo así como apropiarse de su alma, de los prodigios y vislumbres que llegó a contener: sería el correlato más acabado de ese viejo ritual mediante el cual las tribus del pasado pretendían asumir el valor o la fuerza del rival devorando su corazón. Un hombre quiso devorar el corazón de Spinoza, es decir, robar su biblioteca. Fue Alfred Rosenberg, ideólogo nazi, miembro de la plana mayor del NSDAP y uno de los responsables directos de la masacre de seis millones de judíos en la Segunda Guerra Mundial. Rosenberg detestaba a los judíos, pero admiraba a Spinoza. Eso le ponía en un aprieto: en un dilema insoluble entre cuyas aguas se mueve la novela de Irvin Yalom que reseño aquí.
El nudo gordiano que Yalom ha elegido tiene su enjundia. Un filosofastro mediocre deslumbrado por la claridad de un pensamiento como no se ha visto jamás; un huérfano necesitado de aceptación social siguiendo los pasos de un hombre que renunció a la sociedad para poder entregarse a la búsqueda de una certeza; un fabricante de prejuicios, abatido él mismo por un montón de ideas heredadas sobre un pueblo que no tiene derecho a la vida, enfrentado a alguien que dedicó toda su vida, o gran parte de ella, a la destrucción de los prejuicios. Yalom sabe explotar esta veta de contradicciones con tino profesional: no en vano ejerce la psiquiatría en Stanford y sabe lo suyo de explorar los recovecos más laberínticos de la duda y el vértigo. El método que el autor elige para aproximarnos a este choque entre dos mentalidades imposibles de reconciliar es uno que también empleó en títulos anteriores dedicados a otros ancestros filosóficos de la Modernidad. Si en Un año con Schopenhauer (The Schopenhauer Cure, 2005) revelaba las posibilidades salutíferas del gran pensador alemán y calvo, y en El día en que Nietzsche lloró (When Nietzsche wept, 1992) retrocedía al historial sentimental del autor del Zaratustra para explicar su rebelión contra el universo, nos propone ahora un sesgo psicoanalítico que explique, a la par, la huida de Spinoza del medio en que creció y se educó y el odio y la adoración alternativos de Rosenberg frente a ese medio, que pretende aniquilar.
La fascinación literaria por la figura de Spinoza, ese santo laico, no es nueva. De 1837 data el texto pionero de Berthold Auerbach Spinoza: Ein Historischer Roman, continuado a finales del siglo XIX por la pieza teatral de Israel Zangwill The Lens Grinder, y, ya en 1913, por Amor Dei: Ein Spinoza Roman, del propagandista del racismo biológico y futuro nazi Erwin Kobenheyer. Entre las aproximaciones más recientes se cuentan las de Isaac Bashevis Singer (Spinoza of Market Street, 1963) y Goce Smilevski (Conversation with Spinoza, 2006), o, por citar un par de ejemplos de aquí cerca, Ricardo Menéndez Salmón (La filosofía en invierno, 1999) y Juan Arnau (El cristal Spinoza, 2012). Escritores del más diverso pelaje han dedicado poemas, obras de teatro y novelas, sobre todo novelas, a este hombre sin sustancia, de biografía inequívocamente tediosa, que revolucionó el panorama de la filosofía moderna con sus premisas, a saber: que Dios no mora en las alturas, sino en la casa de al lado; que no tiene sentido rezar porque no nos oye; que nuestra alma y nuestro cuerpo son lo mismo y que un picor en el talón también tiene reflejo en una idea, una sospecha, un miedo; que cambiar el mundo significa cambiarte a ti mismo; que la alegría es el sentimiento obligatorio de cualquiera que se encuentre responsablemente en el mundo y pretenda medrar en él. Yalom rastrea algunos de los hitos de este ideario a través de los sucesos más reseñables de la existencia de quien lo engendró, que son pocos: el hérem o excomunión que lo alejó de la comunidad judía de Amsterdam en 1656; la puñalada trapera con que un integrista portugués intentó poner fin a sus herejías dos años después; el paciente, infinito pulido de lentes en una trastienda; las discusiones con Van den Enden y los colegiantes; la exuberancia de la vida interior, secreta, invisible, por debajo del rostro de un hombre acusado de frialdad y a menudo incomprendido. Alternando capítulos pares e impares, Yalom combina la vida de Spinoza con la de su némesis: así, en escenas que ganan sabor con el contraste, asistimos también a la incompetencia de Rosenberg en el instituto de bachillerato en que estudia, a sus primeros escarceos con el partido nacionalsocialista, su amistad con Eckart y Hitler, la depresión final en que le hunde el fracaso de su indigesto El mito del siglo XX, obra de lectura obligatoria en las escuelas arias donde se revela que la causa de la degeneración mundial radica en el judaísmo. El problema de Spinoza al que hace referencia el título se plantea, así, del siguiente modo: cómo es posible que una raza degenerada y nociva produjera la mayor mente que ha conocido la humanidad. Pero, aplicando las herramientas psicoanalíticas de las que el autor se sirve tan a gusto, el problema puede llegar más lejos e interrogar directamente al lector: ¿cómo es posible despreciar a quien no se conoce? A menos, claro es, que el desprecio no sea sino otra versión u otro nombre de la propia ignorancia.

martes, mayo 14, 2013

La saga del sagú de Slattery, Flann O’Brien

Trad. Antonio Rivero Taravillo. Nórdica, Madrid, 2013. 96 pp. 12,50 €

María José Montesinos

Flann O’Brien, seudónimo de Brian O’Nolan, también conocido como Myles na Gopaleen y que firmó igualmente como Cruiskeen Lawn, es para algunos el más grande escritor irlandés después de James Joyce, quien leía sus novelas con lupa. Casi ciego como estaba, el autor de Ulises no quiso perderse El tercer policía, probablemente la mejor de las obras de O’Brien (y cuyo sofisticado ingenio creativo confesaron haber copiado los guionistas de la serie ‘Lost’) y siempre recalcó la admiración que sus libros le producían. El ingenio y la maestría en el uso del lenguaje, así como su profunda ironía son las principales características de este dublinés que, como trabajador del Estado, utilizó numerosos seudónimos para publicar sus novelas o sus colaboraciones periodísticas, conocidas por su causticidad.
En toda su obra, pero sobre todo en esta de La saga del sagú de Slattery, O’Brien me recuerda a otro ilustre irlandés, Jonathan Swift, por su humor y el atrevimiento humorístico. El clérigo Swift publicó, durante el enfrentamiento entre campesinos y los terratenientes por los usureros alquileres sobre las tierras que estos imponían a aquellos, un opúsculo (‘Una modesta proposición para impedir que los hijos de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o para el país’) en el que sugería que los campesinos dieran sus hijos a los propietarios para que se los comieran y así los padres no sufrían por no poder alimentarlos. Este arranque de humor negro, y de denuncia social, se me viene a la cabeza cuando en La saga del sagú de Slattery la mesiánica Crawford MacPherson llega, desde Estados Unidos, a los lares del potentado Ned Hoolihan (un apellido tan parecido a ‘hooligan’) con una misión trascendental: sustituir la patata (“el cultivo de los gandules”) por el sagú, una planta oriental, fecunda y muy saciante. El objetivo: evitar que el hambre y la pobreza lleven más irlandeses a América. La señora MacPherson da buenas razones para ello: más de un millón de esos “pícaros” irlandeses escaparon a Estados Unidos durante las hambrunas del XIX y a punto estuvieron “de arruinar América. Crecieron y se multiplicaron e infestaron todo el continente, empapándolo de crimen, alcoholismo, licor ilegal, atracos a bancos, asesinatos, prostitución, sífilis, políticas poco limpias y el catolicismo romano”.
Hoolihan da todo su apoyo a estos planes (al punto de encontrarse incluso sospechosamente casado con la extravagante MacPherson) porque anteriores proyectos suyos de vender a los campesinos unas semillas manipuladas por él genéticamente no fueron nada bien acogidas por ellos. El debate transgénico es uno de los modernos argumentos que encontramos en este libro, en el que también se habla de los la instalación de casinos como muestra de progreso. Gracias a esta iniciativa conoceremos a otro personaje extravagante: el honorable doctor Eustace Baggeley, quien anda preparando su mansión para esta industria del ocio. El médico vive entregado al refinamiento y a las drogas, que no duda en prescribir y administrar a sus asalariados, y la perspectiva de un casino le parece que añadirá grandes alicientes a su vida, además de incrementar su fortuna. Contra todo pronóstico, hace buena migas con la señora MacPherson que incluso, con gran remango y sagacidad cual precuela de Jessica Fletcher, encuentra a un operario desaparecido, librándolo de una muerte cruel causada por el descuido, la borrachera y el trabajo, que siempre han sido males muy graves. Las escenas jocosas se suceden en este libro, además de reflexiones sobre las especies invasoras, la globalización… y muchos otros asuntos ‘modernos’ que aparecen esbozados en este libro aunque, lamentablemente, O’Brien murió en 1966, antes de poder acabarlo. Sin embargo, el mejor O’Brien está presente en cada párrafo y sus devotos agradecemos mucho a la editorial Nórdica poder disfrutar de él.

