jueves, mayo 04, 2006

2.

Salvador Gutiérrez Solís

«Tuve dos vidas. La primera finalizó en junio de 1977, cuando dejé de beber». Si recordáramos a Raymond Carver (Catskanie 1938-Nueva York 1988) el día de su nacimiento, o el de su muerte, o si creáramos un Día Carver, el propio autor se levantaría de su tumba y nos preguntaría «¿qué estáis haciendo todos vosotros con esas caras de entierro cuando en realidad deberíais tener caras de carteros que no encuentran los buzones de sus cartas?», o algo parecido. Sin heroísmos, por favor es un magnífico pretexto para recordar/reencontrarnos con el Carver que cultivó buena parte de los géneros literarios. Una buena oportunidad para adentrarnos en el Carver más esencial, más instintivo, menos corregido, previo al Carver meticuloso, al Carver milimétrico que todos conocemos. No existen antecedentes literarios familiares, no es educado Carver en un ambiente cercano a la Literatura, y a los 16 años ya estaba casado. Un matrimonio desastroso. Trabaja de todo un poco, como repartidor, vigilante, etc. En definitiva, no existía nada en la vida de Carver que pronosticase que acabaría siendo escritor. Su vocación la descubre, o se encuentra con ella, en el taller literario de John Gadner. Adquirida la técnica, y armado de una gran paciencia –basta recordar que dedicó casi quince años a su primer libro de relatos-, Carver comienza a retratar, a fotografiar, la sociedad que contempla al otro lado del cristal. Una sociedad azotada por una gran crisis de identidad colectiva. En Sin heroísmos, por favor encontramos retazos de estas fotografías, fotografías que aún no han sido manipuladas en el laboratorio carvesiano. Me acordé de Carver al ver en televisión las terribles fotografías que firmó el huracán Katrina a su paso por Nueva Orleáns. El autor hubiera descrito a la perfección la desolación de los que vagaban alrededor del estadio, el hundimiento de quien lo ha perdido todo, el llanto por los fallecidos. Carver es el escritor tras las luces de neón, el fotógrafo de las sombras, el notario de las tragedias cotidianas. Raymond Carver es el primero en escribir la palabra fin en la gran pantalla donde estaban proyectando esa película que llevaba por título El Gran Sueño Americano. Carver nos muestra y nos habla de personajes en permanente precariedad emocional, divorciados sacudidos por relaciones turbulentas con sus anteriores parejas, o con las presentes; los personajes de Carver viven en una permanente precariedad laboral: o su trabajo es pésimo, o no lo tienen, o tienen varios, y todos son igualmente pésimos; por tanto, irremediablemente, los personajes de Carver cuentan con economías igualmente precarias. Hijos que prestan dinero a sus padres –por esa ausencia de una asistencia social mínima-, préstamos entre hermanos, padres que mantienen las familias de sus hijos, y, sobre todo, préstamos que nunca se devuelven, que se estiran, que van creando un clima molesto y apabullante que ninguna de las partes se atreve a denunciar. Esta preocupación por lo social, o por la precariedad de la sociedad es lo que diferencia y distancia a Carver de la Generación Beat, así como de otros autores: Bukowski o Miller. Clasificar o tildar a Carver como maestro o padre del realismo sucio lo entiendo como exagerado o inexacto, y en Sin heroísmos, por favor lo podemos constatar nuevamente. Carver no adopta jamás una postura irreverente, despiadada, ofensiva o desafiante con respecto a sus personajes y las circunstancias que los rodean. Del mismo modo, tal y como se muestra en este libro, no es hiriente en la crítica de sus contemporáneos. Carver, en muchos casos, no emite ningún juicio: se limita a fotografiar lo que le rodea. En este sentido podríamos estar hablando de un realista sin más, o, incluso, de un realista radical, o realista social. En cualquier caso, y más allá de la definición o de la clasificación, este libro, o cualquiera otro, un poema, Ondas de Radio incluso, puede ser la excusa perfecta para encontrarse, descubrir o disfrutar con este autor que soporta sin blanquear su cabello –o su obra- el paso del tiempo, y hasta de los huracanes.

miércoles, mayo 03, 2006

Vida de una niña, Phoebe Gloeckner

Traducción de Lola Pérez Pablos. Ediciones La Cúpula. Barcelona, 2005, 146 págs, 8,95 €

