miércoles, junio 13, 2007

El infierno, José Luis Gracia Mosteo

Premio de Novela Corta Fundación Dosmilnueve. Huerga & Fierro, Madrid, 2007. 152 pp. 14 €

Amadeo Cobas

Asegura José Luis Gracia Mosteo que los escritores, al morir, vamos de cabeza al infierno. No hay salvación posible, así que vaya cada uno haciendo su reserva. ¿Y por qué nos toca semejante condena? Por haber imitado al creador, por jugar a dar vida, por quitarla, administrando a nuestro antojo el tiempo que han de subsistir los personajes creados por nosotros mismos.
En el infierno. Allí están Lope de Vega, de tan inusitada capacidad escritora como tan salaz coleccionista de amantes; Alonso Quijano en el umbral de la muerte, haciendo balance de las aventuras de un caballero al que conoció, un tal don Quijote de la Mancha; Mallarmé y su soberbia por recrear la belleza; Sender está por causa no de sus pecados de juventud, sino por los de vejez...
Y allí está Gracia Mosteo, con más merecimiento que ninguno, por crápula, escritor sin pelos en la lengua y adulador de mujeres bonitas. Que, como él mismo diría: son todas.
Pero en este libro hay más. Porque esta obra está trufada de erudición, donde el autor muestra su paciente búsqueda (como «ratón de biblioteca» se define) en la biografía de los autores retratados, condenados a purgar sus excesos en el infierno, destacando a su vez esa capacidad suya de crítico literario avezado, de ésos que saben diferenciar las virtudes del buen literato de los trucos de un pasable narrador. No falta humor. Ese humor socarrón aragonés del que hace gala, visual e irreverente: «siempre he pensado que Dios es un fisgón pero también un plasta: a todas las horas sermoneando». Tampoco faltan vituperios hacia la parcialidad de algunos críticos que pululan por la «República de las Letras», a los que conmina a «abrir el libro y leer».
¿Por qué? Porque como él mismo dice: «Dios es el tiempo, y el reloj, su profeta». Y este reloj devora sus propias horas, las de pedir cuentas, y en la duodécima debe rendirlas el propio Mosteo, luego de ser insultado por sus compañeros de letras, que le han precedido en la caída en el infierno. Destaca un tal Borges, que se ensaña sobremanera con el autor recién caído, al que lo mismo denomina bisoño como mal escritor.
En definitiva, en El infierno, con el látigo en la mano, José Luis Gracia Mosteo fustiga los egos de muchos escritores inmortales, sacándoles los colores con ánimo en ocasiones conciliador y en ocasiones enrabietado por el desmoronamiento de la imagen que tenía del ídolo. Debería estar prohibido que llegue a nuestros oídos la vida secreta de los héroes, de cualquier clase que sean, que han jalonado nuestro crecimiento, para evitar que conozcamos sus miserias. Y se nos derrumbe el ídolo.

martes, junio 12, 2007

Lucille (vol. 1), Ludovic Debeurme

Dibujo: Ludovic Debeurne. Rotulación: JMP. Trad. Manel Domínguez. Norma, Barcelona, 2007. 544 pp. 29,50 €

Ricardo Triviño

Leer Lucille de Ludovic Debeurne resulta un extraño placer. Produce compasión, horror, alegría, esperanza, desapego, empatía, ternura, amargor. Sumerge al lector en tal cúmulo de emociones que le impide detenerse, lo impulsa a seguir buscando cuál será el futuro incierto de esos dos adolescentes tan distintos y a la vez tan parecidos.
Lucille es hija única y vive con su madre desde el divorcio. No tienen problemas económicos y su casa es grande, pero detesta su cuerpo y no come, deja que su figura se consuma, esperando ser la mariposa que abandona su pasado de gusano. Arthur es hijo de pescadores y vive con sus padres y su hermano. Carga con el peso de la familia y la responsabilidad le impide marcharse, a pesar de que su verdadero deseo sería huir lejos, muy lejos. Ambos anhelan otra vida, otros cuerpos. Dos historias que corren paralelas hasta que se cruzan en un nimio, diminuto suceso. Y luego otra vez, y otra vez, hasta su fuga.
Los dos personajes marcharán a la desesperada, sin saber a dónde, intentando deslastrar inútilmente el peso de la vida atada a sus tobillos, porque su vida son sus pies, sus manos, sus brazos, sus labios, sus oídos. Ellos arrastran su propia cárcel, y Debeurne sabe que el mayor problema de los habitantes del llamado primer mundo es la no aceptación de uno mismo, ya sea por razones psicológicas o sociales. El hormiguero del bienestar rasga su máscara mediática, espada de Damocles, para mostrar la insatisfacción de sus insectos y su extrema debilidad. Capítulo tras capítulo, se intercalan ilustraciones inquietantes de humanos con cuerpos de abeja, oruga, mosca, que miran fijamente al lector entre suplicantes y acusadores.
Partiendo de un dibujo feísta, que recuerda al de Paco Alcázar, Debeurne va modificando su estilo. De las desazonadoras imágenes de los primeros capítulos, de personajes con cabezas enormes, calaveras llenas de incesantes pensamientos y ahogos, Lucille y Arthur van estilizándose, van volviéndose bellos sin sustituir sus cuerpos, simplemente superando la deformación culturalmente inculcada, asimilándose a través del amor, frase un tanto cursi que refleja perfectamente el mejor remedio para las enfermedades del alma. Ambos se quieren y rompen las barreras que cada persona construye diariamente a su alrededor, fingidos muros de protección para una celda de aislamiento. Hablan, explican sus preocupaciones, sus miedos, y prueban a solucionarlos conjuntamente. Se desahoga el uno en el pozo del otro. Comparten la ansiedad de vivir en el mundo actual.
Debeurne evita el recuadro de las viñetas y permite que el dibujo corra libremente por la página, dándole una composición fluida que ayuda a la lectura de un tema tan denso. Al irse puliendo el estilo, volviéndose más limpio, menos recargado, se percibe cierta sensación de tranquilidad, de liberación. Los diálogos son de una sinceridad y una contundencia a prueba de piedras, sintetizando a la perfección las ideas principales. La rotulación de los mismos ha sido acertadamente hecha toda a mano, sustituyendo la uniformidad tipográfica tan extendida hoy en día en el ámbito del cómic por la tradicional escritura a mano, con sus letras, aunque imperfectas, únicas y por eso hermosas.

lunes, junio 11, 2007

Mi hermano Étienne, Óscar Esquivias

Edelvives, Zaragoza, 2007. 222 pp. 8,70 €

Pedro M. Domene

En las primeras páginas de Mi hermano Étienne, una voz se queja de lo pronto que la villa ha olvidado a sus hombres célebres; a aquéllos que como él, ¡pobres muchachos!, lucharon por la libertad y la gloria de la nación. La Historia siempre abandona a sus héroes pero, con este relato, que muestra el signo de los valientes algunos años después, un octogenario narrador pretende preservar la memoria de uno de ellos, su hermano, para que todos sepan que el más generoso de los hijos de Francia, nació en La Savarite, una aldea cercana a Montbrun.
Étienne Galeron solicita, al comienzo de la novela, la ayuda de su hermano pequeño Roch, el personaje-narrador, que vive con el resto de la familia en un pequeño pueblo de los Pirineos Meridionales, a la espera de esos acontecimientos que una Revolución convulsa provocará en el ánimo de algunos ciudadanos franceses que no terminan de asumir los cambios propiciados por la república. Roch ansía la vuelta del valiente hermano, confinado en un seminario de la Borgoña, porque éste le ha enviado una misteriosa misiva donde le comunica que ha abandonado sus votos para alistarse en el ejército; en realidad, éste y no otro, es el motivo y la trama novelesca para contar una historia que persigue, por encima de todo, descubrir la verdad de esa terrible decisión adoptada por el hermano, un relato que contribuye, además, a esclarecer esas posteriores misiones secretas encomendadas contra los españoles que se irán desvelando en los capítulos siguientes o para que, de alguna manera, nunca se pierda la memoria de estos hechos.
Óscar Esquivias (Burgos, 1972) ya se había aventurado en la narrativa juvenil con una anterior entrega, Huye de mí, rubio (2002), ambientada en esa brutal realidad de violencia que viven algunos de los países centroamericanos en la actualidad. Quizá la finalidad de estos relatos, exclusivos de un público lector joven, sea precisamente la de ensayar historias creíbles que incluyan no pocos interrogantes que obliguen a reflexionar a esos lectores tan cómodos como exigentes y, por otra parte, descubran el valor que supone la vida en situaciones adversas, o la importancia del bienestar y la felicidad, la angustia o el dolor, tanto el propio como el ajeno, la amistad o la enemistad, el bien o el mal, la libertad y la justicia o lo hermoso de un concepto tan vilipendiado como el de la paz, en definitiva.
En esta ocasión, Esquivias se sirve de un trasfondo histórico, diciembre de 1793, cuando la Revolución Francesa proyecta su mayor momento de radicalismo, para reflexionar también sobre algunas de las cuestiones apuntadas porque la Historia ofrece, en igual proporción, la enseñanza de un pasado y de unos acontecimientos que, indiscutiblemente, se concretan en un futuro presente. Mi hermano Étienne cuenta parte de una historia familiar: el narrador tiene doce años en el momento de la acción, vive bajo la autoridad del severo abuelo Galeron, con su madre, viuda, y sus dos hermanas, porque el hermano mayor, Adrien, ha muerto en la guerra y Étienne, quien le precede, ha huido del seminario, y lo ha convertido en su confidente a través de una carta donde le da detalles de su paradero y cuenta cómo se ha alistado en un escuadrón de húsares porque pertenece al círculo cercano del ciudadano Robespierre. Paralelamente, y para configurar mejor la ambientación histórica gala, otros personajes deambulan por la casa (un enigmático y oscuro maestro de música, el señor Ribalet), se cuentan algunos episodios graciosos acerca de la cercana familia Lescoteaux y la señorita Agathe, se siguen las doctrinas del padre Nief que vista frecuentemente la casa, o el joven valiente vive las desventuras del judío Vidal. En las páginas que siguen a esta somera introducción, se decide la suerte y la aventura que corren algunos de los miembros de esta familia, mientras otros temen por sus vidas; episodios protagonizados por el joven Roch, quien se arma de valor para localizar el paradero de su hermano, porque el mismo Robespierre le ha encargado una secreta misión que a nadie debe desvelar, ni siquiera a sus seres más queridos que (como cabría esperar) temerán por su vida, confinado como está en las mazmorras del castillo de Foix, de donde logrará huir con la ayuda de su hermano pequeño.
Esquivias logra ambientar, con sabiduría, una obra pretendidamente juvenil, aunque con la maestría de un narrador que dosifica los datos históricos incorporados a su relato, así como la acción contenida y creíble que sostiene la historia contada. Al margen de aparecer en una colección para jóvenes lectores, bien vale echarle un vistazo a esta novela que se propone mostrarnos buena parte de un pasado, junto a alguno de los valores humanos más elementales.

