jueves, octubre 31, 2013

Los osos, Vsévolod Garshin

Trad. Sara Gutiérrez. Contraseña Editorial, Zaragoza, 2012. 160 pp. 16 €

Victoria R. Gil

Dos años después de que La señal y otros relatos nos devolviera a uno de los mejores cuentistas de la literatura rusa, injustamente olvidado en nuestro país, la editorial Contraseña publica otro libro de relatos de Vsévolod Garshin de la mano de la misma traductora, Sara Gutiérrez, y con el crítico literario José Carlos Mainer firmando de nuevo un prólogo que nos asoma a la figura de este autor de vida tan breve como su obra, e igual de intensa.
Las seis narraciones de este volumen comparten honestidad y pasión con las que conocimos entonces y abundan en esa responsabilidad moral que impregna la obra de Garshin y la de todo un siglo literario como ha habido pocos, el XIX ruso, que escribió contra la ignorancia y el abuso de los poderosos. Ese compromiso se cobró un precio muy alto y no sólo por el trágico final del propio Garshin. Se lamentaba Rosa Luxemburgo en su prólogo a la obra de Vladimir Korolenko, que “en ningún otro país existió tan elevada tasa de mortalidad juvenil entre los representantes más prominentes de la literatura como en Rusia. Morían por docenas, en la flor de su juventud, los más jóvenes a los veinticinco o veintisiete años, los más viejos a los cuarenta, por ejecución o por suicidio -directo o disimulado tras un duelo-, algunos por demencia y otros por agotamiento prematuro”.
Así murieron Lermontov, Pushkin, Gogol, Chéjov… Y así murió Garshin, un poco por todos esos motivos a la vez: demencia, agotamiento premauturo y suicidio, después de escribir un puñado de cuentos, en absoluto «imparciales ante el caos», ya que, como creía el autor ruso, «jamás el arte podía cifrarse en la almibarada reproducción de un bello paisaje primaveral, sino en el reflejo del dolor del mundo del trabajo de los humildes». En palabras de Mainer, «los descubridores europeos de las letras rusas del siglo XIX se admiraron enormemente de la inocencia generosa de los autores y de su profundo sentido moral, poco amigo de las complejidades, los refinamientos y la ambigüedad que aquejaban a las letras posrománticas occidentales». Es quizás la conjunción de esa responsabilidad personal por la que siempre se sintió obligado Vsévolod Garshin a escribir al servicio del bien y de su propio carácter maniaco-depresivo lo que proporciona a su obra el ímpetu y la franqueza que llegan intactos hasta nosotros, como el afán moralizador que los inspiró.
Es cierto que algunos de estos relatos sentenciosos puden parecernos simples e ingenuos, acostumbrados a demasiadas moralejas. Tal vez “La leyenda del orgulloso Aggueie” y la drástica conversión de su tirano protagonista en un humilde siervo de Dios no nos conmueva ya. Pero seguro que sonreímos con la fábula “Lo que no ocurrió”, donde resulta que el tamaño sí importa en la vida animal de una granja, o nos compadecemos de esa palmera, “Attalea princep”, cuando descubre que lograr los deseos se parece más a una maldición que a un premio. Tampoco podremos evitar un escalofrío y algún respingo con esa otra narración, “De las memorias del soldado Ivanov”, desprovista de toda herocidad, sudorosa y absurda, donde los soldados se arrastran por las trincheras de una batalla que no entienden y no les importa, pero que seguramente acabará con ellos, aunque tengan la suerte de sobrevivir a las balas.
La participación del propio Garshin en la guerra le pondrá en contacto con lo más violento y mezquino del ser humano; nacido bajo la autocracia zarista, será testigo además de las desigualdades sociales de la época. Impresionado por todo ello y forzado por su conciencia a combatir las injusticias, escribirá desde la rabia y el dolor, con la desesperación de quien no entiende el mundo que le rodea ni las decisiones de quienes lo habitan. Ese desarraigo respecto a los otros, que recuerda un poco el extrañamiento del Meursault de Camus, se aprecia en el relato que abre esta antología, “Una novela muy breve”, donde ni la farsa ni la ironía logran ocultar el disparate en que puede convertirse a veces la vida y lo ajenos a ella que nos podemos llegar a sentir.
“Los osos”, el texto que da título al volumen, responde a los postulados del romanticismo literario que exalta las tradiciones nacionales y el folclore. La libertad que representan zíngaros y gitanos choca con la realidad burocrática de un país que arrasa con su pasado sin miramientos y sin saber con qué futuro lo sustituirá.
Vsévolod Garshin no llegó a ver ese futuro. Se suicidió a los 33 años, acaso por un trastorno bipolar heredado que limitaba sus opciones de ser feliz o debido a la pulsión trágica de un artista insatisfecho. Quizás, sólo cansado de una lucha tan desigual como la que se había impuesto contra la maldad del mundo.

miércoles, octubre 30, 2013

The Wanderers. Las Pandillas del Bronx, Richard Price

Trad. Marc Viaplana Canudas. Mondadori, Barcelona, 2013. 263 pp. 17,90 €

Salvador Gutiérrez Solís

Han escondido los juguetes en el baúl de la memoria, apenas ya pisan la pista de baloncesto y prefieren quedarse en la grada, fumando, escupiendo, hablando de sus cosas. Son cosas nuevas, no todas buenas, diferentes, cosas de niños que quieren ser hombres lo antes posible y dejar de ser niños —lo antes posible—. Los primeros cigarrillos, cerveza y chupitos de güisqui. Los primeros besos, esas caricias en el portal. El barrio es oscuro cuando el reloj avanza y los callejones son el escenario de reyertas, intercambios y demás negociaciones, y hay que cuidar el barrio, hay que defender el barrio y, sobre todo, hay que dominar el barrio. Hay otros como ellos, otras pandillas, que también se han marcado el mismo objetivo. Son los años sesenta y ellos son los Wanderers.
Richard Price, al que una inmensa mayoría descubrimos gracias a la majestuosa The Wire, debutó en la literatura a los veinticuatro años con The Wanderers. Las pandillas del Bronx. Una soberbia postal de la adolescencia como un tiempo en la frontera de la vida, entre la niñez y la juventud a la vuelta de la esquina. Tiempo de transformación, la mariposa vuela por sus propios medios, con sus nuevas alas, tratando de encontrar y encontrarse.
Lawren Kasdan filmó la prodigiosa Reencuentro y Richard Price escribió The Wanderers, y ambas obras pueden entenderse como eslabones de una misma cadena, situadas en lugares diferentes: al principio y al final. También podríamos referirnos a American Grafitti, de Lucas, y hasta a Rebelde sin causa, del ojeroso James Dean, pero temo que empezaríamos a alejarnos demasiado. Las primeras obras de Spike Lee —antes de perderse en su propio laberinto—, incluso, podrían entenderse como una actualización de la novela que nos ocupa.
The Wanderers narra la adolescencia, a ratos salvaje, a ratos solitaria, siempre emocional, de un grupo de chavales de barrio en los trepidantes y confusos años sesenta. Richard Price se apoya en lo que podríamos calificar como “realismo melancólico”, un realismo que no renuncia a su capacidad informativa, a la fotografía social y personal, pero que mantiene la emotividad y transparencia de los personajes. Una adolescencia de mitos, ya sean musicales, deportivos o cinematográficos, pero también la mitología de los chicos duros, que imponen su poder con una sola mirada, o de los chicos aventajados sexualmente, que narran sus conquistas, sus experiencias, ante el asombro de quienes les escuchan. En este sentido, Price se abraza a la épica, sobre la que se construye la mitología, para descifrar algunas de las claves más representativas de la adolescencia. El descubrimiento forma parte de la épica, pero también la conquista, la sensación de haber sido el primero en llegar.
The Wanderers es una novela soberbia, fresca, brillante, desnuda en cuanto a su sinceridad, seca y áspera cuando lo requiere, divertida en su justa medida, magistral en su desarrollo, perfecta en la elección de las herramientas y materiales que utiliza Price para enmascarar el artificio literario, para dotarlo de una cercanía, de una emotividad, que nos roza la piel.

martes, octubre 29, 2013

1913, Un año hace cien años, Florian Illies

Trad. María José Díez y Paula Aguiriano. Salamandra, Barcelona, 2013. 316 pp. 19 €

