viernes, mayo 18, 2012

Mitologías, W. B. Yeats

Trad. Javier Marías, Alejandro García Reyes y Miguel Temprano García. Acantilado, Barcelona, 2012. 384 pp. 26 €

José Luis Gómez Toré

Si la reciente publicación en la editorial Pre-Textos de la poesía completa de William Butler Yeats en una cuidada traducción de Rivero Taravillo supuso una importante aportación al conocimiento por parte del lector de habla hispana de una figura fundamental de la poesía europea, la aparición de estas Mitologías nos permite acercarnos a la vertiente narrativa de una obra de una evidente unidad (el tercer pilar de esta obra sería el teatro, de la que se echan en falta ediciones recientes en español). El lector del Yeats poeta no se sorprenderá encontrar aquí motivos tales como la importancia del mito o del ocultismo así como la cuestión de la identidad irlandesa, temas todos que mantienen a su vez entre sí importantes vínculos. Por otra parte, la atracción por el mito, heredada del Romanticismo, es una constante en toda la literatura del cambio de siglo, la que va del Simbolismo a las vanguardias, en la que cabe desde el enfoque paródico de un Joyce a la visión nostálgica y desencantada del Eliot de La tierra baldía, pasando por los intentos de recuperar una suerte de verdad mítica como la que subyace en buena medida en Yeats, en quien no faltan tampoco (y así se aprecia también en este libro) momentos en que dicha empresa parece harto difícil. Si Weber habló del desencantamiento del mundo como uno de los procesos centrales que definen la Modernidad, en buena parte del arte del período se percibe el deseo de una remitologización, de la que no faltan incluso ramificaciones en la literatura popular (pienso, por ejemplo, en Tolkien y en su larga lista de imitadores). No lejos de esta cercanía al mito está esa tradición secreta, que en el presente volumen se refleja en los relatos de La rosa alquímica y en los ensayos incluidos en Per amica silentia lunae, que ha vuelto su mirada hacia las llamadas ciencias ocultas, una tradición que a los ojos de una mentalidad racionalista puede resultar molesta, pero a la que se asocian nombres como los de Nerval, Pessoa o el propio Yeats (y que no está ausente en la tradición hispánica, como nos recuerda, por ejemplo, el Modernismo o la obra más reciente de Ángel Crespo).
No obstante, creo que leer Mitologías como un mero documento de época resulta empobrecedor. El presente libro es ante todo una bellísima recreación de los mitos y creencias irlandeses, de una tradición a un tiempo popular y culta en la que se funden, no siempre de manera armónica, como reflejan algunos de los cuentos de Yeats, las tradiciones paganas de origen celta con la visión del mundo del cristianismo. Si los relatos de El crepúsculo celta, que abren el volumen, dejan un importante espacio al humor (algo sobre lo que reflexionará el propio Yeats, en su “Reprimenda a los escoceses por haberles agriado el carácter a sus fantasmas y duendes”), La rosa secreta y las Historias de Hanrahan el rojo dan paso a una visión más dramática, que refleja en buena medida la fragilidad de esos mitos y sobre todo de la esperanza de salvación puesta en ellos.
Me atrevería a afirmar que para el lector de la poesía de Yeats es este un volumen imprescindible. También para aquel que nunca se haya acercado a su formidable obra lírica, los cuentos y ensayos de Mitologías dibujan una más que recomendable puerta de entrada. Pero más allá de ello, nos encontramos ante una obra que se sostiene por sí misma como una admirable ejercicio de la fantasía y como una respuesta a esa necesidad, siempre renovada, de escuchar y contar historias, ese hilo secreto que une la infancia con eso que llamamos, sin mucha convicción, madurez.

jueves, mayo 17, 2012

Un mundo aparte, Gustaw Herling-Grudzinski

Trad. Agata Orzeszek / Francisco Javier Villaverde González. Prol. Jorge Semprún. Libros del Asteroide, Barcelona, 2012. 360 pp 22,95 €

