jueves, agosto 23, 2007

Artículos literarios en la prensa (1975-2005), Francisco Gutiérrez Carbajo / José Luis Marín Nogales (eds.)

Cátedra, Madrid, 2007. 293 pp. 8,50 €

Doménico Chiappe

El título se refiere a literatos o, mejor dicho, gente que publica ficción, y que escribe en el periódico. No se trata de periodismo literario, aunque la introducción de los editores intente relacionarlos con Truman Capote, Norman Mailer, Tom Wolfe, exponentes de un mal llamado Nuevo Periodismo, que ya existía antes que las tretas comerciales de Wolfe. El periodismo literario requiere investigación. Lo que se encuentra en Artículos literarios en la prensa (1975-2005) son opiniones. Tienen muy buen estilo y poco trabajo de campo.
Son, eso sí, excelentes artículos de escritores españoles (sólo un extranjero, Vargas Llosa). Escritores todos que pertenecen al canon del mercado editorial actual: Vila-Matas, Monzó, Azúa, Ayala, Armas Marcelo, Caballero Bonald, Cela, Cercas, Delibes, los Goytisolo, Gimferrer, García Montero, Gala, Grandes, Landero, Lindo, Longares, Marías, Muñoz Molina, Marsé, Martín Gaite, Molina Foix, Millás, Mendoza, Montero, Pombo, Puértolas, Regás, Torres, Trapiello, Rivas, Umbral... Hasta 63 nombres conscientemente equilibrados en la balanza política. De Cebrián a Prada.
Quizás el orden elegido perjudique una idea general de la evolución, e incluso de la dicotomía, española. Se prefirió el orden alfabético en lugar del cronológico, que hubiera sido igual de poco polémico, pero que hubiera favorecido un retrato zoom que, al final, hubiera compuesto una gran panorámica. El trabajo de agruparlos por temas (difícil, sí, debido a la vastedad y soledad de los temas) me hubiera recompensado como lector.
Se habla o se roza cualquier tema: la guerra de Tormenta del desierto y la reciente invasión a Irak; las primeras elecciones González-Aznar, los Juegos Olímpicos, la crítica literaria, la muerte de la novela y sobrados elogios al libro, Chérnobil, 23 de febrero de 1981, la religión católica (sólo la católica) y Cataluña.
Mucho me gustaron las franquezas de J.J. Armas Marcelo que llega a narrar el reproche que Juan Benet hizo a Adolfo Suárez, ya desposeído de poder, durante una cena: «¿Por qué esta farsa de las autonomías si este país no iba por ahí en ningún momento? Suárez explicó hasta altas horas de la madrugada a un Benet absorto y curioso, atento como todos los demás comensales, las altas razones políticas de toda su trayectoria...»; la disquisición de Félix de Azúa: «Así que soportaron (la oligarquía catalana) a Franco porque sólo Franco les garantizaba la cómoda explotación del ríos gris, hosco, miserable de la inmigración (de otras regiones de España, como Andalucía)» y la crónica sin ataduras de Antonio Gala y su 23 de febrero de 1981.
O la nostalgia de Luis Alberto de Cuenca en “Melancolía”, un texto repleto de poesía que comienza con «Ya no te sirve tu ciudad. La han convertido en un inmenso basurero donde los ciudadanos escarban buscando su ración de podredumbre, donde la fuerza bruta impera y todos desconfían de todos». Resaltaron también los textos “Un día cualquiera y otros días” de Medardo Fraile, “Día de difuntos” de Luis García Montero, “Casualidades” de Manuel Longares y “El almohadón de seda” de Gustavo Martín Garzo.

miércoles, agosto 22, 2007

Antenas, Adam Zagajewski

Trad. Xavier Farré. El Acantilado, Barcelona, 2007. 149 pp. 14 €

José Morella

En el desopilante libro (que todo periodista cultural debería tener permanentemente en su mesilla de noche para curarse de cualquier tipo de esnobismo) The Complete Polysyllabic Spree, Nick Hornby recoge las palabras de una periodista sobre la escritura de reseñas culturales, palabras que según Hornby son las más sabias que haya leído al respecto. Cuenta que a Sarah Vowell, que así se llama la señora, le pidieron una vez una reseña sobre un disco de Tom Waits, y ella, al escucharlo, pensó que «le gustaban mucho las baladas». De modo que escribió exactamente esa frase: «Me gustan mucho las baladas». Después no tenía nada más que decir. Pero necesitaba ochocientas palabras más para que le pagaran por la reseña. Eso es lo que a veces pasa. Te gusta algo, te engancha, te pasa una especie de calambre afectivo, de saludo de trascendencia directo al estómago. Eso es, básicamente, la poesía, si nos perdonan la economía de la definición. Y luego uno se queda sin habla.
Al intentar hablar de Adam Zagajewski, a mí también me pasa lo mismo que a Sarah Vowell con Tom Waits; cuando leo sus libros, solo diría una cosa: alucino con su capacidad de encontrar imágenes brillantes. Y ahora tengo que terminar la reseña, y siento que lo menos importante será cómo la escriba. El propio Adam Zagajewski habla de esta experiencia con el lector —pero con una fórmula infinitamente mejor que yo pueda inventar— en su libro de ensayos En defensa del fervor: la poesía es una antorcha encendida que el autor le pasa al lector, que se encargará de conducirla a otro lugar durante su vida, y de pasársela a otras personas. Esa antorcha a veces es un verso (Zagajewski tiene muchos de estos versos-antorcha), pero también puede ser una tonada de saxo, o una canción tonta de la que alguien hace una versión llena rabia o de desolación, o una escena en una película (no puedo reprimir un ejemplo que tengo reciente: Sergio Castellito y Vittorio Gassman, como nieto y abuelo, comiendo juntos, en silencio, en la cocina de la casa, en Familia, de Ettore Scola, escena que me hizo llorar como un grifo, y no me refiero al animal mitológico). Pero esta reseña tenía que ser sobre Zagajewski: resulta que se ha publicado un nuevo libro suyo en España, Antenas. Es delicioso, como todos los suyos, como Tierra de Fuego y Deseo, que contienen esas antorchas de las que hablábamos en cantidad fabulosa.
Me gusta infinitamente más el Zagajewski poeta que el ensayista; es decir, me gusta mucho más su poesía que su visión de la poesía, o mejor dicho de lo que tiene que ser buena o excelente poesía. Esta visión está atravesada de un esencialismo que, a pesar de sus constantes equilibrios por evitarlo, peca de cierto desprecio por otras aproximaciones al fenómeno poético. Le parece que la poesía actual está castrada de metafísica, de trascendencia, de falta de fe en la inspiración, en el rapto poético. No decimos que no haya algo de cierto en esto, pero Zagajewski engloba en su crítica un enorme cajón de cosas: todo aquello relacionado con las aproximaciones estructuralistas y postestructuralistas al arte, como si todo lo que ha sido relacionado con esas etiquetas fuera lo mismo: gente que recorta las posibilidades de la poesía, o de la poesía de altos vuelos, de la cual Zagajewski cree tener la clave. Cuando una poesía más económica con el lenguaje y menos llevada por la tentación de lo sublime resulta ser excelente, Zagajewski parece hablar de ella como simple excepción: eso es lo que hace, por ejemplo, con Eugenio Montale. Con todo esto no queremos decir que no valga la pena leer los ensayos de Zagajewski. Desde luego que vale la pena, por muchos motivos que no caben aquí. El simple hecho de ser una fantástica introducción a la cultura polaca contemporánea para los no iniciados es ya más que suficiente. Pero, a nuestro juicio, cuando quiere dar con la clave del fenómeno poético, no la encuentra.
Y lo curioso es que la tiene; tiene la clave: está en sus poemas. Pero no puede explicarla en sus ensayos. Por eso sus ensayos son eruditos y divertidos, pero no son grandes ensayos, como los de Octavio Paz o Borges. Al intentar defender lo sublime y elevado parece alguien que desea agarrar el contenido de un vaso de agua con la mano. El agua se escapa, solo queda de ella un charquito en la palma ahuecada. La mayor parte queda inexplicada, en el suelo, y la que ha quedado en la mano no es más que una clausura de su esencia: da más cuenta del continente (la forma de la mano, el equilibrio que se ve obligada a buscar para mantener el agua, su fisicidad opaca) que del contenido, que no es más que un resto. De alguna manera, este argumento mío puede desmontarme a mí mismo claramente, puesto que tal vez el fracaso (suponiendo que sea un fracaso, cosa que es un simple juicio nuestro) del ensayo de Zagajewski no sea sino un potente artefacto creado para hacer resonar más aún el éxito de sus versos. Versos geniales, antorchas. Ejemplos: Si supiéramos leer poemas con la misma atención con que estudiamos el menú en un restaurante de lujo... O este otro: El cine era tan pequeño que la película de Bergman apenas cabía. Un kayac inmóvil en el mar es, desde la lejanía, para Zagajewski, la aguja de una brújula. Los jubilados que van de excursión son vistos como seres que aprenden a andar/ por la tierra. Los turistas deambulan como los Padres de la Iglesia, por desgracia/ aquejados de una profunda acedía. Su profunda estética cristiana, todavía llena de esperanza, se adapta al paisaje de nuestro mundo, un mundo en que todo está plagado de las antenas del título. Antenas en cada tejado, en cada edificio. Antenas que son vehículos del flujo de comunicación del mundo contemporáneo, pero que no duermen, que vigilan, que murmuran y dicen: Mesías, ven finalmente.

