lunes, agosto 21, 2006

El sueño de Bruno, Iris Murdoch

Lumen, Barcelona, 2006. 405 pp. 21 €

Pilar Adón

Otra narradora soberbia, A.S. Byatt, en su ensayo Degrees of Freedom (1965) dedicado a las primeras novelas de Iris Murdoch, escribe: «Creo que se dedica con honradez a temas verdaderos y esenciales.» Leer a Iris Murdoch supone, siempre, zambullirse en un infrecuente deleite narrativo, tanto por sus argumentos, adictivos, como por las implicaciones intelectuales que conlleva el hecho de que las suyas sean novelas de personajes que se hallan en la persecución constante de un hedonismo espiritual y existencial. La prosa de Iris Murdoch (1919–1999) es la prosa de la seducción. Sus personajes hablan de arte, del amor, de viajes y, esencialmente, de filosofía porque, en realidad, su propia vida es una firme manifestación de ese arte y de esa filosofía, aunque, por otra parte, se hallen en un peligro incesante de caer en el más profundo de los abismos.
Es de agradecer por tanto a la editorial Lumen que esté rescatando ciertas obras prácticamente inencontrables de la autora dublinesa, para dedicarle una biblioteca en la que, hasta el momento, El sueño de Bruno supone el cuarto título. Obras, todas ellas, precedidas de un magnífico prólogo de Álvaro Pombo en el que éste describe cómo llegó a la lectura y a la fascinación por Murdoch. Hay que hacer notar, no obstante, que, por extraño que pueda parecer, el prólogo que ofrece Lumen para cada una de las novelas es siempre el mismo texto, lo que no deja de sorprender: el lector de Iris Murdoch al que se dirige Lumen es un lector de todas sus obras, es un lector fiel, que merecería —y también cada una de las novelas lo merecería— un trato más individualizado.
Determinadas contraseñas se mantienen a lo largo de la novelística de Murdoch. Puntos de referencia fijos que, transmutados, suelen aparecer en todas sus tramas. La mujer fría, intelectual, seria y distante, fea en una primera impresión, sin ninguna gracia física, que, finalmente, será el personaje más atractivo: así Honor Klein en La cabeza cortada o Lisa en El sueño de Bruno. O la presencia del elemento mágico, de lo inexplicable; la figura del “encantador” encarnada en un personaje que de repente se revela como un ser superior, y cuyas acciones tienen un cariz casi sagrado. Un ser fascinante que puede resucitar de entre los muertos para reclamar venganza y justicia moral por parte de su posible asesino, como es el caso de Peter Mir en La negra noche, o un “ángel vengador”como Nigel, el enfermero de El sueño de Bruno, que se convertirá en el desencadenante de cada pequeña tragedia al ir comunicando malas noticias justamente a aquellos que no deben conocerlas, a causa de su peculiar concepción de la verdad y de lo que es necesario. Personajes todos ellos que hablan del odio y del perdón; de la paz y del olvido: «Los seres humanos pocas veces piensan en las otras personas», dice Nigel cuando intenta auxiliar a un personaje que está a punto de suicidarse.
Para Murdoch, el arte de la observación se reviste de una minuciosidad que roza la indiscreción, casi lo chismoso. Su ojo analítico, penetrante, casi omnisciente, se centra en la persecución del amor, de la belleza, de la bondad y en todas las miserias que tal persecución puede implicar. En El sueño de Bruno, el personaje central, cuyo nombre da título a la obra, está agonizando en su cama convertido en un monstruo a causa de la enfermedad que padece y que no se menciona. Su cara se ha deformado grotescamente hasta dejar de parecer un rostro humano, hasta llegar a producir náuseas en aquellos que le ven por primera vez, y su cuerpo se ha convertido en una forma delgada y extremadamente frágil que se adivina bajo las sábanas. Y, mientras él sabe que se está muriendo y va desmenuzando lo que ha sido su existencia, a su alrededor una serie de personajes, satélites de ese viejo planeta doliente y moribundo, se enamoran y se odian, justifican la ausencia de un dios compasivo, suben a lo más alto por medio de la esperanza y descienden al infierno debido a diversos desengaños. Todo ello en torno al atemorizado, necesitado y dependiente Bruno, que recuerda los momentos más angustiosos de su vida y los más decisivos, cuando no supo reaccionar como se esperaba de él.
La escritora A.S. Byatt, en su ya mencionado ensayo Degrees of Freedom, escribe: «Miss Murdoch, en contra de lo que ella define como esa fácil idea de la sinceridad, situaría la dura idea de la verdad», refiriéndose así, de una manera indirecta y en términos generales, a lo que es el eje central de El sueño de Bruno: la búsqueda de la verdad, y de todas sus consecuencias, mediante una actividad casi obsesiva, sin bálsamos tranquilizadores. Una verdad que se revela en toda su crudeza, que pone al descubierto los fantasmas más recónditos de la psique humana y que suele dejar al final, casi siempre, un atisbo de una perdurable felicidad.

viernes, agosto 18, 2006

A-Z. Emigrados en Londres, Xesús Fraga

Tropismos, Salamanca, 2006. 161 pp. 14 €

Óscar Esquivias

Londres no es una ciudad más, no es una simple capital europea o un destino turístico como pueda haber tantos. De alguna manera, siempre ha sido un faro para el resto de Europa, el mejor ejemplo de cosmopolitismo y el refugio para cualquier disidencia. Todo lo que faltaba en España, se podía encontrar en Londres. Con menos ínfulas que París, más moderna que Roma, más cercana que Nueva York, Londres está ligada a nuestra biografía, a nuestra formación y a nuestros sueños.
Además, también Londres es un escenario novelesco excepcional. Defoe, Dickens o McEwan (por citar un escritor por cada uno de los últimos siglos) nos han mostrado la vida cotidiana de su ciudad en novelas inolvidables. Pero ahora la capital británica también es nuestra, la hemos habitado y visitado a menudo, forma parte de nuestras vidas y empieza a ser un escenario natural de nuestra literatura (un poco como Nueva York también lo es gracias a las obras de Lorenzo Silva, Ray Loriga, Muñoz Molina o Eduardo Lago, entre otros). Este proceso de “colonización” literaria de las metrópolis que, por otra parte, ejercen su imperialismo político, económico y cultural sobre nosotros no deja de ser interesante. En esta línea, Xesús Fraga nos presenta en A-Z. Emigrados en Londres su mapa literario de la capital británica.
El título alude a la guía más exhaustiva de sus calles, la A-Z, que es la que usan los taxistas o la propia policía para orientarse. El lector, junto a los personajes de Fraga, la recorrerá por entero, desde los extrarradios o los túneles del metro, hasta los jardines o las salas más exquisitas de la National Gallery. De hecho, muchos de los cuentos llevan por título una simple referencia geográfica, subrayando este afán casi cartográfico del autor (entre otros, los dos que prefiero: “West Cromwell Rd. SW5” y “Lillie Rd. SW6”). Fraga nos describe el Londres de los emigrados gallegos que han arraigado en la ciudad y el de los visitantes que encuentran en ella un efímero paraíso. Lo hace en veinte relatos de muy variable extensión y aliento, escritos originalmente en gallego y revisados por el autor para su edición en castellano. Fraga narra con sobriedad, posee una mirada atenta y piadosa y sus personajes a menudo conmueven por su desvalimiento, por la modestia de sus ilusiones: es un mundo de trabajadores, de estudiantes, de empleados de hoteles, de personas humildes y esforzadas.
En los dos cuentos destacados arriba Fraga da —en mi opinión— lo mejor de sí: en ambos indaga sobre los recuerdos más remotos de la infancia y evoca con sencillez, intensidad y persuasión cómo un niño descubre los sentimientos del miedo y de la amistad. En esos pliegues íntimos de la memoria y del alma Fraga encuentra el material de unos relatos que son universales pero que, gracias al talento del autor, no podemos imaginar ambientados en otra ciudad que no sea este Londres gallego y menesteroso que tan bien conoce y retrata.

jueves, agosto 17, 2006

Adulterios, Woody Allen

Trad. Silvia Barbero. Tusquets, Barcelona, 2006. 155 pp. 15 €

Cristina Cerrada

Cuando empecé a psicoanalizarme me pregunté qué tendría de bueno aquello. Si hasta entonces había sido una persona inconscientemente atormentada, ahora me había convertido en alguien bien consciente de sus miserias, pero igualmente atormentada. Empezó a darme miedo vivir sola, pero también vivir con alguien. Me asustaba pensar en las montañas, en el universo, en Egipto y en Mesopotamia y en toda la Antigüedad. Me daban miedo los documentales de la dos. Me sudaban las manos cuando entraba en el metro, y luego, con sólo pensar en él sufría ataques de ansiedad. Cuando peor estaba —creo que llegué a no poder conducir después que hubiera anochecido—, mi psicoanalista me aseguró que estaba todo lo bien que se podía estar. Es decir, que me dio el alta. Sencillamente, no lo podía creer. ¿Cómo podía decirme que ya estaba curada, precisamente cuando más consciente era de que no estaba bien? Él sonrió —o imagino que sonrió, porque ya sabéis que durante las sesiones de análisis, el paciente está tumbado en un diván con el psicoanalista situado detrás de él—, y dijo con una voz autorizada pero no exenta de afecto: «En eso consiste vivir».
¿Así que en eso consistía vivir?
Fue por aquella época que empecé a aficionarme de verdad a Woody Allen. Veía sus películas, leía sus libros. Allen cogía todos los miedos que yo padecía desde que me había empezado a analizar —en buena hora, llegué a pensar—, y hacía algo extraordinario con ellos. Al principio, no supe explicarme muy bien el qué. Sólo sabía que viendo sus películas me sentía bien, que desaparecía la ansiedad. Oyéndole divagar acerca de la muerte, me olvidaba de la muerte como algo real. Viéndole recorrer las consultas de Manhhatan en busca de la respuesta a sus dolencias físicas, todas tan exageradas, me parecía que mis propias dolencias perdían crédito, vigor, que se relativizaban hasta quedar convertidas en algo lleno de ternura, de vida, de humanidad. Lo más increíble fue lo que me sucedió con una de sus películas en concreto: Desmontando a Harry. Cualquiera que haya visto Desmontando a Harry sabe que se trata de una comedia. De una sus mejores comedias, diría yo. Y sin embargo, yo lloré. Harry, un escritor que lleva una vida auténticamente “de mierda”, es invitado a una ceremonia de homenaje en su antigua universidad. El tipo no hace una sola cosa a derechas. Toma pastillas, no cree en Dios... Todas sus ex mujeres le odian, su hijo apenas sabe nada de él, incluso ha de recurrir a una prostituta para que le acompañe a la ceremonia, ya que no tiene con quien ir. Un cuadro de lo más deprimente. Sin embargo, al llegar a la universidad se encuentra con que, en lugar de los antiguos profesores y alumnos, en lugar de un montón de extraños, quienes están aguardándole allí para homenajearle son sus propios personajes. Todas esas criaturas a las que ha dado la vida se levantan de sus asientos y aplauden a Harry por haberles creado, por haberles otorgado un soplo de vitalidad a partir de la nada —de la muerte, se podría decir. Cualquiera que escriba, que pinte, que componga canciones o haga vasijas de barro en el garaje de su casa lo entenderá.
La vida, en Woody Allen, está íntimamente ligada a la muerte, y por eso, al mismo acto de la creación. Woody Allen coge su miedo a la muerte y lo transforma en algo bueno y real. En ficción.
En Adulterios, Allen vuelve a probarlo haciendo lo que siempre hace, lo que hace tan bien. Dar vida a la nada. Conjurar la muerte. Crear. En estas tres comedias de un acto, veinte personajes se debaten en torno a la infidelidad, y lo hacen sin grandilocuencia. El matrimonio occidental es una de las instituciones en crisis que más tiempo viene perdurando, y Allen lo contempla en este libro con una sonrisa. La suya es, como de costumbre, una sonrisa llena de ironía, pero también de piedad. ¿Por qué amamos?, se pregunta. ¿Por qué engañamos? Cuando engañamos, ¿lo hacemos de verdad por maldad o para seguir aferrándonos con uñas y dientes a la vida? Aquí no hay culpa, ni castigo. El método de Allen en este libro sigue siendo el mismo: inventar historias para vivir. Los personajes engañan, mienten, inventan cuentos para ser infieles a sus esposas y amantes, e inventan otros para enmendar sus errores.
Y lo único que se evidencia a través de ello, puede que lo que a Woody Allen más le interese transmitir de verdad, sea la profunda humanidad que se esconde detrás de toda creación. Del íntimo acto de creación que en realidad es vivir.

