jueves, febrero 19, 2009

Los hechos: Autobiografía de un novelista, Philip Roth

Trad. Ramón Buenaventura. Seix Barral, Barcelona, 2008. 254 pp. 19.50 €.

José Manuel De la Huerga

Un poco más allá del medio del camino de la vida, tan dantesco, es donde si situó Roth, allá por 1988, para escribir esta biografía literaria. Estaba en la cincuentena e intentando salir de una profunda depresión.
Así que bajo el estado de shock psicoanalítico (su conocido personaje Zuckermann le reprocha al final «pero, venga, ¿de qué estuvisteis hablando el psicoanalista y tú, durante siete años?»), el autor se tumba en el diván literario, pone el espejo retrovisor y nos dibuja los primeros años de su vida y de su formación.
Hasta ahí todo correcto, incluso aceptable. Pero permítanme uno de esos llamados excursus, una circunvalación para ver la ciudad desde un punto de vista más apropiado. Tengo bien reciente la lectura de Los libros que nunca he escrito, del también judío George Steiner. Su crítica se puede leer en este blog. En el capítulo dedicado a Sión y las basuritas varias tan antiguas como el Antiguo Testamento, Steiner cita al Führer. Dice que Hitler atribuía la creación de la conciencia a los judíos, y con sabiduría le matizaba: «yo diría que la mala conciencia».
Es ahí donde quería parar. Esta autobiografía es fruto de la mala conciencia de hijo de judíos de la diáspora, de alocado amante y pésimo esposo y de niño simpático y progre que vende la imagen de rebelde contra el sistema económico, político y social americano de posguerra. No deja de justificarse desde la primera página a la última. Primero con la treta literaria: abre la autobiografía con una carta explicativa a su personaje más celebrado, Nathan Zuckermann, su alter ego, para terminar el relato con la respuesta del personaje dando caña al bueno de su creador. Uno no puede evitar relacionarlo con las «nieblas» creativas que envolvían a nuestro Unamuno más castizo y filosófico y a esos personajes que se revelaban o buscaban a su creador, según les pete.
Se lo pregunta el personaje al final, ¿por qué te ha dado ahora por escribir una autobiografía? La respuesta está al principio y es doble. Por un lado la coquetería de pavo real literario. Quiere «visibilidad biográfica», y él mismo diagnostica su grado de visibilidad/vanidad: «En el péndulo de la autoexposición que oscila entre el mailerismo agresivamente exhibicionista y el salingerismo secuestrado, diría que yo ocupo una posición intermedia.» Y por otro, esta cosa del diván de la que tanto dependemos los escritores burgueses occidentales: «desmitologizarme para inducir la despatologización».
Bien. Pero esta autobiografía ¿es realmente biográfica con tanto filtro ficcional, la carta a su personaje y la respuesta final de éste? Lo será, pero una autobiografía a su medida, «bonachona», «por la vertiente chico simpático», como le termina acusando Zuckermann. Y el título, ¿es el más adecuado? Tengo mis dudas. No son hechos desnudos, objetivos, o por lo menos tendentes a la objetividad como verdad necesaria, como el propio autor desearía, para su curación. Sino que son hechos pasados por el cedazo de los recuerdos (que como decía Ramón Gómez de la Serna encogen como las camisetas), de la posición de hijo de la diáspora judía, de la clase media americana de posguerra y de una imagen falsa de sí mismo, de niño rebelde contra el sistema, dentro del sistema americano, del que se beneficia.
Pero entiendo que un escritor occidental de éxito, mediático, no podría escribir otra biografía. La opción era escribirla o no escribirla. El propio Zuckermann le recomienda no publicarla, pero no le hace caso. El cincuentón necesita el tratamiento de la visibilidad/vanidad. En cualquier caso siempre se aprende algo de las experiencias que se salen fuera de los cauces establecidos del novelista habitual. Y es que el escritor brilla en los momentos de máxima acidez, o sea, cuando vuelve a ser escritor de sí mismo. Dos momentos estelares: después de ser requerido por un tribunal de la comunidad judía para explicar su supuesto antijudaísmo en un cuento, Roth escribe: «Sobre mi sándwich de carne ahumada —qué menos—, dije: Nunca volveré a escribir sobre los judíos.» Y después de un tempestuoso primer matrimonio, escribe sobre su mujer: «Fue, sin duda alguna, el peor enemigo que he tenido, pero, ay, también fue nada menos que la mejor, entre todos mis profesores de Escritura creativa: especialista por excelencia en la estética de la ficción extremada.»
Estos momentos de tratamiento de sí mismo como personaje atolondrado, sin concesiones, son los que me reconcilian con el texto y con el autor. Me hacen pensar que acaso ésta sea una de las primeras autobiografías de escritor occidental que retrata con fidelidad nuestra condición vanidosa, descerebrada, caprichosa y frívola. Pero como el propio Zuckermann le asesta en su crítica a Roth: «Mi impresión es que has escrito metamorfosis de ti mismo tantas veces, que ya no tienes ni idea de qué eres o has sido alguna vez.»
La traducción de Ramón Buenaventura ha sido un excelente ejercicio literario, interpretando con solvencia nerviosismos e inseguridades de una prosa narrativa reflejo de los tipos desquiciados de la modernidad.

miércoles, febrero 18, 2009

La maravillosa vida breve de Oscar Wao, Junot Diaz

Trad. Achy Obejas. Mondadori, Barcelona, 2008. 309 pp. 22,90 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Tengo que confesarlo: este libro no es lo que esperaba. Por la información que tenía sobre él, que fue la que guió mis expectativas, pensaba que sería una especie de farsa postmoderna a lo La conjura de los necios, algo parecido a Absurdistán (que fue precisamente mi última lectura en este blog) pero con dominicanos en lugar de rusos. Juzguen si no por su protagonista: Oscar Wao, un nerd (aquí diríamos “friki”) obeso dominicano apasionado de la ciencia ficción y las novelas de fantasía que no tiene ningún éxito con las chicas. Es decir, lo que equivale a decir un antidominicano (a lo mejor creen que exagero y que tengo en mente un estereotipo, pero les aseguro que cualquier dominicano varón sabe qué es lo que su patria espera de él). Imaginaba entonces las andanzas de este pobre chico en una América que no entiende por su doble marginación friki y latina en un texto tragicómico que sin duda revelaría mil aristas.
Pero he aquí que en realidad de lo que habla esta novela es del fukú, la maldición que pesa sobre la familia de Oscar, una larga cadena de desgracias de la que él sólo es el último eslabón en el que se ceba, que impide que sus historias de amor lleguen a buen puerto, que trunca sus carreras profesionales, que rompe en añicos sus sueños. Por ello se nos van contando de forma alternada las vidas tanto de Oscar como de su madre Belicia (su lucha por salir de la pobreza y llegar a ser alguien), su hermana Lola (rebelde ante el camino que decidió seguir su madre pero no por ello menos perdida), su abuelo médico (primer miembro de la familia sobre el que se cernió la maldición, por obra, cómo no, de Trujillo) y su amigo Yunior. Sobre este último, mencionar que parece ser el mismo que aparecía en el anterior libro de Diaz, su recopilación de relatos Drown (titulada Los boys en la versión española de Mondadori y Negocios en la mejor traducida por Eduardo Lago publicada por Vintage en Estados Unidos), un trasunto del autor que como aquél aprecia la literatura y es presumiblemente el narrador de todo el libro y no sólo de los fragmentos en los que aparece como personaje.
Este fukú y la narración de las peripecias de la familia en distintas épocas de los años 50 hasta la actualidad permite el surgimiento del tema principal de la narrativa dominicana desde mediados del siglo XX: la dictadura de Trujillo. No debe extrañarnos esta recurrencia, ya que nuestro propio país usa y abusa de la de Franco, que arrastra buena parte de los esfuerzos narrativos de viejos y jóvenes artistas. Sin embargo, hay una diferencia fundamental, y son los elementos tan exagerados (y, a pesar de ello, la mayoría de las veces completamente reales) de su imperio: la proverbial rapacidad de Trujillo con toda hembra dominicana, la sutil campaña de desprestigio que el régimen organizaba contra todo aquél al que se detectase molesto con el status quo del momento, los espantosos calabozos en los que los prisioneros pasaban a llevar una semivida, las durísimas condiciones de vida del pueblo campesino intentando incorporarse a la ciudad (desde luego, nada más con ellos ya estaba hecha una novela, como descubrió con muy buen tino Vargas Llosa en La fiesta del Chivo). Para proporcionar una información más exacta sobre esa realidad dominicana tan desconocida para todos los que viven fuera de la isla y de paso dar un tono más sarcástico a su discurso, el narrador incluye unas notas a pie de página mediante las que el lector conoce en cuatro rasgos a diversos personajes de su historia reciente, como Joaquín Balaguer, Porfirio Rubirosa, Jhonny Abes, María Montez…
Sí, cuando se termina de leer esta novela uno se da cuenta de que no es lo que esperaba encontrar, pero a esas alturas poco importa porque ha asistido a una hermosa historia de amores y esperanzas contrariadas que además nos ha iluminado de dominicanidad. Y sobre esas historias de amor quebradas, ¿de verdad se trata de una maldición o todos y cada uno de nosotros ha pasado por ellas sin necesidad de atribuírselo a una misteriosa fuerza oscura?