 
Ángeles Prieto

 
En estos tiempos en que es frecuente encontrar manipulaciones históricas, a manos de opinadores de todo tipo e ideología y sin formación, la durísima lectura de este libro es más que necesaria. Porque estamos ante un desgarrado testimonio de primer orden condenado inquisitorialmente al olvido desde su aparición, pese a que viniera acompañado de un prólogo de Bertrand Russell en su primera edición en lengua inglesa, allá por 1951. El mismo Albert Camus batalló sin éxito alguno a fin de que fuera publicado este libro en Francia. No lo consiguió.
Al mismo Gustaw le resultaría aleccionador, además de irónico, que la difusión de su obra en Rusia no pudiera hacerse realidad hasta 1990, sólo después de la caída del muro y del gran aldabonazo que sobre el régimen soviético diera Solzhenitzyn con su Gulag. Quizá porque tuvieron que ser los propios rusos, y no un polaco, quiénes mostraran a Occidente todo el horror del régimen totalitario que debieron padecer, a idéntico nivel que el nazismo, aunque superado éste en términos estadísticos por los Soviets dado que cuarenta millones de personas fueron deportadas a Siberia. Escasa diferencia encontramos también entre los campos de concentración germanos y la extenuación por hambre y trabajos forzados en aquellos infiernos helados: la destrucción absoluta de la individualidad, los niveles de degradación alcanzados fueron los mismos. Y destaquemos también que la cerrazón de cierta intelectualidad europea a no querer asumir lo que allí estaba ocurriendo, en la proclamada patria de la igualdad y la justicia social, se impuso hasta el final.
El caso es que sumidos en el dolor más absoluto y desesperanzado, junto al testimonio organizado, inteligente y perspicaz que nos transmite Gustaw sobre la supervivencia en los campos, en medio de la traición, la delación y la culpa reinantes, siempre surge algo que nos redime, que nos permite distraer la mirada del horror para hacerlo quizá más ostensible. Porque a lo largo de esta obra autobiográfica se desliza una mirada perspicaz pero también compasiva, conocedora de esa empatía sabia, necesaria piedad, que sólo conseguimos encontrar en la mejor literatura: un libro jalonado de hermosas impresiones personales y de edificantes historias de muchos personajes anónimos que no tuvieron nunca la oportunidad de huir.
Más allá de un documento histórico estamos ante una obra mayor que nos conmueve profundamente. Y también nos debe motivar. Pues no sólo somos las quejumbrosas víctimas de una crisis económica, sino también los herederos de una Europa que se desgarró a sí misma en dos demencias crueles, alcanzando entonces unos niveles de degradación, envilecimiento y abyección jamás vistos y que consiguió remontar el vuelo derrotando utopías, gracias al trabajo, la solidaridad, la justicia y el respeto a los derechos humanos. En esa lucha de la razón, hemos de seguir con firmeza. Y ese es el valiente legado que nos transmite esta obra maestra.

