viernes, julio 06, 2007

Stevenson, tú y yo, Carmen Gómez Ojea

Ilustraciones de Horacio Elena. Edebé, Barcelona, 2007. 168 pp. 7,35 € . Edad recomendada por el editor: a partir de 8 años.

Ana Gorría

Érase una vez una niña que asiste por primera vez a la injusticia. Durante el desarrollo de su fiesta de cumpleaños, Irene, la protagonista de Stevenson, tú y yo, asiste a la calumnia y a la difamación de Bárbola, la única invitada presente que no pertenece al círculo de las amigas de su madre, acusada injustamente de ladrona. Esta acusación desvela, además, en un episodio de inusitada crueldad uno de los mayores secretos de la niña: el maltrato sufrido por parte de su padre.
A partir de este conflicto inicial, Carmen Gómez Ojea nos plantea la evolución de Irene desde esta fecha, ya que este episodio marca un punto de inflexión que va a determinar su relación con su entorno más inmediato: las relaciones con su familia, especialmente con su madre, con sus compañeras de clase y con la realidad.
Rechazada en un primer momento por su entorno inmediato, Irene, una lectora empedernida de libros de aventuras, con cierta tendencia al histrionismo (que viene ligado a su vocación de actriz) se encierra en su habitación movida por la soledad y la incomprensión que la atenazan desde su desdichado cumpleaños, e inicia una relación virtual con un chico al que conoce en un chat y, para el que, como para ella, Robert Luis Stevenson es el mejor escritor que conocen.
Tusitala y R.L (dos sobrenombres de Stevenson) urden una relación que va a ser para Irene el único espacio donde va a sentirse acompañada y entendida. Cuando la relación entre ambos avanza, ella, de naturaleza fantasiosa, fiel al sobrenombre de “Tusitala” (contador de historias) que escoge en internet, idea una personalidad falsa que viene a sublimar la situación de Bárbola, de cuya situación se siente responsable. La personalidad fingida de Irene, una niña polaca, huérfana de padre, y víctima del hostigamiento de su padrasto Vladimir usurpa a la de la adolescente en su relación con Tobías, hasta el punto de enturbiar el único reducto de felicidad que conoce, hecho que le dará fuerzas para afrontar su realidad inmediata y a aventurarse en el mundo de los adultos.
Gómez Ojea, autora que ha merecido galardones como el Premio Nadal, el Premio Carmen Conde de poesía y, en el ámbito de la literatura infantil, el Premio Ala Delta de Literatura Infantil y Juvenil o el Premio Edebé de Literatura infantil da una buena muestra de su talento literario en la creación y desarrollo de los personajes: qué escasos trazos para dibujar con tantos matices el universo de las amigas de su madre, la relación de Bárbola con su padre o el mundo de los adultos desde la mirada de una niña que está dejando de serlo. Con un preciso análisis de las emociones, la autora consigue radicar el ser íntimo de esa niña herida en sus más íntimas convicciones y el abismo al que se ve relegada: «(...) después, creo que estuve muy enferma, aunque nadie lo notase. La verdad es que durante mucho tiempo me sentí como una cáscara de huevo, una monda de patata, una basura flotando en las aguas sucias de un río, un río que eran los días, el tiempo que pasaba, sin que un sólo segundo hubiera consuelo para mi pena ni alivio para mi tristeza».
El recurso a la literatura epistolar, en la que también se incluyen los correos electrónicos, es un valor notable para, a pesar de no perder nunca el punto de vista de Irene, recibir noticias de la historia de Bárbola, esquivando la posibilidad de recaer en una literatura de folletín.
Stevenson, tú y yo es un texto que no sólo cumple con su primera función, entretener y desarrollar nuestro radio de existencia a través de la imaginación, sino que también nos presenta y ayuda a acompañar y a comprender una época de cambios a los que todos hemos estado sometidos y nos someteremos, un tiempo en que entra en crisis nuestra identidad, la amistad, la impotencia ante la injusticia, el amor, las relaciones con nuestros padres. De todos estos motivos se ocupa Stevenson, tú y yo de forma sobresaliente.

jueves, julio 05, 2007

Profundidades, Henning Mankell

Trad. Carmen Montes Cano. Tusquets, Barcelona, 2007. 312 pp. 20 €

Marta Sanz

Cada vez que cojo una novela de Henning Mankell, no puedo evitar compararla con la serie de Wallander. Las aventuras del comisario constituyen mi prejuicio de lectura, mi esperanza o mi cansancio cuando comienzo a leer: el piso, el café, los alimentos, el termómetro, los madrugones, el desapego y el amor por la hija, el respeto y la desconfianza respecto a los compañeros de profesión, la amistad y el alcoholismo de Sten Widén, los urogallos y las puestas de sol en los cuadros del padre y, sobre todo, la tesis persistente de la destrucción de la socialdemocracia sueca amenazada por los efectos negativos de la globalización y sus horrores; Suecia deja de ser un lugar peculiar, un extraño refugio, para convertirse en un paraje tan violento como cualquier otro. Suecia es Soweto y Sicilia y Buenos Aires y un televisivo cul du sac del Bronx neoyorquino.
En Profundidades Mankell, lejos de presentar al lector los escenarios contemporáneos que caracterizan los casos de su famoso comisario —los fanatismos, la amenaza tecnológica, la marginación y el expolio de África, el odio no resuelto de las víctimas, el cambio de máscara de los pequeños y grandes verdugos...— se retrotrae a la Primera Guerra Mundial y escribe una novela, cuya atmósfera y cuyos personajes traen a la memoria la melancolía y el sentimiento trágico del propio Mankell, así como un aroma conradiano: leyendo Profundidades recordaba la tienda de Verloc, a su esposa, a su cuñado, el espeluznante y relojeramente medido ambiente de El agente secreto... Lars Tobiasson-Svartman, un hidrógrafo encargado de sondear las profundidades marinas para abrir vías a los barcos de la Marina sueca, lanza su plomada al fondo del océano y, de la misma forma, se busca a sí mismo; en su proceso de búsqueda, miente a su esposa, se enamora de otra mujer, la abandona, regresa, miente más, vuelve, fabula, se desdobla, engendra hijas, se cincela como personaje doble, se reconcentra, se observa con atención enfermiza... El lector va descubriendo la verdad insondable de Lars Tobiasson-Svartman, su psicopatía, su falta de conciencia no tanto de sí mismo como de los demás. La autoindagación es una excusa para justificar quizás el egoísmo. El personaje, al igual que su esposa Kristina, pertenece a una clase social que puede pegar bofetadas a sus subordinados. Vemos cómo Lars va dejando que su ira brote cada vez con mayor frecuencia, con menos contención.
La metáfora de la distancia articula una novela que reflexiona sobre el aislamiento y la soledad, pero también sobre la mentira, la pareja, la paternidad y sobre el espejo quebrado del yo en un escenario histórico y geográfico frío y convulso. El nombre y los apellidos del personaje se repiten hasta la saciedad a lo largo de las páginas y, sin embargo, esa marca no sirve de nada: Lars Tobiasson-Svartman es incapaz de reconocerse ni siquiera en sus sueños; tampoco reconoce a sus seres más próximos ni la imagen que los otros se han formado de él: no comprende el odio que siente por él Jakobson, un odio que descubre leyendo su diario. El abordaje a los textos de la intimidad ajena no aminora las distancias y la muerte, un destino, va marcando la progresión del texto como los presagios de la novela romántica: un tripulante enferma de apendicitis; un marinero aparece flotando en el mar con las cuencas de los ojos comidas por los peces; Jakobson cae fulminado por un ataque; a los personajes les salen ronchas, pústulas, huelen mal; un gato es degollado, eviscerado, devorado por las águilas; los restos del cadáver del marido de Sara Fredrika, la mujer del islote que magnetiza a Lars, son alzados por las redes; al final, el asesinato, el suicidio, la plomada que reposa sobre el fangoso fondo del mar... La muerte rodea la narración y la figura toda de Lars Tobiasson-Svartman como el hielo cerca el islote en el que habita Sara, una llamada de vida y de perpetuación que no consigue redimir a Lars de la rigidez de la muerte: la figura autoritaria del primer muerto, su padre, la esposa, las convenciones de Estocolmo, el suegro, la vida militar, la exactitud de su oficio, la cotidianidad en barcos que parecen siempre submarinos habitados por hombres duros y vulnerables, la guerra.
Con los libros de Wallander, muchas veces Mankell se ha colocado al lado del asesino, estando sólo relativamente del lado del él —como Simenon, como Highsmith—; en Profundidades, cuanto más se acerca el lector al protagonista, más se aleja, activando la sencilla —¿tal vez demasiado?— metáfora vertebradora del texto: profundidad, distancia, insondabilidad, incomunicación. La cercanía no es una forma ni de conocimiento ni de cariño: estar cerca es estar lejos. Los retratos femeninos están esbozados con una sutileza que se relaciona con la incapacidad de Lars para ver a sus mujeres: Kristina, la esposa, está hecha de retazos, es un aroma, aparece en los sueños de Lars y acaba difuminada, maneja sus figuritas de porcelana, contesta a cartas que nunca tendría la iniciativa de escribir y, sin embargo, Kristina es mucho más fuerte y más honesta que su esposo, y lo demuestra al menos dos veces a lo largo de la narración. Lars Tobiasson-Svartman atisba a Sara desnuda, lavándose, desde lejos y entre la bruma del mar... la ve y no la ve, le fascina. Nunca llegará a prever sus reacciones. Engendrará una hija con ella a la que no sabrá cómo tocar, cómo querer.
Me molesta la tendencia de Mankell a cierto psicologismo de andar por casa, así como la propensión a la frase grandilocuente, aunque a veces también me pregunto si criticar un libro tiene algo que ver con la posibilidad de meterse en el corazón de los personajes asumiendo los códigos propuestos por el autor; si, después, es necesario dar un paso más allá para valorar ese código y decidir si se acepta atendiendo a nuestras propias coordenadas ideológicas y/o sentimentales. Yo de Mankell admiro el dibujo de un paisaje nevado o lluvioso del que nacen y al que retornan sus seres de ficción, la gelidez con la que narra los actos más sangrientos para clavarlos como una esquirla en la retina del que lee, su tempo lento. Yo de Mankell, acepto toda la tristeza y eso pesa en mí mucho más que cualquier otro reparo.

