miércoles, febrero 22, 2017

Hoz en la espalda, Isla Correyero


Huerga y Fierro, Madrid, 2015. 122 pp. 14 €

Verónica Aranda

Isla Correyero, autora de una obra poética sólida y personalísima, con libros emblemáticos como Diario de una enfermera, volvió por fin a publicar en 2015, tras una década de silencio editorial que le ha dado cierto malditismo. Hoz en la espalda está concebido como una ópera dramática. De hecho, fue representada en 2014 en el teatro de la facultad de filología de la Universidad de Salamanca, aunque no incluye acotaciones y no deja de leerse como un poema continuo o soliloquio escénico de siete personajes femeninos (que son una misma mujer) y uno masculino, dividido en cinco cantos: Negación, Ira, Posibles pactos, Depresión, Aceptación, que tiene también mucho de tragedia griega.
Como su título indica, el punto de partida es una puñalada por la espalda, un hachazo a traición, el drama de un divorcio tras años de matrimonio, hijos, posesiones en común, encarnado en una mujer madura, dentro una estructura patriarcal. Tras el estupor inicial ante el abandono y la negación de los hechos, hay una muy lograda evolución psicológica, que explora los límites del dolor y el desarraigo que causa toda ruptura, dándole universalidad. Los leitmotivs que aparecen en cada sección ayudan a reconstruir fragmentariamente la historia (la camisa blanca, el perro, el hijo, la joven amante con la huye el marido, la casa en la montaña, etc.) y la evolución de una crisis que ya acarreaba aislamiento y carencia (nunca pude ser feliz del todo) y que culmina en separación.
Correyero lleva a cabo una poética en verso libre y tono narrativo que busca directamente el desgarrado lenguaje de los desesperados; son voces escindidas que parten del profundo vacío (No sé qué voy a hacer ahora con la vida/ si no te voy a ver bajo la lluvia) y del extrañamiento ante la ruptura. Se podría decir que es una escritura de supervivencia hilvanada con sencillez léxica donde abunda el coloquialismo y cierto lenguaje vulgar, quizá por el propio impulso de liberación del yo lírico, que por momentos parece perder el norte en el poema, pero vuelve a cobrar intensidad en los finales, abrochados con maestría.
A veces, salva la ironía, en las alegorías de animales (como el poema Perros) con que se va forjando el despecho y en las maldiciones bíblicas dirigidas al hombre que es “destructor de vidas”. El “antifaz universal del amor”, nubló a cada una de las voces el entendimiento y la intuición de lo que se avecinaba. De la frustración y los abismos de la depresión, se llega finalmente al no rencor y a cierta paz interior, brillando en soledad: Lo más real soy yo/ andar sola/ brillar. Esta Aceptación que constituye la última parte, es la más lograda del poemario y profundiza en la palabra redentora y en la bondad como la base de nuestra civilización.
El tema del divorcio no ha sido muy tratado en poesía española, en comparación con la poesía en lengua inglesa donde sí se ha abordado más extensamente (cabe recordar poemarios magistrales de Anne Carson y Margaret Atwood), por lo que no deja de ser novedoso, a la vez que nos demuestra que la poesía, en su indagación interior, es terapéutica y sanadora.