viernes, junio 08, 2007

Doble mirada: La Universidad Desconocida, Roberto Bolaño

Anagrama, Barcelona, 2007. 424 pp. 20 €

1.
Juan Marqués

Todavía es demasiado temprano para saber quién fue Roberto Bolaño y cuál fue su aportación a la literatura, pero parece evidente que el prestigio que se ha instalado sobre su nombre y su obra es mucho más que una moda o un malentendido pasajero. Después de la aparición de la apoteósica (y apocalíptica) 2666 (seguramente una de las mejores novelas escritas nunca en castellano, un sublime acercamiento al mal en el que sentimos que Bolaño estuvo a punto de acceder a una verdad desconocida e insoportable), que se unía a Los detectives salvajes, Amuleto, o esa obra maestra de página y media titulada “Jim” (cuento incluido en El gaucho insufrible), como muestras del talento abrumador del escritor chileno, nos llega ahora reunida toda su obra poética, tal como él —al parecer— la tenía ordenada y preparada.
La Universidad Desconocida es, desde luego, un libro irregular en todos los sentidos. Uno estaría tentado a decir que Bolaño era mejor prosista que versificador, pero parece fuera de lugar en autores tan grandes como él, en los que toda la obra participa de algo mágico y mayor. Sin embargo, creo que lo mejor de este libro está en los fragmentos en prosa, y especialmente en los que, bajo el título “Gente que se aleja”, ya se publicaron en Amberes: 57 párrafos en los que se insinúa una de esas historias inquietantes que él sabía forjar, concebidos desde un punto de vista explícitamente cinematográfico, como queda claro en “acotaciones” del tipo «Fundido en negro», «Primer plano de...», «La cámara se va alejando» (y es, por cierto, una película que podría dirigir David Lynch: bucles temporales, policías y detectives, pasillos siniestros, chalets abandonados, sexo mecánico, mujeres sin boca, un «jorobadito»...). Hay un personaje que afirma que «escribo para ver qué pasa con la inmovilidad y no para gustar» (p. 222) y no es difícil ver en ello una declaración de principios del propio Bolaño, así como, seguramente, cuando de otro (¿o el mismo?) personaje se dice que «Nunca ha pedido gran cosa de la vida, le basta con un cuarto y tiempo libre para leer» (p. 188).
Cuando escribía esas páginas, a comienzos de los años 80, trabajaba como vigilante en un camping de la costa catalana. Para entonces no podía saber que había superado ya el ecuador de su vida, pero quizá sí pudiera intuir que a partir de entonces su etapa de aprendiz de escritor se acababa y que iban a empezar a llegar los buenos resultados. Mientras tanto, seguía escribiendo furiosamente, y buena parte de ello en verso.
Pero también esta poesía en verso es vocacionalmente narrativa en Bolaño, y, desde luego, antisolemne, alérgica a cualquier intento de responder a las preguntas que no se pueden responder o que no tienen respuesta (aunque, paradójicamente, a veces con esa actitud se llega a una respuesta convincente): «El misterio del amor siempre es/ el misterio del amor/ y ahora son las doce del día y/ estoy desayunando un vaso de té/ mientras la lluvia se desliza/ por los pilares blancos/ del puente.» (p. 148).
A mí tampoco me gusta escribir sobre lo que no comprendo del todo, así que resulta difícil escribir sobre un libro como éste, tan preñado de misterios, tan lleno de interrogantes, desde su mismo título (esa Universidad que aparece aquí y allá en los poemas), y de obsesiones privadas: una tal Lisa, un tal Gaspar, Chile, México, Barcelona, los «detectives», la lluvia, los faros, o incluso ese omnipresente “Roberto Bolaño” que podría considerarse —muy significativamente— el protagonista del libro, el habitante principal de La Universidad Desconocida.
¿A quién se dirige ese precioso poema titulado “Tardes de Barcelona” y qué significa?: «En el centro del texto/ está la lepra.// Estoy bien. Escribo/ mucho. Te/ quiero mucho.» (p. 164). Quizá lo más fascinante de Bolaño sea precisamente la imposibilidad de descifrar completamente los enigmas que construye en sus páginas, en las que se baraja su vida íntima, su memoria, su fantasía, la literatura o la metaliteratura, y creo que en este libro podemos encontrar también la mejor definición posible de su obra, ahora y en el futuro: «Un sueño maravilloso/ que atraviesa países y años/ Un sueño maravilloso/ que atraviesa enfermedades y ausencias» (p. 402).



2.
Esther García Llovet

Roberto Bolaño tenía cincuenta años el día de su muerte, pero sigue vivo con veinticinco y a los veinticinco sólo se pueden hacer tres cosas en este mundo, y hacerlas hasta el agotamiento: follar, perderse y atravesar el horror con los ojos muy abiertos.
Bolaño, Belano, Mario Santiago, los detectives, las drogadictas, los poetas, los asesinos, García Madero, las prostitutas, el jorobadito, los policías, los ladrones, el vigilante nocturno del camping de playa: todos veinticinco años. Sólo escribiendo se puede superar o se puede perpetuar esta edad y no morir nunca y eso hizo Bolaño dando diente contra diente: escribir hasta el agotamiento, que es lo más parecido a follar, perderse y atravesar el horror con los ojos muy abiertos.
A los siete ya escribía. Sería en Valparaíso o en Viña o en Quilpué. A los quince se marcha con su familia a México D.F, la ciudad DiFunta y el dos de octubre del 68 ocurre la matanza de Tlatelolco que luego relataría en Amuleto y en Los detectives salvajes. Entre el 72 y el 75 su vida se torna rabiosa, feroz y rocambolesca, aunque él quizás hubiera preferido denominarla rock-and-rolesca, al ritmo de Elvis Presley en un mustang blanco: vuelve en autobús a Chile (donde es detenido una corta temporada bajo la dictadura pinochetista), se va a El Salvador (y allí contacta con un grupo guerrillero entre los que se encuentran los asesinos del poeta Roque Dalton) y regresa a México en 1975. En el D.F. conoce a Mario Santiago (el Ulises de Los detectives salvajes) y fundan el Movimiento Infrarrealista al que se unen Bruno Montané, “Papasquiaro”, José Vicente Anaya y otros jóvenes poetas, reuniéndose habitualmente en la cafetería La Habana de la calle Bucareli.
En 1976, por razones familiares, se va a vivir con su hermana y su madre a Barcelona y a la Costa Brava. Trabaja como vigilante nocturno del camping “Estrella del mar”, como vendedor de bisutería, lavaplatos, estibador del muelle, vendimiador, sin dejar de escribir ni una sola noche, acostado sobre la mesa de una trastienda, «más pobre que las ratas». En 1979 escribe a dos manos Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce junto con Antoni García Porta. «Jugábamos al futbolín y planeábamos escribir un guión de cine», dirá G. Porta.
Ha publicado en México los libros de poemas Reinventar el amor y Muchachos desnudos bajo el arco iris de fuego. Trabaja de día y escribe de noche y algunas tardes se va a bucear a la escollera y mira los pulpos bajo el agua. Lee: a Nicanor Parra, a Sor Juana Inés de la Cruz, a Philip K. Dick, a Alfonso Reyes, a Borges, a Mark Twain, a Rodolfo Wilcock.
De los poetas, de la poesía, dirá en una entrevista al Playboy de Chile, muy poco antes de su muerte: «Son mejores los paracaidistas (poetas) que descienden envueltos en llamas o, ya de plano, aquellos a los que no se les abre el paracaídas».
En 1979 Roberto Bolaño ha cumplido ya los veinticinco.



(Cafetería Calle Bucareli. México D.F.)
«Parecía un gusano blanco con sombrero de paja y un Delicados
Colgando del labio inferior
Parecía un chileno de veintidós años entrando en el Café
La Habana
y observando a una muchacha rubia
sentada en el fondo»




(Calle Bucareli. México D.F.)

«Un minuto de soledad
la frente apoyada
En el hielo de la ventana
Y los tranvías
En los alrededores
De Bucareli
Con muchachas fantasamales
Que se despiden
Al otro lado de la ventana
Y el ruido de los automóviles
A las 3. A.M.»




(Librería Calle Donceles. México D.F.)

«Libros para que lea mi hijo
La biblioteca de Lautaro
Que deberá resistir
Otras lluvias
Y otros calores infernales»



(San Miguel de Allende. México)

«Y viajaba como un trompo
Por los pueblos del norte de México
Sin atreverse a dar el paso
Sin decidirse
a bajar al D.F.»



(Veracruz, México)

«El recuerdo la hacía llorar en aquél cuarto del Hotel Trébol,
Espaciosos y oscuro, con baño y bidet, el sitio ideal
Para vivir durante algunos años. El sitio ideal para escribir
Un libro de memorias apócrifas o un ramillete
De poemas de terror (...)»



