jueves, mayo 08, 2008

El daño, Andrea Maturana

Alfaguara, Madrid, 2007. 227 pp. 15 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Elisa y Gabriela pasan por una aguda crisis personal. La de Gabriela nace de su fallida relación con un hombre casado, demasiado reciente. La de Elisa, que en realidad nunca le ha abandonado, de los abusos a los que fue sometida por su padre en la infancia.
Aunque la suya no es más que una amistad superficial entre simples conocidas, deciden emprender un viaje por el desierto. ¿Es una excusa, una manera de evadirse de sus circunstancias personales? No parece que sea precisamente eso lo que ofrezca la asfixiante aridez de la nada. Más bien se trata del purgatorio perfecto, un lugar propicio a la exposición y expiación de pecados ajenos, a la purificación, la sanación. Nos sumergimos, pues, en un peculiar ambiente de intimidad forzada y sus delicadas reglas, ya que ambas son seres heridos con una sensibilidad a flor de piel y por decisión propia no van a contar más que una con la otra y consigo mismas.
El viacrucis de Gabriela será ir desvelando primero casi por casualidad y después a tientas el secreto que esconde Elisa, que no conoce, mientras lidia con su propio dolor, ante el que sólo aparentemente parece resistir, y lo sopesa mediante las denigrantes pruebas que se autoinflinge, lo que demostrará que su fuerza no es tanta y que su pena, a priori más pasajera, puede que sea más profunda.
Para Elisa (que es quien ejerce de narradora y es por tanto la única de quien conocemos a ciencia cierta lo que pasa por su cabeza) es incluso más difícil. Sabe que llegará el momento de la confesión, y lo anhela y lo teme al mismo tiempo. Contínuamente le da vueltas a cómo ocurrirá, si podrá soltarlo todo de un golpe en un discurso milimétricamente construido, si apenas conseguirá balbucearlo, y sobre todo qué pregunta dejará el campo abierto si es que es capaz de aprovechar la oportunidad. También a los lectores nos irá dosificando su historia mediante las impresiones y recuerdos que van surgiendo fustigados por los roces positivos y negativos de la convivencia en su mente torturada, de modo que descubramos que, aunque un peso descomunal le impide avanzar en la dirección que quisiera, mantiene, sin embargo, una sorprendente claridad a la hora de analizar su experiencia, incluso cuando no logra penetrar lo suficiente en ella.
Las dos se someterán por tanto a un duro análisis interior que les permita medir el daño que han sufrido para poder repararlo adecuadamente y deberán conocer su propia psicología a la vez que la de su compañera, por lo que la novela se vuelve una especie de sombrío, tenso y por momentos angustiante thiller psicológico donde lo que está en juego es ni más ni menos que eso que gran parte de nosotros creemos tener resuelto: la estabilidad de sus vidas. Maturana elabora así un auténtico catálogo del dolor y examina con una considerable delicadeza que no puede más que encomiarse cómo se instala, cómo arraiga, cómo se necesita y se rechaza, cómo se intenta exorcizar con o sin éxito.
El daño está dedicada a Vinka Jackson, psicóloga clínica infantil amiga de la novelista, quien sufrió en primera persona un caso de incesto y lo contó en el libro Agua fresca en los espejos (no sabría esto sin esta bendita herramienta que es internet). En una de las entrevistas realizadas a raíz de su publicación encuentro unas palabras suyas que bien pueden servir de esperanzada reflexión última sobre este tema tan terrible: «Sé que en el gran esquema de los dolores humanos mi historia es un microátomo, así como son un privilegio, y un lujo, en verdad, todas las oportunidades de sobrevivencia y de vida con las cuales he contado».

miércoles, mayo 07, 2008

África con un par, Alvaro Neil

Edición del autor, Oviedo, 2007. 197 pp. 20 €

Alberto Luque Cortina

Como metáfora de la vida, el viaje es uno de los motivos más recurrentes en la literatura: es lógico si se piensa que se viaja a través de la vida y se vive a través de la literatura. Del mismo modo, hay escritores viajeros y viajeros escritores. Álvaro Neil (Oviedo, 1967), sin duda, responde al segundo tipo, subsección “aventureros”.
Cabría considerar que la aventura, entendida desde la perspectiva decimonónica aún consagrada, es imposible en el siglo XXI. Sin embargo, y siempre desde esa perspectiva, Neil es un aventurero: en noviembre de 2004 dio la primera pedalada en Oviedo, ciudad a la que regresará después de diez “largos” años, una vez haya recorrido en bicicleta los 140.000 km con los que completará la vuelta al mundo en solitario. Su proyecto se llama MOSAW (Miles of smiles around the World), ya que Álvaro Neil es también payaso y mago (y en tiempos un prometedor abogado), y allí por donde pasa ofrece espectáculos gratuitos en barrios marginales, cárceles, campos de refugiados, etc. Diez años de viaje en condiciones precarias (Neil carece de grandes patrocinadores aunque sí de una legión de incondicionales que le siguen diariamente a través de su web biciclown.com): un moderno Ulises cuya filosofía de viaje parece consistir en vivir con lo estrictamente necesario (parece tautológico, ¿verdad?), no poseer nada que no seas capaz de transportar y, pase lo que pase, no dejar de pedalear.
Su primer gran reto ha sido recorrer el continente africano, que ha supuesto el paso por 31 países, 38.000 kilómetros, casi 1.000 días de viaje y cuatro malarias, experiencias que recoge en el presente libro, África con un par. Escrito durante un breve receso en El Cairo, muestra la mano presurosa de quien sabe que el libro será una forma de financiar su aventura. A lo largo de su lectura surge la sensación de que a Álvaro Neil se le han quedado muchas, y apasionantes, historias por contar. Quizá esta narrativa nerviosa sea, pese a todo, una de las grandes virtudes del libro: hay un poso de honestidad muy intenso en cada uno de los capítulos. No hay literatura barata ni épica de salón. Álvaro Neil no se detiene a recrearse en las palabras (no tiene tiempo), ni a adornar sus experiencias, sino que las narra con rapidez y efectividad. Lo que cuenta es su verdad, vaya palabra.
Las únicas concesiones las realiza al hablar de los otros, especialmente cuando relata las muestras de apabullante generosidad de quienes, encontrándose entre los más pobres de la Tierra, no reparan en ofrecer lo poco que tienen a un desconocido. Quizá esta sea una de las características que diferencian a este de otros libros de viajes: los ojos de Álvaro Neil se detienen en las personas, mientras que otros autores, lícitamente, habrían centrado la narración en su esfuerzo deportivo o en el paso azaroso por algunos de los lugares más “calientes” del planeta sin otra red que una bicicleta y una tienda de campaña. Esta visión humanista es, más allá de las peripecias de su protagonista, el verdadero eje central de la obra.
A lo largo de 38.000 km, el autor ha atravesado grandes desiertos donde resulta casi imposible encontrar agua, altas cordilleras y peligrosas “zonas de alto riesgo”, pero sobre todo ha accedido al corazón de algunas personas, sin duda el lugar más inexplicable de la Tierra. En definitiva, un libro muy interesante y divertido, de lectura ágil, emotivo en algunos momentos, muy recomendable para los aficionados al ciclismo y a los libros de viajes, y por extensión a todos aquellos que encuentren interesante ver el mundo desde una perspectiva ajena a los teletipos y las declaraciones institucionales.
Ah, una advertencia: África con un par está fuera de los circuitos comerciales, así que para conseguirlo hay que dirigirse a la web del biciclown. Mientras escribo esto Álvaro Neil está pedaleando por Turquía, hacia el corazón de Asia. Es de esperar que en un par de años podamos leer su periplo por este nuevo continente.

