lunes, febrero 27, 2017

La condición animal, Valeria Correa Fiz


Páginas de Espuma, Madrid, 2016, 161 pp. 15 €

María Dolores García Pastor

¿Por qué nos asusta reconocer que somos un animal más de la creación? ¿Por qué nos empeñamos en renegar de nuestra parte animal, de lo más salvaje e instintivo que aún perdura en nosotros? Valeria Correa Fiz no teme ni reniega de esa parte de sí misma y se atreve a explorar el lado más animal de la condición humana o el lado más humano de la condición animal. Y lo hace a través de doce relatos de diferente extensión que se dividen en cuatro partes clasificadas según los elementos que se usaban en la antigüedad para explicar los patrones en la naturaleza: tierra, aire, fuego, agua. De todos ellos se nutre La condición animal, en ellos habitan sus criaturas. Los relatos de Tierra nos cuentan sobre éxodos y predadores, los de Aire sobre infancia y pérdidas, los de Fuego sobre enajenación y amores imposibles y los de Agua sobre el origen de la vida y su extinción.
Este es un libro inquietante, visceral y orgánico, con historias que exudan sangre, sudor y semen. Hay algo turbador en los relatos de esta autora, algo imprevisible que amenaza en la sombra, en las atmósferas inquietantes que sabe crear moviéndose entre lo real y lo fantástico. Su prosa descarnada, casi brutal, plagada de imágenes de gran fuerza expresiva que a veces pecan por exceso, el lector se pierde entre tanta metáfora. Cabe destacar, además de su pericia en la creación de ambientes, su capacidad a la hora de revelarnos el retrato psicológico de los personajes, ahondando en lo más profundo de su naturaleza.
Valeria Correa Fiz nos sumerge en las cloacas de la condición humana, bucea en nuestros más bajos instintos, lo imprevisible, lo irracional, al tiempo que desnuda la condición humana dejando patente nuestra fragilidad. Y lo hace entre ecos literarios que nos remiten a grandes de la literatura como Poe, Quiroga, Kafka o Rulfo. También resulta evidente la influencia cinematográfica de Hitchcock en relatos como “Una casa en las afueras” que da comienzo al libro. Historias sorprendentes, crudas, turbadoras en el primer libro de relatos de esta autora argentina, un libro que no deja indiferente.

viernes, febrero 24, 2017

El gigante enterrado, Kazuo Ishiguro


Trad. Mauricio Bach
Anagrama, Barcelona, 2016. 364 pp. 20,90 €

Ariadna G. García

Alguna vez he leído y escuchado a algunos escritores y críticos literarios despotricar contra las novelas de género, considerándolas de rango menor respecto a una supuesta narrativa seria. No deja de ser paradójica esa inquina cuando lo más granado de nuestra novelística de los Siglos de Oro encaja a la perfección dentro de esa categoría, tan injustamente denostada, por lo visto, a día de hoy. Desde La Diana a El Quijote todas las novelas imitaban un género (pastoril, caballerías…), seguían modelos concretos (La Arcadia, El Amadís…) y eran, en mayor o menor medida, obras de puro entretenimiento para los lectores de su época. Frente a ellas se levantaba la atalaya de las obras serias: los diálogos y tratados de espiritualidad (Luis de León, Francisco de Osuna…). Cervantes, pese al éxito de su novela de caballerías, trató hasta el último suspiro de su vida de granjearse fama de escritor serio trabajando sin descanso en su obra final: El Persiles, novela, en esta ocasión, bizantina (otro género narrativo en boga, muy del gusto –este, sí– de los humanistas por su contenido moral). Este preámbulo pretende lanzar una salva a favor de la llamada narrativa de género. La última novela de Ishiguro, El gigante enterrado, puede catalogarse como una moderna novela de caballerías. Como tal, encontramos en ella motivos tópicos de la materia de Bretaña: aparecen un guerrero sajón que busca venganza y un caballero de Arturo que trata de mantener la paz en la región (el legendario Gawain, sobrino del rey), encontramos alusiones al mago Merlín y a sus encantamientos, así como la presencia de seres fantásticos: dragones, orcos y duendes. Además, el libro relata la historia legendaria de las islas, y recoge motivos como la cortesía. Añadamos a esto que el autor selecciona a un personaje –artúrico– para convertirlo en protagonista de un libro propio, argucia típica de los novelistas medievales y renacentistas (Lisuarte en Grecia, Las sergas de Esplandián…). Pero Ishiguro enseguida se sale del patrón para enfocar el género desde la perspectiva de un escritor del siglo XXI que se dirige a lectores de su tiempo. La obra no sigue una cronología lineal, sino que está salpicada de flash back, a veces unos dentro de otros. El narrador, con frecuencia, no da muestras de su omnisciencia, y duda de los pensamientos de su personajes. Se trata, en todo caso, de un narrador implícito que apela continuamente al lector explícito del texto para que compare los mundos del presente y del pasado. En un par de ocasiones cede la voz a Gawain, que desvela secretos que guardan él y Axl, el viejo diplomático en tiempos de Arturo que protagoniza la obra junto a su mujer (Beatrice). Ishiguro emplea una modelación multiselectiva con objeto de ir alternando el foco sobre los distintos personajes. Estos se distribuyen por –novedosas y peculiares– parejas a cuyo cargo tienen una misión: Axl y su amada esposa (una anciana adorable y enferma), Winstan (el espía sajón) y Edwin (un niño britano con alma de guerrero y cazador) y, por último, Gawain y su montura (Horace). El perspectivismo permite no ya sólo actualizar motivos y temas al lector, sino también desvelar intrigas y desmontar las supersticiones y mitos celtas. Esta revisión de las antiguas creencias es uno de los atractivos del libro. Por otro lado, Kazuo Ishiguro introduce –conocidos– motivos de su acerbo personal. No faltan en la novela la búsqueda de la madre y la abolición de la infancia (igual que en la memorable Cuando fuimos huérfanos), el contraste entre una vida consagrada a la causa política o a los placeres –domésticos– (Un artista del mundo flotante),o el empeño de los personajes por recuperar los recuerdos de un pasado lejano y violento, al que se enfrentan (cualquiera de sus libros). El argumento es simple: una pareja de ancianos hartos de las discriminaciones que sufren a causa de la edad, decide abandonar su refugio, horadado en las profundidades de una ladera, para reencontrarse con su hijo. Sus vidas se cruzan con las de los personajes citados, hasta el punto de que asumen como propia una misión peligrosa que les incumbe a todos. También habría que añadir al barquero encargado de llevar a una isla paradisiaca a quienes cumplen ciertos requisitos, así como a Querig, un temible dragón hembra que tiene sumida a Inglaterra en una amnesia general –denominada niebla– que duerme las pasiones y rencores, ya sean de índole privada o nacional. La lucha interior de los personajes por recuperar sus –malos y buenos– recuerdos corre en paralelo a la batalla exterior que pergeña el ejército sajón contra los britanos. Ishiguro ha escrito una novela redonda, atractiva en la forma y compleja en el fondo; un libro que nos interroga sobre la necesidad –o no– de conocerlo todo. Si tenemos una vida, una sociedad, feliz y estable, ¿debemos remover el pasado para ajustarle cuentas? ¿Y pagando qué precio? No caigan en el prejuicio contra las obras de género y lean esta novela de caballerías del siglo XXI. Por cierto, el nobel a Ishiguro, ¿para cuándo?

miércoles, febrero 22, 2017

Hoz en la espalda, Isla Correyero


Huerga y Fierro, Madrid, 2015. 122 pp. 14 €

Verónica Aranda

Isla Correyero, autora de una obra poética sólida y personalísima, con libros emblemáticos como Diario de una enfermera, volvió por fin a publicar en 2015, tras una década de silencio editorial que le ha dado cierto malditismo. Hoz en la espalda está concebido como una ópera dramática. De hecho, fue representada en 2014 en el teatro de la facultad de filología de la Universidad de Salamanca, aunque no incluye acotaciones y no deja de leerse como un poema continuo o soliloquio escénico de siete personajes femeninos (que son una misma mujer) y uno masculino, dividido en cinco cantos: Negación, Ira, Posibles pactos, Depresión, Aceptación, que tiene también mucho de tragedia griega.
Como su título indica, el punto de partida es una puñalada por la espalda, un hachazo a traición, el drama de un divorcio tras años de matrimonio, hijos, posesiones en común, encarnado en una mujer madura, dentro una estructura patriarcal. Tras el estupor inicial ante el abandono y la negación de los hechos, hay una muy lograda evolución psicológica, que explora los límites del dolor y el desarraigo que causa toda ruptura, dándole universalidad. Los leitmotivs que aparecen en cada sección ayudan a reconstruir fragmentariamente la historia (la camisa blanca, el perro, el hijo, la joven amante con la huye el marido, la casa en la montaña, etc.) y la evolución de una crisis que ya acarreaba aislamiento y carencia (nunca pude ser feliz del todo) y que culmina en separación.
Correyero lleva a cabo una poética en verso libre y tono narrativo que busca directamente el desgarrado lenguaje de los desesperados; son voces escindidas que parten del profundo vacío (No sé qué voy a hacer ahora con la vida/ si no te voy a ver bajo la lluvia) y del extrañamiento ante la ruptura. Se podría decir que es una escritura de supervivencia hilvanada con sencillez léxica donde abunda el coloquialismo y cierto lenguaje vulgar, quizá por el propio impulso de liberación del yo lírico, que por momentos parece perder el norte en el poema, pero vuelve a cobrar intensidad en los finales, abrochados con maestría.
A veces, salva la ironía, en las alegorías de animales (como el poema Perros) con que se va forjando el despecho y en las maldiciones bíblicas dirigidas al hombre que es “destructor de vidas”. El “antifaz universal del amor”, nubló a cada una de las voces el entendimiento y la intuición de lo que se avecinaba. De la frustración y los abismos de la depresión, se llega finalmente al no rencor y a cierta paz interior, brillando en soledad: Lo más real soy yo/ andar sola/ brillar. Esta Aceptación que constituye la última parte, es la más lograda del poemario y profundiza en la palabra redentora y en la bondad como la base de nuestra civilización.
El tema del divorcio no ha sido muy tratado en poesía española, en comparación con la poesía en lengua inglesa donde sí se ha abordado más extensamente (cabe recordar poemarios magistrales de Anne Carson y Margaret Atwood), por lo que no deja de ser novedoso, a la vez que nos demuestra que la poesía, en su indagación interior, es terapéutica y sanadora.

