martes, noviembre 20, 2007

Folclore y realidad: tres ensayos sobre el folclore , Vladimir Propp

Trad. Ricardo San Vicente. Alianza, Madrid, 2007. 248 pp. 7,50 €

Ana Gorría

Para contextualizar a este autor es necesario tener presentes las palabras de Boris Eichenbaun, uno de los máximos exponentes junto a Propp, Shklovski, o Tinianov de aquella escuela teórica que se dio a conocer como el formalismo ruso y que supuso una nueva mirada sobre los estudios literarios, frente a los abusos de la crítica ecdótica, textual e historiográfica característica del romanticismo. Eichenbaun, en uno de sus artículos definió el método formal como una manera de análisis que no resultaba «de la constitución de un sistema metodológico particular, sino de los esfuerzos de creación de una ciencia autónoma y concreta». En general —afirmaba— «la noción de método había adquirido proporciones desmesuradas para llegar a significar demasiadas cosas. Para los formalistas, lo esencial no es el problema del método en los estudios literarios, sino el de la literatura considerada como objeto de estudio».
Los estudios de Vladimir Propp, cuya erudición le valió entre otros cargos la Cátedra de estudios sobre el folclore en la Universidad de Leningrado en 1932 tomaron como elemento de análisis los relatos tradicionales de la literatura rusa, literatura que, desde las bylinas, conoce un amplio acervo de estos textos. Su magistral y clásico Morfología del cuento ruso comenzaba con las siguientes palabras: «Nadie ha pensado en las potencialidades que esa noción y ese término, morfología del cuento, encierran. Sin embargo, en ese ámbito del cuento popular, folclórico, el estudio de las formas y el establecimiento de las leyes que rigen su estructura es posible. Y puede llevarse a cabo con tanta precisión como en la morfología de las formas orgánicas.»
Esa precisión, que el autor vincula a Goethe a través de la cita que preside Morfología del cuento, es la que liga sus esfuerzos a la obra de los demás formalistas con títulos como Transformaciones de los cuentos de hadas además del ya citado Morfología...
No obstante, y como nos sugiere Pau Sanmartín Ortí, en su tesis La finalidad poética en el formalismo ruso: el concepto de desautomatización, Propp no fue nunca un formalista al uso, ya que aunque sus presupuestos coincidieran, su concepción del hecho literario se acercaba a lo que más adelante conoceremos como estructuralismo transformacional, en el que redundarán diversas escuelas como la lingüística generativa, la antropología estructural de Levi-Strauss y el estructuralismo francés. Su distancia en intenciones y en metodología —cabe pensar en el esfuerzo de Propp como en el intento de crear una humanitas a través de las variaciones y de la comparación de los textos en los que introduce tradiciones de una gran multitud de pueblos y de etnias— le acarreó múltiples críticas de sus colegas, especialmente por la acusación de alejarse de la realidad.
Desde esta perspectiva, es entendible que el gran teórico del cuento desplazara sus intereses hacia una realidad extratextual, articulada a través de la etnografía con títulos como no sólo el que tenemos entre manos sino también Las fiestas campesinas rusas.
En Folclore y realidad, Propp parte de la siguiente tesis para llevar a cabo sus estudios estructurales: «En cada variante de cuento aduciremos materiales extrafolclóricos que muestran que el cuento no se construye sobre la libre fantasía, sino que refleja ideas y costumbres realmente existentes. De este modo, se abrirá ante nosotros no sólo la diversidad del motivo sino también sus fundamentos históricos.»
Partir de esa realidad extratextual, ponerla a dialogar con las distintas variantes de los cuentos tradicionales es el objetivo de folclore y realidad, que se adscribe al tratamiento que Engels da a la literatura.
En la versión que tratamos sólo tenemos a nuestra disposición tres de los ensayos del originario Folclore y realidad de Vladimir Propp: Edipo a la luz del folclore, La risa ritual en el folclore y El motivo del nacimiento milagroso, además de la acertada inclusión de la traducción del cuento Nesmeyana, motivo de estudio del segundo de los ensayos.
Vladimir Propp analiza en estos artículos temas de especial interés para la antropología: el incesto, la familia, el tránsito y los espacios que se dan entre las sociedades matriarcales y patriarcales, las distintas maneras de enfrentarse del hombre a ritos de transición como el nacimiento y la muerte, abriendo un camino que, como hemos afirmado con anterioridad, será uno de los más fecundos en el pensamiento humanístico de la segunda mitad del siglo XX.

lunes, noviembre 19, 2007

Jaco Pastorius. La extraordinaria y trágica vida del mejor bajista del mundo, Bill Milkowski

Trad. Marc Rosich i Martí. Alba, Barcelona, 2007. 512 pp. 26,50 €

Alejandro Luque

Decir que Jaco Pastorius fue un talento fuera de concurso parece una simpleza. Fue más que eso: un pionero que elevó su instrumento al rango de solista, lo dignificó para siempre en las formaciones de jazz y aportó a la historia de la música —sin etiquetas— un caudal de virtuosismo y belleza sólo al alcance de los más grandes, marcando, como se dice de tantos sin que sea del todo cierto, un antes y un después de su paso por el mundo.
Confieso que no me gustan las biografías «a la americana»: suelen ser demasiado prolijas en datos inútiles, bastante reiterativas y demasiado sentimentales. Este trabajo de Bill Milkowski, un drama sobrecogedor en clave de reportaje, adolece por momentos de esas debilidades, pero el personaje es tan imponente, la documentación tan seria y el enfoque tan personal, que su lectura cautivará incluso a quienes no se consideren especialmente melómanos.
El libro traza un perfil afinadísimo del joven Jaco, un niño en extremo competitivo, con tanto complejo de superioridad como capacidades sobrehumanas para hacer bien cuanto se propusiera: excelencia que, desde luego, no le abandona cuando encamina sus pasos hacia la música. Desde sus primeras formaciones en la Florida natal hasta su militancia en los C.C. Riders, luego con Joni Mitchell, en la Weather Report —la banda con la que acabaría cobrando fama mundial— o en su big band Word of Mouth, el autor demuestra no sólo dominar la discografía de Pastorius, sino poseer un nada desdeñable conocimiento de su técnica, que florecía igual en los jardines del soul, el blues, el jazz o el rock.
Pero acaso lo más interesante de este volumen sea el análisis de las circunstancias que precipitaron el declive del ídolo, y que Milkowski trata de explicar desde todos los puntos de vista posibles: la interpretación freudiana de sus traumas infantiles, las tentaciones del alcohol y las drogas, ciertos arrebatos de inspiración dadaísta, los brotes maníaco-depresivos o la colisión frontal de un espíritu libre con las miserias del mercado, son hipótesis que el autor va desmigando con rigor y profusa documentación.
La fábula de fondo es la del genio atormentado, el desafío ingrato y constante de ir siempre un paso más allá, a menudo vinculado a una tenaz vocación autodestructiva y desbarajustes emocionales permanentes. Desde las tribulaciones de nuestro Paco de Lucía al iluminismo suicida de Charlie Parker, la historia de la música está trufada de casos similares. El caso de Pastorius tuvo su último capítulo a manos de un matón de discoteca, no sin antes pasar una buena temporada en el infierno de las calles de Nueva York, dejado de la mano de dios y sin que nadie le ofreciera un concierto. Como suele decirse de Jesucristo, en quien Pastorius se vio alguna vez reflejado, nada nos permite suponer que una nueva resurrección del músico propiciaría un desenlace diferente. Un desmesurado ego en la trituradora de la industria discográfica acaso no podía tener otro fin.
El libro de Milkowski se completa con un ramillete de semblanzas sin desperdicio, a cargo de nombres tan acreditados como Victor Bailey, Ricard Bona, Chick Corea, Larry Coryell, Meter Erskine, Frank Gambale, Stuart Hamm, Michael Manring, Marcus Miller, Airto Moreira, Sting, Mike Stern, Victor Wooten o John Patitucci, así como de un completo apéndice discográfico. Gócese todo ello con cualquier tema de fondo de este músico inolvidable. Es un lugar común, pero muy consolador, creer que Jaco —o lo mejor de él— sigue vivo en sus discos.

viernes, noviembre 16, 2007

El padre de Blancanieves, Belén Gopegui

Anagrama, Barcelona, 2007. 337 pp. 19,50€

Salvador Gutiérrez Solís

El difunto Umbral, tan certero con las palabras, acertó de pleno en su vaticinio/apuesta sobre Belén Gopegui. Una narradora, que desde su primera entrega —La escala de los mapas— despliega una portentosa capacidad/habilidad novelística, vibrante, inquieta, exploradora, atrevida; definitivamente inusual en estos tiempos de soporíferas historias, modernismos con marca registrada y correctas agresiones contra lo establecido. La voz de Gopegui es una luz en la penumbra de la caverna en la que habita la novela escrita en lengua española, una señal en el camino, tal vez una dirección a seguir. Tras unos comienzos más que prometedores, La conquista del aire y Lo real alzaron a Belén Gopegui a los puestos más altos de la narrativa nacional. Dos obras imponentes, contundentes en trama, intención y definición que lograron agigantar la silueta de la escritora y que convulsionaron el adormecido patio de las letras hispanas, somnoliento desde los años cincuenta. Gopegui inyectó sangre, adrenalina, en las venas del moribundo.
El padre de Blancanieves puede entenderse como la continuación, con respecto a la intención, de El lado frío de la almohada. Continuación sólo con respecto a la intención —repito—, de movilizar, de sensibilizar, de avanzar en lo que podríamos definir como la novela ideológica o novela política. Afortunadamente, técnica y argumentalmente es sensiblemente superior. No se trata El lado frío de la almohada de una novela errónea o mediocre, no, es soberbia en algunos momentos, pero en una escritora del recorrido de Belén Gopegui sólo se puede considerar como una línea recta. Línea recta, eso sí, en las alturas. Alturas que vuelve a recorrer Gopegui, incluso a sobrevolar, con El padre de Blancanieves. Una novela coral e —increíblemente— intimista al mismo tiempo, un espectacular fresco de la clase media española, de la clase obrera, de esa socialdemocracia bienpensante que lo entiende todo, que se solidariza con todo, pero que no actúa —no actuamos— frente a nada.
Página tras página, Belén Gopegui mira a su lector a los ojos y le dice: hazlo, tú puedes, todos podemos, vamos a intentarlo. Porque en El padre de Blancanieves se insta a recuperar los valores de la ciudadanía como estamento fundamental en la construcción de la sociedad y de su propia historia. Entiendo a quien pueda detestar y hasta herir esta novela, si el corral estuviera habitado por las mismas bestias esto sería muy aburrido. Ese odio, o esa herida, habría que seguir adjudicándolo, igualmente, en el haber de Belén Gopegui. Nos demuestra, una vez más, que la novela es un género con entrañas, con riesgo, con vida, en el que todo vale, sí, pero partiendo de unos criterios establecidos. Nos demuestra que la novela es un elemento más en la construcción del mundo, o en un posicionamiento ante el mundo, y no sólo una retahíla de frases ordenadas y huecas, más o menos respetuosas con la gramática.