martes, mayo 06, 2008

La escafandra y la mariposa, Jean-Dominique Bauby

Trad. Rosa Alapont. Ediciones del Bronce, Barcelona, 2008. 160 pág. 15 €

María Ruisánchez

Imagina que eres un buzo sumergido en un océano, sin posibilidad de escapar, que una escafandra, pesada, cerca tu cuello y que sólo ves el mundo a través de un cristal empañado que es tu propio ojo. Con esta metáfora visual, Jean-Dominique Bauby describe su propio cautiverio. Encerrado en su cuerpo debido a un accidente cardiovascular que le impide moverse, tragar, hablar... ser, Bauby consigue comunicarse a través del parpadeo de su único ojo sano. Es así como dicta las páginas de esta autobiografía del cautiverio, letra a letra, en un laborioso vaivén de palabras que se convierten en frases, y luego en capítulos. El libro, llevado al cine por Julian Schnabel, ha conseguido captar, por medio de angustiosos y claustrofóbicos planos subjetivos, la realidad de este hombre encerrado en sí mismo.
A pesar de ser una historia real, muy cruda y desgarradora, hay en este libro un canto a la vida, que consigue que apreciemos lo sublime de las pequeñas cosas. Después de asistir a semejante narración, ya no es lo mismo andar, rascarse la cabeza, sonreír o dar un beso. Jean-Dominique se refugia en la imaginación, salvavidas que le permite viajar por el mundo, hacerle el amor a su amante, cenar en los mejores restaurantes de París, jugar con sus hijos... Esos devaneos ilusorios son lo único que le mantiene con vida, sin perder el norte. En cuanto a la película ahonda en la adaptación del hombre al nuevo medio, en ese aferrarse desesperadamente a la vida. Ambas nos muestran como la comunicación es imprescindible para el ser humano. Se use el lenguaje que se use, en este caso un guiño al pasar del abecedario, letras, pacientemente recitadas por médicos y amigos.
En el libro, Jean-Dominique se replantea su pasado y nos llama la atención sobre lo fundamental de vivir. Como en un flash back onírico, el autor nos cuenta su día a día, sin caer en repeticiones ni tópicos, pues su libro es un libro a imagen y semejanza de su imaginación, no de sus acciones. En el cohabitan la emperatriz Eugenia, esposa de Napoleón III, los vecinos de camilla, morabitos cameruneses, fastuosas reuniones en la revista Elle o la virgen de Lourdes iluminando a los tullidos, con un parpadeo eléctrico de neón y escepticismo. Desde su despertar angustioso, Bauby nos va narrando su mundo, su es y su era, haciendo hincapié en sus arrebatos imaginativos hasta llegar a las horas previas del accidente, punto de inflexión en su vida. Por el contrario, la película, sin renunciar a ese elemento surrealista, onírico, mágico y privado, construye y preserva las relaciones humanas: Bauby y sus médicos, Bauby y sus hijos, Bauby y su ex­mujer, Bauby y su padre. De esta manera, dotan de conflicto y humanidad al filme. Crean un abanico más amplio y objetivo de los lazos afectivos que envuelven ahora al enfermo. Lo cual nos da, a la vez, una visión externa de lo que supone esa enfermedad para quienes lo tratan, lo compadecen o lo aman, con quienes el público quizá pueda identificarse más.
Es curioso, como el propio autor considera que su enfermedad es una venganza literaria por querer escribir, antes del accidente, una versión posmodernista de El Conde de Montecristo, con una mujer como heroína, que finalmente cambió por este relato de guiños. En el clásico francés hay un personaje, al que Bauby terriblemente se asemeja, Noirtier de Villefort, que describe, parafraseando a Dumas como «un cadáver de viva mirada, un hombre moldeado ya en sus tres cuartas partes para la tumba, ese minusválido profundo no induce a soñar sino a estremecerse. Depositario impotente y mudo de los más terribles secretos, se pasa la vida postrado en una silla de ruedas y sólo se comunica guiñando los ojos: un guiño significa sí, dos no». Ironías como estas ilustran la resignación estoica de Bauby con respecto a su propio destino.
Si algo transmite este libro es esa calmada, inteligente, y por qué no humorística manera de tomarse la vida, aun habiéndolo perdido todo, menos la imaginación. Lo cual nos lleva a plantearnos qué es un hombre. La única respuesta posible, tras haber escuchado la voz en off de Bauby, es que un hombre es mucho más que un cuerpo, una psique poderosa, capaz de crear su propio mundo por el que revolotear a gusto en una efímero existencia. No le podría ir mejor el título a este autobiografía que entremezcla el dramatismo hiperrealista del que pende de un hilo de oxigeno, anclado en el fondo de un ser difícilmente escrutable, con la delicadeza y hermosura de ese batir de alas, volar libre, sin renunciar a nada, mientras dure el viaje.

lunes, mayo 05, 2008

Entre perro y lobo, Julio Llamazares

Alfaguara, Madrid, 2007. 272 pp. 19,50 €

Luís García

Ni blanco ni negro,
ni contigo ni sin ti


Dice Julio Llamazares a propósito de su último libro publicado, Entre perro y lobo, que dicha expresión, en francés entre chien et loup, “hace alusión a esa indefinida luz que se produce al caer la tarde, cuando ya el sol se ha ocultado pero la noche se resiste a hacer su presencia”. No es banal entonces el titulo de esta recopilación de artículos literarios, por cuanto alude en el mismo a su propia esencia como escritor, periodista, poeta, o novelista, a una ambigüedad consciente de quien “mira la vida desde la ventanilla de un tren que cruza el paisaje envuelto en una luz que ni es real, ni es irreal. Esa luz que hace que el mundo no sea blanco ni negro”. Una antología de artículos literarios, que previamente han sido publicados en diferentes medios escritos con cierta cadencia, es de por sí una Antología de trabajos dispersos. Y no porque hayan mediado en su publicación entre unos y otros varios días, meses o años, sino por los temas que tratan. Los primeros de Julio Llamazares aquí reunidos bajo el enigmático titulo Entre perro y lobo, se remontan a 1986, un año y un tiempo especialmente delicado en una España en la que su problema era que “siempre creía estar en una encrucijada”. Son artículos de opinión social, pero también literaria y cinematográfica, en los que rememora su pasado, su juventud, los primeros encuentros con Antonio Colinas o Camilo José Cela, por ejemplo. En los que salda viejas deudas como la que siente tener con Antonio Pereira, paisano suyo y a su juicio, “el mejor narrador oral y autor de relatos breves de este país”. Con su hermosa tierra leonesa, esa comarca de Babia bañada por el río Luna, en la que sus recuerdos “están todos impresos de nieve”... porque “la nieve esta en su corazón como el silencio en las habitaciones de los balnearios: densa y profunda, indescifrable”, y en los que no se olvida, por ejemplo, de la fiesta de los toros, inexplicablemente “apoyada hoy por los nuevos intelectuales”, ni del último deseo de Thomas Baal, preso ajusticiado en Nevada un 3 de Junio, un deseo que raya lo surrealista puesto que lo que pidió fue amén de una copiosa cena, “pasar la noche con una prostituta”, algo que le fue negado por unos rigurosos reglamentos carcelarios, es decir, por una “cuestión moral”. Y son artículos en los que uno descubre que zigurat es algo más que el nombre de una hermosa revista de poesía, que alude a “la subida en espiral al abismo, como un minarete que se alza solitario contra el cielo azul cobalto del desierto”. Los más simpáticos y si me apuran domésticos, son el que hace mención al particular parque jurasico de la época, el de la Chabeli y Ricardo Bofill jr., el de Maria del Monte, Lolita y algún que otro político despistado como Jorge Verstrynge, el de Sara Montiel e Iñigo, el gran José María Iñigo de los años setenta...., así como el que recuerda aquel “¡por qué no te callas!” de su Majestad el Rey al Presidente venezolano, o los que habla de la teoría de la conspiración, o de las dos Españas.... Y es que a su manera, Entre perro y lobo se puede leer como una peculiar historia de España más, de sus últimos doce años, aunque en esta ocasión vista desde la inquisitorial mirada (porque en ocasiones Julio Llamazares aborda dicho papel, convirtiéndose en juez y parte) de quien los ha vivido con intensidad desde su doble papel de escritor y periodista. Esto es sin duda lo mejor del libro, puesto que a aquellos que comenzamos a peinar canas, que pertenecemos lustro más, lustro menos, a la generación del autor, nos resulta bastante sencillo identificarnos con los temas que trata, con los personajes, políticos, futbolistas.... que menciona. Lo peor, que precisamente a aquellos que no se identifiquen con dicha generación, les resultará no sólo difícil entrar en cada artículo, también encontrarle interés literario. Si uno lee los artículos de Larra, Julio Camba o Álvaro Cunqueiro, observará que no es necesario identificarse con la época. Que escribían, incluso cuando hacían referencia a algún acontecimiento de su época, artículos atemporales, capaces de sobrevivir al paso del tiempo. Ese es el verdadero valor del articulista. Esa es la carencia de Julio Llamazares. El título, en mi opinión lo mejor del libro junto a contados trabajos del mismo: Entre perro y lobo, entre blanco y negro, entre chien et loup, ni contigo ni sin ti….

