miércoles, diciembre 30, 2015

Cuentos de Navidad. De los Hermanos Grimm a Paul Auster, VV.AA.


Varios trad. Alba, Barcelona, 2015. 624 pp. 34 €

Ángeles Escudero

«Si no puedes vencerlos únete a ellos». No es casual comenzar esta reseña con esta sentencia de Sun Tzu. Su libro El arte de la guerra inspiró a grandes figuras históricas como Napoleón o Maquiavelo (quizás por ello a ambos se le atribuye la autoría de este pensamiento). En mi caso, se trataba de decidir si huía del tópico para evitar el oportunismo, o todo lo contrario. Acerté cuando me decidí a ver esta novedad editorial como una oportunidad, dadas las fechas navideñas en las que estamos.
Bajo el título Cuentos de Navidad. De los hermanos Grimm a Paul Auster, se nos ofrece en esta preciosista edición, una compilación de cuentos que tratan sobre una época del año que ejerce sobre la humanidad, a partes iguales, atracción o rechazo, pero que a nadie deja indiferente. Lo cierto es que podríamos considerarlo un regalo. Este libro es un objeto bello. Así que para los que queremos libros, compramos libros y regalamos libros, la Navidad es una excusa tan buena como cualquier otra para aferrarse a este ritual placentero de abrirlo, olerlo y tocarlo antes de enfrascarnos en la lectura.
    Alba Editorial lo publica dentro de su cuidada y exquisita colección Clásica Maior, que Luis Magrinyà dirige con criterio desde hace más de veinte años. La presentación corre a cargo de Marta Salís. Ella misma nos cuenta como, quizás, el primer cuento que trató sobre la Navidad, fuese el de Celsio. Este filósofo neoplatónico escribió una versión que dista bastante del imaginario popular sobre la natividad de Jesucristo. La escribe en el siglo II, cuando los cristianos empezaban a celebrar el nacimiento del hijo de Dios. En su interpretación del hecho sagrado, el redentor nace en Judea y es hijo de una campesina adúltera y de un soldado romano llamado Pantero. No obstante, la propuesta selectiva de Alba es bastante posterior. Así, Salís, señala dentro de las intenciones, que la selección de los treinta y ocho relatos navideños pretende abarcar dos siglos de literatura navideña, procedente de las distintas tradiciones occidentales, desde la anglosajona hasta la mediterránea, pasando por la eslava, la nórdica y la germánica.
    Lo que hace atractiva esta recopilación es que en el recorrido casi cronológico, en cuanto a fecha de publicación de los relatos, se nos ofrecen historias que consiguen barrer un amplio espectro de temáticas que sin duda la enriquecen. Los ángulos desde los cuales los diferentes autores y autoras se posicionan para contarnos historias sobre la Navidad, así como sus estilos y tonos, son tan diversos como sugerentes. El recorrido por las distintas vivencias, paisajes, sentimientos y tradiciones, comienza por Jacob Wilhelm Grimm y termina con Paul Auster. La calidad del resto de autores, es incuestionable: E.T.A. Hoffmann, Nathaniel Hawthorne, Hans Christian Andersen, Fiódor Dostoievski, Charles Dickens, Theodor Storm, Bret Harte, Zacharias Topelius, Alphonse Daudet, Anthony Trollope, Guy de Maupassant, August Strindberg, Nikolái S. Leskov, Robert Louis Stevenson, Amalie Skram, Antón P. Chéjov, Thomas Hardy, Gustav Wied, Sarah Orne Jewett, Arthur Conan Doyle, Léon Bloy, Wladyslaw Reymont, Clarín, Saki, Ramón María del Valle Inclán, Grazia Deledda, O. Henry, G. K. Chesterton, James Joyce, Emilia Pardo Bazán, Dylan Thomas, Ray Bradbury, Dino Buzzati, Truman Capote.
    Es de agradecer que se incluyan cuentos clásicos, como Canción de Navidad de Dickens o La niña de los fósforos de Andersen. Pero, no menos acertado es incluir relatos menos conocidos, o autores a quienes no esperaríamos encontrar aquí. Este último sería el caso del dramaturgo y Premio Nobel (1934) Luigi Pirandello, mucho menos conocido como cuentista aunque fue escribiendo poemas y relatos cortos durante toda su vida. Por eso, su propuesta: Navidad en el Rin, publicado en 1896 nos parece doblemente interesante. La historia alude a un suicidio y utiliza la visión del árbol de Navidad como imagen del recuerdo y del sentimiento de pérdida que se hace más intenso y doloroso en la época navideña. 
    La tristeza como la otra cara de la Navidad, como elemento nada ajeno a esta celebración, aparece también, y de qué manera, en el cuento de Andersen. Su madre, de confesión protestante, inspiró el personaje del cuento, debido a su extrema pobreza. La niña de los fósforos (también llamado La pequeña cerillera) es uno de los cuentos más breves y más tristes de este volumen. Sucede en la última noche del año y hay poco consuelo para la muerte de la niña. Quizás, que con ella, se ve liberada de las miserias y que, durante el tránsito a la otra vida, es feliz.
    Es importante hacer mención de la tradición anglosajona de contar cuentos de fantasmas en Navidad al calor del fuego. En este sentido es obligado mencionar como ejemplo imprescindible Cuento de Navidad de Dickens. Su relato, publicado seis días antes de la Navidad de 1843, fue un éxito desde que viese la luz (las 6.000 primeras copias habían sido vendidas antes de la víspera navideña). Pero, los expertos coinciden en que además del atractivo incuestionable de su personaje principal y de un final esperanzador que reconforta casi siempre, el secreto a voces de su éxito ha sido la magistral utilización de los fantasmas de la Navidad pasada, presente y futura.
    El escritor y especialista británico L. P. Hartley describía este tipo de narración fantástica como «la forma más exigente del arte literario», quizás porque, como dice May Sinclair: «Los fantasmas tienen su propio ambiente y su propia realidad; tienen también su propio escenario dentro de la realidad diaria que conocemos…». La dificultad reside en manejar dos realidades al mismo tiempo.
    Arthur Conan Doyle, es otro deudor de esta tradición. El cuento escogido es La aventura del carbunclo azul, uno de los doce relatos incluidos en Las aventuras de Sherlock Holmes. La manera en la que la trama detectivesca y la Navidad se aúnan en este relato es original y también algo esperpéntica. Un ganso, un sombrero perdido, un diamante que da título al relato, y una investigación a modo de reto deductivo en el que la genialidad de Holmes brillan con luz propia cegando al propio Watson, dan cuerpo a este relato que finaliza con una acción magnánima muy propia de estas fechas.
Dentro también de la tradición dickensiana, encontramos el relato seleccionado de Sarah Orne Jewett, La nochebuena de la señora Parkins. Es un cuento sutil, sin estridencias, donde conocemos a los personajes por detalles tan sencillos como esclarecedores. La señora Parkins va a ingresar dinero al banco la víspera de Navidad y hace una visita a su prima Mary Faber. Se siente incómoda en su humilde casa, e interpreta como un reproche la felicidad ajena ya que, pese a una situación de carencias, allí hay bienestar y bondad. Ella, en cambio, es rica y tacaña pero disfraza su condición con el pensamiento altruista de hacer de la necesidad virtud. Esa noche, tras no aceptar el ofrecimiento de su prima de quedarse a dormir, sola y en medio de una tormenta de nieve, se replanteará su vida. Es el pastor de la comunidad y su mujer, quienes le dan cobijo. Paradójicamente ella declinó dar esa misma mañana un pequeño donativo como era costumbre. Ahora su mezquindad se le antoja insoportable y la demuestra su cambio con generosidad. ¿Lo mejor? La sutileza con la que autora da fin a este relato.
   De la Premio Nobel Grazia Deledda, se nos propone Mientras sopla el levante, un relato poco común del que me ha sorprendido conocer creencias italianas como la que da comienzo al relato: «Según una antigua leyenda sarda, los cuerpos de los nacidos la víspera de Navidad seguirán incorruptos hasta el final de los tiempos». También nos ofrece datos poco conocidos como el respetar la vigilia de comer carne las horas previas a la Nochebuena, por empatía y respeto hacia la Virgen María que, en esos momentos y siglos antes, estaría sufriendo los dolores del parto.
   En cuanto a los autores españoles, los relatos de Emilia Pardo Bazán, Valle Inclán y Clarín, están en esta antología por méritos propios. El último, del que se selecciona El Rey Baltasar, por tratar de la festividad de los Reyes Magos, de tanta importancia y tradición en España. Se cuenta la historia de Don Baltasar Miajas, que hará de Rey Mago para su hijo Marcelo que ha quedado sin su juguete por estar su padrino muerto. Como padre siente tristeza ante el agravio, y ante la desconsideración egoísta con la que sus otros hijos alardean de una suerte a la que no están acostumbrados. Aturdido por la emoción de quien quiere hacer justicia, compra un monumental regalo sin reparar en gastos. Piensa que hallará la forma de pagarlo. Y ciertamente la encuentra pero con su solución de urgencia, perderá además del trabajo, la honra.
    La estrella blanca, de Emilia Pardo Bazán, nos da una interpretación nada convencional -deudora de la tradición medieval- sobre los Reyes Magos, personajes siempre misteriosos y literarios. De los tres, dibuja a Baltasar como al más sabio. Interesado en estudiar las estrellas se consume en su ansia de sabiduría. Gaspar aparece como un guerrero intocable y dotado del don de la adivinación. El último, Melchor, reina sobre los etíopes. Hombre apasionado y celoso, rodea sus propiedades con un muro inexpugnable para proteger lo que él considera su mayor tesoro: sus bellas concubinas. Ellas, consumidas por el recuerdo de tierras lejanas y de amantes verdaderos, le transmitían una tristeza que él, ni entendía ni lograba superar. Buscando paz para su alma atormentada de melancolía, carga camellos con polvo de oro y mirra. En su camino a los dominios del Rey Baltasar, encuentra a Melchor, consumido por otro mal, el ansia de gloria. A su llegada, y advertidos del aviso que el sabio Rey ha leído en los cielos, seguirán la estrella blanca que aparece en los cielos.
    Que Valle Inclán muriese la noche de Reyes, es sólo una circunstancia anecdótica pero sugerente. Su cuento Nochebuena también lo es. Un estudiante, vencido por las conjugaciones latinas, llora impotente sobre la gramática de Nebrija. Este inicio le da pie a hablar de las costumbres del clero ya que su maestro es el arcipreste de Céltigos. Cenan en la rectoral, con su sobrina Micaela, a la que pueblo canta con sorna dudando de su parentesco.
   Especialmente interesante me parece el relato de Nathaniel Hawthorne Las hermanas, en el que durante la noche de fin de año se ofrece una peculiar personificación femenina de Año Nuevo y Año Viejo. Ésta última se nos presenta como una viajera que llega al final de su trayecto, fatigada y hastiada del mundo. Esperando las campanadas de media noche, conocerá la esperanza, la alegría y la ilusión de todo comienzo. Llega ella, Año Nuevo. Hawthorne nos ofrece una bellísima interpretación de su parentesco ya que, aunque no se conocen hasta ese instante, ambas son nietas del Tiempo. Se entabla entonces un diálogo lleno de emoción y sentimiento donde la ilusión debe vencer a la desesperanza, pero donde tienen cabida desde las reflexiones políticas o la aparición del ferrocarril, hasta un final que no deja de ser un baño de realidad. Esta metáfora, casi existencialista, del paso del tiempo se entiende mejor si conocemos algunos datos de su biografía. El padre de Hawthorne murió de fiebre amarilla cuando él tenía cuatro años y, desde entonces, su madre lo recluyó en su cuarto junto a los dormitorios de sus hermanas Luisa y Elizabeth durante doce años. Se pasaba el día solo, envuelto en la antinatural atmósfera de su habitación, escribiendo cuentos fantásticos, y, como no podía de ser otra manera, llenó el espacio de visiones y fantasmas. Quizás por ello, tampoco parece extraño que más tarde terminase formando parte del movimiento de los “trascendentalistas”, un movimiento de gran influencia en los círculos intelectuales de Nueva Inglaterra, que creían que la existencia humana trasciende el mundo de lo sensible.
    Otra reflexión sobre el tiempo es, sin duda alguna El cuento de Navidad de Auggie Wren de Paul Auster. Cuento de encargo publicado por primera vez en el New York Times, fue llevado al cine por Wayne Wang en Smoke. La historia es conocida: el encuentro entre un escritor y el peculiar dueño de un estanco, basado en la propia relación de Auster con un quiosquero neoyorquino. Su relación se intensifica cuando el Auggie conoce el oficio de su cliente. Es entonces cuando le hace partícipe de la obra de su vida. Desde hace doce años, cada mañana, a la misma hora y en el mismo sitio hace una única fotografía. Tras el desconcierto inicial, se le desvela la genialidad, Auggie está fotografiando el tiempo. Es el propio Wren el que le ayudará a llevar a cabo el encargo del periódico de realizar un “cuento de navidad”. Le regala la historia de Robert, quién sabe si la suya propia. Y a nosotros, además del cuento, una frase a modo de máxima para la ficción: «Mientras haya una persona que se la crea, no hay ni una sola historia que no pueda ser verdad».
   La pregunta que se hace Auster cuando debe escribir el cuento por encargo: «¿Qué se yo de la Navidad? ¿Qué es la Navidad?», tiene en este volumen treinta y ocho respuestas diferentes. Quizás por eso Ortega y Gasset nos puede ayudar. Su teoría del Punto de vista nos ofrecería una solución atendiendo al perspectivismo. La Navidad sería la suma de todas las miradas. Ninguna sería la única, ninguna puede excluirse. Acercarnos a la verdad consiste en conocer el máximo número de perspectivas posibles. Que cada cual elija la suya.