lunes, febrero 20, 2017

Si quieres, puedes quedarte aquí, Txani Rodríguez


Editorial Tres Hermanas, Madrid, 2016, 194 pp. 12 €

María Dolores García Pastor

Algunos libros tienen la capacidad de atraparnos desde la primera página, nos arrastran a través de cada palabra hasta llegar al final. Tal vez que la historia comience con su protagonista atrapada en un paso canadiense en medio del bosque, el silencio y la oscuridad, ayude a que eso ocurra, es un inicio muy prometedor, pero no es sólo eso, en Si quieres, puedes quedarte aquí hay mucho más.
La trama es aparentemente sencilla. Andrea y Gonzalo han decidido darse un tiempo en su relación. Ella atraviesa una situación emocional complicada y él la obliga a permanecer en un lugar de reposo y terapias alternativas en la montaña. Lo que debería ser una estancia idílica se irá mostrando como algo desasosegante y oscuro, desde la primera página nada es lo que parece. El paisaje hostil y las muertes constantes de los animales con los que les toca convivir a los inquilinos del lugar, unas ovejas que forman parte de su estancia en una cabaña, hacen que sintamos en todo momento que algo amenaza en la sombra.
Txani Rodríguez crea una atmósfera que consigue inquietarnos y mantenernos en vilo durante toda la novela. Y lo consigue gracias a sus pormenorizadas descripciones de un paisaje agreste que acaba siendo un personaje más, llegando incluso a establecer analogías con los comportamientos humanos, y su maestría para dosificar los diferentes elementos narrativos. También contribuyen a crear una atmósfera enrarecida los peculiares personajes que pueblan la novela y que están tan desorientados o más que la propia protagonista. El propietario del complejo, su ayudante, los diferentes clientes que llegan para instalarse en las cabañas, la viuda de la que Andrea se hace amiga o Gonzalo son personas complicadas, inquietantes a veces, también ellos parecen ocultar algo.
Pese a que la acción transcurre con un tempo contenido, que recuerda a otras obras que acontecen en lugares de reposo como La montaña mágica de Thomas Mann, por poner un ejemplo, la lectura resulta ágil gracias a la brevedad de los capítulos y al estilo contundente de esta escritora. Su prosa me resulta entre descarnada y lírica, sin artificios pero con sutiles pinceladas poéticas. Sumergiéndonos en este episodio vital de Andrea Rodríguez nos lleva a reflexionar sobre la soledad de la vida moderna, el amor y el desamor, la infelicidad o la fragilidad del ser humano, su insignificancia frente a la fuerza de los elementos o la inmensidad e imprevisibilidad de la naturaleza. También se aprecia una mirada irónica sobre determinados modelos de vida actuales.
A lo largo de la novela, y al tiempo que vamos descubriendo algunas cosas, asistimos al descubrimiento de Andrea de sí misma. El final, aunque no es sorprendente, tampoco resulta previsible. Y todo junto deja muy buen sabor de boca. El paso canadiense reaparece al final como una especie de símbolo que cobra importancia en la reiteración, y que nos recuerda de dónde viene la protagonista, y al mismo tiempo acaba convertido en una especie de justicia poética. Si quieres, puedes quedarte aquí fue finalista del XLVII Premio Internacional de Novela Corta Ciudad de Barbastro. Una excelente novela breve que sabe a poco.

viernes, febrero 17, 2017

Porcelain. Mis memorias, Moby


Trad. Jesús Gómez Gutiérrez
Sexto Piso, Barcelona, 2016. 472 pp. 23,90 €

Deni Olmedo

In my dreams I'm jealous all the time / As I wake I'm going out of my mind / Going out of my mind (En mis sueños siempre estoy celoso / mientras despierto salgo de mi mente / salgo de mi mente)

Porcelain (Moby)

Ser pariente de Herman Melville (sobrino-bisnieto) debería haber asegurado una infancia y juventud más o menos prósperas a sus descendientes, pero el señor Melville murió en la más absoluta miseria. Así, Richard Melville Hall nació en el Bronx neoyorquino y pasó parte de su infancia en Connecticut donde solía ayudar a su madre en una lavandería 24 horas. Una madre que no tenía demasiada suerte con los hombres que se iban cruzando en su vida. Una historia que se ha podido repetir miles de veces. Se independizó como sólo podía hacerlo alguien acostumbrado a llevar todos sus ahorros en los bolsillos, viviendo de okupa en una antigua fábrica abandonada en las afueras de New York, y parte de sus escasos ingresos los dejaba en el “alquiler” de un espacio de apenas 30 metros cuadrados. Sí, alquiler, el que tenían que pagar a los guardias de seguridad de esa fábrica por dejarles estar allí. 30 metros cuadrados en que cabían sus pertenencias y una pequeña mesa de mezclas, con la que iba grabando en cintas de cassette las sesiones de música de DJ Moby (lo único que heredó de su tío-bisabuelo Herman). Un sobrenombre que, desde entonces, ya no le abandonaría y que prácticamente ha borrado su verdadero nombre, que muchos solo conocen por la Wikipedia.
Mentira. Hay otra cosa que ha heredado de su famoso antepasado, y es (y esto no lo supo hasta que se puso a ello) su afición a escribir. Cuando un avispado editor le propuso publicar sus memorias, Moby inmediatamente pensó en contratar a alguien que las escribiera, previas entrevistas de documentación. Pero dicho editor le retó a que lo hiciera él mismo. Al fin y al cabo, era familia del famoso escritor de Moby Dick. Como si sólo eso ya fuera una garantía. Y salió bien. Moby no solo es un más que talentoso multi-instrumentalista (él graba todos los instrumentos que aparecen en la mayoría de sus discos), sino que descubrió que escribir le encantaba. Así que se puso manos a la obra. Y el resultado es toda una crónica de una generación que ha vivido la conversión de una ciudad sucia e insegura en la metrópoli por excelencia de este planeta: New York. Sí, son las memorias de Moby, que comprenden la década de los noventa, pero perfectamente podría ser una crónica de la vida de cualquier persona que orbitase en esos años (del 89 al 99) en esa ciudad.
Descubriremos a un Moby profundamente religioso, que creció pegado a una radio, donde escuchaba música constantemente. A su desconcierto escuchando canciones que le provocaban efectos contrarios: por una parte, la letra le hacía pensar que estaba pecando (¡) pero que acababa pensando que no podía ser pecado algo que le hacía sentir decididamente bien. Un Moby de ir a misa los domingos, donde veía a su novia de entonces, y quien le animaba a presentar sus sesiones en cassette en discotecas para conseguir trabajo. El Moby tierno y frágil que sólo podía acertar a pensar qué sería de la motocicleta de un compañero okupa, que acababa de morir en una reyerta cuando le intentaban robar. El Moby abstemio que rechazaba constantemente el alcohol y las drogas que constantemente le ofrecían en sus primeras actuaciones, después de una etapa de su vida en que despertaba casi todos los días tirado en el suelo, rodeado de su propio vómito y que decidió un buen día que ya estaba bien de estrellar coches todas las noches, que encontró refugio en la Biblia y se volvió vegano. Su padre había muerto de alcoholismo y la madre de su mejor amigo también, así que decidió que no quería ser como ellos. Pero el alcohol, las drogas y las resacas matutinas no abandonarían a Moby a lo largo de los siguientes años: las fiestas rave, los conciertos (que empezaban a llevarle a lugares tan lejanos como Japón) y, sobre todo, la muerte de su madre, le devolvían constantemente a la bebida. En realidad, a lo largo de los años, de pasar de actuar en sótanos a grandes discotecas, no le había cambiado nada, siempre manteniendo su particular guerra entre las adicciones y Dios.
Porcelain, como la canción de mismo título que incluiría dentro de Play (1999), es más que un recorrido en diez años de la vida de Moby. Es un retrato de la Nueva York de la década de los noventa. Una mirada en cierta manera tierna e ingenua y, sobre todo, muy honesta y con un punto de humor negro sobre las ganas de triunfar y la decadencia, una vez que vas consiguiendo llegar a lo que te has propuesto. Y con invitados más o menos esperados (como Chemical Brothers, Prodigy, Nine Inch Nails…) y otros que no lo son tanto (Viggo Mortensen o Madonna, por poner sólo un par de ejemplos). Te puede gustar más o menos su música, pero para quien desee saber de primera mano cómo era la cultura de clubs, los grupos que triunfaron en esa década y la vida (más bien nocturna) de un superviviente, la lectura de este libro es imprescindible.