miércoles, agosto 16, 2006

Arde Troya, Alfonso Ruiz de Aguirre

Amargord, Madrid, 2006. 329 pp. 15 €

Miguel Baquero

Vivimos tiempos confusos y descuadrados donde muchas veces se posterga lo esencial y se da importancia a cuestiones secundarias, adyacentes y tangenciales. Olvidamos, por ejemplo, que un requisito básico para ser escritor es escribir bien, sin que "bien" signifique, ni mucho menos, escribir barroco o cargado de florituras, sino escribir de manera original, con expresiones propias y deslumbrantes, con adjetivos que parezcan nuevos y nunca usados, con un estilo, en suma, rico y pletórico, ya se opte por la vía concisa o lacónica ya por la exuberante y llena de subordinadas. En todo caso, esto, escribir con arte, que debería ser inexcusable en un escritor, muchas veces se obvia y se disculpa y así tragamos con libros llenos de errores sintácticos, de frases hechas, de lugares comunes.
Arde Troya es nada menos que la séptima novela de Alfonso Ruiz de Aguirre (Toledo, 1968); entre medias, un extenso currículum de premios, accésits y menciones. En Arde Troya confluyen tres historias: la de un pobre empleado, uno de estos modernos "mileuristas" sobradamente preparado y ruinmente pagado, que cierto día decide sabotear su empresa; la de una secta, la Iglesia del Cosmos Fluyente, que utiliza toda su fluencia e influencia divina para la recalificación como urbanizables de unos terrenos de alto valor ecológico; y la historia de un sargento chusquero en Sidi Ifni, 1975, durante los últimos días de la colonización. A simple vista nada parecen tener en común estas tres historias; sin embargo, hay un factor que las une, y ese no es otro que el lenguaje, el modo cómo Ruiz de Aguirre las va desarrollando, desplegando —extendiendo, más bien— por medio de un estilo suelto, amplio, generoso. Bien es verdad que en algunas ocasiones, cuando imita el hablar místico y ampuloso de la secta, cuando caricaturiza los discursos zen y new age de nuestros días, el autor llega a caer en el bucle, en el acartonamiento, llega a enfangarse en gran medida; pero cuando, libre de estos amaneramientos, se sienta tranquilo y despreocupado a narrar su historia es entonces cuando se nota la diferencia entre un torero de pellizco, que se mueve con gracia y soltura en el ruedo, y un peón de brega que se afana, suda y suelta el capote y sale corriendo a la que siente cerca el aliento de la bestia (y aquí ponga cada quien su ejemplo).
Las tres historias que componen la novela de Ruiz de Aguirre se encuentran unidas también por la visión conjunta, una visión muy cercana a la picaresca en la que prima el humor digamos "sucio", humor del hombre común, fracasado y resentido, que se defiende por medio de la risa contra los poderosos; humor gris, pegado al polvo de la calle, pero que no por eso deja de ser humor de ley, tal vez se trata incluso del humor más legítimo. Así está narrada la historia del pobre empleado, víctima de la explotación y del horario indefinido, o la del sargento chusquero que recorre África y en cada puesto encuentra a alguien que está al mando de la dotación con menos méritos que él, o la historia, ciertamente hilarante, de las cuatro hermanas Aguilera adeptas a las Iglesia del Cosmos y que se sacrificaron, algunas mejor y otras peor, por el bien de la secta. Este es otro de los grandes logros de esta novela: mantener ese tono ácido pero con un fondo inocente que ya empleó Lázaro de Tormes, y que Ruiz de Aguirre encuentra y acierta a sostener durante toda la novela, sin apenas desfallecimientos.

martes, agosto 15, 2006

Solo con invitación: Román Piña

Gólgota
Premio Camilo José Cela 2005. Lengua de Trapo, Madrid, 2006. 224 pp. 17,50 €

Inés Matute

Como afortunadamente conozco bien a Román Piña, puedo afirmar sin temor a equivocarme que este polifacético Quijote tiene, además de osadía y una lengua afilada, un plan: consolidar la literatura de divertimento —historias disparatadas, humor y sorpresa— conectándola a la narrativa de última generación. Tres son los frentes en los que el mallorquín promociona el libro breve y ágil que persigue la carcajada del lector: como editor de revistas y libros (La Bolsa de Pipas y La Guantera) como crítico literario (en medios como El Cultural) y, desde luego, como autor. Las curiosas obras que preceden a este Gólgota con el que ganó el Premio Camilo José Cela las pasadas Navidades tienen títulos tan sugerentes como: Las ingles celestes, Un turista, un muerto, Museo del divorcio, Café con amazonas, La bailarina rusa, Viaje por las ramas y Som lletjos (Somos feos), por no hablar de su chispeante poesía erótica o de la vena ecologista que, a la menor ocasión, saca a relucir. No me entretendré en defender la necesidad de distensión que tiene el mundo en nuestros días, pero sí defenderé a Piña de quien piense que lo suyo es simple gamberrismo: con una sólida base de formación en Filología Clásica, se enfrenta a sus historias muy seguro de lo que se trae.
Variopintos son los temas que se conjugan en este Gólgota de agonía y redención: como telón de fondo, se nos describe una atmósfera de tristeza e indefensión de la que resulta casi imposible escapar. Que el autor considera que la realidad social es deprimente no es algo que yo le vaya a discutir. Por otro lado, Román refleja la inquietud que nos provoca el paso del tiempo a través del personaje de Leonor, una anciana tullida y sorda que contempla el mundo desde una silla de ruedas. Su nieto, sin embargo, lo contempla desde una ventana, ventana a través de la cual vigila los movimientos de un hombre que, colgado en lo alto de una grúa, exige al alcalde su dimisión. Este suceso, acontecido en Mallorca hace ya algunos años, desencadenó la escritura de esta novela, una obra en la que desfilan personajes que van desde el vecino de enfrente al puro esperpento. Y para esperpentos, quién mejor que Bumerán, un aspirante a actor porno que no se resigna a alardear de las dimensiones de su miembro en una sauna. Martínez, el sujeto que cuelga de la grúa y motor de la narración, sirve de excusa para contar otras historias y empujar la trama hacia un plano de locura y absurdo que es donde mejor despliega Piña sus armas de cómico. La lluvia de Gólgota, anunciada ya en esa portada a lo Magritte, no sólo atenaza el estado de ánimo de los personajes y magnifica la hazaña del idealista Martínez, sino que refleja, metafóricamente, el acoso invisible de todas las amenazas que se ciernen sobre nosotros. Acoso escolar, malos tratos, especulación inmobiliaria, cine y reciclaje, degeneración de las clases dirigentes, sexo y violencia, ecologismo militante, premios literarios amañados... Gólgota es una delirante historia de destino y muerte, un canto a la fuerza del instinto y a los deseos que van más allá de la razón.


Román Piña: «La literatura es un lujo»

—Tu novela articula un equilibrado sistema de personajes que, sin embargo, sufren conflictos independientes. ¿Qué tienen en común?
—Tienen poco en común, pero respiran durante unos días de la misma humedad de la misma ciudad. Los vincula el mismo telón de fondo: Martínez, el hombre encaramado a la grúa que nadie, aparte de ellos, parece percibir. El encuentro de estos personajes, cuando se da, y su pequeña aventura, es casual y seguramente efímero. Cada uno es una pincelada de un fresco en el que predomina el gris cemento.

—Algunos pasajes de Gólgota rozan el absurdo. ¿Consideras que debe ser leída en clave realista o se trata de simples metáforas de la existencia humana?
—La novela ha sido escrita en clave realista, y que se produzcan situaciones absurdas es buena prueba de ello. Otra cosa es que haya forzado el pulso con lo inverosímil, y algún personaje acabe en puro monigote. Pero creo que en algún momento de la vida todos nos comportamos como monigotes.

—Eres un autor que incursiona en la novela, pero también en el cuento y en la poesía. ¿Crees en la férrea división de géneros?
—No, no creo en esa división como autor. Desgraciadamente, el mercado y la industria -editores, libreros y agencias literarias- sí creen en ella. Lo ideal es el dominio que te permite abrir las compuertas de la influencia entre géneros y estilos, y también cerrarlas para escribir exactamente el tipo de libro que te propones.

—Gólgota es una novela cargada de ironía. ¿Hay detrás de este recurso una visión desencantada del mundo?
—Yo veo en Gólgota un claro contraste entre una visión desencantada y pesimista y otra cómica y esperanzada. No niego que mi visión es esa: el único humor posible hoy en día es el humor negro.

—Hablemos de literatura.
—La literatura es un lujo, una forma de ocio en franca decadencia, pero para un profesor de griego como yo, aún resulta cosa de multitudes. Me interesa la ficción, la novela más que la poesía. Aparte de una historia interesante, lo que busco como lector es un lenguaje sencillo y una forma original de contarla. Los recursos de un autor para hacerte picar el anzuelo de su relato son lo que más admiro. Me parece muy difícil escribir libros tan buenos como los de Sánchez Piñol. Mis influencias actuales combinan a Homero, Faemino y Cansado y Ramiro Pinilla.

