miércoles, septiembre 19, 2007

Al Sur de la frontera, al Oeste del sol, Haruki Murakami

Trad. Lourdes Porta. Tusquets Editores (colección Maxi), Barcelona, 2007. 266 pp. 7,95 €

Carmen Fernández Etreros

¿Se puede amar a alguien por encima de nuestro propio yo? ¿Se puede arriesgar todo? ¿Se puede ir más allá de nuestros propios límites? ¿Hay algo al sur de la frontera, al oeste del sol?
El autor de moda, el japonés Haruki Murakami, nos susurra sentimientos en Al sur de la frontera, al oeste del sol, y nos muestra su habilidad para coser las soledades de sus personajes desde una trama aparentemente sencilla. Sorprende al lector cómo en una primera parte de la novela nos presenta un argumento fingidamente lineal en el que se nos recuerda la infancia de Hajime. El protagonista rememora con nostalgia su amistad infantil con una compañera del colegio. Shimamoto es una niña retraída, también hija única y acomplejada por una ligera cojera. Entre ambos se abre un universo de amistad y sentimientos diferente, que no pueden compartir con los demás. Un universo único para los dos.
En plena adolescencia Hajime se cambia de domicilio y ambos se separan, pero en los próximos años sentirán una fascinación mutua que no olvidarán nunca. Hajime seguirá con sus estudios en el colegio y en la universidad, un ligero activismo político, varias aventuras y un fallido noviazgo. Finalmente se casará con Yukiko, logrará con el dinero de su rico suegro montar un club de jazz y dejar su monótono trabajo. Hajime cumplirá su sueño y se convertirá en un feliz padre de familia.
Pero un día todo cambia. Shimamoto aparece de pronto en el club de jazz, y trastoca la vida plácida y controlada del protagonista con sus misterios y su extraña personalidad. Shimamoto ya no es la misma, luce una gran belleza y carece de su cojera infantil. Hajime se siente fascinado. El protagonista de la novela no puede controlar su propia vida. Sus días trascurren esperando que ella venga a verle al club de jazz. El amor, la atracción física y la pasión le llevan más allá de sus propios límites, al sur de la frontera, al oeste del sol.
La letra de la canción Pretend de Nat King Cole que escuchaba en su infancia con Shimamoto se repite ahora como una profecía: «pretend you’re happy when you’re blue». Finge que eres feliz, cuando estés triste. Su vida se ha convertido en una farsa.
Hasta aquí la novela de Murakami discurre por los cauces previsibles, pero en este punto cambia de manera radical. Cambían las vidas de los protagonistas, cambía la personalidad de personajes lineales como la esposa de Hajime. El ritmo narrativo cambia totalmente. El narrador y el lector se debaten entre la vida real monótona del protagonista y su conflicto interior, sus encuentros con la triste y misteriosa Shimamoto, sus sueños y sus mentiras. El protagonista no puede retorcer: «Tal como tú dijiste una vez, en algunas cosas no se puede retroceder. Sólo se puede seguir avanzando...» (p. 224).
Tusquets edita en bolsillo una de las primeras novelas de Haruki Murakami, conocido por novelas como Tokio Blues, La caza del carnero salvaje, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Sputnik, mi amor y Kafka en la orilla.
Desde la publicación de sus últimos libros, Haruki Murakami se ha convertido en todo un fenómeno literario a nivel mundial. ¿Cuál es su secreto? Quizás su sencillez, su manera llana de contar situaciones psicológicas asfixiantes, sin tremendismos. Quizás su forma de apoyarse en la autobiografía, en sus propios sentimientos. Lo que está claro es que engancha de manera irremediable y sin querer pasas a formar parte de la tribu de seguidores de Murakami.

martes, septiembre 18, 2007

El Cuarto Reino, Francesc Miralles

MR, Madrid, 2007. 416 pp. 21,50 €

Anna Grau

«Los que buscan el grial son idiotas», dicen varios personajes de El Cuarto Reino, la novela de Francesc Miralles que, de ser americana, en estos momentos ya estaría dando pie a una película de Tom Cruise, como mínimo. Porque Sean Connery y Harrison Ford están por desgracia algo mayores para interpretar a un periodista californiano de ascendencia catalana que en cuestión de horas pasa de cínico free-lance, divorciado y con una díscola hija, a aventurero internacional y mujeriego atónito. Leo Vidal, que así se llama nuestro hombre, lleva la antorcha de un thriller trepidante por Suiza, Japón, Barcelona, las montañas de Montserrat y la isla caribeña del mismo nombre, enzarzado muy a su pesar en una búsqueda del grial nazi que desde el mismo principio del libro ya hemos sabido que era de idiotas. Si hemos querido saberlo, claro está.
La muerte es sólo el principio, se nos dice también al ídem. Una frase inicial que el lector erudito y ágil reconocerá en el acto como la frase final de La muerte de Venus, la obra de Care Santos finalista del Premio Primavera. No es ni casualidad, ni un simple guiño; las dos novelas están minadas de verdaderas catacumbas comunicantes. Hunter, el perro cazafantasmas que desaparece misteriosamente en La muerte de Venus, reaparece en El Cuarto Reino para ayudar a Leo Vidal, que se había perdido por Montserrat, a reencontrar su camino hacia el monasterio (y de paso a recordar que camino recto, lo que se dice recto, sólo hay uno). Otro personaje de Miralles está leyendo la novela de Santos. Etc.
Todo ello ya debe ponernos en guardia ante unas cuantas cosas. Igual que la novela de Santos volcaba al español la mejor tradición anglosajona de novela de fantasmas, Miralles escribe en español una novela de aventuras, con implacable pulso cinematográfico, como no se suelen leer ni escribir por aquí. Pero además hay una muy sutil reinvención, cuando no subversión, del género. Santos dota a su historia de fantasmas de una intensidad, valga la redundancia, sobrenatural. Miralles ironiza sobre lo que escribe casi en tiempo real. Parece asistido por un portentoso talento para verse desde fuera mientras escribe. Para escribir, más que en tercera persona, en cuarta o quinta.
Aunque Leo Vidal se expresa todo el tiempo en primera. Detalle de cercanía o del sutilísimo cachondeo que se traen el autor y su personaje, que de americano tiene lo que yo de astronauta, atendiendo a su mentalidad. El mismo Leo participa sin complejos de esa autoincredulidad: se ríe de la raza americana, se mueve como pez en el agua por la Barceloneta y se pregunta cómo es posible que alguien a quien las mujeres nunca hicieron mayor caso, de repente desate tsunamis de erotismo internacional. Miralles urde un héroe tan simpático como indefendible: no nos consta que sea guapo, ni listo, ni que tenga látigo ni cultura ni que sepa por lo menos judo. Al final resulta que está donde está por enchufe. Y no hay ni un solo lío del que no tenga que sacarle una mujer; a menudo, dejándose la piel en el empeño.
Hay en ello una indiscernible aleación de burla y de ternura. Una reivindicación del libro escrito para mucha, muchísima gente, pero que no tiene por qué contribuir a que la gente sea idiota. A no ser que la gente decida serlo. El libro “pasa” como una cerveza en verano —no hay complicaciones de estilo que obliguen a hacer la digestión dos horas antes de meterse en el agua— pero cuando ya lo tienes en la barriga produce interesantes alucinaciones. Obliga a entrever el secreto mundo de un escritor puñeteramente inteligente y totalmente inclasificable —sólo hay que comparar El cuarto reino con La vida es una suave quemadura- y que practica una escritura muy sexy. Insinuante. Cautivadora. Y al fin descubres por qué eran tan burros los que buscaban el grial: mira que no encontrarlo a la primera.

lunes, septiembre 17, 2007

Diccionario de las vanguardias en España (1907-1936), Juan Manuel Bonet

Madrid, Alianza Editorial, 2007. 654 pp. 50 €

Juan Marqués

Hay libros que se convierten en clásicos a las pocas horas de existir, aunque lo hagan de un modo discreto, incorporándose a las estanterías y enriqueciendo las bibliotecas como si siempre hubiesen estado allí. No sé bien qué sucedió cuando en 1995 salió la primera edición del Diccionario de las vanguardias en España de Juan Manuel Bonet, pero debió de suponer un acontecimiento porque en muy poco tiempo se convirtió en uno de los libros de referencia fundamentales sobre lo que por entonces ya se conocía frecuentemente como la “edad de plata” de la cultura española. Durante mis años de estudios literarios (que no han acabado ni acabarán mientras viva), “el Bonet” (y qué pocos libros alcanzan el privilegio de ser conocidos de esta forma) ha sido un instrumento de utilidad difícil de medir para todos los que nos hemos interesado por la literatura española y europea de la primera mitad del siglo XX. De vez en cuando uno creía detectar un error o gazapo en sus páginas, pero al final siempre era el libro el que tenía la razón, y se convertía en el punto de partida de varias investigaciones, de muchas curiosidades, de algunas pocas conclusiones.
Debe de ser por esa escrupulosa pulcritud de origen por lo que en esta tercera edición que sale ahora a las librerías hay levísimas correcciones o ampliaciones. Parece mentira que en doce años no se haya podido descubrir casi nada que añadir a los archivos, la erudición y la memoria de Juan Manuel Bonet, y estoy seguro de que él —tan voraz y curioso como es— es el primero en lamentarlo. Su conocimiento sobre la literatura, las artes plásticas o incluso la música y la arquitectura de aquellos años es verdaderamente espectacular, abrumadora, como sabrá cualquiera que haya tenido la suerte de escucharlo en alguna de sus intervenciones públicas en conferencias o presentaciones. Nada escapa a su control, que en los últimos años ha ampliado minuciosamente al otro lado del océano (y parece que prepara un diccionario semejante sobre las vanguardias en Hispanoamérica, lo cual sería una noticia extraordinaria).
El libro es, realmente, un diccionario, así que es sobrio, conciso, directo, eficaz... No se detiene en retóricas ni se va por las ramas, y hay muchos más datos que análisis. Da toda la información que tiene sobre autores, publicaciones, lugares o seudónimos en la menor cantidad posible de líneas, y si alguien quiere conocer detalles de alguna de las entradas tendrá que ir a buscar a otro sitio (a donde podrá llegar no pocas veces remitido por el propio diccionario, que aporta referencias bibliográficas, fuentes...). También los prólogos y apéndices son exiguos para poder otorgar más y mejor espacio a lo que importa, y aun así el diccionario tiene más de seiscientas páginas a doble columna, lo que da idea de la agitación y turbulencias culturales de aquellos treinta años españoles, entre 1907 y 1936. Cualquiera que tuviese en algún momento alguna pequeña tentación vanguardista está en este volumen, que también da cuenta de las incursiones o la presencia de los vanguardistas extranjeros en España, traducidos, homenajeados, insultados o viajeros...
Un volumen, en fin, que no ha perdido nada de su utilidad ni parece que vaya a perderla en muchos años. No hace falta ser un profeta muy competente para saber que esta tercera edición no va a ser la última.