lunes, mayo 13, 2013

Los años Sputnik, Baru

Trad. Ana Sánchez. Astiberri, Bilbao, 2013. 208 pp. 25 €

Jamie Valero

«Me he propuesto como objetivo poner en primer plano, en todos mis álbumes, a la gente humilde, a las clases trabajadoras, a los olvidados de la Historia». Esta declaración de intenciones vertida por el autor galo Baru es la definición perfecta de su trayectoria historietística y, a un nivel más concreto, de este Los años Sputnik que nos ocupa. La obra nos propone un viaje por la memoria y el pasado de su creador que nos conduce hasta Sainte Claire, ciudad obrera situada al norte de Francia, a finales de la década de los 50. Para ello, Baru opta por ponernos en la piel de un muchacho llamado Igor que ejerce la función de narrador y eje central de la trama. Los juegos infantiles de Igor y su pandilla monopilizan buena parte de la narración, entremezclados con pinceladas de la realidad social de la época que nos permiten asistir a distintos acontecimientos como la visita de un líder comunista, la huelga de trabajadores en la fábrica de carbón de la zona, la mezcla de orígenes y de culturas que conviven en Sainte Claire a causa de la inmigración, entre otras cuestiones. Baru retrata estos sucesos desde la perspectiva fresca y tantas veces lúcida de los niños, sin entrar a hacer juicios de valor sobre los hechos que narra, dejando apenas entrever su subjetividad en la simpatía mostrada hacia las clases humildes. Los años Sputnik es un cómic narrado sin grandes pretensiones ni artificios, pero que a pesar de todo consigue alcanzar una notable profundidad, sobre todo en lo que respecta al retrato de los personajes. Además, al usar los juegos de los niños como principal motor de la trama, la lectura resulta muy ágil y entretenida, y más de uno sonreirá ante estas páginas al recordar el compañerismo, las rodillas despellejadas y la inagotable energía vital de su infancia. El hecho de que el punto de vista adoptado parezca tan inocente, no impide que también reflexionemos sobre preocupaciones que aún persisten hoy en día. Entre otras, la dificultad de una familia inmigrante para integrarse en una ciudad extranjera, la introducción de los niños en cuestiones políticas que aún no tienen edad ni ganas de comprender, o la inseguridad de las clases humildes, que muchas veces deben viajar de un lugar a otro siguiendo la errante trayectoria laboral del padre de familia. Esta edición publicada por Astiberri recopila los cuatro álbumes que componen la obra íntegra y supone un acercamiento más que recomendable al trabajo de este autor, de quien ya hemos visto en nuestro país otros cómics como La autopista del sol (Astiberri, 2003) y Un cero a la izquierda (Dibbuks, 2009). Un ejemplo de las grandes posibilidades que ofrece el cómic como medio para retratar nuestro entorno con un genuino sabor humano.

sábado, mayo 11, 2013

Sólo con Invitación: Robespierre, Javier García Sánchez

Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2012. 1.200 pp. 27,90  €

Angeles Prieto Barba

Robespierre, cuántas erres belicosas. Qué difícil encontrar, a lo largo de esa historia oficial de progreso que nos inculcan, y que consagra a tanto canalla, un personaje más cubierto de oprobio que éste. Figura histórica de un periodo crucial que determinó el destino del nuestro, a la que me asomé hace muchos años, aunque no tantos como Javier García Sánchez lleva estudiándolo, gracias a a esos dos Robespierres, hombre y mujer*, del Cádiz de las Cortes, cuya ejemplar historia conocí indignada pues también debieron acatar, y de manera injusta, un destino aciago. Desde que ejecutaron a Maximilien, con el viejo sueño de la igualdad social derrotado, vivimos en un Termidor perpetuo. Hoy día, aún más voraz, más vulgar y más chusco. También el Terror se recrudeció y se extendió hasta lo inimaginable. Cerca de la Estatua de la Libertad, aún anda.
Esa podredumbre termidoriana que impregna nuestra educación, a mayor gloria del Dios Capital y de la Diosa Economía, la encontramos instalada también en esas mesas librescas cubiertas de novedades: insulsas novelitas románticas, negras, históricas, de fantasía o ciencia ficción escritas en serie, a mayor gloria del mercado que las consagra, y que no tienen otro objeto que mantenernos distraídos y ajenos, dentro de la caverna platónica sin cuestionarnos nada. Por eso, no hace falta alguna preguntar al autor la razón de este esforzado despliegue literario de mil doscientas páginas muy densas, ni por qué lo ha escrito como lo ha escrito. De hecho, él mismo nos responde en su obra que un libro sobre el Terror necesitaba dimensiones terroríficas. Las que debe tener y tiene sin sobrar nada, mi aplauso por ello.
Esta apasionada y elegante narrativa de no ficción, mucho más cercana a Alejo Carpentier que a Anatole France, viene además muy bien estructurada en doce capítulos que se corresponden con los meses del calendario revolucionario, acoplando así ese tiempo lineal en el que vivimos desde esta precisa Revolución que aceleró el ritmo de la Historia, con el ciclo vital de la Naturaleza, a fin de explicar mejor motivaciones y causas. Pues demasiado largo es el memorial de agravios del que resarcir a aquel hombre tímido, miope, frugal, íntegro y serio que murió por no renunciar un ápice a sus postulados revolucionarios, y que Javier García Sánchez nos desbroza en esta narración, no sólo con profundidad y rigor histórico, ateniéndose a hechos y documentos, sino también retratando fiel a ese elenco de seres viles (Fouché, Barras, Tallien, la Cabarrús, otros diputados del Pantano) que propició su ejecución. Personajes que desataron luego el llamado Terror Blanco, indebido color para un periodo atroz, en el que la cantidad de sangre derramada nos obliga a cuestionarnos el motivo de que ante la historiografía éstos carden inocua lana, mientras los jacobinos se lleven toda la fama del horror revolucionario.
Conmueve este Robespierre, pero deslumbra su mano derecha Saint Just, ese otro gran personaje de fulgor coherente sin el cual no puede entenderse al primero y en nuestra retina lectora permanecerán, precisos y conmovedores, los grandes cuadros que García Sánchez traza del París de los espías, la Máquina y sus víctimas, la Convención y sus debates, el paseo hasta el cadalso, el grito doloroso ante la crueldad gratuita de uno, también el silencio y la mirada digna del otro en nuestras conciencias. Y esas dos muchachas secundarias impagables, la que posa dócil su nuca ante el verdugo y la niña delatora, qué hermoso contraste femenino con aquellas dos huerfanitas de Griffith donde Danton y Robespierre aparecían como seres abyectos e inmorales. En toda la obra impera también la mirada atónita y desconcertada ante los hechos y no sólo en Sebastien, nuestro personaje de enlace, ese examen del que sospecha y teme, pero no puede evitar, el desastre que se cierne. Mirada que compartimos todos los que hemos vivido algún tipo de catástrofe. Y la culpa, por acción u omisión, que salpica igual que esa sangre propiciada por el Terror imparable, hijo del odio y del miedo a partes iguales.
Es banal, en cualquier recensión de nuestros días, etiquetar libros bajo los epígrafes “bueno” o “malo”, pero con este además sería un gesto absurdo, prepotente e inútil de quien recuerda y ha leído hasta el final una narración apasionada, tenaz e incorruptiblemente literaria, sin lugares comunes, sin una sola errata, sin concesiones al mercado. De quien ha podido por ello presenciar también, a través de estas páginas, el más digno y apropiado homenaje al sueño de un mundo mucho más justo que éste que hoy habitamos. En cualquier caso, nos encontramos en la vida con libros que logran hablarnos de lo que somos y también con aquellos que en modo alguno nos atañen. Sólo los primeros perduran. Como este intenso Robespierre, de Javier García Sánchez, que se instala en la memoria y que en ella perdura para siempre.

