miércoles, julio 20, 2016

Las noches de Ugglebo, Ariadna G. García


Premio de poesía para niños El Príncipe Preguntón. Ilust. Susana Román.
Diputación de Granada, Granada, 2016. 80 pp. 10 €


Gracia Iglesias

Aunque nos hayan dicho lo contrario y estemos acostumbrados a la mecánica de las etiquetas y las clasificaciones, la poesía no es un género literario, sino una sensibilidad atenta a las divergencias que alimenta una forma especial de mirar el mundo y se acompaña de una capacidad para transmitir esas emociones tanto a quienes comparten ese modo poético de ver las cosas, como –y esto es lo más difícil de conseguir– a quienes no están acostumbrados a dejarse caer en brazos de ese instinto que, si lo pensamos bien, está en el interior de todos los seres humanos desde el momento en que nacemos pero, tristemente, se suele ir diluyendo, perdiendo o abandonando en el camino hacia la madurez. Por eso es tan importante que la poesía, no como género –insisto, es una equivocación tratarla así–, sino como concepto se convierta en alimento literario de la infancia, es decir, que forme parte de la dieta de lecturas que ofrecemos a nuestras niñas y a nuestros niños al igual que les contamos cuentos y les damos a leer novelitas y relatos. Los niños y niñas llevan la poesía en los genes: la infancia es poesía, y conviene que no pierda el contacto con ella a medida que pasan los años. Para eso están los buenos libros.
Con frecuencia, sin embargo, nos olvidamos de esta necesidad y por eso hay tan pocas editoriales que apuestan por el lenguaje poético y por la etiqueta/género “poesía”. Por fortuna, para compensar, existen premios como el Príncipe Preguntón de la Diputación de Granada que ofrecen una oportunidad de publicar a quienes la practican. La última ganadora de este galardón ha sido la ya consagrada y ampliamente laureada poeta Ariadna G. García quien, con Las noches de Ugglebo, ha puesto de manifiesto la amplitud de miras del jurado de este premio al apostar por un libro que se sale de los cánones convencionales de lo que tradicionalmente se entiende como “poesía para niños”.
Y digo que se sale de lo convencional porque, en primer lugar, Las noches de Ugglebo no es un conjunto de poemas al uso sino un relato, un cuento con inicio, nudo y desenlace en el que se narran las peripecias de un joven búho vegetariano –el dato no es caprichoso– nacido en las regiones polares y decidido a descubrir el origen de los peligros que acechan al mundo animal y que se le aparecen en terribles sueños febriles de carácter premonitorio. Se trata de un relato, sí, aunque escandido en forma de versos bien medidos que confieren al conjunto un ritmo melodioso despojado absolutamente de rima, recurso comúnmente empleado en poesía infantil por sus indiscutibles valores en el aprendizaje, pero peligroso cuando se generaliza hasta el punto de establecer una paridad “rima=poesía” que es reduccionista y nada acertada.
Las noches de Ugglebo es un texto que mece, que acuna con un manto de palabras escogidas de una sonoridad y belleza impecable, con las que la autora construye sutiles metáforas que, junto a la ya mencionada medida de los versos y la propia construcción del libro mediante la fragmentación de la historia en poemas-instantánea, lo alejan de cualquier duda que pudiera surgir sobre su condición de obra poética: porque la poesía no es un género, sino una forma de mirar y de contar el mundo.
Más allá de los aspectos formales del libro, el contenido es un firme elogio a la naturaleza, un alegato ecologista cargado de valores como el respeto al medio ambiente y la conciencia del daño que la humanidad está causando al planeta en el que convive (a duras penas) con otros animales. Todo ello en un entorno polar que es ya casi un emblema en la obra de Ariadna G. García, quien no puede esconder su amor por las tierras nórdicas, protagonistas en sí mismas –más que los propios personajes que aparecen en la obra– de su poemario también premiado La guerra de invierno (Hiperión, 2013); y no en vano el blog de la autora se llama El rompehielos.
Cabe señalar el salto cualitativo en formato y diseño que han dado los libros de El Príncipe Preguntón desde que en el año 2012 se hiciera cargo de su edición directamente el Área de Cultura de la Diputación de Granada. Hasta entonces las obras premiadas veían la luz en la colección Ajonjolí de la editorial Hiperión. El formato de los libros era más pequeño, el papel de peor calidad carecían de solapas y las ilustraciones –más escasas– no eran a color, elementos todos ellos que han sido incorporados en la nueva colección y que mejoran notablemente el aspecto final de la obra publicada. En el caso de Las noches de Ugglebo, las bellas ilustraciones de Susana Román, absolutamente acordes con el tono del relato, completan un hermoso libro que, no obstante, tendrá que enfrentarse al mundo sin el amparo (en lo que a distribución se refiere) de una editorial comercial, y habrá de vérselas con la terrible codificación por edades a la que están sujetas todas las obras de literatura infantil y juvenil, y en la que no encontrará una fácil ubicación, puesto que no es un libro dirigido a los más pequeñitos –objetivo habitual de la mayoría de publicaciones de poesía infantil–, sino orientado a un tipo de lector ya autosuficiente y casi rozando la línea de la literatura juvenil. Confío en que las fuertes alas del joven búho protagonista sean augurio, con todo, de un próspero y exitoso vuelo hasta las librerías de muchos hogares y escuelas.

lunes, julio 18, 2016

Fuimos amigos, Mills Fox Edgerton


Ediciones Irreverentes, Madrid, 2015. 138 pp. 13 €

Pedro Pujante

La literatura actúa a veces como catalizador de emociones. A más de un escritor se le ha escuchado aquello de que no buscaba hacer pensar sino describir un paisaje emocional. A través de un texto se consigue explosionar un cúmulo de recuerdos, que al final, no son imágenes racionales de lo que hemos vivido, sino de lo que hemos sentido. La memoria es sentimental, es esa magdalena degustada por la emoción que nos convierte en viajeros mentales del tiempo.
Estas reflexiones me ha sugerido la novela Fuimos amigos de Mills Fox Edgerton (EEUU, 1931), políglota e hispanista, con una abundante obra en castellano. Esta historia, que parece haber sido escrita por un español hijo de la dictadura, combina dos espacios y los superpone para construir una ficción seductora e íntima. Por un lado, el dibujo preciso y acertado de la España de posguerra; por el otro, la geografía sentimental de un hombre que vivió este tiempo gris pero luminoso.
Como si hablase en voz baja, el narrador de Fuimos amigos desgrana historias y anécdotas en primera persona, sobre su propia realidad pero que convocan los fantasmas de un período de nuestra España: el franquismo, la censura, la penuria. Pero, no nos equivoquemos, este no es un libro político, o al menos, no es solo un libro en el que la política está presente. Esta pequeña historia es una sincera interrogación sobre la amistad, sobre el amor, sobre los borrosos límites de ambos sentimientos, sobre la propia tarea de VIVIR.
Novela-monólogo, de carácter testimonial, Fuimos amigos nos hace transitar el pasado, y nos devuelve estampas vívidas de nuestro país, pero siempre filtradas por la mirada tierna de un niño, de un joven, de un hombre de carne y hueso. De su curiosidad, de sus deseos de aprender de la vida, de la experiencia. Sus viajes a París, a Argentina, a otras ciudades de España. La cultura como puerta de libertad individual en una sociedad cerrada y, hasta cierto punto, angustiosa pero que consigue transformar el lodo de los años en arcilla existencial.
Quizá el mayor acierto de este libro esté en contar una historia leve, sin estridencias, pero con un gran peso emocional. Una historia –contada sin patetismo ni efectos especiales- sobre un tiempo duro y oscuro, pero iluminado por la mirada inocente de un narrador en busca de la belleza.
Un viaje por la memoria que te hará reflexionar.

viernes, julio 15, 2016

Marienbad eléctrico, Enrique Vila-Matas


Seix-Barral, Barcelona, 2016. 128 pp. 16,50 €

Pedro M. Domene

Enrique Vila-Matas convierte cada uno de sus proyectos narrativos en un experimento de autenticidad absoluta, y entonces explora las múltiples posibilidades que ofrece contar historias, y aun afianza ese propósito cuando convierte sus textos en auténtica literatura y se vislumbra así una mayor visión de su obra que se confunde con esos muchos autores que durante décadas han conformado una praxis literaria propia, y leyéndolo no resulta nada raro encontrar la huella de Samuel Beckett, Roberto Bolaño, Marcel Duchamp o Arthur Rimbaud que, en esta nueva entrega, Marienbad eléctrico (2016), rastreamos página a página, y que, como él, fueron autores que generaron formas distintas de un mismo discurso.
En un texto como Marienbad eléctrico, la literatura se convierte en el elemento central, puesto que, entre otras, ofrece perspectivas móviles, y nos invoca para disfrutar de citas y apropiaciones textuales que derivan a un formato válido y tan ensayístico como narrativo, y/o en el mejor los casos a una suerte de diario-progresivo que se ha venido ejecutando durante años, y en lugares distintos, aunque el café Bonaparte de París se convierte en el escenario donde ese intercambio de ideas, sin ninguna inhibición, conforma y afianza la amistad entre la artista de vanguardia francesa Dominique Gonzalez-Foerster fascinada por las realidades paralelas y las conexiones invisibles, sensible por las distancias relativas en el arte o el mundo de la imaginación, y celebrada porque experimenta con procesos distintos que abarcan disciplinas muy originales: diseño e instalación, escritura y fotografía, o proyecciones de video, siempre con una indagación constante del espacio y el tiempo para convertir su arte en materia literaria; y el escritor español, Enrique Vila-Matas, el autor de numerosos paradigmas en torno a esa nueva forma de “escribir novelas” que proyecta su obra a una dimensión tan plástica como universal, maestro de la autoficción, la metaliteratura, y dueño de un especial sentido del humor y de la ironía que caracteriza y se extiende por el conjunto de su obra, y aun añade numerosas reflexiones sobre el arte y esos lugares de una geografía reconocida como los que ensaya en sus textos. Y, en esta ocasión, el título, sin que eso signifique una obligada deuda, alude a la extraña fascinación del narrador por la película El año pasado en Marienbad, que dirigió Alain Resnais en 1961, con un no menos extraño e incompresible guión de Robbe-Grillet; pero, sin duda, es el recuerdo de la curiosa visión que tuvo el narrador durante los días que pasó en dicha ciudad.
Un libro como Marienbad eléctrico pone de manifiesto la extraña energía creativa que el paso de los años ha generado, tanto en Dominique como en Enrique, su incansable intercambio de ideas, y convierte el texto en un suerte de diario entre el narrador EVM y su interlocutora DGF cuyos comentarios sobre arte y existencia postulan a ambos en esa suerte de equívoco preconcebido sobre la vanguardia y los paradigmas que rodean al concepto universal de la creación artística. Y, por añadidura, muestra el delicado testimonio de esa perfecta relación de admiración, el recuento de una amistad que acoge tanto la incertidumbre como el desencuentro, incluso la objeción como ingredientes indispensables en sus respectivas obras.

