viernes, septiembre 23, 2016

Estrómboli, Jon Bilbao


Impedimenta, Madrid, 2016. 272 pp. 20,95 €

Ariadna G. García

Estrómboli es el cuarto libro de relatos de Jon Bilbao. Le preceden: Como una historia de terror, Bajo el influjo del cometa y Física familiar (los tres publicados por Salto de Página). El autor asturiano no sólo ha cosechado éxitos rotundos con dichas obras (Premio Ojo Crítico de RNE y Premio Euskadi de Literatura), sino que se ha consolidado como una de las voces imprescindibles de la nueva narrativa española. El presente volumen sigue la estela de los anteriores (sobriedad estética, fondo de violencia), si bien resulta un poco más descorazonador. Es marca de la casa el tratamiento del desgaste de las relaciones de pareja o la descripción de la brutalidad humana, pero en los relatos de Estrómboli esa visión excéptica se agudiza, a veces de manera sutil (Avicularia avicularia) y en ocasiones con una contundencia incontestable (Crónica distanciada de mi último verano). El libro, en su conjunto, pinta un agrio retrato de tipos adinerados, pudientes, cuyas horas de ocio acaban siendo de pesadilla (en lo emocional o en lo físico). Nos encontramos con dueños de laboratorios químicos, arquitectos, ingenieros de centrales nucleares o de compañías eléctricas. Todos realizan viajes de placer a lugares exóticos (Reno, San Francisco, Nueva Zelanda, los Picos de Europa, Estrómboli… Todos salvo uno, que viaja obligado por su profesión) para encontrarse a sí mismos, para acompañar a alguien o para olvidar algún tropiezo. Antes o después se entrenan en gimnasios, preparan barbacoas o se van de pesca. Bilbao es inmisericorde con ellos. Una virtud del autor es que juega con nuestras expectativas. Nos lleva por donde quiere para luego dar un volantazo en el guión y chocar de frente contra nuestros prejuicios. No todos los finales son perfectos. Alguno parece precipitado. Pero el de Avicularia, por la sutileza de Bilbao de sugerirnos el infierno que vendrá por medio de una simple sonrisa, es fantástico. Otra virtud del narrador asturiano es la riqueza de su léxico: conciso, preciso, abundante (valgan de muestra estos términos: “derrubio”, farallón”). Está claro que tiene un conocimiento amplio y delimitado del mundo. Y si bien es verdad que tiene un estilo sobrio y directo, también lo es que describe algunos escenarios con una belleza lírica sobrecogedora: «un manzano silvestre crecía a la orilla. Sin nadie que recogiera los frutos, cuando estaban maduros caían al pie del árbol, en tal número que las manzanas amontonadas aspiraban a represar la achicada corriente. A lo largo de varios días, se producía un combate mudo entre las manzanas y el agua, tiempo en el que zumbaba sobre el muro de fruta una nube de avispas y de moscas de brillo acharolado, y durante el que el aire en aquel tramo de la garganta se veía invadido por un aroma en parte dulzón y en parte ácido» (pág. 54. El peso de tu hijo en oro). Estas descripciones nos curan de la incredulidad que irradia hacia las relaciones amorosas, amistosas y profesionales. La estética como antídoto contra el dolor del mundo.

miércoles, septiembre 21, 2016

Alguien debería escribir un libro sobre Alejandro Sawa, Pepe Cervera


Menoscuarto, Palencia, 2016. 192 pp. 16,90 €

Bruno Marcos

No engaña a nadie el autor de este libro cuando lo titula Alguien debería escribir un libro sobre Alejandro Sawa porque, efectivamente, él no lo ha hecho. Por otro lado libros hay sobre Sawa, de hecho el que algo nos haya llegado sobre su figura y peripecia vital se ha debido a que cundieran los escritos sobre él, pues su obra cayó en el olvido.
El gran mérito de Sawa fue servir de inspiración para uno de los personajes más importantes de nuestras letras, el Max Estrella de Valle-Inclán en Luces de Bohemia. Lo que a uno le intriga y le ha llevado a leer este libro y cuanto sale de Sawa es la permanente actualidad que encuentra en esa obra de Valle y, por consiguiente, en la personalidad de Sawa. Seguramente se deba este interés a que lo que se pone en ella a la vista sigue y permanece, la frustración del talento contra la realidad, la ridiculez de la aspiración por la belleza en medio de lo grotesco y la putrefacción social en los bordes mismos de la poesía.
Los retratos de Sawa abundan. Están los de Baroja, no sólo en el Árbol de la ciencia donde lo ridiculiza, sino también en sus memorias, donde sigue ridiculizándolo, aunque antes él lo había calificado de invertebrado intelectual, explicando que el vasco era así porque jamás la escultura soñó hacer cariátides con tuberculosos. Cita Pepe Cervera la biografía de Amelina Correa que es demasiado seria, como si Sawa se la mereciera como un escritor cualquiera y no como lo que es ya, un arquetipo. Se echa en falta en este libro de Cervera, por ejemplo, a Rubén Darío, uno no recuerda que se hable del magnífico prólogo a su libro póstumo Iluminaciones en la sombra, que lo pinta tan bien resumiendo con un esbozo preciso el drama y la gloria de Sawa en página y media. También acusa uno poca presencia de Cansinos Assens que, aunque por edad lo trató poco, lo saca en escenas muy gráficas y habla de la época y de los hermanos de Sawa, también muy pintorescos. Y de su diario, el antes señalado Iluminaciones en la sombra, de donde se extrae que Sawa fue también otra cosa, no sólo un histrión, viéndose una sensibilidad suya no exenta de realismo, de autocrítica o de preocupaciones sociales, y donde sorprende lo moderno que es.
Pero todos estos reproches al autor están fuera de lugar porque el título avisa de que no se trata de un libro sobre Sawa. El título, más bien, exhorta a otro autor, alguien, para que escriba lo que él no ha escrito. Lo que tenemos es el relato del intento por hacer un libro sobre aquel bohemio, es decir un diario de escritura, en el que finalmente Cervera se une a Sawa, no como estudioso sino como autor, un autor acompañado por otro. Cervera, abatido, escribe al final un pensamiento que muestra su preocupación real, la escritura misma: «A lo largo de estos últimos meses, bastante más a menudo de lo que creo oportuno reconocer, he dudado sobre mi propio talento. (…) El libro que pretendía escribir no es más que agua entre los dedos. Yo debería contarme entre esos cien que apunta Montaigne, por inútil y por inepto.»
Con Alejandro anda el autor por las páginas de este libro, pero es difícil estar más abatido que el perdedor bohemio. En sus últimos momentos dejó escrito este estremecedor párrafo: «Vivo en este Madrid más desamparado aún, menos socorrido, que si hubiera plantado mi tienda en mitad de los matorrales sin flor y sin fruto, a gran distancia de toda carretera. Creyendo en mi prestigio literario he llamado a las puertas de los periódicos y de las cavernas editoriales y no me han respondido; (…) ¿Es que un hombre como yo puede morir así, sombríamente, un poco asesinado por todo el mundo y sin que su muerte como su vida hayan tenido mayor trascendencia que la de una mera anécdota de soledad y rebeldía en la sociedad de su tiempo?».

lunes, septiembre 19, 2016

Entre zarzas y asfalto (Diario inverso), Alejandro López Andrada


Córdoba, Berenice, 2016. 184 pp. 17,95 €

Pedro M. Domene

Alejandro López Andrada (Villanueva del Duque, 1957) nos tiene acostumbrados a unas arriesgadas propuestas narrativas que nos obligan a realizar un reflexivo recorrido por un universo tan personal como de emocionada inspiración. Su mirada se detiene y dibuja con la palabra un mágico itinerario que extiende por su tierra chica y los rincones de una Córdoba califal y cosmopolita. Para la última propuesta, Entre zarzas y asfalto (2016), el autor realiza un viaje interior que rememora físicamente una dolorida pero no menos feliz infancia y adolescencia, y recrea los paisajes vividos desde sus orígenes, y mientras escribe vuelve al pasado, regresa cuarenta años atrás, pasea por su pueblo y por sus calles, y frecuenta escenas y sensaciones que vivió en un lejano tiempo. El viaje, de hecho, finaliza en el último texto, cuando deja el campo y regresa a la ciudad. Se entiende así el subtítulo dado de “diario inverso”, porque el libro está escrito a la vuelta de todo un largo trayecto, y desde la perspectiva de la madurez presente vuelve a la infancia de un pasado lejano. Abunda lo autobiográfico, y marca el recuerdo de aquello que fue y con el tiempo ha desaparecido, una temática característica y constante en el resto la obra del cordobés, y mientras observa, pasea y se detiene en minúsculos detalles, surge esa eterna pregunta repetida y tópica ¿Quiénes somos? o ¿Hacia dónde vamos? Y así, buena parte de las imágenes de la infancia se convierten en ese elemento que vertebra estos textos breves, de aparente sencillez y extremada fuerza lírica, motivo que aparece de manera constante en todo el libro: «Voy por la calle en que creció mi infancia» (p. 80); «las piedras del camino de la infancia van penetrando en mi alma y se hacen luz» (p. 113); y por añadidura el entorno vivido, el paisaje recreado, las imágenes de espacios abiertos y el campo, tan representativo de aquellos primeros años de vida que parecen agolparse en sus recuerdos, en suma el concepto de la naturaleza, tan intrínseco y valorado en el cordobés, y por añadidura la familia —padre, madre, abuelo— sobre todo, el padre fallecido sobre quien vuelve una y otra vez en su síntesis de una lejana infancia.
La ciudad de Córdoba está muy presente en este libro, «El cielo en la Mezquita es un violín», pero pese a continuas vivencias en calles y plazas geográficamente localizadas en la ciudad califal, aun insiste y desde esta hermosa urbe recuerda con un acusado tono de nostalgia su visión humanista del campo y los abundantes episodios familiares, mientras vagabundea «(…) por la ciudad como una sombra artrítica y romántica. Circundan mi silencio las farolas».
La estructura del libro muestra tres partes diferenciadas: “Invierno”, “Otoño” y “Verano”, que el poeta va desarrollando como un auténtico proyecto de madurez, tras una dilatada experiencia personal y literaria que analiza lo presente y lo ausente, y donde la primavera, esa estación de luces y colores, queda alejada voluntariamente en el tiempo, tal vez porque el desconsuelo que provoca el dolor de buena parte de una existencia se torna en esperanza de futuro puesto que en la vida misma palpita ese sentimiento universal que caracteriza la prosa lírica del escritor López Andrada.
Los textos que, cuando llegamos al final, quedan hilvanados en toda una visión de conjunto, muestran ese paso del tiempo, del pasado y del presente, y aunque la visión del narrador se vislumbra melancólica, resulta una lectura serena, y, como en la mejor tradición lírica, para el poeta, en este caso, existe el gozo de vivir de cada día, tanto lo anodino como lo cotidiano, lo desolador y lo gozoso.

