viernes, diciembre 16, 2016

El camino del perro, Sam Savage


Trad. Ramón Buenaventura
Seix Barral, Barcelona, 2016. 152 pp. 16,50 €

José Morella

Esta novela habla, en principio, sobre artistas diletantes y sobre el peligro del diletantismo. Dicho peligro es más sutil de lo que parece. Si un artista es honesto consigo mismo se dará cuenta de que resulta tremendamente difícil discernir si su arte se nutre de sus neurosis egóticas o de la necesidad genuina de comunicar o expresar. Por supuesto, la neurosis no es algo de lo que se salga para no sufrirla nunca más. Lo que ocurre casi siempre es que transitamos una y otra vez de la neurosis a la cordura, del deseo frívolo de ser aplaudido al trabajo serio y humilde, al trabajo digno.
El camino del perro va de eso: de la dignidad o de su ausencia. Y no solo incumbe a artistas: todas las personas, en nuestra vida cotidiana -tratando con los otros, trabajando, estando con los amigos y con la familia- somos responsables de nuestra propia dignidad, de hasta qué punto forzamos la realidad para que se adecue a nuestros deseos y nuestros miedos o hasta qué punto trabajamos dignamente con ella sin querer imponer a toda costa el "qué hay de lo mío" o el "que no me toquen lo mío".
Los que escribimos sabemos de esto un rato. Tengo la sensación de que la gente que tiene que leer este libro -los artistas megalómanos, los escritores de foto de cubierta con mano en la barbilla, los editores y marchantes de arte maquiavélicos y el resto de gente que se pasa mucho más tiempo maquinando que creando- no lo leerán, o lo leerán sin sentirse aludidos.
Harold Nivenson, el anciano protagonista, revisa su vida desde dos miradores: su cercanía con la muerte y su olímpica misantropía: «Durante los fines de semana (las personas felices) se arraciman y apretujan en los jadines traseros y en los parques, sonriendo y meneando la cola como perros». Los personajes misántropos son maravillosos. Sin ellos la literatura quedaría huérfana, severamente achicada. Una de las ventajas de los cascarrabias es la distancia con la que miran el mundo. En el caso de Savage esa distancia ofrece a la voz narrativa una objetividad tangencial y deliciosa, a la vez que triste. Harold Nivenson -por eso es un personaje tan conseguido- no reserva la misantropía a los otros: una de sus principales dianas es él mismo. Su juventud y su madurez. La absurdidad de su tenaz vocación por el éxito, por ser especial, por ser un escritor y un artista admirado, por rodearse de gente famosa y brillante.
Nivenson lleva toda la vida escribiendo anotaciones en trozos de papel que ahora encuentra por toda la casa: «No puedo abrir un libro sin que de él no caiga algún papel. No sé qué era lo que esperaba conseguir.» Habla con la perspectiva que da el tiempo: eso que esperaba conseguir, fuera lo que fuera, ya no está al alcance. De hecho, Nivenson ni siquiera recuerda qué era aquello tan deseado.
Lo que cuenta la novela es poco, porque poco es lo que Nivenson hizo con su vida: a partir de una relativa fortuna familiar que no se ganó él mismo, se dedicó a hacerse un pequeño nombre como marchante de arte y a mantener ilusiones de ser un gran escritor. Compró una casa que llenó de cuadros. La casa fue atrozmente ocupada por gente que iba allí para estar con Meininger, el gran artista a quien Nivenson admiró y esponsorizó de un modo estúpido y casi delirante. Ese pintor irresponsable y suicida hizo lo que le dio la gana con él, y él se dejó. Meininger lo usó de un modo ruin, sin contemplaciones, sin disimulos. Lo traicionó. A Nivenson lo perdió su afán de notoriedad. Ser el mejor amigo de un supuesto genio de la pintura. Así desperdició su vida. La historia no tiene nada de especial. Lo valioso del texto es la minuciosidad del narrador para analizarla y la impresionante honestidad con la que se confiesa. Impresiona tanta lucidez. Es un comentario a la propia vida repleto de avisos para que el lector no desperdicie la suya. Son avisos no siempre evidentes, pero siempre certeros. El narrador, cuando nos habla, ha mudado ya muchas pieles de serpiente. Todos las mudaremos. Nuestra identidad cambiará y sufriremos, o nos resistiremos a cambiar y sufriremos más todavía. Nivenson nos avisa de las trampas que nos hacemos a nosotros mismos. Las disecciona. Son las peores trampas que hay. Es posible, de hecho, que sean las únicas que verdaderamente existen.
Nivenson, de joven, era ingenioso. Discutía de todo en las fiestas, las animaba, las colonizaba con su presencia encantadora. Era el foco de atención. Su verborrea estaba preñada de una "listeza elevadísima". La melancolía de la voz anciana del narrador recordando aquellas fiestas es punzante porque es lúcida. En realidad, el enorme esfuerzo por lucirse del joven Nivenson era patético. Era -según el propio texto- histérico.
Nivenson vive en su casa, la casa que compró y de la que se considera esclavo, y en ella se convierte en una especie de anti-Walden. Su afilada inteligencia lo ve todo: comprende muy bien, sin necesidad de aislarse en la naturaleza como el personaje de Thoreau, en qué consiste la vida de gran parte de los habitantes de las sociedades modernas: la obsesión por el triunfo, la competitividad innecesaria, la carrera absurda hacia ningún lado.
No reventaré aquí la imagen perfecta que Savage consigue de la institución familiar a partir de la afición a hacer puzles. Es uno de los símiles más eficaces que he leído en una novela, y sirve de maravilla para explicar al personaje, o al menos para enmarcarlo en algún sitio y entender tanto su inteligencia como su amargura.
El camino del perro es una novela sobre los sacrificios inútiles. Es extrañamente hermosa, casi hipnótica, y si es leída con atención difícilmente queda uno indemne. Todos hemos hecho algún sacrificio inútil alguna vez, y algunos de nosotros tal vez estemos dedicando nuestra vida entera a uno de ellos.
«El yo no es un hombre feliz», dice Nivenson. En realidad, aunque no lo sepamos, no somos ese personaje que nos hemos creado y que va por el mundo pescando halagos o creyéndose mejor que el resto de la gente. Somos otra cosa. Ese personaje, al final, como le pasa a Nivenson, nos cansa. Nos agota.

miércoles, diciembre 14, 2016

Vida de Miguel de Cervantes Saavedra, Gregorio Mayáns y Síscar


Cátedra, Madrid, 2015, 156 pp. Edición no venal

Rubén Castillo Gallego

Como apertura de este bienintencionado volumen (que sirve para cerrar un año de exaltación cervantina), nos explica el gran erudito Gregorio Mayáns y Síscar que don Miguel tuvo que soportar en vida el oprobio de la preterición, en todos los planos y por parte de cuantos le rodeaban: «Los envidiosos de su ingenio y elocuencia le murmuraron y satirizaron. Los hombres de escuela, incapaces de igualarle en la invención y arte, le desdeñaron como a escritor no científico. Muchos señores, que si hoy se nombran es por él, desperdiciaron su poder y autoridad en aduladores y bufones sin querer favorecer al mayor ingenio de su tiempo. Los escritores de aquella edad (habiendo sido tantos), o no hablaron de él o le alabaron tan fríamente que su silencio y sus mismas alabanzas son indicios ciertos o de su mucha envidia o de su poco conocimiento» (p.13). De ahí que él, enardecido por esa flagrante falta de sensibilidad, se pusiese en el año 1737 a la labor de componer esta semblanza.
Comienza el valenciano con una investigación sobre el lugar de nacimiento de don Miguel, y refuta las distintas hipótesis que han ido llegando a sus oídos (Esquivias, Sevilla, Lucena) con un argumento incontestable: «Cuando se pruebe la tradición o se exhiba la fe de bautismo, deberemos creerlo», p.18. Después, tras examinar con cuidado los escritos del insigne novelista, Mayáns concluye que Cervantes debió de nacer en Madrid, en el año 1549. Y después introduce el dato indefinido de que, tras luchar en Lepanto, don Miguel fue apresado por los moros («No sé cómo ni cuándo», reconoce con honestidad).
A partir de ahí, los lectores de estas páginas de Gregorio Mayáns y Síscar, que son maravillosas, detalladas y aurorales (nadie advierta repulsa en lo que a continuación escribiré), pueden despedirse de cualquier otra aproximación biográfica, porque no la hay, al menos en el sentido en que ahora concebimos los volúmenes de este género: nada se investiga o descubre sobre su familia, sobre sus estudios, sobre sus trabajos, sobre sus viajes, sobre sus relaciones en el plano literario, sobre sus anécdotas sentimentales. Lo que sí descubrirán son abundantes reflexiones sobre las novelas de caballerías y su nefasta influencia sobre la sociedad del siglo XVII (nos indica que «malearon más las costumbres públicas», p.28); afirmaciones teóricas que hoy difícilmente se sostienen en el plano filológico («Yo soy de sentir que entre cuento y novela no hay más diferencia, si es que hay alguna, que lo dudo, que ser aquel más breve», p.30); juicios realmente duros sobre algunos creadores del pasado (califica a Joanot Martorell, Fernando de Rojas o Giovanni Boccaccio de escritores «ociosos, mal empleados, imperitos, entregados a los vicios y a la porquería», p.85); o lamentos de una quejumbrosa exactitud («Lo cierto es que Cervantes, mientras vivió, debió mucho a los extranjeros y muy poco a los españoles. Aquéllos le alabaron y honraron sin tasa ni medida. Éstos le despreciaron y aun le ajaron con sátiras privadas y públicas», pp.50-51).
Mayáns y Síscar enumera también, porque lo anima en todo momento el deseo de ser justo, los anacronismos o fallos de verosimilitud que observa en la obra cumbre de Cervantes, de la cual reconoce ser «uno de los más apasionados» (p.88). Pero se apresura a manifestar que estos lunares en nada reducen la valía de la novela, ni su condición de brillante sátira, «la más feliz que hasta hoy se ha escrito» (p.103).
En suma, un ejercicio de literatura analítica y de ensayismo meticuloso, que viene a derramar luz erudita sobre la inmortal historia de don Quijote.