Ángeles Prieto Barba

Uno de los planteamientos históricos más manidos del terrible siglo XX radica en si podía haberse evitado la Primera Guerra Mundial, cuya consecuencia más evidente hubiera sido ahorrarnos la Segunda. Y la respuesta es sí. En 1910 se publicó el ensayo del británico Norman Angell, La gran ilusión, de enorme repercusión en toda Europa, defendiendo la tesis de que las condiciones económicas del mercado, ya entonces globalizado y boyante, impedirían cualquier enfrentamiento bélico futuro, desquiciado y ruinoso. Como es evidente, el autor se equivocó porque el auge de los nacionalismos, la competencia colonialista y la carrera de armamentos terminarían por imponerse. Circunstancias que bien podrían haber sido solventadas por gobernantes menos fatuos, más capaces y con menos fe en el raudo fin de un conflicto que duraría cuatro años y cuatro meses, llevándose por delante a unos 20 millones de personas, entre civiles y militares. Al menos, eso se desprende de la lectura de un gran clásico sobre la materia, libro que recomiendo junto al poético y reciente 14 de Echenoz, titulado Los cañones de agosto, de la periodista norteamericana Barbara Tuchman.
Pues bien, este libro del alemán Florian Illies que analiza las vísperas de la hecatombe, responde a la ecuación simple de dividir 1913 en sus doce meses respectivos, fijando toda nuestra atención en las vivencias de las grandes personalidades artísticas del momento siguiendo el calendario. Figuras inolvidables pertenecientes al mundo del libro, la música o la pintura, en los que constatamos con humor que se hallaban en su mayoría presas de serios problemas psicológicos, cuando no psiquiátricos. Es sorprendente la nómina de esquizoides, paranoicos, adictos irredentos y neuróticos que podemos encontrar en estas páginas del momento, como si todos hubieran contraído una enfermedad del siglo difícilmente erradicable. Lo cual nos lleva a vislumbrar con cierta premonición la tragedia en ciernes que cambiaría estas vidas por completo, fueran o no al frente. Por eso nos hallamos ante un libro de elaboración y estructura aparentemente fácil, pero muy inteligente y de penetrante análisis.
De hecho, 1913 se cierra con un acontecimiento político y artístico fuera de lo común, como fue el robo y posterior recuperación de La Gioconda de Da Vinci en una protesta de signo nacionalista, convirtiéndose así en el cuadro más famoso del mundo. Meses antes de estallar la guerra, este retrato de sonrisa misteriosa adquiere un claro simbolismo. Como representativos son también todos los personajes que desfilan por el libro, siguiendo la estela novelística coral de John Dos Passos, imitada por la Colmena de Cela, en la que unos más que otros dan solidez al texto por gozar de más presencia, mayores zozobras y protagonismo, como Kafka, tan frágil y tan representativo. Pero están ahí también en posición de firmes Picasso, Thomas Mann, Rainer María Rilke, Bertolt Brecht, Georg Trakl, Ernst Jünger, Gertrude Stein, Oskar Kokoschka, Robert Musil, Albert Einstein, Sigmund Freud rompiendo por completo las relaciones con su discípulo Jung, o esa Camille Claudel que ingresa en el manicomio para no salir nunca. Vidas devastadas en su mayoría por trágicas historias amorosas marcadas por la homosexual reprimida, el incesto, la poligamia desordenada o la impotencia que nos transmiten una nítida imagen de malestar individual y social. Cien años después, con crisis en los mercados y sin una gran guerra en el horizonte, no estamos mejor, lo cual nos hará reflexionar. Para ello, léanla.

lunes, octubre 28, 2013

Cómo vivimos y cómo podríamos vivir. Trabajo útil o esfuerzo inútil. El arte bajo la plutocracia, William Morris

Trad. Federico Corriente. Pepitas de calabaza, Logroño, 2013. 192 pp. 10 €

Pilar Adón

William Morris (1834-1896) ha quedado para la mayoría de nosotros como el diseñador de telas y tapices del que podemos comprar postales cada vez que ponemos un pie en el Victoria & Albert Museum de Londres. Un esteta minucioso y maestro de las artes decorativas. Pero para sus contemporáneos fue, ante todo, un poeta y un pensador de tintes renacentistas que tuvo la mala fortuna de ir a vivir en un tiempo cuyo espíritu aborrecía: el de la Inglaterra que coincidió con el apogeo del orden capitalista. Hijo de la revolución industrial, Morris despreciaba la frialdad y la crueldad del sistema económico de su época (que, en sus propias palabras, amenazaba con destruir «la belleza de la vida») y abogó por la búsqueda de la perfección y por un auténtico disfrute de la existencia por medio de una reciprocidad social al estilo de los gremios de artesanos de la Edad Media. Quiso huir del arte elitista, trascendente, y ennoblecer la grandeza del trabajo diario. De este modo, junto con otros miembros de la hermandad prerrafaelita, como Dante Gabriel Rossetti y Edward Burne-Jones, fundó una empresa inspirada en las técnicas de las artes y los oficios de la época medieval, en la que primarían, sobre las frías prácticas industriales, unas relaciones laborales armoniosas basadas en los principios del trabajo artesanal. La idea de crear esta empresa de artes decorativas surgió de manera espontánea cuando Morris contrajo matrimonio con la serena y elegante Jane Burden, musa de los prerrafaelitas, y tuvo que decorar la casa que construyó para ella: su Red House. Más tarde, se haría con la titularidad exclusiva de la sociedad y sus trabajos tendrían un enorme éxito entre la alta burguesía, hecho que produjo en él un sentimiento de profunda contradicción interna, pues sus principales clientes eran justamente aquellos a los que despreciaba por ignorantes e irresponsables y a los que, precisamente, había querido enfrentarse con la creación de esa misma empresa.
Morris ensalzó con vehemencia unos valores opuestos a los que imperaban en su época. Sus opiniones políticas viraron hacia posturas que propugnaban la creación de un socialismo en el que poder llevar a la práctica su sueño de una vida distinta, en la que primaran la armonía frente a la competencia, la colaboración frente al aplastamiento. Y en estos aspectos de índole más política y económica, no tanto estética, inciden las tres conferencias que se reúnen en este volumen y que fueron pronunciadas en los años 1883 y 1884. Unos textos de un vigor y una actualidad sorprendentes, que parecen haber sido escritos por un contemporáneo nuestro, tal es su vigencia. Donde Morris veía miseria, oponía a ella la nobleza del trabajo. Donde primaba el capitalismo industrial, propugnaba valores de igualdad. Donde observaba fealdad, insistía en el derecho de todos los hombres a la belleza. Contrario a la hipocresía de un sistema de producción que consideraba vulgar y esclavizante, a su fundamento y desarrollo, y muy influido por las teorías del crítico y esteta John Ruskin, Morris se convirtió en un auténtico agitador que sostenía que la única manera de llegar a la revolución socialista era «haciendo socialistas». De modo que, llevado por la certeza de que su sistema era realizable y en ningún caso utópico, se dedicó personalmente a la educación y formación de sus conciudadanos. Buen ejemplo de ello lo encontramos en estas tres conferencias que ahora publica Pepitas de calabaza. En ellas se nos habla de los inicios de un mal que ha derivado en la situación que conocemos tan bien en la actualidad: la búsqueda del máximo beneficio a cualquier precio. También de la competencia como un estado de guerra en el que se busca el lucro propio a costa del perjuicio de los demás; de los vicios de la especialización en el trabajo que hace que, cuando un puesto se pierde, el trabajador no tenga los conocimientos necesarios para ocupar otro; de la suciedad y el feísmo imperante en las ciudades; del poco cuidado que se presta al entorno; del miedo a los cambios drásticos… No obstante, Morris no se limita a enumerar problemas: también sugiere soluciones prefigurando, por ejemplo, la creación de un sistema similar al del mercado común europeo, en el que «todas las naciones civilizadas formaran una gran comunidad, acordando en común todo lo referente a la calidad y cantidad de producción y de distribución necesarias; ocupándose de producir los bienes allí donde mejor pudieran ser producidos e impidiendo el despilfarro por todos los medios».
En este brillante volumen, cuya pertinencia es indudable, se nos habla asimismo del amor innato del hombre por la belleza, de la eterna vocación de felicidad que posee el espíritu humano, del arte como «ayuda y solaz en la vida diaria», de la preponderancia del individuo frente a las máquinas y de que el auténtico progreso solo se puede alcanzar en armonía con la naturaleza. Esta idea de Morris acerca de volver la mirada hacia soluciones más naturales y menos industrializadas y de considerar que el hombre forma parte del espacio natural y no del tecnológico es, en realidad, relativamente joven, pero el mundo se ha transformado a tal velocidad, nos hemos convencido de tal manera de que el beneficio y la rentabilidad mandan, que hoy se nos puede antojar no ya una utopía, sino un absurdo, volver los ojos hacia semejantes planteamientos.
No quiero dejar de hacer mención al elaborado trabajo preliminar de Estela Schindel y a la traducción y notas de Federico Corriente, que facilitan la lectura de este magnífico libro sobre el trabajo, sobre cómo considerarlo y sobre cómo enfrentarnos al imperio que ejerce en nuestras vidas. En esta época que parece haberse olvidado de la belleza y de las humanidades para centrarse en las omnipresentes diosas de la economía y la política, es necesario leer a Morris y descubrir, de manos de un autor del siglo XIX, cómo vivimos y cómo podríamos vivir en el siglo XXI.

viernes, octubre 25, 2013

Sobre la escritura, James Joyce

Ed. Federico Sabatini. Trad. Pablo Sauras. Alba, Barcelona, 2013. 116 pp. 12,95 €