* Pedro Pascasio Fernández Sardinó y Maria del Carmen Silva, redactores del Robespierre español, 30 números.

Javier García Sánchez: "Sé que ya no puedo aspirar al éxito. Por tanto, sólo me resta luchar por la inmortalidad"


Javier García Sánchez (Barcelona, 1955), es uno de los escasos autores literarios que aún campean en la narrativa española, un superviviente de mejores épocas. Sólido autor de una veintena de títulos (Mutantes de invierno, Teoría de la eternidad, La dama del viento sur, Última carta de amor de Carolina von Günderrode a Bettina Brentano, El mecanógrafo, La hija del emperador, El amor secreto de Luca Signorelli, Recuerda, Crítica de la razón impura, La historia más triste, Continúa el misterio de los ojos verdes, Oscar, La aventura de correr, Los otros, La mujer de ninguna parte, Falta alma, Dios se ha ido, El alpe d'Huez, Ella Drácula, K2, Júrame que no fue un sueño) siempre heterogéneos, arriesgados e intensos, nos presenta ahora este fabuloso Robespierre como culmen de su obra.
 
¿Cuándo y por qué surgió tu interés en las figuras de Robespierre y Saint-Just?, ¿qué vislumbraste en ellos para dedicarles luego tanto tiempo y esfuerzo?
—Hace más de treinta años pude comprobar, atónito, cómo ciertos hechos, y sobre todo ciertos datos, referidos a la práctica de lo que se llamó la Grande Terreur, no coincidían en absoluto. A partir de ahí, de biografía en biografía -aunque todas convencionales, se entiende- empecé a pensar: “Pues si Robespierre no pudo haber hecho esto o lo otro, ¿por qué entonces le culpan absolutamente de todo?”. Hasta que aparecieron en el horizonte los trabajos de Albert Mathiez. Aquello certificaba la magnitud de una conspiración mayúscula, cuyos nefastos efectos en la Democracia perduran en la actualidad. La Revolución Francesa empezó como un sueño casi colectivo y acabó en apenas un año, verano de 1794, envuelta en una gran mentira y en un formidable baño de sangre. Eso es lo que intento denunciar: la mecánica del Terror.
De otro lado, ya en 1985 el desaparecido Rafael Conte me convenció de que uno de los grandes personajes de la Historia Contemporánea era Saint-Just, y entonces me precipité en Saint-Just, alter ego del Incorruptible. De hecho, Rafael me llamó siempre Saint-Just, lo cual me llena de orgullo. Que él no estuviese aquí cuando nació la novela es uno de los dolores que, en relación a Robespierre, me acompañará constantemente. Y sin duda Saint-Just es, junto a John Lennon, el personaje de mi vida.