viernes, septiembre 14, 2007

Solo con invitación: Ernesto, Gusti / Lola Casas

RBA-Serres, Barcelona, 2007. 40 pp. 13 €

Alicia Soria

Debo confesar que elegí este libro porque me lo recomendó uno de los chicos más listos que conozco, y yo siempre atiendo a los consejos de los chicos listos: se llama Adrià, tiene cinco años y cada noche pide que le lean una historia. Adrià tiene buen gusto, un robusto criterio y mucha experiencia paladeando libros ilustrados. Por el momento no le preocupan demasiado la construcción de la estructura narrativa ni la elaboración de metáforas innovadoras, pero es capaz de sumergirse en una historia y comprender a cualquier personaje (incluso si es de una especie animal distinta a la suya). Además, es la única persona que conozco que puede recitarte un libro entero de corrido. En definitiva, sabe disfrutar de la lectura, a pesar de que aún le cueste leer por su cuenta.
Al escribir esta reseña, debía elegir entre hacerlo como le habría gustado a Adrià o como les gustaría a mis colegas. Ante tal disyuntiva, recordé una viñeta publicada en Saturday Review en la cual una niña menudilla indica a su padre, mientras él sostiene un cuento: «Muy bien, ahora vuelve a leerlo, pero esta vez pon más énfasis en el desarrollo de los personajes y un poco menos en la mecánica del argumento». Y ya no dudé más.
Ernesto es un león hambriento. ¡El rey de la sabana siente un hambre feroz! De modo que mira a su alrededor, arrogante y decidido. En torno a él todo es pura expectación. ¿Qué le apetece comer hoy al señor de los animales? ¿Una gacelita ligera y exquisita? ¿un sustancioso búfalo, con cuernos y todo? ¿O una girafa, tan rica y altísima? Ernesto, el gran cazador, los desestima uno a uno: no vale la pena empezar a correr por tan poca cosa... Hasta que descubre la presa perfecta. ¡Una cebra jugosa, sabrosa, tiernecita! El león se prepara para atrapar a su víctima... se siente ágil, se sabe valeroso... se aproxima a la deliciosa cebra y... ¡sorpresa! La leona llega para decirle que deje de hacer el tonto, que vaya a recoger a los cachorros y que de cazar... ¡ya se encargará ella!
Seguir página a página a Ernesto mientras recorre su rincón de la sabana es un magnífico juego lleno de hallazgos. Las ilustraciones, realizadas sobre papel madera, combinan la pintura y el collage, y nos proponen pasar las horas rastreando objetos: pájaros hechos con cáscaras de cacahuete, monos cuyos ojos son chapas de refresco, insectos-bisagra... Indiferentes a su condición de “objets trouvés”, los bichos vigilan con interés los movimientos del fiero león. ¡Les va la vida en ello! La tensión se mantiene hasta el desenlace: ¿se comerá el león a la cebra? ¿o saldrá ella corriendo? ¿qué merendará hoy Ernesto? El texto, escueto y preciso, va colocando en cada página los elementos del suspense. Sin prisas ni precipitación, nos expone la situación y nos encamina para atacarnos con un final imprevisto y completamente antiheroico. El mundo animal sirve como ejemplo para la vida cotidiana del lector, sin falsear el contexto ni forzar la moraleja. Probablemente, un moderno Jean de la Fontaine se habría complacido en esta historia.
Los autores, Lola Casas y Gusti, decidieron ya hace tiempo dedicar su tiempo y talento a los niños. Lola es profesora y escritora, y ha desarrollado una interesante carrera como poeta para lectores jóvenes. Con más de catorce libros, a unos cincuenta poemas en cada uno, se arriesga a repetirse algún día... Y sin embargo, sigue sin repetirse. Por su parte, Gusti ha desplegado a lo largo de su trayectoria como ilustrador un estilo en constante renovación, genuino e inimitable. Ha trabajado para distintos estudios de animación, y es creador de algunos famosos personajes de dibujos animados. En el mundo del libro, es autor de más de 25 obras, traducidas a varios idiomas, y ha recibido una buena parte de los premios más reputados del sector: el premio Lazarillo de Ilustración (en dos ocasiones), el premio Nacional de Ilustración, el Apel.les Mestres o el premio Junceda.
Una vez más, Adrià me ha dado un buen consejo. Ernesto me proporcionó humor, suspense, asombro... Conocí animales creados con tuercas, cielos hechos de papel arrugado. Estuve en la sabana y casi me como una cebra. En la vida de un niño no hay espacio para el tedio. En la del adulto, tampoco debería haberlo. Unos y otros disfrutarán enormemente con Ernesto.



Lee la entrevista completa AQUI



Gusti: «Lo que me interesa es disfrutar»

Hay aprendizaje en todos sitios, comenta Gusti mientras deja que su mirada corra en derredor. Acaba de mostrarme su admirable cuaderno de viajes, repleto de hermosos dibujos y bocetos tomados en lugares tan dispares como Quito o Collserola . Tan sólo se debe estar atento...

—Pero probablemente para mantener esa atención se ha de partir de una intensa curiosidad... ¿Tú haces un esfuerzo consciente para mantener ese interés infantil?
—Yo procuro trabajar de una manera espontánea y sin intención. Mi objetivo es disfrutar.

—En vista de tu prolífica obra, interpreto que ilustrar libros infantiles te proporciona buenas dosis de satisfacción...
— Sí, sí... ¡aunque hacer libros para niños es muy sagrado! Lo digo sin intención de santificarlo. Pero hay que tener en cuenta que crear libros para niños tiene una dimensión espiritual muy importante.

—Tu interés por esa dimensión ha tenido un peso notable en tu obra desde hace unos años. Tus viajes por Amazonia y tus experiencias en torno a la sabiduría tradicional y chamánica merecerían conversación a parte, desde luego. Pero también merece un momento de conversación tu interés por el mundo animal y su influjo en tus libros. Ernesto parece un buen ejemplo de ello...
—¡Claro! Los bichos tienen su espíritu, y cada especie tiene algo que contar. A mi me parece que en la evolución nosotros, los humanos, somos los más involucionados. Ernesto está dedicado a todos los felinos, y en especial al lince ibérico, que está en serio peligro de extinción, y dice algo así como que cada vez que desaparece un animal de la tierra un cachito de nosotros se va con ellos.

—A lo largo de tu trayectoria has recibido numerosas muestras de reconocimiento por parte del público y la crítica.¿Te anima eso a continuar creando libros infantiles, o añade a tu trabajo una carga de responsabilidad adicional?
—A mí lo que me interesa es disfrutar. Aunque me alegro de que me den un premio y me inviten a cenar. Pero me interesa mucho más el poder del niño, eso me motiva más. Yo soy un chico grande, y ahora estoy aprendiendo mucho de mi hijo Théo. Porque si te eligen para un premio y tienes que hacer un libro buenísimo, lo mejor es agenciarse un hijo de entre 7 y 8 años al que le guste dibujar...



Lola Casas: «Los niños huyen de la pedagogía»

«Yo me divierto muchísimo escribiendo para los niños» me explica mientras agita uno de sus libros, que ha traído a montones, «y eso es lo que quiero continuar haciendo: pasármelo bien».

—Gusti opina igual. Con razón Ernesto os salió tan gracioso...
— Sí, es importante trabajar con gente con la que te entiendas. Yo necesito trabajar en red, voy trazando una red de personas con las que comparto intereses y de ahí siempre salen cosas buenas. Gusti y yo ya hacía tiempo que hablábamos de trabajar juntos, pero la ocasión no surgió hasta que apareció Ernesto.

—Desde luego, partes de un conocimiento privilegiado del mundo infantil. ¿Cómo ha influido tu faceta de profesora en tu obra literaria?
— Yo he sido profesora de niños de todas las edades, y desde luego la convivencia diaria con ellos ayuda a comprender mejor sus gustos e intereses. Pero siempre he rehuido de la literatura pedagógica, no quiero que el afán por educar enturbie lo que escribo. De hecho, soy de la opinión de que los niños aprenden a pesar de los profesores: si no tuvieran maestros, también aprenderían. ¡Quizás hasta mejor!

—Sin embargo, Ernesto es un libro con mensaje...
—Es cierto, pero esquivamos la moralina. Los niños huyen de la pedagogía. Si quieres comunicarles una idea, debes hacerlo con grandes dosis de humor. ¡Y no sermonear bajo ningún concepto! El mensaje ya llegará a su destinatario... Algunas mujeres me han comentado que hicieron que sus maridos leyeran Ernesto. ¡Y por otra parte, hay niños de 18 meses que también lo están leyendo!