viernes, mayo 02, 2008

La polilla y la herrumbre, Mary Cholmondeley

Trad. Ricardo García Pérez. Periférica, Cáceres. 2008. 201 pp. 16 €

Marta Sanz

Cuando abrí este libro, pensé que nunca iba a poder memorizar el nombre de quien lo escribió. Cuando lo acabé, estaba segura de que no se me iba a olvidar fácilmente. Mary Cholmondeley —he sido capaz de escribir el nombre sin mirarlo: eso es un síntoma—, además de mantener un vínculo amistoso con Henry James, consiguió fascinar con sus narraciones —las fantasmagóricas, las realistas, las autobiográficas...— a personalidades tan dispares como George Orwell, Mark Twain o Virginia Woolf. Mary Cholmondeley vivió a caballo entre dos siglos y, como otros escritores de su generación, entre dos mundos, uno a cada lado del océano Atlántico. También mantuvo un firme compromiso con la causa feminista.
La polilla y la herrumbre es un texto aparentemente sencillo, pero profundamente extraño. Algunas veces, la extrañeza reside en las fluctuaciones de tono: la chispa cómica, la mordacidad, el ritmo trepidante se entreveran con el timbre poético y con la contención —ese decir y no decir a la vez o ese decir no diciendo— de algunos diálogos que pueden llegar a enervar a un lector que, si tuviera un alfiler, pincharía el trasero de los que se muerden la lengua o mantienen su dignidad caiga quien caiga. La extrañeza se anuncia desde su título: la polilla y la herrumbre son metáforas de la degradación, pero de una degradación que se produce en el territorio de lo doméstico, sobre las telas de los cortinones, la ropa de cama, los abalorios o los pomos de las puertas, sobre las cosas de las que también están hechas las personas, sobre la materia de la que está tejida eso que llaman el alma. En ese caldo de cultivo, las relaciones sentimentales son un objeto precioso o un colgante de latón –un valor de cambio-, el manjar para la voracidad de la polilla, el polvo oxidado de la herrumbre: «Hemos sufrido lo que hemos sufrido. La persona por la que se sufrió no volverá a escuchar una palabra nuestra./ La polilla y la herrumbre han corroído. / Han entrado los ladrones y han robado.» Sobre el amor, hasta sobre el más romántico, se van sedimentando posesiones inmateriales —la confianza, el cariño, la sensualidad—, pero también las capas de lo tangible: el dinero, la tierra, el poder, las casas, los árboles genealógicos. La conciencia de esa realidad atenta contra la placidez idílica de la versión más blanda del enamoramiento: la que derriba todas las barreras y sobrevive a todas las tempestades. Cholmondeley desvela las mentiras de la pasión romántica en una pirueta realista de la novela sentimental: los pagarés, el efectivo, la quiebra rasguñan la fe y estrechan los contornos del amor inocente.
Cholmondeley recrea, a través de dos historias sentimentales, un mundo en el que la frontera entre el abolengo aristocrático y el espíritu empresarial del capitalista emprendedor se va difuminando, mientras que otras contradicciones no se resuelven con la misma facilidad. Anne calibra los movimientos que ha de hacer para conseguir al hombre amado, labrando una confianza basada en el desinterés absoluto, una confianza en la que el cariño que Anne profesa no es el vehículo para una transacción: cada aproximación o alejamiento entre Anne, la aristócrata, y Stephen, el hombre hecho a sí mismo, da calambre por su romanticismo cool. Son dos pieles condenadas a entenderse en el espacio de sus privilegios, pese a la psicología acomplejada de Stephen, en definitiva, un advenedizo.
La inteligencia de Anne —una inteligencia fría que la autora hace brillar— se contrapone a la sencillez de Janet que, por falta de malicia, pierde a su amor. La contraposición de Anne y Janet no juega en perjuicio de ninguna: no se trata de que una simbolice la oscuridad y la otra, la luz. Anne y Janet son dos voluntades enamoradas capaces de enfrentarse a lo que venga con mayor o menor lucidez, pero siempre desde el ejercicio de la dignidad y del honor. También desde dos posiciones diferentes que son un punto de partida y un factor decisivo para la consecución de la felicidad romántica. Anne y Janet poseen distintos capitales simbólicos y no simbólicos: el de Anne es su inteligencia, pero sobre todo su pertenencia a una clase, la aristocracia, que la convierte en una mujer elegante, distinguida y cultivada; el de Janet consiste en su belleza, en su bondad, en su naturaleza sin doblez y en su pertenencia a otra clase: una lampante, empobrecida. Cholmondeley, sin timidez y a contracorriente respecto a estereotipos narrativos que aún perviven y cimientan una ideología del amor que en su ingenuidad hace daño, sugiere que con la belleza y la bondad no se va a ninguna parte —como mucho se consigue la admiración de los artistas o de los excéntricos, siempre en la periferia del auténtico poder— en un mundo cuyos valores son la virilidad, el capital, la posesión de tierra, el afán especulativo. El falso sentido del honor y la obcecación también infligen daño y roen las relaciones, frente a la flexibilidad, la mano izquierda y el sano disimulo. Janet trepa por el esqueleto incendiado de un edificio, todo polilla, todo herrumbre, para cumplir una promesa, una misión heroica, que la llevará de cabeza hacia la infelicidad. Cholmondeley ha puesto en marcha su martillo desmitificador para brindarnos una enseñanza: no a todos los seres humanos se les perdonan las mismas cosas ni se les permite ser dignos de la misma manera. No a todos los seres humanos se les mide, en definitiva, con el mismo rasero.
Cholmondeley retrata dialécticamente un modelo social basado en oposiciones que cristalizan en una trama fascinante tanto por sus dualidades y diálogos, como por sus malentendidos, su final y, sobre todo, por la construcción de personajes, especialmente por la construcción de madres: quizá no haya mejor madre que la madre muerta, como las de las heroínas de los libros, las madres ausentes de Evelina, Jane Eyre, Aurora Leigh que la autora menciona al hablar de la orfandad de la pobre Janet.... Aunque Cholmondeley pone todo su empeño en que los libros no mientan y se parezcan cada vez más a la vida, en un momento señala «Ojalá la vida se asemejara más a las historias que leemos»: a estas alturas, querida Mary, no sabría yo qué decirle.

jueves, mayo 01, 2008

Un crimen científico y otros cuentos, José Fernández Bremón

Lengua de Trapo, Madrid. 235 pp. 20,90 €

Sofia Rhei

Tenemos la oportunidad de leer a un escritor que la historia, por el momento, ha ido desplazando en favor de otros. Su nombre es José Fernández Bremón, y parece que lo más sensato para que podamos hacernos una idea sobre su propuesta es leerlo directamente:
«El licenciado Ojeda había sido en sus buenos tiempo famoso oculista. Sus pomadas y colirios eran de tal valor que se falsificaban como los billetes del Banco Nacional; había hecho un estudio profundo de todas las partes del ojo, a fuerza de quemarse las pestañas; era el tutor de las pupilas y disipaba las nubes, para que luciese sus colores el iris de los ojos; complicados, sutiles y extraños elementos de su invención le permitían internarse en el globo del ojo con singular atrevimiento; vaciaba ojos inútiles y colocaba en su lugar ojos de cristal, cuya mirada era irresistible. En su despacho sólo se veían objetos relativos a su profesión, pues hasta el único objeto frívolo que le adornaba era una estatua de Argos, representada con cien ojos.
Su señora, rodeada continuamente de ojos imitados y enfermos de la vista, y no oyendo hablar en su casa sino de cataratas y oftalmías, de la visión, de la retina y la esclerótica, había tomado un verdadero aborrecimiento en todo lo que se refería a la vista. Más de una vez, en las disputas conyugales que ocasionaba el fastidio, estuvo a punto de sacar los ojos a su esposo, pero extenuada por el aburrimiento, y no habiendo podido satisfacer durante su embarazo el antojo cruel de dejar sin vista a su marido, falleció dando a luz una niña completamente ciega.»

Como puede observarse, el juego con el lenguaje se lleva a cabo sin miedo, sin ese pudor que hoy parece impedir a muchos escritores, entre otras muchas cosas, los incisos, el empleo de nombres semánticos o «parlantes», la inclusión en el cuerpo del texto de comentarios científicos, o esas leves heterogeneidades de estilo gracias a las cuales puede introducirse un juego de palabras, un comentario ético, un destello humorístico.
En el interesante prólogo, Rebeca Martín cita a un crítico de la época que acusa a Bremón de escribir «imitaciones evidentes de Hoffmann, Edgar Poe, Erkmann-Chatrian y otros célebres cuentistas contemporáneos», y añadía que «no somos muy partidarios de este género, degeneración notoria de la literatura oriental, y poco adecuado a épocas como la presente, en que lo fantástico y lo maravilloso gozan de favor escaso».
Épocas como la presente… No sé si ha habido en España algún momento, en tanto que tal, favorable a estos géneros. Las tendencias y modas editoriales nunca han sido algo nuevo. En aquellos años (1871-79) existían aros por los que había que pasar exactamente igual que en este momento: hacer coincidir la escritura con las preferencias de crítica y público no es muy distinto que meter el cuerpo en un corsé, como se hacía entonces, o adelgazarlo de manera forzada para que encaje adecuadamente en la ropa de tallas estándar.
Bremón, efectivamente, ha leído con entusiasmo a los ingleses al alemán, pero su propuesta está muy lejos de resultar una «imitación». El estilo lúdico y humorístico, con ciertas dosis de parodia, resulta alejado de la solemnidad retumbante de Poe o del romanticismo a la antigua de Hoffmann. Sí que tiene algún elemento más en común con los franceses Erckmann-Chatrian, como el toque humorístico. Se trata de una escritura rica, tanto temática como lingüísticamente, que se niega a ceñirse a los bloques de estilo impuestos por un determinado género. Da esa agradable impresión de que el autor estaba haciendo lo que le apetecía.
En dos de las historias aparecen figuras de primates (como en aquel famoso relato de la Rue Morgue), emblema del evolucionismo, y tres de los cuentos tienen como protagonistas a científicos fascinados y absorbidos por su arte, al igual que en La hija de Rappacini, de Nathaniel Hawthorne. Además, el autor incluye notas a pie que muestran su conocimiento e interés por la actualidad científica.
Sólo me queda agradecer a la editorial esta colección de «rescatados», esa búsqueda de lo verdadero que tan pertinente resulta en esta época de sobredosis editorial de «novedades», que obliga a los escritores a sacar al menos un libro cada temporada. El libro de Bremón es una sorpresa, y una gozada.

