jueves, septiembre 15, 2011

1Q84, Haruki Murakami

Tusquets Editores, Barcelona, 2011. 737 pp. 26 €

Salvador Gutiérrez Solís

Me ha llevado mucho tiempo escribir estas líneas. Tiempo y esfuerzo. Y me ha supuesto un enorme ejercicio de aceptación/reconciliación, de luchar contra mis prejuicios, contra mis gustos, contra mis inquietudes. Creo que me estoy poniendo excesivamente serio y dramático. 1Q84, la última novela de Haruki Murakami, cuenta con todos los ingredientes, con todos los elementos, para que se convirtiera en el mejor exponente del tipo de novela que aborrezco. Es más, me habría encantado despellejar esta novela, reducirla a jirones, descubrir todas sus trampas y engaños, advertir al lector de la posible estafa: no se la compre. Sin embargo, y vuelvo a luchar contra ¿yo mismo?, me ha entusiasmado.
Nunca he sido un devoto seguidor de Murakami, que en anteriores entregas me ha llegado a interesar y aburrir en idéntica proporción e intensidad. Bien es cierto que siempre le he reconocido un especial talento para contar historias, que considero un talento superior al de la “narratividad”, pero nunca había conseguido atraparme. Contemplaba un buen escaparate, perfectamente diseñado, que exhibía un producto que no me interesaba. Lo que había llegado a mis oídos de 1Q84 propiciaba que afilara los colmillos, preparado para morder en la yugular del autor japonés.
Y con esa sensación, de aburrirme y hasta de espantarme, comencé la lectura de la última novela de Murakami. Dicen que la predisposición y la intención, en muchos casos, ya son más que suficientes. En mi caso, no sirvieron de nada. Porque a las pocas páginas, como abducido o magnetizado por el extraño ser de Super 8, ya estaba completamente entregado a la historia de Murakami.
También me ha llevado un tiempo encontrar una explicación coherente y convincente a este radical cambio de opinión, que se ponen muchas cosas en duda con estos vaivenes. En primer lugar, que ya sabía, Murakami es un contador de historias excepcional, sabe contar “cosas que pasan” y, sobre todo, sabe “contar” y describir personas. En 1Q84 “pasan muchas cosas” (y algunas de ellas realmente extrañas). En segundo lugar, porque “cuenta grandes cosas” partiendo de la simplicidad más absoluta, a partir de detalles que parecen insignificantes pero que, unidos los unos a los otros, se convierten en un inmenso universo conforme se avanza en la lectura de la novela. Y tercero, más difícil de explicar, Murakami despliega en esta obra una literatura adictiva, embriagadora, que te engancha desde el primer momento. Es muy complicado renunciar a su lectura.
Los personajes de 1Q84, especialmente Tengo y Aomame, también proyectan esa apariencia simplista, incluso plana, con la que Murakami envuelve a su narrativa. Su descubrimiento, su conocimiento, es otra de las grandes claves de esta novela, como si se trataran de cebollas, capa a capa los vamos construyendo, desnudando, de la mano del autor. La crisálida del aire cabe entenderse como un ejercicio metaliterario conmemorativo, al mismo tiempo que puede considerarse como el hilo conductor de la narración, la causa y el efecto.
Aunque resulte sorprendente, las 737 páginas que Murakami nos entrega no suponen un freno a la hora de acometer su lectura. La sensación de precipicio, incluso de vacío, cuando nos acercamos al final es inevitable. Sensación en parte aliviada cuando tomamos conciencia de que volveremos a introducirnos en este alucinante universo.

miércoles, septiembre 14, 2011

El ocupante, Sarah Waters

Trad. Jaime Zulaika. Anagrama, Barcelona, 2011. 536 pp. 23,50 €

Ariadna G. García

Sarah Waters es, sin duda, uno de los grandes genios de la literatura británica de los últimos tiempos. Aclamada por la prensa internacional desde su primer libro (El lustre de la perla, 1998), ha ido creando una obra crítica y testimonial tanto de la sociedad victoriana, como de la Inglaterra que vivió y padeció las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. Sus personajes ven la realidad desde la frustración civil y la afectiva, desde la ambigüedad y el caos de un mundo siempre en movimiento. Ni siquiera ellos mismos son lo que parecen, se van transformando hasta encontrarse o perderse. Quizás por eso, porque Waters susurra sus historias (hermosas, desgarradas) a nuestros deseos más ocultos, a la máscara que llevamos para vivir en comunidad, sus novelas arrasan en las listas de ventas. Sus argumentos sólidos, sus tramas bien urdidas, las sórdidas y complejas redes sentimentales que atrapan y, en ocasiones. asfixian a sus personajes, han cautivado, además, a los productores de la BBC, que han llevado a la pequeña pantalla casi todos sus libros. Afinidad (1999) fue adaptada al cine en 2008.
El ocupante, como su predecesora (Ronda nocturna, 2006), está ambientada en la Inglaterra de 1947, es decir, en el año que marca el fin del imperialismo británico, con la independencia de la India. Estamos en la época del declive nobiliario, del auge del laborismo y de la clase obrera. En cierto sentido, la obra recuerda a Los restos del día (Kazuo Ishiguro, 1989). En ambas, un narrador en primera persona nos describe el deterioro de una mansión victoriana, y en contraste, gracias a la memoria individual y colectiva, relata su antiguo el esplendor en los Felices Años 20. Darlington Hall y Hundreds Hall comparten, pues, un mismo significado: son símbolos imperiales y de decadencia.
Hasta aquí, el libro de Waters podría pasar por una novela histórica. Pero El ocupante es mucho más que eso.
La obra gira en torno a la familia Ayres, compuesta por la Señora Ayres, apesadumbrada por la muerte de su primera hija; Roderick, su primogénito, veterano de la Royal Air Force; y Caroline, antigua enfermera de la Royal Navy, en edad de buscar esposo. El narrador, el doctor Faraday, de origen humilde (su madre fue sirvienta de la casa) acude a Hundreds Hall para curar las dolencias de Betty, la criada de hogar, aunque con el pretexto de sanar la rodilla maltrecha del joven hacendado, poco a poco se convertirá en un asiduo de la mansión.
Pero a su alrededor, entre las paredes, detrás de los objetos cotidianos, y en el techo, parece que habitase otra presencia. Los golpes, los ruidos, las extrañas marcas que se empiezan a ver, y el progresivo trastorno mental de cada miembro de la familia, inducen a pensarlo. De manera que pronto, contienden en el libro dos actitudes para resolver el misterio: una científica (avalada por Faraday) y otra supersticiosa (sostenida por Betty).
Escrita con un estilo elegante, minucioso y detallista, la obra revela la maestría de Sarah Waters para construir escenas y para desarrollar la psicología de sus personajes. Éstos, a su vez, se explican a sí mimos y a su momento histórico. A través de ellos vamos siendo testigos de los cambios que introdujo en el país el Partido Laborista, tras su triunfo en las elecciones de 1945: la creación de un servicio nacional de salud pública, y la implantación de la Seguridad Social, entre otros. También asistimos con ellos a la crisis financiera del Estado. La obra finaliza en 1948, año de los Juegos de Londres, que pasaron a la historia del movimiento olímpico con el sobrenombre de Juegos de la Austeridad. Y no era para menos, los atletas, a falta de otro sitio, dormían en los antiguos barracones militares.
Quien no haya leído El ocupante, está de enhorabuena. Se va a enfrentar a la lectura de unas 530 páginas terroríficas, enigmáticas y extremadamente manipuladoras. Una delicia para los amantes de la buena literatura.