lunes, diciembre 28, 2015

El horno huérfano, Rob Davis


La Cúpula, Barcelona, 2015. 164 pp. 18,5 €

Jaime Valero

La nueva novela gráfica del británico Rob Davis es, en su esencia más básica, una historia de iniciación protagonizada por tres jóvenes que llegan a ese punto vital en el que uno se lo cuestiona todo: la autoridad, el rol que jugamos dentro de nuestro grupo social, el futuro al que parecemos estar destinados y, en resumidas cuentas, buena parte del mundo que nos rodea. Un acto, el de poner en cuestión todo aquello que nos imponen desde pequeños, que en muchos casos conduce a la rebeldía, como aquí ocurre. Los tres jóvenes protagonistas deciden huir de la escuela, de sus casas, romper con todo lo que la sociedad les ofrece y tratar de buscar su propio camino. Si Rob Davis se hubiera limitado a este aspecto esencial de su historia, estaríamos ante un cómic del montón. Pero de eso nada. Lo que contado con estas palabras podría parecer un nuevo pastiche de El guardián entre el centeno, se convierte en una singularísima obra que, si hubiera que definir de algún modo, sería como un cruce entre Donnie Darko, el cine de David Lynch y los cómics de Daniel Clowes y Charles Burns.
Ya desde que leemos el título en la cubierta, El horno huérfano, nos embarga una sensación de extrañeza que no hace sino incrementarse a medida que pasamos las páginas y conocemos a Scarper Lee, el primero de los tres jóvenes protagonistas del cómic. Scarper es un joven estudiante que habita un mundo similar al nuestro, pero radicalmente distinto a la vez. Así, en su mundo son los hijos quienes fabrican a sus padres, que tienen forma de máquinas, de utensilios, algo que da que pensar sobre la visión que los niños tienen de sus progenitores. Cuando llueve, caen cuchillos del cielo, el viento se ríe a carcajadas, y los dioses no están en los templos, sino en las casas, haciendo las veces de electrodomésticos. Cada día de la semana tiene su propia rueda, que la gente contempla embobada como si fuera el televisor, y la existencia forma parte de un círculo en el que todo acaba volviendo al principio. Además, la gente conoce cuál será el día de su muerte, y a Scarper, a pesar de su juventud, apenas le quedan tres semanas de vida.
Este hecho, sumado al encuentro con dos compañeros de clase, Vera Pike —una jovencita rebelde y mordaz— y Castro Smith —un chico retraído y observador, aquejado de una extraña anomalía mental que le lleva a sobreanalizarlo todo—, desemboca en una ruptura con todo lo establecido. Durante su huida hacia adelante, los tres jóvenes intentan regresar a la raíz, al lugar donde supuestamente se fabrican los padres: el horno huérfano. Quizá así comprendan mejor de dónde vienen, cuál es su papel en el mundo, o, quién sabe, a lo mejor solo les sirve para quedarse más confundidos que antes. Pero eso es lo que tiene hacerse mayores: dejar atrás tu zona de confort para zambullirte en lo desconocido. Y mientras el lector acompaña a estos personajes en su búsqueda, descubrirá nuevos detalles del sorprendente mundo surgido de la mente de Rob Davis.
El horno huérfano es como ese cuadro inexplicable que nos llama la atención en alguna sala recóndita de un museo y ante el que solo podemos hacer dos cosas: devanarnos los sesos para buscarle una explicación lógica o sencillamente paladear su belleza enigmática. Según nos decantemos por una opción o por otra, la experiencia de leer este cómic varía, pero resulta igualmente enriquecedora. Una vez concluida, digerida y preferiblemente releída, solo queda esperar pacientemente a que vea la luz la secuela en la que su autor ya se encuentra trabajando.

viernes, diciembre 25, 2015

jueves, diciembre 24, 2015

Los infortunios de Svoboda, János Székely


Trad. Magdalena Palmer. Prol. Pablo d´Ors. Impedimenta, Madrid, 2015. 170 pp. 16,95 €

Amadeo Cobas

Puedes ser feliz si eres simple. Si te conformas con migajas, si no ambicionas imposibles (sobre todo si ni alcanzas a imaginarlos). Si te acomodas y no piensas. Claro que sí… mientras nadie te incomode.
A la más simple y pacífica de las personas, si se la molesta, se le puede despertar hasta lo que ni sabía que existía. Si se le obliga a pensar, lo hace, aunque sean pensamientos simplistas, acaso desvaríos.
¿A qué viene todo este rollo? A que, si nadie se hubiese entrometido en la vida de Svoboda, ni hubiéramos conocido su nombre. Pero no es así. Un día su paz se trunca; su rutina se cubre de infortunio. Y el tonto, por mucho que lo sea, se defiende.
Hete aquí que los pobladores de esta obra son una colección de humildes, enternecedores pueblerinos sin aspiraciones o que, si las tuvieron, han sido devoradas por el devenir de una vida en la que no destacan ni asoman al borde por si caen al precipicio. En paz dormitan. Valgan como ejemplos el médico excesivamente religioso, sabremos por qué, o el jefe de estación aplastado por una mujer e hijos que no le dan una satisfacción, también le entenderemos.
Confieso que no conocía a János Székely, y me ha encantado la capacidad que tenía este desaparecido escritor húngaro para lograr que el lector empatice con sus personajes. Un mundo, en este caso, de desdichados que se ven aplastados por los abusos de las tropas de Hitler. Con sus respiros, no crean, que estos aciagos aldeanos tienen arrestos y decisión, y protestan aun a sabiendas de lo inane de su queja. Si hasta un tonto se defiende, muchos de ellos, que no lo son, lo hacen sin dudarlo. Hablando de aquél, es curioso cómo en la novela se le pierde la pista al protagonista, Svoboda, durante el trecho en que se fragua la presentación de los actores y la acción en sí misma; mas es muy diestro Székely al hacerlo reaparecer justo en el instante en que cualquier lector estaría preguntándose por él. ¿Y cuándo reaparece? Cuando los alemanes descubren que «lo que necesitaban era un asesino como Dios manda»… No les desvelo más entresijos, lo siento. Y no lo hago porque deberían introducirse en este virtuosismo cuasi musical, con melodía cadenciosa propia de la paz antes citada, la que irradia este pueblo. Bueno, la que irradiaba antes de la invasión nazi. Y nadie infiera por ello lasitud o lectura plomiza. No, deléitense aquí con la minuciosidad con la que se bosquejan los pormenores, así, al paso, sin ser plúmbeo sino clarificador desde la inocencia más sutil. Inocencia que es sinónimo de Svoboda, el pobre, el ingenuo en este drama, quien en su simpleza (mostrada ya desde su forma de hablar) no logra entender el porqué de los acontecimientos. Si él es bueno, «Yo no robo, yo no engaño. Siempre buen hombre. Creo en Dios», ¿entonces a qué son debidos sus infortunios? ¿Por qué le pasa lo que le pasa sin que nadie le ayude? Mejor Dios hace algo rápido», llega a exigirle a un cura.
Tiene esta novela breve pasajes deliciosamente tiernos, así el tránsito que recrea cuando hace la semblanza vital del coronel Fiala, el héroe local. Sobre su determinante papel se vertebra gran parte de la acción. La vida que quiso y aquella destinada a él, cuando «un día, al despertar, descubrió que habían pasado ya veinte años». Un hombre mayor que quedó manco como percance tras su paso por dos guerras mundiales, cuyas aspiraciones se transformaron a causa del peso del clasismo, sin perder por ello la dignidad… ni un poso de resignación a veces teñido de tristeza. Porque el autor nos demuestra que se puede sacar poesía de lo trágico: «Los ancianos pisaban los adoquines de los tortuosos callejones de la aldea unos pocos años más hasta que un día, cansados de no hacer nada, se mudaban discretamente de sus casitas al cementerio de la colina».
Por lo demás, esmerada edición como acostumbra Editorial Impedimenta, feliz traducción y exaltado prólogo. A modo de epílogo, permítanme que les recuerde, como aquí se postula, que «la inteligencia, como se demuestra a menudo, es una cualidad demasiado sobrevalorada». ¡Ahí es nada!... Léanla, y comprobarán que en manos de un escritor con oficio, tal éste, las personas sencillas dan exquisito fruto en una acción literaria.