—Y en cuanto a tu vida...
—Empecé a escribir poemas a los 18. A los 20 escribía canciones y quería dedicarme al pop, pero me tentaba el columnismo. Empecé a escribir críticas, opinión y reportajes, hasta que ciertas ideas me sublevaron y me pidieron nacer como novelas o poemas. Creo que siempre he tenido madera de editor, y por ello llevo haciendo revistas desde los dieciocho años, ya diez con La Bolsa de Pipas. Creo, honestamente, que cuando empecé no tenía ni idea de que escribiría lo que he ido escribiendo
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lunes, agosto 14, 2006

El baile, Irene Némirovsky

Salamandra, Barcelona, 2006. 96 pp. 9 €

Pedro M. Domene

Cuando en su más tierna adolescencia Irène Némirovsky empezaba a balbucear sus primeros textos adoptó, como forma de escritura, un método inspirado en Turgueniev, uno de sus maestros más celebrados; es decir, esa doble actitud que lleva a un escritor a comenzar una novela y, paralelamente, anotar algunas de las reflexiones que el texto le van inspirando, sin suprimir ni tachar ninguna anotación a lo largo de todo el proceso de escritura. A medida que se avanza el autor conoce, perfectamente, todos los personajes creados, incluidos los secundarios. El estilo surge así como única identificación posible en toda la producción del escritor, tal es el caso de sus primeras novelas publicadas El niño prodigio (1926), David Golder (1929), El baile (1930), aunque Suite francesa (2004) será la novela más ambiciosa de la exiliada rusa en París. El borrador de la novela estaba muy avanzado cuando los nazis entraron en París y en ella cuenta cómo durante los últimos meses de su existencia Francia se había convertido en un país de episódicos acontecimientos. Solo así se entiende por qué el texto está repleto de personajes secundarios como la propia historia intenta reflejar. La narradora describe en su voluminoso proyecto los comportamientos humanos y las circunstancias a que están ligados sus personajes, certeza que muy pronto se celebra en esta narración, porque en Suite francesa esos comportamientos ante la catástrofe de una guerra, el desamparo y el destino que sufren los hombres y mujeres de su historia son lo más relevante en una novela tan memorable. Aunque incompleta, como el lector puede leer en el prólogo a la edición de Salamandra, la novela sigue el esquema clásico de las suites: una sucesión de movimientos rápidos y lentos, una danza, y una giga como final. Paradójicamente, la suite es una música alegre, despreocupada, de una brillantez extraordinaria que en su título muestra la vena más irónica de la narradora.
El baile, aparecido sólo unos meses después del éxito de David Golder —novela publicada en Francia en 2005, que ha conocido varias ediciones españolas, la primera de todas del año 1930—, es un breve relato de una medida y una eficacia poco corrientes en este tipo de entregas. En apenas cien páginas, la narradora cuenta la irritación adolescente de una niña de catorce años que ha visto cómo durante los últimos tiempos sus padres han prosperado gracias a un acertado giro bursátil y ahora son una adinerada familia que pretende formar parte de la alta sociedad francesa en el París del glamour de comienzos de siglo. Pero, como aún no han conseguido ese reconocimiento, los señores Kampf organizan un baile de sociedad dejando a Antoinette fuera de ese acontecimiento o esa ceremonia de iniciación como ella la entiende. Pronto la joven fraguará un modo de vengarse que provocará una humillación para sus padres. Lo significativo del relato no es la historia en sí, sino esa despiadada visión de una sociedad, la situación absurda a que lleva la soberbia autoafirmación materna frente a ese dolor de rechazo provocado y sufrido por la adolescente que le llevará a una rabieta transmutada en odio de consecuencias tan dramáticas como reveladoras para el curioso lector. Sólo entonces, cuando la joven ve el resultado de su actuación, tras sentir una especie de desdén, de indiferencia despectiva, comprende que los adultos pueden sufrir por aquellas cosas más fútiles y pasajeras y en un destello inaprensible, al fin, adivina la humillación a que ha sometido a la madre en un mundo no menos injusto, además de malvado e hipócrita. Quizá la propia Némirovsky, de veintisiete años cuando escribió la historia, pretendiera reproducir esa difícil relación madre-hija para salvaguardarse de toda esa estupidez humana que había vivido en su adolescencia parisina y profundizar así en su propia conciencia de adulta.
Algo más sobre Irene Nemirovsky aquí

viernes, agosto 11, 2006

Viajes con Heródoto, Richard Kapuscinski

Traducción de Ágata Orzeszek. Anagrama, Barcelona, 2006. 308 pp. 15 €

Doménico Chiappe

Este es un libro de un libro. No de muchos libros, de uno solo: Historia, de Heródoto, el griego que dedicó su vida a escribir y contar lo que descubría de las naciones que conformaban su cosmogonía. Nueve libros escritos, se cree, en el año 444 a.C, que detalla la acción y la cultura de los pueblos que alcanzó a conocer. Y también es un libro que cuenta la relación que con Heródoto estableció Ryszard Kapuscinski, el aprendiz de brujo, uno de los autores que ha contribuido a hacer del periodismo un arte literario, tan reputado como cualquier otro género.
Kapuscinski lo lee por primera vez cuando era un joven vestido con un «traje de cheviot de llamativas rayas grises y azules, la chaqueta cruzada con doble fila de botones y unas hombreras salidas y angulosas, y el pantalón, ancho, demasiado largo y con las perneras acabadas en una gran vuelta», que soñaba con traspasar la frontera de Polonia. Cruzarla, nada más. Adonde fuera. Y con esta ambición ya superaba a la mayoría de su generación, en una Polonia aturdida por la bota comunista, que impidió la publicación del libro hasta 1955. Porque los libros son peligrosos, dice Kapuscinski. Porque entrañan alusiones, porque quien lee no «para de hacerse preguntas».
Cuando su jefa Irena Tarlowska le anuncia que su anhelo será realidad, que viajará a la India, también le hace un regalo, este libro; un obsequio de por vida. Kapuscinski asegura que «aunque pasaran años sin que abriese su Historia, no por eso dejaba yo de pensar en su autor» e imagina que el griego se sienta junto a él a la orilla del mar y le conversa. Kapuscinski le atribuye la paternidad del reportaje, del contraste de fuentes e incluso del sensacionalismo: «observa las reglas del mercado mediático, para venderla, la historia tiene que ser interesante, debe contener algo picante».
Heródoto, de quien transcribe un selección de pasajes variados, le apoya cuando Kapuscinski intenta cruzar el abismo del idioma en Nueva Delhi y en China y aprende inglés leyendo a Hemingway. Le acompaña cuando visiona las muertes y desplazamientos de las guerras del mundo y aflora su sensibilidad: «llevaban años errando por el país sin poder hallar auxilio y, abandonados a su sino, vegetaban todavía durante un tiempo en lugares como la Sealdah Station». Heródoto lo consuela cuando le roban en Egipto; cuando tropieza con los temibles gendarmes del Congo que sólo quieren un cigarrillo.
Aunque regresa a lugares que ya ha descrito en otras obras, Kapuscinski no repite lo que ya ha escrito en El Sha, El Emperador, Ébano, La Guerra del fútbol y otros reportajes. En Viajes con Heródoto nos entrega otra mirada, más íntima. En este libro Kapuscinski se desnuda mucho más; hace un streep tease del alma. Por ejemplo, descubre al lector su niñez, sin zapatos con el invierno aproximándose, y cuenta la primera vez que fuma hachís y viajó a «un mundo distinto, uno en que mi cuerpo había perdido todo su peso».
Sospecho que Kapuscinski se identifica tanto con Heródoto porque, como él, ha vivido lo que relata: la crueldad y la fascinación; porque ambos han ejercido su profesión como vagabundos; porque ninguno de los dos ha sido un héroe, sólo hombres con la suerte de sobrevivir a las aventuras que han asumido, y, sobre todo, porque ambos han preferido siempre hablar con la gente para escuchar esa historia no oficial, que reconstruyen en sus textos. El discípulo es, desde hace ya tiempo, maestro; y vuelve a demostrarlo en este libro, especie de reseña vivencial.

jueves, agosto 10, 2006

jPod, Douglas Coupland

Traducción de Raquel Herrera Ferrer. El Aleph, Barcelona, 2006, 527 páginas.

