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viernes, enero 09, 2009

Obra Selecta, Edmund Wilson

Edición y Prólogo de Aurelio Major. Varios traductores. Lumen, Barcelona, 2008. 937 pp. 48 €

Eduardo Fariña Poveda

El acto de ejercer la crítica era para Edmund Wilson (1895- 1972) era inversamente proporcional a la eficacia por intervenir en la vida intelectual de Estados Unidos. Esta obra selecta reunida en casi mil páginas se convierte así en un testimonio historiográfico clave para entender la evolución de la literatura norteamericana y europea de la primera mitad del siglo XX. Obra selecta reúne una variada muestra de artículos, ensayos, reseñas y cartas del gran crítico norteamericano, comparado reiteradamente con Cyril Connolly. En toda obra de crítica literaria los personajes son los escritores. En estas páginas podemos encontrarnos con un grupo distinguido de éstos: Gustave Flaubert, Charles Dickens, Lewis Carroll, Anton Chejov, Oscar Wilde, T.S Eliot, John Dos Passos, Marcel Proust, James Joyce, Vladimir Nabokov, William Faulkner, Ernest Hemingway, Francis Scott Fitzgerald.
Nacido en Red Bank, Nueva Jersey, tuvo una infancia acomodada y solitaria, en donde pudo leer a los clásicos en la biblioteca de su padre, con quien tuvo una turbulenta relación. Estudió en The Hill School y la Universidad de Princeton, en donde conoció a Fitzgerald. Empezó la carrera de escritor como reportero en el New York Sun, y se alistó en el ejército durante la Primera Guerra Mundial, nunca estuvo en el frente de batalla y fue destinado a cuarteles generales de Alemania en donde ejerció de traductor. Fue director de Vanity Fair en 1920 y 1921, y luegó trabajó en The New Republic y The New Yorker, donde intentó emular a críticos como Shaw y Poe. Pidió colaboraciones a amigos como Cummings y Hemingway, exigiéndoles cierta concisión en sus trabajos teóricos y que evitaran toda imprecisión impresionista. Wilson detestaba la academia y siempre estuvo orientado a poner la crítica en diálogo con el lector de clase media y que buscara nutrir un proyecto histórico extenso. La seriedad del estudio literario no manifiesta en el crítico una posición neutral, pero se identifica con rigor en desentrañar los mecanismos de una obra para luego alejarse y ver en relieve objetivo el contexto de la inferencia histórica. Durante los años posteriores a la depresión de 1929, incluso para sus detractores, Wilson era quien inspiraba en Estados Unidos el movimiento literario de Izquierdas. En 1935 con ayuda de Dos Passos, viaja a la Unión Soviética, donde llega a Cartearse con Gorki pero desconoce las desapariciones en el Gulag y el destino de Mandelstam o Ajmátova. Decepcionado y entendiendo lo devastador de la experiencia totalitaria de Stalin, siguió siendo admirador de la literatura Rusa. Tuvo un tumultuoso matrimonio con Mary McCarthy, la que fue su tercera mujer y de la que se divorció en 1946. A partir de los 40 y hasta mediado de los 60, Wilson se interesa por religiones no cristianas y culturas minoritarias, viaja a Israel en 1954 enviado por el The New Yorker. Su fascinación por culturas diversas lo llevo en sucesivos viajes a explorar sociedades como la Haitiana, La Húngara y la Francocanadiense. En su último decenio, propuso a Jason Epstein, uno de los fundadores de The New York review of Books, la creación de una biblioteca de autores estadounidenses semejante a La Pléiade francesa. Será en 1982, diez años después de su muerte en donde su propuesta verá en parte la luz pero bajo el nombre de la Library of America y 25 años después los dos tomos de sus obras completas serán editadas por la misma. Dentro de su amplísima obra destacan: El castillo de Axel, The Shores of Light, The Triple Thinkers, Letters on Literature and Politics.
