jueves, diciembre 14, 2006

Estambul: ciudad y recuerdos, Orham Pamuk

Trad. Rafael Carpintero Ortega. Mondadori, Barcelona, 2006. 448 pp. 22 €

Hilario J. Rodríguez

Estambul: ciudad y recuerdos es el noveno libro del escritor turco Orhan Pamuk, después de ocho novelas que le han bastado para alzarse con el Premio Nobel. Lo poco que sabemos aquí sobre la literatura turca y sobre Turquía en general (reducido en muchos casos a lo que nos contaron un puñado de escritores franceses, como Gérard de Nerval, Gustave Flaubert, Théophile Gautier o Pierre Loti) debería bastar para atraernos a todos. Pero además estamos ante el trabajo de un gran maestro. ¿Cómo sabemos esto último? Muy fácil: porque, en cuanto nos adentramos en las páginas del libro, la ciudad que nos muestran sus palabras no es la misma que describieron tiempo atrás Giacomo Casanova, Jan Potocki o Ernest Hermingway; y mucho menos la que nos muestran los cuadros de Jean Auguste Dominique Ingres, Eugène Delacroix o Gustave Moreau. Ni siquiera es la ciudad que recordamos quienes estuvimos allí en algún momento de nuestras vidas. Orhan Pamuk demuestra tener una sensibilidad tan acusada como para hacernos ver un lugar diferente, como si sólo le perteneciese a él. Aunque su visión de Estambul no está muy lejos de las aglomeraciones y de los mercados, de las mezquitas y de la arquitectura otomana, aparece descrita ante todo como una ciudad invernal donde caen copos de nieve, donde los antiguos palacios acusan el desgaste del tiempo y la pintura de sus paredes comienza a desconcharse, donde la gente experimenta las frustraciones producidas por los amores insatisfactorios —como el de los padres del escritor— y donde se disipan tanto los sueños de quienes construyen su idea de la realidad sólo con ficciones como los de quienes la construyen sólo con hechos. La ciudad que encontramos en este libro no tiene una temperatura veraniega, llena de luz y bullicio; tiene una temperatura diferente, más fría y melancólica, y su luz es tenue, apagada. Más que una urbe, parece un estado de ánimo.


Orhan Pamuk nos recuerda desde el principio que muchos escritores, como Samuel Beckett, Vladimir Nabokov, Joseph Conrad o V. S. Naipaul, consiguieron cambiar de cultura, de país e incluso de lengua, fortaleciéndose al hacerlo; él, sin embargo, siempre ha tenido la certeza de que su estilo y su potencia son un producto de haber estado ligado toda su vida a la misma casa, a la misma calle, al mismo paisaje y a la misma ciudad. Y eso, precisamente, es lo que le llevó a escribir Estambul: ciudad y recuerdos, en busca del posible sentido de haber nacido en un lugar y en un momento determinados. El libro, no obstante, también pretende explorar la línea difusa que a veces separa a la realidad de su representación, para distinguir entre la imagen que proyecta Estambul en los turistas y en sus habitantes, trazando al hacerlo un mapa que divide la ciudad religiosa de la ciudad laica, Europa de Asia, Oriente de Occidente, el pasado del presente, la mentira de la verdad... Con sus apreciaciones, Orhan Pamuk no desea caer en el exotismo de Théophile Gautier, que llegó a influir en escritores como Yahya Kemal y Tanpinar; y tampoco en la intransigencia del actual gobierno, que pretende imponer un discurso único y que quiso condenarle por hablar en una entrevista sobre el papel de Turquía en el genocidio armenio o en la continua represión del pueblo kurdo. En ese sentido, el escritor prefería tomar caminos diferentes. Por un lado, su intención era que el libro sirviese como antídoto contra las falsificaciones de Occidente, de ahí que dé muchas pinceladas de aliento local y realista; y por otro, quería relativizar la versión oficial que su propio país quiere imponer en el extranjero, algo que le trajo ciertas críticas por parte de muchos lectores estambulíes, que encontraron su sinceridad doméstica demasiado atrevida, por describir de forma descarnada las duras peleas que mantuvieron Orhan Pamuk y su hermano durante la infancia o por poner de relieve las infidelidades de su padre. A diferencia de lo que han hecho muchos novelistas estadounidenses con Los Ángeles, el escritor turco no quería transformar lo documental en literatura sino más bien la literatura en algo documental. Para él, lo más importante era preservar, hasta cierto punto, la integridad de Estambul; no quería que acabase como la ciudad que uno asocia con novelas de Raymond Chandler y James M. Cain o con películas como Chinatown o Los Ángeles Confidencial. A veces, si uno quiere acabar con la ideología convencional, tiene que desechar las ideas que promueven la literatura y el cine más populares.


Las páginas de este libro intentan aclarar el palimpsesto que suele ser toda ciudad. Su autor entiende que una disciplina no basta para dar cuenta de la realidad multiforme que se amalgama entre las calles de Estambul, en los sedimentos temporales que hay dispersos en sus calles, en su manera de distribuir a sus habitantes por barrios... Podría decirse que, en cierto modo, Orhan Pamuk actúa como un detective privado a quien han pagado por insinuar la riqueza oculta tras las imágenes más conocidas. Buena parte de lo que cuenta sirve para restituir una parte de verdad a una de las ciudades donde los occidentales hemos proyectado más fantasías. Algo así le empuja a mezclar pinceladas, texturas y metodologías narrativas muy diferentes. De ahí que el resultado final tenga al mismo tiempo elementos propios de una crónica histórica, de una autobiografía, de una teoría cultural, de un análisis sociológico, de un ideario estético, de un balance arquitectónico y de ejercicio nostálgico por todo aquello que se ha perdido con el paso de los años. Es un cóctel como sólo Marcel Proust, Thomas Mann y algunos elegidos saben hacer. La mayor ventaja es que no es preciso estar de acuerdo con cuanto el escritor turco dice en Estambul: ciudad y recuerdos para poder aprender de él. A lo largo de sus páginas, hay materia suficiente para indignarse con algunos de sus prejuicios clasistas y para admirar sus comentarios acerca de la amargura que aflige a Estambul, que él explica refiriéndose al glorioso pasado nacional que se enseña en las escuelas y al sórdido presente que uno puede contemplar en las calles; y refiriéndose a la manera en que el Imperio Otomano se refleja en el cambiante paisaje de la ciudad, donde han desaparecido barrios llenos de historia y belleza, para dar paso a enormes torres posmodernas sin apenas personalidad.
Albert Speer, uno de los arquitectos más importantes del Tercer Reich, vio cómo en poco tiempo muchas de sus obras no eran más que ruinas; la visión, pese a todo, no debió de incomodarle. Él mismo había estudiado antes las ruinas de Grecia y Roma, en busca de inspiración para construir edificios que luego, con el paso de los años, también se convirtiesen en bellas ruinas como las de las antiguas civilizaciones, de ahí que usase materiales cuyo envejecimiento pudiese hasta cierto punto determinarse. Tal como veía las cosas, le parecía que toda cultura que se precie ha de exhibir vestigios del pasado, como si sólo de ese modo quedase autorizada su presencia en el presente. Orhan Pamuk parece pensar algo muy similar, tal como dan a entender sus palabras, cuando se lamenta porque el esfuerzo de Estambul por modernizarse sólo ha servido para trivializar la ciudad, para robar su esplendor pasado y dibujar un presente feo.

miércoles, diciembre 13, 2006

El niño, Jules Vallés

Trad. Manuel Serrat Crespo. ACVF Editorial, Madrid, 2006. 320 pp. 18,20 €

Miguel Baquero

Todos llevamos dentro de nosotros un ser extraño: el niño, la niña, que un día fuimos y que se resiste a desaparecer, a rendirse a la monotonía y la seriedad de la vida adulta, a estar callado en su rincón sin hablar ni hacer travesuras. Hay ocasiones, como aquella famosa de Proust, en que de pronto nos encuentran desprevenidos y, al menor estímulo, al más pequeño detalle, a una sensación que desechamos por nimia, como el sabor de una magdalena mojada en té, resucitan, llegan corriendo a apoderarse de nosotros y su inocencia nos inunda de ternura hacia nosotros mismos y hacia esta vida en que hemos venido a embarrancar. En mi caso (y no, por supuesto, con la calidad literaria de Proust), es el sabor áspero y rugoso del polvo el que invoca ese antiguo chaval que trazaba carreteras con las manos en la arena, para jugar a las chapas, que se dejaba rodar por los terraplenes, que corría tras una pelota en un seco descampado, a la salida del colegio, los libros y los jerseys puestos en el suelo, a modo de porterías...
El niño, de Jules Vallés, nos vuelve a sumergir, con todo su sabor, en ese mundo olvidado de la infancia, cuando nos arrebataba el olor de la naturaleza, el color de las cosas, el aspecto de las personas, cuando el mundo estaba por estrenar y nuestro padre era capaz de arreglar todo lo que se rompiera. En este cálido libro, la admiración infantil por la vida empapa todas las páginas, y de la mano de Jacques Vingtras, su pequeño protagonista, volvemos a mirar con admiración el trabajo duro de los obreros, volvemos a entusiasmarnos con las historias de piratas, volvemos a sentirnos orgullosos cuando un mayor confía en nosotros y nos encarga alguna tarea (¡tanto más si luego nos recompensa con un franco!). Aquí está otra vez, en frases entrecortadas, precipitadas, como la conversación de un niño, ese milagro que dejamos atrás y que, en un determinado momento que nadie sabría explicar, se tornó vulgar y previsible.
Jules Vallés (1832-1885) fue uno de los escritores franceses más famosos de su época, en especial por esta hermosa novela autobiográfica que supuso su consagración como escritor y a la que siguen los volúmenes El bachiller y El insurrecto, reflejo este último de los días convulsos de la Comuna de París, una revuelta en la que Vallés intervino y ello le costó una condena a muerte en rebeldía y el exilio en Londres. Admirado por escritores como Zola, Vallés encaja, en gran medida, en el “naturalismo” literario que imperaba en su época; así, las correrías de su protagonista (trasunto de sí mismo), Jacques Vingtras, sus aventuras y desventuras en El niño, nos traen, sí, los ecos de ese paraíso perdido que es la infancia, pero también nos enfrentan cara a cara con la brutalidad imperante en aquellos tiempos, con las palizas que, diariamente, propinaban al muchacho su padre y su madre, con las que los vecinos daban a sus respectivos hijos, con los castigos y el despotismo de los profesores que todos ellos sufrían en el colegio. Una crueldad innecesaria, inútil, gratuita, que imperaba entre las clases bajas (clases míseras y frustradas que se cobraban en sus hijos la tristeza de sus vidas) y que alcanza su punto culminante en la muerte, a palos, de una niña. «Parecía tan vieja, Louisette, cuando murió a los diez años...».
Y sin embargo, en medio de la brutalidad, el sonido de los cinturones paternos y de la férula del maestro, El niño es una novela vitalista, alegre, divertida, como son los niños por su propia naturaleza. Pese a las zurras con que le obsequia, el pequeño Vingtras no deja de experimentar cierta ternura hacia la figura de su madre, una ternura expresada en el humor con que nos cuenta el ridículo modo en que ella (de natural campesino) le vestía como creía elegante y le enseñaba lo que creía buenos modales. Ternura que inunda también, de modo menos risueño pero igual o más profundo, las miradas que vierte sobre la figura paterna, un profesor de escuela que, con miras a ascender y para que no le menosprecien los alumnos, azota a su hijo con el doble de severidad que a otros niños (aunque luego, cuando no haya ya espectadores, vaya a consolarle con algo de comida). Una ternura que se derrama sobre los tíos, sobre los primos, sobre los vecinos, que se expande por todas las páginas, sin excepción, sin un desmayo, sin ni siquiera unas líneas de aliño o de descanso. Todas las imágenes, todas las palabras de este asombroso libro impulsan hacia la misma dirección: la reconstrucción del mundo de la infancia. Con toda su inocencia. Con toda su alegría. Con toda su crueldad.