miércoles, julio 04, 2007

Calle Feria, Tomás Sánchez Santiago

XI Premio de Novela Ciudad de Salamanca. Algaida, Sevilla, 2007. 532 pp. 19 €

Ignacio Sanz

No creo que Calle Feria, sea estrictamente una novela, pese a que se ha alzado con el premio XI de Novela Ciudad de Salamanca. Qué más da. Lo que importa es que su autor, Tomás Sánchez Santiago, (Zamora, 1957) reconocido poeta, ha dado el salto a la narrativa y lo ha hecho con un libro hipnótico, con un poderío poco común, rastreando en la memoria infantil de un mundo, el del comercio provinciano, que quedó atrás hace unos cuantos lustros. Ni sombra entonces de las franquicias que atosigan ahora las calles.
Calle Feria sería, pues, una novela que se va armando con relatos que el narrador enmarca en un tiempo y en un ambiente concreto. De ahí que nos encontremos con protagonistas que aparecen en varios de los relatos y, sobre todo, con la voz del narrador, que da coherencia y aliento a este hermoso libro. Pese a que se rastrean y documentan muchas de las costumbres de la época, no encontramos en su lectura ni un rastro lejano de casticismo.
Pero antes de entrar en honduras, quisiera destacar la fuerza del estilo. El dominio arrebatado del lenguaje que hace que el lector se sienta envuelto por un ritmo galopante que lo atrapa. Cuando leía la novela, yo pensaba en esos bailes enloquecedores brasileños que nos invitan a mover los pies primero, las caderas después y, por fin, el resto del cuerpo, hasta olvidarnos de nosotros mismos, atrapados por la música embriagadora. Qué poderío el de esta prosa encandilante. Por supuesto que hay guiños cultos, pero sin afectación. Marsé o Landero podrían servir como referentes por esa capacidad que ambos maestros tienen de engatusar a los lectores sólo con el uso nobilísimo del lenguaje.
La calle Feria existe en Zamora, así queda confirmado en el primer capítulo “Gramática de una calle (informe catastral)”, acaso el más distante por su carácter tanteador e introductorio. A partir de ahí el lector se va a encontrar con la materia narrativa en estado puro, con personajes inolvidables como el crítico cinematográfico Mature, con historias emocionantes y detectivescas, con juegos literarios y metaliterarios, con la visita inesperada a la Zamora republicana de un García Lorca siempre deslumbrante. Pero, sobre todo, el lector va a reconocer a ese niño que soñaba el mundo desde una trastienda, al lado de Muñoz, su compañero de juegos. Quiero pensar que ese niño es, por supuesto, Tomás Sánchez Santiago, que nos ha entregado en esta sucesión de historias su propio mundo infantil trascendido y alambicado por una imaginación fértil y desbordada.
Dice el narrador en el capítulo “Monodia de la E”:

«Nos gustaba jugar con las palabras”. No resistíamos ante ellas demasiado tiempo sin destriparlas como los niños a los nuevos juguetes sosos. Verbaloflexia, así lo llamaba Muñoz. Llegamos a imaginar una tarjeta de visita para una sociedad que nos inventamos: Academia Logoplástica. Contorsionismo verbal».

Como un heredero legítimo del grupo Oulipo, Sánchez Santiago, volatinero verbal, nos regala un capítulo memorable, un puro juego, una fiesta palabreril.
Pocas veces una novela de más de quinientas páginas se me ha hecho tan leve y pocas veces un mundo, mejor un intramundo, el del comercio provinciano, tan distante en principio a mis intereses, me ha resultado tan próximo y tan cálido. Claro que el autor ha conseguido un prodigio semejante al de García Márquez cuando transformó Aracataca en Macondo. Como decía: ni rastro de empalagoso casticismo.
Sólo cabe esperar que el poeta Sánchez Santiago nos siga regalando en un futuro frutos narrativos de semejante calado e intensidad. Calle Feria es una de esas pocas novelas que dignifican un premio.

martes, julio 03, 2007

La hermana, Sándor Marai

Trad. Mára Szij y Miguel González. Salamandra, Barcelona, 2007. 253 pp. 14,80 €

Carmen Fernández Etreros

Llevo días dando vueltas a la manera adecuada para comenzar esta crítica a la obra de Sándor Márai La hermana. Al final me he dado cuenta de poco importa encontrar el tono. Sándor Márai se me escapa entre los dedos. Se me escapa esa manera de escribir tan lúcida y profunda. Su serenidad, su extremada sensibilidad y su manera de conectar con las preocupaciones primordiales del ser humano me desborda, como supongo que le ocurrirá al lector que se acerque a esta novela. La hermana, escrita en 1946 por el autor húngaro a continuación de El último encuentro, ha sido rescatada y publicada por primera vez en nuestro país por la editorial Salamandra.
Bucear en las páginas de La hermana es zambullirse sin conciencia en lo más profundo del fondo del ser humano. Marái desgarra al lector con frases como: «La vida es veneno si no creemos en ella, si ya no es más que un instrumento para colmar la vanidad, la ambición o la envidia. Entonces uno empieza a sentir naúseas, como...». (p. 179). El escritor húngaro Sándor Márai intenta buscar con serenidad y aplomo las raíces del dolor, de la enfermedad y de la soledad del artista.
El protagonista de La hermana es un afamado pianista Z. que en plena guerra se dirige en tren a Florencia para dar un concierto invitado por el gobierno italiano. Antes de llegar a la estación comienza a sentirse aquejado por una enfermedad misteriosa y después del concierto es ingresado en un hospital florentino. Las conversaciones con el médico y las hermanas que le atienden se convierten en una lucha entre la vida y la muerte, entre la lucidez y la locura a la que le conducen los fármacos que le administran.
El autor húngaro logra imprimir la semilla de la intriga desde las primeras páginas de esta novela, un éxito si desde mi punto de vista el verdadero protagonista de la novela es la enfermedad con mayúsculas. Sin embargo no se queda anclado en la enfermedad, Marái nos acerca a la esperanza, a la posibilidad de curación, a la vuelta a la vida desde las ganas de sobrevivir del ser humano y desde la llamada al moribundo a la vida por sus seres queridos.
¿Puede un hombre retomar el camino torcido? ¿Puede un hombre huir de una pasión que le destruye? En el fondo Márai plantea esa necesidad de voluntad para huir de la enfermedad y del conflicto en la vida. «Busque la vida», le sugiere el médico al músico para salvarle de la enfermedad.
Vida y literatura se cruzan en Sándor Márai como en la vida de los grandes escritores y ambas luchan entre sí con furor y rabia. El exilio de voluntario del escritor en Europa, la prohibición de su obra en Hungría, su suicidio en San Diego a los 89 años, antes de la caída de Berlín, son exponentes de ese terrible sufrimiento del escritor y de su lucha constante por la vida. Buscar la vida se convierte para el lector en una necesidad y un compromiso una vez que acaba de leer la última de las páginas de La hermana.

lunes, julio 02, 2007

Como lobo, Alberto Luque

Gran Vía, Burgos, 2007. 147 pp. 12 €

Óscar Esquivias

Me vais a permitir que cuente una anécdota personal (no sería justo empezar esta reseña de otra manera).
Hace ya muchos años (más de diez) participé en la creación de una revista universitaria en Burgos que se llamó «El mono de la tinta». En el primer número ofrecíamos las páginas a nuestros lectores y les pedíamos cuentos, artículos o poemas. Pronto (para nuestra sorpresa) el apartado postal se llenó de sobres. En uno de ellos venía un relato breve (no llegaba a un folio), sin título, que contaba una historia muy sencilla: alguien volvía a casa tras una ausencia larga y se sorprendía al encontrar las persianas echadas, el piso vacío y una nota de despedida de la persona amada. El viajero se quedaba anonadado, incapaz de reaccionar, a oscuras, con una carta llena de reproches entre las manos que releía atónito una y otra vez. Fin.
Este cuento (al que, por supuesto, mi resumen no hace justicia) era un texto conciso y conmovedor, muy persuasivo, contado con las palabras justas. Los tres codirectores de la revista no tuvimos ninguna duda en que debía ser publicado.
Como he dicho, recibíamos muchas obras en el apartado postal, casi siempre de autores muy jóvenes (muchas poesías venían manuscritas, con dibujos, corazones atravesados por flechas, brillantina), la mayoría firmadas con seudónimos extravagantes: «Ganímedes Ardiente», «Llama de tus ojos», «Asrjspuh», «Dasabosew», «Pulsión cósmica», «Zarathustra Indómito» (me los estoy inventando, pero tenían este tono). Nos parecía tan ridículo que los responsables de la revista tomamos la decisión de no admitir ningún texto firmado con seudónimo. Y aquel cuentecillo que tanto nos gustaba aparecía suscrito por un nombre bastante estrambótico (no tanto, desde luego, como los citados), así que escribimos a las señas que aparecían en el remite del sobre y le pedimos al autor que se identificara. De esta manera conocí a Alberto Luque o, mejor dicho, supe de la existencia de un escritor llamado Alberto Luque, a quien a partir de entonces he perseguido tenazmente como editor de revistas (siempre presumo de los cuentos que le he publicado) y sobre todo como lector, porque en la prosa de Luque están todos los valores que yo aprecio en la literatura: destreza narrativa, humor, capacidad de crear atmósferas y personajes, desinhibición frente a las convenciones literarias, aliento épico y aventurero y un estilo directo y apasionado ante el que es difícil permanecer indiferente. De los autores de (más o menos) mi generación que yo he leído, Alejandro Cuevas y él son mis favoritos, los que más me emocionan, en los que más confío. Allá donde tenga ocasión los recomendaré con entusiasmo porque pocos autores me han hecho más feliz.
En el caso de Alberto Luque, no ha sido fácil seguir su carrera. Sus cuentos han aparecido en las revistas más extrañas o remotas (incluyo aquí las que yo he dirigido) y lo mismo sucede con sus libros, publicados en editoriales casi secretas: la novela La noche de las puertas abiertas salió en Ars Milenii (Madrid, 2003), su libro de cuentos La senda de nieve oculta en Celya (Salamanca, 2005) y esta última novela (Como lobo) en la editorial Gran Vía (Burgos, 2007).
Lo último que cabía esperar de Alberto Luque es una novela del estilo de Como lobo, esto es, una historia de pastores y loberos cuyas primeras páginas pueden traer el recuerdo de la literatura rural de Delibes o de Julio Llamazares. Hasta ahora las narraciones de Luque oscilaban entre lo aventurero, lo existencial y lo cosmopolita. Todos los cuentos de La senda de nieve oculta están ambientados en América (donde el autor vivió varios años) y muestran un poderoso aliento conradiano (sé que es un tópico citar a Conrad cuando hay selvas y descensos a los infiernos de por medio, pero pocas veces estará tan justificada su invocación); por otra parte, su novela La noche de las puertas abiertas narra una suerte de viaje existencial y alucinatorio, un tanto en la línea (por su atmósfera nihilista) de obras como Euro Raíl (Visor, 1998) de Eduardo Lampaya o Tokio ya no nos quiere (Plaza & Janés, 1999) de Ray Loriga.
En Como lobo, Luque escapa de todo lo anterior y, literalmente, se echa al monte para contar una historia de gentes que pertenecen a un tiempo que ya no es el nuestro. La novela está dedicada a los «bravos pastores de Oncala» (Soria) y sucede en pocos días, el tiempo que un muchacho de trece años se emplea de zagal porque su padre quiere que conozca la vida de pastor antes de que marche a estudiar a la ciudad. El autor domina el lenguaje de los hombres del campo, sus costumbres, conoce el paisaje y nombra las cosas con la precisión y la naturalidad de quien sabe de lo que habla: es un relato que da la impresión de nacer desde dentro de ese mundo, tal y como podría contarlo un hombre de campo. Pero el lector también se da cuenta en seguida de que el narrador no ha escrito su historia con un propósito costumbrista o etnográfico. Hay un personaje invisible que se adueña por completo de la historia. Es el miedo. Y todo cambia.
Como lobo está contada con aliento épico, es una novela de aprendizaje que trata del viejo asunto de la lucha del hombre contra sus temores más hondos. De nuevo aparece el espíritu de Conrad, pero también el del Antiguo Testamento y el de un tiempo aún más remoto: estos pastores castellanos de Alberto Luque están emparentados con los de la primera literatura, la que se escribía en tablillas de barro o se recitaba en las plazas. Como lobo podría ser un relato oral, tiene la expresividad y la sabiduría narrativa de las historias que se contaban en susurros cuando las noches eran muy largas y estaban llenas de ruidos. Es imposible leer sin estremecimiento este relato que mira a los ojos al miedo. Llegará (ojalá me equivoque) a pocas librerías: allá donde esté, os aseguro que no habrá un libro mejor en la mesa de novedades. No os lo perdáis.