miércoles, abril 30, 2008

Al pie de la letra, Miguel Calatayud

Kalandraka, Pontevedra, 2007. 75 pp. 17 €

Marta Zafrilla

Cuando olvidamos mirar a las nubes y adivinar en su forma dragones y koalas o cuando desaprovechamos las manchas de los mármoles y las formas del gotelé para inventar rostros y cuevas de la fantasía, olvidamos también la magia de interpretar el silencio de las cosas. Cuando niños, creímos en el misterio y en el susurro narrativo de la vida, abríamos los ojos a lo posible a través de lo imposible y participábamos del juego del invento. Al pie de la letra muestra narraciones calladas en nubes de acuarela, gotelés de tinta y manchas de colores con la boca abierta. Y quien quiera ver verá más allá de sus trazos entrelazados, de sus volúmenes de agua y de sus personajes en cursiva. Y encontrará puertas abiertas a la imaginación y llaves a otros libros. Y así los niños que andan de presentaciones con el alfabeto reconocerán una caperucita con forma de erre, cactus que son bes y sillas que parecen eles y adivinarán sus siluetas a través del juego que propone Miguel Calatayud con este «festival de garabatos». Y el adulto que conozca que en el vientre de las letras duermen amaneceres y sueños podrá despertar la curiosidad de sus niños jugando a encontrar letras en las ilustraciones, adivinar historias de personajes de tinta y adentrarse en sus bosques de mayúsculas. El lector adulto encontrará en este libro una metáfora de la imaginación, mostrando la capacidad de los caracteres para crear mundos y construir historias. Con esta misma magia deberá enseñarle al pequeño lector a imaginar relatos en los dibujos como quien escribe poemas sobre un cuadro o descubre una novela latiendo en una fotografía. Será ésta sin duda una buena forma de mirar/leer este libro, aunque quizá pueda el padre, tío o maestro narrar él mismo lo que le sugieren sus fieros piratas, sus sirenas escamadas o sus peces voladores. La puerta está abierta. Quien quiera trepar por la fantasía aquí tiene una buena oportunidad de la mano de Kalandraka y su colección Alfabetos.

martes, abril 29, 2008

Percy Gloom, Kathy Malkasian

La Cúpula, Barcelona, 2008. 176 pp. 20 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Percy Gloom es un hombrecillo bajito y cabezón, tímido y simpático, con cierto aire a Mister Magoo. Su mayor sueño es formar parte del equipo de «A salvo», una empresa dedicada a la confección de escritos preventivos, que no son otra cosa que las listas de advertencias que acompañan a cualquier producto con el objeto de evitar accidentes domésticos. Cuando por fin le es concedida una entrevista de trabajo emprende camino hacia la ciudad, donde se topa con sus extraños habitantes: dos niños que buscan la piedra mágica que la sostiene para que al arrancarla se desmorone y no tengan que ir al colegio; cabras tristes que cantan canciones italianas de estilo renacentista (el estilo musical se puede comprobar escuchando la canción colgada en la página oficial del comic); un entregado y desquiciado escritor preventivo que sólo aspira a ser el que más riesgos corra al investigar sobre los impensables peligros de los objetos más cotidianos y demostrar así un amor inconfesado; y, sobre todo, Tammy, la histérica fundadora de una secta nada pacífica, que le recordará a Lila, su antigua novia, arrastrada por un fanático embaucador. Poco a poco irá descubriendo lo que esconde tanto entramado de miedos mientras se pregunta si tal vez no existe alguna opción para escapar de la insólita tradición familiar que siguen los varones Gloom al llegar a determinada edad.
Ahora tengo que hacer un alto y confesar algo: acabo de descubrir que las primeras líneas de esta crítica son prácticamente idénticas a las que usa la propia editorial para presentar el libro. En un principio pienso que debo cambiarlas para que no se me acuse de plagio más o menos encubierto, pero inmediatamente después me pregunto por qué de entre todos los comienzos posibles hemos coincidido en éste en particular. Entonces me percato de que esto confirma la impresión que tenía: que es el propio libro el que invita, casi obliga, a presentarse así, ya que son las típicas palabras que utilizaríamos como introducción de un cuento. Y es que sí, de eso se trata, de un cuento, y podría añadir que del mismo tipo de los que nos contaban en la infancia, con similares ingredientes de fantasía y tragicomedia, sólo que los elementos y temas que maneja —la burocracia, la muerte, el destino, el sentido de lo real— pertenecen a la más dura y gris vida adulta. El gran mérito de Malkasian es la manera en que juega con ellos, cómo los replantea, les da la vuelta completamente y consigue componer una historia que transcurre en un mundo onírico que, aunque en principio aparente ser una sucesión de escenas surrealistas desubicadas, tiene sus propias reglas y es un reflejo imaginativo y nada condescendiente del nuestro, como iremos comprendiendo conforme avancemos en la lectura y nos reencontrernos con sus memorables protagonistas. Yendo más allá, y simplificando mucho a la vez, es una versión dibujada más dulce de El castillo de Kafka.
Según la nota biográfica de la solapa, Cathy Malkasian ha colaborado en diversos proyectos de animación, como la película de Los Thornberrys y algunos capítulos de Jumanji y Rugrats. Y efectivamente uno de los aspectos más interesantes de este su primer comic es la semejanza de su peculiar dibujo en sepia con los bocetos de una película de animación, que de hecho parecen adquirir movimiento inadvertidamente ante nuestros ojos, tan llenos de vida, de ansiedad, temor, humor y esperanza están sus personajes.
Leo lo que he escrito y sospecho que tanto éste como cualquier otro intento de aproximación resultará fallido por insuficiente. Encuentro otras impresiones de lecturas en la red y compruebo que todos los que lo hemos leido hemos quedado fascinados y atrapados por la melancolía (que no otra es la traducción de “gloom”) de este cómic. Ahora es el turno de los que aún no lo han hecho.

lunes, abril 28, 2008

Los amantes de silicona, Javier Tomeo

Anagrama, Barcelona, 2008. 144 pp. 15 €

Pedro M. Domene

Tener entre las manos un nuevo libro de Javier Tomeo (Quicena, Huesca, 1932) produce esa extraña y reconfortante sensación de saber que te dispones a entrar en una historia donde aspectos como lo onírico o lo simbólico y el humor o la ironía facilitan el buen rato empleado. Las historias de Tomeo son tan «mínimas» como los medios manifiestamente reducidos que conjuran al lector a trasladarse a un mundo en el que él mismo encontrará las preguntas y las respuestas, sin que nombres y lugares aludan a una realidad concreta e identificable. Tomeo se desliga de referencias concretas para poder tratar con toda libertad temas que atañen a la naturaleza humana en su «estado más puro», por eso la lectura de sus textos no resulta menos crítica, o tan fascinante como desenfadada, cargada de una acidez extrema, acumulada con el paso de los años en sus acertados juicios de valor, desmitificando, en la mayoría de sus propuestas, aquellos temas que aún importan en nuestra sociedad: el amor, la amistad, el sexo, la homosexualidad o la senectud.
Como siempre, Tomeo, no deja de sorprender a sus lectores y con Los amantes de silicona (2008) ocurre algo semejante porque, Lupercia y Basilio, los protagonistas de esta farsa costumbrista, son una pareja que convive con el paso de los años en un estado de aburrida incomunicación, e incluye una insatisfacción sexual. Así deciden, de mutuo acuerdo, comprar sendos muñecos de silicona para atender a esas necesidades que ya no pueden cubrir. Los muñecos, Marilyn y Big John, pertenecen a una nueva generación tecnológica con características casi humanas, como una voluntad propia. Un buen día, ambos muñecos, deciden escaparse de sus respectivos armarios donde sus dueños los tienen encerrados y deslumbrados. El uno por el otro, hacen el amor por su cuenta y, además, desacreditan a sus amos y sus artes amatorias. La ambigüedad con que el narrador trata el tema, incluso esa técnica de manifestar que la ocurrencia se debe a un amigo, a quien promete leer los primeros diecisiete folios enviados para darle su opinión, y entrar, a lo largo del relato, en una divertida disquisición sobre aspectos crítico-literarios, hacen de su desenlace lo más imaginativo. Toda la mojiganga inventada por Tomeo no deja de producir alguna que otra sonrisa, cierta angustia, mucha insatisfacción y, sobre todo, perplejidad a la hora de constatar que los muñecos de goma están, en esta nueva historia, por encima de los humanos.
Lo mejor, como siempre, la frase breve y un léxico sencillo que no produce problemas de comprensión y cuyo efecto lector es ejemplar, también en Los amantes de silicona; la broma con que trata las situaciones, ese humorismo fino e inteligente sobre una realidad común, aunque la propuesta sea de lo más disparatado, sin que la verosimilitud pueda parecerse a nuestra cotidianidad y cada lector proponga su propia solución al problema. La agilidad narrativa de Tomeo, favorecida por situaciones casi escénicas, consigue que el grado de entretenimiento esté garantizado y en esto, el escritor aragonés, es más que un verdadero maestro.