martes, agosto 21, 2007

En el espacio leemos el tiempo, Karl Schlögel

Trad. José Luis Arántegui. Siruela, Madrid, 2007. 558 pp. 45 €

Sofía Rhei

«Desde entonces, la geografía ha venido a ocupar una precaria posición intermedia». Esta frase, pronunciada en una conferencia de Carl Ritter, geógrafo, en 1833, es la que da origen a la argumentación de Schlögel sobre cómo la naturaleza mixta de la geografía (entre las ciencias naturales y la política) fue causa de una subordinación de su estudio a favor de otras disciplinas más sencillas de ubicar y tipificar, como la historia: «el patrón fundamental de la historiografía es la crónica, la secuencia temporal de acontecimientos. Ese predominio de lo temporal en la narración histórica como en el pensamiento filosófico ha adquirido poco menos que un derecho consuetudinario que se acepta tácitamente sin preguntar más». Concretamente en el caso alemán, explica, todo el campo semántico del término “espacio” estuvo durante décadas estigmatizado por su empleo en la retórica nacionalsocialista. El peso de la manera de decir las cosas es señalado frecuentemente como fundamental en la conciencia investigadora.
El autor, por tanto, aboga por una recuperación del punto de vista espacial complementándose al vector temporal a la hora de enfocar las situaciones sociopolíticas de la actualidad y del pasado, entendiendo que quizá en esa doble lectura, entendida como spatial turn, residan más respuestas que en una sola. Para ello, parte de dos clarísimos ejemplos de espacialidad determinante, que son la caída del muro de Berlín y los atentados del once de Septiembre, y a continuación expone diversos temas relacionados entre sí, como la relatividad o subjetividad de todos los mapas («Algunos mapas hacen visible lo invisible [...] Otros advierten de fronteras que no debemos transgredir. Algunos escogen un plano largo, una escala grande, y hacen así invisible aquello que uno sólo puede ver si se mantiene en plano corto, a pequeña escala. Quien se decide por dar realce y señalar lo uno también se decide por no dárselo ni señalar lo otro. Las imágenes de los mapas descansan sobre decisiones, prejuicios, elección.»), las modificaciones del mundo por la guerra; los guetos, cercos, fronteras y zonas de exclusión; el trazado rectilíneo del mapa de los Estados Unidos dibujado por Jefferson, tan semejantes a las paper partitions del áfrica colonial; la importancia histórica de puertos y costas; las zonas calientes y frías, los no lugares, la modificación esencial de los conceptos espaciales desde la generalización del uso de las redes electrónicas.
El libro está formado por pequeños capítulos que, salvo excepciones, tienen menos de diez páginas. El autor se preocupa por encontrar un foco de interés para cada uno de ellos, y por ambas razones, la lectura se hace ligera, a pesar del calado de los temas que trata. La estructuración de estos capítulos sigue un orden no cronológico, que agrupa los artículos en cuatro bloques: el primero de ellos sirve como marco teórico y expresa la intención de la obra en su conjunto, el segundo es una especie de teoría de la recepción y anecdotario de los mapas, el tercero habla de las improntas visuales del espacio físico, y el último bloque, a modo de conclusión, se emprende una defensa de la idea de Europa, atando algunos cabos que se habían planteado en capítulos anteriores, y se dedica una última entrada a «lo que hubiera podido suceder», a la ciudad ideal, a la ciudad futura.
Se trata, entonces, de una apuesta por un estudio complejo del espacio, teniendo en cuenta las nuevas prioridades morales de la cultura global. Es muy interesante la importancia que el autor concede a los mapas mentales, a los espacios literarios o virtuales, a la potencialidad. Muestra de ello es esta cita, que podría resultar paradójica en un libro dedicado el estudio de los lugares: «Los interiores son mundos en miniatura, universos, espacios vitales, estuches del hombre privado, de la mujer privada. Son incluso sucedáneos del mundo. Se puede emprender en ellos viajes alrededor del mundo y al pasado sin moverse del sitio, lugar ideal para “búsqueda del tiempo perdido”».

lunes, agosto 20, 2007

El código de Arquímedes. La verdadera historia del manuscrito que podría haber cambiado el rumbo de la ciencia, Reviel Netz / William Noel

Temas de Hoy, Madrid, 2007. 374 pp. 19,50 €

Deni Olmedo

A pesar de que el título de este libro puede recordar en exceso a ciertos fenómenos superventas recientes, y seguramente haya sido elegido pensando en la posibilidad de venderlo como pseudoficción, para hacerlo más comercial, la aparición de un artículo el pasado mes de mayo en El País me animó a darle una oportunidad. Se había subastado en Christie’s el palimpsesto de Arquímedes: una copia escrita en griego antiguo de textos de este sabio de la antigüedad, borrado en la época medieval para reescribir sobre él (práctica habitual, ésta, debido a la escasez de pergaminos: una vez blanqueados, cada folio del pergamino original se gira noventa grados y se corta por la mitad, obteniendo así dos folios, de la mitad de tamaño, algo que estuvo muy relacionado con la aparición de la letra minúscula: al reducir la superficie útil se precisaba un método por el cual la escritura ocupase menos). Esta venta no pasó desapercibida a los responsables del Museo Walters, de Baltimore, que tras contactar con el anónimo comprador, encargaron al curador de libros William Noel que reuniese los medios necesarios para, no sólo restaurar el libro, sino sacar a la luz su primitivo contenido.
El análisis científico al que se sometió al palimpsesto es la excusa para realizar una semblanza de la figura histórica de Arquímedes. Se nos presenta como un erudito que despreciaba, no ya sólo a sus conciudadanos, sino a los sabios que poblaban las costas mediterráneas sobre el III adC. Euclides era el único al que consideró su igual: sabio que vivió en Alejandría alrededor del 325 – 265 adC, autor de la obra Los Elementos, que es una recopilación del saber científico impartido en el centro académico de Alejandría, del que era el líder. Fue autor de teoremas geométricos que aun hoy son materia de estudio (la suma de los ángulos interiores de un triángulo suman 180 grados, por ejemplo), además de ser un buen instrumento de razonamiento deductivo, y extremadamente útil en campos como la física, la astronomía (inspirado en él, en el siglo II Ptolomeo formuló su teoría, según la cual la Tierra es el centro del universo y los planetas, la Luna y el Sol giran en torno a él, describiendo círculos perfectos), la Química y en diversas Ingenierías. Pero sobre todo, en las Matemáticas: la Geometría de Euclides permaneció sin variaciones hasta el siglo XIX.
Arquímedes creó todo un método científico en el estudio de la geometría. A partir de ahí, desarrolló el cálculo del área del círculo, como una suma del área de infinitos triángulos contenidos en su interior, siendo por ello el creador del cálculo infinitesimal. Como resultado de todas sus investigaciones dio un valor al número π (pudiéndose definir este número como la proporción constante entre el perímetro de una circunferencia con la amplitud de su diámetro, como el área de un círculo de radio unidad del plano euclídeo —plano normal de dimensión finita—, o como el menor número real x positivo tal que sen(x)=0), con un error entre 0.024% y 0.040% sobre el valor real, usando un método muy simple: circunscribía e inscribía polígonos regulares de n-lados en circunferencias y calculaba el perímetro de dichos polígonos, comenzando con hexágonos circunscritos e inscritos y doblando el número de lados hasta llegar a polígonos de 96 lados. Fue inspiración para toda una generación de brillantes científicos, desde Regiomontano, Copérnico, Galileo hasta, especialmente, Leonardo Da Vinci, quien utilizó los tratados de Arquímedes, como base para los suyos propios, aunque en determinados aspectos, no consiguió superarle. Además, fue un brillantísimo estratega que impidió que su ciudad, Siracusa, fuese tomada por el ejército romano, aplicando sus conocimientos a la defensa de la ciudad: la Geometría, por ejemplo, inspiró la catapulta. O un sistema de espejos y lentes provocaron incendios en la armada enemiga reflejando la luz del sol.
El trabajo se estructura en dos partes: en la primera, William Noel nos explica (siempre usando para narrar la primera persona, llegando por momentos a tomar el aspecto de un diario de viajes) cómo el tratado llegó a sus manos por encargo, la búsqueda del equipo humano y técnico adecuado para mostrar el verdadero contenido del libro, y la búsqueda que realizó por todo el mediterráneo de las huellas de Arquímedes: desde la Biblioteca Vaticana a Turquía, buscando pistas de la antigua Constantinopla, y de allí al monasterio de Santa Catalina, en el Sinaí. En la segunda, separada de la primera por una serie de fotografías del equipo investigador y del propio libro, nos describe pormenorizadamente el tratamiento al que se sometió al palimpsesto para la recuperación de los escritos originales, la restauración y su transcripción: para ello se desencuadernó y se fue tratando folio a folio. Reviel, el coautor, digitalizó el contenido, llegando a usar un disco duro externo de… ¡300 GigaBites! Para la recuperación se usaron técnicas de imagen multiespectral, para lo que se iluminaron los textos con haces de distintas longitudes de onda, superponiendo los resultados en un ordenador. Pero lo que realmente hizo que la investigación avanzase espectacularmente fue el uso de los rayos X sobre el libro: Se empleó el anillo acelerador de electrones-positrones de la universidad de Stanford, para bombardear los folios con radiación de Sincrotón. Una gran paradoja: una técnica que se creó para destruir átomos, servía ahora para descifrar las entrañas de la obra, aprovechando para ello las propiedades magnéticas de la tinta empleada en la primitiva redacción del texto, calibrando el haz a las longitudes de onda más adecuadas. El resultado fue espectacular: donde antes se leían oraciones marianas, de repente aparecieron, como por arte de magia La cuadratura de la parábola, Sobre conoides y esfenoides, Sobre los cuerpos flotantes, el Stomachion (dolor de tripa), un primitivo juego de 14 piezas que se pueden combinar de distintas maneras para obtener un cuadrado (por lo que se le considera el padre de la combinatoria matemática) y que es tan complicado que se comprende por qué se le llamó así, y una de las obras más importantes de las matemáticas de todos los tiempos: El Método, que es una metodología de demostración, que no de descubrimiento, y en el que describe cómo consiguió sus resultados, valiéndose de ingeniosos argumentos físicos y matemáticos, en especial su propia Ley de la palanca.
Willian Noel y Reviel Netz nos contagian el entusiasmo por la recuperación de una obra que se consideraba perdida desde hace siglos y logra que toda la descripción técnica y de conceptos científicos sea amena. Consigue captar la atención del lector con un cierto nivel matemático y al profano, que podrá encontrar en el libro, sobre todo en su primera parte, un libro cuasi-histórico, por momentos divulgativo, por momentos narrado como una novela, manteniendo su interés por conocer quién fue Arquímedes, y por qué el palimpsesto es tan importante para la ciencia y la cultura. Y sobre todo, hace que nos formulemos una pregunta: si fue capaz, en el siglo III adC, de llevar el conocimiento científico a un nivel que los sabios del siglo XVI no lograron superar, ¿qué habría sucedido si sus trabajos no hubieran desaparecido, si las generaciones posteriores hubieran podido beneficiarse de sus conocimientos y, a partir de ellos, desarrollarlos aún más? Quién sabe donde estarían hoy la Física y las Matemáticas.
¡Eureka!

