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viernes, noviembre 14, 2014

Cuentos de detectives victorianos, selección de Ana Useros

Trad. Catalina Martínez Muñoz. Alba, Barcelona, 2014. 630 pp. 34 €

Julián Díez

Lo de recomendar un libro que contiene material que no es bueno literariamente hablando siempre resulta algo peliagudo, siempre tiene algo de escamoteo al lector. Y sin embargo aquí estoy -de nuevo, pero esa sería otra historia- en esa coyuntura: este es un volumen que vale mucho la pena... Y que está salpicado de textos que encontraré muy comprensible que el lector deje a la tercera página algo espeluznado por un estilo melodramático, truculento o tosco. Contenidos que además chirrían todavía en forma más notable cuando llevan de vecinos a Charles Dickens y Wilkie Collins, por sólo citar los dos nombres más copetudos de los que también aquí se incluyen sus textos.
Pero este es nuestro un tanto vergonzante pasado, el de los amantes del relato policial. Un género popular que en algún momento ocupó el espacio que hoy es propiedad de la telebasura más heavy metal, pero en el que poco a poco se fueron insertando escritores de creciente calidad hasta ser desde hace ya unas cuantas décadas un reflejo vivo y dinámico de la sociedad contemporánea.
El mérito de este volumen está precisamente en suponer un testimonio destilado de la evolución del género y de su tiempo en su primera era relevante: la de la Inglaterra victoriana. Y en particular, desmentir con hechos, o mejor dicho, con historias, la impresión existente de que el relato detectivesco se fragua en ese periodo en torno al impacto de dos supernovas: Edgar Allan Poe y su Auguste Dupin, y Arthur Conan Doyle y su Sherlock Holmes.
Aquí están los demás, los buenos y los malos pero relevantes en términos puramente históricos. Por lo que hay historias que hacen suspirar por más material de sus autores, en particular los relatos de Grant Allen, M.P. Shiel, George Sims y Robert Barr; todos ellos creadores de series con detectives con características propias, concebidos evidentemente al hilo del éxito de Holmes pero con personalidades alternativas. La Lois Caley de Allen, sobre todo, fue un personaje de notable éxito en su momento del que apenas hay forma de contar hoy por hoy con material de lectura, pese a lo contemporáneo de alguna de sus características como mujer detective liberada. El relato presente aquí de la serie y que supone su inicio, "La aventura de la anciana cascarrabias", deja un irremediable deseo de saber más.
Son pues los últimos relatos de este gozosamente grueso tomo los que justifican más su adquisición para el lector medio; historias ya desprovistas de la necesidad de justificaciones, inmersas en los propios convencionalismos del género para bien más que para mal. Sin embargo, para quien alberga un puntín bizarro como el que esto escribe resultan en cambio mucho más curiosos los primeros cuentos del volumen, de los que apenas hay referencias previas accesibles en castellano. El libro se abre con "La cámara secreta", de William E. Burton, anterior por cuatro años (1837) a "Los crímenes de la Rue Morgue" y recientemente reivindicado, por tanto, como primer relato detectivesco de la historia, si bien no había estado accesible al lector español hasta el momento. El cuento es malo, pero divertido más allá de su valor histórico.
La esforzada seleccionadora, Ana Useros, incluye también numerosos ejemplos de "casebooks", relatos de "historias verídicas" precursores, para entendernos, del tipo de material que luego conoceríamos ampliamente en España en las páginas de publicaciones tipo "El caso". Sin embargo, je, aquí hay otro nivel; no hablamos de crímenes cutres de la España negra sino de la Inglaterra rural del ferrocarril primitivo y los vicarios en abadías tardogóticas, o del Londres megasiniestro de la revolución industrial acechado por la sombra del Destripador. Son, pues, historias con sus propios mecanismos de fascinación, aunque resulten estilísticamente cargantes; de las aquí presentes, mi recomendación va para los "casos verídicos" del ex policía de Edimburgo James McLevy, menos sensacionalistas.
Las opciones poco convencionales escogidas para representar a Dickens, Collins y Conan Doyle quedan perfectamente justificadas para dar cuerpo al volumen y contextualizar los textos restantes. Para mí, en suma, un libro imprescindible, y creo que también para estudiosos del tema; espero haber dado argumentos suficientes a quien lea estas líneas para que el lector sin especial curiosidad por el género determine si siente interés.