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viernes, mayo 10, 2013

El tango de la Guardia Vieja, Arturo Pérez Reverte

Alfaguara, Madrid, 2012. 494 pp. 21 €

Luis Borrás

Ante esos expositores con los best-seller que montan en las librerías siempre paso de largo. Los miro de reojo con indiferencia convencido de tener muy claro lo que quiero leer y lo que no. Pero con Arturo Pérez Reverte no ha sido tan fácil. ¿Y por qué esta sí y otras no? Pues primero por la época en la que se desarrolla: siglo XX, años 20 y 30, período de entreguerras; un tiempo para mi absolutamente fascinante. Y segundo porque la parte que conozco de Pérez Reverte me gusta: sus artículos de opinión. Sí he leído y disfrutado de sus libros: Patente de corso, Con ánimo de ofender, No me cogeréis vivo y Cuando éramos honrados mercenarios. Me gusta su radical independencia, su sentido común, su lenguaje directo y sin complejos, eso de te lo puedo decir más alto pero no más claro.
Leí este tipo de literatura en mi adolescencia y primera juventud, hasta que llegaron los veinte y durante una década cambie piel por papel con dedicación radical y exclusiva. Cumplidos los treinta y recuperado el interés por la lectura descubrí un día que había otras formas más allá del mero entretenimiento, que era posible unir contenido y estilo; así que tiré un centenar de libros a la basura y empecé de nuevo, buscando el término medio entre el espectáculo de refresco y palomitas y el pedante cineclub de autor. Antes de empezar ya imaginaba lo que me iba a encontrar en El tango de la Guardia Vieja, pero las dos razones para abrirlo y leerlo ya las he explicado antes. Y lo primero que me encontré no me defraudó en absoluto. En esta novela hay una excelente y deslumbrante escenografía y ambientación, documentación, dirección artística, vestuario, decorados, mise en scène. Una película que podría ganar todos esos premios en la gala de los Óscar incluida mejor banda sonora y mejor canción. Y reconocer esto quizá sea caer y quedarse en lo aparente y superficial, como decir de una mujer que nos ha seducido simplemente por su belleza y nada más, sin abrir la boca, como en el chiste; pero esa excelente y deslumbrante escenografía es un duro, minucioso y exigente trabajo del autor que cuando está bien hecho hay que reconocer siempre.
Y aunque en este caso por la época en la que se desarrolla la novela —años 20 y 30 del siglo XX— haya una predisposición por mi parte a dejarme seducir, creo, objetivamente, que es en la descripción de los lugares y ambientes donde Pérez Reverte nos ofrece la mejor literatura; en su capacidad para, con las palabras precisas, llevarnos hasta allí; describir el lugar, el escenario, los olores y los objetos, los tipos y los nombres propios; espacialmente en la parte de la novela que transcurre en Buenos Aires: «La Ferroviaria olía a humo de cigarro, a porrón de ginebra, a pomada para el pelo y a carne humana. Como otros boliches de tango próximos al Riachuelo». «Era común encontrar a gente de la alta sociedad porteña en incursiones noctámbulas a la busca de pintoresquismo y malevaje haciendo la ronda por cabarets de mala muerte o cafetines de arrabal».
Pero llegados a cierta edad además de la belleza buscamos algo más. Y en ese sentido se puede decir que, El tango de la Guardia Vieja es, básicamente, la historia de amor entre sus dos protagonistas: Max Costa y Mecha Inzunza. Una historia de amor divida en tres partes. Una primera en la que el amor surge, se consuma y acaba. Una segunda con un apasionado reencuentro y una huída. Y una tercera con un nuevo reencuentro veintinueve años después. A cada parte se suman, a ese argumento principal y vertebrador, tres elementos en tres escenarios diferentes.
En la primera es el tango, un trasatlántico y Buenos Aires; en la segunda es Niza y un asunto de espionaje con la Guerra Civil española de fondo; y en la tercera la bahía de Nápoles y un campeonato de ajedrez. Las tres partes componen un ordenado viaje en el tiempo en el que se van mezclando pasado y presente para que conozcamos completamente toda la historia. Un estructura narrativa que es, sin duda, otro acierto de Pérez Reverte.
Hay otros aspectos positivos, pero también —a mi modo de ver— negativos. Positivo resulta la recreación del lujo y sus escenarios en el que se desarrolla la novela; el lujo de una época y una sociedad que desaparecerá con la Segunda Guerra Mundial, «una fiesta sentenciada a muerte». El personaje de Max Costa, bailarín, guapo, seductor, gigoló y ladrón de guante blanco; una especie de Arsenio Lupin —“Cyrano de la pégre”— que vivió la buena vida y acaba como chófer con gorra de plato. Acertada y tremendamente atractiva es la parte que tiene al tango como co-protagonista. Es esa primera parte la mejor de toda la novela sin que eso signifique que las otras dos sean malas, pero sí, quizás menos intensas. La parte de Niza se mantiene por el asunto del espionaje, pero hay una escena sadomasoquista sobre la que se proyecta una injusta pero inevitable sombra y otra al estilo increíble del Mike Hammer televisivo. La parte de la bahía de Nápoles tiene el valor del reencuentro y la melancolía, pero todo el asunto del ajedrez se hace aburrido y plano. Acierto es la narración en paralelo de los dos robos y sus consecuencias; una que resulta determinante y la otra frustrada en parte. Acierto es el personaje de Max Costa, el de aquel niño pobre que consigue introducirse en los ambientes ricos de la época y hacerse pasar por un perfecto caballero a base de astucia e inteligencia; y el personaje de Mecha Inzunza “niña bien” que se convierte en una Grace Kelly enamorada, viciosa y apasionada; Catherine Deneuve en Belle de jour. Historia de amor en la que hay también diálogos amanerados e imposibles, al estilo de galán de mentón cuadrado, vampiresa con boquilla de nácar y película en blanco y negro: «—¿Sabe una cosa?—comentó él—. Me gusta su forma de aceptar con naturalidad que le digan que es bella». «—Hay hombres que tienen cosas en la mirada y en la sonrisa —añadió Mecha […] Hombres que llevan una maleta invisible, cargada de cosas densas». «Sabías hacer juegos de prestidigitación con los gestos y las palabras, como si llevaras puesto un antifaz de inteligencia». Acierto es vivir el amor sin poder permitírselo, la fortuna y la suerte de la belleza esculpida en carne, huir de él por ser un juego depravado, un placentero y demencial callejón sin salida; es reencontrarlo y emborracharse en su saliva y tener que renunciar a ella por imposición, las circunstancias obligándonos a una despedida; es reencontrarlo de nuevo convertido en un anciano pero intacto el amor en las entrañas, echar la vista atrás y recordar todo lo vivido, vivir con sesenta y cuatro años la última aventura. Max Costa es un personaje del gusto de Pérez Reverte, un hombre forjado a sí mismo con audacia y honor sin medallas: «No te dejaste, amigo mío. Nunca fuiste un chico de esos. Al contrario. Tan limpio siempre pese a tus canalladas. Tan sano. Tan leal y recto en tus mentiras y traiciones. Un buen soldado». Alguien que «mirándose los ojos en un espejo» pueda decir: «no traicioné nunca, o no lo haré jamás». Un personaje capaz de un último gesto poético coherente con él, pero en el que para mi gusto Pérez Reverte cae en la sobreactuación. Ese final del hombre con los bolsillos vacíos que se aleja silbando El hombre que desbancó Montecarlo es el mismo que el de un anuncio de un coche con nombre de deporte para nuevos ricos. No voy a negar que en una valoración general haya disfrutado de esta novela, pero reconozco que lo he hecho con la misma mirada con la que hubiera visto una película, una superproducción con un buen guión y una excelente puesta en escena, filme a la antigua con todos los ingredientes necesarios para los aplausos al encenderse las luces. Literatura por la que deslizarse y dejarse llevar, literatura hacia fuera, de escenario y exteriores, visual, dialogada; largometraje que no se hará en esta España del cine subvencionado y sectario.
Seguiré leyendo con gusto los artículos de Pérez Reverte y seguiré pasando de largo ante esos expositores que venden best-seller en los supermercados. Es culpa mía. Hace ya tiempo que en la literatura busco otra cosa.

jueves, mayo 09, 2013

Una extraña historia al este del río, Nagai Kafū

Trad. Ruimi Sato. Satori Ediciones, Gijón, 2012. 312 pp. 23 €

Verónica Aranda

Nagai Kafū (1879-1959) es uno de esos escritores estetas que llevaron una vida consagrada al hedonismo, acorde a los ideales del bunjin (hombre de letras japonés). «En la vida no hay pasado ni futuro, sólo los placeres del día», dice uno de sus personajes, y así transcurrió la vida de Nagai Kafū, debatiéndose constantemente entre las letras y el placer. Cultivó el amor sofisticado y elegante, despreciando las convenciones, y fue uno de los escritores rebeldes que se opusieron al gobierno de Japón durante la segunda Guerra Mundial. Algunas de sus novelas estuvieron censuradas durante un tiempo. «El más libertino de los escritores japoneses», como lo denomina el maestro Carlos Rubio en el prólogo exhaustivo del libro, fue un defensor a ultranza del “arte por el arte”, regido por un código del buen gusto.
La editorial asturiana Satori, dentro su colección Maestros de la literatura japonesa que tiene el acierto de traducir a todos los autores directamente del japonés en ediciones muy cuidadas, nos trae Una extraña historia al este del río, libro compuesto de dos novelas breves muy representativas de la obra de Kafū, escritas en su etapa de madurez: Durante las lluvias y la que da título al libro. En ambas hay un protagonismo absoluto de la atmósfera sobre la acción, dibujando magistralmente estampas de los barrios de placer de Tokio y el mundo de las geishas, dos constantes temáticas del autor nipón. La primera novela transcurre en dos meses, durante un verano caluroso. Un escritor bohemio se obsesiona con Kimie, una camarera (eufemismo de prostituta sin licencia) del Café Don Juan y le tiende una serie de trampas. Cabe destacar la profundidad psicológica de Kimie, que parece extremadamente real, una mujer insegura y contradictoria, que se sirve constantemente de su poder seductor con los hombres. Kafū describe con viveza y libertad la noche tokiota de las tres primeras décadas del siglo XX. Guía al lector por los cafés y casas de citas, y con una mirada milimétrica capta pequeños detalles de “los callejones de atrás”, plasmando con sutileza el erotismo sugerente de las geishas al combinar los colores del kimono o al desatarse el obi o fajín-alegoría de la entrega física de la mujer japonesa.
La segunda obra, Una extraña historia al este del río, da muestras constantes de modernidad y un gran sentido de la estructura narrativa y del fragmentarismo. A través de la novela dentro de la novela y del pastiche, el autor intercala narraciones anteriores, haikus y poemas. En el relato principal, un escritor maduro, Tadasu Oé, álter ego de Kafū, coleccionista de antigüedades y nostálgico de la era Meiji, entabla relación con Yukiko una prostituta “ventanera” y misteriosa que se cobija en su paraguas un día de lluvia. Vestida con kimono y peinada a la vieja usanza, Yukiko representa un pasado que se desvanece y el protagonista encuentra en ella un refugio donde vivir su nostalgia y huir de la radio y de cualquier objeto que represente la modernidad. Kafū nos sumerge con su estilo elegante en un niponismo decadentista. En el calor sofocante de la época de lluvias que llena de mosquitos la alcoba de la mujer y a través de esa aventura, el protagonista busca inspiración para escribir una novela titulada “Desaparición” de la que incluye algunos fragmentos, para acabar sometiendo al lector a varios finales posibles, manteniéndole consciente de la naturaleza literaria de toda la obra.
Estamos ante dos novelas breves magistrales de un escritor que es ya todo un clásico contemporáneo en Japón y que supo amalgamar con maestría el naturalismo francés y el decadentismo con la prosa frívola de la época de Edo; Confucio y Maupassant, Ihara Saikaku y Baudelaire, para traernos un Japón ya desaparecido de geishas, camareras y actores de kabuki. Un Hoyos y Vinent a la japonesa de un refinado esteticismo.