miércoles, julio 13, 2016

Pimp. Memorias de un chulo, Iceberg Slim


Trad. Enrique Maldonado Roldán. Introd. Irvine Welsh
Capitán Swing, Madrid, 2016. 360 pp. 20 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Es curioso cómo estamos rodeados de elementos de una cultura tan ajena a nuestra experiencia de europeos de clase media como la del rap y el hip hop, con su exaltación de raza y su afirmación individualista particularmente masculina, que viene acompañada por una impúdica exhibición de símbolos de riqueza y una apropiación de la mujer como un adorno imprescindible del hombre hecho a sí mismo, o como la del género cinematográfico setentero del Blaxploitation, con sus detectives negros de pelo afro incontrolado moviéndose a ritmo de funk durante sus persecuciones automovilísticas por los bajos fondos de la ciudad. Es curioso, insisto, cómo a fuerza de toparse diariamente con ella en cualquiera de sus manifestaciones en cualquiera de los medios de comunicación que saturan nuestro cerebro llega a asumirse como propia, y sin embargo no llegamos ni a plantearnos cuál pudo ser el germen de esta corriente que hoy día nos avasalla. Pues bien, el origen parece encontrarse en estas memorias noveladas de Iceberg Slim (nom de guerre de Robert Lee Maupin), como nos revela en un documentado, apasionado y luminoso prólogo el autor de Trainspotting Irvine Welsh, que vincula con la evolución de la cultura afromericana posterior y con su propio universo de chaval inglés de clase obrera que creció en la infausta época tatcheriana. Y es que muchos se reconocieron, cuando no se inspiraron, en este muchacho que sufrió una vida dura en los suburbios, sumergido en un gueto propenso a la criminalidad propiciada por su ambiente de exclusión. Aunque también hay que decir que la mayoría prefiere ignorar el sentido último de lo que escribió, su historia de redencíón, y quedarse en la pura anécdota.
La narración se sumerge completamente en la psicología del personaje, como no puede ser de otra forma, en su jerga lumpen (afortunadamente hay un amplio vocabulario al final del libro que impide que se pierda el sentido de lo que se lee), y no ahorra en detalles escabrosos de todo tipo: una sexualidad desaforada desde la más tierna infancia, una madre que debe mantenerse a sí misma y a su hijo con trabajos a salto de mata a consecuencia de la nociva relación con un caradura de baja estofa, la miseria y el engaño que les rodea sin remedio. De todo esto les salvará un hombre que Slim considerará toda su vida como el elemento que pudo representar su salvación del marasmo que vendría después, un hombre generoso y cariñoso al que su madre acabó abandonando, contaminada irremediablemente por el veneno de la delincuencia, de lo que se arrepentiría demasiado tarde. A partir de entonces, la caída en el abismo será irresistible, llevándole hasta la cárcel, donde en lugar de reinsertarse en la sociedad, a consecuencia del pésimo sistema penitenciario americano se verá atraído a la profesión que marcaría su existencia a partir de entonces: el de proxeneta, con su cohorte de putas, del que nos aleccionará sin pelos en la lengua, como si de un manual de malas maneras y supervivencia a todo tren se tratase. Un manual para convertirse en el único héroe al que muchos afroamericanos creían poder acceder, dado el muro cultural invisible que los separaba del american way of life, en parte impuesto por el gobierno, en parte fomentado por un malentendido orgullo de raza que personificaron Malcolm X y los Panteras negras. Y de ahí a la actualidad.
Podríamos decir que lo que cuenta Pimp. Memorias de un chulo es una novela picaresca, de no ser porque se trata de un relato autobiográfico sin más moraleja que la que confiesa tímidamente en un mínimo texto previo el propio Slim, a la manera de aquellas novelas barrocas que declaraban su intención moralizadora a la vez que eran dedicadas a algún mecenas. Por lo demás, es un relato crudo, sucio, pero necesario, sobre un aspecto marginal de la cultura americana (y de la nuestra, gracias a la globalización), demasiado estilizado en ocasiones, que se convertiría en excusa y acicate para que la segregación fuese desapareciendo progresivamente, si es que los últimos sucesos policiales estadounidenses no nos hacen dudar sobre el verdadero estado de la situación en el país de las libertades por antonomasia.

lunes, julio 11, 2016

Como si fuera esta noche la última vez, Antonio Ansón


Los libros del lince, Barcelona, 2016. 216 pp. 18 €

Fermín Herrero

Como en la otra narración suya que conozco, de dylaniano título, Llamando a las puertas del cielo, que en su día me deslumbró, el zaragozano Antonio Ansón ha vuelto a arriesgar, aunque en un sentido muy distinto. Esta vez se ha propuesto, creo, y lo ha conseguido con creces, componer una novela que retrate fielmente la normalidad de nuestra generación, que ya va siendo talludita y se asoma, por tanto, al deterioro y al acabamiento, que ya sabe que, como todas, pese a sus fastos de juventud, es mortal e insignificante. No hay, pues, en Como si fuera esta noche la última vez –ahora ha acudido Ansón para el título a un bolero, en consonancia con uno de los hilos argumentales secundarios, de índole sentimental, y, en su polisemia, con el asunto principal de la trama- ningún aspaviento almodovariano ni subrayados nostálgicos a lo Trueba, ni siquiera un prurito de exhibición estilística.
Nada de eso, la novela se limita a mostrar, a través de las impresiones mensuales apuntadas en cuadernos escolares -tal y como hacía a escondidas su madre, aunque ella pergeñara breves poemas rimados-, a modo de diario, de Julia, la protagonista, durante casi un año, de julio a mayo, la vida común, por lo menudo, de cualquier persona de la clase media de entre siglos: matrimonio con dos vástagos, residencia en una urbanización, vacaciones divididas entre la playa y la montaña… El valor de la novela reside en cómo el autor eleva esa vida anodina, cómo es capaz, además a través fundamentalmente de una voz femenina, de encontrar el tono y el habla adecuados, sin que en ningún momento chirríe la prosa. Para ello se apoya en cierto perspectivismo, gracias a la alternancia de la voz diarística principal con apuntamientos a posteriori del hijo pequeño y aun de la hermana moderna, estupenda, cuyo snobismo muy de estos días se refleja mediante la transcripción de conversaciones sobre todo telefónicas.
Los cambios de punto de vista sirven para demostrar, por otra parte, el dominio de los diversos niveles del lenguaje, siempre coloquial, ya que, como hemos dicho, se evita cualquier atisbo de exceso léxico: en otro orden de cosas, pero hacia la misma sustancia, una de las mujeres lo razona: «el mejor maquillaje es el que no se nota». Pese a la gravedad de las líneas temáticas cabe mencionar el uso de la ironía, casi siempre piadosa, así cuando la hermana guay le explica a la protagonista que a su hijo, más bien torpe, «le encanta copiar frases en el cuaderno, me da que terminará de escritor, o periodista, porque es tonto y escribe bien».
También es apreciable el aliento lírico que subyace durante todo el desarrollo argumental, ya desde la obertura, toda vez que la constatación de lo eterno del mar frente a la eventualidad del veraneo a través del primer apunte del diario de Julia («nosotros tendremos que irnos y él se quedará»), con su runrún indiferente frente a lo efímero de nuestro paso por el mundo, remite a El viaje definitivo juanramoniano: «…y yo me iré y se quedarán los pájaros cantando». Este lirismo se manifiesta por ejemplo en las descripciones, tan escuetas como reveladoras, del pueblo de veraneo, aun siendo el del padre. No en vano, por cierto, es el mismo espacio entre imaginario y simbólico en que transcurría la otra novela que citábamos al comienzo. No es menos destacable el detallismo doméstico y sentimental, incluso terapéutico. Con mucha habilidad y precisión, por caso, se destapan las grietas decisivas cuando las relaciones íntimas o conyugales empiezan a erosionarse y se adivina el desastre. Un desastre que puede producirse cuando, al tiempo, la protagonista, profesora de instituto, se nota un bultito amenazante en el pecho –su madre murió de cáncer de mama- y recibe la llamada totalmente imprevista de su primer amor, el limpio, el verdadero, de los tiempos de la facultad, al que hacía definitivamente por Estados Unidos. Entonces es consciente de que la rutina matrimonial y el desgaste conjunto de un marido al que le falta un hervor y de la descendencia ingobernable ha mellado por completo su persona y va a tener que enfrentarse a sí misma, para hundirse o tal vez redimirse.
Ese es el espejo al que nos enfrenta Ansón para, vuelvo al principio, encararnos con nuestra insignificancia. Porque, aunque se recuerde el valor absoluto de cada vida, de toda vida («soy importante, sin embargo»), llega un momento en que empezamos a caer, no sabemos a veces ni por dónde, con el desconcierto propio de quien sabe que su existencia puede volverse definitivamente fantasmal ante la derrota segura frente a la muerte. Nadie sabe tampoco cómo afrontará ese momento crítico ni cuándo dejaremos de saber vivir. Esta novela cruda y seca aventura algunos caminos, no por usuales menos perturbadores.