Nabor Raposo

Existen ejemplos de obras narrativas que, pasado cierto tiempo, materializan su carácter visionario al haber anticipado, con su publicación, los cambios que la sociedad experimentó después. Orwell y su 1984 tal vez constituyan el paradigma más citado. Sin embargo, muy pocos escritores se han atrevido a catalogar en vida su producción como un conjunto de obras maestras de la Literatura universal sin suscitar la burla y el escarnio de sus contemporáneos. Tal vez la única excepción sea James Joyce (1882-1941), quien dejó dicho sobre Ulises que señalaría «una nueva orientación de la literatura […] por mucho que critiques el libro, hay algo que no puedes negar que he logrado: liberar a la literatura de sus viejas ataduras […] hazte cargo de que se ha iniciado un nuevo modo de pensar y de escribir, y quienes no se amolden a él se quedarán atrás». Lo que en boca de cualquier otro escritor podría considerarse, en el mejor de los casos, una boutade sujeta a las interpretaciones más arriesgadas, en la pluma del irlandés más universal hoy sienta cátedra. Incluso Hemingway, que era el más arrogante de todos, confesó que cuando vivía en París en los años veinte solía deambular por Shakespeare & Co., la librería de Sylvia Beach, con la esperanza de verle. Tal vez porque sabía, ya entonces, que Joyce tenía razón. El resto, casi un siglo después, no deberíamos tener reservas para concedérsela.
Federico Sabatini (1973), catedrático de Lengua y Literatura inglesa en la Universidad de Turín, recopila en este libro una serie de citas, apuntes y diversos escritos obra de Joyce que versan sobre la cuestión artística –en su sentido más amplio y etéreo–, el proceso creativo y el oficio de la escritura. Todos los textos han sido extraídos y seleccionados principalmente de la producción narrativa del autor de Dublineses y de la correspondencia que mantuvo con familiares y editores, además de algunas conversaciones publicadas en otros volúmenes de carácter biográfico.
Sobre la escritura consta de dos partes diferenciadas: la primera, referente a "La obra de arte", aglutina el pensamiento joyceano sobre la definición de esta materia, los conceptos de estética y epifanía, el proceso de la escritura, los estilos literarios y demás cuestiones como la imaginación, el lenguaje y otras reflexiones muy personales sobre la labor de los críticos y editores. La segunda se centra más en la figura del artista, e ilustra desde su propia perspectiva las preocupaciones de todo escritor. El conjunto constituye un óptimo complemento ensayístico para acercarse a las obras capitales del escritor más influyente del Siglo XX, bajo la premisa tan extendida en la crítica especializada que dicta estar todavía “aprendiendo a ser los contemporáneos de Joyce”.
Y es que las tesis revolucionarias planteadas en su día por el autor siguen cobrando vigencia y manteniendo ocupados todavía hoy a críticos y estudiosos en universidades y estamentos literarios de todo el mundo. Joyce liberó al arte de la tentación de convertirse en una mera imitación de la vida: apelando a las sutilezas y ambigüedades de la inteligencia moderna, empleó su escritura como un instrumento para recrearla. Así, reinterpretó la literatura en un ámbito cercano a las matemáticas, ensalzando sin cortapisas sus condiciones de realidad y pureza. Llevó las posibilidades de la disciplina hacia límites desconocidos hasta entonces a través de un método evolutivo que recurría a la experimentación lingüística con una sola finalidad, la estética, lo que entrañaba asimismo llevar a cabo una reinvención del género; de todos los géneros, en realidad. El experimentalismo narrativo y estilístico constante en su obra no conocía precedentes.
Despojado de cualquier vestigio de riguroso academicismo, Sobre la escritura nos ofrece una muy breve pero saludable iniciación a las obras de mayor rango del "escritor total", los dos exponentes que más y mejor condensan sus tesis narrativas: Ulises, con la que intentó y consiguió “que cada episodio creara su propia técnica”, y Finnegan’s Wake, el libro con el que Joyce “puso a dormir el lenguaje corriente”: un extenuante reto interpretativo que le exigió exprimir al máximo todas y cada una de las partículas más pequeñas del lenguaje, las unidades fonéticas de las palabras y sus raíces etimológicas. «He introducido tantos enigmas y acertijos que [el libro] tendrá a los profesores ocupados durante siglos discutiendo sobre lo que quise decir». Puede que la prudencia desaconseje erigir a Joyce como el Mesías de la Literatura Universal, pero tal vez no deberíamos escatimarle su condición de profeta: la novela, publicada por primera vez en 1939, aún no ha podido ser traducida íntegramente al castellano.

jueves, octubre 24, 2013

La habitación oscura, Isaac Rosa

Seix Barral, Barcelona, 2013. 248 pp.18 €

Salvador Gutiérrez Solís

No te quedes ahí. Vamos, entra, ya estamos todos. Tras la cortina, la puerta: está abierta. No debe ningún lector temer entrar en La habitación oscura, aún a sabiendas de encontrarse en ella, porque se encontrará. De un modo u otro, estamos todos, y nos reconoceremos, en esa mano que nos roza junto al sofá, en las pisadas silenciosas del centro, en los jadeos de la esquina, en ese espejo en el que se transforma la habitación, cuando la oscuridad lo ocupa todo.
La habitación oscura de Isaac Rosa es, sencillamente, una novela prodigiosa, un sublime artefacto literario que cuenta con todos esos ingredientes y elementos que convierten la narrativa, el contar una historia, en un apasionante proceso vital que te sacude, acaricia, empuja, insulta, atrapa o apabulla.
Isaac Rosa demuestra con esta novela que es uno de los autores con más talento que podemos encontrar en la narrativa escrita en español, y no añado ningún adjetivo posterior, del tipo joven, de su generación o similares, a esta afirmación. Lo intuimos en El vano ayer, lo refrendamos en la deslumbrante El país del miedo, lo confirmó en La mano invisible y exhibe ya toda su madurez en La habitación oscura. Título tras título, Rosa ha crecido en técnica, en transparencia, en dominio y, sobre todo, en sinceridad.
Una sinceridad real, esa que a todos nos ocupa y, seguramente, preocupa. Nos cuentan cada día que vivimos por encima de nuestras posibilidades, que la fiesta acabó y que ha llegado la hora de reponer los vasos rotos y limpiar el suelo. La habitación oscura nos cuenta ese trayecto, programado e ideológico, entre la fiesta y la resaca, entre la opulencia, en la que todos participamos de un modo u otro, y este desánimo actual que nos asola. Todo aquello tenía un precio, claro.
La habitación oscura es una novela social, crítica, política, y por todo ello realista. Nos muestra quince años de auge y caída, de cielo e infierno, de sueños posibles e ilusiones rotas. Es, además, una novela que no obvia la autocrítica, especialmente en todo lo relativo a esa reacción de escaparate que irrumpe con fuerza en las redes sociales, en las portadas de los periódicos, pero que no logra sus objetivos, ya que luego se diluye tras su representación y no hace mella en el poder.
Las nuevas tecnologías también están muy presentes en la novela de Isaac Rosa, pero como un elemento más de sometimiento y control. Entregamos nuestras vidas y sus cosas, nuestra intimidad, a una especie de habitación oscura virtual, sin tener muy claro quién, por qué y para qué nos están observando. Una reflexión muy acertada, alerta: tenemos muy cerca al enemigo, en este tiempo de consagración de lo propio como un espacio global.
No debes tener miedo a la hora de entrar en La habitación oscura, aunque te encuentres y no te agrade el reflejo que contemples. Eres tú, soy yo, somos todos nosotros. Isaac Rosa ha escrito una novela que situará una nueva coordenada en el mapa de la Literatura española, una proverbial recreación de la época que nos ha tocado vivir, la mas veraz demostración de que la novela, cuando compromiso y talento van de la mano, sigue cumpliendo con su cometido: contar su tiempo. Anda, entra, no temas. No puedes dejar de hacerlo.

miércoles, octubre 23, 2013

La muchacha de Catulo, Isabel Barceló Chico

Ediciones Evohé, Madrid, 2013. 112 pp. 11,50 €

Miguel Baquero

Pocas épocas ha habido más agitadas, turbulentas y apasionantes, al fin, para los historiadores que los años intermedios del siglo I a.C. en la vieja Roma en la que, por aquel entonces, estaba dando sus últimos coletazos la republica. Es la época de la conjuración de Catilina, del encumbramiento de Cicerón; los años en que Julio César ha marchado a la Galia a dar inicio a su eterna fama y a planear la conquista del poder; los días en que en una tumultuosa Roma se pelean con las tácticas más sucias, y a menudo en combates callejeros de porras y espadas, los “plebeyos” contra los “patricios”, armados aquellos por Clodio y estos por Milón. Los días también en que por esas calles alborotadas pasea el joven poeta Catulo, muerto de amor por Clodia, la hermana del tribuno Clodio arriba citada, el jefe de los “plebeyos”.
En este marco histórico, ya de por si apasionante, es en el que la escritora Isabel Barceló sitúa esta su segunda novela histórica, La muchacha de Catulo, partiendo del supuesto más aceptado (aunque alguna vez se ha discutido, pero a fines novelísticos es perfectamente válido) de que aquella “Lesbia” protagonista de los versos del famoso poeta fuera, como se ha dicho, Clodia, mujer famosa entonces en la sociedad romana. Interpretando los poemas de Catulo que nos han llegado algo dispersos, nos narra entonces Barceló una historia, que, en su inicio, es de amor apasionado del escritor por la joven. Rechazado de pronto por ésta sin más razones que por mero aburrimiento, el sentimiento del poeta hacia Clodia se transforma al momento en un odio brutal, inmenso, que lo acaba consumiendo, aunque, para beneficio de la poesía, lo mejor y lo que ha hecho eternos los versos de Catulo sean estos del final de su vida en que desprecia, insulta, veja repetidas veces a una mujer (sea “Lesbia”, en efecto, Clodia, o sea otra) a la que, sin embargo, no puede dejar de amar. Tanto así que acaba consumiéndose por ella… o eso cuenta Barceló, porque también hay dudas sobre la fecha exacta y el modo en concreto en que murió Catulo. Pero de nuevo, y en lo que cuenta al interés novelístico, la cronología y la lógica que ha establecido la autora es perfectamente válida.
Al hilo de esta historia, breve en su tratamiento (apenas cien páginas) e inmensa en su escenario —Barceló construye una Roma de la época sencillamente prodigiosa, creíble de todo punto tanto por las actitudes, como por los personajes, como por los diálogos; una Roma que, lejos de las tramoyas ampulosas a que nos ha acostumbrado el cine, se nos presenta tal cual seguramente fuera por entonces: un pueblo grande, sí, pero pueblo donde todos se conocían, murmuraban y se movían por cotorreos de vecindad—; al hilo, decía, de esta historia, la autora nos pinta a Clodia, la muchacha amada por Catulo, como una mujer que hace gala de su libertad —lo que en aquellos días era casi revolucionario— para elegir o dejar al hombre que le apetezca, para disponer de su vida sin sujetarse a los convencionalismos, para amar o dejar de amar sin necesidad de explicaciones. Lo cual lo defiende Clodia de una forma “intelectualizada”, meditada, consciente de que con ello está rompiendo una barrera, “asumida” una actitud heroica… Lo cual seguramente no fuese verdad. Quiero decir, las crónicas difusas (y distorsionadas, lo más probable, por intereses familiares: recordemos que Roma sería entonces no más que un gigantesco patio de vecinos) que nos han llegado de la época nos pintan a Clodia como una libertina que dicen que envenenó a su marido, que se rumorea que se acostó con no sé cuántos, que era borracha, desvergonzada… Exagerado todo, es de creer, pero lo cierto es que Clodia, obrara como obrase, en ningún momento lo haría de forma meditada, consciente de estar defendiendo una postura, de estar sosteniendo unas ideas, sino sencillamente siguiendo su natural.
Esa sería la verdad, estoy por decir que indudable, pero para una novela (para una buena novela como ésta) carece de importancia la verdad: Andrómaca seguramente sería una insensata, Fedra una caprichosa, Helena una tontorrona, Medea una simple psicópata descerebrada… Son los grandes escritores que han tratado sobre ellas los que, tergiversándolas, exagerándolas, las han hecho paradigmáticas. Y eso es lo que importa a la literatura. Y Barceló, realmente, ha escrito una muy meritoria novela (por lo concisa, por lo ágil, por lo documentada) y se ha ganado el derecho de hacer a su Clodia representante de las mujeres que huyen de los yugos amorosos.

