viernes, marzo 24, 2017

Ella en la otra orilla, Mitsuyo Kakuta


Trad. Yoko Ogihara y Fernando Cordobés
Galaxia Gutenberg; Barcelona, 2016. 224 pp. 18 €

Ariadna G. García

La pubertad es una edad difícil, de cambio, de tránsito hacia el ser en que cada uno se convertirá. Para que esos niños sean los adultos maduros que podrían llegar a ser, resulta imprescindible que el entorno en que vivan sea favorable: caluroso, acogedor y protector. Por desgracia, muchos jóvenes carecen de una familia sólida, implicada, que les apoye en esa etapa fundamental de su viaje. Otros, que sí la tienen, estudian en colegios o institutos donde sufren diversas formas de acoso. Cuando las familias se desentienden de sus responsabilidades educativas, los niños son más susceptibles de ser manipulados por aquellos que les garanticen una forma de arraigo, de pertenencia a un grupo. Sin nadie que les controle y les inculque valores, muy fácilmente se dejarán llevar por la violencia que consumen gracias a las nuevas tecnologías: a los videos que ven en YouTube, a los juegos que cargan en la Play. Violencia a espuertas. Sin filtros. Para mayores de 18 años. Para universitarios. Y la violencia, como sabemos, engendra violencia. Algunos de estos púberes han salido recientemente en los medios de comunicación. Un niño del IES Joan Fuster de Barcelona mató a su profesor de sociales en 2015, armado con una ballesta y un machete. Ese mismo año, cinco alumnos del IES Ciudad de Jaén (Madrid capital) acosaban a otra niña, que se acabó tirando por unas escaleras. Hace unos días, doce alumnos de tres institutos diferentes de Colmenar Viejo (Madrid, sierra norte) daban una paliza e insultaban a una muchacha en un centro comercial, para después colgar el video en Facebook. Aunque las autoridades hablan de casos puntuales, y tratan estas agresiones como a fenómenos de la naturaleza, impredecibles, incontrolables, lo mismo que tormentas, lo cierto es que son casos que requieren una logística, tras los cuales se ocultan traumas y carencias previos que las familias tendrían que haber detectado –si dedicasen tiempo a sus hijos–, y que los centros tendrían que haber intuido –si los diferentes gobiernos autonómicos no hubiesen recortado en la Educación Pública de este país (¿cómo hacerlo con las aulas masificadas, con miles de maestros, profesores y orientadores despedidos en los últimos seis años?)–. En los medios de comunicación se da a conocer la punta de un iceberg, pero los que trabajamos en la enseñanza sabemos todo lo que oculta la línea del agua. Las agresiones diarias en los patios, los insultos en las aulas, las faltas de respeto constantes, la ausencia de un mínimo de vergüenza y de educación, el alto nivel de suspensos o la desgana absoluta por el aprendizaje son apabullantes entre los alumnos de primaria y secundaria de según qué centros. Alumnos que dedican una media de 4 horas diarias a la Play y al móvil, en lugar de a los libros, a las tareas de casa, o a las conversaciones con los padres.
Como la sociedad no parece dispuesta a reflexionar sobre sí misma, y mucho menos, a cambiar sus valores por otros más razonables (frente al consumo, el gusto por la cultura y las actividades en familia), hay personas que pretenden denunciar los actos de bullying, los suicidios juveniles y la desafección familiar por medio de sus obras: los escritores. Entre ellos se encuentra la japonesa Mitsuyo Kakuta, una autora sensible a las preocupaciones de los adolescentes, a sus miedos, angustias y frustraciones, que sabe reflejar de manera impecable.
Ella en la otra orilla está protagonizada por dos mujeres. Sayoko es una mujer casada y madre de una niña. De pequeña, sus compañeras de clase la marginaban sin razón aparente. Aquel episodio la convirtió en una adulta tímida, insegura, acomplejada y poco sociable. Por temor a colgar esos rasgos sobre los hombros de su hija –con la que deambula de parque en parque, sin congeniar con ninguna otra madre–, decide buscar un empleo, con la esperanza de que en la guardería Akari se relacione con niños de su edad. El marido, por su parte, es un hombre que desatiende la casa, que desprecia su nuevo trabajo, que no le presta ayuda. Aoi, su jefa en Platinum Planet, constituye su reverso: es una mujer con habilidades sociales, segura de sí misma, espontánea, que vive en la continua improvisación. No acata normas. No se fía de nadie. La voz que narra va alternando episodios centrados en Nayoko y Aoi, con otros que relatan la adolescencia de esta segunda. Con los flash back, la autora nos revela una juventud marcada por el bullying, el cambio de ciudad y de instituto, los reproches de su madre –que vuelca sus propias frustraciones en ella–, su amistad con Nanako –una niña por la que sus padres no muestran preocupación alguna–, su huida juntas, los atracos que cometen, su intento de suicidio –como en Thelma y Louise–. Mitsuyo Kakuta nos enfrenta a dos personajes opuestos, heridos, sin embargo, por una experiencia análoga: la exclusión social, la discriminación, la intolerancia. Sayoko y Aoi simbolizan dos realidades extremas que tienen por origen un mismo tronco. Frente al miedo, la servidumbre, la inseguridad de Sayoko, que teme el rechazo de quienes la rodean, se levantan el desapego, la vitalidad y el desenfado de Aoi, que duda de que las cosas duren y la gente permanezca. Con todo, Ella en la otra orilla es un canto al espíritu de superación a través de la amistad. Si Aoi se rehízo a sí misma gracias al amor incondicional de Nanako, ella, a su vez, será el acicate para la progresiva conversión de Sayoko. «Cuando estoy contigo tengo la sensación de que podría hacer cualquier cosa», confiesa ésta. Y es que, al final, todo en la vida se reduce a una cuestión de actitud. Novela de calado, muy bien traducida, sería interesante que se difundiera entre madres, padres y docentes.