viernes, agosto 17, 2007

Buenos días señor Hoy, Ana Rossetti

Ilustraciones de Jorge Artajo. Kókinos, Madrid, 2007. 30 pp. 13 €

Elena Medel

Con cuatro o cinco años —mi madre no precisa, yo no recuerdo— enfermé de varicela. El incidente me libró durante una semana de las clases de la guardería, convirtiéndome en la reina de la casa: no madrugaba, bebía a todas horas leche con cacao, tras el arroz hervido mi abuela deslizaba en la palma de mi mano una onza de chocolate, o un par de galletas, que aliviasen mi pena. En aquellos días de fiebre me regalaron los primeros tomos de El mundo maravilloso de Heidi, una colección de libros con ilustraciones. No se diferenciaban en exceso de los que yo ya conocía, pero sí guardaban dentro una novedad: muchas letras. Yo, que era lectora precoz, devoré —con alguna dificultad, con todo el entusiasmo, ayudada por mi abuela— esos primeros volúmenes, a los que siguieron otros muchos —el resto, y también otros cuentos— durante los días de enfermedad. Estas aventuras de Heidi son los primeros títulos que recuerdo haber leído con cierta consciencia —si es que a esa edad se puede ser consciente—, y suelo culparles de mi pasión lectora. De ellos salté a las colecciones Barco de Vapor y Gran Angular, a los poemas de Gloria Fuertes, a los clásicos para jóvenes de Anaya, y no paré de leer.
En un tiempo en que los índices de lectura se estancan en cifras tan bajas como preocupantes, considero fundamental la selección de una primera biblioteca que anime a los niños a la lectura. Libros de calidad, sí, hermosos, pero que a la vez entretengan, entren por la vista, enganchen y capten —sobre todo: es el objetivo— a nuevos lectores. Buenos días señor Hoy, de Ana Rossetti, es un ejemplo y una muy buena elección: una historia para lectores debutantes, poco antes de esa edad de mi varicela, que se presenta como mitad poema y mitad relato. No nos conduce el soniquete de la rima en Buenos días señor Hoy, la disposición gráfica no tiene por qué ser la de verso, y se nos transmite una historia de principio a fin, pero la carga poética resulta —como veremos— innegable. El hilo argumental es sencillo: la pequeña Mireya despierta y pregunta al nuevo día —el «señor Hoy»— qué le deparará. ¿Sol, nubes, tormenta? ¿Podrá salir a jugar a la calle, deberá permanecer quieta y en casa? Mireya, Lola y Gonzalo unen fuerzas para que el día sea «divertido», «feliz», «extraordinario», «emocionantísimo»... Lo consiguen, y se marchan de excursión.
Buenos días señor Hoy narra, así, un día en la vida de Mireya, desde que amanece hasta que llega la noche. Lo mejor, y aquí Rossetti —poeta pionera e inolvidable, narradora sin moldes, creadora que es pura transgresión— muestra su oficio, es cómo se cuentan losa: cuando llueve, «el señor Hoy se pone a llorar»; Mireya, al encender la luz, «enciende un sol en su habitación»; las estrellas se describen como la «carga brillante» de los «pescadores nocturnos»... Metáforas muy simples, de identificación fácil y al alcance de los más pequeños —que, al descubrir por qué se dice así, sentirán como leer y comprender lo que se lee no es tan complejo—, pero al mismo tiempo de enorme belleza, igual que las ilustraciones de Jorge Artajo. Domina el color blanco, sí, y estallan los tonos más alegres —verde, rojo, amarillo— página tras página. La lectura es, en Buenos días señor Hoy, toda una fiesta.
No tengo hijos ni sobrinos, mis primos ya crecieron, y pocos de mis amigos más cercanos y queridos se animan a alegrarme con sus propios retoños. Mi contacto con los niños se limita, pues, a aquellos que ocupan el mismo vagón de metro. Sin embargo, algo mágico me ocurrió cuando disfrutaba de Buenos días señor Hoy: volví a sentirme como aquella niña que, con un pijama rosa, descubría la emoción de la lectura. Más que recomendable para los más pequeños, desde luego, pero también para aquellos mayores que deseen viajar en la máquina del tiempo, y regresar a su infancia durante un rato.

jueves, agosto 16, 2007

La maga primavera y otros cuentos, Emilia Pardo Bazán

Ed. Marta González Megía. Lengua de Trapo, Madrid, 2007. 284 pp. 22,50 €

Care Santos

No sé apenas nada de mis bisabuelos, que nacieron en la segunda mitad del XIX, digamos que entre 1850 y 1880. Cuando pienso en ellos, me parecen a la vez seres próximos y remotísimos. Si un día, frotando una lámpara, se me aparece un genio dadivoso, le pediré compartir una larga sobremesa con ellos, sus padres y sus abuelos. Claro que tendrá que ser en una mesa grande, porque esa parentela y yo misma sumamos 57 personas.
Emilia Pardo Bazán fue contemporánea de mis bisabuelos (nació en 1851) y, en algunas cosas, muy similar a ellos, me figuro: vivió la sorpresa de asistir al primer tanteo cinematográfico de los Lumiére, alabó las virtudes del teléfono, se maravilló con las bondades de la electricidad, padeció las secuelas de las guerras carlistas, fue testigo del atentado en el día de su boda de Alfonso XIII y no pudo votar en toda su vida (porque el derecho al voto de las mujeres no se aprobó en España, y aun tímidamente, hasta 1923, dos años después de la muerte de la autora gallega). Seguro que la condesa habría suscrito una frase que la tradición de mi familia atribuye a un tío-abuelo de mi madre: «Jamás, ninguna generación, volveréis a ver cambiar el mundo del modo en que lo hemos visto nosotros».
Sin embargo, también en algunas cosas fue Pardo Bazán completamente distinta a mis venerables parientas: mujer de mundo, ilustrada, muy alejada de la cortedad cultural femenina que tanto y con tanto ahínco combatió (un dato ilustrador y terrible: en su época, más del 80 por ciento de la población femenina era anafabeta). Su curiosidad sin límites la llevó a interesarse por todo tipo de temáticas —como queda patente en sus artículos—, desde la sanidad a las tradiciones, los prgresos científicos y tecnológicos o los viajes. Militó en un feminismo incipiente que, sobre todo en lo literario, le debe mucho; y se atrevió con todo y con todos, sin pelos en la lengua, escribiendo siempre desde una subjetividad y una valentía que es uno de sus mayores encantos.
Me hubiera gustado tener en la familia a doña Emilia. Pero, a diferencia de mis olvidadas bisabuelas, de ella sé muchas cosas. No sólo porque la verdadera Pardo Bazán aflora constantemente en cuanto escribe sino porque su personaje vive en las palabras de muchos de sus contemporáneos, en las crónicas de la prensa de la época y en sus propias acciones.
Por ejemplo, gracias a lo que los cronistas escribieron de ella, un personaje público conocido y seguido por gran parte de los lectores, puedo conocer con qué sencillo atuendo se presentaba a conferenciar al Ateneo de Madrid:

«un riquísimo traje alto, de raso blanco, con encajes de Inglaterra, y (...) valiosas alhajas, entre las que llamaba la atención una lindísima rivière de brillantes y gruesas perlas» (Diario Las Provincias, 1900).

Sabemos cómo opinaba Pardo Bazán acerca de casi todo. Prefería la horchata de chufa al whiskey —«ahora en Madrid (...) no se encuentra fácilmente ningún refresco español», se queja—; abogaba por la falda corta en las ocasiones pertinentes, arremetía contra el provincianismo de los españoles que no sabían viajar; criticaba la sumisión de la mujer, ligada a la falta de cultura, y animaba a sus contemporáneoas a procurarse un trabajo que les permitiera ser independientes. Su valor a la hora de esgrimir sus ideas le costó en más de una ocasión un elevado precio: muchos de los intelectuales del momento la criticaron, algunos con saña. Por su posición, o por su afán de relevancia, o por su (legítimo) interés de entrar en la Real Academia —que ella llevó al extremo de la polémica pública— o incluso por su capacidad de trabajo. Leopoldo Alas —a quien ella anteriormente tuvo por amigo— escribía así:

«Doña Emilia escribe demasiadas novelas; su imaginación no es fecunda ni variada; ella no puede hacer lo que un Pérez Galdós o un Zola, y mucho menos doble de lo que ellos hacen. Dos novelas en cinco meses, ¡ahí es nada! Resulta que a veces escribe por escribir».

