jueves, marzo 06, 2014

La fragilidad del neón, Juan Laborda Barceló

Editorial Alrevés, 2014. 38 páginas. 18 euros

Esther Ginés

Tanto el título como la luminosa imagen que decora la cubierta de La fragilidad del neón dejan intuir que en la segunda novela de Juan Laborda Barceló (Madrid, 1978) las luces y las sombras tienen mucho peso. La vida, en definitiva, es una batalla entre luz y oscuridad, y de eso sabe mucho Ramón Sandoval, republicano exiliado en París tras la Guerra Civil española y protagonista de la novela. Los ideales iluminan mucho, pero a veces están vacíos de contenido, son frágiles. Parecen existir para quebrarse en el momento más inesperado. De ahí el acertado título del libro de Juan Laborda, una historia ambientada en el París de 1961, en medio de la complicada guerra por la independencia argelina, que habla de las ilusiones que se desmoronan, de las derrotas y los perdedores que dejan todas las contiendas. Una trama que desborda humanidad y que está hilada en clave de thriller político, donde destaca el ambicioso ritmo cinematográfico de los capítulos, así como el excelente uso del lenguaje, en especial de la adjetivación.
En medio de una cuidada ambientación histórica donde encontramos personajes como De Gaulle, André Malraux o la estrella del Hollywood dorado Linda Darnell, La fragilidad del neón narra una suerte de partida de ajedrez humana donde el escritor madrileño juega con dos temas que domina y que le apasionan: el cine y la Historia. Buscando curarse las heridas de la guerra, Ramón Sandoval se refugia en la ciudad de la luz. Desea un anonimato que la situación social y política no parece dispuesta a darle. Atrás ha dejado una España por la que combatió y unos ideales en los que creía, y su corazón está dividido entre los pensamientos hacia ese país y la angustia de tener a su hermano menor, Manuel, combatiendo en Argelia contra los franceses. La llegada a París de la famosa y seductora Linda Darnell, estrella ya en decadencia del celuloide estadounidense, lo colocará, inevitablemente, en medio de una trama política, pues se verá obligado a ejercer de chófer y protector de la glamurosa actriz. Su seguridad, al parecer, es todo un asunto de política nacional, y a él le encomiendan ser su sombra.
Junto a la Darnell y a Claire, su mano derecha, Ramón Sandoval recorrerá las calles de una París que, aunque irradia luz desde el Sagrado Corazón al barrio latino, es también una fuente de conflictos y oscuridad. Juan Laborda, además de historiador, es un gran apasionado del séptimo arte, y lo demuestra con el interesante y evocador retrato que hace de “la Darnell”. Su belleza en decadencia, los espectaculares trajes con los que se adorna y sus aires de diva esconden ese juego de luces y sombras que sobrevuela toda la trama. Un personaje que, como otros en el libro, ha perdido su particular guerra y contempla cómo sus ideales se fragmentan. Retratos precisos, ella y los demás, de unos perdedores con los que es fácil empatizar. Otro acierto más de este intenso recorrido por el encanto de la derrota que es La fragilidad del neón.

miércoles, marzo 05, 2014

Manazuru, Hiromi Kawakami

Trad. Marina Bornas Montaña. Acantilado, Barcelona, 2013. 216 pp. 20 €

Santiago Pajares

Ya nadie puede negar que la literatura japonesa ha venido para quedarse. Hemos pasado de leer libros de Kenzaburo Oé a escondidas, o abiertamente para pasar por culturetas, a exhibir libros de Murakami en los vagones del metro sin ningún pudor. Pero aunque son los dos autores japoneses más conocidos, no son los únicos. Hiromi Kawakami va, paso a paso y libro a libro, convirtiéndose en una autora de referencia en España, siéndolo ya en Japón desde hace mucho. Y es que Kawakami, como otros autores de Oriente, tiene su propio estilo y ritmo para contar una historia. Nosotros llamamos bestseller a un libro en el que no puedes dejar de pasar las páginas, bueno, esto sería al contrario, un libro para leer lento, como se debe tomar una bebida caliente y reconfortante. Porque puedes expresar algo con palabras o con los silencios que rodean esas mismas palabras, y Kawakami sabe hacer ambas cosas. Profesora de biología hasta la publicación de su primera novela en 1994 , ha ganado muchos de los premios más reputados de Japón.
En este caso nos centramos en la vida de Kei, una mujer japonesa de mediana edad que convive en un apartamento con su madre y su hija adolescente. Las tres mujeres deben encontrar su sitio entre esas cuatro paredes sin estorbar a las demás, y buscar el momento adecuado para confesarse sus temores y confidencias sobre lo que pasó, aquello que les es tan difícil dejar atrás. Y es que Kei fue abandonada por su marido hace trece años, sin que haya vuelto a tener más noticias de él. ¿Qué ocurrió? ¿Se cruzó otra mujer? ¿Fue un accidente? ¿Está vivo o muerto? La falta de información corroe el espíritu de Kei a lo largo de toda la narración, y siente que su vida no puede avanzar debidamente hasta que obtenga una respuesta. Tan sólo ayudada por las anotaciones inconexas del viejo diario de su marido debe tratar de unir los puntos, pero cuando hay tan pocos, pueden emerger varias figuras. Manazuru, un pueblo costero cercano a Tokio parece ser el punto de encuentro de Kei con sus fantasmas, y se ve arrastrada allí en varias ocasiones para tratar de desentrañar la verdad. La relación con Seiji, un amante casado que debe atender a su propia familia siempre se ve conectada a su desaparecido marido, y deben decidir si encuentran una forma de continuar con una relación abocada al fracaso o continuar en el intento un poco más. Por si esto fuera poco, Kei se ve acosada por extrañas presencias fantasmales, a veces una, a veces docenas, que la rodean sin decirle qué debe hacer y haciendo más preguntas que dando respuestas.
Manazuru no es quizá la mejor novela para adentrarse en el mundo Hiromi Kawakami. Es muy sutil y delicada, como sus otras obras, pero tiene un punto de ensoñación que quizá podría amedrentar a un lector primerizo de su obra. La historia transcurre en unas localizaciones que nunca se sabe si son reales, soñadas, o ambas cosas, y en ese mar de desconocimiento, el mismo en el que se encuentra la protagonista, debemos aprender a nadar, a veces comprendiendo más y otras veces menos. Pero nosotros viajamos a Manazuru con Kei, y buscamos respuestas, para su vida, y para la nuestra.
Mención, como siempre, la cuidada edición de la editorial Acantilado, que parece poner una porción extra de mimo en cada libro.

martes, marzo 04, 2014

Siempre Susan. Recuerdos sobre Susan Sontag, Sigrid Nunez

Trad. Mercedes Cebrián. Errata Naturae, Madrid, 2013. 149 pp. 15,50 €

Pedro M. Domene

Susan Sontag (Nueva York, 1933-2004) fue una de las grandes intelectuales del siglo XX. Controvertida, inquieta, obsesiva, Sigrid Nunez traza en Siempre Susan (2013) una radiografía humana del personaje, con sus bondades, y describe su habitat cotidiano con todo detalle: su vida emocional e intelectual, su figura pública -no menos compleja y siempre abocada a los abismos de una soledad absoluta. Necesitó ayuda mientras se recuperaba de un cáncer y, un día de primavera de 1976, una joven aspirante a escritora, tras realizar un máster en Columbia, acudió al 340 de Riverside Drive. Allí vivía una Susan Sontag de cuarenta y tres años que aparentaba ser mayor, aunque a medida que recuperaba la salud parecía más joven. Aún más después de teñirse el pelo.
Poco después conoció a David Rieff, el hijo de Susan, con quien empezó a intimar y a salir, hasta que decidieron que no estaría mal, sobre todo animada por su futura suegra, trasladarse al domicilio donde ambos vivían para poder trabajar y convivir mejor. Esta relación duró entre 1976 y 1978 y, bastantes años después, Nunez aspira a que, su texto, Siempre Susan, se muestre sincero y evoque la parte menos conocida de una Sontag humana, además de ofrecer aspectos de sus zonas menos luminosas. Relata su llegada a Nueva York, la acusada ausencia de un padre que inventó, su desastrosa relación materna, sus amantes peculiares, tanto hombres como mujeres, y sobre todo, la especial educación que ensayó con su hijo, además de sus enfermedades y variables actitudes de carácter conforman una radiografía peculiar que no favorece, en absoluto, a la idílica ensayista y pensadora. La autora constata como a Susan Sontag no le importaba resultar antipática, masculina, vestía vaqueros y zapatillas de deporte y, solo en contadas ocasiones, se vestía como una dama. Releía constantemente Las ilusiones perdidas, de Balzac y, añade Nunez, como adoraba la película Cuentos de Tokio que, siempre, intentaba ver al menos una vez al año. Pensaba que las reglas estaban ahí para romperlas y se mostró, siempre, partidaria de la marginación, como ella misma se sentía. No menos curiosa es la relación que mantuvo con su único hijo, puesto que en ningún momento estableció diferencia generacional alguna que separara a ambos, así que gustaba de relacionarse con jóvenes y mantuvo durante toda su vida un aura de estudiante permanente. Y con respecto a su vida sexual, lamentó que ninguna de sus muchas relaciones terminase bien, puesto que en todas sus amistades veía una tremenda atracción que terminaba mal, pese a que por encima de todo detestaba la soledad.
El libro Siempre Susan resulta curioso porque desvela esos pliegues que todo ser humano público mantiene en secreto, y tras su lectura uno aprecia la suerte de defectos que asolaban a una mujer como Susan Sontag, luchadora infatigable contra las adversidades que le fue ofreciendo la vida, y al final uno se da cuenta como la felicidad o la infelicidad se instala en cada uno de nosotros a lo largo de nuestra vida y nos pasa la pertinente factura. Un texto imparcial, compasivo, salpicado de un sentido del humor que, sin duda, hubiera divertido y gustado a la propia Sontag.