viernes, julio 08, 2016

El burdel de Lord Byron, Luis Antonio de Villena


Stella Maris, Barcelona, 2016. 197 pp. 17 €

Bruno Marcos

Una de las líneas que se ha propuesto desarrollar la nueva editorial Stella Maris es la de rescatar libros que fueron significativos en un pasado reciente. Lo ha hecho hace poco con Historias del Kronen (Finalista del Premio Nadal en 1994) de José Ángel Mañas. Con ello, lejos de sacar simplemente rédito a la nostalgia o a lo ya contrastado, lo que aparece es una buena oportunidad para la relectura crítica y para que los jóvenes conozcan, por primera vez, y juzguen obras que hace poco tuvieron relevancia. Sin duda esto ha de propiciar que reflexionemos sobre la caducidad o la permanencia de la literatura que se produjo en las dos últimas décadas con cierta perspectiva, detectando aciertos y errores.
En cuanto al libro que nos ocupa se trata de la reedición de El burdel de Lord Byron (Premio Azorín en 1998) de Luis Antonio de Villena, que contiene la biografía novelada del poeta y aristócrata británico Lord Byron. El texto se presenta como el relato que una anciana prostituta hace sobre su relación con Byron en forma de conversaciones con un agente de Scotland Yard, incorporando cartas manuscritas del propio Byron.
Temáticamente la historia está al servicio del mundo de Villena, el deseo sin ataduras sentimentales y la búsqueda de la belleza y la intensidad en lo pasajero, siempre en contra de la mayoría. El dandismo de Byron para Villena está presente en un distanciamiento radical de lo convencional y en un esteticismo que prefiere incluso lo ornamental a lo sórdido de la realidad. A lo largo del libro se van sucediendo los episodios sexuales de la vida del protagonista salpicados de ciertas reflexiones de tono pesimista que demuestran una patente insatisfacción.
Villena nos trae un Byron que vive entre picos de euforia y desesperación. Dandy vestido de raso negro y con zapatos de charol rojo que vive en casas llenas de jaulas, con monos, loros, panteras o jirafas en el jardín. Aristócrata barroco de estómago dispéptico que sólo tolera beber agua y comer bizcochos secos. Promiscuo, bisexual, incestuoso, mal padre, peor marido, despilfarrador, envidiado, deseado, imitado. Poeta de demonios bellos que vivió en un mundo en el que todavía se daba crédito bancario a las apariencias y en el que el Lord no cobraba sus derechos de autor porque «un señor no vive de su ocio».
A ratos resultan poco creíbles el lenguaje y las reflexiones de la narradora, una mujer anciana, antigua prostituta, que habla y piensa con el mismo estilo que Byron o Villena. Quien encuentre todo este mundo reflejado en la novela como artificial, alejado de la realidad y del presente hallará la novela inaguantable y empalagosa y la abandonará sin darse tiempo a ver que, precisamente, ese mundo está conscientemente construido a favor de lo artificial, contra el presente y contra la realidad.
Lo mejor, sin duda, de este libro es el dominio que el autor posee de la palabra y los conocimientos culturales que le interesan, con ambos planta los cimientos precisos que sirven para levantar el edificio de la disidencia esteticista y hedonista. Un lugar que, pareciendo superficial, se asienta sobre verdaderos abismos nihilistas: «El mundo es un redil de imbéciles, —afirma en un momento dado el protagonista— un cuento contado por un loco, lleno de ruido y furia y que no significa nada».
Villena escribe esta novela como Polidori, el médico y amigo de Byron, dice que vivía, pegado al Lord, porque con él estaba lo más cerca que se podía de la vida.

miércoles, julio 06, 2016

Un monstruo viene a verme, Patrick Ness


Trad. Carlos Jiménez Arribas
Nube de Tinta, Barcelona, 2016. 208 pp. 14,95 €

Santiago Pajares

He de reconocer que leí el libro tras ver el trailer de la que será la tercera película de J. A. Bayona, director al que sigo después de sus películas El orfanato y especialmente Lo imposible. Vi el trailer, basado en una novela juvenil, y me pareció que la historia tenía mucha fuerza, así que me lancé a leer la novela, preguntándome qué le habría podido fascinar al cineasta para convertirla en su nueva película. Una vez terminada la lectura, lo comprendí todo. Es una historia para jóvenes que no me atrevo a enseñar a mis sobrinos adolescentes.
Conor es un niño asustado. Mucho. Y es que su situación personal está lejos de ser idónea. Su padre se mudó a otro continente tras el divorcio, la relación con su estricta abuela es más que gélida y su madre sufre una enfermedad terminal. Y por si esto fuera poco, sufre terribles pesadillas, tanto que se levanta en completo estado de shock. Su situación es tan mala, que el monstruo que le visita todas las noches a la misma hora ya no le da miedo, sino que le ayuda a no sentirse tan solo. Combatiendo el fuego con fuego, el tejo del prado cercano a la casa, ahora reconvertido en milenaria criatura de la noche, tratará de buscar la forma de que Conor pueda enfrentarse a su realidad. Y su manera es a través de las historias que le contará. Pero estas historias resultan ser criaturas salvajes, que se sueltan sin saber qué desastres pueden causar.
Bayona nos cuenta en el prólogo que crecer da miedo, casi tanto como cuando abusan de Conor en el colegio, casi tanto como cuando el protagonista, para tratar de huir, se transforma en acosador. Un monstruo viene a verme es una novela con muchas capas, con un protagonista a medio camino entre la infancia y la madurez al que nadie parece saber indicarle cuando comportarse como un niño y cuando como un adulto. Bueno, quizá alguien sí, un tejo milenario convertido en monstruo. Un monstruo tan horrible que quizá pueda ahuyentar el resto de sus pesadillas.
Hay una gran intrahistoria sobre este libro. La autora de la idea original, Siobhan Dowd, había escrito cuatro novelas juveniles, pero falleció por un cáncer de mama con 47 años, cuando sólo tenía esbozada la idea de esta novela. Patrick Ness fue el encargado de recoger la antorcha y convertirla en una novela, no dejando que la idea se apolillase en un cajón. Con mucho miedo de maltratar el legado de la autora, pero con el propósito de hacerla suya, se lanzó a escribir. Y este es el resultado. Cabe añadir que la autora murió de la misma enfermedad que sufre la madre de Conor, el protagonista. A ella dedica Patrick Ness la novela.
La película de J. A. Bayona se estrena el 7 de Octubre. El libro ya lo tienes en las librerías. Pero ya sabes lo que se dicen de las películas basadas en los libros; yo de ti, no me la jugaría y vería los dos.
Aquí dejo el trailer, o quizá podríamos llamarlo booktrailer. En manos de Bayona, un lujo, sin duda.


lunes, julio 04, 2016

Cambio de rasante, Víctor Lorenzo Cinca


Editorial Enkuadres, Alcira, 2015. 112 pp. 12 €

Miguel Baquero

A finales de los 90, el Círculo Cultural Faroni, una asociación literaria formada por Luis García y Nacho Fernández inspirados por la famosa novela de Luis Landero, y que tuvo su principal vehículo en la revista, todavía existente, Literaturas.com, convocó su primer premio de hiperbreves, microcuentos o narraciones mínimas —el termino no estaba todavía bien definido—, relatos, en resumen, que tuvieran un máximo de quince líneas. De hecho, con ese título, Quince líneas, se acabaría publicando por la editorial Tusquets un libro donde se recopilaban los ganadores y finalistas de las distintas ediciones del concurso, pronto célebre entre los escritores que empezaban. Ignoro, en verdad, si antes de este certamen del Circulo Faroni hubo otros antecedentes centrados en el tipo de mininarraciones; sé que la convocatoria de este concurso coincidió con el surgimiento y auge de estas narraciones hiperbreves. Poco después, la editorial Páginas de Espuma publicó el volumen conjunto Por favor, sea breve, donde destacó la que está considerada, hoy por hoy, como una de las popes del género, Ana María Shua; años en que se difundió y se convirtió en mítico el famoso cuento de Augusto Monterroso, ese de: «Cuando se despertó, el dinosaurio…»; un cuento que, lo cierto es, tantas veces ha sido invocado, versionado, tergiversado, reescrito que ha llegado a causarme un hastío mayúsculo, y creo ser el único lector sobre la Tierra incapaz de llegar hasta el final sin cerrar antes el libro, aburrido. Pero esto es solo una opinión particular.
Contaba que empezaron a surgir libros recopilatorios, autores señalados, incluso se crearon programas-concurso de radio de bastante fama en torno a estas narraciones de sólo unas líneas, y hace unos pocos años surgió la Internacional Microcuentista, asociación-revista-grupo de escritores aficionados a y practicantes del microrrelato que acabó dando su fruto en Deantología: la logia del microrrelato, en la editorial Talentura, un volumen coordinado por Rosana Alonso y Manu Espada, otros dos nombres ya célebres del género, donde se daba cabida a casi setenta autores destacados.
Uno de estos autores, y cofundador de la dicha Internacional, era Víctor Lorenzo Cinca (Balaguer, 1980), quien ahora publica su primer libro en solitario de microrrelatos. Se trata de setenta y cinco, 75, cuentos mínimos, en ocasiones de solo un par de líneas, a veces de poco más de una página, donde se puede encontrar todo tipo de relatos. Algunos, pocos por fortuna, fronteros con esa tierra de nadie que para algunos es el chiste, la mayoría de una inteligencia, un estilo, una profundidad y, cómo no, una lirica que lo hace muy recomendable para el lector que guste de este género o quiera descubrirlo.
Lírica estremecedora como en el caso del cuento titulado “Constelaciones”, del que traigo un fragmento:

«…Cuando vi el lápiz de ojos tirado en el suelo, al pie de la cama, no pude resistirme. Lo recogí y fui uniendo con una línea, una a una, todas las pecas de su cuerpo. Trazos rectos y curvos enlazaban los minúsculos lunares […]. Poco a poco se fue formando un esbozo, impreciso, esquemático; luego pasó a ser algo más concreto…».