martes, febrero 17, 2009

El pez volador, Hipólito G. Navarro

Ed. Javier Saez de Ibarra. Páginas de Espuma, Madrid, 2008. 184 pp. 13.46 €

María Ruisánchez

Vivir del cuento se llama la colección de la editorial Páginas de Espuma donde Hipólito G. Navarro ha publicado su última antología, El pez volador. No sabemos si el autor podrá vivir o no del cuento, pero de lo que no hay lugar a duda es de que los escribe con una absoluta maestría. No en balde, acaba de recibir el premio de la prensa andaluza por este libro que combina el humor más absurdo con la crudeza de infancias, recuerdos o vidas solitarias. En total veinte cuentos escogidos concienzudamente de entre los que destacan, al menos para mí, Los frutos más dulces, Las especies protegidas, 27/45 y Sucedáneo: pez volador. La edición se cierra con una entrevista, autor por editor partido de lector, donde uno puede descubrir o al menos entrever el por qué de esos cuentos: una infancia durísima, un lector compulsivo, un biolugus interruptus y sin nunca perder la sonrisa. Todo a la coctelera, y el resultado una constante revolución narrativa, una experimentación hilarante, loca, cómplice. Unos cuentos multimedia, que interactúan con el lector y ponen a prueba reiteradamente su inteligencia y su tesón para atrapar una narración que se escapa ante sus ojos, enlazándose esquiva dos páginas más allá. Un juego, una maravilla.
Quizás por ser El pez volador una antología encontramos en ella, varios Hipólitos. Si bien, todos usan el lenguaje con la fluidez del que escribe en trance, y el desahogo del que se divierte haciéndolo. Hay en estos cuentos algunos que destacan por su crudeza. Son de esa clase de cuentos que te obligan a cerrar el libro en cuanto lo terminas, porque no quieres todavía cambiar de tercio, pretendes mantenerlo aún un rato en el cielo del paladar, disfrutando del desasosiego y la honda tristeza que te dejan. Son para mí, claros ejemplos de esto, Los frutos más dulces y Las especies protegidas. El primero podría tildarse de escrito más a lo “clásico”, siempre entre comillas, que el otro, que es una auténtica obra de arte, digna de ser enmarcada, con una narración hipnótica, evocativa, sonámbula y de filibustero. Se me permita el último calificativo, ya que sin darnos cuanta, según avanzamos en la lectura de Las especies protegidas, las palabras te abordan y te despojan de algo tuyo, que invariablemente pones al leer, no sólo este relato, sino también Los frutos más dulces, ya que en ambos te implicas. De ahí que al concluirlos, cierres el libro mientras te pliegas al unísono, sorprendida con sus finales, conmovida y con visos de melancolía.
Para contrastar hay otros cuentos de carcajada, de dulce desenfreno, en el que las amarguras se cubren de almíbar, sin dejar de estar ni un momento presentes. Muestra Hipólito G. Navarro el humor no sólo en el lenguaje, sino también en la trama como en 27/45 en el que ese auto-crédulo personaje (si se me permite el adjetivo) sopla 45 velas de su tarta, mientras se convence de que cumple 27. No hay ni uno sólo de estos cuentos que no te descoloque. Otro desternillante es a Buen entendedor (Dieciocho cuentos muy pequeños redactados ipsofácticamente), desde mi punto de vista brillante en su planteamiento, aunque me sobre la última parte en la que se explica lo anterior. Cada cual que entienda.
No obstante, si por algo destacan los cuentos de Hipólito G. Navarro es por ser una constante experimentación, una búsqueda, una vuelta de tuerca. Una narración que sorprende, con la que trastabillas, volviendo a la vertical gracias a un trasfondo de peso. Una narración agridulce. Recuperando la metáfora de la coctelera, leernos un cuento de Hipólito G. Navarro viene a ser como tomarnos un margarita. Y leernos esta antología, margarita a margarita… Imagínense.

lunes, febrero 16, 2009

El poder y el delirio, Enrique Krauze

Tusquets, Barcelona, 2008. 373 pp. 21.15 €

Lorena Bou Linhares *
Firma invitada

El poder y el delirio de Enrique Krauze ha sido publicado por Tusquets en España para ser distribuido también en América Latina, a excepción de Venezuela. Un libro que revise la historia de la democracia venezolana y critique determinados aspectos de la política de Hugo Chávez no invita a tramitar una solicitud de importación. Sin embargo, con otra cubierta y bajo otro sello editorial, el último libro de Enrique Krauze ya está a la venta en las librerías venezolanas. En un principio, varias editoriales se negaron a coeditar el libro, pero Editorial Alfa, cuya colección Hogueras se ocupa del análisis político nacional, decidió asumir el reto, nada desdeñable tratándose de un libro que reconoce la vocación social del régimen chavista pero que cuestiona el «personalismo autoritario» del presidente Chávez.
En 1959, justo cuando triunfa la Revolución cubana, en Venezuela gana las elecciones el demócrata Rómulo Betancourt. Treinta años después, en 1989, cuando cae el muro de Berlín, la izquierda venezolana radical inicia la cuenta regresiva que llevará al país «de la democracia a la revolución». Esta paradoja, el «sentido inverso» de la historia contemporánea de Venezuela, es precisamente el punto desde el que parte Enrique Krauze para analizar tanto la política actual venezolana como su repercusión en el resto del continente latinoamericano.
Para entender las circunstancias que permitieron el triunfo electoral de Chávez en 1998 y su actual permanencia en el poder, el autor se sitúa en los comienzos de la democracia venezolana, señala los aciertos y fallos de cuarenta años de bipartidismo y recorre la biografía del líder del llamado «socialismo del siglo XXI». Si bien la crónica dirige los capítulos –Enrique Krauze plantea sus opiniones a medida que narra sus dos viajes a Caracas y el ínterin en México–, una profusa documentación bibliográfica y una serie de entrevistas a personalidades antichavistas y chavistas acompañan las reflexiones en torno al conflicto entre democracia y revolución.
El poder y el delirio trata el problema del mercantilismo estatal de la «Venezuela Saudita» y el abuso de poder por parte del carismático (y mediático) Chávez, pero sobre todo da voz a personalidades venezolanas que son prácticamente desconocidas fuera de Venezuela y cuya opinión es crucial para entender a un país en donde una miss y un militar golpista coincidieron en unas elecciones.
Ex guerrilleros (Américo Martín y Teodoro Petkoff), historiadores (Manuel Caballero, Simón Alberto Consalvi, Elías Pino Iturrieta y Germán Carrera Damas), representantes de la Iglesia y de la comunidad judía, ex militantes del chavismo (Luis Miquilena y Raúl Isaías Baduel), dirigentes estudiantiles y escritores (Guillermo Sucre y María Fernanda Palacios), con todos ellos conversa Enrique Krauze. La variedad de perspectivas y la calidad de los análisis no pueden dejar indiferente al lector. «Perón y Chávez se parecen hasta en el culto a Evita», afirma Manuel Caballero; «[Chávez] se ha convertido en un caudillo militar», asegura Luis Miquilena. Muchos de los interlocutores cuestionan el anacronismo de la Revolución bolivariana, la manipulación de la historia, el clima de descalificación y odio, la militarización de la sociedad, la ilegalidad y la corrupción; todos reprochan el carácter intervencionista y excluyente de un gobierno que desconoce la autocrítica.
Pero frente a la opinión de un sector de la sociedad venezolana se cuelan las razones del bando contrario, los partidarios del chavismo. Diputados y ministros (Aristóbulo Istúriz, Jorge Rodríguez, Alí Rodríguez Araque y José Vicente Rangel) descalifican los años de democracia que precedieron a Chávez, explican los logros de las políticas sociales del actual gobierno y asoman la certeza del carácter mesiánico de su líder. “El chavismo es un fenómeno telúrico”, señala José Vicente Rangel. Por su parte, escritores de la izquierda radical (Vladimir Acosta y José Roberto Duque) critican la falta de radicalismo en las medidas izquierdistas del gobierno. «Admiro a Chávez (…) pero Chávez no ha tumbado las estructuras. Siguen allí explotados y explotadores», sostiene José Roberto Duque.
De entre las muchas voces que se dejan oír, la de los historiadores Manuel Caballero, Simón Alberto Consalvi, Elías Pino Iturrieta y Germán Carrera Damas, así como la de Teodoro Petkoff y Américo Martín –ex guerrilleros que ahora representan la izquierda democrática–, son las que tienen mayor presencia: con ellas se despliega el estudio de tres figuras clave: el ex presidente Rómulo Betancourt, el Libertador Simón Bolívar y el propio presidente Chávez. En oposición a Betancourt, Chávez rehúye la alternabilidad en el poder; con respecto a Bolívar, no sólo lo venera, sino que explota en exceso su postura antiimperialista. Ambos enfoques constituyen uno de los temas más polémicos del libro, como también lo es la crítica a los modos como Chávez asume la reencarnación de los héroes de la patria. En cada debate Enrique Krauze es firme en sus argumentaciones, hasta el extremo de asegurar que ni Marx ni Plejánov habrían sido chavistas. La razón, el rechazo al «culto al poder unipersonal».
Sin duda, la política exterior de Chávez es bien conocida (cómo olvidar el «váyanse al carajo, yanquis de mierda»), pero no lo es tanto su política interna, de la que precisamente se ocupa El poder y el delirio. La agudeza con la que el autor reflexiona sobre el pasado y el presente venezolanos es razón suficiente para la lectura de un libro que tampoco desestima la ironía. «En el país de Andrés Bello, un veterinario dirige la cultura.» Semejante frase es la conclusión a la que el historiador mexicano llega tras conocer que el actual ministro del Poder Popular para la Cultura es un veterinario con un máster en trasplante de embriones y reproducción animal.

* Lorena Bou Linhares nació en Caracas en 1977 y reside en Barcelona (España) desde el año 2002. Estudió Filología Hispánica y se ha especializado tanto en Literatura Comparada como en el área de la edición. Actualmente trabaja como lectora y correctora en varias editoriales. Es asidua colaboradora en diversos periódicos y revistas de Venezuela y España.