Vicente Luis Mora

Esta novela parte de una idea compositiva prácticamente genial. En una original variante de la técnica del «manuscrito encontrado», a la altura de la página 329 descubrimos que Douglas Coupland (que aparece como personaje en la novela) se encuentra por segunda vez con el protagonista de la novela, Ethan, perdido en una carretera secundaria de China, en compañía de un heroinómano. Ethan le ruega a Coupland que les saque de allí, llevándoles en su coche. El escritor le dice que acepta ayudarles a cambio del ordenador portátil de Ethan, que es su «vida» o su alma, si buscamos asociaciones fáciles con el Mefistófeles que compró el alma del bluesman Robert Johnson en un cruce de caminos. Pues bien, jPod sería el resultado de imprimir selectivamente todo el contenido de ese ordenador portátil, incluido el spam que contiene, y reelaborar algunos de sus materiales (p. 368). Para terminar la novela, Coupland tendrá que comprar el siguiente portátil de Ethan, para actualizar la información.
Este hecho, la inclusión ficticia en la novela de todo el contenido de un ordenador personal, hace que haya numerosos elementos incorporados que no sirven para nada: correos antiguos de spam (mensajes no deseados, normalmente de contenido publicitario o engañoso), documentos de una o dos frases inconexas, páginas bajadas de Internet para navegar off shore (sin conexión), borradores, escaneos arbitrarios, etc. La obra, por tanto, está salpicada —como la vida misma, queremos suponer que es la intención de Coupland— de material sobrante, de basura, de exceso técnico, de residuos textuales, de publicidad no deseada, de contaminación acústica. En ese sentido, la incorporación del spam supone un auténtico giro metafísico de la novela: la excrecencia tecnológica, social, se vuelve literaria, se incorpora también a la narración, en un intento de imitación de la vida, de mímesis.
Resumiremos brevemente el argumento: Ethan y sus compañeros (entre freaks y geeks) trabajan para jPod, la división de software de una empresa informática dedicada a la creación y producción de videojuegos. El proceso de creación de uno de estos juegos es el hilo principal del que se van descolgando las tramas accesorias, que son la auténtica preocupación del narrador, más interesado en el seguimiento psicosocial de sus personajes que de sus andanzas narrativas. De hecho, uno de los más sugerentes elementos de esta novela, es el modo de presentación de los caracteres: los personajes se retratan a través de las pruebas que Ethan les sugiere para «disminuir la productividad», lo que le sirve al autor para integrar elementos de la sociedad de consumo: la primera vez, a través de una carta de amor a Ronald McDonald, la segunda desafiándoles a venderse, con menos de 500 palabras, como si fueran a anunciarse en eBay, la famosa web de subastas digitales. Más tarde, Kaitlin, su novia, entrevista sucesivamente a la mayoría de personajes con la excusa de unos trabajos de inglés. Estos inteligentes recursos permiten a Coupland que los personajes se presenten por sí mismos, ocultando sus puntos débiles y enfatizando sus mentiras defensivas. El procedimiento es hábil; no lo es tanto, como después veremos, el resultado.
En la solapa se nos hace hincapié en la vertiente de diseñador gráfico de Coupland, pero es que jPod es una novela de diseño. No sólo desde el punto de vista visual; experimental e innovadora, jPod participa de una de las técnicas literarias más utilizadas en la última narrativa anglófona… y española: la autoficción. Para Ramón Buckley, «que los novelistas se nutran de su propia vida para escribir sus novelas es un recurso tan antiguo como la propia novela. Ahora bien, que la falsifiquen, que la suplanten o que, en último término, se calumnien a sí mismos o a su propia familia es, por decirlo de alguna manera, esa "otra vuelta de tuerca" de la era posmoderna en la que todavía estamos inmersos» . El citado crítico escribía esto a raíz de la novela El verano del inglés (Alfaguara 2006), de Carme Riera (también valdría como ejemplo cercano La velocidad de la luz, de Javier Cercas, o Una vez Argentina, de Andrés Neuman); en el mismo entorno del canadiense Coupland, el estadounidense Bret Easton Ellis ha publicado este año su novela Lunar Park, donde comparece, desdibujado y excesivo, como uno de los protagonistas principales. Como vemos, estamos ante una auténtica pandemia narrativa. Y tiene razón Buckley*, no hemos salido de la posmodernidad, desde luego; tampoco Coupland, que es plenamente posmoderno en la utilización del recurso, tanto por la consciencia del uso como por su retorsión irónica: hay bromas con la idea del Coupland ficticio como Dios (= narrador omnisciente) de la narración: «es como si lo supiera todo de nosotros» (p. 467); algo obvio, por otro lado, si se tiene en cuenta que el Coupland novelado tiene acceso a toda la información del alma informática de Ethan. En general, el recurso de la autoficción está bien empleado y facilita un sugestivo (y de nuevo irónico) final a la novela.
Otra característica de jPod es la constante presencia de los elementos tecnológicos, audiovisuales y de los símbolos icónicos de la sociedad de consumo. En buena medida, esta novela sería la segunda entrega de Microsiervos (1995), un Microsiervos 2.0. Si allí los personajes desarrollaban el videojuego Oop!, aquí se dedican a configurar un juego de monopatín que más tarde, tras la sospechosa desaparición del responsable, pasará a ser un juego de conquista, esoterismo y magia, como las novelas de moda. El entorno informático permite a Coupland desarrollar una de sus aficiones preferidas, la observación sociológica, para la que está dotado de una penetrante capacidad de observación, como demostró en su interesante miscelánea Polaroids (Ediciones B, 1999). A lo largo de toda la obra, hay una continua interacción de los ordenadores y la televisión, desvestida de tecnofobia: «la televisión e Internet son buenos porque hacen que la gente estúpida no pase demasiado tiempo en público» (p. 11). La estructura textual facilita además la consideración de la obra como una parodia de la saturación informativa, del paroxismo publicitario (algo que está en el título: jPod es una fácil broma sobre iPod, el conocido reproductor de MP3 y MP4 de Apple), y de la cultura del diseño y del consumo. La página 23 es el texto de una caja de sopa de sobre: el mensaje sin el medio. También aparecen alucinógenas teorías sobre la Coca-Cola (pp. 220-222), Ikea (135), Star Wars (224), Los Simpson (incontables), la cultura visual de las siglas (p. 149), y un genial y desopilante diálogo sobre la probable vida sexual del payaso Ronald McDonald (54-55), imagen de la conocida franquicia hamburguesera. La cultura de la televisión es omnipresente, y los símiles y metáforas son casi siempre tecnológicos: «siempre se me olvida que tu familia funciona con software de Microsoft» (p. 232). En este sentido, no pocas veces el excesivo número de comparaciones de personajes y objetos satura la narración, la superficializa y la hace parecer una partida de Scatergories (como ejemplo de lo denunciado). Amén de empobrecer léxicamente el discurso, lo superficializa: gana el que ha visto más televisión, no el que ha leído más o es más inteligente para captar resonancias profundas.
No es este el único debe de jPod. Los personajes son demasiado excéntricos. Hace poco leíamos una entrevista a John Berendt, el fascinante creador de Medianoche en el jardín del bien y del mal, donde éste decía que es shakespeariana y necesaria la búsqueda de personalidades excéntricas y fuertes, para dar fuste a las historias y que estas duren en el tiempo. Puedo estar de acuerdo si esa excepcionalidad es creíble, pero no cuando la construcción psicológica es deliberadamente insostenible o roza el absurdo, lo que ocurre con los personajes de jPod. En realidad, los caracteres de Coupland no son personajes literarios, sino de videojuegos: puedes intercambiarles las cabezas. A la altura de la página 300, te das cuenta de que no tienes ninguna imagen mental del posible físico de los amigos de Ethan, de su familia ni de él mismo.
Hay que destacar la gran edición de El Aleph, que ha publicado un libro valiente sin escamotear ninguno de sus juegos visuales, de sus excesos tipográficos, de sus avances expresivos. También la traducción del libro es excelente, habida cuenta de la dificultad de trasladar la jerga tecnológica al castellano, aunque algún término, como “regenderización” (p. 61, de re-gender, reasignar el género sexual) podría haberse sustituido por una paráfrasis o un neologismo hispano, y no inglés. Una edición, por tanto, a la altura de un libro que, como todos los de Coupland, no destaca por la construcción de personajes, ni por su estilo (pobre), ni por su variedad léxica, pero que tiene, como todos los de Coupland, unas virtudes que lo hacen único, admirado y admirable: una construcción valiente y sólida, ideas parciales que rozan el virtuosismo, grandes dosis de humor y de ternura soterrada, clarividencia sociológica, amenidad y originalidad, y la asombrosa potencia global de haber conseguido, en esta novela sobre la información, la saturación, el consumismo, el exceso tecnológico y el spam/basura, una imagen perfecta y completa del tiempo en el que vivimos.

* R. Buckley, Carme Riera y el arte de la impostura, en Revista de libros

miércoles, agosto 09, 2006

Matías y los imposibles, Santiago Roncagliolo

Siruela, Madrid, 2006. 114 páginas. 16,90 €

Carmen Fernández Etreros

La infancia es una edad irrepetible y los cuentos son necesarios para los niños. ¿Qué ocurre con un cuento cuando ya no se relata a nadie? ¿Se pierde? ¿Desaparecen sus personajes? Santiago Roncagiolo nos plantea este dilema en este libro para niños Matías y los imposibles que destaca por su originalidad y calidad estética.
El escritor peruano, autor de novelas como Pudor, El príncipe de los caimanes y Abril rojo, ha publicado otros dos libros para niños Rugor, el dragón enamorado y La guerra de Mostark. En Matías y los imposibles ofrece en un relato divertido cargado de sensibilidad. ¿A qué niño no le gustaría conocer personalmente a los personajes de un cuento y poder hablar con ellos? Matías y sus amigos “los imposibles” viven situaciones disparatadas y hasta carentes de lógica con las que los pequeños lectores seguro que disfrutarán.
Matías es un niño bajito, tímido y feúcho del que sus compañeros se mofan por su aspecto y falta de aptitudes para el deporte. Aunque no conoce el paradero de sus padres, Matías vive muy feliz con su abuelo y no se siente un niño desgraciado. Su abuelo siempre le cuenta un cuento sobre las aventuras del príncipe Guillermo, el malvado brujo Gorgon y el hada Luz, la salvadora del príncipe. Pero un día la rutina de Matías da un vuelco al morir su abuelo y quedarse solo. Los personajes del cuento entran en su vida real para ayudarle. Estos amigos, “los imposibles”, con su torpeza meten a Matías en situaciones divertidas. Matías y sus amigos tendrán que crear su propio cuento para lograr reunirse para siempre y que la realidad y la fantasía puedan convivir.
Matías y los imposibles, publicada por Siruela en una cuidada edición e ilustrada por Ulises Wensell, envuelve a los pequeños lectores que disfrutarán con los diálogos divertidos de los personajes “inexistentes” y de una dinámica aventura. Además, Roncagiolo demuestra su habilidad para conectar con el lector infantil al que implica de manera inteligente en el juego de la lectura.
Gracias a una trama sencilla el autor propone una reflexión sobre la fugacidad de la infancia y sobre la necesidad de los niños de disfrutar con la lectura en esta etapa de la vida en la que los sueños y los deseos se confunden con la realidad. Cito estas maravillosas palabras del narrador en Matías y los imposibles: “Pero en la vida, uno no siempre hace lo que quiere. Y ese día, mientras se abrazaban para despedirse todos supieron que no habría un cuento para reunirlos, y que pronto Matías crecería y se haría grande y no escucharía más cuentos...(p. 78)”. Para nosotros, y gracias a Santiago Roncagliolo, Matías y los imposibles se han reunido por fin en este cuento y animan a todos los niños a participar en sus aventuras.