miércoles, mayo 08, 2013

Los vecinos de enfrente, Georges Simenon

Trad. Carlos Pujol. El Acantilado, Barcelona, 2013. 168 pp. 16 €

Santiago Pajares

Cualquier novela de Georges Simenon palidece ante la vida del autor. Podría bastar decir que este escritor belga en lengua francesa declaró no sólo haber escrito más de doscientas novelas, sino haberse acostado con más de treinta mil mujeres. Cuesta no pensar de qué forma debió compaginar ambas tareas para poder llevarlas a cabo. Era tan prolífico que además de su propio nombre usó veintisiete pseudónimos para publicar otras treinta novelas. Con más de quinientos millones de libros vendidos, traducido a cincuenta y cinco lenguas, cincuenta películas basadas en sus libros y la creación de más de nueve mil personajes, su nombre se podría usar como sinónimo de prolífico. Pero también de talento. Si autores como Ágatha Christie o Arthur Conan Doyle son recordados por la creación de personajes tan emblemáticos como Hércules Poirot o Sherlock Holmes, el nombre de Georges Simenon se asocia al personaje del comisario Maigret, protagonista de más de cien de sus novelas. No Los vecinos de enfrente, sin embargo.
La novela que nos ocupa trata de la recepción y establecimiento del cónsul de Turquía en la ciudad de Batum, al sur de la unión soviética, tras el extraño fallecimiento de su antecesor. Un hombre sólo en un territorio no hostil, pero sí reservado, lleno de profundos secretos y una nueva y extraña forma de hacer las cosas. Aquí, donde conseguir lavar la ropa o comprar comida se convierte en toda una odisea de contactos, vales y favores, se desarrolla la trama de espionaje y contraespionaje alrededor de su figura. Aquí comenzará el cónsul Adil Bey a entender el porqué de la situación del país y sus ciudadanos. La duda de que el anterior cónsul pudiera haber sido envenenado empezará a crecer en su interior en la forma de sus vecinos de enfrente (que dan título al libro), los cuales cree que están vigilando todos sus movimientos. Esto no hará más que agravarse cuando el propio cónsul comienza una relación con su secretaria y hermana de estos vecinos. Sin nadie con quien hablar, sin el apoyo de la administración, irá cayendo en una espiral de desconfianza y neurosis que amenaza con acabar con él. Conocidos y desconocidos entran y salen de su pequeño círculo. Allí todo el mundo parece tener dos o tres caras y nunca llegas a saber cuál es la real, hasta el punto de que llegas a dudar no sólo quién es quién, sino quién eres tú mismo.
Algo muy impresionante de la novela es la época en la que está escrita, en 1933. Durante la lectura me venían a la cabeza imágenes que me resultaban familiares de los años ochenta de la unión soviética, cincuenta años después de que se escribiera la novela. No sé bien si la novela se adelantó a su tiempo en su juego de espías y sospechas o si la unión soviética no evolucionó demasiado en ese tiempo. La palabra que me viene a la cabeza tras la lectura es ‘Gris’. Esas grises calles que describe Georges Simenon para emplazar a los ciudadanos que van y vienen, que hacen colas para conseguir pases en el consulado o conseguir una simple lata de sardinas, las mismas que Adil Bey consume con tanto desparpajo sin saber lo que cuesta conseguirlas. Nos cuentan esa unión soviética de miseria, donde todos se vigilan mutuamente y conseguir cualquier cosa se convierte en un problema. ¿Cómo mantener la esperanza en un lugar y una situación así? ¿Cómo no contagiarse de ese pesimismo?
Como siempre la editorial Acantilado nos ofrece una preciosa y cuidada edición con un magnífico acabado. Y es que rescatar clásicos de este tipo de una forma tan cuidada nos dice mucho también de la editorial y el trabajo por la cultura que ejerce.

martes, mayo 07, 2013

El absoluto literario. Teoría de la literatura del romanticismo alemán, Philippe Lacoue-Labarthe y Jean-Luc Nancy

Trad. Cecilia González y Laura Carugati. Eterna Cadencia, Madrid, 2013. 544 pp. 29 €