(Catedral Metropolitana. México D.F.)

«Luz que vi como una sola daga levitando en
El altar de los sacrificios del D.F., el aire
Cantado por el Dr. Atl, el aire inmundo que
Intentó atrapar a Mario Santiago. Ah, la jodida
Luz. (...)»

(*): En julio de 2006 fui a México D.F. en busca del rastro de Los detectives salvajes. Roberto Bolaño había muerto en Barcelona tres años antes. Mario Santiago había muerto en el 98, atropellado en la calle. Del D.F. que conocieron apenas quedó nada tras el terremoto del 85. Esto fue todo lo que encontré de ellos.
Los poemas corresponden a La Universidad desconocida.

jueves, junio 07, 2007

Vila-Matas portátil: un escritor ante la crítica, Margarita Heredia

Candaya, Canet de Mar, 2007. 480 pp. 24 €

Miguel Sanfeliu

Enrique Vila-Matas no existe.
Decidido a abandonar el mundo real para convertirse en un personaje literario, se esconde en sus libros, se convierte en materia narrativa. Así que Vila-Matas no existe. La ficción ha terminado por engullirle. Utiliza mecanismos propios del ensayo para luego narrar sucesos inventados. Se ha convertido en un personaje de novela, algo extraño y despistado. Naturalmente, hay gente que no cree en esto y piensa que Vila-Matas es un escritor de carne y hueso, autor de libros ya indispensables en nuestra tradición literaria. Bueno, dejémosles soñar.
Muchos de estos soñadores se dan cita en el libro Vila-Matas portátil, en un intento por buscar a un autor de referencia, indispensable, ingenioso, que maneja la ironía de un modo magistral y mezcla la realidad con la ficción hundiéndose cada vez más en una niebla literaria de contornos que se difuminan, hasta el punto que no son pocos los que ya no saben cómo catalogar los libros de este autor: ¿Novela? ¿Ensayo? ¿Autobiografía? ¿Miscelánea? ¿Autoficción, como él mismo propone? Porque lo curioso del caso es que el personaje llamado Vila-Matas ha sido creado por un escritor que también se llama Vila-Matas.
Este libro que ofrece la editorial Candaya, se propone la ardua tarea de sacar al escritor de su mundo, explicar su misterio. Para ello, decide buscarlo rastreando en sus libros. Con este fin, se recoge lo que diversos autores han escrito sobre las obras de Vila-Matas a lo largo de los años, escritos que se catalogan en dieciséis secciones que corresponden a otros tantos títulos de la producción del autor barcelonés, desde “La asesina ilustrada” hasta “Doctor Pasavento”. Son textos rescatados de muy distinta procedencia: semblanzas, homenajes, retratos, críticas literarias… publicados en diversos medios y diferentes momentos. Su obra queda así escudriñada, con criterio profesional, extrayendo la esencia de un autor que se escabulle una y otra vez, pese a que conseguimos vislumbrarlo, asomarse tímidamente de vez en cuando.
El libro nace como un proyecto coordinado por Margarita Heredia, quien nos explica en el prólogo que Vila-Matas ya gozaba de un reconocido prestigio en México, aunque aún era un autor minoritario, cuando decidió escribir una tesis sobre él, en el año 1994. Pensó que encontraría documentación suficiente en España. Visitó la Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid, comprobando con sorpresa que Vila-Matas, sencillamente, no existía allí. Por extraño que le pudiera parecer, era más conocido en México que en España. Se dedicó pues a recopilar notas de distinta procedencia que hicieran referencia a este escritor. Desde entonces, mucho es, desde luego, lo que se ha escrito sobre la obra y la figura de Enrique Vila-Matas, y de ello quiere este libro hacerse eco, recopilando diversos escritos con el fin de obtener un retrato del mismo, firmados por autores de renombre como Mercedes Monmany, Roberto Bolaño, Sergio Pitol, Ignacio Echeverría, Rodrigo Fresán, Ignacio Martínez de Pisón, Sergi Pámies, Antonio Tabucchi, José María Guelbenzu, Juan Villoro, Justo Navarro, Ignacio Vidal-Folch, Álvaro Enrigue, Pedro Domene, Alan Pauls, Juan Antonio Masóliver Ródenas, Ray Loriga, Jorge Herralde, Juan Villoro y un largo etcétera.
Primero, el propio Vila-Matas se encarga de escribir una breve autobiografía que no tarda en desviarse hacia los terrenos en que la realidad comienza a mezclarse con la ficción, como es normal en él. Y a continuación realiza un rápido repaso a sus libros, dedicando unas breves palabras a cada uno, en las que nos explica qué es lo que pretendía con cada texto, hablando con sinceridad, aunque sin abandonar la ironía que tan bien cultiva. Por ejemplo, al referirse a su libro “Impostura” dice que en él se desaprovecha la historia debido a su “impericia juvenil”; y termina con una de esas frases vilamatianas que tanto fascinan a sus seguidores: «Desde entonces, el misterio de nuestra verdadera identidad personal es uno de mis temas preferidos, según los críticos».
Y esos críticos, que desfilan por las páginas de este volumen, si coinciden en algo es en clasificarlo como un autor raro. Probablemente sea la palabra “raro” la que más se repita a la hora de intentar definirlo. Ignacio Echevarría destaca como el principal atractivo de Vila-Matas: «una voz narradora embargada por una extraña mezcla de lucidez y delirio, de impostura y sinceridad, de incongruencia y arrebato». Juan Antonio Masoliver escribe que: «En cualquier página de Enrique Vila-Matas encontramos las páginas de un libro infinito siempre familiar y siempre drásticamente distinto». Rafael Conte no duda en afirmar que en la obra de este autor «Todo es juego, parodia, humor, cultura y desesperación, pero donde una evidente profundidad va desmintiendo siempre también su aparente ligereza». Toda una batería de alabanzas, rendidas a la grandeza e importancia de alguien que está reformulando los principios de la novela, mezclando géneros, respondiendo a retos personales que intentan delimitar qué cosa es la literatura y cómo la hacemos nuestra, cómo forma parte de nuestras vivencias del mismo modo, o aún con mayor intensidad, que la propia realidad. Está claro que ante la famosa dicotomía entre realidad y ficción, Vila-Matas se decanta por ésta última.
También encontramos algunas entrevistas a lo largo del libro, todas sin desperdicio, que nos permiten disponer de la visión del autor sobre su propia obra. Por ejemplo, a Ignacio Vidal-Folch le dice: «Todo escritor es un gran embaucador. Igual que lo es la propia naturaleza. Yo lo que hago es ficción». En otro momento Vila-Matas le confiesa a Rodrigo Fresán: «he ido creando tantos personajes e historias que yo siento de verdad aunque sean falsas que ahora me doy cuenta que nunca sabré quién soy por culpa de escribir». A Echeverría le desvela que: «el autor de mis escritos no soy yo mismo, sino otro personaje, el personaje fantasmal del escritor».
Todos los textos resultan interesantes y esclarecedores. En algunos se hace especial referencia a la personalidad del escritor, ya que los firman gente que lo ha tratado personalmente y nos brindan pequeñas semblanzas o nos narran curiosas anécdotas. De este modo, Christopher Domínguez Michael lo define como «uno de esos hombres-literatura que hacen fantástica la existencia». Ignacio Martínez de Pisón nos avisa de que le pueden ocurrir cosas muy raras a uno cuando viaja con Enrique Vila-Matas. Sergio Pitol dice que a este autor «le es imposible posar ante sus lectores o sus amigos como un intelectual pomposo, engreído, imperial, sino como un mero hombre de letras que jamás emite una respuesta absoluta, contundente ni totalitaria. Su elegancia, su cortesía, su sentido común se lo impedirían». Juan Villoro cuenta, entre otras cosas, que en el mismo momento en que Vila-Matas visitó México por primera vez, éste empezó a ser un lugar raro donde ocurrían cosas raras; y refiere la relación entre la preocupación de Vila-Matas por el suicidio y el hecho de que su última recopilación de artículos la publique la editorial Sexto Piso, llamada así precisamente porque ésa parece ser la altura ideal para lanzarse al vacío, concluyendo con el hecho de que Vila-Matas vive hace muchos años en un sexto piso. Y entonces levanto la vista del libro y caigo en la cuenta de que también yo vivo en un sexto piso.
El libro contiene, además, un DVD de treinta minutos de duración, que recoge un encuentro entre Vila-Matas y el escritor mexicano Juan Villoro. Un documento muy interesante, de gran valor para mitómanos, curiosos y devotos de las entrevistas y de lo literario en general. Es un complemento no menor para un libro que disfrutarán enormemente todos los amantes de la escritura de un autor inclasificable y gigantesco llamado Enrique Vila-Matas, quien en un momento dado nos confiesa que «quizá la literatura sea eso: inventar otra vida que bien podría ser la nuestra, inventar un doble».