martes, septiembre 13, 2011

Los patos de Central Park, Marina Fernández Bielsa

Alfaqueque Ediciones, Cieza (Murcia), 2011. 94 pp. 15 €

Amadeo Cobas

«Los hilos que mueven los afectos son tan finos que a menudo no somos capaces de verlos. Pero están ahí, y pueden romperse en cualquier momento. Un gesto, una palabra, una sospecha, un pensamiento, bastan para tensarlos. Hasta que se quiebran y resulta difícil recomponerlos, por la misma fragilidad de su naturaleza. Pero, por alguna extraña razón, hay sentimientos que perduran y cariños que no se rompen por mucho que el tiempo o la distancia intenten desgastarlos». Esta frase, que inicia un capítulo intermedio del libro, serviría de prefacio para presentar la obra en su conjunto, para sintetizarla en nueve líneas bien intensas y para reconducir al lector sin pérdida posible sobre lo que prima aquí. Y no es sino la evocación descarnada de Diana, la protagonista, varada en una etapa de su vida en plena transformación, justo ahí donde se ubican las preguntas trascendentales para proseguir su caminar por un derrotero u otro; justo cuando los remordimientos y las autoconvicciones pretenden amarrar el tiempo pasado a la memoria como un lastre impedidor de la toma de nuevas decisiones por miedo a tomar una errónea.
El haz de luz principal de esta novela enfoca unas introspecciones emanadas de lo particular y que desembocan en lo general. Así, la autora da en la “diana” al presentarnos a una protagonista con la cabeza muy bien asentada, reconocedora de las equivocaciones y también de los aciertos con los que ha construido el edificio de su vida. De paso vamos conociendo las maneras de Marina Fernández, una escritora que muestra como carta de presentación narrativa esta novela corta, en la cual destila método a la par que originalidad, se recrea con unas atmósferas muy pulcras y sobre todo se exhibe cual pistolero desenfundando el mérito de un lenguaje vertiginoso a modo de latigazo y de una belleza natural tal un atardecer.
¿Por qué afirmo lo anterior? Porque escoge las palabras milimétricamente para conseguir el efecto pretendido: dibujar las escenas hasta otorgarles la dimensión precisa que las vuelva diáfanas: «El portal olía a comida casera y a vecindad añeja, a humedad y a zaguán recién fregado». Todos hemos reconocido haber entrado en este portal o en uno similar, el recuerdo del “nuestro” enmarca el de la autora y le da vivencia de barrio, de cercanía, de confidencia en el rellano, de guisote de puchero desprendiendo aromas maravillosos al sobrepasar la puerta de la vecina. Esta escritora es una orfebre que engasta piedras preciosas sobre las joyas de su narrar tan delicioso: «como inquilinos habitando una nostalgia resistente al desahucio»…
Destaca el uso mágico que hace de las figuras literarias, diseminadas a lo largo del texto como guindas que ornan sin deje alguno de chabacanería las meditaciones profundas e íntimas en las que se sumerge la protagonista. Valga el botón de muestra de esta prosopopeya urbana: «Las grandes ciudades nunca duermen y nunca se callan del todo; siguen latiendo de noche porque la muerte es un lujo que no pueden permitirse».
Hay apocalipsis en la prosa poética donde navega al evocar pasados, desmenuzar presentes y predecir futuros: «Delirios de sábado ocioso y maldito, malgastado de nada. La luna desperdiciada, los deseos baldíos…». Hay verdades grandes como templos, acaso extraídas de lo profundo, donde habitan los secretos más inconfesables, el territorio del pensamiento que nunca debió traspasar la frontera de la mudez para internarse en la reflexión oral… ¿O sí?: «Siempre he perseguido un tipo de amistad que no se limite a un intercambio de soledades […] Siempre he buscado amigos a los que poder entregarme sin condiciones, sin reservas. Esa clase de amigos que con sólo una mirada saben qué humor toca y cómo deben actuar…».
Adopta como propios los ecos musicales más o menos pretéritos, paladeando las letras de John Lennon o Serrat a Radio Futura y Míkel Erentxun, reconstruyendo Diana en su mente aquellos programas de televisión míticos, forjadores de toda una generación de teleadictos vespertinos. ¿Ejemplos? Heidi, Verano Azul, La casa de la pradera… Novela sobre literatura revisitada, aquella que jalonó la juventud de la protagonista: desde El guardián entre el centeno hasta Nubosidad variable pasando por el fraguador de pensamientos propios: El club de los poetas muertos.
Tiene muchas lecturas el juego íntimo que aquí se nos brinda, puedo imaginar el cosquilleo para el cerebro de una lectura en voz baja pegada al oído; aunque se presta también a otra silenciosa permitiendo el aullido emitido por estos descarnados sentimientos, e inclusive cabe un juego a priori pérfido y sin embargo válido en este escenario: el de barajar los capítulos salteándolos, sin que por ello pierda fuerza y sentido el contenido de este libro.
«Ya no hay molinos en La Mancha. No al menos como los que ilustran los libros del Quijote. O quizá los hay, pero no se ven desde este tren», se nos dice en el ocaso de la novela, cuando periclitan esas meditaciones de Diana al llegar al «fin de los sueños adolescentes, con diez años de retraso». Este despertar de la protagonista coincide con el desvanecimiento de la obra, con su final, no otra cosa sino un principio, una partida en tren hacia el destino de la nueva vida al aguardo.
Y al aguardo nos quedamos de la siguiente joyita que nos regale Marina Fernández, porque si debuta con esta obra madura pese a emanar de quien no está sino en la génesis de su carrera, con el bastión de su saber hacer literario, con un estilo propio ya consolidado, le auguramos éxitos venideros y le deseamos el reconocimiento por editores, primero, y público.
Este último, no me cabe duda.

lunes, septiembre 12, 2011

Morir de libros, Miguel Ángel Mala

XIII Premio Tiflos de Novela. Castalia, Madrid, 2011. 256 pp. 14 €

Fernando Sánchez Calvo

Miguel Ángel Mala es un tipo curtido en el trabajo de escribir y en el de ganar premios literarios, cosas muy distintas que a veces van unidas (como es su caso) pero que en otras ocasiones no tiene por qué derivar la una de la otra y viceversa. Lo he visto un par de veces. Tres a lo sumo. La tercera, concretamente, ha sido en la Residencia de Estudiantes, en la entrega del Premio Tiflos de Novela 2011, galardón cada vez más prestigioso, promovido por la ONCE y publicado por Castalia en su colección Albatros, donde, al finalizar la velada, le pedí que me firmara Morir de libros. Miguel Ángel Mala cogió el libro, me miró (no sé si para inspirarse o para saber quién era), y con la vista pegada al papel, rubricó su nombre en mi ejemplar con las mismas ganas y obsesión que un genio escribe una obra maestra.
Obviamente, por estadística, Morir de libros no es una obra maestra (ni falta que hace), pero sí es una obsesiva novela hecha por y para reír que ha ganado la XIII edición del citado premio por derecho propio y porque, por encima de todo, cumple con un requisito: la gran coherencia que encierra a pesar de la disparatada aventura que se cuenta en ella. El mismo protagonista, en las líneas finales, contesta a su mujer que va a morir porque nada puede escapar a la lógica narrativa. Ya se anticipaba en el título (bien por la Crónica de una muerte anunciada), y, por lo tanto y por respeto, no tenía sentido hacer trampas al lector. Otra cosa de agradecer pues a la novela: que aparte de cerrada, no hace trampas. Con un narrador clásico en tercera persona, la herencia de los genios futuristas de la segunda mitad del siglo XX (Asimov, Dick) y una estructura lineal, es valiente cuando tiene que serlo y donde ha querido el autor: en el contenido.
Miguel Ocaña, político corrupto, cae una mañana cualquiera en el vicio más inesperado que se le presupone a alguien como él. En su zapato ha crecido un libro (hasta ahí todo normal), pero es que, encima, ese libro (Rebelión en la granja) esconde una historia que fascina a Miguel Ocaña (a partir de aquí la perversión). Desde entonces su vida dará un vuelco que le hará abandonar su flamante carrera profesional para dedicarse sólo a la lectura y a los peligros que esto entraña. Para empezar Miguel Ocaña, descubre que leyendo se piensa. Para seguir, Miguel Ocaña descubre que leyendo uno aprende a cuestionar lo que le rodea. Poco a poco, y con la ayuda de brillantes lecturas, nuestro protagonista irá formando un perfil de sí mismo que, lógicamente, no ayuda en nada a la sociedad: más bien molesta. Por eso, a estas alturas, Miguel Ocaña es considerado un criminal por las autoridades y comienza su camino a la perdición. Es además en el último tercio del libro donde el surrealismo incipiente de las primeras líneas deriva en una brillante y divertidísima locura de acciones, inventos, diálogos y vueltas de tuerca.
Para concluir, otro punto a destacar aparte de la fina ironía: el ritmo narrativo. Intrépido y agotador para el que coja esta historia entre sus manos, muchos de los personajes secundarios que arropan al protagonista parecen recién sacados de uno de los clásicos de Baroja: llegan, se presentan, hacen o dicen, desaparecen y no vuelven en lo que resta de la trama. Por una parte, no tenemos profundidad en los tipos (por eso son tipos), pero por otra ganamos en Miguel Ocaña, es decir, en el caso concreto de un individuo concreto que un buen día decidió dejar de ser corrupto, decidió dejar de ser político, decidió leer por leer, y la sociedad lo castigó por ello. Tiene lógica, e incluso gracia.

viernes, septiembre 09, 2011

A la caza de la mujer, James Ellroy

Trad. Monserrat Gurguí y Hernán Sabaté. Mondadori, Barcelona, 2011. 228 pp. 18,90€