José Luis Gómez Toré

Como los propios autores se encargan de recalcar en la traducción, citando precisamente un fragmento del Athenaeum, el término “Romanticismo” se ha convertido en un término inevitable y al mismo tiempo siempre inadecuado. De hecho, tanto en la antología de textos que nos presentan Lacoue-Labarthe y Nancy como en el estudio de los mismos, el Romanticismo aparece una y otra vez como una literatura del futuro que en cierta medida lleva en su esencia el ser siempre un proyecto incompleto, una literatura que está siempre a punto de llegar. Por otra parte, si en la citada introducción se destaca la dificultad de situar bajo una misma categoría fenómenos tan dispares como el primer Romanticismo alemán y el Romanticismo francés, hacer lo propio con el Romanticismo hispánico, a lo que sin duda se sentirá tentado el lector español, puede rayar en la extravagancia. En efecto, ¿cómo albergar en el mismo paraguas a los hermanos Schlegel y a José de Espronceda, o al tardío Bécquer con, por ejemplo, Novalis? Más allá de los méritos propios de nuestros denominados románticos, nos encontramos en la literatura española del XIX (una distorsión más: el temprano Romanticismo de Jena es, y no solo por sus fechas de inicio, un movimiento dieciochesco) una carencia evidente de referentes filosóficos. Por el contrario, el movimiento romántico del que nos hablan los autores (dos de las figuras más destacadas del pensamiento francés contemporáneo) es inexplicable sin la fusión, y aun la confusión, entre literatura y filosofía.
En la estela de Benjamin, Lacoue-Labarthe y Nancy insisten en la importancia de la crítica como elemento central del Romanticismo, una crítica que, al tiempo que recalca la autonomía de lo literario, abre la obra al juego infinito de la interpretación. El libro nos ofrece una recopilación imprescindible, hasta ahora de difícil alcance en su conjunto para el lector de habla española, de algunos de los textos centrales de August y Friedrich Schlegel, de Novalis o de Schelling. Se incluyen también, como no podía ser de otro modo, los Fragmentos sin autoría del Athenaeum, un anonimato que constituye precisamente uno de los elementos más destacados del primer proyecto de Jena. Esa renuncia al nombre propio, que los autores vinculados al proyecto no tardaron en traicionar, se plantea desde el ideal de una literatura colectiva, que preludia algunas de las propuestas más audaces de la vanguardia (si es que el movimiento impulsado por los Schlegel no es en sí ya una primera vanguardia, también en sus impulsos utópicos así como en sus tempranas tendencias de disgregación). La estética de Jena, en sus formulaciones más revolucionarias, se relaciona íntimamente con la poética del fragmento, pues a través de este se perfila el ideal de una escritura más allá de los géneros. En cierta medida, ocurre lo mismo con la concepción de la crítica como práctica literaria en sí misma y no como mero comentario de los textos literarios. Se trata de algo más que una cuestión formal: a través de esa literatura sin género se intenta responder, tal vez sin demasiado éxito, a la crisis del sujeto que había abierto la filosofía coetánea.
Si la selección de los textos es excelente (por cierto, hay que agradecer a las traductoras que, en las correspondientes secciones del libro, hayan partido directamente de los originales alemanes y no de las versiones al francés), no menos recomendable es el estudio que los acompaña. Es cierto que no es una lectura para todos los paladares: el lector que no tenga una cierta cultura filosófica y un conocimiento, siquiera somero, de la filosofía kantiana e idealista tendrá dificultades para seguir la brillante argumentación de Nancy y Lacoue-Labarthe. Sin embargo, todo aquel que quiera acercarse a lo que supuso, más allá de vagos tópicos, la revolución romántica no puede sino acercarse a estas páginas, también de lectura obligatoria (si se me permite la expresión) para entender lo que significa no ya la idea moderna de literatura, sino la literatura misma. Porque una de las ideas que precisamente surgen con fuerza en este libro es que la literatura es una invención moderna. Y a la que tal vez, al menos en el sentido fuerte en el que la entendieron los románticos, no le quede demasiado tiempo de vida. Si es que (recuérdese la tesis de Hegel sobre la muerte del arte) no se ha extinguido ya.

lunes, mayo 06, 2013

Siempre hemos vivido en el castillo, Shirley Jackson

Trad. Paula Kuffer. Minúscula, Barcelona, 2012. 224 pp. 18,50 €

Ariadna G. García

El terror puede adoptar distintas formas. Según los escritores que se acerquen al género, ese concepto abstracto podrá materializarse es una sucesión de escenas macabras o podrá sugerirse de un modo más sutil. Shirley Jackson, en la obra que la revista Time valoró entre las mejores de 1962, se decanta por el sabio manejo del terror psicológico, que evita el festival de vísceras y sangre, y en cambio, opta por la tensión escénica, por el conflicto dramático que enfrenta a los personajes. Narrado en primera persona por la adolescente Mary Catherine Blackgood, el libro acumula capas de terror y suspense como si fuera una pared varias veces pintada. La primera mano tiene un tono sombrío: nos dibuja el miedo de la joven a relacionarse con los vecinos de su pueblo, gris e insulso. La gente del colmado murmulla a sus espaldas, en la cafetería la invitan a marcharse, los niños la persiguen por la calle con tonadas burlescas. Mary Catherine, Merricat, sobrevive a este acoso recurriendo a la fantasía. Aislada en su mundo, trata de ignorar la envidia de sus vecinos; no en vano, pertenece a una familia ilustre, cuyos terrenos –cercados por una alambrada– se extienden “de la carretera al río”. La segunda capa de pintura ilustra el enclaustramiento en vida de su hermana Constance, joven delicada y hermosa. Los tonos, al principio, son cálidos como la repostería que prepara (tartas de gengibre, bizcochos al ron, pasteles), pero una mancha oscura se extiende hasta cubrir la tela del retrato: seis años atrás fue acusada del asesinato (por envenenamiento) de sus padres y tíos, y aunque fue absuelta, desde entonces le aterra salir de su casa o caminar más allá de los límites del huerto. Teme a la gente, su inquina irracional y sus prejuicios. La tercera piel que colorea el libro es gris como el vacío que trata de alimentar con su memoria el tío Julián, superviviente al crimen, pero postrado para el resto de su vida en una silla de ruedas. A él pertenece la reflexión más desgarrada de la obra, en torno a la muerte: «Es terrible ser viejo y limitarte a estar aquí sentado preguntándote cuándo va a suceder». El cuarto y último brochazo ennegrece el lienzo hasta eclipsarlo todo. Durante seis años, sobrinas y tío mantienen una vida regulada por el mismo patrón doméstico y por idénticos pensamientos mágicos (que van desde el entierro de objetos protectores, a la mención de palabras especiales), sus fronteras las delimitan los rosales y los albaricoques, del jardín para adentro, cada cual pone freno a su angustia recurriendo a una estrategia diferente: la cocina, la fantasía, la escritura. Pero su mundo cambia de un día para otro con la llegada a Blackgood de un extraño. Shirley Jackson, mientras pone una tapadera sobre sus criaturas, nos plantea interrogantes: ¿Es el miedo real? ¿Hasta qué punto somos esclavos de la mente? ¿Por qué nos paraliza el pánico? ¿Qué razón hay detrás de que cedamos nuestra autonomía a poderes externos? ¿Es maligno, por naturaleza, el corazón humano? Esta novela gótica, medio de terror, medio de fantasía, cautiva de principio a fin. La aguda mirada de Merricat, corrosiva e ingenua, que tan pronto ahonda en los abismos emocionales de su hermana y su tío como relata las divertidas excentricidades de su gato Jonás, envuelve a los lectores y los lleva, con un ritmo in crescendo (desde un punto de vista emotivo-informativo), a un final delirante. Siempre hemos vivido en el castillo se disfruta de verdad. Que nadie tema hincarle de diente al libro. Su bella cubierta no matará las expectativas de los buenos lectores.