«…Aferra el arma antes de situarse de nuevo delante del espejo. Dos pistolas apuntándose a la sien. Un disparo. Un cuerpo que cae. Otro que huye».

Entre el cuento anterior, “Constelaciones”, y este, “Abandonado”, cuyo final he transcrito (pero ya entenderá el lector que resultaría el colmo de lo grotesco hablar de “spoilers” en un microrrelato) ha transcurrido tan sólo una página, lo que dará prueba al lector de esta reseña de la calidad del libro y su alto nivel continuado de exigencia por parte del autor.
Entre los cuentos del libro predominan, y es muy propio del género de la minificción, los relatos podría decirse “del mundo al revés”, así como los que se retrocede en el tiempo o esos otros en que el personaje, de pronto, o sus circunstancias, se resultan ajenos a sí mismos. Se explotan de extraordinario manera estos extrañamientos y el lenguaje, igualmente, es objeto de numerosos juegos de palabras, como si el autor estuviera jugando con la realidad al completo, sin encerrarse en ninguna convención literaria.
De destacar algún relato en particular, señalaría uno sublime como “Nadie”; y de nuevo volviendo a lo personal, me ha resultado esclarecedor (y desolador también) un cuento como “Teatro”, porque yo hace muchos años escribí un relato, en el volumen Figuras de alambre, con igual escenario, casi idéntico protagonista, el mismo desenlace… Todo igual, tan igual que resulta asombroso. La única diferencia es que lo que yo hice en treinta páginas, Lorenzo lo ha hecho en treinta líneas, lo que (mucho me temo) parece señalar a una regla: a menor volumen, mayor talento.

viernes, julio 01, 2016

Una niña está perdida en el siglo XX, Gonçalo M. Tavares


Trad. Rosa Martínez-Alfaro
Seix Barral, Barcelona, 2016. 240 pp. 19 €

José Miguel López-Astilleros

A Gonzalo M. Tavares le gusta escribir literalmente, no pensando en ningún simbolismo, ha declarado en alguna ocasión. Esta es la duda que se plantea el lector nada más asomarse a sus libros, y a este en particular desde la primera página, nada más aparecer los dos personajes principales. Duda que se acentúa conforme la lectura avanza, porque los enigmas van creciendo y la sensación de que si no implementamos dicha lectura con otra u otras interpretaciones nos estamos perdiendo algo.
Marius en su huida encuentra a Hanna, una niña con trisomía 21 –síndrome de Down–, quien lleva una caja con unas cartulinas que parecen un curso elemental de comportamiento humano para discapacitados intelectuales, a pesar de ello siente que también eran para él. Hanna está buscando a su padre, tarea a la que le ayudará Marius. La búsqueda los llevará a Berlín, donde se alojarán en un hotel cuyas habitaciones en lugar de números tienen el nombre de los campos de exterminio nazis de toda Europa –a ellos les toca Auschwitz–. En su camino, tanto dentro como fuera del hotel, ambos se van a encontrar con personajes muy particulares: Berman, un fotógrafo de animales y de personas discapacitadas; Fried Stamm, cuya familia se dedica a colocar grandes carteles para avisar a la gente; Vitrius, un anticuario que vive solo en la última planta de una edificio abandonado; Raffaela y Moebius, el matrimonio judío que regenta el hotel sin nombre; el viejo Terezin que ocupa la habitación del mismo nombre; Agam Josh, un artista con una rara destreza; y Grube, un historiador amigo de Marius, que tiene una teoría muy personal sobre los «centros de gravedad de la Historia». Todos ellos poseen unas historias muy particulares y unas habilidades que el lector jamás imaginaría. Lo mejor es tomarlas en su sentido literal, para que sea su misma extrañeza de por sí la que nos seduzca y nos lleve al sentido poético de un modo intuitivo, para que a su vez sea esta intuición a partir de la cual cada uno intelectualice o no el contenido para llegar al sentido metafórico, simbólico o alegórico, porque si comenzamos por intelectualizar la lectura desde el principio, la enorme fuerza poética del texto corre el riesgo de disgregarse en la racionalidad, con lo que el disfrute probablemente sería menor debido al constante esfuerzo que supondría la exégesis –recordemos que cuando García Márquez leyó por primera vez La metamorfosis de Kafka interpretó la obra en sentido literal–. Aparte de estos personajes secundarios hay otros que forman parte de sus historias, con frecuencia silentes.
La novela está dividida en XV capítulos, fragmentados cada uno en varias partes, salvo el XI. Este fragmentarismo es muy del gusto del autor. La lógica narrativa entre capítulos apenas se mantiene por el hilo conductor de la búsqueda del padre de Hanna, además de los viajes en tren que atraviesan el libro, más que por los sucesos y el tiempo narrativo de cada capítulo, puesto que los personajes van de un lugar a otro de un modo desordenado en muchas ocasiones, incluso excesivamente lejos de donde se supone que están en ese preciso instante. En cambio, dentro de cada capítulo, entre sus partes, si hay una mayor unidad y coherencia interna, aunque a menudo queda rota por las historias marginales intercaladas, recuerdos, sueños o el cuento infantil que Marius le cuenta a Hanna, por ejemplo. Se crean así unos espacios y unos tiempos alucinados cargados de misterio y significados. Por eso quizás se pueda concluir que el argumento central no sea lo más importante, sino la cantidad de sugerencias que nos proporcionan las historias e invenciones que se nos relatan.
A lo anterior habría que sumar una alta dosis de ambigüedad en la percepción de la realidad narrativa, al modo de los relatos fantásticos, lo que nos lleva a replantearnos constantemente las conclusiones que vamos tejiendo respecto a lo que vamos leyendo. A ello coadyuva la constante diferencia palpable entre apariencia y realidad oculta, así por ejemplo el hotel en el que recalan los dos protagonistas es la reproducción de la imposible figura geométrica que forman las líneas imaginarias que unen los campos de concentración nazis, aludiendo a otra realidad a través de una alegoría, o la presencia de la sala de ventas del anticuario y una trastienda que nos ofrece otra realidad distinta, o lo que el trabajo del artista Agam muestra según se mire a simple vista o al microscopio, o los dos tiempos que contiene un reloj con las manecillas rotas, el del mecanismo interno en movimiento aún y el de la esfera vacía. Todo esto podría ser extensible a todos los personajes nombrados, sin embargo nada hay aquí que haga referencia al análisis psicológico de ninguno de ellos, no es este el propósito, sino motivar reflexiones, preguntas, dudas que surgen cuando levantamos la vista del texto y pensamos en lo que acabamos de leer, que es en lo que consiste verdaderamente el acto de leer, según ha contado Tavares en alguna entrevista, sin olvidar el placer por lo puramente literario como consecuencia más importante.
Hay veces en las que el tiempo parecer ser el creador de los espacios o al contrario, lo cual nos lleva a pensar en las numerosas cuestiones metafísicas con las que nos vamos a topar, por eso en una segunda lectura los sentidos y significados de Una niña está perdida en el siglo XX se multiplican, dependiendo del grado de ingenuidad a la que cada uno quiera renunciar. Pero volviendo al tiempo, podemos atisbar un tiempo histórico, aunque como dice el mismo autor en Biblioteca (Xordica, 2004), en el apartado dedicado al historiador Jean Duché, «La Historia es una rama de la literatura. Es decir, la buena Historia. En cuanto a la otra: es apenas una mentira convencida.» También distingue lo que podíamos llamar un tiempo dilatado, aquel en cuya brevedad se concentra con intensidad el propósito de toda una vida, como la centésima de segundo que hace ganador o perdedor a un corredor. Pero también un tiempo cósmico imperturbable, y cómo no un tiempo vivencial, medida del devenir interno de los seres humanos. Respecto a los espacios cabría señalar que los únicos espacios reconocibles por su nombre son la ciudad de Berlín y la mención de los campos de exterminio, en cambio los cafés, las calles, los edificios, el archivo de Terezin están trazados como espacios mentales en muchos casos, que intuimos muy cercanos a la escenografía del expresionismo cinematográfico, así por ejemplo la escalera sin pasamanos por la que Marcus sube a los dominios de Vitrius.
La pervivencia de la memoria individual y colectiva, la historia tras la industrialización del crimen por los nazis, la verdad, la mentira, el miedo, el sentido de la vida, el destino, la identidad, la importancia de las palabras, estos y algunos más son los innumerables temas de los que trata este extraordinario libro. Para lo cual se vale de un lenguaje que tiende a la sencillez, a la economía en la adjetivación, tanto que tras escribir cada obra, Gonçalo M. la deja uno o varios años en reposo para volver después sobre ella y aligerarla al máximo de aquello que no es esencial, si fuera necesario. Tampoco se puede olvidar como característica sobresaliente la pericia con que utiliza la ironía.
Las novelas de Gonçalo M. Tavares son siempre distintas unas a otras, así por ejemplo de la memorable y fascinante Un viaje a la India (Seix Barral, 2014) a esta que nos ocupa hay formalmente un salto colosal, comenzando porque aquella estaba escrita en verso, ¿cabe mayor osadía? Y si nos remontamos a las anteriores ocurre lo mismo –publicadas por Mondadori, la última en 2012–. Sin contar los libros perteneciente a otros géneros como Barrio (Seix Barral, 2015) o los publicados por Xordica. Cada uno representa una manera distinta de acercarse al inescrutable ser humano, por eso se le tiene como uno de los escritores más originales de nuestro tiempo. Una niña está perdida en el siglo XX nos aporta una manera de ver el mundo, de pensar el mundo desde la ficción y desde una propuesta estética extremadamente original. Una revelación para quienes busquen en la literatura de ficción algo más que entretenimiento.

miércoles, junio 29, 2016

La zanja, Nuria Ruiz de Viñaspre.