Lo cual viene a demostrar que por mucho que cambien los tiempos, los gustos y las tecnologías, el mundo literario —sus envidias y sus modos de demostrarlas— es inmutable.
Ella se defendió siempre con contundencia. La acusaron de «salpicar sus escritos de palabras de baja estofa» e incluso emplearon este argumento para invitarla públicamente a abandonar la literatura. Ella alegó la necesidad de hacer que sus personajes se expresaran en la lengua del pueblo del que formaban parte. La tildaron de demasiado prolífica y dijo que solía trabajar a diario, escribiendo «quince cuartillas diarias», porque pretendía vivir de escribir. La criticaron por su afán de entrar en la Academia y replicó que si lo que hacían allí los académicos cada jueves era contar chistes verdes, ella conocía muchos también, y podía contarlos. Menéndez Pidal la tildó de sabihonda y fea y añadió: «con lo cual tiene mucho adelantado para ser krausista». Años después, ella escribirá: «A ningún escritor vivo le han sido dirigidos los ataques que a mí», mientras continuaba trabajando sin descanso. Y fundando revistas, dictando conferencias, viajando sin descanso y frecuentando balnearios —que adoraba— para curarse de la intensidad de su vida y también de lo mucho que le gustaba comer.
De todo lo que acabo de referir y de mucho más habla Marta González Megía en la magnífica introducción a esta recopilación de cuentos, que viene a completar su edición de Bucólica y otras novelas, en esta misma colección. La editora ha buceado en los documentos inéditos de Pardo Bazán conservados en la Real Academia Gallega y nos sirve un buen número de los mismos, incluyendo un cuento nunca ublicado hasta ahora, precisamente el que se ha elegido para titular esta selección personal, La maga primavera. Se trata de un texto corto, de los últimos —tal vez el último— que salieron de la pluma de la gallega, muy descriptivo, con tan escasa acción como relevancia en el conjunto de su obra, salvo como mera curiosidad. A pesar de todo, la recuperación bien merece haber sido incluida en este volumen, en el que el lector podrá disfrutar también de algunos de sus mejores cuentos.
Doña Emilia cultivó el relato corto durante toda su vida. Con más intensidad todavía en los últimos 25 años, cuando ya era una autora consagrada y diarios y revistas le reclamaban a menudo textos breves de ficción. Escribió en total 600 relatos que, si bien han conocido numerosas publicaciones parciales, sólo una vez se han publicado en su totalidad y en una edición de difícil acceso para el gran público (Cuentos completos, Fundación Pedro Barrié de la Maza, 1990). Desde luego, el volumen del material disponible hace aconsejable la selección de un buen garbillador, que es exactamente lo que nos ofrece esta edición.
Pardo Bazán admiraba a Maupassant y a Zola. Ambas querencias se adivinan en sus temáticas y, sobre todo, en sus desarrollos, aunque amalgamadas con sus propias preocupaciones y los ambientes que mejor conocía. Es frecuente el recurso de la historia dentro de la historia, el del narrador que refiere algo que le ocurrió con anterioridad para deslumbrar a un auditorio. Aunque el gusto de la autora por transmitir historias que conocía de boca de sus paisanos —invotaba a comer a los párrocos de los pueblos para escuchar sus anécdotas— la convierte en una notable recopiladora de historias, además de gran deudora de la realidad que la circundaba. Sus temas abordan todo aquello en lo que Pardo Bazán tuvo implicación: el mundo rural gallego, el urbanita de la gran ciudad —normalmente, Madrid—, los problemas de la mujer —la incultura, la sumisión, la violencia...—, la fascinación por culturas extrañas, lo sobrenatural —de nuevo la sombra de Maupassant, tal vez— y hasta lo metafísico. Particularmente, prefiero a esta última Pardo Bazán: la que reflexiona sobre la vida además de retratarla con maestría. La de “La resucitada”, “Las dos vengadoras”, “La calavera” —este último en deuda con Edgar Allan Poe— la que no vacila en ser descarnada y brutal de “No lo invento” (el título es toda una declaración de intenciones) o la que se atreve con un tema clásico —la posesión demoníaca— al que da sutiles matices de humor, en “Posesión”. La mayoría de sus relatos fueron publicados en la prensa —de ahí su brevedad— y están plagados de guiños: ya sea a la España del momento, a los nuevos inventos que inquietaban a la mayoría o a una realidad que ella deseaba combatir. El huracán Pardo Bazán se adivina bajo todos ellos: incluso los más simples, los más ingenuos, tienen una fuerza y una capacidad de seducción raros de encontrar en un texto literario.
Tengo un amigo que afirma que vivimos 150 años. Los 70 u 80 que deambulamos por la tierra y los otros tantos en que nos retiene la memoria de algún vivo. Emilia Pardo Bazán murió hace 86 años y vivió 70. Tal vez, a la vista de lo poco y mal que se la recuerda, tendré que comenzar a pensar que la sentencia de mi amigo es también aplicable a escritores como ella, que dejaron la estela de una obra tan considerable. Por fortuna, el trabajo de estudiosos como Marta González Megía y el esfuerzo de editores como Pote Huerta, de Lengua de Trapo, contribuyen a remediar el escaso conocimiento que tenemos todos de una de las autoras más interesantes del siglo pasado, que sigue conservando el poder de atrapar a cualquier lector, cuando no por la contemporaneidad de sus temas, por el embrujo indiscutible de su estilo. Claro que a la propia doña Emilia no le asombraría demasiado el escaso reconocimiento de su obra y de su propia figura. Ella misma fue una escéptica, una desengañada. Hacia la mitad de su carrera, cuando ya era una autora de cuarenta años, exitosa, conocida, con el pasado resuelto y una brillante carrera por delante, sentenció: «En España casi no se puede contar con el público».

miércoles, agosto 15, 2007

Si te comes un limón sin hacer muecas, Sergi Pàmies

Trad. del autor. Anagrama, Barcelona, 2007. 132 pp. 11,50 €

Vicente Luis Mora

Si no tuviera una periódica y dotada habilidad para la ternura, pensaríamos de Sergi Pàmies que es un cínico. Sus relatos están escritos desde un escepticismo a prueba de bombas; su ironía está a un paso de la crueldad, su acidez es rayana con la amargura y su humor se sumerge sin disimulo en lo vitriólico, pero aun así hay siempre un resquicio de humanidad y de esperanza en los cuentos de Pàmies que nos hace pensar (a lo mejor sin motivo) que quizá no piense el autor que nada vale la pena y que vivimos en una sociedad donde todo da lo mismo. Porque a la hora de la verdad no todo vale igual, para Pàmies no es lo mismo escribir bien que mal, no es lo mismo dejar morir que dejar matar, ni las vidas —aún— son intercambiables. Pàmies es impío, sí, pero no inmoral. La ética deja todavía rastros en sus personajes, que se resignan ocasionalmente al todo vale pero con la clara consciencia de que están cayendo en algo que no desean. Sus caractereses serán grises, pero se niegan a llevar a cabo actos que cercenen su posibilidad de cambio (véase al efecto la última y significativa frase del libro).
En esta nueva entrega de cuentos, Si te comes un limón sin hacer muecas, publicada como casi todas las suyas por Anagrama, y enriquecida por un prólogo cómplice y esclarecedor de Enrique Vila-Matas, Pàmies ha desnudado hasta el extremo la prosa: sus historias ya no admiten vaguedades, las digresiones cuentan, las aparentes florituras vienen al caso, todo arroja luz. Se ha perdido el descaro de piezas antiguas, como Sentimental, de errores tan memorables como los aciertos[1], pero es innegable que el conjunto ha ganado en eficacia narrativa. Quizá es demasiado eficaz, quizá ahora los cuentos son tan expeditos que parecen demasiado elaborados, cerebrales, y le cuesta mucho a Pàmies destilar humanidad. Este sistema de depuración narrativa máxima dificulta al lector intimar con los relatos, y provoca que junto a textos excelentes, como “Brindis” o “Sangre de nuestra sangre”, haya otras piezas más flojas, como la titulada “Como dos gotas de agua”: el mecanismo es tan milimétrico que si no funciona, ni el estilo (despojado al límite) ni los añadidos retóricos u oníricos (deliberadamente laminados) pueden acudir en su auxilio. Un ejemplo de cuento malogrado, en este caso traicionado por su frase final, es “Pozo”, que hasta su antepenúltima línea es o podría haber sido un asombroso cuento alegórico, digno de antologías pobladas de escritores ciegos; pero diríase que al autor le ha preocupado que el cuento pareciera demasiado profundo, matándolo al quitarle hierro. Los cuentos de Pàmies son monumentos a la construcción cuentística, pero en su virtud está su peligro: por la extrema delgadez que visten, están a un corto paso de la belleza y a otro de la anorexia.
Pero es innegable y reconfortante comprobar que seguimos en territorio Pàmies; es evidente, conforme avanzamos en la lectura de Si te comes un limón sin hacer muecas, que la atmósfera habitual de sus narraciones sigue estando presente, sobre todo —en algún lugar lo hemos apuntado ya—, por la sabia elección de los caracteres protagonistas, magistralmente construidos con dos apuntes a vuelapluma, evitando las patologías fáciles y los tics intercambiables. Observemos la disección espiritual de un escritor: «te deleitas en la adulación con la satisfacción de quien siente en los hombros las manos de una masajista» (p. 50). Lo curioso de los personajes de Pàmies es que podrían ser nuestros vecinos, o que podríamos ser nosotros, como apunta Vila-Matas en su prólogo. Pàmies no gasta su imaginación en buscar escenarios increíbles o personajes exasperados, no necesita de patologías psíquicas para causar extrañeza ni de complicados saltos espacio-temporales para generar exotismo (véase declaración explícita al comienzo de “Ficción”, relato que hace las veces de poética del conjunto, y no sé si de su obra completa). Los huecos de las escaleras comunitarias, los coches, los cuartos de baño, son espacios perfectamente adecuados para hacer literatura fantástica. La de Pàmies es una literatura sin nombres propios, sin negritas, en la que cabemos todos. Quizá esa sea, siga siendo, su ética irrenunciable.

[1] Por cierto, el personaje de Sentimental o el comportamiento del personaje de Sentimental (un belga que inopinadamente abandona a su familia) aparece en la página 75; lo que antiguamente era el argumento de una novela corta ahora se ve, por otro personaje, como una excentricidad. No sé si estamos ante una broma íntima para críticos y lectores cómplices, o si es un significativo cambio de vista sobre las necesidades de verosimilitud de la narración breve. A la vista de algún cuento anterior de Si te comes un limón..., como “Juego”, donde uno de los personajes muere y, tras un diálogo con San Pedro que recuerda al de Woody Allen con la Muerte en Para acabar de una vez por todas con la cultura, resucita, me inclino por la primera opción.

martes, agosto 14, 2007

La marea del tiempo, Raúl Carlos Maícas

Candaya, Barcelona, 2007. 159 pp. 14 €

Pedro M. Domene

Raúl Carlos Maícas (Teruel, 1962) entrega, y habrá que puntualizar que no es habitual en la literatura española, un segundo volumen de sus diarios, tras Días sin huella (1998), calificado casi una década atrás por Alejandro López Andrada como «un libro que huye de los tópicos edulcorados y de esa corriente cursi y engolada que, últimamente, practican tantos encumbrados de este país literario empobrecido por aquellos que sientan cátedra sin saber». La marea del tiempo (2007) contiene los diarios o prosas solitarias de alguien que, de alguna manera, levanta acta cotidiana desde las entrañas mismas del convulso mundo literario actual. Un cuaderno que, como aclara el escritor catalán Marià Manent, bien puede traducirse en «notas dispersas (...) pequeñas zonas salvadas de la marea del tiempo y de la inexorable erosión de la memoria». En realidad, este tipo de ejercicios literarios se traducen como si de una terapia cotidiana se tratara, una especie de autoayuda en el difícil mundo del periodismo rutinario, así calificaba el propio Maícas su proceso de escritura y añadía, además, que este tipo de textos se convierten en auténticos libros interactivos, porque acogen una escritura fragmentaria, adecuada a los tiempos que vivimos, de posterior fácil lectura, posibilitando que puedan ser abiertos por donde uno libremente quiera. Se trata, en definitiva, de un libro que bien podíamos calificar como de memoria, evocación, pero de una profunda agudeza crítica o de una desinteresada e íntima voluntad de sorprender a los lectores.
Estos textos se concretan en ese espacio que proporciona la vida misma repleta de desvaríos, espejismos, ensoñaciones, leyendas que convierten lo vivido y recordado en objetos perdidos y cachivaches que, por su naturaleza, transforman nuestra existencia en una vida sedentaria, doméstica y burguesa, para así, como señala el autor, poder edificar un pequeño mundo, un mapamundi imaginario que nos permita seguir reinventando historias y vidas. La vocación misma de este libro estaría entre esa especie de retiro que anotábamos hasta aquí y esa otra más universalista que le proporcionan al autor sus múltiples lecturas y vivencias. Para poder establecer un paralelismo entre ambas opciones, Raúl Carlos Maícas, se inventa un viaje individual por unas carreteras imaginarias que le permiten huir de esa náusea cotidiana que el tiempo le ofrece a diario y se aleja de una vida de cierta mediocridad responsable.
En este diario se percibe esa pluralidad que el autor ha ido experimentado y ensayando, sus múltiples lecturas, vivencias, sentimientos, razonamientos, temores y alegrías, inquisiciones y disquisiciones que le permiten seguir huyendo de ese ostracismo cotidiano y provinciano para asomarse a esa diversidad que ofrece el mundo extranjero, anotando autores y obras que rescata de algún catálogo olvidado (recuérdese a Nizan), puntualiza sobre la ética de Camus, admira la condición apátrida de Bruce Chatwin; pero frente a esa universalidad, evoca a nuestros Bergamín y Gómez de la Serna y, en igual proporción, reivindica la obra de Miguel Sánchez Ostiz, tan barojiana como visionaria.
Una última consideración: en algunas de estas páginas repletas de buenos y mejores deseos, aquellos que Séneca calificaba como una cadena cuyos eslabones son las esperanzas, Maícas se califica de cosmopolita varado en el privilegiado mirador de la provincia donde él vive, un insumiso que abomina patriotismos, corsés ideológicos, vasallajes y todo aquello que se practique con una política de horizontes mezquinos, para añadir que muestra esa valentía de confesión, en unos tiempos rancios y finiseculares, sometido a desprecios y a ninguneos o a improperios y exabruptos. De ahí, su condición de náufrago e iconoclasta cascarrabias. Personalmente, añadir que nada más difícil que sobrevivir en este difícil mundo de gremios consentidos.