Al revisar los textos incluidos en Obras Selectas, notamos de inmediato el voraz apetito erudito de Wilson, capaz de vislumbrar en el texto el paisaje en cuyo interior se va poblando las circunstancias del escritor. La enérgica denuncia a la carencia de crítica a la literatura norteamericana y la poca profesionalización de los reseñistas de comienzos de siglo en El crítico que no existe es notable, donde pareciera darse cuenta al final de sus reflexiones que esa carencia, de alguna forma, podría estar esperando ser reemplazada por él. En Marcel Proust, Wilson sobrevuela suspicazmente por las cornisas Proustianas. Respecto a la construcción de En Busca del tiempo perdido encontramos: La estructura de la novela es más visible. Proust ha hecho de estos episodios sociales (a menudo varios centenares de páginas) enormes bloques sólidos (…) Un medio denso de ensoñación y comentarios introspectivos , mezclados con incidentes tratados dramáticamente y a escala más reducida (p. 51) . Con Ulises de James Joyce atisba, al igual que en la Obra de Proust un complejo sistema mucho más sinfónico que narrativo, en donde hay mayor vitalidad pero mayor lentitud en la gestación de la trama. Así respecto a los primeros críticos de Ulises les reprocha: El manejo Joyceano de este inmenso material, su método de dar forma al libro no tiene paralelo alguno en la narrativa moderna. Los primeros críticos de Ulises tomaron erróneamente la novela por un “trozo de vida” le objetaron que era demasiado fluida o caótica. No reconocieron un argumento porque no reconocían una progresión (p. 510). Es destacable además que subraye en las dos novelas la aplicación de los métodos poéticos del simbolismo, aunque en Joyce recalque que da mayor cabida a una visión más objetiva del mundo, mientras que con Proust corremos el riesgo de adquirir contagio del punto de vista del que nos cuenta la historia.
Como todo gran crítico, Wilson también fue implacable y duro con autores que hoy en día les tenemos de cabecera. Ya con el título Los remiendos de Ezra Pound sabremos que a Wilson no le llamará positivamente la atención el manejo de influencias del poeta de Los Cantos. De él señala cosas como: El fracaso de Ezra Pound como poeta es un curioso fenómeno literario. El ideal estético de Ezra Pound es tal vez uno de los más elevados de la poesía contemporánea de habla inglesa. Indiferente a la aprobación pública, ha trabajado fiera y concienzudamente para reducir la vaga sustancia de las palabras a un agudo y duro residuo de belleza (p. 143). Fue algo más pausado al abordar Trópico de Cáncer. Con algo de ironía e indiferencia, destaca de la Novela de Henry Miller que: es una de las mejores dentro del grupo de novelas de norteamericanos expatriados en Europa. Luego declara: El tono del libro es indiscutiblemente malo; de hecho El trópico de Cáncer resulta desde el punto de vista de sus acontecimientos y del lenguaje que nos presenta, el libro más malo que conozco entre de los de verdadero mérito literario (…) Pero si se logra soportar, en ocasiones resulta muy divertido, ya que el señor Miller ha descubierto y explotado un nuevo campo de la picaresca (p. 717). La respuesta de Miller a la crítica es también una rotunda pieza literaria. Acusando a Wilson de inexactitudes, y no sin algo de fina ironía, finalmente sentencia: La mejor publicidad para un hombre que tenga algo que decir es el silencio.
Obras Selectas de Edmund Wilson es verdaderamente una antología de lujo. El itinerario que ofrece por sus páginas es el resultado de toda una vida entregada a un criterio crítico independiente. Rechazando cátedras universitarias y viviendo una vida bastante privada de exquisiteces, Wilson logra inagurar un estilo en la forma de hacer crítica en Estados Unidos, como lo fuera Saint-Beuve en Francia un siglo antes. Apunta Major al final del prólogo que Wilson fue un crítico a la antigua que cuando quería escribir sobre alguien le dedicaba 2 meses y se leía todo sobre el autor. Ejemplo a seguir para un crítico actual y estupenda disciplina de lectura. Es de esperar que esta Obra Selecta sea un impulso para ver traducidos más libros de Wilson, ya que gran parte de éstos no los tenemos vertidos al español.