lunes, diciembre 12, 2016

Sin ir más lejos, Fermín Herrero


XXXII premio Jaén de Poesía
Hiperión, Madrid, 2016. 60 pp. 10 €

Ignacio Sanz

Qué emoción tener un nuevo libro de Fermín Herrero entre las manos. Cuando me llega lo abro al azar, nervioso como un niño, y ya el primer poema me deja herido y trastocado. Y no puedo seguir, no quiero seguir leyendo. En todo caso, a pequeños sorbos, me digo, para que runda. Pero luego no puedo resistirlo y, tras el primer impacto, me atrinchero tras el libro y, como los borrachos, me bebo la botella entera. Una botella que, felizmente, no se acaba nunca, aunque el impacto de la primera lectura queda ahí, flotando en la memoria para siempre.
Fermín Herrero nació en Ausejo de la Sierra, un pueblecito soriano que en invierno sólo alberga dos familias. Así perviven muchos pueblos sorianos, semivacíos, en una agonía que se prolonga. Ahora trabaja de profesor de instituto en Valladolid. Ha recibido ocho o diez premios de entre los más prestigiosos del panorama poético. El libro que reseño se alzó con XXXII premio Jaén de Poesía. Uno más. Un clásico como él no debería presentarse a premios, pienso yo; supongo que lo hace, miseria de los tiempos, para ver su obra publicada. Total que…
Pero no nos enfanguemos en asuntos terrenos y volvamos al libro que es lo que importa; volvamos a estos 39 poemas en los que flota detrás la mirada de aquel niño nacido en Ausejo, una mirada que se conmueve ante los pequeños acontecimientos, una mirada cuyo destello nos deslumbra. Ese lebrato que le sale en un ladero y que le mira con insistencia y descaro y que le recuerda al poeta ahora pesaroso la época, ¡ay!, en la que fue cazador. O la visita al pequeño cementerio acompañando a su madre que lleva una azadilla para cavuchar la tierra donde descansan los abuelos a los que el poeta no conoció. Las losas del río donde lavaban las mujeres y limpiaban las tripas del cerdo en los días fríos de matanza.
En fin, poca cosa, como se puede ver, casi nada. Pero entonces ¿por qué nos estremecen estos poemas, por qué restallan con tanta furia. Quizá porque hablan de nosotros, quizá porque el paisaje, como en Machado, arda cargado de recuerdos. Al fin, se canta lo que se pierde. Fermín Herrero escribe desde una tradición que apenas que se le cuela sin hacerse ostensible por más que ciertas palabras nos choquen: «Vivo en un lugarcillo de hartos pocos vecinos».
En una nota final nos aclara que en esta travesía le han acompañado El Evangelio de San Mateo, Unamuno, Santa Teresa y San Juan de la Cruz. Es decir que se vale de tan hidalga compañía para reforzar algunos de sus versos. De ahí que, en esta ocasión se aprecie un aliento místico acaso más reforzado que de costumbre. Ese misticismo que aparece también en Claudio Rodríguez, el depurado místico de nuestro tiempo que se arrebata ante los pequeños acontecimientos. Y que nos arrebata como hace Fermín Herrero. Porque cada poema nos arranca una pequeña emoción al recordar una vivencia iluminada por el paisaje de fondo. Permanece además ese gusto por distorsionar levemente la sintaxis para sacar más jugo a la lengua. Y también una tendencia, sin abusar, de ciertas palabras llenas de connotaciones campesinas como tenazón, adormijaba o soledumbre que remiten a las brasas de su propia memoria. En fin, aquí está el Fermín Herrero de siempre, el nieto de Virgilio pasado por el tamiz de Eliot y de Claudio, el poeta que no olvida al niño que fue y cuyos poemas llegan de manera diáfana al tuétano de nuestras emociones.

viernes, diciembre 09, 2016

Gritos en la llovizna, Yu Hua


Trad. Anne-Hélène Suárez Girard, Qu Xianghong y Zhang Peijun
Seix Barral, Barcelona, 2016. 320 pp. 20 €

Santiago Pajares

¿Sabes esos escritores que siempre suenan para el Nobel y cuyos nombres casi nunca recuerdas? Japón tiene a Murakami, EEUU tiene a Philip Roth y China tiene a Yu Hua. Bueno, de acuerdo, quizá sí recuerdas a los anteriores, pero centrémonos ahora en Yu Hua, uno de los escritores chinos con mejor reputación en el mundo gracias a su novela Vivir, cuya adaptación cinematográfica ganó la palma de oro en Cannes. Ahora Seix Barral nos trae su primera novela escrita con treinta y un años, Gritos en la llovizna.
En ella nos presenta a Sun Guanglin, quien nos narrará su vida en la China del mandato comunista desde dos perspectivas, desde su infancia y su madurez. Hablamos de un momento histórico en China, donde por menos de nada te mandaban un año a un campo de trabajo a reeducarte. Sin embargo, esta no es una novela política, sino profundamente personal. En ella atenderemos a cómo los padres del protagonista le regalan a una pareja de ciudad a la edad de seis años por no poder ocuparse de él, y cómo, a su vuelta cinco años después, le consideran un mal augurio por coincidir su regreso con el incendio de la casa familiar. A partir de ese momento Sun Guanglin pasa a ser un paria en su propio hogar. Nadie le mira, apenas le hablan y no se ocupan de él más que para su mera supervivencia. Esto le hace convertirse en un espectador privilegiado de la vida, donde puede observar y analizar la actitud y comportamientos de padres, vecinos y amigos. Nos permitirá a los lectores, desde la naturalizada perspectiva de un ciudadano más y con un tono tragicómico, tratar de comprender el funcionamiento de la cultura rural china.
La historia se ubica en Nammen, una pequeño pueblo chino donde sus habitantes trabajan en su mayoría plantando arrozales. Allí, en medio de un entorno rural, seremos testigos de la estrechez de miras de los campesinos, la brutalidad de sus maneras y los escarceos carnales que se producirán entre ellos. Donde la gente está dispuesta a matarse por una frazada de tierra y al mismo tiempo son capaces de compartir a la misma amante. Un lugar y un tiempo donde nadie te dice como tienes que crecer para hacerte un hombre y tienes que improvisar. La soledad marca la vida de Sun Guanglin desde las primeras páginas. Sus escuetas relaciones familiares no le permiten el vínculo necesario que todo ser necesita en una familia, y sus amistades, siempre exiguas con el ir y devenir de sus pasos, apenas llegan a tocar su interior.
Toda la novela está plagada de desgracias, desde la relación de su padre con su abuelo, la muerte de su hermano pequeño o las infidelidades de su padre a su mujer. Sin embargo, no están relatadas con pesar, sino como experiencias de una vida donde a veces hace sol, y a veces llueve. Con el avance de las páginas, trataremos de comprender por qué sus padres le entregaron a otra familia a los seis años, y qué tuvo que ocurrir para que volviese con ellos. Una gran novela de un gran autor que, el tiempo lo dirá, quizá acabe colgando un Nobel en su estantería.