jueves, noviembre 15, 2007

Negro sobre negro, Leonardo Sciascia

Trad. César Palma Hunt. Global Rythm, Barcelona, 2007. 319 pp. 22 €

Alejandro Luque

Mentiría, de entrada, si omitiera que soy un devoto de la obra, de toda la obra de Leonardo Sciascia. Si por mí fuera, la pondría como lectura obligatoria en escuelas, universidades, empresas públicas y privadas, partidos políticos. Y no porque tenga mucha fe en la eficacia de las lecturas obligatorias, pero sí me consuela pensar que algo queda, que menos es nada. Una cucharada de Sciascia en el desayuno, abrir la ventana para que sople un poco de Sciascia, un segundo de Sciascia en la parrilla televisiva, tendrían en nuestra sociedad insospechados efectos benéficos.
De entre los libros de no ficción de su bibliografía, acaso mi favorito sea este Negro sobre negro. Lo he releído varias veces en mi vieja edición de Bruguera, de 1984, y vuelvo a hacerlo ahora en esta otra, elegante y cuidada, de Global Rythm. Siempre que abro estas páginas –y no dejo de asombrarme por ello– descubro infinidad de nuevas revelaciones, como si el libro siguiera creciéndose y enriqueciéndose cada año. Y sé que es algo más que una sugestión: las ideas que el autor siciliano moviliza no sólo mantienen su vigencia, sino que toman la forma, se adaptan de un modo asombroso a los nuevos tiempos, en parte porque son producto de una lucidez muy sólida, en parte porque el mundo tiene la costumbre de recaer en errores y miserias sospechosamente similares.
Planteado como una suerte de dietario, Sciascia trabajó en este proyecto durante diez agitados años, de 1969 a 1979. Sobrino nieto de la Ilustración, laico, voltaireano, montaigneano confeso, el racalmutense proyecta la misma mirada inciso-cortante en su infatigable peregrinaje de la actualidad al pasado, con el objeto de que una y otro se iluminen mutuamente, que se froten como piedras hasta que la fricción produzca una chispa razonable, un destello que logre conjurar la estupidez.
En esta colección de notas breves hay, para empezar, una prosa limpia, clara y pulida, algo inalterable en sus mejores novelas –Todo modo, El archivo de Egipto– que también reconocemos aquí, ajustada al formato con maestría intachable. Hay también mucha y muy buena lectura, de Pirandello a Borges pasando por Brancati, Stendhal, Kundera, Shakespeare o Pasolini. En ninguno de estos casos, sin embargo, se les trata como venerables ídolos de mármol, sino como sutiles instrumentos ópticos dirigidos a descubrir nuevos perfiles de la realidad.
Otro de los alicientes de estas páginas son esos enigmas históricos que Sciascia recoge en libros como La desaparición de Majorana, De la parte de los infieles o Los apuñaladores, y que ahora aborda más telegráficamente, pero aplicando idénticas mañas deductivas. Asimismo, encontramos entre reflexiones sobre la sicilianidad –esa marca genética que el escritor intentó descifrar toda su vida–, temores acerca del destino del patrimonio histórico y críticas al circo de la intelectualidad, recuerdos y aforismos, inquisiciones demoledoras en materia política, consejos implícitos para leer mejor los periódicos, vacunas contra las manipulaciones a las que estamos expuestos a diario.
Las últimas páginas del libro son un anticipo de su polémico volumen El caso Aldo Moro, una reflexión sobre el dramático secuestro y asesinato del líder democristiano a manos de las Brigadas Rojas. Y tal vez sea en estos textos donde mejor se percibe lo que apuntábamos arriba: siendo un hombre puro de su tiempo, fieramente siciliano -por más afrancesado que se nos presente-, Sciascia hace siempre gala de una visión de largo alcance y de una conciencia universal, que le valieron por cierto una curiosa mala fama de agorero. Qué grandes observaciones habría aportado, me pregunto, de haber vivido en los tiempos del 11-M, Berlusconi, Litvinenko y las pateras del Estrecho de Gibraltar.
“Hoy en día”, escribía, “la estupidez y el fanatismo son inseparables, ya que no se diferencian: no hay fanático que no sea estúpido y no hay estúpido que no sea fanático”. No se puede fechar mejor este aserto: lo dicho, hoy en día.

miércoles, noviembre 14, 2007

La invención de Hugo Cabret, Brian Selznick

Trad. Xohana Bastida Calvo. SM, Madrid, 2007. 533 pp. 20,50 €

Carmen Fernández Etreros

Cuando el lector de La invención de Hugo Cabret abre las primeras páginas del libro, no sabe si se va a encontrar con un ejemplar de literatura juvenil, un cómic o un álbum ilustrado. El libro de Brian Selznick es todo eso y mucho más. Un libro especial que combina tres géneros: la narrativa, la ilustración y la técnica cinematográfica. El acierto del autor es que no nos invita a leer el libro sino a contemplar la historia del muchacho protagonista, y para ello nos la muestra con sus increíbles ilustraciones e imágenes.
El papel privilegiado de la imagen en La invención de Hugo Cabret se logra gracias a la aparición de 284 cuidadas ilustraciones. En el libro aparecen fotografías sacadas de películas pioneras del cine como por ejemplo El viaje a la Luna de George Méliès o La llegada de un tren a la estación de los hermanos Lumière. Estas fotografías se combinan con curiosos dibujos en blanco y negro elaborados por el propio autor. Brian Selznick usa técnicas cinematográficas para la recreación de sus ilustraciones, como la simulación del zoom con dibujos sucesivos que van acercando los pequeños detalles al lector como una bota del protagonista corriendo o la locomotora entrando en la estación parisina.
Brian Selznick, natural de New Jersey, es un apasionado de la literatura y la ilustración infantil. Su primera obra, The Houdini box, que todavía no ha llegado a nuestro país, cosechó un gran éxito entre los lectores y la crítica, y varios premios de Literatura Infantil y Juvenil. Curiosamente Brian Selznick adquirió sus conocimientos de literatura infantil cuando comenzó a trabajar en la librería infantil Eeyore’s en Nueva York. También ha trabajado como ilustrador de diversos libros infantiles y juveniles.
Pero recalco que la imagen no se superpone al texto, sino todo lo contrario, ambas se combinan con destreza. El autor logra un equilibrio de las imágenes con una historia brillante y una intriga que capta al lector desde las primeras páginas. Incluso consigue que las ilustraciones lleven al lector en volandas la historia para seguir a recreándola a continuación en el texto. Un verdadero ejercicio de estilo y una novedosa técnica para la literatura juvenil que se inaugura con este libro y que se hace eco del gran papel de la imagen en los nuevos lectores.
La invención de Hugo Cabret cuenta la historia de un chico huérfano, que vive solo entre los muros de una ajetreada estación de ferrocarril parisina. Si quiere sobrevivir, nadie debe conocer su existencia. Tampoco nadie debe saber que todas las mañanas Hugo pone en hora los relojes de la estación. Sin embargo, un día tiene un descuido y es descubierto por una solitaria chica y un viejo juguetero. Ya nada será para Hugo como antes. Un extraño dibujo, un valioso cuaderno de notas, una llave robada y un misterioso autómata son algunas de las claves de un intrincado misterio que el lector irá descubriendo.

Para esta obra Brian Selznick se ha inspirado en Edison’s eve: A Magical Quest for Mechanical Life, de Gaby Word, un libro en el que se cuenta la historia de un autómata, y en el que se narra como uno de los primeros directores de cine francés, George Mèliés, coleccionaba este tipo de máquinas. Un director de cine que se separo de la línea documental de los hermanos Lumière para convertir el cine en espectáculo y diversión. El autor cuenta en los agradecimientos de La invención de Hugo Cabret que había acariciado durante muchos años la idea de escribir una novela sobre George Méliès, pero ésta no tomó forma hasta que encontró este libro que contaba la historia de la colección de autómatas de Méliès que fue «donada a un museo cuyos responsables la arrinconaron en un desván del que solo salió para ir al basurero. Me imaginé que podía haber pasado si un niño hubiera encontrado aquellos autómatas en medio de la basura y en aquel instante nacieron Hugo y su historia».
La otra historia que subyace en La invención de Hugo Cabret es la reinserción en la sociedad de un niño que como tantos otros en la época, vagaban en soledad por las calles de París a su suerte, y que gracias a la amistad con la protagonista y al misterio del autómata vuelve a tener contacto con el mundo.
Un libro que conecta la olvidada y triste historia de los pioneros de la cinematografía con una aventura juvenil llena de sensibilidad, misterio y creatividad. Un libro que engancha a los jóvenes lectores pero también a sus padres.

martes, noviembre 13, 2007

Obras maestras. La mejor ciencia ficción del siglo XX, Orson Scott Card (selección)