martes, diciembre 12, 2006

Escuela de mandarines, Miguel Espinosa

Alfaguara, Madrid, 2006. 591 pp. 28,60 €

Marta Sanz

El Eremita, la Vejez o el Hombre que Peor habla de la Feliz Gobernación, sale en busca de los mandarines, tras atender a los mensajes de los demiurgos Enclenque, Homínido y Tullido. Los soldados del Pueblo lo conducen hacia la ciudad en la que gobierna esta Casta suprema, auxiliada por los Legos, los Becarios —que han de ingerir sopa mil años; mil años, vaca; y mil años, avestruces: la metáfora de los estómagos agradecidos recorre la novela como la peste que enrancia el arte y la vida—, los Alcaldes y la Gente de Estaca. En la aldea, el Eremita deja a su amada Azanaia. No sabe leer ni escribir, pero un “juglar”, Miguel Espinosa, recopila y ordena sus aventuras conversacionales. El Eremita posee una gran memoria y sabe escuchar y relatar y componer poemas y atar cabos para relacionar los textos filosóficos, morales, estéticos, jurídicos, políticos y académicos, producidos por la crema de la intelectualidad de un mundo en el que, aunque el tiempo es extensísimo —la gente cumple cientos de miles de años—, la Historia no llega a ser anulada. El Eremita, que es independiente pero permeable, escucha los argumentos de los seguidores del Tapicero Reflexivo, de los Mendigos Herejes o de los “excarcelantes”, la facción ideológica capitaneada por Lamuro, que lucha con más método contra la Feliz Gobernación, un anti-utopía con nombre de restaurante chino, cuyos adeptos son “muy de derechas” según cuenta una de las voces de este texto ultrapolifónico, pero al fin controlado por una sola voz eremítico espinosiana. Porque la diversidad no es sinónimo del caos.
La prosa brilla por un sentido del humor basado en el juego con el lenguaje y en el convencimiento de que ni el juego ni el lenguaje ni el sentido del humor son inofensivos. Los artefactos neológicos que, al principio, dificultan la comprensión, más adelante, se interpretan automáticamente —la propuesta también es intrépida por su modo de “modificar” los procesos de lectura— sin necesidad de traductores ni para eso, ni para desentrañar el principio y el fin de una Historia que se construye a base de citas de citas sobre interpretaciones de citas a las que ya se aludió en otro lugar. Es claustrofóbica la férrea coherencia de un sistema de citas que va envolviendo al lector como una anaconda de la que primero huye y a la que más tarde se rinde. Prevalece la idea de que una civilización es su Historia y la maraña intertextual de la Cultura enturbia y aclara; es un retrato y una burla, y, con ella, el autor critica una suerte de culturalismo académico equivalente a esa burocracia que ensucia, de nuevo, el arte y la vida. El neologismo funda un mundo distinto pero reconocible, porque la novela es un alegato contra las formas totalitarias del poder político y del poder cultural, encarnados en los propietarios del Libro y la palabra. Se cuestiona el solapamiento y la interacción de lo real y de lo discursivo: tanto el discurso de la Historia como el del Arte se componen de juicios, más que de hechos; así, vuelven a desdibujarse los límites entre realidad y ficción, a la manera del borgiano Tlön, Uqbar y Urbis Tertius, lugares que existen porque existen como entrada en una enciclopedia. La Filosofía y la Historia devienen literatura, ficciones, y al contrario. La novela es una constatación de la reversibilidad y complicidad de los discursos, tanto de los artísticos, como de los cotidianos y los políticos. Los “permisos de Diccionario” subrayan la importancia de poseer el lenguaje (“la glotonería sobre el pastel de la palabra”, escribe Espinosa) y de imprimir sentidos interesados a su supuesta arbitrariedad. Espinosa se rebela creativamente contra los permisos, contra los diccionarios, contra las reglas del lenguaje: las mujeres hermosas son “chatillas” o “pecosillas”; los miembros de academias y universidades, “enmucetados”; las fuerzas de seguridad, “gente de estaca”; y tal vez porque mandan —y el mando no es lo mismo que el poder: estas sutilezas, que comienzan pareciendo una tomadura de pelo, están preñadas de significados espeluznantes—, a los mandarines se les da ese nombre, ridículo si se considera que a la raíz del mando se le ha añadido un sufijo diminutivo...
La propuesta de Espinosa es matizadamente posmoderna: una novela mutante, ecléctica y mestiza, en la que se combinan géneros y voces, y que, pese a haberse vinculado con Orwell o Huxley, entronca con la tradición de las narraciones barrocas hispánicas, con El Criticón de Gracián y desde luego con El Quijote: el viaje; los encuentros con seres que con sus relatos conforman la miscelánea de un mundo que se acaba y de otro que comienza; la desazón de la identidad —importantísimos son los nombres, los apelativos, los epítetos y los sobrenombres de un mismo personaje—; el Eremita que, como Quijano, es un contestatario, un enemigo de la impasibilidad, un meditativo que no renuncia a su vocación de hombre de acción y que, en su periplo, desvela quizás la crisis de los metarrelatos que marca el nacimiento de un tiempo nuevo, del mismo modo que Cervantes con su Quijote retrata la fractura de una cosmovisión medieval para inaugurar conceptos como la libertad del individuo o la ley del mercado; la presencia/ausencia de Azenaia-Dulcinea; los soldados a veces son el contrapunto popular de la voz de Sancho y, no se sabe si por síndrome de Estocolmo o por verdadera empatía, se “eremitizan”, mientras que el eremita es cada vez más receptivo con la soldadesca; también el Eremita, como Don Quijote, deja de ser de carne y hueso y se transforma en metaficción dentro del libro, al protagonizar historias contadas por otros... Fagocitante novela en la que caben poemas, retablos, representaciones teatrales, tratados, contemplaciones, legislaciones, meditaciones, libelos, programas de acción, teorías estéticas, proyectos didascálicos... El adjetivo posmoderno se nos queda corto: tal vez, sea más preciso hablar de profunda modernidad, porque a fin de cuentas Espinosa, partiendo de distintas acepciones de la Razón —hay razones alienadas y otro tipo de razones—, muestra una sólida confianza en ella, como único medio para que los seres humanos aprehendan la felicidad.
Escuela de Mandarines logra despertar intensas emociones intelectuales. También divierte y estimula esa forma del pensamiento que rodea la certeza y que es una perpetua aproximación. Espinosa genera incertidumbre y alaba las intuiciones, por boca del Eremita, y, sin embargo, él parece lleno de seguridades que nos devuelve en forma de paradoja: “Hacer Arte no es conspirar”, dice Canucio en una de las páginas del libro y, sin embargo, ¿qué es este libro sino una risueña y articulada conspiración contra el campo literario, el campo intelectual, el campo político y el campo del poder, concretamente en España a la altura de 1974 y, en general, contra todos los campos de similares características en otros tiempos y en otros lugares? Si este libro fuera presentado hoy en una gran editorial por un autor desconocido, casi podemos tener la seguridad de que no se publicaría: ésa es una de las vergüenzas de nuestro campo cultural. Quizás es que otros mandarines también merezcan ser derrocados al grito de “Contra la propiedad y con el Pueblo.”

lunes, diciembre 11, 2006

Tim Burton por Tim Burton, Mark Salisbury (ed.)

Prólogo de Johnny Depp. Trad. Manu Berástegui y Javier Lago. Alba, Barcelona, 2006. 435 pp. 23 €

Pedro A. Ramos García

Esta edición, revisada y actualizada a partir del libro publicado en el año 2000 por la misma editorial, hará las delicias de los aficionados a Tim Burton, de los cinéfilos en general y de los que creen que hacer cine es algo más que un actor en camiseta salvando el mundo (con bandera americana al fondo).
El libro, organizado cronológicamente, está dividido según los distintos proyectos en los que Tim Burton ha participado, pero además el volumen se completa con una filmografía detallada, una escueta bibliografía y un índice onomástico que nos permite un acceso rápido y directo.

Un tipo raro con éxito
Johnny Depp en el prólogo define a Tim Burton como “el inadaptado que mejor se adapta” y recuerda cómo se conocieron. Aquel café cambió su vida. Y el papel de Eduardo Manostijeras provocó que “dejaran de verle como otro trozo de carne para el consumo de Hollywood”. Hasta entonces, Depp sólo había protagonizado Cry Baby de John Waters y trabajaba en una serie de policías en el cole, lo que amenazaba su salud mental. Por eso es fácil comprender que, tras aquello, surgiera entre los dos una amistad que continúa hasta el presente y que nos ha de sorprender con futuras colaboraciones. ¿Es Depp el alter ego de Burton? Seguramente. A esta pregunta no contesta el libro, pero leyendo el prólogo a la edición revisada, sorprende comprobar que, casi once años después, siendo padres, sigan siendo amigos, sigan admirándose y compartiendo sus (escasos) momentos de ocio. Algo raro en este mundo de vanidades.
Este libro nos cuenta, de viva voz, como Tim Burton se ha convertido en Tim Burton, ¿o fue siempre Tim Burton? Una de las anécdotas que mejor definen al entrevistado y el tono del libro, en general distendido y divulgativo, es en la que reconoce que, como no le gustaba leer (y todavía sigue sin gustarle), llegó a filmar una película, Houdini, para evitar un trabajo de veinte páginas que tenía que hacer tras leer un libro. Fue en los primeros cursos del bachillerato. No es para sentirse orgulloso, pero como el truco le funcionó, lo repetiría más adelante. Sin embargo, esta anécdota contrasta con una de las constantes en su carrera: nunca firma el guión de las películas que dirige o produce. Por muchas observaciones o comentarios que realice, como llega a afirmar algún colaborador, Tim Burton nunca ha incluido su nombre en este apartado. Según cuenta, esto se debe al gran respeto que le supone la escritura. Podían tomar nota algunos directores/artista de nuestro país.

