viernes, marzo 23, 2012

Col recalentada, Irvine Welsh

Trad. Federico Corriente. Anagrama, Barcelona, 2012. 288 pp. 17,90 €

Santiago Pajares

Irvine Welsh se hizo mundialmente conocido en los noventa con la aparición de su primera novela, Trainspotting, cuya adaptación cinematográfica a cargo de Danny Boyle se convirtió casi en un himno generacional. El famoso monólogo que abre la película, impreso en multitud de posters en todos los idiomas, trata de explicar por qué la gente se droga, frente a todos los libros y películas que tratan de explicar por qué nadie debería drogarse. A Irvine Welsh siempre le ha gustado ir contra corriente. La novela tuvo tanto éxito que no sólo tuvo su continuación (Porno, 2002), sino que la precuela, Skagboys, se espera durante 2012.
El resto de sus novelas, aunque no han tenido la misma repercusión mediática que Trainspotting, han ido ganando una legión de fans seguidores de su prosa realista y curtida. Es conocido también por su prosa inventiva, como en la novela Escoria, donde los pensamientos de la tenia del protagonista se superpone al propio texto del libro.
Ciertos autores son inseparables de su entorno. Irvine Welsh se ha dedicado en multitud de ocasiones a relatar la vida en Edimburgo, sus gentes, sus problemas con las drogas y sus hinchadas de fútbol. Incluso escribe directamente en su dialecto escocés, lo que hace que las traducciones pierdan mucha carga emocional el pos de la comprensión lectora. Este libro se intuye que no es una excepción en ese aspecto.
Como el propio autor explica en el prólogo, la mayoría de los relatos que componen el libro han indo apareciendo con el paso de los años en revistas que ya no se encuentran en circulación. Sólo el último de ellos (y el más extenso), “Miami soy yo” es inédito.
El libro se compone de 8 relatos. Prefiero no enumerar la temática de todos y cada uno, así que comentaré el que menos y el que más me ha gustado, me parece lo más justo.
El que menos, “El incidente Rosewell”: Cuenta la historia de cómo unos extraterrestres adictos a los cigarrillos tratan de imponer a algunos de los jóvenes de la zona como nuevos líderes del planeta tierra. Comandados por el hermano de uno de estos jóvenes, usarán su moderna tecnología y recurrirán a la energía colectiva extraterrestre para alcanzar sus fines. Aunque el tono es jocoso y trata de llevar la narración al delirio, personalmente no me ha llegado.
El que más me ha gustado, con una gran diferencia, ha sido el relato inédito “Miami soy yo”. En esta narración un antiguo maestro recientemente viudo debe acostumbrarse a su nueva vida en Miami con su hijo, su mujer y su nieto. Dedicado a pasear su sombra por las soleadas calles, y tratando de buscar algún tema del que hablar con su nieto, descubre que un famoso Dj que viene a tocar a la ciudad es un antiguo alumnos suyo. Aunque en principio trata de verle para reconducir su vida, la noche que pasa con él, con su novia y sus amigos cambiará su forma de ver las cosas. Música electrónica, drogas y mucho volumen no pueden enmascarar los obvios problemas de todos los personajes. La delicadeza con que está tratada la tristeza del viejo profesor me ha parecido enternecedora, como alguien a cierta edad no puede sino echar en falta tiempos mejores, donde todo le era más comprensible. Y como al darse cuenta de que todos estos cambios sólo le importan a él le hace dudar de a dónde ha ido todo el esfuerzo de años. En cierta manera, es una narración de Welsh desde el otro lado de lo que él suele escribir, más allá de las drogas, la priva y la música electrónica. Un relato auténticamente envidiable. Y es casi un treinta por ciento del libro.
En definitiva, un libro que gustará a los habituales de Irvine Welsh, y descubrirá un poco de su mundo a aquellos que se asomen por primera vez a estas páginas. Esto de los relatos, como los colores, puede llegar a convertirse en una mera cuestión de gustos. Y en general, a mí me gustan.

jueves, marzo 22, 2012

Escritos breves, James Joyce

Ed. y Trad. Mario Domínguez Parra. Ediciones Escalera, Madrid, 2012. 208 pp. 16,50 €