martes, septiembre 16, 2008

La tercera virgen, Fred Vargas

Trad. Anne-Hélène Suárez. Siruela, Madrid, 2008. 394 pp. 19,90 €

Care Santos

No soy lectora habitual de novela negra, pero no sólo por eso no había leído a Fred Vargas. Era una cuestión de prejuicios. Bastante estúpida, como todas las cuestiones de prejuicios. Cada vez que veía su nombre en una cubierta me figuraba a un autor de piel aceitunada y un pasado relacionado con el narcotráfico en la frontera mexicana. Jamás ojeé la contracubierta de uno solo de esos libros y menos aún la ficha biográfica. Me aferraba a la extraña convicción de que no me apetecía leer novela negra ambientada, pongamos por caso, en Tijuana, Sonora o el Distrito Federal.
¿Por qué, entonces, este verano he leído a Fred Vargas y me ha entusiasmado hasta el extremo de encontrarme escribiendo estas líneas? El responsable fue el escritor y crítico teatral catalán Joan de Sagarra quien en un artículo reciente publicado en El País expuso las razones de su admiración hacia esta autora francesa. Ah, primera sorpresa: Fred Vargas es una mujer. Segunda: es francesa, parisina para más señas, arqueóloga, historiadora y cincuentona. En su texto, Joan de Sagarra elogiaba los brillantes diálogos de sus novelas —en un experto en teatro ése no es piropo desdeñable—, su inteligencia, la truculencia de sus complicadas tramas —«no me diga usted más», pensé— y su honestidad. Vale la pena hacer un inciso en este último punto, ya que Vargas, a pesar de vender casi medio millón de ejemplares de sus novelas sólo en Francia y estar traducida a tres decenas de idiomas, jamás ha abandonado a sus pequeños editores, los mismos que la descubrieron hace dos décadas, cuando aún era una desconocida que empezaba a publicar las novelas que escribía durante las tres semanas de sus vacaciones. Cuenta que es tal la fuerza de esa costumbre que ahora que ha dejado el trabajo pra dedicarse a escribir, sigue terminando sus novelas en 21 días.
Lo dicho: corrí a hacerme con un ejemplar de la última novela suya publicada en España y comencé por el principio. Esto es: por la ficha biográfica de la autora. Junto a una fotografía donde Fred Vargas —en realidad Frederique Audoin-Rouzeau— parece una autora de la nouvelle chanson, a lo Edith Piaf en su época más canalla, encontré unos pocos datos con que saciar al monstruo de la curiosidad.
En cuanto comencé a leer me fascinó la rapidez de sus diálogos y la habilidad para esbozar personajes. Entonces tropecé en Internet con la siguiente frase suya: «El arte es un medicamento. Nos ayuda a vivir. Lo necesitamos para escapar de la realidad y poder volver a ella y mirarla a los ojos.» En ese momento supe que me había convertido en una más de los lectores adictos a la autora francesa a la que todos definen como la reina del género policíaco, mientras ella se empecina en decir una y otra vez que las suyas son «novelas de enigmas», y las emparenta con la mitología: el toro es el crimen, Ariadna el investigador y el hilo de Ariadna son las pistas, ciertas o falsas.
En La tercera virgen, octava novela de la autora que se publica en castellano, reina uno de los tres investigadores que han salido ya de su pluma: el inspector Adamsberg, un hombre excéntrico, más bien soso y bastante inculto, padre de un niño de meses. A su alrededor, orbitan los hombres y mujeres de la Brigada policial que dirige, radicada en París: muchos y de muy diverso carácter. Un numeroso puñado de personajes cuyas trayectorias llegarán a interesarnos individualmente. Por no hablar de las víctimas, comenzando por los dos gigantones asesinados en el segundo capítulo, o la forense que llega de fuera, Ariane —magnífico personaje, me he alborozado a cada nueva aparición suya, durante la lectura—, o Veyrenc —el otro, el nuevo, el ambiguo, el atorentado: otro personaje estupendo, que nos engaña hasta el final— o el forense retirado Romain o el vecino español del comisario o los cazadores de Normandía que al principio nada parecen tener que ver con la intriga pero luego resulta que la intriga depende de ellos.
Toda novela de intriga se basa en el arte de no decir aquello que se debe decir antes o después, y Vargas es toda una maestra en ese arte. Disemina las pistas, dosifica la información importante y mantiene el interés y el misterio hasta el final. La trama da varias vueltas sobre sí misma antes de que lleguemos al desenlace definitivo, Vargas logra que nos creamos lo que quiere hacernos creer y que hasta los poco amantes del género como yo misma nos vayamos a la cama después de devorar doscientas páginas y que no podamos dormir pensando quién demonios es el asesino en esta tremenda maraña. Y todo ello con una trama donde sobreabundan los diálogos construidos con inteligencia —Sagarra tenía razón—, cinismo y grandes cantidades de sentido del humor (a veces negro), y donde cada charla constituye un auténtico festín, cargado de grandes hallazgos.
Y la respuesta a mi primera pregunta: ¿les interesa saber por qué Frederique Audoin-Rouzeau firma como Fred Vargas? Tiene una hermana gemela, pintora, que firma sus cuadros como Jo Vargas. La cosa viene del personaje que interpretó Ava Gardner en La condesa descalza, María Vargas, a la que ambas adoraban. Y como son gemelas, era coherente que firmaran con el mismo apellido en sus paralelas trayectorias artísticas. De modo que si alguien tiene la culpa de que yo no haya descubierto a esta prodigiosa embaucadora, fue por culpa de Ava Gardner. No hagan como yo, y no dejen que un prejuicio les retrase el acceso al placer puro.