miércoles, junio 06, 2007

Puente de pájaros, Barry Hughart

Trad. Carlos Gardini. Bibliópolis, Madrid, 2007. 256 pp. 18,95 €

Julián Díez

Buenas noticias: todavía quedan por ahí obras inéditas que suponen un verdadero jalón en el territorio de la literatura fantástica. Si la acumulación de novedades de género de los últimos años —un vendaval de títulos en muchos casos clónicos e indiferenciables, en demasiadas ocasiones de trabajosa inmersión y difícil recompensa—, había generado en algunos veteranos como yo mismo una mezcla de hartazgo y desorientación, aquí viene una novela repescada que vale muchísimo la pena. Un clásico de hace veinte años del que nada sabíamos. Un título, en suma, que nos devuelve la fe.
Puente de pájaros no debería haber permanecido fuera del alcance del lector castellano hasta hoy. Es una novela divertida, escrita con gran finura; uno de esos raros hitos —particularmente en nuestro campo— en los que amenidad y criterio literario se dan la mano. Además, ganó el Premio Mundial de Fantasía, ex aequo con una novela celebrada como clásico, Bosque Mitago, de Robert Holdstock. ¿Por qué, entonces, dar de lado esta pequeña joya de Barry Hughart durante veinte años? Supongo que la respuesta es sencilla: la acción se desarrolla en una antigua China mítica. Un tema aparentemente poco comercial y escasamente apetecible. Sinceramente, creo que la razón será un apriorismo de este tipo, puesto que al editor de cualquier colección le hubiera bastado leer tres páginas de Puente de pájaros para tener ganas de seguir disfrutando de su fino sentido del humor.
Se me ocurre mencionar un paralelismo entre esta obra y otra publicada por Bibliópolis, Tú, el inmortal, de Roger Zelazny. Ésta fue también ex aequo en un premio, el Hugo, y ensombrecida en parte por la otra ganadora, Dune. Las dos obras vencedoras son novelas célebres, narraciones corpulentas, con una pirotecnia poderosa, que han cautivado a generaciones de lectores —sobre todo Dune, claro—. Pero tanto Tú, el inmortal como Puente de pájaros son, por su parte, trabajos de gran finura, de acabado exquisito, que ofrecen auténtica satisfacción al lector y merecen contar cada uno con su hueco en la gran historia del género. Bueno es que Bibliópolis haya tenido el buen juicio de recuperar ambas.
El punto fuerte de la trama son las pequeñas anécdotas que se acumulan en torno a la peripecia de la pareja protagonista, el joven fortachón Buey Número Diez y el anciano sabio y borrachuzo Li Kao, que mira a las muchachas hermosas pensando lo que hubiera hecho con ellas cuando sólo tenía noventa años. Ambos aventureros se comportan como dos clásicos pícaros, sacando partido de las debilidades ajenas con su desparpajo, en sucesivas aventuras originadas en la búsqueda conjunta a la solución de una enfermedad que sufren los niños de la aldea del primero.
Lejos de resultar cansino por el barroquismo algo empalagoso que suele acompañar a las emulaciones de la cultura oriental por parte de los occidentales, el pulso narrativo de Hughart es verdaderamente impecable. En el relato no paran de ocurrir cosas, y las florituras que en el estereotipo atribuimos inmediatamente al lenguaje chino son empleadas con sabiduría para aumentar los efectos expresivos —y, notablemente, cómicos— del relato. Al lector, como le ocurrirá a mí, le surgirá la sonrisa en los labios en más de una ocasión ante las brillantes salidas de Li Kao o el ingenio que progresivamente se incorpora al comportamiento de Buey Número Diez. La galería de secundarios, descritos con pinceladas y contundentes motes, contribuye de manera clave a que el relato eluda el peligro —que a veces parece acecharle— de caer en la reiteración.
Deseo muy especialmente que en esta ocasión mi reseña sea útil. Se trata de un título que podría pasar fácilmente inadvertido, y que sin embargo puede convertirse en una de las revelaciones de la temporada si el boca a boca —eso que funcionaba antes, cuando curiosamente existían menos medios de contacto entre los lectores— echa a rodar. No es fácil divertirse de manera inteligente con un libro en la actualidad, y por ello hay que celebrar Puente de pájaros como se merece.

martes, junio 05, 2007

Alumbramiento, Andrés Neuman

Páginas de Espuma, Madrid, 2006. 166 páginas. 14€

Luis Manuel Ruiz

Se ha hablado de él como el clásico indiscutible de nuestra generación, esa entidad difusa que abarca a los nacidos entre el 68 y el 86, y revisando su abultado currículo cuesta no rendirse al dictamen: Andrés Neuman ha sabido comprimir en ocho años de carrera una bibliografía que disculparía a cualquier otro escritor menos prolífico o versátil. Iniciado en el campo de la poesía con una adaptación personal de los postulados de la Escuela de la Experiencia, Neuman se lanzó enseguida al género en el que parece hallarse más cómodo y que sin duda le ha ofrecido mejores frutos, el relato corto, picoteando también en la novela experimental o la new age —así, La vida en las ventanas (Espasa, 2002), una iluminadora reflexión sobre el universo paralelo de Internet—. Concentrado, más sintético que analítico, el estilo de Neuman da lo mejor de sí en las distancias cortas, y por ello no sorprende que se haya atrevido incluso con esa exigente variedad de la poesía que es el aforismo. El desigual resultado se halla en cualquiera de los decálogos, dodecálogos o folletos de instrucciones narrativas que suelen cerrar sus libros de cuentos, o en el muy curioso y atípico El equilibrista (Acantilado, 2005).
Alumbramiento, la obra que nos ocupa, transita por los mismos rumbos de sus anteriores recopilaciones: textos de extensión irregular, con un estilo abrillantado y con frecuentes concesiones a la lírica que se encargan de orear, o al menos de intentarlo, los aspectos menos descubiertos de nuestra experiencia cotidiana. La primera parte del libro se compone de una serie de cuentos que procuran alumbrar (el título no es ocioso) el rol masculino tal y como nuestra sociedad lo ha concebido para hacer hincapié en sus límites y contradicciones. El texto que abre el volumen y le presta nombre define ya los objetivos de esta primera parte: en un quirófano, un hombre va a dar a luz. Del punto de vista que Neuman adopta parece poder desprenderse que la masculinidad renuncia a menudo, por superstición, por hábito, por presión social, a una zona de sombra que podría contribuir a enriquecerla y a aproximarla a ese lado contrario del que tradicionalmente se la desvincula, el mundo de la mujer, si es que esa expresión posee algún sentido. La segunda parte, tal vez la más conseguida, contiene una exhibición del talento de Neuman para la miniatura: según él mismo define esta colección de microrrelatos o short shorts, se trata de “una colección de chispazos narrativos, otra forma de alumbramiento”. Con su habitual desenvoltura para la frase corta, nos ofrece un ramillete de reflexiones, chistes, agudezas sobre los temas que le son más predilectos: la ambigüedad del deseo, la distancia entre el ser y sus sucedáneos, la educación sentimental de la primera infancia. Tras una tercera parte dedicada a divagaciones irónicas sobre el mundo literario y sus alrededores (la traducción, la lectura, el autor y sus dobles), el libro se cierra con los acostumbrados códigos de leyes con que Neuman sigue instruyéndonos en el arte de la escritura creativa y que algún día, supongo, recogerá bajo un título común como Instrucciones para dar cuerda a un cuento o algo similar. Uno puede estar de acuerdo o no con su poética, pero es de justicia reconocer que esta continua labor de feed back y la meditación sobre la propia labor literaria contribuyen a iluminar muchos aspectos de la profesión que a menudo pasan desapercibidos en el acto de la escritura.
En suma, Alumbramiento parece un capítulo más de la ingente obra que Neuman construye desde sus inicios: una epopeya en estilo menor de nuestras perplejidades cotidianas, una mirada tierna, lúcida, humorística al mundo que nos envuelve y que en ocasiones no coincide con las postales que tratan de retratarlo.

lunes, junio 04, 2007

Por el camino de Ulectra, Martín Casariego

IV Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil. Anaya, Madrid, 2007. 173 pp. 9 €