Miguel Baquero

Reunidos bajo el título de Escritos breves, los textos que componen este volumen (publicado en edición bilingüe y precedido de un magnífico prólogo por parte del traductor-responsable de la edición) bien podrían haberse agrupado bajo el título, por ejemplo, de “Radiografía de un artista en formación”. Y no estamos hablando, desde luego, de cualquier artista, sino nada menos que de James Joyce, uno de los más importantes escritores del siglo XX y cuya influencia ha sido máxima en los autores posteriores y aún se extiende hasta nuestros días.
En el volumen que acaba de publicar Ediciones Escalera —imprescindible, huelga decir, para todo seguidor del escritor irlandés e incluso para todo interesado en asistir a la formación de un espíritu creativo—, se suceden varios textos que Joyce escribió en sus primeros años como practicante de la Literatura, antes de que comenzaran a ver la luz sus obras mayores. “Epifanías”, en concreto, el primero de los “escritos” que se recogen en este volumen, es una sucesión de apuntes, pequeños detalles, a veces fragmentos tomados de conversaciones, fogonazos, en fin, que el autor va recogiendo de su entorno familiar y de la vida de Dublín con vistas a integrarlas en una novela que en aquel momento se hallaba escribiendo: Stephen Hero. Este proyecto, como es bien sabido, acabó por malograrse, rechazado por todas las editoriales (se publicaría de modo póstumo), pero en estas “Epifanías” vemos ya los primeros apuntes de genio del autor. Se trata, como se ha apuntado, de retazos, bocetos, detalles tomados del ambiente, a algunos de los cuales daría cabida posteriormente en Dublineses, su libro de cuentos.
De hecho, el autor siguió cultivando esta búsqueda de epifanías o, como él las calificaba, “momentos de refulgencia artística”, prácticamente durante toda su carrera, hasta la redacción de Finnegan´s Wave, su última obra. Pero estas tempranas epifanías sobre las que iba a basar su primera novela y que se nos ofrecen en este volumen, se aprecia ya la forma en que el artista comienza a abrirse al mundo…
“Un retrato del artista”, el segundo de los textos de este volumen, anticipa en evidente medida la primera de sus novelas publicadas, Retrato del artista adolescente. En el caso del texto que se recoge en este volumen, asistimos al conflicto interno que empieza a plasmarse en Joyce entre la fe que siente y la autoridad de la Iglesia católica, que rechaza debido a la férrea educación jesuita recibida. Repudio de la institución pero sentimiento, o reconocimiento al menos, del catolicismo, esta es una de las principales constantes en Joyce que aún hoy desata controversias entre quienes ven la evolución hacia una ruptura total respecto a lo religioso y quienes aprecian en las páginas de su obra “los residuos de un auténtico católico”. En todo caso, nos hallamos en un ambiente de estudiantes, estudiantes que se cuestionan su alrededor, que se abren a las grandes preguntas, nos encontramos (aunque no aparece su nombre) ante la segunda manifestación de Stephen Dedalus, aquel que no se logró concretar en la fallida Stephen Hero y quien en solo unos años bajará esplendoroso desde la torre Martello a la radiante vida dublinesa, el 16 de junio de 1904, en las primeras páginas del Ulysses.
Éste precisamente, Dublín, es otro de los temas capitales en la obra de Joyce. Eternamente exiliado de la religión, eternamente exiliado de Irlanda, sobre Dublín volverá una y otra vez en sus obras… salvo en “Giacomo Joyce”. Escrita en 1907, durante el tiempo en que residía en Trieste —el mismo año que apareció su primer libro, el modesto volumen de poemas Música de cámara—, nos encontramos ante un personaje que vaga por las calles de esa vieja y magnética ciudad italiana algo aturdido por la posibilidad de cometer una infidelidad hacia su esposa. La infidelidad y la vida conyugal, este es quizás el tercer tema principal en la obra de Joyce y que como tal alcanzaría su máxima expresión en la obra de teatro Exiliados. “Giacomo Joyce” es un texto emotivo, traspasado de sentimiento, donde vemos ya a un autor en completa madurez como artista, preparado definitivamente, después de un largo recorrido, para tomar la pluma y lanzarse a escribir…