viernes, septiembre 16, 2016

Expulsiones. Brutalidad y complejidad en la economía global, Saskia Sassen


Trad. Stella Mastrangelo
Katz Editores, Móstoles, 2015. 294 pp. 21 €

José Morella

En cuanto supe de Saskia Sassen -la escuché en un vídeo hablando sobre los refugiados- me di cuenta de que tenía que leerla para ganar perspectiva sobre mi mundo. Ella, como otros pensadores contemporáneos (pienso en Zygmunt Bauman, David Suzuki o Franco Berardi) me ayudan a no seguir escribiendo historias sobre el pasado pensando que escribo sobre el presente. En aquel vídeo Sassen hablaba sobre el contraste entre ser un refugiado antes y ahora. Tradicionalmente, los refugiados se marchaban en busca de una vida mejor y soñaban con regresar algún día. Ahora no tienen un país al que volver, y lo que persiguen no es vivir mejor sino sólo vivir (better life vs bare life). No piden más que eso. Permanecer respirando en algún lugar del planeta. Eso no es un inmigrante, dice Sassen. Es otra cosa.
El título del libro ya lo deja bastante claro: Expulsiones. Brutalidad y complejidad en la economía global. La tesis que defiende es que si en otros momentos la desigualdad se alimentaba de incorporar gente al sistema, ahora se basa en expulsarla. El keynesianismo incorporó a las clases desfavorecidas como consumidores de todo tipo de productos y frivolidades antes reservadas a las clases medias y altas. Pero ahora el paradigma ha cambiado, y el sistema económico se alimenta de expulsar de un modo atroz mediante complejas artimañas financieras a grupos de personas, especies animales, reservas de la naturaleza y cualquier otra cosa imaginable. Un ejemplo conocido de todos nosotros es la crisis inmobiliaria que provocó, atención al dato, 360.000 desahucios sólo en España entre 2008 y 2014. Esta devastadora expulsión de personas se gestó mediante alta ingeniería financiera, o lo que yo llamo -que no Sassen- estafa y robo. Es una intriga urdida entre diferentes grupos interesados: la industria inmobiliaria, los bancos, los grupos de inversión. Gente que se ha dado cuenta de que expulsando se gana infinitamente más que incluyendo. Si para conseguirlo hace falta atraer a millones de personas a las oficinas del banco y hacerles creer que podrán pagar préstamos millonarios con sueldos miserables, no hay problema.
Este nuevo sistema económico no sólo expulsa gente, sino culturas enteras. Los recursos naturales de muchos lugares del mundo, como por ejemplo la vasta región del Tíbet, valen mucho más para la lógica económica imperante que las gentes y las costumbres que viven en ellos y de ellos. La cultura tibetana de conservación de la naturaleza y de respeto por el hábitat está siendo arrasada sin que nadie diga nada sobre ello. El gobierno chino no le da cuentas a nadie al respecto, y las empresas que usan los recursos de la región, claro está, mucho menos aún.
Este cambio de paradigma es postnacional e incluso postideológico. Como señala Sassen en la introducción, es posible que países tan distintos como China y Estados Unidos «alberguen grandes lógicas contemporáneas que organizan la economía, principalmente las finanzas impulsadas por la especulación y la búsqueda de hiperbeneficios. Esos paralelismos, y sus consecuencias para la gente, los lugares y las economías, bien podrían resultar mucho más significativos para entender nuestros tiempos que las diferencias entre comunismo y capitalismo.» Ya no son gobiernos, partidos políticos o empresas concretas los campeones del fomento de la desigualdad. Donde antes había élites, ahora hay ubicuas e invisibles "formaciones predatorias", una «combinación de élites y capacidades sistémicas con las finanzas como posibilitador clave».
Más ejemplos de expulsión:
-La privatización de la gestión las cárceles en gran parte del mundo. Favorece la expulsión de la sociedad, en masa, de reclusos que pasan encerrados más tiempo que antes. Hay jueces que aceptan sobornos de esas cárceles privadas para alargar penas de prisión que enriquecen a los empresarios. Esto puede parecer raro leído desde aquí, pero en Estados Unidos la población reclusa se ha doblado en pocos años.
-La compra de enormes cantidades de tierra por parte de gobiernos de países extranjeros para ser usadas como monocultivo de soja o de maíz, por ejemplo, o para albergar infraestructuras. Los orangutanes están siendo expulsados de su hábitat para que podamos tener aceite de palma. Multitud de campesinos humildes pierden su trabajo, así como artesanos, manufactureros y tenderos que vivían cerca de esos territorios. Un ejemplo doloroso sería la expulsión de la comunidad mapuche de las tierras donde han vivido siempre para que una compañía eléctrica monte allí su central.
-El acaparamiento de agua por parte de grandes empresas multinacionales que ensucian e inutilizan los recursos hídricos. Es famoso el conflicto en el delta del Níger, cuya denuncia le costó la vida al activista y escritor Ken Saro-Wiwa. Envenenar la tierra, el agua y el aire están dando enormes beneficios a la economía global. Todo es "financializable", como dice Sassen. La buscada complejidad de las leyes al respecto de las concesiones a empresas se ocupa de oscurecer el asunto mediante junglas de papeles y contratos opacos y bizantinos diseñados para ralentizar la lucha política de los oprimidos y perpetuar el asunto.
A mí se me ocurren más expulsiones: como en este momento estoy escribiendo sobre la salud mental, no puedo evitar pensar el fenómeno de la medicalización abusiva de millones de pacientes. Todo coincide: muchos grupos distintos con intereses concertados (farmacéuticas, sistemas públicos y privados de salud, gobiernos, hospitales, industrias químicas, el sector académico y científico...) favorecen o ignoran la prescripción de manera universal de determinados fármacos que expulsan de la vida social saludable a millones de personas. Los expulsados son incapaces de volver a ser incluidos en el mundo del que salieron, y están a una distancia tan grande de los que orquestaron su expulsión que ni siquiera los ven. Yo no soy un experto en nada, y menos en economía, pero diría -llamadme conspiranoico- que Sassen no acaba de andar desencaminada.
Creo que es básico, si no leer este libro, sí al menos alcanzar de algún modo su mensaje. Hablar sobre él, ni que sea para discutirlo o desmontar sus argumentos. O cambiamos algo, o será el cambio el que se nos trague a nosotros en muy poco tiempo.

miércoles, septiembre 14, 2016

Me llamo Lucy Barton, Elizabeth Strout


Trad. Flora Casas
Duomo, Barcelona, 2016. 209 pp. 16,80 €

Care Santos

Un alto porcentaje de las mujeres que siguen algún tipo de terapia psicológica en Estados Unidos —y en todas partes, asumo— lo hace porque les aterra la posibilidad de parecerse a sus madres. Tal vez la protagonista de esta novela, Lucy Barton, habría terminado también en una de esas terapias grupales en las que uno se presenta, precisamente, diciendo su nombre de pila, y a las que el título de esta novela alude implícitamente. Desde luego, no son motivos para hacer terapia los que le faltan a Lucy. Con ellos construye Elizabeth Strout una trama poderosa, cargada de matices, donde la familia y la memoria son vigas maestras.
El argumento es de una compleja simplicidad: mientras está ingresada en el hospital, echando de menos a sus dos hijas pequeñas e ignorada por un marido que dice odiar los hospitales, Lucy recibe la visita de su madre, a quien lleva años sin ver. Entablan una conversación en apariencia intrascendente pero que no tarda en ahondar en las heridas de la vida de Lucy. Parten de un pasado común que a ninguna de las dos parece gustarles mucho y no van a ninguna parte, aunque terminan por llegar a alguna parte, a alguna conclusión. Se constata la complejidad de las relaciones: la maternidad no es un paraíso de perfección porque las madres distan de ser perfectas. Tampoco lo son los hijos, ni las circunstancias.
Pensaba mientras leía esta historia que Strout podría haber escrito un texto teatral en lugar de una novela. Los personajes tienen categoría de personajes dramáticos. Es decir: hondura, complejidad, matices, incluso gestos teatrales. Si a alguien se le ocurre la idea de llevarla a escena, la madre debería interpretarla una veterana actriz. Alguien que supiera imprimirle el toque justo de ternura, que supiera llenar los silencios de frases no pronunciadas y que al mirar por la ventana pudiera transmitirnos ese miedo cerval a hablar del pasado que siente (o creemos que siente) el personaje de la novela. Una madre incapaz de decir «te quiero» que, sin embargo, acude una sola vez al encuentro de una hija que la necesita. La auténtica protagonista de la historia. Si se eligiera bien, las ovaciones al final de la representación serían largas.
En cuanto a la hija, sospecho que el casting sería más fácil. Bastaría con una mujer aún joven —la novela está contada desde la perspectiva de los años—, atractiva aunque muy desmejorada por la enfermedad, que supiera dotar de cierta originalidad al tan vulgar sentimiento de extrañeza hacia la propia familia que da cuerpo a todo el relato. Lucy Barton procede de una infancia de la que huyó al casarse, se ha sobrepuesto a ella con una vida más o menos rica en la ciudad de Nueva York y no mantiene con su pasado más vínculos que los inevitables —y dolorosos— de la memoria. El padre, casi ausente, alcohólico, pero también humanizado por sus acciones, es un culpable al que nadie se atreve a señalar. Los hermanos, víctimas acomodaticias. De nuevo, lo mejor de todo es la madre.
Luego está el edificio Chrysler. La ventana de la habitación de hospital donde tiene lugar la conversación que es la trama está frente al famoso rascacielos art decó —¡qué bien quedaría en un escenario!—, que de noche brilla con su iluminación. Es una metáfora de la vida nueva de Lucy, pero también del mundo exterior. Dentro del hospital hay expiación del pasado, grisura, culpa, imposibilidad de nombrar ciertos sentimientos. Fuera está la vida nueva: las hijas, el marido, el brillo de la ciudad elegida, que ese rascacielos emblemático simboliza.
La escritura de Strout logra algo muy difícil: disfrazarse de simplicidad para contar lo más complejo. Dispara justo en el centro de nuestras miserias: aquellas que ninguno de nosotros reconocemos, pero que nos empujan a seguir leyendo, que emocionan. Al fin, comprendemos algo importante: se sobrevive a lo que no podemos cambiar. Y más vale encontrar el modo de hacerlo.