martes, octubre 22, 2013

Drink Time!, Dolores Payás

Acantilado, Barcelona, 2013, 112 pp. 12 €

Ángeles Prieto Barba

Espero que estas palabras no parezcan una recensión, y de hecho no quiero escribir una, sólo transmitiros un aviso honesto y urgente con eficacia. Una alerta especial dirigida a lectores avispados que no se dejan engatusar por campañas publicitarias de aparentes volúmenes repletos de tonterías, esos que necesitan cinco meses de bufidos para terminarlos. Tomos aparatosos que luego dejamos coger polvo en los estantes o que entregamos a nuestra tía-abuela Manolita como regalo. Pobrecilla.
Os lo aseguro. Con la mano en el corazón: esto no va a ocurrir con Drink Time!, libro enorme de modesto tamaño y apariencia que lo mismo no perciben nuestros ojos en cualquier mesa libresca plena de fastuosidades llamativas. Estad alerta. Porque es sencillo, nada aparente y parece breve como un catecismo, pero el caso es que su contenido denso y vivaz necesita varias lecturas emocionadas, que es lo que a mí me ha pasado, concretamente cuatro. Y eso que termina muy malamente como sin duda nos aseguraría Elpida, digno e imponente personaje que en él se encuentra. Para mayor clase y distinción, encima no importa que os desvele la trama. Allá voy.
Sí, la intriga da lo mismo puesto que Drink Time! es a la vez un retrato y una despedida desplegada en capítulos cortos y bien estructurados, alcanzando a través de los mismos una aproximación progresiva al escritor Patrick Leigh Fermor, Paddy para quien se le acercó y O kirios Mihalis (el señor Mihalis) para sus admirables vecinos cretenses, libro que coincide en el mercado editorial con una completa, documentada e impresionante biografía de Artemis Cooper sobre este verdadero Ulises contemporáneo y nada mítico, sino cálido y cercano. Pero ocurre además que la espléndida imagen que Dolores Payás nos brinda en este libro, una fotografía tan brillante y hermosa del personaje como la puesta de sol en una playa, es tan imprescindible a la hora de entender a Paddy, como la biografía citada. Estoy convencida de que hay que leer ambos libros, así como los del propio autor, para vislumbrar y empezar a adquirir la sabiduría que nos es más necesaria: la de cómo afrontar la vida. Eso que hoy día no puede proporcionarnos ningún tonto libro de autoayuda y sí sus eruditos y mal denominados “libros de viaje”, como Dolores nos indica, porque el inmenso periplo recorrido en ellos (El tiempo de los regalos, Entre los bosques y el agua, Mani o Roumeli, entre otros) aborda ante todo el interior de nosotros mismos. O porque quizá de las tres preguntas que el hombre se hace constantemente, ese qué somos, de dónde venimos y adónde vamos, la más difícil de responder sea la primera. Y los “libros de viaje” de Paddy contestan con asombro y alegría precisamente a esa.
De hecho, por este deslumbramiento feliz y apasionado que siempre mostró hacia la naturaleza humana, a la que dedicó su vida, despedir a Paddy es sólo un hasta pronto o un hasta luego. Nos queda la confianza de que volveremos una y otra vez a encontrarlo escondido en cualquier hermoso paraje de este mundo. O alojado en otras personas mágicas con las que de tarde en tarde nos topamos. Pues este hombre, y a través de este libro preciso, nos lega una lección de saber estar hasta el final inolvidable, narrada aquí en voz baja y sin alharacas pero con penetración cariñosa, y a las hondas palabras de Dolores me remito: «Vuela el tiempo, acumulamos demasiada información, perdemos la inocencia. Nos vemos obligados a tratar con la estupidez y la traición, la fealdad, la codicia, la violencia. Y al envejecer descubrimos que lo más espinoso del proceso no son las arrugas, ni siquiera el deterioro físico, sino eludir la tentación de la amargura. Paddy salió victorioso de esa tenebrosa trampa.» Sin duda, así era él, despreocupado de sí mismo, curioso siempre. Y en este eficaz retrato lo vemos moverse por su ambiente y en su casa como si estuviera en la nuestra.
Fundamental este tema de la vejez asociada a la pérdida de facultades y cómo debemos afrontar la despedida final porque no basta la entereza, requiere también amor. Tal vez el secreto se encuentre en esos tragos sagrados que tomaba Paddy religiosamente, a la misma hora, contemplando a su querido mar Mediterráneo, ese que ha conocido tantas batallas, pero en el que no queda ningún rastro púrpura que enturbie el azul profundo de sus aguas clásicas, como afirmó Conrad. Presiento que en cierta manera se produjo una mímesis del mar con este digno representante suyo ya sereno, que no aplacado. Por eso apuntémonos al Drink Time!, mientras podamos. Y consigan ese libro, no lo dejarán olvidado.

lunes, octubre 21, 2013

Esa dulce sonrisa que te dejan los gusanos, Alberto García-Teresa

Amargord, Madrid, 2013. 92 pp. 10 €

Fernando Ángel Moreno

Alberto García-Teresa es doctor en poesía española contemporánea, especializado en lírica social. Pero también es poeta, con libros traducidos a varios idiomas. Sus versos son directos y limpios, como su visión del compromiso político en realidades como las que vivimos en Europa. Entre sus libros, siento especial simpatía por Peripecias de la brigada poética en el reino de los autómatas, compuesto por pequeños textos en prosa que mezclan surrealismo, literatura del absurdo y un inmenso amor por la unión entre vida y literatura.
Sin embargo, publica ahora esta revolucionaria antología de microrrelatos de terror. Conserva en cada uno de ellos la tradición del género, con elementos tan poco prescindibles como la necesidad de la intertextualidad para recoger todo el sentido, la sorpresa final y el humor negro.
No obstante, su gran propuesta recae en el trabajo de la palabra. Toda la economía de adjetivos que exhibe en sus poemas, paradójicamente, es desechada aquí en beneficio de una elección calculada de cada término con el fin de crear lo más importante: la atmósfera intimista del horror, la sombra que debe partir de la palabra malsana al alma del lector. Se trata de abrir esa visión terrible del mundo que todos poseemos y que negamos, un reconocimiento de nuestra enfermedad interior. Es aquí donde aparece su formación filológica, sin traicionar la espontaneidad de la frase. Sin abusar de adjetivación, introduce un lirismo melancólico peculiar, sin concesión alguna a la sensibilidad del lector. Así la presencia del horror y del mal en el mundo forman parte de la existencia. Con ello se nos invita a aceptarlo con cierto encanto malsano.
En realidad forma parte de una larga tradición, que fructificó especialmente en España hace unos años con las antologías Paura, centrada en buscar más que el susto o el espanto brusco un miedo hacia la persona amada, hacia lo cotidiano, hacia el objeto familiar.
Poeta comprometido, Alberto García-Teresa obtiene además un extraño equilibrio con esta idea. Más aún que en su poesía, consigue desarrollar mensajes concienciadores y críticos sin renunciar a que la ficción explote por sí misma. Se pueden leer, primero, como cuentos de horror sobre el dolor en el mundo; ejercicios de estilo o de denuncia, después.
Entre los muchos recursos y motivos, el maltrato al propio cuerpo es uno de los más recreados, además de la biblioteca, los libros, el crimen y el poder. De ese maltrato se puede deducir siempre una agresión contra la identidad acomodada en sí misma, sea a través de la maldad, sea —como defendía Heidegger— a través del aburrimiento de uno mismo. En este sentido, el propio individuo se retuerce dentro de los ataques de la realidad física, con efecto brutal en su realidad interior.
A pesar de todo ello, invito a leerlos no como pequeños chistes más o menos macabros —fáciles y familiares en ocasiones—, sino como una visión de la alienación en el mundo, a través de fragmentos como los fogonazos de "Caminantes" o "Palabras". Como ejemplo, con permiso del autor, transcribo "La compositora":
Componía melodías de sueños, y las cedía a cambio de escuchar las pesadillas de los transeúntes, que eran la materia prima de su música. Y es que las angustias de cada persona resultan el material que más fácilmente puede ser retorcido para convertirse en deseo.
Por citar algunos de los que me han gustado y orientar así esta crítica, cito "La espera", "Escaparate", "Flirteo", "Regresión" o el extraordinario "El viajero".
Todo ello está acompañado de una edición mimada, con una presentación idónea para el impacto del microrrelato. El formato alargado para conceder protagonismo a la página, pero elevar el microrrelato por encima del vacío de ésta, es una propuesta que puede funcionar muy bien.
En resumen, la propuesta de Amargord no solo nos permite conocer a un buen microrrelator y a disfrutar de él, pese a las irregularidades propias de toda antología. También aporta interesantes maneras de presentar el horror.
"La herida"
La herida de su brazo crecía día tras día, como una grieta en su piel. Al principio, acudió asustado al hospital, pero nadie supo darle una respuesta ni tampoco detener el proceso.
Transcurridos unos días, en los que la herida se había abierto varios centímetros más, mientras jugueteaba con varias monedas, en un tropiezo, una de ellas se coló dentro de la abertura. Atónito, comprobó que no había sentido ningún dolor, y también que pudo extraerla sin molestias.
Probó a continuación con otros pequeños objetos, y observó que no existía ninguna complicación. Prosiguió entonces con elementos más grandes y, de esta manera, descubrió que parecía no tener fondo su brazo y que solo le bastaba con introducir sus dedos para recuperar todo aquello que insertaba.
De esta manera, llegó a guardar a través de la herida una caja de cerillas, un reloj de cuerda, los dos volúmenes de las obras completas de Nicanor Parra y hasta a su gato persa.
Ayer, metió su pie izquierdo. Esta tarde, ansioso, introducirá su cabeza.