lunes, marzo 03, 2014

Las cien vidas del filósofo Sócrates, Yan Marchand

Trad. Sara Álvarez Pérez. Errata Naturae, Madrid, 2013. 64 pp. 15,50 €

Ángeles Escudero

Arriesgada me parece la colección en general y este título en particular. Hace falta mucho atrevimiento para  continuar con un proyecto editorial cuya finalidad es empujarnos a pensar desde nuestra más tierna infancia. Aunque, ironías aparte, calificaré la iniciativa de valiente.
Que es un libro especial se intuye desde el primer momento. Errata Naturae intenta este camino de iniciación a la filosofía a través de un texto interesante, bien sostenido por una ilustraciones sugerentes de gran fuerza evocadora, aunque contundentes. Tampoco olvidaría mencionar la traducción, a cargo de Sara Álvarez porque comunicar ideas poco comunes y con un vocabulario tan específico no ha debido ser fácil y se aprecia el trabajo serio de la traductora.
La edad recomendada (de 9 a 99 años) creo que nos muestra que el libro puede ser leído, y disfrutado, a distintos niveles de comprensión o desde perspectivas vitales diferentes. Porque, eso sí, la profundidad de las ideas que se exponen nos obligan a una lectura atenta que, en cierta medida, escaparía a la capacidad de abstracción en la infancia. Pero los niños y las niñas, de mentes abiertas e inquietas, encontrarán en la lectura de esta historia, la fuerza que le piden a todo cuanto leen y a todo cuanto ven. Yo no subestimaría su capacidad para comprender.
La máxima de Kant de animarnos a pensar por nosotros mismos, cristalizan en este título dedicado al filósofo Sócrates. El gran desconocido si su discípulo Platón no se hubiese atrevido a parafrasear y explicar sus ideas antes de aventurarse a postular sus propias tesis.
La historia, además de narrar el periplo de reencarnaciones, o transmigración del alma, del propio Sócrates (se convierte en tábano o en perro de Homero), es un viaje iniciático hacia los especiales confines de la filosofía. Reflexiona sobre diversos temas, entre los que destacaría el asumir la pregunta sobre cuál es la función o tarea de la clase política. Sócrates, ya polemizó sobre esto en el Ágora, dando vida al corazón mismo de la polis griega con sus apasionados diálogos en los que utilizando la Mayéutica y la Dialéctica (el arte de razonar que permite mirar la realidad de frente), intentaba desvelar una verdad que sigue resistiéndosenos. Porque hoy en día seguimos debatiendo los mismos temas: Estado justo o injusto, interés de quién realiza la actividad política, o la eterna dicotomía individuo-ciudadano. Las cien vidas de Sócrates aborda, incluso, el espinoso tema de cómo si quienes formen parte de la clase política no tiene posesiones propias, se evitarían los males mencionados como la corrupción. La propiedad privada sería exclusivamente de la clase trabajadora.
Otra interesante cuestión que aborda es cómo nuestras acciones retratan lo que realmente somos que, por cierto y aunque nos pese, no siempre coincide con lo que decimos que somos o con lo que creemos ser. Algo tendría que decir Stanley Milgran sobre este particular, tras realizar interesantísimos estudios sobre la obediencia, en los que comprobó cómo debidamente alentados por una autoridad somos capaces de hacer cosas que hasta ese momento afirmábamos con pasión que jamás haríamos. O sea que, en situaciones en las que la persuasión nos afecta de forma especial, podemos dejar de lado los preceptos morales que creíamos respetar. O el caso de Kitty Genovese (citado por Lauren Slater en el libro Cuerdos entre locos. Grandes experimentos psicológicos del siglo XX, publicado por Alba), que abrió el debate sobre la moral nacional al preguntarse por la compasión, o la ausencia de ella. ¿En qué nos hemos convertido? Se preguntaron entonces los ciudadanos e investigadores como John Darley y Bib Latané. Éstos últimos, idearon entonces una serie de experimentos para estudiar las condiciones en las que el ser humano pasa por alto la demanda de auxilio, así como las condiciones en que se impone la compasión. Intentaron buscar alguna explicación lógica a porqué ninguno de los casi cuarenta testigo hizo nada por socorrer Catherine a la que en tres ataques consecutivos, fue asesinada. La omisión del deber de socorro sentó, además, jurisprudencia.
Volviendo a nuestro texto, como no podía ser de otro modo, hay también una reflexión sobre la Justicia como principio moral, comenzando por cuestionar la llamada Ley del más fuerte y profundizando en matices como la equidad. Otra cuestión que en la actualidad nos obliga a replantearnos el modelo de convivencia y de sociedad en la que vivimos y nos relacionamos. Como, por ejemplo, sólo nos hacemos conscientes de las injusticias cuando éstas nos afectan.
En uno de los pasajes con más enjundia filosófica, se nos explica la creencia en el alma y en su tripartición, abogando por la idea de que el ser humano es su alma, «yo soy el hombre que habita en ti». También hoy seguimos preguntándonos, como entonces, qué nos gobierna y cómo son las pasiones, y no la razón, quién dirige nuestra acción. En este sentido cobra especial relevancia la cuestión de la educación. Dentro de los parámetros socráticos y platónicos, conocer el bien, es hacer el bien. Pero el intelectualismo moral parece hoy poco menos que una utopía. Aunque Platón, saliéndose ya de las enseñanzas de su maestro, concibe la educación más que como un instrumento de igualdad, como una herramienta de rentabilización o eficacia conforme a la cual se establecería la división del trabajo en su Principio de especialización funcional. Que cada uno realice la tarea para la que tiene más aptitud. Lo malo será, una vez más, quién determina las virtudes que tenemos y la catadura moral de quién reparte.
Y, no podemos terminar sin hacer alusión al celebérrimo Mito de la caverna, donde Platón realizó una sublime metáfora para explicar los grados de la realidad y del conocimiento tal y como él los concebía. Esta alegoría es una profunda reflexión sobre cómo lo que creemos realidad es sólo apariencia. También Saramago, en su Caverna, afrontó esta reflexión, desde otro punto de vista. Es difícil enseñar la verdad porque estamos cómodos en nuestra ignorancia y, como todo cambio supone conflicto, no queremos ser liberados de nuestras cadenas. Una vez más, y como diría Sastre, la condición humana arrastra “la condena” de la libertad.


viernes, febrero 28, 2014

Solo con invitación: La curva del olvido, Victoria R. Gil

Septem Ediciones, Oviedo, 2013. 89 pp. 18 €

Ángeles Prieto Barba

Si tuviéramos que indicar un leit motiv o eje central de los diez cuentos sólidos que componen este libro, sin duda señalaríamos la extrañeza ante la vida, el temblor frente a una existencia cuyo camino nunca es recto, directo y simple, sino pleno de curvas complejas ante las que tan necesario es el recuerdo, como el olvido. Tema sin duda recurrente en el actual relato español, desde el ya clásico Velocidad en los jardines de Eloy Tizón, pero que no deja de depararnos gratas sorpresas con nuevas voces rotundas como esta, una voz incisiva, madura y penetrante que he tenido el placer de descubrir y sentido también el deber de compartir con todos vosotros.
Pues tras su lectura, una siente que el ritmo que nos impone nuestra vida actual, con tantas horas dedicadas a las múltiples obligaciones de conciliar estudios, trabajo, familia, amigos y hogar, no es sano y corre raudo. Apenas atisbamos a personas maravillosas para perderlas en seguida y vernos obligados a olvidarlas, como en la última historia de este volumen, “Se me olvidó olvidarte”. Por eso, para expresar este desasosiego, Victoria ha escogido para publicar su primer libro el género que mejor se adapta a contar nuestras vidas aceleradas, que no es otro que el relato corto o cuento. Con musas distintas a las de la novela, dado que no se trata de exhibir la elocuencia del autor, sino de buscar esa perfección de expresar con las palabras justas y exactas lo que dolorosamente sentimos. Género en el que Victoria se ha iniciado con pie seguro, firme y honesto.
Salvo el segundo relato, “Sin amor, sin gloria”, algo más largo, los otros son de tamaño similar, lo que nos indica también que la autora les tiene cogido el tamaño, la medida o la extensión, asunto técnico importante a la hora desarrollar un tema principal que otorga bastante unidad y coherencia a un libro no exento de humor socarrón, como constatamos en el cuarto cuento, “Y olvidar, aún más”, en el final del tercero, “Recordar perjudica gravemente la salud” y en “Así que morir era esto”, donde la guasa tiende al negro. Pese a su brevedad, son relatos muy densos, y esa profundidad de contenido se ha logrado mediante un lenguaje cuidado y preciso, sin ripios, cursilerías, frases hechas o lugares comunes, surcado de vez en cuando con metáforas ora rotundas, ora hermosas:  «el empleo le duró menos que un pitillo de picadura», «mujeres esquivas como gatos vagabundos», «pueblo del norte, lluvioso y aneblado, de esos que a las seis de la tarde te caen encima con un tedio del que deseas escapar a cualquier lugar, aunque sea al mismo infierno».
La autora también demuestra su soltura al utilizar tanto narradores omniscientes como protagonistas, primeras o terceras personas, a la hora de abordar las relaciones sentimentales, el otro gran tema del libro evitando caer en confesiones autobiográficas, tentación recurrente en una opera prima, felizmente esquivada. Relaciones que son las culpables principales de que necesitemos ese olvido, porque cuanto más intenso es el recuerdo, más permanece en el cerebro, como demuestra el último relato. Y porque la curva de la memoria se vuelve casi plana cuando rememoramos experiencias traumáticas, como en el primero. Y todo en un estudio que no sufre altibajos de calidad, algo tan común en los libros de cuentos donde estratégicamente se alternan, truco que no percibimos en este conjunto tan recio.
Con la mesa de novedades del nuevo año repleta de banalidades, esa misma que ha cambiado mercantilmente los sedientos vampiros por romances ardorosos buscando los bolsillos de lectores incautos y simples, es un placer encontrarse con este modesto y sencillo volumen que aborda con maestría y franqueza el complejo asunto del olvido que tanto nos importa y nos atañe. Aconsejo buscarlo, o en todo caso solicitarlo, si pretendemos que la curva de nuestra cultura ascienda.