lunes, septiembre 12, 2016

Las cosas que perdimos en el fuego, Mariana Enriquez


Anagrama, Barcelona, 2016. 200 pp. 16,90 €

Pedro Pujante

Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) parece brindar un aire nuevo al relato de miedo. Escribe con naturalidad, sin excesos, casi imitando el estilo oral, con esa frescura que suele provenir de tierras bonaerenses, es decir, cortazarianas. A mitad de camino entre la ambigüedad de Cortázar y las atmósferas sobrecogedoras de Poe, la autora argentina construye cuentos sin demasiadas pretensiones, de aparente ligereza, a los que accedemos sin esfuerzo para luego constatar la imposibilidad de salir indemnes. En esta antología encontraremos una nueva forma de presentar el relato de terror. Porque ya no nos dan miedo los fantasmas con cadenas ni los castillos. Pero sí que puede aterrarte la aparición de un asesino ritual en tu propio barrio; o la presencia de un demente psicópata que vuelve del pasado para materializarse en un concurrido autobús a plena luz del día.
Y es que el procedimiento de Enriquez consiste en esa paradoja. No nos lleva, como los típicos ghosts stories, a lugares sombríos, sino que acerca los más tétricos miedos a nuestro hábitat. Y a veces ese terreno fértil para que el miedo agarre no es otro que nuestra propia mente.
En muchas ocasiones son niños los que a través de su inocente mirada tamizan la realidad y la digieren sin racionalizar. Así, nos enfrentan a la cara prístina del misterio.
El nuevo terror, como decíamos, ha evolucionado. A excepción de algún cuento de corte más clásico, con casa encantada incluida y misteriosa desaparición, la mayoría de las piezas buscan reactualizar lo insólito y terrorífico. La violencia de género puede devenir en rito mortal. El juego de unas niñas se puede eclipsar por unas visiones violentas y terribles de un pasado que no acaba de esfumarse. Un asesino de niños es capaz de poseerte. El abuso desmesurado de internet puede abismarte en un océano profundo y oscuro del que difícilmente podrás escapar. Obsesiones, compulsiones que rozan el delirio y dejan al lector sumido en ese límite borroso y frágil que estriba entre la locura y lo paranormal.
Enriquez bebe de los clásicos. Hay en sus cuentos texturas heredadas de Cortázar. Pero también hay una clara huída de manierismos que demuestra su emancipación. Recuerda en algunos momentos al mexicano Alberto Chimal, pero sin un rastro de ironía. Quizá esa impiedad, sin recaer en solemnidades ni afectación, hace que estos relatos funcionen, enganchen y en esa segunda relectura –mental y a largo plazo- se erijan en nuestro subconsciente como genuinos y originales episodios de terror.

viernes, septiembre 09, 2016

Avenida de los misterios, John Irving


Trad. Carlos Milla Soler
Tusquets, Barcelona, 2016. 640 pp. 22,90 €

Santiago Pajares

John Irving es sin duda uno de mis autores favoritos, así que es posible que esta sea una reseña demasiado entusiasta, pero a la vez sincera, porque es uno de mis autores favoritos por algo. Según el propio autor, esta es una novela que lleva gestándose en su cabeza más de dos décadas. Comenzó como un encargo de guión cinematográfico, pero con el paso de los borradores, se fue convirtiendo en novela. La India pasó a ser México y lo que iba a ser un guión de ciento veinte páginas acabó convertido, para nuestro deleite, en una novela de setecientas. Esta novela nos cuenta la personal vida de Juan Diego Guerrero, que pasó de convertirse de niño rebuscador de basura en Oxaca a escritor profesional y profesor de escritura creativa en la universidad de Iowa (como lo fue el propio autor). En medio, todos los avatares del mundo, contados por una mano experta en la narración del espacio tiempo como es la de John Irving.
Todo comienza en el presente, cuando Juan Diego es un adulto en la cincuentena, profesor universitario y con una cojera que hace que todo el mundo se desviva por ayudarle. Además del problema en su pie, anclado para siempre en un ángulo fijo, Juan Diego tiene una condición cardiaca que hace que tenga que tomar betabloqueantes de adrenalina. Estos le mantienen vivo en el presente, pero también bloquean sus sueños, y esos sueños es lo único que mantienen vivo su pasado. En sus sueños todavía puede hablar con su hermana Lupe, con su madre prostituta, con el hermano Pepe y el hermano Eduardo, sus dos antiguos ángeles de la guarda. Un viaje a Filipinas para honrar a un antiguo amigo trastocará su medicación y hará que sus sueños vuelvan con más fuerza que nunca, y es a través de estos como conoceremos su historia como niño del basurero, aprendiz de acróbata en un circo y finalmente adoptado por una pareja gay que le lleva a una nueva vida en Estados Unidos. Juan Diego es un niño de una inteligencia excepcional, que aprendió a leer en español e inglés por su cuenta con los libros que rescataba de la quema en el basurero. Le acompañaba su hermana, una extraña telépata que podía leer la mente y anticipar, a veces, el futuro de las personas. El problema es que Lupe hablaba un lenguaje extraño que sólo podían entender su madre y su hermano, lo que les condenaba a ser sus eternos intérpretes con el mundo. Así les encuentran los hermanos Jesuitas Pepe y Eduardo, que tratan de buscar para ellos un futuro mejor en la misión de los niños perdidos de Oxaca, tratando de alejarles del basurero, sin saber que al mismo tiempo les alejan de todo lo que los niños eran.
En el presente Juan Diego se encuentra con dos nuevos ángeles de la guarda, Miriam y Dorothy, madre e hija y lectoras acérrimas del escritor. Se empeñan en ayudarle y acompañarle en su viaje y, al mismo tiempo, disputarse sus favores. Juan Diego, que tendrá que hacer malabarismos con sus dosis de betabloqueantes y sus renovados sueños, quedará a merced de las dos mujeres.
Avenida de los misterios es una obra tan compleja, tan extraña, con tantos matices de tantos personajes, que sólo un maestro de la narración como John Irving es capaz de llevar a buen puerto. Con el autor de Exeter iremos de la mano por el pasado y el presente, por Oxaca y Filipinas, viviendo las aventuras de un chico que pasó de rebuscar libros entre las montañas humeantes de basura y quemar perros muertos a buscar la tumba del padre de un huido de la guerra de Vietnam. Todo esto puede sonar extraño, y lo es, pero resulta extraño y hermoso como lo son todas las narraciones de John Irving. Por eso es uno de mis autores favoritos.

miércoles, septiembre 07, 2016

Los papeles de Aspern, Henry James


Trad. Catalina Martínez Muñoz
Alba minus, Barcelona, 2016. 168 pp. 10 €

Ana Gamero Escudero

Con motivo del centenario de la muerte de Henry James, han salido a la luz nuevas ediciones de sus obras, como es el caso de Los papeles de Aspern de Alba minus, que nos dan la oportunidad de revivir al aclamado escritor americano a quienes lo hemos leído y lo acercan a quienes todavía no han disfrutado de su lectura. Henry James (1843-1916) nació en Nueva York, aunque la mayoría de su vida la pasó en Europa e incluso llegó a convertirse en ciudadano británico en 1915, justo después del comienzo de la Primera Guerra Mundial y un año antes de su muerte. En su carrera literaria, James escribió narrativa romántica con personajes redondos y llenos de contrastes, brillantes ensayos políticos y sociales (sobre todo centrados en temas de clasismo y estatus), y exploró a fondo ideas como la libertad personal, el feminismo y la moralidad. En cuanto a su estilo, aunque en sus obras encontramos influencias de maestros del realismo y el naturalismo como Balzac, Dickens y Hawthorne, a James se le considera un escritor de transición entre el final del movimiento Victoriano y el principio del Modernismo, mayormente por el gran desarrollo que hace de sus personajes y sus ideas en innovadores monólogos interiores.
La novela corta que nos concierne, Los papeles de Aspern, no es una de las más conocidas del autor americano, aunque merece situarse entre sus mejores obras de ficción. Publicada en 1888, ya que fue escrita durante la estancia de James en Florencia, es una muestra de la enorme habilidad que el escritor poseía para crear dramas psicológicos, a través de la intriga y la seducción. Tiene como argumento la aventura de un editor que se propone recuperar unas cartas del fallecido (y ficticio) poeta Aspern. Llega a sus oídos que las inéditas cartas están en posesión de su antiguo amor y, sin dudarlo, se presenta en su mansión veneciana, aún sabiendo que su tarea no será nada fácil. Las descripciones sobre la decrépita mansión y la reclusión de sus inquilinas, Juliana Bordereau y su solterona sobrina, recuerdan al halo de melancolía y polvo que envuelve a la señorita Havisham y a su protegida Estella en Grandes Esperanzas de Dickens. James consigue mantener el interés de quien lee la novela de dos formas: primero, a través del argumento externo que ocupa la búsqueda de los papeles de Aspern (los concienzudos planes del editor, la amistad que poco a poco surge entre él y Tina, las trabas que Juliana les pone…), y segundo, mediante la lucha interna y el declive moral del protagonista, de las que el autor nos hace partícipes con un magnífico uso de la primera persona y el monólogo interior. A principios de verano, el editor bromea para sí sobre qué está dispuesto a hacer para conseguir los papeles, y a lo largo de la historia presenciamos el claro cambio de tono en sus pensamientos y la sucesiva corrupción de sus valores.
El interés de James por cuestiones como la identidad nacional y el contraste entre Europa y Norteamérica, que desarrolló en la mayoría de sus novelas, se materializa en esta obra en la figura de Jeffrey Aspern. Y es que sus personajes estadounidenses tienden a representar el progreso y la evolución, en contraposición a los personajes europeos. Sin embargo, James no alababa sin criterio a sus compatriotas, también los consideraba vacíos culturalmente y materialistas, lo que se refleja en el carácter de conocidos personajes como Daisy Miller o, en el caso de Los papeles de Aspern, de Juliana y del propio poeta. Por eso, aunque algunas de las teorías más extendidas defienden que tras el nombre de Aspern se oculta el poeta romántico Shelley, que vivió y murió en Italia, o incluso su contemporáneo Lord Byron, todo apunta a que, en realidad, James se refería al americano Edgar Allan Poe. De hecho, varios críticos apoyan esta hipótesis en la existencia de Sarah Whitman, una anciana que estuvo prometida con Poe y cuya historia es muy parecida a la de la señorita Bordereau. Además, también sustenta esta teoría el hecho de que James no se llevara demasiado bien con Poe y quisiera hacerle una crítica velada con esta obra, un poco al estilo Quevedo-Góngora.
Los papeles de Aspern es una novela corta, pero en la que Henry James no escatimó en demostrar sus mejores habilidades, aquellas que lo han situado entre los escritores y estudiosos más prestigiosos de su época. En general, esta es una historia sobre manipulación y codicia, un debate entre ambición y moralidad que nos hace preguntarnos: ¿hasta dónde se puede llegar?, ¿cuánto pueden cegarnos el egoísmo y el orgullo?, ¿qué precio estamos dispuestos a pagar por nuestro beneficio personal? James captura magistralmente ese diálogo interno que nos hace convencernos de una cosa, excusarnos para cambiar de opinión una y otra vez, e incluso llegar a proyectar nuestros sentimientos en la forma en la que vemos a las personas que nos rodean. Porque, al final, esta no es solo la historia de un editor buscando unos interesantes papeles, sino el intento de entenderse y conocerse a sí mismo.