Miguel Sanfeliu

James Ellroy es un autor duro, escribe a golpes, sin florituras, sin rodeos. No pretende indagar en lo hechos o en los recuerdos, tan sólo rescatarlos, sacarlos a flote, enfrentarse a ellos. Más que un libro de memorias, A la caza de la mujer es un libro de imágenes, de momentos que giran en torno a su obsesión por las mujeres, una obsesión que viene marcada por el asesinato de su madre, un hecho que ya ha tratado en otros libros, un suceso que aún le atormenta. Ellroy confiesa su sentimiento de culpa. Sus padres, Armand Ellroy y Jean Hilliker, se habían separado, y un día su madre le preguntó si prefería vivir con ella o con su padre. Él dijo que con su padre y ella le pegó una bofetada y el deseó que se muriese. Y murió, la asesinaron, unos meses después de este suceso. A esto lo llama él “La Maldición”.
Ellroy se enfrenta a una visión extrema de sus obsesiones. Y el sexo es la obsesión sobre la que gravita la redacción del libro. La búsqueda de mujeres, la agitación casi enfermiza que le producen, el tambaleante recorrido, insatisfactorio y superficial, con el que parece buscar desesperadamente la figura de su madre.
Ellroy se ofrece en este libro con descarnada sinceridad, nos muestra sus debilidades, se abre en canal y esparce sus vísceras ante nuestros ojos, en una experiencia catártica que sorprende por su franqueza. Impúdico y descarnado, el autor no intenta mostrar una imagen edulcorada de sí mismo, sino indagar en sus más profundos secretos con la intención de encontrar el origen, aquello que le ha convertido en quien es. Y esta búsqueda le lleva a su relación con las mujeres que ha conocido, que le han obsesionado, que han llamado su atención fugazmente o que ha amado a lo largo de su vida, convencido de que tras esa búsqueda se encuentra, en realidad, la angustiosa necesidad de encontrar a su madre, tan dramáticamente desaparecida, tan brutalmente asesinada.
James Ellroy, el duro escritor de novela negra, el autor de libros que podemos considerar ya clásicos, como La dalia negra, L. A. Confidential, América, Seis de los grandes o Mis rincones oscuros, el hombre que ha cautivado a millones de lectores con su estilo afilado y contundente, resulta que es un ser humano con sus miedos y debilidades, con sus imperfecciones y angustias, a las que hace frente con valentía y determinación en este A la caza de la mujer, cuyo título original en inglés es The Hilliker curse: La maldición Hilliker.
Libro perturbador, que conmueve y desconcierta por la falta de pudor a la hora de identificar los demonios interiores, los traumas e inseguridades que determinan su trayectoria vital. En ningún momento estamos ante un ajuste de cuentas con los demás, sino tan sólo consigo mismo. Su recuerdo de las mujeres que ha amado, que han significado algo en su vida, es siempre respetuoso. Ellroy carga sobre sus espaldas la responsabilidad de los errores, de los sufrimientos, de las rupturas, y lo achaca a su obsesiva búsqueda, a la herida que el asesinato de su madre dejó en él. Su actual pareja, la también escritora Erika Schikel, a quien dedica el libro, se erige como la tabla de salvación en un trayecto que se adivina autodestructivo.
«Tengo miedo. Soy dominante e insociable. Atraigo a la gente y luego la aparto a empujones. Escribo obsesivamente y con gran concisión. Soy religioso y poseo una visión de la sociedad que seguramente te resultaría agobiante. Lo único que quiero es una intensa comunión con las mujeres y pasar ratos a solas en la oscuridad», escribe.
A la caza de la mujer es una autobiografía diferente, con más de indagación psicológica que de ejercicio memorialista. La cruda exposición de los traumas y obsesiones, de las pasiones y caídas, de los deseos ocultos, de las motivaciones secretas, de la montaña rusa en la que se mueve el autor, producen un hondo impacto y una malsana fascinación.

jueves, septiembre 08, 2011

Tierra inalcanzable. Antología poética, Czeslaw Milosz

Trad. Selec. y Prol. Xavier Farré. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2011. 448 pp. 24 €

José Luis Gómez Toré

La importancia de la obra del Premio Nobel de Literatura Czseslaw Milosz (Szetejnie, Lituania, 1911-Cracovia, 2004), una de las voces centrales de la lírica polaca, no se corresponde con la presencia editorial del poeta en nuestro país, ya que apenas pueden encontrarse ediciones recientes de su poesía. Por ello, ahora que se cumple el primer centenario de su nacimiento, resulta muy oportuna la aparición de esta antología, que coincide además con la publicación de número especial de la revista Turia, dedicado al poeta. La cuidada edición de Xavier Farré nos permite asomarnos a las distintas etapas de su escritura, que oscila constantemente entre el yo y el nosotros, entre lo histórico y lo atemporal, entre la demorada marcha del pensamiento y la súbita revelación. Profundamente marcado por su exilio y por su actitud crítica frente al estalinismo, en Milosz se aúnan ética y estética para reflejar la condición de desterrado de todo ser humano, una condición que adquiere también una dimensión religiosa, si bien rara vez complaciente y desde luego difícilmente asimilable por ortodoxia alguna. Como afirma en el poema “Rue Descartes”, de ambiente parisino, “ni aquí ni en ningún sitio está la capital del mundo”. De ahí que la Ciudad sin nombre que da título a uno de sus libros pueda leerse no únicamente como una alusión a Vilna, la localidad en la pasó buena parte de su juventud, sino a nuestro estar en el mundo.
El peso de la tradición cristiana deja su huella en el Nobel polaco, ya que el orbe por el que transita el poeta es el mundo después de la Caída, marcado por la presencia del mal y de la muerte (como en el cuadro de El Bosco, El jardín de las delicias, al que dedica un memorable poema, recogido en estas páginas). Y sin embargo, en ese mundo caído late una débil promesa de redención. En este sentido, la importancia que alcanza el concepto de epifanía en la obra de Milosz hay que leerla de manera distinta a la visión que ofrece, entre otros, Joyce: frente al entendimiento de buena parte de la literatura contemporánea, en la que la epifanía apunta hacia una sacralidad sin trascendencia, en estos poemas no hay una renuncia completa a la trascendencia, por más que en su mirada hay más esperanza que fe, más anhelo que certeza. Seamus Heaney ya señaló la anomalía fecunda de la escritura de Milosz, capaz de escribir un poema contemporáneo con materiales que la poesía del siglo XX parece haberse prohibido. En esto cabe hallar quizá una cierta analogía con la obra de Eliot (de quien, por cierto, Milosz tradujo al polaco La tierra baldía), si bien el autor anglosajón parece reclamar con mayor urgencia certezas metafísicas ante la desacralización del mundo moderno. En Milosz, como diría Octavio Paz, la analogía viene siempre corregida por un sabio uso de la ironía, una ironía vertida en gotas justas, en ocasiones en dosis casi imperceptibles, pero que sirven de correctivo ante toda confianza excesiva en el futuro. Si la ironía conlleva el riesgo de una mirada desde arriba (como toda una tradición, desde Aristóteles a Hegel, se ha encargado de destacar), aquí lo irónico abandona toda arrogancia, porque se dirige ante todo al propio sujeto poético, incómodo con la tradición del vate visionario heredada del Romanticismo.
A pesar de la amargura que destila buena parte de la poesía de Milosz, amargura que es en buena medida lucidez histórica, hay en el poeta un deseo de que la nada no tenga la última palabra. Por ello, el amor, que oscila, no sin cierta ambigüedad, entre el eros y el agape, se convierte en una presencia nada desdeñable en su obra: el amor es, como la palabra, más que un consuelo, una promesa de sentido, ese sentido que la historia se empeña en desmentir pero que el poeta cree vislumbrar, en contadas ocasiones, en los signos del mundo.

miércoles, septiembre 07, 2011

Asco, José Angel Barrueco

Eutelequia,  Madrid, 2011. 176 pp. 15 €

Miguel Baquero

Tal vez sea así como hay que actuar: directamente al corazón del asunto. Quizás no haya mejor lugar donde hace sangre y extraer todos los defectos de nuestra sociedad que un crucero de placer, lo que se supone es la máxima expresión del confort, el lujo y la buena vida para un occidental. Probablemente sea a bordo de uno de esos barcos que hace el periplo por el Mediterráneo —todo aquello de las islas griegas, Santorini, por ejemplo, o las preciosas ciudades del Adriático, o San Marcos al atardecer…— el escenario idóneo para situar una novela de tan explícito título como Asco.
Cuarta novela de José Ángel Barrueco (Zamora, 1972), también poeta, cuentista, microrrelatista y escritor de periódicos, Asco narra un crucero que llevó a cabo el autor por el Mediterráneo, curiosamente en el mismo barco y casi en el mismo camarote en el que años antes había viajado el escritor David Foster Wallace, viaje que, asimismo, el estadounidense relató con cierto tono tirando a oscuro en Algo supuestamente divertido que no volveré a hacer. En el caso de Barrueco, nos encontramos ante un viajero asombrado, atosigado, asqueado al fin por el comportamiento de los que le rodean, gente egoísta, descortés, que se infla a comer solamente porque es gratis, que visita y admira monumentos sólo porque está incluido en el precio, que piensa en su comodidad y conveniencia antes que en cualquier otra cosa... Gente, en fin, como la que tantas veces nos encontramos en cualquier lugar —si es que no somos nosotros mismos—, pero que al colocarlos el autor en un espacio cerrado y clausurado parecen, en realidad, una metáfora de la sociedad que nos rodea.
Le honra a Barrueco —y asimismo salva la novela— el que la intención del autor no haya sido embarcarse para indignarse, y que en muchos momentos pretenda, pese a la ruindad que le rodea, disfrutar del momento y pasarlo bien. El logro del libro —y lo que hace que un escalofrío recorra al lector— es que Barrueco no sube a bordo con una idea preconcebida, pensado en volver a escribir lo que ya escribiera Foster Wallace hace años, sino que es poco a poco, milla náutica a milla náutica, como Barrueco se va dando cuenta de la naturaleza y la categoría de aquellos que le rodean, de sus egoísmos y sus ridiculeces, del modo en que avasallan cuanto encuentran a su paso por el simple hecho de que han pagado por ello. El afán de participar en todas las fiestas, por ejemplo, simplemente por amortizar lo invertido, el ansia de ver cuanto monumento sea posible, para luego poder presumir de ello a su vuelta, el ansia por comer, por consumir, por devorar lo que le pongan delante…
Amena y bien escrita, a ratos divertida, otros tantos furiosa, Asco es una novela que, precisamente por su sencillez y su naturalidad, transmite aquello que pretendía: la inquietante sensación de que estamos inmersos en una forma de vida no demasiado digna ni lustrosa, una forma de vida quizás digna de vergüenza.