martes, agosto 08, 2006

Autómata, Adolfo García Ortega

Bruguera, Barcelona, 2006. 477 pp. 17 €

Anna Grau

«La mañana del Año Nuevo del nuevo siglo me encontraba en Madeira y conocí a Oliver Griffin, español pese a su nombre, quien me abordó en el mirador marino del hotel Carlton con la suavidad de un amabilísimo narrador que me hubiera elegido para charlar un largo rato despreocupada pero confidencialmente»... hasta aquí los hechos mínimos propulsores de una narración máxima que, una vez suelta, va a dar de sí muchos más hechos, retrancas de hechos, probabilidades de hechos, etc, cada suceso una caja de Pandora volcando nuevas explosiones de relato en recíproca y estruendosa bifurcación frenética, casi la fisión del átomo narrativo, puesto todo a liberar una energía literaria suicida, descomunal, feliz. Una hermosa salvajada resplandeciente de sufrimiento, tal que si una novela de Emilio Salgari la hubiera escrito, pensando mucho cada detalle, Gustave Flaubert.
Una novela de aventuras es lo que ha escrito Adolfo García Ortega, sin duda; pero qué novela de aventuras. Anclada a la sombra leviatánica de Melville, troquelada en el vértigo de Las mil y una noches, espúmea de Stevenson como de Baudelaire, de Verne como de Kafka, irisada por millares de lecturas, tantas como en vida y de momento ha conseguido abarcar su autor (que evidentemente también está leyendo cuando va al cine), Autómata pone el brazo armado de la épica a disposición de la lírica. Y viceversa.
Los amantes de acariciar un texto por la tracería de las citas, los guiños intelectuales y los desmayos sutiles hacia la no-ficción pueden gozar de Autómata, pero que sepan que no lo van a tener fácil si no son sinceros, si buscan el aplauso paraliterario y no el placer. La erudición está aquí tan entreverada con la creación, la penetra con tan poco aspaviento, tan humildemente (y por eso mismo, tan eficazmente) que no hay tiempo ni lugar para pasmarse. Ni el autor, ni el lector.
Por uno y para el otro nace y crece esta novela de agudos dientes apretados, epopeya dentro de la epopeya dentro de la epopeya, con el personaje-narrador Griffin actuando y funcionando como un andante libro vivo, un volcán de historias en constante erupción. Griffin cuenta a un oyente-lector su viaje a la Isla de la Desolación, en el estrecho de Magallanes, siguiendo el rastro de una obsesión primigenia, el hallazgo de un autómata del siglo XVI que impresionó y hasta torció para siempre el viaje de novios de sus abuelos en los años veinte. Rotando en torno al eje de esta obsesión llegan a acumularse hasta quinientos años de vidas, mitos, casualidades, leyendas. Griffin vive al ritmo de un hombre de acción, con la intensidad íntima de un hombre de letras. Multiplícase así el valor y el interés de toda existencia —«mecido por el agua y por las horas, sin sueño, para mi sorpresa me sentí maravillado por la vida y por todo lo que en ella cabe, si se sabe vivir»— y de toda novela, cuando lo trepidante está servido con verdadero fervor literario.
(Incluso puede que demasiado fervor; si algún pero tuviera que ponerle a esta novela, sería cierta temeridad fáctica, cierto desprecio de cómo muchísimos hechos, exprimidos con semejante detalle psicológico, pueden llegar a abrumar al lector, a saturarle el ánimo)
Mas hay en todo ello, sin duda, un homenaje al buen hacer de antaño, al viejo gran estilo de narrar, retomado aquí con las indudables ventajas que da venir de vuelta de unas cuantas modernidades y vanguardias. García Ortega ha depurado su característico aliento flaubertiano hasta el punto de hacerlo agradablemente etéreo, de lograr la aparente facilidad, sin que se le note tanto el andamio del sudor que era algo demasiado visible en, por ejemplo, Café Hugo, o de la inteligencia en la por otro lado conmovedora El comprador de aniversarios.
La súbita frase corta cargada de intención, el chispazo subjetivo omnisciente, sirve al autor para abrirse paso en la maraña de sus criaturas desbordadas de vitalismo, por lo trepidante que es todo lo que les pasa, y por la trepidante sensibilidad con que se nos cuenta y lo vivimos nosotros, en literaria carne propia.
Triunfa así la literatura entendida como alteridad compartida y de lujo: «Yo tengo una vida plural, como Pessoa, aseguró Griffin». «Murió joven porque vivió varias vidas (...) y la suma de todas ellas daba en realidad el resultado de una prolongada vejez a los treinta años». «Pero de pronto decidí sentirme otro, ser otro, pues eso es lo que buscaba en el viaje y lo que he buscado toda la vida».
Al final nos vamos quedando solos con el misterioso oyente (ni siquiera su nombre llegaremos a conocer nunca) cuya única función parecía ser la de estar en distintos marcos incomparables de Funchal, escuchando el canto de la musa incontenible de Griffin. Ese lector sin cuya enorme vocación de maravillarse, sin esa voluntad de ser también él el otro, no tendrían sentido las espléndidas, generosísimas novelas de aventuras, las Moby Dick y La isla del tesoro, ni en realidad ninguna gran novela en general y a secas. Donde escribir es tender una mano en la oscuridad y donde leer es estrechar esa mano de todo corazón. Donde el lector es el único, imprescindible héroe.

lunes, agosto 07, 2006

Diario de Praga, Ptr Ginz

Edición a cargo de Chava Pressburger. Traducción de Fernando Valenzuela. El Acantilado, Barcelona, 2006. 184 pp. 17 €

Pedro M. Domene

Este, más que ningún otro, es un viaje al infierno, el que el adolescente Petr Ginz iniciaba, hacia la cámara de gas en Polonia, el 28 de septiembre de 1944. La publicación de Diario de Praga (1941-1942), de Petr Ginz a cargo de El Acantilado pone una vez más de manifiesto que la barbarie nazi no ha dejado de atormentar las conciencias humanas en los últimos sesenta años y que, como aquella joven alemana, Ana Frank (1929-1945), el checo Petr Ginz (1928-1944), le confiaba a su diario, sin la menor ambición, lo que veía directamente a su alrededor, aunque sus notas, lacónicas, poco expresivas pero terriblemente esclarecedoras, estén cruzadas por esa serena actitud aparente que se percibe desde una gran tensión interior. Ofrecen la objetividad de un adolescente que verá el mundo, en aquellas circunstancias, con la curiosidad y veracidad que le son propias a la edad. En las notas de su Diario se percibe, no obstante, la cruel confrontación que experimentan las personas mayores que conoce Petr y la inseguridad que generan, día a día, los acontecimientos en una Praga que él mismo rememorará años más tarde en un poema que terminará, precisamente, así:
¡Praga, leyenda de piedra, me acuerdo de ti!
La edición de los dos cuadernos, encontrados recientemente en un inmueble del barrio praguense de Modrany, corre a cargo de su hermana Chava Pressburger, aunque la casualidad hizo que la historia del joven Ginz diera la vuelta al mundo, porque el destino llevaría al transbordador Columbia, tras su misión en el espacio, a desintegrarse en la mañana del 1 de febrero de 2003, al entrar en la atmósfera terrestre, y entre la tripulación se encontraba el israelita Ilan Ramon, hijo además de una superviviente del campo de Auschwitz, quien había decidido llevarse al espacio un recuerdo, un símbolo de la tragedia del holocausto, un dibujo del joven Petr Ginz que, titulado Paisaje lunar, mostraba una extraordinaria fantasía.
El Diario recoge los acontecimientos registrados por el joven checo entre el 24 de febrero de 1941 y el 9 de agosto de 1942, la última anotación unos dos meses antes de ser deportado al gueto Terezin. Lo más curioso de todo este material es que la edición se complementa con el testimonio de la hermana pequeña, que actualmente vive en Jerusalén, y compartió una infancia feliz con Petr hasta que las persecuciones de los nazis contra los judíos llegaron a Praga; sólo entonces descubrieron que el holocausto provocaría ese tipo de fanatismos, capaces de asesinar y torturar sin compasión y de que en el mundo había gente mala, muy mala. La imagen que proyecta el libro es la de un muchacho provisto de una rica fantasía capaz de escribir novelas, dibujar acuarelas, grabar sobre linóleos, inventar revistas y periódicos, y pese a tanto horror dejar constancia, con un estilo sereno, de los métodos aplicados por los nazis durante el holocausto de Praga, hablar de la comunidad religiosa judía, del hospital y del colegio judío, del servicio auxiliar y observar como, a medida que transcurre el tiempo, se van recortando las libertades y descubrir que amigos, parientes, profesores o vecinos son incluidos en los transportes mientras otros tratan de llevar una vida normal. A partir del testimonio de Petr, su hermana Chava Pressburger, organiza la edición añadiendo un material complementario, el de su estancia en Terezin, las circunstancias de su partida no anotadas en su diario, textos literarios, y abundantes dibujos que muestran el talento del joven asesinado.
«Lo que resulta ahora totalmente corriente, hubiera sido motivo de escándalo en una época normal» escribiría el adolescente Petr Ginz, cuya infancia terminaría dos años más tarde, tras una vida despreocupada junto a su hermana y sus padres, sus compañeros del colegio o los paseos por la ciudad de las mil y una resistencias, hasta que el destino determinó que alguien dotado de un talento polifacético, miembro de una familia checo-judía-aria praguense no pudiera convertirse en un notable creador. Y una frase tan contundente demuestra la profunda personalidad de alguien que asumió la época sin imaginar siquiera que en todo el centro de Europa una raza iba a ser marcada, poco después expoliada y finalmente conducida hasta casi su exterminio. Es el sincero testimonio de un joven que a las puertas de la muerte persiste, aún en su cautiverio, en una frenética actividad intelectual para saciar su indomable espíritu e, incluso, testimoniar la vergüenza y ofrecer una lección de vida a toda una humanidad.

viernes, agosto 04, 2006

La buena tierra, Pearl S. Buck

Traducción de Elizabeth Mulder, El Aleph, Barcelona, 2006, 395 pp. 18,90 €

Leah Bonnín

¿Quién de entre los lectores no ha leído o no tiene una madre, una tía o una abuela que no haya leído algún libro de Pearl S. Buck? Si no La buena tierra, seguro que leyeron Viento del este, viento del oeste, La estirpe del dragón, La gran dama o Carta de Pekín. Como los libros de Pearl S. Buck (1892-1973) forman parte del imaginario literario que nos precedió y nadie puede negar su popularidad, al menos, hasta los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, cabe preguntarse si su lectura de La buena tierra continúa vigente.
La buena tierra (1931), publicada cinco años antes que Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell, inauguró un tipo de literatura popular, entre naturalista y romántica, que contaría con el favor del público de, prácticamente, todo el mundo. Inicialmente, vendió un millón y medio de ejemplares, fue adaptada al teatro, contó con versión cinematográfica de la Metro Goldwyn Mayer y recibió el Premio Pulitzer. Sirvió para que, después de su publicación, los escritores chinos de la época (excepción hecha de Lu Shun, quien, a pesar de haberse acercado a la temática campesina china no conocía de primera mano la realidad a la que se refería en sus obras) empezaran a escribir sobre el mundo rural chino. En Estados Unidos fue libro de lectura obligada para los estudiantes de secundaria y en la actualidad es posible encontrar libros de Pearl S. Buck en bibliotecas de Tanzania, Nueva Guinea, India o Colombia.
A pesar de que Pearl S. Buck conocía de primera mano la realidad de la que trata, pues vivió en la provincia de Anhui en que ambienta la acción, La buena tierra no constituye ni una obra testimonial, ni una crítica social, ni un documento. Ciertamente, el lector presencia escenas devastadoras, como aquella en la que O-Lan, la esposa del protagonista Wang Lung, vuelve a labrar la tierra minutos después de haber parido o aquella en la que Wang Lung carga con su padre anciano y enfermo a la espalda durante un largo trayecto a pie, que permiten al lector hacerse una idea de las condiciones de vida de la China rural previas a la invasión japonesa de 1931 y a la proclamación de la República Popular de 1949. Pero, por encima de todo, La buena tierra es una novela construida con personajes de carne y hueso; la historia de tres generaciones de la familia de un campesino pobrísimo que, partiendo prácticamente de la nada y gracias a la tenacidad y la constancia en el trabajo y a su vínculo inquebrantable con la tierra —fuente nutricia sujeta a los caprichos de unos dioses no siempre compasivos—, consigue hacerse con una importante hacienda y la propiedad de la Casa Grande, en donde su esposa O-Lan había sido esclava.
En la actualidad, La buena tierra puede resultar un poco farragosa: abundan las descripciones de detalles sin importancia aparente, tanto como ciertos aires psicologistas en el tratamiento de los personajes. Sin embargo, su lectura quizás sea grata a quienes se interesen por la comprensión de unas realidades “otras”. Porque, a pesar de ser hija de misioneros, Pearl S. Buck no pretendió juzgar la realidad en la que enraizó su escritura, sino comprenderla y hacerla comprender. Porque el saber que la novela es el fruto, por más tópico que parezca, del cruce entre oriente y occidente no le resta valor, sino que se lo suma. Porque en La buena tierra prevalece la autenticidad y la capacidad de ponerse en la piel del otro que implica cualquier acto de escritura, así como la posibilidad de hablar cara a cara con lo distinto, aunque a veces los hallazgos sean terribles. Y porque Pearl S. Buck, precisamente por todo lo apuntado, escapa a la injusta clasificación de la literatura según categorías de pertenencia nacional.