miércoles, mayo 16, 2012

Ramal, Cynthia Rimsky

Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2011. 161 pp. 14,50 €

José Morella

Hace más de quince años hice autoestop desde Buenos Aires hasta Jujuy con unos amigos. Tres semanas bastante delirantes. Uno de nosotros era porteño, y recuerdo siempre lo mucho que me sorprendió que la vida del interior de su propio país —los indígenas colla de Salta y de Jujuy, las casas de adobe de familias humildes, la lentitud y la parquedad de la gente de los pequeños pueblos— le resultara a él tan extraña como a mí. Se sentía en su propio país tan extranjero como yo. En ese viaje mi conciencia de la desigualdad social se hizo mucho más fuerte de lo que ya era. Y ahí me ha devuelto Ramal. No es Argentina sino Chile, y el ramal es el de la línea férrea que discurre entre Talca y Constitución. La distancia entre el afuerino ("el que viene de afuera") y los lugareños es tan brutal que al principio el protagonista llega a pensar que no hablan la misma lengua: le pregunta algo a alguien y no recibe respuesta, o eso cree él. La cosa es más simple: la gente se toma tiempo para pensar lo que va a responder, algo inédito en la capital. Al principio el afuerino no sabe interpretarlo. Para escribir su historia, Rimsky, como el afuerino, se ralentiza. Es difícil apresurarse leyendo este libro. Empecé a disfrutarlo mucho cuando dejé de intentar acelerar la lectura y producir sentidos. El lector es también el que viene de afuera. Rimsky gasta muchísimo esfuerzo y talento para que que pocos lectores nos aliviemos del ritmo demencial que, si nos despistamos, solemos vivir como natural.
El tren de Rimsky me recuerda a la idea del espacio típica de los libros de Gaston Bachelard: el espacio verdadero es el que se da en el adentro de los ojos, el espacio soñado; imposible desligarlo de nuestra entraña. En Ramal ese espacio va dibujando -—entre otros— dos mapas, o dos esbozos de mapas, muy claros: el de la nostalgia y el de la miseria. Pasado y futuro. Un mapa místico para transitar el pasado añorado que se desea salvar, y otro económico para transitar el futuro ruinoso. Ambos se viajan en el mismo tren. De este modo, el afuerino se salta siempre el momento presente. Pasa por alto lo único que de verdad existe. Por eso desconoce hasta un punto inimaginable (como tantas personas hoy en día) a su propio hijo neurótico, así como a sí mismo y a sus propias neurosis. Por eso le pasa lo que le pasa. La novela se nutre del choque entre el fluir del tiempo y nuestra torpeza psicológica para dejar de intentar patéticamente adueñarnos de él, para dejar de medirlo y usarlo para algo. Como lector, al principio quieres saberlo todo: quién es el hijo, el hijo de quién, qué dentista vivió dónde, quién arregló qué casa para vivir con qué mujer. Luego te vences al ritmo del libro, a su(s) espíritu(s), y lo disfrutas.
Una lectura económica deja desnuda para quien quiera verla (o tal vez sólo para mí) cierta verdad sobre el turismo. El ramal pasa por lugares que el Estado dejó a su suerte. En algún momento hubo hoteles, pero la bicoca se hundió cuando un aristócrata puso una planta de celulosa que apestó literalmente la zona y no dio tanto trabajo como prometía. De todos modos, todavía hoy los burócratas de la capital van dando "capacitaciones" a los lugareños para vender su vino casero o sus comidas típicas como valores turísticos. La definición exacta de ruina: restos de algo.
El turismo suele crear mundos nuevos que se disfrazan de mundos antiguos. Hace florecer el papanatismo. Lo "auténtico" no es lo que los turistas encuentran cuando llegan ni lo que buscaban cuando partieron. No es lo que hubo ni lo que se produce como supuestamente idéntico a lo que hubo. La experiencia llamada "vino casero" que se da en bodegas particulares de hijos (arruinados) de viejos campesinos no puede evitar modificarse por la propia búsqueda de los turistas y por el deseo de enriquecimiento de los productores. El antiguo vino, que era sólo eso, vino, ya no existe precisamente porque queremos que exista. Lo único que hay son compulsivos deseos colectivos que suelen dejar una melancolía cuya causa queda oculta para quienes la sienten. La existencia del turismo crea la tradición y no al revés. Lo auténtico no existe. Eso que (no) es se va muriendo mientras le chupan o tratan de chuparle la sangre que le queda los burócratas que dan certificados de "apto" a los lugareños para etiquetarse a sí mismos, a sus cerdos de matanza, su vino y las tejas antiguas de sus casas. Pero qué demonio son las tradiciones, dónde está el límite entre la cultura con mayúsculas —si es que existe— y el casposo souvenir de rambla. Qué es el valor de lo nacional o provincial. Qué ficción o ruina de ficción es esa. Y la única pregunta que cuenta: cuánta pasta (plata, guita, cuartos, lana) nos puede dar todavía.
Durante la lectura sabemos de mujeres que trabajan en invernaderos de tomates y que se prostituyen para sacar un extra. Hay gente que denuncia a la policía a adolescentes que están en la calle simplemente por estar en la calle. Hay críos mendigando, envueltos en mantas. Una mujer púber se ofrece a sí misma al afuerino como pareja; la vida de esa niña ha sido tan difícil que confunde ser tratada sin agresividad con ser muy bien tratada. La miseria nos resulta difícil de entender porque se aloja en el cuerpo. Es emocional. Tensa los músculos. Mirarla solamente no es bastante: vemos sólo una cara, como cuando miramos la luna, y la vemos muy mal. Y sí, ya lo sé, nuestra crisis de ahora, el cuarto mundo, etcétera. Pero aun así.