viernes, junio 29, 2007

Uma. La pequeña diosa, Fred Bernard / FranVois Roca

Trad. Élodie Bourgeois Bertín / Teresa Farran Vert. Juventud, 2007. 40 pp. 15 €

Villar Arellano

Esta es la historia de Uma, una pequeña niña a quien esperaba un singular destino: los sacerdotes la reconocieron como La Elegida, la nueva diosa viva. Según dictaba la tradición, su sola presencia servía de inspiración al rey, quien debía reverenciarla. A cambio, ella nunca podría sonreír ni llorar y sus pies jamás tocarían el suelo.
Inspirada en relatos del Mahabhárata —clásica epopeya que recoge buena parte de la mitología hindú—, y con base real —las polémicas kumari o niñas-diosas son consagradas en Nepal desde los 4-5 años hasta que alcanzan la pubertad—, la historia de la pequeña Uma se presenta en este exquisito álbum con un magnífico despliegue de elementos estéticos, del que participan tanto el autor y el ilustrador como la propia editorial.
Respecto a esta última, merece destacarse su apuesta por el gran formato (26 x 31,5 cm), que permite apreciar en toda su magnitud el atractivo trabajo pictórico del ilustrador. Es también meritorio el uso de recursos plásticos que refuerzan la espectacular ilustración de la portada (el empleo de diferentes texturas —brillante en el fondo y mate en la figura— subraya la fuerza de la niña protagonista, que adquiere un mayor relieve y parece salir del libro).
Estamos ante una obra redonda, un integrado trabajo a dos voces que ejemplifica con claridad la riqueza narrativa del álbum ilustrado: una síntesis de lenguajes llena de matices artísticos. No en vano, Fred Bernard y FranVois Roca han estado vinculados, a lo largo de toda su carrera, por una fecunda complicidad que ha dado como resultado una fascinante colección de obras: La comedia de los ogros (Juventud), El tren amarillo (Lumen), Jesús Betz (FCE) o El secreto de las nubes (Lumen), entre otros.

Cada creación de este tándem de autores es peculiar y sorprendente, aunque toda su obra está recorrida por una línea temática transversal: el viaje iniciático, la búsqueda personal a través de la naturaleza...
En este caso, la pequeña Uma emprende su viaje huyendo de la guerra. Cuando abandona su santuario para ponerse a salvo, emprende una gran aventura que la llevará a tierras lejanas, hasta reencontrar sus emociones perdidas —y por ende, su propia identidad— junto a los suyos.
El texto es sencillo. Bernard intercala diálogos y narración por medio de frases cortas que transmiten lo esencial. No abundan las descripciones, pero la acción, ágil y emocionante, permite captar los principales rasgos psicológicos de la protagonista. La mencionada brevedad, unida a la cadencia de algunas reiteraciones, aporta un resultado rítmico y musical al texto.
Respecto a las ilustraciones —panorámicas escenas trabajadas al óleo— presentan un estilo realista, que presta un especial cuidado al tratamiento de la luz. F. Roca, heredero de los grandes maestros norteamericanos de comienzos del siglo XX ( N. C. Wyeth y H. Pyle), conecta en este libro con la tradición de artistas indios como Ravi Verma, aprovechando al máximo el exotismo de los escenarios y la vistosidad de ropas y ornamentos: exuberante naturaleza, palacios de doradas cúpulas, elefantes sagrados adornados con suntuosas telas...
La habitual predominancia de los tonos ocres y rojizos en la obra del ilustrador deja paso aquí a una paleta de colores más amplia: azules celestes, rosas, naranjas, violetas..., tamizados por una nueva luminosidad, que sitúa las diferentes escenas en el amanecer o el ocaso.
Una atmósfera mágica envuelve todo el relato, fruto no sólo de los recursos estilísticos, sino de la propia condición mítica del personaje. Así, el carácter divino de la joven, que le impedía pisar el suelo, sitúa a Uma en situaciones insólitas —subida a los árboles, llevada por un mono, viajando a lomos de un tigre o volando sobre un gran buitre— para, finalmente, ya despojada de su divinidad, verla niña de nuevo, pisando el suelo firme de la casa paterna y abrazando, emocionada, a su familia.
Una historia, sin duda, extraordinaria y atractiva, que conectará a los más jóvenes (a partir de 6-7 años) con la fascinante y remota cultura india. Y una nueva oportunidad para descubrir los relatos del Mahabhárata, que ya pudimos conocer en otro libro delicioso: El Mahabhárata contado por una niña, de Samhita Arni (Siruela).

jueves, junio 28, 2007

Léxico familiar, Natalia Ginzburg

Trad. Mercedes Corral. Lumen, Barcelona, 2007. 258 pp. 17 €

Anna Grau

Este es un libro tenue. Tan tenue, que alguien lo podría considerar incluso innecesario, de no ser porque el contexto y la autora lo ponen a salvo de todo cuestionamiento. Natalia Ginzburg pertenece a la aristocracia ideológica europea del siglo veinte. Nacida Levi el 1916 en Palermo, pero hija de un profesor triestino, más conocida con el apellido de su primer marido, Leone, intelectual comunista ruso que pereció en las cárceles de Mussolini, Natalia Ginzburg es de ilustrísimo linaje antifascista. Esto sólo ya unge de respeto todo lo que haya escrito.
Por un tiempo. Pues anda que no son pocos los creadores que, cuando palidece la estrella política que les alumbró y justificó, se quedan literariamente muy flacos, muy desnudos de interés. La literatura meramente de ideas envejece rápido y, a menudo, envejece mal.
Podría suceder, entonces, que un libro que en 1963 se alzó con el notable Premio Strega, ahora pasara con más pena que gloria. Y de hecho, no nos encontramos ante una de las voces italianas más traducidas al español. Su rescate por Lumen es relativamente reciente.
Léxico familiar, lo primero de Natalia Ginzburg que se rescata, es una evocación novelada de la vida de la familia Levi en Turín desde 1930 a 1950. Empezamos a tirar del hilo cuando la autora es una niña fascinada por las rarezas de sus padres —librepensador él, cristiana ella—, asistimos al desarrollo a veces sorprendente de los hermanos, cada uno antifascista a su manera, vemos pasar por la casa a célebres perseguidos políticos de la época, conocemos al primero prometido y después marido de Natalia, Leone, hasta que un día nos vamos dando cuenta, como ella, «poco a poco», de que a Leone lo han detenido y ya no volverá...
Es la clase de libro que, o no gusta a nadie, porque no queda claro a qué género preciso pertenece, o gusta a todo el mundo, porque todo el mundo tiene excusa para verse sorprendido con él en la mano. Los sesudos podrán jactarse de que leen con coartada histórica. Los cotillas apurarán hasta la última gota del néctar folletinesco. Y sobre todo —esperemos— habrá quien disfrute del casi secreto vicio literario con que se lee esta novela de verdad, más novela que muchas novelas de mentira, esta zarza de hechos reales, ardiendo con toda la seriedad de la ficción.
No es tanto que Natalia Ginzburg reinvente o dramatice su vida, como que la literaturiza en un sentido mucho más hondo. En el sentido que por ejemplo lo hace Joan Didion en El año del pensamiento mágico. Asimismo recuerda a la formidable lucidez discreta de los versos de la Nobel polaca Wislawa Szymborska. También Szymborska se abre paso levemente, a la hora de crear, en un ambiente mental muy condicionado —para bien y para mal— por los rigores del marxismo. Por su exigencia de no dejar resquicios poéticos sin racionalizar.
Natalia Ginzburg se adentra en el jardín de lo privado con una inocencia de doble filo, que lo mismo le permite exprimir lo universal de lo aparentemente trivial, como dar la vuelta a ambos. Más que nunca recuerda a Didion cuando cita casos en que, siendo niña, descubrió mentiras de sus padres, porque caían por su propio peso, y a la vez las siguió creyendo, con lo cual lo real y lo falso convivían sin estorbarse en su mente.
Poco a poco va trenzándose algo más que un fresco cotidiano, algo más que un mirar bajo la cama de la historia, algo más, incluso, que el intento de decir en público un puñado de palabras que sólo significan lo que significan en familia. Ese es el recurso, el pretexto, con que Natalia Ginzburg, con su levedad tan endemoniadamente suave, llega mucho más lejos.
Al mismo centro de cómo son las cosas.

miércoles, junio 27, 2007

Segunda Antología de poesía china, Marcela de Juan (ed.)