miércoles, febrero 15, 2017

Los celos de Zenobia, José A. Ramírez Lozano


Pre-Textos, Valencia, 2016. 143 pp. 13 €

Ignacio Sanz

Juan Ramón era un neurótico refinado, como suelen serlo los grandes poetas. Qué bien se capta en esta novela en la que los personajes fundamentales, además del propio Juan Ramón y su escudero Juan Guerrero, el cónsul plenipotenciario de la poesía, tal como lo llamó García Lorca, es la propia poesía impura, la musa antojadiza, encarnada en una muchacha que vive en la propia casa de Juan Ramón, provocando los celos de Zenobia. De ahí el título. Pero la musa, como muchacha inconstante y antojadiza, tiende a escaparse, a salir a tomar el aire, a dejarse arrastrar por el primero que la corteje. Además, la musa, como es joven, goza en las fiestas mundanas y en el relumbre de las verbenas. Por eso se escapa una y otra vez. Y entonces el que entra en tensión es Juan Ramón, tan celoso de su obra. No quiere que nadie pueda manosearla por más que ella, tentadora, se deje arrastrar por unos y otros.
El humor, el finísimo humor, se desparrama a lo largo de la obra a través de los encuentros con un elenco de escritores, todos sospechosos de aprovecharse de la musa de Juan Ramón. No en balde aparecen por allí los del 27 tachados como sabemos de hijos bastardos por el poeta de Moguer. Sobre todos recae la duda. Salinas (autor de La voz a mí debida que decía Juan Ramón), Bergamín, ese individuo, Diego, autor de la célebre antología, Alberti, Lorca. Habría que hacer, apunta Juan Ramón, una antología de “mis ecos”. Le obsesionan esos poetas que han homenajeado a Góngora en Sevilla, bajo el impulso del torero Ignacio Sánchez Mejías.
La trama consiste en una serie de fugas y de búsquedas por las casas de algunos de los más destacados escritores de la época, en un Madrid que, en realidad, antes que una metrópolis, parece un poblachón grande, donde todo queda al alcance de la mano, pese a que Zenobia desplaza de un lugar a otro en un moderno coche conducido por ella misma. Así aparecen en su propia salsa las figuras señeras de Azorín, Manuel Machado, Antonio Machado, Pablo Neruda… como personajes de una novela de enredos en la que la finura de Ramírez nos hace partícipes de escenas delirantes que apuntalan algunos de los tópicos que adornan a estos grandes escritores. El huevo frito de la cena aparece sobre la silla en la casa de los Machado. Muy interesante al respecto son las reflexiones que Azorín hace sobre la luz de Castilla y cómo influye en su prosa de pasos cortos. Al final, porque la sangre empuja, la musa se pierde en El Retiro y Guerrero y Juan Ramón emprenden una nueva salid en su búsqueda. Las pesquisas les arrastran primero a Sevilla donde creen que ha escapado tras el embrujo de Sánchez Mejías. Pero no, el torero sin embargo les orienta hacia Algeciras y, después, a través de una llamada telefónica, hacia Casablanca donde la musa engolfada en los cafetines se niega a regresar para decepción de Juan Ramón. Y allí, en el calor abrasivo, se deja toquetear por todos.
De cuando en cuando, la prosa finísima y sugerente de Ramírez Lozano, se ilustra con fragmentos de poemas de Juan Ramón. Esos fragmentos son ventanas maravillosas que nos descubren el esplendor siempre vivo de una obra gigante y original, una obra de la que, pese a todo, Juan Ramón reniega. De ahí el afán de búsqueda de los ejemplares en los que ha aparecido. Quiere quemarlos. Juan Ramón no puede soportar que anden por ahí en manos de unos pocos lectores y, como son tan pocos, los requiere a través de Juan Guerrero para que se los devuelvan con la promesa de hacerles llegar algún día la nueva edición de la que desaparecerán todos esos versos impuros que ahora tanto pesar le causan. En fin, en fin, juanramoniano puro. Una delicia que se lee en dos suspiros y que denota la fineza del autor que ha ganado tantos premios de novela, de literatura infantil y de poesía. Entre otros, cómo no, el premio Juan Ramón Jiménez. Pero, de oca en oca, esta novela viene respaldada por el XXIV premio Juan March Cencillo que concede en Mallorca la Fundación Bartolomé March Servera. Enhorabuena de nuevo.

lunes, febrero 13, 2017

Los amantes anónimos, Salvador Gutiérrez Solís


Stella Maris, Barcelona, 2016. 590 pp. 19€

Eduardo Cruz Acillona

Si uno ha tardado tanto tiempo en reseñar esta novela es porque no quería dejar en evidencia al autor de la misma, que además es amigo…
Y es que cada vez que Salva, Salvador Gutiérrez Solís para los que todavía no se hayan tomado una cerveza con él, publicaba un nuevo libro, la sorpresa se sobreponía a su buen hacer a la hora de llevar a la excelencia la vieja fórmula de sujeto, verbo y predicado, o presentación, nudo y desenlace. Acostumbrados como estábamos a dejarnos llevar gozosamente por nuevos territorios, viene ahora Salva a defraudarnos con Los amantes anónimos
Y digo defraudarnos porque, después de leer las casi seiscientas páginas de esta novela, estoy convencido de que va a pasar mucho tiempo, pero mucho, hasta que Salva nos vuelva a sorprender con un nuevo registro. Este fulano ha creado un personaje tan potente, tan cautivador, tan atrayente, tan con tantas historias que contar que mucho me temo que tenemos protagonista para largo.
Se le ha acabado a Salva el truco de explorar nuevos mundos literarios. Le ha caducado ya la licencia para adentrarse en terrenos vírgenes cual explorador armado de pluma y papel. Para su desgracia, y regocijo de sus lectores, ha creado un monstruo literario en el mejor de los sentidos.
Porque Carmen Puerto no es la policía ni la detective al uso de las novelas de género negro. No. Carmen Puerto es una mujer encerrada en su casa. Su relación con el mundo exterior depende de un teléfono móvil, de un ordenador y de un montacargas a través del cual el vecino del local de abajo, que regenta una peluquería, le proporciona los recursos básicos para la subsistencia. Y bajo esas premisas debe esclarecer una serie de crímenes.
Más allá del argumento, que no vamos a comentar por no correr el riesgo de contar cosas que no debemos, lo que vulgarmente ya se conoce como “hacer un spoiler”, quiero quedarme en reseñar, porque me parece lo más destacable, las afueras del libro.
Hay autores que con seiscientas páginas te hacen una trilogía. Y en muchos casos, infumable. Y hay autores como Salva que, con el mismo número de páginas, te hacen reclamar una trilogía. Después de leer Los amantes anónimos no te queda la satisfacción del crimen resuelto sino el ansia por conocer más a la persona que durante todo un día y sin descanso (porque es lo que vas a tardar en leer el libro, ya te lo adelanto, por si tenías planes) te ha atrapado de una manera tal que te obliga a recurrir a los clásicos.
Me contaba Salva no hace mucho que con la novela negra y con Carmen Puerto estaba disfrutando escribiendo. Me contaba también que Los amantes anónimos es la tercera novela de una serie. A uno le queda la satisfacción de saber que aún están por crearse, como mínimo, las dos anteriores. Y eso compensa, con creces, el disgusto de que el autor, como nos tenía acostumbrados, ya no nos sorprenderá con una nueva propuesta en mucho tiempo.

viernes, febrero 10, 2017

Piel de lobo, Lara Moreno


Lumen, Barcelona, 2016. 264 pp. 19,90 €

Ariadna G. García

Uno de los temas más atractivos y complicados sobre los que escribir es el de las relaciones familiares. En todas las casas existen tabúes que ocultar, relaciones mal avenidas que acaban explotando, y traumas infantiles cuyas asombras alcanzan a adultos carentes de recursos –de sensibilidad, de inteligencia emocional– para encarar con éxito sus vidas. No deja de ser curioso que una institución tan importante desde que nacemos sea a la vez un nicho de problemas, de conflictos, de rencores de lo que a menudo es mejor tomar distancia. Al fin y al cabo, la sangre no deja de ser un líquido viscoso; lo relevante no es el genoma que uno hereda o comparte con otros miembros de su especie, sino la red de valores que los une y sostiene para garantizarles su protección. Pero no siempre resulta sencillo separarse de ese núcleo, por muy tóxico que sea. La inercia, la culpa o la inseguridad sirven de argamasa para recomponer un muro roto. Y de eso trata la última novela de la autora sevillana Lara Moreno (1978). El libro relata la vida de dos hermanas (Sofía y Rita) durante las vacaciones estivales, tras la separación de la primera y la muerte del progenitor. Se localiza en un pueblo costero, en la antigua casa familiar, germen de secretos e infectada de hormigas (como la casa, por cierto, de Subsuelo, de Marcelo Luján; novela que también aborda el motivo de las conflictivas relaciones fraternales). Ambas hermanas cargan con el fardo de un secreto erótico, el de la pequeña (Rita) es verosímil, mientras que el de la mayor (Sofía) resulta un tanto forzado y parece el imprescindible pago del tributo al morbo del que pecan, por igual, novelas y películas. No obstante, abre un motivo importante dentro del libro: el del necesario reajuste sexual en una pareja que acaba de tener un hijo. Éste es un bomba cuya onda expansiva expulsa a las afueras del matrimonio la belleza, el descanso, el sexo. Sofía ama a su vástago pero le resulta un extraño, lo repele y lo quiere a partes iguales. Ni ella ni su hermana saben desenvolverse por la vida. Las une su necesidad común de otras personas que las protejan y cuiden. Se sienten vulnerables. De ahí que sean interdependientes, que no sean capaces de renunciar la una de la otra, y que a la vez, les resulte difícil aguantarse. Cada hermana constituye un espejo que refleja una imagen conocida e hiriente. Tanto que al final deciden romperlo en mil pedazos, en un desenlace de gran intensidad emotiva que se viene gestando durante toda la novela. La historia viene contada por un narrador omnisciente y por Sofía, que actualiza a los lectores acontecimientos importantes de la infancia de ambas. Un rasgo a destacar del estilo es el uso de sintagmas nominales con la función de complemento del nombre, un rasgo poco habitual a día de hoy, pero que gozó de gran estima en el Barroco: “en esta mañana pañuelo blanco”, “la lonja escama gigante”, “pestañas abanico”. Además, la incorporación de los diálogos al texto, sin guiones –como se hace en la narrativa anglosajona– dota al libro de agilidad. Sin duda, Lara Moreno es una de las voces más singulares de nuestra narrativa reciente. No rehúye los conflictos entre los personajes, sino que va buscando su colisión; evita los lugares comunes –novelas protagonizadas por escritores–, y aborda asuntos actuales de los que pocos hablan –las tensiones familiares, la crianza de los hijos, el duelo por la separación–. Novela realista, Piel de lobo ofrece un pormenorizado estudio de la complejidad de la psicología humana, del combate que entabla la angustia contra la confianza.