viernes, abril 25, 2008

El alba la tarde o la noche, Yasmina Reza

Trad. Jaime Zulaika. Anagrama, Barcelona, 2008. 184 pp. 16 €

Pablo Gutiérrez

Yasmina Reza anota en El alba la tarde o la noche sus impresiones sobre Nicolás Sarkozy, al que sigue durante la larga campaña electoral que lo lleva al poder. No es una crónica. No es un retrato literario. Tampoco un relato de no ficción, ni un ensayo, ni un reportaje.
El alba la tarde o la noche: sí, falta una coma. Yasmina Reza dice que así «quería explicar que en la vida de un político no hay tiempo ni para poner una coma, no hay pausa, no hay posibilidad de respiro.» No es que falte, entonces: es que ha sido suprimida, tachada. No es lo mismo que falte o que la supriman. Como no es lo mismo que se te caigan los dientes o que te los quiten. Pues igual. En cualquier caso, El alba la tarde o la noche tiene buenos dientes. Feroces caninos, tiene. A veces muerde carne blanca y arranca lonchas. Otras veces, en cambio, lanza bocados al aire.
Muy raro resulta al principio El alba la tarde o la noche. Uno no entiende la rareza, no sabe qué le pasa al texto, o a uno. Luego descubres que son las pastas amarillas de Anagrama lo que no encaja. El entomólogo se pone delante de un bicho extraño que un niño le trae del jardín: tiene alas, tiene púas, tiene antenas y patitas que se agitan, y le parece ver en el abdomen una pelusa parecida al plumaje de un ave diminuta. El entomólogo se pregunta: ¿qué diablos es esto, una mariposa, un ciempiés, un ciempiesposa, una mariposapiés? Le pasa al entomólogo como al lector de El alba la tarde o la noche, lo mismo. Y son las pastas, es culpa de las pastas amarillas entre las que está acostumbrado a leer, qué sé yo, a Amis o a Kureishi o a McEwan, relatores de la vieja escuela, de los que toman aire antes de decir las cosas, o de los que tosen y lo desordenan todo, y tal como caen las frases sobre la mesa las disponen en la caja de las páginas. Pero El alba la tarde o la noche no tiene nada que ver. Ah, no.
El alba la tarde o la noche debería estar publicado en hojas de cuadros o de doble raya: es un bloc, un cuaderno de notas expuesto del mismo modo (parece) que se compuso: notas ligeras, antisintácticas, notas nominales muy poéticas algunas, desganadas otras: notas en un cuaderno de notas con pastas amarillas.
Yasmina Reza quiere retratar de cerca a un malo; mejor, retratar de cerca cómo nace y se forma la figura de un malo. Un malo corriente (hay cientos de ellos) que tiene la oportunidad mágica de dirigir un país. Al final resulta —lo sabemos— que el malo gana, que se eleva convenciendo sobre la honestidad y la sinceridad. El malo es querido y aclamado porque conoce el modo de elevar su flequillo en medio de los calvos y los mediocres.
Mediocres, palabra tan cruel.
Pero Reza también pretende que el lector piense en Reza antes que en Sarko, que los ojos se dirijan hacia las palabras de ella antes que hacia los gestos de él. Que el libro de pastas amarillas sea un libro de Reza en el que aparece —pintorescamente— un tipo que va a gobernar Francia. Por eso dice muy pronto, en las primeras diez páginas:
«Los poetas tienen el privilegio de obedecer a leyes intempestivas que no requieren lógica ni continuación aparente. Estas leyes sirven a una verdad que toda explicación traicionaría.
De esta libertad me sirvo aquí.»
De esa libertad.
Esa libertad hace que Sarkozy se vuelva invisible en un libro escrito sobre Sarkozy. Por otra parte, qué afrenta tan grande para quien quisiera ser ultravisible en cada momento, trasvisible, presente en cada sopa. Reza no deja que le veamos la cara, un alivio, por otra parte, y se demora en el estilo roto, en divagaciones («barreras, faros, carretera ciega, aeropuerto, ¿enumeraciones que traducen qué?», «ser adulto es estar solo»), en personajes gigantes y ensombrecidos, como la mayúscula G (no dirá jamás su nombre, y es la clave), o en otros pequeños como la intérprete “elegante” que interviene en una conversación entre dos ministros; o en un pajarito que pasa. Cualquier cosa para evitar a Sarkozy.
Lo sorprendente es que, como si quisiera reflejar el curso de un río deteniéndose no en el río sino en las piedras que el río mueve, Reza consigue que Sarkozy se desvele él solito en medio el desdén de la autora. Le tuvo que fastidiar.
Justo al principio lo dice: «los escritores tienen en común con los tiranos que someten el mundo a su deseo.» Reza somete la imagen de Sarkozy a sus deseos, pero los suyos no son tan distintos de los nuestros. Quiero decir, nosotros queremos verlo ambicioso, severísimo, oportunista, engañabobos. Y ella nos ofrece la figura del perfecto neocon, bien peinadito y atento sobre sus alzas a cada cámara que le guiña una lente. Por otra parte, es el Sarkozy que imaginábamos, justo.
El malo. Qué bueno que el malo tuviera cara de malo y las uñas largas, que fuera fácil decir cosas feas sobre él, que cuando caminase pateara a posta a unos gatitos pequeñines que lloran desconsolados. Pero no. Los malos son hábiles y educados, caen bien dentro de sus trajes, se mueven bien, seducen. Reza siente que no puede decir cosas muy graves. ¿Acaso no es amable, acaso no hace su trabajo con dedicación, no tiene coherentes ideas dentro de su conservadora cabeza, no sabe agradar a quien le pide atención? Y entonces, ¿cómo desmontarlo en piezas, cómo hacer que se revele su verdadera, siniestra, oculta identidad? Reza dice: no hay ninguna identidad oculta. Sarkozy es justo lo que vemos, no más que lo vemos.
Qué afrenta, ¿eh?, qué terrible el ataque: pegarse a los talones de un gran tipo durante meses para descubrir que es exactamente lo que se ve, que por mucho que metas la nariz no encontrarás nada distinto de lo que todos ya conocen. ¿Os parecía soberbio? Es que es soberbio. ¿Su ambición os resultaba desmedida? Es que no tiene medida su ambición. ¿Pensabais que le obsesionaba su imagen? Su imagen, y nada más, es su única preocupación real.
Reza compone a un Sarkozy que actúa como un mimo de Sarkozy como camino para exhibir un estilo que erizaría la piel si la carne sobre la que mordiera tuviera más proteína.
Apuesta: si cuando propuso (¿le propusieron?) este libro, Reza hubiera sabido que detrás de Sarkozy sólo encontraría a Sarkozy, seguro que se habría negado a seguir. O bien habría cambiado a Sarko por Frank Ribéry, que tiene cara de malo de veras, con cicatrices, escupitajos y malas pulgas. Por eso, quizá, se olvida muy pronto de S para buscar en G la medida del hombre que gasta su tiempo en busca de otro tiempo.
Porque el tiempo que circula entre el alba y la noche es la trama y la espiral de alambre que une las hojas del bloc.