lunes, septiembre 05, 2016

El extravagante triunfo de Miguel de Cerbantes y William Shakespeare, Fernando Arrabal


Libros del Innombrable, Zaragoza, 2016. 104 pp. 17€

Bruno Marcos

Arrabal es un tipo de creador en extinción. No ha surgido, en las generaciones de autores posteriores a él, no ya alguien como él sino alguien de su estilo, alguien capaz de tomar la realidad por los pelos y transformarla en fábula crítica, impertinente, divertida y elocuente. Efectivamente es único, diferente, y lo que parece harto improbable es que la diferencia, la suya u otra, aflore por ningún resquicio en los próximos años. Estamos condenados a una repetición de lo mismo que vuelve en sucesivas oleadas disfrazado con la moda. Es posible que los escritores, los intelectuales, sigan naciendo tan distintos como siempre pero la sociedad no se muestra dispuesta a mantenerlos y a darles visibilidad. En buena medida a Arrabal se le ha arrinconado en el nicho de los raros en vías de desaparición y, como dice él mismo, en España no le lee casi nadie.
En la solapa de la presente edición que nos trae la pieza teatral que comentamos se le describe con datos muy reveladores. Su genealogía se traza desde Duchamp y Man Ray, y se le hermana con Topor, Jodorowsky o Baudrillard. Es significativo el apunte biográfico respecto a la historia de España. Se le ubica en el quinteto de los últimos en entrar en nuestro país ya muerto el caudillo, junto a, nada menos, que La Pasionaria, Carrillo, Líster y El Campesino.
La obra que aparece ahora recoge las deliberaciones inventadas por él del jurado encargado de decidir el ganador del premio Nobel. El tal jurado es un grupo disparatado que discute sobre quién debe ganar tan alto premio mostrándose totalmente desorientado e irrespetuoso con todo y con ellos mismos. Finalmente deciden concedérselo ‘ex aequo’ nada menos que a Shakespeare y a Cervantes, aunque ninguno los ha leído, asegurando que deberán hacerlo en un futuro próximo porque eran dos grandes tipos que se lo merecen. Entretanto el verdadero nudo de la obra se enreda cuando se va revelando que uno de los miembros del jurado ha drogado y violado la noche anterior a las mujeres pertenecientes al jurado. Se suceden los diálogos grotescos y cómicos y, cuando se hace público el extravagante triunfo de Shakespeare y Cervantes, el violador escapa con una joven tras robar el cuadro El grito de Munch.
Todo el libro está lleno de pequeñas maravillas además de la pieza teatral. Por ejemplo el prólogo del autor contra el mito de Don Juan o la introducción de Pollux Hernúñez, en la que nos relata el hallazgo de un cuaderno infantil con la primera novela que escribió Arrabal a los diez años, poco después de ganar el premio nacional de superdotación. En ella dice Pollux que plasma el dolor por la temprana e irreparada ausencia de su padre y que, con gran imaginación, se pinta a sí mismo como un ser fantástico, barbado y alado, con una hoja de parra que le nace del ombligo y le tapa las partes pudendas.
Supone esta entrega de Arrabal una nueva ocasión para disfrutar de esa creación que nace desde una sitio superior donde la imaginación es lo primero.

viernes, septiembre 02, 2016

Un amor que destruye ciudades, Eileen Chang


Trad. Anne-Hélène Suárez y Qu Xianghong
Libros del Asteroide, Barcelona, 2016. 120 pp. 17,95 €

Fermín Herrero

Es de congratularse que la espléndida colección de narrativa de Libros del Asteroide llegue a su número 167 y lo haga con Un amor que destruye ciudades, primera obra traducida a nuestro idioma de Eileen Chang, escritora imprescindible de la literatura china del s.XX. Esta nouvelle se une a otras tres obras fundamentales, muy importantes además para conocer la convulsa y dramática historia del siglo anterior, de la novelística del gigante asiático publicadas previamente por la misma editorial: Familia de Ba Jin, El pequeño guardia rojo de Wenguang Huang y Vientos amargos de Harry Wu.
Un amor que destruye ciudades –que se completa en la edición con el cuento Bloqueados, sobre un encuentro casual en un tranvía que puede derivar en relación amorosa- bajo una apariencia de novelilla ligera y sentimental tiene su aquél. El tempo narrativo se desarrolla de manera lineal, con leves y necesarios flashbacks. La acción transcurre entre 1940 y 1941, año en el que, a finales, llega la guerra mundial a Hong Kong –junto a Shanghai, los dos escenarios de la historia y a su vez los dos lugares donde vivió la novelista antes de exiliarse a Estados Unidos- y con ella los tiempos de zozobra.
El ámbito inicial en el que nos sumerge Chang es la mansión de los Bai, donde todo marcha a la antigua usanza y la vida se regula según ritos y maneras tradicionales, a favor de «los principios naturales que rigen las relaciones humanas», es decir, de las cinco virtudes “constantes”, a saber: humanidad, justicia, decoro, sabiduría y fidelidad a la palabra dada, que guiaban desde tiempos inmemoriales el código ético chino, con las que arrambló la Revolución Comunista, como mostraba con maestría David Kidd en Historias de Pekín, otra narración indispensable en torno a lo que venimos hablando y también editada en su día por Libros del Asteroide. Por tanto, contraria a la amenaza legislativa moderna, tan arbitraria como tornadiza en ocasiones, «La ley hoy dice una cosa y mañana otra».
El desastre venidero lo intuye, lo presagia tal vez, el protagonista: «Algún día nuestra civilización quedará completamente aniquilada; todo habrá acabado, habrá ardido, estallado, habrá quedado derruido». Y tanto, por eso, como hemos anticipado, El pequeño guardia rojo de Wenguang Huang y Vientos amargos de Harry Wu, son dos lecturas complementarias de primera magnitud. Todavía recuerdo la impresión que me produjo en su día esta última, veinte años de humillaciones y horror bajo la represión criminal maoísta; y posteriormente la anterior, con el espanto de la Revolución Cultural y el caos de los tiempos que la siguieron. Aunque sea con Familia de Ba Jin, situada dos décadas antes, con la que más se relaciona, en cuanto en ambas la indolencia apática de generaciones, los matrimonios concertados y demás tradiciones atávicas, peligran por el empuje de las nuevas ideas que traen los jóvenes.
Al comienzo del relato, esa especie de “morada de inmortales” de los Bai, con el tiempo detenido, transmite un sosiego ancestral, una mansedumbre de mujeres bordando con esmero y de hombres tocando en la penumbra de “un balcón ruinoso” una cadenciosa melodía con el chirriante y melancólico huqin, típico violín de dos cuerdas, mientras se dialoga en torno a unas tazas de té “zarcillo de jade primaveral” o “pozo del dragón”, entre platillos de incienso. Pero la calma chicha, amasada por secretos familiares asumidos o bien impuestos, se rompe cuando aparece una reputada casamentera y la protagonista, divorciada y aun así sujeta a la opresión del clan, se rebela contra su ostracismo al entrar en relación con un pretendiente occidentalizado.
A partir de ese momento, por encima de los líos domésticos provocados por mujeres dominantes enfrentadas, del vil metal y de la caída de una clase social privilegiada que sólo puede mantener su nivel de vida vendiendo posesiones, Chang hilvana con mucho acierto una trama que se inclina hacia lo romántico, manteniendo el suspense, pues no se sabe si las vicisitudes del cortejo o lucha amorosa que se muestran sobre todo en una composición de diálogos de una finura psicológica ejemplar, terminarán con la protagonista de amante, querida o esposa, incluso despechada y repudiada.

lunes, agosto 01, 2016

viernes, julio 29, 2016

El club de la lucha 2, Chuck Palahniuk / Cameron Steward


Ilust. Cameron Steward. Trad. Carlos Mayor Ortega
Reservoir Books, Barcelona, 2016. 288 pp. 21,90 €