miércoles, febrero 08, 2017

Sobre las íes. Antología personal, Gerardo Deniz


Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2016. 154 pp. 12 €

José Luis Gómez Toré

¿Qué le ocurre a la crítica española de poesía (uno duda a veces de que exista algo digno de tal nombre) para que un libro como este haya pasado casi desapercibido? Ni siquiera el hecho de que su autor, mexicano de nacionalidad, naciera en España (uno más de esos hijos del exilio, como lo fue también, otro grande de la poesía, Tomás Segovia), parece haber despertado demasiado interés, lo que quizá no hubiera sorprendido demasiado a Deniz, como nos muestra el irónico poema que cierra el libro, “Patria”, que recrea con no poca sorna un viaje a la tierra natal. Aunque no faltan, entre nosotros, declaraciones más o menos pomposas sobre la importancia de mantener puentes con las otras literaturas en español, lo cierto es que una vez más se comprueba que el diálogo con la gran poesía del otro lado del Atlántico es, como poco, precario. Y a sostenerlo no va a ayudar en nada la sorprendente desaparición en la enseñanza secundaria de la literatura hispanoamericana, cuya presencia, casi insignificante, en los programas escolares se ha convertido en la más clamorosa de las ausencias en la última reforma educativa en este país. Como si los legisladores hubiesen querido confirmar aquel exabrupto de César Vallejo en uno de sus poemas, “español de puro bestia” y a la vez asegurarse de que prácticamente nadie sepa quiénes eran un tal Vallejo o un tal Neruda o un tipo con acento argentino llamado Julio Cortázar.
Gerardo Deniz es el seudónimo de Juan Almela Castell (Madrid, 1934-Ciudad de México, 2014), autor de una de las obras más sorprendentes, ricas y divertidas de la poesía mexicana de la segunda parte del siglo XX (y, probablemente de toda la poesía en español). Antipoeta a su manera, Deniz no es en absoluto un discípulo de Parra, por más que el chileno tenga puntos en común con esta especie de Góngora mexicano pasado por las vanguardias (el Góngora, a la vez serio y burlesco, de la “Fábula de Píramo y Tisbe” más que el autor de las Soledades, aunque Deniz es también a su modo un autor hiperculto y, por ello, con todo el derecho a reírse a carcajadas de clásicos y modernos). Póngase en un cóctel al citado Parra con ribetes de James Joyce, a un Lezama Lima más irónico y más caústico, a un Gonzalo Rojas sin atisbo de automitificación, y se tendrá una idea aproximada del tipo de escritura que practica Deniz. Aunque, por supuesto, la referencia a todos estos nombres no hace justicia a su originalísima aproximación al idioma y a la poesía. No es de extrañar el temprano interés de Octavio Paz por los poemas del escritor, pues pocos autores son capaces de mostrar tanta irreverencia ante la escritura lírica y a la vez tanto oficio.
La estética de Deniz es una poética de la libertad. Como afirma en “Principios”, que parece casi un remedo burlesco de la “libertad bajo palabra” del citado Paz, «Lo que escribo tiene el derecho/ —para los fines de la rima/ y todo eso que sólo a mí me interesa—/ de decir que era verde el vestido/ gris en realidad,/ o decir que era martes/ cuando que fue viernes –si me acuerdo—,/ o explicar que el barco enarbolaba calaveras y tibias/ porque lo estaban fumigando./ Tiene este derecho/ y casi ningún otro». La escritura se mueve en un juego constante de asociaciones, a menudo inesperadas, que ponen entre paréntesis el significado, o más bien pareciera como si este fuera arrastrado sin piedad de un lado a otro por la gozosa colisión de significantes que se encuentran entre sí: «Del significado tengo sólo huesos sueltos/ en una caja de cartón, sobre la tabla de arriba,/ con el vestido de novia de mi esposa/ que el jeopardo olfatea». La apariencia caótica, azarosa, como de fragmentos que podrían prolongarse indefinidamente, encierra, sin embargo, una aguda conciencia de lo que es un poema, de las resonancias lúdicas y emocionales de una palabra, de un giro coloquial o de una cita en otra lengua que en otro autor sonaría pedante. La escritura (y la lectura) es así, ante todo, placer, erotismo verbal, y, al mismo tiempo, también testimonio del caos que nos rodea, de la constante perplejidad ante la propia existencia, con la que no parece fácil construir un relato racional. Aunque de pronto lo vivido pueda resumirse en un par de versos tan memorables como dolorosos: «Escribí por ahí que mi infancia no fue feliz, pero sí interesante./ Ahora entiendo que así fue toda mi vida».

lunes, febrero 06, 2017

Sólo hechos, Andrés Trapiello


Pre-Textos, Valencia, 2016. 456 pp. 29 €

Bruno Marcos

Fiel a su entrega anual llega a nuestras manos un tomo más de Salón de los Pasos Perdidos, titulado Sólo hechos, el número veinte del colosal empeño del escritor Andrés Trapiello por hacer literatura con su vida.
En esta ocasión relata lo acontecido en el año 2006 y, aunque parece que todo nos suena a quienes llevamos leyendo toda la serie, sorprende que siempre es nuevo y que siempre nos atrapan sus páginas como si, efectivamente, la vida y la vida registrada en los diarios fueran ese río que permanece a la vez que no podemos bañarnos dos veces en él.
Hay que agradecer al autor que no desfallezca. No sabemos si persiste por compromiso con nosotros los lectores, desde 1990, o por afán de atrapar el tiempo con sus letras. El caso es que las 456 páginas se leen en pocos días y en ellas hay nuevamente pasajes conmovedores y tristes como los que describen los últimos meses de Juan Ramón y Zenobia, confundidos, enfermos y abatidos, poco antes de que el poeta recibiera el premio Nobel. Pero también los hay divertidos como la visita a Miguel Delibes, lúcido y sincero en su vejez, o la que hace a la Real Academia de la Lengua en la que la sobria escena de la toma de posesión del poeta Brines acaba con un cuadro cómico.
También, como en otros tomos, viene un buen manojo de retratos caricaturescos, no sólo de literatos sino de todo tipo de personas que, como siempre reza el frontispicio galdosiano de la serie, allá adonde van llevan su novela.
Están muy bien pintados los cuadros de tiempo que hace el autor cuando entra en casas donde la decadencia ha dejado huellas de una aspiración estética en ruinas, como en la de los Madrazo y, sobre todo, en la casa del poeta y coleccionista de antigüedades Julio Aumente, ya anciano. Dejan en el lector estas románticas visitas a casas cementerio un fuerte impacto de vanitas contemporáneo a la vez que un claro aviso del Et in arcadia ego.
En la parte humorística sobresale el relato de la intervención quirúrgica a la que se somete el dictador Franco, en el Palacio del Pardo porque se niega a ir al hospital, que se convierte en puro esperpento tras un apagón de luz. Dice de él Trapiello que no cree que pudiera hacer novela alguna con él sino, a la manera de Galdós, un auténtico episodio nacional.
Además de esto sus descripciones paisajísticas, las confesiones íntimas o familiares, los avatares de la salud y, por supuesto, sus juicios literarios. Hay que valorar que Trapiello, con esas opiniones que parecieron al principio tan intempestivas cuando el gusto literario de la Transición era una roca inamovible, nos enseñó que se podía decir lo que se pensaba y que había que fragmentar lo que, en definitiva, no era sino un nuevo relato oficial de la cultura. Coincidamos o no con el canon que él defiende esto otro no es poca cosa.

viernes, febrero 03, 2017

La bella Annabel Lee, Kenzaburo Oé


Trad. Terao Ryukichi / Ednodio Quintero
Seix Barral, Barcelona, 2016. 240 pp. 19 €