Ediciones B, Barcelona, 2007. 570 pp. 19 €

Julián Díez

Bienvenidos a la ciencia ficción, donde el arte inquieto y la bufonada se confunden. Esta antología puede ser, si no una puerta inmejorable, sí al menos fidedigna y válida para adentrarse en uno de los más meritorios, pero también el más esquizofrénico, de los géneros literarios del siglo XX. Porque en ella encontraremos un resumen fidedigno de sus miserias y sus grandezas; obras maestras desconocidas al lado de cuentuchos que resulta delirante que nadie quiera recuperar; certeras reflexiones sobre la condición humana o el destino de nuestra sociedad junto a chorradas del espacio escritas en un grimoso estilo pulp.
Sólo en un libro de ciencia ficción, en ningún otro género literario ni en ninguna otra vertiente de la cultura conocida, podríamos encontrar a un director de colección que aprovecha el prólogo de un volumen para dar cera a quienes no piensan como él; y nada más que en la ciencia ficción se encontrará a un antologista que, ya que está seleccionando sus cuentos favoritos, aprovecha la coyuntura para decir que todo el resto del universo que no disfruta de la ciencia ficción son “la vieja aristocracia en su torre de marfil”, y de paso reclama para su género una normativa al margen de la del resto de cualquier otra forma literaria (sin argumentación alguna para ello, por supuesto), en la que, naturalmente, su propia obra reciba al fin el reconocimiento que merece por parte de “la vieja aristocracia”.
Se hace difícil recomendar del todo un libro embadurnado, pues, de complejos de inferioridad y autosuficiencia fanfarrona. Pero ay, amigos: es que la ciencia ficción es también una fuente de literatura maravillosa. De la que está a la altura de cualquier criterio, de las exigencias más exquisitas, y que a la vez da que pensar, da que soñar. En este libro hay no menos de media docena de ejemplos de ello. Y no hay muchas antologías de relatos actualmente en las librerías en las que se reúnan juntos tantos relatos buenos, de los verdaderamente memorables de la ciencia ficción. El único otro caso disponible es Lo mejor de los premios Nebula, reeditada en bolsillo en dos volúmenes. Esta última tiene la ventaja de que los cuentos que no son buenos, al menos no son tan rematadamente malos como los peores de ésta.
En cualquier caso, destaquemos los relatos memorables. "Un platillo de soledad", del maestro de la cf sensible Theodore Sturgeon, nos muestra cómo es posible construir una historia maravillosa a partir de materiales humildes, puramente pulp. "Todos vosotros zombis", "Los nueve mil millones de nombres de Dios" y "Sueños de robot" son, sin duda, de los más brillantes trabajos de los tres grandes clásicos de la ciencia ficción, Robert A. Heinlein, Arthur C. Clarke e Isaac Asimov, cuya verdadera importancia en el contexto del género debería ser puesta en entredicho, pero que de los que aquí se ofrecen testimonios inmejorables. Los cuentos de Robert Silverberg, Ray Bradbury, Harlan Ellison y Brian Aldiss están entre los mejores suyos, dando también fiel reflejo de sus trabajos. "El túnel bajo del mundo", de Frederick Pohl, debería servir para reivindicar el trabajo pionero de este autor en el campo de la ciencia ficción sociológica en los años cincuenta, uno de los tesoros ocultos del género. Y "Los que se alejan de Omelas", de Ursula K. Le Guin, es para mí un firme candidato a ser uno de los mejores relatos del siglo XX bajo cualquier parámetro, así que poco más puedo decir de él.
En general, desde que abandonamos los prólogos y su tono mitad llorica, mitad fanfarrón, el libro se justifica en líneas generales en sus dos primeras partes, las que dan testimonio de la historia del género hasta los años setenta. Las deliberadas omisiones de tres de los mejores autores de la ciencia ficción, además de los más reconocidos fuera de los estrechos márgenes del ghetto, como son Stanislaw Lem, Philip K. Dick y J.G. Ballard, con ser más que discutibles, pueden defenderse porque el material presentado o está muy bien o –salvo la excepción del vergonzoso cuento de Edmond Hamilton- resulta al menos digno.
El libro, desafortunadamente, cae en picado cuando Card no puede apoyarse para presentar su canon del género en el canon que la crítica y el público han ido estableciendo al cabo de las décadas, y debe escoger por sí mismo ejemplos del género en los últimos treinta años. Y aquí, salvo el ya indiscutible “Reyes de la arena” de George R. R. Martin y el brillante “Nieve” de John Crowley, el resto forman un abanico que oscila entre lo correctito –Gibson, Kessel o Bisson tienen mejores obras que las aquí escogidas-, lo prescindible o lo simplemente malísimo. Admito que aguardo con impaciencia otras reseñas para ver si hay alguien entre los expertos del género que pueda considerar que relatos inéditos hasta hoy en castellano –con toda la razón- como “Vasijas” de C.J. Cherry o “El sendero descartado” de Harry Turtledove pueden resultar representativos de un género que, en este periodo, ha contado con cuentistas tan interesantes como Connie Willis, Greg Egan, Mike Resnick o Ted Chiang, por sólo citar ejemplos relativamente accesibles para el lector español.
En suma, un volumen tremendamente irregular, pero también por ello mismo representativo del desquiciamiento en el que sigue viviendo hasta hoy la ciencia ficción. Queden en suma claros los dos avisos: aquí hay material valioso, que puede suponer una sorpresa para muchos lectores, y que suma más de la mitad del volumen, lo que sin duda justifica su compra. Pero este libro está muy, muy lejos de ser un testimonio real de lo mejor de la ciencia ficción. Por fortuna, hay bastante material más valioso que algunas de las páginas de topicazos y marcianadas que engrosan este volumen.

lunes, noviembre 12, 2007

Como otros tienen una patria, Ramón García Mateos

X Premio de Poesía Ciudad de Salamanca. Algaida, Sevilla, 2007. 88 pp. 12 €

Ignacio Sanz

Ramón García Mateos (Cerralbo, Salamanca, 1960) ha tenido una vida peregrina y, en cierto sentido, atormentada, que le llevó en un primer envite desde su pueblecito situado casi en la frontera de Portugal, hasta el Barco de Valdeorras, para emigrar después a Reus cuando era ya un adolescente crecido. Desde hace más de veinte años vive en Cambrils (Tarragona), donde ejerce como profesor de Literatura Española. Su primer libro de poesía lo firmaba con un clásico entonces vivo como Leopoldo de Luis. Ramón García Mateos ha ramaleado de aquí para allá siempre atrapado por la poesía, con libros deudores del viejo cancionero y romancero tradicionales con acentos trovadorescos; también ha navegado en las aguas de la poesía satírica, tomando como objeto de su punzante mirada ciertos personajes públicos.
En estas idas y venidas por el mundo literario consiguió varios premios que no hacían sino confirmar que aquel muchacho salmantino de vocación trashumante había devenido en un poeta aplicado con capacidad para asumir lo mejor de la tradición poética en castellano; tradición que, en su caso, recalaba en puertos tan notables como Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, César Vallejo, Antonio Gamoneda. A José Agustín Goytisolo le ha dedicado, además, varios estudios críticos y un precioso disco, Por mi mala cabeza, de poesía recitada y musicalizada por el grupo Los Goliardos, que él lidera. En ese disco se puede apreciar la gravedad y hondura de la voz de Ramón García Mateos, así como su dominio del ritmo y de las pausas en la recitaciones.
En el año 2003 García Mateos da un salto cualitativo al conseguir el premio de poesía Rafael Morales de Talavera de la Reina con su libro Morfina en el corazón. Creo que es en este libro donde el poeta comienza a encontrar su propia voz depurada, libre ya de cualquier hojarasca ligada al periodo formativo. Aparecen los largos versículos, las complicidades surrealistas y un desgarro interior que se va a acentuar en el libro objeto de este comentario, Como otros tienen una patria, título prestado de un verso de Juan Carlos Mestre, otro de sus referentes poéticos, cuyo verso completo es: «Yo tenía una libélula en el corazón como otros tienen una patria».
El dolor atraviesa estos poemas desgarrados, pero no es un dolor oscuro o amargo, sino un dolor luminoso, expresado desde la altivez de los derrotados, desde la conciencia heroica de los vencidos. Y descubrimos en ellos que el poeta se desnuda y nos muestra, como trofeo, un torso lleno de heridas. Y es entonces cuando advertimos que Ramón García Mateos ha encontrado en estos poemas el cauce para dar salida a los sentimientos más profundos; las esquirlas de ese dolor salpican como gotas de agua en nuestra cara y nos hieren y nos iluminan.
«Mi memoria es el territorio de la ausencia, memoria para tejer el lino y la sarga donde duerme el recuerdo, ausencia y humo, piel y escalofrío». Otra veces el poeta se muestra dionisiaco, ebrio de amor: «Así, especia y flor, fruto y viático, así, así renace en las palabras, pagoda entre dos muslos azorados, cofre y cosecha, un pozo de agua dormida entre tus piernas: lugar sagrado donde se anega mi soledad, mi ansia de ti, me desespero».
El libro brinca en nuestras manos, como brinca un corazón herido. Y bien se podría decir de él, remedando a Vallejo, que el lector, antes que un libro, tiene un hombre herido entre las manos.