lunes, agosto 13, 2007

Tortugas acuáticas, Roxana Popelka

Baile del Sol, Tegueste (Tenerife), 2006. 94 pp. 10 €

Inés Matute

Licenciada en Ciencias Políticas y Sociología y Doctora en Filosofía, Roxana Popelka es, ante todo, una humanista. Y eso se nota en todo lo que hace, tanto en el campo de la poesía y la narrativa, como en sus exposiciones fotográficas y performances, por no mencionar los cortometrajes que tan brillantemente ha dirigido. El libro Tortugas acuáticas llegó a mí por amistad, por la complicidad que mantengo con Tito Expósito, editor del Baile del Sol, y no creo exagerar al decir que me ha de faltar tiempo para agradecerle que pusiese a Roxana, con o sin tortugas, en mi camino.
Mediante esta interesante antología de relatos, Roxana Popelka nos propone una emersión de la cotidianeidad en la narrativa con una voz y una actitud muy particulares. El libro, muy descriptivo, agrupa una serie de relatos breves intensos y mordaces, los cuales destilan una agridulce dosis de crítica a los modos y costumbres burgueses, actuando como espejo de pequeños dramas interpersonales fruto de la contradictoria sociedad en que vivimos. Su mirada, analítica aunque recubierta de ternura, contempla las distintas escenas desde la apatía y el desencanto, lo cual no disminuye, sin embargo, el valor de cada relato. Es más, yo diría que lo potencia.
Su prosa, rica en matices y tonos, unas veces es áspera y cortante, y otras, delicada y reflexiva. Las relaciones de pareja, los problemas de comunicación, los fracasos sentimentales, el trabajo, los hijos, el paso del tiempo, la convivencia, la supuesta sociedad del bienestar —con sus servidumbres y sus carencias— y los sueños rotos son los temas sobre los que Roxana posa su sabia pluma; y lo hace buscando la empatía del lector, el asentimiento, ayudándose para ello de marcas comerciales y referencias populares. Pero eso no es todo. La desigualdad, la injusticia y la represión también están presentes entre sus páginas, esbozadas o desarrolladas menos extensamente, pero visibles a ojos del lector atento, que deberá enfrentarse al «pequeño instante de decepción» desde su ética personal y la plantilla de sus emociones. Seleccionando detalles concretos, y lejos de maximalismos e interpretaciones simbólicas, lo que se nos muestran son Polaroids de una realidad donde no hay lugar para el lujo o la sorpresa, y que convierten a la autora en una muy digna representante de lo que se ha dado en llamar el “Nuevo Realismo”.
Empuñando el escalpelo, espléndida me parece la historia de la mujer que, insatisfecha de sus relaciones con los hombres, se sumerge en el sexo de otra mujer en busca de respuestas. O la de la niña que se niega a crecer y convertirse en mujer por temor a decepcionar a su peculiar padre. O el magnífico diálogo-trampa del relato que da nombre al libro, por no mencionar la pregunta clave de “Mosquito”: «¿Por qué no hay que decirlo todo?» En definitiva: una voz femenina imprescindible dentro del panorama actual de la nueva narrativa española.

viernes, agosto 10, 2007

Sasha y Oli a jugar / de paseo / de viaje / al parque, Katherine Lodge

Trad. Esther Rubio Muñoz. Kókinos, Madrid, 2007. 10 pp (c.u). 6 €(c.u)
Doménico Chiappe

Sasha es una osa panda, de grandes ojos tristes, cuerpo menudo de niña, que viste como niña. Oli es una jirafa menos humanizada (no viste) de naranja piel y lunares ocre, aventurera como Sasha y dispuesta a conocer. Porque conocer es la gran aventura que estos dos personajes presentan al niño. La autora de la serie Sasha y Oli, de quien hoy se presentan cuatro libros, Katherine Lodge, utiliza la imagen naif y colorida con la contundencia de la exploración visual que tiene el niño, que sólo tiene el niño en edades tempranas, y que se refuerza con la hermosa edición de Kókinos.
En De viaje, Sasha y Oli han empacado en hermosas maletas azules, suben al avión y miran por la ventanilla las aves que surcan el cielo junto a ellos, y un helicóptero, aparato tripulado por un perro blanco de largo hocico que utiliza gorro (¿homenaje a Snoopy?). El helicóptero mueve las aspas. El niño pone el sonido. Llegan a la playa, juegan con la arena. Sasha es más activa. Oli más fresco, observador. Fotografían una ciudad de tráfico intenso y altos edificios (¿han viajado a Miami?). Suben a una montaña para descubrir un lago y finalmente, como todos, yacen al final del día en la piscina del hotel, con un refresco (supongo que no un daikiri) al borde.
El mundo de juego se cuela en la realidad. Lodge puede dibujar la realidad (sus personajes pintan con acuarelas corazones que se chorrean) o lo que imaginan (conducen un coche para dirigirse al campo). En De paseo, van al parque de diversiones, patinan sobre hielo conducen un tren y vuelan en un globo aerostático. Y en Al parque, preparan y llenan una piscina, juegan en un parque infantil, hacen un picnic y llueve, aparece el arco iris cuando Oli lleva en su lomo a una Sasha cansada. Queda patente un claro mensaje de compañerismo y colaboración.
En A jugar, Sasha y Oli echan mano de todos sus juguetes, típicos en el baúl de los niños. Oli se ve más despierto y activo que en el libro anterior. Sasha se comporta como una niña encantadora vestida de hada madrina, cuando Oli imita a Louis Armstrong o viste de pirata (sin parche y sin garfio), dibujan, preparan una tarta (como en el anterior, el niño recrea el sonido: cumpleaños feliz, te deseamos a ti), vestidos de cocineros, hacen planos y construyen naves intergalácticas donde Oli no cabe y, de noche, leen un libro a la luz de una lámpara y con la luna asomando por la ventana.
La estrategia de Lodge es clara y eficaz: un día agitado, temático, en la vida de dos personas afines, compenetradas como dos hermanos, donde Oli es el mayor y Sasha la menor con visos de dirigente ante un complaciente cómplice.

jueves, agosto 09, 2007

En carne propia / Un día del año, Christa Wolf

Sofía Rhei

Trad. Carmen Gauger. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2007. 176 pp. 16,90 €

«Un largo viaje. Emerger, sumergirse. Hundirse. Que entonces siempre sean más fuertes los quejidos. Otra gran oleada de la misma marea, va a llevarme con ella. Hundirme. Ser hundida. Oscuro. Silencio.» Éste es uno de los párrafos de las primeras páginas de un libro cuyo tejido comienza deshilado por la indeterminación, por el extrañamiento, por una búsqueda de la descripción precisa de ciertas sensaciones a partir de un lenguaje enrarecido como los líquidos en disolución. Del mismo modo que el principio de Las olas, de Virginia Woolf, la voz narradora de En carne propia se abre camino a través de frases cuya única hilación es la de una subjetividad perpleja de sí misma y de sus propias sensaciones, de un mundo en el que lo interior no se diferencia de lo que viene de fuera. «Algo se queja, sin palabras». El intento de decir el dolor, de traducir a tejido verbal toda la gama sinestésica de colores, sombras, golpes y estallidos de una conciencia que se ha convertido en cuerpo, que ha sido llevada al presente de las sensaciones inmediatas y que debe reconstruirse desde ahí. «Llegan las otras figuras que se ponen a trabajar en su persona, que controlan drenajes, cambian frascos de infusión, lavan, me acomodan en la cama, esa cosa que es mi cuerpo para ellas.» Del mismo modo que en la citada novela de Virginia Woolf, la perplejidad ante el mundo termina convirtiéndose en una reflexión sobre el lenguaje y la literatura: «El shock de que todo lo que digo o escribo está falseado por lo que no digo ni escribo». «Cómo íbamos a saber la extensión de nuestro mundo interior si no nos lo abriera una llave especial, por ejemplo, la fiebre alta»: la pureza de las percepciones plásticas, sonoras y cinestésicas lleva a la conciencia del cuerpo, pero el cuerpo sólo tiene sentido en tanto que portador de la memoria. Y la memoria se manifiesta en forma de retazos de los otros, de sensaciones rescatadas: «Que haya tantos espacios interiores». Entre la trama sensorial que retrata el presente, y los deslizamientos de la memoria, aparecen reflexiones de profundas implicaciones filosóficas. El cuerpo como un juego de cajas chinas que esconde diferentes y misteriosos tipos de interior y de vacío. La memoria despliega su propia perplejidad, compuesta por recuerdos de inocencia perdida, de poemas de Goethe, de ilusiones sociales y políticas que parecen tan lejanas como la juventud perdida. «Curioso, cómo funciona el cerebro». El espacio del hospital es un territorio de lo inhóspito, de lo misterioso, de lo blanco. «Muy tarde, en plena noche —pero las horas del día y de la noche se difuminan—, bajará por fin la marea, vagamente emergerá la habitación, apenas iluminada por el cuadrilátero de luz nocturna que hay en el zócalo, junto a la puerta: ella estará, empapada de sudor y desfallecida, en su cama-barco...» «Comprendo el misterio de la tercera persona, que está ahí sin ser palpable, y que, cuando las circunstancias le son favorables, puede tener más realidad que la primera: Yo. Sobre la dificultad de decir yo», explica la autora en otro de sus libros, Noticias sobre Christa T. El mismo fenómeno que Wolf advierte al leer los diarios de su amiga desaparecida, escritos en tercera persona, es utilizado en esta obra de ficción. A medida que la memoria va reconstruyendo sus esquemas del mundo, la voz narradora avanza progresivamente desde la tercera persona al “yo”. Del mismo modo, el lector va reconstruyendo una historia de relaciones humanas a través de fragmentos: hay nombres que aparecen y aparecen dejando su huella en lo narrado, situaciones que configuran el retrato de una mujer y de un complejo tejido social que parece estar constantemente sometido a procesos de cambio, el bosquejo de las consecuencias de esos cambios sociales en sus habitantes más comprometidos políticamente. «Cómo murió Urban. Se ahorcó. En un bosquecillo. Lo encontraron al cabo de semanas. Renate. Dios mío, Renate. Tiene que vivir con esa imagen». Desafortunadamente, no soy capaz de comparar la traducción con su original en alemán, pero el trabajo de Carmen Gauger consigue transmitir la extraña mezcla de registros y tonalidades a través de la cual se muestra el ritmo desgarrado de la memoria que va saliendo a flote por estratos, y tiene la habilidad de sugerir sensaciones ayudándose del tipo de frase a utilizar. No debe de ser una tarea fácil enfrentarse a la traducción de un libro tan estriado, compuesto de grumos de significado que tropiezan unos contra otros como una hemorragia.