viernes, febrero 13, 2009

Solo con Invitación: España, Manuel Vilas

DVD Ediciones, Barcelona, 2008, 240 pp. 14 €

Eduardo Fariña Poveda

Una novelista que escribe libros de relatos. Un poeta muy narrativo. Un cuentista demasiado poético. Un aragonés de ficción latinoamericana. Un español de ficción norteamericana. Un ciudadano del futuro nostálgicamente hispano. ¿Cuántos Manuel Vilas son posibles?. Esa es, al menos, la pregunta que uno podría formularse al leer España, novela que reflexiona y (des)confecciona su status fragmentario, proponiendo una pluralidad de dudas e incertidumbres deliciosas, salvajes, conmovedoras, necesarias. A través del recorrido conceptual e imaginario que este hacedor de narradores tiene y reconoce la posibilidad de España como nación y su flujo cultural visible; va añadiendo dichos y detalles fundamentales en el imaginario occidental. Política, terrorismo, ciencia, tecnología y la situación de la novela actual son algunos de los ejes que obsesionan a los protagonistas de estas historias. Con audacia y astuta megalomanía estos personajes se irán (des)presentando frente a los lectores, signados como propuestas tecnológicas de identidad.
España parecería ser la historia de un país en la medida que los lectores asumimos la necesaria ficción jurídica que puede ser cualquier nación dentro del contexto actual para poder pasear por las ruinas teóricas y los telúricos recuerdos que nos exaltan la vida y donde las perspectivas de quien observa se hacen irreconocibles. Edmundo Paz Soldán en una reseña señalaba: «es un enorme cuentista, sus juegos con la perspectiva del narrador y con personajes llamados Manuel Vilas logran insuflar vida nueva a estrategias posmo que ya se habían gastado por culpa del repetitivo Paul Auster». Vilas ya venía trabajando en una narrativa que privilegiaba ante todo la transformación de los sujetos y la disolución de estos en un escenario que de algún modo nos dirigía a Zaragoza, a una Zaragoza tan mágica y camaleónica como los mismos sujetos, concursantes desaforados y movedizos que recortan lo real de un modo considerable. En Zeta (DVD, 2002) ya nos encontramos con mezclas hibridas y con acusado movimiento transgresor, relatos que recuerdan a los capítulos-relatos de España, donde personajes extravagantes e historias curiosas pueblan el imaginario de una capital aragonesa festiva. Y en Magia (DVD, 2004) las cuotas de nihilismo y pasión logran una arquitectura más cercana a lo que podría ser novela en términos convencionales, pero saneada por el sueño de lo inclasificable que de tanto mezclarse y anunciarse, deviene misteriosa y adopta un contexto contundente, exigiendo al lector atento la capacidad para releer muchas estrofas que gustarían saberse de memoria. José María Pérez Álvarez decía sobre las reacciones frente a la novela: «Y yo, que no soy crítico, acudo a una librería y compro el libro (los libros) de Manuel Vilas y me sumerjo en ellos (…) a esa violenta poesía, a esa forma extraña y singular de enfrentarse a un texto narrativo que viola todas las fronteras. Pasen adelante y juéguense la vida». Han pasado 4 años desde Magia y España y las palabras de Pérez Álvarez se ganan el mérito de ser de las primeras en vaticinar lo que desarrollaría Vilas más adelante, ahora que sus libros han ganado más lectores capaces de jugarse esa vida que él señala y se sitúan en lo más interesante de la narrativa escrita: España.
El arranque viene con el sugestivo El Noevi o tecnología de la repetición, un cuento en donde un grupo de investigadores diseñan el Noevi, que se trata de un proceso de “Resurrección” de la verdad a partir de lo que pensaron los otros. Pareciera ser que toda la Novela es un Noeví, cuidadosamente elaborado para que nuestro imaginario hispánico, cuya forma se examina aquí una y otra vez, pueda expandirse. En el Cadáver encendido, observamos el transcurrir de una vida mediante episodios dignos de una Madame Bovary o María Font de Los Detectives Salvajes. La mayoría de las narraciones de España son relatos que van en búsqueda de algún tiempo tecnológico perdido, para deshacer lo leído o buscar en las ruinas de alguna moral algún fragmento, alguna invitación a lo omnipresente, a recostarnos en el esplendor de la hierba. En Vacaciones se va por el rastro de Lezama Lima. Aquí Vilas desarrolla más extensamente sus propios métodos poéticos, que muchas veces se han vinculado apresuradamente en corrientes asociadas al realismo sucio. El cuento recuerda bastante al poema de Resurrección (Visor, 2005). El Inmaduro, en cuanto a encorsetar el deseo de cambio en alguna circunstancia, para que el mismo final del relato pareciera ser un microrrelato. Tanto en este poema como en este relato vemos los muchos que en potencia somos.
Lo que de alguna forma compone el eje gravitacional de la novela es la idea de que las cosas y personas no están constituidas por elementos permanentes e invariables. Probablemente, la esencia de éstas no sea más que una humorística expedición hacia su propia intención de definición. Así, lo característico del ser humano es sólo un reflejo del instante que está viviendo. La tiranía de lo vivido o por vivir se teje en la moral. Nietzsche afirmaba en Más allá del bien y del mal que toda moral es una tiranía contra la naturaleza y contra la razón, cuya estructura no era más que una semiótica de los afectos. Es una afirmación semejante la que nos conduce al instante en donde Max Brod decide finalmente inventar a Kafka. En El último Motorista (como tantos fragmentos del libro, había sido colgado por Vilas anteriormente en su blog) nos encontramos con una celebración del editor (también hay que estar atentos a la aparición del editor de este libro, Sergio Gaspar), y sobre todo, la invención misma del escritor. Negándose a cumplir su promesa de privarnos de esos manuscritos, Brod emerge como un mártir muchas veces vilipendiado y en España asume el rol de un verdadero arquitecto de afectos posteriores. En Misión Imposible, que cierra el libro, nos enfrentamos al riesgo de que la zonificación de nuestras actividades pueda ser absolutamente inútil en resultados pero estéticamente estremecedora. Al verse casi vacío de sangre pero aún con vida suficiente, el personaje reflexiona y se las ingenia para sostener un espectáculo y no aburrir a una audiencia. El humor, el aburrimiento, el nihilismo y la celebración de la vida son temas muy presentes en la obra de Vilas, unidos a la política, las mutaciones del tipo mejillón cebra y las nuevas tecnologías hacen de este y de sus otros libros, una inteligente literatura que ya no podrá pasar desapercibida.
En el poema Resurrección, del mismo poemario que le da título, afirmaba el hablante que en el universo la vida era la vanguardia frente a tanta roca helada o caliente. Con ese mismo principio, el libro es una invitación a encabezar la vanguardia y a fragmentar el fragmento. Muchas lecturas son posibles y la invitación ya esta hecha. La novela como análisis de la identidad nacional española de los últimos 30 años y como compleja revisión de lo hispánico en diálogo con lo posmoderno. España alberga escrituras íntimas que cargadas de humor, hacen posible la mutación en las relaciones humanas.


Manuel Vilas: «El humor es la sangre de la inteligencia»

Si bien es cierto que Manuel Vilas había despertado con su narrativa muchísimo interés por parte de la crítica más arriesgada, es con España donde ya entendemos que hay un salto significativo. La mirada atenta de críticos como Vicente Luis Mora, la inclusión en antologías como Golpes, ficciones de la crueldad social (DVD, 2005) coordinada por Vicente Muñoz Álvarez y Eloy Fernández Porta y Mutantes: Narrativa española de última generación (Berenice, 2007) de Juan Francisco Ferré fueron pasos importantísimos para el conocimiento de muchos de lo que proponía Vilas y muchos otros autores, acerca de una narrativa que escapaba de las etiquetas más comerciales. Sobre esto, España y otras cosas, Manuel Vilas nos comenta.

Cuéntanos cómo te preparas para escribir un poema, relato o novela. Cómo te inspiras previamente.
No soy un profesional. No escribo durante mucho rato seguido. Necesito música para escribir. Y no cualquier música. Más o menos esta música: The Velvet Underground, Johnny Cash, The Who, Patti Smith, Lou Reed, Simon y Garfunkel, John Cale, Elvis Presley y Joy Division. A veces incluso Dylan.


Lee la entrevista completa aquí

jueves, febrero 12, 2009

Ni de Eva ni de Adán, Ámélie Nothomb

Trad. Sergi Pàmies. Anagrama, Barcelona, 2009. 173 pp. 15 €

Care Santos

Puedo imaginar al editor de Amélie Nothomb frotándose las manos al saber que su última novela, la que iba a publicar en el 2008, y que ahora aparece en España, regresaba argumentalmente al Japón que tan buenos dividendos —literarios y económicos— arrojó en aquel libro que para muchos representó el descubrimiento de la autora belga, Estupor y temblores. Pues sí, en esta novela, Nothomb regresa al Japón en el que nació y vivió hasta los cinco años y que añoró durante los quince siguientes, para luego recuperarlo ya veinteañera y dispuesta a fundirse con el país a la manera japonesa. Es decir, trabajando en una gran compañía y sufriendo todas las vejaciones que el rígido sistema laboral nipón es capaz de infligir a un empleado (que son muchas, como sabemos todos los lectores de aquella novela). El encanto del Japón que nos explica Nothomb en sus novelas radica en el amor y la perplejidad a partes iguales con que ella lo observa. La suya es la mirada de una occidental, y por tanto realza aspectos que a nosotros nos pueden resultar chocantes o divertidos, con absoluto conocimiento. Pero, a la vez, es también la mirada de alguien profundamente enamorado de la cultura nipona, de su gente, de sus costumbres, y por tanto amable con ella. Hay extrañeza, pero jamás desprecio. La perplejidad está moderada por la admiración. Eso es lo que convierte su mirada en única y en irresistible.
También en lo referente a su temática es particular esta novela. Según ha dicho la propia autora «es el único de mis libros en el que ningún ser intenta destruir a otro». Suponiendo que no entendamos el amor como la más sublime maniobra de destrucción inventada por el ser humano, claro, porque esto es lo que cuenta esta historia: una historia de amor. Y como siempre ocurre en estos casos, uno destruye y el otro resulta destruido. También regresa la autora a sus novelas autoficcionales, como Estupor y temblores —cuya trama es simultánea en el tiempo a la de ésta—, Metafísica de los tubos o Biografía del hambre. Y eso después de sus dos últimas entregas, bastante más flojas: Acido sulfúrico y Diario de golondrina. El de la autoficción es un registro en el que se maneja bien, en parte por la ironía con que ha sido capaz de construir su propio personaje, y en el que es divertido advertir hasta qué extremo escribe para sus seguidores, intercalando referencias a otras novelas de las que no cuenta nada y que supone en conocimiento de todos. Sin duda, puede permitírselo.
La historia de amor de Ni de Eva ni de Adán confronta a una veintañera Amélie que regresa a Japón con la intención de estudiar el idioma y buscar trabajo, y que para sufragarse los estudios da clases de francés a japoneses. Así conoce a Rinri, un joven de su misma edad, multimillonario y exquisito, prendado de la lengua de Voltaire —y de todo lo francés, por extensión—, de quien se enamorará a las pocas lecciones. Con él conocerá algo mejor el país que tanto admira, y eso incluye episodios turísticos como una visita a Hiroshima o una ascensión al monte Fuji y otros más auténticos, como las veladas familiares en casa de su novio, en las que nunca consigue vencer la animadversión que despierta en los padres y los abuelos de él sólo por ser «una occidental demasiado expresiva».
Como siempre en Nothomb, hay minimalismo narrativo, multitud de anécdotas hilarantes, autoparodia, metáforas que sustituyen escenas completas —la más astuta y a la vez la más delicada es la descripción del ciclón que sirve para explicar un fin de semana de sexo entre los dos protagonistas— y reflexiones lúcidas, pequeñas perlas que por sí mismas justifican una lectura. En este caso, son especialmente emocionantes las que llegan al final, otra marca de la casa —los finales de Nothomb merecen la pena incluso en sus novelas más flojas, lo cual no es mérito pequeño—, al hilo de la huida que emprende la protagonista, contra todo pronóstico: «Uno debería tener siempre algo de lo que huir, para cultivar esa maravillosa posibilidad. De hecho, siempre hay algo de lo que huir. Aunque sólo sea de uno mismo.»
La escena final de la historia sirve también de justificación de la novela misma: «Decirle a alguien que se ha terminado es feo y falso. Nunca se termina. Incluso cuando ya no piensas en alguien, ¿cómo dudar de su presencia dentro de ti? Un ser que ha contado para ti siempre cuenta». Es un buen colofón, que además deja claro a aquellos que no lo supieran que Nothomb es una de esas escritoras capaz de escribir una novela para narrar el vuelo de una mosca que le sedujo en una tarde cualquiera. No importa lo que cuente, importa la originalidad de su voz, su particular manera de ver el mundo y de reírse de él sin dejar de analizarlo. Por eso la literatura de Amélie Nothom es una droga. Legal, por fortuna.