—¿Crees hay cierta propensión a moralizar al público infantil?
—Tenemos tendencia a educar a los niños entre algodones, e incluso escribimos para ellos en esos términos. Pero el mundo no es de algodón, así que no puedes hacer niños de azúcar, ni de cristal... ¡aunque tampoco de piedra! Es importante que los niños adquieran valor para vivir. Si nuestros libros ayudan un poco a eso... ¡perfecto!

—Es una suerte dar con un adulto que te guía en el mundo del libro cuando eres un niño. Seguro que muchos te quedarán agradecidos para siempre.
—Tal vez... Yo siempre les digo a los chavales que ser lector no es una obligación, sino un privilegio. Así que quien quiera disfrutar de él... ¡adelante!

jueves, septiembre 13, 2007

Los números oscuros, Clara Janés

Siruela, Madrid, 2007. 104 pp. 12,90 €

José Manuel de la Huerga

Oí cantar a Clara Janés en una lectura de poesía a finales de los ochenta. Yo era un estudiante de literatura aplicado y me apuntaba a cualquier asunto que tuviera que ver con la escritura, especialmente con la poesía. (A este respecto sostenía el añorado Ángel Crespo que cuando alguien tiene diecisiete años y escribe poesía, tiene diecisiete años, y que si cumple cuarenta años y escribe poesía —sigue escribiendo poesía—, es poeta. Que cada cual, yo mismo, extraiga sus consecuencias.) En un momento de su lectura, interesantísima porque en aquella ciudad de provincias vino la poeta y traductora a abrirme el camino del Este –otros poetas desconocidos, encerrados voluntariamente, de las hoy extintas repúblicas comunistas-, Clara Janés dijo que iba a cantar. Yo, e imagino que el resto de la no muy numerosa concurrencia, nos quedamos de piedra. Había que tener valor para cantar a capella, en aquel ambiente intelectual exquisito. Pero ella lo justificó maravillosamente. No era especialista, lo iba a intentar, a pesar de sus limitaciones. No obstante, una fuerza interior, poderosísima, la obligaba a cantar para rendirle a la poesía el tributo que se merecía. Algo así como un impuesto de portazgo, a las puertas de la ciudad de la creación. Lo relacionó, inevitablemente, con la esencia de la poesía, ritmo y música, con los mantras, con la mística de la repetición, con las enseñanzas de aquel poeta de la noche que fue Vladimir Holan, a quien ella visitó y de quien parece que aprendió esa rara manera de cantar.
La canción apenas tenía letra. O yo no la recuerdo. Eran modulaciones extrañas, como el canto de las ballenas piloto, de delfines debajo del agua. Bellísimo. Y la concurrencia pasó de un estado inicial de sorpresa al de arrobo y entrega absoluta. Fue como una oración que quedó en aire y lo impregnó todo de cadencias irrepetibles. Suelo tener mala memoria de las lecturas de escritores, me quedo apenas con una sensación, de interés, de aburrimiento, de bochorno... Pero la lectura de Clara Janés en la Casa de Cultura Revilla de Valladolid, repito que a finales de los ochenta, se me ha quedado grabada de una manera vivísima e imborrable. Aprovecho aquí para reconocer públicamente la deuda impagable que tenemos con Miguel Casado y Carlos Ortega, coordinadores de aquellos “Martes de poesía”, que nos pusieron en contacto con las mejores voces poéticas españolas de finales del siglo XX.
He comenzado esta crítica con la vivencia anterior para situar al lector en la lectura de una poeta exigente donde las haya, personalísima y con una voz inconfundible. Su poesía resulta de la decantación de la mística española y sufí, del orfismo, del simbolismo francés, del surrealismo, de la poesía árabe y eslava. Su palabra no nos dejará indiferentes y, como los raros perfumes, puede producirnos extrañeza en una primera aproximación, nunca indiferencia.
Los números oscuros es su última entrega. Es poesía que bebe de las fuentes anteriores y que avanza en el territorio pantanoso de la especulación: la matemática imaginal. Alguno se pondrá en guardia sobre propuesta tan arriesgada, pero déjenme explicarme. Todo al final se coloca en el espacio de la lógica poética, incluidas sus hermosas e imprescindibles paradojas. Escribe la poeta, con esa voz que viene de las sibilas y de los profetas: «Los números oscuros son cifra de lo incomunicable y a la vez ensanchan la propia visión.» El poeta-vate se adentra en la oscuridad del bosque, de lo desconocido, y de él extrae la luz, el agua. Pero es en la oscuridad de los números, de las cifras, donde debe adentrarse para traernos lo incomunicable, lo que vuela de los pentagramas, la música, el murmullo que canta, incomprensible en lo lógico, balbuceo germinal. Luego, sabremos más, después de leer el libro: algo que nos adhiere a la tierra y al agua, algo que nos disuelve en la vida, nos hace irrepetibles y nos olvide. Por eso la veta mística de Juan de la Cruz y de otros místicos europeos o asiáticos está presente y alienta en alguno de los pequeños textos, como un viejo arcano al que se vuelve: «Ya no tengo piel. Y, debajo, mi cuerpo se ha desvanecido. Tengo sólo tus ojos, Si cierras los párpados, muero.» Y poco después: «Cuando volví a abrir los párpados, me hallé despierta al abandono de los sentidos.»
Los poemas son textos breves en prosa, con una voz que se remonta a versículos sagrados de una religión muy antigua, la que pretende descubrir el secreto/tesoro de todo. Por eso es curioso que la voz de Clara Janés sea siempre asertiva, enunciativa, como una salmodia monocorde, apenas exclamativa y sólo en un par de veces interrogativa. Y digo que es curiosa la voz por atractiva, segura de su inseguridad, cuando lo más habitual es que el lenguaje especulativo matemático o científico se asiente en la duda como metáfora inicial, de la que partir. La voz de la poeta sólo se pregunta en uno de los textos clave: «¿Qué significa ahora el cofre negro sin sus números? ¿Qué llenará su fondo inabarcable?» Sin embargo, hay que recordar la antigua sentencia: un problema/poema que no tiene solución, no es un problema/poema. Y aquí, en Los números oscuros, la voz del poema nos aporta soluciones, oscuras sí, pero soluciones. De ahí, quizá, la ausencia de preguntas en el texto.
El lenguaje es austero, seco, ajustadísimo, pero muy sugerente. Al registro místico y de poesía hermética, de larga tradición simbolista, de la nada, el abismo, el abandono, la rosa, la infinitud, la música, el vuelo, la nieve y la luz, debemos solapar un lenguaje formalista de innegables referencias matemáticas: «Me dije: el cero ocupa el lugar de una potencia sin contenido, y hay en mí signos en espera que ocupan el de una o varias cifras por venir.»
Una vez más, Clara Janés se sitúa en el grupo de esos poetas fieles a su tradición y sin embargo siempre disconformes, insatisfechos, buscadores de nuevos registros que enriquezcan su voz personal y propongan otras metas a las que la poesía nunca puede ni debe renunciar, porque este encargo “oscuro” es inherente a su esencia.
Propongo su lectura, abierta, reposada, a aquel que busque algo distinto a las voces complacientes de lectura lineal y superficial a las que nos tenemos fácilmente acostumbrados. Estoy convencido que el lector que desconociera esta voz volverá a ella y se remontará en su corriente para encontrar las primeras fuentes de la autora.

miércoles, septiembre 12, 2007

La posada de las dos brujas y otros relatos, Joseph Conrad

Trad. Javier Alfaya y Barbara McShane. Alianza, Madrid, 2006. 165 pp. 6,25 €

Doménico Chiappe

Cuatro cuentos sobre los hombres de mar. “La posada de las dos brujas: un hallazgo”; “Juventud”; “El socio” y “Una avanzada del progreso”. Probetas de ensayo de lo que sería luego El corazón de las tinieblas, tanto por el tema como por la experimentación técnica que Conrad aplicó en estos textos cortos y que le sirvió para medir el ritmo de la narración. Anotaciones tomadas en cuenta y cálculos perfeccionados luego en la osada dosificación de la tensión.
Para la época en que Conrad escribió cada uno de estos relatos, ya era un maestro de la «sensación de que algo es inminente», como lo definió muchos años después Carver. En el texto que da nombre al libro, el narrador cuenta lo que leyó en un manuscrito de aspecto «aburrido», una historia donde dos hombres se admiran mutuamente, dos marineros, «lobos de mar». Un percance los detiene en tierra, y allí desaparece Tom Corbin. El señor Byrne no quiere creer que haya desaparecido como un ladrón, como apunta la evidencia y decide indagar qué pasó con su amigo, aun a riesgo de su propia vida. Intuye que la gente de la posada de Vizcaya, donde transcurre el relato, esconde el misterio y se dirige, solo, hasta allá.
En “Juventud”, Conrad cambia la voz. Un marinero ya viejo recuerda cuando navegó como segundo oficial, y lo ingenuo e incluso necio que era. La historia está llena de suspense: el viejo barco debe ser reparado una y otra vez y el capitán es un tozudo que pretende atravesar el océano como sea. Las ratas abandonan el barco cuando terminan de calafatearlo. Los marineros se burlan de la supuesta intuición de estos animales para saber cuándo naufragará un barco. Trasladan a las bodegas la carga, carbón, que ha sido llevada y traída una y otra vez, y zarpan. En altamar se inicia un incendio.
Los últimos dos son antecedentes más directos de El corazón de las tinieblas. “El socio” es el relato más logrado de los cuatro. El juego de diálogo entre un viejo marino y un joven arrogante, representa un choque cultural y generacional, y da paso a una historia paralela interrumpida por los muy bien caracterizados conversadores. El socio al que se refiere el título es un inversor que tiene su dinero en el barco, empresa única, de dos hermanos. Uno es el capitán, el otro el administrador que permanece en tierra. El socio quiere hundir la nave para cobrar el seguro y pasar el capital a un producto farmacéutico. Con la venia del administrador, contrata a un rufián para que encalle la barca cuando el capitán se distraiga. Lo logra, pero durante el rescate las cosas a bordo se complican: el truhán quiere chantajear al socio; el capitán aparece muerto. ¿Suicidio de honor?
El último relato se ubica en las mismas selvas de El corazón de las tinieblas; con el tráfico de marfil de fondo y la colonización inhumana que la codicia produjo en África. Un retrato triste de la locura y la avaricia. Conrad, como Melville, conocía el mar porque vivió de su explotación. Primero, surcándolo; luego, comprendiéndolo (al mar y a los hombres de mar) y dibujándolo con la palabra escrita.

martes, septiembre 11, 2007

La caligrafía secreta, César Mallorquí

SM, Madrid, 2007. 288+32 páginas, 7,60 euros.