XII Premio de Poesía César Simón
Editorial Denes, Valencia, 2016. 74 pp. 10,50 €

Ariadna G. García

Cuando una escritora o un escritor se sientan a escribir tienen ante ellos, de entrada, varias opciones estéticas. En algunas ocasiones reproducirán miméticamente el mundo, y en otras defenderán la autonomía del texto, la suspensión de su función representativa. Habrá quien siga los esquemas métricos de moda en las últimas décadas (sobresale la silva de verso blanco), y quien ejecute una melodía musical propia, independiente y original. A veces los autores emplean en sus versos un lenguaje normativo, sencillo, claro, cercano a la lengua estándar («Escribo como escupo» declaraba Blas de Otero), o al revés, tienden al hermetismo, a la expresión oscura. Estas son algunas de las variables sobre las que los poetas meditan antes de enfrentarse al texto. Ninguna es mejor que otra. Todo depende de la valía del autor. Todas son necesarias. Los humanos somos seres complejos, poliédricos, buscamos distintas respuestas a lo largo de la vida, nos hacemos multitud de preguntas que varían a lo largo del tiempo. Nuestra sed es insaciable. No nos vale un esquema. Desbordamos las pautas. Decía José Martí que cada libro tiene un rostro, un lenguaje; y de la misma forma, nuestras carencias tienen diferentes fisionomías, por eso vamos a la zaga de libros que nos reflejen en nuestra multidimensionalidad. Las opciones estéticas por las que se decanta Nuria Ruiz de Viñaspre en su último libro, La zanja (Premio de Poesía César Simón), podríamos catalogarlas de vanguardistas. En una selva lírica caracterizada por los ritmos fijos (combinaciones de heptasílabos y de endecasílabos), la verosimilitud y la denotación, se agradecen los poemarios de propuesta estética arriesgada. Las piezas que lo componen, salvo alguna excepción, no hacen referencia al mundo extralingüístico. No hay asideros fuera. No existen los vínculos referenciales entre las expresiones de los textos y el mundo exterior. Nos movemos en las interioridades del sujeto que enuncia (de ahí el título del libro, la zanja, como otros poetas han optado por la “galería” o el “teatro bajo la arena”). Las imágenes de las diferentes composiciones se hilan con una sorprendente batería de figuras retóricas, esas que la mayoría de los poetas tienen olvidadas en los trasteros y altillos de sus casas. A saber: concatenaciones («dentro de mí hay una carta/ y dentro de la carta hay un sobre/ y dentro del sobre hay un ciervo…» p. 14), sinónimos («se apisonan se clavan se hincan» p. 22), paranomasias («The End del Edén» p. 63), calambur («y el hielo es-clavo» p. 32), anáforas («y siento hielo en mi cerebro/ y el aire se enfría/ y se congela el mundo» p. 32), rima en eco («o ser músculo minúsculo para adentrarse en el yo mayúsculo» p. 58), aliteraciones («los raíles de sus brazos/ zanjas/ los rieles de su cuello/ zanjas/ el carril por el que discurría su sexo» p. 50) y alegorías (mención a la zanja, el socavón, el pico, la pala…). Ruiz de Viñaspre ha jugado con el idioma, se ha divertido con él. Como sentenciaría Juan Carlos Mestre, ha demostrado insumisión hacia el lenguaje normalizado. El mundo de la inconsciencia es caótico, un magma denso en ebullición constante, amorfo y potente. De ahí que la autora se haya decantado por las asociaciones semánticas y fonéticas para tejer su discurso. En la zanja no existe el lenguaje racional. Por eso tampoco encontramos en (la mayoría de) los poemas ni signos de puntuación ni conectores. Abundan las percepciones fragmentadas. La voz que enuncia ni narra ni argumenta. Se deja llevar por un fluído de conciencia que avanza dando saltos de unos temas a otros: el amor, el metalenguaje, el deseo o la condición humana. Dentro del conjunto destaco un poema dedicado a Gaza, es la única pieza con deixis referencial a una región del mapamundi. La ironía, en este caso, se alía con una sutil denuncia política. El trabajo con el lenguaje que ha llevado a cabo Nuria Ruiz de Viñaspre, tanto en este libro como en otros anteriores (Pensatorium, La Garúa. 2014), le ha abierto las puertas de una antología de reciente aparición, nacida para abrir una cuña en el –masculinizado– canon poético español: (Tras)lúcidas. Poesía escrita por mujeres. (1980-2016), compilada por Marta López Vilar y editada por Bartleby. Que tengan suerte ambas.

lunes, junio 27, 2016


Nuevas teorías sobre el orgasmo femenino
, Diego Sánchez Aguilar


Balduque, Cartagena, 2016. 160 pp. 12 €

Rubén Castillo Gallego

Sobre los autores que comienzan en el mundo de la literatura se suele asperjar muchas veces una cierta dosis de incienso balsámico. En parte, porque el crítico se aferra a la esperanzadora idea de que serán el mercado o los editores quienes ejecuten la sensata acción de moderar la euforia del primerizo; y en parte, también, porque tiene la suficiente memoria como para recordar el ingente número de ocasiones en que expertos de gran valía metieron la pata sacudiendo estopa a voces emergentes que luego alcanzaron consagración.
En el caso de Diego Sánchez Aguilar, los elogios que puedan verterse sobre su reciente libro de relatos Nuevas teorías sobre el orgasmo femenino (editado por el joven sello Balduque, de Cartagena) serán todos justos y de ninguna manera deudores del paternalismo, la hipocresía, la amistad o la cautela. Son auténticas obras maestras del género. Lo repetiré, por si algún lector ha pasado los ojos distraídamente sobre la última línea: auténticas obras maestras del género. No se percibe en sus páginas ninguna vacilación estilística, ninguna bisoñez temática, ninguna falla estructural. Constituyen gráciles ejercicios de soltura y de plenitud literaria. Todo en estos relatos evidencia la huella de un escritor de genio.
Y no se trata tan sólo de que consiga elevadísimas dosis de belleza formal, sino que cuaja en cada una de las siete historias del volumen una propuesta donde la psicología y la sociología son manejadas con inusitada habilidad. Diego Sánchez se transmuta en un espectador privilegiado que observa su entorno y que lo disecciona con un bisturí o un escalpelo de lúcida precisión, entregándonos retratos en los que todos, ay, podremos contemplarnos: el oficinista cuarentón que, durante una celebración gastronómica de la empresa, se obnubila con la posibilidad de tener un escarceo erótico con la compañera nueva, joven y que, en apariencia, no lleva bragas; el hombre gris y sedentario que se excita con el blog sexual de una muchacha anónima; las mujeres de mediana edad que viajan hasta Cuba y viven su particular desmadre; la pareja de vida marital tediosa que escucha el trajín sexual estereofónico de los nuevos vecinos; la mujer que vuelve a encontrarse en una reunión de antiguos alumnos a su primer novio y siente un hormigueo que la lanza hacia él; el hombre que espera, mordiéndose las uñas y muerto de celos, a su mujer (que ha asistido a una cena de empresa y no parece tener prisa por volver a casa, quizá porque se siente atraída por algún compañero y está aprovechando la coyuntura para cepillárselo)... Vidas de clase media, como la de cada uno de nosotros. Vidas donde el deseo, el amor y el reconocimiento sufren altibajos. Vidas donde el gris se complace en bautizarnos con cada pitido del despertador. Vidas donde tendemos a centrar la mirada en los aspectos negativos y donde nos sentimos agredidos por el azar o la fortuna. Vidas donde siempre hay una lágrima esperando ser vertida.
Diego Sánchez Aguilar detecta esas situaciones, las analiza, las taxidermiza y las expone ante nuestros ojos con una prosa excepcional. Si quieren conocer a un estilista de primera fila entren en la página de la editorial y háganse con este libro. Me darán la razón.