miércoles, febrero 11, 2009

Cuadernos de la guerra y otros textos, Marguerite Duras

Ed. Sophie Bogaert y Olivier Corpet. Trad. María Condor. Siruela, Madrid, 2008. 364 pp. 25 €

Elvira Navarro

«¿Que la vida es triste? Bueno, pero quiero averiguarlo yo, ¿comprende?, yo solita y hasta el fin, y tanto como pueda», le dice una sirvienta a un viajante de comercio en El square. Se trata de una declaración de principios: «yo solita y hasta el fin, y tanto como pueda», aunque lo único que haya que ver sea la tristeza, pues el verdadero mal no es que la vida sea penosa, sino la indiferencia.
¿A qué llamamos “vida”? Quiero tener esta pregunta delante para escribir sobre los Cuadernos de la guerra, escritos entre 1943 y 1949, y que no tratan sólo ni fundamentalmente de la ocupación alemana de Francia, aunque también. Los acompañan otros textos: La infancia ilimitada y seis relatos, y lo interesante de ellos, al igual que de la obra entera de esta venerada y repudiada autora francesa, es la celebración casi suicida de cualquier estado que quiebre la normalidad, es decir, la convención. El porqué de la pulsión durasiana en contra de cualquier establishment de la realidad queda bien claro en estos Cuadernos, que son, en su mayor parte, autobiográficos: la convención quiere la muerte de los que no se atienen a ella. Y la convención es, en primer lugar, dinero.
La tragedia de no tener dinero es lo que se cuenta en el Cuaderno rosa marmolado, el primero del volumen y el más importante, pues en él está el origen de la escritura de Duras. Hija de maestros que emigraron a Indochina, el cuaderno cuenta cómo la madre de MD trató de hacer fortuna gastándose los ahorros de veinticuatro años de funcionariado e hipotecando parte de su sueldo en unas tierras que resultaron ser aluviales (esta narración es el origen de Un dique contra el Pacífico). El resultado: una madre enloquecida y arruinada, un hermano que les robaba y les pegaba para fumar opio, otro hermano que vivía aterrorizado y Marguerite, que soportaba palizas y humillación, y que no obstante estaba llamada a redimir al clan familiar, pues así lo decidió su madre al obligarla a estudiar. Cualquier escritor blando habría sacado de aquí traumas y nihilismo a manta, y sin embargo, y esto es lo importante, Duras hace de la tragedia una escuela de afirmación vital, recogiendo el testigo de su madre, la cual «soñaba como no he visto nunca soñar a nadie. Soñaba su desgracia misma, hablaba de ella con orgullo, no conocía la verdadera tristeza sino solamente el dolor, porque tenía un alma de una violencia regia que no se hubiera complacido en la aceptación que toda tristeza comporta». Y es que entregarse a la tristeza es resignarse, claudicar, morir. ¿A qué llamamos “vida”? A la actitud de vivir, de afirmarse y aprender contra viento y marea, de no dejarse matar.
De esta actitud salen afirmaciones tan sorprendentes como: «En toda mi existencia he experimentado revelaciones tan poderosas, tan poderosas y tan soberanamente convincentes como algunos insultos de mi hermano mayor, si no es leyendo a Rimbaud, a Dostoievski. Fue quizás el primero que me inculcó esta tendencia, que todavía tengo, a preferir la obra de inspiración a cualquier otra», o esta otra, máxima de su literatura: «Me abstengo de juzgar, como lo hacía entonces. Me gustaría conservar intacto el brillo del Acontecimiento que para mí era mi hermano mayor. Era injusto y ruin como lo es la suerte y como lo es todo destino. Su ferocidad para conmigo tenía algo de cabal y en el fondo algo de puro. Su vida se desarrollaba tan implacable como una fatalidad, y nos infundía respeto. El tejido de golpes e insultos que me infería era el tejido mismo del que estaba hecha su alma, no había margen».
No me extiendo más, pues el quid de estos cuadernos ya está dicho. Añadiré que al relato de infancia se suman esbozos de El dolor, Albert de Les Capitales, Ter el miliciano, Madame Dodin (estos títulos son parte de la obra primeriza de MD), y textos autobiográficos. Para los amantes de Duras, entre los que me cuento, son todo un festín.

martes, febrero 10, 2009

Flores para un cyborg, Diego Muñoz Valenzuela

EDA, Madrid, 2008. 196 pp. 14.25 €

Pepe Cervera

En Flores para un cyborg, uno de los seis libros que hasta la fecha ha publicado su autor, Diego Muñoz Valenzuela, (Chile, 1956), se cuenta la historia de un científico experto en robótica, Rubén Arancibia, que después de pasar varios años exiliado regresa a su país, Chile, acompañado de Tom, cyborg que ha construido a su imagen y semejanza. A tal extremo llega el parecido de la máquina con el aspecto de su creador, que es capaz de pasar por éste en «reuniones sociales, cócteles, conferencias, almuerzos, partidos de béisbol y a más de un seminario inútil», incluso llega a superarlo en cuanto a relaciones sociales, ya que el androide aprende rápido a lucir un encanto del que Arancibia carece.
Pese a haberse convertido en un país democrático, en el Chile que el protagonista se encuentra permanecen latentes los vicios de la anterior dictadura. Los antiguos torturadores están ahora al mando de negocios excesivamente conectados con el actual gobierno; aquellos que administraban el país continúan manejando ahora excesiva información que les permite mantener un estatus privilegiado con la connivencia de jueces y políticos. La corrupción está en el orden del día. Rubén Arancibia y un viejo amigo, activista opositor al régimen, Ricardo Bell, se plantean darle al Perro Torres, torturador y asesino, una píldora idéntica a las que él administraba.

«— ¿Dárselas a ese hijo de puta? ¡Claro! Pero es muy difícil. Ningún tribunal lo condenaría. No conseguiríamos nada con esos magistrados corruptos o, en el mejor de los casos, inertes.
—No hablo de tribunales, hablo de justicia. Dejar seca a esa alimaña.»
Lo que a priori parece una empresa etérea y descabellada toma cuerpo rápidamente y se transforma en una idea palpable gracias a la implicación del hombre de acero, cuyos principios y reglas morales coinciden con los que rigen el comportamiento de su creador. El cyborg se convierte en el instrumento con que su hacedor llevará a cabo la revancha. Se desata una oleada de violencia para resarcir el daño que les fue causado. El argumento que trabaja el autor posee por sí mismo una importante carga de tragedia, sin embargo Diego Muñoz Valenzuela va salpicando su prosa con las dosis justas de humor para desdramatizar el punto de vista del lector, quien no puede evitar la reflexión pero tampoco dejar escapar una sonrisa —como la que provoca la obsesión del cyborg por conseguir un apéndice viril que le permita mantener relaciones sexuales con mujeres de carne y hueso. Tom adquiere sensibilidad y capacidades humanas; sorprendentemente la máquina desarrolla cierta facultad de sentir, es capaz de querer y conseguir que le quieran. Ruben Arancibia lo considera un amigo, un hermano, un hijo, y a lo largo de la narración se percibe la reciprocidad de esos sentimientos. Para la lectura del libro de Muñoz Valenzuela, además del ya mencionado sentido del humor que lo recorre, adquiere importancia la soltura de la prosa, la facilidad con que se avanza: no es difícil liquidar las más de 260 páginas de tirón. Los objetivos que el protagonista y sus cómplices se asignan van cayendo y lo que se planteó en un primer momento como una reparación puntual e irreprochable empieza a perder freno tomando visos de venganza. El protagonista lo advierte casi al mismo tiempo que el lector: «—Haces justicia por tu mano y te conviertes en uno más de ellos, un vampiro que jamás se cansará de succionar la sangre de sus víctimas…», le dice al cyborg después de su último trabajo. A un pelo estamos de cuestionar la rectitud de sus hazañas cuando una veta de esperanza viene a apaciguar las malas conciencias.
A Diego Muñoz Valenzuela se le conocía en España por haber sido incluido en la Antología de cuentos chilenos que en 2006 preparó el italiano y especialista en literatura hispanoamericana Danilo Manera para la editorial Siruela; en Chile ha publicado otra novela y cuatro colecciones de relatos. Ahora se le puede encontrar en las librerías españolas gracias a la labor de E.D.A. libros (http://www.edalibros.com/), que poco a poco, de manera injustamente callada y con unos libros de muy buen tacto, está elaborando un catálogo nada despreciable —en su colección “Los días terrestres” ya ha publicado a autores como Guillermo Busutil, José Eduardo Tornay, David Roas, Federico Fuertes Guzmán—: Flores para un cyborg es una prueba más de ello.