Santiago Pajares

Ya está aquí la novela que llevabas más de quince años esperando, desde que en 1999 vieras en el cine la película y corrieras (alguno) a comprar la novela en tu librería. Sólo que no es una novela, es un comic. Es el regreso de Tyler Durden.
¿Por qué un comic? Es que un escritor prolífico como es Chuck Palahniuk (ha escrito 14 novelas, libros de relatos y ensayos) está buscando acaso conectar con otra generación más visual? ¿Experimentar con otros formatos narrativos? ¿Sacarnos de la cabeza de una vez las caras de Edward Norton y Brad Pitt? Lo cierto es que no es importante, porque Tyler ha vuelto y nadie que conozca la historia del fabricante de jabón puede esperar a saber más. Han pasado diez años, y ahora, el narrador sin nombre se llama Sebastián. Sebastián, ya con menos pelo, tiene una vida con Marla. Tiene un trabajo, una casa en las afueras, un hijo y un montón de pastillas que mantienen latente a su alter ego. Pero Tyler Durden es una presencia tan fuerte y poderosa que no puede ser reprimida por unas simples pastillas de colores. Con la ayuda de su psiquiatra, Tyler mantiene vivo el proyecto Estragos, un proyecto que, al contrario que la vida de Sebastián, nunca se ha detenido. Por todas partes vemos a sus acólitos, en supermercados, en tiendas de flores, en lavaderos de coches, con la cara magullada y los labios partidos diciendo a Sebastián: «No me debe nada, señor Durden, no se preocupe». Y es que una vez que has creado un ejercito, no puedes abandonarlo. Y de eso sabe el propio Chuck Palahniuk que, como un personaje más del libro al que los otros personajes acuden en busca de inspiración, es plenamente consciente que ha creado un arquetipo que se ha inmiscuido en el consciente colectivo de una generación como Papá Noel en las navidades.
Por las páginas del comic veremos pasar a todos los personajes a los que echábamos de menos. A Marla, que trata de ser una madre modelo pero al mismo tiempo no puede evitar crear una fuerza armada con los chicos de las reuniones de progeria, ancianos prematuros que buscan desesperados algo grande a lo que entregar sus vidas. A Robert Paulson, ahora un monstruo al que se le puede invocar como un demonio. A Cloe, la enferma terminal de cáncer desesperada por echar un polvo. Todos un poco más viejos, pero con las mismas ganas de dar un sentido a su existencia, aunque sea un sentido violento, contrario a las normas sociales y, en cierto sentido, comandado por Tyler Durden.
Tenemos 276 páginas a todo color para disfrute de todos los amantes de El club de la lucha, aquellos que descubrimos a Chuck Palahniuk a raíz de la película de David Fincher. Y algo más, un prefacio del primer editor de Palahniuk, aquel que consiguió que aquella novela excesiva y llena de violencia se imprimiese en papel pese a la negativa de sus socios. Una joyita que los fans del autor, y de Tyler Durden, no pueden perderse.
Y es que Chuck Palahniuk sabe que si consigue que todo el mundo crea en Tyler, deja de ser un amigo imaginario para convertirse en una leyenda.

miércoles, julio 27, 2016

Caminan las nubes descalzas, Jorge Pascual


Ilust. Amancio González
Eolas Ediciones, León, 2015. 102 pp. 11,40 €

José Miguel López-Astilleros

Para Jorge Pascual vivir es estar en la vida a través de su mirada poética, que derrama sobre todo lo que le rodea, pero lo hace de una manera tan natural que se diría que las palabras, las metáforas, los versos surgen en el mismo tiempo vital tanto de la creación como de las vivencias. De ahí que ambas realidades se confundan, o mejor, que ambas terminen siendo la misma, si no fuera porque existe un lector que hace suyos los versos y los disocia de la realidad personal que los originaron.
Pascual, por tanto, tiene un concepto poético de su existencia íntima y cercana, que sublima a través de la palabra, donde se guarece de las asperezas del tráfago diario en ocasiones o por el contrario deja testimonio de su plenitud. Sus poemas no nacen de una decantación intelectual o estilística, fruto de lecturas y pensamiento crítico sobre el acto de crear, sino del puro sentimiento, de la emoción. Incluso podría decirse que ese acto de búsqueda expresiva a través de los recursos literarios y del léxico preciso, que caracteriza el quehacer poético, viene dictado por ese sentir. De ahí que se tenga la impresión de que esta poesía esté al margen de adscripciones a ninguna tendencia, puesto que lo que en otros nace de una asimilación de tradiciones poéticas más o menos cercanas, en este poeta nace de la sola intuición, y constituye uno de sus rasgos más diferenciadores, que para unos será un acierto y otros, transidos de prejuicios, no tanto, porque como dice Cesare Pavese: «…en poesía no todo es previsible y, al componer, se eligen a veces formas, no por una razón conocida sino instintivamente; y se crea sin saber con claridad cómo». Dicho de otro modo, Pascual percibe el mundo, lo siente con sensibilidad poética, que pasa a la palabra de modo instintivo y natural, sin apenas filtros intelectuales y culturales intermedios, de ahí la extrañeza que produce con frecuencia su lectura.
Otros de los rasgos de esta poesía es su apacible concepción declamatoria. A esta conclusión no hubiéramos llegado de no haber escuchado y visto antes a Jorge recitar sus versos. Tras lo cual se nos antoja imposible separar nuestra lectura solitaria del eco de su interpretación, como actor que es, en nuestra memoria. Quizás sea aventurado decir que Pascual sitúa las anáforas, los puntos suspensivos, los vocablos aislados en un verso y cuantos recursos proporciona el ritmo y el efecto dramático, pensando en la interpretación actoral del poema. Así, tras asistir a sus recitales, como decíamos, en nuestra lectura particular todo el artificio del poema se carga de sentido, de modo que como si de una performance de arte contemporáneo se tratara, estamos ante una manera distinta de entender la poesía, tal vez de sacarla a la calle, lejos de cenáculos exclusivos, que enraíza con los juglares de la Edad Media y con los recitales populares de todas las épocas, hoy no muy frecuentes. Tanto es así que en su actuación conecta incluso con el público más resistente a la poesía, mérito no desdeñable en un tiempo de penuria para esta.
Aparte de estas consideraciones generales, vayamos a la poesía concreta, a la que se encontrará el lector en su soledad. El poeta José Luís Puerto nos suministra en su excelente y revelador prólogo los tres ejes básicos en torno al cual se orquesta el poemario: «lo celeste, el amor y los seres próximos», a los cuales añadiríamos el tiempo y la memoria. Las nubes, el cielo y la luna aparecen en muchos de los poemas como un espacio metafórico donde se proyecta la vida vivida. El poeta huye de lo terrenal para quedarse en el mundo de esa proyección poética, que es un modo de aprehender y sentir la vida, la realidad: «El cielo es un refugio sereno de armonías, / soplidos de nostalgias de recóndito aliento…, // Un agujero donde // cae // la memoria que tenemos de los días…». Otras veces este espacio donde se refugian el poeta y sus versos se llena de malos presagios que amenazan con acabar el sueño, ese estado de ensoñación en el que se había instalado, ese deseo de elevación desde lo terreno: «Se cae la luna…! // Siento que se cae… sueño, y no la cojo. // Cae la luna como una nostalgia hecha añicos por un golpe. / Como un vaso. / Como un cristal de recuerdos secos y fríos. / Como un agua oscura que en sueños te sumerge».
El amor hace referencia por una parte a la amada y por otra a la familia. Respecto a la primera, es un amor en el que predomina la ausencia y la nostalgia, envuelto en un sentimiento de melancólica aceptación, sin dramatismo alguno: «Te escapas de mi carne. / Echo de menos al paso / como un tiempo / que nunca existió… / y hoy está haciendo / aguanieve debajo / de mis zapatos». La otra vertiente la podemos ver en los poemas dedicados por ejemplo a un abuelo y a un tío.
Si el sol, la luna, el cielo, las nubes, el viento, la lluvia, la nieve tienen una importancia decisiva en gran parte de esta poesía, por contra los interiores cotidianos también estarán presentes, el hogar y las habitaciones. El poema dedicado a la casa vieja de su abuelo comienza: «Queda embargo en esta casa / deshabitada por el silencio…» Y unos versos más abajo: «Hubo algunos rincones que se cayeron / mientras nos desocupamos. Existir sin darse cuenta… // Ya no queda / nada de techo sobre este suelo… / este suelo…». Son espacios fantasmales que albergan los pecios donde la vida ya es sólo naufragio y contemplación de un tiempo extinto. O también donde el poeta busca cobijo para amar, como la habitación del poema número 33: «Tu habitación es grande… como si se pudiese meter allí / toda nuestra vida», para concluir con un despertar al amor a través del sueño: «—Cierra la persiana y vamos a despertarnos pronto que / la noche es breve y nos tiembla cuando nos miramos… soñados».
En la poesía de Pascual el tiempo está transido de melancolía: «Me doy un zarpazo de melancolía / y aún me hago daño…», porque es el tiempo de la memoria, del recuerdo, un tiempo fugitivo que persigue con la palabra a lo largo del camino, término este recurrente en numerosos poemas, «Sólo de tiempo se construyen los caminos más ligeros, / sólo con tiempo hacen memoria los párpados de los espejos». Llamará la atención del lector la peculiar manera de aplicar la sintaxis al verso, a la palabra y a los conceptos, que genera en estos asociaciones sorprendentes y muy expresivas (así como las metáforas de corte surrealista: «Vuelan lugares vacíos / fuera de lo que se puede tocar…»), y que recuerda a muchos poemas de E. E. Cummings, sin que ello quiera decir que haya un propósito de acercarse a procedimientos vanguardistas como en el poeta americano. No se trata tanto de rechazar las leyes imperantes en la poesía, como de buscar la función poética con los recursos de los cuales dispone el poeta desde una impronta podríamos decir juvenil, de descubrimiento. Porque como él mismo declara en el poema en prosa titulado «Para hacer un poema…»: «Para hacer un poema no hace falta una sintaxis».
Pascual es un poeta que lleva la fragilidad de la intemperie en su voz, cuya poesía pretende bucear en la emoción que le produce la vida a su paso por el tiempo vivido, contemplado y sentido. Y que presta a la existencia una cierta evanescencia melancólica, un decir entre susurros entrecortados y silencios como los que sugieren la enorme presencia de los puntos suspensivos. W. H. Auden dice que: «La poesía no hace acontecer nada, sobrevive» o en palabras de José Ángel Valente: «La palabra poética es palabra dicha contra la muerte», pero para que esto sea así haces falta tú, lector.