Los orígenes
Su primer empleo en Hollywood fue en 1979 como animador en Disney. “Aquella —confiesa— fue la época de mi vida en la que he estado más deprimido. […] Quieren que seas un artista pero al mismo tiempo quieren que seas un obrero de fábrica, un zombi sin personalidad.” Y su primer gran éxito, en 1989 cuando se estrenó Batman, un guión que llevaba diez años entre idas y venidas, y que le convirtió en el director joven más solicitado, permitiéndole postergar la segunda parte del hombre murciélago y embarcarse en Eduardo Manostijeras.
Si hay alguna película que tenga la etiqueta inconfundible de “Burtoniana” es Eduardo Manostijeras, la primera que hicieron juntos el tándem Burton-Depp, y que, según cuenta el primero, surgió como evocación de sus años de adolescencia para expresar la tortura interna que experimentaba al no poder comunicarse con quienes le rodeaban, en particular, su familia. El argumento, firmado por Burton y la guionista Carolina Thompson, narra cómo Eduardo —una creación incompleta de un inventor fallecido por un ataque al corazón antes de poder terminar su obra; por lo que Eduardo en lugar de manos, tiene un par de cuchillas— es rescatado por una vendedora de Avon que no dudará en llevarlo a su casa en una urbanización que, según afirma el autor, está inspirada directamente en la de su infancia. La película cuenta cómo Eduardo no tarda en convertirse en un personaje popular. Sin embargo, la envidia del bruto, primero, y el acoso por parte de la ninfómana de la urbanización, después, le convertirán en una especie de monstruo (aquí el homenaje a Frankenstein es evidente) al que todos quieren eliminar.
Sus siguientes proyectos, Batman returns, Pesadilla antes de Navidad, Ed Wood, Mars Attacks!, Sleppy Hollow, y El planeta de los simios, responden a lo ecléctico que resulta este raro espécimen de la fauna Hollywoodiense, quizá por eso autoexiliado: “…he huido de Hollywood, por que no quiero caer en el mundo de fantasía que esa gente ha creado. El único mundo de fantasía que yo quiero crear es el de mis películas.” Interesante afirmación para alguien cuyo nombre garantiza el público pero, al mismo tiempo, no puede ser calificado de comercial. Contradicción que parece transplantarse a sus personajes. A menudo incomprendidos y malinterpretados, marginados casi siempre, pero adorables.

Cine y literatura
Las adaptaciones literarias en las que ha participado Tim Burton van desde la oscura Sleepy Hollow, una adaptación del cuento de Washington Irving La leyenda de Sleepy Hollow, hasta la fantástica Charlie y la fábrica de chocolate, basada en el clásico infantil de Roald Dahl. Sin embargo, en el libro destaca el capítulo sobre Big fish debido a la relación que esta película guarda con la biografía de Tim Burton: su padre falleció en octubre de 2000, mientras el trabajaba en la malograda El planeta de los simios. El log-line, un periodista intenta reconciliarse con su padre moribundo, fue más que suficiente para que Tim Burton decidiese embarcarse en este proyecto.
También adaptación es La novia cadáver, su más reciente trabajo, que, según dice, surgió de la necesidad de retomar la técnica de stop-motion o animación plano a plano que ya había utilizado en Pesadilla antes de Navidad. En un mundo dominado por el ordenador, Burton optó por la artesanía. Se muestra de acuerdo con que el ordenador puede dar más, pero hay un lado emocional, declara, que nunca podrá aportar. Por lo tanto no resulta extraño que para Charlie y la fábrica de chocolate Tim Burton rechazara crear por ordenador los Oompa Loompa, aquellos diminutos habitantes de la fábrica de Wonka, o prefiriese ardillas reales en lugar de efectos digitales.
Todo esto y mucho más en este libro-guía imprescindible para los que deseen aproximarse al mundo de Tim Burton, sus inicios, motivaciones y manías de éste, para algunos, genio de la imagen en movimiento.

viernes, diciembre 08, 2006

Excentricidades de una chica rubia y otros cuentos, José María Eça de Queirós

Introducción y actividades de Ángel Salazar Oliva. Trad. Mª Tecla Portela Carreiro. Siruela (colección escolar), Madrid, 2006. 232 pp. 11,90 €

Marta Sanz

Mi interés a la hora de elegir este libro para escribir una reseña radicaba en la producción literaria de uno de los autores en lengua portuguesa más conocidos y apasionantes. Recordaba con mucho agrado la lectura de La ilustre casa de Ramírez y, sobre todo, de La ciudad y las sierras. Sin embargo, he de confesar que a mi primer interés se añade ahora el del espíritu de la colección escolar en la que se incluye: las guías de lectura de Ángel Salazar Oliva constituyen un ejercicio ejemplar de didactización que encierra, además, una lectura profunda de los textos. Como docente de literatura, vaya por delante mi admiración por el trabajo de este lector sobresaliente que es, a la vez, un profesor sobresaliente. Las propuestas de Salazar humanizan el proceso de lectura, aproximan el tono “decimonónico” del autor a un alumno postcontemporáneo, acercan la sacralizada literatura al espacio de la experiencia, la vinculan con otros ámbitos de conocimiento y, en definitiva, ofrecen al lector-alumno motivos de reflexión que me hacen sentir envidia: cómo me hubiera gustado que, a la altura de tercero de BUP y después de haber leído “José Matías”, uno de los cuentos de este volumen, me hubiesen sugerido escribir un comentario sobre si soy un cuerpo o tengo un cuerpo: o me hubiese suicidado o me lo hubiese pasado en grande. En los dos casos, creo que me hubiera toqueteado mucho a mí misma y al texto.
La iniciativa de Siruela me parece digna de elogio, porque creo que aprender a leer no es lo mismo que aprender a juntar las letras y que para aprender a leer textos literarios ninguna ayuda está de más: aun naciendo listo, la experiencia y los estímulos ajenos para incentivar y completar el proceso lector son siempre de agradecer. Al margen de toda consideración didáctica, los relatos de Eça de Queirós son una delicia. “Excentricidades de una chica rubia” es el primer cuento publicado por el autor; el título ya es, al menos para mí, un imán que anacrónicamente me invita a convertir en carne y hueso al fantasma de Jean Harlow: la rubia Jean corretea por las páginas de mi libro con uno de sus increíbles vestidos de raso, pegado al cuerpo. La lectura es dada a este tipo de anacronismos intertextuales, porque nada tiene que ver la rubia Harlow con la de este cuento durísimo en el que el amor ideal, el proyecto de vida, se quiebra ante un descubrimiento: el amado abre los ojos para ver que su excéntrica chica rubia es cleptómana. Más allá del binomio ideal-realidad, sobre el que gravita este relato —todos los de Eça de Queirós se construyen en torno a oposiciones dialécticas: naturaleza/civilización; espíritu/materia; bondad/maldad—, al lector contemporáneo tal vez lo que más le inquiete sea la crueldad que puede anidar en el pecho de la rectitud. La imagen generosa e ingenua de Macario, el foco principal del cuento, con su ternura y su amor desinteresado, se quiebra y corta, como una luna destrozada, con su rechazo final hacia la mujer por la que casi pierde la cabeza. El lector, que hasta ese momento se identificaba con Macario, se transforma en esta excéntrica chica rubia que no entiende y se queda sola en mitad de la calle. “En el molino” es el cuento más sobrecogedor: como si se tratara de un experimento, los personajes son ratas de laboratorio que mantienen su armonía porque el entorno es una constante en la que no se introducen variaciones: la aparición de un elemento extraño desmoronará el difícil equilibrio, sustentado en la resignación de una mujer, María Piedade, que no se libera, sino que se condena al reivindicarse a sí misma, a sus deseos y a su cuerpo; el autor no alecciona: presenta un caso, como el naturalista, y somos nosotros, al otro lado de la página, quienes hemos de optar por una interpretación moralista en la que la mujer es culpable o por una interpretación sociológica en la que la mujer es el reo de la injusticia social. En “Civilización” calcifica ese contraste entre el mundo civilizado y el mundo natural que, si bien en este relato se simplifica desde un punto de vista intelectual, en “La ciudad y las sierras” se llena de matices, que iluminan con otra luz los tópicos del buen salvaje, del mundanal ruido y del beatus ille. Nada es tan sencillo como que el progreso tecnológico corrompe y el contacto con la naturaleza devuelve su bondad y su salud al ser humano. Me temo. Y la cabeza en este instante se me llena de las pulgas que saltan de la lana del cordero o de la desolación del vivac... “El tesoro” es, como comenta el propio Salazar, el cuento más cuento; el que encierra la moraleja más previsible y denuncia una de las maldades más denunciables del ser humano: la avaricia que conduce al crimen. En “Fray Ginebro”, la mirada de Eça de Queirós es quirúrgicamente irónica; asistimos a una escena espeluznante: el fraile mutila a un cochinillo vivo para preparar un asado, el último deseo de un eremita santo; la bestia se queda chillando, aún viva, pero Fray Ginebro ha realizado una buena obra. El conflicto entre la bondad y la maldad, su doble cara, provoca que Fray Ginebro, pese a las bondades de toda una vida, no encuentre abiertas las puertas del cielo. Los simpatizantes de la sociedad protectora de animales lo entenderán perfectamente: quizás el episodio resultara moralmente más conflictivo para un lector del XIX. “El difunto”, un relato ambientado en la España medieval, bien podría ser una de las Leyendas de Bécquer: su encanto consiste en mostrarnos a un Eça de Queirós que, por una vez al menos, se ha puesto del lado de la estética romántica, resolviendo de un modo anómalo en su trayectoria otro de esos binomios que jalonan su obra: el romanticismo/realismo. “La perfección” y “José Matías” son los relatos que muestran más a las claras el ideario del autor: en ambos el ideal de los dioses, el platonismo, la perfección y el espíritu puro son conceptos que conducen al ser humano a la infelicidad y a la locura. En “La perfección” Ulises puede regresar a la añorada mortalidad de Penélope, después de aburrirse con la perfección ataráxica y constante de la imperecedera, bellísima y mesurada Calipso. En “José Matías” la vivencia de un amor puro acaba en el proceso autodestructivo del protagonista, con el acertado contrapunto de una amada que va madurando a lo largo de las páginas, evoluciona en sus pasiones, se hace susceptible a la materia y a la carne, cambia su fisonomía blanca y etérea por la redondez de la mujer en sazón, por un dulzor distinto, como el de los licores quizás, y sobrevive a la inmutabilidad mortal del sentimiento de José Matías. Los estudiantes de secundaria pueden disfrutar y aprender muchas cosas con esta colección de “excentricidades”. Y los que hemos dejado atrás la secundaria hace ya unos añitos, también.