lunes, febrero 20, 2017

Si quieres, puedes quedarte aquí, Txani Rodríguez


Editorial Tres Hermanas, Madrid, 2016, 194 pp. 12 €

María Dolores García Pastor

Algunos libros tienen la capacidad de atraparnos desde la primera página, nos arrastran a través de cada palabra hasta llegar al final. Tal vez que la historia comience con su protagonista atrapada en un paso canadiense en medio del bosque, el silencio y la oscuridad, ayude a que eso ocurra, es un inicio muy prometedor, pero no es sólo eso, en Si quieres, puedes quedarte aquí hay mucho más.
La trama es aparentemente sencilla. Andrea y Gonzalo han decidido darse un tiempo en su relación. Ella atraviesa una situación emocional complicada y él la obliga a permanecer en un lugar de reposo y terapias alternativas en la montaña. Lo que debería ser una estancia idílica se irá mostrando como algo desasosegante y oscuro, desde la primera página nada es lo que parece. El paisaje hostil y las muertes constantes de los animales con los que les toca convivir a los inquilinos del lugar, unas ovejas que forman parte de su estancia en una cabaña, hacen que sintamos en todo momento que algo amenaza en la sombra.
Txani Rodríguez crea una atmósfera que consigue inquietarnos y mantenernos en vilo durante toda la novela. Y lo consigue gracias a sus pormenorizadas descripciones de un paisaje agreste que acaba siendo un personaje más, llegando incluso a establecer analogías con los comportamientos humanos, y su maestría para dosificar los diferentes elementos narrativos. También contribuyen a crear una atmósfera enrarecida los peculiares personajes que pueblan la novela y que están tan desorientados o más que la propia protagonista. El propietario del complejo, su ayudante, los diferentes clientes que llegan para instalarse en las cabañas, la viuda de la que Andrea se hace amiga o Gonzalo son personas complicadas, inquietantes a veces, también ellos parecen ocultar algo.
Pese a que la acción transcurre con un tempo contenido, que recuerda a otras obras que acontecen en lugares de reposo como La montaña mágica de Thomas Mann, por poner un ejemplo, la lectura resulta ágil gracias a la brevedad de los capítulos y al estilo contundente de esta escritora. Su prosa me resulta entre descarnada y lírica, sin artificios pero con sutiles pinceladas poéticas. Sumergiéndonos en este episodio vital de Andrea Rodríguez nos lleva a reflexionar sobre la soledad de la vida moderna, el amor y el desamor, la infelicidad o la fragilidad del ser humano, su insignificancia frente a la fuerza de los elementos o la inmensidad e imprevisibilidad de la naturaleza. También se aprecia una mirada irónica sobre determinados modelos de vida actuales.
A lo largo de la novela, y al tiempo que vamos descubriendo algunas cosas, asistimos al descubrimiento de Andrea de sí misma. El final, aunque no es sorprendente, tampoco resulta previsible. Y todo junto deja muy buen sabor de boca. El paso canadiense reaparece al final como una especie de símbolo que cobra importancia en la reiteración, y que nos recuerda de dónde viene la protagonista, y al mismo tiempo acaba convertido en una especie de justicia poética. Si quieres, puedes quedarte aquí fue finalista del XLVII Premio Internacional de Novela Corta Ciudad de Barbastro. Una excelente novela breve que sabe a poco.

viernes, febrero 17, 2017

Porcelain. Mis memorias, Moby


Trad. Jesús Gómez Gutiérrez
Sexto Piso, Barcelona, 2016. 472 pp. 23,90 €

Deni Olmedo

In my dreams I'm jealous all the time / As I wake I'm going out of my mind / Going out of my mind (En mis sueños siempre estoy celoso / mientras despierto salgo de mi mente / salgo de mi mente)

Porcelain (Moby)

Ser pariente de Herman Melville (sobrino-bisnieto) debería haber asegurado una infancia y juventud más o menos prósperas a sus descendientes, pero el señor Melville murió en la más absoluta miseria. Así, Richard Melville Hall nació en el Bronx neoyorquino y pasó parte de su infancia en Connecticut donde solía ayudar a su madre en una lavandería 24 horas. Una madre que no tenía demasiada suerte con los hombres que se iban cruzando en su vida. Una historia que se ha podido repetir miles de veces. Se independizó como sólo podía hacerlo alguien acostumbrado a llevar todos sus ahorros en los bolsillos, viviendo de okupa en una antigua fábrica abandonada en las afueras de New York, y parte de sus escasos ingresos los dejaba en el “alquiler” de un espacio de apenas 30 metros cuadrados. Sí, alquiler, el que tenían que pagar a los guardias de seguridad de esa fábrica por dejarles estar allí. 30 metros cuadrados en que cabían sus pertenencias y una pequeña mesa de mezclas, con la que iba grabando en cintas de cassette las sesiones de música de DJ Moby (lo único que heredó de su tío-bisabuelo Herman). Un sobrenombre que, desde entonces, ya no le abandonaría y que prácticamente ha borrado su verdadero nombre, que muchos solo conocen por la Wikipedia.
Mentira. Hay otra cosa que ha heredado de su famoso antepasado, y es (y esto no lo supo hasta que se puso a ello) su afición a escribir. Cuando un avispado editor le propuso publicar sus memorias, Moby inmediatamente pensó en contratar a alguien que las escribiera, previas entrevistas de documentación. Pero dicho editor le retó a que lo hiciera él mismo. Al fin y al cabo, era familia del famoso escritor de Moby Dick. Como si sólo eso ya fuera una garantía. Y salió bien. Moby no solo es un más que talentoso multi-instrumentalista (él graba todos los instrumentos que aparecen en la mayoría de sus discos), sino que descubrió que escribir le encantaba. Así que se puso manos a la obra. Y el resultado es toda una crónica de una generación que ha vivido la conversión de una ciudad sucia e insegura en la metrópoli por excelencia de este planeta: New York. Sí, son las memorias de Moby, que comprenden la década de los noventa, pero perfectamente podría ser una crónica de la vida de cualquier persona que orbitase en esos años (del 89 al 99) en esa ciudad.
Descubriremos a un Moby profundamente religioso, que creció pegado a una radio, donde escuchaba música constantemente. A su desconcierto escuchando canciones que le provocaban efectos contrarios: por una parte, la letra le hacía pensar que estaba pecando (¡) pero que acababa pensando que no podía ser pecado algo que le hacía sentir decididamente bien. Un Moby de ir a misa los domingos, donde veía a su novia de entonces, y quien le animaba a presentar sus sesiones en cassette en discotecas para conseguir trabajo. El Moby tierno y frágil que sólo podía acertar a pensar qué sería de la motocicleta de un compañero okupa, que acababa de morir en una reyerta cuando le intentaban robar. El Moby abstemio que rechazaba constantemente el alcohol y las drogas que constantemente le ofrecían en sus primeras actuaciones, después de una etapa de su vida en que despertaba casi todos los días tirado en el suelo, rodeado de su propio vómito y que decidió un buen día que ya estaba bien de estrellar coches todas las noches, que encontró refugio en la Biblia y se volvió vegano. Su padre había muerto de alcoholismo y la madre de su mejor amigo también, así que decidió que no quería ser como ellos. Pero el alcohol, las drogas y las resacas matutinas no abandonarían a Moby a lo largo de los siguientes años: las fiestas rave, los conciertos (que empezaban a llevarle a lugares tan lejanos como Japón) y, sobre todo, la muerte de su madre, le devolvían constantemente a la bebida. En realidad, a lo largo de los años, de pasar de actuar en sótanos a grandes discotecas, no le había cambiado nada, siempre manteniendo su particular guerra entre las adicciones y Dios.
Porcelain, como la canción de mismo título que incluiría dentro de Play (1999), es más que un recorrido en diez años de la vida de Moby. Es un retrato de la Nueva York de la década de los noventa. Una mirada en cierta manera tierna e ingenua y, sobre todo, muy honesta y con un punto de humor negro sobre las ganas de triunfar y la decadencia, una vez que vas consiguiendo llegar a lo que te has propuesto. Y con invitados más o menos esperados (como Chemical Brothers, Prodigy, Nine Inch Nails…) y otros que no lo son tanto (Viggo Mortensen o Madonna, por poner sólo un par de ejemplos). Te puede gustar más o menos su música, pero para quien desee saber de primera mano cómo era la cultura de clubs, los grupos que triunfaron en esa década y la vida (más bien nocturna) de un superviviente, la lectura de este libro es imprescindible.