Trad. Carmen Gauger. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2007. 615 pp. 35 €

Hay diferentes maneras de leer. Inevitablemente, el género de escritura que un artista escoge para transmitir una idea es inseparable de las expectativas que el escritor cree que el lector va a tener respecto a un determinado formato. En este caso, la idea del libro es retratar el presente (incontable) y toma forma de diario personal, sólo que el ritmo de los días recogidos es anual. Lógicamente, el resultado de una lectura indefinida del presente es una sensación contradictoria: la conservación por escrito de un momento arrastra inevitablemente la sensación de caducidad, ese pensamiento, en palabras de Elena Medel, de que todas las personas conocidas estarán muertas algún día.
El problema de la captura del tiempo se resuelve aquí tendiéndole una trampa a la cruda realidad, y utilizándola como materia prima apenas filtrada, pero, eso sí, ciertos fragmentos son destacados sutilmente sobre el resto, como dotados de vibración por la manera de ser descritos, por la sensibilidad excepcional de la escritora.
Las obras de ficción de Christa Wolf suelen estar poco apegadas a un hilo argumental, y tienen una forma más bien pulviscular, atómica: mediante retazos de significado, las situaciones van cobrando forma dentro de un caldo de tensión emocional. Por el contrario, en Un día del año, la autora lo cuenta todo, y casi por orden. Su talento literario hace que resulten interesantes detalles que podrían no haberlo sido. Otra característica de este libro es que nunca se sabe cuándo va a surgir un fragmento de gran interés, puesto que todos los temas (políticos, afectivos, literarios, gastronómicos) aparecen mezclados orgánicamente.
La lectura de este diario-anuario, con sus a veces minuciosas descripciones, es como sumergirse en otra vida. Pronto se adquiere el ritmo de esta familia en concreto, se aprenden sus prioridades, se comprenden las relaciones que existen entre unos y otros.
Como quizá ocurre en todas las vidas, lo nuevo, lo excepcional o lo irreparable se insertan en el tejido de la cotidianeidad, confundiéndose con ella. Es inevitable sentir vértigo al ver cómo pasan cuarenta años tan rápidamente ante los ojos del lector. Por todo esto, quizá la mejor manera de leer este libro sea simular de algún modo el curso de los años mediante dosis espaciadas en el tiempo.
La edición incluye notas tanto de la autora como de la traductora. Esto facilita enormemente la contextualización de las escenas, situaciones y personajes.
A lo largo de esta cuarentena 1960-2000 nos hacemos eco del fastidio que le provoca a la autora recibir el premio nacional en 1964, el éxito y la repercusión de Casandra, que da la impresión de parecer desproporcionado a Christa Wolf en relación con su otras obras,
de sus comentarios de la actualidad política desde el lado este de Berlín, de los numerosos libros que lee y la opinión que le merecen («He leído antes una líneas de los diarios de Virginia Woolf y tuve una sensación extraña al comprobar ciertas afinidades en el terreno emocional»), de la importancia que la autora concede a sus intensos sueños, a veces de carácter premonitorio, como en 1987: «Helmut se les acaba de morir. Toda mi inquietud y miedo nocturno se habían confirmado».
En 1970 la familia viaja a Bulgaria, como parte de un grupo organizado. «Gerd se ha traído de nuevo Los mitos de la antigüedad clásica, que siempre lee en tierras meridionales donde, en su opinión, encajan a la perfección». Tinka descubre cómo son en realidad «las célebres hojas de la higuera». Gerd «declara que habría que tener una dacha en el mediterráneo». La imagen de la Grecia clásica se superpone a la realidad búlgara, hasta que «una mañana luminosa», ante las fantasías de Gerd sobre vivir en una isla griega, Christa se de cuenta de que «no es el sur, es la falta de ganas de volver a casa. (¿Cuándo vino realmente el cambio, la desgana de volver?).»
Entre todos los personajes que aparecen, llama la atención la historia de Tinka, la hija que cumple años al día siguiente de la escritura del “diario”, y que vemos crecer a lo largo del libro: se nos cuenta cómo fue su nacimiento, numerosas escenas de su infancia, cómo ya mide un metro setenta y dos con catorce años, cómo le asusta cumplir diecisiete, sus difíciles partos, cómo se hace crítica de teatro y también pertenece a un grupo dramático.
No pasa un día sin algún comentario respecto a la situación política y social, pero hay jornadas dedicadas casi exclusivamente a analizarla, como la entrada del 89, tras la caída del muro, la jornada electoral de 1998 «la extrema derecha quedó por debajo del 2%, esta fue una de las mayores alegrías de la noche electoral». En la actitud de la familia parece advertirse cierto escepticismo (el pesimismo de la lucidez descrito por Gramsci) en los comentarios, pero sus actos muestran el optimismo de la voluntad: «Sacamos (nuestra casa) de un estado ruinoso hace cinco años y la fuimos poniendo en un estado aceptable para nosotros; habitable era, desde luego, y más que eso: una casa de trabajo y de vacaciones, también para hijos, nietos y amigos, había tomado ya una pátina y era fuente de relatos, hasta de mitos».
En la entrada de 1993 leemos: «Alguien plantea la bonita pregunta de si los expedientes de la Stasi eran la mala conciencia de la nación; yo digo que no, que sólo en Alemania se puede concebir la idea de que unos expedientes puedan sustituir a la conciencia. Después de haber leído mi expediente, dije, yo lo sabía: estos expedientes no contienen 'la verdad' [...] Contienen lo que la gente de la Stasi debía, podía o tenía que ver o haber visto […] ni siquiera el lenguaje que empleaban, dije, era apropiado para registrar la 'verdad' [...] No, 'la verdad' sobre esa época y sobre nuestra vida probablemente habrá de traerla la literatura».

miércoles, agosto 08, 2007

Campos de concentración, Bartolí / Molins i Fábrega

ACVF, Madrid, 2007. 96 pp. 10 €

Miguel Baquero

En febrero de 1939, miles de españoles, militares pero también civiles, ancianos, enfermos, mujeres y niños, restos de una España a punto de caer derrotada, comienzan a cruzar la frontera de los Pirineos en busca de la mera supervivencia. Al otro lado de las barreras son “acogidos” por el Gobierno francés, que los reparte, según van llegando, por diversos campos de concentración montados a toda prisa en las playas cercanas, campos que, según crece la avalancha de refugiados, van extendiéndose por todo el sur de Francia. La acogida no es, desde luego, amigable, ni por parte de las autoridades, que establecen en los campos un duro régimen de vida, ni por parte de la ciudadanía francesa, en general, que contempla con desconfianza a aquellos tipos desarrapados, posibles agentes propagadores de la anarquía y el comunismo, y a quienes llegan a echar en cara el triste pan que les dan de vez en cuando, la paja en la que duermen y la mísera manta con la que se cubren. «Sale etranger!, espagnol de merde!», sucio extranjero, español de mierda, son las palabras con que durante mucho tiempo despertarán a la realidad los sueños rotos de estos desgraciados.
Campos de concentración refleja, mediante la unión de la palabra y el dibujo, la crudeza de estos tiempos, estos españoles y estos campos que, apenas un año después, infestarían toda Europa y que tal vez sean la imagen más triste y más representativa del salvaje siglo XX. Los dibujos son obra de Josep Bartolí, los textos se deben a Narcis Molins i Fábrega; ambos eran catalanes, nacidos en 1910, ambos combatieron con empeño en el bando republicano, ambos, a la derrota, pasaron por diversos campos del sur de Francia, donde se forjó, de primera mano, la experiencia que dio origen a este libro, ambos, tras diversas peripecias, llegaron finalmente a México y encontraron asilo. Fue en este país donde, de la unión de ambos, surgió este Campos de concentración, publicado originariamente en 1944. Poco después, en los años sesenta, fallecería Molins i Fábrega, mientras que Bartolí aún viviría durante muchos años para, entre otras cosas, hacer decorados en Hollywood y entrar en contacto con artistas como Diego Rivera, Frida Kahlo, Jackson Pollock o Mark Rothko.
ACVF Editorial rescata ahora el libro que ambos compusieron a su llegada a México y publica por primera vez en España este estremecedor testimonio —estremecedor por su crudeza, pero también por su cercanía, casi contemporaneidad con lo descrito, y por su alta calidad artística—. Los textos de Molins i Fábrega, siendo, como no podía ser de otro modo, arrebatados, saben alejarse, es de imaginar que con bastante esfuerzo, de la soflama política para centrarse en la odisea puramente humana, en la miserable grandeza de esos desechos humanos a los que, en repetidas veces, cuando con mayor aspereza grita su dolor, Molins califica de «semidioses».
«Nada tienes. Tu carroña viviente se pudre en un montón de estiércol. Ni pan dejaron para tu boca. ¡Qué importa! Un día te levantarás, sentirás ligera tu vida, recobrarás tus miembros y marcharás sonriente por el mundo que conquistó tu sangre». Impresionantes y seguramente inolvidables son algunas pequeñas escenas, descritas con apresurada y auténtica emoción, con la prisa de un apunte de quien no sabe si va a vivir mañana. Escenas como la de la pareja de refugiados que llegan al campo con sus tres hijos, como la de quien en la yacija se siente morir y llama débilmente a su madre...
Junto con los textos de Molins i Fábrega, los dibujos de Bartolí complementan, agrandan la obra hasta mostrarla rebosante de vida, precisamente, paradójicamente, en medio de un campo de alambradas donde todos presienten, aguardan, esperan la muerte. Son dibujos hechos también con prisa, con urgencia por dejar testimonio, pero al mismo tiempo con la contención necesaria para captar y dotar de significado los pequeños gestos y ademanes de los refugiados y hacer de su dolor y su desesperación materia artística viva y útil para generaciones futuras. En Campos de concentración las ilustraciones podrían dividirse en dos grupos: un primero, formado por grandes composiciones de trasfondo político, donde, a la manera de El Bosco, suelen mostrarse, de manera pequeña y desperdigada, diversas escenas de humillación y muerte en los campos mientras el centro, a modo de Pantocrátor, lo ocupa todo un politicastro “en majestad”, un rico en pleno festín o la Muerte atareada en su cosecha; y un segundo grupo, en mi opinión el más artístico por cuanto más llama a la sensibilidad de cualquier hombre, formado por sencillas imágenes de la vida en el campo: hombres que se despiojan, que duermen en sus camastros, que aguardan envueltos en sus capotes bajo una persistente llovizna... Sólo por ese dibujo, poco más que un bosquejo, de la mano que acaba de dejar la cuchara sobre el plato vacío y detrás de la cual, ignoro por qué —la magia del Arte—, se percibe a un hombre cansado, con más hambre que cuando empezó, pero aún así lleno de orgullo y dignidad, nada más que por ese trazo hecho seguramente a la carrera, merecería Bartolí ser materia obligada de estudio para cualquier joven dibujante.