jueves, diciembre 07, 2006

Me acuerdo, Georges Perec

Traducción y prólogo de Yolanda Morató. Berenice, Córdoba, 2006. 192 pp. 15 €

Esther García Llovet

“Me acuerdo de que soñaba con llegar al Meccano nº 6”, escribe Perec en Me acuerdo. Tendría ocho o diez años entonces. Veinte después construiría el más complejo mecanismo de la literatura francesa del siglo, un enorme artefacto de piezas intercambiables, engranajes, ruedas, tuercas, llaves que ponen en movimiento el gigantesco Meccano de la Memoria. Leer un solo libro de Perec tiene el mismo sentido que reírse de un chiste antes de tiempo. Tiene su gracia pero no es la que te espera.
Perec tiene diez o doce años y vive con sus tíos y su primo Henri. (“Me acuerdo de que mi tío tenía un 11 CV con matrícula 7070 RL2”). Su padre, un judío polaco, ha muerto en la guerra en 1940 y su madre ha muerto o va a morir en Auschwitz. Va al liceo. Juega al barbudo en Petites-Dalles. A veces se escapa de casa, como cuenta en Nací, y coge el metro: Ranelagh-Michel-Ange-Auteuil-Molitor. Entra en los almacenes Pris-Unic y roba: un clavo, un tornillo, una horma de zapato, un interruptor. Viste: una chaqueta de paño gris con tres botones, unos pantalones cortos azul marino, zapatos marrones y calcetines de lana azul.
Esto es lo que encuentra el lector al leer por primera vez a Perec: el catálogo, la guía, las páginas amarillas. Esta bien hasta ahí, nos hace sonreír. Si se presta poca atención tiene el mismo encanto que leer la lista de la compra de un vecino o de oír recitar un crucigrama. El problema es cuando el lector lee un segundo y un tercer y cuarto libro de Perec y cae en la cuenta de que hay elementos y piezas que son intercambiables, suplentes, reemplazables entre sí. Así Especies de espacios funciona como un Meccano de La vida: instrucciones de uso a pequeña escala. Y Me acuerdo es citado en Nací, y Las cosas remite a su propia estancia en Túnez, en Sfax, en los años 60. Hay una permutación frenética de elementos, perpetua, como los comparsas de Zazie en el metro de su amigo Queneau, que se repiten en cada escena de calle, una y otra y otra vez.
Todo este inventario, en ocasiones exhaustivo hasta el agotamiento, un poco a la manera de Bouvard y Pécuchet, no es otro que el archivo de la Memoria, del recuerdo, y así, en W ou Le souvenir d'enfance, dedicado a sus padres muertos, dice: “Escribo porque ellos han dejado en mí su marca indeleble cuyo trazo esta en la escritura; la escritura es el recuerdo de su muerte y la afirmación de mi vida”.
También Nací (una recopilación de textos autobiográficos reunidas por Philippe Lejeune en 1990), y Me acuerdo (1978) y El viaje de invierno (1980) son Meccanos de la Memoria, pero Perec nos recuerda además cómo funciona éste Mecanismo. Nos recuerda que tenemos una llave colectiva para abrir la memoria colectiva (Me acuerdo), una llave privada para abrir la memoria privada (Nací) y una llave para eliminar la memoria: El viaje de invierno.
El viaje de invierno es uno de los últimos textos de Perec, y es un viaje dentro de un viaje dentro de otro viaje. El relato es muy simple, el contenido no. En los días inmediatos al estallido de la guerra, Vincent Degraël va a parar a casa de unos amigos donde encuentra, perdido en la fría biblioteca, un pequeño volumen: El viaje de invierno, de Hugo Vernier. Degraël es profesor. Sube a su cuarto y empieza a leer el libro de Vernier. Enseguida cae en la cuenta de que hay frases, descripciones, párrafos y versos de Mallarmé, Rimbaud, Verlaine, Leon Bloy. Bien, resulta que Vernier no es más que otro simpático plagiario. Y sí sería si no fuera porque El viaje de invierno lo escribió en 1864, muchos años antes de que se publicaran los textos de los autores que plagia. Degraël se desboca. Intenta averiguar algo más acerca de Vernier pero estalla la guerra. Continúa investigando y descubre para su sorpresa no existe otro ejemplar de El viaje que el que él leyó y que se quemó junto con la casa. Durante treinta años dedica todo su tiempo a descubrir algún indicio de la existencia de Vernier, sin encontrar prácticamente más que alguna cita en alguna correspondencia, su partida de nacimiento; nada. Degraël muere en un psiquiátrico. Junto a su cadáver encuentran un cuaderno caligrafiado con el título El viaje de invierno: “Las ocho primeras páginas relataban la detallada historia de su búsqueda inútil, y las trescientas noventa y dos restantes habían quedado en blanco para siempre”.
Ésta es la clave definitiva Perec: el olvido es la muerte “para siempre”. Pero el recuerdo nos salva de la misma muerte; no sólo de la muerte física sino de la muerte de los días vividos. Al final también Degraël, en esa búsqueda de Vernier, es deglutido en el olvido de los años inútiles, de los días perdidos en buscar lo perdido, lo descatalogado, lo que no estuvo. “Me acuerdo de lo que me costó comprender lo que significaba la expresión sin solución de continuidad”.
Nací es una pieza inclasificable, un bric-a-brac de memorandums, proyectos, recopilaciones, cartas, textos extraídos de grabaciones, notas sobre sueños; piezas que se articulan alrededor del hecho mismo de escribir esos textos. Hay una larga carta a Maurice Nadeau en la que le expone sus últimos trabajos: un tratado sobre un juego de Go, otro sobre lipogramas, un proyecto sobre los lugares en los que ha dormido. Metodologías de trabajo tan minuciosas que reproducen al detalle el trabajo mismo, como si Perec quisiera aproximar la vida y la literatura a una escala 1:1, y en ocasiones lo consigue, para vértigo del lector.
En Nací Lejeune ha incluido también un recuerdo, pormenorizado al máximo, de un día de la infancia de Perec (“la calle Assomption, el metro, los metros, la revista, el hombre, los agentes”), una entrevista con Frank Venaille sobre la memoria, un proyecto de película acerca de Ellis Island, una Lista de Algunas Cosas que debería hacer antes de Morir. Es en la entrevista con Venaille donde explica cómo Me acuerdo surgió a modo de réplica del I remember del escritor y pintor Joe Brainard, quien en 1970 publicó esta especie de autobiografía de datos y recuerdos personales del san Francisco de los 70. Pero Me acuerdo va mucho más allá. Je me souviens es una antología, un inventario, un catálogo general de lugares, fechas, personajes, canciones, productos, juegos, noticias, acontecimientos públicos de la Francia de los años 40 a los 60; un gigantesco tablón de anuncios donde Perec ha colgado su memoria privada para hacerla colectiva. Nos recuerda la forma en que lo trivial, lo cotidiano, está saturado de contenido, de ruido de fondo. La intención de Perec no es declarar Me acuerdo. La intención es una invitación; es: “¿Te acuerdas?”. ¿Te acuerdas “de los agujeros de billetes de metro”? ¿Te acuerdas de “Mister Maggoo”? ¿Te acuerdas de “Los bolsos Hermés, con sus cadenitas tan pequeñas”? La intención de Perec es que digas que sí y por eso Me acuerdo no acaba. Perec solicitó a su editor que en cada ejemplar de Je me souviens se dejaran las últimas páginas en blanco para que el lector escribiera sus propios Me acuerdo, para que no quedaran vacías como las de El viaje de invierno. Yo he escrito en mi ejemplar: “Me acuerdo de que en una pequeña sinagoga de Praga encontré a un hombre subido a una escalera escribiendo uno a uno, a mano, con una pluma, los nombres de todos los judíos de la ciudad muertos en el genocidio”.

miércoles, diciembre 06, 2006

El dueño de las sombras, Care Santos

Ediciones B, Barcelona, 2006. 432 pp. 13,95 €

Pedro M. Domene

Durante estos últimos años he llegado a una extraña conclusión o, mejor, a una convicción que me produce perturbadores pensamientos como, por ejemplo, deducir que Care Santos (Mataró, Barcelona, 1970) pacta con el diablo, o se sirve de alguna extraña pócima capaz de alargar las horas de su cotidiano convivir y aguantar durante horas delante del ordenador. Y llego a esta conclusión, primero, por su capacidad de trabajo y la consecuente cantidad de libros publicados hasta el momento y, segundo, por la variedad temática de sus obras. Lo afirmo porque cada entrega suya supone una nueva apuesta narrativa y, en esta ocasión, siembra un total desconcierto entre sus lectores con una novela de terror, El dueño de las sombras, mezcla entre el género gótico y la fantasía lovecraftiana, en el mejor sentido que pueda suponerse a una imitación temática que se remontaría a nuestro siglo XIX, poblado de leyendas y fantasías acerca de lo sobrenatural, en realidad un mundo en el que el hombre piensa, de alguna manera, ser salvado por seres superiores y en circunstancias que nada tienen que ver con su entorno más próximo.
La justificación o explicación de la novela se lee en las primeras cien páginas, cuando cada uno de los personajes, capítulo a capítulo, se van presentando para que el lector comprenda que lo contado hasta el momento tiene una base científica o, al menos, creíble. Es decir, capaz de justificar la muerte de una joven imprudente al caer en un viejo pozo, suceso que, además, la narradora convierte en literatura reproduciendo la leyenda de lo que aconteció en la localidad de Layana cuando una joven aldeana, cansada de acarrear agua desde un lejano río, invocó al mismísimo Príncipe de los Infiernos para que le construyera un pozo en el jardín mismo de su casa, con la única condición que debería hacerlo en un plazo mínimo de una noche, antes de que al alba cantara el gallo. Una vez realizado el pacto, engañado por la joven, el Amo del Averno dejó su empresa sin terminar y se esfumó de allí, aunque alguien asegura que el maligno juró venganza contra las generaciones de jóvenes de toda esta familia cuando éstas cumplieran los diecisiete años.
Con semejante argumento, Care Santos articula su relato en torno a las extrañas circunstancias que llevarán a la muerte a todas las primogénitas de la familia Albás, miembros que la Sombra se irá llevando el mismo día de su cumpleaños. La novela se inicia con la desaparición de la pequeña Natalia durante una excursión en la sierra cuando sólo contaba apenas tres años de edad, para reaparecer unos días más tarde sin apenas signos de daño alguno. Su hermana Rebeca, adolescente, será dada por muerta años más tarde y la investigación que inicia el joven novio Bernal y los mensajes que la propia Rebeca irá enviando desde la otra orilla matizarán el argumento de un relato sorprendente en el que el lector va descubriendo los pormenores de toda la historia, la presente y la pasada, en una articulada puesta en escena que debe mucho al cine de terror y/o a las propias historias del mejor Stephen King, aunque con la sabiduría de la mejor prosa de Care Santos, que en esta novela —tan compleja como bien estructurada— cuenta con toda una tradición decimonónica europea detrás.
El Señor de las Tinieblas se convertirá en uno de los protagonistas de la historia, como el todopoderoso que a lo largo de los años irá dejando su huella en la familia Albás, pero, al mismo tiempo, otras voces se irán sumando al relato en las tres partes de las que se compone la novela: una primera, cercana y de actualidad, detonante de la situación a contar; una segunda que repasa el árbol genealógico de los Albás para ir justificando, uno por uno, los pormenores de los acontecimientos de los últimos miembros de la familia, hasta llegar a Cosme y Fede, y a sus hijas Rebeca y Natalia; y una no menos extensa tercera parte, que ofrece al lector la imagen de Eblus, un interesante recorrido por el mundo de las tinieblas o el de los seres de una belleza bestial. La narradora despliega ante el lector toda una nómina de criaturas que siempre han poblado el mundo de la Oscuridad, o lo que comúnmente denominamos demonios, sobre todo el denominado Príncipe de la Tinieblas, Señor de lo Oscuro, Rey del Averno, Ángel Caído, Anticristo, aunque más conocido por Satanás, Lucifer, Mefistófeles, Astarot, Asmodeo, Leviatán, Belcebú o Luzbel, y se añaden otras denominaciones que se refieren al protagonista del relato, un djinn que aspira a convertirse en Señor Absoluto del Mal, una actitud que según la narradora suele ocurrirle a los humanos, en cierto modo una denostada lucha por esa capacidad de liderazgo como raza ambiciosa. La carrera meteórica de la criatura se explica en esta documentada parte, desde duende de bosque, genio rector, hasta convertirse en un verdadero demonio, después de haber servido durante más de quinientos años al Gran maestro Dantalián, para así llegar a doblegar la voluntad de los humanos puesto que se trata de «un ser celoso, vengador y lleno de indignación que guarda enojo de sus enemigos y jamás tiene por inocente al culpable». Un extenso capítulo para justificar y cerrar el círculo iniciado casi doscientos años antes y, tal vez, romper esa cadena de sacrificios.
La novela El dueño de las sombras empieza a leerse con un trepidante interés que anima al lector en su necesidad de saber más en una primera parte extensa, ritmo que no decae en ningún momento; y los personajes, adolescentes —mundo que bien conoce Care Santos—, se mueven por el escenario sombrío de una desconocida maldición con soltura y están bien perfilados. Se dosifica en la segunda por la exposición de los hechos de los antecedentes familiares, en unos pormenorizados capítulos que llevan por títulos los nombres de sus protagonistas, y una tercera parte ofrece la posibilidad de ejercitarnos en el arte de las tinieblas con una abundante documentación sobre los pormenores con que cuenta el mundo de lo sobrenatural y además, sistemática y reiteradamente, la sombra se hace dueño de nuestra voluntad cuando, de vez en cuando, se intercala un reflexión que nos anima a seguir leyendo. Y así concluimos una novela cuya última palabra, cuya último precepto, viene dictado por ese Superior que doblega nuestra voluntad.