miércoles, marzo 22, 2017

Fuerza menor, Javier Puche


La Isla de Siltolá, Sevilla, 2016. 124 pp. 11 €

Pedro M. Domene

¿Puede un escritor de microcuentos formar parte de la historia de literatura? se pregunta Juan Bonilla en el prólogo de Fuerza menor (2016), el nuevo libro de Javier Puche (Málaga, 1974). Indiscutiblemente, sí. ¿Dónde queda establecida la frontera entre el cuento o relato, y el microcuento o minificción? El estudioso Fernando Valls señala que, «el microrrelato no es un poema en prosa, ni una fábula ni un cuento, aunque comparta algunas características con este tipo de textos, sino un texto narrativo brevísimo que cuenta una historia, en la que debe imperar la concisión, la sugerencia y la precisión extrema del lenguaje, a menudo al servicio de una trama paradójica y sorprendente.» Todas las definiciones de microrrelato incluyen, al menos, dos características definitorias: la brevedad y la narratividad, y sobre todo, para que exista un microrrelato, tiene que haber una historia, y con esta definición nos alejamos de otros textos breves como los haikus y poemas cortos, los aforismos y las sentencias.
Este extenso preámbulo, sin ánimo de instruir, si acaso informa que un libro como, Fuerza menor, ofrece una estupenda colección de microrrelatos, desde perspectivas muy diferentes y con un acertado resultado. El primer texto, dedicado al inolvidable Javier Tomeo, y titulado, "La incertidumbre", dará el tono al resto, responde sin duda a las pretensiones del malagueño: dos personajes despiertan a bordo de un hidropedal en medio del Mar Negro y, enseguida perciben que se han quedado dormidos por accidente, y no tienen otra opción que seguir pedaleando, sin rumbo, en medio de las aguas oscuras, hacia ninguna parte, y esa incertidumbre que provoca la situación es vida misma que nos empuja a circunstancias insólitas. En un texto tan breve, y al comienzo mismo, Puche ajusta y precisa su lenguaje, consigue un ritmo temperado, nos envuelve en una atmósfera casi asfixiante, muestra una irónica visión del momento que provoca una calculada agudeza satírica, y aun añade un cierto lirismo que cincelará el resto de los textos que componen la primera y más amplia parte. Y este conjunto de cuentos se convierte en un auténtico caleidoscopio, Puche retrata a sus personajes con milimétrica precisión, y los envuelve en una fantasmagórica visión onírica que evocan esos otros detalles que mueven al mundo, “Tenemos que hablar”, un permanente juego de los contrarios, “Asincronía”, deudor de esa extensa tradición de los mejores relatos de todos los tiempos, personas inmortales y fantásticas que tratan de sobreponerse a su propia naturaleza, “El Santo Grial”, seres orantes que perpetúan el rezo pese a los múltiples cadáveres que los rodean, leguleyos decadentes, “Advocatus diaboli”, jueces retirados que imparten su propia justicia, “Justicia a domicilio”, obesos mórbidos que se adentran en una tupida selva de plantas carnívoras, incluso un androide lector, o la evocación de un clásico universal, “Ante la ley”, es decir, otra mirada más, pero diferente sobre el inmortal Kafka. Una parte segunda, tan complementaria como calculada, Seísmos, “Cuentos de seis palabras”, un propósito narrativo aun más milimetrado en extensión, seis palabras para contar una historia, o como apunta el mismo Puche, «más bien sugerirla»; y, por supuesto, el lector se enfrenta a un texto, a un mini-micro-cuento, casi un malabarismo textual, que según percibimos, exige elegir bien la idea y los vocablos que han de vestirla y, pese a su extrema brevedad, el narrador malagueño logra con su empeño que estos microrrelatos aniden en la memoria del lector, y supuestamente le ayuden a concretar el sentido mismo de la vida en apenas seis palabras.