Alianza Editorial, 2007. 294 pp. 7,50 €

Alejandro Luque

Entre los obstáculos que se han interpuesto tradicionalmente entre la poesía china y los lectores españoles, acaso los peores hayan sido la abundancia de supuestos traductores sin escrúpulos, así como la idea, tan tópica como dañina, del exotismo de postal, con su sobrecarga de lotos, laúdes y céfiros sibilantes. Por fortuna, en los últimos años han aparecido ediciones rigurosas (recomiendo al vuelo la antología de Guojian Chen, en Cátedra, o las traducciones de Wang Wei y Du Fu, en Ediciones del Oriente y del Mediterráneo) que ayudan a proyectar miradas más limpias sobre esta rica y antiquísima tradición.
La publicación de la Segunda antología de la poesía china de Marcela de Juan es otra excelente noticia en este sentido. Merece la pena, de entrada, asomarse a la evocación de Marcela de Juan que hace en las primeras páginas el profesor Antonio Segura: una mujer asombrosa, nacida en La Habana (1905) de padre chino y madre belga-española, recriada en Madrid y Pekín, amiga de celebridades como Saint-John Perse, que se valió de sus cinco idiomas para trabajar como periodista, radiofonista, conferenciante y traductora. Revista de Occidente publicó en 1948 su primera selección de poemas chinos, y varios años más tarde una segunda entrega, que actualiza ahora Alianza Editorial.
El volumen comprende el período que va de la dinastía Shang (1766 a.C.) a los poetas de la República, cuarenta siglos que exigen a la fuerza una cata restringida: apenas «un muestrario indicativo», como señaló la autora, pero sin duda exquisito y muy revelador. Son muchos los matices que Marcela de Juan nos descubre, pero sin duda uno de los más atractivos es la abolición de ese pernicioso abuso del exotismo del que hablábamos arriba. Claro que en sus versiones hay bambú y jade, pabellones y flores de pimentero; pero resulta fascinante comprobar cómo las preocupaciones y los anhelos de aquellos remotos orientales no son tan diferentes a las nuestras.
A muchos sorprenderá, incluso, ciertas similitudes con nuestra más profunda tradición: por ejemplo, los versos de Li Po («los hechos y los hombres viajan hacia el morir,/ como pasan las aguas del río Azul a perderse en el mar») que prefiguran a Manrique, o el Li Chang Yin que anticipa a Bécquer («el aroma de las flores, ¿adónde va?»). Por lo demás, vemos en estos poemas las mismas emociones —la amistad, el amor, la admiración, el sarcasmo, la evasión y euforia del vino— y las mismas miserias —el mal de la soledad, la ambición, el materialismo, la misoginia— que nos rodean cotidianamente. Hasta el temor a Hacienda, la búsqueda de la fama o la necesidad de poner límites a la sinrazón de la guerra se manifiestan en estos textos con gozosísimas explicitud y vigencia.
Nadie se ilusione demasiado, pues, buscando en estas páginas ese proverbialismo hermético de película de Kung Fu con que se suele satirizar a la poesía china. Sí encontrarán, desde luego, mucha vida interior, aliento espiritual, ciertas supersticiones y mucha celebración del mundo, pero nada que sirva como percha de kimonos o adorno de tienda de veinte duros. El primer y acaso mayor atractivo de esta antología es que, a la manera de Montaigne, aquí se habla de ti.

martes, junio 26, 2007

Allegro ma non tropo, Carlo M. Cipolla

Trad. María Pons. Crítica, Madrid, 2007. 144 pp. 12 €

Luis Manuel Ruiz

Una página puede suscitar muchas clases de felicidad: la de compartir las peripecias insólitas de un protagonista; penetrar en lado cóncavo de un individuo y observar cómo fluctúa esa humareda, su alma; visitar un lugar al que nuestras piernas no tienen acceso; chocar con un pensamiento que alguna vez habíamos vislumbrado, una certeza a la que nos habíamos asomado como a un precipicio; el sabor de una palabra encajada en su hueco justo, de esa palabra que es guante y calcetín; la carcajada. De todas estas, tal vez el humor cause el efecto más duradero: hay párrafos de Rabelais o de Voltaire que parecen escritos ayer. Los años han oxidado sin remedio Don Álvaro o la fuerza del sino, pero ciertos capítulos del Quijote (que, como Sterne nos recuerda una vez y otra, es un libro cómico) conservan un lustre que ya quisieran muchos para sus cucharas o anillos. Esta obrita de Carlo Maria Cipolla es, también, un libro cómico, lo cual no significa frívolo o trivial, sino todo lo contrario: Twain enunció que uno sólo puede reírse de lo absolutamente serio. Su título, Allegro ma non troppo, sugiere ese dictamen; alegres, pero no en demasía, los dos pequeños opúsculos que integran la obra pretenden arrancarnos no sólo la sonrisa, sino también algo de lo que es más costoso desprenderse: una reflexión lúcida, profunda, desinhibida sobre el funcionamiento de las cosas y los hombres. Objetivo hacia el que también apuntaron otras joyas de la literatura humorística como el Cuento de una barrica o Cándido.
La primera de las dos piezas que agrupa el volumen, “El papel de las especias en el desarrollo económico de la Edad Media”, lleva a sus últimas consecuencias de arbitrariedad una variante de análisis muy popular en los años setenta, en que está fechada, y que fue practicada sobre todo por los estructuralistas. Igual que Foucault había afirmado en Les mots et les choses que la historia de Occidente consiste en el entrecruzamiento de una serie de ideologías subterráneas que desaguan en la literatura, la política o la ciencia, Cipolla plantea que cierta serie de acontecimientos cruciales de nuestro pasado vinieron motivados por factores oscuros, marginales, oblicuos, a los que hasta el momento no se ha prestado la atención debida. La conclusión del texto es que toda teoría, que por fuerza se basa en abstracciones, conexiones y analogías entre fenómenos extraídos de ámbitos diversos, conduce finalmente al disparate: sátira de la erudición posmoderna, “El papel de la especias...” viene también a advertirnos que, por ejemplo, las genialidades que sobre el origen extraterrestre de las civilizaciones alumbró Erich von Daniken no están tan alejadas como creemos de muchos estudios que se presentan solemnemente en las universidades. Y que pueden dar lugar a barruntos similares a los que Cipolla avanza: que la caída del Imperio Romano fue motivada por la extinción de la clase aristocrática, envenenada por el exceso de plomo de los recipientes en que se alimentaba; que la explosión demográfica del siglo XIII dependió de la importación de pimienta, producto afrodisíaco; que la Guerra de los Cien Años tuvo su causa en un litigio entre los reyes de Francia e Inglaterra por los viñedos de Borgoña.
Del terrible rigor de la segunda parte, “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”, creo que nadie dudará: las definiciones, los corolarios, las expresiones more geometrico e incluso los diagramas acrecientan el efecto paródico de un texto que, a pesar de la forma, conserva un inevitable lecho de pesimismo y derrota. Que el mundo está gobernado por imbéciles y que siempre existe uno dispuesto a desbaratar los planes de reforma que quieran emprenderse son ideas que hubiera firmado Schopenhauer y que, por desgracia, el mundo patrocina con hechos demasiado a menudo. Pero quizá la obra maestra de comicidad y burla del libro se encuentre en su prólogo: en una acrobacia última de ironía, Cipolla advierte al lector que todo lo que va a recorrer es humor sano y gratuito, y que la más alejada de sus pretensiones radica en herir a nadie. «El humorismo es distinto de la ironía —leemos en una de las páginas iniciales—. Cuando uno es irónico se ríe de los demás. Cuando uno hace humorismo se ríe con los demás»: y el rizo del rizo consiste en asegurar que un escrito que se dedica a escarnecer los métodos de investigación universitarios y a lamentarse del número de estúpidos que pululan por la Tierra no pretende hacer ironía, sino ganar amigos. Un capolavoro de la carcajada, que diría Vasari.