Carol París

Textualizar la existencia es otra manera de rematerializarla; la vida también puede convertirse en un artefacto narrativo, susceptible a las leyes, si es que las hay, de la ficción. Éste es el caso de Vida de una niña (A child’s life) publicada por La Cúpula dentro de su colección Novela Gráfica. Prologado por Robert Crumb y bajo un título supuestamente inocente e ingenuo, este cómic de Phoebe Gloeckner constituye toda una crónica autobiográfica en blanco y negro; un diario de su recorrido vital estructurado en tres etapas —niñez, adolescencia y edad adulta— que presentan una visión fragmentada, a la vez que perturbadora, de la realidad. El acercamiento para enfocar la propia vida viene dado por el alejamiento al «desdoblarse» en su alter ego Minnie Goetze, quien vertebra la historia, si bien irán intercalándose a lo largo de la obra varias secuencias protagonizadas por otras figuras ya que, como todo individuo, ella no es sólo la suma de sus propias vivencias, sino que es producto de la unión de sujetos diferentes en diferentes tiempos y espacios. La infancia que emigra a sus viñetas no es un territorio mítico y ni mucho menos está desligado de los problemas de la edad adulta.
Como denominaría Teresa de Lauretis en su libro homónimo, Alicia ya no; las muñecas con las que juega Minnie, como objetos a la medida de la niñez, capaces de sintetizar cuerpo y cultura, se abandonan rápidamente para dejar paso a las experiencias en un colegio cuáquero alternadas con escenas en compañía de adultos; seres carentes de afectividad, pervertidos y pervertidores, como muestra la historieta Cosas que hacer con niñas pequeñas que retrata su tormentosa iniciación en la sexualidad con el novio escocés de su madre. En un intento de encontrar un lugar en el mundo, de ordenar el sentido del yo dentro de un universo determinado, Minnie, como nueva muñeca, no crecerá precisamente para convertirse en reina; en El tercer amor de Minnie o Pesadilla en la calle Polk, enmarcada en el San francisco de 1976, describe una adolescencia donde continúa la confusión respecto al sexo, sumada ahora al contacto con las drogas y al absentismo escolar, con unas amigas que tampoco serían las novias de América. Y todo ello contado, por suerte, sin ningún tipo de moraleja ni didacticismo.
Performando experiencias personales, Gloeckner reformula una existencia periférica femenina, un interworld, un estar siempre fuera de lugar —como niña, como mujer— a partir de una dimensión ficcional, discursiva, y quizá por ello más exacta que la vida; situarse en este otro lado permite a la autora cambiar la mirada normativa y entrar en un juego de resistencias y descreencias sobre las nociones de identidad y alteridad mediatizadas por unos dibujos que van más allá, mucho más allá, del espejo; alejándose de la mimesis, Gloeckner aprovecha la deformación como forma, como filtro creador y configurador de sus propias obsesiones, inseguridades y angustias, mostrando una fisicidad inquietante que nos deshabitúa como lectores a una mirada cómoda e inmediata. Fuera del erotismo convencional, en una reducción icónica de la corporeidad, el cuerpo se erige como mercancía, como aquel lugar donde se inscriben los discursos de poder y las relaciones de dominio se intensifican. A todo ello cabe añadir que el libro se cierra con un sorprendente apartado titulado Pinturas, dibujos y grabados; una recopilación de diseños anatómico-artísticos de sus años como ilustradora médica. En definitiva, a partir de una visión contracultural que entronca con toda la generación del cómic underground norteamericano, Phoebe Gloeckner, con Vida de una niña, reconstruye todo un tejido, esto es, un texto, psíquico y corporal, que pone en evidencia, de forma crítica y emotiva, los roles sociales y sus jerarquías internas a la vez que nos permite repensar el género autobiográfico al situarnos en ese espacio fronterizo en el que se entrecruzan corpus y cuerpo, obra y vida.

martes, mayo 02, 2006

Fragmentos de correspondencia romana, George Santayana / Robert Lowell

Edición, introducción, traducciones y notas: Graziella Fantini. Presentación: Hermann J. Saatkamp Jr. Instituto Cervantes, Roma, 2006. 106 págs. Edición no venal.