lunes, marzo 20, 2017

Cuando aparecen los hombres, Marian Izaguirre


Lumen, Barcelona, 2017. 390 pp. 21,90 €

Maria Dolores García Pastor

Esta es una historia sobre mujeres, sobre cómo construimos nuestra identidad a través de los otros, sobre el peso de la culpa. Una novela escrita de manera elegante y sencilla pero con una estructura compleja, un juego de espejos en el que la protagonista se construye a sí misma a través de otras dos mujeres, numerosas matrioskas que se abren para mostrar nuevos elementos que complican la trama. Pero vayamos por pasos.
Teresa Mendieta es la propietaria de un hotel que, acabada la temporada, tiene que cerrar a causa de la crisis. El hotel Arana, la Casa de los Cuatro Relojes, en otro tiempo residencia de la familia Dennistoun, sin duda un personaje más de la novela. En ella vivió Elizabeth Babel, una muchacha sorda, hijastra del primer dueño de la casa, a la que iremos conociendo a través de las cartas que se escribió a sí misma, a modo de diario, y que quedaron guardadas en una caja de lata de membrillo La Tropical y que, un siglo después, recuperará Mendieta. Otro personaje importante es Ángela, la madre de Teresa, una mujer desinhibida y adelantada a su época. Todas ellas son mujeres fuertes, contradictorias, decididas y, sobre todo, libres.
La autora se mueve en el tiempo para llevarnos a la infancia de Teresa y, aún más lejos, a conocer lo que sucedía hace cien años en la Casa de los Relojes cuando Elizabeth vivía en ella. Viajamos adelante y atrás en el tiempo sin fisuras, sin que eso distraiga o confunda al lector porque el hilo conductor de la narración es sólido. Y así entramos en el juego de espejos. Teresa tiene dos ejemplos en los que mirarse. Elizabeth es el positivo. Ángela el negativo. A través de las vivencias de Teresa narradas en tercera persona y a través de los testimonios de quienes la conocieron y de las cartas de Elizabeth, en primera persona, vamos desgranando la historia. También viajamos en el espacio, entre Catalunya, Francia y el País Vasco. El mar tiene un papel importante en la novela, los mares Cantábrico y Mediterráneo. El paisaje como un elemento más en la narración de las situaciones y estados de ánimo de las protagonistas, y las casas (Can Ferrer, Punta Carbó, Pedernales) también personajes en cierto modo y elementos clave en el juego de espejos que preside la trama.
Todo ello está aderezado, como los buenos guisos, con infinidad de pequeños detalles que hacen que el todo de la novela sea más potente. Las recetas de cocina juegan un papel importante en la historia, así como los personajes famosos de esa época a los que se hace mención (Salvador Dalí, Tennessee Williams) o a los que sin llegar a nombrar sugiere (Truman Capote, Harper Lee). Sin dejar de lado que irremediablemente la historia de Elizabeth nos trae a la memoria a la maestra Anne Sullivan y a su alumna más conocida, Hellen Keller, que pese a ser sorda y ciega llegó a convertirse en oradora, escritora y política.
Con estos ingredientes Marian Izaguirre da forma a una novela que, si bien al principio parece intrascendente, rápidamente seduce y atrapa. La historia se divide en tres partes que se corresponden con las tres partes de la estructura argumental.  El lector se deja llevar de la mano por la complicada trama, la autora nos guía con maestría hacia un final que convence y que, según ha desvelado en algunas entrevistas, puede ser el germen de futuras novelas.

viernes, marzo 17, 2017

El bosque infinito, Annie Proulx


Trad. Carlos Milla Soler
Tusquets, Barcelona, 2016. 848 pp. 23,90 €

Santiago Pajares

A pesar del título, lo que Annie Proulx nos trata de hacer entender es que el bosque no es infinito. Todo se acaba cuando el hombre, en su infinito afán de riqueza y materias primas, se empeña en destruirlo todo. Pero junto a la historia del bosque, Annie Proulx nos relata la historia de un país por nacer, Canadá, cuando todavía era una colonia europea llamada Nueva Francia. Y lo hace a través de dos familias, los Duke y los Sel. Una historia de más de tres siglos.
Annie Proulx se hizo conocida en todo el mundo a través de dos de sus libros, The shipping news (Atando Cabos, 1993) y Brokeback Mountain (1997), ambos adaptados al cine. Tras quince años de espera, podemos decir, quizá, que este libro es la culminación de su obra.
Esta novela cubre muchas historias. Sus más de ochocientas páginas le dan a Annie Proulx el espacio y la oportunidad para hablar de los bosques de Europa, Canadá, Nueva Zelanda y Estados Unidos, así como de los pueblos indios masacrados y arrinconados hasta casi su desaparición por los colonos del nuevo mundo. Indios que vivían y se relacionaban con los bosques que ellos querían talar para aprovisionarse de madera. Es también la historia de la industria maderera en Norteamérica, y de cómo el hombre lo arrasa todo pensando únicamente en el presente, sin prever el futuro. Es la historia de cómo el hombre está dispuesto a talar al hombre para conseguir lo que quiere.
René Sel y Charles Duquet emigran a Nueva Francia (Canadá) para buscar fortuna. Son contratados como leñadores en condiciones de semiesclavitud para su nuevo amo, Claude Trépagny. Él dispondrá de sus vidas diciéndoles cuando y cuánto trabajar, dónde deben vivir e incluso con quién se deben casar. Charles Duquet, astuto y ladino, escapa hacia los bosques en busca de su propia fortuna, donde está a punto de perecer. Sin embargo, logra sobrevivir y a través del comercio de pieles y madera con Europa y China, crea su propia empresa maderera, Duquet e Hijos, a cuyo mando se irán sucediendo sus descendientes hasta la actualidad. Mientras, su antiguo compañero, René Sel, todavía bajo el yugo de su amo, es forzado a casarse con su concubina india, creando una progenie de mestizos que deberán encontrar su lugar entre los indios en un mundo cada vez más absorbido por los colonos blancos. Las dos familias, a través de sus descendientes, quedarán estrechamente ligadas, contando con cada nuevo hijo, y cada nuevo matrimonio la historia de su propio país.
Podría pensarse que esta es una novela histórica, pero no es así. Basada en personajes de ficción, nos adentramos en la historia de América, Canadá y Nueva Zelanda, pero siempre a través de los bosques y la relación de los hombres con ellos. La abundancia de personajes no abruma, la maestría de Annie Proulx hace que nos adentremos con ellos entre los árboles de la mano, para que nos enseñen cada hoja y cada tronco, para que nos cuenten su propia vida. El bosque no es infinito, pero sí las historias que contienen, cada una única e irrepetible, como un árbol milenario que no debe ser talado. Ya se ha ocupado Annie Proulx de ello con este libro.