viernes, junio 24, 2016

La tierra que pisamos, Jesús Carrasco


Seix Barral, Barcelona, 2016. 270 pp. 18 €

Miguel Baquero

Hace tres años, la editorial Seix Barral publicó una novela, Intemperie, opera prima del pacense, afincado en Sevilla, Jesús Carrasco (1972) que, si en España no existiera la sobre abundancia de publicaciones, muchas veces inútiles (e incluyo, cómo no, la parte que me pueda tocar), y que no hacen sino inflacionar el mercado a lo loco, hubiera supuesto un hito literario muy parecido al que en su día supuso la aparición de La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela, novela a la que en tantos aspectos se asemeja.
Se parece, por ejemplo, en lo seco, adusto, tremendista también de la historia, con ese niño que ese fuga de casa, ignoramos por qué pero sin duda por algo grave, protegido y perseguido por personajes hoscos (inolvidable el personaje del tullido sin piernas que se arrastra sobre un carro). También se parece en la voz, en la energía y rotundidad con que se narra, en la explosión, en fin, se literatura propia y muy personal ajena a la moda del momento.
No es de extrañar que, ante un comienzo de tal calidad, la obra siguiente se aguarde con gran expectación. Quizás sea lo malo de estos arranques impresionantes: que lo que viene después siempre tenderá a decepcionar. Parece inevitable. En el caso de La tierra que pisamos, la segunda y esperada novela de Jesús Carrasco, quizás no quepa tanto hablar de decepción. Su planteamiento, por ejemplo, me parece extraordinario: nos hallamos en Extremadura, en esa tierra árida, desnuda y cruenta en que (creo que nunca se emplean topónimos en Intemperie, pero es de suponer) se desarrolló su primera novela. Estamos en torno a 1940 y parece ser que España y Extremadura han sido ocupadas por una difusa potencia centroeuropea (tampoco se dice, pero pongamos el Tercer Reich) que está llevando a cabo sobre el terreno una política de campos de concentración y tratando a la población nativa (o “aborigen”, en vista del desprecio con que aluden a ella) como mano de obra esclava y barata.
Sí, ya sabemos que no ocurrió así, que los alemanes no ocuparon nunca España durante la Guerra Mundial, que… pero qué importa. La literatura (y es muy de celebrar que Carrasco haya partido de este supuesto) está para narrar historias que parezcan verosímiles y despierten emociones. No tienen por qué ser veraces, ni demostrables, ni estar fundadas en una montaña de documentación. Eso queda para la crónica histórica; la novela es algo distinto; e insisto en que, nada más que porque Carrasco sostenga esta idea, sólo por eso la novela ya arranca con un plus de calidad.
En una granja extremeña en que viven los ocupantes germánicos, henchidos de su superioridad, se asienta de pronto (igual esa sea la mejor expresión, ya que se les sienta un día en el porche sin más explicaciones) un oriundo del lugar, taciturno y callado, que en la mujer que vive en la granja causa cierta conmoción. Debería denunciarlo al cónsul, que sabe cómo tratar a este tipo de impertinentes, pero por alguna turbia razón calla y se interesa por su estado. A partir de aquí se desarrolla el argumento, al fondo del cual se halla presente en todo momento el marido inválido de la protagonista, un tipo que, parece ser, solía emplearse contra ella y contra todos con una violencia excesiva.
Así planteada, la novela parece muy interesante, y en efecto arranca con una gran fuerza… Sin embargo, poco a poco esa fuerza se va diluyendo; quizás un poco frenada por la calidad y el aire inquietante que el autor quiere darle a su prosa. Sin llegar a resultar cargante, Carrasco, sin embargo, parece no terminar nunca de decirnos lo que quiera que sea que nos quiere decir, y hacia la mitad de la novela se advierte que la historia se está manteniendo tensa durante demasiado tiempo, demasiadas páginas, a causa seguramente de la exigencia del autor (no sé si autoimpuesta o exoimpuesta) por volver a acertar en la diana. Demasiado tiempo con la cuerda en tensión, lejos de esa espontaneidad y frescura inaugural que le hizo apuntar casi por instinto y dar en el blanco, ahora el tiro acaba saliendo bastante desviado… pero esperemos que en la próxima ocasión (aunque el mercado no acostumbra a dar segundas oportunidades) vuelva a recuperar ese descaro y atrevimiento de Intemperie y otra vez dé…¡zas!... con fuerza en todo el centro.

miércoles, junio 22, 2016

Como caminos en la niebla. Los impetuosos días de Otto Gross, José Morella


Stella Maris, Barcelona, 2016. 264 pp. 19 €

Bruno Marcos

Lo que más sorprende al empezar a leer esta novela es que se presenta como un copión cinematográfico, es decir, como una colección de fragmentos o notas sin ordenar cuyo montaje ha de producirse en la mente del lector a medida que pasa las páginas. No está mal pensado este sistema narrativo habida cuenta de que el libro relata la aventura investigadora de un personaje que quiere hacer una película sobre Otto Gross, figura heterodoxa de los inicios del psicoanálisis que avanzó hacia posturas anarquistas y defendió, entre otras cosas, la emancipación femenina, la liberación sexual, así como el consumo de drogas y que, además, puso en práctica buena parte de sus teorías experimentando con su propia vida.
Esta serie de textos breves nos relata la evolución de Otto, pero también la de un sinfín de personajes adyacentes a su historia, todos ellos con peripecias vitales llamativas e ideas sorprendentemente actuales, embrionarias de buena parte de las inquietudes sociales que se pusieron sobre la mesa en el siglo XX y que se mantienen en ella hasta la actualidad. Estos personajes en conjunto, constituyen un auténtico yacimiento de posibles futuras biografías, noveladas o no, apasionantes unas y otras, cuando menos, curiosas. La del progenitor de Otto, por ejemplo, Hans Gross, padre de la criminalística moderna, pero muchas otras como la de Gusto Gräser, el primer «hombre natural», Otto Rank, amante de Anaïs Nin, Rudolf Von Laban, coreógrafo vanguardista que lo acabó siendo del nazismo, o Edward Bernays, sobrino de Freud que inventó la publicidad subliminal usando los descubrimientos de su tío sobre el inconsciente pero al revés. También pasan por estas páginas figuras relevantes que aquí aparecen como personajes secundarios como Franz Kafka, Carl Gustav Jung o el mismísimo Sigmund Freud.
Se ve que Morella ha investigado mucho y que esa investigación le ha absorbido y fascinado hasta el punto de tener que incluir un relato paralelo de todo ese repertorio de raros maravillosos a pie de página. Resulta muy especial el tratamiento que el autor les da porque no cae en lo paródico ni en lo dramático, y eso tiene que ver mucho con cómo pinta a esos personajes, con una pincelada de clínica y otra de comprensión, es decir con mirada aguda y naturalidad, como un médico bueno.
La tesis general del libro sustenta un manifiesto desencuentro entre padres e hijos, entre familias convencionales y ovejas descarriadas que quieren vivir la vida de otra forma y en toda su plenitud, y, en definitiva, se trata de la relación entre represión y patología psicológica. Resulta especialmente interesante la referencia a la vida comunal en la que participa Otto Gross en Monte Verità, al norte del lago Maggiore, que desde 1900 fue lugar pionero del vegeteranismo, el nudismo, el socialismo primitivo y utópico, además de sanatorio innovador en toda suerte de terapias. Por él pasaron muchas personalidades de la intelectualidad europea de principios del siglo XX.
El gran valor de esta novela, para este lector, está en la redacción de un colorido políptico que ensancha nuestra percepción de la condición humana y de las diversas posibilidades de afrontar la vida. Se ve gráficamente, por ejemplo, en la deliciosa enumeración que hace el autor de todos los seres humanos que pasan por los cafés en los que vive Otto, o, a lo largo del libro, en los sucesivos retratos de los dispares personajes desprejuiciados, geniales y disparatados que acuden a Monte Verità.
Meditándolo bien uno se da cuenta de que esta es una novela sobre psicoanalistas pero que, además, es una novela psicoanalítica, una novela que psicoanaliza la cultura y al propio psicoanálisis. Lise, la supuesta nieta de Otto, no le ha contado nada de su historia familiar a su hija resultando esta una persona llena de convenciones y supersticiones religiosas que se escandaliza por todo. Otto Gross, los suyos y los de Monte Verità fueron arrojados fuera de la historia oficial, prácticamente borrados y olvidados, lanzados al inconsciente del inconsciente. Otto, más que como un simple yerro científico, aparece así como una posibilidad solapada por aquellos mismos que pretendían que todo aflorase, que nada quedase oculto, para alcanzar la salud psíquica. El autor de esta novela pone de manifiesto que hay que hablar del pasado ya sea este familiar, social, político o cultural, para poder afrontar el presente.

lunes, junio 20, 2016

New Orden, Joy División y yo, Bernard Sumner


Trad. María Tabuyo y Agustín López Tobajas.
Sexto Piso, Madrid, 2015. 375 pp. 25 €

Salvador Gutiérrez Solís

El 18 de mayo de 1980, Ian Curtis, diletante arcángel de la modernidad, decidió poner punto y final a su vida. Ese mismo día, comenzó a crecer su leyenda, y no ha dejado de hacerlo hasta ahora. La voz y la mirada de Joy División, la fría distancia del mito, como un James Dean de suburbio, fulgurante prototipo de todo lo que tendría que venir después. Lo que es ahora, lo que suena ahora.
Los chicos jóvenes compran su icónica camiseta en las grandes superficies, hay quien cree que Joy División prosiguen con una interminable gira australiana. Han pasado los años y el corazón sigue latiendo. Tras el fallecimiento mutaron en otro ser, igualmente trascendental para la historia musical reciente, New Order, pero la longevidad convierte el oro en barro, lo brillante en rutina, y lo devora todo, arrugas sobre la porcelana. Incluso las más férreas amistades de juventud acaban disolviéndose.
Sin Joy División no podríamos entender la música –que definen como popular- de los últimos cuarenta años. Suya es una canción que puede considerarse como una especie de himno generacional: Love will tear us apart, se disputa el podium de los himnos con Heroes de Bowie, con Boys don´t cry de los Cure, con Personal Jesus de Depeche Mode, con Wonderwall, de Oasis o con Blue Monday, de New Order. Una de esas canciones que laten en el corazón de nuestra memoria, a modo de bótox mental.
Ian Curtis cumplió con el siniestro ritual de las grandes leyendas del rock: y murió joven, alto, guapo y en la cúspide la fama. Bernard Sumner, guitarrista de Joy División y de New Order, pone en orden su memoria musical, al mismo tiempo que actualiza sus rencillas con Peter Hook, bajista de ambas formaciones, igualmente. Y lo hace desde su privilegiada atalaya, protagonista directo y activo de los acontecimientos narrados.
Pero no todo son rencillas y chismes en esta biografía joydivisiana y neworderiana. De hecho, no conforman el núcleo central, a pesar de la insistencia de Sumner en diseccionar e insistir sobre su relación con Hook. Gracias al relato de su pasado, podemos conocer intimidades de dos bandas míticas, su influencia en la definición de nuevas tendencias, así como la evolución musical de aquellos años dorados para la música británica, fundamentalmente.
Certeros recuerdos de The Hacienda, ácidas noches neoyorquinas, ascensos y caídas, la muerte de Ian Curtis, las bandas más influyentes de los 80, la adaptación a los nuevos y cambiantes tiempos y sus nuevos inquilinos, las desgarradoras entrañas de la industria discográfica, la electricidad del local de ensayo, el éxtasis del escenario y la rabia incontrolable desfilan por esta entretenida y, a ratos, lúcida biografía, que reflexiona sobre un tiempo y su banda sonora.