viernes, octubre 18, 2013

Ha vuelto, Timur Vermes

Trad. Carmen Gauger. Seix Barral, Barcelona, 2013. 384 pp. 19,33 €

Ángeles Prieto Barba

Muchos coincidirán conmigo al contemplar el humor en la literatura como una rareza casi divina. Pues alumbra zonas de conocimiento únicas, aspectos que no podríamos contemplar de ningún modo bajo el prisma de la gravedad, del dolor o de la pena. Me refiero a esa lucidez plena que uno alcanza cuando se cuestiona por qué se está riendo, un tesoro que no cambiaríamos por nada. Tampoco trocaría yo las horas sanas que me ha proporcionado la lectura de este libro de planteamiento difícil, pero que sale adelante con talento, buena estructura y equilibrio.
En aras del humor, las referencias a la emblemática película El gran dictador de Charles Chaplin son continuas a lo largo de toda la trama, vitales en la novela porque sirven para que el lector sea consciente de que con esta historia no va a reírse de Adolf Hitler, sino con él, tal y como se promete en la sinopsis promocional del libro. Asunto sin duda complicado porque no solemos pensar en Hitler como persona, sino como emblema que desde hace sesenta y ocho años representa el mal absoluto: esa distopía de dictadura, pensamiento único, genocidio y sufrimiento de la que nos libramos los europeos tras la victoria aliada en la II Guerra Mundial. Aunque también contemplamos a don Adolfo como a un increíble seductor de masas, pleno de verborrea y gestos ridículos. Por todo eso, convertir a este fantoche histriónico y sanguinario en una persona real, que se mueva con soltura por nuestro mundo, tiene un mérito literario indudable. Y lo mejor es que no desentona, sino todo lo contrario: tras despertar, emprende de nuevo y sin problemas un carrera de éxito social meteórica. Lo cual nos hará reflexionar bastante.
Pero vayamos a la polémica, que puede determinarse de forma rauda. Es pertinente recordar que en nuestro país se publicó una novela de planteamiento parecido. Me refiero a la historia-ficción escrita por Fernando Vizcaíno Casas en 1978, ya en democracia, titulada Y al tercer año resucitó, que alcanzó la friolera de 42 ediciones, equivalentes a la venta o distribución de cerca de un millón de ejemplares. Un best seller también, qué duda cabe. Lo cual nos lleva a efectuar las oportunas comparaciones. No desde la estética, dado que este Ha vuelto ha sido elaborado con más recursos, técnica literaria bien desarrollada, mayor rigor histórico y mucha más inteligencia que el otro libro mencionado, sino porque en ambas obras, una de ideología franquista sin disimulos y esta en concreto, que no manifiesta especial querencia hacia el nazismo (el tema de los judíos no es divertido, y esto se repite a lo largo del libro), se incluyen sin dudarlo sendas visiones ácidas y ridículas hacia nuestro sistema democrático o de partidos. ¿Es pertinente esta crítica? Yo sin dudarlo, creo que sí. A los suspicaces les diría que no estaríamos precisamente en un sistema democrático, si no permitiéramos la distribución del libro.
Es más, en un momento determinado de esta novela que, a medida que se desarrolla, crece en intensidad, el autor pone ante los ojos del principal personaje la foto de una familia feliz, y aparentemente aria, destrozada más tarde por la “solución final” nacionalsocialista. Y Hitler se conmueve, aunque hecha balones fuera, utilizando la descalificación ajena, el reparto de culpa colectivo. Hitler se justifica diciéndonos: «O había un pueblo entero de canallas… O lo que ocurrió no fue una canallada sino la voluntad de un pueblo». Frase que concentra y resume todo el problema: alemán y nuestro. El de la culpa individual y concreta de aquellos tiempos en que era lícita, jaleada y aplaudida la violencia colectiva. Porque hay que asumir ambas y he ahí la polémica. Aunque aquellos, los de entonces, como queda bien claro en el libro, no somos nosotros, ni siquiera nos parecemos. Celebremos, pero antes leamos sin prejuicios esta novela de humor estupenda. Bienvenida.

jueves, octubre 17, 2013

El libro de los pequeños milagros, Juan Jacinto Muñoz Rengel

Páginas de Espuma, Madrid, 2013. 134 pp. 14 €

Luis Borrás

Juan Jacinto Muñoz Rengel es ya un escritor reconocido. Pero en lugar de dedicarse a tiempo completo a la novela prefiere —y los hinchas del relato se lo agradecemos— no renunciar a nada y sumar a su bibliografía un nuevo volumen de cuentos; esta vez en forma de cien microrelatos.
El libro de los pequeños milagros se presenta como un “Bestiario” —con lo que Muñoz Rengel se suma a Cortázar, Perucho, Arreola y Óscar Sipán— y lo es porque en su portada aparece un perro verde con tronco y extremidades de loro del Amazonas, en la contraportada se dice expresamente y en la última página hay un “Índice para la confección de un Bestiario” en el que por orden alfabético se da una lista de los animales, mutaciones, poltergeist y seres de otros planetas y galaxias que aparecen en estas narraciones.
Pero ese heterogéneo listado nos da una pista de que estos cien micros no son un “Bestiario” al uso; no son una colección de bichos raros, aberraciones genéticas descendientes de la oveja Dolly, peces radioactivos de tres ojos o un Godzilla que viene a destruir Nueva York; en este libro hay extraterrestres y ciencia-ficción sí, pero también habitantes del planeta Tierra. En realidad para saber lo que hay dentro no hay más que acudir a su portada interior y leer: «El libro de los pequeños milagros y los planetas ignotos, que contiene las pormenorizadas y muy veraces {micro}narraciones de los grandes hechos sobrenaturales y extraordinarios de este mundo, así como las {mini}epopeyas de otras tantas hazañas extraterrestres, y una recopilación de las más diversas y memorables prácticas amatorias, venganzas y torturas, muertes, reencarnaciones, espíritus y fantasmas, reptiles, monstruos, arquitecturas imposibles, las crónicas de la conquista del espacio y la búsqueda de Dios». Todo eso hay y de eso tratan —y algo más— estos pequeños milagros que son en muchos casos auténticas pesadillas. Y en esa variedad heterogénea Muñoz Rengel demuestra su inteligencia porque reducir cien relatos a una unidad temática acaba convirtiéndose en aburrida monotemática. Repetir el mismo argumento —aunque sea creando un zoológico de monstruos— hubiera resultado un exceso que terminaría saturando al lector.
Muñoz Rengel divide sus cien {micro}narraciones en tres grupos: Urbi (ciudad), Orbe (que no Orbi; Mundo) y Extramundi (que no necesita traducción). Pero lejos de convertirlos en tres compartimentos estancos los enriquece introduciendo en cada uno otras temáticas complementarias y coherentes: teología, historia, transmigración de los cuerpos, reencarnación, futurismo, crítica social o astronomía.
Reconozco que no soy muy amigo de la fauna y el naturalismo —los documentales de la 2 me parecen el somnífero ideal para la siesta— tal vez por eso los micros que tienen a los animales como protagonistas son los que menos me han gustado. Esas aves que dibujan un SOS en el cielo o sus suicidios colectivos arrojándose al fuego o los delfines y ballenas varados en la playa son imágenes impactantes, pero me parecen más propias de un relato para una campaña de la WWF. Si tengo que quedarme con relatos de animales prefiero —ya que se trata en parte de un “Bestiario”— a esos monstruos terroríficos que Muñoz Rengel crea como la Arachnida cervidae (un ciervo-araña caníbal —jugando con la inocencia de Bambi— que devora al cazador), esas mutaciones de laboratorio como el Biobuitre (ave carroñera que recicla la basura con sus cuatro estómagos) y el Megatauro (un toro —invencible animal de guerra— que tiene un punto débil: como el de la canción está enamorado de la luna y se deshace en sollozos al escuchar un poema que habla de ella) y ese pulpo del relato “Love Doll” que se encuentra en una ría con una gaita abandonada que convierte en su muñeca hinchable.
Reconozco también que las narraciones de temática extraterrestre, alienígena o marciana no son mis favoritos, tal vez porque soy de los que piensa que viven entre nosotros —de otra manera no puedo entender a determinados “famosos” que salen en la tele— y que esos Guerreros de doble ano, habitantes del desierto de los nopales púrpura, de la galaxia NGC 772, y del planeta Axz y Zxa no me resultan atractivos; pero sí que Muñoz Rengel acierta plenamente con su “Invasión” alienígena al revés; en tres de su serie “Multiverso” con un Papá Noel convertido en díptero y una ciudad que es una voraz colonia de pólipos que avanza implacable y en el terrorífico y excepcional “Cadena trófica” con sus bandejas de carne humana en los supermercados. Sin duda los micros que prefiero son los que relacionan al ser humano con lo sobrenatural. Y es en “Urbi” en donde mayoritariamente los encuentro. Ingenios mecánicos —spoilers— que sobrevuelan la ciudad; una mujer recubierta de una película gelatinosa viaja con nosotros en el metro; encontramos a nuestro doble en la calle; hay francotiradores en las azoteas; un muñeco de nieve que hace un niño se derrite y nos muestran sus vísceras; vivimos en una casa de muñecas que es una matrioska; nuestra novia imaginaria es vista por los demás y oímos las palabras registradas en una grabadora de la última persona viva momentos antes de su muerte.
Pero creo que si por algo deben destacar estos {micro}textos de Muñoz Rengel —y la idea me la dio él en el último— es por su capacidad para darle la vuelta —como una moneda que se gira en un pase mágico— a lo que inicialmente vemos. Ya no es sólo por su capacidad para reescribir la Historia desde el humor o el misterio en sus “Historias cruzadas” o de rebobinar el argumento, conseguir avanzar dando marcha atrás en su excelente serie de cuatro relatos “Backward”. Es —por utilizar otra imagen— por ser capaz de darle la vuelta a un calcetín y que por dentro sea de otro color. Y ese darle la vuelta ya no es sólo su desbordante imaginación, la originalidad de su mirada y su perspectiva o la sorpresa como virtud; no es sólo el humor como marca de agua de sus relatos, desde la sonrisa hasta la carcajada —como en el genial “Convenciones”—; la ironía reveladora y crítica que invita a la reflexión en “Hamelín” y “Teleobjetivos” o las consecuencias de tomar “Neuroleptol” un fármaco antialucinógeno; no es el terror superlativo de “En mitad de la noche” —uno de mis favoritos— o el inquietante misterio de “Levantamiento silencioso”; o la cruel paradoja de conseguir el sentido de la “Visión” para comprobar que la realidad es mucho peor que la imaginación. Es el llevar la narración por un camino y que en un punto y seguido nos haga doblar la esquina y todo sea lo contrario de lo que parecía.