Victoria R. Gil: «Los recuerdos son fundamentales para saber quiénes somos y de dónde venimos»


Tras más de veinte años de periodismo activo a sus espaldas, trabajando en revistas, radio y en la desaparecida “La Voz de Asturias”, Victoria nos presenta su primer libro de relatos, aunque ya había figurado como coautora en el libro de cuentos breves PervertiDos (Traspiés, 2012) y en la biografía de José Antonio Coto. Una vida dedicada a la empresa y a Asturias (Club Asturiano de la Innovación, Gijón, 2006). Por eso hemos querido entrevistarla para que nos cuente que supone publicar ahora este primer libro en solitario.

¿Por qué te inicias, profundizas y adentras en el complejo tema de la memoria con relatos breves?
Me interesa la memoria como elemento definidor de la identidad y quería preguntarme lo que ocurre con nosotros, con lo que creemos que somos, cuando esa memoria se altera por algún motivo. Es un interés muy personal, ya que tengo varios casos de Alzhéimer en la familia y muchas posibilidades de padecerlo en el futuro. Esa circunstancia, unida al descubrimiento de que, según los expertos, alteramos de modo inconsciente nuestros recuerdos con el paso del tiempo me hizo pensar que tal vez nuestra vida no sea más que un espejismo. Todo eso está en el porqué de este libro. Elegir un género como el cuento era inevitable porque buscaba plantear múltiples situaciones a partir de un único tema: la memoria y sus desvaríos. Un libro de cuentos te permite eso, que con los mismos materiales resulten conflictos diferentes, como un tangram es capaz de construir centenares de figuras con las mismas siete piezas. Esa libertad no me la daba una novela.


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jueves, febrero 27, 2014

Y las montañas hablaron, Khaled Hosseini

Trad. Patricia Antón de Vez y Rita da Costa. Salamandra, Barcelona, 2013. 382 pp. 20,00 €

María Dolores García Pastor

En el año 2003 Khaled Hosseini irrumpió en el panorama literario internacional con su novela Cometas en el cielo, todo un fenómeno editorial que se tradujo en grandes ventas e incluso en una versión cinematográfica. El libro nos llevaba hasta un país tan poco conocido para los occidentales como Afganistán, con una historia reciente tan apasionante como convulsa. La historia que narraba era a un tiempo descarnada y tierna, tanto que en algunos momentos sacudía al lector. Recuerdo una lectura llena de emociones. Para muchos lectores este se convirtió en uno de esos libros que se guardan en la memoria y se suelen recomendar.
Es tal vez por todo eso que Y las montañas hablaron no acaba de convencer al lector, demasiadas expectativas que no se llegan a cumplir. Esta vez Hosseini ha querido hacer un libro de personajes, su campo de visión es más amplio. La acción sucede por todo el mundo y en diferentes épocas históricas, desde los años cincuenta hasta nuestros días, con lo cual el movimiento es continuo tanto espacial como temporalmente. La trama no es lineal aunque tiene un hilo central, una historia a través de la que se articulan las demás. En ocasiones cuesta llegar al momento en que se vislumbra esa conexión, por lo que la lectura puede parecer inconexa. Se trata de personajes que se encuentran en un cruce de caminos, han de tomar decisiones que serán determinantes. A través de cómo se desarrollan los hechos posteriores el autor reflexiona sobre la importancia que tienen las decisiones que tomamos. También encontramos en el libro el que podría ser el alter ego del autor, que no es otro que Idris, el médico que emigra a los Estados Unidos. A través de él nos acerca a lo que Hosseini define como “la culpa del sobreviviente”.
El sentimiento de culpa y el arrepentimiento son algunos de los temas recurrentes del libro. Comienza el libro con un padre que cuenta a sus dos hijos, Pari y Abdulá, protagonistas de la trama principal, la leyenda de un div, criatura sobrenatural del folclore afgano. Se trata de una narración al más puro estilo de Las mil y una noches con una moraleja que nos prepara para lo que sucederá a continuación, para vivir la historia central alrededor de la que giran las otras. Son muchos los protagonistas y muchas las tramas, el autor las hace encajar pero bien podrían funcionar por separado. Todas ellas son interesantes aunque a veces el lector tiene la sensación de que quedan a medias, de que no se les ha sacado todo el jugo. Recuerda en cierta manera el vicio de algunos escritores noveles que quieren contarlo todo en su primera novela. En esta ocasión Khaled Hosseini abarca mucho pero aprieta poco. La intensidad de las historias queda muy lejos de aquellas Cometas en el cielo que le hicieron famoso. Aun así, no se le puede negar la gran capacidad como narrador que posee este escritor afgano afincado en California. Su prosa es fluida y atrapa al lector y le hará disfrutar del libro.

miércoles, febrero 26, 2014

Espíritu festivo. Cuentos de fantasmas, Robertson Davies

Trad. Concha Cardeñoso Sáenz de Miera. Libros del Asteroide, Madrid, 2013. 306 pp. 18,95 €

Care Santos

Un entretenimiento navideño. Una forma de divertir a sus amigos después de la cena anual universitaria de celebración de la Navidad. Esto son estos cuentos, en primera instancia. Un divertimento pensado para ser leído en voz alta año tras año ante un auditorio de personas queridas que a menudo aparecen como personajes secundarios de los relatos. Dieciocho cuentos, otros tantos años. Fantasmas, algunos más, porque hay historias en que se aparecen por parejas o incluso de tres en tres.
En el prólogo a la colección, el propio autor explica su adicción al género, que despertó la lectora, de niño, del Frankenstein de Mary Shelley. Se refiere con admirada devoción a algunos de los padres del género, a los que pretende rendir homenaje: Montague Rodes James, Henry James y su Otra vuelta de tuerca; Joseph Sheridan Le Fanu o Montague Summers. Consciente de que los relatos de fantasmas clásicos suelen tener un tono altisonante, circunspecto, Davies afirma: "Nada más lejos de mi intención que faltar al respecto aquí a los espectros serios". De modo que el sentido del humor hace ya su aparición en el mismo prólogo, cuando el autor afirma: "es evidente que el saludo apropiado para recibir a un fantasma no es un grito de terror, sino un amable '¿Puedo ayudarle en algo?".
Siguiendo esta premisa, los fantasmas de esta docena y media de historias necesitan y requieren ayuda y Davies, en su papel de protagonista de todos los relatos, se muestra muy dispuesto a prestársela. Se sigue a menudo la fórmula decimonónica de comenzar la historia remarcando el carácter práctico y descreído del narrador, así como el también clásico recurso del narrador que cuenta lo que le ocurrió en una ocasión pretérita. Están, asimismo, bien presentes los homenajes explícitos, algunos esperables, como el relato dedicado a Frankenstein y otros más sorprendentes, como aquel otro en que toma la palabra el pequeño lord Fauntleroy -protagonista de un cuento infantil célebre por diversas adaptaciones cinematográficas- acompañado al piano ni más ni menos que por Albert Einstein
Los fantasmas de Davies no son unos cualesquiera -no en vano el libro se llama en inglés "High Spirits", "Espíritus elevados"-: abundan los espectros de sangre azul. Hacen su aparición, por ejemplo, varios miembros de la realeza -Jorge IV, Jorge V, Jorge VI, la Reina Victoria...- y alguno de ellos incluso repite. También surge del más allá el primer ministro canadiense William Lyon Mackenzie King (1874-1950), el ectoplasma más veces citado de todos, por quien el autor parece sentir una gran admiración. Son divertidas estas apariciones de prohombres de su tiempo en que se reanudan rancias discusiones políticas o en que los reyes reclaman su papel de fundadores de la institución universitaria o lloran el olvido en que la modernidad les ha hecho caer. Mis relatos favoritos, sin embargo, son aquellos en que Davies ahonda en el mundo universitario, que tan bien conoce, y para cuyos exponentes fueron creados estos textos. Así, hay espectros de estudiantes muertos durante el examen de doctorado que comparecen en la sala del tribunal para examinarse desde el más allá. Hay rebaños de críticos literarios rondando la vieja biblioteca universitaria como si de un purgatorio se tratase. Y, entendiendo la palabra "fantasma" en un sentido más amplio, hay demonios con nostalgia navideña, pequeños sátiros disfrutando de su vida eterna o miríadas de santos católicos pidiendo asilo en la universidad, con sus dragones, sus armas y sus once mil vírgenes a cuestas.
Cinco cuentos destacan, a mi modo de ver, del excelente conjunto: "Revelación de una chimenea asfixiante", un duelo de espectros de decanos con sorpresa final; "Refugio para santos denostados", en que los santos católicos acuden al claustro universitario después de que el papa Pablo VI les condene al olvido; "Los peligros del signo doble", donde conocemos las aventuras nocturnas del diablo Asmodeus con guiño a la modernísima pasión por la moderna astrología; "La fotocopiadora de la habitación perdida", en que un espectro de segunda es acomodado también entre los ya muy encantados muros universitarios mientras se espera la llegada del fantasma del dramaturgo Henrik Ibsen y "Ofrecimiento de inmortalidad", en que un profesor invitado al que todos respetan termina en el congelador.
Decir que Davies tampoco es un cualquiera no es necesario. El autor de la Triología de Deptford, por citar sólo una de las varias que publicó, demuestra a cada línea su altura como narrador. En los brillantes diálogos, en las finísimas ironías que llenan de ocurrencias estas historias, en su retrato minucioso de los personajes secundarios, en su construcción de los textos, en los nada usuales finales de las historias. Lo de menos, podría decirse, es el asunto. Davies es de ese tipo de narradores en manos del cual cualquier tema cobra otra dimensión. Por supuesto, también éste. Pero dada la naturaleza peculiar del asunto, en este caso, este libro es una verdadera celebración, a la que hay que sumar la cuidada -como de costumbre- traducción de Concha Cardeñoso y la preciosa edición. El resultado es un verdadero festín literario.