martes, mayo 15, 2012

El libro de Monelle, Marcel Schwob

Trad. Luna Miguel. Demipage, Madrid, 2012. 119 pp. 15 €

Ignacio Sanz

Había leído algún artículo ponderando la fascinación que produce en unos pocos la obra de Marcel Schwob, pero confieso que no conocía nada de él. Es un tipo extraño, un raro, uno de esos escritores atípicos que se salen por la tangente de los campos literarios. No es extraño que haya influido en autores como Cunqueiro, Borges o Vila Matas. Otros que tal bailan. Según leía esta novela, recordaba uno de los primeros libros de Cunqueiro, Flores del año mil y pico de ave, en que se cuenta la vida y milagros de una serie de damas de antaño, gozadoras de la vida con ese regusto ingenuo propio de las calendas medievales. Luna Miguel, la traductora y presentadora de esta novela resulta también fascinante. Imagínense ustedes a una muchacha que a los quince años queda deslumbrada por Monelle, la nínfula que junto con Alicia y Lolita conforma el cogollo de la mejor literatura y a los veintidós, la traduce y la prologa. Como señala Luna Miguel, Carroll y Nabokov los padres de sus respectivas criaturas son muy célebres y ciertamente no lo es tanto el bueno de Marcel Schwob, muerto con 38 años. Pero al tiempo que me venía a la mente Cunqueiro, a ráfagas, me acordada del Libro del Tao, resumen de la filosofía budista. Y de los cuentos tradicionales de la vieja Europa. Todo ello se da en esta novela corta, intensa y extraña, como si los manantiales en los que bebiera su autor fueran ciertamente exóticos.
La novela está dividida en tres partes, “Las palabras de Monelle”, en las que se hace declaración de intenciones y confiesa su condición de prostituta, claro que no prostituta a la manera convencional, sino prostituta sabia, filosófica, curativa. La segunda parte, “Las hermanas de Monelle”, se dibuja la biografía de las once hermanas, como salidas cada una de un cuento maravilloso. Y en la tercera parte, “Monelle”, se nos cuenta en seis capítulos su aparición, su vida, su huída, su paciencia, su reino y su resurrección. Ciertamente resulta fascinante Monelle, como personaje escapado de un cuento tradicional. Aparecen a lo largo del relato muchos elementos cargados de simbolismo. El propio lenguaje restalla en nuestros oídos como una música extraña, envolvente, acariciadora. Cuando cerramos el libro que nos ha llevado por caminos nada convencionales, nos acordamos de la joven Luna Miguel y comprendemos que la lectura de una novela misteriosa como El libro de Monelle marque para siempre.

lunes, mayo 14, 2012

Manifiesto personal, Ana María Moix

Ediciones B, Barcelona, 2011. 272 pp. 18 €

Cristina Davó Rubí

En los tiempos que corren, es un bálsamo leer un libro como este. Y digo bálsamo, aunque no se encuentra optimismo alguno, porque esperanza saber que aún queda gente lúcida que se atreve a decir verdades, a criticar sin sectarismo y a reivindicar la inteligencia de la ciudadanía ante los abusos que se están cometiendo. Manifiesto personal de Ana María Moix (Barcelona, 1947) es, como el título afirma, una exposición propia y personalísima de lo que está sucediendo en nuestro país, pero avalada por el espíritu crítico y observador de una escritora con un amplio bagaje cultural. Su enfoque es el del ciudadano de a pie, cuyo estado de ánimo es ahora mismo la indignación. Moix, en contacto directo con la realidad, recopila anécdotas y abarca ámbitos tan diversos como la juventud, la educación, el paro, el consumismo, la especulación inmobiliaria, los derechos de la mujer, o la ancianidad. Todo ello con un ataque radical a la clase política en general, descastada, falta de ideales y guiada por el poder de los mercados, según su opinión.
El lenguaje utilizado no podría ser más natural y claro, cualquier lector entenderá y se sentirá identificado en alguna de las situaciones que muestra la autora, sino en todas. Sin embargo, se nota el saber hacer que convierte un texto sencillo en una obra de singular calidad humanística. No debería de pasar desapercibido este libro destinado a mover conciencias. Que busca la organización, la solidaridad para cambiar una situación que está arrasando con todas las seguridades que teníamos. Un toque de atención sobre los padres que desatienden la educación de sus hijos, sobre el desamparo en que se encuentran sectores de la sociedad como las viudas o los ancianos, sobre una construcción desaforada que nos ha puesto al límite del abismo, sobre la debilidad de nuestra democracia. Pasado el tiempo de las vacas gordas, Ana María Moix apela al desconcierto y a la desilusión para movilizarnos, para que luchemos por la recuperación de un sistema democrático que es el mejor de los posibles. Si algo positivo encontramos en este manifiesto amargo es la posibilidad del cambio. Que la crisis haga replantearnos nuestros valores y prioridades, ponernos en el lugar del otro, y no seguir dejándonos subyugar por discursos envenenados y arteros.
Ana María Moix es la única mujer incluida por José María Castellet en la antología Nueve novísimos poetas españoles (1968). Llamada por sus amigos cariñosamente “la Nena”, para diferenciarla de su hermano Terenci, reúne numerosos reconocimientos a su carrera literaria, como escritora, periodista, traductora y editora. Siempre ha estado vinculada al compromiso con causas justas y se ha declarado abiertamente feminista y de izquierdas. Ahora, además, está enfadada. Por eso lanza este dardo para quien lo quiera recibir.