miércoles, octubre 16, 2013

Patrick Leigh Fermor, Artemis Cooper

Trad. Dolores Payás Puigarnau. RBA, Barcelona, 2013. 480 pp. 25 €

Ángeles Prieto Barba

No considero tarea sencilla narrar la apasionante vida de Patrick Leigh Fermor, con seguridad uno de los mejores autores en literatura de viajes del siglo XX. Tal vez el mejor, porque combinó como ninguno singulares dotes de observación, pulcritud y desvelo en la escritura y una apuesta vital, alegre y extraordinaria en su afán de aventuras, ya que hablamos de un señor capaz de atravesar a nado el Helesponto con 69 años encima. Por lo que elaborar una biografía de alguien así no es nada fácil, si tenemos en cuenta que un escritor tan popular y querido abandonó este mundo dejando su rastro en múltiples documentos y testigos, que han debido ser consultados con rigor exhaustivo para la elaboración de este libro. Una biografía elogiosa, como no podía ser menos, toda vez que su autora siempre estuvo cerca del autor, unida a él por lazos casi familiares, ya que su abuela Diana Cooper fue su mejor y más fiel amiga.
Ahora bien, en su claro esfuerzo de síntesis, ya que los datos recopilados han sido abundantes, Artemis no se molesta en ocultarnos algunos aspectos menos gratos del personaje. Me refiero al incumplimiento de sus obligaciones familiares, ya que no atendió lo debido a sus progenitores y asimismo mantuvo durante muchos años una posición claramente reacia al matrimonio con la pareja que compartió su vida y lo sostuvo económicamente. Se recogen asimismo torpezas, infidelidades, una muerte accidental y algún que otro sablazo a las amistades. Y es que no se puede disfrutar de una vida peregrina y relativamente lujosa, como la de Patrick, sin ser conscientemente egoísta con el tiempo y los cuidados que requieren los demás. Por ello estamos ante un libro-homenaje, nunca ante una hagiografía o lanzamiento de flores sin recato. Defectos del biografiado que, en cualquier caso, van acompañados también de grandes virtudes: el sentido del humor siempre presente, valentía, elegancia, pudor y responsabilidad en la escritura, siempre cuidada y respetuosa, dirigida a un lector cómplice, a un lector brillante como uno mismo. Añadiría que sólo conozco en toda España a un autor de esa talla y ese es Mauricio Wiesenthal, con quien guarda no pocas similitudes.
Los principales hitos aventureros de Patrick son los que sin duda reciben mayor atención, amplitud y cuidado en el libro. Fueron dos. El primero, su grand tour iniciático en la vida viajera, que llevó a cabo con 18 años atravesando Europa en una larga caminata nostálgica de Rotterdam a Estambul. Un viaje romántico en compañía de las Odas de Horacio cobijadas en la mochila, por un Continente que desfallecía ya en 1993, teniendo como principal síntoma de decadencia el ascenso del grosero partido nacionalsocialista, pleno ya de matones. El segundo, su papel activo en las filas del Servicio de Inteligencia del ejército británico durante la II Guerra Mundial, donde con ayuda de la resistencia cretense, logró secuestrar con éxito y muchísimos riesgos a Heinrich Kreipe, general de las tropas alemanas de ocupación. Hazaña que le proporcionaría fama, sobre todo tras una película sobre estos hechos protagonizada por Dick Bogarde.
Aunque no menos encanto nos proporciona relatos de otros grandes periplos por todo el Mundo: el Caribe, el Himalaya, Asia Menor, subida al Monte Olimpo, los monasterios bizantinos o el mundo inca. Y con sonrisas descubrimos que, entre ellos, no faltó nuestro país llegando a realizar la romería del Rocío. Un país donde dejó también una gran amiga. Me refiero a Dolores Payás, la traductora eficaz de este libro estupendo y autora asimismo de una instantánea del personaje, al final de sus días, que no deben perderse. Se trata del breve y precioso Drink Time!, que acaba de publicar Acantilado.
Recomiendo leer despacio y con provecho ambos libros porque no sólo nos lanzarán de cabeza sobre la obra de Patrick que aún no hayamos leído, sino también porque nuestra vida no es más que un continuo “ir a” o “venir de” y a medida que aprendemos con este autor a viajar atentos, a estudiar y a querer a los personajes que encontramos en nuestros periplos, aprendemos también a existir. Sólo así nos ganaremos el epitafio griego que sin duda mereció Patrick Leigh Fermor, quien “vivió apasionadamente” hasta el último momento.

martes, octubre 15, 2013

En el sabor del tiempo, Feliciano Páez-Camino

Huerga y Fierro, Madrid, 2012. 504 pp. 20 €

Fernando Sánchez Calvo

Cuando un lector entra en una novela histórica sabe que va a emprender un viaje de ida que, si está bien escrito y retratado, se convertirá también en un viaje de vuelta, es decir, devolverá al lector la sensación de haber estado de verdad, de haber vivido realmente aquellos años, aquella parcela del tiempo que el autor en cuestión se ha aventurado a rescatar. Quizás por eso Feliciano Páez-Camino, porque lo ha hecho bastante bien, ha preferido titular las dos partes de este libro editado por Huerga y Fierro como “estampas” (de ida y vuelta) y no como “viajes”, porque no se ha limitado a brindarnos un recorrido por el eje cronológico que abarca desde el nacimiento de la Segunda República Española hasta los años 60 del tardo-franquismo, sino que entre la figura de Carlos (hijo de españoles republicanos exiliados en Argelia que desde el prisma de la infancia y del paria extranjero vive los turbulentos años de la descolonización francesa) y la de su padre Andrés (maestro durante la II República que ve cómo en un abrir y cerrar de ojos, y parafraseando a Azaña, los horrores de la tiranía vencen a los errores de la democracia) estira toda una serie de acontecimientos diarios, concretos, conocidos en algunas ocasiones, anónimos e intrahistóricos tal y como los quería Unamuno en otras, que trascienden la acumulación de datos y fechas para tejer un tapiz más o menos representativo de aquellos años. Es lo mínimo que se le puede pedir a una novela histórica. En ese caso el primer supuesto está conseguido. Si a dicho dibujo y color sumamos además que el autor también fue hijo de un exiliado republicano en Argelia y que su tesis doctoral versó sobre las relaciones hispano-francesas durante la República, obtenemos el segundo ingrediente indispensable para este género, en este caso por partida doble: el conocimiento experiencial y académico.
El lector que se adentre En el sabor del tiempo y, sobre todo, los lectores que nacimos después de la discutida Transición y para los que el temario de Historia siempre se detenía justo en 1931, comprenderemos por qué Victoria Kent no quiso que votaran las mujeres una vez conseguido el sufragio femenino, cómo ciudades como Málaga vivieron una república bastante distinta a la de Madrid, cuál es la razón para que exista una ley universal que garantice que siempre haya un oprimido por razones políticas y religiosas, por qué un pied-noir menospreciaba a un españolito hijo de exiliados de la misma manera que un metropolitano francés menospreciaba a un pied-noir, por qué la figura del maestro fue tan potenciada y respetada en una época determinada, cómo el sueño de la libertad y la pesadilla de la opresión ocupa espacios tan distintos como España o África, por qué razón fracasó esa Edad de Plata en nuestro país y por qué muchos no supieron ver que a la segunda tampoco iba a ir la vencida. Todas estas preguntas y otras, pasadas muchas veces por el tamiz de la nostalgia y la decepción, convierten a no pocas partes del libro en una crónica sentimental, lo cual a un servidor no le importa para nada, pues no estamos hablando de historia, sino de novela, la hermana gemela que amplía desde el corazón el esqueleto que se encarga de levantar la Historia.
Es evidente y estúpido mencionar de qué parte está el autor. Ha sido también valiente al ser crítico con la propia izquierda y calificar así desde el narrador omnisciente a hermanos políticos del Socialismo: «Ello contribuyó, junto con la libertad de movimientos que permitía el régimen republicano, a afirmar la presencia del anarquismo, cuyo seductor discurso, simple y mesiánico, venía ya siendo seña de identidad de un amplio sector de las clases populares malagueñas». Mi desconocimiento medio sobre aquella época y tema me impide decir si ha sido en ese sentido reduccionista o no. Otros testimonios como los del cantautor Chicho Sánchez Ferlosio (hijo del falangista Rafael Sánchez Mazas), me han educado en otra visión más positiva del anarquismo en España. Lo que importa, como dice la canción, es que «ganaron las derechas, por partirse las izquierdas». Lo que importa es que, como decía en su día Javier Cercas contra aquellos que manifiestan su tedio y odio hacia las novelas que abarcan esos años, la Guerra Civil, la República y sus consecuencias son para los españoles como para los americanos el “western”. La Guerra Civil es nuestro “western”, nuestro género, el que explica cómo somos. Todo lo que de momento no se soluciona desde la parte política, nos los tienen que explicar historiadores y novelistas como Feliciano Páez-Camino.