lunes, junio 25, 2007

Corazón de tango, Elia Barceló

451 Editores, Madrid, 2007. 182 pp. 15,50 €

Julián Díez

Lo mejor de Corazón de tango (al margen del pequeño detalle de ser una buena novela) es cuán a contracorriente resultan sus planteamientos. Hechos como su brevedad, la concreción con la que se dirige a sus objetivos, la contundencia, la precisión en el verbo. O como el desgarro pasional, obviamente inspirado en las letras del baile argentino, que recorre sus páginas: una historia folletinesca, excesiva, pero convertida en verosímil según sus propias pautas lógicas gracias a la verdad poética de la escritura de Barceló. Poco que ver con el realismo al uso, con la literatura melindrosa de soledades y microscópicas decepciones: aquí hay, pura y simplemente, un arrebato, un frenesí.
Aunque alguna de sus novelas más extensas —caso de El vuelo del hipogrifo— resulten satisfactorias, es significativo que las obras más redondas de la autora hasta la fecha se muevan en distancias más breves: Corazón de tango se suma a la extraordinaria El secreto del orfebre para defender esta tesis. Parece como si la vitalidad de Barceló, su personalidad entregada y amante de sus amores, encontrara un mejor acomodo cuando se limita a una historia directa, sin artificios, sin subtramas.
Aquí sólo hay cuatro personajes de verdadero relieve, que arropan una historia sencilla. Tenemos a la hermosa muchacha inocente a la que el tango inflama la sangre; su padre, gravemente enfermo, que quiere buscarle un acomodo; un marinero de origen alemán, noble bruto, que pone en ella un amor sincero pero vacío; y el bailarín de silueta impecable, hijo del arrabal, al que la necesidad ha esculpido un rostro afilado y misterioso. La atracción que sabemos que se producirá entre la primera y el último, por encima de los otros dos, tiene la cadencia sensual y fatalista del tango, crece sin posible contención, se encamina hacia un final inevitable.
La capacidad de Barceló para la empatía, colocándose con precisión en la piel de cada uno de los personajes centrales, obliga al lectora a sumergirse en la historia. A ello contribuye también su cuidadoso empleo del idioma, con la dificultad añadida para una autora española de emplear el lunfardo de manera que los modismos no resulten ni confusos ni folklóricos —dicho esto, por supuesto, desde mi opinión como mero lector, sin un conocimiento de los modismos de la época y el lugar—.
Aunque el protagonista de la novela es, sin lugar a dudas, el tango. Y la forma en la que la autora se enfrenta, casi siempre con éxito, al reto de convertir cada baile que relata en único, en una nueva variante de un creciente delirio sensual. Es en los mejores momentos de ese reto de la escritora con su propia capacidad descriptiva en los que la novela se convierte en memorable.
Como prólogo y coda, Barceló saca la historia del Buenos Aires del tango clásico para introducir elementos contemporáneos. El artificio fantástico tiene como consecuencia realzar aún más la historia trágica narrada, que resulta de manera literal más grande que la propia vida. Y qué bueno es que la literatura sea más grande que la vida. Es la mejor denuncia para reflejar la asepsia de la que nos rodeamos, la huida permanente de cualquier indicio de dolor —y, por tanto, de pasiones— que es el núcleo de la conducta ciudadana del siglo XXI.

viernes, junio 22, 2007

Pomelo se pregunta, Ramona Badescu / Benjamín Chaud

Kókinos, Madrid, 2007. 85 pp. 11 €

Care Santos

Pomelo es un elefante enano, de color rosa, poseedor de una trompa desproporcionada, que vive en un huerto bajo un diente de león. Por las noches, teme los puerros y la desaparición de los rábanos, que a veces ocurre. Tiene algunos amigos: la tortuga Gantok, o la patata rara que habla algo incomprensible. Los mayores entretenimientos de Pomelo son imaginar cosas, hacer teatro con sus amigos del huerto o, como se revela en esta entrega, soñar. Mucho y de lo más variado, por cierto. Lo que no se puede negar es que este personaje, que en algunas ocasiones se deja engullir por sus cavilaciones, sabe apañárselas para ser feliz.
Pomelo es un viejo conocido del público españl. En 2005 se publicaron sus tres anteriores entregas: Pomelo es elefantástico, Pomelo es feliz y Pomelo sueña, con texto de Ramona Badescu e ilustraciones de Benjamin Chaud, dos franceses de cuya fructífera colaboración han surgido un buen puñado de títulos para primeros lectores —y de los cuales, por cierto, sólo éstos han llegado a España.

¿Cuál es el secreto de este Pomelo que en entregas anteriores sentía tentaciones de fabricarse un turbante con la trompa? Por una parte, la simplicidad y colorido de las ilustraciones. Con apenas unas líneas y unos toques de color, Chaud consigue un bicho sumamente expresivo e ingenuo. El absurdo forma parte de él —comenzando por la trompa o el color de su piel— y está presente en la historia y en el modo de plasmarla. Se trata del mismo absurdo, o la misma lógica aplastante, que utilizan los niños. «¿Qué ocurrirá si la próxima página me aplasta cuando pase?», se pregunta el animalito, por ejemplo. Los dibujos llegan a sus lectores incluso antes de que hayan leído los textos. Pomelo les presenta problemas con los cuales pueden identificarse, les habla en su idioma.
Los miedos ocupan un lugar destacado. Pomelo teme muchas cosas. Siente terrores nocturnos, le molestan los insectos, no soporta la soledad, teme que ocurran cosas cuyos mecanismos desconoce por completo... Para compensarlo, juega, busca a sus amigos, inventa cosas, descubre el mundo. El secreto es el de siempre: Pomelo es lo que son sus lectores. Y cuando logra algo, todos sus lectores celebran ese triunfo que sienten como propio.
En esta cuarta entrega de la serie, Pomelo tiene dudas. No están jutificadas y llegan porque sí, por eso a veces es tan difícil encontrarles respuesta. Se pregunta en qué piensan las hacendosas hormigas que caminan hacia suhormiguero, por qué los tomates son rojos y los calabacines verdes, de dónde vienen los nabos o cómo se sabe que es primavera. En seguida sus preguntas se vuelve metafísicas, y Pomelo se cuestiona acerca de qué conforma la esencia de uno mismo cuando teme volverse de otro color, o que le salga pelo y tenga que peinarse según un estilo; medita acerca de su mundo cuando imagina a todos los habitantes del huerto fuera del mismo. Se pregunta si todos tienen dudas, y si antes alguien ha tenido estos mismos interrogantes. Incluso llega a querer saber quién decide lo que ocurre en el huerto y en este cuento.
Las preguntas de Pomelo, este encantador inseguro, nos llevan muy lejos: abordan la concepción de uno mismo, la autoestima, la sociabilidad, los rasgos que nos definen e incluso la trascendencia. Y sus firmes posturas defienden la tolerancia, el amor a uno mismo, la diversión y un cierto enigma que la vida conserva porque tal vez deba hacerlo. Nunca se había obtenido tanto de un elefante enano.
Hay en este volumen dos pequeños "capítulos" más: en uno, todos los animalillos del huerto llevan a cabo una suerte de representación primaveral —una verdadera eclosión de color, que entusiasma a los más pequeños— y en el segundo, Pomelo desvela cómo son sus momentos más tristes, en contraposición a lo que dijo en un volumen anterior respecto de "los días divertidos".
Conviene, por último, aconsejar a los padres y madres la lectura en común de cualquiera de las aventuras de Pomelo. Preparaos, eso sí, para la artillería de preguntas que el elefante rosa es capaz de despertar. Y también para las grandes dosis de diversión, que también será compartida. Un consejo universal para este verano que empieza: hay que pomelizarse.

jueves, junio 21, 2007

Bucólica y otras novelas, Emilia Pardo Bazán

Lengua de Trapo, Madrid, 2007. 287 pp. 20,80 €


Ana Gorría

Bajo el título de Bucólica y otras novelas, Marta López Megía nos presenta en la colección "Rescatados" de Lengua de trapo, seis narraciones breves que vienen a señalar la solidez intelectual de una autora cuya aportación a la literatura tal vez haya sido condicionada tanto por una recepción estrechamente ligada a los límites de su época como por las propias aportaciones de la autora a la historia de las ideas y a la vindicación de los derechos de la mujer.
Tras una somera aproximación biográfica, López Megía apunta algunos de los límites e indeficiones de la novela breve como género, con el fin de señalar la relevancia de los textos de la autora gallega dentro de la historia de la narrativa decimonónica.
Estas seis novelas, cuyo periodo de escritura abarca desde 1885 hasta 1920, constatan la actitud de la autora ante la novela, que ella misma define en las palabras del prólogo a La dama joven, palabras que Marta López Megía ha colocado como materia liminar:

«Reclamo todo para el arte, que no se desmiembre su vasto reino, que no se mutile su cuerpo sagrado, que sea lícito pintar la materia, el aire y e cielo.»

La lógica de esta afirmación estructura estos textos, sometidos también a cierta moral(eja) presente en la mayoría de estas novelas breves y que a lo largo del tiempo va perdiendo fuerza, como vemos en los últimos textos del libro. Desde la literatura epistolar a la novela policíaca, la narrativa de la autora de Los pazos de Ulloa no deja pasar ninguna de las aportaciones literarias de su tiempo, consciente de que, como dice el protagonista de La gota de sangre, «el hombre de naturaleza refleja impresiones directas y el de la civilización refleja lecturas».
Al mismo tiempo, la escritora gallega presta una suma atención a los caracteres locales, reproduciendo el discurso coloquial y los idiolectos característicos de diversas localidades de España, como el andaluz y el gallego. Esta atención a lo particular también se materializa en la estructura espacio temporal de estos textos, situados (a excepción de Cada uno) en espacios rurales (pazos, castros) o en pequeñas ciudades de provincia, Marineda, hecho que le permite profundizar en las distintas estructuras sociales.
Desde un punto de vista formal es reseñable la diversidad de estructuras sobre las que se sostienen estos textos, diversidad que abarca desde la narración en tercera persona como en el caso de la dama joven, el juego de narradores y tiempos de Cada uno hasta la primera persona que articula la políciaca La gota de sangre.
No han de verse estos textos como un elemento aislado dentro de la obra de la autora. Participan de las grandes líneas de su pensamiento narrativo. Cabe señalar las similitudes que existen entre Bucólica y Memorias de un solterón, a pesar de la diferencia de tratamientos entre ambos textos, o la presencia de recursos tan característicos de estilo como la animalización de los personajes, frecuentemente mujeres, consecuencia de la anteriormente citada vindicación de la cuestión femenina, como en el siguiente párrafo de Bucólica.

«Me inclino a pensarlo, porque esta chica me trató con más desahogo durante mi mal, me cuidó con menos escrúpulos que mi hermana o mi propia madre. Y, sin embargo, al través de su tosquedad, parece inocente y mansa como el ternerillo que zagalea.»