Óscar Esquivias

El epistolario que nos ocupa hoy es una obra tan breve como apasionante, cuyo único defecto es que nos hace echar en falta una edición completa del epistolario de George Santayana. Graziella Fantini, experta en el filósofo, ha seleccionado diez de las veintiuna cartas que éste dirigió al joven poeta norteamericano Robert Lowell. Se ofrecen en su redacción original en inglés y también traducidas al español y al italiano (la edición corre a cargo del Instituto Cervantes de Roma, ciudad en la que el filósofo pasó los últimos años de su vida). La correspondencia comienza el 25 de julio de 1947, cuando Santayana agradece a Lowell el envío de un libro de poemas (El castillo de Lord Weary, con el que había ganado el premio Pulitzer de poesía), y termina el 23 de octubre de 1950, semanas antes de conocerse personalmente. Esta última carta incluye un dibujo —reproducido en la edición— del propio Santayana en el que indica las calles de Roma que conducen hasta el asilo de monjas en que vivía (y que él designa, con elegante caligrafía y quizá con humor, como «Sisters’ Home»). La selección de la correspondencia termina aquí por decisión de la editora, porque siguieron escribiéndose hasta las vísperas de la muerte de Santayana, en marzo de 1952. Graziella Fantini, quizá por las limitaciones de espacio a las que obliga una edición trilingüe —pero también con verdadera astucia literaria—, prefiere centrarse en el periodo en que ambos personajes inician y consolidan una amistad cada vez más honda, llena de complicidades. El octogenario Santayana no trata a su interlocutor (54 más joven) con la condescendencia que, quizá, cabría esperar en una relación aparentemente tan desigual, sino todo lo contrario: demuestra entusiasmo por la obra de Lowell, a quien elogia sin tasa (llega a considerarle el mayor poeta vivo, por encima de T. S. Eliot, que fue su alumno en la Universidad de Harvard). La admiración de Santayana no es acrítica: se reconoce muy alejado de la sensibilidad de la poesía contemporánea y a veces confiesa no entender los versos de su joven amigo, pero esto no hace sino despertar su curiosidad y le solicita repetidamente al poeta consejo y explicaciones; más aún, le pide que «le instruya», que le ayude a tener criterio sobre la obra de los contemporáneos de Lowell que, a los ojos del filósofo, es críptica, ininteligible. Santayana quiere comprender los valores del arte reciente, aunque se sienta incapaz de compartirlos.
No podemos dejar de leer las palabras de Santayana sin emoción. ¿Qué efecto harían en Lowell? ¿Qué respondería? ¿Con qué palabras trataría de guiar al viejo filósofo? No lo sabemos, ya que en este libro sólo escuchamos la voz de Santayana y no se publican las réplicas del poeta norteamericano. La ausencia de las cartas de Lowell parece un recurso literario más de la editora, como el ya citado de interrumpir la antología las vísperas del primer encuentro entre los dos hombres. Graziella Fantini actúa así como una novelista que coloca el punto final en el momento más intenso de esta relación, justo antes de que ambos amigos, por fin, oigan sus voces, se estrechen la mano, paseen por primera vez juntos. De alguna manera, podemos leer el epistolario como una verdadera novela donde se ilustra el nacimiento de una amistad y también el de una sorprendente seducción intelectual: la que siente el viejo filósofo —un hombre solitario que pasa sus días en un asilo romano, siempre en pijama, con una salud deteriorada— por un joven que, inesperadamente, le escribe y le regala unos versos que le cautivan.
Lo dicho: apasionante.

lunes, mayo 01, 2006

El salmo de Kaplan, Marco Schwartz

Premio de novela La otra orilla 2005. Belacqua, Barcelona, 2006. 237 pgs. 18 €

Anna Grau

Marco Schwartz es periodista y es escritor, lo cual lleva implícita cierta autoironía. En la página 38 de El salmo de Kaplan escribe: «Las noticias constituían para el viejo Kaplan el escudo contra las voces internas, el amuleto contra las turbulencias del alma. Probablemente no había persona mejor informada en la comunidad judía que Kaplan». Llegado este punto, el lector ya sabe que Jacobo Kaplan es un descarado trasunto de Alonso Quijano: patriarca judío en decadencia dentro de una ya de por sí decadente comunidad judía en pleno Caribe, una mezcla explosiva de achaques y disgustos le ha llevado a embeberse de los modernos libros de caballerías que pueden ser los noticieros. Las noticias sobre un alto jerarca nazi dispuesto a erizar de antisemitismo toda la América Latina prenden en el volátil cerebro de Kaplan la obvia quimera de que un nuevo Eichmann se agazapa en el restaurante tropical de la esquina. Va a por él secundado por el Sancho Panza de manual que es el cabo Contreras, un policía muerto de hambre, ávido de sobresueldo como Kaplan de épica. Sobre esta trama de cristal urde Marco Schwartz un intríngulis cautivador y entrañable, con inteligentes detonaciones de costumbrismo (es gracioso ver a personajes de Chéjov hablando como la familia Buendía), diálogos de apetitosa fluidez cinematográfica y una intriga discreta, suficiente para mantener firme la gravitación entre personajes. Hay quien, sin duda agradeciendo que un escritor nacido en Barranquilla, Colombia (aunque lleve veinte años en Madrid, España), no imite desaforadamente a García Márquez, ha elogiado el «realismo modesto» de Marco Schwartz. Yo lo llamaría más bien «realismo irónico». Periodista, Marco Schwartz ironiza sobre el potencial absurdo de la visión periodística de la realidad; su Kaplan no se limita a sucumbir al hechizo apocalíptico de las noticias, sino que cuando no son lo bastante apocalípticas para él, las reinventa sin ningún pudor. Si los noticieros dan por muerto al jerarca nazi a cuya captura él ha fiado tantas cosas, simplemente les quita de golpe toda credibilidad, para ponérsela de nuevo tan pronto vuelvan a encajar con sus a priori. Este Quijote es un espejo nada deformante de la mayoría de los modernos consumidores de prensa. Descreído, —«el ser humano está hecho de razón, moral e instinto, y la habilidad con que se aprenda a combinar esos tres elementos serán su bendición o su maldición a lo largo de la vida»—, resulta que esta declaración de principios la pone Marco Schwartz nada menos que en boca del último aliento de su protagonista, con el que sostiene un diálogo metafísico a las puertas de la muerte. El libro deviene menos previsible a medida que avanza. Cuando la pesquisa policial salta en pedazos, el cabo Contreras-Panza, aterrado al ver cómo se le desbarata toda la Barataria, implora al Kaplan-Quijote que «vuelva a la realidad» que él mismo lleva toda la novela negando. Es Kaplan quien pone los tristes puntos sobre las íes: «Vuelve a tu casa, a tu familia, a tu trabajo en la policía. Esa es la realidad. Cuídate para que nadie pueda sacarte otra vez de ella». Para endulzar el retorno oficial al realismo, Kaplan no duda en sacar un cheque que zanje las cuitas de Contreras. ¿Por qué entonces éste «rompió a llorar como un niño abandonado, subió llorando a la camioneta, llegó llorando a su casa y no dejó de llorar hasta la madrugada, cuando quedó rendido de tanto llorar»? ¿No será que no sólo de realidad vive el hombre?