viernes, junio 17, 2016

Todos iremos al paraíso, José Ángel Mañas


Stella Maris, Barcelona, 2016. 195 pp. 19 €

José Morella

Mujer. 40 tacos. Pija. Hija única. Amada por sus padres. Educada en la mejor escuela privada. Vida resuelta. No parece gustarle Podemos ni la gente sin clase, sea lo que sea lo que ella entiende por clase. Casada con un profesional de éxito. Madre de dos hijos. Psicópata. Así es Paz, el personaje que ha creado José Ángel Mañas en su última novela.
Lo que queda clarísimo leyendo el texto es lo complejo que puede llegar a ser un acto humano, y hasta qué punto nosotros mismos podemos ser ciegos para siempre a las verdaderas causas de nuestro comportamiento. La chispa que echa a andar el asunto es un percance de tráfico. A una familia burguesa (entiéndase esta palabra hoy en día como se quiera o se pueda) se le caen de la baca del vehículo, en plena autopista, cuatro bicicletas de montaña. Me parece magistral la manera en que Mañas da cuenta de por qué y cómo, después de discutirlo, deciden no volver a por ellas. En pocas líneas nos deja vislumbrar la asustadora sombra de esa aparente familia perfecta. El efecto dominó que provoca la decisión acabará en una serie de acontecimientos espeluznantes. Creo que la maestría está en lo siguiente: vemos cómo la mente individual de ambos miembros de la pareja elucubra y razona, y entendemos sus razones concretas, pero al mismo tiempo nos damos cuenta de que el verdadero motivo es mucho más amplio: está en la brutal falta de autenticidad de la familia desde su misma fundación. El infinito goteo de conversaciones no mantenidas, de frases no dichas, de supuestos, de soluciones fáciles, de miedos y mentiras, de tedio, de decepciones y de disimulación en que consiste esa familia tradicional, patriarcal, aburguesada, adinerada, clasista y sobre todo tremendamente aburrida. Ese es el motivo real de que no vuelvan a por las bicis. Todo me recuerda levemente a Pedro Almodóvar. Es decir, a cuando Almodóvar dejó de hacer pelis de lesbianas que ponían cachonda a la vecina de al lado meándosele encima y pasó a hacer pelis de redactores de El País que se enamoraban de mujeres de militares deprimidas porque su marido no les daba bola. Pero lo que pasa aquí es un poco más bestia.
La señora, en realidad, está loca de atar. Pero lo está sin estarlo. Está, por decirlo de algún modo, loca de no-atar. Su problema de salud mental es latente e invisible hasta que deja de serlo. Es decir, en su mente todo funciona de un modo normal. Cuando las cosas que empieza a hacer son rotundamente anormales, su tono no cambia. Ella las cuenta como quien ve llover. A un lector despistado se le pasaría el dato, tendría que volver atrás para certificar que ha leído lo que le parece que ha leído. Mañas te da lo justo para que tomes conciencia de lo que pasa, pero para que a la vez sigas la extrañamente poco delirante línea de razonamiento de la protagonista.
Me parece estupenda la elección, por cierto, del nombre del personaje. Paz. Lleva toda la vida empeñada en una paz ficticia, falsa, que se basa en evitar el conflicto en lugar de enfrentarlo. El tipo de neurosis que alimenta durante todos los días de su vida es el típico de la familia acomodada, falsamente liberal, que vive ajena a las duras realidades del mundo exterior por pura comodidad, por razones prácticas, casi por pereza. Paz es una extremista en su forma de no mirar la realidad: su matrimonio es hueco, su familia está hueca, su vida entera está hueca. Su patología tiene que ver con una especie de ley del mínimo esfuerzo espiritual o vital. Como persona, es puro envoltorio. Cuando llegan las vacaciones y todo se hace más difícil de ignorar, las chispas de esos incontables momentos de engaño explotan. El mal karma acumulado solidifica, le estalla en las narices y se lía la de dios.
Las vacaciones son la vuelta anual al pueblo de Sergio, su marido. El papel de la región en la novela no es trivial. A Paz le molesta que todos los parientes de Sergio defiendan a viento y marea su pequeña patria, los valores tradicionales, lo original, lo antiguo, lo auténtico, lo de toda la vida. Se da una pequeña pero constante guerra de gustos personales que deriva también en lo doméstico, como por ejemplo la elección de la decoración de la casa, que ella preferiría más moderna y Sergio prefiere más a tono con la tradición de las casas locales. Este chovinismo regional del gusto y de las pequeñas cosas es típico de una familia acomodada y desconectada, intoxicada de cierta moralidad pasiva, lacia, común en ciertos entornos profesionales de estos tiempos, cuya empatía está muy mermada por la rutina. Están ambos tan alienados que su relación se reduce a esas pequeñas batallas en las que el resto del mundo deja de existir. Puedes dejar, por ejemplo, unas bicicletas en medio de la autopista, poniendo en riesgo la vida de personas, simplemente por discutir o dejar de discutir con tu mujer. Es curioso que la psicología haya considerado el chovinismo un tipo de delirio de grandeza, una paranoia delirante.
El detonante de las bicicletas hace que ocurran más cosas, cada una más atroz que la anterior. Mañas consigue que el tono general del libro sea fiel a la operación de normalización de lo extraordinario que ejerce todo el tiempo la mente de Paz, pero sin dejar de darnos elementos objetivos para que, como lectores, veamos con claridad lo que está pasando. Lo que asusta de esta novela, y lo que la hace en mi opinión interesantísima, es que en ese espacio entre lo normalizado y lo normal, entre la neurosis de Paz y la visión más cuerda que Mañas delega de un modo sabio en el lector, brota cierta intuición sobre la casi imposibilidad de saber, a priori, quiénes de nosotros, con nuestras humildes y pequeñas rutinas de andar por casa, podría acabar explotando como ella. Montando una sangrienta película gore con su propia vida, y demostrando de paso una frialdad espeluznante y banal, digna de la explicación que Hannah Arendt nos dio de las barbaridades cometidas por los nazis. Quiénes de nosotros podríamos ir, también, al paraíso.

miércoles, junio 15, 2016

Últimos pasajes a la diferencia, Bruno Marcos


Baile del Sol, Tenerife, 2016, 70 pp. 10 €

José Miguel López-Astilleros

Es muy frecuente escuchar a escritores que viajan, que no viajeros, denigrar el turismo (¡Qué lejos quedan escritores viajeros como Patrick Leigh Fermor o Bruce Chatwin, que vivían y escribían en movimiento!). Dicho juicio es aceptado por una parte de la intelectualidad de un modo acrítico. Esta es la gran originalidad del libro, que puede entenderse como una defensa del turismo, porque en opinión del autor tanto el turista como el viajero (Ambos son «seres en fuga, cada uno en la medida de sus posibilidades») buscan «lo diferente», tesis que matiza añadiendo que la mayor diferencia estriba en «el viaje a la pobreza» allá donde se encuentre, por gozar esta de una desgarrada sinceridad de la que carece la riqueza, que se torna falsa desde el mismo momento de adquirir tal condición. Otro argumento que demuestra que el viajero se ha convertido en turista consiste en aducir que el camino hacia el destino, parte fundamental del concepto clásico de viaje, ahora lo pasamos en el asiento de un avión, que en cuestión de horas nos acerca a cualquier parte del planeta. Por esta razón quizás no sea descabellado comenzar la lectura por el último artículo, en el cual pone las bases sobre las que construye su selección y observación, auque donde está situado oficia de conclusión inductiva.
El género al que pertenecen estas catorce piezas, aparte la ya comentada, está entre la crónica de viajes y la estampa. Fueron publicadas en distintos medios de comunicación, pero reunidas constituyen los gozosos y amenos ejemplos que confirman la tesis señalada. Todos están basados en los viajes realizados por el autor a la India, Bali, Nepal, Turquía, Nueva York, Venecia, París, Egipto, Marruecos y, de manera vicaria de la mano de Pierre Loti, a Angkor.
El punto de vista, pues, no deja nunca de ser el de un turista en busca de la diferencia, que cobra toda su intensidad al haber convertido su experiencia personal en arte a través de la literatura, alejándose diametralmente de lo que sería una guía de viajes. A ello contribuyen las vivaces descripciones de paisajes geográficos, urbanos y de seres humanos, donde los dos primeros sirven de escenario sobre el que se asientan los distintos personajes que se va encontrando a lo largo del camino, viejos, niños mendigos, vagabundos, etc., a quienes dedica una particular atención, porque en esta ocasión predomina la búsqueda de lo verdadero por encima de la belleza y lo tópico.
Otra de las virtudes de estos textos consiste en que sin escatimar referencias artísticas y literarias, la erudición nunca llega a asfixiar, como sucede en algunos artículos del gran Cunqueiro. Esto, unido a un estilo claro, muy gráfico (Al cementerio turco de Eyüp lo describe como «un sotobosque epigráfico que se derrama, ladera abajo, hasta la urbe.» y en ocasiones poético, hace que pueda ser disfrutado por todo tipo de lectores. Sin embargo, no renuncia a sugerir reflexiones profundas. A las ya señaladas hay que añadir la que surge cuando narra que en cada lugar compra como cualquier turista una lámina, grabado, fotografía o papiro, cuyas reproducciones encabezan los artículos, y que de modo breve su razonamiento sobre el significado de las mismas nos lleva a pensar acerca de la representación y sus falsedades, la realidad y la ficción. En otras ocasiones la reflexión sobreviene al plantear un interrogante que pudiera entenderse como opuesto al planteamiento sostenido; así en el viaje a Nueva York asume el pensamiento sobre tal ciudad mantenido por Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez o Paul Auster, para hacia el final preguntarse «¿Vivir sin raíces, sin mitología común, puede ser una oportunidad para ser libre?»
Últimos viajes a la diferencia es un libro de viajes que rompe con los tópicos al uso para ofrecer un concepto más contemporáneo, acercándose a quienes Bruno Marcos llama «los turistas felices», que somos casi todos los que tenemos el privilegio de viajar. Bienvenido sea este libro defensor sin complejos del turismo que ha permitido a amplias capas de la población acercarse al mundo, práctica reservada a unos pocos hasta el boom experimentado entre 1950 y 1970, por mucho que haya ingentes aspectos que mejorar en su desarrollo. Pero ante todo y sobre todo este libro es un itinerario al que el autor aplica su mirada de escritor y lo transforma en buena literatura.