jueves, agosto 03, 2006

Viaje sentimental, Laurence Sterne

Traducción y postfacio de Max Lacruz. Funambulista, Madrid, 2006. 297 pp. 20,50 €

Marta Sanz

Mucho es lo que se ha dicho y poco lo que se puede aportar sobre la figura y obra de Laurence Sterne, autor irlandés (1713- 1768), al que debemos, entre otras piezas, este inacabado Viaje sentimental y Tristram Shandy, un clásico de la literatura que se constituye en objeto permanente de revisitas, tal vez porque eso que se llamó la posmodernidad, al menos, la literaria, ya estaba inventada en el corazón de la modernidad y de las luces: Sterne indaga en los límites entre los géneros, es un heterodoxo, un alquimista, que funde en sus crisoles el ensayismo, la literatura de viajes, la escena galante, la epístola, el cuentecillo y el diálogo cómico, en el marco de una trama que experimenta con los efectos de los «manuscritos encontrados», de la suspensión y de la elipsis. No por casualidad, Sterne admira a Cervantes durante un siglo en el que, en España, Don Miguel quedaba en los márgenes del canon, pese a haber marcado las pautas de la novela moderna y, por eso y a la vez, de la posmoderna: los influjos y las intertextualidades nos juegan a veces estas malas pasadas ucrónicas que, como apuntaba Borges, convierten la Historia, especialmente la historia cultural, en un círculo, un laberinto o una ficción en sí misma. Pese a la diversidad de un texto que consigue, a través de ella, entretener, lo más importante de este libro es la coherencia de la voz que da sentido a la pluralidad, dosificándola y reinterpretándola, para expresar una caudalosa alegría de vivir, un acuerdo tácito entre el ser humano y el mundo («Todo, todo ello proviene de ti, gran Sensorium del mundo que vibra si un cabello de nuestras cabezas cae al suelo, en el más remoto desierto de la creación», reflexiona el narrador...), un sensualismo casi desprejuiciado —totalmente desprejuiciado sería imposible hasta por parte de los más insignes inmoralistas—, pero no exento de esa «alma» que confiere al viaje estatus de recorrido sentimental y no de catálogo paisajístico: en el Viaje sentimental por Francia e Italia —Italia sólo se atisba, ya que hablamos de una obra inacabada— no salen monumentos, pero aparecen modistillas, encajeras y vendedoras de guantes, los mendigos de Francia, madames y nobles, que dibujan el mapa de la sentimentalidad del narrador, despertando su compasión, su prodigalidad, su mala conciencia, sus deseos, sus maldades y bondades, su humorismo y sus instintos, de un modo que hubiera sido imposible sin tales acicates, porque lo que se aprende de un viaje es lo que queda detrás de los filtros de los estados de ánimo, de la subjetividad y del contacto con los otros. A Sterne y a su narrador, les conmueve el género humano, la psicología, la sociología, las idiosincrasias nacionales, el descubrimiento del otro y de uno mismo a través de lo ajeno. En este sentido, las escenas eróticas trazan un panorama del amor sensual que, en su detallismo y sutileza, está vinculado con la estética rococó: el gusto por lo pequeño, la delicadeza, el insinuado toque libertino que se coloca en las antípodas de la pornografía, las normas vulneradas de la seducción- las pautas sociales y sus suaves fracturas estimulan la libido- los ardides galantes... El Viaje sentimental se interrumpe con una escena que es cualquier cosa menos abrupta y, apelando de nuevo a la magia de las intertextualidades que permite pasar el tiempo por la centrifugadora, recuerda a ese mítico momento en el que Clark Gable y Claudette Colbert comparten habitación en Sucedió una noche: separados por unas telas, también el narrador y una dama han de pernoctar en el mismo cuarto, después de haber convenido unas normas —los preámbulos son encantadores— que están pensadas para quebrarse y que provocan un murmullo: la fille de chambre de la dama acude, de modo que todo se enriquece sensualmente y, por el azar del fallecimiento del autor, se logra un final con fundido en blanco, casi insuperable... La lectura del Viaje sentimental es una experiencia en la que al lector no se le despinta la sonrisa: la alegría de vivir se desprende del tono de una narración en la que Le Fleur, el criado francés del narrador, Yorick —sí Yorick, como la calavera de Hamlet— es el símbolo de una felicidad y de una entrega, también de una curiosa inutilidad, que ofrece otra visión sobre el manido utilitarismo dieciochesco: Le Fleur sabe tocar música y complacer, pero no tiene ni la menor idea de cómo se arregla una peluca. Resulta también significativa la dignificación, está sí plenamente ilustrada, de las actividades artesanales y mercantiles, que se ejemplifica a través de la anécdota del pastelero, así como la obsesión por los estereotipos que, en el caso de Sterne, un escritor con alma de cómico, es obsesión por relativizarlos, a través de la parodia y de impagables reflexiones lingüísticas y, sobre todo, por medio del recurso de observar una cultura desde los ojos de otra para hermanar a los seres humanos; con menos sentido del humor, lo mismo hace Cadalso en sus Cartas marruecas: ejercer la crítica para mejorar y encontrar lazos de comunidad; el mérito añadido del libro de Sterne es que realiza tal esfuerzo “intercultural” en tiempos de guerra entre Inglaterra y Francia. Tal vez es que, como el propio Sterne escribe: «Un hombre que ría jamás será peligroso». Que los dioses le oigan, porque yo he visto cómo el presidente Bush se partía el pecho, aunque reconozco que a Aznar le costaba estirar la sonrisa. Quizás es que hay maneras y maneras de reír.

miércoles, agosto 02, 2006

El reflejo de las palabras, Kader Abdolah

Salamandra, Barcelona, 2006. 347 pp. 16,50 €

Marta Sanuy

Kader Aldolah es iraní y vive en Holanda, dos datos imprescindibles para adentrarnos en esta novela en la que desde Holanda mira hacia Persia. Con sus páginas podemos asomarnos, en primera persona, a los matices de aquellos hechos que solamente conocimos a través de noticias periodísticas y que nunca nos han mostrado la complejidad de este país —sus poemas, su geografía, sus costumbres o sus leyendas—, y que, por ende, tampoco nos han permitido entender su política. Esta novela nos acerca a esa necesaria comprensión y tan solo por eso es recomendable su lectura.
En las primeras páginas el autor nos pone al corriente de su estrategia literaria, aclara que en la novela hay tres voces; la del narrador omnisciente, que cuenta la historia de Aga Akbar desde su nacimiento, la de su hijo Ismail y la silenciosa voz del Akbar, recogida en los cuadernos de escritura cuneiforme que su hijo intenta descifrar. Aga Akbar es sordomudo, nació en la aldea del Azafrán, en la montañas de Senayan, zona fronteriza con la Unión Soviética, es hijo ilegítimo de un príncipe, conoce las cosas sencillas y se dedicará toda su vida a reparar alfombras. Las primeras páginas de este libro, las que cuentan la infancia y juventud del protagonista, podrían pertenecer a las mil y una noches, el autor omnisciente nos describe un mundo donde se mantienen creencias y costumbres ancestrales que están a punto de desaparecer. Cronológicamente la juventud de Akbar coincide con el reinado de Reza Kan (1923 -1941), padre del último Sha, Reza Pahlavi (1941-1979). En la novela se narran pormenorizadamente las consecuencias de la inversión obligatoria de las costumbres impuesta por la dinastía Pahlavi, su pasión por la modernidad, la urgencia por infundirla en todo el país que hizo que se prohibiera a las mujeres utilizar el velo o se destruyeran, con la llegada del ferrocarril, los lugares que eran considerados sagrados, iniciáticos, por ser remotos. Akbar, el silencioso, aparece siempre a través de otros, lo van perfilando con nitidez todos aquellos personajes que hablan de su padre a Ismail, y ya entonces, antes de que tome la palabra el hijo, sabemos que Ismail no es sólo su hijo, que la tradición le obliga a convertirse en su prolongación, en quien supla sus limitaciones, él es el único que domina del todo su lenguaje de signos y puede traducirlo y hablarle, es el responsable de que el padre entienda los cambios vertiginosos que se están produciendo, quien le relata el largo viaje, desde la Edad Media hasta el siglo XX, que se produce en el transcurso de su vida. Y esa isla de comunicación tan peculiar, desde la que se nos cuenta, es otro motivo para leer la novela
En la segunda parte Ismail toma la palabra para seguir contándonos la historia, la suya y la de su padre, la historia de su familia y la de Irán. Pero sobre todo la su padre, que retoma donde la dejaron los otros narradores. Conoceremos otras aventuras de Akbar; el viaje a Ispahán , el matrimonio con Tina, el traslado a la ciudad, el regreso, sus misteriosos viajes a la montaña, y sobre todo, el diálogo continuo con el hijo. Poco a poco Ismail nos empieza a hablar de si mismo; de su militancia política contra el Sha, de la guerra contra Irak, de su relación con las hermanas y su madre, de su propio matrimonio y la persecución a la que son sometidos los progresistas por parte del gobierno de Jomeini. Ismail ha logrado huir de su país y escribe desde Holanda, país al que convierte en otro elemento central de la novela ya que, si al principio decíamos que desde Holanda mira hacia Irán, también es cierto que desde Irán el protagonista mira Holanda, ese es el tercer motivo importante para leer esta novela, que nos proporciona el privilegio de ver nuestro mundo a través de otro punto de vista, ejercicio imprescindible para mantener la lucidez en nuestra época.