viernes, abril 28, 2006

Zigzag, José Carlos Somoza

Plaza y Janés, Barcelona 2006, 569 páginas. 19’90 euros.

César Mallorquí

La primera novela de José Carlos Somoza que cayó en mis manos, La caverna de las ideas (Alfaguara, 2000), me deslumbró. Se trataba de un thriller histórico –género en plena efervescencia ya por aquel entonces- ambientado en la Grecia clásica, pero iba mucho más allá de las constantes del género al convertir el relato en una especie de laberinto de espejos deformantes, una intrincada trama, llena de referencias literarias y simbólicas, en la que un supuesto traductor del texto griego se entrometía en el relato mediante una sucesión de notas al pie progresivamente complejas. Creo que no exagero al afirmar que es una de las novelas más inteligentes que he leído.
Su siguiente obra, Clara y la penumbra (premio Fernando Lara 2001), confirmó las expectativas levantadas. Con ella, Somoza regresaba al thriller, pero más como excusa que como eje de la narración, pues el relato se centraba básicamente en el mundo de la «pintura hiperdramática», una imaginaria forma de arte que usa a las personas como lienzos. Siguiendo los pasos de Clara, una modelo, el texto de Somoza, siempre laberíntico, siempre orientado hacia el misterio, nos introducía en un universo sutilmente deformado donde las personas pueden convertirse en objetos y las fronteras del arte se confunden con las de la muerte.
Pero había en Clara y la penumbra un aspecto que no muchos advirtieron: la novela estaba escrita con técnica —aunque no con temática— de ciencia ficción. En efecto, su base argumental partía de la clásica pregunta del género «qué pasaría si...»; en concreto: «qué pasaría si hubiera un arte que convirtiese a los seres humanos en cosas». Es decir, Somoza empleaba sin complejos los recursos de la literatura de género; el thriller, la novela histórica, la ciencia ficción e incluso el relato erótico, como demostró al ganar en 1996 el premio La Sonrisa Vertical con su obra Silencio de Blanca. Pese a esta evidencia, reconozco que me sorprendió su siguiente trabajo, La dama número trece (Mondadori, 2003), porque se trataba de una novela de terror.
Terror, ahí es nada; quizá sea el género menos cultivado en nuestro país y, sin duda, el más denostado. Pese a adentrarse en aguas tan turbulentas, Somoza superó la prueba componiendo una excelente novela de terror donde brujería y creación artística se mezclaban para conformar un mundo irreal, asfixiante y ominoso. Más tarde apareció el —en mi opinión, fallido— thriller La caja de marfil (Mondadori 2004) y así llegamos a su obra más reciente: Zigzag.
Digámoslo desde el principio: aunque ni los editores ni el autor lo confiesen, Zigzag es pura y nítida ciencia ficción. La trama se centra en Elisa Robledo, una joven licenciada en física teórica que es contratada para participar en un proyecto científico cuyo objetivo se centra en capturar imágenes del pasado. Trasladada a unas instalaciones secretas situadas en una isla del Índico, Elisa asiste al éxito del Proyecto Zigzag al contemplar dos filmaciones, una obtenida del periodo jurásico y otra de la Palestina del siglo I. Pero se produce un fallo y la manipulación de las «cuerdas de tiempo» genera por error una entidad implacable, morbosa y maligna que, lentamente, irá acosando y asesinando a todos los miembros que participaron en el proyecto. En ese punto, la trama se escora levemente hacia el género de terror.
Zigzag es una novela muy bien narrada —como todas las de su autor—, con personajes sólidos, diálogos ágiles e inteligentes, un estilo elegante y fluido, y un argumento hábilmente construido que dosifica con sabiduría la información y mantiene en todo momento el interés. En resumen: una novela muy divertida. El problema —si es que se trata de un problema— es que sólo es eso; lo que ya es mucho, ojo, aunque quizá no lo suficiente. Porque las novelas de Somoza antes citadas se adentraban sin complejos en la literatura de género, pero iban más allá, poseían mayor ambición, eran originales y diferentes. Zigzag, por el contrario, despide cierto aroma a déjà vu, a best seller (sea esto lo que sea), incluso diría que recuerda un poco a las novelas de Michael Crichton... sólo que Somoza escribe mucho mejor, por supuesto.
¿Es Zigzag una obra menor? Quizá. ¿Es un error? No lo creo; en mi opinión, nuestro país anda muy necesitado de sólida literatura de género, y eso es precisamente esta novela: una inteligente y amena, aunque también un tanto intrascendente, novela de ciencia ficción. El único pero que cabe ponerle es que, comparada con las mejores obras de Somoza, Zigzag sabe a poco. En cualquier caso, resulta una lectura abiertamente recomendable para cualquiera que disfrute abandonándose en manos de un gran narrador. Y José Carlos Somoza lo es.