miércoles, marzo 15, 2017

Poesía reunida. Aforismos, Ramón Andrés


Lumen, Barcelona, 2016. 354 pp. 23,90 €

Fermín Herrero

Algo tiene que andar mal en la literatura española cuando un escritor, además de músico y musicólogo de excepción, como Ramón Andrés no ha obtenido, salvo el premio Príncipe de Viana, con ocasión del que hizo, dicho sea de paso, un discurso ejemplar, ni uno solo de los reconocimientos que su obra merece. A veces he pensado, bromeándome, en la posible maldición del apellido, pues lo mismo podría decirse del ostracismo en el que se encuentra el también poeta y ensayista Enrique Andrés.
Antes de entrar en las materias aforística y poética, que armonizan y conjugan muy bien en el libro que nos ocupa y de las que hablaré a seguido, se debe recordar que R. Andrés es, aparte, autor de libros sencillamente extraordinarios, compendios de erudición y gracia, casi todos publicados por la editorial Acantilado. Citaré –cuánto he disfrutado y aprendido con su lectura- sus escritos sobre Bach o Mozart; El luthier de Delft, con Spinoza y Vermeer de fondo; El mundo en el oído; un volumen completo en todos los sentidos sobre el suicidio en nuestra civilización o un estudio exhaustivo, de investigación, sobre el silencio en la mística. Hace pocas fechas ha reunido ensayos diversos en Pensar y no caer.
Abundan en la segunda parte del libro los aforismos magistrales. Conocía la parte titulada 'Los extremos', que se deja para postre; los otros dos apartados, ‘Malas raíces’, cuyo estremecedor comienzo, por más que etimológico como el resto de la compilación, de ahí el título, no se olvida fácilmente, y ‘Puntos de fuga’, parece, por la cronología, que han sido escritos en paralelo. Tanto da. En ellos vierte el tarro de sus sabias esencias. Cada página requiere una rumia concienzuda y gozosa, un tiempo largo y reflexivo para escanciarla como es debido, con el aprovechamiento que ofrece. No se puede desperdiciar ni una entrada.
Se puede abrir el libro al azar, a la manera dadaísta, al no ser intonsos ahora no se necesita ni cuchillo, caer en las páginas 222-223 y encontrarse con: «Cada uno siente una secreta eternidad: es la mente que escarba en la infancia»; «El pastor conduce los rebaños al campo como la soberbia nos lleva a la muerte, apacibles»; «No el azar, no los dedos: la rotación del mundo moldea las vasijas», por poner alguno. Al ser largos omito dos aforismos antológicos sobre el espléndido Diario del año de la peste de Defoe y sobre Santa Teresa de Jesús y su retratista Juan de la Miseria.
Ahí van, espigadas a voleo, de la primera parte, otras perlas: «Dejar las creencias y las utopías no significa abdicar, sino purificarse sin necesidad de entrar en el Ganges»; «La salvación: hallar a quien admirar»; «El poder es una forma de tristeza», «La muerte no está al final de la vida, está en su centro»; «Twitter: de cada uno han hecho una jaula y piamos contentos»; «Creernos trascendentes nos hace fatuos»; «Todo está escrito in memoriam»; «Ni en una silla darse por sentado».
De su alta exigencia da buena cuenta asimismo el hecho de que lo que llama poesía reunida sea en realidad su poesía podada. Se presenta de inicio un libro inédito, circular, con Whitman de abertura y de cierre, Siempre génesis, escrito del 2013 al 2015, en el que la sintaxis se ha adelgazado en beneficio de la condensación, pero los versos siguen siendo igual de precisos y permanece el tono meditativo, muy original. Sin embargo, los tres anteriores, Imagen de mudanza, La línea de las cosas y La amplitud del límite, por orden de aparición, han sido desmochados, sobre todo el primero, del que ha indultado sólo tres poemas, de manera inmisericorde. E injusta, a mi escaso entender, aunque el propio poeta declare que de no ser por el editor los hubiera esquimado a matarrasa. La mayoría de los poemas nuevos, aunque algunos son glosas de obras de arte o de autores, se centra en la naturaleza: paseos por los montes y valles navarros, escenas junto al mar cántabro, contemplaciones de sus árboles tutelares…
Tal vez, por ponerle un pero, -«¿quién es del todo defendible?», se pregunta en uno de sus apotegmas- pueda objetarse, aunque en sí sea una barbaridad, que R. Andrés escribe en verso demasiado bien, con una corrección y finura que a veces se entienden enemigas del estro lírico, caracterizado por derrapar por abajo o por arriba. Pero esto no deja de ser una boutade en cuanto la expresión debe aproximarse con la máxima exactitud posible, casi siempre, por desgracia, escasa, al sentir o el pensar del poeta.