Santiago Pajares

Annabel Lee era la protagonista del poema de Edgar Allan Poe del mismo nombre, un poema que Kenzaburo Oé leyó cuando era adolescente y que, al parecer, le marcó para siempre. Tanto como para escribir un libro alrededor. Y es que cuando tienes un premio Nobel en el bolsillo, el mundo, al menos literario, es tuyo. Esta novela metaliteraria está protagonizada por el propio Kenzaburo Oé, su hijo, el genio musical Hikari Oé, su amigo de la adolescencia Komori, su madre, su hermana y por Sakura, la actriz que rodó la adaptación cinematográfica del poema cuando era apenas una niña. Quienes de todos estos personajes son reales y quienes inventados, es algo que sólo el autor puede conocer. Pero ése parece ser el juego, mezclar la realidad y la ficción para crear un mundo nuevo.
Kenzaburo y Komori han pasado treinta años sin verse, desde que el escritor, futuro premio Nobel, y su amigo, ya productor de cine internacional, fallaran en la consecución de un proyecto cinematográfico que también englobaba a la actriz que protagonizó el poema Annabel Lee, Sakura. Los tres, para conmemorar el bicentenario del nacimiento del autor romanticista alemán Heinrich von Kleistv, tratan de rodar la adaptación de su libro Michael Kohlhaas, una adaptación que Kenzaburo Oé tendrá que escribir pese a no tener ninguna experiencia en el mundo del guión cinematográfico. Como si esto no fuera suficiente, el autor trata de buscar una conexión con las revueltas campesinas que hubo en su provincia de nacimiento, además de con la obra teatral sólo para mujeres La madre de Meisuke, protagonizada hace años por su propia madre. Lo que en un principio parecerá girar alrededor del propio autor, acabará girando alrededor de Sakura, la actriz, que está tan comprometida con el proyecto, no dudará en dejarlo evolucionar hasta el punto de cambiar de género al protagonista para poder interpretarlo ella misma. Pero la actriz es una mujer herida, con un pasado misterioso en el que, de una extraña forma, también hay un hueco para el propio premio Nobel.
En esta novela se repiten muchos de los temas que ya suele tratar Kenzaburo Oé: Los férreos código morales, los dilemas éticos o las relaciones de amistad. Otra vez con él mismo de protagonista.
La novela narra tres épocas: La adolescencia de Kenzaburo Oé, cuando coincidía en el colegio con Komori, ya estrella de las letras, donde vio la película protagonizada por Sakura. La preparación quince años después del proyecto Michael Kohlhaas que reunirá a los tres y fracasará estrepitosamente. Y el presente, donde Komori, para tratar de redimirse, intentará un último proyecto con los tres protagonistas de la historia. El hilo conductor de estas tres edades en la narración será Sakura y el drama personal que arrastrará consigo toda su vida. Toda la trama irá cambiando de dirección, casi siempre de forma imperceptible, de manera que el lector nunca sabrá del todo dónde se encuentra. Pero Kenzaburo Oé sí lo sabrá. Siempre estaremos en el lugar que él ha preparado para nosotros, con una delicadeza y una perspicacia que nosotros no poseemos. Claro, por eso él tiene un Nobel y nosotros no.

miércoles, febrero 01, 2017

La barba de Peter Pan, Nerea Delgado


Frida Ediciones, Madrid, 2016. 110 pp. 12 €

David Alfaro

Las cosas se pueden decir a plomo y a pluma, como los comunes o como los elegidos, a borbotones o estilizadas, como primero te venga a la lengua o pasándolo por el tamiz de la mente y el verso. Por eso voy a arrancar esta crítica a lo bruto para después tratar de ser más académico progresivamente como corresponde a un texto de este calado. La barba de Peter Pan me ha dejado patidifuso, agilipollado, como te dejaba la tía buena del barrio cuando a los quince años cruzaba el parque perseguida por sus mentiras y nuestras palabras; con esa irreverencia de quien se sabe elegida y le sale el duende y el carisma de forma natural. Así me ha resultado la lectura de unos versos que, aunque en ocasiones estén por hacer, tienen esa explosividad novísima de aquella primera adolescencia que te aturulla la mente de pensamientos excitantes y te descubre una vida que hasta ese instante ni imaginabas que pudiera existir.
Los poemas de Nerea Delgado tienen el cariz de toda la nueva poesía que se está extendiendo por internet como los besos en la primera cita de dos amantes que se gustan demasiado. Tiene de directa, tiene de incauta, de zalamera y de sorpresiva. Huye de la solemnidad, la rima, la métrica y la perfección que tanto estaba alejando los versos de nosotros, seres tan humanos e imperfectos. Nerea nos golpea, nos marca la linde por donde camina y nos dice que la sigamos por sus sentimientos, sabedores de que no vamos a perdernos porque también son los nuestros; emociones de lo que vivimos, de la juventud que se fue o que acaso está por llegar.
Tienen algo de analgésico estos versos, «el poder curativo de estrenar juego de mesa». Cuidado con la nostalgia, apremian las letras de la señorita Delgado a la melancolía como lo hace el triunfo divino que con el tiempo sabe a fracaso mundano; la mutación de morreo juvenil a este amor ya maduro con barba de tres días. El primer beso sólo se da una vez, por eso es obligatorio compartirlo, «el beso leyenda, el beso del que nadie regresa para contarlo». Este no es un poemario para hacerle una crítica académica, sino para disfrutarlo; disfrutarlo como placer culpable, que es de la única forma en que supiste hacerlo entonces, cuando Peter Pan te parecía un niñato porque tú querías ser mayor, mientras él se reía a tu espalda viendo cómo cada año te alejabas más de él, que siempre fuiste tú, a fin de cuentas; aquél al que terminarás suplicando: «Habla bien de mí cuando vayas al infierno, diles que fui exactamente igual que tú».
Da igual si padeces de prejuicios y te cuesta abrirte a lo que fuiste. Pronto estarás desarmado y pensarás: «Ahora somos dinosaurios mirando al cielo, quietos, agarrados de la mano, sin esperanza, sin confiar en nada, esperando el meteorito». No reniegues de ti porque te creas más maduro que estos versos naturales y cercanos, aprende a gozar, diciéndote eso de «que los ojos son otra historia, que la vista tiene que ver con el tacto». Y aprende de ella que no admite tapujos y te dice: «Aprendí de ti que en el segundo de un estornudo puedes verte de niño y que eso es el futuro». Si ese verso no merece otra página, que venga Petar Pan y le vea.
No deja de ser un poema como un polvo breve e intenso. El primer día dependes de la otra persona; a partir de ahí está en ti repetirlo sin caer en la rutina. Esto es lo que me da por pensar cuando caigo en algunos ripios juveniles devorados enseguida por letras maduras, añejas, con el brillo especial que sólo saben dar una mirada inocente que simplemente quiere contarte lo que siente. Sólo así podrás entender cuando «te desnudas y en ese momento recuerdo para qué sirven mis manos».
«Nos hemos olvidado, ahora toda mi piel es un libro de historia» asegura la autora en uno de sus capítulos que, como islas en Neverland forman un reguero de historias por las que ir saltando de una a otra hasta que el capitán Garfio acabe aplaudiendo muy a su pesar. Pero tanta juventud pasada no es más que presente en ciernes hecho lamento en el futuro, como puede verse en el poema que para mí prima sobre el resto y sobresale por maduro, consistente y devastador. Se trata de “Las palomas de Roma”, del cual no adelantaré ningún verso para tengáis que asomaros a él de nuevas; un prodigio de originalidad tardía y desgarrada, que imprime novedad en la era de la metáfora sobada, gastada de tan pocas veces que alguien las sabe usar, como es el caso.
Cuando uno ha terminado la lectura y le han dejado trastocado y del revés, con la sonrisa en la garganta y la emoción en los labios, remata Nerea con los «Garfios que arrancan las hojas del calendario», unas máximas mínimas en forma de frase breve que son una delicia para dejarte un final dulce que te hace entornar los ojos y atusarte con amargor tu barba de Peter Pan que ya no podrás nunca afeitarte.
Sin duda, a Gil de Biedma se le pasó este poemario de un brochazo ebrio por la frente antes de irse al cuaderno aquella tarde a emborronar su: «A qué vienes ahora, juventud…». Eran otros tiempos, en los que la poesía, como ahora, no daba para comer. Dice Karmelo Iribarren que cuando le preguntan si se puede vivir de la poesía, suele responder que difícilmente, salvo en alguna rara ocasión en la que tiene que decir la verdad: «Lo que no se puede es vivir sin ella». Al acabar con el poemario y la crítica me ha pasado como al último verso de Nerea Delgado: «Me he quedado con una mano delante y otra detrás, sí, pero ninguna tapando la sonrisa».

lunes, enero 30, 2017

Proyecto escritorio, ed. Jesús Ortega


Cuadernos del Vigía, Granada, 2016. 198 pp. 23 €

María Dolores García Pastor

Fue en el año 2012 cuando Jesús Ortega puso en marcha su blog Proyecto Escritorio. El origen de esta iniciativa, cuenta en el prólogo, fue un libro que quiso escribir sobre el refugio veraniego de Federico García Lorca, la famosa Huerta de San Vicente. El libro no llegó a existir pero sí que hubo un ensayo y una exposición. Mientras investigaba y se documentaba para hacerlos posibles constató que no existía apenas bibliografía en lengua castellana sobre los espacios de escritura. En enero de 2012 iniciaba la andadura su blog con una entrada sobre el escritorio de Flannery O’Connor, la siguiente entrada ya era del espacio de escritura de un escritor patrio, Ginés S. Cutillas, que fue el primero de otros muchos.
Las premisas para poder formar parte del proyecto eran simples: los autores debían fotografiar su espacio de escritura, físico o simbólico, con total libertad (blanco y negro o color, un espacio real, una metáfora) pero sin aparecer ellos en la imagen. Además de la fotografía debían aportar un texto en el que reflexionaran sobre su relación con el espacio en cuestión y, por extensión, con la propia escritura. Fueron muchos los escritores que se prestaron a colaborar aunque en el libro que ahora publica la editorial Cuadernos del Vigía no aparecen todos, por diversos motivos a los que Ortega hace referencia en su prólogo, o se incluyen otros que no estuvieron en el blog.
Setenta y siete escritores con sus correspondientes espacios y sus reflexiones sobre escritura conforman este estupendo volumen, entre ellos Ángeles Mora y Cristina Fernández Cubas,  premio Nacional de Poesía y de Narrativa respectivamente. El Proyecto Escritorio convertido en libro resulta visualmente muy atractivo, está cuidado hasta el mínimo detalle y tiene una portada que llama muchísimo la atención. Está claro que el voyeur que todos llevamos dentro va a disfrutar muchísimo entrando en estos lugares. Conocemos los espacios íntimos de escritura a través de las imágenes pero también algunos detalles del proceso creativo de estos escritores, imagen y palabra dialogan. Los autores no sólo nos muestran su intimidad, la imagen de esos espacios físicos a los que la mayoría de mortales no hemos tenido acceso, sino que, hasta cierto punto, también nos enseñan una parte de su alma en sus textos.
El hecho de dar libertad tanto a la hora de elaborar los textos o captar las imágenes favorece que haya una interesante multiplicidad de enfoques, una riqueza equiparable a la que existe en el panorama literario actual. Los textos tienen pinceladas autobiográficas, algunos son poéticos, los protagonistas reflexionan y describen cómo y dónde escriben, sus horarios, sus rutinas, algunas manías, todo cabe en los diferentes compartimentos de este escritorio.