miércoles, febrero 15, 2017

Los celos de Zenobia, José A. Ramírez Lozano


Pre-Textos, Valencia, 2016. 143 pp. 13 €

Ignacio Sanz

Juan Ramón era un neurótico refinado, como suelen serlo los grandes poetas. Qué bien se capta en esta novela en la que los personajes fundamentales, además del propio Juan Ramón y su escudero Juan Guerrero, el cónsul plenipotenciario de la poesía, tal como lo llamó García Lorca, es la propia poesía impura, la musa antojadiza, encarnada en una muchacha que vive en la propia casa de Juan Ramón, provocando los celos de Zenobia. De ahí el título. Pero la musa, como muchacha inconstante y antojadiza, tiende a escaparse, a salir a tomar el aire, a dejarse arrastrar por el primero que la corteje. Además, la musa, como es joven, goza en las fiestas mundanas y en el relumbre de las verbenas. Por eso se escapa una y otra vez. Y entonces el que entra en tensión es Juan Ramón, tan celoso de su obra. No quiere que nadie pueda manosearla por más que ella, tentadora, se deje arrastrar por unos y otros.
El humor, el finísimo humor, se desparrama a lo largo de la obra a través de los encuentros con un elenco de escritores, todos sospechosos de aprovecharse de la musa de Juan Ramón. No en balde aparecen por allí los del 27 tachados como sabemos de hijos bastardos por el poeta de Moguer. Sobre todos recae la duda. Salinas (autor de La voz a mí debida que decía Juan Ramón), Bergamín, ese individuo, Diego, autor de la célebre antología, Alberti, Lorca. Habría que hacer, apunta Juan Ramón, una antología de “mis ecos”. Le obsesionan esos poetas que han homenajeado a Góngora en Sevilla, bajo el impulso del torero Ignacio Sánchez Mejías.
La trama consiste en una serie de fugas y de búsquedas por las casas de algunos de los más destacados escritores de la época, en un Madrid que, en realidad, antes que una metrópolis, parece un poblachón grande, donde todo queda al alcance de la mano, pese a que Zenobia desplaza de un lugar a otro en un moderno coche conducido por ella misma. Así aparecen en su propia salsa las figuras señeras de Azorín, Manuel Machado, Antonio Machado, Pablo Neruda… como personajes de una novela de enredos en la que la finura de Ramírez nos hace partícipes de escenas delirantes que apuntalan algunos de los tópicos que adornan a estos grandes escritores. El huevo frito de la cena aparece sobre la silla en la casa de los Machado. Muy interesante al respecto son las reflexiones que Azorín hace sobre la luz de Castilla y cómo influye en su prosa de pasos cortos. Al final, porque la sangre empuja, la musa se pierde en El Retiro y Guerrero y Juan Ramón emprenden una nueva salid en su búsqueda. Las pesquisas les arrastran primero a Sevilla donde creen que ha escapado tras el embrujo de Sánchez Mejías. Pero no, el torero sin embargo les orienta hacia Algeciras y, después, a través de una llamada telefónica, hacia Casablanca donde la musa engolfada en los cafetines se niega a regresar para decepción de Juan Ramón. Y allí, en el calor abrasivo, se deja toquetear por todos.
De cuando en cuando, la prosa finísima y sugerente de Ramírez Lozano, se ilustra con fragmentos de poemas de Juan Ramón. Esos fragmentos son ventanas maravillosas que nos descubren el esplendor siempre vivo de una obra gigante y original, una obra de la que, pese a todo, Juan Ramón reniega. De ahí el afán de búsqueda de los ejemplares en los que ha aparecido. Quiere quemarlos. Juan Ramón no puede soportar que anden por ahí en manos de unos pocos lectores y, como son tan pocos, los requiere a través de Juan Guerrero para que se los devuelvan con la promesa de hacerles llegar algún día la nueva edición de la que desaparecerán todos esos versos impuros que ahora tanto pesar le causan. En fin, en fin, juanramoniano puro. Una delicia que se lee en dos suspiros y que denota la fineza del autor que ha ganado tantos premios de novela, de literatura infantil y de poesía. Entre otros, cómo no, el premio Juan Ramón Jiménez. Pero, de oca en oca, esta novela viene respaldada por el XXIV premio Juan March Cencillo que concede en Mallorca la Fundación Bartolomé March Servera. Enhorabuena de nuevo.