jueves, abril 27, 2006

Colapso. Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen, Jared Diamond

Traducción de Ricardo García Pérez. Debate, Madrid, 2006. 854 páginas. 24 €

Julián Díez

La historia que mi generación estudió en el colegio era la de las batallas y los reyes, y la que vimos en la universidad fue la de los flujos económicos y los movimientos sociales. Jared Diamond nos convence de manera eficaz de que las tendencias económicas, las sociales, las decisiones de los reyes y los resultados de las batallas pueden explicarse a través de cuestiones medioambientales. Parece utópico, algo traído de los pelos o incluso una simple idea de moda, hasta que uno se adentra en las páginas de Colapso y Diamond comienza a sumar argumentos en su favor.
Esta obra del profesor de UCLA que ya consiguió el premio Pulitzer por Armas, gérmenes y acero es un grueso volumen consagrado a exponer, a través de casos concretos —y, como podrían aducir sus adversarios, reduccionistas—, cómo es posible que la supervivencia o el fin de determinadas culturas se haya visto motivado por su capacidad para gestionar bien los recursos naturales de que disponían. En resumen, y para entendernos de manera directa con uno de los ejemplos más claros del volumen: la creativa civilización de la isla de Pascua, capaz de edificar los impresionantes moais, se fue al garete porque, según van demostrando las investigaciones contemporáneas, sus líderes fueron incapaces de ver que la tala indiscriminada de árboles terminaría con todo el armazón económico-social que habían organizado.
Este ejemplo resulta especialmente gráfico y sencillo porque los 20.000 habitantes que la isla pudo tener en su momento de mayor gloria no conocían la existencia de un mundo más allá de sus costas, sino que estaban totalmente aislados. Pero Diamond afronta con igual fortuna la descripción de otras sociedades, tanto victoriosas en un entorno hostil a través de decisiones prudentes, como derrumbadas frente a la escasez de alimentos, de materias primas o de vías de escape externos a través del comercio o la inmigración. Y es capaz de trasladar con igual claridad sus conclusiones a ámbitos más cercanos.
Diamond comienza con un ejemplo aparentemente contrario a sus tesis: describir la tranquila sociedad de Montana, uno de los estados rurales más pobres y con mayor riqueza natural de los Estados Unidos. Sin embargo, en él sabe detectar la génesis de los problemas: el empobrecimiento del suelo, su encarecimiento por ser usado para fines no productivos, la dificultad de tomar decisiones en un medio conservador, lo erróneo de ciertas políticas ecologistas… Con la misma precisión, ofrece explicaciones coherentes a procesos tan dolorosos como los de Ruanda y Haití. Y termina el libro ofreciendo respuestas bastante duras de aceptar —al menos, si uno es o bien un ecologista a machamartillo o un libremercadista a ultranza—. Todo ello con un estilo sencillo, unas argumentaciones perfectamente claras y atención a los argumentos procedentes de todos los ámbitos.
La reseña de la revista Science afirmaba que Colapso puede ser el libro más importante de nuestro tiempo. No soy aficionado a los maximalismos para blurb, pero sí creo que este volumen es una de las más inteligentes y amenas reflexiones que he leído sobre las grandes cuestiones de nuestro tiempo, que trae a nuestro suelo cotidiano reflexiones de auténtica envergadura, y que sería maravilloso que ideas y preocupaciones como las de Diamond encuentren eco en los ámbitos de poder, si es que alguna vez son capaces de mirar más allá del cortoplacismo electoral.