Julián Díez

Es un placer pasar páginas. ¿Cuánto tiempo hace que no leyeron un libro en el que perdieron la noción del tiempo, en el que de repente habían pasado treinta minutos sin consultar el reloj, las páginas consumidas? A mí me ocurre con frecuencia con las novelas de César Mallorquí, que confirma en cada uno de sus títulos la literatura de evasión más tradicional, la aventura digna y sin ínfulas, ha dado en refugiarse en los estantes del juvenil.
El problema de este tipo de novelas, a mi entender, es que no pueden ser empleadas por los lectores como arma ofensiva. Tanto por la delgadez de su lomo, como por la falta de pretensiones de su construcción. A nadie se le ocurriría presumir con un libro como La caligrafía secreta bajo el brazo para subrayar jerarquía intelectual. Tampoco descubriremos aquí verdades ocultas largamente que ya era hora de que salieran a la luz. En cambio, emplea algunos mecanismos usados por esos libros, tanto los cultistas como los ocultistas, para pergeñar con ellos una historia. Con su propia personalidad, con sus propios defectos, pero en la tradición de Stevenson, en la de Poe, en la de Verne. La tradición que debería ser el tronco central de la novela —con todos los respetos para Joyce o Proust, pero cada uno en su sitio— si la literatura quisiera mantenerse en un puesto de privilegio como vehículo de cultura popular.
Mallorquí no tiene pudor en su propósito de interesarnos y no se priva a la hora de emplear herramientas con las que atraer nuestra atención como lectores. Nos traslada a una época atractiva, la Francia inmediatamente previa a la Revolución, en la que el calígrafo —y algo más— don Lázaro Aguirre, su sobrina, su aprendiz y su guardaespaldas intentarán desvelar un misterio atraídos por una antigua amistad. Son personajes verosímiles, fuertes, sólidos, con matices pero sin almas torturadas. También hay amor imposible, recuerdos de un pasado oscuro, malvados morbosos, viajes, crímenes.
Como herramientas para dar forma a su historia, para hacer posible que las páginas pasen sin pensar, el autor emplea un lenguaje rico pero directo, maneja el ritmo a su conveniencia y facilita con todas sus energías que el tiempo que invertimos en conocer su trabajo sea una experiencia grata. Eso sí, el didacticismo muy característico del subgénero es necesario acumularlo en el debe.
La mayoría de los libros deberían ser como éste; dado que no es el caso, conviene que disfrutemos los que hay sin pudor, sin necesidad de convertir nuestra lectura en un argumento de realce personal, con el mismo placer con el que ya somos capaces de disfrutar de comidas humildes y sabrosas sin estar sujetos a la necesidad de aparentar opulencia.

lunes, septiembre 10, 2007

El corazón helado, Almudena Grandes

Tusquets, Barcelona, 2007. 933 pp. 25 €

Pedro M. Domene

Almudena Grandes (Madrid, 1960) revisa una época importante de la reciente historia de España y se permite una auténtica lección porque, entre otras muchas, nos descubre las sombras de un dramático pasado familiar en una monumental y ambiciosa novela de casi mil páginas. Julio Carrión, miembro de la División Azul y hombre de negocios durante el franquismo, deja, a su muerte en marzo de 2005, una gran herencia y abundantes episodios desconocidos del pasado que uno de sus hijos y una misteriosa joven tendrán que desvelar. Un relato sobre una de las muchas páginas de nuestra historia reciente que nos devuelven, una vez más, la mirada a nuestra guerra civil, el vergonzoso exilio, la larga postguerra o la España democrática de hoy. Y todo para rescatar de la memoria alguna de esas sombras que asolan a nuestro pasado, para desenterrar —o dejar enterrados para siempre— la miseria y el dolor de tantas generaciones.
El corazón helado (2007) es una novela, como ha escrito la propia Almudena Grandes, «sobre la memoria y la reelaboración sentimental, ideológica y moral de la historia».
El entierro de Julio Carrión desencadena y justifica todo el relato, sobre todo arrojará nuevas luces sobre un conflictivo pasado tras la aparición de Raquel Fernández Perea, una desconocida que junto a Álvaro, hijo del difunto, llevará a cabo la reconstrucción de algunos de los episodios más oscuros en la vida de ambas familias para así saldar las cuentas de una cruel verdad nunca desvelada. Al margen de la anécdota inicial, de la verdadera historia a contar, como telón de fondo, como verdadera trama, con una arquitectónica y majestuosa estructura narrativa por la que Almudena Grandes merece un señero puesto en las letras españolas contemporáneas, sobresalen la crónica sobre la rebelión militar, con abundantes datos y una perfecta ambientación, la defensa y caída del Madrid republicano, la derrota de la capital y las consecuencias posteriores, incluida la venganza, la represión, el expolio, los asesinatos y el exilio como otro de los muchos apuntes interesantes para leer sin descanso El corazón helado.
Dos narradores alternativos tomarán la palabra a lo largo de la narración, y esto fundamentalmente para contar el haz de historias que culminarán en una sola.
Divida en tres grandes partes, los capítulos impares son los narrados por Álvaro Carrión que cuenta cómo se produce su enamoramiento de Raquel y el posterior descubrimiento de su pasado. Los capítulos pares están contados por un narrador omnisciente en tercera persona encargado de reconstruir, fragmentariamente, la historia de los Fernández, con sus avatares en la guerra civil y sus desgracias, su paso por los campos de refugiados en el país vecino, su resistencia en la II Guerra Mundial, la pérdida de sus propiedades en España y su regreso al país como tantos exiliados tras la muerte del dictador. Ambas voces tejerán la densa y compleja historia que Almudena Grandes ha querido contar, permitiéndose esa alternancia narrativa para podamos seguir la vida de ambas familias, el sufrimiento individual de muchos de los personajes retratados y sobre todo, esa visión de las dos Españas, imagen tan denostada durante décadas.
La sombra del realismo más galdosiano planea sobre esta novela río, tanto por la estructura narrativa como la complejidad de las historias familiares y la caracterización de sus personajes: Julio Carrión, oportunista, que muy pronto se apuntó a los vencedores, Ignacio Fernández, íntegro en su actitud humana y política, Teresa González, maestra republicana y mujer luchadora, Paloma Fernández, portadora de esa gran tragedia y, sobre todo, los protagonistas Álvaro y Raquel, salvados, después de todo, por la fuerza del amor.
Almudena Grandes ha escrito una obra de una indiscutible fuerza narrativa, repleta de vida, con esas pasiones y sentimientos opuestos que le otorgan a su desmesurada extensión el valor de las grandes obras, sin que por ello no estemos obligados a señalar que la conveniencia de haber podido aligerar algunas de sus partes para nada hubieran rebajado el auténtico valor de una de sus mejores obras.

viernes, septiembre 07, 2007

Valentina en París / Valentina en Nueva York, Anatxu Zabalbeascoa / Patricia Geis

Tusquets, Barcelona, 2007. 32 pp. 13,34 € (c.u.)

Villar Arellano

Cada vez son más numerosos los cuentos infantiles que ayudan a los pequeños a descubrir el mundo entre sus páginas. Así, las geniales e inclasificables obras de Mitsumasa Anno, publicadas hace ya casi tres décadas por la editorial Juventud (El viaje de Anno, El mundo medieval de Anno), las magníficas propuestas de Serres (Carlota visita Londres, de James Mayhew, Charlotte en París, de Joan MacPhail Knight, Eugenia en Venecia, de Chrstina Börjk o Miranda de la vuelta al mundo, de James Mayhew), u otros títulos más recientes, como Paula en Nueva York, de Mikel Valverde (SM), componen un variado repertorio de libros para niños trotamundos: un acercamiento al arte a través de la mirada de pequeños turistas de ficción.
En este atractivo ámbito, las aventuras de Valentina componen una divertida y desenfadada apuesta para acercarse a las ciudades más famosas e iniciarse en el manejo de las guías de viaje. En efecto, esta colección de guías-cuento, que pronto nos obsequiará con las dos siguientes entregas (Barcelona y Madrid), descubre a los lectores los puntos más emblemáticos de las ciudades visitadas a través de las sencillas y divertidas peripecias de su protagonista.
Valentina, una niña de entre seis y ocho años, es una viajera curiosa y desinhibida que se ve envuelta en pequeñas aventuras. Ella mira a su alrededor y se hace preguntas acerca de todo lo que ve, con la espontaneidad y el descaro propios de su edad.
El recurso de la aventura (en Nueva York, recorre la ciudad junto a su amigo buscando a los dueños de seis perros; en París, tratando de localizar a sus padres, termina participando en un desfile de moda...), permite a las autoras ir mostrando monumentos, costumbres, gastronomía e incluso el idioma, de un modo natural y divertido.
Anatxu Zabalbeascoa es especialista en arquitectura, diseño y arte. Autora de varias obras especializadas, en esta colección demuestra una destacable habilidad para desenvolverse en la narrativa para niños, componiendo unos relatos sencillos en apariencia pero de gran riqueza informativa. El texto, en el que abundan los diálogos y las reflexiones en voz alta, invita al lector a fijarse en las imágenes, estimulando su curiosidad y el interés por los rincones presentados.
Patricia Geis, una veterana en el panorama de la literatura infantil, es autora de más de cuarenta libros que se han traducido a numerosos idiomas. Sus ilustraciones, de estética pop, presentan a la protagonista en conocidos escenarios, reinterpretados con una personal y renovadora visión. Utiliza para ello colores planos y figuras sin contornos que resaltan sobre el fondo mediante fuertes contrastes cromáticos.
Merece la pena destacar el material complementario que se adjunta como regalo en la contracubierta: un recortable tridimensional para armar (La torre Eiffel y el Empire State Building), junto a un mapa-guía de cada ciudad con algunas indicaciones básicas –vocabulario incluido- que permiten a los lectores localizar los lugares visitados por Valentina y comprender todas las expresiones leídas. No falta ningún detalle, ya que se incluye también una tarjeta postal para enviar a los amigos.
Como puede verse, esta colección compone una completísima propuesta de lectura que, sin duda, se disfrutará al máximo ante un viaje programado. De este modo, los más jóvenes podrán experimentar una vieja emoción: sumergirse en los preparativos y saborear cada dato, cada detalle geográfico, con el sabroso placer de una promesa de aventura.