jueves, abril 24, 2008

Nocilla experience, Agustín Fernández Mallo

Alfaguara, Madrid, 2008. 208 pp. 16 €

José Morella

Hace unos meses un amigo me pasó el dato de un sitio web que se localiza a sí mismo «en algún lugar entre los antiguos medios de comunicación y los nuevos». El visitante puede «pasar sus páginas como si fuera una revista tradicional». Hay un cuadro en el que haces clic hacia adelante o hacia atrás y vas pasando páginas populares en Internet, seleccionadas por un sistema de ranking de los usuarios que no acabo de entender. Encuentras de todo: cotilleos, noticias sobre ciencia, curiosidades, política, videos sobre absolutamente cualquier cosa, noticias autoreferenciales del mundo de la informática, (cosas sobre sistemas operativos, gadgets, software), tendencias arquitectónicas, culinarias, artísticas, literarias... Lo que sea. Sólo por nombrar algunas historias que recuerdo: un niño de 11 años que se ha casado con su prima de 10; los freegans, gente que deja sus trabajos para vivir de la comida que recoge de la basura; la existencia de una página web donde es posible prestarle dinero sin intermediarios a alguien de un país subdesarrollado. Una fumadora que ha muerto a los 117 años. Una web donde pagas para que planten un árbol con tu nombre en algún sitio del mundo y te lo enseñen en google earth o google maps o yo qué sé donde.
Lo fascinante y a la vez inquietante del sistema es la manera de seleccionar las historias, la ideología y las relaciones de poder que laten bajo la red. El inconsciente de la masa de internautas. ¿Se trata de la verdadera democracia, o por el contrario es el pan y circo contemporáneo? Si fuera lo segundo, estaríamos ante una idea desasosegante: el poder ya no tiene que ocuparse ni siquiera de pensar con qué atontarnos: se lo decimos nosotros.
Nocilla Experience, la segunda novela del Proyecto Nocilla de Agustín Fernández Mallo, es lo más parecido posible a esa revista cibernética de la que hablo, pero tridimensional y de papel —papel de verdad, esa cosa que huele y a la que le salen manchas de culos de vasos de café con leche. Por ejemplo, el tipo de arquitecto que aparece en la novela recuerda muchísimo a ciertas tendencias que aparecen en Internet: casas en árboles, o casas enanas que se compran en Nueva York y se transportan a Boston mediante helicópteros y tras usarlas se desechan o se reciclan. La historia del novelista que decide no escribir y poner toda su energía en la promoción publicitaria de su propia no-obra también recuerda mucho al ciertas historias inverosímiles pero reales que recorren la Red, como la del chico que se está pagando sus estudios —de sobra— a base de poner los píxeles de su página web a disposición de los anunciantes al módico precio de dólar por píxel. Hay un millón de píxeles, así que ha ganado un millón de dólares. Todo tiene ese tono de verdad inverosímil. Ese es el tono del experimento nocilla, y ahí está su novedad: una aceptación de la nueva verosimilitud del mundo, que ha cambiado y se acerca a lo que podríamos llamar leyendaurbanismo. Todo huele a leyenda urbana, a esa narración que oscila entre dos polos: lo que no es cierto pero es contado como si lo fuera, y lo que es cierto y no lo parece. A la gente le encanta ese estilo porque permite no cerrar, no comprometerse. Permite flotar en la no responsabilidad del lector, en un camuflaje del compromiso ciudadano típico de lo virtual (con honrosas excepciones, claro). Para hacer la prueba, solo bastaría irse con los amigos a un bar y, después de unas cervezas, contar una de las historias de Nocilla Experience sin decir que es de Nocilla Experience: «oye, he visto en al tele una historia increíble; resulta que hay unos niños en Kazajstán o Uzbekistán o no sé dónde que se tragan unas bolas con plutonio o coltán o no sé qué, y viajan bajo tierra por unos gasoductos a través de cientos de kilómetros, caminando, atravesando fronteras de países, y al final algunos llegan y otros se mueren, pero los que llegan cagan el plutonio y se lo pasan a los traficantes». Nuestros amigos oscilarán, seguramente, entre dos actitudes: los que entren en la historia y se dejen llevar por ella, flirteando con su veracidad, y los cínicos que nos acusen de mitómanos y nos recomienden dejar de tomar sustancias sospechosas. Ambos disfrutarán de la historia.
Hace muy poco entrevistaron a Phillip Roth en El País. Dijo que en Estados Unidos no quedan lectores. Que ahora están «mirando las pantallas de sus ordenadores, las pantallas de televisión, de los cines, de los DVD. Distraídos por formatos más divertidos. Las pantallas nos han derrotado». Pues bien, yo creo que lo que hace Fernández Mallo, independientemente del juicio literario que merece (a mí me parece fascinante, una narrativa de pulso firme que me ayuda a entender el mundo y me divierte al mismo tiempo) es aceptar lo que dice Roth hasta sus últimas consecuencias. Si los lectores están en las pantallas, ¿qué es eso tan atractivo que hay en ellas? Y, sobre todo, ¿quién ha dicho que el libro no puede ofrecerlo? Fernández Mallo lo hace dinámico, ágil, brillante, adjetivos todos aplicables a las pantallas. Pero también lo hace poético, y aquí es donde las cosas ya no son tan parecidas. ¿Cuántas veces, después de horas de tele u ordenador, la gente no se siente vacía? Lo que hace que se sienta así, aunque no lo sepa, es la falta de “chicha” poética en su vida. Fernández Mallo engaña al lector perezoso y no comprometido. Le hace volver a pensar en los valores perdidos sin que se dé cuenta, como la mamá que le hace el avión a su niño con las verduras para que se las coma. Además, nos confirma algo que ya sabemos: que un libro es el soporte en el que se da la máxima profundidad posible en el mínimo espacio, como un pozo que nos conduce al centro de la tierra, mientras que Internet es lo contrario: el soporte donde caben infinitas palabras pero solo ofrecen superficie.
Fernández Mallo ha dicho en algún sitio que siempre se está a tiempo de escribir como en el siglo XX, dando a entender que sus novelas son la narrativa del futuro. Que ya no se trata del conocimiento, sino de la información. Yo no me lo creo. Sus palabras sobre su obra me convencen mucho menos que su obra. Yo diría que Nocilla Experience es lo contrario de lo que Fernández Mallo dice que es: una novela del XX por antonomasia. No es la novela del futuro, sino un fruto muy acabado de la digestión del pasado. Persigue encontrar al lector que el siglo pasado fue haciendo de nosotros, y lo consigue perfectamente. Es una genial novela finisecular, aunque esté escrita un poco después del fin de siglo. Nadie le pide al autor que descubra la pólvora. Tal vez él crea que es un inventor, pero en realidad es un espeleólogo, o mejor, un gramático descriptivo. Describe a la perfección nuestra sintaxis de lectores, adónde hemos llegado con el paso del tiempo. Capta el espíritu de nuestra era. Permite explicar el siguiente cambio: durante el siglo XX la realidad lo aceptaba todo, pero la ficción no. La verosimilitud funcionaba como una autocensura. Ahora, en el siglo XXI, todo, verdaderamente todo, es posible dentro de la ficción, porque esta ha sido invadida por la realidad. El lector lo sabe. Lo ve en youtube. Flota en un mar de historias que parecen mentiras que parecen verdades que parecen mentiras. No hay límite, y eso es un límite. El lector ya no quiere ilustrarse sino oír historias alucinantes sin preguntarse demasiado si son o no verídicas. A quién le importa ya la veracidad. Quién puede certificarla. Como la historia del museo del parchís de Nocilla Experience. O como la del artista de los chicles. Internet está llena de artistas de los chicles. Hay unos, por ejemplo, que decoran el mobiliario urbano con tejidos de punto (http://www.knittaplease.com/). Le hacen abrigos a los postes de la luz.
¿Qué vale la pena creer? Al fin y al cabo, ¿dónde está Bin Laden? ¿Por qué las torres gemelas cayeron como demoliciones controladas de toda la vida? ¿Es verdad que hay una generación entera de japoneses (los hikikomori) que no sale de sus habitaciones nunca? ¿Es verdad que las mujeres chinas se hacen operaciones para hacerse más altas que consisten en que les partan las espinillas y se las estiren durante meses en una cama de hospital? Quién sabe. ¿Nos importa, en realidad? A lo mejor hay que contárselo todo a Fernández Mallo para que le extraiga la poesía y nos espabile un poco. Para que haga nocilla.

miércoles, abril 23, 2008

Premios Tormenta 2007: ganadores

Premio Tormenta al mejor libro publicado en castellano en 2007

El padre de Blancanieves, Belén Gopegui.
Anagrama, Barcelona, 2007.
337 pp. 19,50 €

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«(...) Necesitamos, hemos dicho a veces, informes sobre el mundo, sobre lo que ocurre en los institutos, hospitales, fábricas, comisarías, en cada empresa. Pero quizá necesitemos también informes de las habitaciones.
El otro día pasó algo en mi casa. Mi madre había llamado al supermercado quejándose por un pedido que no le habían traído a tiempo. Al día siguiente tocaron el timbre, era el repartidor del supermercado, un ecuatoriano. Le dijo que por culpa de su llamada le habían despedido y que si no lograba que le readmitieran, mi madre sería para siempre responsable de lo que le pasara a él y a su familia. Él se encargaría de recordarle esa responsabilidad. (...)»

(Primeras líneas de El padre de Blancanieves)


Belén Gopegui nació en Madrid en 1963. El padre de Blancanieves es su sexta novela: antes publicó La escala de los mapas (1993, Premio Tigre Juan y Premio Iberoamericano de Primeras Novelas Santiago del Nuevo Extremo), Tocarnos la cara (1995), La conquista del aire (1998), Lo real (2001) y El lado frío de la almohada (2004), todas editadas por Anagrama.
Es también autora de los guiones de cine La suerte dormida (2003; en coautoría con la directora del filme, Ángeles González-Sinde), El principio de Arquímedes (2004; dirigida por Gerardo Herrero) y Una mujer invisible (2007; dirigida por Gerardo Herrero), así como de la reflexión en torno a política y novela Un pistoletazo en medio de un concierto (Complutense, 2008).
En una reflexión a propósito de Lo real, el crítico Ignacio Echevarría definió con exactitud la obra de la novelista: «Belén Gopegui es quien hace un empleo más afortunado y cabal de la novela como instrumento de indagación, reflexión e interpelación políticas, entendido este término en su más amplio sentido: el relativo a las cuestiones de la polis».



Premio Tormenta al mejor libro traducido al castellano en 2007

La carretera, Cormac McCarthy.
Traducción de Luis Murillo Fort.
Mondadori, Barcelona, 2007.
210 pp. 18,90 €

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«Al despertar en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos había alargado la mano para tocar al niño que dormía a su lado. Noches más tenebrosas que las tinieblas y cada uno de los días más gris que el día anterior. Como el primer síntoma de un glaucoma frío empañando el mundo. Su mano subía y bajaba al compás de la preciada respiración. Retiró la lona de plástico y se puso de pie envuelto en aquellas prendas y mantas pestilentes y buscó algún atisbo de luz en el este pero no lo había. En el sueño del que acababa de despertar vagaba por una gruta y el niño lo llevaba de la mano. La luz de los dos bailaba en las húmedas paredes de roca caliza. Como peregrinos de fábula engullidos y extraviados en las entrañas de una bestia granítica. Humeros de piedra donde el agua goteaba y cantaba. Tañendo sin tregua en el silencio los minutos de la tierra y sus horas y días y años. Hasta que se hallaban en una enorme estancia de piedra donde había un lago antiguo y negro. (...)»