lunes, febrero 13, 2017

Los amantes anónimos, Salvador Gutiérrez Solís


Stella Maris, Barcelona, 2016. 590 pp. 19€

Eduardo Cruz Acillona

Si uno ha tardado tanto tiempo en reseñar esta novela es porque no quería dejar en evidencia al autor de la misma, que además es amigo…
Y es que cada vez que Salva, Salvador Gutiérrez Solís para los que todavía no se hayan tomado una cerveza con él, publicaba un nuevo libro, la sorpresa se sobreponía a su buen hacer a la hora de llevar a la excelencia la vieja fórmula de sujeto, verbo y predicado, o presentación, nudo y desenlace. Acostumbrados como estábamos a dejarnos llevar gozosamente por nuevos territorios, viene ahora Salva a defraudarnos con Los amantes anónimos
Y digo defraudarnos porque, después de leer las casi seiscientas páginas de esta novela, estoy convencido de que va a pasar mucho tiempo, pero mucho, hasta que Salva nos vuelva a sorprender con un nuevo registro. Este fulano ha creado un personaje tan potente, tan cautivador, tan atrayente, tan con tantas historias que contar que mucho me temo que tenemos protagonista para largo.
Se le ha acabado a Salva el truco de explorar nuevos mundos literarios. Le ha caducado ya la licencia para adentrarse en terrenos vírgenes cual explorador armado de pluma y papel. Para su desgracia, y regocijo de sus lectores, ha creado un monstruo literario en el mejor de los sentidos.
Porque Carmen Puerto no es la policía ni la detective al uso de las novelas de género negro. No. Carmen Puerto es una mujer encerrada en su casa. Su relación con el mundo exterior depende de un teléfono móvil, de un ordenador y de un montacargas a través del cual el vecino del local de abajo, que regenta una peluquería, le proporciona los recursos básicos para la subsistencia. Y bajo esas premisas debe esclarecer una serie de crímenes.
Más allá del argumento, que no vamos a comentar por no correr el riesgo de contar cosas que no debemos, lo que vulgarmente ya se conoce como “hacer un spoiler”, quiero quedarme en reseñar, porque me parece lo más destacable, las afueras del libro.
Hay autores que con seiscientas páginas te hacen una trilogía. Y en muchos casos, infumable. Y hay autores como Salva que, con el mismo número de páginas, te hacen reclamar una trilogía. Después de leer Los amantes anónimos no te queda la satisfacción del crimen resuelto sino el ansia por conocer más a la persona que durante todo un día y sin descanso (porque es lo que vas a tardar en leer el libro, ya te lo adelanto, por si tenías planes) te ha atrapado de una manera tal que te obliga a recurrir a los clásicos.
Me contaba Salva no hace mucho que con la novela negra y con Carmen Puerto estaba disfrutando escribiendo. Me contaba también que Los amantes anónimos es la tercera novela de una serie. A uno le queda la satisfacción de saber que aún están por crearse, como mínimo, las dos anteriores. Y eso compensa, con creces, el disgusto de que el autor, como nos tenía acostumbrados, ya no nos sorprenderá con una nueva propuesta en mucho tiempo.