viernes, enero 27, 2017

Borges y los clásicos, Carlos Gamerro


Eterna Cadencia, Madrid, 2016. 178 pp. 17 €

Pedro Pujante

Si algo nos ha enseñado Borges es que la literatura es un continuo diálogo entre autores y libros: una historia de los flujos y reflujos de las influencias.
Borges, el escritor más original, al igual que Shakespeare, basó su credo estético en una rescritura de textos previos, pero con la conciencia de que el proyecto, a mitad de camino del plagio y la obra total, era compartido. Todos los escritores son el mismo escritor, llegó a decir en más de una página; todas las obras son la misma obra.
En estas interesantes disertaciones, que en su origen fueron conferencias, Carlos Gamerro (Buenos Aires, 1962) interroga a Borges acerca de su condición de lector. Lector de Dante, Shakespeare, Joyce, Cervantes y Homero. No en vano se ufanaba siempre el escritor porteño de sus lecturas más que de sus escrituras.
De Ulises le interesó el proyecto pero no su experimentalismo y prolijidad. Aunque jamás admiró la obra de Joyce sí que supo admitir que el Ulises era una novela total, ese libro imposible que siempre rastreó de un modo más quimérico y metafísico que práctico, en ficciones como El libro de Arena o Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. También, según Gamerro, compartió con el bardo dublinés, la inclusión de la dimensión urbana en su obra.
Su Funes, descubre Gamerro, tiene varios paralelismos con Ulises. Para leer el solo día que detalla Joyce se necesitan muchos días. Para detallar Funes un solo día de su existencia, abigarrado en detalles que la memoria no es capaz de soslayar, también se precisarían infinidad de jornadas. Una ‘prolijidad de la realidad’ que Borges, escritor de piezas breves, siempre detestó.
Con Dante descubre las analogías que en El Aleph, esa leve comedia en la que un escritor desdichado ha de recorrer un infierno indescifrable para poder encontrarse con su amada Beatriz. Además de otros matices que nos ayudarán a entender mejor a Borges y los recovecos de su siempre conectada obra.
El amor que profesó por el Quijote y Cervantes recorre la narrativa de Borges. Cervantes fue el primer escritor que se supo incluir en su propia obra, se autorretrató e hizo, como Borges nos recuerda, que los personajes del Quijote fuesen lectores del Quijote. Metalepsis que también fue incorporada por el propio Borges en algunos de sus cuentos, y cuya fascinación al respecto se extendió igualmente en poemas y diversos textos. El escritor que se lee a sí mismo, el soñador soñado, la obra que está inscrita en la propia obra, el mapa total que abarca su propia copia. Borges, recordemos, en Pierre Menard, autor del Quijote, sintetizó una de sus tesis literarias: el lector modifica el texto, y la época interviene en la obra haciendo que su lectura varíe, que el autor influya retrospectivamente en la comprensión de sus antecesores.
Respecto a Homero, aquel otro ciego de gran agudeza verbal, también escribe Carlos Gamerro. Muchas son las afinidades que conectan a ambos poetas. Quizá la más llamativa se halle en El inmortal, «uno de los mejores y más complejos cuentos», -el favorito del profesor Vicente Cervera, de quien recomiendo su espléndido libro Borges en la ciudad de los inmortales- en el que Borges describe un mundo desolado en el que un Homero desmemoriado ya ha enterrado el lejano instante de inventar sus versos sobre Odiseo.
Este libro aporta una visión profunda y renovada del gran Borges. Entrevisto desde el zaguán compartido de sus maestros antiguos, el lector disfrutará de las lecturas cruzadas, las simetrías con otras obras y la abigarrada cultura que Carlos Gamerro derrocha con el fin de iluminar las aristas, los rincones del universo infinito del autor de Ficciones. Con sus paradojas, su acumulación de saberes, su profundidad literaria y su altura intelectual, Borges sigue siendo el mejor escritor del siglo XX.

miércoles, enero 25, 2017

Qué vergüenza, Paulina Torres


Seix-Barral, Barcelona, 2016. 294 pp. 18,50 €

Pedro M. Domene

El primer libro de Paulina Flores (Chile, 1988) se titula, Qué vergüenza (2016), y reúne una colección de nueve cuentos que protagonizan niños y niñas condicionados por el vértigo de unos aprendizajes traumáticos en su infancia, y unos adultos que sobreviven a la soledad y a las relaciones alteradas de familias de clase media. En estas historias no hay personajes atrapados por el resentimiento ni una desaforada búsqueda de autocompasión, por el contrario se percibe una voluntad de explorar en las conciencias e intimidad de personajes comunes y corrientes para que el lector vaya descubriendo inquietudes y paradojas, a menudo desde una candidez absoluta como corresponde a los protagonistas de sus cuentos. Llama la atención, en una primera apreciación, la sobriedad de unos textos tan depurados como de un ejercicio sintáctico preciso, la nitidez expresiva con que compone Paulina Flores la verosimilitud de sus historias, pero sobre todo la curiosidad con que logramos llegar al final de las mismas, con sorpresa incluida. Podríamos sospechar que algunos de los cuentos de la joven chilena se inspiran más en aspectos biográficos que de su imaginación como ese mecanismo que proporciona el tema de las historias como ocurre a menudo con las opera prima.
El relato que da título al volumen, "Qué vergüenza", es la historia de un hombre cesante que se hace acompañar por sus hijas cada vez que asiste a una entrevista de trabajo; un relato excelente donde queda latente la vergüenza del padre ante sus hijas, fundamentada en su torpeza y su incapacidad para asumir un supuesto y evidente rol adulto, o para protegerlas y convertirse en el sustento que socialmente se espera de él. Lo mejor, un narrador en primera persona, pero contaminado del punto de vista de una de sus pequeñas hijas, con lo que añade además una mayor vergüenza a la historia, una vez que observamos el contraste de la ternura con que su hija verá la situación vivida. "Teresa", es una historia sobre un encuentro sexual, y sin duda vez sobre un desencuentro. El hombre del relato tiene una hija que anda dando vueltas por el departamento mientras él y la supuesta Teresa se encierran en el dormitorio. El juego del narrador se niega a darle un final convencional a la historia, insiste en no presentar cabalmente al personaje principal, no quiere cerrar el relato frente al lector, y provoca así una ambigüedad y un desconcierto que se traslada al personaje femenino. "Talcahuano", "Olvidar a Freddy", "Tía Nana" y "Últimas vacaciones", cuenta la historia de un niño cuyo padre está en prisión y su hermano en camino de lo mismo, y junto a su tía y primas, en La Serena, lo miman con curiosidad y lástima; son en gran medida, relatos sobre familias rotas, sobre padres que no son capaces de asumir su papel, sobre hijos que quedan a la deriva o sobre la desazón que les produce su propio espacio en el mundo, desde la imposibilidad de un hogar convincente. "Espíritu americano" se sirve de ese mismo desasosiego para contar el momento en que un par de muchachas se juntan a recordar el pasado que vivieron como camareras de un restaurante. En "Laika" presenciamos el lento proceso que hace un hombre para ganarse la confianza de una niña, hasta aprovecharse sexualmente de ella. La idea de la perdida de la inocencia, tanto sexual como fin anticipado de la inocencia de la niñez, será uno de los temas que se repiten en varios de los cuentos. Y para terminar el volumen, "Afortunada de mí", es en realidad, una novela corta por su extensión; la autora experimenta con la estructura, fracciona la cronología, y nos cuenta en dos planos sucesivos la historia de un mismo personaje femenino hasta situarlo en el momento actual, un momento de desasosiego y ruptura con el mundo que la rodea, con una cierta incapacidad para adaptarse a él.
Paulina Flores calcula el tiempo que cada la historia exige para relatar, para describir, para construir el contexto de su cuento, no tiene prisa alguna, cada relato se juega su valor en lo que se expresa, no en lo que escamotea desde el punto de vista de construcción narrativa porque la joven chilena frente a una adversidad manifiesta ha sabido crear un mundo propio donde mover sus personajes, y este es un de sus mayores logros.