miércoles, enero 07, 2009

La cena de los notables, Constantino Bértolo

Periférica, Madrid, 2008. 249 pp. 16 €

Care Santos

Si los editores fueran vaqueros de uno de aquellos westerns de las sobremesas de nuestra infancia, y a cada escritor que descubrieran se apuntaran una muesca en la culata de su Colt 45, la culata de Constantino Bértolo estaría hecha unos zorros.
Editor-oteador, siempre atento —y sensible— a lo que escriben los más jóvenes, por sus cajones han pasado los primeros originales de muchos de los nombres que componen las últimas hornadas de autores en nuestro idioma. La suya ha sido y es una labor tan necesaria como ingrata, que no puede hacerse más que con entusiasmo y fe. Entusiasmo para llamar la atención sobre nombres desconocidos y darles su primera oportunidad en la selva del mundo editorial (la misma, por dierto, que les engullirá, de un modo u otro, para alejarles de su lado). Y fe no sólo en sus autores, también en la Literatura misma, para seguir creyendo que hay algo por lo que merece la pena apostar y arriesgarse. Algo que, por supuesto, nada tiene que ver con los títulos que encabezan las listas de más vendidos ni con los gustos mayoritarios de los compradores compulsivos de libros (también llamados, aunque creo yo que sin mucha razón, «lectores»). En fin. Bértolo persevera en su entusiasmo y su fe desde hace lustros, para suerte de todos nosotros. Lo hizo primero desde editorial Debate y, desde hace unos pocos años, en el sello Caballo de Troya, del cual es fundador y director literario. Y si su carrera como editor es dilatada y meritoria, no lo es menos la que ha desarrollado como crítico.
Por todo lo anterior, un libro que promete reflexiones sobre la lectura y la escritura de puño y letra de este halcón peregrino de nuestras letras es, de entrada, prometedor, como lo sería de cualquiera de quien sospechemos que sabe mucho más de lo que jamás ha contado. Llámenme fisgona, pero debo confesar que los libros escritos por editores me resultan irresistibles. Me relamí con las Opiniones mohicanas de Herralde, disfruté con los caprichos de Einaudi y aplaudí entusiasmada con las malas pulgas de Mario Muchnik. Aunque, debo decir, éste es un libro muy distinto a los tres anteriores. De entrada, no es un libro para cotillas ni adictos al amarillismo editorial, que tan buenos frutos ha dado en los últimos años. Estas páginas van más allá de esas mundanas cuestiones íntimas que los editores comparten con sus autores mientras dura su idilio. Este ensayo habla de Literatura. Deja a un lado a los artífices del asunto para centrarse en lo que importa: los libros.
Sorprende, acaso, tropezar al principio con un Bértolo personal e intimista, que desgrana emocionado algunas de las lecturas que le formaron como lector. Un ejercicio, por cierto, entrañable para todo aquel que ame la letra impresa, este de remontarse a los orígenes de todo, a los libros que nos han modelado y nos han hecho comprender por qué «la realidad se escribe con minúsculas». De esa experiencia personal se pasa a la exégesis de las razones mismas de la lectura. Las relaciones entre el lector oral, que hacía de la lectura un placer colectivo, y la aparición de lo que Bértolo llama «el lector silencioso», vinculada a la invención de la imprenta. La búsqueda de la identificación en el texto, la biografía puesta en relación con la semántica o la necesidad de ficción que compartimos los seres humanos —a pesar de que no todos la saciemos del mismo modo— son algunos de los altos en el camino de este viaje a las profundidades del sentido de todo esto: para qué leemos, cómo leemos, para qué escribimos. Y de qué modo escribimos cuando escribimos, cómo resulta condicionado nuestro discurso por la búsqueda del interlocutor, qué espera de nosotros ese interlocutor y de qué modo somos deshonestos (o no) al tratar de contentarle. Se habla, por supuesto, de cómo los libros nos educan enseñándonos a mirar el mundo. Y del sentido que tiene hablar de una literatura de calidad en ese sentido tan místicamente educativo.
Por último, era de esperar que la crítica tuviera un lugar destacado en este libro de reflexiones muy personales y muy vividas. De esta última parte, ilustrada con una escena de la novela El alcalde de Casterbridge de Thomas Hardy —en la que se narra la cena de ciertos prohombres de cierto pueblo, observada por la gente llana del mismo lugar— toma el libro su título. Eso es la crítica, según Bértolo: la plática de los notables, observada por el resto de la comunidad, que no descansa. El libro se remata con un brillante capítulo sobre el papel del crítico en nuestros días, condenado a ceñirse a los dictados y los corsés de los grupos mediáticos y, por tanto, «a realizar trabajos de publicidad más o menos encubierta bajo su "noble" apariencia de actividad "estética e independiente». Y para ilustrar la cuestión, analiza el caso tristemente famoso de Ignacio Echevarría en relación con el suplemento Babelia del diario El País. Sus reflexiones, al hilo de todo esto, tienen que ver —y mucho— con lo que el mismo Constantino Bértolo dice en otro capítulo de su ensayo: «Cada literatura educa y maleduca también a sus lectores». De lo cual tal vez podamos deducir que tal y como están ocurriendo las cosas, nuestro panorama literario está criando un sinfín de lectores maleducados.
En fin, que cada cual extraiga las conclusiones que quiera. A modo de apostilla, recordaba al terminar el libro algo que le oí una vez al propio Ignacio Echevarría en una mesa redonda en Valladolid: «Cada país tiene los novelistas que merece». Algo que, sospecho, suscribiría también Constantino Bértolo. Y con produndo conocimiento de causa.