viernes, febrero 10, 2017

Piel de lobo, Lara Moreno


Lumen, Barcelona, 2016. 264 pp. 19,90 €

Ariadna G. García

Uno de los temas más atractivos y complicados sobre los que escribir es el de las relaciones familiares. En todas las casas existen tabúes que ocultar, relaciones mal avenidas que acaban explotando, y traumas infantiles cuyas asombras alcanzan a adultos carentes de recursos –de sensibilidad, de inteligencia emocional– para encarar con éxito sus vidas. No deja de ser curioso que una institución tan importante desde que nacemos sea a la vez un nicho de problemas, de conflictos, de rencores de lo que a menudo es mejor tomar distancia. Al fin y al cabo, la sangre no deja de ser un líquido viscoso; lo relevante no es el genoma que uno hereda o comparte con otros miembros de su especie, sino la red de valores que los une y sostiene para garantizarles su protección. Pero no siempre resulta sencillo separarse de ese núcleo, por muy tóxico que sea. La inercia, la culpa o la inseguridad sirven de argamasa para recomponer un muro roto. Y de eso trata la última novela de la autora sevillana Lara Moreno (1978). El libro relata la vida de dos hermanas (Sofía y Rita) durante las vacaciones estivales, tras la separación de la primera y la muerte del progenitor. Se localiza en un pueblo costero, en la antigua casa familiar, germen de secretos e infectada de hormigas (como la casa, por cierto, de Subsuelo, de Marcelo Luján; novela que también aborda el motivo de las conflictivas relaciones fraternales). Ambas hermanas cargan con el fardo de un secreto erótico, el de la pequeña (Rita) es verosímil, mientras que el de la mayor (Sofía) resulta un tanto forzado y parece el imprescindible pago del tributo al morbo del que pecan, por igual, novelas y películas. No obstante, abre un motivo importante dentro del libro: el del necesario reajuste sexual en una pareja que acaba de tener un hijo. Éste es un bomba cuya onda expansiva expulsa a las afueras del matrimonio la belleza, el descanso, el sexo. Sofía ama a su vástago pero le resulta un extraño, lo repele y lo quiere a partes iguales. Ni ella ni su hermana saben desenvolverse por la vida. Las une su necesidad común de otras personas que las protejan y cuiden. Se sienten vulnerables. De ahí que sean interdependientes, que no sean capaces de renunciar la una de la otra, y que a la vez, les resulte difícil aguantarse. Cada hermana constituye un espejo que refleja una imagen conocida e hiriente. Tanto que al final deciden romperlo en mil pedazos, en un desenlace de gran intensidad emotiva que se viene gestando durante toda la novela. La historia viene contada por un narrador omnisciente y por Sofía, que actualiza a los lectores acontecimientos importantes de la infancia de ambas. Un rasgo a destacar del estilo es el uso de sintagmas nominales con la función de complemento del nombre, un rasgo poco habitual a día de hoy, pero que gozó de gran estima en el Barroco: “en esta mañana pañuelo blanco”, “la lonja escama gigante”, “pestañas abanico”. Además, la incorporación de los diálogos al texto, sin guiones –como se hace en la narrativa anglosajona– dota al libro de agilidad. Sin duda, Lara Moreno es una de las voces más singulares de nuestra narrativa reciente. No rehúye los conflictos entre los personajes, sino que va buscando su colisión; evita los lugares comunes –novelas protagonizadas por escritores–, y aborda asuntos actuales de los que pocos hablan –las tensiones familiares, la crianza de los hijos, el duelo por la separación–. Novela realista, Piel de lobo ofrece un pormenorizado estudio de la complejidad de la psicología humana, del combate que entabla la angustia contra la confianza.