lunes, marzo 13, 2017

Mujeres 2, Isabel Ruiz Ruiz


Ilustropos, Madrid, 2016. 42 pp. 15 €

María Dolores García Pastor

Son innumerables las mujeres que han luchado por abrir caminos a otras mujeres, por hacer un mundo mejor o por avanzar en todos los campos del conocimiento y las artes. Sin embargo, no todas cuentan con un sitio relevante en la Historia oficial, copada por figuras masculinas, en la que las mujeres, muchas veces, no tienen sitio. Con el propósito de dar visibilidad a todas estas mujeres excepcionales nació en 2015 Mujeres, un precioso álbum ilustrado y un libro de referencia para que los más pequeños empiecen a visualizar algunos referentes femeninos. Cuenta la autora que al tiempo que creaba este primer volumen se fue gestando Mujeres 2 puesto que eran muchas las féminas que merecían un espacio en el libro pero por cuestiones de espacio se quedaron en el tintero.
En este ideario, homenaje personal de Isabel Ruiz Ruiz a todas estas precursoras, nos encontramos a muchas mujeres de sobras conocidas y otras no tanto, nacionales y extranjeras, del mundo del arte, las letras o la ciencia. Todas pioneras o relevantes dentro del camino que escogieron, revolucionarias o adelantadas a su tiempo. Ada Lovelace, Christine de Pizan, Emma Goldman, Elisabeth Eidenbenz, Federica Montseny Mañé, Hedi Lamarr, Gerda Taro, Hilma af Klint, Junko Tabei, Louise Bourgeois, Malala Yousafzai, María Moliner, Maya Deren, Simone de Beauvoir, Nelly Bly, Valentina Tereshkova, Violeta Parra y Wangari Muta Maathai son las dieciocho protagonistas del libro. Al tratarse de una colección este nuevo volumen sigue los mismos parámetros que el anterior. Cada una de las heroínas se convierte en una maravillosa ilustración que viene precedida de su biografía encabezada por una frase relevante en la que cada una de ellas nos habla de sí misma. Amplía el anterior volumen al tiempo que supone un punto de partida para profundizar en la biografía y los logros de cada una de estas mujeres. Al igual que en la primera parte, las imágenes nos muestran un tipo de rostro de ojos grandes y aire nostálgico en una paleta de colores en la que predominan los tonos grises y azules que acentúan la sensación de melancolía que desprenden las ilustraciones.
En cuanto a las características físicas del libro se trata de una edición de lujo en tapa dura, impresa en papel estucado semi mate a todo color con una encuadernación en cartoné cosido, una pequeña obra de arte. Su autora, Isabel Ruiz Ruiz, es Licenciada en Bellas Artes y Diplomada en Dirección de Fotografía y trabaja como Directora de fotografía e ilustradora freelance. La belleza de su estilo como ilustradora es motivo más que suficiente para hacerse con el libro.

viernes, marzo 10, 2017

Mirlo blanco, cisne negro, Juan Manuel de Prada


Espasa, Madrid, 2016. 439 pp. 22 €

Salvador Gutiérrez Solís

Aunque ya muchos no lo recuerden, Juan Manuel de Prada fue el gran mirlo, delfín o elefante blanco de la joven y nueva literatura española con dos magníficos libros de relatos, Coños y El Silencio del patinador, y una titánica novela, Las máscaras del héroe, que yo sigo situando, años después, entre las mejores obras narrativas de las últimas décadas. Una novela a contratiempo, que mal convivía con los jóvenes compañeros de promoción, que se acodaban en la barra pidiendo una maceta de calimotxo mientras escuchaban la nueva canción de Nirvana. Prada, en ese tiempo, mientras el realismo (sucio o pulimentado) se abría paso sobre el decorado literario, nos ofrecía bailar un chotis tras brindar con un orujo rabioso e intenso. También destacaría de sus inicios La tempestad, una rara avis en la trayectoria de este autor, que bien podríamos considerar como un estupendo “planeta”, si uno bucea mínimamente en las aguas del célebre y millonario premio.
Tras un tiempo de idas y venidas, inmerso en diferentes asuntos, algunos de ellos no estrictamente literarios, regresa Juan Manuel de Prada con este Mirlo blanco, cisne negro que bien puede entenderse como una recuperación, o un revival, del Prada que a mí, particularmente, y no soy una excepción, me sorprendió y fascinó. Y regresa con un ejercicio de artesanía, y hasta de orfebrería, literaria. Prada expone en todo su esplendor sus infinitas capacidades y facultades, mediante un texto en el que se entremezcla con sabiduría, precisión e ingenio el cultismo con su socarronería más particular y brillantemente canalla.
Novela sobre novelas, sobre esa Madonna veneciana y noir que recuerda tanto a La tempestad del propio Prada, y también novela sobre novelistas, desde muy diferentes planos y aspectos. El escritor como sujeto público, el escritor como trabajador por cuenta de su propia obra, el escritor ante sus sombras, referencias y ambiciones, el escritor entre escritores o el escritor que se enfrenta dubitativo, y siempre precavido, a sus creencias, obsesiones y limitaciones.
Se vale Prada para este escaparate metaliterario de dos escritores que, a priori, podrían considerarse los polos opuestos, pero que tal vez formen parte del mismo escritor. El joven Alejandro Ballesteros, talento juvenil, velocista de las letras que despunta con su primer libro de relatos, tal y como le sucedió a Prada, y Octavio Saldaña, el ocaso del talento, tertuliano de tertulias gritonas y grotescas, escritor sin rumbo ni novela, que cree encontrar en el joven escritor la salida para escapar del abismo. Similitudes, resurrecciones, la Literatura y la vida.
Arremete Prada en Mirlo blanco, cisne negro contra el sistema, mundillo o universo literario, y así encontramos referencias, ajustes de cuentas y claves que en ningún caso conforman la trama central. Tengamos en cuenta que contra quien más arremete Prada es contra él mismo. Y es que esta novela tiene mucho de expiación, de arrojarse el fuego destructor, reparador y sanador y a partir de las cenizas, renovadas cenizas, construir al nuevo escritor. Un escritor que recuerda mucho a ese Juan Manuel de Prada que nos deslumbró a tantos, en ese “debut prodigioso”, Coños, tal y como parafrasea en este Mirlo blanco, cisne negro.