martes, agosto 07, 2007

La caraqueña del maní, José Luis Muñoz

Premio de Novela Camilo José Cela-Ciudad de Palma 2006. Algaida, Sevilla, 2007. 200 pp. 18 €

Gregorio León

Que José Luis Muñoz nos ofrezca una novela excepcional no debe constituir una sorpresa, a estas alturas. Hay autores que suponen una apuesta segura. Y especialmente cuando transitan territorios que sienten como suyos. Es lo que le pasa a José Luis Muñoz con el género negro.
Pero La caraqueña del maní (título muy bello, para empezar) es más que una novela negra. O no sólo eso. Es un homenaje a la capital de Venezuela, presentada con todas sus contradicciones y contrastes. Una ciudad que, al menor descuido, pasa a ser selva y culebra. La urbe endemoniada se convierte unos metros más allá en la selva agreste que describió sin ahorrar ni un detalle ni un adjetivo Alejo Carpentier en Los pasos perdidos. Aquí también hay exuberancia, que alcanza a las mujeres que rozan la vida de Macario, el personaje que nos mueve por La caraqueña del Maní. El ex dirigente de la banda terrorista ETA, aunque perseguido por el pasado, intenta correr más rápido que él, con el resultado esperable en estos casos. Y elige el trabajo como director de una editorial. Esta pirueta tan exagerada podía provocar un accidente de nefastas consecuencias en términos de credibilidad. Pero José Luis Muñoz lo evita, con oficio y con talento, hasta parecernos verosímil.
El autor, gran lector de Raymond Chandler o Dashiell Hammett, no traiciona los cánones clásicos y nos ofrece también a esa tentación que sólo puede vencerse cayendo en ella, aun a sabiendas de que lo único que puede venir después sea la muerte: una femme fatal caribeña, la caraqueña del maní, que esconde la traición debajo de su piel de chocolate.
Ojo con el buen uso que hace José Luis Muñoz de los giros venezolanos. Ha vivido en Caracas, y tiene oído. La novela gana una valencia más, al descubrirnos la riqueza del lenguaje local. Lenguaje que no suena artificioso, sino como parte inseparable de la narración. Narración que acepta otra reflexión, la política, la ciudad separada por una línea muy gruesa entre chavistas y opositores, todos empapados por una corrupción que pertenece tanto al paisaje caraqueño como una mulata o una culebra. En este país, nadie está muy de acuerdo de si son peores los políticos o los malandros, dice uno de los personajes.
Esta novela ha recibido el premio Camilo José Cela, en Palma de Mallorca. En el jurado estaban, entre otros, Enrique Vila-Matas o Ignacio Martínez de Pisón. Después de leerla, no tengo el más mínimo interés en llevarle la contraria al jurado. Han acertado de pleno.

lunes, agosto 06, 2007

Agujero negro, Charles Burns

Trad. Lorenzo Díaz. Rotulación Lluís Andrés. La Cúpula, Barcelona, 2007. 370 pp. 28 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Un agujero negro. Ésta podría ser una buena definición de la adolescencia. La mente se abre a nuevas realidades a la vez que toma conciencia de la rutina terminal en que se encuentra sumida, se descubren tantas posibilidades de escape, unas más cercanas, cómodas y engañosas que otras, que uno se encuentra perdido y hay que agarrarse a algo que prometa seguridad sea como sea. Ese terreno, la frontera entre la infancia y la madurez, es el que pisa la obra magna de Charles Burns, elaborada a lo largo de varios años y recopilada en tomo recientemente.
Insertos en el ambiente estudiantil de la América de los años 70, los personajes principales, Keith Pearson, un típico chico con aspiraciones todavía no muy definidas, y Chris Rhodes, la chica introspectiva que en un principio le gusta, construyen con sus visiones alternadas y cruzadas un panorama de tintes casi apocalípticos donde los adultos virtualmente no existen en el que una extraña enfermedad que produce deformaciones extremas (clara alusión a los cambios que se producen en los adolescentes) va extendiéndose entre los jóvenes, parece que por vía sexual. Los nuevos “monstruos” acaban recluyéndose en un rincón apartado del mismo bosque en el que solían evadirse, porros mediante, de su aburrida vida de instituto. Pero algunos aún se aferran a ella, su mayor preocupación sigue siendo encontrar alguien a quien entregarse con una pasión sin medida. Es el caso de Eliza y Rob, las parejas contrapuestas de Keith y Chris, que cambiarán su vida al tomar contacto con ellos e introducirles en esa nueva mecánica del mundo donde tendrán que hacer su propio camino, durante el cual la comunión con la naturaleza tendrá un importante papel.

Tremenda alucinación por estupefacientes, producto sublimado de serie B al estilo de David Lynch (no es la primera vez que se dice) y cierto Daniel Clowes, mirada melancólica a la edad de la incertidumbre, estética y terror se dan la mano en un cómic que deja la sensación de un puñetazo en la cara. Burns, como Thomas Ott, hace uso de un tipo especial de dibujo que consiste en crear espacios en blanco sobre una superficie negra. Esta técnica de contraste que va más allá del dibujo en blanco y negro, que no acostumbra a dar esta impresión de trazo grueso aunque detallista, le proporciona más profundidad a la historia, dando como resultado un libro hermoso hasta las lágrimas si lo permitiese el nudo en la garganta. Y es que ante la tristeza, ante la duda, ante el terror, lo único que queda, desertada la esperanza en un futuro que se sabe oscuro, es la belleza. Sería una lástima que por presentarse en un formato, el cómic, al que el público en general no está acostumbrado se perdiese una lectura tan intensa como ésta.

viernes, agosto 03, 2007

Inventando números, Gianni Rodari

Il. Alessandro Sanna. Tr. Xosé Ballesteros. Kalandraka, Pontevedra, 2007. 32 pp. 15 €.

Ana Gorría

Gianni Rodari, galardonado con el Premio Hans Christian Andersen en 1970, es uno de los escritores de literatura infantil cuya teoría más influencia ha tenido en la actual didáctica de la literatura, especialmente a raíz del título Gramática de la Fantasía.
Diplomado en magisterio, su vocación de escritor de literatura infantil surgió como consecuencia de una casualidad: en el ejercicio de su labor de periodista político en la publicación L’Unitá fue preciso incluir textos para lectores infantiles, textos que comenzó a publicar bajo el pseudónimo de Lino Picco y que conocieron de forman inmediata una excelente recepción.
Fruto del diálogo que siempre estableció con los niños (recorría las escuelas y exponía al juicio de éstos sus textos) publicó, entre otras, obras como El Planeta de los árboles, Cuentos largos con sonrisa, Las aventuras de Cipollino, Cuentos para jugar y Cuentos por teléfono, colección de setenta narraciones cortas que toman como motivo la relación entre una niña para la que es imposible conciliar el sueño sin oír las narraciones de su progenitor y su padre constantemente ausente por motivos laborales.
A esta colección de relatos pertenece Inventando los números, texto que hoy nos propone Kalandraka exento y con ilustraciones de Alessandro Sanna.
Inventando números sorprende una de esas conversaciones, diálogos, nocturnas y nos invita, con estos dos personajes a participar de esa descubrimiento a través del lenguaje que supone para Rodari la fantasía y que tiene como último objeto de conocimiento el mundo:
La mente es una. Su creatividad se ha de cultivar en todas las direcciones. Las fábulas (escuchadas o inventadas) no son "todo" lo que sirve al niño. El uso libre de todas las posibilidades de la lengua no representa más que una de las direcciones en que puede expandirse. Pero tout se tient, como dicen los franceses. La imaginación del niño, estimulada para inventar palabras, aplicará sus instrumentos sobre todos los aspectos de su experiencia que desafíen su intervención creativa. Las fábulas sirven a la matemática, como la matemática sirve a las fábulas.
En Inventando números, Rodari asume ese aprendizaje y esa potenciación de la experiencia a través de la creatividad. Cálculo, aritmética, nociones de teoría de conjuntos como la equivalencia, la medida,o la longitud no vienen presentadas como un fin en sí mismo, sino como posibilidades de desarrollo tanto cognitivo como emocional. Éstas nociones no se nos presentan como entelequias abstractas, alejadas de las estructuras de lo real, sino (y en diálogo con el lenguaje) como posibles causas de la transformación de la realidad.
El lenguaje participa de esa posibilidad de transformación. Cuestiona y asienta los fundamentos de lo real, para estimular nuestra "libertad de hablantes". Desde el principio, en Inventando números observamos el desarrollo de esa libertad, propia del lenguaje infantil y de las filastrocche, género de retahílas de la poesía popular italiana:

un extramillón de billardones,
una macronelada de trillones,
un cuatrillonardo y un marabillón.