miércoles, febrero 08, 2017

Sobre las íes. Antología personal, Gerardo Deniz


Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2016. 154 pp. 12 €

José Luis Gómez Toré

¿Qué le ocurre a la crítica española de poesía (uno duda a veces de que exista algo digno de tal nombre) para que un libro como este haya pasado casi desapercibido? Ni siquiera el hecho de que su autor, mexicano de nacionalidad, naciera en España (uno más de esos hijos del exilio, como lo fue también, otro grande de la poesía, Tomás Segovia), parece haber despertado demasiado interés, lo que quizá no hubiera sorprendido demasiado a Deniz, como nos muestra el irónico poema que cierra el libro, “Patria”, que recrea con no poca sorna un viaje a la tierra natal. Aunque no faltan, entre nosotros, declaraciones más o menos pomposas sobre la importancia de mantener puentes con las otras literaturas en español, lo cierto es que una vez más se comprueba que el diálogo con la gran poesía del otro lado del Atlántico es, como poco, precario. Y a sostenerlo no va a ayudar en nada la sorprendente desaparición en la enseñanza secundaria de la literatura hispanoamericana, cuya presencia, casi insignificante, en los programas escolares se ha convertido en la más clamorosa de las ausencias en la última reforma educativa en este país. Como si los legisladores hubiesen querido confirmar aquel exabrupto de César Vallejo en uno de sus poemas, “español de puro bestia” y a la vez asegurarse de que prácticamente nadie sepa quiénes eran un tal Vallejo o un tal Neruda o un tipo con acento argentino llamado Julio Cortázar.
Gerardo Deniz es el seudónimo de Juan Almela Castell (Madrid, 1934-Ciudad de México, 2014), autor de una de las obras más sorprendentes, ricas y divertidas de la poesía mexicana de la segunda parte del siglo XX (y, probablemente de toda la poesía en español). Antipoeta a su manera, Deniz no es en absoluto un discípulo de Parra, por más que el chileno tenga puntos en común con esta especie de Góngora mexicano pasado por las vanguardias (el Góngora, a la vez serio y burlesco, de la “Fábula de Píramo y Tisbe” más que el autor de las Soledades, aunque Deniz es también a su modo un autor hiperculto y, por ello, con todo el derecho a reírse a carcajadas de clásicos y modernos). Póngase en un cóctel al citado Parra con ribetes de James Joyce, a un Lezama Lima más irónico y más caústico, a un Gonzalo Rojas sin atisbo de automitificación, y se tendrá una idea aproximada del tipo de escritura que practica Deniz. Aunque, por supuesto, la referencia a todos estos nombres no hace justicia a su originalísima aproximación al idioma y a la poesía. No es de extrañar el temprano interés de Octavio Paz por los poemas del escritor, pues pocos autores son capaces de mostrar tanta irreverencia ante la escritura lírica y a la vez tanto oficio.
La estética de Deniz es una poética de la libertad. Como afirma en “Principios”, que parece casi un remedo burlesco de la “libertad bajo palabra” del citado Paz, «Lo que escribo tiene el derecho/ —para los fines de la rima/ y todo eso que sólo a mí me interesa—/ de decir que era verde el vestido/ gris en realidad,/ o decir que era martes/ cuando que fue viernes –si me acuerdo—,/ o explicar que el barco enarbolaba calaveras y tibias/ porque lo estaban fumigando./ Tiene este derecho/ y casi ningún otro». La escritura se mueve en un juego constante de asociaciones, a menudo inesperadas, que ponen entre paréntesis el significado, o más bien pareciera como si este fuera arrastrado sin piedad de un lado a otro por la gozosa colisión de significantes que se encuentran entre sí: «Del significado tengo sólo huesos sueltos/ en una caja de cartón, sobre la tabla de arriba,/ con el vestido de novia de mi esposa/ que el jeopardo olfatea». La apariencia caótica, azarosa, como de fragmentos que podrían prolongarse indefinidamente, encierra, sin embargo, una aguda conciencia de lo que es un poema, de las resonancias lúdicas y emocionales de una palabra, de un giro coloquial o de una cita en otra lengua que en otro autor sonaría pedante. La escritura (y la lectura) es así, ante todo, placer, erotismo verbal, y, al mismo tiempo, también testimonio del caos que nos rodea, de la constante perplejidad ante la propia existencia, con la que no parece fácil construir un relato racional. Aunque de pronto lo vivido pueda resumirse en un par de versos tan memorables como dolorosos: «Escribí por ahí que mi infancia no fue feliz, pero sí interesante./ Ahora entiendo que así fue toda mi vida».

lunes, febrero 06, 2017

Sólo hechos, Andrés Trapiello


Pre-Textos, Valencia, 2016. 456 pp. 29 €

Bruno Marcos

Fiel a su entrega anual llega a nuestras manos un tomo más de Salón de los Pasos Perdidos, titulado Sólo hechos, el número veinte del colosal empeño del escritor Andrés Trapiello por hacer literatura con su vida.
En esta ocasión relata lo acontecido en el año 2006 y, aunque parece que todo nos suena a quienes llevamos leyendo toda la serie, sorprende que siempre es nuevo y que siempre nos atrapan sus páginas como si, efectivamente, la vida y la vida registrada en los diarios fueran ese río que permanece a la vez que no podemos bañarnos dos veces en él.
Hay que agradecer al autor que no desfallezca. No sabemos si persiste por compromiso con nosotros los lectores, desde 1990, o por afán de atrapar el tiempo con sus letras. El caso es que las 456 páginas se leen en pocos días y en ellas hay nuevamente pasajes conmovedores y tristes como los que describen los últimos meses de Juan Ramón y Zenobia, confundidos, enfermos y abatidos, poco antes de que el poeta recibiera el premio Nobel. Pero también los hay divertidos como la visita a Miguel Delibes, lúcido y sincero en su vejez, o la que hace a la Real Academia de la Lengua en la que la sobria escena de la toma de posesión del poeta Brines acaba con un cuadro cómico.
También, como en otros tomos, viene un buen manojo de retratos caricaturescos, no sólo de literatos sino de todo tipo de personas que, como siempre reza el frontispicio galdosiano de la serie, allá adonde van llevan su novela.
Están muy bien pintados los cuadros de tiempo que hace el autor cuando entra en casas donde la decadencia ha dejado huellas de una aspiración estética en ruinas, como en la de los Madrazo y, sobre todo, en la casa del poeta y coleccionista de antigüedades Julio Aumente, ya anciano. Dejan en el lector estas románticas visitas a casas cementerio un fuerte impacto de vanitas contemporáneo a la vez que un claro aviso del Et in arcadia ego.
En la parte humorística sobresale el relato de la intervención quirúrgica a la que se somete el dictador Franco, en el Palacio del Pardo porque se niega a ir al hospital, que se convierte en puro esperpento tras un apagón de luz. Dice de él Trapiello que no cree que pudiera hacer novela alguna con él sino, a la manera de Galdós, un auténtico episodio nacional.
Además de esto sus descripciones paisajísticas, las confesiones íntimas o familiares, los avatares de la salud y, por supuesto, sus juicios literarios. Hay que valorar que Trapiello, con esas opiniones que parecieron al principio tan intempestivas cuando el gusto literario de la Transición era una roca inamovible, nos enseñó que se podía decir lo que se pensaba y que había que fragmentar lo que, en definitiva, no era sino un nuevo relato oficial de la cultura. Coincidamos o no con el canon que él defiende esto otro no es poca cosa.