lunes, octubre 14, 2013

Andanzas del impresor Zollinger, Pablo d`Ors

Intr. Andrés Ibáñez. Impedimenta, Madrid, 2013. 144 pp. 17,95 €

Pedro Pujante

Diez años después de la publicación de Andanzas del impresor Zollinger de Pablo d`Ors (Madrid, 1963) Impedimenta la rescata con gran acierto. Es esta una deliciosa historia que nos sumerge con delicadeza y lirismo en el mundo absurdo pero jovial de August Zollinger, un joven cuyo destino es convertirse en impresor de su aldea natal de Romanshorn. Pero sus deseos de ser el impresor se verán interrumpidos por una cadena de incidentes que le conducirán a embarcarse en un peregrinaje por distintos lugares y oficios de lo más dispares. De frustrado impresor pasará a trabajar de ferroviario. En este segundo capítulo entablará una platónica relación con la telefonista de la ferrovía, con la que mantiene brevísimas conversaciones de una palabra al día. Una metáfora del amor idealizado y romántico que contado por d`Ors se muta en una fábula repleta de matices y sentimientos trazada con una prosa sencilla, discreta pero profunda en significados. Tras este capítulo de amor imposible, Zollinger se enrolará en el ejército austriaco para comprobar que lo único que hacen los soldados es caminar sin cesar. Y es que como se puede desprender de esta nouvelle, el protagonista es partícipe del absurdo de la vida. Todos sus oficios están revestidos de un halo surrealista. No obstante, Zollinger es capaz de ver más allá, oír más allá y encontrar significados ocultos tras lo cotidiano. También abandonará a sus camaradas del batallón de caballería para adentrarse en los misteriosos bosques de St. Heiden. Allí descubrirá que los árboles son capaces de hablarle y de emitir sonidos que remiten a los recuerdos y deseos más ocultos de nuestro amigo August Zollinger. Y esos mismos árboles le harán saber que debe salir del bosque en pos de su destino. De St. Heiden pasará a ser funcionario en Appen-Tobel. En su monótona tarea de sellar documentos para el Ayuntamiento también encontrará Zollinger secretas y reveladoras músicas. Abandonará el puesto para trabajar de zapatero, oficio con el que llegará a ser rico y popular. Oficio sencillo pero con el que será capaz de adquirir facultades psicoanalíticas que sobrepasan la lógica. Y tras este último empleo retornará a su hogar y así cerrará el círculo y alcanzará su ineludible destino de impresor. Hasta aquí el argumento. A esto hay que añadir alguna nota sobre esta obra que ciertamente comparte el tono del absurdo kafkiano y ese aire de novela germánica a lo Walser en el que los personajes parecen deslizarse entre una neblina que los aleja de la realidad. Y es que August Zollinger es un joven sensible, de carácter voluble, infantil y tan soñador como el propio Simon Tanner. Alguien que inventa el universo que le rodea y parece entroncar con la niñez y la bondad que reside en cada uno de nosotros; y de este modo, a través de las absurdas situaciones en las que se ve envuelto revelarnos el ilógico mundo en el que vivimos. Habla d`Ors del amor, de la amistad, de la soledad, del miedo, de los sueños y de la esperanza. Y todo nos es contado con sencillez, con ternura, con honda humanidad. Zollinger emprende un viaje solitario en el que se encontrará consigo mismo y con su destino.
En esta honesta odisea a través de lo aparentemente trivial las sensaciones sonoras cobran un papel primordial. Desde la voz de la desconocida Magdalena, pasando por las canciones confraternales del ejército y las misteriosas voces de los árboles hasta el repiqueteo revelador de los sellos. En definitiva, el valor de los pequeños detalles y símbolos que conforman el mundo en el que vivimos. Una excelente fábula sobre el ser humano que hará que escuchemos la vida de forma distinta y novedosa.

viernes, octubre 11, 2013

El plantador de tabaco, John Barth

Trad. Eduardo Lago. Sexto Piso, Barcelona, 2013. 1176 pp. 34 €

José Morella

Confieso que el último libro que pedí a los administradores de este blog lo elegí, en parte, por su brevedad. Poco más de cien páginas que interferían lo mínimo posible en mi repleta agenda del verano. Pero claro, tampoco era cualquier libro: una sátira sobre Mussolini escrita por Curzio Malaparte. Me lo pensaba zampar en una o dos tardes, disfrutándolo mucho. Una mañana llegó por correo un paquete que no cabía dentro del buzón. La cartera tuvo que llamarme por el interfono para que bajara a buscarlo. Eso no podía ser Malaparte. Sería otra cosa, pensé, alguna compra compulsiva online hecha en estado catatónico o algo parecido. Y vaya tochazo. Con 10000 de esos te haces una casa y que les den a los bancos. 1175 páginas. Era El plantador de tabaco, de John Barth. Alguien se había equivocado, claro: o en La Tormenta o en Sexto Piso. Nada, nada, me dije: lo devuelvo y santas pascuas. Pero luego lo abrí, claro. Sólo era para echarle un vistazo al prólogo. Es de Eduardo Lago y es fantástico, como lo es su traducción, cuyo elogio necesitaría una reseña aparte tan larga como esta. Cuando quise darme cuenta, iba ya por la página 100.
La novela cuenta la historia de Ebenezer Cooke, personaje real del que apenas se sabe que escribió un poema a Maryland y que quiso ser el primer poeta que cantara las alabanzas de la nueva provincia del Imperio Británico en el nuevo continente. Entremezclada en el fabuloso torrente de historias y aventuras disparatadas, delirantes y sobre todo escatológicas en las que participan Ebenezer y el resto de personajes, se nos ofrece también una revisión del origen mitológico de los Estados Unidos.
Creo que el valor del libro se nutre de la tensión entre la tremenda fuerza de las ideas expuestas por Barth y la parodia de la que él mismo lo va bañando todo: esas mismas ideas, su evidente talento y el vigor narrativo de su prosa quedan a ratos apagados y a ratos iluminados por la parodia. Es un texto postmoderno al que se ve la tramoya narrativa todo el rato. De hecho, Barth es autor de influyentes ensayos sobre la postmodernidad (como The literature of exhaustion) en los que habla sobre el fin del realismo literario. Como muy acertadamente señala Lago en el prólogo, A Barth le interesa más lo que ocurre en el terreno de la lectura que el carácter de lo escrito. De qué modo el lector digiere, por ejemplo, la burla de los grandes mitos nacionales sobre la conquista americana. Barth se da el lujo de atribuir el nacimiento de los Estados Unidos a algo tan supuestamente indigno como la pornografía. Sí, exacto: el capitán John Smith salvó el pellejo a cambio de regalar pornografía de la época a los nativos que iban a matarlo. Ese proto-porno es el lubricante que favorece la violencia conquistadora de los blancos. Esta sola idea da para decenas de artículos y tesis universitarias de esas que no se lee nadie jamás. Los salvajes, pues, son igual de degenerados que quienes los conquistan. Todos nos igualamos en la lascivia y los deseos más abyectos y escatológicos. En cuanto se nos pone alguien a tiro —parece decir el texto—, perdemos el mundo de vista: lo más sagrado, nuestras tierras, nuestra cultura, nada queda a salvo. Esta visión negativa de la pornografía puede molestar a más de uno, pero hay que comprender que cuando Barth escribía no se hablaba aún del postporno. No quiero estropearle al lector nada, así que sólo diré que la Pocahontas y el John Smith de El plantador de tabaco no se parecen en nada a los de Disney. La palabra que me viene a la cabeza es “cachondos”. Son definitivamente unos cachondos. Todo el libro está lleno de chistes verdes y escatológicos. La expansión de Europa y la evangelización del nuevo mundo se deja en manos de la gente más deleznable que uno pueda imaginarse. De hecho, parece por momentos que ese traspaso de defectos e indignidades no sea el carácter de la conquista o la forma de hacerla, sino la conquista misma. Conquistar es literalmente violar, insultar, engañar, ensuciar, montar a hombres y mujeres, cagar, mear, poseer, agredir.
Tampoco está nada mal que la marylandíada o poema a las tierras nuevas de Maryland la desee escribir un neurótico pelagatos, un niño de familia rica mimado y culto que sabe de todo pero que no sabe de nada, incapaz de cualquier decisión en la vida por pequeña que sea. Un niño grande y pedante que se proclama poeta y virgen para siempre, y que cree que la virginidad es la clave de su fuerza creativa. Su obra triunfa precisamente porque nadie es capaz de creerse tal ingenuidad, y todo el mundo la interpreta como paródica. Su éxito le certifica como gran tonto: no ha entendido nada. Es la parodia dentro de la parodia.
El personaje clave en la novela es Henry Burlingame, tutor de Ebenezer y su hermana melliza Anna cuando ambos eran niños. Va entrando y saliendo de la vida del poeta virgen, y por momentos parece que la controla como un marionetista a su títere. En su juventud, para poder medrar en el mundillo académico londinense, Burlingame flirteó con dos viejos profesores universitarios pedófilos, ambos salidos como el pico de una plancha, que se enamoraron de él y a los que les sacó lo que quiso: son nada menos que Isaac Newton y Henry More. Barth no respeta nada, y eso nos gusta mucho. Burlingame es el el arquetipo de personaje postmoderno en tanto que, igual que les pasa a los dos venerables científicos, los lectores no podemos fiarnos de él en absoluto. Nos dice de todo y no nos dice nada. Representa lo literario mismo, la magia de lo dicho pero también de lo sugerido, de todo aquello que las historias señalan sin contarlo. Burlingame sostiene, por ejemplo, que lo mejor que puede enseñar un profesor es algo sobre lo que no tenga la más mínima idea: "Elige algo que tengas un gran interés por aprender e inmediatamente proclámate erudito en la materia", le aconseja a Ebenezer. Lo valioso no es que nos explique que la barrera entre enseñar y aprender es arbitraria y se cruza todo el tiempo desde los dos lados. Eso ya lo sabemos. Burlingame dice algo más: dice que hay que mentir. El profesor que no sabe nada podría ser perfectamente el político de cualquier tendencia que nos habla de libertad de mercado o de igualdad de clases: no tiene ni idea de lo que dice, pero lo que dice sostiene completos sistemas políticos y económicos. Ese dejar ver la mentira —la arbitrariedad, mejor dicho— es lo típico postmoderno en el texto. Barth sería, si es que eso existe, un postmoderno de pura cepa.
Tengo que reconocer que a ratos me aburrí y leí en diagonal. Ha sido una buena forma de refrescar esa habilidad. Creo que la novela sería redonda de ser más corta. Me acordé de Neguijón, de Fernando Iwasaki, que comparte cierta manera de revisar los mitos del pasado desde una ironía estructural, pero imponiendo menos trabas a la lectura. De todas formas, para nada puedo decir que no me haya gustado. El humor a veces finísimo y casi siempre procaz y guarro, y sobre todo esa forma de ser un artefacto raro del que resulta difícil emitir juicios coherentes, o siquiera juicios, valen sin duda la pena. Si alguien tiene veinte horitas sueltas con las que no sabe qué hacer y quiere una experiencia potente, gamberra y algo rara que recuerda al Quijote y a Tristram Shandy pero a la vez no se parece a nada, este es su libro. Gracias por a Sexto Piso, a la Tormenta o a quien sea por el error, o sea, quiero decir, por el descubrimiento.