martes, septiembre 06, 2011

Taxidermia, Francisco A. Carrasco

Córdoba, El Páramo, 2011; 193 págs.; 17 €

Pedro M. Domene

El cuento ha gozado desde siempre de una libertad absoluta, ofrece en su experimentación fórmulas variadas, resulta tan versátil que ha sido capaz de abrir nuevos caminos narrativos, siempre y cuando se le otorgue un valor extraordinario a la intensidad, y sea capaz de asumir características que, en su capacidad subordinante, se muestren con un sentido pleno. Sin lugar a dudas, tiene la capacidad así de introducir algunos de los mayores hallazgos en la narrativa breve, con una variedad técnica y estilística dignas de lo mejor que se escribe en la ficción contemporánea. El cuento, como asegura Piglia, es un experimento con la noción de límite y, como sostiene Neuman, en un relato, un minuto puede ser eterno y la eternidad caber en un minuto. También, compartimos la opinión de Henry James que consideraba que este tipo de textos debían ser una impresión directa de la vida, y no una mera copia. En ocasiones, el relato se vale del efecto sorpresa, y de otros muchos elementos que nos alejan de una realidad concreta. La amplia variedad de fórmulas y registros en las colecciones que publican no pocas editoriales independientes en la actualidad, ejemplifica, de alguna manera, el buen momento de la nueva narrativa breve en nuestro país: los autores, aquellos que vienen escribiendo desde décadas, observan cómo sus pequeños textos se abren camino en el difícil mercado competitivo con la novela y los best sellers, con perdón. Páginas de Espuma, Lengua de Trapo, Cuadernos del Vigía, Acantilado, Menoscuarto, Ediciones del Viento, Traspiés, y ahora, también, en Córdoba, Ediciones Depapel, y sobre todo, El Páramo, son algunas de las editoriales que apuestan con colecciones creadas recientemente.
Francisco Antonio Carrasco (Belalcázar, Córdoba, 1958) es un periodista cultural y autor de cuentos, con varias colecciones publicadas hasta el momento, El silencio insoportable del viajero y otros silencios (1999), La maldición de Madame Bovary (2007) y, recientemente, Taxidermia (2011), una nueva y más ambiciosa entrega que reúne veintiún relatos en los que se ofrecen todos los posibles recursos que, en abstracto, se conciben en la escritura breve, a saber: versatilidad, ritmo e intensidad, extensión medida, perspectiva y quiebro final tan sugerido como imprevisto. Taxidermia se caracteriza, en su conjunto, y en una primera impresión lectora, por su oralidad: muchos de sus cuentos deben ser leídos en voz alta, resultan aparentemente sencillos en lo formal, medidos en su estética, de prosa ajustada, con calificativos calculados que recrean una visión surrealista de una cruda realidad, con excelentes dosis de humor y, aun más, un magnífico sentido de la ironía que puede desembocar en una carcajada. Carrasco ha graduado los temas expuestos en sus relatos, y para ello divide el libro en tres secciones o apartados, el primero con diez cuentos de una variada extensión, algunos de los más breves con un calculado final que arranca desde una perspectiva lejana, o las relaciones humanas: la nostalgia del joven Javier en busca de su madre, la música que separa a unos amigos de toda la vida, la añoranza de otros tiempos de un padre y de su primer amor, la irreverencia de Sísifo, y uno de los más logrados, que titula el volumen, «Taxidermia», ejemplo de ese lado oscuro, tenebroso, vehemente y esperanzador que nos procura la realidad de la muerte, y un desconocido futuro después; en realidad, en estos primeros relatos, Carrasco muestra esa mirada inequívoca de unos extrañamientos que sacuden, de alguna manera, las banalidades existenciales de una vida concreta. En el segundo bloque, con otros diez relatos, de mayor extensión, predomina el noble sentimiento del amor, y este en sus más variadas acepciones: adúltero, paternal, deseado y sexual, incluso destructivo, crónica vívida de unas relaciones humanas donde siempre cabe la posibilidad de la sorpresa, aunque por qué no el sarcasmo como aspecto lúdico-jocoso, o rivalidades masculinas y femeninas; se deconstruyen tópicos, como la vida misma, incluido el apunte sobre el mundo gay, un presunto matrimonio de pueblo, y el posterior qué dirán, con esa crueldad social típica como trasfondo, y otra visión no menos actualizada, iconoclasta e hiriente con un programa de tele-basura y las posteriores relaciones familiares. Pero, sin duda, el relato «Sucesos» marca un nivel muy por encima del conjunto, porque combina vocación, vida familiar, el fracaso personal, y finalmente, ese proceso para la recuperación de la autoestima. «El gran maltratador» cierra el volumen y sirve, además, como tercera parte o sección final. Deudor del mejor Stevenson, con ese doble juego del bien y del mal que tanto difunden los medios de comunicación, cuando en una escalada de terror muchos se creen ser José Aranda, el protagonista del relato. La crueldad, sin duda, parece apuntarnos Francisco A. Carrasco, se encuentra explicita en nuestras calles y plazas, y se convierte en la noticia periodística diaria de una vida cotidiana.
Las ilustraciones de Damián Flores, cuidadas, complementan un volumen que presume de estar bien editado y forma parte de una colección, «Relatacuentos» que promete, si sigue en esta línea, nuevas sorpresas al mejor lector.

lunes, septiembre 05, 2011

Frente al Pacífico, Montserrat Sanz Yagüe

Isla del Naufrago, Segovia, 2011. 77 pp. 9 €

Ignacio Sanz

Una profesora española se fue hace 15 años a Japón. Allí vive casada con un indio dando clases de inglés en la Universidad de Cove. Tiene hijos y aunque sus preocupaciones profesionales se circunscriben a la enseñanza de idiomas, muestra ciertas inquietudes sociales y mucha curiosidad por todo lo que la rodea. Fruto de ello comienza a colaborar en El Adelantado de Segovia, el periódico de su provincia de nacimiento, donde desde hace años envía sus crónicas. De pronto, esas crónicas, a consecuencia del terremoto del 11 de marzo, adquieren una dimensión nueva. Porque Japón también deja de ser un país del Lejano Oriente que ahora ocupa las primeras páginas de los periódicos y los primeros minutos de los telediarios. Y esas crónicas que nos han ido retratando la vida cotidiana, las costumbres y rarezas de esa gente con los ojos achinados, despiertan nuestra curiosidad. Y así, al leer ahora una selección de esas crónicas que se han ido publicando a lo largo de los últimos años, nos damos cuenta del amor profundo que a la profesora Sanz Yagüe le despierta su país de acogida. Como esos antropólogos que se enamoran del pueblo objeto de su estudio. Así se leen estos artículos, como una sucesión de cartas de amor. O al menos de respeto. Y así nos enteramos de la tenacidad de unas gentes solidarias educadas para los días adversos. Unas gentes que no conocen el robo ni el pillaje y que, en consecuencia, tienen la costumbre de no cerrar puertas, no de poner candado en la bicicletas. Pero hay muchas más costumbres que nos van a sorprender.
Por ejemplo: los maestros son los encargados de hacer la limpieza de sus aulas con la ayuda de sus propios alumnos. Así resulta muy difícil que salgan ciudadanos guarros que tiren sin pudor los papeles a la calle. Han sido educados en solidaridad con los barrenderos.
Por ejemplo: cuando se ponen a cola para recibir una bolsa de alimentos tras haber perdido su casa y sus posesiones, hacen gala de una educación exquisita. Primero se ponen a la cola de manera ordenada y luego, cuando reciben el bocadillo y la botella de agua, hacen una inclinación en señal de agradecimiento a los bomberos. No hay imposturas ni teatro. Se sienten agradecidos.
Por ejemplo: uno de los empresarios afectados por el terremoto es dado por desaparecido por su familia. ¿Ha desaparecido realmente? No, no ha desaparecido, en realidad aparece tres o cuatro días más tarde y durante este tiempo, en medio del caos, ha ido casa por casa tratando de saber el destino de todos sus empleados. Así descubrimos la relación intensa de fidelidad que se teje entre empleados y patronos. Y entre patronos y empleados.
Ya conocíamos las famosas huelgas a la japonesa que tanta extrañeza nos causaban, pero ahora, tras leer este puñado de crónicas, irremediablemente nos vamos a sentir subyugados por las costumbres del pueblo japonés. Chocan tanto con las nuestras que nos rompen los esquemas. Cómo no. Pero ahora que sufrimos una crisis tan aguda, inevitablemente, uno piensa que muchos ciudadanos occidentales han llegado a un estado de relajación, de bienestar y de egoísmo, que podrían ahogarse en un vaso de agua. Y que algunos de los valores de la sociedad nipona nos vendrían muy bien para encarar con gallardía estos tiempos adversos.
El libro lleva unos ideogramas obra de Tomoko Miyamoto que nos ayudan a ambientarnos. Por lo demás, dada su brevedad, el único impulso que puede sentir un lector al que esta selección de artículos le haya sabido a poco, es volver a comenzar su lectura. Su estilo sencillo no empalaga y su contenido no dejará de asombrarnos.