martes, diciembre 05, 2006

Los perros de Tesalónica, Kjell Askildsen

Trad. Kirsti Baggethun /Asunción Lorenzo. Lengua de Trapo, Madrid, 2006. 110 pp. 13,25 €

Fernando García Calderón

La primera vez que oí hablar del minimalismo en literatura pensé en un autor con pocas ganas de explayarse escribiendo, que escatima las palabras por pereza o por incapacidad. Des­pués, malicioso, añadí otro posible origen a esta economía de recursos: la moda. Con el paso del tiempo, que cura casi todas las fiebres menores, he conocido minimalistas de tantas clases que dudo del término. Minimalista, para entendernos, es el diálogo mediante interjecciones de los dos mejicanos del chiste, esos que dormitan en el rincón más soleado de la plaza, protegidos por su poncho y su sombrero.
Pues bien, el escandinavo Kjell Askildsen es minimalista. Aunque no se encuentre cómodo con el sambenito, aunque se haya hecho acreedor a él mucho antes de que el inquisidor o el pu­blicista lo idearan. Afirma, en su defensa, que lo que pretende es poner en el papel el número preciso de palabras para contar cada historia. Y a ello se entrega con la seriedad de quien cobra­ra por cada una que suprime. Lo explicaré sucintamente.
Para empezar, no se demora en presentaciones. Sus personajes están ahí, en su diaria rutina, cuando a nosotros se nos ocurre observarlos. Unos apuntes, dejados caer en plena trama, nos facilitarán dos o tres detalles útiles para montarnos la historia. Sí, alguien comparó a Askildsen con Ikea, así que no voy a apropiarme de un símil tan elevado.
Ya en faena, la acción quedará resuelta en cuatro o cinco movimientos, fumar y beber inclui­dos. Y, cuando más entusiasmados estemos por nuestra habilidad para comprender a unos tipos que parecen sacados de un experimento de Ingmar Bergman para afónicos, el relato llegará a su abrupto final.
Por si lo expresado fuera poco, Askildsen se valdrá de un lenguaje rudimentario, carente de simbologías, de figuras retóricas, de adjetivos y, si apuro mi raíz andaluza, hasta de verbos. Con ser, tener, pensar..., ah, y fumar y beber, es suficiente. 10-11 páginas de media por texto, y a tirar.
¿Y dónde está el mérito?, diréis, sabedores de que esta reseña es fiel al patrón CL+ (crítica literaria positiva) acuñado por La tormenta en un vaso. Aquí me extenderé más, no sea que se me tache de cómplice del ínclito. Kjell Askildsen no es un farsante. Nació en 1929 y lleva tantos años practicando su técnica que adscribirlo a una moda sería injusto y desacertado. Tampoco resulta razonable acusarlo de perezoso, tras 10 libros de relatos y 6 novelas. Respecto a su capacidad, romperé una lanza en su favor y llevaré la contraria a Alejandro Gándara (El Escor­pión, 21/09/06). No es aconsejable distinguir entre escrituras mejores o peores consideradas como meros ejercicios de alumnos de gramática. En literatura, el modo de escribir ha de estar al servicio de lo que se pretende narrar. La estructura de la historia, su fondo y su forma son piezas de un rompecabezas y deben encajar sin presión. A Askildsen, su parquedad, forzada o natural, le funciona. Y le funciona tan extremadamente bien que el resultado inquieta y hasta sobrecoge. Da que pensar. Su lengua es un punzón cortando hielo, abriendo surcos por los que penetrarán nuestras ansias de descubrir la vida y milagros de esos personajes anodinos de los que se nos cuenta tan poco y a los que quizá, en nuestra brega, dotemos de nuestra propia cara. Sí, el minimalismo de Askildsen funciona. Alcanza así el objetivo del hacedor, del creador por excelencia: que los lectores se acerquen a sus relatos, se acerquen a él.
Aunque, recuperando la malicia del principio, tal vez ese minimalismo no sea más que un truco. Un truco refinado, que explota nuestra vanidad. «Soy tan perdidamente inteligente que puedo añadir lo que falta a esta historia, tantas palabras e ideas como sean necesarias, hasta perfilar el verdadero desenlace». Ahí queda eso. Adeptos, ya podéis coger vuestras teclas y ponerme a parir.
…………………..
A modo de postre de esta frugal comida (empánela por lo menos, exclamarían nuestros ilustres Faemino y Cansado), completo la malicia con una pregunta que implica al editor y no espera eco. Pote Huerta (aprovecho la ocasión para enviarle un afectuoso y jazzístico saludo) ha sacado a la luz tres libros de Askildsen. Leed Los perros de Tesalónica, lo recomiendo. Recomiendo cualquiera de las obras de este escritor publicadas por Lengua de Trapo. Pero, ¿os figuráis una editorial apostando por un volumen de cuentos realmente minimalistas de un autor español inédito?

lunes, diciembre 04, 2006

No somos estúpidos, Magda Bandera y Mónica Artigas

Arcopress, Córdoba, 2006. 190 pp. 17 €

Carmen Fernández Etreros

¿Nos hemos preguntado alguna vez cómo son nuestros jóvenes, qué piensan o cuáles son sus intereses? ¿Qué leen, qué música escuchan, qué drogas han probado o qué opinan de la violencia en las aulas? Los jóvenes son un colectivo que suele cargar con diversos estereotipos. Pero en unos años han cambiado: poseen más información que generaciones anteriores y aparecen nuevos comportamientos como el bullying, el fracaso escolar o el consumo masivo de drogas que tanto preocupan a nuestra sociedad. Las periodistas Magda Bandera y Mónica Artigas nos presentan en No somos estúpidos un documento inédito y valiente, publicado por la editorial Arcopress, en el que nos enseñan las opiniones directas y sinceras de tres mil adolescentes de edades comprendidas entre los 12 y los 18 años ante los nuevos problemas como las drogas de diseño, la violencia en las aulas, los embarazos no deseados, los nuevos modelos de familia o el sexo.
No se trata de ofrecer un ensayo sobre los jóvenes. Tampoco se intenta llegar a ninguna conclusión, ni se ofrece ninguna estadística. Las autoras dejan fluir libremente las ideas de los jóvenes que han participado en esta aventura y por ello el libro es muy enriquecedor y variado. Ambas periodistas han publicado obras relacionadas con el universo de las relaciones familiares y juveniles: Magda Bandera es autora, entre otros, del libro Custodia compartida —editado también por Arcopress— y Mónica Artigas publicó en el año 2000, con el psiquiatra Joseph Toro, el libro El cuerpo como enemigo, basado en testimonios con pacientes de bulimia y anorexia.
Para No somos estúpidos comenzaron haciendo un Autorretrato del adolescente para el magazine de La Vanguardia, pero Arcopress se interesó por el tema y les pidió que hicieran el trabajo de campo de manera más amplia en toda España. Las dos autoras aceptaron el reto: tres mil cuestionarios fueron pasados de manera tranquila y anónima por aulas de colegios públicos y privados, ciudadanos y rurales en una banda de edades comprendidas entre los 12 y los 18 años.
El resultado es sorprendente, ya que ofrece un mosaico diverso de comportamientos y opiniones que muestra la diversidad de los jóvenes actuales, rompiendo los estereotipos mentales que tenemos ya preconcebidos. El libro nos convence de que todos los jóvenes no piensan igual, no todos los jóvenes se drogan, no todos pasan de la política... Quizás el éxito de sus sinceras respuestas se deba a que ellos mismos responden a estas preguntas en primera persona y lejos de la censura que pudiera imponer su círculo familiar o educativo. El libro resultará muy interesante para los padres de chavales en plena adolescencia y para profesores y educadores de Educación Secundaria y Bachillerato que conviven con ellos día a día en las aulas.
En No somos estúpidos podemos encontrar comentarios maduros, como el de Ana, de 15 años: “Los mayores no nos tienen en cuenta porque creen que no sabemos nada, pero no os decepcionaremos cuando dentro de unos años, las decisiones que se tengan que tomar estén en nuestras manos”. Duelen comentarios como el de Keralt, también de 15 años, en el que relata su experiencia de violencia en las aulas: “En mi clase hay unos cuantos que intentan hacerme la vida imposible, quitarme los amigos, insultarme y quieren que lo pase mal. Soy incapaz de ponerle la mano encima a alguien, pero cuando llevas un tiempo que no levantas cabeza...”. De todos los comentarios me quedo con uno realizado por Ine, de 13 años, imaginando el futuro:“Dentro de 10 años seré joven pero un poco viejo”.
Tres mil comentarios que ayudan a comprender la diversidad de este colectivo. Eso sí, cada apartado podría dar lugar a un interesante estudio sobre los jóvenes. No somos estúpidos es un buen experimento que podría servir de germen para futuros trabajos que amplíen alguno de los apartados que demandan más espacio en el libro, como podrían ser el de la lectura, el consumo de drogas o el de las nuevas y difíciles relaciones familiares.