miércoles, diciembre 07, 2016

Poesía completa, César Simón


Edición y prólogo: Vicente Gallego
Pre-Textos, Valencia, 2016. 427 pp. 30 €

Ariadna G. García

Nacido en 1932, como Francisco Brines, César Simón (1932-1997) es un miembro rezagado del Grupo del 50. Este valenciano dio a conocer su obra en la década de los 70, cuando sus compañeros de generación ya se habían consolidado gracias a premios como el Adonáis (el propio Brines lo ganó por Las brasas en 1959, a los 27 años). Su tardía irrupción en el panorama poético, dominado tanto por la lírica culturalista de moda gracias a la antología de José María Castellet, como por el coro de voces consagradas de los denominados niños de la guerra (recuérdese, entre otras, la antología El grupo poético de los años 50, a cargo de Juan García Hortelano –1977–), lo mantuvo en la medio invisibilidad literaria fuera de su tierra de origen; donde, sin embargo, sí realizó una importantísima labor de magisterio sobre autores de la talla de Vicente Gallego o de Carlos Marzal, y donde participó en proyectos literarios junto a Jenaro Talens. La reunión de sus libros de poemas en el volumen Poesía completa que acaba de publicar Pre-Textos hace justicia a un autor que bien merece la difusión de sus poemas por todos los países de habla hispana.
Su primer poemario, Pedregal (1970), es un largo monólogo con la naturaleza. La voz que enuncia interpela continuamente al mar Mediterráneo, hace gala de poseer un conocimiento exhaustivo del mundo (enumera «zarzamoras, aliagas, cambroneras») y busca la exactitud en sus descripciones por medio de una abundante adjetivación («este ir a casa mudo,/prieto, febril, dichoso, ebrio»).
Su segunda entrega, Erosión (1971), inaugura un tema esencial en su poética: la introspección consciente. Lo mismo que un monje medieval o que un fraile erasmista, César Simón se recoge dentro de sí para apurar su esencia, cerrando la puerta de su templo a los ruidos y trajines del mundo exterior («Me evadí en una silla, hacia mí mismo», de La vieja silla).
Estupor final (1977) es un libro extraordinario. El poeta oscila entre dos tendencias. A veces recurre al poema breve en clave simbólica (Frío) y, otras, al extenso poema narrativo en versículos, de corte casi legendario. Estos poemas –próximos a lo que luego será la prosa poética del Julio Llamazares de Luna de lobos o La lluvia amarilla– son de una belleza y de una fuerza inusitada. César Simón relata una historia de amor al tiempo que describe la vida simple, básica, de un hombre en una cabaña en pleno bosque. Detrás laten los ecos de Thoreau.
En 1984, Hiperión recogió en Precisión de una sombra (Poesía, 1970-1982), la obra del poeta valenciano escrita hasta la fecha. Dentro se incluye un poemario de título homónimo, escrito –en parte– a modo de diario. Bajo la fecha 6 de noviembre leemos un texto sobrecogedor, angustioso, construido por medio de anáforas (“y”), donde, bajo el artificio del doppel (el doble), relata el regreso a una antigua casa «y ha sentido como si hubiera llegado tarde, como si todos se hubieran ido hace tiempo, como si todo hubiera terminado ya,/ y lo ha despertado el progresivo frío que se adueñaba de su cuerpo» (pág. 158) y en donde el sujeto confiesa estar «temeroso de la muerte que se prefigura en su cuerpo». En este libro, además, cobran protagonismo la sensualidad, el erotismo y la frustración sexo-afectiva (partes III y VI, esta última contiene un diálogo alegórico entre una silla, un arca y un jarro, testigos de la turbulenta y diabólica relación de amantes que mantienen un hombre y una mujer).
Al año, César Simón publica Quince fragmentos sobre un único tema: el tema único, poemario angular en su bibliografía, pues aquí –entrado ya el autor en los cincuenta y tres años– da rienda suelta a su concepción filosófica de la creación poética. ¿Y cuál es ese tema que apunta el título? Estos versos ofrecen varias pistas: «Yo paso, yo respiro, únicamente» (p. 218), «Nada habré sido nunca, y, sin embargo,/estar aquí sentado es suficiente» (p. 219), «¿…hemos vivido sólo para tales instantes?» (p. 221), «…consciencia/que vibra como llama,/que aparece en el mundo, lo delata,/lo ilumina, lo ahonda. Y lo destruye» (p. 222), «he logrado reducirme a lo fundamental, yo mismo» (p. 226), «no he venido a brindar ni a lamentarme/…/ [vivir es] una convicción de encontrarnos esencialmente solos en el mundo y aceptarlo,/de haber sido un sueño de la luz y el color/y fuego de artificio y explosión que se agota» (p. 229). En una entrevista publicada en 1983 por Cuadernos de Cultura, César Simón desvelaba el motivo temático de toda su producción: el existir, «una tarea abrumadora que todavía no me he quitado de las manos… que ni es una maravilla ni una calamidad, es un hecho inexplicable e irreductible». Y más adelante: «Soy un hombre profundamente calado por la sensación de su contingencia».
Extravío (1991) supone una indagación más honda en dicho asunto temático. Para César Simón, la poesía es un medio de conocimiento, una experiencia emocional que permite conocernos, ser en ese instante supremo de meditación. Las Elegías que abren el libro deslumbran por su autenticidad y contención: «¿He buscado la vida sin hallarla?/¿Estuvo en cada instante?/La conocí a través de la pereza/y de la dispersión,/del ocio sin placeres y del tedio./La conocí y la fui tan plenamente/que no he necesitado celebrarla. Por haberla perdido y malogrado,/por eso fui la vida sin saberlo» (pág. 242). Destaca también el poema Celebración, donde el autor se desmarca de los motivos y temas tratados por los demás poetas (esos «momentos de placer»); él, por su parte, se limita a habitar la cumbre de su propia consciencia, una –solitaria– región de plenitud.
En la última etapa de su vida, César Simón publicó dos poemarios más: Templo sin dioses (1996) y El jardín (1997) que ofrecen un tono menos vigoroso que los anteriores. Lo componen, fundamentalmente, poemas breves que reabren viejos temas del autor. Con todo, encontramos piezas contundentes, como El cuerpo leve, donde barrunta el fin («también la mecedora/una noche quedará quieta»).
El presente volumen, preparado por Vicente Gallego, compila un hermoso libro inédito: El pretexto y el fervor, que insiste en el texto de pequeña extensión, dedicado, ahora, a una mujer efímera, cuya ausencia lamenta quien enuncia.
Para acabar, y como atractivo de la edición, se incluyen apéndices con poemas excluidos en segundas ediciones, inéditos y una extensa bibliografía sobre César Simón a cargo de Begoña Pozo; estos materiales complementan al interesante prólogo de Vicente Gallego, donde no faltan las citas de las novelas, artículos y ensayos del poeta que retoman motivos y asuntos de su actividad poética.
César Simón tiene una voz peculiar, diferenciada del resto de poetas de su generación. Él mismo reconoce, entre otras cosas, que no le interesan la ética ni la política como temas: «Las actitudes éticas proceden del que se expresa desde un sistema, yo me he expresado siempre desde fuera… Creo que soy un poeta de aledaños, de senderos y de espacios vacíos. Merodeo por los pueblos sin entrar en ellos. El ágora no se ha hecho para mí» (entrevista citada). Su voz es una voz desnuda de retórica, de la “guardorropía teatral” que critica en muchos autores que duda que lo sean (versificadores que nada tienen de verdaderos poetas) y a los que reprocha que traten de “exhibir su mercancia”. Ajeno a las modas, buscó la verdad de su esencia en cuanto escribió, fue honesto consigo, con la sorpresa y la angustia que le inspiraba su existencia. De ahí que buscase –en algunos de sus libros– un verso corto, “frío, pero hiriente”. Quien ame la verdadera poesía no puede dejar pasar la oportunidad de leer esta Poesía completa de César Simón, uno de los grandes –y desconocidos– autores españoles del siglo pasado.

lunes, diciembre 05, 2016

Lluvia y otros cuentos, W. Somerset Maugham


Trad. Concha Cardeñoso Sáenz de Miera
Atalanta, Girona, 2016, 422 pp. 25 €

María Dolores García Pastor

Somerset Maugham fue un escritor prolífico que tuvo una carrera literaria larga y plagada de triunfos. Cuenta Vicente Molina Foix en su prólogo de Lluvia y otros cuentos que tuvo hasta cuatro obras en cartel al mismo tiempo, compaginando su éxito como dramaturgo y novelista de fama internacional. Muchas de sus obras se adaptaron al cine y gozó de reconocimiento popular. Pero, pese a todos estos méritos, no ha sido hasta las últimas décadas cuando ha comenzado a valorarse su obra como merece, situándole entre los grandes de la literatura. La aparición de libros como el que nos ocupa no hace más que confirmar su gran calidad como narrador. Son doce relatos de los más de cien que llegó a escribir a lo largo de su carrera. Pertenecen a épocas diversas y algunos sobrepasan las cincuenta páginas por lo que podrían considerarse como novelas breves. Entre ellos podemos establecer tres grupos según dónde suceden: relatos europeos, relatos orientales y relatos “en tránsito”, que son los que transcurren durante un viaje, generalmente a bordo de embarcaciones de la compañía de cruceros P&O. Se trata de relatos realistas narrados con un estilo sobrio que huye de las florituras y de los golpes de efecto. Son cuentos muy británicos, por su ironía, de anécdota clara. Dice también Molina Foix en el prólogo, que su autor era más próximo a Flaubert, Maupassant o Balzac, y que estaba emparentado con James por su extraterritorialidad. Le define como contrario a Chéjov,  y sí  es cierto que los cuentos del ruso son más profundos y trascendentes que los del británico.
Las tramas de Maugham están bien urdidas y las historias avanzan sin interrupciones que distraigan al lector de la unidad dramática: va al grano y sus finales son coherentes, el lector puede intuir hacia donde le está llevando, lo cual no impide que sean narraciones inquietantes y que sintamos la necesidad de seguir leyendo. Es un gran observador del comportamiento humano y se luce retratando a sus personajes aunque no sea prolífico en descripciones. Donde de verdad muestra su maestría es en la construcción de los diálogos porque en ellos aflora el dramaturgo. Estos son ágiles, verosímiles y contribuyen a profundizar en el retrato de los personajes. Entre dichos personajes destacan los femeninos por su fuerza: ellos actúan en la medida que ellas se lo permiten. Espías, sacristanes, predicadores, viajeros, damas de la alta sociedad... de todo cabe en este libro donde los paisajes exóticos devienen un personaje más.
Es directo, claro y preciso y sus finales son cerrados. Hay mucho de crítica social en ellos, rechaza los convencionalismos al tiempo que destila cierto aire misógino.  También captamos una mirada de superioridad colonial sobre los nativos y mucha ironía y humor. El relato que abre la antología, La carta, contó con al menos tres adaptaciones cinematográficas. Lluvia, el que da título a este libro, es uno de los más extensos, una fábula sobre la intolerancia religiosa y la hipocresía moral que también fue llevada al cine.
Somerset Maugham es uno de los escritores más viajeros y cosmopolitas que ha existido, con una notable tendencia al exotismo. Su éxito literario le permitió dar rienda suelta a su faceta viajera y residir en su lujosa mansión de la Riviera francesa. También trabajó ocasionalmente para el Servicio Secreto Británico. Todo ello, unido a su gran capacidad de observación, le proporcionó materia prima para sus historias que plasmó, además de en sus relatos, en veintiuna novelas, veinticuatro obras teatrales, ensayos, biografías, libros de viajes... Sin embargo, me atrevería a decir que encontramos al Maugham más ingenioso en los relatos. En definitiva, un nuevo acierto de una editorial tan exigente como Atalanta.