miércoles, diciembre 23, 2015

La ciudad de las desapariciones, Iain Sinclair


Trad. Javier Calvo. Alpha Decay, Barcelona, 2015. 288 pp. 22,90 €

Daniel Sánchez Pardos

En el breve prólogo que encabeza esta selección de textos de Iain Sinclair, Javier Calvo, compilador y traductor del volumen, reflexiona sobre la extraña suerte que hasta el momento ha corrido en España la obra de este –para nosotros– casi secreto escritor inglés. En su país, Iain Sinclair es una figura de culto que ha alcanzado también, en los últimos años, un inesperado éxito comercial con una serie de libros que combinan la psicogeografía y el activismo político, la historia secreta y el comentario social, la poesía y el periodismo, y cuyo vehículo de expresión es una prosa obsesiva y circular que fluye con la cadencia alucinante de un viejo ritual pagano. Su imaginario personal, construido libro a libro desde principios de los años 70, ha influido profundamente en autores bien conocidos en nuestro país como Peter Ackroyd, Will Self, A. S. Byatt o Alan Moore, cuya novela gráfica From Hell deriva directamente de la relectura que Sinclair hiciera en clave mítica y simbólica de los asesinatos de Jack el Destripador en su libro White Chappell, Scarlet Tracings. Las ideas de Iain Sinclair no nos son, por tanto, desconocidas, aunque hayan tenido que llegarnos de segunda mano o reformuladas por autores de mayor vocación popular; y sin embargo, La ciudad de las desapariciones es el primer libro suyo que tenemos ocasión de leer en español.
Una posible razón de este extraño olvido al que ha sido sometido el autor en nuestro país es, tal vez, la naturaleza estrictamente local de su obra. Todos los textos que conforman este volumen tienen por motivo central a la ciudad de Londres, y los referentes que se manejan en ellos son, indefectiblemente, una serie de personajes y asuntos ingleses que con frecuencia pueden resultar ajenos a un lector no particulamente anglófilo. La disposición topográfica de las iglesias de Nicholas Hawksmoor en la City, el cortejo fúnebre de uno de los gemelos Kray por las calles del East End, la gentrificación forzosa del barrio de Hackney y de los distritos afectados por la remodelación olímpica de 2012 o las implicaciones socioculturales del gran proyecto de autopista orbital M25 no son, a primera vista, temas que deban interesar necesariamente a un lector español, del mismo modo que la tradición literaria en la que Sinclair se inserta orgullosamente –la tradición de los grandes visionarios londinenses, desde William Blake y Thomas De Quincey hasta Arthur Machen o el T. S. Elliot de La tierra baldía– dota a su escritura de unos ritmos y una ambiciones que también nos son en buena parte ajenos.
Y sin embargo, basta con leer el primero de los textos que componen esta colección para comprender que el proyecto de Iain Sinclair no sólo es absolutamente relevante para cualquier lector, no importa cuáles sean su nacionalidad o sus referentes culturales: también es un reto intelectual de primer orden, una fiesta para los sentidos y una provocación continua a la reflexión. Ese texto inicial se titula "Nicholas Hawksmoor: sus iglesias", y sus treinta páginas escasas contienen el germen de todo lo bueno que Sinclair es capaz de ofrecernos: sensibilidad histórica, imaginación desbordada, firme conciencia social, un surtido inagotable de erudiciones caprichosas y de intuiciones abracadabrantes, un don infalible para la asociación inédita de ideas y para la observación inesperada y, sobre todo, un talento verbal al alcance de muy pocos escritores. La prosa de Iain Sinclair, en efecto, no se parece a la de ningún otro autor contemporáneo. Los ritmos de su frase, como los de su pensamiento, parecen acompasarse de forma natural a los vagabundeos dirigidos que están en la base de todos sus textos, esas expediciones interminables por las calles de Londres que le llevan a descubrir en cada piedra, en cada esquina, en el rostro de cada transeúnte, el peso acumulado de una historia milenaria –la historia de Londres: la historia del mundo– que explica nuestro presente y profetiza nuestro futuro y que conforma nuestro más íntimo ser. Desde los viejos cultos mistéricos en honor a Mitra hasta los modernos obeliscos de cristal que hoy se alzan en la City, desde las corrientes de los ríos subterráneos que circulan bajo el suelo de Londres hasta los platos de las antenas parabólicas que apuntan hacia su cielo: todo cabe en un solo párrafo, en una sola frase de Iain Sinclair.
No es exagerado afirmar que la obra entera de Peter Ackroyd, el gran biógrafo moderno de Londres, está en esencia contenida en este breve ensayo inicial, cuya idea central –la relectura en clave esotérica de las iglesias de Nicholas Haksmoor y su disposición sobre el plano de la City– es la misma que alimentó la primera novela importante de Ackroyd, La sombra de Hawksmoor, y cuya tesis profunda, la continuidad inquebrantable de la historia sobre un terreno esencialmente sagrado, es la misma que alienta cada página de la monumental Londres: una biografía. Pero los siguientes textos que componen La ciudad de las desapariciones resultan igualmente fascinantes. No se pierdan, por ejemplo, "El perro y la parabólica", con su relectura simbólica de la historia de violencia de la capital inglesa a través de la peripecia de los mafiosos gemelos Kray y de la fascinación nacional por los perros de pelea, o "Toros, osos y desalineamientos mitraicos: la intemperie de la City", donde se ponen en contacto la profunda historia sagrada de la Milla Cuadrada con su presente regido por el flujo continuo del capital, o "Mis Olimpiadas", el breve artículo que cierra el volumen, en el que Sinclair ofrece una espléndida lección de prosa de combate dirigida contra la última gran operación especulativa llevada a cabo en Londres.
Un último apunte para destacar el asombroso trabajo de Javier Calvo, compilador y traductor de este libro. Resumir cuatro décadas de escritura compulsiva en un volumen de menos de trescientas páginas parece un reto casi tan demencial como tratar de verter al castellano la prosa hipnótica y retorcida de Iain Sinclair. Increíblemente, Javier Calvo ha superado ambos retos con matrícula de honor. La ciudad de las desapariciones ofrece una panorámica completa de la obra de Iain Sinclair sin dejar de leerse a la vez como un volumen unitario, una narrativa continua que avanza en el tiempo sin perder coherencia ni desviarse de su objetivo inicial. Y su traducción de la prosa de Sinclair es sencillamente magistral: rica en matices, profundamente visual, misteriosa en ocasiones, siempre elegante, compleja y sinuosa como el trazado milenario de las calles de Londres. Una maravilla que no se deberían perder.

lunes, diciembre 21, 2015

Amar tanta belleza, Herminia Luque


Premio Málaga de Novela 2015. Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2015. 272 pp. 19,00 €


Pedro M. Domene


María de Zayas y Ana Caro de Mallén, dos escritoras secretas del Siglo de Oro español, protagonizan Amar tanta belleza, un texto que conseguía el Premio Málaga de Novela, 2015. Herminia Luque (Granada, 1964) reconstruye la época, y conforma el retrato de unos personajes que ejemplifican una valiente actitud tanto por su carácter como por el papel jugado por estas mujeres en la historia de la literatura, confinadas por su condición y papel en su sociedad a un olvido injusto hasta que en la ficción, y bastantes años después, se reconocieran sus méritos, tanto literarios como humanos.
Ana es una jovencísima dama, sobrina de Rodrigo Caro, que se traslada desde su Sevilla natal a la corte en busca de una mejor proyección para su obra; una vez en Madrid, y después de alguna peligrosa circunstancia y otras calamidades, es acogida por doña María de Zayas, gran aficionada a las letras y con quien descubre un mundillo literario que conoce bien su mentora, además de enseñarle costumbres y acompañarla a festividades donde poner a prueba su arte. Para infundir algo de intriga y cierta tensión narrativa, poco después unos anónimos acusan a ambas mujeres de ser amantes sin que se sepa su procedencia. En una no menos interesante segunda parte, algunos años después, María de Zayas se convierte en la narradora que revela el profundo amor que sentía la dama por la joven Ana y le lleva desvelar algunas circunstancias con turbios sucesos que finalmente encuentran su explicación en un apasionante y vertiginoso final.
Herminia Luque ha conseguido interesar al lector con una historia intrascendente, relatando algún enigmático episodio en la vida de estas dos singulares mujeres, además de facilitar un texto con una prosa que remeda el castellano del XVII y que por arte y obra de su autora convierte la historia en una amena traducción adaptada con un lenguaje cercano y actual, y dota a la narración de una agilidad y un ritmo para que el lector disfrute con cada una de sus páginas. La ambientación, las pormenorizadas descripciones, los diálogos, tan inteligentes como sagaces de ambas mujeres, y cuando desvía su atención al resto de personajes, o incluso los textos de tratamiento rigurosamente técnico, caso del testamento de doña María, así como esas otras pequeñas historias que se asoman con conjunto, convierten en su totalidad a Amar tanta belleza en un hermoso tributo al difícil papel que representaba la figura femenina, y el escaso valor desempeñado con sus actitudes literarias en la sociedad del Siglo de Oro.
Herminia Luque persiste en su empeño por reivindicar el papel de lo femenino a lo largo del complejo proceso de los tiempos, y aun en la actualidad, un propósito del que había salido bien parada en su anterior conjunto de nouvelles, Al sur de la nada (2013), y que en los meses venideros nos devolverá el interés con un ensayo próximo a publicarse que la granadina ha titulado, Siempre guapa. El imperativo estético en la sociedad contemporánea.