lunes, junio 13, 2016

Desbordamientos, Laia López Manrique


Tigres de Papel, Madrid, 2015. 90 pp. 11 €

Rubén Romero Sánchez

Hay poemarios que se agotan a mitad de la primera lectura. Otros se desbordan, crecen y expanden cada vez que posamos nuestros ojos en sus versos y sus palabras. Y luego están libros como Desbordamientos, de Laia López Manrique, libros a la vez telúricos y etéreos que se corporeizan y nos aferran con la fuerza de sus sugerencias, sus desdoblamientos o su vocación de inabarcables.
Desbordamientos es un poemario sin límites («y quién caza su contorno» dice su hermosísimo último verso”) que funciona, a la vez, como lumbre en el atribulado sendero del que reflexiona sobre el ser y la esencia del poema y, por extensión, de la poesía y, lógicamente, de la vida, y como mapa des-fronterizado para quien se atreve a sumergirse en la esencia de la realidad poética.
Visto como un viaje sin sujeto (la carestía de yo enunciador otorga una fuerza y un ansia de verdad inaprensible que a veces duele: «ella había llamado al poema “violencia"»), el poemario avanza desde la paz vislumbrada a través de la no existencia («el poema no escrito // el deseo / en / orden») hasta la concreción necesaria del instante poético, convirtiéndose en un “ósculo macizo” que, al contrario que Hal en 2001, adquiere conciencia de su infinitud («el poema ya no reconoce sus límites») y se desarrolla a lomos de la fatalidad en un nivel superior («las cosas de este mundo ya no son suficientes») donde el propio poema es “el deseo del poema”, ya desbordado, porque, a fin de cuentas, “el poema sucede”.
La autora juega con la maleabilidad incluso física de las palabras, otorga vida a su “escritura autófaga” para que respire, sienta y grite en cada verso, ahondando en la extrema sugerencia de su decir rocoso: “fantasmal invocación”, “amazonas menguantes”. Consigue, de este modo, re-presentar la sustancia vital del hecho poético, su nombrabilidad, y por el camino nos deja la belleza de algunos versos memorables: «escollo consignado a la ausencia», «dice tanto del silencio / lo que no compone un todo».
Hay poemarios que se agotan a mitad de lectura. Otros crecen y se expanden. Otros, simplemente, atisban el insólito secreto de la vida.

viernes, junio 10, 2016

Eres hermosa, Chuck Palahniuk


Trad. Javier Calvo Perales.
Literatura Random House, Barcelona, 2016. 256 pp. 19,90 €

Santiago Pajares

Han pasado veinte años desde la publicación en 1966 de la novela que se convirtió en un referente de toda una generación, El club de la lucha, y parece que Palahniuk sigue con su mantra de “El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría”. Y es que si algo transmite Palahniuk como escritor es eso, exceso. Hay muchas constantes que se repiten en los libros de Chuck Palahniuk: La predestinación, el destino de la humanidad, los mesías, el sexo, la violencia... Y en Eres hermosa encontrarás todos, y algunos más.
Penny Harrigan es una chica sencilla de Nebraska que sobrevive como puede en Nueva York. Trabaja como becaria en un prestigioso bufete de abogados y vive con tres compañeras en un piso de un solo dormitorio. Una chica del montón a la espera de un futuro extraordinario. Hasta que un día la suerte se cruza en su camino cuando lanza una docena de cafés sobre uno de los solteros más codiciados del mundo, C. Linux Maxwell, o como es conocido en todo el mundo, “El gran climax”, entre cuyas conquistas se encuentran una actriz con cuatro Oscars, la heredera del trono de Inglaterra o la primera mujer presidente de los estados unidos. Inesperadamente, invita a Penny a cenar y la acaba haciendo su nueva pareja. Pero, como es lógico, lo que en principio parece un cuento de hadas se torna en pesadilla cuando ella descubre que su pareja sólo esta con ella para perfeccionar una línea de productos de autoerotismo que pretender eliminar a los hombres de la función sexual. La protagonista pasará tres meses desnuda siendo estimulada y estudiada por su compañero hasta alcanzar cotas de placer que podrían matar con facilidad a un caballo. Como dicta el eslogan de la marca, “Mil millones de maridos están a punto de ser reemplazados”.
Esta es una de esas sencillas historias de: Chica conoce chico, chica y chico comienzan a salir, chico prueba artes milenarias sexuales con chica para perfeccionar una nueva línea de herramientas autoeróticas para mujeres que resultan ser un arma de control mental, chica se tiene que entrenar con sabia sexual nepalí para enfrentarse a chico y salvar a la humanidad, chica acaba follándose a Ron Howard. Así, literal. ¿O creíais que lo que decía del exceso era hablar por hablar?
Se habla de que esta novela es una reacción del autor a 50 sombras de Grey, una vuelta de tuerca para ver si era capaz de llevar aquello un poco más allá. Pero también tiene otro propósito, y es tratar de comprender cómo la industria de la moda, de los cosméticos, de los gimnasios, la televisión y el cine tratan de mantener su propio control mental sobre las mujeres haciéndolas sentir insatisfechas con sus cuerpos y sus relaciones. Una crítica al consumismo de la forma más salvaje que se puede imaginar, rayando en lo ridículo y lo obsceno. Uno no puede evitar leerlo y pensar en cómo el público femenino se tomará este libro, si les parecerá una divertida sátira o profundamente ofensivo. Y si ese, y no otro, sería desde el principio el objetivo de Palahniuk.

miércoles, junio 08, 2016

Antología de la poesía parnasiana, VV.AA.


Ed. bilingüe de Miguel Ángel Feria
Cátedra, Madrid, 2016. 368 pp. 16,30 €

José Luis Gómez Toré

«No existe en la copiosa historiografía sobre el modernismo literario un término sometido a mayor vulgarización que el de parnasianismo», así de rotundo se muestra Miguel Ángel Faria, en el documentado estudio que precede a su antología. Y no es para menos. En efecto, en torno al Parnaso se ha impuesto una suerte de pereza crítica: mención obligada tanto en los manuales de bachillerato como en los estudios académicos sobre los modernistas, su concepto ha quedado reducido las más de las veces al famoso lema del “arte por el arte”. A menudo se ha convertido en una etiqueta para oponerlo sin más, en perjuicio del Parnasianismo, a la estética simbolista, por más que un autor como Baudelaire no deje de acusar su influencia en algunos de los textos más célebres de Las flores del mal. Sin embargo, por oportuno que resulte el estudio de Faria, todavía lo es más su antología, ya que apenas existen traducciones recientes de estos poetas, muchos de ellos prácticamente inéditos en castellano, lo que no deja de resultar sorprendente, dada la huella que han dejado en Rubén Darío y otros modernistas. Cabe pensar que la tendencia a identificar a los parnasianos, sin haberlos leído las más de la veces, con los aspectos más superficiales y caducos de nuestro Modernismo explica en parte, aunque no justifica, ese desinterés en torno a su obra.
Al lado del inevitable Theóphile Gautier, encontramos aquí nombres fundamentales como Leconte de Lisle, Catulle Mendès o José-María de Heredia, junto a autores menores, pero muy celebrados en su tiempo, como François Coppée o Sully-Prudhomme. Especialmente interesante resulta, para el lector de habla hispana, la presencia de Théodore de Banville, cuyo tono lúdico supone un precedente importante para los poemas más desenfadados de un Lugones o un Manuel Machado, aunque, por otra parte, el autor de las Odas funambulescas muestra una lejana afinidad con poetas franceses más jóvenes, no pertenecientes al Parnaso, como Laforgue o Corbière. Un aire juguetón que es también un deseo de burlar, aunque sea por unos momentos, las convenciones del mundo burgués: «¡Lejos! ¡Más alto! Veo aún/ las gafas de oro del banquero,/ las niñas cursis y los críticos,/ los realistas ortodoxos./ ¡Más alto! ¡lejos! ¡aire! ¡azul!/¡alas! ¡más alas! ¡alas mías!».
Hay que agradecer al antólogo, que no en vano es también poeta, el empeño por que sus versiones no dejen de ser poemas, lo que justifica las pequeñas libertades que a veces se toma, sacrificando la literalidad de algunos versos a la eficacia estética del conjunto. Este esfuerzo (desgraciadamente, no muy frecuente en buena parte de las traducciones de poesía procedentes del ámbito académico) parece especialmente oportuno en unos poetas que hacen del rigor y la perfección formal uno de sus signos de identidad. Estamos ante un grupo de autores que reivindican la necesidad de que el artista no olvide que es también un artesano, que debe ser, ante todo, un delicado orfebre del verso. La analogía no resulta forzada, puesto que el Parnaso incide en el diálogo entre la poesía y otras artes (para los parnasianos el modelo lo constituirán las artes plásticas, en contraste con la preferencia de los simbolistas por la música).
El Parnasianismo, con la distancia de más de un siglo, se nos muestra como un peculiar Jano que mira a la vez al pasado y al futuro. Si algunos rasgos como el énfasis en el rigor métrico y la defensa de un nuevo clasicismo pueden interpretarse como una nostalgia de épocas pretéritas –al igual que su intento de recuperar una épica—, otras características se nos antojan ya plenamente modernas. No hay que olvidar que los parnasianos, pese a sus recreaciones del mundo antiguo, quisieron escribir una poesía que, en su empeño de objetividad, recreara de algún modo la impersonalidad de la ciencia. Incluso, sus reconstrucciones del pasado, a diferencia de las ensoñaciones románticas, buscan reflejar el rigor de las investigaciones científicas y arqueológicas. De ahí que quepa destacar ese afán, que posteriormente recogerán algunos movimientos de vanguardia, por hacer frente a los excesos del yo romántico y buscar, por el contrario, una escritura lo más impersonal posible, contra el tópico que hace de la lírica la expresión de la propia subjetividad (algo que ya se apunta, sin embargo, en algunos románticos como Keats). Lo señala Gautier con claridad: «el yo nos repugna de tal manera que nuestra fórmula expresiva es nosotros, plural vago que borra la personalidad».