viernes, diciembre 02, 2016

El Enigma Turing, David Lagercrantz


Trad. Martin Lexell y Mónica Corral Frías
Destino, Barcelona, 2016. 480 pp. 20 €

Tomás Sendarrubias

Que Alan Turing es un personaje que podría haber sido calificado como el espíritu del Siglo XX es algo de lo que supongo no habrá duda alguna. Este matemático británico, no tan conocido como debiera, ha sido una de las mejores mentes que este planeta ha visto en su historia, y sus ideas y trabajos han marcado tanto nuestro tiempo que podría decirse que Turing es, como nadie más, el arquitecto del siglo XXI. Alan Turing fue un matemático inglés que colaboró con uno de los proyectos más secretos de la Segunda Guerra Mundial, el operativo de Bletchley Park, cuyo objetivo era romper los códigos secretos de comunicación de los nazis (el famoso código Enigma). Sin el éxito de Turing (y el resto de los hombres y mujeres que formaban ese operativo) probablemente la evolución de la Segunda Guerra Mundial hubiera sido muy diferente, pero cuando hablamos de Turing como "padre" del mundo moderno, no lo hacemos en un sentido contrafactual de "qué hubiera pasado si...", sino que lo hacemos porque Turing es quien definió con sus trabajos lo que sería todo el mundo informático del que hoy tanto dependemos. Empeñado en crear una máquina inteligente y capaz de aprender de sus errores, Turing legó a la posteridad los principios de la moderna informática... y también una historia dramática. Y es que a pesar de sus éxitos para los Aliados durante la Segunda Guerra Mundial, Turing fue víctima de una caza de brujas en la Gran Bretaña de su época, debido a su tendencia sexual (Alan Turing era un homosexual reconocido), y sufrió el escarnio público, el acoso de su propio gobierno, y finalmente, acabó con su vida envenenándose con una manzana con cianuro.
Y precisamente ese es el punto del que el escritor sueco David Lagercrantz (Soy Zlatan Ibrahimovic; Lo que no te mata te hace más fuerte) decidió partir hace unos años a la hora de escribir su obra La Caída de un Hombre en Wilmslow, que había permanecido hasta ahora inédito en nuestro país, donde no hace mucho se ha publicado con el título más llamativo de El Enigma Turing. La novela llega a remolque de tres corrientes de actualidad que parecen haber confluido para que tengamos con nosotros esta historia. La primera, la fama adquirida por el escritor en el último año, después de que se decidiera que él fuera el continuador de la Trilogía Millenium, del finado Stieg Larsson, con la publicación de la cuarta parte de la historia, Lo que no te mata te hace más fuerte. Por otro lado, el éxito el año pasado de la película Descifrando a Enigma, protagonizada por Benedict Cumberbatch ha traído a Turing de vuelta a la actualidad. Y sin duda, el título de la novela en España es un homenaje a toda la serie de novelas que, a raíz de El Código DaVinci de Dan Brown han surgido, llenándolo todo de misterios y enigmas atribuibles a Dante, Wagner, Miguel Ángel, etc...lo que sin duda lo hacía mucho más atractivo en nuestro país que su nombre original.
Ahora bien. ¿Qué es lo que nos encontramos en esta novela? David Lagercrantz arranca su historia precisamente con la muerte de Alan Turing, y convierte en el protagonista de la trama al policía encargado de investigar su fallecimiento, un hombre de carácter desagradable llamado Leonard Corell, que se encuentra de pronto sumergido en el confuso mundo del que Turing había surgido, y lo hace en plena Guerra Fría, y en un momento de gran persecución a la homosexualidad por parte de las propias instituciones británicas. Corell decide investigar los motivos de la muerte de Turing, y lo hace yendo más allá de las propias indicaciones de sus superiores, encontrándose con que el estudio de Turing le permite acceder a partes de él ya olvidadas, como sus intereses por las matemáticas o su compleja vida adolescente y de estudiante en uno de los prestigiosos colegios ingleses.
Sin duda, los amantes de la literatura sueca y de la Saga Millenium encontrarán en El Enigma Turing una lectura interesante, ya que comparte muchos puntos en común con el estilo de Larsson... ahora, aquellos que no se sientan tan atraídos por esa forma de escribir, encontrarán en El Enigma Turing un hueso duro de roer. La narración es lenta y personal, Corell una criatura absolutamente desagradable, y aunque plantea algunas cuestiones matemáticas y filosóficas muy interesantes, el entorno en el que se siembran es algo árido. Un libro orientado a un público muy concreto, que sin duda disfrutará de Lagercrantz y su retrato de la década de los cincuenta.

miércoles, noviembre 30, 2016

La carne, Rosa Montero


Alfaguara, Madrid, 2016. 240 pp. 18,90 €

María Dolores García Pastor

En su última novela Rosa Montero deja de lado sus mundos de fantasía para regresar al mucho más prosaico mundo real. Y lo hace con una historia cuyo argumento, a primera vista, puede parecer un poco trillado: señora madura contrata a prostituto joven para darle celos a su ex amante y acaba liada con él, con el gigoló, se entiende. Pero la historia de Soledad, la protagonista del relato, no es una historia al uso. Y es que al final es cómo se cuenta no lo que se cuenta, y Montero nos lo vuelve a demostrar.
La autora extrae el título de un verso de Stéphane Mallarmé que su protagonista rememora al final del libro: «La carne está triste y ya he leído todos los libros». La carne es en realidad la protagonista de la obra. La carne, el cuerpo que nos da placer, que es paraíso pero que con el paso del tiempo acaba convirtiéndose en mazmorra. Los años que pasan y la carne que pierde su consistencia original, su forma juvenil. Esa carne decrépita que socialmente no se le perdona a las mujeres. En La Carne su autora nos habla del deterioro y la decadencia pero, pese a lo que pudiera parecer, este es un libro profundamente vitalista, un canto a la vida, un alegato contra la derrota y una oda al volverlo a intentar de nuevo siempre. Soledad es una mujer de bandera, independiente, inteligente y atractiva, que cumple los sesenta en el tiempo de la narración. Tiene un pasado oculto, del que reniega y a causa del que siempre se siente caminando por la delgada línea que separa la demencia de la de cordura. Ese pasado nos sitúa en un juego de espejos del que Soledad intenta salir indemne no sin esfuerzo.
Esta es también una novela de suspense en la que el paso del tiempo y sus consecuencias tiene un papel fundamental, además de ser una constante en la obra de su autora. Paralela a la trama de la historia de amor-sexo entre Soledad y Adam, el gigoló, transcurre la de la exposición sobre escritores malditos de la que la protagonista es comisaria. Esta subtrama nos muestra la realidad que vivimos cuando llega gente más joven y más preparada que nosotros, o no, a competir por nuestro puesto de trabajo, y esos advenedizos nos hacer perder influencia o tirón en nuestro entorno.
Con todos estos ingredientes, Rosa Montero teje una intriga de la que es difícil apearse. Con destreza narrativa dibuja el paisaje devastado que deja el paso del tiempo en la carne, lo describe pormenorizadamente y no sin cierta ironía. Al tiempo que nos retrata una sociedad competitiva y patriarcal en la que a la mujer no se le perdona la vejez, sobre todo si no ha tenido hijos. También hace un guiño cómplice a sus lectores convirtiéndose a si misma en uno de los personajes de la historia que es la antítesis total de Soledad en cuanto a su carácter y actitud frente a la vida. En definitiva, una novela muy alejada de la Rosa Montero de los últimos tiempos pero muy recomendable en especial para quienes la han descubierto y se han hecho lectores con sus primeros libros.  

lunes, noviembre 28, 2016

Ley matinal, Isabel Moreno García


Plaza y Valdés Editores, Madrid, 2016. 94 pp. 10 €

Pedro M. Domene

La mirada del escritor proyecta su yo narrativo en una multiplicidad de temas universales que contemplan ese obligado homenaje al amor y a la amistad, a los encuentros amorosos y a los desencuentros, el consabido paso del tiempo y la condición humana, esa permanente condición de hombre que celebra tanto el poder del arte como el de la literatura; en suma, una suerte de belleza capaz de convertir la naturaleza de los objetos en esa preclara elocuencia que hace realidad las vivencias que, de la mano de un narrador, cobran un nuevo sentido, y se ajustan a esa eterna visión que nos proporciona cada instante. Así debemos entender estos microtextos de Isabel Moreno García (Madrid) que titula Ley matinal (2016), en realidad, setenta episodios narrativos que contienen escenas muy diversas y, si en su obra anterior, Pasos (2013), la narradora nos invitaba a la contemplación, o su voz se diseminaba por instancias narrativas diversas, en esa búsqueda y captura de los momentos para condensar la totalidad de una experiencia, y aun más se abría paso en el aspecto literario con imágenes y visiones cercanas, de nuevo en Ley matinal, Moreno García, propicia encuentros fortuitos, hermosas impresiones de instantes y vivencias, y abundantes recuerdos que, de alguna manera, provocan esos momentos que condensan la totalidad de una experiencia vivida hasta convertirlos en literatura. Su prosa destaca por la delicadeza con que se retrata la sencillez de los ritos cotidianos y los pequeños gestos reveladores. Esta nueva entrega, también, de ficciones breves, con títulos tan sugerentes como “Miniatura”, donde lo grande e incluso lo pequeño se magnifica, “Volver la vista al cielo”, como exaltación de una belleza real o inventada a través del cromatismo pictórico, y lo mismo ocurre en “Fuga cromática” o sobre la imagen fotográfica que se obtiene de una realidad vivida, caso de “Linde”, aunque en todas, y cada una, remite a un yo plural y ficticio que aun así delata la continuidad de esa voz que se perpetúa en la escritura.
El estilo se caracteriza por un lirismo sutil, esa característica prosa poética que ofrece una sugestiva aprensión de la realidad, y que se concreta y refuerza a través de una adjetivación medida, bien distribuida y precisa, con esa sutilidad denotativa que provoca tanto en evocaciones como en emociones de una depurada belleza.
La escritura de Moreno García trasluce una no simulada pasión que procede de la musicalidad y del poder para trabajar bien la palabra exacta, capaz de crear ese efecto que traspasa los límites de una realidad cognoscitiva y reconocible, a su vez otra de sus características añadidas que ensancha los límites establecidos en las relaciones y modos humanos para al final detenerse, fijándolos en un gesto o una mirada, la de Isabel Moreno García que celebra así con su actitud la superación del desastre y reivindica con su literatura la trascendencia de cuantos numerosos detalles y encuentros cotidianos nos enfrentamos a diario; es entonces cuando la prosa de Moreno García cobra toda su fuerza, y entona ese acertado canto a toda una existencia.

viernes, noviembre 25, 2016

Teatro reunido, Arthur Miller


Trad. Victoria Alonso Blanco, Jordi Fibla Feito, José Luis López Muñoz y Eduardo Mendoza
Tusquets Editores. Barcelona, 2015. 488 pp. 23,50 €