miércoles, septiembre 10, 2008

Río fugitivo, Edmundo Paz Soldán

Libros del Asteroide, Madrid, 2008. 376 pp. 20,95 €

Alba González Sanz

Libros del Asteroide ha editado en España la novela que consagró a Edmundo Paz Soldán entre las voces de la nueva narrativa hispanoamericana. Me refiero a Río Fugitivo, publicada originalmente en 1998. La novela se inscribe en la tradición de los textos de iniciación adolescente y no desdeña, pues el protagonista lo reivindica, la deuda contextual con La ciudad y los perros del peruano Vargas Llosa. Pero las referencias son más amplias, más allá de un planteamiento inicial de género (como dice Juan Gabriel Vásquez en el prólogo, el autor boliviano opta por el diálogo antes que por la confrontación o el rechazo con los grandes nombres de la generación del boom).
Río fugitivo es una novela policiaca en la que víctima y asesino son la misma persona: el ficticio detective Mario Martínez (habitante de una ciudad con nombre de película, trasunto de Cochabamba) no hará más que registrar y constatar cómo va pasando el último año de vida adolescente de su creador, Roby, cómo los chicos no son ya los niños que entraron en el colegio religioso Don Bosco y en sus preocupaciones –además de chicas, drogas, música y la inevitable iniciación sexual- comienzan a colarse las universidades, salir al extranjero, la omnipresente mala situación política y económica de Bolivia y también el crimen, la muerte, las traiciones y los primeros sinsabores de una vida adulta.
La mayor parte de los personajes que desfilan por la vida de Roby, cronista voluntario de sus contemporáneos, son niños de clase alta, niños bien como él mismo que viven en un entorno cómodo pero no por ello menos complejo. Como muestra, su familia: el papá que tiene sus proyectos arquitectónicos paralizados por la crisis y por su poco encubierta actividad conspirativa contra el gobierno democrático; la mamá que tiene que trabajar como publicista para que la familia salga a flote; la hermana universitaria que oscila entre la vida beatnik y el existencialismo francés según la temporada o el novio, y el pequeño Alfredo, el hermano menor, silencioso e inexpugnable, irremediablemente trágico desde la primera vez que su hermano mayor le dedica una sola palabra descriptiva.
Pero no se trata, creo, de la historia sencilla al fin y al cabo que tan bien cuenta Paz Soldán. No se trata sólo de crecer, de la presencia de los curos del colegio en almas y cuerpos, de las catástrofes familiares, de las rencillas entre los fuertes y los carismáticos entre los alumnos… lo que hace a Río fugitivo una novela única y propia que trasciende su punto de partida es precisamente la literatura: la permanente presencia de los libros y del contar historias que, arriesgada y metaliterariamente, puebla el texto. Porque la pasión de Roby desde sus primeros años en el Don Bosco ha sido la del cronista y la del juglar: recoger sí, pero también dar: escribir y escribir historias policiacas que de mano en mano han llenado los ratos de sus compañeros de colegio. Con una increíble particularidad: el protagonista de esta novela entiende la originalidad como un concepto clásico de reelaboración de un material previo. Los cuentos de Roby son refundiciones, mezclas y copias descaradas de sus autores de cabecera. Obviamente, la historia creada es otra y es la propia.