sábado, mayo 04, 2013

Los Watson, Jane Austen

Trad. Íñigo Jáuregui. Ilust. Sara Morante. Nórdica, Madrid, 2012. 128 pp. 18 €

Ariadna G. García

Entre los años 1795 y 1799, Jane Austen escribió los manuscritos de Sentido y sensibilidad, Orgullo y prejuicio y La abadía de Northanger. Y aunque George Austen (padre de la autora) intentó que sus obras viesen la luz, no tuvo suerte. La joven Jane respondió a este rechazo editorial guardando todos sus originales en un cajón y empezando otra obra, que dejaría a medias: Los Watson (1803). Este pequeño esbozo, que con suma delicadeza ha publicado Nórdica en una bella edición ilustrada (las estampas las firma Sara Morante), nos ayuda a comprender no sólo el proceso creativo de su autora, sino su ideología y su temperamento.
Un libro es bueno cuando su voz es honesta, cuando las palabras emergen como un géiser del fondo de uno mismo y salpican el papel hasta llenarlo de oraciones, enunciados y vida. Vida. Los buenos libros tienen poros por lo que respira su autor. Por eso, con frecuencia, vemos que se repiten en algunos escritores los mismos motivos temáticos, y esto es así porque los llevan en la sangre, como la información genética. Jane Austen se encuentra entre ellos.
Los Watson comparte obsesiones con las novelas inéditas que la precedían. En esta ocasión, quienes se enfrentan a un destino aciago son las hermanas Watson (de origen humilde), cuyo padre se encuentra gravemente enfermo, motivo por el cual necesitan encontrar un esposo. La protagonista del relato, Emma, es una joven de diecinueve años que tras ser criada por su tía en un ambiente refinado regresa al hogar paterno siendo una extraña para sus familiares. Pronto, sin embargo, intimará con su hermana mayor, Elizabeth, verdadera depositaria del ideario de Austen, siendo ésta una de las posibles razones del abandono de la escritura del libro, pues recordemos que el personaje principal de Orgullo y prejuicio ya se llamaba así y desempeñaba idéntica misión. Elizabeth representa, en la teoría, un modelo de cambio que difiere de las normas sociales de su época, si bien reconoce la dificultad de aplicarlo: «ya sabes que no tenemos más remedio que casarnos. Yo me arreglaría muy bien sola; con unos pocos amigos y un agradable baile de vez en cuando me contentaría…Pero nuestro padre no puede asegurarnos el porvenir» (página 15).
La obra, que con caja pequeña, letra generosa y veinticuatro ilustraciones, apenas llega a las 122 páginas, se ofrece a los lectores como un esquema inconcluso. Su atractivo consiste en la exquisitez de su edición y en el acercamiento al proceso creativo de su autora. Austen trabaja en todas sus novelas con los mismos materiales, pero varía sus planteamientos. En este libro, el peso narrativo recae en una muchacha huérfana asediada por dos espadas: una familia desavenida e hipócrita (a excepción de Elizabeth, sus hermanos y cuñada exhiben un carácter descortés, orgulloso, traicionero y brusco), y el filo de la pobreza.
Jane Austen señala en sus obras el problema que supone para la mujer la falta de recursos económicos que garanticen su independencia. En Los Watson se apunta el conflicto que supone para la institución del matrimonio la falta de amor y la disparidad de edades entre los contrayentes. No en vano, son preocupaciones que recorren Europa a lo largo de la centuria. Pensemos en El sí de las niñas, de Leandro Fernandez de Moratín (1801), en Madame Bovary, de Gustave Flaubert (1857) o en La Regenta, de Leopoldo Alas “Clarín” (1884-1885). Ahora bien, en las novelas de Austen late siempre el planteamiento de la transgresión de la norma. Sus mujeres (aquellas cuyo comportamiento ensalza, ya sabemos que critica la ligereza de otras) se plantean un orden alterno, insubordinado al poder económico del hombre; al tiempo que hacen gala de la suficiente personalidad, independencia y arrojo como para elegir sin prisa y con paciencia, en plena posesión de su albedrío, al marido perfecto.
En definitiva, esta bella edición de Los Watson no es apta para neófitos en la obra de Jane Austen, pero deleitará a los seguidores de la célebre escritora británica.

viernes, mayo 03, 2013

Venganza, Benjamin Black

Trad. Nuria Barrios. Alfaguara, Madrid, 2013. 295 pp. 19,50 €

Ángeles Prieto Barba

Somos muchos los que esperamos cada entrega de Quirke con emoción, como quien aguarda la nueva temporada de nuestra serie favorita. Incluso que con mayor interés, si cabe, convencidos de que nuestras expectativas se verán recompensadas. Y esto lo digo incluyéndome en un grupo heterogéneo de lectores al que no creo pertenecer, el de los amantes de la novela negra, porque no disfruto en absoluto de la narración vertiginosa, el exceso de diálogos y el imperio de la trama que caracterizan a las actuales. Y es que a la hora de avanzar en una novela, saber quién fue el criminal no representa para mí acicate alguno, no quiero leer por y para eso. Ni siquiera para enterarme del motivo por el que, un concreto personaje de ficción, cometió un asesinato. Lo que me interesa de verdad es saber mucho más del mundo en el que habito y eso incluye la maldad, el crimen y el sadismo como cualquier tema más, sin necesidad de que me sobresalten a cada momento con escenas morbosas.
Por ello, escribo esta reseña para despertar la atención de todos aquellos lectores que no sean adictos a la novela negra como tal, confeccionada y en serie, para solicitarles de hecho que centren su atención en esta serie concreta. Pues, ¿qué nos ofrece John Banville/Benjamin Black a través de Quirke, el forense?
En primer lugar, clase y estilo. Un estilo propio y definido a través de unas metáforas originales, huyendo de lugares comunes, siempre deslumbrantes y certeras. Ese estilo que nos hace recordar, de forma inmediata, a los grandes clásicos del género, aquellos que sí merece la pena leerlos: Raymond Chandler, Dashiell Hammett, James M. Cain o Patricia Highsmith.
Después, contenido. Pues Benjamin Black sabe de lo que habla, no escribe por encumbrarse desde un despacho aislado del mundo. Lo que ha sentido y vivido, sabe transmitirlo. Lo que supone la muerte: «Era como si un objeto gigante hubiera sido arrojado en medio de ellos, como si una inmensa bola de piedra hubiera caído en la casa destrozando el tejado y permaneciera inamovible entre ambos, de tal manera que tenía que acordar el modo de rodearla y, al mismo tiempo, fingir que no estaba allí». O la atracción sexual: «Como si además de la propia mujer hubiera otra versión más intensa de ella misma, otro sí mismo invisible que emanara de ella y la rodeara como un aura». O el alcoholismo: «Sentía la piel de la frente alarmantemente tensa y velaba sus ojos una ligera neblina, que no conseguía eliminar por más que parpadeara. Algo le pellizcaba en el fondo de la mente, pero decidió ignorarlo. Un trago más y luego pararía». Y finalmente nos procura un fiel retrato de la sociedad irlandesa, como también unos personajes fuertes y bien definidos, pero asimismo imprevisibles como somos todos nosotros, ante las sorpresas y retos que nos procura la vida.
En esta quinta entrega observaremos como el quijotesco Quirke seguirá en tablas respecto a sus demonios interiores, cobrando un mayor protagonismo su amigo el inspector Hackett, siempre seguro y tranquilo, o su hija Phoebe, que sigue madurando como puede. Todos ellos tendrán que vérselas con los distintos miembros de dos familias muy adineradas, los Delahue y los Clancy, que comparten un mismo negocio e idénticas ambiciones de poder, sexo y dinero, la combinación perfecta para mantener durante largo tiempo odios acendrados, para que surja el mal.
Pero no es tarea del reseñista revelar la trama, sino asegurar al lector de esta novela que en modo alguno notará, entre diversos testimonios de personajes diferentes y algunos flashback, el armazón formidable que la sostiene. Señal de que nos encontramos ante una obra excelente y digna, que vamos a disfrutar.

jueves, mayo 02, 2013

Bajo el sol. Las cartas de Bruce Chatwin, Selecc. y Ed. Elizabeth Chatwin y Nicholas Shakespeare