Victoria R. Gil

En 2015 se conmemoró el centenario del nacimiento de Arthur Miller, uno de los mejores dramaturgos del pasado siglo, galardonado con varios premios Pulitzer y con el Premio Príncipe de Asturias, entre otros muchos reconocimientos que avalan una obra que sigue tan vigente hoy como cuando fue escrita. La editorial Tusquets decidió celebrar esa fecha con la publicación de un volumen que reúne cinco de sus mejores obras Todos eran mis hijos (1947), Muerte de un viajante (1949), Las brujas de Salem (1952), Panorama desde el puente (1955) y Después de la caída (1964). En todas ellas destaca la crítica social que caracterizó siempre su trabajo y, sobre todo, el desaliento que produce la imposibilidad de alcanzar ese sueño americano que, a pesar de lo que nos cuentan, no está al alcance de cualquiera.
Otro gran hombre del teatro, José María Pou, recordaba con motivo de este centenario las numerosas veces que se ha representado en España su obra más famosa y la que mejor representa la frustración de no cumplir unas aspiraciones imposibles, ese fracaso que se le pega a uno como el hedor del agua estancada y no se va con ningún cepillado. El traje de Willy Loman, un auténtico máster en representación teatral que todo actor aspira a superar con nota, se lo han puesto en nuestro país grandes nombres de la escena como Carlos Lemos y José María Rodero. (Éste último, en una versión para televisión con Juan Diego, Jaime Blanch y Berta Riaza que RTVE comparte en su archivo videográfico a través de internet y que no deberían perderse).
Willy Loman y sus castillos en el aire, su ambición nunca cumplida y su huida hacia delante nos resulta muy familiar porque tiene mucho de nosotros mismos, inmersos en este tiempo capaz de levantar un sistema financiero sobre cimientos de cristal y convertir la especulación capitalista en la única y verdadera religión. Eso sí, los ricos, como los santos, siguen siendo los otros.
De plena actualidad es también otra de las obras incluida en esta antología. En el prólogo a su traducción de Panorama desde el puente, Eduardo Mendoza asegura que ésta refleja «la situación de los inmigrantes ilegales, obligados a asumir la marginalidad, a integrarse de hecho y de derecho en el círculo de la delincuencia, sin otra causa que el deseo de ganarse la vida con un trabajo honrado». Una situación que, como recuerda el autor catalán, se ha agravado hasta alcanzar hoy dimensiones globales.
¿Y qué decir de Las brujas de Salem, un alegato contra la detención de cualquier norteamericano sospechoso de ser comunistas impulsada por el senador McCarthy en Estados Unidos y de la que fue víctima el propio Arthur Miller? El fanatismo religioso que tan bien retrata el escritor, irracional y violento, como lo es cualquier otro fanatismo (político, racial…) empeñado en la destrucción del otro, del diferente, llena las primeras páginas de nuestros periódicos cada día. La pervivencia de unos conflictos que fueron descritos hace más de sesenta años no nos deja en buen lugar.
En Todos eran mis hijos y Después de la caída, el dramaturgo va a profundizar en las heridas que siempre provocan las relaciones personales. En la primera, un pobre hombre que nos recuerda a Willy Loman por sus sueños de gloria, no es más que un empresario sin conciencia, a quien no le importa pagar el precio más alto por aumentar su margen de beneficio. Y el descubrimiento de su verdadera naturaleza quiebra por segunda vez una familia que, quizás (su tragedia es ignorarlo) él mismo había roto ya, sin saberlo.
En Después de la caída, el escenario va a ser «la mente, el pensamiento y la memoria» de su protagonista, y el principal argumento, ese campo de batalla que es el matrimonio y del que acaso nadie logre salir indemne. Escrita después de la muerte de Marilyn Monroe, con la que estuvo casado cinco años, Miller relata sin pudor sus reflexiones más íntimas y nos transmite la intensidad y el desencuentro de aquel amor que pareció nacer condenado al fracaso.
Este Teatro reunido que nos ofrece Tusquets es una magnífica oportunidad para reencontrarnos con la obra de un escritor que nunca tomó el camino fácil y cuyo principal mérito radica en despojarnos de caretas y artificios hasta dejarnos desnudos como el emperador.

miércoles, noviembre 23, 2016

La invención de la libertad, Juan Arnau


Atalanta, Girona, 2016. 288 pp. 23 €

Fermín Herrero

Juan Arnau es un pensador heterodoxo y singular, no en vano estudió astrofísica antes de doctorarse en filosofía sánscrita y ha ejercido la docencia en las universidades de Michigan, Benarés y Barcelona. Conocía de su obra algún estudio sobre el budismo, además de narraciones en Pre-textos y su exitoso Manual de filosofía portátil, publicado, como el título del que nos ocupamos, La invención de la libertad, por la exquisita editorial Atalanta. En todos ellos muestra una calidad de escritura notable, al conjugar, tarea harto difícil, lo ameno y lo profundo.
De la pluralidad de sus intereses da buena cuenta este volumen, que agavilla acercamientos a la aventura en pos del espíritu, entre la intuición y la inteligencia, la percepción y el recuerdo, la memoria y la materia, de Henri Bergson, al que tanto admiraba Machado, del que tanto aprendió su poesía como palabra en el tiempo, deudora del crucial concepto de Durée («la sensación misma del transcurso, la experiencia consciente, íntima, del tiempo»); a la exploración hacia la mística del edificante William James y hacia la perspectiva radical del matemático que terminó como metafísico jubilado en Harvard Alfred North Whitehead, para quien, en virtud de su “filosofía del organismo”, estamos «en todo lo que percibimos». Los tres, intelectuales de formación ampliamente humanista, compartieron curiosamente estrado a lo largo del tiempo en las Gifford Lectures de Edimburgo. Arnau, exegeta de lujo, dialoga con ellos, le sirven como palanca. Su pensamiento, en la línea de los filósofos a los que se aproxima, tiende a lo sentencioso –alguno de los apotegmas que vertebran el texto es incluso muy arriesgado, caso de «el universo no tiene leyes sino hábitos, como todo lo vivo»- en detrimento de la hipotaxis. Renuncia a los tecnicismos abstractos y a la jerga académica en beneficio de un razonar libre, activo, especulativo, basado primordialmente en la percepción, en una atención de reminiscencias budistas y en la sensibilidad de las experiencias emocionales y estéticas
¿Por qué Arnau ha elegido precisamente a estos tres autores? Según el filósofo valenciano, porque cada uno a su manera mantuvieron, frente al helador ventarrón de la preponderante ciencia contemporánea, el que soplaba, y sopla, hacia el materialismo mecanicista, el positivismo, el determinismo y el absolutismo tecnológico, que «el mundo es una invención de la libertad», de ahí el título. Por eso, en todo momento, siguiendo su estela, el estudio se ajusta a la premisa de dotar al razonamiento filosófico de un componente de imaginación («empatía, creatividad y atención: éstos son los tres ejes de la propuesta que plantea este libro») al que han dado la espalda tanto las orientaciones centradas en la lógica lingüística como las derivadas del existencialismo dominante en la modernidad.
Aparte del seductor enfoque hermenéutico, el ensayo cuenta con semblanzas deliciosas, como la del padre de W.James y del novelista Henry, que «prefería la chimenea al foro», elección que todos deberíamos tener muy en cuenta; o evocaciones como la del París coetáneo de Bergson: el de Proust, Manet o Debussy. Y desarrolla un pensar, un discurrir cuyo norte es siempre la convicción de que la filosofía «determina nuestro modo de estar en el mundo».
En suma, una invitación de primer orden a meditar activamente sobre la condición humana, a practicar la expresión liberadora desde la emoción genuina y desde la experiencia interior del hombre. Otro acierto de la editorial gerundense Atalanta, que con este libro pasa de los cien números en una colección que aúna la factura formal impecable con lo provechoso y variopinto de los contenidos, en cualquier título, tanto en las reediciones necesarias de clásicos olvidados como en descubrimientos deslumbrantes como el pensamiento filosófico de Jean Gebser, los inigualables escolios de Nicolás Gómez Dávila o la narrativa breve del iconoclasta Yasutaka Tsutsui, por poner algún ejemplo.

lunes, noviembre 21, 2016

Señales de humo. Manual de literatura para caníbales I, Rafael Reig


Tusquets, Barcelona, 2016. 384 pp. 19,50 €

Pedro Pujante

A mitad de camino de la novela de aventuras y el manual de literatura (caníbal, en este caso, como señala el propio autor), Señales de humo constituye una pieza única en la literatura actual. Por dos razones. Primero, porque aborda unos cuantos siglos de la historia de la literatura española y en parte europea con desparpajo, ironía, profundidad analítica y falta de solemnidad (esto último es de agradecer); y también porque, además de ilustrar es capaz de mantener una coherencia argumentativa, estilo elevado y gancho literario enormes.
El recurso del que se vale Reig para articular la novela es a través de lo fantástico: un narrador, un profesor de literatura contemporáneo, tras un ¿intento de suicidio?, se encarna sucesivamente en distintos personajes de la historia y testimonia en primera persona, de primea mano, acontecimientos de la literatura. El relato avanza con una tesis dualista de la literatura, en la que dos bandos se enfrentan a lo largo del tiempo. Por un lado, las formas populares, representadas por la juglaría, y por otro, la poesía culta, con el estamento culto del Mester de Clerecía a la cabeza. Una suerte de lucha de clases de inspiración marxista, en la que el autor toma partido por la primera.
En todo caso, el periplo del cambiante protagonista-narrador es secundario, cimentándose el peso y el valor de Señales de humo en su naturaleza de carácter didáctico. Un repaso magistral y filológico, que va desde los albores de nuestras letras hasta el ocaso del Siglo de Oro.
Además de una gran erudición libresca, Rafael Reig demuestra ser un admirable conocedor del espíritu humano. No por el desarrollo de sus personajes, que como decíamos, carece de importancia en Señales. Sino por su gran capacidad para ahondar en la psicología de una y otra época, en sus idiosincrasias, en sus lenguas, para así ofrecer una visión rica y profusa de sus literaturas. Combinando su vasta cultura y mucha documentación, el libro está plagado de citas, fragmentos de textos y referencias a otros textos, que hacen para el curioso, para el buscador de perlas literarias que Señales de humo se convierta en un lugar feliz. Reig domina el lenguaje, escribe con una soltura sobrenatural y hace que la literatura clásica parezca divertida, entrañable y de algún modo cercana.
Geniales son sus aproximaciones a Petrarca –padre del Humanismo– o a Villon –el primer poeta maldito–. Hasta tal punto que el lector se cuestionará si realmente el narrador, si el propio Reig, no habrá viajado alguna vez en el tiempo para conocer sus épocas, sus vidas, sus sentimientos.