lunes, febrero 09, 2009

Guinea, Fernando Gamboa

El Andén, Barcelona, 2008. 384 pp. 18,50 €

Carmen Fernández Etreros

Desde las primeras páginas de esta novela de Fernando Gamboa, el lector de Guinea se siente espectador de una aventura, de un viaje. Guinea tiene todos los ingredientes de la novela de aventuras: Un país desconocido, una voluntaria española indefensa que se debate entre la soledad y la duda, una violencia inesperada, una naturaleza difícil de controlar,... Una ficción documentada que como señala el autor Fernando Gamboa en una nota «ha creído necesaria para describir la escalofriante realidad».
En aras a esa realidad vivida y transmitida por la protagonista en la barra del bar de un desvencijado hotel, el narrador nos lleva de la mano por un pequeño país africano, Guinea Ecuatorial que fue una desconocida provincia española hasta hace cuarenta años. Pero en la actualidad, a pesar de poseer una de las mayores reservas petrolíferas del continente africano y una gran riqueza natural que sorprende con sus desconocidas selvas vírgenes, sus escondidas tribus como los ‘akas’ y sus animales salvajes como los buscados gorilas, este país sufre una cruda etapa de represión por parte de sus dirigentes.
La novela de Gamboa, viajero incansable y autor de La última cripta, nos recuerda a obras de Vázquez Figueroa como África llora, y ese género de novela de aventuras en la acción marca el argumento y el ritmo de la novela. La protagonista de esta novela Guinea es Blanca Idoia, una joven antropóloga que llega llena de ilusiones al país gracias a una ONG, y tras una corta estancia es detenida arbitrariamente en un control de carreteras por no llevar documentación. Blanca Idoia, ante su sorpresa, será conducida a una oscura celda, torturada brutalmente, y finalmente condenada a muerte en una parodia de juicio por militares guineanos. La protagonista se verá obligada a huir sin remedio para sobrevivir en una desesperada carrera a través de la selva ayudada por los nativos y, sobre todo, por Gabriel Biné, un guineano que huye como ella y que se convertirá en su guía y su ayuda. Blanca Idoia conocerá la pobreza extrema, el hambre, la injusticia, así como las enfermedades que azotan África como la malaria o el sida. Pero también conocerá la belleza salvaje de la selva, la ayuda generosa de los habitantes de Guinea, la vida diaria de los pigmeos o el comportamiento de los gorilas.
Destaca como el narrador logra conectar esa experiencia con el cambio profundo en el carácter y el destino de la protagonista Blanca. Del viaje físico de la protagonista nos traslada al viaje interior del personaje de Blanca Idioa con estas palabras:
«Me enjaboné y me pasé la esponja por fuerza, casi con saña. Sentía que África se había filtrado por los poros de mi piel, y que no sólo me había traído conmigo el parásito de la malaria, sino también algo más indefinible, más oscuro. Un tipo de tristeza desesperanzada que no había sentido antes. Sentía rabia. Miedo. Odio. Amor» (página 284).
En la novela se mantiene una hábil tensión basada en un ritmo cercano a lo cinematográfico, basado en la imagen y en la acción, y un diálogo entre los personajes fluido y dinámico. Un libro duro sin duda, en el que no faltan las escenas cruentas, que cuenta una «experiencia real inventada» que nos acerca a los acontecimientos que viven muchos seres humanos indefensos que viven en Guinea, ese país desconocido.

viernes, febrero 06, 2009

21 relatos contra el acoso escolar, edición de Fernando Marías y Silvia Pérez

SM, Madrid, 2008. 262 pp. 7,80 €.

Juan Pablo Heras

Ya sabemos que la violencia en la escuela no es un accidente de nuestro tiempo. Nos lo recuerda, por ejemplo, el dibujo que aporta Carlos Giménez a esta antología, y que replica los ya sobradamente conocidos de sus álbumes de Paracuellos, recordándonos que el acoso escolar no siempre fue «entre iguales». Como tema, tampoco ha escapado a la atención de la literatura, quizá porque en las situaciones de acoso se revelan a la vez la crueldad primaria del hombre y las perversiones implacables de la civilización: recordemos, por ejemplo, el terrible relato de Roald Dahl Galloping Foxley. Pero la razón por la que Fernando Marías y Silvia Peláez han convocado a 21 autores para escribir estos relatos es la misma que, entiendo, justifica la subvención con la que el Ministerio de Cultura ha apoyado su edición: que la sociedad se ha puesto en guardia, y que ha llegado la hora de no mirar hacia otro lado cuando observemos a niños haciendo sufrir a otros niños. Por eso estos 21 relatos se presentan contra —y no sobre— el acoso escolar.
Antes de abrir el libro, a mí me sedujo la idea de ponerme en el lugar de los autores que habían recibido el encargo, de imaginarles ante una página en blanco que de pronto se hace encrucijada: ¿dónde focalizar el relato? ¿En el maltratado? ¿En el maltratador? ¿En los testigos? Por suerte, la compilación aporta todo tipo de puntos de vista, como prueba de la vocación exploradora con la que muchos de estos autores han enfocado la cuestión palpitante.
La colocación del primer y último relato está sabiamente estudiada. Comienza el libro con Chico omega, de César Mallorquí, un relato básico y fundamental, una suerte de grado cero del acoso, una instantánea desoladora y certera del corazón encogido de un niño que se despierta todas las mañanas para encaminarse al infierno en el que se ha convertido su colegio. Se cierra con Marcar un gol, de Care Santos, una tranquila mirada al pasado de una mujer adulta que ha dejado atrás el sufrimiento, que ha sido capaz de aprovechar su talento para salir adelante, pero que ni olvida ni perdona.
Entre los demás relatos merecen ser destacados aquellos que se atreven a penetrar en la mente oscura del maltratador. Aprende, de Espido Freire, para mi gusto el mejor del libro, consigue alumbrar, con una admirable economía expresiva, el trasfondo de maltrato que se esconde tras cada maltratador, la espiral maldita que se enrosca entre generaciones sucesivas y que lacera todo lo que toca. Entre los otros relatos que se colocan en esta perspectiva, merecen especial mención los de Ricardo Gómez —quizá el más adecuado, por ritmo y lenguaje, para el lector joven— y Gonzalo Moure, que opta por una mirada lírica. Lola Beccaria, por su parte, consigue reunir el doble punto de vista de acosador y acosado en un solo relato.
Otros autores han optado por incluir como personajes a los padres y sus dificultades para detectar lo que sus hijos callan. Ana Alcolea y Elena O’Callaghan i Duch coinciden en contraponer los puntos de vista de madre e hija ante una situación que, con demasiada frecuencia, cae en el olvido de los secretos inconfesables. Las dos caras de la misma moneda, de O’Callaghan, se fundamenta en un hecho real y suma a su valor literario el de testimonio ejemplar.
Al margen de otros tres relatos —los de Lorenzo Silva, Montserrat del Amo y Alfredo Gómez Cerdá—, que divergen de la temática predominante y cuyo contenido no puedo desvelar sin chafar su lectura, también merece la pena destacar la presencia de varios testimonios autobiográficos (o al menos así lo parecen) que nos retrotraen a épocas pasadas, a situaciones que resultarían exóticas a los lectores jóvenes si no fuera porque el acoso es una misma forma de miedo con distintas máscaras. Es el caso de los relatos de Jordi Sierra i Fabra, Carlo Frabetti y Gustavo Martín Garzo. El de Frabetti, Fidel Castro y el general Moscardó, aporta una refrescante nota de sentido del humor; Memoria, de Jordi Sierra i Fabra, resume en pocas páginas la experiencia que ya recreó en su novela Sin vuelta atrás, la misma, por otro lado, que le convirtió en escritor. Quizá en todo escritor se esconde un niño inadaptado, un espíritu incómodo que se refugia en otros mundos —los libros— para escapar de los lobos. Y es por eso que el acoso escolar no es, simplemente, un tema de moda, ni este libro un título oportunista, sino, en cambio, una muestra más del valor social de la literatura.

jueves, febrero 05, 2009

Cuentos Completos IV / V, Philip K. Dick

Trad. Carlos Gardini y Manuel Mata. Minotauro, Barcelona, 2008. 471 pp/446 pp. 22 €/24 €

Alberto Luque Cortina

Para quienes no conozcan a Philip K. Dick (1928-1982), la inevitable referencia a películas como Blade Runner (Ridley Scott, 1982), Minority Report (Steven Spielberg, 2002), o Scanner Darkly (Richard Linklater, 2006), inspiradas en algunas de sus obras, puede servir de estímulo suficiente para adentrarse en la narrativa de uno de los grandes escritores de ciencia ficción del siglo XX. Dick, más conocido por su obra novelística, desarrolló, al igual que muchos de sus colegas de generación, una importante labor cuentística: más de un centenar de relatos recogidos en cinco volúmenes que Minotauro viene publicando desde 2005. Los dos últimos, editados en 2008, incluyen cuarenta y dos relatos escritos entre 1954 y 1981, un vasto periodo en el que se advierten diferentes etapas creativas dentro del universo literario y personal del autor, ambos íntimamente imbricados.
La evolución temática de su obra, fascinante y diversa, corre paralela a su trayectoria vital. Así, una parte considerable de los cuentos escritos en los años 50, los tiempos de la guerra fría, describen futuros apocalípticos en los que la Tierra ha sido arrasada tras una nueva y devastadora conflagración mundial. Encuentro en estas epopeyas pulp algunos de sus mayores logros, debido en buena medida a su habilidad para crear, con gran escasez de medios, ambientes inquietantes, capaces de provocar en el lector una desazón parecida a la producida por algunos pasajes musicales de los cuartetos de Shostakovich, las obras de Varese o de Elliot Carter. Dentro de esta temática se halla uno de los mejores y más desasosegantes relatos del autor, Los días de Perky Pat (IV), una joya de la ciencia ficción y una reflexión sobre el consumismo y la manipulación de las masas.
Precisamente el control de la sociedad a través de realidades artificiales o virtuales es uno de los temas recurrentes en la obra de Dick, pionero, entre otras corrientes, del ciberpunk. Esta ficción es en ocasiones creada por el mismo hombre -El patrón de Yancy (IV)- o bien por seres alienígenas -Artefacto precioso (V)-. La manipulación conduce a veces a la alienación del individuo, al desdoblamiento de la personalidad o directamente a la paranoia: el protagonista no sabe realmente qué ha hecho -Síndrome de alejamiento (V)-, quién es -Nosotros, los exploradores (V)- o qué es -La hormiga eléctrica (V)-, por citar algunos ejemplos.
De este modo, el mundo se desenvuelve con la apariencia compleja de algunos dibujos de Escher. Esta superposición de realidades engañosas es especialmente significativa en el último periplo creativo del autor, muy influido por sus experiencias personales –psicotrópicas, paranoicas y místicas-, y tienen su máximo exponente narrativo en La fe de nuestros padres (V), otro de los grandes relatos de Dick y uno de los cuentos de ciencia ficción más perturbadores que se hallan escrito.
Por lo demás, la temática del autor es muy variada: el misticismo y la religiosidad -La cajita negra (V)-, la precognición o visión del futuro –El informe de la minoría (IV) o Un juego sin azar (V)-, los viajes en el tiempo -Mercado cautivo (IV)- las invasiones alienígenas -Juego de Guerra (IV) o La guerra de los Fnuls (V)-, o el futuro controlado por las máquinas –Servicio técnico (IV)-, argumentos recurrentes del género que en las manos de Dick adquieren un tono mayor del acostumbrado por la originalidad de los planteamientos y el desenvolvimiento de la trama.
Como sucede en este tipo de compilaciones, el resultado es desigual: algunos cuentos son obras maestras de la ciencia ficción, mientras que otros no pasan de ser meros divertimentos de serie B a veces insatisfactoriamente concluidos, en los que puede intuirse una apresurada resolución fruto quizá de compromisos editoriales o simple dejación. Esta irregularidad es especialmente evidente en el quinto y último volumen, el más complejo y oscuro de esta colección, si bien cuenta con algunos relatos excepcionales. Este hecho no obsta para disfrutar del complejo y creativo universo dickiano, cómico, desolador, o aterrador por momentos, casi siempre emplazado en un futuro inmediato, inquietantemente familiar para el lector contemporáneo, en el que el individuo es el único eje alrededor del cual gravita una realidad siempre compleja y con frecuencia tenebrosa.