miércoles, abril 26, 2006

El descenso del Monte Morgan, Arthur Miller

Traduc. Carlos Milla Soler. Tusquets, Barcelona, 2006. 132 págs. 12,50 €

Paul M. Viejo

«Quiero dejar de mentir. Así de simple. […] Era un cadáver en aquella cama. Me vestí, subí al coche y me metí en la tormenta.» Una confesión, un resumen de lo ocurrido. «En fin, yo nunca he tenido buen gusto, y los dos lo sabemos. Pero no voy a mentirte […] el buen gusto es eso que a la gente le queda de la vida cuando ya no puede follar.» Otra confesión, una más de las posibles. «Debería estar orgulloso de mí mismo, de este hijo de puta que soy, y lo estoy, lo estoy». Una tercera confesión, de las muchas que pronunciará el señor Felt después de que descienda en su deportivo por la pendiente del Mount Morgan, para caer, atrapado entre la nieve, directamente a una cama del hospital.
Allí encontramos al protagonista de la última obra traducida en España de Arthur Miller (1915-2005) —escrita en 1991, versión definitiva de 1996—, en la cama de un hospital hallamos a Lyman Felt, un rico y triunfador vendedor de seguros, tras sufrir un accidente. A Lyman y también a las visitas que irán a acompañar al paciente: sus dos mujeres. El descenso del Monte Morgan ‘relata’ la historia de un hombre que ha vivido, al menos, dos vidas paralelas, un bígamo que, en el que tal vez sea su último o penúltimo día, ‘sufre’ el infortunio de que las dos mujeres con las que ha contraído matrimonio vayan a encontrarse en la sala de espera del hospital. Es decir, dos mujeres se encuentran en dicha sala y pronto, con una escalada dramática aligerada de tensión, descubrirán la verdad. O una de las verdades.
Porque me temo que nadie en esta obra, incluido el lector, va saber a ciencia cierta qué es la verdad, o cuánto de cierto tiene lo que se nos está contando, y es que el eterno mentiroso —lieman— que es Lyman Felt procederá a dar explicaciones, como las anunciadas al principio de este texto, para explicar el porqué de la mentira, pero también mentirá para explicar la causa de las verdades ocurridas en el pasado. Con una sutileza pasmosa, bien cargada de ironía, la maestría de Miller nos va dando, en dosis medidas, los acontecimientos que tienen lugar a tiempo presente (en la sala de la clínica), en el pasado (las historias de las dos mujeres de Lyman con respecto al propio Lyman), y los pensamientos del accidentado (entre delirios y sueños, adivinaciones y momentos de lúcida realidad). Cuando el protagonista de este descenso trata de calmar a sus alteradas mujeres (le escuchen o no, porque no siempre hablará en el mismo plano que el resto de personajes) recurre, eso dice, a una sinceridad pasmosa («Sé que me he equivocado y me he vuelto a equivocar», página 105), pero también a una cobarde autodefensa («¡En realidad, si tengo el valor de admitir la estúpida verdad, el único que ha sufrido durante estos nueve últimos años he sido yo!», página93) y a una necesidad de verse acusado y juzgado de manera definitiva («Leah, di algo duro y sincero… como tú sabes hacerlo», página 125). Y es que en esto estriba uno de los grandes logros de la obra al completo del dramaturgo americano y de esta en particular: cuando lo que parece que se nos presenta es una crítica a la doble moral (y vida) de la sociedad del autor, puede tornarse según la lectura en una ardua defensa de la sinceridad y de la asunción de los propios actos. Cuando, por el contrario, es el tributo a un bon-vivant lo que parece ensalzarse, no puede el lector evitar reconocer —¡incluso!— cierta asentimiento con la tradicional culpa y redención del cristianismo (desde luego, la elección de las palabras ‘descenso’ y ‘monte’, entre otras, no es casual), para evitar que nadie pueda predefinir una imagen única de Arthur Miller, un cliché, un prejuicio.
De la misma manera que ocurre con su escritura. Porque Miller, que desde luego es uno de los grandes dramaturgos del siglo que terminó, nadie lo duda, y sus obras uno de los mayores ejemplos de textos para ser puestos en escena, como así ha ocurrido, no entra nunca en el debate del teatro para ser visto/teatro para ser leído. No entra porque zanja la cuestión de manera súbita. Tiene El descenso el Monte Morgan una escritura a la que poco podrá objetar un lector que no tenga intención de acudir a un teatro. Junto a —para quien guste— una escenografía simple pero abierta a múltiples posibilidades, un juego de planos y fondos, de sencillo vestirse y desnudarse de los personajes, dispone el dramaturgo una sugerente prosa que hace transitar las escenas ‘a tiempo real’ con los flash-back del argumento de una forma tan sutil que incluso el lector de novela verá con agrado. No es con la disposición de los elementos físicos de la obra (tan solo una cama, apenas, quizá una mesa) sino con el lenguaje, con lo que Miller nos arrastra a lo largo de la pieza para situarnos («Ella ofrecía una imagen muy digna, leyendo en la ventana… parecía un cuadro de Edward Hopper, como hechizada», página 110) o para hacernos avanzar en la acción. Es con la oculta unión de los parlamentos con lo que Miller nos lleva de una escena a otra (no por un cambio de escenario), obligando al lector a imaginar lo que está sucediendo (y no siendo escrito), colocándolo en un lugar activo dentro de una obra que no se ve, o no sólo, sino que se escucha. Es decir, jugando ese papel del autor poco complaciente, alejado desde luego del estereotipo de escritor de un teatro de entretenimiento.
Es decir, una obra para ser leída, y vista, y escuchada e imaginada. Interpretada y reinterpretada, cuestionada y criticada, porque eso es lo que nos ofrece Miller (y nos ofrecerá, al público español al que aún le faltan una cuantas obras por ver traducidas: Broken Glass, Resurrection Blues…): un texto literario sin más clasificaciones: una obra en prosa que se puede colocar sobre un escenario, un texto teatral con los recursos más sugerentes de una novela, de un relato, de una confesión.

martes, abril 25, 2006

Huir de Palermo, José Ovejero

Funambulista, Madrid, 2005. 245 páginas. 15,95 €.