La gran baza de la novela es el mayor riesgo de su protagonista: todo el tiempo estará el lector dándose cuenta de la tentación por el exceso de Roby, de su imaginación de narrador poderoso y, en algunos momentos, peligroso como para poner en riesgo la cordura de sus acciones. Pero el lector comprobará también que es un peligro que merece la pena afrontar: la novela engancha con fuerza, con la emoción y el buen pulso de los golpes que alguna vez (reales, futbolísticos) se regalan sus protagonistas.

martes, septiembre 09, 2008

Doble mirada: El síndrome de Mowgli, Andrés Pérez Domínguez

Premio Internacional Luis Berenguer. Algaida Editores, Sevilla, 2008. 328 pp. 20 €

1. Gregorio León

Acostumbrados como estábamos a novelas, a buenas novelas de espías, escritas por Andrés Pérez Domínguez, el autor sevillano de la generación del 69 nos ha sorprendido con una entrega distinta, con una voz nueva, y que sin embargo, no pierde el aroma intenso de la literatura de Primera División, aquella que resiste el paso del tiempo y que se nos mete bien adentro. Ahora no nos mueve por los secretos y peripecias que rodearon la Segunda Guerra Mundial, como hizo en La clave Pinner o El factor Einstein, dos novelas tan bien tratadas por la crítica, y lo que es más importante, como por el público. En El síndrome de Mowgli (Premio Luis Berenguer, publicado por Algaida) se mete en la piel de Rafael Montalbán, un ex boxeador que ahora vive de mamporrero y portero de puticlub, y que en dieciocho años no se ha podido sacar de las tripas la obsesión por una mujer, Lola, en torno a la que gira toda la historia.
Son varios los aciertos de este libro. Empezaré por la voz del protagonista, que se hace verosímil, admitiendo incluso sus reflexiones profundas, porque no es un mamporrero al uso, sino que Montalbán es también amigo de los libros e incluso se ha atrevido a escribir unas pocas páginas de una tentativa de novela. En la elección del tono Pérez Domínguez se la jugaba, y ha salido airosamente de una situación peligrosa. Es una voz que no cuesta imaginar en off, sobre planos en blanco y negro, con figuras apenas silueteadas sobre las que sobrevuelan unas volutas de humo, porque El síndrome de Mowgli se puede leer de muchas maneras, pero una de ellas es como homenaje al género negro. No es de extrañar que vaya encabezada por una cita de El invierno en Lisboa, una de las obras esenciales de la producción de Antonio Muñoz Molina. Pero por encima de todo, habla de un concepto recurrente en la narrativa de Andrés Pérez, la traición, y especialmente, la culpa y las posibilidades que concede la vida para expiarla. De ahí el propósito que Montalbán de intentar recuperar una historia de amor, dieciocho años después. Eso sí, sus motivaciones son distintas. Mientras que el motor de Lola es el dinero, en su caso son los sentimientos. A fin de cuentas, entregarse a ellos es la única forma que tiene de pagarle al Gordo, la única persona que de verdad ha apostado por él, lo que le hizo hace mucho tiempo, pero no el suficiente como para que Montalbán lo haya conseguido borrar de su conciencia.
La novela también supone un tributo al mundo de la radio, que es el que propicia el reencuentro de los dos amantes, tanto tiempo después. Un programa de confesiones permite al ex boxeador, asqueado de sí mismo, descubrir su despreciable trabajo, siempre metido en el barro, ese que siempre aparece en los bajos fondos, el mismo en el que se revuelcan las ratas. No se pierdan un curioso personaje bautizado con el nombre de Chocolate.
Nos encontramos, en suma, ante una novela excepcional, en la que Andrés Pérez Domínguez demuestra su destreza narrativa en una obra que puede ser una de las sorpresas de la temporada. El cuidado que el que su autor ha puesto en escribirla lo merece.