viernes, noviembre 09, 2007

Noviembre, Gustave Flaubert

Trad. Olalla García. Impedimenta, Madrid, 2007. 140 pp. 16,30 €

Care Santos

Un consejo para escritores: lo que no queráis ver publicado, quemadlo en vida. Flaubert no deseaba que este texto se publicara —y con razón— y aquí está, impúdica y bellamente editado (la belleza siempre es impúdica) para que todos los curiosos tengamos ocasión de hurgar en sus páginas, de buscarle defectos, de asentir en silencio mientras leemos y, finalmente, de darle o quitarle la opinión a su autor. A los maliciosos nos encanta que nos inviten de este modo al festín del juicio. De modo que, antes que nada hay que dar las gracias al editor por permitírnoslo.
Noviembre es un texto de juventud. Flaubert lo escribió con apenas veinte años. Apuntaba las maneras que más tarde le caracterizarían, pero estaba aún a años luz de sí mismo. De momento, era un joven sensible, con muchas cosas que decir y poca mesura para decirlas. Este texto lo demuestra: a lo largo de casi la mitad, unos 80 páginas, Flaubert describe, lucubra, soliloquiza, medita en voz alta. Tiende a divagar y a repetirse, pero se lo perdonamos porque su discurso contiene dos o tres ideas valiosas. El problema es que el autor también se dio cuenta y revoloteó sobre ellas con la insistencia de una mosca sobre un pastelillo. En ocasiones, ese efecto mosca de la voz narrativa nos puede hacer creer que el autor no pretende contarnos nada, pero no es cierto: quiere y puede contarnos algo, lector, ten un poco de paciencia, que se trata de un autor tierno, primerizo, ingenuo. Ya llegará, y seguro que te sorprende.
Exagero, por supuesto. Todo el que se acerque a este Noviembre sabrá de antemano que Flaubert era aquí un autor primerizo. La lectura no será inocente. Al lector le fascinará no sólo la historia sino, sobre todo, el modo en que el escritor del XIX se anticipa a sí mismo. En esas 80 páginas, Flaubert gasta mucha retórica en describir la vejez de su narrador protagonista. Es un hombre muy vivido que rememora sus experiencias y, en especial, las que marcaron su juventud. Lo hace desde el aburrimiento, desde el profundo hastío de vivir. Curiosamente, el mismo aburrimiento que habrá de marcar la madurez y la vejez del Flaubert real cuando alcance esa edad.
Eso es lo maravilloso de esta demorada primera parte: el modo en que Flaubert nos habla del anciano que será cuando todavía es un chaval. Él no podía saber en el momento de escribir esas palabras cómo sería 50 años más tarde; pero nosotros, sus lectores, sí lo sabemos. El Flaubert de 60 años es un ser tan triste y gris como el protagonista de Noviembre, un hombre entregado a su causa a la par que a su salud enfermiza, capaz de escribirle a Ivan Turguéniev, refiriéndose a la escritura, cosas como ésta:

«Hay que tener el genio del ascentismo para autoinfligirse semejantes tareas. Hay algunos días en que tengo la sensación de que me están sangrando por los cuatro costados y de que voy a morir de un momento a otro. Pero después me recupero y pese a todo continúo. Así son las cosas». *

La segunda parte de este Noviembre es muy otra cosa. En ella, el narrador evoca sus amoríos con una prostituta, Marie, anticipación de algunas de sus famosas protagonistas femeninas, como Salambó o Emma Bovary, quien le explica qué lecciones le ha enseñado la vida. Lo hace en una larga narración en primera persona —un verdadero relato dentro de la novela—, cargado de imágenes poderosas, de hallazgos argumentales y de escenas memorables. Marie es, sin lugar a dudas, lo mejor de este noviembre en la primavera flaubertiano. Es una mujer que desea, que sabe lo que persigue y que no tienen ningún reparo en salir a buscarlo, que maneja las riendas de la seducción y seduce antes de ser seducida. Seguro que más de uno de sus contemporáneos se habría escandalizado mucho al saber que conocer a una heroína como ella, capaz de observar a los hombres el bulto de la entrepierna o dejar constancia de su placer carnal en forma de arañazos en el cabecero de la cama.
Marie bien merece una visita. Combinada con la rara avis que supone este texto y con el placer de leer algo que su autor no quiso entregar a la imprenta suman ya tres morbosos argumentos para no dejar escapar este Noviembre. Sin contar, claro está, el cuarto: la belleza. Ah, la belleza.

NOTA FINAL LIGERAMENTE INDISCRETA: Recientemente, en el transcurso de una conversación en un café barcelonés de nombre flaubertiano, dio Enrique Redel, el editor de Impedimenta, una definición que le viene como anillo al dedo a esta novela: «Los libros de Impedimenta son aquellos que no olvidarías en una mudanza».
Aunque, de poder elegir, es mejor que los muy lectores no nos mudemos.

jueves, noviembre 08, 2007

Cuentos, Ernest Hemingway

Prólogo de Gabriel García Márquez. Trad. Damián Alou Ramis. Lumen, Barcelona, 2007. 596 pp. 24,90 €

Enrique Planas

¿Cuál es la razón por la que Al y Max, los dos hampones que entran a la cafetería Henry's escondiendo sus rifles de cañón corto bajo los sacos, quieren matar al sueco Ole Andreson? Y más aún, ¿por qué cuando el joven Nick Adams llega al hotel donde se hospeda para alertar al sueco se encuentra con un hombre resignado a su fatal suerte, que ni siquiera intentará escapar de su condena? Estas son dos preguntas que quedan flotando como el polvo en un día seco y caluroso después de leer “Los asesinos”, considerado uno de los cuentos más enigmáticos y fascinantes de Ernest Hemingway, y utilizado por casi todos los que hemos llevado un taller de creación literaria. En este relato, brilla esa técnica narrativa conocida como el dato escondido, el acto de narrar por omisión, de darle sentido al silencio, de expresar más con lo que se calla que con lo que se dice. Pocos como el autor de Fiesta para ofrecer historias donde el signo de interrogación se engancha del cuello del lector, y este, obligado a afinar su imaginación o su desconfianza en las personas, debe llenar los vacíos, completar el 90% de ese iceberg que el escritor, con su deliberada economía de palabras, solo nos muestra lo que asoma en la superficie del agua.
En Cuentos, la recopilación hecha por el propio Hemingway en 1938 (conocida como los cuarenta y nueve primeros cuentos) que editorial Lumen lanza en una espléndida edición, se hace evidente, sin embargo, que Hemingway no sólo nos seduce por oscurecer deliberadamente los rincones de sus tramas. En “La breve vida feliz de Francis Macomber”, por ejemplo, la historia de una pareja de millonarios que contratan a Robert Wilson para que los guíe en un safari y los apoye en su empresa de matar a un espléndido león, no se escamotea la información de la historia (es más, la versatilidad del narrador para colocarse en los más diversos y a veces caprichosos puntos de vista nos ofrecen una perspectiva del relato tan amplia como es el primitivo paisaje de la sabana africana), sino que son los mismos personajes los que se revelan incapaces de mostrarse sinceros, permanentemente calculadores, en permanente confrontación por el poder. Un trío de personajes tan complejos como primarios en sus pulsiones en cuyo juego de roles ninguno muestra sus cartas. Siempre solos, brutales, individualistas. ¿Cuál es el origen del miedo de Macomber? ¿Desde cuándo su mujer le ha perdido el respeto? ¿Cómo resolverán su descarado deseo el cazador y la mujer de su cliente? Son respuestas que nunca obtendremos, y que no vale la pena resolver.
Nos fascinan los cuentos de Hemingway por el vacío que nos proponen, por ese enorme precipicio que se abre ante nosotros y al que no nos podemos resistir la tentación de mirar un fondo nunca nítido. La tentación del abismo, digamos para sonar dramáticos. ¿Es que un lector puede pedir algo mejor?

miércoles, noviembre 07, 2007

Carnaval, James Thurber

Trad. Cecilia Filipetto. Acantilado, Barcelona, 2007. 204 pp. 16 €

Julián Díez

La obra de James Thurber no es muy conocida para el lector español de hoy, pese a que tenga incontables ejemplos de la forma de humor americano de la que es un elemento seminal. La observación de lo cotidiano de Thurber, su capacidad para construir escenas jocosas simplemente con una descripción minuciosa de hechos reales a los que se aporta un sutil giro hacia el absurdo, es el pilar sobre el que se construye hoy la stand up comedy, los monólogos que tienen su santo patrono en Jerry Seinfeld. Y tiene también excelsos seguidores en el cine, empezando por Woody Allen, o en la literatura, incluso en algunos trabajos —de corte, eso sí, más sofisticado— de John Updike, John Cheever o Philip Roth.
Por esa conexión directa con su entorno, seguramente, es por lo que la obra de Thurber no ha sido demasiado traducida, en particular en los últimos años. Incluso en este volumen o el anterior ofrecido por Acantilado, La vida secreta de Walter Mitty, hay relatos que tienen manifiesta conexión con el contexto del autor, la sofisticada vida neoyorquina de mediados del siglo XX. Y ello pese a que se trata de selecciones de textos, no de alguna de las innumerables antologías de relatos originales del autor, que seguramente tendrán un componente mayoritario de ese tipo de historias coyunturales. El maestro Miguel Delibes explicaba recientemente cómo había llegado a lo universal a través de lo local castellano, pero teniendo presente la necesidad de esquivar lo anecdótico por ser lo más apegado a la circunstancia concreta. El humor de Thurber es, en esencia, una disección de lo anecdótico, lo que impone en ocasiones esa limitación localista.
Por todo esto es especialmente de agradecer la (como siempre) cuidada edición de Acantilado, y en particular la traducción de Celia Filipetto, que fluye a través de los juegos de palabras del autor sin la necesidad de recursos como las notas a pie de página.
En los cuentos de esta selección destacan varios temas más genéricos, que revisando algo de información sobre el autor parecen característicos del conjunto de su obra. Por un lado, los retratos costumbristas de pareja, bastante demoledores; inolvidable “El señor Preble se deshace de su mujer”, en el que el protagonista manifiesta a su esposa su idea de matarla, y se enreda con ella en una discusión por la inutilidad de sus métodos. Baste la última frase: el hombre se va a buscar una pala para liquidarla y enterrarla en el sótano, pero se deja la puerta del sótano abierta. “¿Dónde has nacido… en una tienda de campaña?”, le grita la inefable gruñona cuando se marcha.
El retrato de la realidad estadounidense, de tipos y tópicos, es otro de los puntos fuertes de la antología. El entrañable retrato de la tía Ida, una muy característica anciana bizarra americana, o el del buscavidas Doc Marlowe destacan en este apartado. Finalmente, Thurber bromea —de manera bastante contundente en ocasiones— sobre modas y modos de su entorno, algunos supervivientes hasta hoy: resulta especialmente curioso ver cómo la parodia de un libro de autoayuda que hace Thurber podría trasladarse casi al milímetro a comentar los estantes de nuestras librerías. También es más que llamativa la forma en que Thurber baja a tierra las genialidades surrealistas de la autobiografía de Dalí, o una extraña mixtura entre Macbeth y las novelas de Agatha Christie. En ciertas ocasiones, lo muy coyuntural y local sí da pie a un texto memorable, caso de “Cómo ver una mala obra de teatro”, que por cierto contiene los únicos ejemplos del volumen de la otra faceta más conocida de su autor, la de caricaturista.
Personalmente —y es algo totalmente fruto de condicionantes propios; concretamente, de mi miopía—, mi relato preferido del volumen sería “El almirante al timón”, un curioso hito, en el que Thurber emplea sus limitaciones visuales para crear a su alrededor un singular entorno fantasmagórico, fruto de la plasmación literal de las imágenes que cualquier persona con problemas en la vista puede adivinar cuando pasea sin gafas. Una obviedad así contado, pero una idea que jamás había visto convertida en una obra literaria, cosa que Thurber hace con rica imaginería.