miércoles, febrero 04, 2009

El Informe de Brodeck, Philippe Claudel

Trad. José Antonio Soriano Marco. Salamandra, Barcelona, 2008. 288 pp. 16 €

Carmen Fernández Etreros

El Informe Brodeck no es una novela más sobre las consecuencias terribles de la Segunda Guerra Mundial. No, quizás la guerra sea el pretexto que utiliza el escritor francés para intentar explicar o contestarse a sí mismo sobre cuáles son esos extraños mecanismos de la naturaleza humana que logran que los hombres podamos tener ante situaciones limite actitudes impensables, crueles, vergonzosas o cobardes.
Para ello el escritor francés Phillippe Claudel (Nancy, 1962) sitúa el argumento de El Informe Brodeck en un pequeño pueblo perdido en las montañas, en el que un año después del final de la guerra sucede un acontecimiento inesperado: el único extranjero del lugar, a quien llaman Der Anderer, —el Otro, en alemán—, ha sido asesinado en la fonda del pueblo y todos los hombres de la localidad callan sobre el crimen.
El protagonista de la novela es Brodeck, un joven que llegó al pueblo de niño montado en una carreta protegido por una viejecita, Fédorine, y que una noche por casualidad acude a la fonda Schloss por un poco de mantequilla para su hija Poupchette. Brodeck se encuentra con un panorama inesperado al abrir la puerta: El Anderer ha sido asesinado y han quemado todo lo que le pertenecía. Todos los hombres del pueblo están allí, todos menos Brodeck. El sorprendido joven recibe el encargo del alcalde de redactar un informe sobre lo sucedido «para que quienes lo lean puedan comprender y perdonar». Brodeck es el único habitante del pueblo que en ese momento tiene estudios y puede redactar el informe.
Brodeck desde ese día se encerrará todas las noches en el cobertizo a escribir su informe pero al intentarlo se encontrara escribiendo su propia historia, su desconocida infancia, sus recuerdos de esa lengua que nadie conoce, su llegada al pueblo con Fédorine, su breve paso por la Universidad, su encuentro con su bella mujer Emélia, los extraños acontecimientos que le llevaron a un campo de concentración y cómo logró escapar. «Mi nombre estaba en el monumento a los caídos, pero como volví, Baerensbourg, el marmolista, lo borró. Le costó lo suyo. Eliminar lo grabado en piedra es peliagudo. Así que todavía logro leer mi nombre de pila en el monumento. A mí me hace sonreír pero a Emélia le produce escalofríos,...», (pág. 30).
Los lectores nos vamos dando cuenta por las pausadas palabras de Brodeck de que nos encontramos ante un superviviente, un extranjero en el propio pueblo que le acogió en su infancia sin reparo alguno, que le educó y le ayudó a salir adelante. Su lenguaje aséptico, y en ocasiones ingenuo, nos sitúa ante un hombre que ha llegado al límite. Nos damos cuenta de los silencios de Brodeck, lo que quiere callar, pero también de los silencios de los habitantes del pueblo ante esa muerte anunciada.
«Habría ocurrido de otra manera pero habría ocurrido algo. Se teme a quien calla, a quien no dice nada. A quien mira y no habla. ¿Cómo saber qué piensa quien permanece mudo?». (pág.226)
Se podría decir que es una novela construida sobre el engranaje de una palabra: el silencio. El informe Brodeck se enfrenta a esos momentos en que los hombres callamos y preferimos dar la vuelta a reaccionar. A esos momentos en los que el miedo en vez de conducir al heroísmo, nos lleva a no ayudar al vecino o al que sufre injustamente. Y Brodeck también cuenta en su relato esos momentos en los que él se ha comportado también como un hombre gris que calla y vuelve la cabeza y sólo intenta sobrevivir: «El campo me había enseñado esta paradoja: por muy grande que sea un hombre, nunca está a la altura de si mismo. Es una imposibilidad inherente a su naturaleza», (pág. 202).
En El Informe Brodeck, galardonada con el Premio Goncourt des Lycéens 2007, como ya hiciese Claudel en Las almas grises (Salamandra, 2005) Claudel construye gracias una poderosa voz narrativa una fábula sobre el alma humana, sobre lo que somos capaces de callar ante el miedo y la soledad. Pese a ello El Informe Brodeck no es una novela pesimista sino que deja la puerta abierta gracias al relato de su protagonista a la esperanza, a la vida y al amor.

martes, febrero 03, 2009

Cosas, Edgardo Dobry

Lumen, Barcelona, 2008. 95 pp. 14,90 €

Eduardo Fariña Poveda

Labrar lo íntimo como si fuera parte de un final para un acontecimiento fragmentario. Las búsquedas y exploraciones que el sujeto realiza hacen cada vez más cercano al poema y proponen un acercamiento a su superficie. Éstas, al ser reflejadas por las aguas estancadas de la memoria, deciden de una vez sumergirse y refrescar las cosas. Esa parecería ser en principio una de las direcciones que brinda Edgardo Dobry (Argentina, 1962) en Cosas. El poemario que da un giro notorio a su anterior obra El Lago de los Botes (Lumen, 2005), en el que Dobry trabajaba con formas más narrativas y cuya escritura no daba lugar a coloquialismos acérrimos, posibilita que interior y exterior dialoguen acerca de sus tensiones con bastante frecuencia. Sin embargo, el encaramiento textual se da en los lugares internos. La memoria ya no es una instalación para que los recuerdos, como cualquier artefacto artístico, puedan ser observados o interrogados por su insistencia en permanecer o en resucitar sustancias. Los 87 poemas parecen ser transformaciones de elementos opuestos, mudanzas urgentes y a menudo metamorfosis de objetos en conmemoraciones y viceversa.
Por ejemplo, en el poema 3 atisbamos una invitación a residir en un momento de un proyecto de lectura: «El poema y la casa del molusco/ son de quien los habita ahora/ no de quien los fabricó». (p.11)
Propone la concentración a semejanza del viaje, cuyo propósito es materializar e inmaterializar la esencia. El entorno que mediante el zig-zag del movimiento permite ver u ocultar el desarrollo de ésta es otra dirección con la que trabaja Dobry en estos textos. El viaje o la cadena de sucesos se van turnando para lograr una unidad que puede escenificar la necesaria presencia del sujeto. Así, observamos en el poema 23: «La uña de mi dedo/ El dedo de mi mano/ La mano de mi cuerpo/ El cuerpo de mi yo/ Mi yo de mi yo de mi yo». (p. 31).
El suceso cotidiano también es cómplice de este intercambio de estados. El hecho crítico tensa el arco de la realidad con la audacia de hacerle dudar del presente que la escenifica. Teatro o guiñol, según intuyamos, lo que está detrás es siempre la duda por la representación y los retazos que constituyen la cosa o sistematizan al individuo. De esta manera encontramos en el poema 51: «Si quiera alguna vez representarlo/ debiera pensar en cuatro manos que aparecen/ y se mueven como guiñoles blancos/ porque este poema sucede bajo el agua/ la tensión superficial es grande/ y opaca la visión: ¿abajo hay liquen, larva, plástico, agua quieta?». (p.59)
En el prólogo de la antología de poesía latinoamericana Pulir Huesos (Galaxia Gutenberg, Círculo de lectores, 2007), Eduardo Milán destacaba de la escritura de Dobry que portaba en su lenguaje una riqueza que ya no residía —dudaba además si alguna vez estuvo ahí tal poder— en el poder del artificio juguetón sino en la mirada, en lo práctico de una mirada que no puede diferenciar una cosa de otra si lo que busca es devolver (como acepción de otorgar) un nuevo sentido a lo que fue puesto en duda.
Ya que los objetos cargan con un peso casi de origen —y esto es muchas veces discutible— los hechos que protagonizan estos objetos tienden gradualmente a convertirse en opiniones que muchas veces poseen un blindaje que la mirada no puede atravesar ni verse reflejada; remover la sedimentación con una nueva mirada poética, o al menos, una mirada que se desee nueva, que no abunde en perezas sentimentales. Lavar los ojos en un río para atreverse a mirar y encontrar lo no pensado; como se expresa en el poema 82: «Hay que mojar la vista en ese río/ dejarla secar en la memoria/ que el limo sedimente el verso / —entre los versos—/ no pensado.»
Cosas es un poemario que intenta profundizar en la esencia de los elementos y reflexionar sobre la representación de la idea que podemos tener de ellos en contextos diversos. Boris Groys, en su último libro Bajo Sospecha (Pre-Textos, 2008), con respecto a la cita de Sartre «Ser subjetivo significa tener futuro», confirma que aparece la figura del lector como único sujeto posible de portar la subjetivización, y no el escritor, quien al terminar un texto está acabado y muerto, incluso si sigue vivo como hombre. El autor de un texto terminado no tiene futuro si no existe un lector que le devuelva la vida mediante la lectura. Desde un primer momento, el lector se sitúa como un juez para poder interpretar los signos y códigos extraídos del maná de lo mediático por el escritor. Siguiendo de cerca esta apreciación, el lector es quien está obligado a dar al objeto (ya sea desde el arte o desde la cultura mediática) el rol de objeto. Es por ello que todo esfuerzo de concebir la poesía a imagen de la esencia deseada es necesario y merece ser seguido con especial atención. Frente a tantos estímulos, el lector deberá buscar y reflexionar sobre su cosa en la cosa, y con ello su propio futuro alrededor de los significados.