viernes, diciembre 18, 2015

Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes. Puesto en castellano actual íntegra y fielmente por Andrés Trapiello


Destino, Barcelona, 2015. 252 pp. 23,95 €


Cristina Davó Rubí

Más de cuatrocientos años después de que don Quijote saliese por tierras manchegas con su fiel escudero Sancho Panza a deshacer entuertos y arreglar injusticias, llega ahora el caballero de la triste figura a nuevas páginas, desempolvada su armadura, rejuvenecido su lenguaje, mas íntegro su mensaje de loco idealista.
La laboriosa tarea de Andrés Trapiello (1953) de actualizar Don Quijote de la Mancha consigue acercar la obra cumbre de nuestra literatura a los lectores de hoy en día, disuadidos quizás hasta ahora por la barrera del castellano del siglo XVII y las numerosas notas a pie de página. Un logro el de Trapiello que posiblemente se amplíe cuando el lector sienta curiosidad por acceder a la obra original, gracias a esta. Cobra así por completo sentido esta empresa que el propio autor califica de quijotesca, pues no es fácil el empeño de traer a la lengua actual la riqueza léxica de Cervantes, con sus incontables giros y los inusuales tiempos verbales, por no hablar de los refranes y el hipérbaton sintáctico.
Basada sobre todo en tres ediciones clave de la obra cervantina, Andrés Trapiello la reescribe para que pueda ser leída y entendida, una novela que es en esencia tanto hablada como escrita, ese es precisamente el objetivo del traductor, devolver El Quijote al habla nuestra. Por supuesto, más que como estudioso, la presente edición está escrita como poeta, es decir, de un modo personal, sometida a la propia cadencia, como explica Trapiello en su prólogo. Cada lector interpreta la novela con su lectura y eso es lo que ha hecho el autor leonés, su interpretación respetuosa y elaborada, tras catorce años de trabajo.
De sobra es conocida la devoción de Andrés Trapiello por Cervantes y El Quijote, autor de novelas de este imbuidas, caso de Al morir don Quijote (Premio de Novela Fundación José Manuel Lara 2005 y Prix Littéraire Européen Madeleine Zepter, 2005, a la mejor novela extranjera) y El final de Sancho Panza y otras suertes (2014), así como del ensayo Las vidas de Miguel de Cervantes (1993). Además, firma una variada obra narrativa, poética y ensayística, y está en marcha su colección de diarios, de los que ya han aparecido dieciocho tomos.
Y, ¿cómo se trae a la actualidad una novela de hace cuatro siglos? Básicamente, intentando llegar a los lectores cual best seller, para que pueda ser leída en el metro por ejemplo, en el sentido de fluidamente y sin tropiezos. Si los lectores de otras lenguas tienen la suerte de llegar a El Quijote a través de sus traducciones, qué menos para el lector español, cuya lengua esta tan cercana a la de Cervantes, pero ciertamente no la misma, acceder a esta obra maestra y disfrutar de su riqueza. Los más puristas, sin duda, ven en esto una afrenta, la destrucción del clásico –no es nueva esta tendencia de actualización de obras clásicas hispánicas, si bien nadie se había atrevido con Cervantes–, sin embargo es loable el empeño de Trapiello de convertir El Quijote en una novela más leída que estudiada, como lo fue en su día, deleitosa para todos los públicos.
Dedicada esta edición a la Institución Libre de Enseñanza y a las Misiones Pedagógicas, inspirada en el esfuerzo de don Francisco Giner y en la labor de devolver a los lectores la esencia de la literatura y así de la vida. Como aquellos hombres y mujeres que mostraban por los pueblos de la España republicana copias de las pinturas del Museo del Prado, porque lo que importaba no es que fueran las obras originales, sino transmitir su sentido y hacer accesible la cultura. De la misma forma, hoy nos complacemos con la lectura de este Quijote, con su espíritu intacto, pulida la pátina del tiempo. El abismo desaparece y queda la merecida lectura de una novela que sigue viva. El comienzo, a modo de monumento, queda intacto, «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…»

miércoles, diciembre 16, 2015

Los difuntos, Jorge Carrión


Ilust. Celsius Pictor. Aristas Martínez Ed., Badajoz, 2015. 107 pp. 19 €

Pedro Pujante

Esta breve novela podría pasar desapercibida en las mesas de novedades si no fuese porque tras ella se esconde un proyecto narrativo de gran envergadura emprendido por Jorge Carrión (Tarragona, 1976). Como epílogo, Los difuntos es la cuarta novela que se añade a la ya conocida y bastante comentada trilogía Huellas, aunque también funciona como un relato independiente. No obstante, conocer el universo de Los muertos ayuda a comprender mejor el significado y la acción de Los difuntos.
Temáticamente está más próxima a Los muertos, aquella extraña novela en forma de serie televisiva en la que Carrión perfilaba un contexto narrativo donde los personajes ficticios cobraban vida, se materializaban de la nada y acababan buscándose para crear redes vitales a las que pertenecían. Una especie de reencarnación cuya existencia anterior se correspondería con la vida literaria. De hecho, el personaje principal de Los difuntos, casi al final del relato, en una suerte de anagnórisis, declara respecto a su naturaleza previa: «La mía fue la muerte de un concepto. No fui vida, descubro ahora, fui texto.»
En Los difuntos Carrión retoma las mismas premisas que en Los muertos y nos sitúa desde el prólogo inicial en un proyecto metaficcional en el que mediante un supuesto taller de escritura creativa se ha procedido a novelar una serie de televisión: Ciudad de máquinas y sombras, titulado en España Los difuntos. Que precisamente es el spin-off de Los muertos.
Y a partir de ahí nos sumerge de lleno en la ficción de un extravagante Oeste americano de factura steampunk. Robots, máquinas para recordar la vida pasada, globos voladores, vaqueros y edificios con la forma de un elefante. Como siempre, Carrión consigue crear mediante cierta economía verbal una narración nutrida de imágenes impactantes, debido sobre todo a su recurrencia a modelos extraídos del cine, la literatura, la filosofía y sobre todo, las series televisivas. Por ejemplo, esta nouvelle podría recordar vagamente a aquellas máquinas que recorrían la saga de Wild Wild West, o a los paisajes desérticos poblados de circos ambulantes, frikis y predicadores de la serie televisiva Carnivale; o a ese futuro distópico descrito en el film Children of men en el que la natalidad era imposible. En este sentido, cabe apuntar que en la narrativa de Carrión se aprecia una excelente textura visual, que con sus escasos y breves diálogos y con descripciones concisas y muy esquemáticas, logra hacer de la narración una especie de película contada con palabras. Además, que el tiempo verbal elegido sea el presente también coadyuva a comunicar esa inmediatez, proximidad y viveza al relato haciendo que fluya con solvencia.
Los difuntos narra la historia de un universo ficticio y retrofuturista de la Norteamérica decimonónica en el que ‘aparecidos’ surgen de la nada y son empleados como mano de obra barata, esclavos o sirvientes. Una especie de western de ciencia ficción en el que las máquinas de vapor y los cowboys conviven con artefactos extraños, motocicletas, etc.
Hasta que aparece Dionisio-Apolo, un ser distinto, que rápidamente demuestra cualidades que superan a los de su especie y que consigue levantar a los suyos –a los renacidos provenientes del mundo de la ficción- y provocar una revolución mítica, de la que se seguirá hablando muchos años después. En cierto sentido se podría entender que el autor haya querido plantear, en clave fantástica y mesiánica, los problemas de la inmigración ilegal, de la colonización e incluso los dilemas en los mundos esclavistas de los pasados siglos.
Las señas de identidad que subyacen en esta nouvelle son el pastiche y también la ecfrasis, es decir, la traslación de imágenes a palabras. Se aprecia el interés del Carrión por construir de un modo deliberado un relato contemporáneo, su capacidad para absorber los viejos modelos de la literatura tradicional –la novela clásica, la crónica, el ensayo, la historia o el poema- y las formas actuales de la cultura popular –la serie televisiva, el guión, la publicidad, la metaficción-.
Esta anfibología narrativa también está presente en las imágenes, en los personajes rescatados y en el propio lenguaje. De hecho, la novela a pesar de su brevedad está cargada de guiños, símbolos y citas más o menos explícitas que conectan su lectura, como si de un intertexto se tratase, con otros autores, con filósofos y con elementos reconocibles de la historia o con la propia obra narrativa del autor.
Su estilo limpio y despojado de manierismos muestra a un autor ya en la madurez de su estilo, que sabe combinar la prosa de calidad con elementos de la ciencia ficción, la reflexión filosófica y literaria; y que elabora su obra con mimbres del mundo audiovisual. Que apuesta por una literatura comprometida con su tiempo y que, como ya ha demostrado en sus anteriores novelas, ha construido un universo muy personal, original, sugerente y compacto.