Más Robertson Davies en La Tormenta en un Vaso:

-Levadura de malicia
-A merced de la tempestad
-Lo que arraiga en el hueso
-Trilogía de Deptford


martes, febrero 25, 2014

El mundo hasta ayer, Jared Diamond

Trad. Efrén del Valle. Debate, Barcelona, 2013. 592 pp. 24,90 €

Julián Díez

En este mismo vecindario ya di cuenta de mi admiración por las otras dos obras magnas de Jared Diamond, Armas, gérmenes y acero y Colapso. Desde entonces, el prestigio de Diamond ha ido creciendo como el del divulgador de temas antropológicos más importante de la actualidad. También, lógicamente, las críticas.
Diamond cierra con este volumen lo que podría ser la trilogía básica de su obra. Por esa popularidad en aumento, libro ha sido recibido con mayores expectativas, cuando se trata del menos atractivo —dentro de su amenidad— de los tres. También el que responde de forma más directa al trabajo personal de Diamond, en particular en Nueva Guinea.
Después de explicarnos en Armas... por qué las sociedades occidentales se impusieron al resto del planeta, y analizar en Colapso cómo decayeron distintas civilizaciones a lo largo de la historia para realizar análisis sobre la nuestra, Diamond ahora examina las sociedades actuales totalmente apartadas de la globalización, que denomina "sociedades tradicionales" evitando cuidadosamente calificarlas como "primitivas", para extraer enseñanzas acerca de nuestro mundo.
El libro ha generado polémica por la forma en que elude dos tentaciones paralelas: por un lado, la de convertir a los habitantes de esas tribus apartadas de Papúa o del Amazonas en "buenos salvajes" rousseanos; por otro, la de desdeñarlas por completo y culparles de su aislamiento. Y de esa forma ha conseguido enfurecer tanto a una organización como Survival Internacional, defensora de esos grupos humanos, como a los ultraconservadores estadounidenses, que no aceptan que haya nada que aprender de esas tribus ni culpa alguna que asumir por el exterminio de otros en el pasado.
Diamond responde con las mismas herramientas que ha utilizado en el pasado: su conocimiento directo, sobre el terreno, de buena parte de los pueblos de los que escribe, y una erudición multidisciplinar que le permite asociar sus observaciones con hechos históricos, y condicionantes geográficos o ecológicos. Todo lo cual expone con su conocida claridad.
En su argumentación, bien es cierto, pueden encontrarse algunos puntos discutibles. ¿Hasta qué punto es posible extraer conclusiones sobre los pueblos anteriores a la existencia de la agricultura observando a estos grupos actuales? Por supuesto que Diamond es casi todo el tiempo muy prudente para no llevar sus extrapolaciones hasta el extremo, pero esos mismos condicionantes ambientales abren una duda.
Por otra parte, su demanda de una intervención de los estados para detener los ciclos bélicos en que viven inmersas algunas de esas sociedades también tiene un gusto ambivalente, dadas las consecuencias tanto negativas como positivas que han tenido todas las injerencias del mundo "civilizado" en el menos avanzado a lo largo de la historia. Aunque es obvio que esa visión está buscando en realidadhacer un comentario, creo yo que perfectamente argumentado, sobre la abundancia de armas en Estados Unidos, y la necesidad de limitar la posibilidad del empleo de la violencia al ámbito gubernamental.
Al lector medio, El mundo hasta ayer le dará algunos momentos de sonrisa, unos cuantos de pura fascinación aventurera y muchos de reflexión. Entre las numerosas cosas que podemos aprender de las sociedad primitivas, hay una que me parece especialmente destacable: lo que Diamond denomina la "paranoia constructiva", la preocupación por lo verdaderamente preocupante en la práctica en contraste con nuestras cosillas de cada día. Puede que lo que hace Diamond sea antropología pop, pero contiene un fondo de relevancia; y cuando casi ningún científico —bien al contrario— se quejó en su momento de la astronomía pop ofrecida por Carl Sagan en Cosmos, las protestas sobre los trabajos de Diamond no sirven sino para demostrar que está pisando callos.

lunes, febrero 24, 2014

La frontera invisible, Kilian Jornet

Now Books, Barcelona, 2013. 216 pp. 18,90 €

Santiago Pajares

«Tú sabes que yo quería morir en la montaña, ¿verdad?»

¿Qué haces cuando tienes 25 años y ya has batido todos los records con los que soñabas siendo niño? ¿Cómo se afronta la vida cuando ganar es lo usual y no lo extraordinario? Kilian Jornet lo ha conseguido todo en el mundo de las carreras de montaña. Se crió en el refugio en los Pirineos donde su padre era guía y su madre profesora de deportes de montaña. Con cinco años coronó el Aneto y con seis su primer cuatromil. Tres medallas de oro seguidas en la copa del mundo, otras tres en el Utrarunning, record de subida y bajada al Klimanjaro... Podríamos seguir días. Para hacer una comparación tenística sería como si uniésemos en el mismo cuerpo a Nadal, Federer, Djokovic, McEnroe, Lendl y Borg. No hay nadie comparable a él, y él lo sabe. Y eso es su pequeña maldición.
Cansado de las carreras, las entrevistas, las sesiones de fotos y los patrocinadores, Kilian se refugia en el Mont Blanc con su amigo e ídolo de juventud, Stéphane Brosse. Pasan los días haciendo rutas, lejos de la presión mediática, dejando el que viento azote sus rostros. Hasta que la tragedia les alcanza, la cornisa que les sostiene se rompe y Stéphane se precipita al vacío. A apenas veinte centímetros de su compañero, Kilian sólo puede observar su caída. ¿Dónde se refugia uno cuando su refugio se ha roto? Kilian se queda solo en un albergue de montaña, pensando en lo que quiere que sea su vida mientras bebe té y habla con otros alpinistas. Allí, en una de sus salidas diarias, le pilla una tormenta cuyos rayos están a punto de acabar con él, salvándose en el último momento como se ha salvado siempre, corriendo. Al día siguiente, con fiebre y dolorido, regresa a casa.
Esta es la verdad contada por el propio Kilian en el libro. Porque aunque podríamos pensar que alguien que se pasa el día corriendo acaba convirtiéndose en un animal de kilómetros, Kilian es un hombre de inclinaciones artísticas. Escribe, dibuja y sobre todo, piensa. Piensa mucho. La segunda parte del libro es una ficción de su puño y letra basada en sus experiencias en la montaña.
Kilian coincide con un compañero alpinista, Thomas. Este le embarca en la aventura que lleva planeando toda su vida, una expedición a Nepal, cerca de la frontera china. Arrastrado por su entusiasmo, no puede resistirse. Se les suma en el camino Alexander, un ruso criado en un sistema radicalmente distinto al de Kilian, un lugar donde el individuo no existe y la única victoria es la colectiva. ¿Cómo se enfrentan dos polos tan opuestos? ¿Cuál es su punto en común? La montaña, ese lugar donde todo se pliega y los hombres sólo son hombres, allí donde no sirven los títulos y los records. El propio Jornet se pregunta qué hacen allí, jugándose su vida y gastando sus ahorros. Eso no es una competición, donde por dura que sea la carrera se come y duerme caliente. Como le dice el ruso, allí se va a pasar hambre y frío, a que te duela la espalda, a sufrir penurias. Allí se va a encontrarse a uno mismo. Pero en esa vida lo más importante no es llegar a la cima, sino saber dónde parar. Saber decirse ‘hasta aquí’ y dar la vuelta sin haber coronado, volviendo a casa con la sensación del deber cumplido. Porque siempre traes algo, porque siempre te traes tú.
La frontera invisible, aunque es un libro independiente, es la continuación natural de Correr o morir, los libros de Now Books donde Kilian nos deja entrar en su universo, en su montaña particular.

