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martes, julio 23, 2013

Nada. Retrato de un insomne, Blake Butler

Trad. Rubén Martín Giráldez. Alpha Decay, Barcelona, 2012. 380 pp. 28 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Algunas noches, tumbado en la cama intentando dormir, me he sumergido imperceptiblemente en una especie de laberinto en el que cientos, miles, millones de pensamientos parecían surgir de repente del fondo de mi mente para converger de golpe en una espiral que se sumía en un abismo angustiante justo en el supuesto límite del sueño. Es una sensación semejante, aunque más controlada y puntual, a las alucinaciones que produce la fiebre. Y es entonces que el sueño se desvanece y una inesperada vigilia lo reemplaza.
El libro de Blake Butler es esto mismo: un maremagnum de consideraciones filosóficas existencialistas sobre el yo y de pensamientos tendentes a lo apocalíptico sobre lo que lo rodea, guiados por una abrumadora presencia de información en estado bruto que se desvela en la descomposición en mil detalles inadvertidos tanto de películas como Solaris o Viernes 13, como de libros de autores como Wittgenstein, Samuel Beckett o Foster Wallace (a quien en un gesto elocuente está dedicado Nada), así como de blogs, redes sociales..., reflejada incluso en una extensa bibliografía final. Pero ocurre que es también un repetir la vida al rememorar episodios de la infancia y la adolescencia en busca de señales de un destino oculto, de una visión escondida de la realidad que revele sus infinitas caras, de irrelevancias que tras un proceso de análisis en pos del imposible átomo final se tornan en mitos personales, todo sin un orden concreto, despedazándose la memoria en fragmentos densos que se bastan a sí mismos, sin necesitar colaborar en una narración que, es obvio, el autor nunca se planteó.
Resulta una tarea inútil adscribir Nada a un género concreto. La manera menos difusa de referirse a él sería considerarlo una serie de notas autobiográficas que derivan en un ensayo sin objeto definido más allá de construir ese retrato de un perpetuo insomne, atrapado en su conciencia en un bucle obsesivo. Butler, que ha leído y aprovechado a Borges, ha firmado algo así como un moderno Funes el memorioso, ya que es la apabullante acumulación de datos que se nos presenta en la televisión, en los libros, en internet, junto con sus propios recuerdos de lo vivido, que se sitúan al mismo nivel que estas experiencias culturales (entiéndase cultura en un sentido amplio, no exclusivo), la que parece dominar al personaje-autor y ser tanto la causa como el resultado principal del insomnio. Una pescadilla que se muerde la cola que los que hayan pasado por la misma experiencia no dejarán de reconocer, de ahí que lo que transmite su lectura sea un empalagoso desasosiego, de una intensidad particularmente peligrosa por cuanto el lector no puede evitar caer en la ‘hiperconfesión’ de Butler como una mosca en la tela de una araña, fascinado por la deriva de un libro complejo y que exige una especial dedicación pero que ofrece a cambio un panorama agudo aunque caótico, irremediablemente caótico, de gran parte de lo que una persona puede experimentar hoy día.

martes, enero 12, 2010

Libre para partir, Martín López-Vega

Trabe, Oviedo, 2008. 262 pp. 18 €

Sofía Castañón

Decimos turista incidental y que esto no engañe al lector: en este libro de viajes no hay turista. Hay una isla, de nombre Martín, que se mueve por las calles, las orillas, los cafés y los bosques. Y esa isla con un equipaje esencial, como el de un caracol, nos habla del mundo que va descubriendo. Y de cómo el mundo le va descubriendo por el camino.
Libre para partir es una recopilación de libretas y cuadernos, de anotaciones en trenes por el corazón de Europa, de servilletas frente a un café en el Trastevere. Tiene alguna postal de las que no llegan a enviarse, y varios relatos donde los amigos saben hacer la respiración asistida cuando parece que se ha esfumado cualquier esperanza. Lasciate ogne speranza, rezaba Dante en su travesía tricolor. Pero Martín López-Vega, que se mueve por estas páginas en trenes de coche cama o en vaporetto, encuentra nuevas ilusiones al entrar en cada ciudad. Aunque sea como el poeta que vive en esa isla y busca en ocasiones el momento de despedirse.
En la isla que viaja vive, como decía, un poeta, y en el Jardín Japonés de Buenos Aires escribe: «El pez dorado/ cruza el lago en zigzag/ -y no decide nada». Pero el poeta no vive solo, lo que es un alivio para la isla, que quizás no podría soportar esa preñez de saudade. Vive también un irónico traductor, que se deja llevar por la realidad que lo saluda, enérgica, cuando en Viena, «en la plaza de Karajan, un gallego grita: -¡Mira! ¡A praza do carallo!» o que en Berlín nos acerca un poema de Kurt Tucholsky sobre el cementerio judío. En alguna parte de la isla está un cronista ácido del tiempo, que puede ver extasiado un relámpago en París (“me he puesto a pensar en qué puede significar eso, como si todas las cosas significasen algo) hasta que se encuentra “al español que lleva dentro” y “se ha acabado la literatura. –Significa que hay tormenta, gilipollas”.
Como en toda isla, está también un naufrago, con barba de Ulises y con la brújula de Ítaca desmagnetizada. Y un crítico de calles, que sabe cuándo un lugar es de mentira, como si Santa Bárbara fuera un cruce entre los decorados del western y “una ciudad andaluza made in Walt Disney”.
Por el camino, muchos no verán una isla, si no un hombre con un gusto especial por los cafés, por los jardines, por recoger en pequeñas estampas caligráficas las ciudades que se va encontrando y que cambian como ríos. Un hombre que escribe en la puerta de unos baños públicos de Budapest, entre una madeja de inscripciones patrióticas, “Martín é nação” pues, como argumenta, “yo soy nación y declaro en mí oficial el portugués”.
Esta isla no es un turista porque incide sobre la tierra nueva que está pisando, y eso los turistas no saben –no sabemos, porque todos a veces turisteamos hasta en la casa que planeamos habitar- o no quieren hacerlo. Este turista incidental, que es como una expresión antagónica en sí misma, podría vivir en una hipotética película de Manoel de Oliveira, en la que dos personajes mantuvieran un diálogo con frases como “-En realidad, cada familia vive en una isla. Cada hombre vive en una isla”.
Una piensa que Libre para partir es un libro para regalar a muchos amigos que se quedaron prendados de Venecia, de Lisboa, de Berlín, de Oporto, de Helsinki… Y mientras piensa eso, el paisaje amarillento y castellano que corre por la ventanilla del tren se va volviendo cada vez más verde y en los asientos de al lado una niña, que se subió en Valladolid y va a Gijón, le pregunta a su madre si ya han llegado a España.