2. Pedro Domene

Una madrugada un tipo con la nariz rota y torcida, con carné falso y sin identidad propia, alguien que no existe en ningún sitio concreto, aunque responde al nombre de Montaner, es entrevistado en un programa de radio donde tiene la oportunidad de contar buena parte de su vida y, de alguna manera, expiar algunas de sus culpas en el pasado. Es la historia de Rafael Montalbán, un ex superwelter, que un buen día renunció a una carrera prometedora en el mundo del boxeo por una mujer, y desde entonces ha tenido una forma poco ortodoxa de buscarse la vida: portero de un club de alterne y matón a sueldo, como se desprende a lo largo de la entrevista. Aunque, después de veinte años, tras reconocer la voz en off de quien un día fuera el amor de su vida, decide encauzar, con otra perspectiva, su triste existencia para volver al punto de partida donde se equivocó y ajustar, de alguna manera, las cuentas a un pasado que, en una frenética búsqueda hacia la felicidad, lo llevará desde Madrid a la costa de Cádiz y desde aquí hasta una siempre añorada, Lisboa.
Andrés Pérez Domínguez (Sevilla, 1969) conseguía el XVII Premio Luis Berenguer por El síndrome de Mowgli (2008), en realidad, una historia de amor y de venganza, muy al uso de sus propuestas narrativas anteriores, La clave Pinner (2004) y El factor Einstein (2008), pero sin elementos superfluos que emborronen su decisiva intención de ofrecer una literatura de características definidas, incluida la intriga, la acción, la aventura y una trama tan creíble como efectiva, aunque en esta ocasión, sus pretensiones vayan mucho más allá porque en su protagonista se vislumbra esa necesidad humana de ser aceptado en una sociedad caduca y banal. Esta es una peculiaridad que le otorga al relato una dimensión diferente de la narrativa a que estamos acostumbrados de Pérez Domínguez. En realidad, el personaje de Montaner, bien perfilado, creíble por sus actitudes y su dimensión misma, por mucho que lo ha intentado, nunca ha logrado encontrar su lugar en el mundo, como otros muchos de los héroes de la narrativa universal que, como al sevillano, marcaron las lecturas de nuestra niñez y juventud, incluido el personaje aludido de Kipling en El libro de la selva, de ineludible referencia. Y es que su amor por Lola, entonces joven, le llevará a una escalada de asuntos sucios cuando se sienta traicionado por la joven y decida olvidarse del mundo para entrar en esa absurda rueda donde la extorsión, la violencia, el crimen organizado y el dinero campean por doquier.
Pero para conseguir su propósito, Rafael Montalbán, tendrá que volver al infierno de antaño y rescatar a una Lola madura de la que aún se siente atraído para escapar con ella a la capital portuguesa de sus sueños. Un pasado se proyecta en el presente, el amor, la amistad y la traición, son los pilares de historia sólida, aunque todo sacrificio no está exento de cierto riesgo, como se puede comprobar en estas páginas. También es verdad que, la novela desprende un sentimiento algo ajeno a la pasión, porque quien es capaz de amar mucho, no perdona fácilmente. El síndrome de Mowgli es, sobre todo, la confirmación como novelista de Andrés Pérez Domínguez, que atrapa al lector con su habitual fluidez narrativa y el espléndido desarrollo psicológico de los personajes.