lunes, julio 25, 2016

Piernas fantásticas, Ricardo Reques


Ilust. Soledad Velasco
Adeshoras, Madrid, 2015. 204 pp. 15 €

Pedro M. Domene

Las piernas de mujer son, sin duda, para Ricardo Reques ese imaginario lugar donde transcurren la mayoría de sus fantasías y por ese, y no otro motivo, titula su última colección de relatos, Piernas fantásticas (2015), y para alejarse de ese exclusivo mundo de la ficción, el narrador añade algunas notables reflexiones sobre el ideal de belleza. Lo más curioso de este libro, esa lírica visión del ideal femenino que deriva hacia un auténtico cuento seudopoemático porque se basa en la evocación de una emoción o un sentimiento, y se convierte entonces en una impresión fugaz y en toda una serie de emociones de carácter lírico, y además provoca una extraña fuerza evocadora; y si añadimos ese mágico poder de sugerencia, ambos conceptos se convierten en valores fundamentales de esta colección, de forma que de alguna manera muchos de estos cuentos se suavizan de esa radicalización característica que son esenciales en la temática elegida por Reques, y que desde el punto de vista técnico se concretan en historias de una asombrosa síntesis, de una calculada intensidad, de una extrema condensación y de una aguda capacidad evocadora. Otra de las características a destacar, el tratamiento elegante, imaginativo y tremendamente literario de una parte de la anatomía femenina que resulta tan fascinante como el resto. Lo cuestionable es, solo como profundiza y soslaya el autor, nuestra inequívoca obsesión por mirar y cuantificar nuestro sentido de la posesión ajena, símbolo sin embargo de la sensibilidad femenina nunca ajena al deseo masculino.
¿Es Ricardo Reques un fetichista? Según la definición académica, resultaría obvio porque un fetichista es una persona, casi siempre hombre, que se siente atraída sexualmente por esta zona de la anatomía humana, en este caso las piernas. Para un fetichista, la simple visión de un pie, de un zapato de tacón, y en el caso de escritor de una pierna desencadena un proceso de sensaciones sexuales agradables y muy estimulantes. El referente más evidente es Elmer Batters, el fotógrafo norteamericano que dedicó su labor a la fotografía erótica y/o fetichista, sobre todo las piernas femeninas, aunque su obra, construida a partir de finales de la década de los 40, no tenía cabida en la sociedad puritana estadounidense, con lo que normalmente era tachada de perversa y pornográfica. Solo así pueden entenderse los numerosos problemas que Batters sufrió con las autoridades y que sus fotografías solo tuvieran salida en revistas eróticas que el mismo fundó, y hablamos de la época del apogeo de las pin-ups.
En los diecisiete cuentos que contiene el libro, y en la mayor parte de las historias no coincide la apariencia con lo que presuntamente se describe, y más bien se reproduce el sentido de la fragilidad, de la culpa, o incluso cierta tristeza y el alivio, por añadidura, tras un acusado proceso de envidia y de celos, y nuestro consuelo o desconsuelo se hace patente, aunque finalmente se muestra el placer y un inmenso halo de felicidad a la hora de llegar al final de muchos de estos relatos. Y dos de ellos, preferentemente, justifican la colección, me refiero a “El secreto de Tramell” y “Tarde de playa”, el primero porque con su precisa y justa medida, con su técnica elaborada y consecuencia final, esboza cuanto Reques nos quiere mostrar, ese sugerente símbolo de la sensualidad femenina y el afán de posesión que confieren nuestras miradas; el segundo subraya que la belleza es una idealización sublime de una aparente realidad y más allá de esto puede, incluso, no haber nada; el tercero, “Loba” muestra el exceso de abarcar con su extensión, toda una imaginería en torno al mito de la transformación. El resto de cuentos pese a su evidente factura literaria donde lo fantástico y lo imaginario se convierte en motivo esencial de la prosa de Reques, notable por su ejecución, ofrecen al mismo tiempo reflexiones filosóficas, psicoanalíticas, referencias pictóricas y cinematográficas, en suma pequeños ensayos que confieren al conjunto la dimensión fetichista y erotómana que escritor otorga a las piernas de mujer. No dejemos de leer, “Las medias de Nicole” tan sensual como erótico, o ese ensayo seudo-psicológico que se sugiere en “Relación entre las variables morfológicas de los miembros inferiores, éxito de apareamiento y tiempo de supervivencia en humanos”.
La edición está ilustrada por la mexicana Soledad Velasco que aspira con sus dibujos a transmitir esa realidad que viene concretada visualmente por un determinado contexto tan acertado como resulta ese poder de transmitir la auténtica y verdadera realidad cotidiana.

viernes, julio 22, 2016

American smoke. Viajes al final de la luz, Iain Sinclair


Trad. Javier Calvo
Alpha Decay, Barcelona, 2016. 384 pp. 26 €

Fermín Herrero

Conocí unos cuantos poemas de Iain Sinclair gracias a la voluminosa –seis décadas, casi cincuenta poetas antologados- y sorprendente antología de poesía británica La isla tuerta. Allí se le incluía curiosamente en el grupo de los “Indocumentados”, cuando, como veremos, en el libro que nos ocupa, da muestras de un dominio de fuentes y bibliografía respecto a escritores beat realmente apabullante. Se decía también en las escuetas notas biobibliográficas con las que se clausuraba el volumen, entre otras cosas, que ha sido «jardinero, portuario, librero, cervecero y envasador de cigarrillos», nada menos. Además de emparentarlo, como “socio satélite”, con la familia última de iluminati ingleses, con J.G. Ballard a la cabeza, escritor citado varias veces en American Smoke.
También se le catalogaba como autor inclasificable y, en efecto, la siguiente obra suya que leí, La ciudad de las desapariciones, pertenece al género narrativo, pero a partir de esa fijación genérica es harto difícil de encasillar. En concreto, en la solapa del libro, también publicado por Alpha Decay –según el traductor de lujo de aquel volumen y del que comentamos, Javier Calvo, para solventar la “anomalía perturbadora” de que nunca hubiera aparecido nada de Sinclair en nuestro país- se encuadraba el libro en la psicografía, «la exploración lúcida y perspicaz del entorno urbano por el afán de descubrir el trasfondo mágico del espacio y la arquitectura que lo articula». En la línea de la antropología urbana, a la vanguardia contracultural de nuestro tiempo, Sinclair era capaz de elevar con prosa soberbia, un punto expresionista, la zona Este de Londres, ciudad de adopción y acogida de este galés, natural de Cardiff y formado en Dublín.
En buena parte de American smoke, sin embargo, Sinclair abandona, primero con las humedades otoñales y luego en varias escapadas más (Vancouver, Kansas, Seattle, Berkeley, con parada y fonda en Hollywood, según Mike Davis «la sinergia perfecta entre la cultura de los gángsteres y las fábricas de películas»), el anclaje medular de su literatura –“corría el año 2011 y había perdido su aroma”- y se embarca hacia Norteamérica «con la esperanza de volver a conectar con los héroes de mi juventud», guiado en principio por la memoria de Charles Olson, de quien dice algo maravilloso para un poeta: “vivía en el lenguaje”, alma y rector del Black Mountain College, en Carolina del Norte, institución por la que pasaron gente tan diversa, de todas las artes, como John Cage, Robert Creely, Merce Cunnigham, Willem de Kooning o Robert Duncan, autor de la sugerente cita inicial del libro: «Regreso para encontrar secretos./Regreso para robarlos».
Y así es, Sinclair, aspirante en su día a poeta vagabundo, causa probable de los orígenes librescos de sus expediciones, en su afán de encontrar y ofrecernos secretos, comienza su periplo americano tras las huellas de Olson, extraño poeta jungiano, entre pescadores de origen siciliano, dedicados a capturar preferentemente pez espada con palangre. Luego, su recorrido literario rastreando «la escena contracultural» yanqui, persiguiendo la «rancia y escurridiza esencia de la literatura beat», le acerca a faros icónicos, espirituales, del calibre de Malcolm Lowry, Gary Snyder, William Burroughs, Jack Kerouac, Allen Gingsberg, Gregory Corso y otros de su estirpe, casi siempre, como compañera, con la sombra alargada, omnipresente, obsesiva, de Roberto Bolaño, de los diarios de Spandau de Albert Speer y de la marca profética de Blake. Todos, escritores que fueron hasta el fondo, hasta «el final de la luz».
Por el camino, claro, aparecen multitud de figurantes no menos destacables: el editor multimillonario y marxista Feltrinelli; Alexander Baron, uno de sus referentes, novelista bélico de cierto éxito, desconocido para mí; el apocalíptico Dylan Thomas en el mítico Chelsea, junto a los cadáveres de Sid Vicious y Janis Joplin, «que una vez tuvo una cita desastrosa con Olson»; Lovecraft y sus “mitos chiflados de Ctulhu”; Ed Sanders y su inmersión en la espiral de locura de la secta Manson; Lew Welch, «intoxicado con una fuerte dosis de Gertrude Stein», que se internó en un bosque para siempre, para no volver jamás; Cal Shutter, futbolero y vendedor de sangre; el «jovenzuelo chulesco» Gore Vidal; Timothy Leary, sus “cacahuetes” de psilocibina y sus frascos de ácido lisérgico. Y tantos otros, una pléyade de lo mejorcito de la literatura norteamericana contemporánea, que asoma por las apasionas y apasionantes páginas de este galés indomable. El libro en su conjunto es un tesoro de informaciones de primera mano y de primer orden, lleno de apreciaciones sugerentes. Pero Sinclair, aunque como buen investigador inglés de las letras dispone de artillería pesada, no abusa en absoluto de su arsenal, más bien se muestra compasivo con los vicios y defectos de los pobres poetas, admirables en su desastre. Sin faltar a la verdad, por otra parte, sabe perfectamente quién se merece una mofa leve, caso de Stephen King o de Stephanie Meyer, la autora de «la franquicia de vampiros» Crepúsculo. De modo que, desde lo personal autobiográfico a los acercamientos fílmicos con Courtney Love en papel estelar, American smoke traza una visión completa de las tribus beat, tan distintas entre sí. Tilda a los neoyorkinos de «cascarrabias, competitivos»; a Corso, por ejemplo, «le costaba escuchar sin reírse cómo Snyder daba la brasa a los granjeros de Dakota sobre cómo tenían que plantar patatas».
El dragador Sinclair es un maestro de la literatura de no ficción: reconstruye vidas, ensambla sucesos, aventura destinos. Su modo de indagación es único, tiene una penetración aguda que determina una mirada semejante a una radiografía. Esta mirada viene determinada por su mezcla muy original de reportero entre aquiescente y puntilloso, flâneur siempre atento, explorador lúcido, ensayista errático a quien nada le es ajeno y viajero curioso y detallista. Y por un estilo capaz de conjugar el lirismo desbordante de adjetivación exquisita con la prosa impresionista de flashes secos y condensados o la transcripción literal de testimonios grabados; la precisión periodística con la digresión, siempre atinada y fundamento clave de su escritura.