lunes, febrero 02, 2009

Música blanca, Cristina Cerezales Laforet

Destino, Barcelona, 2009. 250 pp. 19€

Ignacio Sanz

Cuando yo estudiaba en la universidad de Madrid, allá por los años setenta, escuché en una de esas asambleas multitudinarias, creo que en la Facultad de Periodismo, que había tres obras que retrataban cabalmente la larga posguerra española, es decir la miseria moral de la época: Nada, La colmena y Tiempo de silencio.
El caso de Nada conmocionó el mundillo de las letras porque su autora, Carmen Laforet, era una muchacha desconocida de 23 años que se alzó con esta primera novela con el primer Premio Nadal. Aquella era una manera de prestigiar los premios. Ignoramos cómo se puede haber degradado tanto un premio que comenzó premiando a una desconocida. Pero esa es otra.
Laforet hizo correr ríos de tinta a su alrededor porque aunque siguió publicando sin apremios novelas y libros de relatos, su vida estuvo llena de inseguridades y contratiempos que, poco a poco, la fueron empujando hacia un aislamiento del mundo literario. Este aislamiento se acentúa a partir de los años setenta cuando empieza a tener problemas serios de comunicación que se convierten en una patología.
En este proceso patológico especialmente centra ahora su hija, la novelista Cristina Cerezales, este libro-testimonio que es Música blanca, una música silenciosa, como la propia Laforet, según descubrimos en una cita inicial de Baricco.
Uno descubre en estas páginas la vida torturada de una artista, sus problemas e inseguridades, sus miedos, también el cariño y la compresión de sus hijos que pronto se hacen cargo de la situación que atormenta a la madre. Para ello Cristina Cerezales se vale de cartas, fragmentos de novelas y, sobre todo, de los recuerdos.
El lector de este libro imagina lo difícil que tuvo que ser la vida para la artista que ha triunfado, una artista casada con Manuel Cerezales, periodista y crítico, con el que tuvo cinco hijos a los que, por encima de todo, trata de que su infancia sea un tesoro con larguísimas vacaciones en Arenas de San Pedro o a la orilla del mar. El lector descubre también los golpes terribles, las horas de soledad, alejamiento e incomprensión, la ruptura matrimonial, la presencia de una madrastra en la infancia de la autora que la empuja a salir de Canarias; y también el cariño de los cinco hijos hacia unos padres atormentados que sobrevuelan por encima de las miserias humanas. El escritor Ramón J. Sender, la celebrada autora de libros infantiles Elena Fortún o la profesora Consuelo Burell son algunos de los personajes célebres que salpican estas páginas. Pero la obra está escrita como una confesión íntima, como un dialogo sin estridencias entre una madre y una hija. De hecho, de entre todos los personajes que aparecen en estas páginas destaca Marta Orcajo, la cuidadora de la residencia en la que Carmen Laforet pasa los últimos años, que se ocupa de hacerle la vida más agradable; qué mujer, cómo se entiende con ella a la perfección y cómo es capaz de descubrir a través de una simple mirada qué es lo que la preocupa en cada momento.
Estamos ante un libro precioso, sencillo y conmovedor. Cristina Cerezales se asoma al abismo en el que naufraga su madre. Y lo hace sin dramatismo, desvelando el día a día de una existencia que, pese al brillo del éxito y del reconocimiento social, nos descubre sobre todo las carencias que nublan la vida, al tiempo que hace un retrato de una sociedad en la que no faltan tensiones.

viernes, enero 30, 2009

Casi muerto, Peter James

Trad. Escarlata Guillén. Roca Editorial, Barcelona, 2008. 569 pp. 22 €

Elia Barceló

Casi muerto es el tercer caso criminal protagonizado por Roy Grace, inspector de policía de Brighton, la conocida ciudad costera británica que uno no suele asociar con el crimen, sino con los veranos atlánticos y los cursillos de inglés. Pero no es necesario haber leído las dos novelas anteriores para entrar en ésta, porque el lector no tiene la sensación de enfrentarse con un mundo cuyas claves han sido establecidas en obras anteriores, como sucede con otros novelistas que usan un personaje recurrente, sino que todo se le va presentando con naturalidad y uno va descubriendo Brighton y las gentes que la habitan gracias a la sencillez y efectividad de Peter James.
Sin grandes alardes estilísticos, pero con buen pulso y una prosa clara y directa, Casi muerto nos ofrece un caso criminal podemos decir “clásico”, en el que el asesinato sucede en las primeras páginas y que se va complicando a lo largo de sus 122 secciones (unas más largas que otras, con un total de 569 páginas), llevándonos por diferentes capas sociales y ofreciéndonos también, además de la pura investigación del caso —como es costumbre en la novela negra desde hace ya bastante tiempo— los problemas personales de la vida del protagonista, el inspector Grace, cuya esposa desapareció sin dejar rastro ocho años atrás y ahora, precisamente cuando está empezando a rehacer su vida con otra mujer, parece haber sido vista en Munich.
El caso criminal que ocupa la novela resulta interesante porque desde el principio el lector sabe que su resolución no es tan evidente como cree la policía basándose en las pruebas de que dispone. Pero es que el lector tiene más datos que el equipo investigador porque a lo largo de la novela aparece otro narrador en primera persona que suministra una información bastante críptica pero que deja claro que aún quedan muchos secretos por desvelar y que la policía no es consciente de ello.
A mí, personalmente, la solución me pareció bastante clara desde la mitad de la novela, pero el misterio está bien llevado y se lee con tensión e interés incluso cuando ya se sospecha, como es mi caso, por dónde van los tiros. Habría que añadir en descargo de James que yo había leído recientemente dos novelas en las que la resolución del caso se basaba en una idea muy similar y esto no tiene por qué sucederle a otros lectores.
Como siempre, recomiendo quitarle al libro la cubierta o al menos no leer el texto porque, en el comprensible intento de captar la atención del posible lector, ofrece demasiada información que sería mejor ir adquiriendo a lo largo de la lectura.
La traducción de Escarlata Guillén es correcta, se lee bien y hay pocas ocasiones en las que uno tenga la sensación de que está leyendo un texto traducido. Sin embargo no acabo de explicarme por qué cada vez que se dice que un personaje iba vestido con esto o aquello, la traductora se empeña en usar “ataviado”, lo que queda bastante grotesco cuando se trata de un personaje que lleva una mugrienta gorra y unos pantalones raídos, por ejemplo; ni por qué cuando sale un objeto de terciopelo –un sillón, pongamos por caso– resulta que es de “velvetón” (“velvet” en inglés), o por qué siempre traduce “purple” por “púrpura” y no por “morado o violeta”. Todo esto habría podido evitarse con un corrector de estilo.
Casi muerto (el título en inglés es mucho mejor, pero casi imposible de traducir al español de modo que suene bien: Not dead enoughNo lo bastante muerto) es una buena novela policiaca, con ritmo y tensión, con personajes comprensibles y creíbles aunque a veces no están muy desarrollados —supongo que debido a que, al tratarse de una serie, el autor sabe que tiene más tiempo y más novelas para redondearlos, sobre todo a los secundarios— y que resulta muy agradable de leer. A pesar de que también contiene escenas forenses, como viene siendo habitual, no se hace excesivo hincapié en los detalles macabros, con lo que los lectores más sensibles no tienen nada que temer.
Es también una novela muy cinematográfica en el sentido de que muchas de las escenas están narradas con una técnica que recuerda más a un guión que a una novela y dejan en la mente del lector la sensación de que las ha visto en el cine. No es de extrañar, porque James es también productor cinematográfico y es evidente que su mirada de escritor está dirigida más a lo visual que a lo reflexivo. Alguna exageración en las persecuciones viene precisamente de esta filiación de gran pantalla, supongo, pero acostumbrados como estamos a verlas en el cine, podemos digerirlas sin más.En resumen, una novela muy recomendable para lectores amantes de las novelas criminales clásicas, de ambiente inglés, con personajes muy humanos y motivaciones comprensibles, con buena resolución —tal vez un poco abrupta; a mí me habría gustado un poco más de explicación sobre el asesino y su vida— y suficientes puntos de interés y temas que aún no han quedado cerrados para que uno quiera seguir leyendo casos protagonizados por Roy Grace. ¿Para cuándo la siguiente?

jueves, enero 29, 2009

Los libros que nunca he escrito, George Steiner

Trad. María Cóndor Orduña. Siruela, Madrid, 2008. 237 pp. 18.90 €.

José Manuel de la Huerga

«Un libro no escrito es algo más que un vacío. Acompaña a las obras que uno ha hecho como una sombra irónica y triste.» Así encabeza Steiner la presentación de estos siete libros, no uno, ¡siete!
Siempre he sospechado que el escritor más auténtico trabaja fuera de foco. Los bartleby, kafkas fragmentarios de imposible puzzle, los que dejan el cajón a su muerte lleno de manuscritos, los diarios escondidos nunca publicados, los fracasos, abortos, deformes y contrahechos, las rebañaduras que van directamente a la papelera y otro salva por misericordia, o por venganza… pueblan un territorio atractivo, de delicioso cotilleo para un lector hermano. Y todo por una razón evidente: el escritor baja la guardia, no pasa la criba de la censura familiar, sentimental, social… de lo literariamente correcto. Sabe que eso es prácticamente impublicable y se arroja sobre la página en blanco a tumba abierta. O, como en el caso de Steiner, de vuelta de todo a los ochenta años, le importe un bledo que sus biempensantes compañeros de universidad se escandalicen porque plantee con curiosidad, siempre antesala de la sabiduría, cómo se masturban o estallan en un coito afónico los sordomudos. Y, más aún, aporte sin complejos sus experiencias sexuales con mujeres de cuatro lenguas diferentes.
Consciente o inconscientemente, Steiner ha terminado por dibujar el mapa de sus sueños, o de lo que es lo mismo, las obsesiones que lindan al norte de su cuerpo con la sabiduría, con Dios y la política, al sur con Eros, la envidia y sus relaciones con los animales, al oeste con los sistemas educativos occidentales y al este con Israel, la incómoda Sión para un judío de la diáspora. Obsesiones o constantes que le han acompañado a lo largo de su vida académica y de conferenciante viajero, que le han puesto en más de un aprieto, y que aprovecha ahora para zanjar o por lo menos aquilatar.
El lector que guste de las amalgamas ha encontrado su libro de cabecera para una temporada. No renuncia George Steiner a entrar en terrenos pantanosos con la donosura que dan los años de experiencia, no renuncia a las verdades incómodas (Dios, la política, Sión…), no renuncia a sí mismo como objeto de estudio. Biografía no hagiográfica, y estado de la cuestión sobre los temas delicados, convierten el libro en un aleph irisado, narcótico e irrenunciable. (Espero que la imagen borgiana le resulte halagadora al maestro.)
Hablaba de las verdades incómodas que no tacha de su manuscrito el pensador, como si jugara a que no fueran publicadas, como si no le importara ya a estas alturas, o, mejor aún, como si de verdad quisiera compartir con el lector los límites de su conocimiento, los abismos de su ética, los claroscuros del territorio transitado, y sobre todo, el intransitable. Sirva un botón de muestra, en sus relaciones con los perros: «Si mi esposa o mis hijos fueran atacados por torturadores, les gritaría que resistieran, y me esforzaría por resistir yo mismo. Si fueran a pegar a mi perro o a sacarle los ojos, me derrumbaría inmediatamente y se lo diría todo. No son verdades bonitas. Desafían a la razón y a lo que debieran ser las jerarquías del amor humano.» Glup.
Es incómodo especialmente Steiner con Sion, con Dios y con la política. Llega a ser hermosamente contradictorio: «Mis pálpitos de una proximidad sobrenatural más concentrados y adultos los he tenido en un silente vacío.» Pero «si el ansia que hay en el fondo de nosotros refluyera abandonando la necesidad y la vitalidad adultas, algunas magnitudes de la poética, del discurso filosófico y de las artes, intuyo, retrocederían también.»
En fin, «mi entendimiento, mi cerebro son totalmente incompetentes para la tarea.» Pero se empecinan y continúan mochando contra el muro de sus lamentaciones. Porque «somos la criatura que no cesa de inquirir y de equivocarse».
Steiner en estado puro, sin aderezos, desnudo en medio de la plaza pública, para ejemplo, por humanidad, también por diversión y provocación. Qué gusto llegar a esa edad con esa cabeza.