miércoles, marzo 08, 2017

Ciclonopedia, Reza Negarestani


Trad. Hugo Castignani
Materia Oscura, Madrid, 2016. 448 pp. 21 €

Pedro Pujante

La editorial Materia Oscura ya nos sorprendió con el lanzamiento de su primer título: En el polvo de este planeta, de Eugene Tacker. Ahora sube la apuesta con Ciclonopedia, uno de los títulos más sugerentes de un género más bien inexistente: el ensayo especulativo de ficción bizarra.
Su autor, el filósofo iraní Reza Negarestani, la publicó en 2008 en Australia y ahora llega a España.
Valiéndose del mecanismo del manuscrito encontrado, (una joven encuentra un texto llamado Ciclonopedia, de un tal Reza Negarestani) se inicia la lectura del mismo en un juego de mise en abyme que ocupa casi la totalidad del volumen. Ciclonopedia es un tratado filosófico, un ensayo delirante sobre el petróleo –‘cadáver negro del Sol’- como fuerza viva que emana de la Tierra, siendo esta una máquina.
Las teorías para explicar el proceso que implica el fluir del petróleo en el mundo se sustenta tanto en Deleuze, la película de El exorcista o en los textos de Lovecraft. Este ensayo, algo retorcido y bastante oscuro, pero a la vez deliciosamente desquiciante y en ocasiones intrigante, entremezcla filosofía, economía, seudogeología, teoría socio-política, ocultismo, religión, literatura marginal y conceptos y neologismos que configuran un sistema teórico de lo más delirante.
Lo llamativo, además de la capacidad para desarrollar una teoría consistente y fantástica al mismo tiempo, es la trasposición de los elementos. El petróleo y la Tierra se entienden como entidades pensantes, el desierto, un organismo autónomo, el viento como unidad de información, los agujeros que recorren el subsuelo son explicados por la ‘poromecánica lovecraftiana’ como máquinas dispuestas para facilitar el despertar y retorno de los Antiguos.
De este modo, con gran lucidez pero también con mucho hermetismo, Negarestani elabora una teoría-ficción, con elementos de la ciencia-ficción, los mitos preislámicos, y la filosofía a un mismo nivel referencial, y así explicarnos los mecanismos que mueven el mundo, el petróleo, las guerras en Oriente Medio, el terrorismo. Máquinas de guerra, el polvo del desierto, agujeros terrestres que funcionan como vacíos narrativos.
En algún momento se habla de ‘Escritura Oculta’, de un grimorio sin trama superficial coherente que parece haber «sido infectado por una plaga de agujeros negros» (página 147). Esta definición parece asimilar la naturaleza de Ciclonopedia, este tratado sobre magia negra y fuerzas extrañas que se ocultan en el petróleo, de agujeros que convocan un vacío milenario y que destruyen la trama secreta que la Tierra ha ido escribiendo durante milenios.
Ciclonopedia es un vademécum demoníaco y lúcido sobre potencias que dominan y configuran el planeta Tierra, máquinas de guerra, agujeros que escriben una trama perversa y milenaria, dioses y maquinarias atroces que conectan distintas culturas.
En definitiva, una Odisea oriental y lovecraftiana del Nuevo Mundo escrita por un Homero paranoico.