(Primeras líneas de La carretera)


Cormac McCarthy nació en Providence, Rhode Island, en 1933. El crítico literario Harold Bloom le considera (junto a Thomas Pynchon, Don DeLillo y Philip Roth) uno de los cuatro mayores novelistas de su tiempo. La carretera (The road, 2006, 2007 en España), la décima de sus novelas, logró el Premio Pulitzer a la mejor obra de ficción.
De igual forma, es autor de El guardián del vergel (The orchard keeper, 1965), La oscuridad exterior (Outer Dark, 1968), Hijo de Dios (Child of God, 1974), Suttree (1979), Meridiano de sangre (Blood Meridian, Or the Evening Redness in the West, 1985), Todos los caballos bonitos (All the Pretty Horses, 1992), En la frontera (The Crossing, 1994), Ciudades en la llanura (Cities of the Plain, 1998) y No es país para viejos (No Country for Old Men, 2005), además de diversas obras de teatro.
Su obra ha sido ampliamente traducida al castellano, y también adaptada al cine: Billy Bob Thornton dirigió en 2000 All the pretty horses, y la versión que de No country for old men han preparado los hermanos Coen fue la ganadora absoluta de la última edición de los Oscar. Como dato para los curiosos, en estos momentos se filma The Road, dirigida por John Hillcoat y con Viggo Mortensen y Charlize Teron como protagonistas.

martes, abril 22, 2008

Premios Tormenta 2007: finalistas (mejor libro traducido al castellano)


Arthur & George, Julian Barnes.
Traducción de Jaime Zulaika.
Anagrama, Barcelona, 2007.
523 pp. 23 €






Hombres en sus horas libres, Anne Carson.
Traducción de Jordi Doce.
Pre-Textos, Valencia, 2007.
392 pp. 26 €






Diario de un mal año, J.M. Coetzee.
Traducción de Jordi Fibla.
Mondadori, Barcelona, 2007.
240 pp. 18,90 €





La carretera, Cormac McCarthy.
Traducción de Luis Murillo Fort.
Mondadori, Barcelona, 2007.
210 pp. 18,90 €





Cementerio de pianos, José Luís Peixoto.
Traducción de Carlos Acevedo.
El Aleph, Barcelona, 2007.
312 pp. 19 €





Dos puntos, Wislawa Szymborska.
Traducción de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia Soriano.
Igitur, Montblanc, 2007.
79 pp. 10 €

lunes, abril 21, 2008

Premios Tormenta 2007: finalistas (mejor libro en castellano)


El padre de Blancanieves, Belén Gopegui.
Anagrama, Barcelona, 2007.
337 pp. 19,50 €


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El corazón helado, Almudena Grandes.
Tusquets, Barcelona, 2007.
933 pp. 25 €


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La ofensa, Ricardo Menéndez Salmón.
Seix Barral, Barcelona, 2007.
142 pp. 17,50 €


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Los príncipes valientes, Javier Pérez Andújar.
Tusquets, Barcelona, 2007.
233 pp. 17 €


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Exploradores del abismo, Enrique Vila-Matas.
Anagrama, Barcelona, 2007.
296 pp. 18 €


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viernes, abril 18, 2008

La virgen y el gitano, D. H. Lawrence

Traducción de Laura Calvo Valdivielso. Impedimenta, Madrid, 2008. 171 pp. 17,60 €

Marta Sanz

«Leo era un muchacho bastante vulgar, pero tenía buen corazón y mucho dinero. A Yvette le resultaba simpático. Pero ¡comprometerse! ¡Qué idea tan absurda! Sintió impulsos de regalarle un juego de sus bragas de seda, para que se comprometiese con ellas.»
Este pensamiento de Yvette, la virgen, sería en un libro de hoy una manifestación de manierismo pseudofeminista, una simpática salida de pata de banco; pero a la altura de 1926, no lo era en absoluto. Cuando se habla de Lawrence siempre se saca a colación su forma de acercarse al sexo, al escándalo, a la diferencia de clase y de género. Posiblemente la palabra diferencia no sea más que un eufemismo de lucha, igual que la expresión visión del mundo para hablar de literatura no suele ser más que un eufemismo para encubrir la ideología, y la prevenida posición del escritor que se interroga en los libros es un modo de curarse en salud ante la incorrectísima postura del que arriesga respuestas –a menudo equivocadas- y se expone a ser acusado de aleccionador o de dogmático, a colocarse en las antípodas de un verdadero espíritu de la literatura que, paradójica y ortodoxamente, se identifica con la ambigüedad, con el decir sin decir, con el no pillarse los dedos, con el cartel de no molestar. Es confortable —hipócritamente poco autoritaria— la efigie del escritor dubitativo que nos invita a compartir su duda. Sin embargo, hay escritores que reivindican la aseveración como función comunicativa y no son despreciables. La aseveración también deja huecos, estimula la respuesta, implica preguntas, no es mineral. En ese lado percibo las narraciones de Lawrence.
En El amante de Lady Chatterley, en Mujeres enamoradas o en Sol, la pulsión erótica recorre las páginas como tema explícito y también como metáfora para dibujar un contexto en el que el sexo, consumado o no consumado, se esgrime como arma de rebelión y pegamento para reconstruir los cristales rotos de la identidad. Existe una sintonía, en este sentido, entre Lawrence y García Lorca. En La virgen y el gitano asistimos a una marea erótica, a un desbordamiento, que va dejando sus marcas a lo largo de la novela a través de las palabras con las que Yvette da forma a sus reflexiones —Yvette también piensa con su vagina y con su piel arrebujada en carne de pollo ante un estímulo— y que al final se recogen en una respuesta alegórica de la naturaleza: se rompe un dique y se lleva por delante el símbolo estentóreo de la represión contra Yvette, contra el sexo, contra el derecho de crecer y de ser, contra la madre en fuga de Yvette, «aquella que fue Cynthia», una mujer escindida por culpa de la mirada falsaria, perversamente idólatra, de su esposo, el abandonado rector. Lawrence define unos personajes antipáticos por sus aristas, por su sequedad, por su amabilidad siempre falsa; el rector se conforma a sí mismo como hombre generoso, comprensivo y capaz de perdonar, conservando en formol la imagen de pureza de su esposa antes de lo que abandonase: se queda con la idea, no con la mujer, y con esa elección cree haber edificado su bondad. Sus hijas son fruto del resentimiento y de una sospecha: la reproducción de la conducta de una madre infiel, de una serpiente. El amor filial es imposible, y el lector siente el frío de la rectoría, la caricatura del contacto, el forzadísimo desplazamiento de la mano al apoyarse sobre un hombro ajeno. Lawrence perfila personajes que son como esquemas desollados de un manual de anatomía: los tendones psicológicos quedan al aire, las tuercas oxidadas de los corazones, que a su vez son la reproducción a escala moral de los mecanismos de un mundo minúsculo y belicoso. Profundamente obsceno. Lawrence se arriesga a que sus criaturas repelan al lector en un universo de letras, músicas y campiñas complacientes.
Una presa se rompe y ahoga a la Abuela, animalizada como sapo. Dos modelos de mujer —la reprimida y castradora, y la rebelde— se contraponen dentro de la castigada psicología de Yvette, una muchacha que con un racionalismo doloroso se pregunta qué debería pensar o sentir: un deber ser que se desbarata ante la aparición de un gitano en el que percibe la mirada copulatoria que la construye y la libera. La modernidad de Lawrence reside tanto en la no pasividad de la virgen, como en no confundir el sexo con el enamoramiento: el sexo es una corriente que vincula al ser humano con su propia naturaleza y le hace freudianamente libre.
El gitano es lo que podría denominarse, activando un tópico, un personaje magnético, electrizante, un nómada que atesora en su biografía algún acto heroico, un hombre que, contraviniendo las normas sociales y viviendo según las leyes de su etnia —no lo olvidemos—, es al fin y al cabo un patriota. El gitano —como el guardabosques, como los obreros que trabajan al sol mientras una dama los contempla chupándose el dedo índice— es el otro, lo masculino, y para subrayar la trasgresión de las chatterleys y de las yvettes del mundo, pertenece a una clase y a una etnia consideradas socialmente inferiores. En la vulneración de los límites que separan a los amantes surgen el morbo y la trascendencia política de la pasión en la literatura, la magnitud sobredimensionada de un deseo que es como la presa rota que se lleva por delante la rectoría, los sapos, a las abuelas. Yvette y su gitano luchan por sobrevivir a una catástrofe húmeda —la destrucción como epifanía de purificación— que es imagen de la cópula. En su mutuo deseo no hay intereses ni predisposición social; para subrayarlo, Lawrence coloca como contrapunto la relación, también mal vista, entre «la pequeña judía», rica y divorciada —una antena capta un toque antisemita en el tratamiento de este personaje—, y su joven y diletante compañero quien entiende las pulsiones de Yvette y sabe diferenciar el deseo del mero apetito: hay algo más refinado, más nuclear, más agudo, en el deseo.
Al final nos damos cuenta de que hemos estado leyendo una novela de formación y a la vez un cuento de hadas tan sexuales como aquella de Piel de asno en la adaptación cinematográfica de Jacques Demy, una parábola sobre la que se mueven arquetipos: la virgen, el gitano, la madre huida, la abuela, el rector. La naturaleza restaura el orden haciéndonos ver que las únicas leyes que los seres humanos debemos respetar son la suyas. También al final el autor de esta parábola muestra su magnanimidad hacia el gitano —el sujeto del que emana el deseo, el despertador de la libido de Yvette...— y, condescendientemente, en la última línea de la novela lo humaniza, le da la palabra, le pone nombre.

jueves, abril 17, 2008

El cuarto purgatorio/ El árbol paraíso/ El libro infierno, Carlo Frabetti

Lengua de Trapo, Madrid, 2006, 2008 y 2008. 128 pp. y 14,95 € c.u.