miércoles, enero 28, 2009

Antropologías del miedo. Vampiros, sacamantecas, locos, enterrados vivos y otras pesadillas de la razón, G. Fernández y J. M.Pedrosa (eds.)

Calambur, Madrid, 2008. 318 pp. 19 €

Fernando Sánchez Calvo

La editorial Calambur estrena su colección de ensayo con Antropologías del miedo. Vampiros, sacamantecas, locos, enterrados vivos y otras pesadillas de la razón, una edición llevada a cabo por Gerardo Fernández Juárez y José Manuel Pedrosa, quienes, aparte de colaborar con investigaciones propias, coordinan ocho estudios más que componen este volumen cuyo objetivo principal es ponerle cara al miedo en sus diversos tiempos y espacios. Junto a ellos, Elena del Río Parra, Josep M. Comelles, Francisco M. Gil García, Alvar Jones Sánchez, Antonio Reigosa, Luis Díaz Viana, José Joaquim Dias Marques, Luisa Abad y Daniel García Sáiz.
El miedo, o lo que es lo mismo, el sentimiento humano más oscuro y primitivo, o lo que es lo mismo, motor y retroceso de la sociedad, recorre el territorio peninsular y sudamericano así como sus diversos siglos en función de desvelar qué motivos (en ocasiones familiares, en otros políticos e incluso espirituales) llevan al hombre a elegir el terror, la alarma, el pánico, como el mejor método de defensa del que puede disponer.
«Porque siempre será muchísimo mejor que te intente devorar un ogro del tipo de Polifemo, enorme, monstruoso, vociferante, escandalosamente llamativo y reconocible, que no que te devore o te vampirice sin previo aviso algún vecino, cuando menos te lo esperes», la sociedad tira de teratofobia (miedo a los seres deformes) y otras distancias para crearse un imaginario propio donde lo distinto, el otro, es peligroso y lo común nunca puede hacer daño. Aunque en ocasiones los protagonistas a temer son seres sobrenaturales que desempeñan una función catártica, casi ritual, en ambientes familiares o domésticos como los numerosos monstruos que habitan la Galicia rural o el famoso Anchanchu del Atilplano aymara de Bolivia (sombra que gobierna a sus víctimas bajo amenaza de posesión y cuyo mal se combate en la famosa pachamama), lo cierto es que los temores infundados en muchos de los estudios que conforman el libro proceden del rechazo a culturas distintas que gradualmente se van asentando en otras sociedades; es el caso de las investigaciones dedicadas al robo de órganos en las tiendas de chinos en Portugal o al hipotético asentamiento de gitanos en Toledo, investigaciones orientadas a indagar cómo se crea una leyenda urbana, basada en la exageración, en la acumulación masiva de horrores inverosímiles y, sobre todo, en una defensa inconsciente del espacio propio que vienen a perturbar los otros.
De ahí a cometer una injusticia concreta contra cierto grupo o persona sólo hay un paso. Abrumadores son los datos y cifras de “locos” encarcelados gratuitamente y con razones no exactamente científicas que ofrece Joseph M. Comelles en "La sombra del miedo: locura, violencia y cultura en la Cataluña moderna". De ahí a la creación de prejuicios contra otra clase social, o lo que es lo mismo, la eterna pelea entre ricos y pobres, hay otro paso: léase la leyenda urbana en la que un médico de Sevilla roba sangre a los pobres para facilitársela a su hijo enfermo. De ahí a la histeria colectiva y al placer de inventar por inventar, es cuestión de segundos: platos chinos aderezados con semen para adolescentes ingenuas, cortes brutales en las comisuras de la boca para las niñas que van solas por la calle, sacamantecas que ansían la piel de los niños díscolos que no hacen caso a sus mamás… El miedo, muchas veces, es el mejor aliado y el último recurso que encuentran los adultos a la hora de educar a sus hijos.
Una última dimensión, milenaria, de claro cariz psicológico pero con referente real, es la que intenta encumbrar en el miedo de miedos a la siguiente obsesión humana: el pánico a ser enterrado vivo. Con escrupulosa exhaustividad Elena del Río Parra nos convence de cómo en un tiempo todavía no muy lejano ser enterrado vivo no era una opción tan impensable. Plagas de peste con sus consiguientes enterramientos masivos, catalepsias, embarazadas recién muertas cuyo feto aún respiraba vida o momentáneos (que no definitivos) paros del corazón, fueron lacras contra las que los certificados de defunción y la medicina todavía no estaban preparados. La consecuencia: unos ojos que se abren dentro de un ataúd, una lucha desesperada por salir del féretro y una certeza final de que se va a morir dos veces. El mito: el nacimiento de los comesudarios. Todo amante de la literatura que se precie recuerda una de las escenas finales de Luces de bohemia donde Basilio Soulinake intenta demostrar en el velatorio de Max Estrella que el protagonista no está muerto sino cataléptico, que de no hacerle caso se va a caer en el error de enterrar vivo al mayor poeta de España; lo que uno siempre creyó esperpento, deformación, se descubre con este estudio como una realidad que, como mínimo, iguala a la ficción.
El miedo nos ha perseguido y perseguirá hasta los restos. Es defensa y ataque, prejuicio y razón. Lo único que importa es su origen y la agonía del que espera la fatalidad. Al fin y al cabo, «el peligro es algo que está por llegar del todo».

martes, enero 27, 2009

Vosotros no sabéis, Andrea Camilleri

Trad. María Antonia Menini. Salamandra, Barcelona, 2008. 220 pp. 15 €

Alejandro Luque

Con ochenta y pico años cumplidos, resulta admirable no sólo la capacidad de trabajo de Andrea Camilleri, sino también la vitalidad de su pluma. Sólo en el año que acabamos de dejar atrás, ha publicado en España tres excelentes nuevas novelas —La pensión Eva, El beso de la sirena y La muerte de Amalia Sacerdote, premio RBA— así como el curioso ensayo que nos ocupa. En casi toda la obra del autor agrigentino, desde la celebrada saga de Montalbano a la abrumadora Biografía del hijo cambiado, sobre Pirandello, la mafia es un lugar común, pero siempre dibujado con trazo grueso o desenfocado, en un discreto segundo plano. En Vosotros no sabéis, título tomado de la enigmática frase que pronunció el capo Bernardo Provenzano cuando fue detenido por la policía en 2006, encontramos el primer acercamiento de carácter monográfico de Camilleri a ese sangriento fenómeno.
Analizando con paciencia y agudeza los pizzini (papelitos escritos en clave) a través de los cuales el jefe de la Cosa Nostra se comunicaba con sus subordinados, el escritor logra componer el retrato del criminal más buscado de Italia al tiempo que revela los alambicados mecanismos de organización y funcionamiento de la organización. No faltará quien se pregunte por qué Camilleri, que bien podría haber aprovechado esta valiosa información para urdir una apasionante novela o un prolijo ensayo, ha optado por una fórmula atípica, ordenando los capítulos a modo de entradas de diccionario. Y ahí podríamos aventurar una hipótesis: si una de las mayores fortalezas de la mafia ha sido durante décadas su invisibilidad, su inconcreción, su indefinición, que llegaba incluso a impedir que los expertos se pusieran de acuerdo sobre la propia raíz etimológica de la palabra mafia, entonces tal vez sistematizarla en un diccionario sea un buen primer paso para arrebatarle esa condición vaporosa y empezar a desactivar sus poderes. Tal vez el primer paso para combatirla, como demostró el juez Falcone y explicó Sciascia en un relato magistral, sea reconocerla y conocerla.
A partir de esta premisa, Camilleri va desvelando al lector, con un humor sutilísimo pero corrosivo, jugosos entresijos mafiosos en un momento, el de la hegemonía de Provenzano, en que la consigna de aquella Cosa Nostra preocupada por reorganizarse era reducir al mínimo sus atentados y asesinatos, o mejor dicho, su presencia pública. El libro decepcionará, no obstante, a quienes busquen en estas páginas la grandeza terrible que el cine ha atribuido a los llamados hombres de honor. Al igual que Roberto Saviano en el superventas Gomorra, los bandidos aparecen con Camilleri desnudos de toda épica, completamente ajenos a la llamativa afectación de un Vito Corleone, expuestos en un retrato hiperrealista como lo que son, ellos y sus cómplices: seres zafios y despiadados, hijos de la podredumbre moral y esclavos de la ambición.
Si el interés del tema o las excelencias de la prosa de Camilleri no fueran suficiente atractivo, hay un motivo más para hacerse con este libro: el hecho de que los derechos de autor vayan destinados a la Fundación de los Funcionarios de Policía para los hijos de las víctimas de la mafia caídas en acto de servicio: una manera de que los pizzini generen, por una vez, beneficios para quienes más han padecido los efectos de esa lacra secular.