miércoles, julio 20, 2016

Las noches de Ugglebo, Ariadna G. García


Premio de poesía para niños El Príncipe Preguntón. Ilust. Susana Román.
Diputación de Granada, Granada, 2016. 80 pp. 10 €


Gracia Iglesias

Aunque nos hayan dicho lo contrario y estemos acostumbrados a la mecánica de las etiquetas y las clasificaciones, la poesía no es un género literario, sino una sensibilidad atenta a las divergencias que alimenta una forma especial de mirar el mundo y se acompaña de una capacidad para transmitir esas emociones tanto a quienes comparten ese modo poético de ver las cosas, como –y esto es lo más difícil de conseguir– a quienes no están acostumbrados a dejarse caer en brazos de ese instinto que, si lo pensamos bien, está en el interior de todos los seres humanos desde el momento en que nacemos pero, tristemente, se suele ir diluyendo, perdiendo o abandonando en el camino hacia la madurez. Por eso es tan importante que la poesía, no como género –insisto, es una equivocación tratarla así–, sino como concepto se convierta en alimento literario de la infancia, es decir, que forme parte de la dieta de lecturas que ofrecemos a nuestras niñas y a nuestros niños al igual que les contamos cuentos y les damos a leer novelitas y relatos. Los niños y niñas llevan la poesía en los genes: la infancia es poesía, y conviene que no pierda el contacto con ella a medida que pasan los años. Para eso están los buenos libros.
Con frecuencia, sin embargo, nos olvidamos de esta necesidad y por eso hay tan pocas editoriales que apuestan por el lenguaje poético y por la etiqueta/género “poesía”. Por fortuna, para compensar, existen premios como el Príncipe Preguntón de la Diputación de Granada que ofrecen una oportunidad de publicar a quienes la practican. La última ganadora de este galardón ha sido la ya consagrada y ampliamente laureada poeta Ariadna G. García quien, con Las noches de Ugglebo, ha puesto de manifiesto la amplitud de miras del jurado de este premio al apostar por un libro que se sale de los cánones convencionales de lo que tradicionalmente se entiende como “poesía para niños”.
Y digo que se sale de lo convencional porque, en primer lugar, Las noches de Ugglebo no es un conjunto de poemas al uso sino un relato, un cuento con inicio, nudo y desenlace en el que se narran las peripecias de un joven búho vegetariano –el dato no es caprichoso– nacido en las regiones polares y decidido a descubrir el origen de los peligros que acechan al mundo animal y que se le aparecen en terribles sueños febriles de carácter premonitorio. Se trata de un relato, sí, aunque escandido en forma de versos bien medidos que confieren al conjunto un ritmo melodioso despojado absolutamente de rima, recurso comúnmente empleado en poesía infantil por sus indiscutibles valores en el aprendizaje, pero peligroso cuando se generaliza hasta el punto de establecer una paridad “rima=poesía” que es reduccionista y nada acertada.
Las noches de Ugglebo es un texto que mece, que acuna con un manto de palabras escogidas de una sonoridad y belleza impecable, con las que la autora construye sutiles metáforas que, junto a la ya mencionada medida de los versos y la propia construcción del libro mediante la fragmentación de la historia en poemas-instantánea, lo alejan de cualquier duda que pudiera surgir sobre su condición de obra poética: porque la poesía no es un género, sino una forma de mirar y de contar el mundo.
Más allá de los aspectos formales del libro, el contenido es un firme elogio a la naturaleza, un alegato ecologista cargado de valores como el respeto al medio ambiente y la conciencia del daño que la humanidad está causando al planeta en el que convive (a duras penas) con otros animales. Todo ello en un entorno polar que es ya casi un emblema en la obra de Ariadna G. García, quien no puede esconder su amor por las tierras nórdicas, protagonistas en sí mismas –más que los propios personajes que aparecen en la obra– de su poemario también premiado La guerra de invierno (Hiperión, 2013); y no en vano el blog de la autora se llama El rompehielos.
Cabe señalar el salto cualitativo en formato y diseño que han dado los libros de El Príncipe Preguntón desde que en el año 2012 se hiciera cargo de su edición directamente el Área de Cultura de la Diputación de Granada. Hasta entonces las obras premiadas veían la luz en la colección Ajonjolí de la editorial Hiperión. El formato de los libros era más pequeño, el papel de peor calidad carecían de solapas y las ilustraciones –más escasas– no eran a color, elementos todos ellos que han sido incorporados en la nueva colección y que mejoran notablemente el aspecto final de la obra publicada. En el caso de Las noches de Ugglebo, las bellas ilustraciones de Susana Román, absolutamente acordes con el tono del relato, completan un hermoso libro que, no obstante, tendrá que enfrentarse al mundo sin el amparo (en lo que a distribución se refiere) de una editorial comercial, y habrá de vérselas con la terrible codificación por edades a la que están sujetas todas las obras de literatura infantil y juvenil, y en la que no encontrará una fácil ubicación, puesto que no es un libro dirigido a los más pequeñitos –objetivo habitual de la mayoría de publicaciones de poesía infantil–, sino orientado a un tipo de lector ya autosuficiente y casi rozando la línea de la literatura juvenil. Confío en que las fuertes alas del joven búho protagonista sean augurio, con todo, de un próspero y exitoso vuelo hasta las librerías de muchos hogares y escuelas.

lunes, julio 18, 2016

Fuimos amigos, Mills Fox Edgerton


Ediciones Irreverentes, Madrid, 2015. 138 pp. 13 €

Pedro Pujante

La literatura actúa a veces como catalizador de emociones. A más de un escritor se le ha escuchado aquello de que no buscaba hacer pensar sino describir un paisaje emocional. A través de un texto se consigue explosionar un cúmulo de recuerdos, que al final, no son imágenes racionales de lo que hemos vivido, sino de lo que hemos sentido. La memoria es sentimental, es esa magdalena degustada por la emoción que nos convierte en viajeros mentales del tiempo.
Estas reflexiones me ha sugerido la novela Fuimos amigos de Mills Fox Edgerton (EEUU, 1931), políglota e hispanista, con una abundante obra en castellano. Esta historia, que parece haber sido escrita por un español hijo de la dictadura, combina dos espacios y los superpone para construir una ficción seductora e íntima. Por un lado, el dibujo preciso y acertado de la España de posguerra; por el otro, la geografía sentimental de un hombre que vivió este tiempo gris pero luminoso.
Como si hablase en voz baja, el narrador de Fuimos amigos desgrana historias y anécdotas en primera persona, sobre su propia realidad pero que convocan los fantasmas de un período de nuestra España: el franquismo, la censura, la penuria. Pero, no nos equivoquemos, este no es un libro político, o al menos, no es solo un libro en el que la política está presente. Esta pequeña historia es una sincera interrogación sobre la amistad, sobre el amor, sobre los borrosos límites de ambos sentimientos, sobre la propia tarea de VIVIR.
Novela-monólogo, de carácter testimonial, Fuimos amigos nos hace transitar el pasado, y nos devuelve estampas vívidas de nuestro país, pero siempre filtradas por la mirada tierna de un niño, de un joven, de un hombre de carne y hueso. De su curiosidad, de sus deseos de aprender de la vida, de la experiencia. Sus viajes a París, a Argentina, a otras ciudades de España. La cultura como puerta de libertad individual en una sociedad cerrada y, hasta cierto punto, angustiosa pero que consigue transformar el lodo de los años en arcilla existencial.
Quizá el mayor acierto de este libro esté en contar una historia leve, sin estridencias, pero con un gran peso emocional. Una historia –contada sin patetismo ni efectos especiales- sobre un tiempo duro y oscuro, pero iluminado por la mirada inocente de un narrador en busca de la belleza.
Un viaje por la memoria que te hará reflexionar.

viernes, julio 15, 2016

Marienbad eléctrico, Enrique Vila-Matas


Seix-Barral, Barcelona, 2016. 128 pp. 16,50 €

Pedro M. Domene

Enrique Vila-Matas convierte cada uno de sus proyectos narrativos en un experimento de autenticidad absoluta, y entonces explora las múltiples posibilidades que ofrece contar historias, y aun afianza ese propósito cuando convierte sus textos en auténtica literatura y se vislumbra así una mayor visión de su obra que se confunde con esos muchos autores que durante décadas han conformado una praxis literaria propia, y leyéndolo no resulta nada raro encontrar la huella de Samuel Beckett, Roberto Bolaño, Marcel Duchamp o Arthur Rimbaud que, en esta nueva entrega, Marienbad eléctrico (2016), rastreamos página a página, y que, como él, fueron autores que generaron formas distintas de un mismo discurso.
En un texto como Marienbad eléctrico, la literatura se convierte en el elemento central, puesto que, entre otras, ofrece perspectivas móviles, y nos invoca para disfrutar de citas y apropiaciones textuales que derivan a un formato válido y tan ensayístico como narrativo, y/o en el mejor los casos a una suerte de diario-progresivo que se ha venido ejecutando durante años, y en lugares distintos, aunque el café Bonaparte de París se convierte en el escenario donde ese intercambio de ideas, sin ninguna inhibición, conforma y afianza la amistad entre la artista de vanguardia francesa Dominique Gonzalez-Foerster fascinada por las realidades paralelas y las conexiones invisibles, sensible por las distancias relativas en el arte o el mundo de la imaginación, y celebrada porque experimenta con procesos distintos que abarcan disciplinas muy originales: diseño e instalación, escritura y fotografía, o proyecciones de video, siempre con una indagación constante del espacio y el tiempo para convertir su arte en materia literaria; y el escritor español, Enrique Vila-Matas, el autor de numerosos paradigmas en torno a esa nueva forma de “escribir novelas” que proyecta su obra a una dimensión tan plástica como universal, maestro de la autoficción, la metaliteratura, y dueño de un especial sentido del humor y de la ironía que caracteriza y se extiende por el conjunto de su obra, y aun añade numerosas reflexiones sobre el arte y esos lugares de una geografía reconocida como los que ensaya en sus textos. Y, en esta ocasión, el título, sin que eso signifique una obligada deuda, alude a la extraña fascinación del narrador por la película El año pasado en Marienbad, que dirigió Alain Resnais en 1961, con un no menos extraño e incompresible guión de Robbe-Grillet; pero, sin duda, es el recuerdo de la curiosa visión que tuvo el narrador durante los días que pasó en dicha ciudad.
Un libro como Marienbad eléctrico pone de manifiesto la extraña energía creativa que el paso de los años ha generado, tanto en Dominique como en Enrique, su incansable intercambio de ideas, y convierte el texto en un suerte de diario entre el narrador EVM y su interlocutora DGF cuyos comentarios sobre arte y existencia postulan a ambos en esa suerte de equívoco preconcebido sobre la vanguardia y los paradigmas que rodean al concepto universal de la creación artística. Y, por añadidura, muestra el delicado testimonio de esa perfecta relación de admiración, el recuento de una amistad que acoge tanto la incertidumbre como el desencuentro, incluso la objeción como ingredientes indispensables en sus respectivas obras.