viernes, febrero 21, 2014

Historia de las tierras y los lugares legendarios, Umberto Eco

Trad. María Pons Irazazábal. Lumen, Barcelona, 2013. 478 pp. 44,90 €

Fernando Ángel Moreno

Con este cuidada Historia de las tierras y los lugares legendarios, Umberto Eco nos explica los orígenes y las construcciones culturales de lugares legendarios realizadas en Occidente. Sitios como Camelot, la Atlántida, el Dorado, el reino del preste Juan y tantos otros lugares maravillosos que han inspirado novelas, películas, cuadros y otras obras de arte.
Sin embargo, esta propuesta puede tomarse de dos maneras. Cabe planteárselo como otros libros de Umberto Eco; elevado, profundo, reflexivo. Al leerlo así podrá decepcionar, porque no está aquí el autor de Tratado de semiología, Lector in fabula y Los límites de la interpretación, entre tantos otros ensayos fundamentales. Por el contrario, no hay gran diferencia con la clásica recopilación de leyendas populares explicadas como curiosidades a un lector sin demasiadas ambiciones. Seguramente esta primera lectura defraudará o, quizás, nos dé la impresión de que nos supone un precio excesivo teniendo otras ofertas similares en casetas de saldos o en grandes almacenes.
Recomiendo más una segunda aproximación: acercarse a éste como a un libro de curiosidades sobre leyendas históricas que, al contrario de lo habitual, está escrito por una eminencia como Umberto Eco. Es decir, la puntualización certera y, suponemos, con rigor de tradiciones que han dado forma a nuestro imaginario cultural.
Visto de este modo, el libro supone dos ventajas, que vienen ante todo de una doble faceta académica del autor. Se aprecian la visión semiótica y los conocimientos sobre la cultura medieval, a menudo entrecruzados los unos con la otra. Esta erudición del académico nos aporta, además de la autoridad del catedrático de la Universidad de Bolonia, numerosas referencias directas de las que suelen carecer este tipo de textos. Se trata, en efecto, de pasajes literales de muchas de las obras citadas, como ratificaciones de cuanto explica, pero también de breves textos donde se afirma tal teoría o tal descubrimiento. Por ejemplo, ilustra la construcción imaginaria del Templo de Salomón con la fuente original del Antiguo Testamento y el viaje de Ulises a Ítaca con pasajes de varios especialistas.
Sin llevarnos a la cansina referencialidad académica (pero sin ignorarla por completo), se orienta más hacia la ilustración de lo que estos lugares han significado para nuestra cultura, sin perder un tono ligero y ameno en ningún momento. Con ello, Eco nos introduce un segundo tipo de texto, el histórico, que puede también servirnos de guía de lectura para obras del pasado que no solemos tener en nuestros horizontes de expectativas.
Por otra parte, desde su visión semiótica, se abstrae de las tradiciones actuales con certeras, ácidas y sutiles críticas acerca de las transformaciones de los significados mediante la invención de significantes. Es decir, nos encontramos con leyendas a las que se les ha dado un valor religioso o cultural enorme, pero que no son más que simples historietas del pasado. Un duro ejemplo es el ataque contra el Muro de las Lamentaciones israelí, desarmado y ridiculizado por la exposición de la tradición de la que viene. Con ello, a lo largo de todo el libro, se vislumbra un ataque indirecto, aunque inmisericorde, contra las trágicas frivolidades de las religiones o de las «sentencias» de los pseudo-científicos, los ocultistas y otras especies iluminadas por la ignorancia y la fantasía. Así, nos introducimos en las estrafalarias búsquedas místicas que llevaron a cabo los nazis en pos de la Última Thule y en expediciones enloquecidas hacia el centro de la Tierra que costaron la vida a sus perturbados protagonistas.
Su visión semiótica le permite además que se perciban de un modo diferente las numerosas ilustraciones de cuadros, dibujos y grabados que recogieron estas leyendas, colaborando siempre a estas retorcidas manipulaciones. Este es el tercer tipo de discurso del libro.
El editor ha explotado esta magnífica aportación, al no permitir que quede como una mera ilustración del texto. En casi todo momento, las reproducciones artísticas, muy cuidadas, destacan tanto como las palabras de Eco, y a menudo incluso más. Con ello, el lector dispone así también de un magnífico catálogo de cuadros sobre leyendas populares e incluso cultas. Solo por ello, ya vale la pena incorporar este libro a la biblioteca personal.
Por consiguiente, aporta suficientes ventajas como para servir de libro auxiliar, de esos complementos de acceso fugaz, uno de esos libros que dudas al comprar pero que adoras que te regalen. Ahora bien, como lectura completa, sosegada, a través de la comparación de los tres tipos de discursos, introduce ese factor del que he hablado y del que suelen carecer otras obras de este tipo: la crítica cultural.

jueves, febrero 20, 2014

Dos húsares, Lev Tolstoi

Trad. Olga Korobenko. Hermida Editores, Paracuellos del Jarama, 2014. 90 pp. 12,50 €

Sara Roma

No hay nada mejor como encontrarse con una obra poco conocida y casi olvidada de algún gran autor. Ese es el mérito de Hermida Editores, pues siempre encuentra una pequeña joya literaria con la que sorprender a los lectores más exigentes. He aquí una: Dos húsares del genial Lev Tolstói, de quien hace cuatro años se cumplieron el centenario de su muerte.
Se podría decir a grandes rasgos que Dos húsares es una novela breve que cuenta una misma historia en dos épocas distintas. La primera transcurre a principios del siglo XIX; la segunda arranca en 1848, pero ambas se localizan en el mismo lugar, la ciudad de K., y están protagonizadas por idénticos personajes. El conde Turbín es un oficial de húsares que llega a la ciudad de K. dispuesto a dar rienda suelta a sus vicios y pasiones. Su comportamiento dionisiaco es impropio de una persona de su categoría; sin embargo, gracias a su atractiva personalidad sabe granjearse la admiración de muchas personas. Acude a cuantas fiestas es invitado, dispuesto a disfrutar aun a costa de contraer deudas en el juego y verse obligado a retarse por honor. A mitad de la novela es cuando se produce el salto temporal (mayo de 1848) que sirve al autor para centrar la historia en el hijo del conde, un joven gallardo de veintitrés años y oficial de la guardia real que «no tenía sombra de las inclinaciones impetuosas, apasionadas y […] libertinas» de su padre. Por aquel entonces, el regimiento de húsares de S. pasa por la región de K. para pasar solo una noche, tiempo más que suficiente para que el heredero del conde Turbín conozca a algunas personas que se relacionaron con su padre. El pasado siempre vuelve como una fantasma y, como si de una constelación familiar se tratara, el amor, el juego y la seducción vuelven...
La organización temporal de la historia sigue un orden cronológico (con un intervalo de veinte años) aunque Tolstói decide concentrar la narración y los episodios en un par de días en la vida de sus personajes. La contención de los acontecimientos que sabiamente realiza el autor, le sirve para recrearse con un elegante estilo literario en las descripciones de sus escenarios y personajes con el objetivo de obnubilar al lector con el esplendor de una época marcada por el lujo de las apariencias e invitarle a la reflexión. Al final, llega un día en que la juventud llena de esperanzas, el honor, el respeto social, los sueños de amor y de amista, desaparecen para siempre.
Robert McKee asegura que «Un maestro se reconoce porque sabe seleccionar apenas algunos momentos que, sin embargo, nos presentan una vida entera». Así es Tolstói.

miércoles, febrero 19, 2014

Solo con invitación: La vida calcada, Fernando García Maroto

Editorial Paroxismo, Barcelona, 2013. 148 pp. 5,93 €

Fernando Sánchez Calvo

Prefiero reseñar primero el nuevo libro, primero de relatos, de Fernando García Maroto, antes de enfrentarme a él en la entrevista que ustedes mismos podrán leer también en este blog. Por evitar prejuicios, más que nada.
Fernando García Maroto, matemático y profesor (ahí es nada) también es escritor. Hasta ahora había publicado tres novelas, a saber: La geografía de los días, La distancia entre dos puntos y Los apartados, muchas de ellas de temática negra, de tono pesimista y forjadas en general con el fuego y rescoldos de los nihilistas más importantes de nuestro siglo y del pasado (Onetti, Juan Rulfo, Lobo Antúnes). De todo ello (horror) podríamos deducir que Fernando García Maroto es un triste más pero, a diferencia de muchos, cuya melancolía se queda en mera pose, trasciende el dolor ya no para superarlo, sino también para comprenderlo. Chapeau por él, que afronta e intelectualiza las penas en lugar de regodearse en ellas, mal y frecuente signo en la literatura actual.
Es el caso de estos siete relatos, los cuales mezclan sufrimiento y humor (hasta ahora ingredientes-base en Fernando) con ternura, el nuevo elemento que a mi juicio suaviza y humaniza la prosa del madrileño.
El libro podría dividirse en dos partes según la temática afrontada. Por un lado, los tres primeros relatos, donde el mundo cultural y literario es el protagonista. Así, Indefensión recupera el mito de Circe para un lunático que prepara un asesinato por celos y Palabras mayores parodia el mundo de los concursos literarios desde el punto de vista de un escritor segundón que de repente se interesa por un compañero desconocido que, por dignidad, rechaza los premios cuando éstos quedan por debajo del primer puesto. El ruidito, seguramente el más borgiano y complejo de todos ellos, representa un juego literario de triple espejo donde un bibliotecario lee el testamento libresco de un tal Román Díaz, quien, a su vez, conoció a Horacio Oliveira, quién sabe si el mismo que protagonizó las páginas de Rayuela de Cortázar; el juego metaliterario (frío e intelectual en apariencia) no impide, no obstante, que se llegue a unas breves páginas donde la personificación de un ruido sirven de metáfora para toda la soledad humana que puede caber en un libro, que es mucha.
La segunda parte del compendio, o lo que es lo mismo, los cuatro relatos restantes, se antojan más mundanos, más pegados a la vida, al suelo y al infierno de la supervivencia. De este modo en La única felicidad un grupo de actores es contratado por un viejo con el fin de desahogarles en su propia cara las miserias más sonrojantes. En El blanco de los ojos, el más extenso de los relatos y quizás el mejor, el narrador rememora su relación con su hermano Pedro, quien, a partir de una experiencia dolorosa en su infancia, decidió no volver a llorar nunca más hasta el día de su muerte, firmada por el cáncer. La vida calcada nos presenta a una ama de casa de las de antes, doña Francisca, la cual, de manera inevitable, ha imitado e imitará el rol y la losa de la figura de la madre tradicional hasta límites insospechados para el lector.
El buscador infatigable (puro o impuro Cortázar) cierra de manera enigmática e híperbreve este compendio de relatos, perfectamente estructurados y pensados para que el lector más cerebral y el más sentimental se sientan igualmente atraídos por la prosa concisa, lacónica y dolorosamente sincera de Fernando García Maroto.