lunes, marzo 06, 2017

Manual de jardinería (para gente sin jardín), Daniel Monedero


Relee, Madrid, 2016. 167 pp. 15 €

María Dolores García Pastor

¿Qué tienen en común un adolescente que cree ser la reencarnación de Wislawa Szymborska, una mujer que sólo le es infiel a su marido con hombres mutilados, un oficinista que sueña con ir a Honolulú y un hombre se desvanece progresivamente en las fotos que le van tomando? Que todos ellos son “plantas” del jardín para el que Daniel Monedero ha escrito su Manual de jardinería (para gente sin jardín). Estos personajes y muchos más deambulan por los diez relatos que conforman el libro.
En el prólogo Matías Candeira explica muy bien el tipo de relato que vamos a encontrar en este libro, “excesivo, vivo y hasta furioso” frente a lo que él llama “relato cerrado, aseado”. Diez historias frescas y originales, escritas con diferentes tonos y registros, un conjunto heterogéneo cuyos elementos, aparentemente, no tienen nada en común pero a los que la voz del autor da unidad y coherencia. Monedero no es nuevo en esto de escribir, trabaja como guionista y es autor de libros infantiles ilustrados (como la colección de El fabuloso Mateo junto a Anna Laura Cantone para la editorial Edelvives), aunque sí es su primer libro de relatos. El oficio está presente, la experiencia se nota, cada frase está cuidada, pulida. Hay una clara intención estética, los textos están trabajados en lo estilístico y en lo formal. Se intuye en algún momento la influencia de Eloy Tizón del que el autor fue alumno en Hotel Kafka.
El libro está plagado de referentes literarios, el más evidente es su homenaje a Huckleberry Finn, el mítico personaje de Mark Twain en el relato “Llamadme Mississippi”. Contaba el autor en una reciente entrevista que este relato fue, hace tres años, la semilla del libro, de este jardín que crece en libertad y en el que se dan la mano historias realistas con toques surrealistas que a veces llegan al absurdo salpicadas, en ocasiones, de sutiles pinceladas poéticas. Es también un libro de ausencias como ya se puede intuir en el título, sobre personajes incompletos que habitan otras pieles o buscan encontrarse más allá de ellos mismos. Este es un jardín cuidado pero no domesticado, crece en libertad y en él la maleza se integra dentro del paisaje para conformar un todo que sorprende y atrapa, que muestra tanto como oculta y que gustará al lector que busca nuevas voces en el panorama del cuento español.

viernes, marzo 03, 2017

La vida negociable, Luis Landero


Tusquets, Barcelona, 2017. 333 pp. 19 €

Ignacio Sanz

Qué gusto leer a Landero. Tiene un estilo tan poderoso, una fuerza tan envolvente y arrolladora, un ritmo en la cabalgada que, más allá de lo que nos cuente, de cómo arme sus historias, de las inquietudes que nos trasmitan sus personajes, leerlo es un placer. Uno se adentra en sus páginas como un niño que corriera sin freno en un prado en los días de la explosión primaveral, dispuesto al gozo del bien contar, dispuesto al asombro, a la elegancia y a la sorpresa. Uno tiene la sensación de que detrás de Landero están Cervantes y Baroja empujando la pluma, llevándole la mano con naturalidad. Pero a ratos también aparece el Cunqueiro más fantástico y delirante, sin su barroquismo estilístico, por supuesto. Por lo demás, después de haber leído toda su obra, se podría decir que Landero, con pequeñas variantes, siempre nos cuenta la misma historia, la historia de un perdedor insatisfecho, lleno de sueños que se deja arrastrar una y otra vez por el azar de la vida y que cuando está a punto de conseguir su propósito, le entra un ataque de insatisfacción y regresa a sus ensoñaciones en las que se adivina siempre la sombra delirante de don Quijote.
En esta ocasión y, tras El balcón de invierno, excelsa novela atípica y acaso la mejor ya que rastrea su vida y la de su familia y constituye un conmovedor homenaje a su padre, Landero vuelve a sus viejas artes de fabulación y nos hace un retrato de Hugo Bayo, estrambótico peluquero madrileño. Se advierte un trasfondo picaresco, como si Lázaro de Tormes o el buscón don Pablos latieran tras el espíritu del este peluquero solitario, egoísta e insatisfecho que se pasa las páginas dando espantadas y traicionando a los más próximos.
Hugo tiene a su alcance unos cuantos espejos en los que mirarse y todos distorsionados. Esa distorsión, marca de la casa, crea desconcierto en el lector convencional acostumbrado al sota, caballo y rey de las novelas y películas de aventuras y misterio. Aquí las triples vueltas mortales no dejan de asombrarnos. Y cuando parece que todo vuelve a su cauce, que las aguas se serenan, de pronto una chaparrada imprevista, desborda el río de la narración.
Hay páginas memorables dignas de una antología. La gran parrafada del brigada Ferrer, maestro peluquero que da la alternativa a Hugo Bayo en el cuartel, debería lucir enmarcada en todas las peluquerías. Una maravilla. Por lo demás, Landero, que hasta ahora había sido algo retraído en el tratamiento de escenas sexuales, se ha lanzado de cabeza al campo del erotismo con la elegancia que cabe imaginar. Los escarceos entre Hugo y la coronela resultan tan refinados y tan sublimes que sólo tienen comparación con las luchas amorosas que establece con Leo, una de sus más fieles contrincantes femeninas.
Landero es un excelente narrador oral. A la altura de Antonio Pereira. Los que le hemos escuchado de viva voz contando los mayores disparates sin que se le mueva un músculo de la cara, le imaginamos detrás de una mesa contando estas mismas historias increíbles que aquí pone en boca de Hugo Bayo. Es la manera que tenemos de seguir disfrutando cuando ya la novela llega a su última página. Imaginar el torrente templado de su voz encandilando nuestros oídos con la elegancia de los verbidotados.
Landero está a punto de cumplir setenta años. Lleva treinta publicando. Una novela cada tres años. Todas atravesadas por un estilo poderoso, aunque acaso no todas le hayan salido redondas. Hizo renuncia a premios comerciales cuando le tentaron. No sé qué esperan en las altas esferas para darle uno de los grandes, el Cervantes acaso, para que su obra, traducida a varios idiomas, siga expandiéndose. Leerle es una manera fiable de luchar contra la depresión.