Los seis textos que la editora ha seleccionado, suponen la constatación de la curiosidad literaria de una autora (a la que incluso algún crítico contempóraneo tachó de oportunista) que siempre tuvo en cuenta la cambiante sensibilidad que fluctuaba en las lindes del primer tercio del siglo XX.

miércoles, junio 20, 2007

Pasión de papel: cuentos sobre el mundo del libro, Varios Autores

Páginas de Espuma, Madrid, 2007. 283 pp. 15 €

Marta Sanz

Confieso de entrada que no me resultan simpáticos los libros sobre escritores que hablan de otros escritores. No me interesa demasiado la soledad del poeta frente a la página en blanco ni la frustración romántica ni el abandono de las musas ni los últimos coletazos de la deconstrucción aplicados al arte de narrar. La metaliteratura o la introliteratura o la endoliteratura me recuerdan a veces la definición de círculo vicioso que daba Ionesco: aquello de métase usted el dedo en el ombligo, dele vueltas y obtendrá un círculo vicioso. A menudo los libros explícitamente metaliterarios son una herramienta de mitificación de un oficio que, aunque tal vez preñada de honestidad, carece de pudor. Y una redundancia porque todo texto literario, por el mero hecho de serlo, es ya metaliteratura e implica una opción ética y estética que se inserta en el repertorio de posibilidades de eso que llaman el campo literario. Comparto con Jenaro Talens –lo he dicho cientos de veces- la idea de que abordar la literatura como tema de la literatura es una “coartada metapoética” tal vez para no tener que proyectar la vista hacia otros territorios –menos complacientes, menos complacidos- de la realidad. Sin embargo, siento debilidad por La lección del maestro de Henry James porque, al presentar la historia de un par de artistas -el uno consagrado, el otro en ascensión- me está hablando de la diferencia entre lo vivo y lo pintado y de cómo a veces lo pintado es una forma de lo vivo y lo vivo una forma de lo pintado, una impostura, una pose...
Hay libros que hablan de agrimensores, de abogados, de paleontólogos, de profesores universitarios, de mineros y albañiles –cada vez menos-, de cantantes de ópera, de forenses, de ladrones o de curas y, no por ello, son libros “gremiales” y/o endogámicos. Las profesiones son metáforas para expresar ideas generales sobre el miedo, la competitividad, la nostalgia, el cambio de valores... Eso sucede con los escritores, editores, correctores, traductores y lectores de los relatos de Pasión de papel. Son metáforas, a menudo jocosas, a través de las que, hablando del mundo del libro, éste queda trascendido. La atmósfera resultante es muy parecida a la melancolía. En algunos de estos cuentos aparecen trenes, quioscos de estación, librerías al borde de la quiebra, casi fantasmas, muertos vivientes... Imaginamos los cuentos de Javier García Sánchez o de Isidoro Blanstein rodados en blanco y negro; también el de Cristina Fernández Cubas, “En el hemisferio Sur”, donde en clave de literatura fantástica se evoca quizás esa pesadilla en la que el soñador ha de presentarse a un examen de matemáticas para el que no ha estudiado: el miedo a la repetición, la competencia con uno mismo y con los demás, la duplicación, la obsesión por la originalidad, por tener algo que decir, la muerte... son emociones y conceptos construidos en este relato sobre una escritora y su editor.
Las cuatro partes del volumen –los inventan, los fabrican, los difunden y los leen- están encabezadas por reflexiones de un escritor (Volpi), de un editor (Muchnik), de una librera (Lola Larumbe) y de un crítico (García Jambrina.) Es especialmente hermoso y revelador el recorrido que lleva a cabo Mario Muchnik: la figura del “editor ciclista” de unos tiempos no tan lejanos se ha metamofoseado (¿monstruosamente?) en la del contable: “para pasar las horas leyendo, un buen contable sale más barato que un editor (...) ¿Pruebas? Están en todas las librerías.” Hay verdades como puños que no requieren glosa. También Lola Larumbe pone el dedo en una llaga de perogrullo que a menudo olvidamos: no es nada fácil vender un libro.
Muchos de los cuentos asumen un tono de distancia irónica respecto al oficio que viene a atenuar, tal vez, aquello de la falta de pudor: así sucede con la obsesión por las repeticiones, coincidencias y rastreos del intertextual y borgiano cuento de Vila-Matas, con el de Leonardo Valencia, con el de Pere Calders, con el de Neus Aguado – económico y muy divertido-, con el de Volpi, con el de Carme Riera, con la patética tragedia del de Iván Oñate o con los resortes y encrucijadas, la combinatoria, la aleatoriedad o la imprevisibilidad lúdica que Zarraluqui descubre en el proceso de creación de un relato. Monterroso es siempre Monterroso. Monterroso, con sus fábulas, siempre da en el clavo. También Mario Benedetti quien en “Autobiografía” reflexiona cómicamente sobre la importancia de la mítica primera frase en los textos literarios: escribe varias y todas ellas son susceptibles de hurto por alguien que ande en busca de una primera frase capaz de seducir al lector y llevarle a firmar un pacto, un compromiso de fidelidad con quien escribe, que le lleve a leer una página detrás otra.
Me gustaría aludir a tres relatos que me han gustado de forma especial: uno de escritores, uno de traductores y uno de libreros. El primero es “Falta de vocación” de Antonio di Benedetto; las pequeñas piezas literarias de Don Pascual, un escritor principiante en la cincuentena, son un regalo, y la moraleja del cuento -hago notar a los detractores de las moralejas y de la literatura de tesis en general que a lo largo de la Historia de la Literatura los cuentos las han tenido casi siempre- iluminadora y real como la vida misma: el esfuerzo de escribir no es poca cosa y a veces ni siquiera compensa; no es un goce, puede amargar una vida que de pronto se llena de imaginaciones sin que las imaginaciones se nutran de la vida. El segundo cuento es “Nota al pie” del escritor asesinado en la época de la dictadura en Argentina, Rodolfo Walsh; el recurso de la nota a pie de página y el juego de las tipografías nos permiten contrastar dos discursos antagónicos: el del poder o semipoder –semiatento, irresponsable, olvidadizo, compasivo...- y el del asalariado. El asalariado es un traductor que antes era “gomero”: pese a su creencia de cambio de estatus –de la empresa de las ruedas de goma a la empresa cultural-, el asalariado siempre es asalariado y tiene motivos para la frustración y para todas las formas del resentimiento. Por último, en “Calle Maipú” de Angelina Lamelas asistimos, en un tono de casticismo bonaerense, a un homenaje cariñoso a los que no leen: Hernán, el esposo de la librera-narradora que cierra por ella su boyante carnicería para invertir en el ruinoso e incomprensible negocio de los libros. No hay que ser sectarios: no leer no es un estigma. Existe gente cariñosa y buena, incluso gente inteligente, que no lee. Quizás estamos muy enfermos y todo esto debería darnos qué pensar. Al fondo del cuento de Lamelas late la vida: la violencia, la carestía, la solidaridad, el amor... al fondo del relato de una librera hay muchas otras cosas además de libros.

martes, junio 19, 2007

Las voces del diálogo. Poesía y política en el medio siglo, Jordi Amat

Premio de Ensayo Casa de América. Península, Barcelona, 2007. 284 pp. 20 €

Juan Marqués

Jordi Amat ha escrito un libro sobre unas cuantas personas sensatas. Pero es también un libro de suspense, ya que transcurre en España a comienzos de los años 50, y aquellos no eran ni un lugar ni unos tiempos demasiado receptivos a la sensatez. Algo se fue haciendo, sin embargo, algo se intentó, algo se consiguió. «Si las cosas pasan, pasan gracias a personas» dice Amat al arrancar el segundo capítulo, y aquí se cuenta, simplificando mucho, cómo ciertos intelectuales españoles fueron llevando a cabo audaces iniciativas para devolver al idioma y a la cultura catalana la legalidad y la dignidad que naturalmente le correspondieron siempre. Rafael Santos Torroella, Dionisio Ridruejo, Joaquín Pérez Villanueva o Joaquín Ruiz-Giménez «conspiraron» con catalanes como Carles Riba, Marià Manent o J. V. Foix para organizar —casi siempre sin éxito— recitales, premios o revistas en catalán. Pequeños gestos que fueron agrietando desde dentro (a veces desde muy dentro) el grotesco y cruel sistema cultural de la dictadura. En ese sentido, y como hito fundamental y protagonista de este estudio, el congreso de poesía de Segovia en 1952, donde Riba acudió (tras muchos recelos, compromisos y malentendidos) para dar una conferencia sobre la poesía de su tierra y recitar versos en su lengua (algo que, tan dolorosamente, no podía hacer en Barcelona). «La mayoría de congresistas descubrieron en Segovia que la literatura catalana no era una manifestación provinciana ni mero folklore», afirma Amat (p. 165), y seguramente no hay exageración, ya que la parte más fanática y demencial del gobierno impuesto en 1939 (y esa era la parte mayoritaria y preponderante) se había propuesto en serio llevar a las lenguas periféricas a la extinción, y su estrategia era la del acoso, el desprestigio, la ridiculización.
A ese congreso se le presta mucha más atención que al de Salamanca del año siguiente (y muchísima más que al de Santiago de Compostela en 1954), porque fue el verdadero acontecimiento, el inicio de un intento de normalización que, por desgracia, apenas dio resultados, pero que sirvió para revelar definitivamente que las cosas, tarde o temprano, tendrían que cambiar. Tardarían demasiado, pero de aquel diálogo, de aquel sincero respeto mutuo, nació una esperanza y un ejemplo del que todavía tenemos cosas que aprender.
Las voces del diálogo es un libro estupendamente escrito, y en él se conjuga con acierto lo narrativo con lo analítico. Era de esperar, ya que el primer libro de Amat (Luis Cernuda. Fuerza de soledad, Madrid, Espasa, 2002) ha quedado como una de las mejores aportaciones al centenario del poeta sevillano. Se echa en falta, sin embargo, un índice onomástico (simplemente imprescindible en libros como éste) y una bibliografía algo más ordenada. Por desgracia (y tampoco por culpa de su autor) el libro ha salido con demasiadas erratas, pero apenas hay errores, y apenas de importancia (las memorias de César González-Ruano, por ejemplo, se titularon desde su primera edición Mi medio siglo se confiesa a medias, y no Mi medio siglo se cuenta a medias —p. 39—...).
Ahora Jordi Amat ha sido el responsable de la tan necesaria reedición de las Casi unas memorias de Ridruejo, cuya aparición, también en Península, parece inminente. Mientras esperamos, hay mucho que repasar y descubrir en Las voces del diálogo, un libro casi tan admirable como los hechos que en él se relatan.