Fernando García Maroto: «La familia es un núcleo inabarcable de conflictos»

Hace menos de un año que se estrenó en este mismo blog con Los apartados, Premio Eutelequia de Novela. Ahora vuelve con su primer libro de relatos, La vida calcada, tras cruzar el charco para publicar con la editorial mexicana Paroxismo. Del cuento, la familia y otros nihilismos hablaremos a continuación.

Son sólo quince preguntas o flechas, no se preocupe. La vida calcada es su primer libro de cuentos. ¿Qué tal la experiencia y por qué siete?
El cuento es un terreno en el que, sin sentirme incómodo, me siento quizá un poco menos cómodo que en el de la novela, porque la exigencia del cuento es tremenda, casi más que la de la novela, y no admite distracciones ni fisuras; sin embargo, para mí es un placer enfrentarme a un cuento: cómo surge, cómo se va construyendo y cómo debe cerrarse, aunque pueda quedar abierto, que es otra forma de cierre. Por eso disfruto y espero poder seguir disfrutando escribiéndolos. En cuanto al número, ojalá pudiera argumentar algo más mágico, más imaginativo, menos prosaico que las imposiciones editoriales y decirle que tiene alguna otra justificación, pero mentiría.


Entra AQUÍ para leer la entrevista completa

martes, febrero 18, 2014

Califas y Reyes, Roger Collins

Trad. Tomás Fernández Aúz y Beatriz Eguibar. Crítica, 2013, 503 pp. 32 €

Alberto Luque Cortina

Roger Collins (1949) es un historiador inglés especializado en la Alta Edad Media peninsular. Dentro de la colección “Historia de España” que, dirigida por John Lynch, edita Crítica, ha publicado dos obras: La España visigoda, 409-711 (2005); y La conquista árabe, 710-797 (1986).
Esta tercera, Califas y reyes, estudia el espacio cronológico comprendido entre 796 —la llegada al poder del emir omeya Al Hakam— y finales de 1031, momento en el que se oficializa la desintegración del califato instaurado por Abderramán III un siglo antes. Se trata de un periodo, si se pueden constreñir más de dos siglos de historia al espacio de dos líneas, caracterizado por la primacía en la península del poder árabe de Córdoba, primero bajo la forma de emirato independiente y después bajo el gobierno califal, y por la aparición en el norte de núcleos organizados de tradición romano-visigoda que darán lugar a los primeros condados y reinos cristianos.
Se trata de un periodo fascinante pero, por diversos motivos, muy complejo. Uno de ellos es la escasez relativa de fuentes documentales, no siempre contrastadas. Este hecho y la propia singularidad de la Edad Media hispánica, con la presencia secular de diferentes culturas en la órbita del Islam, y el vasto lapso de tiempo que comprende —diez siglos—, ha dado lugar a un buen número de mitos y tópicos: al fin y al cabo el estudio de la Historia es, además de una forma de justificar el pasado, un medio barato de legitimar el presente. La convivencia de las tres culturas, que Collins restringe a un periodo de unos cuarenta años y circunscrito a las élites de la ciudad de Córdoba, sería un buen ejemplo.
Collins, en la línea crítica y revisionista de la mayoría de medievalistas actuales, desmonta algunos de estos mitos, si bien algunas de sus conclusiones no tienen por qué ser pacíficamente aceptadas. Define Collins este periodo como un estado de guerra, interna y externa, permanente: en particular incide en la debilidad del poder omeya hasta la consolidación de Abderramán III en 929. Hasta entonces el poder omeya sería muy limitado y en algunos casos circunscrito a la ciudad de Córdoba: y esto debido a la difícil coexistencia entre los árabes y las distintas tribus bereberes, y también a la frágil estructura de poder del emirato, al que califica, prácticamente hasta la llegada de Abderramán III, de “régimen de bandidaje” (pág. 288) puesto que se sustentaba en campañas de saqueo, sin que existiera una decida intención de someter a los rebeldes locales. El propio califato omeya fue, comparado con las dinastías abasidas y fatimitas, localista y efímero: cuando Almanzor llegó al poder aún no habían pasado cincuenta años de su creación, y poco después de la muerte del visir se descompondría en numerosas taifas.
En el “lado cristiano”, Collins cuestiona, por ejemplo, el proceso de creación del reino de Asturias, más largo y complicado de lo que habitúan a describir los manuales de Historia, y pone en duda que el llamado arte mozárabe sea necesariamente un estilo importado por los cristianos de Al Andalus refugiados en las regiones fronterizas.
Siguiendo un criterio cronológico Collins intenta ofrecer una vista panorámica, preponderantemente política y en este sentido limitada, de los diferentes territorios: desde Al Andalus a los condados catalanes. Sin embargo, y a diferencia de sus dos obras anteriores publicadas en esta misma colección, el pulso narrativo es desigual: más bien se asemeja a una disertación erudita en la que el autor, apoyándose en fuentes documentales y arqueológicas, desarrolla con penetrante mirada algunos aspectos y momentos históricos que conoce muy bien, soslayando otros o refiriéndose a ellos de modo superficial a fin de ofrecer el fresco general que se presupone en una obra de estas características.
No se trata, pues, de un libro de divulgación generalista al uso. La sola lectura de Califas y reyes no facilitará al neófito una visión panorámica de la época, pero sí proporcionará al iniciado algunas claves y perspectivas diferentes, diversos motivos para la reflexión, y una interesante bibliografía.

lunes, febrero 17, 2014

Commando, the autobiography of Johnny Ramone, Edición de John Cafiero, Steve Miller y Henry Rollins

Trad. Carlos Feliu. Ediciones Malpaso, Barcelona, 2013. 176 pp. 22 € (12 € eBook)

Salvador Gutiérrez Solís

No me cabe duda de que sin los Ramones nos faltaría una pieza fundamental para completar el puzzle o mosaico de la historia reciente de la música contemporánea. Si en ellos, sin esta familia pelucona y eléctrica, tal vez un sinfín de bandas no habrían existido, o, como poco, habrían sonado de manera muy diferente a como lo han hecho. Pensemos en Smashing Pumkins, en Primitives, en Green Day o en nuestros Nikis, y así podríamos seguir enumerando bandas hasta rellenar un par de páginas.
Johnny, en su autobiografía, ejerce de lo que fue y por lo que todos los conocimos: un auténtico Ramone. Commando es su testamento literario y vital, su despedida, y como si se tratase de una canción de la propia banda, es breve pero intenso, directo, puro, sin edulcorantes ni conservantes, disparo a quemarropa, distorsión interminable, Gabba gabba hey!! Punk, de principio a fin.
Mi lectura de Commando puede entenderse como un virtual e inesperado ejercicio literario. Acababa de concluir la delirante La calle Great Jones de Don DeLillo, y si no me concentraba en lo contrario, muy difícil en determinados momentos, leyendo a Johnny creía que me encontraba ante una continuación de la novela citada, cuando no ante una milimétrica personificación de su protagonista.
Reservado, republicano –porque entendía que los demócratas pretendían ser demasiado simpáticos-, encanijado, observador, Johnny Ramone nos muestra sin ningún tipo de rubor o pudor la trastienda del rock. Las primeras noches en el legendario CBGD, los encuentros con Blondie, Warhol, Suicide, Televisión, Johnny Thunders o Lou Reed, sus visitas a Reino Unido, la admiración mutua por los Clash, el vigor del público español o italiano, la desazón que le suponía actuar en Francia, un país del que no le gustaba nada, los rincones más oscuros de los camerinos.
Más allá de la literatura, del estilo, de la técnica, el libro de Johnny Ramone es puro rock, punk total, sinceridad a flor de piel, un magnífico confesionario interior con ventana abiertas a nuestra curiosidad. La verdadera realidad de la estrella que no congenia con sus compañeros de banda, que entiende el ser un “ramone” como una inversión que le ha de procurar una cómoda jubilación. La cruda realidad de un tiempo devorado por la carretera, los decibelios y el punk.
Y con esa misma sinceridad y crudeza, Johnny Ramone analiza y califica la producción de su banda, disco a disco, y no es precisamente magnánimo o generoso en sus calificaciones; canciones maravillosas para muchos, para él no pasan de aceptables. Sinceridad, igualmente, a la hora de mostrar su propia enfermedad, que finalmente no pudo superar, con una naturalidad que te llega a escocer.
No hay que ser un “ramoniano” declarado para disfrutar Commando. En primer lugar, porque es una autobiografía –de una estrella del rock- que se distancia de buena parte de las que podamos encontrar, y que parecen seguir un mismo patrón: adicciones, turbulencias, chismes varios, -manual de instrucciones de- desintoxicaciones, nueva vida. Mérito de Johnny Ramone, que se aleja del personaje, o lo cuenta como si no fuera él, sin filtros ni censuras. En segundo, porque Commando es, desde un punto de vista formal, estético, me refiero al “objeto”, un libro deliciosamente editado, desde la portada a la contra. Cobija en su interior un espléndido álbum fotográfico de una calidad excepcional, tanto por su información como por su composición. Motivos más que suficientes para adentrarse en este Commando y descubrir las interioridades de una de las míticas bandas de la historia del rock: Ramones. Gabba gabba hey!!