jueves, octubre 10, 2013

La realidad quebradiza. Antología de cuentos, José María Merino

Ed. Juan Jacinto Muñoz Rengel. Páginas de Espuma, Madrid, 2012. 262 pp. 17 €

Teresa López Pellisa

La realidad quebradiza. Antología de cuentos de José María Merino es una cuidada selección de relatos que provienen de sus Cuentos del reino secreto, El viajero perdido, Cuentos del barrio del refugio, Cinco cuentos y una fábula, Cuentos de los días raros, de El libro de las horas contadas y Minicuentos. Además nos ofrece una entrevista al autor, y un viaje al centro de la mente de José María a modo de introducción, con Juan Jacinto Muñoz Rengel como autor del cuaderno de bitácora. El viaje funciona aquí como tema, como vía y como medio para acercarnos a los fantásticos mundos ofrecidos por la prosa de Merino. Podríamos afirmar que en su relato "El viaje inexplicable" se concentra su idea de qué es la literatura y la potencialidad que tiene la ficción. Un texto que surge como oda al libro, y al artefacto del libro códice que hoy en día algunos tecnoapocalípticos temen pueda desaparecer. Pues bien, en el mundo posible en el que nos sitúa Merino esto sucede, y el libro es un objeto arqueológico de incalculable valor que no todos los seres del universo pueden interpretar, ya que no han cultivado el lenguaje tal y como lo conocemos nosotros. "El viaje inexplicable" nos sumerge en la potencialidad de la literatura cuando el cuento de Merino se convierte en un libro de arena. La posibilidad de migrar a diferentes países y planetas a través del espacio tiempo, y poder encarnar diferentes cuerpos y mentes, es algo que la literatura ha propiciado mucho antes que la realidad virtual. Este relato nos permite pasear a lo largo de la historia de la literatura a través de juegos intertextuales con Dostoyevski, Thomas Mann, Cervantes o los propios personajes de José María Merino. Viajes a través de los libros que permiten traslaciones instantáneas, viajes mentales, palabras capaces de generar alucinaciones y la posibilidad de habitar los espacios virtuales de la literatura. Si en Star Trek: Voyager hubieran tenido como guion los relatos de Merino para su holocubierta, quién sabe adónde hubiera ido a parar la Enterprise.
Podríamos casi asegurar que Juan Jacinto Muñoz Rengel se debió servir de algún grimorio como manual, en la exploración quirúrgico-cerebral del autor para su introducción "Viaje al centro de la mente de José María Merino". Entre los datos de su informe final nos gustaría destacar la clasificación temática que sustrae de la actividad literaria del sujeto-autor, ya que la riqueza de sus motivos y la distorsión a la que los somete, generan de manera implacable una fuerte sensación de inquietud en el lector: «la metamorfosis, el fantasma, el doble, las anomalías espacio-temporales, los universos paralelos, la metaficción y sus bucles, el poder mágico de algunos objetos y lugares, la creación de inteligencia artificial, la presciencia, la identidad y la disolución del yo, el sueño, el mito, y las relaciones entre lenguaje y realidad» (19). José María Merino es uno autor canónico del fantástico español contemporáneo, que también ha trabajado el género de ciencia ficción y sobre todo, ha logrado darle al cuento y al minicuento un lugar reconocido en las letras españolas. Un académico que ocupa el sillón "m", tal y como nos dice Juan Jacinto Muñoz Rengel «con la eme de Merino, de magia, de metamorfosis, de memoria, de mito y de muerte» (12). Si tuviera que escoger alguno de estos relatos me quedaría con "El viaje inexplicable" que mencioné anteriormente, aunque no puedo dejar de pensar en las razas alienígenas que nos presenta, tanto los hadanes como los artrópodos y el extraño ser de "Papilio Síderum", la angustia del protagonista en "El derrocado" al percibir lentamente cómo una de las versiones de sí mismo le desplaza en su vida, el nostálgico revenant de "Bifurcaciones", la fascinante historia sobre la evolución de las inteligencias artificiales en "Celina y Nelima", o el novedoso ser sobrenatural del minicuento "Metamorfosis".
Con esta antología fantástica tendrán la oportunidad de explorar los mejores lugares que todo lector querría conocer a lo largo de la obra de José María Merino, ya que cada una de las visitas ha sido minuciosamente seleccionada por su editor. Eso sí, recomendamos que aprieten bien sus cinturones antes del viaje, para evitar incidentes entre los resquicios de esta realidad quebrada.

miércoles, octubre 09, 2013

Limónov, Emmanuel Carrére

Trad. Jaime Zulaika Goicoechea. Anagrama, Barcelona, 2013. 400 pp. 19,90 €

Julián Díez

Hay libros que son destinos y libros que empiezan rutas. Las abren por muy distintas razones. Por ejemplo, por ser capaces de despertar en un lector mínimamente vivo el interés por continuar conociendo el tema. Por fijarse más detalladamente en algo en lo que hasta entonces no había reparado.
Limónov es de estos últimos, lo que quizá sea el mejor halago que puede hacerse a la labor de un escritor-periodista, colóquense los oficios en cualquier orden, como es Carrére. Para mí Eduard Limónov era hasta el momento un figurante sin rasgos distintivos en el enorme drama que debe estar desarrollándose en estos momentos en Rusia, ese país que miramos siempre con atracción morbosa tintada por el temor. Ahora es un personaje imborrable: uno de esos caracteres que abarcan toda una época, un signo de nuestro tiempo. Un signo de interrogación, en concreto.
Es obvio que el propio Carrére, al que inicialmente se le encargó hacer un reportaje sobre el personaje, se vio envuelto progresivamente en todo el proceso de atracción y repulsión que nos hace seguir como lectores en esta biografía sui géneris. Porque es difícil resistirse a la fascinación por un tipo que ha sido raterillo de suburbio soviético, poeta laureado, mendigo gay, líder de partido político, mayordomo, héroe contracultural, guerrillero serbobosnio y, eso sí, ególatra infatigable en cualquiera de esas actividades. Como resume el autor, no se conoce a mucha más gente que haya ido a cócteles con Andy Warhol en Nueva York y haya estado recluido en cárceles siberianas. Si un escritor de ficción hubiera creado un personaje así, su novela habría sucumbido a la imposibilidad de suspender la incredulidad del lector.
Sin embargo, quien afronta la labor de retratar al personaje es alguien de la destreza de Carrére. A quienes ya tuvieran ocasión de disfrutar de De vidas ajenas o, especialmente, El adversario no necesito hacerles ningún apunte adicional. Para quienes aún no le conozcan, decirles que comparte ciertos manierismos —intervención personal en el relato, incorrección— con sus afamados paisanos Houllebeq y Beigbeder, pero a mí me resulta más auténtico. No necesita epatar por postura, sino que lo hace por lo que narra, siempre con impecable eficacia.
Y ese personalismo le obliga a no esconder las dobleces del personaje, a no poder ocultar que le resulta repulsivo por momentos. El lector tiene margen de maniobra suficiente y abundancia de información para llegar a sus propias conclusiones. Aunque yo no tengo casi ninguna: Limónov, además de un personaje novelesco, es demasiado carnal para ser interpretado de cualquier manera convencional, unidireccional. Y por ello encarna con precisión el zeitgeist de nuestro tiempo confuso, en el que es imposible conocer verdaderamente la realidad ante la multiplicidad de fuentes, la existencia siempre de voces que condenan el bien y la habilidad del mal para camuflarse entre la vegetación.
Como a la Rusia de hoy en día, creo que me encantaría conocer brevemente a Limónov, para luego mantenerle bastante lejos a él y a esos muchachos que le acompañan con una bandera nazi que ha sustituido la cruz gamada por la hoz y el martillo. Carrére dice que no son mala gente del todo... pero por si acaso. Aunque, dado que este no es un libro destino, sino que abre ruta, a partir de ahora no podré evitar echar un vistazo más detallado de cuando en cuando a lo que ocurre por allí. Y ver si Limónov tiene una nueva reencarnación pasados los setenta años con la que pueda, todavía, reinventarse con su enésimo disfraz. El que Carrére le propone para terminar el libro, con ternura, no creo que le satisfaga.