viernes, febrero 03, 2017

La bella Annabel Lee, Kenzaburo Oé


Trad. Terao Ryukichi / Ednodio Quintero
Seix Barral, Barcelona, 2016. 240 pp. 19 €

Santiago Pajares

Annabel Lee era la protagonista del poema de Edgar Allan Poe del mismo nombre, un poema que Kenzaburo Oé leyó cuando era adolescente y que, al parecer, le marcó para siempre. Tanto como para escribir un libro alrededor. Y es que cuando tienes un premio Nobel en el bolsillo, el mundo, al menos literario, es tuyo. Esta novela metaliteraria está protagonizada por el propio Kenzaburo Oé, su hijo, el genio musical Hikari Oé, su amigo de la adolescencia Komori, su madre, su hermana y por Sakura, la actriz que rodó la adaptación cinematográfica del poema cuando era apenas una niña. Quienes de todos estos personajes son reales y quienes inventados, es algo que sólo el autor puede conocer. Pero ése parece ser el juego, mezclar la realidad y la ficción para crear un mundo nuevo.
Kenzaburo y Komori han pasado treinta años sin verse, desde que el escritor, futuro premio Nobel, y su amigo, ya productor de cine internacional, fallaran en la consecución de un proyecto cinematográfico que también englobaba a la actriz que protagonizó el poema Annabel Lee, Sakura. Los tres, para conmemorar el bicentenario del nacimiento del autor romanticista alemán Heinrich von Kleistv, tratan de rodar la adaptación de su libro Michael Kohlhaas, una adaptación que Kenzaburo Oé tendrá que escribir pese a no tener ninguna experiencia en el mundo del guión cinematográfico. Como si esto no fuera suficiente, el autor trata de buscar una conexión con las revueltas campesinas que hubo en su provincia de nacimiento, además de con la obra teatral sólo para mujeres La madre de Meisuke, protagonizada hace años por su propia madre. Lo que en un principio parecerá girar alrededor del propio autor, acabará girando alrededor de Sakura, la actriz, que está tan comprometida con el proyecto, no dudará en dejarlo evolucionar hasta el punto de cambiar de género al protagonista para poder interpretarlo ella misma. Pero la actriz es una mujer herida, con un pasado misterioso en el que, de una extraña forma, también hay un hueco para el propio premio Nobel.
En esta novela se repiten muchos de los temas que ya suele tratar Kenzaburo Oé: Los férreos código morales, los dilemas éticos o las relaciones de amistad. Otra vez con él mismo de protagonista.
La novela narra tres épocas: La adolescencia de Kenzaburo Oé, cuando coincidía en el colegio con Komori, ya estrella de las letras, donde vio la película protagonizada por Sakura. La preparación quince años después del proyecto Michael Kohlhaas que reunirá a los tres y fracasará estrepitosamente. Y el presente, donde Komori, para tratar de redimirse, intentará un último proyecto con los tres protagonistas de la historia. El hilo conductor de estas tres edades en la narración será Sakura y el drama personal que arrastrará consigo toda su vida. Toda la trama irá cambiando de dirección, casi siempre de forma imperceptible, de manera que el lector nunca sabrá del todo dónde se encuentra. Pero Kenzaburo Oé sí lo sabrá. Siempre estaremos en el lugar que él ha preparado para nosotros, con una delicadeza y una perspicacia que nosotros no poseemos. Claro, por eso él tiene un Nobel y nosotros no.