viernes, febrero 14, 2014

La enferma, Elena Quiroga

Cátedra, Madrid, 2013. 332 pp. 12,30 €

Ariadna G. García

Ganó el Premio Nadal con su segunda novela, Viento del Norte (1951). A partir de ese instante, Elena Quiroga dominó la década de los 50 dando a la imprenta un título por año: La sangre (1952), Trayecto uno (1953), La otra ciudad (1953), Algo pasa en la calle (1954), La careta (1955), La enferma (1955), Plácida la joven y otras narraciones (1956) y La última corrida (1958). En los 60 publicó dos imprescindibles novelas de formación: Tristura (1960. Premio de la Crítica) y Escribo tu nombre (1965). Acabó su carrera narrativa con Presente futuro (1973). En 1984 se convirtió en la segunda mujer en ocupar un sillón de la Real Academia Española (tras Carmen Conde (1978), pese a que la institución contaba con 271 años de historia.
Y sin embargo, pese a tan copiosa trayectoria literaria, pocos de ustedes habrán leído su nombre en los libros de texto o lo habrán escuchado en las aulas de la universidad. Quiroga es un claro ejemplo de la discriminación que sufren la mayoría de las escritoras en este país. Su caso es semejante al de Ángela Figuera Aymerich en el género lírico.
Por suerte, la Biblioteca Castro editó en 2011 ocho de sus novelas recogidas en tres volúmenes, en un intento por colocar a la autora santanderina (gallega de espíritu) en el puesto que merece dentro del canon narrativo español.
Teniendo en cuenta este injusto olvido por parte de la crítica y del mundo docente, es de agradecer el riguroso análisis con que Gregorio Torres introduce a los lectores –en su reciente edición de La enferma– en el universo literario de Elena Quiroga.
Ésta representa (junto a Carmen Laforet, Miguel Delibes, Camilo José Cela, Ana María Matute o Gonzalo Torrente Ballester) la renovación novelística de mediados del siglo pasado. En sus textos se aprecia la influencia de Faulkner y de Joyce. Sus obras se caracterizan por el análisis pormenorizado de la psicología humana, por el tratamiento de temas sociales, por su contenido existencial, por la polifonía y el perspectivismo ideológico, por su crítica a la educación sentimental de las mujeres bajo la dictadura franquista, por su acercamiento al mundo rural mítico gallego, por la incorporación a sus obras de personajes femeninos de fuerte personalidad que luchan por el reconocimiento de sus derechos civiles y sociales.
La enferma es una novela en donde no sólo se traslucen todos esos rasgos, sino que incluso se distingue una sutil y delicada huella del lirismo dramático de Federico García Lorca.
El libro tiene dos partes. En la primera, una mujer emprende un viaje al pueblo donde su marido posee una tierra provista de playa. Se trata del pequeño paraíso que disfrutó su esposo de soltero, ajeno a las obligaciones de la vida adulta, feliz y en libertad. El pueblo se encuentra en la ría de Arosa, en Pontevedra. Poco a poco el ambiente la transforma. Así, el trayecto en barcaza le revela la belleza de la intemperie, a la que estaba ciega en la ciudad: «He tenido que venir hasta aquí para descubrir las estrellas y el frío y la humedad, aunque ya estaban antes que yo, y era yo la que andaba con prisas para guarecerse en el ascensor de casa» (p. 142). Las gentes del humilde pueblo pesquero «viven mirando al mar. Lo que sucede en sus vidas o no sucede o ni se enteran» (p.139). Durante su estancia en la ría realiza un ejercicio de introspección. Allí aprende a conocerse y a identificar la existencia a la que ha renunciado por su condición femenina y por su matrimonio. Mientras tanto, irá conociendo la intimidad de sus nuevos vecinos, tendrá acceso a sus frustraciones, a sus desvelos y a sus envidias. Entre estos personajes, destacan Alida y su marido Dámaso (con quienes se hospeda), Lucía (sobrina de ambos), el cura (un hombre liberal y trabajador –posee casa y huerta y no busca la limosna de nadie–, un religioso «que daba la cara por el pueblo pensaras lo que pensaras» p. 174), Liberata (una bellísima mujer enferma de amor, en cama desde la adolescencia, quien «tuvo su vida entre sus manos y la destrozó» p. 192) y Telmo (del que oye relatos, pues murió; un apuesto poeta, antiguo novio de Liberata).
En la segunda parte, los personajes presentados asumen la palabra y se convierten en para-narradores de la historia. Todos se dirigen a la misma interlocutora pasiva, la protagonista del texto, con el fin de confesarle su opinión sobre la enferma. Ésta, pues, se convierte en el personaje nuclear, que se va construyendo ante el lector por la suma de tantos testimonios. Esta focalización selectiva múltiple dota a la novela de riqueza discursiva, libera a los lectores de prejuicios, recupera el pasado, y saca de los distintos personajes –a través del monólogo interior– su verdadera personalidad. Sus miradas oscilan entre la idealización o el vituperio de Liberata y Telmo. Cada cual defiende una imagen. Este discurso coral convoca la memoria de quienes los amaron y odiaron, así como visibiliza las consecuencias individuales y sociales de su truncada relación amorosa.
La enferma es una de las mejores novelas españolas del siglo XX. Una delicia. Que nadie se la pierda.

jueves, febrero 13, 2014

La mala luz, Carlos Castán

Destino, Barcelona, 2013. 227 pp. 16,90 €

Nere Basabe

No hay en mis estanterías libros más subrayados que los de Carlos Castán. Sólo de lo perdido o Museo de la soledad nos confirmaron a Castán como uno de los mejores cuentistas de nuestro país, de esos por cuyos textos uno desarrolla verdadero apego, y nos situaron en la curiosidad impaciente ante su “estreno”, pasada la cincuentena, en el género de la novela.
Sólo había una certeza: volver a disfrutar de su prosa. Castán es maestro de la frase redonda que lees y relees en voz alta, que paladeas, que se queda contigo por su música. La oscuridad, la tristeza, el desaliento y la amargura de lo que se cuenta (porque de eso va La mala luz, del «esfuerzo que, de un tiempo a esta parte, me costaba estar vivo», p. 81) queda eclipsado por la belleza de cómo se cuenta, especialmente en lo que parece ser la constante que atraviesa su narrativa, la obsesión por el paso del tiempo y lo que quedó atrás: «como si en realidad pudiésemos ser algo más que lo que queda, siempre lo que queda, lo poco que queda, lo casi nada que queda después de haber recorrido los miles de caminos, después de haber amado, después de haber vivido entre paredes y espadas, acorralados contra el cielo y contra las piedras» (p. 88). Carlos Castán se atreve, desde luego, a remar contracorriente y contra el manido precepto de la prosa contenida, en largas oraciones que se desbordan de la página, incidiendo una y otra vez en la herida y arañando con ello la superficie epidérmica del lector. Porque apela a lo más íntimo de cada cual, tiene la capacidad virtuosa de conectar, a través de reflexiones poéticas e imágenes poderosas, con lo más hondo de nosotros mismos: «recuerdo el miedo que yo era» (p. 23); «lo verdaderamente terrible son los años perdidos por venir» (p. 40).
Posee La mala luz algunos pasajes, pequeñas historias dentro de la historia que son haces de luz, como la del minero chileno que se le aparece en sueños, la vida imaginada con la dependienta oriental de un bazar chino, el triángulo amoroso de Duras o los recuerdos de la madre sobre su amiga de juventud Gisia Paradís; su técnica brilla especialmente en el capítulo en el que, mientras habla con Nadia por teléfono, ve en el televisor un documental sobre la Segunda Guerra Mundial, superponiendo ambos planos: «Quiero verte, Nadia, quiero verte, ahora que los divisionarios españoles se preparan para cruzar el Oder y Stalin grita desde lo alto de un balcón (…) Ven porque Berlín es ahora mismo una enorme extensión de ruinas humeantes…» (pp. 171-173). Porque La mala luz es también, en medio del paisaje devastado, una novela de amor, aunque sea entendido como «una especie de desconcierto compartido» (p. 193), una tragedia, una imposibilidad: «por fuerte que la abrace, es un montón de nada lo que retengo, lo que temo perder, lo que me mata» (p. 89). No es sin embargo el contenido romántico lo que, personalmente, más me ha interesado, tal vez porque esas semblanzas de mujer fatal despiertan mis recelos; tengo la sensación de que, cuando Carlos Castán se asoma o roza el cliché de la otra sentimentalidad (los bares con humo, las habitaciones de hotel con las sábanas revueltas), pierde algo de lo que le es más propio. Emoción que sí me alcanza de lleno, en cambio, en las visitas al geriátrico donde está la madre o, el que es mi favorito, el capítulo “El niño de las palomas”, donde el protagonista se enfrenta a una foto de sí mismo en la infancia: «Dentro de una caja de cartón encuentro una foto en blanco y negro en la que camino feliz abriéndome paso entre las palomas de una plaza (...) Debo de tener unos cuatro o cinco años (...) la palabra 'yo' se me desdibuja por momentos, creo que no la entiendo. (...) Niño, perdóname por todo el daño que te he infringido, por lo que he acabado haciendo con tu vida. (...) Necesito hoy decirte (...) que me gusta que seas mi pasado y que estoy orgulloso de tus diplomas del colegio y de las cosas que dibujabas con cuatro pinturas (...) quiero que sepas que duele de puro frío el lugar de mis entrañas donde dormías abrazado a tu camión de plástico, con tu elefante de juguete, tu pijama heredado, tus ganas de conocerme tal como creías que yo iba a ser y al final no supe. (...) afortunadamente un niño no puede recordar lo que será. Por eso juegan y ríen, los niños, por eso no se tiran por los barrancos» (pp. 135-139).
Es otro tópico, de la crítica esta vez, dividir el comentario en forma y contenido. Cuál fue mi sorpresa, cuando ya llevaba leído casi la mitad del libro, al echar un vistazo a la sinopsis de la contraportada y encontrarme de que allí se hablaba de una novela que no parecía ser la que yo estaba leyendo. Para que este libro fuera el “vertiginoso thriller” que promete la contraportada habría necesitado de otros ingredientes. No es la historia del amigo Jacobo la que se narra aquí (es de hecho el personaje más débilmente trazado, porque la novela, de tan intimista, cae a ratos en el ensimismamiento), ni la de su asesinato ni la posterior investigación (me quedo con el momento del interrogatorio policial en el que, para explicar quién era el difunto, el protagonista sólo explica que «Samuel Beckett le gustaba mucho», p. 96, o las maledicencias en el velatorio, «dicen que ni plancha tenía», p. 111), ni el romance con Nadia; esa trama negra parece de hecho estorbar a ratos, no avanza, y se resuelve de manera precipitada en el último capítulo: la tensión no se logra con técnicas argumentales, sino con la cadencia de la prosa. Porque sí hay una indagación en este libro, no la del homicidio sino la que emprende el protagonista, en primera persona y que carece hasta de nombre, acerca de sí mismo; ahí reside la importancia de esos “investigadores” sin rostro, leitmotiv de la novela, casi un estribillo, pero que no son sino alegoría: «Vendrán un día los investigadores y averiguarán lo que yo nunca supe, las razones escondidas de mis miedos, la raíz de las tormentas, los motivos de la noche (…); pondrán patas arriba lo sagrado, lo delicado, lo medio roto, todo lo que se sostenía de puro milagro. Vendrán un día los investigadores y sabrán a quién amé» (p. 133).
Novela tremendamente literaria, trufada de versos de Celan, Kavafis, Vallejo, de libros de Bataille o Marguerite Duras, de fotos de escritoras suicidas o canciones de Moustaki y Johnny Cash, de París y Malasaña, La mala luz es todo un canto de amor a la literatura que sabe (invirtiendo el título de su anterior libro, Polvo en el neón) extraer luz de entre los escombros, hacerse cargo del zarpazo de lo bello y la ternura, y finalmente atreverse a abrazar «casi sin cautelas» (p. 204).