jueves, septiembre 06, 2007

La feria del crimen, varios autores

Trad. José Luis Sánchez-Silva. Lengua de Trapo, Madrid, 2007. 283 pp. 19,50 €

Marta Sanz

Esta recopilación de relatos es una lectura inmejorable para el verano. Y para el otoño, para el invierno y para la primavera. Para la playa, la montaña, el tren de cercanías, el atril de estudio o el salón de casa. Porque, más allá del entretenimiento, La feria del crimen es un volumen altamente ilustrativo para todos aquellos amantes del género negro que, aun sabiendo de la importancia de las aportaciones en lengua francesa al acervo de la literatura policial, se han concentrado en las obras de autores anglosajones. La feria del crimen ofrece a ese lector, que sólo ha hecho algunas catas, la oportunidad de familiarizarse con los mejores y más recientes representantes del noire, del polar y del neo-polar. Y la degustación de vamps, comisarios, detectives autónomos, mirones, psicópatas metódicos, soplones, delatores, fauna urbana de todo pelo, asesinos a sueldo y asesinos casuales, serial killers, fetichistas, presos, cabezas de familia con rarezas, degustadores de ragú de cordero, víctimas que se convierten en verdugos, represaliados políticos, científicos locos, seres de la noche, feriantes, esporádicos violadores de vacas, ladrones aficionados o ingenieros especialistas en el diseño de minas antipersona... es, sin duda, exquisita.
El prólogo de José Luis Sánchez-Silva constituye un elemento de contextualización imprescindible para afrontar la lectura; su económico y claro recorrido por los orígenes, evoluciones, puntos de encuentro, confluencias, alcances y modalidades del totum revolutum que llamamos “negro” ayuda a aclarar conceptos y a situar los relatos dentro de un espacio plagado de reminiscencias, ecos, manchas de humedad: las de Poe y Conan Doyle, la novela policial, Vidoq, Wilkie Collins, la novela de detectives, Arsène Lupin, la novela-enigma, Poirot, los pulp magazines, Cosecha roja, el hard-boiled, Marlowe, Maigret, Marcel Duhamel y la Série Noire de Gallimard, las adaptaciones cinematográficas de Clouzot, Manchette y los escritores neo-polar... Los escritores franceses saben que en su tradición, además de Gaston Leroux y de sus misterios de cuartos inexpugnables y amarillos, también está Zola, el realismo descarnado, el naturalismo, la atención al detalle cotidiano, el escritor que observa la realidad y se documenta, el argot, una problemática social y política que cada vez es más transnacional y menos autóctona, pero que no hace de Marsella ni de las inmediaciones del puente Tolbiac o de Chambéry un absurdo remedo del Bronx o de las calles de Chicago. Lo negro es reconocible. Lo negro no es un escenario de cartón piedra, el decorado para una aventura de evasión, lo negro está a la vuelta de la esquina...
Todos los lugares son Poissonville. Pero cada Poissonville lo es a su manera. Cada autor confiere a su relato un tono más o menos paródico, más o menos elegiaco, acusador, risueño, trascendente o crudo: en “Mr. Black”, Marc Villard nos presenta la historia de Steffi, una streapper que aún no ha cumplido los veinte años pero ya tiene una filosofía de la vida perfectamente oscura: los diálogos, el juego de miradas y las descripciones de esos labios morados —no precisamente situados dentro de los límites del óvalo facial— que se abren y se cierran delante de ojos llenos de rijas nos recuerdan que hay cuerpos que se repiten dentro de otros cuerpos y que en esa proyección, en esa suplantación, la mujer casi siempre será la víctima. “Hasta el fin del mundo” de Patrick Raynal es una delicia chandleriana que conjuga la chulería del diálogo como arma de seducción y la mujer de ojos garzos con la comicidad de un detective izquierdista al que le encanta el lujo y es capaz de pronunciar sentencias como “cachorros del liberalismo (...) creían que Internet iba a liberar a la humanidad como Moulinex había liberado a la mujer”. Marsella está presente en los relatos de Jean-Claude Izzo y de Philippe Carrese: el primero, polémico desde un punto de vista ideológico, una llamada de atención sobre la pervivencia y cotidianidad del fascismo en sociedades que han bajado la guardia; el segundo, una fábula, una divertidísima parodia de la que no puedo desvelar nada más por deseo expreso del autor: la palabra “cachondada” nunca fue más oportuna. Por su parte, Didier Daenickx en “La centinela” da una lección sobre cómo se crea una atmósfera y sobre el significado profundo de lo sórdido, y Dominique Menotti, en “Tolerancia cero”, pone ante los ojos del lector un interrogatorio de lo más peculiar: un recto comisario que asiste, casi impasible, a la confesión de las acciones bestiales cometidas por un buen francés, vesánico, xenófobo y misógino —como mínimo— al que le amparan toda la fuerza de su razón, de su nacionalidad y de su sexo. Incluso le ampara la fuerza de la ley y de la costumbre. Otra escritora, Fred Vargas, sugiere en “Noche de bestias” que a veces lo irrisorio es lo fundamental y construye un relato clásico en el que destaca el juego de fuerzas, las relaciones entre los personajes, especialmente entre los policías que participan en las pesquisas de un asesinato con pinta de suicidio. Por último, es necesario citar el relato que da título a esta recopilación, “La feria del crimen” de Tonino Benacquista, donde el sentido de la palabra “feria” es literal: una feria con sus correspondientes stands, mesas redondas —Ronald Biggs es la estrella invitada— y entrega de premios... dos de los galardonados pasarán juntos la noche en una habitación de hotel; uno de los dos no podrá levantarse vivo... Y así hasta llegar a dieciocho relatos —de Andrea H. Japp, de Jean-Patrick Manchette, de Jean-Jacques Reboux, de Tierry Jonquet...— que dan cuenta de la buena salud de un género que no se muere porque es absolutamente necesario.
El diseño de la colección y la encuadernación del volumen son una muestra de buen gusto y de respeto hacia la comodidad del lector. No de todos los libros se puede decir lo mismo.

miércoles, septiembre 05, 2007

Boxeo sobre hielo, Mario Cuenca Sandoval

Premio Andalucía Joven de Narrativa 2006. Berenice, Córdoba, 2007. 264 pp. 18 €

Guillermo Busutil

Desde La Ilíada, donde aparece narrativamente un combate, el boxeo mantiene la guardia montada frente al crochet de la literatura, el arte y el cine que vieron en esta práctica la perfecta épica del perdedor, los claroscuros del negocio y las aristas del alma humana en pugna con los sueños, el amor, la sociedad y las adversidades del destino que suele calzar un guante de onza onzas y dominar los golpes bajos y el k.o. al mentón. También es conocido que el boxeo ha dado grandes figuras secundarias, las que se fajan en las penumbras del cuadrilátero de la vida, que han coqueteado directamente con la literatura, igual que si el género narrativo fuese el sparring ideal con el que forjarse una leyenda. Ese sería el caso de Cravan, eterno impostor y outsider de sí mismo, de Sonny Linston, que además de soldado y boxeador fue un excelente novelista, y de Frank Nicotra, dos veces campeón de Europa, poeta y cineasta. Junto a estos ídolos de carne y barro, también hay que tener en cuenta a los personajes a los que la ficción puso en pie sobre el ring para contar historias magistrales como las logradas por Ignacio Aldecoa, Gonzalo Suárez, Ricardo Piglia, Javier Memba o Liliana Heder entre otros escritores de una extensa nómina que narraron episodios existenciales de Young Sánchez, El Vikingo, la Rosa de Sowetto y de Jack Berstein entre algunos otros seres de ángulos muertos, cicatrices y pequeñas victorias. A ellos hay que sumarles ahora el personaje del Loco Larretxi, protagonista de la novela Boxeo sobre hielo, de Mario Cuenca Sandoval y publicada por Berenice.
Una curiosa historia en torno a un viaje visible e invisible por los rostros de la derrota, el idealismo, la obsesión, la rebeldía, el dolor, la libertad y las relaciones humanas, que envuelve al lector en la relación del boxeador con su esposa Margot, cantante analfabeta musical, y en la que establece con su hijo Mikel al mismo tiempo que indaga sobre los diferentes estados de la conciencia y la nueva concepción del mundo. Pero también esta novela, entrecruzada con los relatos de excelentes y aristados secundarios como Amundsen y la conquista del Polo Sur, como Larretxi, Parry, Heyerdahl y entre otros que, en ocasiones, asemejan el alter ego o el reflejo distorsionado de los diferentes protagonistas, es un raro e interesante collage compuesto por elementos como las drogas, la psicodelia, el cine porno, la amistad, el miedo, la poesía, los saltos en el tiempo, el viaje y la antropología.
Lo mejor de esta novela, que también funcionaría como un ajuar de relatos bien hilvanados y por los que transitan los personajes que le dan entidad a la historia principal, es el buen uso del ritmo narrativo de Mario Cuenca y su manera de urdir diferentes tramas que son, al mismo tiempo, diferentes registros narrativos con los que busca innovar, sin los habituales fuegos de artificio, simulacros y poses de muchos de los jóvenes narradores que intentan camuflar la falta de imaginación o las carencias a la hora de contar con el moderno discurso de la transgresión tecnológica y los trillados discursos de la postmodernidad, muchos de los cuales tan sólo se apoyan en un modelo que suele ser el más mediático. Una tendencia que en algunos casos ha dado interesantes frutos y autores a tener en cuenta, aunque la mayoría de las veces responde a un desconocimiento de la historia de la literatura y de los hallazgos conseguidos por los experimentos de las vanguardias y de otros movimientos representados por Sánchez Ferlosio, Martín Santos, Cela, Juan Goytisolo, Italo Calvino, Robbe-Grillet, Perec y Queneau, entre otros a los que Mario Cuenca parece haber depurado con el propósito de alimentar su propio estilo. Esta razón, junto con su habilidad para contar bien una historia sin renunciar a cierta experimentación, convierte Boxeo sobre hielo en una novela merecedora de atención, y a su autor en un escritor al que seguir la pista por los cuadriláteros de la literatura del siglo XXI.