lunes, diciembre 14, 2015

Viaje a las puertas del infierno, Fermín Bocos


Ariel, Barcelona, 2015. 296 pp. 18,90 €

Tomás Sendarrubias

Como parte del imaginario colectivo de la humanidad el Infierno es, sin duda, uno de los recursos más potentes con los que ha contado la literatura, el cine, la historia y la propia religión. Si bien en los últimos años la existencia o no existencia del Infierno y sus aledaños ha sido objeto de debate teológico del más alto nivel, con el Vaticano confirmando o desmintiendo su realidad, convirtiéndolo en un entorno de castigo o en un aspecto filosófico, dependiendo de lo progresista que fuera la perspectiva del Papado sobre la religión en cada momento. Pero el Infierno no es patrimonio exclusivo del catolicismo o de las religiones cristianas. El Helm vikingo, el Hades clásico, el Mictlan de los aztecas... cada religión que ha cubierto la geografía terrestre a lo largo de toda su historia ha tenido su propio reino para los condenados.
En Viaje a las Puertas del Infierno, el periodista Fermín Bocos sale en busca de las puertas del infierno que salpican la geografía de Europa y Asia, un cuaderno de viaje con toques infernales en el que el autor detalla algunos aspectos de su periplo, siguiendo los pasos de Eneas, Orfeo o Ulises, los héroes clásicos que por diversos motivos, descendieron al Inframundo. Bocos, periodista de cierta trayectoria en el mundo de la radio, profesor en la Carlos III, autor de libros como El resplandor de la Gloria (1999) o El Informe San Marcos (2009), y que además está casado con la más prolífica, literariamente hablando, Julia Navarro (La Hermandad de la Sábana Santa; Dispara, yo ya estoy muerto), ha reunido en este libro sus experiencias en diferentes viajes siguiendo los mitos y leyendas que han hablado de puertas al infierno, espacios dominados por el diablo, y que lo han hecho en la mayor parte de los casos durante siglos, lugares "infernales" que en muchos casos no se corresponden con nuestra actual denominación del inframundo como algo cargado de negatividad, sino que en muchos casos cuentan con una carga más mística que malvada.
Así es como Fermín Bocos visita lugares cercanos, aquí en España, como el Monasterio del Escorial en Madrid, donde existiría una "puerta al infierno" bloqueada por la construcción de Felipe II; o muy lejanos, como un templo dedicado a Yama, una deidad infernal en Japón, o las ruinas de Akbar, en la India. Y todo ello, con lugares de corte clásico, como Cumas, el Lago Averno, Dódona o Déndera, en Italia, Grecia y Egipto respectivamente; o tan cargados de misterio como la catedral de Chartres, que ha generado miles y miles de páginas de todo tipo sobre masones, arquitectos mágicos y poderes telúricos. Pero no nos equivoquemos: no se trata de un libro profundamente documentado o de divulgación, es un cuaderno de viaje en el que en algunos casos de forma un tanto somera, el autor comparte con los lectores sus experiencias en los viajes hacia aquellos lugares que ha denominado "puertas del infierno", con todo lo bueno y lo malo que esto puede acarrear. Evidentemente, en un cuaderno de viaje, las experiencias y perspectivas son estrictamente personales, y los puntos importantes para el escritor no tienen por qué coincidir con los del lector, o que hace que se pase de forma muy puntual por temas que podrían dar mucho de sí, y se preste mayor atención a las que coinciden con los intereses del autor, con el aspecto positivo de que, en algunos casos (y al menos para mí), algunas de las cosas que cuenta son desconocidas, sirviendo como acicate, o por mantener la imagen del libro, como puerta a profundizar más en esas cuestiones.
Un libro ligero, con toques de filosofía, de historia y de teología, incluso de gastronomía; y una buena lectura ligera, para leer en el metro o el tren, o para descansar entre libros más densos.

viernes, diciembre 11, 2015

Saludos cordiales, Andrea Bajani


Siruela, Madrid, 2015. 120 pp. 14,90 €

Eduardo Cruz Acillona

Hace ya al menos un par de décadas, en las empresas norteamericanas se instauró lo que vinieron a llamar el “casual Friday”, algo así como el “viernes informal”, un día en que los empleados podían acudir a su puesto de trabajo con una ropa más cómoda que el obligado traje y corbata para el hombre o la falda, blusa y tacones para la mujer. Empezaba a instalarse —y a exportarse— una especie de buenrrollismo empresarial en el mundo laboral. Se trataba de hacer calar el mensaje de que el empleado y su comodidad en el trabajo eran lo primero, que importaba, que se le consideraba, más allá de un nombre encabezando una nómina a fin de mes, un ser humano.
Ese buenrrollismo quedó perfectamente retratado, hace ya también unos cuantos años, en una viñeta de la revista New Yorker en la que un jefe conversaba con un empleado y le decía: «Pendleton, a partir del mediodía de hoy, ya no necesitaremos sus servicios. Hasta entonces, siga trabajando igual de bien».
Y es ese mismo buenrrollismo el que ahora, de manera tan hilarante como crítica, nos presenta el italiano Andrea Bajani en su nueva novela Saludos cordiales. En ella, y tras despedir al director de ventas de la empresa, un empleado es encargado de redactar las cartas de despido de sus compañeros. Esas cartas, lejos de la frialdad del comunicado vía Twitter —sí, no hace mucho un juez dictaminó que era legal anunciar el despido a un empleado a través de ese medio—, constituyen todo un ejercicio laudatorio a la figura del empleado señalado por la dirección. Así, la frialdad de la palabra “despido” es sustituida por la cálida acción de “interrumpir la provechosa relación laboral entablada hasta hoy entre la compañía y el trabajador” como consecuencia de las necesidades de la empresa.
En esa línea, las cartas no dudan en expresar la quemazón del abajofirmante, léase el jefe, por estar robándole su magnífico tiempo al empleado ya mayor, un tiempo que podría utilizar para ser feliz y disfrutar; quemazón que alivia liberando al empleado de la obligación de tener que volver a fichar ni un día más, conminándole a que abrace su nueva vida lo antes posible y, en todo caso, antes de las tres de la tarde de hoy mismo. O también, por poner otro ejemplo, la revelación del jefe que descubre que su secretaria, recién casada, ya no atiende a sus llamadas de trabajo durante las fines de semana y a horas intempestivas. Se da cuenta de que ella tiene derecho a disfrutar de su nueva vida al lado de su esposo y se le invita a que lo haga de manera intensa a partir de esa misma tarde, no sin antes recordarle que debe dejar las llaves de su despacho en recepción.
Andrea Bajani utiliza el humor inteligente y el sarcasmo para enseñarnos la piel de cordero bajo la que se esconde el lobo del capitalismo feroz, el de las reformas laborales que inclinan la balanza siempre hacia el mismo lado; para denunciar la mentira de los que afirman que todo cambia a nuestro alrededor de manera vertiginosa cuando, en realidad, todo sigue igual por mucho que lo pintes con distintos y más vivos colores.
Bajani consigue con esta novela más que todo el entramado sindical de un país en tres huelgas generales. Su denuncia cala, abre los ojos y dispara con el mismo arma del buenrollismo a quienes pretenden socializar la miseria a base de recortes en los derechos y en las cuentas (de la vieja) de resultados. Una novela tan amable y grata de leer como difícil de deglutir cuando uno alcanza el punto final, cierra el libro, mira a su alrededor y comprueba que, efectivamente, todo sigue igual aunque ahora nos lo vendan con una sonrisa tan edulcorada como impostada.

miércoles, diciembre 09, 2015

Redención, Julio Castedo


Planeta, Barcelona, 2015. 315 pp. 19 €

Pedro M. Domene

Julio Castedo (Madrid, 1964) se permite una extraordinaria redención con su última novela, tras los intentos de llegar a un público en sus apuestas anteriores, Apología de Venus (2008), El jugador de ajedrez (2009) y El fotógrafo de cadáveres (2012), tres excelentes muestras de una exigencia narrativa sobria y eficaz, aunque ahora con esta reciente entrega, Redención (2015), su ambición por llegar a un público lector más amplio le lleva a apostar por una estructura bastante más compleja, a enlazar diversas historias que convergen y así ensayar un auténtico alegato sobre la crueldad y la violencia, con páginas de un elevado tono erótico acusado, tan explícito como sutil que justificaría, entre otros muchos aspectos humanos, la actitud de todo un drama familiar, los Ellerman y los límites a los que les lleva un congénito sentido de la maldad.
No existe redención sin sacrificio, manifiesta el progenitor al joven John Ellerman poco antes de que este deje atrás la monstruosa vida familiar llevada hasta el momento para, una vez constado el drama, desaparecer en un Londres ignoto sin dejar rastro alguno. Paul Lancaster, un antiguo policía, trabaja para una compañía de seguros especializada en buscar personas desaparecidas con el expreso encargo de hacerles llegar la notificación de una póliza; la relación, entre ambos personajes: el joven John Ellerman es el beneficiario de un importante seguro de vida, y el antiguo policía que se desplaza la condado de Kent para llevarle la noticia a la granja Ellerman, dará pie al resto de la historia, los cinco hermanos, los crueles gemelos que han desaparecido misteriosamente, Ted el mayor se ahorcaría al descubrir al padre muerto, William, el hermano pequeño retrasado mental, convertido con el paso de los años en un ser huraño y olvidado, aunque sobrevive en una granja en ruinas, y luego el protagonismo de John, de quien se reconstruye la historia por boca de otros personajes, de una magnífica penetración psicológica, y de una fuerza inusual.
Julio Castedo ordena su historia alternando el relato de Ellerman y Lancaster, dos personajes que de alguna manera han sufrido a lo largo de su existencia el rechazo de una mujer. La investigación del ex-policía avanza y el lector va hilvanando la historia completa de la familia Ellerman, así como lo relacionado con la desaparición de John y qué ha sido con el resto de su existencia, localizada en su Inglaterra natal y en la España del norte, lugar de donde procedía su familia materna. Hasta allí irá Lancaster para descubrir el secreto que rodea a la desaparición del joven Ellerman y de su inexplicable final, al tiempo que el agente de seguros intenta vivir una breve y apasionada historia de amor nunca experimentada hasta entonces en su monótona y aburrida vida.
Julio Castedo se consolida en su mejor apuesta narrativa, contundente en su expresión certera y precisa, de diálogo fluido y eficaz, de buena ambientación y de una sobriedad técnica que progresa a medida que avanzamos en su lectura.