viernes, diciembre 01, 2006

Muerte de un apicultor, Lars Gustafsson

Trad. Jesús Pardo. Nórdica Libros, Madrid, 2oo6. 208 pp. 15,00 €

Juan Marqués

En ese magnífico Mercado común que acaba de publicar Mercedes Cebrián, se leen los primeros versos de una oración a la que muchos nos uniríamos devotamente: “Oremos para que algo sueco o noruego/ nos ocurra”. Y algo nos ha ocurrido en el panorama editorial español con la irrupción de Nórdica Libros, un nuevo sello que al parecer va a hacer completo honor a su nombre y va a publicar títulos de autores escandinavos (o, más precisamente, nórdicos) o bien libros sobre aquellos fríos y fascinantes países que alguien tendría que fundar si no existiesen. Y no es que los escritores de aquellos lugares hayan tenido poca presencia en nuestras librerías (la novela que nos trae hoy aquí, sin ir más lejos, no es exactamente una novedad, sino la traducción de Jesús Pardo que ya se publicó en los ochenta), pero sí que han recibido en general poca atención, y por ello es de celebrar que alguien tome la valiente iniciativa de ir sacando una preciosa colección de la maravillosa y semidesconocida literatura de aquellos maravillosos y todavía semidesconocidos países que se llaman Dinamarca, Suecia, Noruega, Finlandia o (y aquí me pongo de pie) Islandia.
Lo propiamente nórdico, sin embargo, no tiene una especial presencia en Muerte de un apicultor. Excepto algún paisaje, cierta atmósfera inconfundible (ya en la tercera línea de la primera página del preludio, “el frío cortaba”), y algunos rasgos del carácter del protagonista y narrador de la novela, hay poco “color local”, aunque para sentirnos a gusto bastan los misteriosos topónimos que aparecen: esos Västeras, Amänningen, Sörby, Trummelsberg o Ramnäs que parecen remitir a algún lugar extraterrestre, pero, por alguna inquietante razón, también hospitalario.
Es una novela muy “individualista” al tratarse del testimonio personal de un hombre solitario condenado a muerte por un cáncer de bazo. En un prólogo muy prescindible (por lo poco elegante y lo poco hábil a la hora de conseguir lo que pretende), alguien (seguramente Gustafsson, sin apenas trasunto narrativo, pues se refiere explícitamente a la pentalogía que esta novela cierra) nos explica que lo que sigue son las anotaciones encontradas en los tres cuadernos que dejó Lars Lennart Westin (que comparte con su creador no sólo el nombre de pila sino, al menos, el año y lugar de nacimiento). Y esas notas, ordenadas por su falso editor constituyen algo así como el diario de ese hombre desde que sabe de su enfermedad (aunque, por no saber y así mantener alguna esperanza, quema sin leer la carta del hospital donde intuye que le comunican la fatal noticia) hasta que ésta termina con él. Entre un acontecimiento y otro, la crónica del apagamiento —insistiendo mucho más en el dolor físico que en la certeza de la desaparición— y, con ella, el repaso a sus cuatro décadas de existencia, empezando por lo más reciente —un matrimonio fracasado— y recordando después la no tan remota infancia, dada la juventud del personaje. A pesar de la brevedad de la novela, hay páginas suficientes como para que tenga notables altibajos en todos los sentidos, y así, tras un capítulo significativamente titulado “Entreacto”, viene intercalada una pequeña narración titulada “Cuando Dios despertó”, que, aunque está en cierto modo fuera de la novela, al margen de la narración principal, es sin embargo y sin duda la cumbre narrativa de Muerte de un apicultor, diez páginas sublimes que convierten la novela en inolvidable, y en las que se cuenta exactamente lo que anuncia su título: el momento en el que, tras un sueño de veinte millones de años, Dios despierta y comienza a complacer todas las oraciones humanas acumuladas durante ese tiempo, provocando la más gigantesca y formidable confusión.
Ese relato, en el que, entre otras cosas, la humanidad descubre que Dios no era un padre sino una madre, adquiere una especial relevancia al estar escrito, dentro de la ficción, por alguien que va a morir, alguien escéptico y materialista que por otra parte “nunca había comprendido hasta ahora que toda la posibilidad de sentirnos, experimentarnos a nosotros mismos como algo compacto y ordenado, como un yo humano, está relacionada con la existencia de una posibilidad de futuro. La idea entera del yo descansa sobre la certidumbre de que también habrá mañana” (p. 109). O que se hace consciente de que “en el universo nadie está en su casa” (p. 183).
Siendo una novela fúnebre, tan definitivamente crepuscular, Muerte de un apicultor tiene la mala suerte de aparecer en las librerías a la vez que esa Elegía de Philip Roth (Everyman en su muy superior título original) que ha de ser ya considerada un hito dentro del género, pero también es curioso comprobar cómo las reflexiones de ambos relatos alcanzan a veces conclusiones casi idénticas: si el anónimo protagonista de Roth bromea amargamente con la posibilidad de escribir unas memorias simplemente tituladas Vida y muerte de un cuerpo masculino, el sueco comprende que “no soy más que un cuerpo. Todo lo que tengo que hacer, todo lo que me es posible hacer, sólo lo puedo hacer dentro de este cuerpo” (p. 137). Ambas novelas deberían ser leídas por todos aquellos que busquen libros que traten de las cosas verdaderamente importantes, y que lo hagan de una forma cruda, sin concesiones ni eufemismos, afrontando la realidad final como es, sin negar por ello —más bien al contrario— lo que la vida tiene de milagroso o de sorprendente, lo que el bíblico Libro de la Sabiduría llamó “nuestra porción y nuestra suerte”.
Algún lector podría confundirse o desconcertarse al leer cómo la última línea de la novela, el último apunte de su falso autor afirma que “siempre cabe esperar”, en lo que podría interpretarse como una última posibilidad de salvación, de redención, de vida..., como un final casi optimista para una novela naturalmente trágica. No creo que esa sea la intención de Gustafsson, sino tal vez una última broma casi macabra, una cruel ironía hacer escribir eso a alguien que inmediatamente después va a desaparecer. O quizá sea otra forma de sorprenderse y sorprendernos comprobando cómo es (cómo somos) cada hombre, incluso en los últimos minutos de existencia, realmente incapaz de concebir su propia extinción. “El hombre, ese curioso animal que vacila entre el animal y la esperanza” (p. 173).

jueves, noviembre 30, 2006

El duelo, Joseph Conrad

Edición e introducción de Julián Jiménez Heffernan. Trad. Mario Jurado. Berenice, Córdoba, 2006. 218 pp. 17,00 €

Alberto Luque Cortina

Más allá de la generosidad con la que la Historia trata a los vencedores, el talento de Joseph Conrad (1857-1924) se muestra especialmente en sus relatos, esa lectura incierta que se ubica entre el cuento y la novela, y que aporta una placentera dimensión al acto de leer. Con algunas excepciones —Lord Jim, quizá— las novelas “largas” de Conrad, como El Agente Secreto o la imposible Nostromo, resultan desmesuradas, y evidencian una afectada complejidad sustentada con debilidad en las diatribas morales de sus protagonistas, como si Conrad, a lo largo de la narración, se dedicara a rastrear en el interior de sus personajes la justificación de los actos que él les “obliga” a realizar. Por el contrario, los relatos cortos de Conrad suelen ser de una calidad y brillantez excepcionales, valga por caso La línea de sombra, Juventud, o El corazón de las tinieblas (este último si atendemos a la propia calificación del autor). Sin duda Conrad sentía una especial predilección por estas “distancias” literarias: Marlow, su alter ego, es un contador de historias, y las suyas suelen durar lo que dos botellas de whisky compartidas entre cuatro buenos amigos.
Dentro de este género, El duelo —que goza de una correcta versión cinematográfica a cargo de Ridley Scott (Los duelistas, 1977)— ocupa un lugar destacado, debido en buena medida a sus singularidades. En primer lugar, Conrad se basó en la historia real de dos oficiales franceses que, durante las guerras napoleónicas, mantuvieron una serie de lances de honor a lo largo de casi veinte años. Aunque buena parte de las narraciones de Conrad están construidas sobre los cimientos de su experiencia personal, en este caso el distanciamiento de los hechos narrados permite al lector un acercamiento más íntimo al pensamiento conradiano. Por otro lado, el autor opta por desprenderse del personalísimo traje verbal con el que suele vestir sus historias y adopta un lenguaje más claro y directo, cercano al estilo periodístico de la época.
Con el barro de los hechos reales —apenas diez líneas aparecidas en un periódico de provincias— Conrad construye un intenso relato de aventuras donde el sentido del deber y del honor alcanza límites absurdos, porque si bien los duelos entre caballeros exigían una causa de honor, en este caso el motivo es tan sutil, tan minúsculo o quizá impreciso, que los protagonistas dudan a veces de su existencia. En realidad no hay causa de honor, sino la visceralidad del encuentro entre dos caracteres antagónicos, aunque complementarios. Feraud, un hijo del pueblo llano, brutal, obsesivo, tragicómico, quiere acabar con D'Hubert porque encarna los valores de una clase social que detesta. El honor es para él una herramienta de la venganza, y el duelo una forma de igualdad. Para D'Hubert el duelo es una imposición absurda del destino que, sin embargo, acepta soportar, pues su elusión le haría indigno ante sí. En realidad se trata del mismo sentido (castrense) del honor que le impide preguntarse por las razones de ese otro duelo, el de Napoleón contra el mundo, que arrastra a ambos protagonistas por una Europa en llamas hasta los campos helados de Rusia.
La presente edición, a cargo de Julián Jiménez Heffernan, profesor de Literatura Inglesa de la Universidad de Córdoba, se ve enriquecida por la esmerada traducción de Mario Jurado y por la introducción del propio Jiménez Heffernan: un estudio exhaustivo alejado de los clichés clásicos que proporcionará a los iniciados una interesante lectura. Con esta obra la editorial Berenice inicia una serie sobre clásicos que, por el rigor de este primer volumen, promete agradables sorpresas a los lectores.

miércoles, noviembre 29, 2006

Bone, Jeff Smith

Guión y dibujo, Jeff Smith. Color, Steve Hamaker. Trad. Enrique S. Abulí. Astiberri, Bilbao, 2006. Cartoné. 144 pp. 15 €.

Ricardo Triviño Sánchez

Había que estar loco para autoeditarse un tebeo en los años 90. Y, afortunadamente, Jeff Smith lo estaba. Tras ser rechazado allí donde presentaba su trabajo, prefirió el riesgo al suicidio y acertó, dando con su éxito en las narices de toda aquella conjura de necios.
Bajo la sombra de Tolkien, Smith desarrolla la historia del soñador poeta Fone, el megalómano materialista Phoney y el optimista buscavidas Smiley, tres primos de la extraña etnia Bone que tras ser expulsados de su poblado se extravían en un nuevo mundo lleno de humanos, dragones, nigromantes y monstrorratas. En el Valle, así se llama el lugar, conocerán a la bella joven Thorn y a su abuela Rose, una mezcla de adorable ancianita y curtido púgil poseedora de un gran secreto. Los caminos de los tres primos conducen y diversifican así una trama que va oscureciendo su tono cómico inicial ante el desarrollo subterráneo de una guerra de poder en la que se entretejerán amor, magia, misterio, acción y carreras de vacas (esto no hay que perdérselo).
La resurreción actual de la literatura fantástica llevada a cabo por J.K. Rowling y la espectacular adaptación cinematográfica de El Señor de los Anillos ha propiciado, sin duda, esta nueva edición de la obra, que ha traspado el restringido círculo de los aficionados a la viñeta. Entre las novedades se encuentra el nuevo formato, que no es el de revistas periódicas sino el de tomos de lujo. Este diseño, como acertadamente señalaba Will Eisner, es más parecido al de un libro que al de un tebeo, por lo que consigue prestigiar el objeto y atraer a un público antes reticente, tal como están demostrando las ventas.
Sin embargo, la gran innovación es el color. Era peligroso intentar colorear una obra con un entintado tan consistente como el de Smith, con el que consigue armonizar el estilo más caricaturesco de los Bone con un entorno y un elenco de personajes más realistas, pero cabe decir que el resultado es bastante bueno: aunque haya veces en que se peque de un exceso cromático, los colores vivos de ordenador potencian los rasgos dinámicos de un dibujo claramente influenciado por el cine de animación. Gran parte de este mérito se deben a la insistencia de Art Spiegelman, que considera la obra como un canto a la vida que debe elevarse más allá de la sobriedad del blanco y el negro, y al arte del colorista Steve Hamacker, que junto a Smith revisa viñeta a viñeta un arduo trabajo que todavía está por finalizar.
Esta edición de Astiberri es digna de ser disfrutada tanto por lo ya conocido, la amenidad de la historia y la expresividad y comicidad del dibujo de Smith, como por lo que hay que descubrir, un coloreado idóneo, e impecable a veces, y una cuidada encuadernación. Desgraciadamente, muchos aficionados verán el inconveniente del precio, y es que, en el mundo del cómic, parece que toda apertura a un mercado mayor ha de ir en dirección de ese hermano putativo llamado “literatura” y en detrimento del lector de toda la vida.