viernes, septiembre 02, 2011

El mapa y el territorio, Michel Houellebecq

Trad. Jaime Zulaika. Anagrama, Barcelona, 2011. 384 p. 21,90 €

Nere Basabe

Tras haber tratado ámbitos como el de la investigación genética (Las partículas elementales) o el turismo sexual (Plataforma), la nueva novela de Michel Houellebecq, primera referencia de la literatura francesa actual, se centra en esta ocasión en el mundo del arte contemporáneo para completar su particular cosmovisión. Jed Martin, el protagonista de El mapa y el territorio, es un fotógrafo y pintor sin vocación fuerte, que triunfa por casualidad con una serie de fotografías de los famosos mapas Michelin; la biografía de este artista inadaptado y resignado y su desinterés por ese éxito que le sobrepasa le sirve a Houllebecq para poner en marcha toda una reflexión sobre la conceptualización del arte y su mercado: la representación de la representación, las naturalezas muertas del mundo industrial o la radiografía estética de los medios de producción occidentales y sus protagonistas conviven así con la crítica a la frivolidad de las inauguraciones, los patrocinios, las galerías de arte, la diferencia entre el precio y el valor o la crítica especializada.
El mapa y el territorio deja atrás la desmesura de su anterior novela, La posibilidad de una isla, y en ocasiones parece volver a los orígenes y la sencillez de la Ampliación en el campo de batalla, con algunos paralelismos en los caracteres de ambos protagonistas o en esa caldera de la calefacción siempre averiada, igual que aquel coche perpetuamente en el taller con el que se abría su primera novela, como burda metáfora de que algo no marcha bien. En esta ocasión sin embargo va más allá con algunos sorprendentes elementos y giros en la narración, entre los que destaca la inclusión del propio escritor como personaje, no tan secundario, de la novela, otorgándole así una nueva dimensión. Houellebecq se retrata de forma despiadada con todos los tópicos que esperamos de él (escritor huraño, misántropo, maniático, tacaño y alcohólico, comido por la micosis y enganchado a los dibujos animados de la Fox), en lo que algunos han querido ver un ajuste de cuentas consigo mismo y que probablemente no sea sino un divertimento, una travesura más del enfant terrible de la literatura francesa. Su aparición en el relato, que supera el cameo y compite por arrebatarle protagonismo al joven artista Jed, introduce además una inesperada vuelta de tuerca cuando, en la segunda parte del libro, el escritor aparece brutalmente asesinado junto a su perro. El mapa y el territorio toma así un desvío posmoderno convirtiéndose, por un momento, en un thriller en el que el escritor investiga sobre su propia muerte e introduce nuevos personajes, como el del inspector de policía, jugando así con los tópicos del género negro. Houellebecq se divierte además con el retrato no sólo de sí mismo, borracho o desmembrado, sino de un buen número de personajes mediáticos y socialités del país galo, como el popular escritor Frédéric Beigbeder o el presentador televisivo Jean−Pierre Pernaut, que pasan por las inauguraciones, cócteles y demás fiestas llenas de aparente glamour.
Frente a quienes lo retratan como un epígono del realismo sucio cuyas páginas aparecen plagadas de sexo de pago o consideraciones racistas, exabruptos y más que una pesimista mirada sobre la sociedad contemporánea, yo siempre he defendido la cruda emotividad de las relaciones humanas que describe, lo conmovedor de unas historias de amor cotidianas y sinceras, prosaicas y carentes de grandes gestos, como la que aquí se presenta entre Jed y Olga: se conocen en un contexto profesional, salen durante unos meses, se acuestan, realizan algunas escapadas de fin de semana a hoteles con encanto, y cuando ella es transferida a un puesto superior en un país extranjero la relación se interrumpe; él desearía pedirle que no se vaya, y ella desearía que él lo hiciese, pero ninguno de los dos hace nada. Años después ella vuelve, se reencuentran, pero ya no es lo mismo. La otra relación de interés que el protagonista mantiene en su más que restringido círculo es con su padre, un arquitecto jubilado que vive en una residencia geriátrica; dos personajes solitarios que se juntan una vez al año, por navidad, para celebrar una triste cena de nochebuena en la que no parecen tener mucho que decirse y que sin embargo constituye otro de los puntos fuertes de esta novela. Y cuando Jed decide viajar hasta Suiza para partirle la cara al director de la clínica en la que han practicado la eutanasia a su padre, Houellebecq pone en evidencia que sus personajes, pese a la fealdad circundante, no acaban por rendirse ni ceden en dignidad, aunque luchen contra molinos como gigantes y sólo caigan en el absurdo impotente. Houellebecq no renuncia aquí, en lo que es otra de las constantes de su obra, tras el diagnóstico sociológico, al pronóstico; el vaticinio de esta vez, más humilde en su alcance, dibuja un inminente futuro de abandono de las grandes urbes y vuelta al terruño y a los oficios artesanos, con el turismo rural convertido en una especie de nueva religión (vaticinios en los que tal vez no ande muy descabellado). Y en medio del retrato del apocalipsis en el que desembocará la crisis que vivimos, la posibilidad de hallar aún, entre sus grietas, un brote de belleza que asoma en el proyecto artístico final de la vida de Jed: unas viejas polaroids que pierden su color expuestas al sol y al tiempo, cruzadas con la filmación de unas hojas de hierba que se agitan durante horas con el viento.
El mapa y el territorio, como todos los libros de Michel Houellebecq, ha venido acompañado también en esta ocasión por la polémica, con la adjudicación del prestigioso premio Goncourt (inmerecido para unos, largamente adeudado para otros) o las acusaciones de plagio a textos de la Wikipedia o de la guía turística de la cadena Relais & Chateaux: no cabe duda de que Houellebecq juega con maestría con la intertextualidad, el pastiche, la hibridación de géneros o la escritura del yo, y demuestra así su virtuosismo en la capacidad de inventar lo que ya está inventado.

jueves, septiembre 01, 2011

Cronotemia y otras historias de viajeros del tiempo, VV.AA.

Imagine Ediciones, Madrid, 2011. 232 pp. 16 €

David Vicente

Existen temas recurrentes dentro de la literatura, de esos que nunca pasan de moda. Incluso de un modo o de otro acaban estando presentes dentro de cualquier trama, aunque no sean el núcleo central de la narración.
Uno de ellos sin duda son los viajes en el tiempo, bien sea al pasado, bien sea al futuro, o bien sea en ambas direcciones. Conocer qué será de nosotros, qué nos deparará el porvenir, visitar el pasado con el objetivo de poder modificar nuestros errores y mutar nuestra suerte, tener la oportunidad de lanzar los dados una vez más, han sido siempre parte de las obsesiones humanas. Casi tanto como la muerte o el elixir de la eterna juventud. En el fondo, quizá todo sea parte de una misma vana obsesión: perdurar en el tiempo, quién sabe si por encima del propio tiempo.
El escritor, que en esta ocasión hace las veces de editor, Fernando Marías, congregó, imitando aquella reunión que un grupo de escritores legendarios (entre los que se encontraban Byron o Shelley) tuvieron frente al lago Leman en 1816, a doce autores españoles con el objetivo de que nos narrasen once historias (en realidad doce si consideramos que el de Espido Freire es un falso prólogo) cuyo núcleo central (esta vez sí) fuese el viaje en el tiempo.
El resultado de aquel conclave que tuvo lugar en el 2010 es esta magnífica antología temática, Cronotemia, que reúne una nómina de escritores consagrados y emergentes, algunos de ellos auténticas referencias en lo que se refiere al género breve, caso de Félix J. Palma por ejemplo, que les anticipo construye un relato inquietante a caballo de la novela policiaca y el thriller de suspense que justifica más que sobradamente la adquisición de este libro. Sin menospreciar por ello al resto del conjunto.
Aunque con un nexo común (ya lo hemos dicho, el viaje en el tiempo), en Cronotemia encontrarán doce personalísimas visiones y, por qué no, doce personalísimas obsesiones de ese deseo de permanencia, conocimiento y modificación, representado en el paso del tiempo.
Vidas que se encuentran atrapadas dentro de casas y que se superponen en planos temporales, individuos que regresan del futuro para visitar a su propio yo del pasado e intentar variar su proceder, maquinas del tiempo en manos de perversos científicos, mujeres que se reencuentran con sus maridos muertos para iniciar una nueva relación, pastillas que nos devuelven a tiempos donde las cosas pudieron ser distintas tan solo con pronunciar una simple frase, enfermedades venéreas de nefastas consecuencias temporales, viajes chamánicos al más puro estilo hippie de los ‘70, incluso vampiros, cómo no. Doce viajes modernos a lo largo de distantes épocas de nuestras vidas que reinventan, con una calidad más que notable, una de las mayores obsesiones del ser humano y uno de los gérmenes creativos en los que se basa cualquier fábula.
Todo el que me conoce sabe que no soy amigo de recomendar antologías, ni fanático de este tipo de cenáculos que, en su mayoría, me parecen caprichosos, carentes de interés, sujetos a argumentos comerciales y, en el mejor de los casos, de calidad descompensada.
No es el caso de Cronotemia y, como tal, valga la excepción que confirma la regla. Una antología digna de los estantes de cualquier librería en la que cada historia tiene una vida temporal (si me permiten la licencia) fuera de este volumen.
La literatura (la buena, claro), a diferencia del ser humano, si tiene la facultad de sobrevivir en el tiempo. Intuyo que muchas de estas historias han conseguido su objetivo y visitarán al lector que se apodere de ellas nuevamente en algún otro lugar, en algún otro momento, y en más de una ocasión.