Marta Sanz

No sé muy bien de qué hablamos cuando nos referimos a un libro infantil o juvenil, porque me cuesta mucho delimitar la imprecisa idea de ese tipo de receptor: ¿cómo acotamos lo que es un niño o un joven?, ¿por lo que vemos alrededor?, ¿por los hijos que tenemos o nos gustaría tener?, ¿por el niño que fuimos? Cuando yo era una niña, no recuerdo haber leído muchos libros para niños; sólo aquellos cuentos troquelados con versiones de Perrault, de los hermanos Grimm o de Hans Christian Andersen. Cuentos con princesas de pelo verde dibujadas por María Pascual. Después, los libros de Enyd Blyton. Un poco más tarde, cuando era una niña vieja o una mujer joven, me acuerdo de haber empezado a leer obritas cortas de una literatura no concebida específicamente para adolescentes. Tal vez el primer libro “en serio” que yo leyera —¿recuerdas tú ese libro?— fuese Marianela de Galdós o Silvia de Nerval o las Rimas de Bécquer, quizá El extraño caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde... enseguida los textos que nos obligaban a leer en el colegio: el Mío Cid, el Lazarillo, los sonetos de Garcilaso, cosas sueltas de Quevedo y de Góngora, las Cartas marruecas y Adiós, cordera de Clarín. Hacer memoria y desvelar estas intimidades me desnuda un poco, pero también me lleva a darme cuenta de que quizá sin los cuentos troquelados, los tebeos femeninos —aquella Esther y su mundo, dibujada por Purita Campos— y las historias de misterio de Enyd Blyton, no hubiese adquirido el gusto por la ficción, por el lenguaje, a la vez que perdía el miedo a afrontar un conjunto de páginas escritas que casi siempre era demasiado gordo y frente al que siempre se encontraba algo mejor que hacer... Por el camino de Ulectra de Martín Casariego es un libro que bien puede servir de puente entre el consumo de esos cómics japoneses, que se leen de atrás hacia adelante, y la atención hacia otras propuestas que a veces producen rechazo en un lector que necesita de cierto proceso de maduración, como los huevos o las crisálidas. Pero decir que Por el camino de Ulectra es sólo un puente es poco decir, porque es más: es un libro que nos obliga a pensar en nosotros mismos como lectores y a cuestionar algunas frases hechas del mundo en que vivimos.
Martín Casariego no trata a los jóvenes como idiotas porque tampoco acostumbra a tratar a sus lectores adultos como idiotas; se mantiene al margen de la corrección política y escribe una novela en la que la muerte, el amor, el sexo, la enfermedad, las alienaciones cotidianas e incluso Dios no constituyen temas tabúes para el adolescente, sino, al contrario, son el eje a partir del cual se articulará su crecimiento y su calidad como ser humano. Ningún tema es demasiado complejo para un niño; así lo demuestra Casariego en la pág. 44: un diálogo entre los protagonistas de esta historia recorre la filosofía occidental desde Leibnitz hasta el existencialismo con una habilidad didáctica no exenta de sentido del humor (Miguel zanja la conversación con un: «No me gusta hablar de estas cosas, me angustio (...) Siento que no soy nada...") Con tanto respeto trata el autor a sus lectores que incluso asume el riesgo de una extensión de 173 páginas que podría echar para atrás a los más desacostumbrados a descodificar y apropiarse de la palabra escrita. Y ése es justamente el asunto del libro, “ulectra”, anagrama de lectura: la reconquista de un derecho que a la altura del siglo XXIV ha sido abolido en un mundo de ciencia ficción que, como pasa a veces tanto en la obra de Martín como en la de Nicolás Casariego, es deudor del imaginario poético de Pedro Casariego, poeta fundamental del final siglo XX en España. En esta novela se alude a La canción de van Horne, una de las obras de Pedro Casariego, y la parafernalia de la ciencia ficción, el regusto a viñeta de cómic, la capacidad visual de las palabras de Martín son sin duda un homenaje a la obra poética de su hermano. La ciencia ficción, género político, es una herramienta para desvelar amenazas de nuestro tiempo. Un romanticismo elegiaco y valiente, como el de la poesía de Pedro, empapa las aventuras de Glaster, Miguel, Flecha y el osito Nico, su periplo hacia un Ordenador central que recuerda la llegada de Dorothy a Oz... Andamos necesitados de formas de acción como este libro, en el que la aventura es aventura por y desde una causa, con un propósito, y no un cúmulo de azares vertiginosos, espectaculares y estúpidos.
Estimular, animar, dar razones para leer es un objetivo de cualquier curso, centro o institución educativa responsable, pero en Por el camino de Ulectra se va más allá en ese propósito: se aborda el problema del analfabetismo, no como carencia de información, sino como falta de sentido crítico y de capacidad para personalizar los procesos de lectura: un profundo analfabetismo, reconocible en nuestro entorno, que no tiene nada que ver con la falta de datos —de hecho, en el mundo verosímil y futurista que Casariego prefigura, las personas tienen implantado un chip de información en el cerebro—, sino con la imposibilidad de elegirlos, de aprenderlos y fijarlos por uno mismo en un ejercicio de incomparable libertad. En definitiva, Martín Casariego no está únicamente repitiendo el cansino rittornello de que leer es bueno, leer es bueno, leer es bueno —también puede ser malo y alienante— sino que está criticando la identificación del espeluznante overbooking tecnológico e informativo que nos atenaza, con el auténtico saber cultural. A través del viaje iniciático de sus protagonistas, el autor abre la brecha hacia otro viaje que puede durar toda la vida: el de comenzar a leer profundizando, desde el principio, en el significado de la lectura.

viernes, junio 01, 2007

Crónica de Dalkey, Flann O'Brien

Trad. María José Chuliá García. Nórdica Libros, Madrid, 2007. 320 pp. 18 €

Juan Marqués

El ser todavía más o menos joven no justifica que hasta el año pasado apenas tuviese uno noticias de Flann O'Brien. Fue en octubre cuando recibí El Tercer Policía y me encontré con la novela más genialmente loca que recuerdo haber leído, un libro imaginado y escrito con una libertad completa y envidiable, y una fiesta continua desde su primera línea («Yo nací hace mucho tiempo», dice inolvidablemente el comienzo del segundo párrafo) hasta la última desconcertante curva del camino en las palabras finales.
No ha habido que esperar mucho para saciar la curiosidad y el hambre que aquella novela despertó, porque ahora (y de nuevo gracias al buen gusto de Nórdica Libros) se lanza una narración que permanecía inédita en castellano. Crónica de Dalkey fue la última que escribió O'Brien, en 1964, y vuelve sobre temas y personajes que ya aparecían en El Tercer Policía (quizá porque para entonces ésta todavía no se había publicado en ningún sitio, lo cual no sucedería hasta después de la muerte de su autor). Tal vez Crónica de Dalkey sea menos trepidante, menos desatada y menos “trascendente”, y sin embargo cualquier buen lector correrá a buscarla cuando sepa que incluye una larga conversación submarina con san Agustín, o que insiste en que las personas que abusan del uso de la bicicleta acaban «bicicletizándose» un poco por aquello de la agitación molecular (y, en correspondiente ósmosis, las bicicletas adquieren alguna humanidad, siendo notorio que si uno aparca la suya en la puerta de la casa, cuando vuelve a buscarla está mucho más cerca de la nevera...), o en la que el protagonista, a quien han convencido de que James Joyce no ha muerto, encuentra efectivamente al anciano autor de Ulises cuando éste está pensando en ingresar en los jesuitas (y niega rotundamente haber escrito tal novela —imprescindible para entender la literatura de O'Brien—, a la que considera «Pornografía e indecencia, y vómito literario, suficiente para ruborizar incluso a un cochero» —p. 273—)... Son demasiadas las razones por las que se hace casi necesario leer a O'Brien: una imaginación insólita —a veces disparatada, pero nunca absurda— unida a un talento inmenso para narrar, o para fantasear conversaciones, reflexiones metafísicas, situaciones casi delirantes... O'Brien es un maestro en el dificilísimo arte de apostar por el humor (pero un humor muy particular), consciente —como Cervantes, o Shakespeare...— de que debe ser sólo un medio y nunca un último objetivo, y alcanzando gracias a ello una altura literaria a la que es difícil llegar con la solemnidad o la pretensión de seriedad sin tregua. Desde luego, no conviene dejar pasar un libro dedicado «a mi Ángel de la Guarda, para convencerle de que sólo estoy bromeando y prevenirle de que debe velar para evitar malos entendidos cuando yo vuelva a casa».
Cualquiera que disfrute con la literatura sorprendente que no cae en lo arbitrario ni recurre a lo demencial “porque sí”, sino buscando significados escurridizos y consiguiendo magníficos resultados narrativos (e incluso, aquí y allá, buenos brochazos poéticos) devorará El Tercer Policía y Crónica de Dalkey en pocas horas, y terminará con la sensación de haber accedido a una dimensión inexplorada y desasosegante, a pesar de su tono amable, de la actitud bonachona y confiada de sus personajes, y del espacio que crea, aparentemente tranquilo y medio adormecido por el alcohol. No hay palabras de relleno ni descripciones o sucesos irrelevantes: el universo que fundó Flann O'Brien es un universo del que uno sale fascinado, lamentando haber dejado atrás tanta literatura pero con cierto alivio tras haber escapado de un mundo divertido pero inquietante, de personajes simpáticos y pacíficos que esconden secretos e intenciones siniestras.