Luis García

La literatura suele, la mayoría de las veces, ser injusta con quienes practican dicha disciplina. Los escritores suelen dormir el sueño de los justos o vivir en el ostracismo hasta que la edición de una de sus obras los convierte en personajes públicos o hasta que se alzan con uno de esos premios de los llamados mayores. Entonces, el autor deja de ser un rara avis para ser arrastrado de ciudad en ciudad promocionando la novela en cuestión, se le entrega a una masa de periodistas que poco o nada saben de literatura y finalmente tiene que responder con la mejor de las sonrisas a preguntas tan estúpidas como «¿cuándo descubrió su vocación de escritor, o que tiene de autobiográfica la misma?.» Son cosas de la parafernalia literaria, del mediático circo que todos, lectores, autores, editores y críticos aceptamos de buen grado, en la esperanza de encontrar algún día esa novela, o de descubrir a ese novelista que justifique tanto escarnio.
José Ovejero pertenece por derecho propio a este grupo. Ganador de reputados premios (el Grandes Viajeros de Ediciones B, el Primavera de Novela....), no nos acaba de entregar sin embargo la historia de su vida, es decir, aquella por la que ser recordado.... literariamente. Siempre he mantenido que lo peor que le puede suceder a un escritor o a alguna obra es que nos olvidemos pronto de ella, que no recordemos de qué trata. Síntoma de que no llegó a cuajar en nuestros corazones. Ahora, la Editorial Funambulista publica con honores de novedad Huir de Palermo, novela de no hace muchos años que editada por Ediciones B ni tan siquiera tuvo el honor de ser reseñada por mas de dos o tres suplementos literarios. Y sin embargo, hay que decir que se trata de una de sus mejores obras, y eso es decir mucho cuando hablamos de José Ovejero, lo que nos llevaría a una segunda reflexión o lectura de la obra que enlazaría directamente con la teoría de su perdurabilidad.
Novela sobre la impostura tratada de forma magistral, como primero hiciera su madre, Luigi Cíngara se dispone a trabajar para Don Alessandro, a la sazón uno de los jefes mafiosos de Palermo, sin tan siquiera preguntarle su cometido. Será contable, que para eso ha estudiado, y como todo contable de película de serie B —demasiado verosímil para mi gusto— morderá la mano que le da de comer, le denunciará y deberá comenzar una nueva vida como testigo protegido, con un nuevo rostro pero no con un nuevo pasado. Ese es a grandes rasgos el tronco de la novela. El resto, que se trata de una historia sobre la imposibilidad de escapar a nuestro destino, por muchos rostros nuevos que tengamos, ya que este, nos guste o no, siempre nos acompañará como una losa.
Una novela, en definitiva, que se lee con gusto y por la que no se aprecia el paso del tiempo. Porque, si una novela no aguanta ni quince años, es poco probable que merezca la pena leerla. ¿Alguien da más?