lunes, diciembre 07, 2015

Todos deberíamos ser feministas, Chimamanda Ngozi Adichie


Literatura Random House, Barcelona, 2015. 62 pp. 4,90 €

María Dolores García Pastor

Desde sus comienzos la nigeriana Chimamanda Gnozi Adichie ha mostrado su interés por la cuestión negra y femenina, presente en toda su obra. Su primera novela La Flor Púrpura (Grijalbo, 2004) trataba la cuestión de los malos tratos en el seno de una familia tradicional nigeriana de clase alta. En sus otras dos novelas, Medio sol amarillo (Mondadori, 2007) y Americanah (2014), y su volumen de relatos Algo alrededor de tu cuello (Mondadori, 2010) ha seguido retratando ambos temas. Su activismo en estos dos campos es de sobras conocido, tanto que en el año 2012 dio una conferencia sobre feminismo en TEDx en Euston. El libro Todos deberíamos ser feministas es la transcripción de esa conferencia que actualmente puede leerse a modo de ensayo.
La exigua extensión del libro frente a lo que uno espera del género, apenas cincuenta páginas, no debe llevarnos a engaño. Se trata de una obra que algunos se han atrevido a calificar de imprescindible por su claridad y contundencia. En ella Adichie aúna los datos objetivos a sus propias experiencias cotidianas, detalles, anécdotas muy visuales, lo cual ayuda al lector a empatizar con su discurso, todo ello aderezado con un inteligente sentido del humor y con un estilo claro y directo. A partir del análisis de los micromachismos de cada día, tan arraigados en la cultura que es difícil percibirlos, muestra que el machismo no es algo del pasado sino que las estructuras machistas perviven en las sociedades de hoy día por muy modernas que se crean.
La autora se declara irónicamente «feminista feliz africana que no odia a los hombres y a quien le gusta llevar pintalabios y tacones altos para sí misma y no para los hombres», rompiendo así algunos tópicos sobre este movimiento social, y se plantea la vigencia del feminismo en la actualidad haciendo una defensa más allá de estos y otros tópicos. El feminismo, dice, no sólo es cosa de mujeres.

viernes, diciembre 04, 2015

La puerta de los ángeles, Penélope Fitzgerald


Trad. Jon Bilbao. Impedimenta, Madrid, 2015, 240 pp. 21 €

Ángeles Prieto Barba

Penélope Fitzgerald fue una escritora británica tardía, ya que empezó a publicar cuando pudo o quiso, a los 58 años de edad. En un mercado editorial a la caza de jóvenes talentos, esta inusual decisión de la autora comportará resultados contradictorios, que vamos a constatar de inmediato en esta novela tan particular. Hay que señalar no se encuentra entre sus grandes títulos, ya que cosechará mejores resultados con otras obras biográficas (La librería (1978) y A la deriva (1979), pero es la única con final abierto, relativamente alegre y feliz.
Y digo alegre porque en principio tomaremos nota de que esta novela es una sátira evidente contra los rancios colleges británicos. Curiosa institución educativa en sentido amplio (en Inglaterra acoge tanto a estudiantes de secundaria como universitarios) que, si bien ha dado lugar, con sus enseñanzas tuteladas y asegurada disciplina, a que grandes talentos se desarrollen en sus aulas, también ha acusado de forma notable el paso del tiempo. Como los colleges son económicamente autónomos, pues no dependen de fondos ajenos y ostentan la propiedad de sus propios edificios, el resultado es que muchas veces se caen a pedazos, al igual que cogen telarañas tantos planes de estudio como vemos reflejado en este St. Angelicus, completamente inventado por la autora, sito en Cambridge.
Pero ocurre también que esta línea argumental justificada de Fitzgerald, como hija del director de la famosa revista satírica “Punch” que era, pronto se agota, llegando a cansar el supuesto filón humorístico y por fortuna, cobran relevancia los dos protagonistas: Fred Fairly, profesor de Física en el St. Angelicus y la encantadora Daisy Sainders, aprendiz de enfermera de extracción humilde, muy bien descrita y dotada de las excelentes cualidades de autonomía y decisión propia características de las heroínas de Jane Austen, autora de influencia clara e indiscutible en la obra de Penélope Fitzgerald.
Protagonistas que se desconocen entre sí hasta la mitad de una novela que transcurre en 1912 (antes de la Primera Guerra Mundial) y que traban conocimiento a partir de un accidente de tráfico, por el que acaban siendo asistidos y durmiendo en una misma cama. Este incidente, que nos puede parecer inusual en época tan puritana, fue extraído sin embargo de la vida real y casa bien en esta novela que pretende ser desenfadada. Choque sentimental que se unirá, mal que bien, a la teoría de los átomos en boga cuando fue redactada por la escritora. Por ello, al propósito inicial satírico de la novela, debemos unirle esta segunda trama argumental para hacernos reflexionar sobre la razón de que choquemos unos con otros. Evidentemente sin respuestas claras, porque no las hay.
En resumidas cuentas, este sería el argumento de una novela que sufre de no pocos vaivenes, originados por historias ajenas de personajes secundarios, más o menos logrados, que tendremos que sortear y que ponen de manifiesto los inconvenientes que acarrea empezar a publicar tan tarde, sin contacto con los lectores hasta entonces. A cambio de estos escollos, también hay que destacar que es muy difícil encontrar en jóvenes escritores la riqueza lingüística y la capacidad psicológica que demuestra Fitzgerald en esta novela, dueña ya de magisterios evidentes. Es por ello que recomiendo esta novela, para que no solo sea puerta de ángeles, sino también llave que nos anime a buscar y seguir leyendo sus mejores obras.

miércoles, diciembre 02, 2015

Signor Hoffman, Eduardo Halfon


Libros del Asteroide, Barcelona, 2015. 144 pp. 13,95 €

Ignacio Sanz

Conocí a Eduardo Halfon hace unos años, en una intervención pública que tuvo en Segovia. No lo olvido. He olvidado a los compañeros que estaban en la mesa con él hablando de literatura, de creación, de tendencias de la joven narrativa en español. Por dónde iban los tiros. Esos encuentros un poco narcisistas, a veces depravados, en los que con frecuencia se da rienda suelta a una egolatría patológica. Pero, como digo, a él no lo olvido. Contó entonces que era un suicida, un pequeño suicida. Por eso seguía vivo. No había rematado la operación. Había nacido en Guatemala, pero ahora veía que Guatemala era un país pequeño, apenas visible y había decidido suicidarse de Guatemala; había realizado estudios de Ingeniero, siguiendo la tradición familiar que le habían marcado su padre y su abuelo, ingenieros también, pero qué caramba, la ingeniería no le interesaba gran cosa y había decidido suicidarse de su condición de ingeniero. Para acabar, si no recuerdo mal, también había decidido suicidarse de su condición de judío. No se sentía heredero es la religión de sus mayores en un mundo cada vez más laico. Lo cierto es que, a estas alturas, Halfon, el pequeño suicida, sigue vivo. Para bien.
Sigue de guatemalteco, sigue de ingeniero, aunque a veces se camufla de profesor o de conferenciante, y sigue de judío. Con cierta distancia, eso sí, con esa distancia irónica que permite mirarlo todo desde una atalaya desapasionada, como si contemplara a los individuos que andan por la tierra desde un globo aerostático. Porque Halfon es el protagonista de estos seis relatos que oscilan entre el ambiente cosmopolita y el ambiente rural. En todos está él, aunque pudiera tratarse de un narrador borroso, equívoco, especulado. Casi siempre las historias tienen un final, es decir, un desenlace, pero a veces sus cuentos son como un albañal de barriada mugriento que no lleva a ninguna parte, que se acaba en charcos cada vez más pequeños. Y, pese a todo, damos el relato por acabado, perdidos como el propio protagonista, en una encrucijada que no tiene salida. Hay que ser muy atrevido y escribir con mucha soltura, con mucha convicción, para llegar ahí, a ese terreno de nadie donde terminan los pequeños suicidas perplejos.
He leído otros libros de cuentos de Halfon y siempre resulta fascinante porque escribe desde esos alrededores equívocos de su biografía, implicado como personaje un tanto esquivo, un tanto desconcertante. El abuelo polaco salvado a última hora de los hornos crematorios aparece en otros cuentos suyos. Y entonces uno, como lector tiene la sensación de que estamos leyendo fragmentos de una biografía reflejados en el espejo imaginativo de un nieto que, en realidad, no sólo no se suicida, sino que convierte su pasado y el pasado trágico de su familia en elemento narrativo. Juntados todos esos fragmentos, en realidad estaríamos leyendo una novela dispersa.
Pero también estamos ante un ciudadano guatemalteco que se duele de la desigualdad de su país, de la pobreza que reina en ciertas aldeas remotas, y la retrata con naturalidad, sin aspavientos. Y así vemos, en consecuencia, que tampoco se ha suicidado del todo, que su preocupación social sigue viva.
En fin, he disfrutado mucho leyendo a Eduardo Halfon de nuevo. He disfrutado y me he conmovido. Acaso por esa implicación en primera persona, pero también por la desenvoltura de su estilo, por su elegancia, por la desdramatización con que aborda cotidianas historias cargadas de dramatismo.

lunes, noviembre 30, 2015

La Tristeza, Rubén Romero Sánchez


Ártese quien pueda, Madrid, 2015. 149 pp. 9 €

Juan Laborda

Hay libros que valen más por su forma esteta que por lo que cuentan. A otros les ocurre lo contrario. El equilibrio entre contenido y forma es tan delicado como el estómago de un recién nacido, y probablemente se va formando, si es una prosa musical y acertada, con la misma dosis de magia, esfuerzo y tesón.
La Tristeza es una novela muy especial. Destila un gusto entre el realismo mágico y el costumbrismo, teñido siempre de un notable lirismo. A su composición cuidada y sentida hay que unir la reflexión sobre temas de gran calado humano. La vida de los habitantes de una ciudad imaginaria, costera y simbólica, se verá sometida a una epidemia de tristeza, que les llevará hasta la muerte, poniendo en juego la continuidad misma del lugar. En él, unos hombres y mujeres singulares, dibujan con sus actos y actitudes bellas estampas vitales: un hombre que acude al frente y lucha con un fusil descargado, un padre raptor de su amada y dedicado en cuerpo y alma a su tienda de dulces, un médico cronista, una azarosa expedición para pescar atunes; lo ignoto y lo presentido se dan la mano en estas páginas.
La novela, primorosamente editada por Ártese quién pueda —una de esas editoriales tan pequeñas como preciosistas—, es una isla en el panorama literario actual. Los juegos de su prosa bella alimentan emociones tan afortunadas como universales. La existencia de sagas familiares, el amor, el desamor, la guerra, la amistad o la paternidad se concitan en este libro con el acierto sensible del poeta que ama cantar a las experiencias más intensas.
Hay una historia de amor que vertebra el relato, la de Verónica e Inor. De ella nacen, como de una vieja leyenda, ramificaciones y vivencias, de la búsqueda al desencuentro vital. Si los lugares y ambientaciones parecen legendarios por su encanto (la taberna, el palacio del que huye la hermosa dama, el mar inmenso...) sus recorridos se alejan de los dioses y se enmarcan en el más humano padecer. Hasta la épica expedición para cazar atunes concluye con un Ulises desencantado y oscuro. Un contraste muy literario que ensalza los valores reflexivos de la obra.
Es una novela para descubrir, para dejarse llevar y para deleitarse con los aciertos literarios de una valiente apuesta personal en los tiempos que corren. Lanzarse a pulir el espejo y a navegar por mares de sentimientos nunca podrá dejar de estar de moda.