lunes, septiembre 08, 2008

Los hombres que no amaban a las mujeres, Stieg Larsson

Trad. Martin Lexell y Juan José Ortega Román. Destino, Barcelona, 2008. 666 pp. 22.50 €

Salvador Gutiérrez Solís

A principios de verano, la editorial Destino publicó la traducción española de Los hombres que no amaban a las mujeres, primera entrega de la saga/trilogía Millenium, del sueco Stieg Larsson. Una obra que llega avalada por una excelente crítica y por unas ventas millonarias, allá donde se ha publicado —buena parte de Europa—, que suele ser una combinación bastante complicada en el sector literario. Un acontecimiento literario de primera magnitud. Además de las cifras, la novela de Larsson viene acompañada de ese término que en España empleamos con demasiada frecuencia para explicar casi todo: morbo. Morbo porque su autor falleció cumplidos los cincuenta años sin ver su novela publicada, sin poder imaginarse la gran repercusión alcanzada posteriormente. Larsson era conocido en su país por su labor periodística, azote de los grupos violentos de la extrema derecha. El escritor concebía su obra en la soledad de las noches, en secreto. Morbo por la batalla legal emprendida por sus familiares y allegados por controlar el legado del difunto escritor, un legado de cifras mareantes y más que seguras adaptaciones cinematográficas.
Centrándonos, única y exclusivamente, en la lectura de Los hombres que no amaban a las mujeres, no es necesario ser un lector muy avezado para descubrir que Larsson no es un estilista del lenguaje, pero que tampoco lo pretende. Larsson no ha inventado nada nuevo, no es un innovador, tampoco un trasgresor; es más, es muy fiel a los géneros y a las formas. Sin embargo, concibió una historia —o un universo— en la que da cabida a todos los ingredientes y aderezos que han de estar presentes en una buena novela —amor, muerte, sexo, intriga, ambición... —. Ágil y directa, increíblemente visual, escrita desde una iluminación permanente, Los hombres que no amaban a las mujeres te atrapa desde el primer renglón y sólo puedes escapar alcanzando el punto y final. En ese preciso momento, y me remito a mi experiencia personal, un sentimiento de felicidad, de satisfacción, dio paso a otro de conmoción, de cierta melancolía. Sentimiento éste que desapareció cuando recordé que, por lo menos, aún quedan dos entregas más de la saga pergeñada por Stieg Larsson, Millenium. Y me encontraré de nuevo con el persistente periodista Mikael Blomkvist, la atractiva Erika y, sobre todo, con la fascinante Lisbeth Salander, una investigadora canija y tatuada, propietaria de un pasado tan tenebroso como poliédrico, arquetipo contemporáneo que añadir, de pleno derecho, a la galería de las grandes mujeres novelescas.
Los hombres que no amaban a las mujeres narra, a simple vista, la misteriosa desaparición de la adolescente Harriet de la isla en la que convive con buena parte de sus familiares. Treinta y seis años después, su anciano y millonario tío necesita saber qué fue de ella. A simple vista, la novela de Larsson abarca multitud de historias que se entremezclan, que se alejan, que se precipitan, que no son lo que parecen, pero que finalmente conforman un perfecto puzzle en el que no sobra —ni falta— ninguna pieza. Larsson acude a numerosas fuentes de la cultura de nuestros días —desde el Cluedo a Twin Peaks, pasando por Ciudadano Kane o Seven— para crear su propia y deslumbrante obra. Una lectura adictiva, una novela más allá de las etiquetas y de los géneros.