lunes, abril 24, 2006

Brooklyn Follies, Paul Auster

Traducción de Benito Gómez. Anagrama, Barcelona, 2006. 320 páginas. 18 €

Félix J. Palma

Una pista inequívoca de que un autor tiene todas las papeletas para convertirse en clásico es que su apellido mute en adjetivo. A la excelsa lista de conocidos, entre los que figuran, por ejemplo, «borgiano» o «kafkiano», podemos añadir por derecho propio el vocablo «austeriano», que designa un tipo de historias extraídas del mármol por los cinceles del azar, protagonizadas por seres diezmados y perplejos, siempre inmersos en alguna cruzada delirante e íntima, personajes que el mismo Auster ha bautizado como la Corte de los Hombres Debilitados. El escritor de Brooklyn ha erigido pues un universo único e intransferible, que ha ido trazando con mimo de jardinero zen, y cuya originalidad lo preservará del paso del tiempo.
Pero, ¿con qué puede seguir sorprendiéndonos un autor en cuya bibliografía se incluyen obras tan importantes como La trilogía de Nueva York, La música del azar, El país de las últimas cosas o El palacio de la luna? Basta con echar un vistazo a sus últimas novelas para comprender que Auster, al borde de los sesenta, ha decidido no complicarse demasiado la vida y seguir disfrutando del impulso de narrar, sin pararse demasiado a preguntarse qué. El propio autor ha declarado en una entrevista reciente que sus libros importantes ya están escritos. Y sus lectores más devotos sabemos que eso es cierto, pero que aún así no puede dejar de escribir, ahora con ordenador, aunque lo que produzca no sean ya sino obras menores, pequeños paseos por su jardín encantado, supervisando las rosas que plantó en el pasado. Quizás por eso, porque ya no ha de demostrase nada, una novela tan fallida argumentalmente como La noche del oráculo atesora las mejores páginas que Auster ha escrito nunca.
¿Qué significa Brooklyn Follies en su extensa producción? Poca cosa, si se la compara con sus logros del pasado, y una excelente y amena novela si la comparamos con la mayoría de las que infaman los escaparates. Brooklyn Follies, cuya trama se vertebra sobre el inesperado reencuentro entre el protagonista, Nathan Glass, sobreviviente de un cáncer de pulmón y un divorcio, y su sobrino Tom, un joven prometedor que ahora malvive en Brooklyn, parece estar escrita como el primero escribe El libro de las locuras de los hombres, para entretener la espera de la Parca: «me sentaba a escribir, cerraba los ojos, y dejaba que mis pensamientos vagaran en la dirección que les apeteciese». Ese parece ser el no-plan de Auster, limitarse a dejar vivir a sus personajes, permitir que se relacionen entre ellos mediante los vínculos de la sangre y el azar, invitarles a confesarse sus secretos e ilusiones más recónditas en restaurantes entrañables, y hacerles protagonizar esas modestas peripecias vitales que jalonan la existencia de cada persona. A insuflarles, en fin, una apabullante humanidad. Pues aunque la sustancia argumental no sea otra cosa que un improvisado engarce de anécdotas, algunas de ellas verdaderamente descacharrantes, como la de la maquinilla de afeitar atascada en el inodoro, Auster demuestra nuevamente en Brooklyn Follies que posee una mano maestra para diseñar vidas normales, donde las aspiraciones se derrumban con naturalidad, como la de Tom, el sobrino del protagonista, cuya biografía prometía ser excepcional y que ahora permanece varado en una inesperada mediocridad, hundiéndose más y más en las arenas movedizas de su destino averiado, o su bella y alocada hermana Aurora, juguete a la deriva de su propia belleza. También esta novela, como no podía ser de otro modo, es un tratado sobre cómo el azar incide en nuestras existencias: todo cuanto uno hace en la vida está contaminado por la casualidad, y cada decisión que tomamos, por nimia que sea, despliega ante nosotros un abanico de consecuencias inesperadas.
Brooklyn Follies es, en fin, la novela de un inventor de tramas algo distraído pero un narrador apasionado, deseoso de contarnos lo primero que se le pasa por la cabeza. ¿Y quién puede reprochárselo? Desde luego yo no.

domingo, abril 23, 2006

Aquí estamos: quiénes, qué, por qué



Quiénes: Banda Aparte es un colectivo formado por casi 50 personas, la mayoría escritores, pero también profesores y críticos, dispuestos a recomendar en este sitio un buen libro cada día. Y a mucho más, pero todo se andará.
Porque casi cien ojos ven más que dos.
¿Quieres saber quién es quién en Banda Aparte? Pincha aquí.

Qué: Una cita para lectores inquietos, hambrientos. A diario, un buen libro. A partir de mañana, 24 de abril y de lunes a viernes.
El único criterio: la calidad. Sin olvidar el interesante trabajo de los editores independientes ni dejar fuera ningún género: novela, poesía, relato, ensayo, biografía, epistolarios, cómic, teatro, literatura infantil y juvenil... y todo aquello que puede encontrarse, mejor o peor, al pisar una librería.

Por qué: Porque en un mercado editorial tan saturado como el español, una carta de navegación es necesaria. Para no aburrirse en aguas demasiado mansas, he aquí una tormenta en un vaso.
Disfrutadla, es para vosotros. Feliz (y tormentoso) día del libro.


UNAS POCAS PALABRAS DE ACOMPAÑAMIENTO:

El libro nuestro de cada día y la crítica nuestra de cada día. Literatura y crítica, mal que les pese a algunos, son dos caras de una misma moneda. Estamos en tiempos de inflación en los que puede aplicarse al campo literario la ley económica que dice: «la moneda mala expulsa del mercado la moneda buena». Por eso esta iniciativa me parece «económicamente» necesaria. Que además los responsables sean voces mayoritariamente nuevas es un rasgo pertinente que le añade un plus de evidente atractivo. Habrá que estar atentos a esa tormenta y a ese vaso. Salud, criterio y suerte.
Constantino Bértolo, editor

Compartir la pasión y cultivar el criterio, ¡qué admirable misión la vuestra! Ya de antemano os agradezco vuestra generosa ayuda para construir mi bien más preciado: mi biblioteca.
Alicia Soria, editora

Es una idea muy buena y muy beneficiosa para los lectores y también para las editoriales. Estoy, francamente, contentísima de que se haya podido fraguar este proyecto tan ambicioso, abierto, y al mismo tiempo tan generoso con autores de toda índole.
Alicia Martí, jefa de prensa

Un proyecto interesante, original, divertido, y la verdad es que lo que más deseo es que funcione. Los autores que participan se lo merecen. Es un modo de difundir la buena literatura en boca de autores que saben y la viven.
Sandra Bruna, agente literaria