lunes, junio 18, 2007

Cartas desde Selva, Avelino Hernández

Ed. Teresa Ordinas. Segovia, Tertulia de los martes, 2007. 238 pp. 11 €

José Manuel de la Huerga

Una extraña mezcla de plenitud y ruptura se decanta ya en el origen de esta apasionante “recolección” (como los frutos de su huerto) de las cartas que Teresa Ordinas hace de su compañero Avelino Hernández, muerto en el mejor momento de su vida y de su carrera literaria. Serán el gozo y el llanto, como le gusta recordar al autor en muchas de ellas, los sentimientos que prevalecerán en la retina del recuerdo del lector. Es ese sabor agridulce que rara vez encuentra el punto de sazón en el arte de la palabra, sólo cuando la literatura se imbrica con la vida y ambas se dan sentido y se perpetúan más allá de cualquier fecha luctuosa. Es emocionante, sin embargo, leer estas cartas en la perspectiva de la muerte, del tiempo clausurado, cuando desde las primeras fechadas en marzo de 1996 el autor habla a sus destinatarios de gozo de haber encontrado la Ítaca deseada (la isla de Mallorca), tras abandonar Madrid, opción arriesgada para una pareja entregada a la cultura y a la literatura que, en su madurez creativa, decide romper con los vínculos de lo fácil y arrojarse de cabeza, y sin red, por el acantilado azul del Mediterráneo.
Claro que cualquier obra de arte (incluido el género epistolar y todo lo que rodea desde bambalinas a cualquier proceso creativo) adquiere dimensiones digamos que trascendentes cuando es publicada de forma póstuma. Claro que corre el peligro de deformarse porque todo lo que la muerte toca se trastoca para ser magnificado, en un momento, y olvidado al siguiente. Por eso estoy seguro de que Avelino pondría en tela de juicio esta recopilación, o si no en tela de juicio, al menos la sometería a la conveniente cuarentena del tiempo, de más tiempo. Pero los textos en sí mismos, y la inteligente recopilación (son sólo unas pocas de más de seisicientas cartas que Avelino escribió en los siete años que duró su aventura mediterránea), apuntan directamente al gozo de vivir. O sea, para los que tuvimos la suerte de conocerlo, Avelino en estado puro. Así queda convenientemente vacunado el peligro del espejismo de santificar todo lo que tocó aquel que ahora recordamos.
Nada más lejos que esa actitud acomodaticia y autocomplaciente en un luchador nato, siempre ilusionado, siempre en vigilancia contra las maneras de bombo y platillo de las que huye en el Madrid invadido por las huestes de Aznar recientemente ascendido al poder omnímodo. No se cansa de repetirlo en sus cartas a amigos escritores, a compañeros en programas donde intentó (y consiguió) acercar la cultura al mundo rural y rescatar de ese mundo en vías de extinción todo aquello que nos mantiene vivos, nos dignifica y nos recuerda de dónde venimos: cómo vivir es el argumento de la obra, hay que aplicar la inteligencia a la vida, y si sobra algo, al arte. Dos lemas (tomados de Gil de Biedma y de Oscar Wilde, respectivamente) que ocupaban el escudo de armas de su casa en Selva, junto a las hélices del lläut que Teresa fotografió y se veían en los remites de sus sobres azules. Porque azul es el Mediterráneo, y la isla de Mallorca entera, y todo lo que ella contenía (incluida Teresa). (Que nadie pase por alto ese hermosa carta de amor).
Las descripciones de la isla vista desde su terraza, la buganvilla, su huerto y los bancales de la montaña cayendo hacia el mar son el decorado donde Avelino redacta sus cartas de ánimo, de ilusión a compañeros escritores, a sobrinos que empiezan a escribir, a algún estudioso de su obra, a su agente literaria, y todas ellas le sirven, lo explicita él mismo, para colocar sus ideas, para pensarse como escritor que quiere iniciar un nuevo ciclo narrativo, muy cerca de la poesía, con las tres obras de mayor calado de su producción: Los hijos de Jonás, una obra bidireccional, donde se entremezclan placer y dolor, una tragedia griega con la clave de las historias sagradas del Antiguo Testamento; La señora Lubomirska regresa a Polonia, la vecina de su pueblo, Selva, ejemplo de mujer decidida que atraviesa Europa, y de la que nos da cuenta en alguna carta muy interesante (en ella comprobamos cómo en Avelino la literatura oral tiene tanto calado como el mejor texto clásico); y Mientras cenan con nosotros los amigos, un título que define maravillosamente al mejor Avelino, hospitalario, hombre de mundo, incansable contador de cuentos y de historias, siempre en torno a los frutos de la tierra que tanto amó y de la que supo extraer su mejor zumo.
La recopilación de cartas es un regalo. Regalo para los que estuvieron cerca de él, que lo vuelven a recibir en forma de palabra pronunciada y paladeada, como a él tanto le gustaba; regalo para quienes no le conocieron pero desean leer las cartas de un hombre que no se casó con el poder, que fue libre, que dijo todo lo que pensó, que hizo lo que le gustó y que lo hizo bien. En un mundo de apariencias, de éxito rápido y fácil, aquí encontrará el lector atento el ejemplo infatigable de un escritor que puso por encima de otros intereses vivir, y vivir dignamente consigo mismo, mirando al mar, a su luz, recordando su tierra, teniendo presentes a un sinnúmero de amigos que le tendremos como “modelo” (perdón por la expresión que no le gustaría, pero es la que es) de excelente escritor que tuvo bien presente que no todo valía para llegar a la meta.

viernes, junio 15, 2007

El insurrecto, Jules Vallès

Trad. Manuel Serrat Crespo. ACVF Editorial, Madrid, 2007. 320 pp. 17 €

Miguel Baquero

Con El insurrecto, que acaba de aparecer en las librerías, se cierra la Trilogía de Jacques Vingtras, la obra de Jules Vallès cuyos dos anteriores volúmenes, El niño y El bachiller, ya reseñamos en este espacio. Se concluye así una magnífica labor, realizada por la recién creada editorial ACVF, que nos permite tener, por primera vez en castellano y en una sola editorial, esta trilogía, de enorme significación para la literatura francesa, capital para el movimiento naturalista y significativa en grado máximo como espejo de una época, el Segundo Imperio francés de Napoleón III, en que los artistas, en especial los literatos, del brazo con los obreros, comienzan a crear la base de una conciencia social y comienzan a pergeñar un discurso reivindicativo contra el burgués triunfante de la Revolución Francesa y que, tras los días de furor y guillotina, había vuelto a construir un sistema, mejorado y ampliado, de “aristocratismo” y exclusión.
A lo largo de las dos novelas anteriores de la trilogía, el joven Jacques Vingtras (trasunto de Jules Vallès) se ha ido poco a poco abriendo al mundo y a la realidad —mísera realidad— de sus semejantes, después de los días adolescentes de bohemia y soflamas románticas; esta evolución viene a culminar en El insurrecto, donde Vingtras-Valles, ya adulto, ocupa un lugar, y no ciertamente secundario, en las barricadas que se levantan en París y otros lugares de Francia en marzo de 1871. Estamos en los días de La Comuna, de la que Valles es uno de sus representantes, elegido por los sublevados. Días de banderas rojas, blusones de proletario, pañuelos al cuello, reuniones tumultuosos que concluyen en la famosa Semana Sangrienta de mayo, cuando el Ejército finalmente entra en París y aplasta a los sublevados.
«Sólo se resiste en el barrio de La Bastilla y en La Villette. Los versalleses fusilan indiscriminadamente, incluso a los heridos en las ambulancias. Una muchedumbre se venga asesinando en la calle Haxo a cincuenta rehenes (...) Decenas de miles de muertos durante la represión. Más de cuarenta mil prisioneros juzgados en consejos de guerra. Más de tres mil condenas a muerte. Más de cuatro mil condenas a destierro. Valles logra esconderse y escapar». (Tomado de la cronología al termino del volumen.)
En Londres, donde finalmente Vallès encontraría refugio, escribe su célebre trilogía, de la que este El insurrecto supone la conclusión. Escrito en sus últimos días (de hecho, Vallès nunca llegaría a ver la edición en libro), este último volumen no alcanza, justo es decirlo, el alto grado de calidad de los dos anteriores, y la abundancia de referencias a personajes políticos y culturales de la época, hoy ya olvidados, hace que la lectura de El insurrecto resulte en ocasiones bastante difícil, pese al extenso y titánico glosario con que se acompaña el libro y la extraordinaria traducción de Manuel Serrat Crespo. Sin embargo, y pese a la dificultad, El insurrecto resulta necesario como culminación de esta trilogía, una de las más brillantes de la literatura y una auténtica mano tendida, tanto por pensamiento como por estilo, de un hombre del siglo XIX hacia un lector de nuestros días.