martes, septiembre 04, 2007

Leer para ti, Siri Hustvedt

Trad. Julia Piera y Chiara Merino. Prólogo de Eduardo Lago. Bartleby, Madrid, 2007. 85 pp. 10 €

Francesc Miralles

Este poemario en versión bilingüe (inglés-castellano) no es una novedad de la autora de Todo cuanto amé, sino que fue publicado originalmente en 1983, un año después de su matrimonio con Paul Auster. Por aquel entonces esta escritora americana de raíces noruegas había cumplido 27 primaveras y aún no se había estrenado en el mundo editorial.
Su prologuista, Eduardo Lago ―ganador del Nadal 2006 con una novela ambientada justamente en Brooklyn, donde actualmente vive la autora―, califica estos versos de «poemas-luz». Una definición muy entusiasta para un libro con una prosa poética que provocará más de un bostezo en los lectores que busquen la sofisticación de Siri en su narrativa.
El poemario se abre con postales de la América hopperiana: campos de maíz de Minessota, «filas de nubes, trenzadas sobre el cobertizo y las líneas telefónicas», y a medida que avanza va adquiriendo un tono más emocional. La autora pesca en las aguas de su memoria «una foto de Tailandia marrón y amarilla» y alcanza cimas de sutil belleza cuando se refiere a cartas de amor en las que no aparece la palabra «amor» salvo al final.
Hablando de cartas, uno de los momentos más brillantes del poemario nos brinda esta pincelada de magia urbana: «Una vez olvidé una carta en un taxi. Jamás llegó a su destino.»
El hermoso título de esta obra ―tal vez lo mejor de ella― brota de la una promesa conmovedora que arranca en la página 81:

«En el cuento la princesa llora sobre el cuerpo del príncipe ciego. Caen dos lágrimas en sus ojos y él puede ver. El rescate. Las lágrimas. Cuéntalo otra vez. El pelo que cae de la torre. Dejo descansar el libro sobre tu pecho, en la cama. Siempre te leeré. Te lo prometo. Te leeré cuentos siempre, a medida que pasen los años.»

Exceptuando estos episodios de lírica intimidad, el único libro de poesía de Siri Hustvedt publicado hasta el momento es sólo para incondicionales de la autora que quieran conocerla en un registro más personal y menos transferible.

lunes, septiembre 03, 2007

Lugares comunes, Irene Jiménez

Páginas de Espuma, Madrid, 2007. 154 pp. 14 €

Pilar Adón

Una infidelidad en el dormitorio, la observación espía de la vida de los demás en la calle, el inicio de una nueva rutina lejos o un despido inesperado en la oficina. Tras cada ventana anónima que se dibuja sobre los edificios de las ciudades se esconden pequeñas historias, tragedias íntimas. Curiosas pasiones y tristezas que, a pesar de su aparente insignificancia, configuran nuestra particular manera de ver el mundo, de interpretarlo. Pocas veces esas pequeñas historias van más allá de su propia realidad concreta, ya que lo auténticamente complejo es captar sus implicaciones verdaderas, sacarles el jugo y descubrir lo que tienen de universal. Pero es en esas diminutas estampas del proceder diario, en esos sucesos supuestamente triviales que acontecen a los habitantes de una ciudad que puede ser Madrid, en lo que se fija Irene Jiménez para componer estos relatos recogidos bajo el título de Lugares comunes, y editados por Páginas de Espuma.
El desengaño y la inercia, ciertos incidentes fortuitos tras los que los sentimientos se van apagando hasta parecer condenados a morir lentamente, imperan en estos “lugares comunes”, que enmarcan sus espacios de acción ya desde cada título: “En la universidad”, “En un pasillo”, “En casa de los señores…” Y lo hacen con una perseverante agilidad, evitando perderse en detalles que no coadyuven a confeccionar una estricta imagen argumental captada por una melancólica (y, a la vez, insobornable) cámara, capaz de penetrar hasta lo más profundo de la soledad, de las expectativas, de las frustraciones o las miserias de los protagonistas. La prosa de Irene Jiménez es precisa y proporcionada, contenida, muy ajustada, propia de una observadora que demuestra un tremendo buen oído para atrapar aquello que a los demás nos suele pasar desapercibido, lo que se oculta tras lo evidente. Solemos pensar que lo más indispensable de la Historia se va construyendo gracias a los grandes sucesos revestidos de trascendencia, cuando es en los mínimos hechos donde descubrimos la esencia del alma humana.
Irene Jiménez hace así magia de lo cotidiano. En sus fábulas lo extraordinario salta de repente ante nuestros ojos, se hace palpable, y ahí radica la principal excelencia de la narrativa de esta autora: que en ella siempre se nos muestra un valiosísimo tesoro que permanecía, hasta entonces, enterrado, imperceptible. Tras un parpadeo, súbitamente, todo lo que sabíamos acerca de la situación de los personajes (normalmente prisioneros de sus propias vidas grises, intercambiables, destinadas a la incomunicación) ha cambiado, y entonces su posible devenir se nos revela en todo su esplendor o en todo su dramatismo. Ese momentáneo atisbo, esa iluminación, dura poco porque la percepción de la verdad es resbaladiza y, tras otro fugaz parpadeo, el ambiente previo y convencional, lo obvio, se regenera y volvemos a lo aparente, a lo que parece ser que son las cosas. No obstante, los personajes, de algún modo, se habrán transformado, pues ahora son ya conscientes de que lo real es lo otro, lo que subyace a la imagen.
Esas pequeñas realidades componen la sinfonía de lo que somos, de nuestra supervivencia como animales urbanos. En definitiva, y como concluye el último de los relatos del volumen, “la vida en las grandes ciudades sigue bullendo”.

viernes, agosto 31, 2007

Cuando mi gato era pequeño, Gilles Bachelet

Trad. María Dolores Caballer Gil. Molino, Barcelona, 2007. 32 páginas. 13 €

Care Santos

Papás y mamás que explicáis cuentos a vuestros hijos, haced la prueba: abrid este magnífico álbum por cualquiera de sus páginas frente a los ojos de un niño de entre 4 y 10 años y dejadle que mire. Basta con eso para disfrutar —y mucho— de la segunda aventura del elefante-gato que nos sirve este autor e ilustrador francés, nacido en Saint-Quentin en 1952. Como toda la buena literatura infantil, este libro sorprenderá y seducirá a lectores de todas las edades.
Ya en el anterior volumen, el premiado Mi gatito es el más bestia (Molino, 2005), sentaba Bachelet las bases de su modo de contar: mucho humor, no poca ternura y amor por los detalles. La historia era allí muy simple: el autor, en primera persona, nos cuenta las rarezas de su gato, un bicho tan extraño que incumple todas las características de la especie felina. El texto enumera las virtudes de los mininos, que su mascota contradice sin cesar, con lo cual el amo llega a la conclusión de que su gato "es el más bestia". Todo eso aliñado con guiños al lector adulto, y homenajes manifiestos a otros elefantes célebres —el Babar de Jean de Brunhoff, por ejemplo—. Una verdadera delicia.
En este segundo libro, los guiños continúan, pero son menos evidentes. El humor es, en cambio, más agudo (parece ser marca de la casa de un autor que ha publicado en Francia, también para niños, las aventuras de un héroe llamado Champignon Bonaparte). Asistimos ahora a una mirada retrospectiva a los primeros años de vida del extraño gato: desde que fue adoptado —el autor se dibuja a sí mismo— hasta su primer y estrafalario enamoramiento cuando alcanza la edad del pavo. La voz del narrador nos describe cómo su mascota llegó con entusiasmo a su nuevo hogar, se hizo enseguida a los espacios, y se encariñó con un peluche que él había regalado para evitar que se entristeciera en su ausencia. Lo que observamos en los dibujos, en cambio, es algo bien distinto: la torpeza del animal al dar sus atemorizados primeros pasos por la casa, sus accidentes en el baño y su odio manifiesto hacia el peluche en cuestión que, para más guasa, es un elefante. El odio de la mascota hacia el muñeco ocupa la parte central del álbum. Por supuesto, el dueño no lo interpreta del modo correcto, aquel que sí ven con toda claridad los lectores: el elefante odia al peluche, trata de librarse de él, lo pisotea, lo destroza... sin ningún éxito. Esta contradicción entre el texto y el dibujo es uno de los grandes encantos de este volumen, que fascinará a ls lectores más pequeños.
Para los mayores: lo que no se dice, lo que el amo del gato-elefante no cuenta de sí mismo, pero vemos en las ilustraciones, cobra también una dimensión especial en esta nueva entrega. Por los detalles de los dibujos conocemos mucho acerca del genio despistado que convive con el protagonista de la historia: que lava su ropa con jabón de albaricoque, que le gusta el chocolate o que tal vez se esté mudando de casa. También sabemos que es un ser descuidado y extravagante que cuelga los calcetines en el perchero de la entrada y tiene un cuadro con el símbolo del yin y el yang formado por dos elefantes en la habitación de la colada.
Por último, lo evidente: las ilustraciones. Ya lo habíamos visto en el primer título, pero lo corroboramos en éste. Las ilustraciones de Bachelet bien merecen un álbum de gran tamaño, donde puedan apreciarse no sólo los detalles —hay muchísimos— sino también la expresión del elefante protagonista. Los niños lo pasarán en grande con las páginas que contienen más acción, especialmente en aquellas que se expresan a modo de viñetas, y que son también las más humorísticas. En las otras, sin embargo, podrá entretenerse haciendo descubrimientos: la portada de un diario desplegado, la autoría de la partitura abierta sobre un piano, la pared que conserva las marcas de los carteles que estuvieron en ella...
Ahora ya sabemos que el gato con problemas de personalidad a causa del despiste de su amo ha tenido una infancia solitaria e iracunda y una entrada en la adolescencia marcada por un amor irracional hacia una zanahoria de juguete. Ahora, como ocurre con todos los héroes, deseamos saber más de él: ¿le corresponde la zanahoria? ¿se cura él de su melancolía? ¿cómo supera las dificultades de la difícil primera juventud? En pocas palabras: queremos más gato-elefante, Bachelet.