jueves, mayo 31, 2007

Escenas de cine mudo, Julio Llamazares

Alfaguara, Madrid, 2006. 200 pp. 16,50 €

Hilario J. Rodríguez

Un día la fotografía comenzó a registrar fragmentos de nuestras existencias y en adelante éstas cambiaron casi sin que nos diésemos cuenta. Escenas de cine mudo trata sobre ese cambio. Hace doce años, cuando el libro apareció por primera vez, era demasiado pronto para apreciar su verdadera importancia. Por aquel entonces, no sólo desconocíamos la obra de W. G. Sebald, sino que tampoco parecíamos entender la de John Berger; ni siquiera habíamos reparado en libros como La cámara lúcida, de Roland Barthes, o Sobre la fotografía, de Susan Sontag. Pero con el paso del tiempo hemos aprendido; al fin nos hemos comenzado a dar cuenta de que muchos de nuestros actos variaron desde el momento en que nos sentimos observados por un objetivo fotográfico. Vivir en un mundo en el que nuestros movimientos y gestos más imperceptibles pueden quedar fijados para siempre hace que a veces limitemos nuestra libertad de movimientos. Julio Llamazares comenta lo anterior en varias ocasiones, al comprobar en las instantáneas de sus álbumes familiares ciertas poses artificiosas, que escondían ocultos deseos; al ver un rostro desenfocado, unas piernas o unos brazos cercenados por el encuadre; al intuir una ausencia... Para él, las fotografías son ante todo indicios que, aunque puedan llegar a constituir crónicas sociales y forjar lazos con el pasado, no dejan de tener un pie en el territorio de lo imaginario, de dar versiones incompletas de ciertos hechos. Uno en ellas no encuentra más que memorias mudas y a cámara lenta, necesitadas de un motor narrativo que les dé vida de nuevo.
A veces me pregunto si, con la fotografía y el cine como mecanismos capaces de moldear nuestra memoria, no nos habremos transformado en personas reales que actúan como personajes de ficción. De algún modo, son dos mecanismos que imponen lo que vemos y cómo lo vemos, dando pie a una especie de gramática que determina nuestra comunicación con la realidad. Una gramática de la memoria. Una memoria de apariencias, de superficies, de formas... Por eso en muchos casos partimos de fotografías para construir relatos que permitan escarbar, ver más allá, conectarnos, entender la verdadera esencia de las cosas, que es lo que de verdad permanece, lo que le da relevancia a una imagen. Las fotografías, de hecho, son excusas para contar historias, para comprobar si lo que nos dicen las apariencias es cierto o no. Escenas de cine mudo, a ese respecto, insiste en numerosas ocasiones en las confusiones que había en Olleros, el pueblo minero donde tiene lugar la acción, en torno a determinados personajes. Los solitarios, los irresponsables y los chivatos se quitan sus máscaras a lo largo de las páginas del libro, destapando así pequeños dramas, amores insatisfactorios, golpes prematuros, pérdidas irreparables... Aflicción. ¿Qué se ocultaba en el rostro de un joven que un día murió en un accidente de motocicleta? ¿Y en la destructiva compañía de una botella de vino? Nadie conoce la verdad hasta que no se adentra en el interior de las imágenes, porque —según Julio Llamazares— la memoria es como una serie de minas interconectadas, en las cuales uno avanza a oscuras, sin saber muy bien cómo, cuándo o dónde encontrará algo. ¿Qué? Las fotografías que narran lo que hemos sido no pueden contenerse en un álbum, porque en cualquier lugar y en cualquier instante podemos hallar una conexión con nosotros mismos, con algo que quizás ya no somos pero que sí fuimos en el pasado. En un bar de Lisboa «recobré una vieja imagen que creía ya perdida y borrada para siempre de mi memoria infantil: la de mi madre y yo en la cocina de nuestra casa de Olleros, ella enseñándome a contar las horas y yo aprendiendo a verlas en un reloj». El tiempo y el espacio se confunden cuando narramos nuestra memoria personal. Creíamos que nunca habíamos acabado de irnos fuera del apartado pueblo donde nacimos y un día, sin embargo, nos damos cuenta de que realmente hay partes de nuestra identidad desperdigadas por el mundo entero. Berlín, Buenos Aires, Madrid, París, Andorra, Nueva York... Todos los lugares por donde pasamos en algún momento de nuestras vidas se incorporan a nuestra memoria del mismo modo que nosotros nos incorporamos a la memoria de esos lugares.
Escenas de cine mudo se organiza como un álbum personal, pero su materia excede lo autobiográfico o lo ficticio. Su verdadero tema no es el testigo que relaciona los hechos disgregados que se narran a lo largo del libro y mucho menos el paisaje donde se escenifican buena parte de ellos; su tema es la construcción de la memoria, para establecer las trampas en las que caemos al mirar hacia atrás. ¿Dónde está la música que sonaba mientras mirábamos hacia una cámara en mitad de una verbena? ¿Quién siente el frío de aquella mañana en que el profesor nos mandó formar en el patio a todos los de la clase? ¿Son esos colores los mismos que bañaban nuestro universo de hace unos años? ¿A qué olía el campo en aquella tarde de lluvia? Con cada fotografía esperamos que «el tiempo que se detuvo se vuelva a poner en marcha», porque en torno a él hemos perdido demasiadas cosas: olores, sabores, sonidos, sentimientos… Y la literatura nos ayuda a negociar parte de lo que perdimos, recreándolo, reconstruyéndolo o inventándolo.
Muchos escritores, cuando exploran su pasado, imponen de tal manera su presente que todo lo que cuentan resulta demasiado cerebral, falto de vida; ese no es el caso de Julio Llamazares. A este último le interesan muy poco las redes intertextuales que pueden establecerse entre los clásicos de la literatura y las vidas de los habitantes de un pueblo minero, quizás porque sabe que eso muy a menudo da pie a paralelismos forzados, carentes de matices. Su obra, en ese sentido, prefiere ceñirse a los hechos, atento a los matices sensoriales, al grado de humildad que impone la memoria desnuda. Eso no impide que su metodología compositiva mezcle elementos literarios, poéticos y ensayísticos; recuerdos reales e inventados; rasgos del cuento y la novela; recursos de la literatura oral y de la literatura más artificiosa... Con todas estas intersecciones y con las referencias a la televisión, el cine o la radio como inventos que alteraron nuestra percepción de la memoria, Escenas de cine mudo deja muy claro que, por mucho que nuestra capacidad para experimentar el tiempo perdido sea escasa, al menos podemos evocarlo gracias a nuestros recuerdos y a la fuerza que tiene la ficción para hacerlos de nuevo presentes, aunque sólo sea en forma de parpadeos de luz en mitad de la noche.
No hace mucho, viendo el álbum familiar de un amigo, me sorprendió que él apenas apareciese en las fotografías y que de una parte significativa de su vida, entre los quince y los treinta años, ni siquiera quedasen rastros, como si durante ese periodo no hubiera existido o como si hubiese querido borrar las huellas de un delito. Cuando cerré aquel álbum, me sentí incómodo. Mi amigo lo notó en seguida, pero no dijo nada. En adelante ya nunca he podido evitar cierto estremecimiento al coincidir con él, porque siempre me persigue la sensación de que cada palabra que sale de su boca arrastra un silencio, cada parpadeo de luz viene precedido por un segundo de tinieblas. Al mirarle a la cara, noto una especie de abismo y me imagino a mí mismo precipitándome en él, sin que llegue jamás al fondo. He dejado de saber quién es. También he dejado de saber si de verdad soy su amigo o si él es amigo mío. Junto a él, las cosas se han vuelto relativas, las conversaciones han perdido fluidez, la sinceridad se ha transformado en cautela. La pantera avanza sigilosa en medio de la jungla. Un ruido, una rama quebrándose, el viento agitando las hojas...

miércoles, mayo 30, 2007

Trescientos días de sol, Ismael Grasa

Xordica, Zaragoza, 2007. 140 pp. 11 €

Vicente Luis Mora

En los relatos de Grasa parece que no pasa nada, recuerdan a los cuentos sin final aparente de Katherine Mansfield y, sin embargo, en ellos ocurre todo, es decir: suceden las cosas que suceden en la vida real, con la suficiente variedad e imaginación recuperadora para que lo cotidiano no cercene el interés del lector. Antoni Tàpies, en su excelente ensayo El arte y sus lugares (1999) decía que la operación estética puede tomar la forma de creación a partir de lo existente o de elección estética sobre lo real, seleccionando un detalle concreto sobre el que la atención común no suele posarse. Este segundo propósito de lo artístico es lo que persigue el interesante y variado Ismael Grasa, capaz de hacer novelas extrañas y posmodernas (La tercera guerra mundial) y libros de viajes convertidos en narración (Días en China).
La infinita gama de posibilidades de lo real, humanizada por personajes próximos a Zaragoza (casi todos masculinos y de edad intermedia, como el propio Grasa, salvo un par de relatos contados por mujeres en primera persona), otorga una personalidad propia a este libro, uniforme en su vasta heterogeneidad. Hay multitud de información en las historias de Grasa, sacadas a veces de los periódicos y otras de la imaginación reconstructora del autor, que de seguro vuelca en estos cuentos buena parte de su experiencia propia y de otras que ha conocido. Creo significativo este fragmento, puesto en boca de uno de sus personajes: «soy pragmático, observo lo que le gusta a la gente. A veces recorto artículos de prensa o anoto en servilletas algunas ideas» (pp. 78-79). Precisamente el carácter uniforme de los relatos hace difícil saber cuando se cuela alguno prescindible. Por ello, la ordenación del libro no siempre favorece la lectura, y hacia la mitad del libro hay una caída de interés que merece la pena salvar, ya que lo mejor aguarda al final del volumen: “La herencia”, “Trescientos días de sol” o “No me gustan los psicólogos” son piezas excelentes, de cuajado temblor psicológico y sociológico, en los que Grasa demuestra su sentido de la observación, musculoso y a la vez exquisito.
Nos conduce la contraportada a pensar que el libro tiene como hilo conductor el delito, una situación criminal que en todos los relatos se afronta o se rodea temerosamente y, sin dejar eso cierto, yo apuntaría más bien a la moralidad o inmoralidad social como tema íntimo del libro. Trescientos días de sol es una nueva especie de novela picaresca, que detalla no la gran especulación inmobiliaria o los trampantojos financieros que llenan hoy nuestras primeras planas, sino el chanchulleo de poca monta, los arreglos, apaños y trapicheos a los que cualquier españolito de a pie, en cualquier momento, puede verse sometido, ya sea como víctima o como agente provocador. De cómo cada uno se enfrenta a ese instante pequeño y quizá intrascendente, pero en el cual reside, en última instancia, nuestra ética personal, es de lo que trata este sugerente volumen de relatos de Ismael Grasa.

martes, mayo 29, 2007

La razón salvaje. La lógica del dominio: tecnociencia, racismo y racionalidad, Juanma Sánchez Arteaga