miércoles, marzo 01, 2017

Los perros de la eternidad, Alejandro López Andrada


XXXII Premio Jaén de Novela
Almuzara, Córdoba, 2016. 260 pp. 17 €

Pedro M. Domene

Alejandro López Andrada (Villanueva del Duque, Córdoba, 1957) construye su literatura ahondando en los recuerdos de su infancia y de su juventud, los comprometidos años del franquismo, y el ambiente difícil de ese mundo rural en extinción que sobrelleva con tanto amor como odio, con sostenida emoción y con acertada ternura. Al mismo tiempo, sus relatos se complementan con paisajes de una belleza inusitada, convertida en imágenes de una emotividad absoluta; y el suyo es, ni más ni menos, un universo narrativo tan propio como solo los grandes narradores son capaces de crear.
La última apuesta del narrador cordobés, obtenía el XXXII Premio Jaén de Novela, y ofrece una lectura serena, el retrato de una España contemporánea, con los claroscuros diarios que desvelan nuestro sueño cotidiano, y así debe leerse, Los perros de la eternidad (2016), sin duda, una arriesgada propuesta narrativa que nos obliga a realizar un reflexivo recorrido por ese universo personal, de emocionada inspiración, y con el firme compromiso de una denuncia explícita y manifiesta. Y paralelamente, la mirada del narrador se detiene y dibuja con la palabra un mágico itinerario: nos describe barrios y rincones de una Córdoba califal y cosmopolita, y aunque en su conjunto la visión del narrador se vislumbra melancólica, el recuerdo de la madre-suicida, el reencuentro con el padre enfermo, las primeras experiencias sexuales, el valor de la amistad, o el testimonio de aquellos años comprometidos políticamente, los 70 y el comienzo de la democracia, nos resulta una lectura plácida y, como en la mejor tradición lírica, pese a un constante pesimismo persiste el gozo de vivir de cada día, tanto en lo cotidiano como en lo anodino, lo gozoso o incluso aquellos aspectos más desoladores.
La novela subraya el declive de ese bienestar conseguido en las últimas décadas de la democracia porque en las noticias, y a golpe de telediario, se anuncian continuos desahucios, se ofrecen esperpénticos datos del paro, y se muestra como la clase obrera y la sociedad traspasa el umbral de la pobreza. El protagonista repasa desde la cama de un hospital el devenir de toda una vida, mezcla secuencias del pasado con un presente más inmediato, y su discurso se convierte en un valiente testimonio sobre la corrupción política y la degradación de la cultura, en una ciudad que queda expresamente nombrada: Córdoba. Desde el comienzo, postrado en esa cama de hospital y desde donde ofrece su relato, el protagonista advierte al lector que hace tiempo ocurrió algo grave en el entorno familiar y esa razón, no otra le han llevado a una extraña y compleja existencia. A lo largo de las páginas subyace siempre esa inquietud para solucionar el conflicto que atormentaba al joven Moisés y, por añadidura, a justificar una no menos inexplicable relación paterna que gradualmente se degradaría a lo largo de los años, hasta el momento mismo en que comienza a reseñar su vida, y cuando la muerte aparece como importante trasfondo.
La perspectiva narrativa empleada, el tiempo y los espacios, se exponen de una forma lineal, aunque resulta muy importante la visión retrospectiva de los capítulos y acontecimientos que se van sucediendo, con algunos que otros paréntesis felices, Alicia su novia y futura mujer, los amigos de la infancia y juventud, frente a los duros años del posfranquismo y la lucha social, y lo mejor su entrega a la enseñanza pública, visto todo como parte de un mundo de ficción verosímil. Tan solo cuando los acontecimientos se precipitan, su encuentro con la anciana Genoveva, o la soledad a la que se verá sometido tras la muerte de la esposa, el relato se desdobla en otro modelo de mundo para el protagonista que se sumerge en el delirio, e incluso se confunde con la realidad, porque la vida de Moisés se ha convertido inesperadamente en una pesadilla desde el momento inflexivo en que la imagen del lago le ha perseguido durante toda su existencia. Cuando irrumpen los recuerdos en la vida del protagonista, López Andrada propone una superposición de estrategias tanto descriptivas como narrativas, y ofrece al lector esas vivencias que provienen del pasado del personaje, y sus recuerdos se construyen en imágenes que justifican el presente. En ocasiones, los sueños, las pesadillas, incluso las alucinaciones del enfermo calan tanto en la narración que, pese a su halo de misterio o locura, complementan el sentido de algunos de los personajes que van apareciendo, sobre todo porque el protagonista se considera un prisionero que nunca consigue escapar, nunca ha logrado liberarse de los recuerdos de su pasado para instalarse en el mundo real. Cuando el personaje es capaz de reestructurar su existencia, entierre su odio y perdone, solo así le será posible recuperar los años difíciles malgastados a lo largo de tanto tiempo. La lectura de Los perros de la eternidad emociona, combina tanto odio como amor, y asegura la ternura de algunos pasajes de sobrecogedora belleza.