Trad. I. Attrache y C. Mayor. Barcelona, Sexto Piso, 2013; 556 pp. 28 €

Pedro M. Domene

Bruce Chatwin experimentó, inagotablemente, a lo largo de su vida, su punto de partida fue siempre el desplazamiento. En ese constante movimiento pasó los últimos años de su existencia, de tal manera que su nomadismo literario ha servido para destruir los límites que él mismo había puesto a su escritura. El incansable viajero fallecía, prematuramente, en Niza a los cuarenta y ocho años y dejaba una obra, breve en número, aunque densa en contenido, ampliamente traducida en varios idiomas. El año 1975 marcaba el punto de partida de una febril actividad de un jovencísimo Chatwin, que en un escueto mensaje aseguraba, “me voy a la Patagonia por seis meses”, y así comenzaba para él el itinerario de un autodescubrimiento, puesto que el propósito inicial fue seguir las huellas de muchos de los viajeros del Imperio que, solidarios o no, habían partido de una tremenda desigualdad. Iba anotando, en pequeños cuadernos, sus impresiones, cuando, entre otras cosas, descubrió la miseria de estos desheredados de la Tierra de Fuego, aquellos que hoy son los descendientes o los restos de quienes, novelescamente, fueran los protagonistas más conocidos: un oscuro francés, Philippe Boiry, nombrado rey de la Araucaria y de la Patagonia, o los famosos forajidos, sacados del Oeste Americano, Butch Cassidy y Sundance Kid. Después vendrían, Colina negra, Los trazos de la canción, o ¿Qué hago yo aquí?
No hay escritura más inmediata, señala Elizabeth Chatwin en el Prefacio de la reciente edición de Bajo el sol. Las cartas de Bruce Chatwin (2013), que la que encontramos en las cartas. Su madre conservó las misivas que él le mandaba todas las semanas desde la escuela secundaria, en las que ya se aprecia cuántas cosas le interesaban y le entusiasmaban. Una labor de más de veinte años esconde esta edición que ha recopilado su viuda, en la que como en su libros se aprecian saltos en el tiempo y en el espacio, tal y como Chatwin solía hacer en su crónicas de viajes por la extensa Patagonia o la desértica Australia. Nicholas Shakespeare, a lo largo de una esclarecedora Introducción apunta que el libro recoge el testimonio de Chatwin desde su infancia, su paso por Sotheby’s, su estancia en Edimburgo, su labor en el Sunday Times o sus últimos días, en lucha con el sida que le quitaría la vida en 1989. Sus principales corresponsales fueron sus padres, Charles y Margarita que, a principios de los 60, se instalaron en Stradford-upon-Avon, donde pasaron el resto de sus vidas, Elizabeth Chabler, con quien estuvo casado veintitrés años, aunque tuvieron una pequeña crisis a principios de los 80, la madre de su esposa, Gertrude Chanler, que vivía en Geneseo, en el estado de N.Y., Cary Welch, un coleccionista de arte casado con Edith, prima de Elizabeth, Ivry Freyberg, hermana de su mejor amigo en Malborough; John Kasmin, un marchante londinense con quien viajaría a África, Katmandú y Haití; Tom Maschler, su editor en Jonathan Cape; Diana Melly, su anfitriona en Gales, el escritor Francis Wyndham que colaboraba con él la revista The Sunday Times, y al primero a quien dejaba ver sus manuscritos; algunos escritores australianos, Murria Bail, Ninette Dutton y Shirley Hazzard, o el director de cine, James Ivory, y finalmente el periodista indio Sunil Seti a quien conoció mientras seguía la campaña de la señora Gandhi.
Las relaciones sentimentales no parecen interesarle excesivamente al autor, y solo observamos un Chatwin atento con personas a quienes conoce brevemente, faltan algunas dirigidas a Werner Herzog, Gita Mehta y las referidas a los archivos de Sotheby´s o la revista The Sunday Times, durante los años que trabajó en ambos sitios. No quedan rastros de las enviadas a Donald Richards o Jasper Conran, en otro tiempo amante suyo y en cuya casa, en el Sur de Francia, falleció el 18 de enero de 1989. Shakespeare sostiene que, tanto a Elizabeth como a él, poco o nada les ha importado presentar un Bruce Chatwin favorable o desfavorable en esta correspondencia personal, su intención ha sido recopilar un material interesante y revelador. La corrección de errores, actualización de direcciones, o fechar los variados documentos ha sido una comprometedora tarea con resultados desiguales. Una colección de cartas como las que recoge Bajo el sol, podrían convertirse en el resultado de una auténtica autobiografía, señala Nicholas Shakespeare, y se pregunta hasta qué punto podría parecerse a este libro si Chatwin si hubiera vivido para ello, o cuántas partes hubiera reescrito, omitido o nunca sacado a la luz, pero pese a todo el lector percibirá una versión fascinante de la vida del escritor que, en alguna medida, completa los libros escritos y los no escritos, desde que desde el colegio Old Hall, de Shropshire, escribiera a sus padres, allá por mayo de 1948.
Las cartas de Bruce Chatwin, divididas en esclarecedores capítulos, doce en total, reproducen ese continuo aprendizaje que a lo largo de los años materializaría en una acumulación de datos sobre los más variados temas, antropológicos, arqueológicos, filosóficos, geográficos, históricos, científicos, personales e, incluso, metafísicos que contribuyeron a afianzar su particular visión de la vida y su condición de escritor.

miércoles, mayo 01, 2013

Las lágrimas de San Lorenzo, Julio Llamazares

Alfaguara, Madrid, 2013. 193 pp. 18 €

Ignacio Sanz

Julio Llamazares es un novelista lento, pero esencial. Cada novela suya es como una piedra lanzada a un lago que no deja de producir ondas y más ondas. Acaso la de mayor alcance, una novela mítica por tantos motivos, sea La lluvia amarilla. En el Museo Etnográfico de Sabiñánigo la vi hace unos años multiplicada en diversas lenguas ocupando un altar. Allí se lee con devoción. Pero no se pierda el lector curioso Escenas de cine mudo, tan extremadamente original en su construcción y tan penetrante al hurgar en el recuerdo de la infancia del autor. Además de novelas ha escrito relatos, libros de viaje, crónicas y, en sus comienzos, dos libros de poesía memorables. Las lágrimas de San Lorenzo también destila poesía en estado puro. Se trata de la quinta de sus novelas y es un libro que tiende a la redondez porque va envolviendo al lector, arrullándolo poco a poco, como esas abuelas que suben al nieto en el halda y le van contando un cuento hasta fascinarle. Por ello se trata de una novela narcótica que te arrastra poco a poco sin dejarte escapar.
En esta ocasión el escenario sobre el que pivota la acción es Ibiza donde el narrador, un profesor universitario que ha rodado por diversas universidades europeas carente de ambiciones académicas, pasó algunos años de su loca juventud. Allí regresa con su hijo Pedro de doce años, un hijo con el que apenas convive, para hacerle partícipe de un rito iniciático: la lectura del cielo en la noche de San Lorenzo, cuajada de estrellas fugaces. Y, al hacerlo, recuerda, una noche parecida cuando él era un niño originario de un Bilbao sombrío y lluvioso y su padre, en plenas vacaciones, le mostró el cielo tendido en la eras del abuelo, en León.
Entre esas dos noches, el narrador, capítulo a capítulo, va desgranando recuerdos casi siempre amargos o dolientes sobre personajes desaparecidos fundamentales en su vida. A veces no, a veces, apoyado en los versos epicúreos de Catulo, el narrador se engolfa en los días felices de su juventud ibicenca y nos relata episodios distantes de los sucesivos amoríos en las dunas de la playa. Pero el tono dominante es melancólico. Como la noria de una huerta que gira y gira con monotonía para extraer el agua que ha de fertilizar la tierra. También podría ser considerada una carta de amor, un testamento vital para ese hijo con el que apenas convive y que quiere saber de su padre.
Lo que importa, en cualquier caso, es la atmósfera que crea, una atmósfera muy cercana al misterio, una atmósfera que va empujando levemente al lector, envolviéndolo, turbándolo, como si el novelista se hubiera transformado en un narrador oral que va soltando pequeñas claves aquí y allá para luego, capítulo a capítulo, ir cerrando para consuelo del lector. Estamos ante un Llamazares destilado, esencial, poético. Su gozo nos regocija y su dolor nos hiere.