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viernes, diciembre 19, 2014

Guiomar, El rescate de la diosa, José Mª Luque y Mª Dolores Ramírez

Crea, Montilla (Córdoba), 2014. 290 pp. 15,60 €

Ángeles Prieto Barba

El duelo es un proceso vital sumamente complejo, que suele durar mucho más de lo que solemos pensar de partida, pues superarlo conlleva también la aceptación, más o menos resignada, de nuestra propia muerte. Tras esta experiencia terrible, eso que llegamos a denominar “segundas oportunidades”, constituye más bien una epifanía o manifestación alborozada de que se ha conseguido un nuevo nacimiento. Justo eso, y no otra cosa, es lo que vino a significar Pilar de Valderrama en la vida y en la poesía de don Antonio Machado tras la dolorosa muerte de Leonor y viceversa, toda vez que ella también se deslumbra con el apasionado poeta, tras asumir con amargura el fracaso desdichado de su matrimonio.
Pues bien, esta historia de amor tan hermosa la hemos tenido que contemplar a posteriori, cuestionada y empañada por la opinión ácida de críticos literarios a los que no solemos poner en duda. Y es un error, porque para juzgar con rectitud nada mejor que acudir nosotros mismos a las fuentes, tanto literarias como históricas. Justo lo que han hecho con constancia y entusiasmo María Dolores Ramírez y José María Luque, los autores de este ensayo esforzado que nos dan a conocer con numerosas pruebas irrefutables a una persona muy especial, de trato exquisito y adelantada a su época, mucho más real y mucho más cercana a lo que pudo ver el poeta sevillano, y no digamos nada a lo que nos cuentan, con segura animadversión, los críticos.
En principio, la mujer de 38 años a la que Antonio Machado conoce en 1928 es una señora exquisita de la alta burguesía con tres hijos, asunto que compatibiliza con una actividad intelectual avispada e inquieta, nada frecuente. Pilar adora la poesía (ya había publicado Las piedras de Horeb y Huerto cerrado) y el teatro, así que no tiene nada de extraño que, tras conocerse, el poeta viera en ella un alma gemela y quedara prendado. Nada influye su procedencia social, sus ideas conservadoras pero progresistas respecto a la educación de las mujeres o sus firmes convicciones religiosas, que actuaron más bien de acicate para un romance apasionado que duró ocho años y que acabó, como tantas cosas, con aquella guerra nuestra tan desgraciada y la posterior muerte del poeta.
Pero Luque y Ramírez no se limitan, ni mucho menos, a rememorar el romance a través de los documentos conservados, sino que lo enmarcan de maravilla en su época, a la vez que nos permiten también aproximarnos con mucho interés al pensamiento y obra de Pilar, en absoluto desdeñable, como se ha venido considerando hasta ahora. Porque Pilar fue miembro de la Academia Hispanoamericana de Cádiz, dejó escrito cuatro libros de poesía, una antología, varias obras de teatro y una autobiografía, obra más que suficiente para que le prestemos la atención debida en estos tiempos reivindicativos sobre tantas autoras postergadas.
Y porque la verdad es la verdad, dígala Agamenón aunque la discuta su portero (cita machadiana de Juan de Mairena), es preciso acercarnos a esta musa suya con la justicia que merece, despojándola de los desprecios y velos de carácter claramente ideológicos en que nos la han presentado envuelta. No solo para conocerla mejor, y también a su poeta, sino también para que reflexionemos seriamente y para que tengamos de una idea más precisa de lo que hemos sido y venido siendo hasta ahora.

jueves, agosto 20, 2009

La casa y otros ensayos, Hugo Mújica

Vaso Roto, Barcelona, 2008. 44 pp. 12 €

Vicente Luis Mora

Vaso Roto, la editorial de Monterrey (México), que acaba de instalarse también en Barcelona, viene publicando hasta el momento libros de autores muy interesantes, como Mark Strand, Alda Merlini, Charles Wright, Derek Walcott o el autor al que ahora nos referiremos, Hugo Mújica, de quien ofrece tres ensayos poéticos agrupados bajo el título de La casa y otros ensayos.
Cuando me preguntan el momento en que más próximo me he sentido a la gran poesía, siempre respondo que ese momento fue el día en que leí poemas conjuntamente con Hugo Mújica. Los treinta centímetros de distancia que nos separaban en Córdoba marcaron mi máxima proximidad con la poesía con mayúsculas, aunque él -muy modesto, por lo que me pareció ese día-, parece escribirla con minúsculas. Su experiencia de monje trapense durante varios años, en los que guardó voto de silencio (muy parecida a la de otro gran poeta, el coreano Ko Un, que hizo lo mismo durante una década), parece haber forjado el carácter de sus poemas, llevados al extremo de la precisión y la contención expresivas, como si no quisieran levantar polvo al ser leídos, o no quisieran hacer ruido al ser escuchados. Mújica es también un ensayista notable, capaz de aunar diversas tradiciones para tejer un ensayo imprescindible sobre el vacío y el silencio (Pensar el vacío; Trotta, 2002), de hacer un ensayo en verso que pasó, por desgracia, bastante desapercibido en nuestro país (Lo naciente. Pensando el acto creador; Pre-Textos, 2007), y de apuntar en unas breves palabras y con una delgadez metafísica ideas imborrables sobre el parecido entre la casa y el cuerpo en “La casa”, primero de los textos que componen La casa y otros ensayos. Este texto tiene en común con los siguientes, “Crisis y fecundidad” y “El hueco de cada corazón”, que los tres alumbran conceptos distintos pero de parecida simbología: algo que, en principio, debía ser interior y cerrado (la casa, la crisis, el corazón), demuestran que, lejos de ser términos relativos al enclaustramiento, hacen referencia a la apertura, a la irradiación centrífuga hacia el exterior. Ya decía Juan Ramón Jiménez que “el centro escucha en círculos”, y Mújica es muy consciente de esa misma tensión de lo nuclear hacia lo exterior, en cuyo tránsito está la esencia misma del concepto movimiento, pero también del concepto esencia. Con una visión orientalizante, Mújica entiende que las cosas no responden a un solo principio, sino que se conforman dialógicamente, a la vista de sus opuestos y en dirección a ellos, siempre con un sentido de apertura. De ahí que el poeta escriba: “la casa, morada y estancia, habitada se entiende hogar, hogar que, encendido, se abre hospedaje: se ofrece apertura” (p. 25); “la imagen de la crisis es una ruptura, pero una ruptura por exceso: algo que entra donde no hay espacio, lo abre” (p. 42); “corazón es entonces, el nombre del espacio, la apertura” (p. 56). Cualquier texto de Mújica es valioso; este pequeño librito quizá no es una de sus grandes obras teóricas, pero en cualquier caso es una buena puerta de entrada para quien no conozca su imprescindible obra literaria.