viernes, julio 29, 2011

Pigmeo, Chuck Palahniuk

Trad. Javier Calvo. Mondadori, Barcelona, 2011. 272 pp. 19,90 €

Santiago Pajares

Un accidente en carretera. Un coche destrozado. Un atasco y las líneas avanzando poco a poco, coche a coche. Y pasas al lado, despacio. Y miras. No puedes evitarlo. Un libro de Chuck Palahniuk es exactamente eso. Sabes que va a ser impactante, sabes que en cierta medida va a ser incluso desagradable, pero no puedes evitar leerlo. Chuck Palahniuk se ha convertido en un autor de culto, primero en EEUU y después en todo el mundo a raíz de la adaptación cinematográfica de su novela “El club de la lucha, dirigida por David Fincher y protagonizada por Edward Norton y Brad Pitt, que ha llegado a convertirse con el paso del tiempo en todo un himno generacional. Pero podía haberse quedado ahí, como un incidente aislado, fruto de las circunstancias. No ha sido así. Libro a libro ha resultado ser todavía más impactante. Puede parecer una loa exagerada, pero reconozco que con el tiempo se ha convertido en uno de mis autores favoritos por méritos propios. Cada uno de sus libros puede resultar como un puñetazo en el estómago, pero como dicen en El club de la lucha, no es hasta que alguien te golpea cuando de verdad te sientes vivo.
Chuck Palahniuk no sólo es un escritor peculiar, sino una persona peculiar. Relata en uno de sus libros de memorias cómo empezó a tomar anabolizantes al tiempo que hacía pesas para ver cómo aumentaba el tamaño de sus bíceps al tiempo que disminuía el de sus genitales. Según él mismo cuenta: “Cuando ves que tus testículos pasan del tamaño de higos al tamaño de pasas descubres que es un buen momento para dejarlo”. Porque él habla así, como un accidente de tráfico que no puedes dejar de mirar.
Alguna vez he tenido que detener la lectura de algún fragmento de sus libros porque me estaba mareando. No he sido el único. Como él mismo narra, en alguna de las lecturas de sus cuentos ha llegado a desmayarse un buen porcentaje de la audiencia. Yo cuando leí esto también lo consideré exagerado. Pero vamos a hacer una cosa. Primero lee “Tripas” y después me lo cuentas. Si todavía estas consciente.
Este relato está incluido dentro de su novela Fantasmas, en realidad una compilación de cuentos cortos unidos por un tema común, el de escritores que buscan excusas para no tener que escribir.
Una de las cosas más impactantes de la literatura de Palahniuk son sus temas. Descubres sobre lo que está escribiendo y apenas puedes creerlo. Te dices: “Solo Chuck podía escoger este tema”. Y su nueva novela Pigmeo no es una excepción. En ella, un grupo de terroristas adolescentes liderados por Pigmeo, de 13 años y baja estatura, viajan a EEUU para acometer un atentado terrorista masivo. No se especifica de qué país son, aunque la sombra de Corea del Norte sobrevuela todo el libro. El libro está compuesto de comunicados a sus superiores por parte de Pigmeo (autodenominado agente-yo), que mostrará las incongruencias de la sociedad americana y los propios avances de su proyecto apocalíptico a través de un lenguaje forzado y artificial. Es ver el mundo que siempre has conocido a través de las gafas de un niño-soldado al que no podrás conocer jamás. Un niño entrenado para matar, que relata en todo momento qué llaves podría realizar para matar o lesionar a todos los personajes que le rodean. Y todo aderezado con pseudocitas de los grandes líderes/tiranos de la historia: “La necesidad de cagar después de comer no significa que comer sea una pérdida de tiempo” Mao Tse-Tung.
Pero como en todo adolescente, las hormonas juegan un papel fundamental en sus historia. Obsesionado con acostarse con su hermana adoptiva, tendrá que poner en una balanza sus deseos carnales y sus objetivos.
Las novelas de Chuck Palahniuk no son para todo el mundo, eso esta claro. Como tampoco lo son los puñetazos en el estómago. O el caviar. Es un autor que te va a encantar o a horrorizar, no va a haber término medio. Yo lo adoro y confío que tú también.

jueves, julio 28, 2011

Salmo y otros cuentos inéditos, Mijaíl Bulgákov

Prol. Jesús Palacio, Trad. Raquel Marqués García. Nevsky Prospects, Madrid, 2011. 158 pp. 17 €

María Dolores García Pastor

Cuando pienso en Mijaíl Bulgákov me viene a la mente aquella lista de las veinte novelas del siglo XX que publicó un diario de tirada nacional a finales del siglo pasado y que yo recorté y pegué en mi libretita de lecturas pendientes. Allí descubrí su obra El maestro y Margarita, la que le dio la “inmortalidad” literaria aunque, ironías de la vida, fue publicada póstumamente gracias a los esfuerzos de su esposa. Esa gran novela, que se convirtió en libro de culto en los años 60 y que algunos consideran imprescindible, junto al hecho de que el escritor fuera considerado antisoviético en su momento y que se prohibiera la publicación o representación de todas sus obras, sin duda han influido en el hecho de que hoy una gran parte de ellas sigan siendo desconocidas para el gran público. Si a eso añadimos el prejuicio que muchas veces existe hacia la publicación de relatos no es de extrañar que estos nueve cuentos de Bulgákov siguieran inéditos casi un siglo después de haber sido escritos.
Los nueve relatos que se reúnen en esta obra están impregnados de la potente personalidad de su autor y podemos descubrir en ellos algunos rasgos autobiográficos. Mucho humor negro y satírico y vívidas estampas de la vida de su país tan llenas de ironía y crítica que tenían todos los números para convertirse en víctimas de la censura política como efectivamente ocurrió. También se observa en ellos la huella indeleble de su faceta de escritor de teatro, sobre todo en el uso de los diálogos o yendo más allá y dando estructura de obra teatral al relato que da título a este libro, Salmo. Bulgákov es ácido y mordaz, y su prosa es viva y está salpicada de descripciones breves pero precisas.
Bulgákov fascina con ese poder de fascinación que tienen los grandes de la literatura rusa de todos los tiempos por su marcada profundidad y su realista retrato de la cotidianeidad. Confieso que el período creativo en el que se desarrolla la obra del autor de El maestro y Margarita siempre me ha resultado especialmente atractivo. Esa época de cambios que supuso el espacio de tiempo comprendido entre el final de la revolución y el nacimiento de la joven Unión Soviética, esa época a caballo entre el feudalismo reinante antes de 1914 y los vientos de cambio de los nuevos tiempos. Los camaradas más relevantes frente a la obsoleta nobleza y sus muchos príncipes, y en medio de ellos oscilando entre unos y otros, el pueblo llano que se debate entre lo malo conocido y lo que se promete bueno pero no se sabe cómo va a ser, como esas sandías que uno teme comprar porque no sabe con seguridad si serán tan rojas por dentro como desea. Me gusta esa Rusia-Unión Soviética de principios de siglo con sus anacrónicas tradiciones y sus nuevas formas de vidas que se levantan sobre los escombros de lo que antes hubo ahí.

miércoles, julio 27, 2011

Las damas del rey, Mª Pilar Queralt del Hierro

Roca Editorial, Barcelona, 2011. 231 pp. 17 €

Amadeo Cobas

María Pilar Queralt es una escritora con gran oficio en la novela histórica. Los personajes femeninos los borda con primor, revistiéndolos de un sutil velo que resulta delicioso, sensual, de lo más insinuante, desvistiéndolos del harapo barroco para engalanarlos con el brocado más rico y a la vez transparente, de modo que las interioridades de la mujer (aún las más prosaicas) salen a la luz con discreción aunque sin dejar de manar. En este hontanar fluyen las noticias de la Edad Moderna vistas desde el prisma femenil, aunque no exclusivamente, porque esta autora demuestra con solvencia que tiene capacidad para desvelar lo intrínseco del hombre penetrando en su psique de hace cinco siglos, incluso si éste es un rey de Portugal. ¡Qué digo un rey! Casi podíamos decir EL rey de Portugal, porque Manuel I no fue un rey más al frente del reino luso, sino uno de los que le otorgó más esplendor, riqueza y extensión territorial.
¿Qué le tocaba a la mujer moderna de la realeza? «…como hemos aprendido desde nuestra niñez, no somos más que servidoras de los intereses del reino», escribe Isabel de Aragón, reina de Portugal, a su hermana Juana (luego conocida como la Loca), dejando bien palpable algo más que sabido: las alianzas entre linajes se consolidaban con enlaces concertados de los vástagos. Para arrinconar a aquel que molesta nada hay como matrimoniar con el heredero de la corona del país fronterizo para que suponga una amenaza velada… o flagrante, según el deseo de romper las hostilidades que desemboquen en una guerra. Y este papel de “moneda de cambio” que significan las hijas y los hijos de los reyes representa la estabilidad de un entramado de relaciones urdido en el plano político, en absoluto en el amoroso. Por eso, quizá, que los cortesanos se escandalizasen sin poder entender el surgimiento del amor entre dos jóvenes unidos por ellos al firmar un contrato matrimonial. Verbigracia, que Juana de Aragón se enamorase de su esposo Felipe de Habsburgo hasta casi perder la razón no lo entenderían los que aconsejaron a los Reyes Católicos que signasen tal pacto con el Imperio reinante en Flandes. De “loca” hubieran tildado a Juana, si no con epítetos más salaces, de haber posado sus ojos sobre la misiva que ella dirigió a su hermana Isabel, donde definía su sentimiento de este modo: «…suyos son mi cuerpo y mi alma. Suyos mis pensamientos y la paz de mi espíritu pues, cuando se ausenta, el cielo se nubla y la oscuridad me atrapa». Precioso, sí, aunque inconveniente cuando a ese regimiento del amor marital se une el goce no dable a una futura reina: «…hermana mía, a ti puedo confesártelo: no quiero hijos que puedan distraerme del amor de su padre; no quiero más obligaciones que ser suya ni más compañía que tenerle siempre conmigo». ¿Enamorada la princesa de su marido? ¡Habrase visto tamaña insolencia, tamaño desvarío! No me extraña que la tildasen de loca…
Ojo, con la mentalidad y los propósitos de entonces, quiero decir…
Las infantas Isabel y María (hijas de Isabel y Fernando, tanto monta, monta tanto) y su sobrina Leonor (hija de Felipe el Hermoso y Juana la Loca) contrajeron nupcias a causa de estos acuerdos de Alto Estado con Manuel I, el rey de Portugal que consiguió, además de lo antedicho, dotar de un prurito extra al arte gótico, decorándolo con motivos náuticos para crear esa variante conocida como estilo manuelino. Aquí se cuentan sus vidas. Y lo hace Mª Pilar Queralt otorgando al lector el deleite de conjugar la narración histórica salpicada de cartas manuscritas rubricadas por los protagonistas reales. Esta abundancia epistolar refuerza la recreación que hace la autora (además de dar un empujoncito a favor de un género literario no demasiado pródigo en el mundo literario patrio). Una autora en cuya pluma la Historia cobra siempre una naturalidad y una viveza actuales, otorgando realce con su dulzura habitual en la forma de describir situaciones, personas y paisajes, partiendo siempre de la base con la que hay que contar al abordar una novela firmada por Queralt: la corrección exquisita con la que escribe.
Por si fuera poco atractivo lo ya explicado para adentrarse en esta novela más que recomendable para los amantes del género histórico, añadamos que al cierre del libro figuran unos apéndices históricos, bibliográficos y dramatis personae que ayudan a situar al lector ante tanto lío de reyes, reinas y demás.