viernes, noviembre 18, 2016

Tres días y una vida, Pierre Lemaitre


Trad. José Antonio Soriano Marco
Salamandra, Barcelona, 2016. 224 pp. 18 €

Ángeles Prieto Barba

Tras obtener Pierre Lemaitre en 2013 el Premio Goncourt, el más prestigioso de las letras galas, por la excepcional Nos vemos ahí arriba (Salamandra, mismo traductor), el público español ha ido conociendo progresivamente sus novelas, cuatro de ellas policíacas constituyendo un ciclo en torno al comisario Camille Verhoeven, comandante de la Brigada Criminal de París. Pero fue con Vestido de novia (Alfaguara, 2014), thriller psicológico al margen de esta serie, cuando volvió de nuevo a alcanzar el éxito y las ventas masivas, dotada como estaba dicha novela de un ritmo trepidante y adictivo, pero también de ambigüedad psicológica sin moralina, invitando al lector a sacar conclusiones propias. Y en Tres días y una vida, la novela corta que ahora presentamos, nos vamos a encontrar en buena parte con repetición de fórmula (ritmo y ambigüedad), por lo que los lectores habituales de Lemaitre deben sentirse contentos, de enhorabuena. Y los que no, también.
Tres días y una vida, no obstante, más que un thriller novelado parece un cuento largo muy bien cerrado, con personajes importantes de comportamientos inusuales que nos llamarán mucho la atención y a los que podremos encontrar explicación solo al final, acabando el relato. Se trata pues de una nouvelle muy bien planificada en tres partes, que pivota en torno al clásico Crimen y Castigo de Fiodor Dostoievsky, con la particularidad de que el crimen no es premeditado sino accidental y de que el asesino protagonista es un crío de tan solo doce años. Y hasta aquí puedo desvelar lo que sé sobre la trama, para que no decaiga el interés.
Mucho más podemos contar sobre el personaje principal y el significado final que esta narración entraña. No cabe duda de que a Pierre Lemaitre le impactaría en 1993 el caso de Robert Thompson y John Venables, dos críos británicos de diez años que, tras robar en unos grandes almacenes juguetes y dulces, decidieron atrapar a un pequeño de dos años al que torturaron hasta matarlo. Acto seguido, depositaron el cadáver sobre las vías de un tren para que este le pasara por encima y así eludir responsabilidades. Es solo que las cámaras de seguridad del centro comercial grabaron el rapto y a los culpables, a la vez que los forenses identificaban las múltiples heridas que presentaba el cuerpo cercenado del niño asesinado. Tras las detenciones, todos los medios de comunicación reprodujeron una noticia que rompía brutalmente con la imagen de inocencia, candor, esperanza y futuro que relacionamos siempre con la infancia. Y los dos niños fueron sentenciados a pena de prisión hasta alcanzar la mayoría de edad. Alcanzada esta, en junio de 2001 salieron de la cárcel, pero de 2010 a 2013 uno de ellos, John Venables, volvió de nuevo tras las rejas acusado de posesión y distribución de pornografía infantil, demostración de que hubo evidente motivación sexual patológica en aquel crimen temprano, lacra de la que el culpable no pudo sustraerse más tarde. Pues bien, de esta historia real a la ficción que nos presenta Lemaitre, un hecho nos parece incontrovertible: La inexorabilidad de nuestros actos que siempre dejan huella, mucho más en esta época (cámaras de vigilancia, testigos, móviles por doquier, restos de ADN). Y cabría otra cuestión importante para someter a discusión tras la lectura de esta novela. No ya si recibir condena por un crimen sea inevitable, sino si ese castigo impuesto, como medio de escarmiento y de redención, sirve para algo, o no. De ahí la ambigüedad moral del tema que el narrador nos presenta hábilmente en tercera persona, pero siempre bajo el prisma y la óptica del menor homicida con el que tal vez lleguemos a simpatizar. Quizá demasiado maduro, perspicaz y precavido para sus doce años. Ya veremos la evolución que sufre.
Lemaitre ha tenido la habilidad de componer una nueva novela de lectura subyugante, de esas que no podemos soltar hasta haberla terminado. Y también de proponernos otro tema psicológico serio sobre el que reflexionar. En los tiempos que corren, mucho supone. Lo suficiente para seguir incrementando el numeroso grupo de lectores, atentos y fieles, que ya posee.

miércoles, noviembre 16, 2016

Las chicas, Emma Cline


Trad. Inga Pellisa
Anagrama, Barcelona, 2016. 342 pp. 19,90 €

Salvador Gutiérrez Solís

Cada cierto tiempo nos anuncian a bombo y platillo el nacimiento de una nueva estrella literaria que ha de convertirse en el faro del futuro, y en demasiadas ocasiones el queroseno dura mucho menos de lo previsto y la estrella deja de brillar, hasta desaparecer en el agujero negro del olvido. Es una historia frecuente, recuerdo estrellas que no soportaron el big bang, abrasadas por la artificial y premeditada llamarada inicial. Jamás volvimos a saber de ellas. Esa primera luz también fue la última.
No sé si Emma Cline será en el futuro una estrella sin luz, un nuevo agujero negro olvidado, un juguete roto por la mercadotecnia y las excesivas y abusivas expectativas, puede que sí, quién sabe, pero también puede que suceda justamente lo contrario. Esa respuesta la tiene el tiempo y las futuras obras que esta escritora pueda ofrecer. Lo tangible, lo real, lo evaluable es este presente que encontramos en Las chicas (The girls), una formidable novela, brillante hasta lo inolvidable en algunos pasajes, estructuralmente perfecta y de una original tal que la convierte en una pieza única, desde un punto de vista argumental.
Es difícil abstraerse a toda la onda expansiva que rodea a esta novela: vertiginoso y vitoreado debut literario, críticas de inusual grandilocuencia, mareantes cifras, adaptación cinematográfica –apuesto por Sofía Coppola-, juventud de la autora, etc, pero aún así, teniendo presente tan amplia y descomunal carta de presentación, Las chicas muestra a una autora, Emma Cline, muy habilidosa, rigurosa, profunda, cuando así lo requiere la situación, y con mucho talento. Ese talento que se siente a la primera y que el artificio es incapaz de recrear. Hay mano, buena mano, hay pulso, hay Literatura en esta su primera obra.
Es fácil deducir, en Las chicas, que bajo Rusell se esconde Charles Manson, ese líder mesiánico, lisérgico y atroz de finales de los sesenta que pasó a ocupar un lugar destacado en la Sala de los Horrores tras el asesinato de siete personas, la actriz y modelo Sharon Tate entre las víctimas, pareja del director de cine Roman Polansky. Sin embargo, Rusell ocupa en Las chicas un lugar secundario, ya que son las chicas que le rodean, especialmente Suzanne, cabeza visible, las relaciones que establecen, el día a día de la secta, la vida en el rancho y el tránsito de la adolescencia a la juventud los grandes protagonistas de la novela.
Narrada en dos tiempos a través de su protagonista, Evie, adolescente en 1969, madura en la actualidad, Las chicas alterna la poética sensualidad con el desgarro feroz de la violencia, así como la explicación de los hechos mediante la exposición de sus protagonistas, todos ellos propietarios de vidas desestructuradas, con la turbadora representación de una realidad descarnada y macabra.
Curiosamente, coincide el lanzamiento de Las chicas con la emisión de la teleserie Aquarius, protagonizada por David Duchovny (el legendario agente Mulder de Expediente X), donde se recrean los últimos meses de Charles Manson y su secta, desde una perspectiva policial. Y mientras la serie recorre la primera superficie de lo acontecido, Emma Cline se atreve a descender a las alcantarillas, a las raíces, de esas chicas greñosas y felices que danzaban alrededor de Rusell. Una deslumbrante novela construida a partir de una historia formidable, mediante una narración tan hermosa como precisa.

lunes, noviembre 14, 2016

Tu amor es infinito, Maria Peura


Trad. Luisa Gutiérrez Ruiz
Sexto Piso, Barcelona, 2016. 208 pp. 18 €

Ariadna G. García

La narrativa finlandesa lleva unos años pegando fuerte en nuestras librerías. Dejando al margen al mítico Artoo Paasilinna, en el último lustro se han traducido las novelas de Sofi Oksanen (Purga, 2011; Cuando las palomas cayeron del cielo, 2013), Riikka Pulkkinen (La verdad, 2012), Tuomas Kyrö (Vatanescu y la liebre, 2014) y Katja Kettu (La comadrona, 2014). A esta nómina acaba de sumarse otra voz singular, la de Maria Peura (1970). Si hay un denominador común en las jóvenes escritoras finlandesas es la potencia de su estilo, con una clara propensión a la metáfora para ocultar la dura realidad que se describe. A ninguna de estas mujeres le tiembla el pulso a la hora de relatar sus historias, violentas y dramáticas. En el caso de Peura, Tu amor es infinito afronta el tema de la pederastia y la violencia doméstica. La modalización es interna, Saraa –de apenas siete años– nos narra en tiempo presente sus vivencias en casa de los abuelos maternos, cerca de Rovaniemi (Laponia). Su relato es altamente lírico, con tendencia a la evasión surrealista y al buceo dentro del inconsciente. Este rasgo de estilo obedece tanto a la ingenuidad de la narradora como a su desesperado intento de escapar –siquiera por medio de la imaginación– de unas experiencias dolorosas y humillantes. Peura describe a la perfección las contradicciones afectivas de la niña, su rico mundo interno dominado por una naturaleza que cobija y abriga. Los propios lectores sentirán la paradoja de caer bajo el hechizo de unas palabras, a menudo, cargadas de sensualidad, al tiempo de repeler aquello que connotan. La traducción de Luisa Gutiérrez es muy meritoria, pues el juego de imágenes, así como la intrincada red de emociones que teje el relato, suponían un reto de difícil ejecución. Lirismo, oraciones simples y canciones infantiles son la base técnica de un libro demoledor, tremendo por lo que tiene de real, por lo que denuncia de nuestras –en apariencia– modélicas familias y sociedades. Que nadie se fíe, parece decir la autora, del blanco de la nieve: bajo la pulcritud se esconde un lodazal.