V Premio Caja Madrid de Ensayo. Lengua de Trapo, Madrid, 2007. 352 pp. 20,80 €

Elvira Navarro

¿Es la objetividad del conocimiento científico el mito por excelencia de las sociedades occidentales? Ya Nietzsche había señalado que la ciencia como increencia es ideología. La Escuela de Frankfurt puso el acento en el concepto de racionalidad instrumental para denunciar a qué dioses servían el positivismo, el empirismo y las ciencias nomológicas (dioses que siguen siendo los nuestros: capitalismo y burguesía), y teóricos del conocimiento como Kuhn, Toulmin, Lakatos o Polanyi afirmaron que los criterios de evaluación de la racionalidad de las teorías científicas no podrían ser nunca universales, sino que dependerían del contexto de la teoría a evaluar.
En La razón salvaje. La lógica del dominio: tecnociencia, racismo y racionalidad, Juanma Sánchez Arteaga (1974) da otra vuelta de tuerca a la cuestión de la ciencia como fórmula magistral para aprehender la naturaleza analizando un caso concreto: la aparición en el siglo XIX de la teoría de la evolución de las especies, en la cual se agazaparon no pocos prejuicios que sirvieron para justificar la expansión colonial que habría de alimentar a la economía de mercado. Partiendo de la euforia cientifista que se apoderó de la sociedad occidental durante la implantación de la industria y el avance de las ciencias naturales, Sánchez Arteaga analiza de qué manera el pensamiento precientífico se inoculó en la ortodoxia teórica sobre la evolución de la especie humana haciendo una comparativa entre el proceder del pensamiento mítico y el científico, ambos encargados de construir una verdad sobre el mundo. Sin perder de vista que todas las culturas establecen los parámetros de lo que se considera la objetividad, y de que ésta sirve a una estructura que ordena el tejido social y económico (o dicho de otro modo: que sirve al poder), en La razón salvaje se rastrea la relación entre la Verdad y el Poder en el darwinismo, y por extensión en la sociedad occidental del XIX y principios del XX. Así, en la moderna teoría de la evolución toma forma científica la guerra de todos contra todos de Hobbes a través del concepto de lucha por la supervivencia, que sirve como marco para justificar científicamente otra hipótesis precientífica, a saber: la del salvaje como el eslabón perdido entre el hombre y el simio. Para la corriente poligenista de la antropología, el salvaje era una especie distinta e inferior al Homo europaeus albacens (es decir, y por si no queda claro, al hombre blanco) y, grosso modo, las razas que no eran la blanca aún no habían alcanzado el estadio evolutivo al que se había llegado en Occidente. El propio Darwin, que no sostenía la idea de que las razas fueran especies distintas, afirmaba: «En un momento del futuro, sin duda no muy alejado si lo medimos por siglos, las razas civilizadas del hombre casi con toda certeza exterminarán y reemplazarán a las razas salvajes a lo largo y ancho del mundo» [Darwin, 1871, 201].
¿Qué consecuencia se derivó de “demostrar científicamente” la supremacía del hombre blanco y de convertir una determinada praxis —léase imperialismo— en algo inherente a la especie? La respuesta es obvia: la puerta quedó abierta para la justificación ética, en virtud de la selección natural, del sometimiento, el expolio de las poblaciones colonizadas e incluso la aniquilación de pueblos enteros. Sirva como ejemplo de esto último la desaparición de los tasmanos en Oceanía a manos de los ingleses, quienes organizaban cacerías con perros y rifles. Dice Sánchez Arteaga al respecto: «El genocidio continuó de forma ininterrumpida hasta que se completó el exterminio absoluto de los últimos tasmanos, previamente llevados a Europa, donde fueron exhibidos como bestias —o como esqueletos, más tarde— en diversos congresos, museos y ferias antropológicas» (p. 50). Asimismo, gracias a la ciencia, en Virginia, Carolina del Norte, Maryland, Kentucky, Tenesse y Missouri los plantadores pudieron emplearse (con la conciencia bien tranquila, puesto que se dedicaban al progreso selectivo) en «la producción y en la exportación del ganado y de los hombres […]» sacados de criaderos de negros: «Y aquellos hombres, fuerza es decirlo, eran verdaderamente bellos, admirables muestras de ciencia práctica de los criadores» [Meyer, 1989, 103].
Sánchez Arteaga pone el acento en cómo la transformación «de las fuerzas sociales y los medios de producción hacia un capitalismo global de carácter imperialista» (p. 208) fue acompañada de un cambio en la ideología: se pasó de un paradigma religioso cristiano a otro científico para desvelar los misterios del mundo; paradigma en el que estamos aún inmersos y que debe su éxito a la superioridad tecnocientífica de las sociedades occidentales. En este sentido, La razón salvaje es un recomendable aviso de lo que esconde aquello que llamamos objetividad, que por cierto ha sido absorbida por la mano invisible del mercado con la que los neoliberales pretenden estar más allá de toda ideología.

lunes, mayo 28, 2007

El libro de la fiebre, Carmen Martín Gaite

Ed. Maria Vittoria Calvi. Cátedra, Madrid, 2007. 184 pp. 7,50 €

Emilio Ruiz Mateo

Lo dejó caer hace cinco años su hermana Ana María en la presentación de esos apetitosos Cuadernos de todo (Areté/Círculo de Lectores, 2002), que permitieron a sus lectores husmear en las conocidas libretas de la escritora. Entre los cientos de papeles que tras la desaparición (año 2000) de Carmen Martín Gaite hubo que ordenar, o al menos intentarlo, apareció un cuaderno rojo de anillas (dos, en concreto, y una de ellas extraviada) que atesoraba una obra completa: El libro de la fiebre, que ahora podemos conocer editado por Cátedra. Uno se echa a temblar cuando un escritor muere y comienzan a publicarse textos póstumos... No entraré aquí ni ahora en el discutible caso Bolaño, porque no nos encontramos en una situación parecida. Todo lo que hasta el momento se ha publicado se ha hecho con el máximo respeto y ha aportado algo al conocimiento de la Gaite: la novela que escribía cuando nos dejó, Los parecidos (Anagrama), y la citada selección de sus cuadernos, verdadero germen de la obra de Carmen a lo largo de toda su vida.
Arriesgado y empobrecedor es resumir la obra de la autora en tres elementos, pero podríamos condensar su genialidad en esa endiablada buena mano para mezclar el registro de la realidad, la metaliteratura y lo fantástico. El libro de la fiebre contiene estos tres elementos de manera más que patente, especialmente los dos últimos. Más aún, este breve texto es, según cuenta la propia Gaite, su primera incursión en la fantasía. ¿Por qué no vio la luz hasta ahora? A veces hay que cuidarse de los consejos de los amigos... Poco después de escribirlo, Carmen se lo dio a leer a su futuro marido, Rafael Sánchez Ferlosio, que le respondió con un «no vale nada, resulta vago y caótico». Se ve que a los 24 años Carmen aún no tenía la seguridad en sí misma que luego le caracterizaría...
Relata el tifus que, a finales de mayo de 1949, la tuvo postrada en cama durante cuarenta días. Las fiebres se sucedieron. La penicilina aún no había llegado a España y el tifus representaba una enfermedad muy grave. Las fiebres que sufrió aquel mes largo le produjeron angustias y visiones que, nada más superadas, trasladó al papel en un relato que, hoy, supone para sus lectores una curiosa delicatessen. Claro está, no nos enfrentamos a una obra mayor, ni siquiera a una obra cerrada. Quedó El libro de la fiebre sin pulir, sin reescrituras, en el aire, pero se descubren en cada página todas esas alegrías que la Gaite fue dando a los lectores en El cuarto de atrás, Nubosidad variable, El cuento de nunca acabar... Las fugas como medicina contra el tedio, la simbología de los objetos, el placer de crear ficciones narrando la propia escritura, la construcción de la memoria personal, el amor a la vida “de provincias”, la importancia de la amistad, el poder redentor de los sueños...
Es a El cuarto de atrás al libro que más nos remite esta pequeña obra, tanto es así que una vez leída, es impensable la creación de aquélla sin esta recién aparecida. La prosa juguetona de la Gaite (que aquí se denomina a sí misma como «cangrejo») salta con facilidad de las ensoñaciones de la fiebre a las historias de su vida primeriza en Madrid, y de ahí a los comentarios sobre la propia escritura o a la mejor prosa poética («... ninguno de mis amigos lo sabe ni le importa. A mí tampoco. La tarde tiene su equilibrio en nuestra risa»). Lo que en otros autores podría ser forzado o despiste es en la salmantina, una vez más, puro placer lector. Si las sorpresas que aún cobijan todos esos papeles y libretas que la autora dejó por los rincones son de este calibre, sigue quitándoles el polvo, Ana María, por favor.

domingo, mayo 27, 2007

Entrega de los I Premios Tormenta: reportaje fotográfico

Ayer sábado celebramos en la librería La Central del Reina Sofía, de Madrid, la entrega de los I Premios Tormenta.
Allí estuvieron los ganadores, Eloy Tizón y Yolanda Morató, en las modalidades de mejor libro y mejor traducción del año 2006. Y también muchos de los miembros de Banda Aparte, el colectivo de credores que hace posible La Tormenta en un Vaso.
Esta es la crónica fotográfica de lo que allí ocurrió.
Las fotos son de Deni Olmedo.






DE ARRIBA A ABAJO: Los ganadores posan con la estatuilla de Mateo Sanz en la mano. Eloy Tizón recoge el premio citando a Bradbury. Dos imágenes de la mesa redonda, en la que participaron (de izquierda a derecha): Javier Fernández, Eloy Tizón, Care Santos, Yolanda Morató, y (de pie) Domenico Chiappe. Dos imágenes del ambiente de La Central.