martes, julio 26, 2011

Vidas prometidas, Guillermo Busutil

Tropo Editores, Huesca, 2011. 185 pp. 17 €

Cristina Consuegra

Apenas han transcurrido cuatro meses desde la publicación de Vidas prometidas, de Guillermo Busutil, y este título ya ha alcanzado la segunda edición en un tiempo record, y lo que es más elogiable, en un momento como el actual. Precisamente, creo que uno de los motivos que ha impulsado este libro a una prometedora carrera de fondo es el momento que acontece, mejor dicho, la manera con la que Busutil subjetiva la realidad, cómo la ficciona; el modo narrativo con el que encara lo Real y su reverso. Porque el autor no busca conceder consistencia a ese debate sobre si la ficción debe modificar o no la realidad, simplemente, en ese empeño por dignificar miradas poco habituales, afronta un presente a través de un ramillete de historias que conduce al lector a ese lugar privilegiado donde la realidad se muestra como algo único e irrepetible.
Vidas prometidas, octavo libro en la nómina de títulos de Busutil, está compuesto por trece cuentos que su autor articula en torno a tres ejes complementarios: el afrontamiento de un presente con clara vocación de pasado, la disección de una realidad multiforme y la cartografía sentimental de los personajes que componen las diversas historias. A esta tríada hay que sumar la prosa implacable, transfronteriza, que emplea el autor a la hora de ejecutar las historias, prosa que se ve reforzada por ese tono audaz que Busutil logra en este libro de cuentos, un tono que suele acompañar a aquellos escritores conscientes de que sus propias existencias, irreversiblemente, están trenzadas con asuntos ficcionales.
“Estrella sin ley”, primer cuento del libro, es un relato en el que su autor hace confluir los tres elementos temáticos. Intuyo que esta selección de orden no ha sido hecha por azar o capricho, ya que es el cuento responsable de embriagar al lector, sumergirlo en una suerte de estado que trasciende al tiempo, una historia deliciosa en la que el fútbol, los duelos crepusculares en un patio de colegio, la firme creencia en la literatura y el latir desbocado de un horizonte que se aproxima con traje de juventud se presentan como motores de la narración, y donde la memoria es empleada, según advirtió Nabokov, como negociadora del tiempo, como instrumento que todo escritor debe emplear en sus obras. Además, este cuento poderoso esconde entre sus frases, entre los gestos de Gross, Vélez o Zárate, una alteridad no disimulada, alteridad que su autor desarrolla a través de la simbología del territorio memorístico y que hace (re)aparecer en cuentos como “La siesta de Odiseo” y “On the Air”.
En esa reescritura de un tiempo, en ese interpretar borgiano de la memoria a través de todo aquello que nos ha ayudado a ser los adultos que somos —sin dejar de mirar de reojo a ese pasado que siempre permanece alerta—, Busutil realiza un recorrido exhaustivo por las filias y fobias contemporáneas, poniendo el aparato ficcional al servicio de la escenografía social. Este ejercicio reflexivo me hace recordar aquella frase de Doris Lessing sobre la relación escritor/realidad, «Nada es sólo personal», así, Busutil nos habla sobre el acoso laboral, sobre la soledad en la senectud, sobre el poder y sus circunstancias… sobre el miedo a vivir.

lunes, julio 25, 2011

Fuera de lugar, Ricardo Reques

Depapel Ediciones, Córdoba, 2011. 58 pp. 17 €

Pedro M. Domene

Un cuento se juega la vida en las primeras líneas, declara Andrés Neuman, en las últimas, la resurrección. Un micro, no tiene tantas posibilidades, la suya es una suerte de perspectiva y, en ocasiones, una simple mirada. Este género breve, desarrollado desde el Simbolismo francés y el Modernismo hispanoamericano, se sustenta sobre la excepción o, aun mejor, sobre la subversión. Cada microrrelato se convierte en un estado puro de excepcionalidad, como afirma, Manuel Moya, dejándose llevar por lo ilógico de cuanto pueda pensarse. Su mundo, por consiguiente, forma parte de un estado de exclusión, por lo que nada está donde debiera, forma parte de ese otro lugar, como señala el madrileño, afincado en Córdoba, Ricardo Reques en su colección titulada, Fuera de lugar (2011), un libro editado primorosamente por Ediciones Depapel. El narrador forma parte de MuchoCuento, un proyecto narrativo que llevan a cabo un grupo de apasionados cordobeses que están entregando en estos últimos meses arriesgadas apuestas narrativas breves de singular valía. Las ediciones Depapel son realizadas, según sus responsables, de forma artesana, desde la fabricación del papel reciclado, a la encuadernación de forma artesanal, con cosido a mano.
Los microrrelatos de Reques son parcos en su formulación verbal y, por otra parte, abundan en una dureza de gestos que obligan al lector a volver siempre atrás: el humor y el sarcasmo dulcifican ese halo esperpéntico y tenebroso que completa, de alguna manera, la visión del mundo del narrador que, con maestría, se mueve entre lo ambiguo y lo real, entre lo abstracto y lo imaginario. Una especial característica cabe señalarse en este buen puñado de micros de una extensión tan variada como precisa, un ajustado parámetro con que se concibe una pieza literaria breve, conceptos en los que Reques sustenta su mejor acierto, tanto al crearlos como para leerlos, inequívoca referencia a su medida y a su calculada naturaleza, complicidad permanente que se activa de forma automática entre el autor y el lector, puesto pone en escena la paradoja que produce una simple mirada sobre lo leído. En este sentido, veáse el mejor ejemplo, «Perspectiva», y tal vez, «El beso». En igual proporción, los cuentos de Reques presentan una actitud crítica ante una realidad porque muchas de estas pequeñas piezas, contienen una auténtica teoría sobre los problemas y actitudes de nuestro mundo. Y aun cabría añadir el juego fantástico, sin duda, el más propicio para el género, «La venganza del dragón», «La rana», «La roca», que amplían las posibilidades de ese concepto de ficcionalidad en ese cruce textual que siempre hemos defendido. Los textos de este cordobés de adopción reproducen pequeños detalles de nuestro mundo absurdo, parodia y caricaturiza la inmediatez, dignifica personajes excéntricos, eleva a una categoría sumamente expresiva una realidad distorsionada que en estos cuentos celebra ese esfuerzo de poder ser cambiada, sin duda el secreto compromiso a voces del escritor que ambiciona cerrar en un espacio muy pequeño su visión trascendente del mundo y ese, sin duda, es su mayor logro. Ignoro la trayectoria narrativa de Reques hasta el momento, pero tras Fuera de lugar, bienvenido al país de los buenos microrrelatos.

viernes, julio 22, 2011

Trilogía de Alejandro Magno: Fuego del Paraíso, El muchacho persa, Juegos funerarios, Mary Renault

Trad. Miguel Ángel Salas, María Antonia Menini y Rafael Urbino. Edhasa, arcelona, 2011. 576, 576 y 384 pp. 80 €