Pero con procedimientos morfológicos asimilables a las jitánjaforas gracias a los cuales los niños pueden aprehender y desarrollar los patrones de creación léxica, en este caso, de los números ordinales y cardinales.
Inventando números no sólo estimula el crecimiento cognitivo de los niños que los lean, sino que ofrece una lección a compartir sobre el valor de las cosas, coherente con la postura ética que siempre prevaleció en vida del autor, sensible a la injusticia.

—¿Cuánto pesa una lágrima?.
—Depende: la de un niño caprichoso
pesa menos que el viento,
pero la de un niño hambriento
más que toda la tierra.


No quedan al margen de esta lección estimulante las ilustraciones de Alessandro Sanna, adscritas al juego compartido entre la niña y su padre. De atractivos coloridos e imaginación (el uno es un bañador, el tres un canario en una jaula, el seis una mamá), no hacen más que enriquecer la cuidadísima y preciosa edición que Kalandraka pone a nuestra disposición.

jueves, agosto 02, 2007

Lá lámpara roja. Realidades y fantasías de la vida de un médico, Arthur Conan Doyle

Trad. Gregorio Cantera. Alba, Barcelona, 2007. 304 pp. 18,5 €

Juan Marqués

«Por lo general la clase médica siempre anda demasiado ocupada para llevar un registro de situaciones singulares o de acontecimientos dramáticos. […] Cuando se le pregunta a un cirujano por sus experiencias más llamativas, puede respondernos que o bien no ha sido testigo de nada que merezca la pena, o perderse en consideraciones técnicas. Pero, si fuésemos capaces de sorprenderle una noche en compañía de algunos de sus colegas, cuando el fuego de la chimenea está en su apogeo y el humo de la pipa nos apesta, y le planteásemos con sutileza alguna pregunta o alusión que le permitiera explayarse, escucharíamos algunos casos muy, muy reales, verdaderos frutos recogidos del árbol de la vida» (pp. 189-190).
Quien escribía esto era un médico que abandonó pronto y todavía joven el ejercicio de su profesión para entregarse a la creación literaria, gracias al éxito obtenido inmediatamente con las primeras aventuras de Sherlock Holmes, su más célebre personaje. En todos sus libros introduciría guiños a su formación médica, con detalles anatómicos o pequeñas digresiones sobre enfermedades o epidemias, pero fue ya casi al principio, en 1894, cuando Arthur Conan Doyle consiguió reunir una colección de quince cuentos (algunos publicados en revistas) más o menos protagonizados por cuestiones relacionadas con sus estudios, con su anterior trabajo.
Ninguno de los casos narrados parece «muy, muy real», y no proceden de experiencias vividas por Doyle durante su labor como médico en un hospital, en un ballenero y en una frustrada consulta privada, pero sí se aprecia en casi todos ellos la filantropía y la voluntad de cercanía a la vida que caracteriza toda la literatura de este autor superdotado. Lo suyo es imaginación realista, narraciones a veces al borde de la verosimilitud que sin embargo hechizan por su “verdad”, por su mágica eficacia, por su habilidad para escribir, con aparente sencillez, exactamente lo que quiere decir.
El subtítulo habla, con razón, de «realidades y fantasías», pero sólo dos veces se recurre a lo fantástico, una en un estupendo ejemplo de terror clásico (El lote 249, que los lectores españoles ya conocíamos gracias a alguna de las recopilaciones de la editorial Valdemar) y otra en un cuento humorístico, a pesar de narrar la ejecución —o, mejor, su intento— de un condenado a muerte (El desastre de Los Amigos). Todos los demás son relatos “realistas”. Ese voluntarioso ministro de exteriores a quien un doloroso ataque de gota tiene postrado en la cama sin dejarle atender urgentísimos asuntos («Bastó un segundo para que se olvidase del Mediterráneo, incapaz de pensar en nada que no fuese aquel enorme, rampante e inoportuno dedo gordo enrojecido» –p. 168–), ese joven y respetado noble que se disfraza para visitar a un especialista en sífilis, ese tierno conflicto generacional entre un viejo y tradicional médico y dos jóvenes recién licenciados que ya no comparten sus obsoletos y superadísimos métodos, ese médico rural que no puede soportar cómo una joven doctora se instala en su pueblo y le arrebata toda la clientela (y quienes acusan a Doyle de ser tan misógino, al menos, como su mítico detective, deberían leer este cuento, y alguno más de la serie), o la forma brutal en que un marido engañado venga la infidelidad de su mujer con un reputado doctor... constituyen un volumen precioso que devolverá al lector a esa hospitalaria literatura victoriana (o, en general, a la insuperable narrativa del siglo XIX) a la que uno podría dedicar décadas de felicísima lectura, y en la que de hecho tantos niños fuimos captados para siempre por los libros.
En Arthur Conan Doyle es simpático y reconfortante incluso su moralismo (a veces anticuado o cándido, a veces no tanto...), que consuela y crea complicidad incluso cuando no se acaba de estar de acuerdo con él. Dicho de forma inaceptablemente simple, es imposible escribir así si no se es un hombre bondadoso, íntegro, justo. Basten como ejemplo las líneas que cierran el último cuento y que suponen toda una hermosa (aunque algo ingenua) apología de los médicos, puesta en boca de un veterano profesor: «un médico tiene, además, muchas razones para mostrarse agradecido. No lo olvide nunca. Es tal el placer que se siente al hacer un pequeño favor que cualquier hombre pagaría por tener ese privilegio en vez de cobrar por ello. [...] sus pacientes son sus amigos, o deberían serlo. [...] Por si fuera poco, tiene la obligación de ser un buen hombre. No puede ser de otra manera. Porque ¿quién que se pase la vida contemplando sufrimientos que se aguantan con entereza puede mostrarse intransigente o perverso? Es una profesión noble, generosa y afable, y ustedes los jóvenes tienen la obligación de hacer cuanto esté en su mano para que siga siéndolo» (p. 299).

miércoles, agosto 01, 2007

El último día de mi vida, Marcial Izquierdo

Bruño, Madrid, 2007. 95 págs. 7,50 €

Óscar Esquivias

En el viejo misal de mi abuela aparecía el siguiente comentario en la octava de Navidad (el día 1 de enero): «Procura tú empezar este año, y continuarlo después, como si fuese el último de tu vida, que, si no lo es, podría serlo, y alguna vez ciertamente lo será». No se puede decir que sea la forma más animosa de saludar al año nuevo, con ese tuteo tan directo, como si el propio dedo descarnado de la parca te señalara.
Esta idea (la fragilidad de la vida, lo imprevisible de la muerte) se repetía en otras páginas del libro: «Nadie es tan viejo que no pueda vivir un día más y nadie es lo suficientemente joven como para no morir hoy», insistía el misal. Había que vivir cada jornada como si fuera la última, aunque uno fuera un niño y rebosara salud.
Esto me impresionaba mucho de chaval, hasta el extremo de que cada vez que montaba en el coche de mis padres para ir al pueblo o volver a casa me iba despidiendo mentalmente del paisaje.
Aquellos que han sobrevivido a una experiencia traumática (un accidente o un atentado, por ejemplo) a veces repasan obsesivamente sus actos durante las horas previas a aquel azar que les cambió la vida. Al recordar sus gestos despreocupados no pueden evitar ver cómo cada uno de ellos les conduce inexorablemente hacia ese destino doloroso que desconocían. Una voz interior, al tiempo propia y ajena, comenta minuciosamente esta secuencia de recuerdos aparentemente cotidianos: bajo por el ascensor, me detengo a hablar con un vecino, hay cola en el quiosco, pierdo mi tren habitual, tomo el siguiente cercanías...). Esta voz retrospectiva que conoce el futuro pero que no lo puede cambiar es la que utiliza Marcial Izquierdo para narrar su primera novela, El último día de mi vida. De todas las obras destinadas a lectores jóvenes que he leído últimamente, ninguna me ha conmovido tanto como la de este catedrático de Filosofía del Instituto Félix Rodríguez de la Fuente de Gamonal (Burgos). Marcial Izquierdo ya había publicado (junto a otros autores) una Historia de la Filosofía (Ariel, 2004) y ahora se estrena con esta obra en el mundo de la literatura, y lo hace de la mejor manera posible.
¿Qué se cuenta en su novela? En principio, lo que el propio título anuncia: el último día de un muchacho, Miguel, que ha decidido suicidarse arrojándose al paso de un tren mercancías que llegará a su ciudad por la tarde. Miguel afronta las rutinas del día con absoluta normalidad (asiste a sus clases en el instituto, hace un examen, queda a comer con sus compañeros, se insinúa a una chica que le gusta, se emborracha con unos amigos). Lo que vamos conociendo de él nos indica que es un adolescente sin problemas graves y feliz, mejor dicho, inconscientemente feliz. El aire cotidiano de sus actos contrasta brutalmente con su determinación de matarse, pues es el propio Miguel (o, para ser precisos, esa voz retrospectiva dentro de Miguel) quien nos cuenta en primera persona todo lo que va pasando.
No todo es lo que parece. La novela tiene muchas sorpresas y no conviene desvelarlas aquí. El último día de mi vida está escrita con una sobriedad y una emoción irresistibles y se lee con avidez. Marcial Izquierdo, como hemos dicho, imparte clase de Filosofía en un instituto y, por tanto, conoce muy bien a los adolescentes y sus inquietudes. Su novela apasionará a los jóvenes porque, con absoluta naturalidad y eficacia narrativas, plantea asuntos muy importantes: no sólo la fragilidad de la vida, sino también la necesidad de que seamos conscientes y responsables de nuestros actos. En la novela de Izquierdo hay ecos de los temas eternos de la literatura: la cita con el destino (simbolizado por el tren que avanza imparable), el sentido del sacrificio y de la muerte, el poder de la amistad y la fuerza del amor.
Si yo tuviera un hermano adolescente, no dudaría en darle este libro. Es el mejor regalo que le podría hacer: una lectura conmovedora para reflexionar y enriquecer su experiencia de la vida. Absolutamente recomendable.