martes, noviembre 06, 2007

La mujer de Andros, Thornton Wilder

Trad. Isabel González-Gallarza. 451, Madrid, 2007. 128 pp. 14,50 €

Elvira Navarro

La mujer de Andros, novela corta en la que Thornton Wilder (Madison, Wisconsin, 1897 - Hamden, Connecticut, 1975) recrea la Grecia precristiana, es una magnífica obra que convendría leer en estos tiempos de narcotizante relativismo, y que conste que no hay una gota de moralina en ella. Lo que sí hay es un conflicto muy bien planteado donde se relaciona la virtud con la vida, y del que uno (una) sale con ciertas ideas bien aclaradas.
Estamos en Brinos, la más pequeña y menos conocida de las islas griegas, en una sociedad patriarcal donde los matrimonios son acordados por las familias. Uno de esos acuerdos, el de Pánfilo con Filomena, está en peligro por culpa de Críside, hetaira venida de Andros que ha revolucionado a los jóvenes por sus “costumbres libres”. Mujer bellísima y culta, la andriana organiza banquetes en su casa, aderezados con la lectura de Platón y Eurípides. De lo que se trata en esta estudiada puesta en escena es de convertir en dinero su diferencia con las mujeres isleñas. Es decir: de prostituirse. Sin tener la ciudadanía griega o un padre para venderla al mejor postor a través de esa otra forma de prostitución encubierta que es el digno casamiento, no le queda otra.
Excepto los jóvenes, nadie quiere a Críside en la isla. Los hombres temen que las costumbres alejandrinas corrompan a sus vástagos; las mujeres la envidian por su hermosura y la desprecian por su condición de cortesana (zopencas cortesanas ellas). En este ambiente hostil, sólo Pánfilo parece darse cuenta de la hipocresía que delata el rechazo hacia la andriana, cuya situación señala hacia ese lugar al que nadie mira: la vida arrancada a cambio de un pedazo de tierra, de dinero, de poder. Tejido social constituido por el afán de ganancia, en el que una mujer que no tiene dueño exhibe como una herida abierta la reducción de su cuerpo, de todos los cuerpos, a mercancía.
Críside no convierte su marginalidad en odio. Es demasiado inteligente para ignorar que ella es sólo el último eslabón de una cadena de víctimas, y que toda respuesta movida por el resentimiento equivaldría a rendirse a su condena: la de despojarla de toda valía moral. Y es que la virtud no está definida por las costumbres sociales, y mucho menos por los individuos, sino por la máxima universal de ponerse en el lugar del otro y, en consecuencia, de amarlo y comprenderlo. Esa es la única forma posible de dignificarse y dignificar la vida. Llevándola a la práctica, a diferencia del resto de los isleños, Críside adquiere estatura moral; se convierte en sabia. Además, la comprensión del otro, al igual que ocurre con Jesucristo (no son pocas las referencias a una nueva era donde se predicará al Dios del amor), es luminosa; abre a los hombres el camino hacia el bien, y eso es lo que Pánfilo ve en Críside.
La andriana, por supuesto, se enamora de Pánfilo, aunque dejaré a los que quieran asomarse a esta historia que descubran cómo acaba su amor y algunas otras cosas que también se cuentan. Por mi parte, concluyo con un texto del Fedro de Platón, puesto en boca de Críside durante uno de sus fastuosos banquetes, y que dice así: «Oh amado Pan y todos los otros dioses que aquí habitéis, concededme que llegue a ser bello por dentro, y todo lo que tengo por fuera se enlace en amistad con lo de dentro; que considere rico al sabio; que todo el dinero que tenga sólo sea el que puede llevar y transportar consigo un hombre sensato, y no otro. ¿Necesitamos de alguna otra cosa, Fedro? A mí me basta con lo que he pedido».

lunes, noviembre 05, 2007

Guadalajara 2006, Salvador Gutiérrez Solis

Berenice, Córdoba, 2007. 235 pp. 18 €

Amadeo Cobas

Aquí está la tercera parte de la saga. Tras La novela de un novelista malaleche y El batallón de los perdedores llega Guadalajara 2006.
En esta ocasión Germán Buenaventura está de viaje, va invitado a la FIL (Feria Internacional del Libro de Guadalajara, México), después de mover los hilos precisos para ser incluido dentro de la delegación andaluza que allá representará a esta Comunidad Autónoma.
Hay un repaso a lo ya conocido para los fieles seguidores de esta saga: personajes, editoriales (vuelve a salir la inefable La Medusa), clanes, filias y fobias. No falta don Arturo Ballesteros, el mecenas, con sus manías y su determinación, con esa forma suya de entender el mundo, la cartera siempre dispuesta para arreglar cualquier contratiempo, cualquier contingencia que le contraríe.
Esta novela es, en palabras de su propio autor, una «crónica disparatada y hueca» con una narración entrecortada con (quizás) abuso de apostillas, guiones, intervenciones, aclaraciones y redundancias que ralentizan la lectura y pueden dar lugar al despiste, desviando la atención de lo verdaderamente importante, que consiste en saber quién ha cometido el asesinato de…, no les digo más, discúlpenme, y quién ha robado el ordenador portátil de…, todo con el trasfondo del mundillo literario tan particular como estrafalario. Me estoy refiriendo al real, no al «inventado» en la novela por Gutiérrez Solís.
Se salpica el hilo narrativo de las aventuras mexicanas de Germán Buenaventura con las peripecias de El Escritor a Sueldo (otro más, distinto al de la novela anterior de la saga, que por motivaciones similares aunque desde situaciones distintas tiene cabida en ésta), o del Descubridor del Cráneo de Lorca, que lo muestra hasta en un programa de televisión, por poner un par de ejemplos. Pero caben también las acotaciones del transcriptor (justificándose, como siempre que discrepa con Buenaventura: en este caso porque ha recibido un texto demasiado limitado y que le hace trabajar de más), y hasta las impresiones del grupo de escritores andaluces, y esto es lo único real de la novela (a priori), que participaron en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en 2006.
Dentro del maremágnum que suele ofrecer Gutiérrez Solís contando la vida y milagros del novelista malaleche es especialmente meritoria la historia de El Escritor a Sueldo y el mendigo, porque aunque tiene algo de moralina soportable, es ingeniosa la forma de resolver el enfrentamiento de estos dos antagonistas tan bien perfilados.

viernes, noviembre 02, 2007

Arde el musgo gris, Thor Vilhjálmsson.