jueves, agosto 30, 2007

Marea humana, Benjamín Prado

VIII Premio Internacional de Poesía Generación del 27. Visor, Madrid, 2007. 90 pp. 8 €

Elena Medel

«Dime tú si al final tendré que arrepentirme», concluye la voz protagonista de uno de los poemas de Marea humana, el libro más reciente de Benjamín Prado (Madrid, 1961). En esta galería de arquetipos morales caben los remordimientos y las acusaciones, pero también la reflexión y la alegría, pues en Marea humana desfilan los malos y los buenos. Cada poema dibuja el modelo de una actitud, de un posicionamiento, fluctuando entre la primera y segunda persona del singular, rematándose en la mayoría de ocasiones con unos últimos versos que transforman la persona, y con ello el receptor —y el sentido— del texto. Se distribuyen en tres bloques, “Marea humana”, “El enamorado” y “Marea humana” de nuevo, aunque yo los considero uno solo, pues el segundo es un poema muy extenso —ocho partes de varias páginas cada una— que obedece a la misma estructura que el resto de composiciones del libro. Y cada poema se titula, a su vez, como esa figura a la que aluden: “La rencorosa”, “El soñador”, “El sabio”, “El derrotado”, “El humilde”...
Marea humana tiene mucho de —en el mejor de los sentidos— tratado de ética y moral. Es una obra severa, aunque tranquila: el autor obedece a Garcilaso y se para a contemplar el estado del mundo que nos rodea, esa sociedad cuya aceleración nos condena a la uniformidad, moldeando a la marea humana más que al conjunto de todos nosotros. Marea humana planta cara a lo colectivo, nos reivindica a cada uno por nuestro valor intrínseco. De esta forma, el lector aborda este poemario como una consecuencia lógica de su antecesor, Iceberg (XXIII Premio Ciudad de Melilla; Visor, 2002). Mientras Iceberg poetizaba un listado de nombres propios trágicamente desaparecidos, sirviéndose de experiencias individuales para alcanzar un objetivo global, en Marea humana sucede al revés: se proyectan las experiencias colectivas hasta resultar un único personaje, individual e independiente. Recurriendo al simbolismo de sus nombres, Iceberg sugería lo que en Marea humana se desborda.
En este sentido, Marea humana me parece una obra muy diferente a las —me limito a su obra poética, pues Prado es también narrador y ensayista— anteriores del autor. Igual que en ellas, por Marea humana se pasean —mediante cita de su obra o alusión directa a su persona— Edmond Jabés, John Keats, Pablo Neruda, Federico García Lorca, Luis Cernuda, Mahmud Darwish, Hugo Mujica, Rafael Alberti —el máximo referente, junto con el ya mencionado Neruda y Juan Gelman, de este Marea humana—, W.H. Auden, Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado, pero a diferencia de ellas, sus vidas y palabras no derivan en poemas, sino que se exprimen para ser utilizadas por otros, y ahora sí producen literatura. En Marea humana los poetas no viven en los poemas de Benjamín Prado, sino que viven en los personajes —«(...) Pablo,/ el panadero;/ Hassan el sastre,/ o Evo el albañil»— de los poemas de Benjamín Prado. Estos versos —de arte cada vez menor, algo inusual en Prado— sirven, más que nunca, para algo: son un arma cargada de futuro.
Calificaríamos Marea humana de libro político por su alto nivel compromiso —sirvan como ejemplo los poemas “El ecologista” y “El inmigrante”, o la cara y la cruz, “La víctima” y “El terrorista”—, pero también un libro poliédrico: sobre el amor, el respeto, la valentía... Quienes no conozcan al Prado poeta debutarán con un libro raro en su trayectoria, y quienes no se estrenen con Marea humana —cuya portada es una de las más hermosas de Visor, junto con la del Poema sucio de Ferreira Gullar— disfrutarán de una voz que afina un tono que no conocíamos. La cita con que iniciaba esta reseña pertenece, significativamente, al poema —disculpen la redundancia— “El poeta”. Sobra decir que Benjamín Prado no puede —ni debe— arrepentirse de esta Marea humana, de este viraje ético y estético, sino enorgullecerse: renovarse o morir.

miércoles, agosto 29, 2007

El vecino de abajo, Mercedes Abad

Alfaguara, Madrid, 2007. 266 pp. 17,50 €

Pedro M. Domene

Lo cotidiano y lo anodino, lo común que incluye aspectos puramente anecdóticos de nuestra existencia, son algunos de los temas y tramas que, en estos últimos años, se están convirtiendo en moneda de cambio para que nuestra narrativa levante acta de una sociedad en la que priva lo convencional. Sólo cuando nuestra vida perfectamente controlada es perturbada, iniciamos un repentino giro que nos lleva a las situaciones más inusuales, como le ocurre a la protagonista de la última novela de Mercedes Abad (Barcelona, 1961), El vecino de abajo: una solitaria traductora que ve cómo su vida tranquila es alterada por la obras de reforma que una mañana de lunes inicia su vecino de abajo sin previo aviso.
La nueva situación, que incluye golpes y martillazos, ruidos propios de los trabajos de albañilería, genera tal desorden en la vida de esta traductora que en una primera instancia decide huir de su habitual lugar de trabajo para posteriormente iniciar toda una guerra contra el vecino identificado, Miquel Aubert, quien además de rico se las da de listillo cuando la vecina intenta protestar y éste le aclara que tiene todos los permisos en regla. Abad —que ha trabajado como traductora, incluso como actriz e intérprete—, logra con este particular testimonio presentarnos formas de vida actuales que, con un toque personalísimo, convierte en buena literatura sin preocuparse por concretar, hubiera sido fácil, sobre aspectos sociológicos o morales. Porque lo sobresaliente es que, tras varios intentos fallidos, esta mujer inicia una auténtica guerra contra el vecino, dispuesta en todo momento en no dar cuartel al enemigo. Pero Mercedes Abad, que es una experta narradora, dueña de esa disposición interna que se otorga al mejor de los relatos, capaz de ligar todas las partes de un asunto o un enredo, y cuya obra está teñida de un humorismo poco habitual en la novela española contemporánea, y de un sarcasmo y de una ironía que le sirven para mostrar las abundantes contradicciones de nuestra sociedad, sale airosa de un inicial relato anodino que —en otros casos— hubiera dado para un simple relato, además en el más puro estilo del realismo sucio norteamericano.
A través de una galería de personajes bien trazados, magnifica (sirva el ejemplo del alter ego de la traductora, Betty Correa, que intenta quitarle protagonismo), nombres que sin ser importantes logran mostrar esa conflictividad humana que nos convierte singulares para así constatar la farsa diaria en que vivimos. Y al margen de un seudo retrato sociológico lo que sí logra contarnos la narradora catalana es la historia dolorosa de una soledad, la de una mujer que convierte su febril venganza en una meta que dé sentido a su vida, oculta para más señas en una existencia acomplejada, tan vacía como falta de esperanza.
Numerosos episodios se suceden en una novela ágil que conforma un particular universo narrativo, como los rótulos de protesta de la protagonista, su inexplicable detención y posterior encarcelación o el engaño de la Rastignac Guide. Lo mejor su amenidad, escrita en un lenguaje directo, sin excesivo artificio que logra cautivarnos sin problemas y vendernos una historia tan desquiciada como real.

martes, agosto 28, 2007

El valor de la disidencia, Jordi Gracia (ed.)