miércoles, febrero 01, 2017

La barba de Peter Pan, Nerea Delgado


Frida Ediciones, Madrid, 2016. 110 pp. 12 €

David Alfaro

Las cosas se pueden decir a plomo y a pluma, como los comunes o como los elegidos, a borbotones o estilizadas, como primero te venga a la lengua o pasándolo por el tamiz de la mente y el verso. Por eso voy a arrancar esta crítica a lo bruto para después tratar de ser más académico progresivamente como corresponde a un texto de este calado. La barba de Peter Pan me ha dejado patidifuso, agilipollado, como te dejaba la tía buena del barrio cuando a los quince años cruzaba el parque perseguida por sus mentiras y nuestras palabras; con esa irreverencia de quien se sabe elegida y le sale el duende y el carisma de forma natural. Así me ha resultado la lectura de unos versos que, aunque en ocasiones estén por hacer, tienen esa explosividad novísima de aquella primera adolescencia que te aturulla la mente de pensamientos excitantes y te descubre una vida que hasta ese instante ni imaginabas que pudiera existir.
Los poemas de Nerea Delgado tienen el cariz de toda la nueva poesía que se está extendiendo por internet como los besos en la primera cita de dos amantes que se gustan demasiado. Tiene de directa, tiene de incauta, de zalamera y de sorpresiva. Huye de la solemnidad, la rima, la métrica y la perfección que tanto estaba alejando los versos de nosotros, seres tan humanos e imperfectos. Nerea nos golpea, nos marca la linde por donde camina y nos dice que la sigamos por sus sentimientos, sabedores de que no vamos a perdernos porque también son los nuestros; emociones de lo que vivimos, de la juventud que se fue o que acaso está por llegar.
Tienen algo de analgésico estos versos, «el poder curativo de estrenar juego de mesa». Cuidado con la nostalgia, apremian las letras de la señorita Delgado a la melancolía como lo hace el triunfo divino que con el tiempo sabe a fracaso mundano; la mutación de morreo juvenil a este amor ya maduro con barba de tres días. El primer beso sólo se da una vez, por eso es obligatorio compartirlo, «el beso leyenda, el beso del que nadie regresa para contarlo». Este no es un poemario para hacerle una crítica académica, sino para disfrutarlo; disfrutarlo como placer culpable, que es de la única forma en que supiste hacerlo entonces, cuando Peter Pan te parecía un niñato porque tú querías ser mayor, mientras él se reía a tu espalda viendo cómo cada año te alejabas más de él, que siempre fuiste tú, a fin de cuentas; aquél al que terminarás suplicando: «Habla bien de mí cuando vayas al infierno, diles que fui exactamente igual que tú».
Da igual si padeces de prejuicios y te cuesta abrirte a lo que fuiste. Pronto estarás desarmado y pensarás: «Ahora somos dinosaurios mirando al cielo, quietos, agarrados de la mano, sin esperanza, sin confiar en nada, esperando el meteorito». No reniegues de ti porque te creas más maduro que estos versos naturales y cercanos, aprende a gozar, diciéndote eso de «que los ojos son otra historia, que la vista tiene que ver con el tacto». Y aprende de ella que no admite tapujos y te dice: «Aprendí de ti que en el segundo de un estornudo puedes verte de niño y que eso es el futuro». Si ese verso no merece otra página, que venga Petar Pan y le vea.
No deja de ser un poema como un polvo breve e intenso. El primer día dependes de la otra persona; a partir de ahí está en ti repetirlo sin caer en la rutina. Esto es lo que me da por pensar cuando caigo en algunos ripios juveniles devorados enseguida por letras maduras, añejas, con el brillo especial que sólo saben dar una mirada inocente que simplemente quiere contarte lo que siente. Sólo así podrás entender cuando «te desnudas y en ese momento recuerdo para qué sirven mis manos».
«Nos hemos olvidado, ahora toda mi piel es un libro de historia» asegura la autora en uno de sus capítulos que, como islas en Neverland forman un reguero de historias por las que ir saltando de una a otra hasta que el capitán Garfio acabe aplaudiendo muy a su pesar. Pero tanta juventud pasada no es más que presente en ciernes hecho lamento en el futuro, como puede verse en el poema que para mí prima sobre el resto y sobresale por maduro, consistente y devastador. Se trata de “Las palomas de Roma”, del cual no adelantaré ningún verso para tengáis que asomaros a él de nuevas; un prodigio de originalidad tardía y desgarrada, que imprime novedad en la era de la metáfora sobada, gastada de tan pocas veces que alguien las sabe usar, como es el caso.
Cuando uno ha terminado la lectura y le han dejado trastocado y del revés, con la sonrisa en la garganta y la emoción en los labios, remata Nerea con los «Garfios que arrancan las hojas del calendario», unas máximas mínimas en forma de frase breve que son una delicia para dejarte un final dulce que te hace entornar los ojos y atusarte con amargor tu barba de Peter Pan que ya no podrás nunca afeitarte.
Sin duda, a Gil de Biedma se le pasó este poemario de un brochazo ebrio por la frente antes de irse al cuaderno aquella tarde a emborronar su: «A qué vienes ahora, juventud…». Eran otros tiempos, en los que la poesía, como ahora, no daba para comer. Dice Karmelo Iribarren que cuando le preguntan si se puede vivir de la poesía, suele responder que difícilmente, salvo en alguna rara ocasión en la que tiene que decir la verdad: «Lo que no se puede es vivir sin ella». Al acabar con el poemario y la crítica me ha pasado como al último verso de Nerea Delgado: «Me he quedado con una mano delante y otra detrás, sí, pero ninguna tapando la sonrisa».