Trad. Enrique Bernárdez. Nórdica, Madrid, 2007. 350 pp. 20 €

Marta Sanz

Hay quien mantiene que los escritores no pueden dedicarse a la crítica porque tienden a justificar las obras sobre las que proyectan o creen reconocer sus vicios y virtudes literarios. En el extremo opuesto, otros consideran que sólo los escritores deberían dedicarse a las labores críticas ya que sólo ellos poseen la sensibilidad adecuada para captar las vicisitudes de la creación, los precipicios y los logros de la palabra escrita. Con libros como Arde el musgo gris esta polémica es estéril: el lector crítico entiende el verdadero significado del concepto de fascinación y el escritor crítico experimenta la punzada de la envidia. Al menos yo la he notado justo en medio del entrecejo: este es un libro que hubiera querido escribir. En su totalidad, en su concepción, en su intención, en cada una de sus páginas, en su ritmo, en sus colores y en sus opciones lingüísticas, una detrás de otra.
Sabemos muy poco de la literatura islandesa, pero Thor Vilhjálmsson es uno de sus autores más sobresalientes: por esta obra obtuvo el Premio de Literatura del Consejo Nórdico —el pequeño Nobel lo llaman— en 1988. En ella sumerge al lector en una naturaleza que no sé si podríamos llamar paisaje, porque parece ingobernable y sublime en cada recodo; a través de ella, desde ella, dentro de ella, sobre ella se empapa y transita un juez, Ásmundur, que viaja vadeando ríos y arroyos, remontando colinas, bordeando acantilados y playas, para indagar un caso de incesto y de infanticidio. El juez es el trasunto de un personaje muy popular en la cultura islandesa, Einar Benediktsson, poeta, juez y reformador progresista de un país que en el siglo XIX aún se regía por unas directrices que propiciaban modos de comportamiento, de producción y de relación casi medievales.
Crimen, sexo, incesto, infanticidio, suicidio, naturaleza, un personaje histórico que además es escritor... con esos ingredientes Thor –Enrique Bernárdez nos advierte de que en Islandia el único modo de llamar al otro es por medio de su nombre de pila— podría haber tramado un novela digestiva en su falta de relieve, en la satisfacción de las expectativas de un lector ávido de morbo, de cierta dosis de culturalismo y de tramas que desenredar: podría haber escrito una de esas novelas que subrayaron una determinada manera de entender la literatura, que aún pervive, y que de tanto éxito y prestigio, comercial y académico, gozaron en España en la década de los ochenta; sin embargo, Thor Vilhjálmsson busca otra forma de complicidad con los lectores: la que surge del riesgo, del forzamiento al límite de los cinco sentidos, de la percepción y de las habilidades intelectivas, la que se atreve a mirar el entorno a través de un lenguaje inaugural que nombra lo que está pero aún no ha sido desvelado. La novela de Vilhjálmsson no es poética porque se permeabilice a los rímur; ese modo de poesía complejísima que nace de los campesinos islandeses —quizá el rímur es la metáfora de la idiosincrasia de un pueblo definido por una inteligencia natural que puede ser devastadora, pero nunca simple—; la novela de Vilhjálmsson es poética porque propone un modo de acercarse al significado, quizá a la verdad, que desde la dispersión de los sentidos busca la síntesis en el proceso de lectura; cada imagen es de una intensidad punzante: hacía mucho tiempo que no leía escenas de sexo, las brutales, las tiernas y las exquisitas, en las que el lector llega a sentir su propio cuerpo, su morbilidad; imágenes y escenas, como una de las que abre el libro, “Matar a un ser humano”, de una fuerza moral y plástica que al principio parece suspender la comprensión de la globalidad, pero que después poco a poco adquiere su pleno sentido dentro de la lógica del relato. El significado se construye a base de sensaciones repetidas, de golpes, que van permitiendo atisbar el dibujo escondido dentro del trazado aparente como en esas láminas en que dos perfiles enfrentados ocultan la silueta de una copa o una bella muchacha camufla el espantoso rostro de la bruja del cuento... La lectura de este libro se convierte, por esta razón, por este misterio, en una experiencia única en el que se escuchan al unísono las voces de Vilhjálmsson y de Benediktsson, entrelazándose, permeabilizándose como el agua en la tierra, fantasmagóricas en sus superposiciones, educando el oído del lector que sabe escuchar.
Arde el musgo gris tampoco es una novela épica porque en ella se nombre a los personajes de las sagas; sus personajes son por sí solos lo suficientemente épicos, totales, en lo que tienen de único y en lo que comparten con el género humano: Solvéig Súsanna es una de esas mujeres de ficción difíciles de olvidar por su disposición simultánea para el amor y para la destrucción o el desapego, por su carnalidad y por un espíritu que denodadamente lucha por ser libre, una Medea que pare en un hoyo, tal vez en una de esas zorreras donde las crías del mamífero son envenenadas por la mano del hombre. La novela retrata un mundo que evoluciona con lentitud y en el que chocan la tradición y el progreso, los atavismos, el instinto y la civilización, lo animalesco y lo cultivado, la superstición y la racionalidad, el amor de un Dios primitivo y vengador o de un Dios compasivo y amante, la necesidad de amor y el frío, la soledad y los otros, la pusilanimidad, el miedo al cambio y la inquietud que asalta a cada ser humano cuando decide actuar, la contradicción entre el pastor y el juez, entre la clemencia y la necesidad de las correcciones, la contradicción en el corazón mismo de Ásmundur: cuando el juez imagina una edad de oro para Islandia, la fuerza de las cascadas encauzada en los parámetros de la cultura de Occidente, la tímida mujer del campesino reacciona: «Se me ponen los pelos de punta (...) Que nuestras benditas cascadas sean encadenadas. Qué será de la belleza que caldeaba nuestros corazones en medio de nuestros afanes. No está nada claro que la riqueza esté siempre acompañada de bendiciones. Si todo ha de medirse por su utilidad. Me pregunto si dejaremos de oler el bendito aroma de la hierba...» Y, entonces Ásmundur-Benediktsson-Vilhjálmsson siente que odia y ama a su pueblo, a su primario país de amores criminales, de tabúes, de extraña lucidez y de ignorancia, en la misma e inquietante proporción.

jueves, noviembre 01, 2007

Historias del señor Keuner, Bertold Brecht

Trad. Juan José del Solar. Alba, Barcelona, 2007. 153 pp. 14,50 €

Alejandro Luque

Durante varios días he paseado este libro bajo el brazo. Y he comprobado cómo cualquiera que se inclinara para ver de qué se trataba hacía un gesto de rechazo al descubrir en la portada el nombre de Brecht. Valga, pues, esta advertencia: quienes sólo identifiquen al escritor alemán como padre de Mackie Navaja o de Madre Coraje, como activista político o como autor de ciertos ripios erróneamente atribuidos, se exponen sin duda a una grata sorpresa apenas abran este volumen.
Supe de las historias del señor K. hace algunos años, a través de mi amigo Ilya U. Topper, que se sabe muchas de memoria y las reproduce a la perfección. Desde entonces, he invocado las enseñanzas de este personaje en múltiples circunstancias, desde los fastidiosos controles de los aeropuertos a los encuentros imprevistos en la calle: en todas ellas me resultó tan útil como divertido recurrir a él. Por eso, ha sido para mí un motivo de alegría saber de este nuevo volumen, que incluye dispersos e inéditos con ambiciones de edición definitiva.
Pero, ¿quién es este señor Keuner? Todos y ninguno. Carece de identidad: asume dócilmente cualquier situación donde el autor tenga a bien colocarlo, y comienza sin demora a hacer de las suyas. Como bien indica la nota liminar, el nombre de Keuner suena como “Keiner”, que en alemán significa “Nadie”: un modo de no singularizarlo demasiado, de permitir que represente a la gente común, como sucede con ciertos personajes de los chistes y las leyendas populares. A partir de ahí, lo encontramos siempre en el terreno de la anécdota y la parábola, a veces adoptando el tono del sabio zen, otras con la chispa aguda de un Juan de Mairena.
«El señor K.», leemos, por ejemplo, «no estaba a favor de las despedidas, ni de los saludos, ni de los aniversarios, ni de las fiestas, ni de concluir un trabajo, ni de iniciar una nueva etapa en la vida, ni de los ajustes de cuentas, ni de la venganza, ni de los juicios concluyentes». Uno de los matices más agradables en la lectura de estas historias es que no imponen un punto de vista, no echan mano del chantaje moralista ni de la arrogancia de la cátedra. En todos los palos que toca —las relaciones humanas, el amor, el trabajo, la prensa...—, Keuner actúa como un estimulante para el sentido crítico, incluso cuando éste pueda volverse contra él.
Ágil y directo, pero de una densidad disfrazada de modesta ocurrencia, este Keuner es un sabio portátil, altamente recomendable para el uso diario. No olvidemos que el bueno de Brecht fue, pese a su marxismo machacón, un creador potentísimo, con una riqueza de registros extraordinaria que las malas traducciones se han encargado de oscurecer de manera muy eficaz. Hoy, tan denostado por las lecturas politiqueras y los sobreentendidos sobre su obra, merece con estos textos al menos una nueva oportunidad.

miércoles, octubre 31, 2007

Viento en los oídos, José Marzo

ACVF, Madrid, 2007. 254 pp. 17 €

Miguel Baquero

Memoria histórica. Este es el tema que, últimamente, parece copar el debate en España. No quiero entrar aquí sobre si es oportuna o deja de serlo la promulgación de la Ley que regulará este asunto; tan sólo quiero hacer notar que, cebados en los tiempos de la Guerra Civil y la dictadura franquista, quizás, tal vez, estemos contemplando sólo una parte del cuadro, significativa pero parcial (en el sentido de “incompleta”). Nadie duda de que el pasado condiciona nuestro presente, y es indudable que muchos de los fantasmas que todavía sobrecogen nuestra convivencia tienen su origen en aquel trágico periodo de la Historia de España. Sin embargo, no nacieron entonces, ni mucho menos. De algunos de los valores que entraron en conflicto en el año 36 podemos rastrear sus raíces hasta tiempos pretéritos, a veces muy pretéritos; en ocasiones se remontan al principio de la sociedad moderna y forman parte del sustrato esencial de la vida española, son cuestiones que con mayor o menor virulencia, pero siempre latentes, han acompañado y marcado a fuego el curso histórico de nuestro país.
Viento en los oídos, la nueva novela de José Marzo, trata precisamente sobre esa Memoria Histórica que se esconde detrás de la fecha clave julio de 1936. Esos tiempos en que sordamente se fue gestando el conflicto y que sin duda necesitamos conocer para comprender las razones del brutal estallido en que vino a reventar. En Viento en los oídos, a través de una serie de personajes inmersos en una época histórica (desde principios del siglo XX hasta dicha fecha crucial), asistimos al clima de miseria y caciquismo en que vivía la España de Alfonso XIII, al nacimiento de una conciencia social, al enconamiento de unas posiciones ideológicas, al deseo regeneracionista en que se fatigaron, sin resultado, unos pocos ilustres pensadores que advertían la asfixia y la violencia en que se estaba hundiendo la sociedad de su tiempo. Por medio una serie de personajes característicos de la época pero que, sin embargo, no caen en el cliché porque el autor logra conferirles una personalidad literaria, se nos va desplegando a través de las páginas toda esa historia del siglo XX que parece pequeña hoy, ahogada por la inmensidad de lo que vino luego.

Con un magnífico colorido y una constante impresión de realidad, Marzo rescata esa parte de la historia necesaria para colocar los hechos en su justa medida y en su lógica progresión. No por nada la novela, prácticamente, viene a concluir con el estallido de la Guerra Civil, cuando ya todo está narrado y abundan los testimonios. Viento en los oídos vendría, en suma, a intentar cubrir esa inmensa laguna que se nos ha quedado entre las pintorescas guerras carlistas y la España de las vicalvaradas y los pronunciamientos militares, y ese otro levantamiento atroz y guerra fratricida en que parecieron sublimarse esos primeros escarceos.
Junto con ello, Viento en los oídos quiere ser también una recuperación de otra memoria: la Memoria Literaria de España. Al fondo de la narración parece escucharse la voz atenuada de Galdós, la voz de Baroja, de Vallé-Inclán, la voz de Felipe Trigo, Blasco Ibáñez, Gabriel y Galán o incluso Arturo Barea, la vieja voz de la narrativa española que ha ido corriendo como un reguero, a lo largo de la historia, y que en los tiempos que narra Viento en los oídos tenía un timbre especial, una fuerza peculiar, un tono pletórico. En estos nuestros días en que buceamos entre referentes anglosajones mayormente, en que los modelos de quienes empiezan a escribir se hallan en Londres, en Nueva York, en Berlín o en Tokio (y seguramente esté bien así, o quizás mejor, seguramente sea un fruto inevitable del progreso), se agradece, sin embargo, encontrar a un escritor que busca sus raíces en las viejas novelas de su país. Pero no con ánimo de caer y regodearse en el casticismo, en que vino a degenerar la novela española de los años sesenta, sino con ánimo de retomar esa línea literaria vibrante y sincera que también la guerra interrumpió y cubrió de adjetivos rimbombantes, imperiales, preciosismo idiomático, retórica hueca.
Viento en los oídos es una buena novela pero, sobre todo, es una apuesta literaria. Hoy día, cuando, llevados de la corriente global, de una modernidad falsamente entendida, por temor a ser tachados de antiguos los escritores jóvenes se declaran huérfanos y buscan su punto de partida en lo cercano, lo underground, lo pop e incluso lo banal, se agradece que un escritor no tenga reparo en volver atrás en busca de sus raíces. Este deseo de recuperar lo auténtico y no dejarse arrastrar por lo común es lo que hace de la nueva novela de José Marzo un libro cercano, cálido y muy interesante.