Planeta, Barcelona, 2007. 590 pp. 29 €

Juan Marqués

En una de las deprimidas cartas que Gonzalo Torrente Ballester escribió a Dionisio Ridruejo en 1943, le dice algo tremendo: «Hace tiempo que me convencí de que no tenemos ya más salvación ante las generaciones futuras que nuestra obra personal; pero esta misma se desenvuelve entre tantas dificultades y dolores, que necesariamente llevará el sello de nuestra crisis» (p. 120). Un mes después insiste, esforzándose en ser algo más esperanzado: «Si al juzgar mi vida, me siento un poco arrepentido y casi amargado, para las cosas literarias conservo mi mejor humor, y hasta mi optimismo. Creo que, en nuestra generación, unos cuantos teníamos algo en el corazón o en la inteligencia, y que, pase lo que pase, hemos de dar nuestro fruto» (p. 125).
Pero muchos no lo dieron o no pudieron o no quisieron darlo... La primera cita ha resultado más profética que la segunda. Seis décadas después, la crisis de aquel grupo ha sido mucho mayor y mucho más ruidosa que los frutos. Algunos lo merecían, literaria y éticamente. Otros no tanto o no en absoluto. Este libro trae ejemplos de todos ellos y de muchos más, en sus confidencias o reflexiones al escribir a Dionisio Ridruejo: desde un desolador Ramón Gómez de la Serna adulando al poderoso jovencito que todavía era Ridruejo a comienzos de los años 40, hasta una coqueta Pilar Primo de Rivera, pasando por Ramón Serrano Suñer y todos sus camaradas y correligionarios en el fascismo español del antes, el durante y el después de la guerra que provocaron. Y están —cómo no— los intelectuales oficiosos de la Falange, pero también Gerardo Diego, José Luis Cano, Luis Rosales, Leopoldo Panero... o un anciano y algo quejumbroso Ortega y Gasset, y después José María Valverde, Joaquín Ruiz-Giménez, Marià Manent, José Luis López Aranguren, Juan Benet, Enrique Múgica, Francisco Umbral o Juan Marsé... escribiendo unos con mayor o menor interés, y casi todos con verdadero afecto y admiración. El heterogéneo retrato intelectual del medio siglo que aquí, con estas cartas, se teje, es deslumbrante por lo revelador, por lo explícito, casi por lo íntimo.
Jordi Gracia lleva ya años explorando y penetrando en la importancia de ese hombre y ese escritor al que tantos —y por tantas y tan distintas razones— tuvieron tan en cuenta. Sus trabajos sobre Ridruejo han visitado ya las mejores revistas españolas (Claves de Razón Práctica, Turia, Letras Libres...) y, sobre todo, han dejado unos clarificadores Materiales para una biografía (Fundación Santander Central Hispano, 2005) y algunas de las mejores páginas de La resistencia silenciosa. Fascismo y cultura en España (Anagrama, 2004) o Estado y cultura. El despertar de una conciencia crítica bajo el franquismo, 1940-1962 (Anagrama, 2006). Pero este nuevo libro es aún más apasionante. Y no tanto por lo que se dice y se descubre de Ridruejo (ya que se reproducen fundamentalmente cartas escritas a él, junto a unas pocas salidas de su pluma) sino porque es el que de forma más desnuda y eficaz aborda qué sucedió entre los intelectuales españoles entre 1939 y 1975. Son ellos los que hablan, los que piden, los que opinan, los que se humillan, los que delatan, los que protestan... Y pocas veces se habrá visto tan claro quién fue cada uno de ellos, o, por lo menos, dónde estuvo y cómo leyó su propia actuación.
Mientras esperamos la ya tan necesaria reedición de las Casi unas memorias de Ridruejo (que se van a publicar en Península reordenadas y comentadas por Jordi Amat), este “epistolario inédito de Dionisio Ridruejo” (como se lee en la cubierta del libro —pero no en la portada—, con ese frecuente absurdo de dar por “inédito” lo que en ese mismo volumen está dejando de serlo) es todo un festín de información en el que también se cuela, aquí y allá, la buena literatura. Muchos de los corresponsales de Ridruejo (y él mismo) escribían muy bien, y casi todos le cuentan cosas que décadas después nos han de seguir interesando, porque, culturalmente, hemos heredado muchas de las cosas que ellos intentaron, iniciaron... o impidieron.

lunes, agosto 27, 2007

El incendio cerise, Antonio Agredano

Plurabelle, Córdoba, 2006. 61 pp. 9 €

Guillermo Ruiz Villagordo

En la poesía joven actual es difícil encontrar verdaderos poemas de amor. Abundan, eso sí, versiones y pastiches, juegos con el concepto del deseo, amplios y gratuitos imaginarios pornográficos, algún “querer” o “amar” disperso aquí y allá, cursilería a palas llenas. Tal vez porque, de tan manido, el tema no llama la atención a no ser que se subvierta (la típica estrategia de epatar al burgués, que somos nosotros y el poeta) y es sabido que ése es el principal objetivo de muchos poetas jóvenes: sorprender, y deslumbrar si se puede. Pero, siendo menos extremistas, a lo mejor lo que ocurre es que el tema ya no interesa poéticamente, sino como realidad corpórea, y la vida se defiende bien ella sola sin que tengamos que adornarla en versos sin mesura.
Este primer libro de Antonio Agredano es único por varias razones, la primera de las cuales es ser un magnífico ejemplo de cómo tratar el tema amoroso sin sensiblería o fingida profundidad, sin renunciar por ello a la intensidad. La segunda es que no se trata de una colección de poemas, sino de uno solo dividido artificiosamente en partes cuyo orden parece aleatorio, de manera que podemos leer cualquier página al azar y no necesitar un contexto claro para situarnos: el camino es todos los caminos. La cohesión interna la dan varios aspectos, todos elementos del sentimiento amoroso: las personas que hablan y de las que se habla, un “tú”, un “yo” y un “nosotros” en los que el lector se ve siempre implicado; el paso de pasado a presente, este último contaminado por aquél en el terreno del recuerdo (la hermosa «estoy utilizando la ternura de esos días como un arma»); la mezcla de dudas y afirmaciones, que posibilitan rescatar imágenes anteriores en un desquiciante ir y venir. En cuanto a éstas, se presentan a modo de visiones, impresiones tras un colocón, máximas aparentemente herméticas pero transparentes una vez asimiladas.
No es baladí hacer notar que Agredano, además de poeta, es bajista del exquisito grupo cordobés Deneuve. Los que le conocemos sabemos que valora más lo musical que lo literario, pero en el fondo es consciente de que ambas le son imprescindibles. Aquí la musicalidad estriba tanto en la cadencia del verso libre como en la disposición tipográfica del texto, que parece pretender moldear el espacio en blanco. El aprecio por las dos disciplinas lo comprobamos en sus dos influencias más evidentes: Jim Morrison, con su desprecio de lo visual («habitamos la dictadura del ojo») a favor de otros medios de aprehensión de la realidad, y Louis Aragon, al que rinde homenaje mediante una cita de Habitaciones que se convierte en un fragmento más del libro.
No queda mucho más que decir que no se pueda descubrir en la propia lectura de este gran poema, titulado El incendio cerise en honor a la salvaje y agridulce pasión. Si acaso dejar constancia de su emocionante comienzo:

si tanto nos amamos

por qué los límites cálidos
los golpes en la frontera las alarmas y a lo lejos
los besos

tan lejos que aún confundo tus labios con heridas

y su lúcido final:

se devoran a escondidas

así debe ser y no de otro modo


El resto, como diría Fernando Merlo, «está roto a la perfección».

viernes, agosto 24, 2007

Calvina, Carlo Frabetti

Premio Barco de Vapor 2007. SM, Madrid, 2007. 128 pp. 6,95 €

Carmen Fernández Etreros

Un juego, un enigma, una ilusión... ¿A qué se enfrenta el lector cuando comienza a leer las primeras páginas de Calvina? Carlo Fabretti nos propone una lectura divertida y en ocasiones enigmática y peculiar. Su objetivo es hacer pensar y estimular la imaginación del lector juvenil y adulto. Como buen matemático, Carlo Fabretti, que ya ganó el Premio Jaén de Literatura Infantil y Juvenil, nos plantea un difícil problema y el lector no puede parar de leer el libro buscando la solución o quizás el fallo.
Contradicciones y preguntas invaden al lector en este relato sin límites: ¿Quién es Calvina? ¿Es un niño o una niña? ¿Dónde está su padre? ¿Está muerta su madre? Nada en Calvina es lo que parece ser. Los muertos están vivos, los locos cuerdos, los ladrones tienen buenas intenciones, las bibliotecas manicomios, el enano gigante... En la página 38 nos advierten: «Querido, las cosas no son siempre esto o lo otro; a menudo son esto y lo otro».
El mayor acierto de Calvina es la maestría del escritor para consolidar un ágil diálogo que atrapa al lector en sus garras sin dejarle escapar hasta el final. Carlo Frabetti usa con destreza trucos como el disfraz de los personajes, el engaño o la confusión. Se nota que conoce minuciosamente los desafíos de la literatura experimental y la trayectoria de autores como Italo Calvino o Georges Perec. También denota la huella en Calvina del indispensable Lewis Carroll y su Alicia en el país de las maravillas.
Carlo Frabetti aprovecha también las páginas de Calvina para hacer una meditada reflexión sobre los beneficios de la lectura. En la página 49 nos advierte la librera Emelina: «Pero si el libro es bueno, es decir, si estimula nuestra imaginación, si nos hace pensar y plantearnos nuevas preguntas, luego volvemos a la realidad con un poco más de fuerza y un poco más de sabiduría».
Como en un problema de matemáticas complejo, el resultado al enigma sin embargo se torna al final sencillo y fácil. Calvina deja entonces de ser un libro abierto sino que el propio autor valla su contenido y nos ofrece una única posible solución. En suma un libro juvenil diferente por lo original y un verdadero placer para el lector que tenga la suerte de sumergirse en sus páginas, ya que tendrá que plantearse nuevas preguntas y seguro que volverá a su realidad con más fuerza y sabiduría.