viernes, noviembre 27, 2015

Noches blancas, Fiódor Dostoievski


Trad. Marta Sánchez-Nieves. Ilust. Nicolai Troshinsky. Nórdica, Madrid, 2015. 125 pp. 18 €

Ariadna G. García

Fiodor Dostoievski apenas tenía 27 años cuando escribió su novela corta Noches blancas, obra heredera de motivos y temas románticos, aún alejada –en lo estético y en lo ideológico– de sus grandes novelas, Crimen y castigo (1866), El idiota (1868) y Los hermanos Karamazov (1880). En esta nouvelle, sin embargo, el joven escritor ruso adelanta algunos de los rasgos característicos de sus futuras obras, como el fino y detallado análisis de la psicología de cada personaje, en contraste con la escasez de datos plásticos que pudiesen retratarlos físicamente. Dostoievski delega la responsabilidad enunciativa en un narrador en primera persona que carece de nombre, pero que denomina a sí mismo un soñador. Se trata de un personaje de diseño romántico, hermano del Manrique de El rayo de luna pergeñado por Bécquer. Ambos comparten el gusto por los largos paseos solitarios, sus enamoramientos de damas irreales o su pereza vital para el desempeño de grandes trabajos. Desde el comienzo de la obra, el lector empatiza con él, con sus ansias de totalidad y con su frustración. En esto somos hijos del Romanticismo. Este soñador, por otra parte, se nos revela un personaje moderno, consciente de su estatus ontológico. No sin cierta ironía, se considera un tipo, un carácter, al que falta desarrollo, quizás porque no ha vivido lo suficiente, porque le falta un cúmulo de experiencias para acabar de hacerse. Dostoievski, con estas aprecaciones metaliterarias (tan actuales hoy), juega con las convenciones de la novela aristocrática rusa. En su monólogo –de estilo delicado y elegante–, este soñador relata a los lectores su única aventura sentimental, hito que transcurre a lo largo de tres noches blancas –en las que el sol no acaba de ponerse– en la ciudad de San Petersburgo. Esta ambientación fantástica –por lo peculiar y lo extraordinario de un fenómeno natural que sólo se registra en las inmediaciones de los Polos– avecina la obra al Romanticismo, confiere un halo de misterio a las dos criaturas que se encuentran, por azar, bajo el sol de medianoche. ¿Será verdad lo que el narrador nos cuente bajo el embrujo del solsticio de verano, o será un devaneo de su alma soñadora? Lo cierto es que, si bien la atmósfera es romántica, los monólogos que intercambian ambos protagonistas nos describen, con detalle, la miseria y estrecheces de unas vidas bastante apegadas al mundo real. Junto al canal del río, el soñador entabla un diálogo con un dama melancólica y triste. La pareja pacta confesarse sus secretos con la intención de acompañarse mientras llega –o no– el prometido de ella, tras un año de viaje. Estas largas intervenciones, junto a las réplicas cortas que se dirijan, serán las encargadas de caracterizar a cada personaje. A Dostoievski no le interesan las transiciones entre las tres noches, ni la escenografía, se centra en los diálogos. Por ellos iremos conociendo las complejidades afectivas de dos individuos que nos representan a todos con sus dudas, anhelos y contradiciones.
La edición del libro que ha preparado Nórdica es una delicia. Si la maquetación es impecable y la traducción amena, las ilustraciones del joven Nicolai Troshinsky (por la viveza de su colorido, por lo sorprendente de sus perpectivas y por la habilidad del trazo) justifican las ansias de posesión del volumen que enciendan a todo buen amante de la lectura y de la pintura.

miércoles, noviembre 25, 2015

Challenger, Guillem López


Aristas Martínez, Badajoz, 2015. 508 pp. 25 €

Luis Manuel Ruiz

De un tiempo a esta parte, venimos oyendo que la ciencia ficción española goza de una salud que no había conocido en todos los días de su vida. No es sólo que el número de lectores parezca haberse ampliado, con nuevas colecciones y editoriales consagradas a la causa, sino que por fin la contribución nacional a un género eminentemente anglosajón hasta la fecha comienza a ser reconocido y no es raro encontrar apellidos castizos rubricando argumentos sobre agujeros de gusano y máquinas del tiempo, entre otras cosas raras. Un último indicio, quizá más esperanzador, es el relevo generacional: hay una nueva hornada de escritores fantásticos que ha venido a coger la vez de quienes iniciaron nuestras letras, hace un par de décadas o tres, en cohetes, robots y galaxias remotas. Todos los críticos coinciden en los lazos que emparientan a estos recién llegados: la falta de complejos y moldes fijos, el gusto por la transgresión de géneros y estilos, la referencia continua a iconos literarios, audiovisuales y de otra índole que patenta la cultura de masas. Por lo general, los nuevos fantásticos (y aquí estamos asumiendo, entre otros y por citar sólo a quienes publicaron algún título en el último año, a Jesús Cañadas, Ángel Luis Sucasas o Colectivo Juan de Madre) no cuentan entre sus fuentes de inspiración (o no sólo) la literatura exclusivamente de género, sino que están abiertos a otra clase de influencias que permean claramente sus trabajos y les dan un matiz muy característico: el de una suerte de calidoscopio o teatro de variedades, el de un montaje cinematográfico o televisivo donde se superponen imágenes que se anulan o complementan, generando un relato menos por el método tradicional del desarrollo que por la yuxtaposición de fragmentos de distinta procedencia. El efecto es un caos ordenado; esto es, una anarquía de personajes, coyunturas y símbolos que alcanza un sentido cósmico (donde cosmos significa estructura) una vez que el lector sabe ensamblar sus distintas piezas.
En principio, Challenger, de Guillem López, un nombre que acaba de situarse con un relampagueo en el centro de la nueva ciencia ficción española, no es más que eso, un caos. Un conjunto deslavazado de instantáneas, cada una de ellas con su propio protagonista y marco espacial y temporal delimitado, que un dios irónico, en este caso el narrador, ha tomado en los alrededores de Miami Beach el 28 de enero de 1986. Ni el lugar ni el día son casuales. Los ochenta agitan todo un viento de nostalgia y reconocimiento entre quienes nacimos durante la década previa, porque fueron los años en que transcurrió nuestra educación sentimental y se fijaron nuestros conceptos del infinito, de la aventura, del amor y del pánico: la era de Luke Skywalker, de Indiana Jones, de Reagan y Robert Zemeckis y el imperio del mal que empezaba en Berlín y los dibujos animados a la hora de la sobremesa. En cuanto a Miami, constituye, aparte de una metáfora de esa parte del sueño americano asociado a palmeras, playas y coches cromados, el punto de contacto entre el universo de las series de televisión (Don Johnson) y ese otro, hispanohablante y doméstico, con el que un lector de los nuestros podría identificarse con mayor facilidad. El 28 de enero de 1986, el transbordador espacial Challenger despegaba de Cabo Cañaveral rumbo a una misión orbital que nunca llegó a materializarse: porque no tardó en estallar a pocos pisos de la estratosfera, cubriendo el cielo de vistosas espirales azules y blancas y llevándose con él el sueño de millares de niños que algún día pretendíamos convertirnos en astronautas. Sintomáticamente, la novela arranca con un niño que contempla la masacre por televisión, acompañado de una lacónica advertencia del narrador: «Los niños no deberían conocer la muerte».
Challenger es el intento de convertir ese suceso catastrófico de nuestras infancias en el ángulo central del universo. Reflejados en ese aleph, la explosión sobre el cielo tropical del sur de América, las vidas aparentemente inconexas de hasta setenta y tres criaturas (no sólo personas) encuentran una dirección y un sentido, forman un tejido coherente. En medio de una jungla de existencias anodinas, de héroes de barrio, científicos locos, maridos con cuernos, policías, adivinas, extraterrestres, escritores de culto, saltos multidimensionales y universos paralelos, se insinúa una suerte de trama, de andamiaje general: aquel que articula el narrador omnisciente al concatenar las distintas historias de cada uno y presentarlas como parches en el tapiz común. La moraleja, si cabe usar esa palabrota antipática, es la de la matemática del caos: si todo sistema guarda en su seno una entropía, también todo desorden cobija, o sirve de reflejo, a una estructura superior. Como el yin y el yang, el universo y el torbellino del que surgió viven en un eterno equilibrio y en cualquier momento uno puede detonar el contrario. Parece que vivimos en un mundo horizontal y bien distribuido, pero el vacío acecha en los bordes: «Puede ser ridículo —leemos en la página 124—, pero siempre hay un punto de inflexión, un lugar en que el equilibrio se vuelve caos y los resultados, las fórmulas, la lógica, se va al garete; es el desagüe del universo, un remolino que gira y arrastra al vacío de la incomprensión cualquier supuesto, cualquier norma». Desde este punto de partida, Guillem López ha elaborado un mito cosmogónico de singular potencia, amparado, aparte de por la variedad temática de cada situación y personaje, por un lenguaje salpicado de impactos que llena la lectura de picos y hondonadas, que aletea bajo la página como un insecto escondido: algo vivo, inquieto y rebelde, que se adivina con las yemas de los dedos.
El Big bang, dicen los físicos, dio origen a la realidad que conocemos. Un estallido diferente sólo en magnitud al que podría producir una nave que se eleva en el aire, a la que un fallo mecánico condena a la desintegración y la leyenda.