lunes, enero 23, 2017

Solo con invitación: De la vida vulgar, Fernando Sánchez Calvo


Triskel Ediciones, Sevilla, 2016. 178 pp. 13 €

Fernando García Maroto

Aparecida casi simultáneamente junto con su segundo libro de cuentos (no olvidemos que Los nombres propios de la pared vio la luz en la primavera de este mismo año), De la vida vulgar es la primera novela, y esperemos que no la última, del madrileño Fernando Sánchez Calvo.
Dani, el singular protagonista de esta historia familiar, vive esperando la muerte de su padre, enfermo terminal; pero en su cuaderno de notas, como anticipación evidente de lo que va a suceder, y también como catarsis tal vez estéril, su padre ya ha muerto. Y es que Dani será incapaz de soportar y hacer frente a esta muerte tan crucial en su vida, como también lo es en la vida de todos.
Egoísta, misógino, quizá misántropo, despreciable e incapaz de comunicarse o entablar cualquier tipo de relación afectiva no sólo con sus semejantes (ente colectivo muy abstracto) sino también con el resto de sus familiares o amigos, Dani va cayendo por un precipicio de autodestrucción y miseria del que difícilmente podrá escapar.
Su vida real no le parece suficiente, no le parece satisfactoria; y en su cuaderno de notas es donde va teniendo lugar esa otra vida que Dani quiere llevar, sin saber, o tal vez intuyéndolo en el fondo, que ni esa vida ni otra le servirán, porque, como él mismo dice, “no es de este mundo”.
Las mujeres de su vida, que son muchas y todas más fuertes y decididas que él, no conseguirán salvarlo. Estos personajes secundarios, que para Dani no son otra cosa que satélites atrapados en su hipnótico campo magnético, orbitan alrededor del protagonista constantemente, como contrapunto indispensable a semejante personaje, del que no esperamos otra cosa que su merecido castigo (aunque habría que comprobar la capacidad y la autoridad de cada uno de nosotros para lanzar la primera piedra que dé el pistoletazo de salida), pues el gran oficio del autor consigue que el personaje principal de la historia no inspire ternura ni piedad, pero siempre queremos saber más de él.
Y todo esto, que es tan duro y doloroso, que sería complicado soportar en otras circunstancias no tan literarias, Sánchez Calvo nos lo cuenta como mejor sabe hacer: la novela fluye sin apenas darnos cuenta, con tres capítulos iniciales fantásticos que constituyen un punto de partida inmejorable; los personajes, gracias a sus palabras, parecen estar vivos, y de este modo es mucho más sencillo comprender sus motivaciones y sus penas; los guiños y los símbolos, amén de ese gusto por el juego y las reglas que le son propias; el sentido del humor (marca de la casa) trufa el texto con pinceladas justas y necesarias, como las que podemos encontrar en los delirios de Dani en varios capítulos de la novela; y los diálogos, siempre los diálogos, donde sobre todo, aunque no única y exclusivamente, nuestro autor demuestra sus tablas y su oficio.
En definitiva, una novela no tan breve ni, desde luego, tan vulgar como para que no podamos disfrutarla como se merece, con calma, con perspectiva, con la seguridad de que pasaremos un rato divertido mientras dure el viaje de la lectura y también después, porque Dani y las demás, aunque esto pueda ser casi una amenaza dadas las circunstancias, formarán ya parte de nuestra familia.


Fernando Sánchez Calvo: «Una cosa es ser sentimental y otra un llorón literario»


Llega a nuestras manos la primera novela de Fernando Sánchez Calvo, De la vida vulgar(Triskel Ediciones, 2016); donde volvemos a encontrar la voz singular de este autor madrileño, así como buena parte de los temas que le son tan caros. Una vez más, y ya van dos, desde este blog, le agradecemos que nos dedicara un poco de su tiempo para responder a este breve cuestionario.

Esta novela, De la vida vulgar, supone su primera incursión en este género narrativo. ¿Se ha sentido más cómodo, ha disfrutado más con ella que con los cuentos?
—Se puede decir que he disfrutado de la incomodidad de la primera vez. Más habituado al cuento, cuya estructura y trabajo es más implosivo, parecido a un poema, me he deleitado con el “dulce sufrimiento” que supone enfrentarte a un técnica, una extensión, que en principio no dominabas. Aun así, tenía la estructura de ésta ya trazada, lo cual ayuda, y mucho. No es que el cuento no necesite una planificación, pero con que te ronde diez días por la mente es suficiente. En cambio, en la novela me he tenido que poner a dibujar, como si fuera un arquitecto, la estructura previamente.


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viernes, enero 20, 2017

Varados en Río, Javier Montes


Anagrama, Barcelona, 2016. 312 pp. 19,90 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Es bien conocida la diferencia, un punto elitista, entre el turista y el viajero: si el primero busca reproducir la postal que ha visto repetida en una revista, el segundo necesita penetrar en las esencias del lugar que ocupa temporalmente como si realmente comprase allí el pan cada mañana. Pero, ¿qué ocurre cuando alguien que no ha elegido con suficiente lucidez su espacio vital se ve de repente sumido en una cotidianidad sin vínculos ni con el pasado que le ha formado como persona ni con el futuro que esperaba protagonizar? ¿Y cuando ese destino es el abierto y carnal Río de Janeiro y ese alguien es un artista al que se le supone una capacidad innata para penetrar en el lenguaje oculto de las cosas que se da de bruces con la imposibilidad de aprehender el exótico entorno que le envuelve?
En este sentido, antes de seguir no está de más recordar que Río ha albergado a uno de los escritores más inclasificables, exquisitos y personales del siglo XX: Clarice Lispector, en cuya escritura (insisto: su escritura, que es más que decir sus obras) se verbaliza un minimalismo reflexivo y voluptuoso, en un permanente ejercicio de mostrar escondiéndose que uno intuye que desvela el corazón del enigma. No está de más recordar tampoco que en realidad Clarice ni siquiera nació en Brasil, sino en la remota Ucrania, y que pertenecía a una cultura tradicionalmente tendente a la cerrazón como la judía.
Javier Montes, sin embargo, no se fija en ella, aunque bien podría hacerlo como extranjera que era en su propia tierra, en la que es una rara avis incluso ahora que es universalmente valorada, sino que toma como base su propia experiencia como habitante discontinuo de la ciudad y su sensación de agudo contraste entre la imagen superficial que ésta pretende comunicarle y la terrenal, más profunda y real, con la que se impregna, y reconoce el pálpito de esta sensación de extrañamiento en otros escritores de distinta procedencia que por una u otra razón (exilio, salud, placer), por casualidad, por desgana o por autoengaño, terminan atrapados allí donde el puro sentido común jamás les habría llevado. Y es que el paraíso, diseñado ex profeso para aquellos que apenas lo rozan, es obscenamente cruel para quien debe residir en él.
Montes rebusca en las biografías, los poemas, los diarios, la correspondencia, en los relatos y recuerdos de otros observadores, para contar el choque y los conflictos que experimentan cuatro escritores muy diferentes entre sí y reconstruir demorada mente el ambiente que les oprimió, aunque en honor a la verdad no se circunscribe exclusivamente a Río, sino que salta a otros parajes en los que circunstancialmente se producen hechos de una relevancia considerable para ellos, de manera que más bien hay que entender que se quiere dar implícitamente el nombre de Río a un paisaje brasileño que representa en su globalidad un ideal de libertad, belleza, erotismo y alegría sin límites. Y así se centra en Rosa Chacel, escritora bastante olvidada hoy día, con la que no puede evitar empatizar gracias a sus diarios, que descubren a una mujer con una marcada tendencia a la autoexclusión no sólo del lugar sino del tiempo en el que vive, mientras a su alrededor se va desvaneciendo tanto para una gente que nunca llegó, no ya a comprenderla, sino a ser simplemente consciente de su existencia, como para los suyos, contaminados por los tejemanejes de los lugareños. En Elizabeth Bishop, que gozará de una gran historia de amor con la arquitecta Lota de Macedo Soares y sacará brillo a la cultura más sofisticada y exclusiva que puede ofrecerle la capital en plena explosión de la samba como si fuese una turista, como si sólo estuviese de paso porque efectivamente así podría ser por lo que a ella y su nomadismo concernía, hasta que todo se derrumbe con la mayor brutalidad, dejando como poso una obra poética breve e intensa que es claramente el auténtico objeto de Montes, aquí en su versión más pura de crítico literario. En Manuel Puig, que lo tomará como refugio infantil donde dar rienda suelta a su difícil personalidad, a veces hosca, a veces juguetona, de la que nos proporciona jugosas anécdotas, así como de su borgiana vinculación con una madre ante la que hace de actor ocultando quien sabe si inútilmente su condición homosexual, y su adoración incondicional por el cine, convertido en efímera tabla de salvación. En Stefan Zweig, apenas entrevisto, tan acorralado y sin esperanza en su exilio extremo de una época que agoniza, que decide emprender la huida final mediante un suicidio transfigurado en símbolo.
Pero sin duda uno de los mayores logros de este ensayo narrativo (género híbrido tan en boga últimamente) es que su autor, a excepción de cuando deja que sus investigados hablen con sus propias palabras, al no ocultar su condición de sujeto que emprende esta pesquisa detectivesca mediante la que va componiendo este mosaico de existencias paralelas, al reconocerse en actitudes y modos leídos e imaginados, acaba narrando su particular transcurrir por el mismo territorio que recrea. La consecuencia es que, consciente de su actitud bipolar, al encontrarse y encontrarnos con estas almas desterradas, logra hallarse a sí mismo y exorcizar la maldición que murió con ellos, y darnos la verdadera visión de Río, y en esencia de cualquier ciudad: la poliédrica que reúne múltiples perspectivas individuales al unísono, conformando un puzzle apasionante y vívido.