martes, noviembre 28, 2006

Viaje al Imperio de las Ventanas Cerradas, Krisma Mancía

I Premio de Poesía Joven “La Garúa”. Prólogo de Marta Agudo. La Garúa, Santa Coloma de Gramanet (Barcelona), 2006. 68 páginas. 5,50 €

Elena Medel

Muchas de mis experiencias lectoras más felices se vinculan al descubrimiento de un autor que, con las páginas, acabó ocupando un lugar privilegiado en mi mesilla de noche. Aún recuerdo, por ejemplo, el primer contacto con Federico García Lorca —la versión en Cátedra, casi diez años atrás, de Poeta en Nueva York—, o el flechazo que me condujo, Contemporáneos mediante, hasta Xavier Villaurrutia. El desconocimiento propio invita a sospechar de la ignorancia ajena, y durante un momento adoptas el papel de dueño y señor de un tesoro único. Eso sentí tras la lectura de Viaje al Imperio de las Ventanas Cerradas, de Krisma Mancía; un libro de cadencia alucinada e imágenes exuberantes pero, al mismo tiempo, dotadas de un mágico sentido de la concreción.
Viaje al Imperio de las Ventanas Cerradas —frente al título en minúsculas de la portada, el encabezado en mayúscula de cada palabra en el texto le otorga un mayor simbolismo— entrelaza un triple reflexión sobre el amor, la muerte y la condición femenina. Ejerce como guía una Ofelia que mixtura las creaciones de Shakespeare y Millais, merced a la cita inicial de Hamlet y al recuerdo que suscitan los versos del primer poema: «(…) su cuerpo escapa del paraíso/ como aire como lluvia como aliento de cedro// (…) ante un puente de algas/ mirando cómo las ramas del sauce besan las manos del arroyo». Mancía se desliza, en las primeras estrofas, desde la tercera a la segunda persona del singular, situándose antes como espectadora —descripciones y evocaciones frecuentan este Viaje—, y posteriormente como interlocutora de una Ofelia que, transmutada en Flaubert y Madame Bovary, lo invadirá todo con su voz lejana a la indolencia. La imagen —el cuadro: el cuerpo de la mujer rozando el barro, su blancura ante mortem— se congela y susurra cuanto piensan Ofelia y la mujer que habla de ella y con ella —en un guiño rimbaudiano: je est un autre—, recorriendo mundo y vida para cerrar el círculo y regresar, en los últimos poemas, a la calma suicida del origen.
Krisma Mancía explora los límites y extrema cada sentimiento: su amor es pasional y apasionado, la muerte obedece a una necesidad rotunda, es mujer y siente como tal. Sin embargo, más allá de la historia de Ofelia —o, mejor dicho, de la historia de la Ofelia reinterpretada por Mancía—, una figura se alza con el protagonismo de Viaje al Imperio de las Ventanas Cerradas: las palabras. El idioma y su uso experto, logrando el esplendor, convertido en plastilina que moldear a placer. Y es que el lenguaje baila en las manos de Krisma Mancía, erigido en puro festejo aunque la autora asegure que «Mil veces he muerto/ y ya no hay espacio para mi cementerio». Encontramos en Viaje juegos de rimas internas, mucha —y muy poderosa— sonoridad, otorgando razón a esos «dulces cantos» a los que Gertrudis alude en la primera página: Ofelia/ alguien clavó en la punta de mi pie…, o De las cosas pequeñas estás poseída… representan una clara muestra.
A simple vista resulta complicado eliminar a Shakespeare de la lista de referencias; no obstante, más allá del nombre vertebrador, las filiaciones de Mancía se localizan en el ámbito hispánico. Si nombramos a las escritoras confesionales —obliga la alusión constante al suicidio femenino—, reina sobre el resto Alejandra Pizarnik, aludida mediante dos citas —una inicial y otra antecediendo a un poema—, evocadas en los textos más breves, construidos casi a pinceladas —Que tu boca es un diminuto coral escondido…, Las puertas han dejado de parpadear…—, e incluso, probablemente, en los versos «Me mataría a los cuarenta años/ una tarde de invierno». Sin embargo, el eco más poderoso es el de Lorca: en otra de las citas iniciales, en los mantras con el amor como objeto, o en poemas como Llega diciembre con su larga cola de vejez…, que suena a actualización personalísima del insuperable “Ciudad sin sueño”. Incluso la omnipresencia del agua —Hay un dolor salado en tus ojos…— remite a la histórica alegoría de Manrique. Hilando fino encontraríamos, sí, una influencia foránea: el concepto de la naturaleza como espejo y expresión de lo amoroso —no sólo «el sauce», «las fuentes» o «las azucenas», sino también «los gatos» o «el perro»—, que remite al canto de Walt Whitman, inspirador nuclear —a su vez— de la magna obra lorquiana.
La voz de Mancía se muestra, pues, tan firme como sugerente. A este Viaje podemos acercarnos como si de un largo poema fragmentado se tratase —la conexión entre poemas, unas veces con palabras, otras con estructuras sintácticas o estróficas, es evidente—, siempre observado como un festín de intensidad y sabiduría poética. Krisma Mancía nació en San Salvador en 1980; Viaje al Imperio de las Ventanas Cerradas es su segundo poemario. Su ópera prima, La era del llanto (Dirección de Publicaciones e Impresos, 2004), permanece inédita en España. La calidad y particularidad de su poesía invitan a una difusión mucho mayor: no permanezcamos en el tópico, puesto que no es que Krisma Mancía dé que hablar en un futuro, sino que —si la lógica se tomase en serio— debería provocar, ya, comentarios y elogios encendidos. Ojalá su nivel no sólo se mantenga —qué vértigo el de su crecimiento—, y sepamos por aquí de sus avances futuros, disfrutándola tan lejos y —a la vez— tan cerca.

lunes, noviembre 27, 2006

Cell, Stephen King

Trad. Bettina Blanch Tyroller. Plaza & Janés, Barcelona, 2006. 464 pp. 21,00 €

Elia Barceló

Antes de empezar este comentario, tengo que dejar claro que soy una rendida admiradora de Stephen King y he leído sobre un ochenta por ciento de su obra, para no exagerar. Cualquiera que le eche un vistazo a la bibliografía de King se dará cuenta de que es casi imposible asegurar que uno lo ha leído TODO, pero me estoy acercando a ello. Descubrí a King hace casi treinta años, por casualidad, como suelen suceder las cosas importantes, mucho antes de que fuera conocido en España, y la primera novela que cayó en mis manos —en inglés— fue Salem’s Lot. ¡Qué buen libro! ¡Qué tensión, qué dominio para dosificar la inquietud y el miedo del lector, qué excelente juego con su modelo, Drácula, de Bram Stoker!
A partir de ese momento, he sido una fiel lectora de King (salvo de sus obras de fantasía que, de alguna extraña manera, nunca han conseguido prenderme), y la compra anual de la nueva novela ha sido siempre para mí una pequeña fiesta y una gran alegría: El resplandor, La zona muerta, Misery, It (¡qué gran historia!).
Sin embargo, con el paso de los años, ha habido novelas que no me han gustado en absoluto —Los tommyknockers, por ejemplo; Buick 8—, otras que no me han apasionado —Retrato de Rose Madder, El cazador de sueños— y otras que me han devuelto el King que más me gusta —La milla verde, la primera historia de Corazones en la Atlántida—.
Hace dos años, creo recordar, King anunció que se retiraba, que no escribiría más historias, y yo pensé: «Imposible. Este hombre es un narrador compulsivo; sólo hay que esperar a que no aguante más.»
Y, efectivamente, el año pasado publicó Cell y yo esperé, como siempre, a que apareciera en bolsillo para leerla, sin muchas esperanzas después de Buick 8, todo hay que decirlo.
El domingo pasado, por fin, en un aeropuerto, la vi, la compré y el lunes la había terminado.
Como apreciará cualquier aficionado, aunque no lea la dedicatoria —a mí se me pasó al principio, con el ansia de leerla— la novela es una muy bien conseguida unión entre La noche de los muertos vivientes, la película de George Romero, y Soy leyenda, de Richard Mathison, con la primera ganando en la estética y la segunda en la idea.
No soy una gran aficionada a las historias de zombis o seres de la misma filiación; sin embargo, en esta novela, lo que sucede y los resultados del desastre global resultan tan creíbles que el lector no la percibe como un homenaje a Romero, sino más bien como una reflexión lúcida, y por eso bastante triste, sobre ciertos postulados de Freud, Jung, Darwin, y Konrad Lorenz sobre los seres humanos y en los que no puedo entrar porque se van desvelando poco a poco a lo largo de las páginas del libro.
En Cell, King nos ofrece, depurado y mejorado en mi opinión, lo que ya hizo hace un montón de años (1978) en Apocalipsis (The Stand), es decir, una visión del fin del mundo, esta vez traído por una señal electrónica que pasa a través de los teléfonos móviles enloqueciendo a sus usuarios. Pero si en Apocalipsis el encuadre era tan amplio que parecía todo el tiempo una película de romanos y el elemento religioso tenía una importancia enorme y no siempre bien dosificada, en Cell todo está más condensado y resulta más intenso por ello. Los más de treinta años de oficio se notan y se aprecian. Esta es la odisea de un pequeño grupo de personas normales en un mundo que ha dejado de ser normal.
En Cell sabemos lo suficiente de los personajes como para entenderlos e identificarnos con ellos, pero no más de lo necesario. El muy comentado error de King de dedicar dos páginas al currículum vitae de todo personaje secundario que se ponga a tiro, ha desaparecido en esta novela. Del mismo modo, el procedimiento habitual en King de dedicar el primer capítulo (o incluso dos o tres) a cimentar la realidad cotidiana de una pequeña ciudad estadounidense que después se convertirá en un infierno ha dejado de tener validez en Cell. Esta vez, tras sólo tres páginas de trasfondo y normalidad, se desencadena la catástrofe absoluta que no cesará hasta el final.
De los tres grados del terror que el mismo King define con magnífica lucidez en Danza macabra: el terror, el horror y la repulsión, en esta novela tenemos, sin lugar a dudas, una enorme cantidad de ejemplos del tercer tipo, el más básico, el más grosero de los miedos, siempre en palabras del mismo King. Y sin embargo, a pesar de que gran parte del texto avanza a través de imágenes en la mejor tradición del gore à la Romero, la combinación que nos ofrece con escenas tranquilas, intimistas y en algunos casos incluso líricas (y que no puedo detallar para no estropearle la novela a quien aún no la haya leído), hace que el texto no caiga en lo simplemente repugnante, sino que se eleve con frecuencia sobre lo visceral para darnos los mejores escalofríos, así como el impulso para la reflexión que debe ofrecer una buena novela de terror si pretende algo más que ser un shocker que se lee y se olvida.
A pesar de que la novela tiene 464 páginas en su traducción española, no se hace larga en ningún momento y el lector no tiene la impresión de que esta vez King está escribiendo de más para compensar a su público por el dinero invertido en la compra (cosa que ha confesado en varias entrevistas respecto a novelas anteriores). Al contrario, hay muchas cosas que no quedan explicadas y muchos datos que nunca llegamos a conocer. Parece que, en esta obra, ha decidido que menos es más, y yo lo veo como una muestra de oficio, dominio y veteranía.
La traducción al español, de Bettina Blanch Tyroller, es correcta en general, y en muchas ocasiones ha acertado plenamente en las expresiones coloquiales y vulgares que King utiliza con tanta soltura. El problema es que, cuando traduce párrafos llevados por el narrador (sin diálogo), Blanch se decanta por una lengua de registro considerablemente alto que hace rechinar muchas veces los diálogos, tan de andar por casa y, mucho peor, otras veces esa lengua elegante contamina incluso los diálogos. En lugar de elegir expresiones correctas pero neutras como «se forzó (o «se obligó») a controlarse», Blanch elige términos como «se conminó a controlarse» (153); del mismo modo que en los diálogos usa verbos como «espetar», «proferir», etcétera, donde King, como todos los anglosajones en general, se limita a un «decir», o comienza preguntas de diálogo coloquial con un «acaso»: «–¿Acaso crees que puedes coger tu coche?» (65).
Y un error (esta vez del corrector de la editorial, imagino) que me gustaría comentar es que en un momento de la novela aparece una nota con muchas faltas de ortografía y de sintaxis, escrita por un niño. La carta tiene tantas faltas que el personaje que la lee siente el impulso de disculparse por ellas. En la traducción española, aunque se mantiene el párrafo en que se hace referencia a la cantidad de errores, la carta está perfecta, sin un solo fallo. También a cargo del corrector va el que el «insanus» latino, o «insane» inglés («demente», «loco», en español) quede convertido en «insano» (263), con lo que no se le hace ningún favor al lector.
De todas maneras, en mi opinión, la traductora ha hecho un buen trabajo. Es muy difícil traducir el lenguaje coloquial y profundamente estadounidense de King porque está tan imbricado con la vida cotidiana de su país que más que traducirlo habría que trasladarlo, y eso no siempre sale bien ni resulta creíble.
Cell es una novela altamente recomendable para lectores del género de terror y de lo mejor que ha producido King en los últimos años. La tensión está magníficamente bien llevada, los personajes son no sólo creíbles sino entrañables, tiene algunas imágenes poderosísimas y el final no decepciona (no se asusten, no se lo voy a contar) aunque tengo que confesar que, una vez metida en ese mundo, yo hubiera podido leer unos cuantos capítulos más, pero toda historia tiene que terminar en algún punto y el que King ha elegido es un buen punto para cerrar el libro.
Para los que no sean lectores de terror lo mejor es buscar en este mismo blog otra novela que leer, ya que los no iniciados se encontrarán con algo que supera claramente el nivel de tolerancia de un neófito en el género.
Los aficionados, sin embargo, la disfrutarán página a página y, si no pueden dormir, será porque no quieren apagar la luz hasta haber terminado la novela.