Sofía Rhei

Siguiendo la trayectoria y el esquema narrativo de La divina comedia, del poeta italiano Dante Alighieri (en la cual un personaje muy parecido al propio Dante recorre, de la mano del poeta latino Virgilio las nueve divisiones del infierno, las siete del purgatorio, y las nueve del cielo, narrando todo lo que encuentra en ellos), Carlo Frabetti escribe tres libros en los que describe su particular versión de estos tres lugares, compuestos de las mismas partes y distribución de contenidos que su modelo.
Además de la vertebración dantesca, los libros comparten una compartimentación similar de sus contenidos: están encabezados por un poema (traducción-versión libérrima del canto inicial de cada uno de los libros de Dante), al que siguen tres relatos que pueden leerse como «variaciones sobre un tema» previas a la reflexión inicial acerca de la naturaleza de cada uno de los espacios, un cuerpo de la narración segmentado según su configuración geográfica, y un apéndice que recoge las lecciones aprendidas. Fuera de los textos, el autor explica extensamente la procedencia de algunos fragmentos, ideas o hallazgos.
El narrador comparte muchísimas características con el propio Carlo Frabetti, pero para llegar a esta constatación es necesario ir recaudando pequeñas pistas a lo largo de la trilogía, especialmente del segundo volumen. No sería arriesgado aventurar que este libro triple es una forma de autobiografía literaria, una confesión a la vez que una declaración de intenciones, un recuento del pasado y un manojo de propuestas que se tienden hacia el futuro. El tono de los tres volúmenes está basado en una intensa exploración del método dialéctico: en el primero, el interlocutor del narrador es el demonio, en el segundo, diversas apariciones de su memoria (entre las cuales, su propia sombra y el carrolliano conejo blanco), y en el tercero, como no podría ser de otro modo, la guía es la mujer amada. La ambientación de los tres libros deja en la boca un saborcillo como de El Bosco.
El infierno de Frabetti, como se hace patente desde el título, es «una biblioteca» (aunque también hay lugar para la literatura en los otros lugares, puesto que «las buenas ediciones van al cielo»), el purgatorio es una casa infinita, poblada por todos los fantasmas de la vida, y el paraíso, como le corresponde etimológicamente, sucede en un jardín. Tanto la premisa del primer libro como la del segundo darían para una trilogía entera cada una (esos libros deberían estar en la «sala de los libros no escritos» por el autor que se encuentra en su purgatorio). Quizá precisamente eso, que los dos primeros volúmenes tengan detrás una idea global más potente, hace que sean superiores en lo literario. Probablemente el tercero lo es en tanto que vehículo de ideas metafísico-espirituales.
En su conjunto, la trilogía se plantea el objetivo matemático-filosófico de búsqueda de verdades, pero es también un canto a la potencialidad; un mecanismo de introspección que puede conducir a un mejor conocimiento del mundo; un carnaval matemático en el que las reflexiones matemáticas tienen un valor metafórico, y por tanto, filosófico; un catálogo de obstáculos a través de los cuales, como sucedía en El misterio de la isla de Tokland, de Joan Manuel Gisbert, puede alcanzarse la totalidad.
«No me sorprendió que el infierno fuera una biblioteca. Tener acceso a las palabras y no a lo que designan es la más refinada versión del suplicio de Tántalo».
«No me sorprendió que el infierno fuera una biblioteca. Subir la piedra de la ignorancia por una montaña de libros, sin alcanzar nunca la cima del conocimiento, es la más refinada versión del suplicio de Sísifo».
«No me sorprendió que el infierno fuera una biblioteca. Ver convertido en palabras todo lo tocado es la más refinada versión del suplicio de Midas».
El recorrido a través del infierno "biblioteca" sirve al autor para ir desgranando su catálogo de antipatías (siempre justificadas) y afinidades (aún más justificadas, si cabe), a veces no sólo en lo tocante a lo literario, sino a propósito de temas de carácter general, como el nacionalismo, la misoginia, el romanticismo, el amor. En este sentido, tiene cierta vocación de selecto cuaderno de apuntes, como los Pequeños tratados de Pascal Quignard. Dice Frabetti en el posfacio aclaratorio:
«Este libro es, en buena medida, un compendio temático e ideológico de mis libros anteriores […]. El propio planteamiento del libro me ha obligado a volver sobre mis temas más recurrentes (por no decir obsesivos), y en un principio pensé en incluir íntegros e inalterados algunos textos […].»
De los tres, el infierno es el libro con más sentido del humor. El más inquietante, por el contrario, es el Purgatorio:
«Me indigna que el purgatorio sea una casa sin fin, el angustioso escenario de mis peores pesadillas infantiles.»
«Me sorprende que el purgatorio sea una casa. Una casa es lo contrario de un castigo.»
«Me sorprende que el purgatorio sea mi propia casa.»
Los territorios del purgatorio son, efectivamente, los del reconocimiento de uno mismo, la memoria, el territorio de los afectos y las pérdidas. Vapuleándose emocionalmente a sí mismo, Frabetti escribe sobre los errores que ha sentido como tales a lo largo de la vida, e hilvana sucesivas anécdotas (las suponemos fuertemente autobiográficas) que sirven como fábulas acerca de diferentes temas: la pereza como fuente de todos los vicios, la soberbia como motor del impulso literario, etc. El tratamiento de este material también es más onírico que en el caso del infierno.
En cuanto al paraíso, probablemente el más "pastiche" y menos homogéneo de los tres (se intuye cierta obligación del autor a sí mismo para acabar la trilogía), es un jardín o parque dentro del cual caben un cine, un museo, una casa, una biblioteca, un Luna Park. Los temas tratados desembocan en la felicidad y el amor, en sus muy diversas variantes. He de reconocer que me emocionó más de lo que el pudor aconseja la aparición de un «ángel crespo» «de rostro rubicundo», como pertinente homenaje al gran poeta y traductor Ángel Crespo.
Las apariciones de este tipo, citas, referencias y "cameos" (hasta del propio Dante) son inacabables, así como los juegos de palabras. Frabetti se cita incluso a sí mismo como autor infantil y como poeta, incluyendo alguno de sus versos. A este respecto, me gustaría recordar que la poesía de Carlo Frabetti es una de las obras lúdico lingüísticas de sabor oulipiano más estimulantes de la lírica reciente.
Esta trilogía, de libros tan delgados que parecería más sensato publicar el conjunto en un solo volumen, tiene para mi gusto el defecto de la brevedad. Lo potencial es uno de los temas de la obra, pero acaso la obra se ha vuelto demasiado potencial: sus premisas darían para una verdadera «opera magna», que igualara en volumen a su antecesor, o al menos en sus 33 cantos-capítulos por tomo. Le perdonamos a Frabetti que tenga la soberbia de escribir, pero no que su pereza le impida hacer que estos volúmenes crezcan hasta llegar a ser todo lo que pueden ser.

miércoles, abril 16, 2008

Rosas, restos de alas, Pablo Gutiérrez

La Fábrica, Madrid, 2008. 103 pp. 14 €

Mercedes Cebrián

La primera frase que a uno se le viene a la cabeza al leer las tres primeras páginas de Rosas, restos de alas es «¡por fin un narrador interesado por el lenguaje!», es decir: por las palabras en tanto que palabras, por la sintaxis, por darles vueltas y patadas a las frases, por desarmarlas como si fuesen construcciones hechas con Lego —más bien con Tente Combi, si tenemos en cuenta al protagonista de la historia que nos ocupa: español casi treintañero de clase media-baja—. A lo largo de todo el libro Pablo Gutiérrez desenvuelve eternamente un bombón exquisito como prometiéndonos que, una vez sin papel, la golosina será para nosotros, cuando en verdad el verdadero bombón es el propio libro. Parece como si Joyce, las vanguardias históricas y gran parte de la poesía universal del XX hubieran pasado por encima de este libro, o, empleando otra imagen más vegetal: parece que el autor de Rosas, restos de alas, hubiese recorrido todos esos textos y, por el camino, se le hubiesen quedando pegadas hojas, matojos, pétalos de todos ellos. ¿Podemos calificar entonces de “lírica” y “experimental” esta novela que narra el presente de un tipo del que su mujer decide separarse, y es a la vez un paseo por su infancia y adolescencia? Si esos dos adjetivos tienen para nosotros connotaciones positivas, adelante, pues, con ellos.
Y es que Pablo Gutiérrez podría habernos contado esta o cualquier otra historia a través de su narrador en primera persona: habría dado igual, la habríamos leido en cualquier caso de un tirón, tal es su capacidad para generar imágenes a bocajarro mediante la plasticidad de su lenguaje. Pero ha decidido construir la novela de aprendizaje de un tipo que vive en la España contemporánea, que se entretuvo en la infancia jugando con el Telesketch y viendo Sesión de Tarde y que, si ha de autodefinirse lo hace así: «vivo de mi trabajo, gano lo justo para poder tener deudas, me educaron con tibios valores, ayudaría a una anciana pero no si la anciana, además de cruzar la calle, quisiera tomarse un café con leche y hablar conmigo de todo lo que echa de menos».
Bienvenidos a su sinceridad de tercer milenio, a su crueldad moderada, a su testosterona canalizada convenientemente pasados los dieciocho, a sus toques de personaje houellebecquiano aquí y allá, que es lo mismo que darle la bienvenida a un representante claro de este siglo XXI, a uno de los frutos que ha producido la España inmediatamente postfranquista. ¿Pero cómo puedo encontrar frío y desolador a un personaje al que le sale poesía por la boca y que sufre cuando repara en que ha perdido a su mujer? ¿No estaré exagerando un poco? La sensación de pesadumbre y la desconfianza hacia la especie humana, especialmente representada por el varón, que me queda tras la lectura de Rosas, restos de alas me hace pensar que no, al igual que me ayuda a darme cuenta de que quizá sea esa una de las principales virtudes de esta excelente primera novela. Comprobad vosotros mismos si exagero.