miércoles, febrero 12, 2014

Liquidación final, Petros Márkaris

Trad. Ersi Marina Samará Spiliotopulu. Tusquets, Barcelona, 2013. 344 pp. 8,95 €

Fernando Sánchez Calvo

El lunes 9 de diciembre del ya extinguido año comencé una historia por el final, es decir, reseñé Pan, educación y libertad, el último título con el que el escritor más “social” de la novela negra cerraba su Trilogía de la Crisis. Le toca el turno ahora a la segunda entrega, Liquidación final, donde el comisario Kostas Jaritos, en busca de pleno ascenso, se ve enfrentado a un peculiar asesino que, dificultades criminológicas aparte, incorpora la novedad de que además cae bien a la población griega, por lo menos a los parias.
¿Cómo es esto? Sencillo. Mientras los helenos más ricos, aquellos que hundieron el país, luchan por evadir impuestos y de esta manera sostener la precaria situación de la nación, una suerte de Robin Hood moderno, por supuesto anónimo, decide por iniciativa propia amenazar a los grandes defraudadores fiscales con la muerte si no saldan cuentas con Hacienda, o lo que es lo mismo, con el Estado, o en última instancia, con el pueblo griego. Dicho justiciero se hace llamar el “Recaudador Nacional”. Aunque parezca mentira, y habría que comparar qué ocurriría si esta tesitura tuviese su espejo en la vida real, los evasores, estafadores, defraudadores (ladrones) prefieren no pagar. Como era de esperar, el Recaudador Nacional es coherente y, sobre todo, cumple lo que promete: todas sus víctimas acaban atravesados por una flecha cuya punta va impregnada de la clásica cicuta que en su día se nos llevó a Sócrates.
Jaritos se enfrenta por lo tanto a un doble problema: primero, ¿quién es ese hombre que aplica la justicia milenaria por su cuenta y a diestro y siniestro?; segundo, ¿cómo detener a un asesino que se ha convertido en héroe, esperanza y solución de los problemas económicos que han llevado a Grecia a la ruina y que hasta ahora el Estado no ha sabido resolver?
En medio de esto, también los problemas del Jaritos padre de familia que sufre por su inteligente y desaprovechada hija, el Jaritos funcionario que ve una vez más recortado su sueldo, el Jaritos ciudadano que maldice y sufre protestas, enfrentamientos, suicidios y, en definitiva, el infierno en el que se ha convertido la cuna de la democracia.
Aquí lo dejo. Por su cuenta queda ya leer Con el agua al cuello y así cerrar este viaje a la semilla. Sólo una recomendación más: si pueden lean la Trilogía en la Colección Andanzas (mejor letra, mejor papel) y no en la edición de bolsillo que la editorial envió a un servidor como premio y hueso por acercarse y publicitar a Petros Márkaris.

martes, febrero 11, 2014

El último viaje de Omphalos, Willy Uribe

Los libros del Lince, Barcelona, 2013. 208 pp. 18,90 €

Daniel López García

El último viaje del Omphalos es la historia de un hombre común, Jaime Torres, enfrentado a su destino y al de los hombres que le rodean. El último libro de Willy Uribe publicado por Los libros del lince narra la aventura de un grupo de cuatro marineros españoles atrapados en un buque mercante varado frente a un archipiélago de las islas de Cabo Verde al principio de los años ochenta. Jaime Torres, personaje central y sobre el que pivota toda la acción, jefe de máquinas y operario que quedará al mando del barco, se enfrentará a la tarea de buscar una salida para él y el resto de sus compañeros, y escapar con vida de esa situación, siendo abandonados por el Gobierno de España y extorsionados por las autoridades portuarias de las islas. De la estrategia que desarrolle dependerá el éxito de su operación, basada en su profundo conocimiento del carácter humano y en la firmeza de sus principios éticos y morales que se deben al cumplimiento de su papel dentro de la embarcación para con él y sus semejantes. Y ahí es donde radicará su tragedia.
Uribe construye una historia donde emerge el espíritu de la épica clásica presente en las grandes obras de la literatura: un hombre que lucha en una palestra con todo lo que posee y con todo lo que pierde para siempre morir. De esta forma, la historia que presenta no se muestra como una simple cadena de sucesos, sino como una concatenación de acontecimientos que derivan de las acciones de Jaime Torres en relación a lo que espera y piensa de los que le rodean. Bajo esta estructura subyace el elemento trágico que en El último viaje del Omphalos se manifiesta en la incapacidad de Jaime Torres para reconocer lo correcto y alcanzar una orientación segura en relación a su contexto. El personaje de Torres que tuvo la posibilidad de salir del barco junto a otros marineros extranjeros que sí fueron auspiciados por sus gobiernos, decide mantenerse hasta el final con sus compatriotas movido por el impulso moral del deber y la obligación. No obstante, su fracaso no será su defecto moral, el no haber estado a la altura de las circunstancias y anteponer sus intereses personales a los colectivos («El puto deber acabará contigo y con todo aquel que se arrime a ti» pp. 133 —le reprenderá uno de los personajes—). Su tragedia se fragua en pasar por alto los límites de la naturaleza humana que se manifiestan en la falta de confianza de sus compañeros y en la consecuente deriva que estos toman movidos por el miedo y su falta de fortaleza («Aquellos hombres habían sido sometidos por un poder que muy pocas criaturas de este condenado planeta logran eludir: el miedo al hombre» pp. 21) que acabaran traicionándolo.
En cuanto a la forma, El último viaje del Omphalos está construido fundamentalmente por el diálogo en dos espacios concretos: el buque y la isla. De esta forma, la estructura de la novela vislumbra una pieza teatral debido al conflicto constante en el que se encuentran los personajes, expresado a través del diálogo, que sirve como motor de la acción; y la concreción en dos espacios de enorme valor simbólico que definen la angustia y la desesperanza de los mismos: un barco expoliado y la garita portuaria en una isla de un archipiélago africano. Estos elementos permiten a Uribe no solo contraponer las diferentes visiones de los personajes y la adversidad en la que se encuentran, sino que además logra profundizar en la psicología de estos a través de la confrontación dialéctica y el espacio. El diálogo sigue dominando incluso en las digresiones del narrador, cuya voz es Jaime Torres, que de forma referida toma la palabra del resto de personajes. Uribe, de esta forma, establece un mosaico de voces, siempre en una relación de conflicto, por las que el lector accede a las profundidades de lo humano en la medida en que el personaje central va descubriendo las bajezas de los que le rodean («Le llamé amigo porque necesitábamos esos pequeños gestos de vez en cuando (…) el lubricante necesario para que todo rodara como debía hasta que llegara el momento de escapar de allí» pp. 81) y la ausencia de moralidad que desembocará en la trágica resolución de su propio fin («La mente humana puede llegar a ordenar acciones sorprendentes cuando la razón abandona los mandos» pp. 105).
Willy Uribe construye una historia alrededor de un héroe trágico cuyas decisiones acaban por arrastrarlo a través de una serie de sucesos llenos de sufrimientos. Al igual que el Omphalos es empujado a la deriva mar adentro por el vasto y ajeno océano, Jaime Torres acabará siendo arrollado por la mezquindad del ser humano y la dificultad de sobreponerse a sus intereses particulares. El último viaje del Omphalos viene a plantear la esencia trágica de nuestra existencia que estriba en que no son nuestras decisiones o faltas las que arrasan y condicionan el destino de los hombres, sino la miseria ineludible que habita en cualquiera de nosotros ante una situación adversa.