Algo acerca de Kader Abdolah...
Hossein Sadjadi Ghaemmadami Farahani es el verdadero nombre de este autor, nacido en 1954, que adoptó el de Kader Abdolah como homenaje a un amigo y compañero de la resistencia que fue asesinado. Estudio Física en la Universidad de Teherán, como su personaje Ismail, fue redactor de un periódico clandestino y huyo de su país en 1988 encontrando asilo político en Holanda, donde todavía vive. Escribe en holandés y ha publicado dos novelas y dos libros de relatos, colabora en uno de los diarios más importantes de este país, De Volkskrant, y ha obtenido muchos premios y reconocimiento. Además de esta novela está traducida al español El viaje de las botellas vacías, en Galaxia Guttemberg, también se puede leer alguno de sus textos en castellano en Radio Nederland http://www.informarn.nl/.
Abdolah contribuye con su pluma, junto al ugandés Meses Isegawa, el marroquí Abdelkadar Benali o la china Lulu Wang a un interesante renacimiento de las letras en los Países Bajos. Merece la pena prestar atención a estos nombres.

martes, agosto 01, 2006

Contar las olas. Trece cuentos para bañistas, varios autores

Selección y prólogo de Ronaldo Menéndez. Lengua de Trapo, Madrid, 2006;. 144 pp. 15 €

Pedro M. Domene

Las antologías del cuento tienen esa particularidad que no es común al resto de los libros, es decir, que no agradan en demasía a un sector de la crítica que ve condicionado el producto a una temática y así, la compilación, se somete a la censura de unas opiniones que, lejos de servir para constatar la validez de la obra de los antologados, aprovecha para arremeter, generalmente, contra el compilador y los autores seleccionados. Mucho me temo que aún en este país se levantan voces afirmando que se publican demasiadas antologías temáticas o generacionales que para nada engrandecen el panorama narrativo breve. Creo que se trata de una opinión que obligaría a un debate en torno al hecho en sí y, sobre todo, al trasunto que pueda haber tras la publicación. Si las editoriales montan sus antologías en torno al mar, la navidad, los oficios, los ferrocarriles, el otoño, la música, los animales, los niños, los abuelos, etc., algo parecido hacían los autores con sus propias obras en los 50 y los 60 y, si un antólogo consigue reunir un buen puñado de cuentos, habrá que reseñarlo desde esa perspectiva, aquella que nos muestra la variedad temática de unos relatos y el trabajo de unos autores en tanto que el material daría para un sinfín de antologías que proyectasen variedades tan amplias como interesantes. Y si queremos buscarle otro sentido a estas compilaciones, entonces lejos de engrandecer un género denostado de por sí, ayudaremos a que nuestros autores terminen por desaparecer del mapa literario en un país donde aún se selecciona poco y todo el mundo publica.
Todo este preámbulo para justificar que un editor encargue a un antólogo el trabajo de proporcionarle a un lector, activo o pasivo, la posibilidad de llevarse a la vista un puñado de cuentos de temática común pero de factura muy diferente y eso es lo que, a simple, vista se ha pretendido con Contar las olas. Trece cuentos para bañistas (2006), reunir, con la temática del mar como fondo, a un grupo de autores, casi todos, eso sí, bajo el manto de Lengua de Trapo, para refrescar el ambiente del verano en un país donde la gente descansa, precisamente, en la época estival y tiene más tiempo para trasnochar en las terrazas y tomar tinto de verano, alternar con algunas copas en las tertulias de madrugada y si queda algún resquicio durante el día, ejercer de lectores en la hamaca situada en la terraza de la casita alquilada o en una playa tranquila frente al mar, mientras los niños juegan y construyen sus castillos en la arena, y la pareja justifica, un año más, su estancia en el lugar y ante esas amistades veraniegas, las mismas que llevan viendo en los últimos años y repiten, siempre, la pregunta oportuna ¡qué estás leyendo ahora! Solo entonces tenemos tiempo para llevarnos un libro bajo la sombrilla para justificarnos como unos lectores que devoramos aquello que se nos pone por delante.
Quizá este haya sido el propósito de Ronaldo Menéndez quien, en el propio prólogo de la antología, escribe un auténtico relato para justificar que a alguien no le guste el mar y así se convierte en el único autor que tiene dos textos en su antología. El resto de seleccionados con técnica, temática, estilo o ese aspecto que reduce al relato a una digresión, que incluye una síntesis argumental y una condensación narrativa para exaltar la capacidad de sugerencia y evocación, como perspectivas tan líricas como narrativas. Además, por supuesto, de esas otras características del género, como la voluntad y afán por contar una historia, con los buenos ejemplos de Bonilla, el de F.M. o de Busutil, quienes mantienen esforzados planteamientos con respecto al cuento; de admirada devoción como Adón, Monteserín o el propio Menéndez y de una prometedora visión, como ya la tiene, Cerrada. Casi todos con esa historia, de mar, que sirve de elemento aglutinador del volumen.Y de paso que alguien vuelva la vista a una idea con ritmo, como se señala en la contraportada, y de alguna manera eleve ese tanto por ciento de lectores en la España que no supera el 50%, cifra aun muy lejos de una Europa devoradora de lecturas donde todo o casi todo cabe en sus bibliotecas. Lugares de los que, por cierto, andamos escasos o de una presencia más activa del libro en el núcleo familiar, si es necesario abaratando costes en ediciones de bolsillo para que, incluso, nos quepa junto al móvil. Y, para curiosidad de ajenos, algunos participantes afirman cosas tan variopintas como las siguientes: «el cuento es un fogonazo, una iluminación», «No pienso nada sobre los cuentos, me sumerjo en ellos», «es un género predilecto, como lector y como escritor», «el cuento es un golpe de mano», «un cuento son diez páginas en prosa» o «¿quién no querría conocer la solución al problema en sólo dos páginas?», de Vallvey, F.M., Bonilla, Busutil, Monteserín y Cerrada, respectivamente.
Yo, por el momento, sigo «contando las olas» y cada cual que aguante el oleaje si, después de todo esto, la tarde se pone fea.

lunes, julio 31, 2006

Hasta que te encuentre, John Irving

Trad. Carlos Milla Soler. Tusquets, Barcelona, 2006. 1.015 pp. 29 €

Pedro A. Ramos García

No nos engañemos: Hasta que te encuentre no es un libro cómodo para irse de copas o bajárselo al bar y echarle un vistazo mientras desayunamos. Este libro, escrito por John Irving y publicado por Tusquets, es de los que hacen lomo (como les gusta decir a los editores), son 1.015 páginas y eso sí que llama la atención.
Si nos atrevemos a abrirlo, no nos sentiremos decepcionados. Dentro encontraremos una prosa aguda, llena de ritmo y una fina ironía irlandesa que empapa las descripciones y los personajes. Es una road movie en el más amplio sentido de la palabra. La trama es muy sencilla: seguimos a Jack desde que tiene cuatro años hasta que llega a convertirse en un actor de éxito. Le seguimos literalmente, la palabra elipsis parece haber desaparecido del diccionario de John Irving, porque insiste en mostrarnos paso a paso la evolución de este huérfano (en muchos momentos, la madre parece más una hermana). De esta manera, vamos con Jack a un internado, asistimos a sus primeros escarceos, etc. pero hay, en mi opinión, dos momentos que destacan sobre el resto de la novela. El primero, cuando Jack, con cuatro años, viaja con su madre, tatuadora de profesión, en pro de un padre organista y mujeriego. Su objetivo, el de la madre, no es encontrarle sino que tenga presente lo que hizo. El segundo momento importante es cuando Jack, convertido en un actor de éxito (llega a ganar un Oscar, premio muy valorado por el público de EE.UU. y que sirve para vender entradas de cine en el resto del planeta aunque la película carezca de sustancia) repite aquel viaje. No es que el resto desmerezca, pero el paralelismo entre estos dos viajes y lo que se nos desvela provoca que se nos fijen estos momentos y no el resto de la novela que, en manos de cualquier otro plumilla, no pasaría de la categoría de «cúmulo de anécdotas y demasiadas biografías», pero que gracias a la prosa de Irving nos mantiene despiertos toda la noche y sólo nos damos cuenta cuando el amanecer se cuela por la ventana. Salimos del trance: ahí están las cuatro paredes, la lámpara encendida, el ruido de los primeros coches en despertar…
Si afirmo que la única diferencia insalvable entre cine y literatura, dos armas que John Irving ha demostrado saber manejar, es la extensión, imagino que muchos puristas del séptimo arte y otros tantos literatos se llevarán las manos a la cabeza, pero el cine, comercial o no, dura un hora y media aproximadamente (es lo que hay, lo siento por los puristas), pero ¿cuánto dura un libro? Éste tiene 1.015 páginas, recuérdenlo cuando lo estén disfrutando. Por supuesto, la idea no es mía. Se la escuché a un maestro que quizá lea estas líneas.

viernes, julio 28, 2006

El turista excepcional, Ramón Gómez de la Serna/Hermenegildo Sábat

Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2006. 32 pp. 9,95 €

Villar Arellano

La mirada es lo que distingue a un turista cualquiera de un turista excepcional, la capacidad de sorprender la vida en el justo instante transgresor, de descubrir paisajes excepcionales en el borde doblado de los mapas, de desoír los consejos del guía y, girando la cabeza hacia el oeste, contemplar un amanecer diferente. La mirada del viajero es la clave para transformar una estampa convencional en una singular y genuina visión.
También la mirada es lo que distingue a Ramón Gómez de la Serna. Sintética, certera, ingeniosa y divergente, su visión del mundo capta momentos únicos, situaciones humorísticas que abren la sonrisa e invitan a la metáfora y al símil. El genial maestro de la literatura breve ofrece aquí una perspectiva inédita de algunos de los más típicos destinos del viajero convencional —transformado aquí en viajero excepcional— Pisa, París, Pompeya, Londres...

Hermenegildo Sábat, artista de origen uruguayo, ha dedicado su vida al periodismo gráfico. Desde sus viñetas ha recorrido la actualidad mundial como testigo excepcional de lo inaudito. Para atravesar las páginas de este libro decidió armar al protagonista con una cámara de fotos. Así, apostado a la derecha de cada página, el turista contempla —nos muestra— selección de monumentos universales. La espontaneidad es el principal rasgo de estas ilustraciones que apenas esbozan al viajero y resuelven con mayor precisión, con grandes manchas de acuarela, los escenarios visitados.
Gladys Dalmau de Ghioldi, nuera del escritor, es quien ha proporcionado este texto sencillo pero rebosante de sugerencias y evocaciones que adquiere una especial relevancia gracias a un estupendo trabajo de edición.
La colección Historias microscópicas de Libros del Zorro Rojo es una propuesta de lectura especialmente atractiva para los amantes de libros personales, que se resisten a las clasificaciones. Por eso es difícil definir si este álbum, esta pequeña delicia estética, es un libro de viajes, un cuento, un manual... si es un libro infantil, juvenil o dirigido al público adulto. Su principal encanto es que escapa a las clasificaciones. Gustará a quien guste soñar y pondrá una chispa de lirismo en cualquier plan de lectura (o de vacaciones).
Y es que, como dice Ramón, «ser un turista cualquiera no vale la pena», y para muestra, esta hermosa rareza.

jueves, julio 27, 2006

Doble mirada: Edición conmemorativa del 40 aniversario de Alianza Editorial

Alianza, Madrid, 2006. 10 € c.u.

Ficciones, Jorge Luis Borges; El jugador, Fiodor Dostoyevski; Poemas y canciones, Bertold Brecht; La metamorfosis, Franz Kafka; El lobo estepario, Herman Hesse; El señor de las moscas, William Golding; Tristana, Benito Pérez Galdós; El malestar de la cultura, Sigmund Freud; Muertes de Perro, Francisco Ayala; El corazón de las tiniebles, Joseph Conrad.