viernes, noviembre 11, 2016

Las sillitas rojas, Edna O´Brien


Trad. de Regina López Muñoz
Errata Naturae, Madrid, 2016. 352 pp. 19 €

Fermín Herrero

Tras el succès d’estime de su trilogía de índole autobiográfica, publicada también en español por Errata Naturae, llega ahora a las librerías la última novela de Edna O’Brien, que apareció en inglés el año pasado y constituyó, para el público y la crítica británicos –sectores cada vez más divergentes en todo Occidente, por lo que es noticia esperanzadora- un acontecimiento en toda regla, tras diez años de silencio narrativo por parte de la autora. Fue saludada con encendidos elogios, entre otros, por John Banville y Philip Roth, con lo que está todo dicho.
Frente a la frescura íntima de las novelas anteriores de las “chicas”, el arranque de Las sillitas rojas es un tanto peliculero. La acción se inicia en un pueblo irlandés, un escenario especialidad de la casa, pues O’Brien demostró ya sobradamente en las narraciones mencionadas que conoce a la perfección los intríngulis, las ganas de chismorreo y escándalo, los mecanismos psicológicos que rigen la vida secreta de estas localidades pequeñas. Y una vez más lo consigue. A este respecto, por caso, es muy atinado el retrato de un club de lectura, epidemia que se ve que no afecta sólo a nuestro país.
En ese escenario, como por ensalmo, aparece en una noche cerrada, heladora, invernal, un hombre barbudo, ataviado con un abrigo talar y solemnes guantes blancos. Todo en este extraño caballero, estirado y al tiempo con aura de santo peregrino, es fascinante y enigmático: procede de un lejano país, Montenegro; ha vivido retirado en varios monasterios de su tierra; pretende ejercer como “sanador y terapeuta sexual”, una bomba de relojería para la católica y farisaica sociedad lugareña. Aparte de practicar la medicina alternativa se declara poeta, al modo de Ovidio exiliado junto al Mar Negro en sus Tristia. Y, más allá de la brutalidad y la crudeza, de las escenas durísimas, que no se olvidan, desde el momento en que se desencadenan los acontecimientos, esto es lo más inquietante: muchos dictadores, gerifaltes, genocidas de la historia, no sólo el Karadciz del texto o Hitler han tenido veleidades artísticas. Asunto que J.A.González Sainz noveló de manera magistral en nuestras letras en Volver al mundo.
Sin embargo, quien amalgama el argumento y le confiere sentido es de nuevo un personaje femenino de los suyos, de una pieza, de nombre Fidelma, «pelo negro, piel de porcelana, cuello de cisne, sonrisa de Gioconda», que también hizo sus pinitos líricos durante la adolescencia, la belleza del lugar sometida a una especie de expiación londinense, trabajando de limpiadora o en una perrera de galgos, viviendo entre inmigrantes, que «camina bella como la noche», según el verso de Byron. Cómo nos gustaría ser el petirrojo que la ronda entre los rododendros y al final del libro, o sentarnos con ella en un pub, con una Guinness o un whisky caliente con clavo o miel, mientras suenan los maravillosos The Pogues, rodeados de “los pecios de este mundo”: los atormentados, los perseguidos, los proscritos, los vencidos.
La autora mantiene de sus narraciones anteriores la linealidad clásica con flashbacks puntuales y oscilaciones entre el uso verbal del presente y del pasado, con una rara naturalidad; así como la alternancia de puntos de vista, la inclusión de algún episodio onírico, tal vez prescindible, y el final abierto. Su mirada, menos introspectiva, se ha ensanchado, igual que su prosa, ha saltado de lo privado, lo doméstico, a la actualidad internacional, marcada por las guerras (aquí la de Yugoeslavia), las masacres y la emigración. En este sentido, la aparición de Roberto Bolaño en una de las citas iniciales, de un fragmento del Poema de Gilgamesh al frente del primer capítulo o después de otro de La Eneida o de un poema de Emily Dickinson son muestra de su intención de ampliar horizontes y quitarse el estigma de narradora natural, sin formación. Aunque la verdad es que no sé si este salto obra en beneficio de su narrativa, la trama es bastante previsible y con frecuencia cae en el maniqueísmo ambiental, de los mass media. Tal vez se mueva mejor en las distancias cortas y el tono confesional, menos grandilocuente.
En todo caso, O’Brien es una novelista de raza, no cabe duda, tiene ese algo indefinible del narrador instintivo, nato –sólo hay que ver las terribles historias que sueltan, para desahogarse, los refugiados de un centro benéfico; o las de los currantes de un restaurante para pasar el rato durante el descansillo del cigarro-, una intuición de dónde está la materia novelística de los días y vidas comunes, aparentemente anodinos. Lo demostró en su narrativa primera de raíz autobiográfica, vuelve a hacerlo en Las sillitas rojas, con la que da además un paso adelante en su obra.

miércoles, noviembre 09, 2016

Cada día es del ladrón, Teju Cole


Trad. Marcelo Cohen
Acantilado, Barcelona, 2016. 143 pp. 16 €

Ignacio Sanz

Tengo un desconocimiento oceánico de la literatura africana. Claro que la literatura se ve cada vez más sometida a influencias internacionales. Pero no, pese a todo, cada país tiene unos rasgos, una idiosincrasia que le diferencia. Leí en su día algún libro de Wole Soyinka, el combativo caballero Soyinka, nigeriano como Cole y, como él, muy vinculado con Estados Unidos. Por eso no sabría decir si estamos ante un autor nigeriano o ante un autor norteamericano que nació en Nigeria. Algunos de los capítulos de este libro dejan un aroma que recuerda los relatos descarnados del realismo sucio. Tampoco sabría decir si estamos ante un diario de vacaciones, ante un libro de viajes o ante una novela que rezuma picaresca y bandidaje a pequeña escala. El autor, médico de profesión, tras casi veinte años fuera de su país, vuelve a casa para encontrarse con sus familiares. Antes de regresar, en las oficinas del consulado donde acude para agilizar el papeleo, comienza el calvario, es decir, los pequeños sobornos, las mordidas que prácticamente ya no abandonan el libro hasta el último capítulo. Y todo se produce con cierta normalidad. Como se producían en la España en tiempos de Franco. Los funcionarios ponen la mano porque cobran unos sueldos miserables y todo el mundo acepta que hay que sobrevivir con los pequeños sobornos que tanta desconfianza crean en el ambiente porque nunca se sabe dónde está el tope. Desde el funcionario de aduanas, hasta el oficial del ejército o el guardia municipal. Todo el territorio es un campo minado. Por supuesto que tienen también grandes corruptos como los nuestros, pero esos, cuando se extralimitan en su codicia y les pillan, van a dar con sus huesos a la cárcel. Robar sí, pero en sus justas proporciones.
Me ha venido muy bien leer este libro porque, sin salir de casa, me ha trasladado a Nigeria, a sus costumbres, a su modo de vida, a alguna de sus ciudades superpobladas, especialmente a Lagos que casi alcanza los 13 millones de habitantes, a sus cíclicos accidentes de avión, a sus sistemas de transporte terrestre, a sus comidas, a su hospitalidad, a su religiosidad, a sus ladrones despiadados, de la misma manera que En la Patagonia, de Bruce Chatwin, me llevó a conocer de primera mano una de las regiones más desoladas y literariamente más atractivas del cono sur americano.
Y todo escrito a lo largo de 27 capítulos en los que el autor se hace eco de su vida cotidiana, de sus movimientos, sus paseos por los museos, sus reencuentros con los viejos amigos y familiares. Algunos de estos capítulos podrían funcionar como cuentos breves. Ahí está la gracia para no caer en el costumbrismo, para trasladar al lector la emoción y la sorpresa. Además de escribir, Teju Cole se dedica a la fotografía de manera que intercaladas entre los capítulo del libro ha ido dejando unas cuantas imágenes que nos ayudan a completar la visión de este rompecabezas caótico en trance de transformación que es Nigeria. Sorprende por la amenidad y la eficacia narrativa, pese a que a veces resulte descorazonador saber que hay mucha gente en el mundo que, más allá del clima tropical, no acaba de salir de los pequeños infiernos en los que, por mor del subdesarrollo, se han convertido sus países.