viernes, mayo 25, 2007

Mercado de espejismos, Felipe Benítez Reyes

Premio Nadal 2007. Destino, Barceona, 2007. 397 pp. 19,50 €

Amadeo Cobas

El aval de haber conseguido un premio literario, por más que éste sea de los prestigiosos de verdad, no siempre augura que la novela galardonada tenga calidad. Por desgracia. Si encima empezamos a mezclar novela e historia, la mezcolanza suena a usada.
Sin embargo, cuando se da un giro a lo establecido, la cosa cambia.
En esta narración hiperactiva, Benítez Reyes abre un sinfín de puertas y explicaciones, anticipa la importancia de lo venidero haciendo cómplice al lector, casi pidiendo su venia para continuar, con una cercana primera persona y algún que otro truco literario para enriquecer el texto. Esto es, un escogido lenguaje que lo mismo aúna guiños coloquiales con figuras literarias muy bien ensambladas (vamos, que se nota que el escritor es poeta). La estructura parece lineal, pero se ramifica en idas y venidas que desembocan en notas históricas, paisajísticas y con una combinación muy del gusto del autor: lo real y lo imaginario. Porque llega un punto en que no sabe uno si la réplica del anillo del rey Salomón, la llave en forma de ojo y ese reloj de arena peculiar existieron, si fueron enterrados al lado de las reliquias de los Reyes Magos, o siquiera si existieron estos magos citados de pasada en la Biblia. Ésa es la maestría de Felipe Benítez Reyes: la magia para engañar, para hacer ver espejismos en el desierto de la novela histórica.
Porque si algo preside este libro es un claro tono burlón. Con mala leche y el uso de unos personajes muy bien definidos, el escritor denuesta aquellas obras plagadas de fórmulas mágicas, de esoterismo, de piedras filosofales para casar un final feliz, así como a los escritores pseudo-gurús que persiguen un buen puñado de prosélitos que, leyendo aquello salido de su inventiva, adicionado con unas pizcas de historia y un mucho de credulidad, se convierte en palabra de escritor. Amén.
Más que una novela histórica, este libro es una antinovela histórica. Es una parodia de las otras, que van a la moda y son tan previsibles, tan lucrativas para las editoriales como repetitivas y vacías. Es una trama policíaca enrevesada, una imitación del molde que otros usan amparados en la infalibilidad de sus investigaciones históricas. Ya, ya.
La gracia especial de esta novela radica en la frivolización de los dogmas establecidos. Aquí el protagonista, Jacob, no es héroe, sino antihéroe, lo cual no es novedad, pero sí el tratamiento que recibe. Porque le faltan las cualidades propias de un ladrón de reconocimiento internacional, como fue su padre, no ha heredado ninguna. Además, es el despistado al que los hechos sobrepasan, y que se empeña en conocer una verdad que todos los demás han intuido, excepto él. No sabe uno si reírse de él o sentirle lástima. Y en una novela por otra parte plagada de actores secundarios, destacan dos: tía Corina, que enmienda y corrige con sensatez y cultura libresca a Jacob; y Sam Benítez, el bon vivant que da diligencia y frescura a la acción, de quien parte el encargo de un robo y quien está en medio del lío a pesar de pasarse el libro entero de viaje en viaje. Aquí el antihéroe no descubre nada, sino que tienen que desmigajarle la solución paso a paso. La inocencia le hace creerse importante, centro de varios intentos de asesinato, y no le permite descubrirse como un simple objeto, un peón inmerso en un tablero demasiado complejo, siendo el destinatario de las mentiras de los demás. Él mismo define su personaje: «la verdad es que se pasa uno media vida asintiendo a cosas con las que no puede estar de acuerdo ni por mera cortesía». Sí, pero al final asiente.
Dentro del tono irónico que inunda la narración, hay pasajes especialmente divertidos, como la concatenación de peripecias que suceden a partir de la “toma” de la casa de Jacob y Corina por parte del primo Walter. El okupa viene a despedirse, porque la muerte ronda su umbral, y quiere hacerlo a lo grande, como grande es la indignación de Jacob mientras ve desfilar chicas de pago hasta la habitación de su “moribundo” primo. Pues bien, también aquí hay espejismos, y nada resultará como se expone.
El definitiva, el encargo del robo de las reliquias de los Reyes Magos, depositadas en la catedral de Colonia (el motor de esta historia... si Benítez Reyes no vuelve a engañarnos), saca de sus partidas de billar con los amigos al protagonista, a la tía Corina de sus gintonics y al lector de sus casillas, como intente saber si existieron los veromesiánicos de Catania, la Tabla de Esmeralda y unas cuantas nociones más que, embadurnadas de polvo histórico y a salvo del carbono 14, pululan por las páginas. Es más que probable que el encaje de piezas que pretende el autor al final de la obra no sea perfecto aposta. Chirría porque nos ha hecho trampa de nuevo: hay sorpresas que ni el más sagaz de los lectores hubiera podido olisquear, y eso es guardarse un as en la manga.
¿A imitación de lo que resulta en las novelas históricas que parodia?

jueves, mayo 24, 2007

Viaje alrededor de mi habitación, Xavier de Maistre.

Trad. Puerto Anadón. Funambulista, Madrid, 2007. 168 pp. 16,80 €
Apéndices: «Semblanza de Xavier de Maistre» por Sainte-Beuve. Trad. J.M. Lacruz Bassols; «Postfacio»: J.M. Lacruz Bassols.

Óscar Esquivias

La vida de los hermanos Maistre ejemplifica lo que ocurrió con tantas familias aristócratas que se vieron arrolladas por la revolución francesa. Xavier nació en 1763 en Chambéry, la vieja capital del ducado de Saboya (que en aquel tiempo estaba integrado en el reino de Cerdeña y era gobernado desde Turín). Fue en el propio Chambéry donde los súbditos saboyanos constituyeron una Asamblea Nacional y decidieron integrar su territorio en Francia. En 1794, para asegurar el rigor en la aplicación de las leyes republicanas, el Comité de Salud Pública envió allí a Antoine Louis Albitte, que a partir de entonces recibirá el sobrenombre de «el Robespierre Saboyano».
El destino de Xavier de Maistre fue el exilio. Su hermano mayor, Joseph, se convirtió en el gran teórico contrarrevolucionario y en sus libros y artículos denostaba las ideas de la Ilustración y exaltaba tenazmente la monarquía de derecho divino. Xavier también la defendió, pero con las armas: como buen aristócrata, se dedicó a la carrera militar y puso su espada al servicio de los reyes, primero de sus soberanos naturales, los Saboya, y finalmente de los Románov, pues acabó instalándose en Rusia. Allí pasó la mayor parte de su vida, estableció relaciones en la corte de San Petersburgo (donde su hermano fue embajador del rey de Cerdeña), luchó bravamente en el Cáucaso y se casó con una de las damas de la corte imperial, la señorita Zagriatsky.
Xavier tenía varias aficiones: la pintura (la venta de sus paisajes le proporcionó dinero en los momentos difíciles) y la literatura, que le ha dado su mayor gloria: escribió con una ligereza y una transparencia muy dieciochescas, y lo hizo (por supuesto) en francés, el idioma refinado de la corte y los salones rusos.
De Maistre escribía para distraerse. Era un escritor aficionado en el sentido más pleno (y noble) de la palabra. Novelaba levemente sus pensamientos y experiencias y redactaba con la sencillez coloquial de un caballero de conversación amena. En esto estriba su mayor mérito, pero también su debilidad. Nunca hizo (ni lo pretendió) gran literatura. Nadie sentirá una conmoción intelectual ni emocional con el Viaje alrededor de mi habitación. Aquí no se aprecia la desdicha del exiliado, ni el vigor del guerrero, nada hay que deslumbre, nos inquiete o maraville. Todo tiene el aire de un juego amable, como si fuera una danza rococó y no naciera en los mismos momentos (1794) del Terror jacobino en Francia, cuando el delegado Albitte controlaba con mano de hierro la añorada Saboya de los Maistre.
Salvo alguna alusión a los tiempos felices anteriores a la revolución y a los amigos y familiares muertos, casi nada empaña el aire apacible e íntimo de su obra. En el Viaje alrededor de mi habitación cuenta exactamente lo que anuncia el título: una excursión por su cuarto. Si Julio Verne necesitará ochenta días para que sus personajes den la vuelta al mundo, De Maistre empleará cuarenta y dos en recorrer su alcoba, exactamente el tiempo que duró su arresto domiciliario de seis semanas por haberse batido en duelo en Turín. De Maistre nos describe sus hábitos, los objetos que le rodean, filosofa, recuerda a su amada —aquí se exalta y parece entonar una arrobada «aria del retrato», como un Tamino—, echa de menos la vida social que le está vedada y, en fin, se entrega a un divertimento donde brilla su ingenio doméstico y la pulcritud de su estilo.
Cuando visitó París por primera vez, siendo ya un anciano, se sorprendió de la reputación que tenía como hombre de letras. Hoy perdura su Viaje como un pequeño clásico de la literatura en francés. Pequeño, pero con encanto.

miércoles, mayo 23, 2007

Ningún dios a la vista, Altaf Tyrewala

Trad. María Corniero. Siruela, Madrid, 2007. 181 pp. 16,90 €

Doménico Chiappe

Un retrato de la India contado en minúsculas piezas que se concatenan con buena técnica. La siguiente voz, de alguna forma, ha conocido (o tropezado por azar) con la anterior. En este aspecto me recuerda la novela La Noria, de Luis Romero, quien pinta un fresco de Barcelona saltando de un personaje a otro, cuando se cruzan en las calles de la ciudad. ¿Conocerá Tyrewala la obra de Romero? Difícil. En todo caso, Romero no fragmenta el libro en capítulos para distinguir voces y emplea al narrador omnisciente durante todo el libro.
La señora Khwaja era poeta y ya no. Tiene un marido y dos hijos. La hija está embarazada y acude a una clínica a abortar. El dueño de la clínica es hijo de un hombre que busca mercancía en la mezanina de una zapatería, cuyo dueño quiere emigrar a Estados Unidos con una visa de turista... La historia de cada uno de estos personajes salta a la del siguiente, con predominio de la primera persona. Un retrato de la India actual, moderna y tecnológica, pero también sumida en el odio religioso y en la pobreza y supervivencia, en las viejas tradiciones: «Como soy el hermano mayor, tengo que esperar hasta que las dos estén colocadas».
Las historias comienzan y terminan, ninguna queda abierta al final del libro. No hay cabos sueltos, tarea nada fácil en la estructura que ha elegido Altaf Tyrewala para su novela Ningún dios a la vista. A veces el final de una historia se encuentra en el siguiente relato, o más allá.
Es un retrato que aborda temas complejos y nada complacientes: Al principio, «el Indostán para los hindúes» y la persecución continua a la que son sometidos los musulmanes que se han quedado del otro lado de la frontera paquistaní. El odio religioso que revive en lo cotidiano, entre móviles e internet. Al final, el choque entre la riqueza obscena y la pobreza acérrima, entre Bombai y Mumbai, más allá de los rebautizos de las ciudades.
Los cambios de registro son sutiles y usuales. Tyrewala logra que cada personaje tenga su voz. Logra que la utilización de un narrador omnisciente en algunos capítulos no se sienta como una intrusión. Incluso, se acepta sin inconvenientes las dos voces en segunda persona que tiene el libro en su recta final. Polifonía en su mejor forma.
Son retratos tristes y realistas de personajes sin arco de transformación ni triunfos. El mayor logro consiste en que la chica del principio, Minaz, logra abortar sin que lo sepan sus padres. Una metáfora de un autor capaz de hacer denuncias sin que medre el placer de leer su literatura: «Matar por dinero demuestra una aspiración positiva a una vida mejor. Pero matar por odio o por miedo endurece el corazón».
Es un libro circular. Cuando se termina, es difícil evitar la tentación de recomenzarlo o, bien, como yo hice, leerlo de atrás hacia adelante.