miércoles, enero 18, 2017

La tinta del calamar. Tragedia y mito de Rambal, Miguel Barrero


Editorial Trea, Gijón, 2016. 138 pp. 15 €

Angeles Prieto Barba

Qué curioso parece que un suceso particular, fuertemente ligado a un tiempo y a una ciudad concreta, pueda tener tanta trascendencia y tanto significado para aquellos que no lo vivimos y que ni siquiera lo conocíamos, al estar lejos. Y esto ocurre porque estamos ante un libro muy bien concebido en su aparente sencillez, abordando un crimen sin resolver, pero cuyas causas y consecuencias conocemos, valoramos y sentimos como propias, porque nos atañen a todos. He aquí el principal motivo por el que escribo esta reseña, convencida de que se trata de una crónica muy curiosa, digna de que se conozca fuera de sus límites geográficos.
Es muy poco probable que el autor de este libro sepa que años después, en La Viña de Cádiz, barrio tan popular como Cimadevilla pero situado en el otro extremo de la Península, se produjera asimismo un asesinato sin culpables y de características muy similares, en buena parte calcadas. Hablo del denominado “Crimen del maestro”, con sospechosas connotaciones sexuales y sin móvil económico determinante, ejecutado contra otra persona apreciada por sus vecinos. Y tras esto no me cabe duda de que en otras partes del país debe haber otros casos similares. Pues bien, estas coincidencias homicidas lejos de ser casuales, sirven muy bien para explicar qué fuimos y adónde vamos. Justo lo que pretende el autor con una estructura inteligente, dividida en un preludio que nos pone en antecedentes, dos actos de investigación con deducciones y un telón que sirve para finiquitar el libro, pero dejando todos los interrogantes abiertos al lector, aquel que debe sacar sus propias conclusiones.
Volvemos a 1976, recién inaugurada la autopista Oviedo-Gijón-Avilés y con el Régimen de Arias Navarro dando sus últimas bocanadas. Este dimitirá en breve, pero antes se producirá en el Campo de las Monjas de Cimadevilla un incendio. El mismo que servirá para encubrir el apuñalamiento mortal de Alberto Alonso Blanco, alias Rambal, hijo de un competente director de teatro y conocido en el barrio por su generosidad y talante servicial con todos, así como por su disposición para actuar y participar en fiestas. Uno de esos personajes idiosincráticos sin los cuales no es posible explicarse el comportamiento de todo un colectivo en el tiempo y en el espacio. Y de su mano topamos con uno de los grandes atractivos de este libro, ya que nos lleva a reflexionar sobre cómo era la existencia en un antiguo barrio de pescadores, el de Cimadevilla, antes de que la globalización con sus imágenes y expresiones uniformes, sus tiendas de marca características y el apogeo de los grandes almacenes, lo presidiera todo.
También nos encontraremos con el doloroso asunto de la homosexualidad antes del Sida, cuando todavía no eran objeto de respeto y comprensión como ahora, cuando tenían que constituir parejas ocultas y clandestinas, cuando eran objeto de burlas y desprecios públicos. En aquellos tiempos, la vida en un barrio popular de fuertes lazos solidarios podía constituir una salvaguardia, una coraza cierta porque lo peligroso hubiera sido mostrarse ahí como algo distinto de lo que se era. También fue vital guardar silencio sobre otras conductas humanas. Pero Rambal callaba... En cualquier caso el duelo sentido, la consternación general y la pervivencia constante en la memoria de sus vecinos de aquello que pasó, sin justo castigo, los redime y nos redime.
Este libro contenido, sin concesión alguna al morbo o a la frivolidad, nos va a transmitir emoción y lucidez, a partes iguales, sobre aquello que somos. Y ese título redondo que no pienso explicar, regalo de Pablo Antón Marín Estrada, le pone la guinda, el broche de oro. Léanlo.

lunes, enero 16, 2017

La acústica de los iglús, Almudena Sánchez


Caballo de Troya, Barcelona, 2016. 155 pp. 13,90 €

María Dolores García Pastor

En apenas un par de meses La acústica de los iglús llega a su cuarta edición, algo muy remarcable si tenemos en cuenta que es el primer libro de su autora, Almudena Sánchez. Aunque no faltan quienes alegan que su éxito se debe a motivos que no son los puramente literarios, aunque pueda gustar más o menos, no cabe duda de que Sánchez escribe bien. La obra está formada por diez relatos que se mueven entre lo sensorial y lo onírico, entre el surrealismo y el preciosismo estilístico no exento de humor. Y todo ello unido atrapa. Algunos relatos más que otros, por supuesto, pero tiene algunas piezas brillantes como Apuntes desde la bóveda celeste, mi preferido. También se incluye en este libro Cualquier cosa viva, relato con el que ganó el I Premio de Cuentos Tres Rosas Amarillas y con el que participó en la antología Bajo treinta (Salto de Página, 2013).
Las historias son simples, predomina en ellas la inacción, se trata en su mayoría de imágenes plasmadas sobre atmósferas oníricas. Textos que se pierden en las enumeraciones y en la profusión de metáforas gracias a las que podemos apreciar que la autora, cuanto menos, sabe jugar con el lenguaje.
Los personajes son de lo más variado y sirven de pretexto para reflexionar sobre la condición humana. La escritora los sumerge en situaciones surrealistas que a veces rozan el absurdo. Una muchacha enferma que se encuentra con una extraña mujer que da de comer a los mapaches. Un nadador ciego que nunca deja de nadar en la piscina de un hotel. Una joven que no supera una ruptura sentimental y acaba recogiendo basura en una estación espacial. Una madre que huye con sus dos hijos. Dos muchachas que se aman en secreto. Dos ancianos que no quieren morir sin haber cumplido el sueño de su vida. De todo cabe en el particular mundo que construye Almudena Sánchez, un mundo propio entre lo real y lo imaginario. De su mano nos perdemos en paisajes y atmósferas sugerentes, paladeamos las imágenes que van desfilando por nuestras mente y nos perdemos en reflexiones sobre lo humano y lo divino. Este es un libro para dejarse llevar.
Afirmaba la autora en alguna entrevistas que le han hecho como parte de la promoción de este libro que sus historias surgen de recuerdos que no se puede quitar de la cabeza. De ello se deduce un fuerte componente autobiográfico, un entrar en la cabeza de esta escritora, en sus pensamientos y ensoñaciones a juzgar por el contenido del libro. Es cierto que en algunos momentos ese sacrificar el contenido por la forma puede hacer que nos perdamos en la historia, que no entendamos. No es un libro de fácil lectura, sí un libro para releer y dejarse llevar, para analizar, reflexionar e imaginar. Es literatura.

viernes, enero 13, 2017

El libro de la madera. Una vida en los bosques, Lars Mytting


Trad. Kristina Solum y Antón Lado
Alfaguara. Madrid, 2016. 191 pp. 22,90 €

Ignacio Sanz

Supongo que está mal traducido. Madera también es el serrín, las vigas, los tablones, las ripias, los listones. Madera procede del latín y significa materia, la única que crece y crece. Yo lo habría titulado el libro de la leña, aquella parte de la madera que está concebida para ser quemada, bien para cocinar, bien para calentar una casa. En España contamos con una tradición riquísima de leñadores. Que se lo digan a Juan Andrés Sáiz Garrido, que escribió un espléndido libro sobre los gabarreros de El Espinar, un oficio en retroceso. Así es como se llama a los leñadores de la Sierra del Guadarrama. Entre los leñadores y los madereros ha habido siempre muchas disputas. Y no digamos entre los leñadores y los guardas del monte. Los leñadores se quedan con los restos de las cortas, es decir, con el ramaje y aquella parte del árbol que no puede destinarse a madera. Se quedaban, porque apenas hay gabarreros.
Dicho esto, el libro me parece precioso. Me asombra en principio que la leña de para tanto, pero, claro, estamos hablando de Noruega. Es verdad que tampoco el libro se ciñe a su país; de cuando en cuando hace excursos que le llevan a Suecia, Finlandia o Dinamarca. La vieja cultura vikinga que si tiene algo en común son los bosques y el frío. A partir de noviembre llegan los bajo cero al ambiente y no se marchan hasta que asoma el hocico la primavera. El sol luce muy pocas horas y resulta esquivo, es decir, que no se le ve. De ahí los hielos y los carámbanos y los sabañones. Y de ahí la leña, para combatir el frío. Siglos y siglos de rodaje ha dado lugar a una cultura, a un entrañamiento con los bosques; por eso los poetas hablan del aroma de la leña cuando está seca, pero también cuando arde. Cada árbol produce su aroma. Los bosques entran en casa y dan calor y ese calor ayuda a cocinar los alimentos y a contar historias en torno al fuego, al menos hasta la llegada de la tele. El autor analiza minuciosamente los diferentes tipos de bosques, el poder calórico de cada tipo árbol, la bondad para el rajado, los tipos de hachas, los tipos de motosierra, el calendario propicio para comenzar a cortar, los diferentes tipos de hacinas. Ahí, en las hacinas se explaya. Resulta que en función de la largura de los leños conviene hacer una hacina u otra. Pero hay más, algunos artistas, como Nils Aas (1933-2004) han convertido las hacinas en obras de arte y se han abierto museos con la leña como hilo conductor.
Además, la cultura popular asigna a cada tipo de pila un tipo de personalidad. De esta manera las mujeres podían averiguar quién se escondía detrás de esas hacinas de leña, si se trataba de un tímido, de un hombre recto y firme, de un espíritu libre y abierto, de un hombre previsor, de uno que vivía al día, de un perfeccionista introvertido, de un perezoso, de un hombre frugal. En fin, en fin, que cada pila denota rasgos de la personalidad.
También habla de los trucos para apilar la leña: pilas en pared soleada, paredes de leña, pilas redondas, pilas alargadas, pilas cuadradas cerradas, pilas cuadradas abiertas, pilas circulares, pilas en forma de V… En fin que hay muchas maneras de almacenar los leños que han de calentar la casa. Y, por supuesto, fotografías magníficas en color salpicando las páginas del libro que resultan un recreo.
Se nos habla también de los tipos de estufa y de cómo se han ido perfeccionando para optimizar su calor.
Pero lo mejor de la leña es que permite descubrir a muchos hijos que ese hombre lacónico, escasamente expansivo que parece ajeno a la casa frente a una madre arrolladora que muestra sus afectos, en realidad no es tan ajeno, por más que su carácter retraído pudiera darlo a entender. Si cuando llega la primavera ya se empieza a preocupar por hacer su hacina y acude cada tarde al bosque con el hacha y la motosierra, en realidad está pensando, ahora que el tiempo empieza a ser benigno, en los fríos del otoño y del invierno que viene. Y por eso va al bosque a cortar la leña, para que cuando tenga que arder esté seca, no produzca humo y convoque a su alrededor a todos los de la casa. Es decir, habitualmente, detrás de un leñador se esconde un padre responsable.