lunes, noviembre 07, 2016

Maleza viva, Gemma Pellicer


Jekyll & Jill, Zaragoza, 2016. 124 pp. 16,50 €

Pedro M. Domene

Sobrevivimos a cualquier movimiento, y nuestra vida se convierte en una auténtica metáfora de la mutabilidad de la existencia humana, de la apariencia y del artificio como esa cualidad intrínseca del ser. Gemma Pellicer (Barcelona, 1972) muestra una auténtica operación de búsqueda a través de los sugerentes microrrelatos que componen Maleza viva, el segundo libro de la escritora, tras La danza de las horas (2012), su primera incursión en el género que tan bien conoce. Pellicer se cuestiona la ambigua percepción humana acerca del tiempo, o el prodigio que palpita bajo lo cotidiano, que en sus textos son tratados con una sensibilidad y una lucidez asombrosa.
Un breve “Paisanaje”, auténtico prefacio, abre el libro y enuncia uno de los temas axiales del volumen: el de la mutabilidad propia de la condición humana, mutabilidad que en este primer texto toma la forma de una inquietante visión metafórica sobre el microcosmos que se agita en el interior de la maleza, esa maleza viva, o hierba mala, envuelta en el suave sonido que proporciona el ruido de la tempestad. Y lo mejor del volumen, para establecer parámetros comprensibles en el lector, la narradora divide su obra en dos grandes partes: “Puntos de luz” y “Herbolario”, y en ellas la autora se interroga con una sutileza más que notable acerca de cuestiones como el lado irracional y amenazante que esconde la realidad cotidiana, “Historia de fantasmas” y “Tiovivo enmascarado”, la caducidad de los días o el tiempo, “En caída libre”, “Consunción” y “El día mengua”, el sentimiento de vértigo y el vacío “Deseo maquinal”, “Ojos de vaca”, “Entresueño”), o la incertidumbre que encierra esa noción de una identidad “La mujer que no era”, como el mejor ejemplo de esa incertidumbre cotidiana, y no menos insólita.
En la segunda parte se acentúa ese concepto surrealista del devenir, aunque sobresale en una primera imagen, esa aguda reflexión sobre la ferocidad inextricable que late bajo la apariencia tranquilizadora de la naturaleza, “Crestas de gallo”, “Verano” y “Puesta de luna”), son escenas en las que Pellicer toma partido, aunque más que en el conjunto anterior la autora articula en esta serie de textos un discurso de tono más irónico contra los efectos de la intervención humana en el entorno natural, “Supervivencia” y “Alimaña”, dan fe de ese compromiso, pero también el mundo de las fábulas o de los mitos completan el trazado de la segunda sección: bosques, la visión del arca de Noé, Dios y el Diablo, o incluso la figura de Jesucristo, incluso ninfas y hombres-lobo, constituyen otros tantos nuevos pretextos para meditar sobre los temas apuntados. Y como puede apreciarse, en la mayoría de estos textos, los breves y/o los más extensos, se perciben esas pulsaciones de “la brevedad de la vida” y ofrecen el mejor espejo que refleja la precariedad, la inmediatez y la urgencia que caracteriza a nuestro tiempo. Quizá por este, y no otro, motivo, Gemma Pellicer se sirve de la micro-ficción porque, junto a la lírica representa nuestra capacidad para sintetizar el tiempo, incapaces de dilatar el instante vivido, y frente a la inseguridad que se presupone del futuro.
Maleza viva demuestra la potencia y el valor intrínseco de la palabra, la importancia de una comunicación calculada, y en igual proporción meditada, entre ese artefacto que se presupone entre el hecho literario y el lector que propaga con su mente y su imaginación la posibilidad de un entorno más agradable, y es así como Gemma Pellicer moldea sus presunciones recurriendo al mejor efecto lírico, microrrelato o en alguna de sus mejores líneas acercándose al aforismo, efectos de una escritura que se funden con la extrañeza de un mundo donde aun quedan resquicios de una visión donde el humor se confunde con la dureza y la incomprensión de una realidad, sin duda la nuestra que ofrece esa variedad de perspectivas de la que la autora catalana sale tan airosa porque consigue que vida y literatura se unan en una misma dirección.

viernes, noviembre 04, 2016

Lo que no te mata te hace más fuerte, David Lagercrantz


Trad. M. Lexell y J. J. Ortega
Destino. Barcelona, 2015. 651 pp. 22,50 €

Victoria R. Gil

Un éxito de la magnitud que obtuvo la saga Millennium, con más de 85 millones de libros vendidos en todo el mundo, no se iba a detener por algo tan nimio como la muerte de su autor, Stieg Larsson, recién terminada la tercera novela de la serie de diez que tenía previsto escribir. Ni siquiera hizo falta que todo un premio Nobel como Mario Vargas Llosa abogara por que Lisbeth Salander continuara viva, en un artículo en el que comparaba la trilogía de Larsson, pese a sus imperfecciones, con la habilidad para arrebatarnos de Charles Dickens y Alejandro Dumas. La familia y la editora del malogrado Larsson no dudaron en iniciar la búsqueda del autor que aceptara un encargo tan comprometido, ya que, aun teniendo el éxito económico garantizado gracias a la orfandad de los millones de seguidores de la saga, bien podía convertirse en la tumba narrativa del arriesgado escritor que aceptara el reto.
Lagercrantz, autor sueco conocido por sus biografías, algunas de ellas noveladas, de Alan Turing y Zlatan Ibrahimovic, entre otras, parece haber sobrevivido al difícil lance. Sin acceso a las notas escritas por Larsson para la que iba a ser su cuarta obra (la lucha por los derechos de autor entre la familia y la pareja del fallecido bien darían para otra novela), Lagercrantz va por libre y arma una trama de plena actualidad en torno a la inteligencia artificial, la seguridad nacional y el espionaje informático. Todo ello para cuestionar esta vida tecnificada y digitalizada en la que nos hemos zambullido con una feliz inconsciencia.
Y funciona. Porque si con más de 600 páginas, la acción no decae y la urdimbre policíaca no se tambalea, es que, se trate o no de la cuarta parte de Millennium, la historia engancha y el lector desea llegar al final para despejar todas las incógnitas. Éste es uno de los puntos a favor de Lo que no te mata te hace más fuerte, que cumple con las expectativas del género, lo que no es poco.
Pero siendo un mérito a reconocer, no nos engañemos, los lectores de esta novela van buscando otra cosa, o más bien, a una persona: Lisbeth Salander, el personaje más potente surgido de un libro en las últimas décadas y el verdadero motor de la saga, más allá de los grandes temas sobre los que ha puesto el foco: la violencia de género, la corrupción de los poderes públicos, la manipulación de los medios de comunicación… Y Salander se hace de rogar. Durante el primer tercio del libro, Lisbeth no aparece, lo que para algunos será un acierto, mientras que otros se morderán las uñas con impaciencia hasta que se produce el esperado reencuentro y la tensión se dispara.
Lo que no te mata te hace más fuerte nos trae de nuevo a esta joven hacker con síndrome de Asperger, obsesionada con defender a los más débiles, que en esta novela resulta ser un niño autista que guarda más de una llave en su interior. Pero también nos devuelve a un Mikael Blomkvist enganchado a esa relación de ida y vuelta con Lisbeth, que nunca sabe a dónde le llevará, y a una Erika Berger siempre luchando por el futuro de la revista Millennium. Y nos devolverá también una parte del pasado de Lisbeth que, no sería de extrañar, tomará fuerza en la futura quinta parte que seguro ha de llegar.
A los lectores les corresponde ahora opinar sobre si Lagercrantz se ha estrellado en su intento por hacer revivir a Lisbeth Salander y a Mikael Blomkvist o, si por el contrario, sale con bien del reto y ha conseguido apaciguar el mono que muchos sentíamos tras dar por concluidas las tres novelas con que Larsson se dio a conocer al mundo (Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire), en opinión de muchos, con un puñetazo en pleno estómago del lector inadvertido.

miércoles, noviembre 02, 2016

Claros, António Ramos Rosa


Trad. Verónica Aranda
Polibea, Madrid, 2016. 10 €

José Luis Gómez Toré

Aun a riesgo de caer en un tópico, hay que constatar que la presencia en nuestro panorama editorial de la lírica portuguesa no siempre se corresponde con la riqueza de una tradición, que, por solo citar a algunos autores contemporáneos, incluye a figuras tan relevantes como Fernando Pessoa, Eugenio de Andrade, Sophia de Mello Breyner, Nuno Júdice o Herberto Hélder. Por ello, siempre es de agradecer un libro como este que, en una muy hermosa edición de Polibea, nos acerca a la voz de António Ramos Rosa en las cuidadas versiones de la poeta Verónica Aranda, quien también firma el prólogo.
Una primera aproximación a este conjunto de poemas en prosa puede hacer pensar en un libro eminentemente metapoético. Y es así, en gran medida. Incluso llama la atención la voluntad ensimismada, la necesidad de crear un espacio cerrado como si el mundo exterior fuera una amenaza o una distracción: «No escribo para abrir un espacio, escribo tal vez para encerrarme en un gran huevo de sombra con árboles inmensos y lámparas de piedra». Como nuestro barroco Soto de Rojas, el poeta luso parece querer trazar, a través del espacio textual, un paraíso cerrado para muchos y jardines abiertos para pocos. Sin embargo, a poco que nos adentremos en la trama de estos poemas, nos encontramos con que ese ensimismamiento es afín al del acto erótico y a su cerrada intimidad: repliegue que, sin embargo, se abre a una realidad más allá del yo (y del tú). Así, en no pocos textos eros y poesía parecen confundirse en un mismo afán por existir plenamente y a la vez borrarse en el otro, en lo otro (lo otro del cuerpo, lo otro del lenguaje).
Podíamos decir que en este libro, parafraseando una famosa obra de Bachelard, hay toda una poética del espacio. «Todo deseo es deseo de espacio», leemos en el poema “Cuerpo nocturno”. Y ya antes, en otro texto, se afirma: «En verdad, lo que busco es un espacio para respirar». Escribir es así un esfuerzo por recuperar el aliento perdido, una indagación para abrir (y cerrar) esos claros, que al lector español no pueden sino evocarle uno de los más hermosos libros de María Zambrano, Claros del bosque, no solo por su título sino porque, como en la filósofa española, la escritura, en el momento en que semeja pura evasión, es justo entonces cuando más pie hace en lo real. Por más que en el libro se deja sentir la herencia mallarmeana del libro como mundo, como realidad autónoma, ese gesto de cierre parece solo el preámbulo de una apertura, de un habitar el mundo para alumbrar un sentido sagrado puramente inmanente, ajeno a toda trascendencia: «Lo que antaño eran dioses se extiende en el esplendor de las cosas y los seres».
Si, como decíamos al principio, estamos ante un libro en buena medida metapoético, hay que entender esa mirada autorreflexiva no desde la suficiencia de Narciso, sino en la búsqueda inagotable de una palabra esquiva, como esquivo es el mundo. De ahí que el recurso al poema en prosa no sea casual pues, aunque los textos en general son breves, parecería como si el poema pudiera prolongarse indefinidamente, en el sentido etimológico de “prosa” como huida hacia adelante. El lector que acompaña al poeta en esa búsqueda no queda defraudado. Aunque ello suponga reconocer que el poeta es el que sabe callarse a tiempo ante la enigmática evidencia de lo que es: «La voz silenciosa del espacio es sencilla, soberana».