lunes, noviembre 23, 2015

El mundo inmenso, Aura Tazón


Sloper, Palma de Mallorca, 2015. 222 pp. 15 €

Miguel Baquero

Después de la magnífica Xan Irmandiño, ambientada en los tiempos de la revuelta gallega de finales de la Edad Media contra los nobles castellanos, y en la que introducía elementos fantásticos con una habilidad muy literaria, El mundo inmenso es la segunda novela para adultos de la cántabra Aura Tazón. Un texto que parte de una premisa ciertamente atractiva, y que desde el principio promete una aventura literaria interesante: supongamos que, tras diversas derivas y tras diversos viajes, un tanto tímidos, de exploración, que se estuvieran produciendo desde el tiempo de los faraones egipcios, los árabes tuviesen conocimiento de una tierra que se hallara situada entre la lejana China y el cercano continente de África. Una tierra inexplorada a la que denominarían «la Cola del Dragón» y donde, como avanzadilla oriental, los chinos hubiesen instalado una especie de factoría semiclandestina llamada Kattigara, para hacer comercio con los nativos.
El mundo inmenso gira en torno a esta suposición, no creada ex profeso para este libro ni del todo desencaminada, pues en diversos planos y bosquejos medievales, y oculto en los libros de la época, se pueden leer algunos de estos descubrimientos que aún no eran públicos y no pasaban del nivel de los navegantes experimentados. Leyendas, cuentos de los tripulantes de un barco que se apartó de su ruta, planos de bordes desconocidos que se enseñan sólo a los iniciados… No es una ficción literaria, sino una certeza cada vez más aceptada por los historiadores que Cristóbal Colón no marchó a la aventura sino a lo entrevisto cuando con sus tres carabelas puso vela hacia las cascadas en las que, supuestamente, acababa el mundo.
Esta idea del «pre-descubrimiento» de América, que —insisto— no es creación gratuita de Aura Tazón, es la base sobre la que se construye esta novela. De una manera muy acertada, y envolvente, la autora nos narra la historia de una joven noble de tierras del Islam instruida por un aficionado a la cartografía que le enseña viejos mapas. Poco después, una intriga de intereses políticos se cierne sobre ella, al punto de acabar temiendo por su vida y verse obligada a huir a través de un mar Mediterráneo sembrado de asechanzas en ambas orillas. Así las cosas, no le queda más remedio que lanzarse al océano abierto en busca de esa fabulosa «Cola del Dragón» y la mítica ciudad de Kattigara…
El resultado es una aventura narrada con un magnífico pulso literario que consigue transmitir al lector, en un primer momento, la angustia de la huida y, posteriormente, la emoción de encontrarse, la protagonista, ante un mundo por completo insólito y desconocido. Todo ello con una prosa puesta por completo al servicio de la historia, que no se recrea ni se demora de forma gratuita, pero tampoco pasa de largo por donde se necesita una detención. Asimismo, emplea Tazón un trazo muy fino a la hora de describir a los marineros y a los componentes de la asfixiante corte islámica de la que la protagonista trata de huir; el resultado es una novela de muchos méritos y que propone al lector un tema apasionantes sobre el qué pensar, como es hasta qué punto conocían los antiguos el extremo de su mundo y, sabiéndolo, callaban por interés.

viernes, noviembre 20, 2015

Caminar, William Hazlitt y Robert Louis Stevenson


Trad. Enrique Maldonado Roldán. Prol. Juan Marqués. Nórdica, Madrid, 2015. 84 pp. 9,95 €

Ignacio Sanz

Hace Juan Marqués unas reflexiones curiosas en su prólogo señalando la paradoja de la avalancha de libros que se vienen publicando sobre la bondad de las caminatas, cuando la lectura nos quiere mansos y sedentarios. Porque, en efecto, nunca se había publicado tanto libro para exaltar a los caminos y a los caminantes. Y distingue entre pasear y caminar. «El que pasea da vueltas y vuelve a casa a las pocas horas; el que camina no sabe dónde va y no ha encontrado un hogar definitivo». «Pasear es un rito civil, y caminar es un acto animal». En realidad el prólogo de Marqués es algo más que un prólogo, funciona como un tercer texto reflexivo por más que para justificar su presencia en un librito que se lee como un suspiro, aluda a los dos autores que le siguen.
Las excursiones a pie de Hazlitt reivindica, sobre todo, la soledad del caminante. Y lo hace de manera alambicada, exaltándose incluso. Hay que caminar solo, nos dice, cómo puede alguien emprender una caminata seria con una persona al lado. Qué flaqueza es ésa. Habráse visto. Caminar nos ayuda a pensar. Y entonces especula sobre las características de los caminantes que pueden arruinarnos el camino. No, mejor abstenerse de un compañero, de una compañera que ni va a acompasar sus pasos con los nuestros y encima nos va a sacar un tema de conversación frívolo. No conocía a Hazlitt por más que luego, en el ensayo del escocés, sepamos de la admiración que le profesaba. Su estilo recuerda a Oscar Wilde más provocativo y deslumbrante, aunque a veces resulte un poco hueco. No deja de ser curioso, pese a todo, la naturaleza de las preocupaciones estéticas de estos eruditos ilustrados.
Respecto al texto Caminatas de Stevenson, aquí sí, el estilo es natural, como si estuviera caminando a nuestro lado y nos fuera hablando amigablemente, con reflexiones profundas, pero sin desgarros innecesarios. «Aquel que verdaderamente pertenece a la hermandad caminante no pasea a la búsqueda de los pintoresco, sino de ciertos agradables estados de ánimo». Es maravilloso Stevenson aunque coincide con Hazlitt en que una excursión a pie debe hacerse en solitario. Pero alejado de dogmatismo. Se desprende una alegría de las reflexiones como si las hubiera escrito un cabritillo trotón e inteligente: «Y lo mismo diría yo de un moderno hombre de negocios: puede uno hacer cuanto quiera por él, llevarlo al Edén, darle a probar el elixir de la vida…; todavía tendrá una grieta en el corazón: mantendrá sus hábitos empresariales. Pues bien, no existe otro momento en el que estos hábitos se vean más mitigados que en una excursión a pie. Y así, durante esas paradas en el camino, como decía, uno se siente casi libre.»
Estamos, pues, ante un libro ligero, leve, como diría Italo Calvino, compuesto de dos ensayos que nos invitan a perdernos, no en esas marchas multitudinarias que tanto se estilan en nuestros días, marchas que imagino murmulleantes, sino a perdernos por los caminos solitarios de los campos que rodean nuestro pueblo, nuestra pequeña ciudad, incluso a perdernos dentro de la ciudad, pero siempre, siempre en solitario.

miércoles, noviembre 18, 2015

Lo que dijo Harriet, Beryl Bainbridge


Trad. Alicia Frieyro. Impedimenta, Madrid, 2015. 240 pp. 19,95 €

Cecilia Frías

Las niñas malas han alimentado grandes páginas de la literatura y resultan especialmente atractivas tanto si encontramos cierta justificación en la crueldad de sus actos –quién puede olvidar a la vengativa protagonista de Nemirovski en El baile−, como si la maldad les nace gratuita e injustificada. En cualquier caso, parece que hay escritores cuya sensibilidad se afina a la hora de perfilar las aristas de estos personajes. Autores que, como Bainbridge (Liverpool, 1932), han vivido en carne propia la mirada reprobatoria de la sociedad cuando fue expulsada de la escuela por tener unos “poemillas sucios” en el bolsillo, que saben lo que es precipitarse en el abismo como aquel día en que metió la cabeza en un horno de gas, aunque pasado el temporal se excusara alegando que “cuando una es joven tiene esos altibajos”. Por ello resulta elocuente que en esta primera novela se dejara seducir por el brutal caso Parker-Hulme cuando dos chicas asesinaron a la madre de una de ellas destrozándole la cabeza a ladrillazos para evitar que las separaran. Paradójicamente nunca más se encontraron y una de ellas se convertiría con los años en la conocida escritora de novela negra Anne Perry.
Aunque se escribió en 1967, Lo que dijo Harriet hubo de esperar unos cuantos años para que algún editor atrevido venciera los prejuicios de lo políticamente correcto y sacara a la luz una novela que hurga en los recovecos más oscuros de dos amigas que deciden seducir al Zar –un hombre maduro y deprimido por un matrimonio de años sin amor− para tener algo interesante que escribir en su diario. Todo sucede durante el verano en su tedioso pueblo de la costa inglesa. De entrada el lector siente cómo sus sentidos se ponen alerta al conocer por boca de la narradora –una de las niñas de la que no conocemos ni el nombre, pero a través de la cual se filtran todos los acontecimientos-, que Harriet y ella han hecho algo terrible por lo que deben huir y mentir ante sus padres para que la culpa no les salpique. A partir de esta inquietante escena que queda en suspenso iremos descubriendo los orígenes de la historia, cuando la narradora vuelve a casa para pasar las vacaciones lejos del internado y se reencuentra con su amiga, esa que lleva años amando –palabras de admiración que no escapan al erotismo ni al despertar sexual de la niña− y de la que se sabe absolutamente dependiente. Juntas tratan de entretener los aburridos días de agosto y, al dictado de Harriet, alimentan su diario con las vidas de prestado que se dedican a espiar. Por eso no es de extrañar que cuando la narradora revele su interés por el Zar, la retorcida mente de su amiga se dispare ante el posible rival y trate de aprovechar las debilidades de este hombre decadente, que poco a poco se va enganchando a la compañía de las jóvenes con la esperanza vana de recuperar los años perdidos. De esta manera, Bainbridge va dibujando a través de Harriet un personaje fascinante que manipula y mueve con maestría los hilos de todo su entorno, incapaz para el afecto y cruel hasta el extremo cada vez que no se sale con la suya, gelidez que brilla aún más frente a las inseguridades de la acomplejada narradora y la emoción a flor de piel del galán marchito. La narración, pues, se va tensando hasta que esta suerte de triángulo enfermizo se hace añicos el día en que el Zar desenmascara la maldad de Harriet y su amiga demuestra cierta autonomía tras su anodino encuentro sexual con él en la playa. La niña perversa vuelve entonces a tomar las riendas para darle una lección de humildad al Zar, un castigo tan “diminuto y devastador como un insecto” y logra clavarle a su amiga el aguijón del desprecio precipitando la acción hacia el trágico desenlace.
El contraste entre unos acontecimientos que dejan al aire la parte más sombría del alma humana y una prosa que oscila de lo lírico a lo intimista resultan un aliciente más para sumergirnos en esta novela imprescindible de la literatura inglesa del XX que encumbró a la autora como “tesoro nacional”, y que Impedimenta ha recuperado para disfrute de todo lector inquieto.