martes, octubre 30, 2007

Muertes de andar por casa, Fernando Sánchez Calvo

Prólogo de Yolanda Morató. Ilustraciones de Ana Santos Payán. El Gaviero, Almería, 144 pp. 14 €

Ana Gorría

«Pero esas muertes no son las mías», afirma, como conclusión de la miscelánea que supone el relato "Contra dicciones", Fernando Sánchez Calvo en su recién publicado Muertes de andar por casa. Con un negrísimo sentido del humor, el autor parte de la siguiente poética personal, explicitada en el capítulo de agradecimientos: el humor, la distancia, nuestras miserias y la gente a la que le gusta hablar son cuatro virtudes que me agradan y a partir de las cuales intento escribir. Dieciocho relatos en los que, tomando como motivo temático la muerte, el autor analiza diferentes situaciones como el suicidio, las relaciones entre pareja, la pérdida de nuestros seres queridos. En ocasiones, la escritura de Fernando Sánchez Calvo girando alrededor de lo improbable —pero verosímil— se acerca a modelos propios de la escritura del absurdo: el visitante compulsivo de entierros, la tristeza ante la muerte del hombre que dobla a Homer Simpson o el niño que por nacer en bisiesto envejece a un ritmo prodigioso. La soledad es el motivo estructural que liga a todos estos personajes que andan a tientas por la selva contemporánea, como afirma Yolanda Morató en la excelente introducción a esta obra.
En "El resentido", un joven estudiante de filología se ve ignorado por sus padres (que asumen la táctica de una tribu africana aprendida en un documental por la que el individuo es expulsado del clan y se le niega la palabra) hasta que esta exclusión de la vida cotidiana se hipostasia en el texto y, como consecuencia, desaparece tipográficamente. La dificultad de la comunicación, la muerte de la palabra (como se nos sugiere en el cuento "Donaudampfschifffahrhge-sellschaftskapitänsmützenknopf") y del sentido, condena a los protagonistas de las narraciones de Fernando Sánchez Calvo a la intemperie.
Una intemperie observable en relatos como "Los motivos de cada uno", magistralmente comenzado in media res: «; en otra ocasión (recién casada y tras tener al crío) fuimos quince días a Lisboa. Ese verano, sin embargo, deambulamos por Almería, Cádiz o Lloret de Mar.» La seriedad, la universalidad de los temas que aborda Fernando Sánchez Calvo no impiden que su fino sentido del humor arraigue en lo cotidiano, o mejor, en lo absurdo que hay en las categorías cotidianas: Es lo triste de los suicidas, por lo general han visto mucho museo, leído mucha letra y aprendido que una ventana no es una ventana, sino un símbolo que invita al hombre a desaparecer y a ser libre sin la necesidad de mirar atrás. Desde bien pequeños beben de las cuñas publicitarias y telediarios que la Constitución Europea es una ventana para Europa, que Europa es una ventana para la expansión del mercado chino y que Los Ángeles de San Rafael o los parches de nicotina son una ventana abierta en nuestros pulmones. La obra de Fernando Sánchez Calvo liga nuestra actualidad con la tradición literaria, ampliando sus posibilidades: guiños al neorrealismo, a Orson Welles, a Dostoievski no impiden que nuestro presente se manifieste en los textos, como es observable en Única coartada para cercanías o el monólogo Dios diciéndose en el espejo: DIOS-HA-MUER-TO. Esto ya lo ha dicho todo el mundo, pero falta que lo digas tú. Dios ha muerto y ellos, cuando por casualidad te encuentran citado en alguna revista o aludido fuera de contexto en cualquier riña familiar, consultan extrañados en algún diccionario al uso de 2º de la ESO o se meten en GOOGLE como último recurso.Con una preocupación metaliteraria, que Yolanda Morató liga a la experimentación de las vanguardias históricas, buena parte de la obra de Fernando Sánchez Calvo, y en relación con el asunto de la comunicación, se centra en el propio lenguaje: Suficiente. No había, desde un principio, necesidad de decir nada más. El resto no son más que palabras aborrecidas, dichas en su momento para edulcorar vida tan perra, muerte tan mediocre y amor tan intenso como el que ella padeció por su (difunto y) bien desaparecido esposo.

lunes, octubre 29, 2007

La tumba de Marilyn, Irene Rodríguez Aseijas

Literaturas.com, 2007. 181 pp. 12,50 €

Marta Sanuy

Hay un atraco en un chino de Lavapiés y un policía novato mata a un chaval. Esa es la sencilla anécdota de la que arranca esta novela, la que luego la amalgama y hace que el lector atienda con cuidado lo que viene porque, poco a poco, tiene la sensación de estar más cerca de esa tienda y de conocer más y más al muerto, aunque no sepa con certeza quién es hasta el final. Así la anécdota se transforma en la estructura de una novela aparentemente ingenua, fácil de leer, ágil, que cose los elementos de un modo original y a la que no se le ven las costuras.
En La tumba de Marilyn hay un chino que tiene miedo, latín kings, bares en las esquinas, carteles sensuales, estaciones de metro, entrevistas de trabajo que son descensos al averno, canciones consoladoras y desaparecidos que pesan sobre el ambiente: la madre del protagonista, el padre del camarero; los que no pudieron más y se fueron. Hay alcohol, miedo, trapicheo y también tardes de pesca, placer, admiración, amistad, amor, mar, una niña, capacidad de compartir; ternura.
Miguel y Ladrón intercalan sus voces, unas voces que les llevarán por caminos diametralmente opuestos aunque sean parecidas, y que nos van contando con detalle dos vidas entre tantas invisibles si se cuentan en grandes trazos. Nos muestran sobre todo que «Un hombre podía sentirse afortunado y vivo durante un instante y al siguiente querer desintegrarse». Las veleidades literarias de uno de los personajes permiten a la autora dar rienda suelta a sus certezas, hay un guiño acertado con este personaje que quiere escribir pero con él que la escritora no establece las complicidades habituales del escritor ombliguista. Irene Rodríguez Aseijas sale de su propio pellejo con naturalidad: tiene personajes, dos estupendos personajes que van creciendo página tras página.
Lo que más me sorprende y agrada de esta novela es su contemporaneidad: lo que hay en ella es lo que hay afuera. La escritora logra hacernos mirar alrededor para devolvernos, intensamente dibujado, fijado, lo que vemos cotidianamente. Eso que muchos narradores actuales creen tan fácil, describir lo más cercano, es precisamente lo que despeña hacia la inanidad una buena parte de la narrativa actual. Irene Rodríguez nos regala aquí unos cálculos que resultan de reunir despacio muchos fragmentos, que refuerzan el trazo sobre lo que aparenta ser solamente obvio.
Esta novela me ha recordado Barrio, la película de León de Aranoa, y la verdad es que extrañaba ese equivalente, el retrato de una realidad que a todos nos resulta cercana, con rincones sombríos, aburridos, repetidos, con dolores del alma y poco dinero, retrata ese ánimo que tanto frecuentamos y que tan pocas veces se menciona.

viernes, octubre 26, 2007

Salir a robar caballos, Per Petterson

Trad. Cristina Gómez Baggethun. Bruguera, Barcelona, 2007. 269 pp. 16,50 €

Anna Grau

Hay libros que tú, sin saberlo, te los estás buscando. Libros que van a pasar por encima de tu cadáver aunque tú no quieras. A mí me pasó con Salir a robar caballos, de Per Petterson.
Lo exigible sería estar al día. Llevar a rajatabla esta Tormenta y la Revista de Libros y el T.L.S y The New York Review of Books y el magazine de libros de The New York Times y The New Yorker... que por algo se ha ido una a vivir y a leer a la Gran Manzana.
Pero ni huyendo de todo se tiene tiempo de nada. No hay manera de estar al día, ¡no la hay! La vida y los libros pasan como una exhalación.
El pasado mes de julio, hallándome de visita en Barcelona, empujé las puertas de la bendita Central de Mallorca y allí, sobre la pila de novedades, vi un gatito de Bruguera. El autor del libro era Per Petterson y su título Salir a robar caballos.
Quiero este libro, dije. Y lo quiero ahora.
Mi acompañante, que es también mi bibliotecario mayor, frunció marcadamente el ceño. Él juzga plebeyo abalanzarse sobre las novedades editoriales. Sobran clásicos para pasar el rato —dice— mientras sale la versión bolsillo o, mejor aún, la de segunda mano.
Pero yo quiero este libro, dije, y lo quiero ahora.
Mi bibliotecario mayor preguntó qué tenía este libro de urgente. No sé, dije. Sólo sabía que Per Petterson es sólido y es noruego.
Pero fue leer el título, Salir a robar caballos, y asociarlo inmediatamente con cierta reseña muy breve en The New Yorker, de un libro por ellos llamado Out Stealing Horses. Tenía que ser el mismo.
Yo vivo en Nueva York pero no pienso en inglés. Mi subconsciente tampoco. Por eso me intrigó a mí misma la sospechosa celeridad con que mi cabeza procesó y rescató el libro de Petterson del olvido. De la crítica de The New Yorker no recordaba casi nada, excepto algo así como «austera y calculada prosa, de asombroso poder». Historia de anciano noruego que al quedar viudo se instala solo en una cabaña y se pone a recordar el último verano de su adolescencia que pasó con su padre, antiguo colaborador de la resistencia contra los nazis (pero eso entonces él no lo sabía) y amante de la madre de su mejor amigo (esto tampoco, pero ya se daría cuenta con el tiempo).
Según The New Yorker, el mayor mérito de este libro es la «artística» contradanza de la voz del adolescente y la del viejo. Yo añadiría: es una historia de crecimiento —y de decrecimiento—donde sobreabundan las casualidades, pero no entendidas como rizos del azar, sino como evidencias de una oculta unidad alarmante del mundo. De un invisible granito de responsabilidad que nos va emparedando a todos y que, si se resquebraja, el destino de cada uno cruje de arriba abajo.
Dicho esto, ni siquiera está claro que el crujido de todos los personajes de Salir a robar caballos alcance a cada uno de los lectores por igual. Hay cosas que se dicen y cosas que no se dicen. Cosas que se descubren con claridad y cosas que parece que quieran quedarse en el tintero. Petterson economiza los hechos y, sobre todo, las claves de los mismos, ejerciendo una presión detectivesca muy sutil. No nos obliga a atar cabos, sólo nos invita. Si no los atamos todos, sale una historia diferente. Con otros culpables y otras víctimas.
Lo único que no varía nunca, el eje inextinguible, es el desgarro del hijo que se enfrenta al abandono del padre y que con él pierde toda esperanza de crecer como le habría gustado. De hacerse el hombre que quería. Para bien y para mal, tendrá que hacerse otro.
«Por fin todo junto: lenguaje, inteligencia y fuerza», escribieron de Per Petterson en The New York Times. Lo escribieron celebrando que Petterson estaba en Nueva York. Está en el mismo instante que estoy yo ahora en mi casa en Brooklyn, escribiendo estas líneas. Vida y libros siguen corriendo mucho más rápido que yo.
Pero ahora ya no me preocupo. Ahora sé que el ángel de la lectura existe, y no permite nunca que se escape un libro así.
Tan perfecto.