miércoles, julio 13, 2016

Pimp. Memorias de un chulo, Iceberg Slim


Trad. Enrique Maldonado Roldán. Introd. Irvine Welsh
Capitán Swing, Madrid, 2016. 360 pp. 20 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Es curioso cómo estamos rodeados de elementos de una cultura tan ajena a nuestra experiencia de europeos de clase media como la del rap y el hip hop, con su exaltación de raza y su afirmación individualista particularmente masculina, que viene acompañada por una impúdica exhibición de símbolos de riqueza y una apropiación de la mujer como un adorno imprescindible del hombre hecho a sí mismo, o como la del género cinematográfico setentero del Blaxploitation, con sus detectives negros de pelo afro incontrolado moviéndose a ritmo de funk durante sus persecuciones automovilísticas por los bajos fondos de la ciudad. Es curioso, insisto, cómo a fuerza de toparse diariamente con ella en cualquiera de sus manifestaciones en cualquiera de los medios de comunicación que saturan nuestro cerebro llega a asumirse como propia, y sin embargo no llegamos ni a plantearnos cuál pudo ser el germen de esta corriente que hoy día nos avasalla. Pues bien, el origen parece encontrarse en estas memorias noveladas de Iceberg Slim (nom de guerre de Robert Lee Maupin), como nos revela en un documentado, apasionado y luminoso prólogo el autor de Trainspotting Irvine Welsh, que vincula con la evolución de la cultura afromericana posterior y con su propio universo de chaval inglés de clase obrera que creció en la infausta época tatcheriana. Y es que muchos se reconocieron, cuando no se inspiraron, en este muchacho que sufrió una vida dura en los suburbios, sumergido en un gueto propenso a la criminalidad propiciada por su ambiente de exclusión. Aunque también hay que decir que la mayoría prefiere ignorar el sentido último de lo que escribió, su historia de redencíón, y quedarse en la pura anécdota.
La narración se sumerge completamente en la psicología del personaje, como no puede ser de otra forma, en su jerga lumpen (afortunadamente hay un amplio vocabulario al final del libro que impide que se pierda el sentido de lo que se lee), y no ahorra en detalles escabrosos de todo tipo: una sexualidad desaforada desde la más tierna infancia, una madre que debe mantenerse a sí misma y a su hijo con trabajos a salto de mata a consecuencia de la nociva relación con un caradura de baja estofa, la miseria y el engaño que les rodea sin remedio. De todo esto les salvará un hombre que Slim considerará toda su vida como el elemento que pudo representar su salvación del marasmo que vendría después, un hombre generoso y cariñoso al que su madre acabó abandonando, contaminada irremediablemente por el veneno de la delincuencia, de lo que se arrepentiría demasiado tarde. A partir de entonces, la caída en el abismo será irresistible, llevándole hasta la cárcel, donde en lugar de reinsertarse en la sociedad, a consecuencia del pésimo sistema penitenciario americano se verá atraído a la profesión que marcaría su existencia a partir de entonces: el de proxeneta, con su cohorte de putas, del que nos aleccionará sin pelos en la lengua, como si de un manual de malas maneras y supervivencia a todo tren se tratase. Un manual para convertirse en el único héroe al que muchos afroamericanos creían poder acceder, dado el muro cultural invisible que los separaba del american way of life, en parte impuesto por el gobierno, en parte fomentado por un malentendido orgullo de raza que personificaron Malcolm X y los Panteras negras. Y de ahí a la actualidad.
Podríamos decir que lo que cuenta Pimp. Memorias de un chulo es una novela picaresca, de no ser porque se trata de un relato autobiográfico sin más moraleja que la que confiesa tímidamente en un mínimo texto previo el propio Slim, a la manera de aquellas novelas barrocas que declaraban su intención moralizadora a la vez que eran dedicadas a algún mecenas. Por lo demás, es un relato crudo, sucio, pero necesario, sobre un aspecto marginal de la cultura americana (y de la nuestra, gracias a la globalización), demasiado estilizado en ocasiones, que se convertiría en excusa y acicate para que la segregación fuese desapareciendo progresivamente, si es que los últimos sucesos policiales estadounidenses no nos hacen dudar sobre el verdadero estado de la situación en el país de las libertades por antonomasia.

lunes, julio 11, 2016

Como si fuera esta noche la última vez, Antonio Ansón


Los libros del lince, Barcelona, 2016. 216 pp. 18 €

Fermín Herrero

Como en la otra narración suya que conozco, de dylaniano título, Llamando a las puertas del cielo, que en su día me deslumbró, el zaragozano Antonio Ansón ha vuelto a arriesgar, aunque en un sentido muy distinto. Esta vez se ha propuesto, creo, y lo ha conseguido con creces, componer una novela que retrate fielmente la normalidad de nuestra generación, que ya va siendo talludita y se asoma, por tanto, al deterioro y al acabamiento, que ya sabe que, como todas, pese a sus fastos de juventud, es mortal e insignificante. No hay, pues, en Como si fuera esta noche la última vez –ahora ha acudido Ansón para el título a un bolero, en consonancia con uno de los hilos argumentales secundarios, de índole sentimental, y, en su polisemia, con el asunto principal de la trama- ningún aspaviento almodovariano ni subrayados nostálgicos a lo Trueba, ni siquiera un prurito de exhibición estilística.
Nada de eso, la novela se limita a mostrar, a través de las impresiones mensuales apuntadas en cuadernos escolares -tal y como hacía a escondidas su madre, aunque ella pergeñara breves poemas rimados-, a modo de diario, de Julia, la protagonista, durante casi un año, de julio a mayo, la vida común, por lo menudo, de cualquier persona de la clase media de entre siglos: matrimonio con dos vástagos, residencia en una urbanización, vacaciones divididas entre la playa y la montaña… El valor de la novela reside en cómo el autor eleva esa vida anodina, cómo es capaz, además a través fundamentalmente de una voz femenina, de encontrar el tono y el habla adecuados, sin que en ningún momento chirríe la prosa. Para ello se apoya en cierto perspectivismo, gracias a la alternancia de la voz diarística principal con apuntamientos a posteriori del hijo pequeño y aun de la hermana moderna, estupenda, cuyo snobismo muy de estos días se refleja mediante la transcripción de conversaciones sobre todo telefónicas.
Los cambios de punto de vista sirven para demostrar, por otra parte, el dominio de los diversos niveles del lenguaje, siempre coloquial, ya que, como hemos dicho, se evita cualquier atisbo de exceso léxico: en otro orden de cosas, pero hacia la misma sustancia, una de las mujeres lo razona: «el mejor maquillaje es el que no se nota». Pese a la gravedad de las líneas temáticas cabe mencionar el uso de la ironía, casi siempre piadosa, así cuando la hermana guay le explica a la protagonista que a su hijo, más bien torpe, «le encanta copiar frases en el cuaderno, me da que terminará de escritor, o periodista, porque es tonto y escribe bien».
También es apreciable el aliento lírico que subyace durante todo el desarrollo argumental, ya desde la obertura, toda vez que la constatación de lo eterno del mar frente a la eventualidad del veraneo a través del primer apunte del diario de Julia («nosotros tendremos que irnos y él se quedará»), con su runrún indiferente frente a lo efímero de nuestro paso por el mundo, remite a El viaje definitivo juanramoniano: «…y yo me iré y se quedarán los pájaros cantando». Este lirismo se manifiesta por ejemplo en las descripciones, tan escuetas como reveladoras, del pueblo de veraneo, aun siendo el del padre. No en vano, por cierto, es el mismo espacio entre imaginario y simbólico en que transcurría la otra novela que citábamos al comienzo. No es menos destacable el detallismo doméstico y sentimental, incluso terapéutico. Con mucha habilidad y precisión, por caso, se destapan las grietas decisivas cuando las relaciones íntimas o conyugales empiezan a erosionarse y se adivina el desastre. Un desastre que puede producirse cuando, al tiempo, la protagonista, profesora de instituto, se nota un bultito amenazante en el pecho –su madre murió de cáncer de mama- y recibe la llamada totalmente imprevista de su primer amor, el limpio, el verdadero, de los tiempos de la facultad, al que hacía definitivamente por Estados Unidos. Entonces es consciente de que la rutina matrimonial y el desgaste conjunto de un marido al que le falta un hervor y de la descendencia ingobernable ha mellado por completo su persona y va a tener que enfrentarse a sí misma, para hundirse o tal vez redimirse.
Ese es el espejo al que nos enfrenta Ansón para, vuelvo al principio, encararnos con nuestra insignificancia. Porque, aunque se recuerde el valor absoluto de cada vida, de toda vida («soy importante, sin embargo»), llega un momento en que empezamos a caer, no sabemos a veces ni por dónde, con el desconcierto propio de quien sabe que su existencia puede volverse definitivamente fantasmal ante la derrota segura frente a la muerte. Nadie sabe tampoco cómo afrontará ese momento crítico ni cuándo dejaremos de saber vivir. Esta novela cruda y seca aventura algunos caminos, no por usuales menos perturbadores.