viernes, noviembre 24, 2006

Doble mirada: Los peces de la amargura, Fernando Aramburu

Barcelona, Tusquets, 2006. 248 pp. 15,38 €

1.
José Gutiérrez Román
«Triste». Esta es la palabra que de un modo recurrente aparece en la historia que da título a este libro de cuentos y, al mismo tiempo, el eco que nos devuelve su lectura. Porque ésta es, sin duda, la palabra que mejor define también la historia del País Vasco durante las tres últimas décadas. Tras el regreso con su anterior novela (Bami sin sombra) al mítico territorio de Antíbula, en esta nueva obra Aramburu se ha decantado por un fresco realista sobre el terrorismo etarra y sus consecuencias. Resulta extraño comprobar cómo un asunto de tanto calado social, que ha marcado la historia de España en el final del siglo XX y que tantos ríos de tinta ha hecho correr en ensayos y seudoensayos, apenas ha tenido reflejo en la literatura. Es una suerte que sea precisamente la magistral escritura de Fernando Aramburu una de las que se haya decidido a plasmarlo. Y no sólo por el sobrecogimiento y la emoción que nos provocan estos relatos (quizá porque nos hablan de algo que ya sabíamos pero que nadie o casi nadie se atreve a contar), sino también por el incalculable valor que tienen a la hora de que las futuras generaciones puedan conocer con exactitud cómo se vivía en esa sociedad condicionada por la violencia. Más allá de los datos y los análisis sociológicos está la historia en minúsculas, la que no aparece en las enciclopedias ni en las hemerotecas, y que sin embargo guarda la esencia verdadera de una época. Y eso es lo que precisamente narra este libro, la dolorosa historia de muchas personas que no son sólo un número y una fecha en la lista de las víctimas: el trastorno que se produce en una familia después de que un atentado deje inválida a la hija (“Los peces de la amargura”); la soledad de la mujer que, tras el asesinato de su marido, sufre amenazas para que se marche (“Madres”); el sentimiento de culpa que trata de reprimir la madre de un terrorista (“Maritxu”); una mujer que recuerda el día en que, siendo niña, mataron a su padre mientras en el pueblo seguía la algarabía de las fiestas patronales (“Lo mejor eran los pájaros”); un matrimonio que desea que su vecino, víctima del hostigamiento de los violentos, abandone el edificio en el que viven por los daños colaterales que les acarrea (“La colcha quemada”); la condena pública a la que se ve sometido un hombre por ser sospechoso de delatar a unos terroristas (“Enemigo del pueblo”); un niño que juega a poner bombas en los coches y que sueña con hacerlo cuando sea adulto (“Golpes en la puerta”); o la historia de un adolescente que se entera de cómo su padre fue asesinado el mismo día en que se lleva a cabo en el pueblo un homenaje a uno de sus ejecutores (“El hijo de todos los muertos”). Mención aparte merece el último cuento del libro, “Después de las llamas”, el único en el que aparece un atisbo de humor y que cierra el conjunto de relatos de la manera más acertada posible: con aire de esperanza. Siendo como son tan importantes los valores morales de este libro, no debemos olvidar también sus muchos valores literarios. Encontramos así una variedad de registros que van desde el relato en primera persona hasta el narrador omnisciente o el cuento dialogado en forma de pequeña obra teatral, todos ellos ejecutados con la elegancia a la que ya nos tiene acostumbrados la prosa de Aramburu. Buena parte de esta elegancia reside en el brillante estilo que el escritor donostiarra logra al conjugar un grado muy alto de elaboración con la carencia de todo artificio. Los peces de la amargura son diez historias dramáticas contadas sin dramatismo, en las que se dejan entrever las grietas de una sociedad viciada por la violencia y las leyes de pureza nacionalistas, donde determinadas conversaciones tienen que ser en voz baja, donde un joven no se atreve a contar a sus amigos que su padre ha sido herido por casualidad en un acto de violencia callejera, donde la vecina le pide a la mujer de un policía que, si se encuentran por la calle, no la salude o donde los ayuntamientos subvencionan los viajes de las familias de los terroristas presos. Por todo ello, además de aconsejable este libro es necesario. Lo terrible no son estos cuentos. Lo terrible es que haya habido una realidad, y la siga habiendo, tan triste.
2.
Inés Matute

No fue el título lo que me sedujo, ni el relativo éxito de un autor que dice concebir la literatura como un riesgo y que se siente muy próximo a las víctimas del terrorismo. Si me acerqué a Los peces de la amargura fue movida por la curiosidad, por ver cómo se trata, con distancia pero sin tapujos, la difícil situación del País Vasco. Como vasca que soy, reconozco en Euskadi la existencia de posturas polarizadas e irreconciliables: la del nacionalista ciego y la de quien se siente tan euskaldún como español; la de aquel que respalda el terror y la violencia y la de quien encerraría de por vida a los hijos del hacha y la serpiente. Dado que no quería entregarse al relato urgente, ni que la actualidad política le obligase a escribir al dictado, Fernando Aramburu ha necesitado editar más de media docena de libros para abordar con seguridad y temple un dolor muy viejo, una obsesión que parece robarle el sueño. Con este planteamiento, el autor recoge en su libro fragmentos de vidas rotas o heridas por el fanatismo político, interesándose no tanto por la crónica de hechos concretos, sino por las consecuencias de los mismos, por las secuelas que el secuestro, la delación, la cárcel o el asesinato provocan en la larga lista de los damnificados. El muerto deja automáticamente de sufrir, pero el sufrimiento queda colgado del aire, contaminando las vidas de quienes sobreviven a situaciones que a menudo se nos presentan como “inevitables”. Manejando una prosa si no rica, sí precisa, variados son los enfoques y los modos de contar que le acreditan como orquestador absoluto del relato: el monólogo razonado, el diálogo sostenido, la narración en tercera persona, la concatenación de recuerdos a distintas voces, los estribillos deliberados... y todo ello empapado de tics lingüísticos muy nuestros. Me admira el modo en que Aramburu es capaz de penetrar en la mente de un asesino, pero también en la cabeza de la madre que le justifica o en la mirada de una víctima circunstancial que llega a rozar la patología del síndrome de Estocolmo. Mantener el equilibrio entre las dos posturas, equidistar de los extremos, es algo que Aramburu logra a través de la empatía, del profundo conocimiento del alma humana. Variopintas y curiosas son las diez historias que se nos ofrecen: desde el asesinato (anunciado) de un policía a la aceptación de la nueva realidad física de una víctima de atentado; desde la madre que visita a su hijo en la cárcel a la estancia de quien se recupera de sus heridas en un hospital, mientras su mujer se acicala para recibir, orgullosa y esperpéntica, la visita del lehendakari. La vida cotidiana en una aldea, con sus ofensivas marginaciones y secretos. El absurdo orgullo del kaleborrokista que fuera de la banda no es nadie. El impacto social de un rumor infundado y los sentimientos encontrados de quien maneja los hilos desde la retaguardia. La sociedad que Aramburu perfila es una sociedad amedrentada que se refugia en el silencio y en una engañosa mirada caída. Los peces de la amargura nos ofrece pues una amplia panorámica de la realidad del País Vasco, la decepción de un autor que, aunque empatiza con sus personajes analizando lógicas opuestas a la suya, no es capaz de justificarlos. Si os interesa la realidad profunda del País Vasco, este libro se os hará imprescindible. Si no es así, mejor haréis escogiendo otro título.