1.
Marta Sanuy

Muchos, a la hora de elegir qué vamos a leer, nos fijamos antes en la editorial que en el autor; somos los que averiguamos pronto que una buena editorial era la mejor guía, la que nos recomendaba las lecturas fundamentales, aquellas que nos iban a cambiar. Lamentablemente no hemos vuelto a tener garantías tan rotundas como entonces, cuando tanto las necesitábamos porque éramos lectores nuevos y desnortados. Alianza Editorial, y en concreto la pionera colección Libro de Bolsillo (que todos identificamos por sus siglas en el lomo, LB) fomentó el vicio de la lectura mucho más de lo que puedan pretender mil programas educativos y campañas de animación. Estos diez libros que se vuelven a editar con un precio módico, y con esto repiten en Alianza un acierto, son un reencuentro con diez títulos imprescindibles, obvios: seguro germen de muchos nuevos lectores. Se vuelven a publicar en su formato original pero en tapa dura. En las portadas, vuelven a lucir las ilustraciones de Daniel Gil. Mírenlas después de terminar la lectura y reconocerán la capacidad de síntesis de un genio.
Felicidades a todos aquellos que todavía no leyeron estos diez magníficos libros por todo lo que van a viajar, a sufrir, a pensar, disfrutar y a averiguar. Felicidades también a quienes los reencuentren, podrán degustar el renacimiento de aquellos ejemplares frágiles y con las páginas amarillas, se han metamorfoseado como su esencia requería en sus clónicos robustos, hermosos, de mejor papel. En edición de lujo, como merecía la ocasión.

La primera vez que lei El corazón de las tinieblas me sentí glotona, no me gusta leer las novela de un tranco y a la velocidad de los rayos salvo que carezcan de interés. Aunque aun no he averiguado como defenderme de ese magnetismo de Conrad que me transforma en una lectora compulsiva, he intentado analizar sus estrategias. Joseph Conrad lleva hasta el límite el pacto con el lector, todos sus narradores cuentan a una audiencia atenta a la que el lector se suma: con Conrad pronto dejas de leer para seguir escuchando, formas parte de un grupo que escucha. En El Corazón de las Tinieblas, uno de sus intensos libros, escuchamos un viaje de iniciación, es un viaje largo y dramático a través del rio Congo, su protagonista persigue una voz, la de Kurtz, y un centro remoto en el nacimiento del rio, navega hacia una obsesión tan fértil que inspiro nada menos que Apocalipsis Now, y es que nunca ha inspirado Conrad películas mediocres, Alien también parte de una de sus novelas La línea de sombra. No menos impresión me causo entonces Kafka y su Metamorfosis. Citamos habitualmente a Don Juan y a Otelo, son arquetipos, sin embargo Gregorio Samsa, el protagonista de La metamorfosis, el modelo más cercano al hombre contemporáneo, no ha logrado ser popular. Mejor fortuna tuvo el nombre de su creador, convertido en adjetivo imprescindible durante tanto tiempo que terminó vaciándose de contenido, ¿qué tema no hemos despachado con negligencia pedante diciendo que es "kafkiano"?. La metamorfosis es una metáfora exacta de nuestras impotencias, no intenta ser verosímil, todo en esta obra es subjetivo, exagerado e irreal, tan familiar y ajeno a un tiempo que cada lectura es diferente y todas nos conducen a la perplejidad. En El señor de las moscas logró Golding sintetizar sueños y pesadillas, los condensó en símbolos e impulsos primordiales: el fuego, la fiera, la sangre, la guarida, la necesidad mutua, el ascenso a la montaña, la autoridad, la espiral en una caracola, el odio y el robo del fuego para restituirlo a su origen, el lugar del que lo sustrajo Prometeo. Tomó William Golding el miedo y la fuerza, la fragilidad y la memoria y los hilvano en una historia sencilla: un avión se estrella en una isla, los supervivientes son niños. Nos narra el autor los hechos en un estilo directo, sólo hay descripciones y diálogos, y vamos averiguando como se organizan, como colaboran y se enfrentan, como regresan a un tiempo primigenio y unos mantienen encendida la llama de la civilización, la hoguera es la única esperanza de que les rescaten, mientras los otros descubren el placer de la caza, de la sangre y el barro. El gran mérito de Golding consiste en invertir el tiempo. El sueño del progreso nos muestra su antípoda, todas las metáforas funcionan al revés en el difícil retorno al pasado de la especie que sólo unos pocos autores se han atrevido a abordar, Alejo Carpentier en Los pasos perdidos o Conrad también lo contaron prodigiosamente. El conocimiento es la única posibilidad de salvación: solo las lentes de Piggi sirven para encender el fuego, pero la fuerza y la violencia se van imponiendo como la única manera de vivir el presente. Aunque no todo lo que publico Alianza me gustaba entonces, recuerdo haberle tenido bastante manía a Freud, me parecía omnipresente y no lograba entender que todos los conflictos se explicaran recurriendo a algún suceso sexual traumático y olvidado. Me reconfortó Giovanni Papini cuando en un cuento de Gog hace que su protagonista le regale a Freud una escultura de Edipo y que este, conmovido, le confiese que siempre quiso ser autor de ficciones pero todo el mundo le tomaba en serio. Ahora reconozco que sin Freud no se puede pensar, que tiene esa fuerza que solo consiguen unos pocos y sus análisis han pasado a nuestro lenguaje, es conocido por todos y a todos nos afecta sin necesidad de haberlo leido .
A Galdós llegué a través de las películas de mi paisano Luis Buñuel, hasta entonces sólo supe de Don Benito que le llamaban “el garbancero”, gran error haberle subvalorado. Benito Peréz Galdós es un gran novelista sobre el que merece la pena volver una y otra vez, Tristana es una feminista avant la letre, un personaje que proyecta cada entusiasmo con tanta intensidad que cada pocas páginas se va metamorfoseando, la novela es el espejo de una época y sus limitaciones, pero sobre todo es un mecanismo perfecto, Galdós sabía algo que hoy muchos ignoran; crear una estructura.


2.
Care Santos

Uno de mis primeros recuerdos como lectora tiene que ver con el vértigo, con el miedo a caer al vacío.
Mi primera librería de cabecera, la entonces aún modesta Robafaves, ocupaba un local estrecho y alto en la calle Santa Teresa, de Mataró. El lugar estaba atestado de libros que crecían en vertical, como los cumulonimbos. Para acceder a los que estaban más altos, lo empleados —y, al parecer, sólo ellos, un dato que yo desconocía— utilizaban escalas de gato. Una de las colecciones que pervivía en las alturas era Libro de Bolsillo, cuyos títulos llamaban mi atención como a las polillas las luces. Tendría yo unos doce años, mucha curiosidad y un cierta temeridad derivada de la injustificada fe en mis inexistentes cualidades físicas. Por eso no dudaba ni por un momento en encaramarme a las escalas en busca de tesoros bajo el techo de mi librería, y me molestaba enormemente que al instante apareciera uno de los empleados —algunos de los cuales siguen siendo mis libreros de cabecera— para controlar mis movimientos.
De aquellos anaqueles altísimos, y siempre bajo la mirada severa del odioso vigilante, recuerdo haber extraído mi primer ejemplar de las Ficciones de Borges —la portada me hizo suponer en un primer momento que se trataba de un libro de psicología o de medicina— pero la primera línea —que entonces ya «cataba» in situ, antes de adquirir el libro, una costumbre que sigo practicando— despertó en mí un interés inmediato: «Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar». También mis primeros Dostoyevskis —entre los que no se encontraba El jugador— salieron de allí. Como El lobo estepario, de Hesse, en esta misma edición que ahora revivo, sólo que menos señorial, más sufrida, más modesta y más a mi alcance. En suma, Herman Hesse exactamente como yo lo necesitaba.
«Contiene este libro las anotaciones que nos quedan de aquel hombre, al que, con una expresión que él mismo usaba muchas veces, llamábamos el lobo estepario», me reclamó la novela en la primera línea. Pienso ahora por qué motivo: no es, precisamente, una frase anticipatoria, ni con gancho, ni siquiera brillante. ¿Qué debía de saber yo de Hesse a los 12 años? Ni siquiera creo que su nombre me sonara de nada. En mi casa, nadie había leído jamás a Hermann Hesse. ¿Sería que en la portada se anunciaba el Premio Nobel conseguido por el autor, y yo era tan ingenuamente dada a creer en las fajas de los libros? ¿Sería que leí en su contracubierta que se trataba de la vida novelada de un escritor y yo entonces leía vidas de escritores como otras generaciones leyeron vidas de santos? El caso es que la historia de Harry Haller, su protagonista, y —sobre todo— de los secundarios —Hermine, María, el saxofonista Pablo—, me fascinaron. Tanto que después ningún otro Hesse estuvo nunca a la altura de aquel primero, excepto, acaso, Lecturas para minutos, también en Libro de Bolsillo y también en las alturas de mi librería. Esa novela fue también responsable de mis primeras audiciones de Mozart, en ese laberinto plagado de puertas sin cerrojo que es siempre la literatura.
El jugador, muchos años después, también llegó en la edición de LB, cuando volví a ella en algunas etapas de mi vida —por ejemplo, cuando me quedé en paro en 1992— y se agradecían tanto buenas ediciones a precios asequibles. Es ésta una novela —yo entonces no lo sabía— que Dostoyevski dictó presionado por las prisas —y por un contrato leonino— de su editor. La taquígrafa era Anna Griogorievna Snitkina, la que muy pronto se convertiría en su esposa; la mujer que tivo, además, el privilegio, de mecanografiar esta novela y también Crimen y castigo. Hay una biografía de Ricardo San Vicente que cuenta todo esto, pero también Juan López-Morillas lo apunta en el prólogo de esta edición, de la cual es responsable. Después de saber, pues, que estamos en manos expertas, sólo me queda apuntar lo que ya casi todo el mundo sabe: que en esta historia reflejó Dostoyevski su pasión por el juego, que le atormentaría toda la vida y también su arrebato por una mujer llamada Polina Prokofievna. Sólo el nombre de la chica que la inspiró ya da ganas de leer la novela.
Los Poemas y canciones de Brecht nunca cayeron en mis manos en esta edición, pero celebro haberla incorporado a mi biblioteca. Para escribir estas breves líneas he vuelto a asomarme al estilo narrativo y directo del autor alemán, que parece emocionarme más conforme pasa el tiempo. Una perla, como muestra:

Yo, Bertold Brecht, vengo de la Selva Negra.
Mi madre me llevó a las ciudades
Estando aún en su vientre. El frío de los bosques
En mí lo llevaré hasta que muera.


Son los cuatro primeros versos del poemas titulado Balada del pobre Bertold Brecht. Por cierto, se cumple este año el cincuenta aniversario de su muerte en Berlín. Para quien quiera celebrarlo como lector, me permito recomendar una edición alternativa a esta tan hermosa: Más de cien poemas, una edición de Siegfried Unseld en Hiperion.
Y dejo para lo último a Ayala, a quien también llegué, muy tardíamente, por esta edición. Aunque reniego de los homenajes oficiales, no me parece mala ocupación para este verano darse a estas Muertes de perro reeditadas. Novela de dictador, crítica con el poder y con la condición humana en la que el estilo conciso de su autor se conjuga con su ojo crítico.
Y, hablando de homenajes, aquí queda patente el nuestro hacia una colección en la que todos aprendimos a leer. El lector memorioso y agradecido sabrá perdonar el exceso de texto —qué queréis, con semejante material— de la entrada de hoy. Vale.