jueves, junio 14, 2007

En el nombre de la madre, Erri de Luca

Trad. Carlos Gumpert. Siruela, Madrid, 2007. 112 pp. 11.90 €

José Morella

La trama del libro que hoy recomendamos es conocida por todos ustedes. O más que eso: está engastada en ustedes. Explica la historia de una mujer, apenas una adolescente, desde el día en que le anuncian que será la madre de Jesús, el Hijo de Dios, hasta que el niño nace en un establo polvoriento. La novedad que Erri de Luca introduce está en el punto de vista de la narración, que es el de María, aquí llamada Miriam. De Luca es laico. Es un antiguo militante revolucionario comunista, que estudiaba hebreo por las noches cuando salía de la fábrica. Parece querer decirnos, a través de su prosa cuidada y sutil, que es necesaria una nueva aproximación, laica y culta, al problema de las religiones; y nos recuerda, sin hablar en absoluto de ello, sin comentarios extrínsecos, tan solo parafraseando el texto sagrado, que la historia de Miriam y Iosef es, también, la historia de dos personas enfrentadas con la sociedad a la que pertenecen: es decir, una historia política. Miriam está, en palabras de su prometido, Iosef, «llena de gracia». Esa gracia, en la novela de De Luca, no es, a pesar de ser una característica de lo divino, algo esotérico o inexplicable: es la capacidad de los que creen en algo (en este caso, en la palabra de Dios) para no dejarse caer. El castigo por quedar encinta fuera del compromiso matrimonial es la lapidación. Morir a pedradas. Iosef debería, según la ley, haberle lanzado la primera piedra a su novia. Como no lo hace y la protege de esa muerte horrible, los miembros de la comunidad les retiran a ambos el trato. Miriam acepta la palabra de Dios desde el momento en que un extranjero (no un ángel con alitas) entra en su estancia para anunciarle el asunto. Ella, ante un extranjero que se cuela en su casa, debería haber gritado y pedido socorro, pero no lo hizo. Creyó. La pareja no se rinde a la presión que la comunidad entera ejerce sobre ellos. Creen, y su fe les sostiene. Eso es lo que significan las palabras que Iosef le dice a Miriam: estás llena de gracia, esparces la gracia a tu alrededor. La gracia es estar investido de una fuerza que aísla y que protege contra la sociedad incrédula y rencorosa, cerrada a la fe. La gracia es ese vuelo de la gaviota sin mover las alas, ese planear con elegancia en medio de la tormenta en la que podría morir. ¿Qué diferencia hay entre esa actitud y la de Mahatma Gandhi, o la de Rosa Parks cuando se negó a cederle su asiento a un blanco en un autobús de Montgomery, o la de Alexander Solzhenitsyn en el gulag? Tal vez la diferencia es tan solo de grado. Tal vez Gandhi o Parks tenían algo de esa gracia de la que Miriam estaba llena. Lo que es seguro es que ellos también creían en algo y no se dejaron caer. Así, Miriam y Iosef pueden ser vistos como un caso prematuro de desobediencia civil, mucho antes de Thoreau.
Resulta interesante pensar esta lacónica obra escrita en prosa poética después de haber sido testigos del enorme éxito editorial de los tochos de Dan Brown, en los que se utiliza también el material bíblico —entre otros— para novelar. El éxito de El código Da Vinci se basa en dos elementos: hacerle creer al lector que adquiere cultura cuando apenas se le da información, y especular acerca de la vida de Jesús de Nazaret: si tuvo o no líos de faldas, si tuvo descendencia. Es decir, crear misterios secundarios en torno a Jesús, que es el misterio mismo hecho personaje de una narración. Miriam es fecundada por la palabra de Dios que entra en ella como un viento del desierto, y Jesús nace de ese viento. ¿Qué otro misterio necesitamos? El éxito de Brown es tal vez el síntoma de que estamos perdiendo la capacidad de sorprendernos ante los verdaderos misterios de la vida, los que están ahí desde siempre y que De Luca quiere recalcar: fecundar, gestar, parir. Mientras Brown anula lo básico de la historia de Jesús para plantar allí sus chismorreos, De Luca prefiere esconderse como autor y cederle la voz a la mujer protagonista, acercándonosla, dejándonos ver su humanidad frágil pero dura, la dulzura de su determinación. La palabra fecundadora, esa palabra creadora que preña a Miriam, señala también nuestra necesidad genética de narrar y de escuchar narraciones. Sin ficciones que aludan a nuestra finitud, sin literatura, estamos muertos, somos los habitantes de un planeta helado.
También es imposible no pensar en la historia del pueblo judío. De Luca salpica el texto de frases que funcionan como dispositivos de la memoria cultural del lector. El viaje que emprende la pareja para censarse en Belén (los romanos habían organizado un censo que obligaba a los judíos a acudir a sus lugares de nacimiento para inscribirse), con Miriam encinta y sentada en un burro, recuerda de una manera inevitable las palabras de George Steiner: ser judío es «haber preparado el equipaje». Tener las maletas siempre a punto, no tener casa. Walter Benjamin en Portbou, la diáspora de los judíos sefarditas. Pero también los palestinos actuales con sus grandes llaves colgadas del cuello, las llaves de las casas que les obligó a abandonar, paradójicamente, el Estado de Israel. También, por ejemplo, aunque no sean judíos, los senegaleses que llegan en cayuco a las Islas Canarias, y sobre todo los que no llegan, los que se traga el mar. Estos ni siquiera llevan equipaje: la maleta de Steiner es la marca de la civilitas, un mínimo, frágil salvoconducto que se erige en casa portátil y pasaporte en ese país no espacial que conforman los judíos por el mundo. Pero los del cayuco, esos no existen más que como detritus, como suplemento molesto, y, si los incluimos, la lista no se terminaría nunca. De Luca, napolitano, dice de su ciudad: «e arranqué de Nápoles como quien se arranca una muela: de raíz, pero sin poder replantarla en ningún otro lugar. A esa ciudad voy, pero no regreso.»

miércoles, junio 13, 2007

El infierno, José Luis Gracia Mosteo

Premio de Novela Corta Fundación Dosmilnueve. Huerga & Fierro, Madrid, 2007. 152 pp. 14 €

Amadeo Cobas

Asegura José Luis Gracia Mosteo que los escritores, al morir, vamos de cabeza al infierno. No hay salvación posible, así que vaya cada uno haciendo su reserva. ¿Y por qué nos toca semejante condena? Por haber imitado al creador, por jugar a dar vida, por quitarla, administrando a nuestro antojo el tiempo que han de subsistir los personajes creados por nosotros mismos.
En el infierno. Allí están Lope de Vega, de tan inusitada capacidad escritora como tan salaz coleccionista de amantes; Alonso Quijano en el umbral de la muerte, haciendo balance de las aventuras de un caballero al que conoció, un tal don Quijote de la Mancha; Mallarmé y su soberbia por recrear la belleza; Sender está por causa no de sus pecados de juventud, sino por los de vejez...
Y allí está Gracia Mosteo, con más merecimiento que ninguno, por crápula, escritor sin pelos en la lengua y adulador de mujeres bonitas. Que, como él mismo diría: son todas.
Pero en este libro hay más. Porque esta obra está trufada de erudición, donde el autor muestra su paciente búsqueda (como «ratón de biblioteca» se define) en la biografía de los autores retratados, condenados a purgar sus excesos en el infierno, destacando a su vez esa capacidad suya de crítico literario avezado, de ésos que saben diferenciar las virtudes del buen literato de los trucos de un pasable narrador. No falta humor. Ese humor socarrón aragonés del que hace gala, visual e irreverente: «siempre he pensado que Dios es un fisgón pero también un plasta: a todas las horas sermoneando». Tampoco faltan vituperios hacia la parcialidad de algunos críticos que pululan por la «República de las Letras», a los que conmina a «abrir el libro y leer».
¿Por qué? Porque como él mismo dice: «Dios es el tiempo, y el reloj, su profeta». Y este reloj devora sus propias horas, las de pedir cuentas, y en la duodécima debe rendirlas el propio Mosteo, luego de ser insultado por sus compañeros de letras, que le han precedido en la caída en el infierno. Destaca un tal Borges, que se ensaña sobremanera con el autor recién caído, al que lo mismo denomina bisoño como mal escritor.
En definitiva, en El infierno, con el látigo en la mano, José Luis Gracia Mosteo fustiga los egos de muchos escritores inmortales, sacándoles los colores con ánimo en ocasiones conciliador y en ocasiones enrabietado por el desmoronamiento de la imagen que tenía del ídolo. Debería estar prohibido que llegue a nuestros oídos la vida secreta de los héroes, de cualquier clase que sean, que han jalonado nuestro crecimiento, para evitar que conozcamos sus miserias. Y se nos derrumbe el ídolo.

martes, junio 12, 2007

Lucille (vol. 1), Ludovic Debeurme

Dibujo: Ludovic Debeurne. Rotulación: JMP. Trad. Manel Domínguez. Norma, Barcelona, 2007. 544 pp. 29,50 €

Ricardo Triviño

Leer Lucille de Ludovic Debeurne resulta un extraño placer. Produce compasión, horror, alegría, esperanza, desapego, empatía, ternura, amargor. Sumerge al lector en tal cúmulo de emociones que le impide detenerse, lo impulsa a seguir buscando cuál será el futuro incierto de esos dos adolescentes tan distintos y a la vez tan parecidos.
Lucille es hija única y vive con su madre desde el divorcio. No tienen problemas económicos y su casa es grande, pero detesta su cuerpo y no come, deja que su figura se consuma, esperando ser la mariposa que abandona su pasado de gusano. Arthur es hijo de pescadores y vive con sus padres y su hermano. Carga con el peso de la familia y la responsabilidad le impide marcharse, a pesar de que su verdadero deseo sería huir lejos, muy lejos. Ambos anhelan otra vida, otros cuerpos. Dos historias que corren paralelas hasta que se cruzan en un nimio, diminuto suceso. Y luego otra vez, y otra vez, hasta su fuga.
Los dos personajes marcharán a la desesperada, sin saber a dónde, intentando deslastrar inútilmente el peso de la vida atada a sus tobillos, porque su vida son sus pies, sus manos, sus brazos, sus labios, sus oídos. Ellos arrastran su propia cárcel, y Debeurne sabe que el mayor problema de los habitantes del llamado primer mundo es la no aceptación de uno mismo, ya sea por razones psicológicas o sociales. El hormiguero del bienestar rasga su máscara mediática, espada de Damocles, para mostrar la insatisfacción de sus insectos y su extrema debilidad. Capítulo tras capítulo, se intercalan ilustraciones inquietantes de humanos con cuerpos de abeja, oruga, mosca, que miran fijamente al lector entre suplicantes y acusadores.
Partiendo de un dibujo feísta, que recuerda al de Paco Alcázar, Debeurne va modificando su estilo. De las desazonadoras imágenes de los primeros capítulos, de personajes con cabezas enormes, calaveras llenas de incesantes pensamientos y ahogos, Lucille y Arthur van estilizándose, van volviéndose bellos sin sustituir sus cuerpos, simplemente superando la deformación culturalmente inculcada, asimilándose a través del amor, frase un tanto cursi que refleja perfectamente el mejor remedio para las enfermedades del alma. Ambos se quieren y rompen las barreras que cada persona construye diariamente a su alrededor, fingidos muros de protección para una celda de aislamiento. Hablan, explican sus preocupaciones, sus miedos, y prueban a solucionarlos conjuntamente. Se desahoga el uno en el pozo del otro. Comparten la ansiedad de vivir en el mundo actual.
Debeurne evita el recuadro de las viñetas y permite que el dibujo corra libremente por la página, dándole una composición fluida que ayuda a la lectura de un tema tan denso. Al irse puliendo el estilo, volviéndose más limpio, menos recargado, se percibe cierta sensación de tranquilidad, de liberación. Los diálogos son de una sinceridad y una contundencia a prueba de piedras, sintetizando a la perfección las ideas principales. La rotulación de los mismos ha sido acertadamente hecha toda a mano, sustituyendo la uniformidad tipográfica tan extendida hoy en día en el ámbito del cómic por la tradicional escritura a mano, con sus letras, aunque imperfectas, únicas y por eso hermosas.