Julián Díez

No tengo suficientes conocimientos sobre la evolución de la novela histórica para saber si el tipo de perfil que realiza Mary Renault de Alejandro Magno responde a una técnica convencional. Para mí, que leí por primera vez Fuego del paraíso hace ya un par de décadas, Renault me aparece como pionera en esta idea de reflejar a un personaje con una mirada lateral; no a través de su retrato directo, sino a manera de puzzle recogiendo facetas esclarecedoras de su vida que dan el contorno de la figura retratada. En este caso, a través de su infancia y adolescencia —Fuego del paraíso—, la mirada de su amante —El muchacho persa— y su endeble legado —Juegos funerarios—.
Evidentemente, sólo un personaje de la talla del conquistador de Asia podría merecer un esfuerzo tan exhaustivo como el realizado por Renault a lo largo de décadas. Y también es cierto que el retrato es fuertemente partidista y favorable; este Alejandro frágil pero capaz de sobreponerse a sus debilidades para resulta mucho más heroico que el personaje de una pieza retratado previamente, o que el títere de las circunstancias que retrataría más tarde Valerio Evangelisti. Ante sus fallos, Renault es comprensiva o sabe encontrar justificaciones en el legado de una madre castrante y un padre ausente.
Los otros dos elementos importantes que subyacen en la trilogía son sendos mensajes progresistas y que preocupaban de forma personal a Renault. El primero es el de la defensa de la homosexualidad, en el contexto siempre un tanto idealizador del mundo griego. Aunque no llegue a la brillantez de una Yourcenar en Memorias de Adriano, el retrato que hace Renault de las relaciones de Alejandro, en particular con su amante persa Bagoas, es sensual, elegante y cercano; una idealizada mezcla de camaradería y amor con la que resulta fácil empatizar desde cualquier posición sexual.
El segundo es la reivindicación de la multiculturalidad, plasmada en el éxito del proyecto de Alejandro, no excluyente hacia los pueblos asiáticos conquistados, y que contrasta con el posterior afán purificador, helenista, de los sucesores que disputan y destrozan su proyecto conquistador. Renault no fue sólo lesbiana y activista a favor de los derechos de los homosexuales, sino también contra el apartheid en Sudáfrica, y conociendo el dato no es difícil encontrar subrayados de sus ideas en la obra.
Literariamente hablando, la trilogía quizá peca de un leve descenso de su calidad con el paso de los libros, incluso en términos puramente estilísticos, si bien el conjunto resulta al final más que la suma de las partes. Fuego del paraíso, con su retrato de una sociedad macedonia semibárbara, un tanto inescrutable para los más sofisticados griegos, añade a las cualidades de los otros libros matices inquietantes: el entorno del pequeño Alejandro es de continuo amenazante y algo difícil de comprender, el retrato de su madre Olimpia resulta francamente ominoso, y la evolución del pequeño protagonista de niño interesado por sus cosas a joven embarcado en un destino más grande que la leyenda va creciendo en convicción y brío épico.
El tono unas veces intimista, otras grandioso de El muchacho persa resulta un interesante contraste, pero la novela termina por pecar del mismo problema que la práctica totalidad de la obra artística sobre el conquistador: hay demasiada acción fuera de cámara. No niego que tal vez la acumulación de batallas resultaría monótona, pero Renault no acaba de engatusarme como lector cuando se dispone a hacer una elipsis que le evite detallar alguna que otra batalla que decidió el curso de la historia. Aunque cuando la autora se pone en faena, como en el cruce del desierto, resulte más que convincente.
Juegos funerarios es, en comparación, algo más bélica y dinámica, también necesariamente más apresurada dada la amplitud de los acontecimientos que quiere reflejar, pero a cambio reduce sensiblemente la dosis de introspección, dejando a parte de sus personajes, por ejemplo Pérdicas, en mero esbozo. Deja un sabor de epílogo agridulce para toda la época retratada, de oportunidad perdida, que redondea bien el conjunto y encuadra perfectamente el peso de Alejandro en la historia.
Con las salvedades expuestas, esta trilogía es sin duda una de esas gratas lecturas veraniegas que combinan pasión y reflexión, y sin duda lo mejor en materia de ficción que se ha escrito sobre uno de los personajes más apasionantes de la historia universal. La actual reedición de Edhasa es definitiva, casi fastuosa en cuanto a sus calidades materiales.

jueves, julio 21, 2011

El asiento del conductor, Muriel Spark

Trad. Pepa Linares. Prol. Eduardo Lago. Contraseña, Zaragoza, 2011. 136 pp. 14,60 €

Óscar Esquivias

Yo no conocía la literatura de Muriel Spark hasta que esta novelita, El asiento del conductor, cayó en mis manos. Basta leer las primeras líneas para darse cuenta de que su autora es una narradora dotadísima, certera, llena de inteligencia e ingenio: la historia comienza sin preámbulos ni dilaciones, con una energía y un brío casi eléctricos; uno no se ha dado cuenta y la novela ha cerrado sus puertas, nos ha atrapado dentro y ha echado a andar con ligereza, como un tranvía que va soltando chispazos y corre sobre los raíles, muy seguro de la dirección que lleva. El lector también cree conocer el destino: piensa que va a hacer un viaje turístico y que recorrerá con la protagonista, la muy excéntrica Lise, el paisaje amablemente exótico y pintoresco del sur de Europa, ya que el texto comienza con los preparativos de sus inminentes vacaciones. Pero en la literatura de Muriel Spark nada es convencional, y lo mismo que su personalidad literaria se impone (¡nada menos!) a la de Nápoles (la Spark dinamita los tópicos, es la novela ambientada en Nápoles menos napolitana del mundo), también juega con las expectativas del lector: si al principio uno cree que avanza sobre el terreno amable y seguro del humor, pronto se da cuenta de que la sonrisa se le ha congelado en el rostro. ¿Qué ha sucedido? ¿En qué momento las vías de hierro sobre las que corríamos se han convertido en un cable de equilibrista en el que nos vemos avanzando a pie desnudo sobre el abismo? ¿Qué milagro es este? Nos seguimos riendo con la novela, pero ya no sabemos si nos divierte o nos aterra. Spark sigue a lo suyo, con pulso de hierro, narrando a dentelladas, con una fuerza salvaje, y el lector va detrás de ella, atónito, intrigado, fascinado, rendido a lo que la autora quiera hacer con él. Yo tenía la sensación de haber empezado a leer una novela a lo Jane Bowles, con sus mujeres desenfadadas, graciosísimas, con su luminosa ligereza y su simpatía constante, y que de repente –sin que yo notara la transición– esas mismas mujeres (Lise y la anciana señora Fiedke) hubieran terminado protagonizando un relato de Patricia Highsmith, con su atmósfera ambigua, perturbadora, donde acecha siempre la desgracia o el crimen. Así es (o así me ha parecido a mí) El asiento del conductor: una especie de prodigiosa síntesis entre Jane Bowles y Patricia Highsmith.
Sin duda, la impresión que me ha dejado esta lectura habría sido otra si la traductora (Pepa Linares) no se hubiera ajustado tan bien al estilo y a las intenciones de Muriel Spark. Por si fuera poco, el prólogo de Eduardo Lago es magnífico y proporciona todas la claves biográficas y literarias de una autora menos conocida entre nosotros de lo que debiera. Como es habitual en Contraseña, el libro lleva en su cubierta una ilustración realizada expresamente para esta edición: la firma Alberto Gamón y refleja cabalmente el espíritu del relato. Realmente, no se pueden hacer las cosas mejor.

miércoles, julio 20, 2011

La mejor parte de los hombres, Tristan Garcia

Trad. Lluís Mª Tudó. Anagrama, Barcelona, 2011. 304 pp. 19,50 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Antes de leer esta novela, tomando como base su contraportada y algún que otro comentario leído por aquí y por allá, pensaba que podría utilizarla como excusa para hablar de Hervé Guibert, el hoy olvidado cronista a través de sus novelas autobiográficas del ambiente gay francés de los 80 y 90 sobre el que se cernió la sombra del sida, que padeció y le llevó finalmente a la muerte, y el apasionante microcosmos cultural que en torno a él tomó forma, con la figura de Foucault descollando sobre todas.
Pero lo cierto es que el fresco que nos ofrece La mejor parte de los hombres abarca desde esa apabullante y desconcertante vida intelectual y política de Francia de la década de los 80, marcada por el cansancio derivado del abuso de los movimientos sociales y una necesidad de hacer algo aunque no se supiera bien qué tras el desencanto que dejaron las cenizas de un mayo del 68 que no condujo a nada, hasta su deriva derechizante en la actualidad, con el hito de la elección de Sarkozy como presidente de la República. Y lo hace con el hilo conductor de Elizabeth, más frecuentemente llamada Liz, periodista de Liberation, narradora de la novela, y su relación de distinto carácter con tres hombres que con su presencia vampírica parecen dotar a su vida de un sentido cuando en realidad la vacían de él: Leibo, filósofo que cambia de chaqueta intelectualmente en múltiples ocasiones en busca de una tranquilidad espiritual imposible de encontrar que concilie su origen judío y su sentido de la fidelidad con la eclosión de la causa de Palestina y su insustancial aventura con Liz; Doumé, corso, líder de Stand, grupo de liberación homosexual cuya principal seña de identidad es su exaltada defensa de medidas contra el contagio del sida en una época que ansiaba libertad de una manera suicida; Will, joven sin formación y alocado de gran belleza proveniente de un ambiente provinciano y cerrado, antiguo amante de Doumé que acaba odiándolo de una manera tan irracional que se convierte en el apóstol del barebacking, doctrina que difunde en el ambiente aprovechando su paulatina conversión en estrella mediática.
Estos tres personajes masculinos, perdidos cada uno a su manera, contaminan la existencia de Liz, en torno a quien se revuelven unos contra otros, sin que ésta llegue a querer deshacerse realmente de ellos para vivir su propia vida, que se convierte así en una farsa en la que se limita a ejercer de espectadora o, en el peor de los casos, de punching ball en el que van a dar todos los golpes cuando éstos, nunca con una dirección clara, la encuentran en su trayectoria. No hay redención, ni para ella ni para ellos ni para el lector, no hay reflexión verdadera a fuerza de reflexionar sobre tantas cosas, sólo la cruda, patética exposición de una época bienintencionada que fue mutando, que se desgajó en facciones, y las facciones en amigos que se perdían por el camino, y que se revela tan perdida como la actual, inmersa en un marasmo cultural y gubernamental que somos incapaces de aprehender.