jueves, julio 23, 2009

Papeles dispersos, Carlos Castán

Tropo, Zaragoza, 2009. 162 pp. 10 €

Ignacio Sanz

Delicioso libro, uno de esos libros misceláneos cuya lectura nos hace sospechar que la cultura es un don que puede mostrarse con levedad, sin recurrir a grandes teorías ni a una caterva de datos agobiantes. El autor se vale de una mirada aguda e introspectiva a través de artículos, conferencias y notas en las que se reflexiona sobre el oficio de escribir, también sobre vivencias, recuerdos, en definitiva de colaboraciones dispersas de un escritor conocido por sus libros de cuentos que, en esta ocasión, ensancha la mirada crítica hacia asuntos próximos a él, a su paisaje, su paisanaje, es decir, hacia Huesca en primer término, donde ejerce la docencia de Filosofía en un instituto y a cuya ciudad el lector sospecha que Castán se encuentra unido por lazos afectivos familiares, pese a que nació en Barcelona e hizo sus estudios universitarios en Madrid. Pero no faltan tampoco reflexiones sobre Aragón, sobre España y sobre Europa. En definitiva, como el propio autor nos confiesa en la introducción: «Es mi vida la protagonista de estas páginas». Y, en efecto, es su vida, pero una vida traída al sesgo, en oblicuo. De hecho son muy escasas la referencias familiares; apenas nombra dos o tres veces a su madre y siempre de pasada, es decir, no es un libro introspectivo ni de memorias fragmentadas. Aunque hace alguna que otra declaración pasional. Por ejemplo, hacia Leonard Cohen al que dedica un capítulo. O trata de rastrear los vestigios, misión imposible, de la presencia de Gabriel Ferrater en Huesca, donde el poeta catalán hizo el servicio militar. Y al hilo de ésa búsqueda hace confidencias interesantísimas. O nos habla de una canción encandilante de Ángel Petisme. Y, claro, inevitablemente, en cada uno de estos artículos nos descubre una parte del autor.
En Beberse la noche a morro, el lector descubre a un escritor cautivado por los excesos adolescentes, un escritor que añora las noches de farra juveniles al hilo de la fiesta de San Lorenzo. En los jóvenes de ahora se recuerda a sí mismo libérrimo y feliz. Pero al hilo de estas reflexiones sobre la fiesta y sus atributos, hace un homenaje a las mujeres que, en medio de las juergas callejeras, sudan en silencio la gota gorda en las cocinas para que, a la hora de la comida familiar, los alimentos estén sobre la mesa.
Cuaderno de Taurnefenille es una especie de diario en el que recoge las impresiones de su estancia en esta pequeña ciudad francesa, con reflexiones curiosas sobre la extrañeza, los hábitos de vida y los pequeños acontecimientos que le dan pie a pensamientos de largo alcance.
No faltan tampoco apuntes geográficos en torno al río Gállego, a la sierra de Laorre o una profunda reflexión sobre la libertad, concepto escurridizo, en el que evoca frases y gestos de sus profesores Javier Sádaba y Carlos París.
La plácida mañana de domingo en que leí, a la sombra de una higuera, estos Papeles dispersos, pensé que el mundo era un poco más habitable y que no somos, como decía Gil de Biedma, aquel “intratable pueblo de cabreros”. Ojalá. Mientras haya escritores como Castán que nos lleven de la mano con una prosa oxigenada y eficiente por territorios en los que se mezcla el afán de búsqueda, de indagación y de belleza creo que nos alejamos de aquel triste dictamen.
Este libro muestra también el compromiso de un escritor con la sociedad de su tiempo y nos recuerda a Baroja, a Unamuno o a Ortega. No posiblemente en sus obras más excelsas, sino aquellas en las que aflora su condición de ciudadanos con una mirada analítica sobre los aconteceres menudos que salpican la vida. Y recuerda a esos escritores porque en este libro se mezclan las precisas descripciones del paisaje, las inquietudes, la melancolía o las reflexiones sobre la pérdida o aquello que se intuye próximo a desaparecer.