jueves, octubre 25, 2007

Cuentos completos III, Philip K. Dick

Trad. Eduardo G. Murillo. Minotauro, Barcelona, 2007. 445 pp. 21 €

Alberto Luque Cortina

La ciencia ficción ha sido extraordinariamente prolífica en cuentistas, debido en buena medida al desarrollo moderno del género: durante muchos años, en la llamada “época dorada”, en la década de los años 40 y 50, los autores, la mayoría norteamericanos, subsistía gracias a sus colaboraciones en revistas especializadas: If, Galaxy, o Amazing, entre otras. En todas ellas participó Philip K. Dick (1928-1982), más celebrado por sus novelas, que por cierto han dado lugar a numerosas versiones cinematográficas, entre las que vale la pena recordar, por conocidas, Desafío total (1990), Screamers (asesinos cibernéticos) (1996), Infiltrado (2002), Minority Report (2002), Paycheck (2003) y, por supuesto, el clásico Blade Runner (1982), la lectura personal de Ridley Scott de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968). Las virtudes de la novelística de Philip K. Dick están igualmente presentes en su obra corta. De hecho, al leer alguno de estos cuentos, uno no puede evitar pensar que se halla frente al germen de una próxima adaptación para la gran pantalla, pero esta, como suele suceder salvo en contadas excepciones —Blade Runner es uno de esos casos—, difícilmente alcanzará el clímax que se experimenta tras la experiencia única y subjetiva de la lectura.
Philip K. Dick fue, al igual que su colega Isaac Asimov (1920-1992), un cuentista prolífico. Pero mientras los cuentos de Asimov, muy recomendables por cierto, muestran una cierta confianza en el hombre para superar los numerosos retos del futuro tecnológico, o los de Stanislav Lem (1921-2006) juegan con la abstracción de sus alegorías morales, Dick hurga en un futuro catastrofista producto de la insensatez de la colectividad, de la que esporádicamente surgen individuos que sobresalen del resto y luchan por sobrevivir, a veces infructuosamente. Este paisaje, fruto de la atmósfera opresiva vivida durante la Guerra Fría, se acerca estéticamente al lenguaje cinematográfico de la espléndida La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), con la que el cuento titulado El ahorcado (1953), incluido en este volumen, guarda numerosas similitudes, aunque no se halle a la altura de la película de Don Siegel, basada a su vez en la novela The Body Snatchers (1955) de Jack Finney.
Con estos precedentes, la editorial Minotauro se halla embarcada en la edición de la obra cuentística completa de Philip K. Dick. Este volumen, el tercero de la serie, contiene algunos relatos fascinantes. Al no tratarse de una antología incluye también cuentos menores, pero este hecho no debe oscurecer el gran talento narrativo del autor ni el interés del conjunto. A lo largo de estos veintitrés cuentos el novelista esboza un presente amenazado por muy distintas invasiones extraterrestres o bien futuros alienadores y catastróficos, sociedades deshumanizadas y paisajes para después de una guerra, como en los cuentos “Y gira la rueda” o “El último experto”. “El hombre dorado” ofrece una interesante visión del tiempo con mutantes de por medio. Sus narraciones funcionan en muchas ocasiones como parábolas que alcanzan tintes proféticos: tales son los casos del inquietante “Nul-O”, el anticonsumista “Foster, estás muerto”, o el que sin duda es uno de los mejores cuentos incluidos en este volumen: “La paga del duplicador”. En definitiva un montón de buenos relatos de ciencia ficción que ahondan en la aventura existencial de sus protagonistas, inmersos siempre en situaciones asombrosas y desasosegantes, que dejarán en el lector un buen sabor de boca, horas de amena lectura y alguna que otra desazón. Una cierta dejadez estilística, parangonable con la producción de algunas películas de ciencia ficción de serie B de la época, en nada ensombrece la tensión narrativa de estos relatos y, si acaso, aporta un cierto encanto pulp a los mismos.
Tras su lectura, el inquietante futuro nos abre un gran interrogante: señores de Minotauro, ¿para cuándo el cuarto volumen?

miércoles, octubre 24, 2007

Así vuela el cuervo, Ann-Marie MacDonald

Trad. Gemma Rovira. Lumen, Barcelona, 2007. 1.024 pp. 27,90 €

Elia Barceló

No hace ni media hora que he terminado de leer Así vuela el cuervo y me he sentado directamente a las teclas para compartir con los lectores de este blog mi admiración y mi entusiasmo. No es frecuente encontrarse con una novela como ésta: pulida, hermosa, cruel, real, perfecta. Una novela que te traslada directamente al año 1962, a una base aérea canadiense, y te hace sentirte parte de lo que está sucediendo a lo largo de más de mil páginas.
Al principio el lector se queda prendado de la prosa, de las maravillosas descripciones —llenas de observaciones curiosas, de percepciones de los cinco sentidos—, de la visión del mundo de una niña de ocho años con la que nos identificamos de inmediato y rescata el niño que fuimos y que, aunque a veces se nos olvide, aún llevamos dentro.
Las primeras trescientas páginas de la novela presentan un mundo y una vida como los de la película Pleasantville, pero en tecnicolor, para ilustrar el optimismo y la confianza de unas gentes que acaban de dejar atrás el horror de la Segunda Guerra Mundial y ahora se lanzan con todo su entusiasmo a construir un futuro de paz y felicidad para ellos y para sus hijos, a pesar de la Guerra Fría que, en la novela, es un personaje más. El sueño de poner un hombre en la luna antes de que lo hagan los soviéticos representa, por lo que significa de victoria frente al comunismo, la mayor aspiración de occidente, que está dispuesto a sacrificar literalmente cualquier cosa a esa victoria.
Junto con los personajes —tan perfectamente trazados que los sentimos como personas de carne y hueso— asistimos tanto a la crisis de Cuba y al terror a la hecatombe nuclear como a los problemas cotidianos de la base aérea —Centralia—, que poco a poco se van desplazando de pequeños contratiempos familiares a ominosas sombras que torcerán el destino de los protagonistas y marcarán para siempre ese futuro que parecía esplendoroso.
Pleasantville se va ennegreciendo a medida que avanzamos en la novela hasta que, en medio del idilio familiar, empiezan a suceder cosas terribles que desembocarán en el asesinato de una niña y traerán consecuencias funestas para todos.
No cuento más de la trama a propósito, porque me parece importante dejar que sea el lector mismo quien se vaya adentrando en los secretos de Centralia.
Así vuela el cuervo es una novela negra, pero no sólo. Es también una novela histórica, una novela de espionaje, una novela de iniciación, una novela nostálgica, psicológica... Su alcance es mucho mayor que el de las novelas de crímenes que se leen para pasar un buen rato; es una gran novela en la que el asesinato es sólo el catalizador —y la metáfora— de una sociedad optimista que traiciona sus propios ideales y se va desintegrando irreparablemente en un arco que va desde 1962 hasta poco antes de la caída del bloque soviético a finales de los años 80. Está admirablemente documentada, sin resultar pedante, y ninguna de sus 1.020 páginas está de más.
La traducción de Gemma Rovira es de lo mejor que he leído en años. Con un excelente castellano, se las arregla, sin embargo, para que no se pierda el perfume del inglés original y para realzar las otras lenguas que a veces usan los personajes. También le ha cogido el pulso a la multitud de letras de canciones y de citas variadas que salpican el texto, de manera que las menos conocidas están traducidas y las más famosas se mantienen en original para que el lector las identifique de inmediato. Es un privilegio leer una excelente traducción, y muy de agradecer el hecho de que el corrector haya hecho un trabajo impecable (apenas hay tres o cuatro errores tipográficos sin imporancia en mil páginas). El único problema es que el libro —sobrio y elegante— pese tanto, pero el dolor de muñecas es el precio que hay que pagar por un buen papel y una buena encuadernación.
Mi consejo a los lectores de este blog es que vayan de inmediato a comprar Así vuela el cuervo, que le quiten la funda blanca sin leer el resumen de la contraportada para saber lo menos posible de lo que se van a encontrar a lo largo de sus páginas, y que empiecen a leerla cuanto antes. Me lo agradecerán. Es una joya.