miércoles, marzo 21, 2012

Armenia en prosa y en verso, Ósip Mandelstam

Trad. y Ed. Helena Vidal. Acantilado, Barcelona, 2011. 144 pp. 16 €

Alejandro Luque

«Rusia es el país que más importancia da a sus poetas. En ninguna parte se toman la molestia de ejecutar a tantos». Esta frase, que cito de memoria, resume con nítida crudeza el tiempo que le tocó vivir a Ósip Mandelstam, quien acabó sus días deportado en el infierno helado de Siberia, condenado a trabajos forzados por el mismo Stalin del que había osado mofarse en un epigrama. Ocho años antes de su muerte, en 1930, el poeta ruso y su esposa Nadezhda hicieron un memorable viaje a Armenia. De allí surgió este libro que, con una sobresaliente traducción y un interesantísimo prólogo, recupera ahora el sello Acantilado.
En el momento de hacer las maletas, Mandelstam lleva cinco años sin escribir poesía. Ha sido víctima de una feroz campaña de difamación, vetado en todos los medios y obligado a sobrevivir a duras penas con faenas de traductor. Es entonces cuando Armenia le acoge con los brazos abiertos, y la inspiración regresa como por arte de magia. Las notas introductorias, a cargo de Helena Vidal, dedican no poco esfuerzo en responder a esta cuestión: ¿Qué encontró el poeta en aquella tierra extraña y remota? Puede que fuera su condición de encrucijada entre Oriente y Occidente, el límite del mundo judeo-cristiano; tal vez se dejara conquistar pronto por la nobleza y sencillez de ese pueblo «que vive a puro esfuerzo,/ que computa cada año como un siglo», según consigna en un poema; o por la sonoridad de aquella lengua «inasequible al desgaste», donde columbraba las genuinas raíces indoeuropeas. Armenia, su historia y su cultura, ejercerán sin duda sobre el autor un potente magnetismo, espolearán su curiosidad y dispararán su fantasía.
Yo me atrevería a barajar, no obstante, otra hipótesis: la posibilidad de que Mandelstam alcanzara a sentirse allí, bajo “el cielo miope” de Armenia, bien, simple y llanamente bien. Y dicho bienestar viene asociado de forma inseparable a la idea de libertad. Como bien apuntaba Muñoz Sanjuán en la introducción a Sobre la naturaleza de la palabra y otros ensayos (Árdora, 2005), «según van transcurriendo los días, Mandelstam estará más solo y a su vez más libre: nadie quiere lo que escribe, y así, él puede escribir lo que realmente desea». Lejos de las intrigas moscovitas, fuera del alcance del aparato represivo soviético, el bardo se reencuentra con la Naturaleza y consigo mismo. Armenia será el viaje a la semilla que le reconcilie con su vocación de cantor, incluso aunque no volvieran a publicarle jamás.
Abanderado del acmeísmo, aquella corriente opuesta al simbolismo y defensora de un lenguaje limpio y claro, el sutil poeta que es Mandelstam se revela también en prosa, como cuando se refiere a la anchura «casi gubernamental» de los troncos, o habla de la separación como «la hermana pequeña de la muerte». Pero sobre todo lo es en verso, donde se alternan con frecuencia la pincelada esteticista y el escalofrío, siempre sobre una honda base moral: «Moscú son cerezos en flor y teléfonos/ y días marcados por las ejecuciones…».
Allí, en la capital, le esperaba el poder afilando sus cuchillos, reclutando a sus chivatos, haciendo inventario de sus infamias. Pero ya no habría para él vuelta atrás. Es el problema de haber sido verdaderamente libre alguna vez: que resulta muy difícil regresar al rebaño por el propio pie.

martes, marzo 20, 2012

Una hermosa doncella, Joyce Carol Oates

Trad. María Luisa Rodríguez Tapia. Alfaguara, Madrid, 2011. 213 pp. 19,50 €

Ángeles Prieto

Tras una lectura amena, muchas veces trepidante, mi impresión ha sido que esta candidata sempiterna al Nobel, con más cincuenta novelas a sus espaldas, ha regresado con una obra sólida pero menor, resentida todavía por el tremendo esfuerzo que le supuso superar el duelo de su esposo y contarlo. Traumática experiencia que deja sus huellas en esta narración concretamente.
Y es que si el sueño de la razón produce monstruos, el del amor transforma éstos en seres irreales o inauténticos, revestidos de un halo de idealismo que no termina de convencernos. Quizá por ese eterno desajuste entre la literatura y la vida, porque esta última siempre termina por revelarse ante nosotros más intensa, pero también más dolorosa.
Pues con un principio magistral, claro y contundente, la autora nos presenta a los dos protagonistas de esta historia amorosa sin medias tintas: Katya Spivak de dieciséis años y Marcus Kidder, de sesenta y ocho. La primera, un personaje solitario, casi sin historia, sin familia protectora y sin dobleces y el segundo, un elegante caballero idealizado, también aislado y dedicado exclusivamente al arte y la belleza. Entre ellos, como nos podríamos imaginar, una relación muy complicada, dados los escasos temas en común, y que sin embargo va transcurriendo por los sensatos senderos de la realidad (un paga y otra recibe) hasta el mismísimo final, aquel en que el lector se verá extrañamente sorprendido por lo que constituye una parábola sin más sobre el amor y la muerte. Lector que no se podrá explicar este lírico y sorprendente canto de cisne en lo que ha venido a ser, durante todo el volumen, una angustiosa historia donde ha ido mascando, ya desde el principio, una tragedia hostil y sórdida que hubiera sido el final lógico, aquí escamoteado por extrañas razones poéticas.
Las magistrales figuras secundarias de la madre y el joven amante de Katya, sirven asimismo para dibujarnos ese ambiente inhóspito, quizá lo más interesante de a novela, que rodea a los personajes solitarios y que Joyce Carol ha sabido transmitirnos tal vez gracias a esos terribles sentimientos de indefensión que nos invaden en periodos de duelo, especialmente tras un matrimonio de fuertes y profundos lazos como fue el suyo.
En definitiva, una novela muy bien escrita, con ese enorme dominio narrativo que la Oates caracteriza, pero que no convence. Tal vez porque las historias de amor, por muy alejados y distintos que nos parezcan sus actores, son siempre apuestas por la vida, aunque tantas veces terminen con un vodevil o reality show, pero no por la muerte.

lunes, marzo 19, 2012

El asesino hipocondríaco,

Plaza & Janés, Barcelona, 2012. 217 pp. 16,90 €

Cristina Davó Rubí

Divertidísima, original, atrevida y además de todo instructiva. Así es la primera y esperada novela de Juan Jacinto Muñoz Rengel (Málaga, 1974). A pesar de su juventud, el malagueño cuenta ya con una dilatada carrera como profesor, columnista, crítico y autor de relato corto. Doctorado en filosofía, fundó en 1998 la revista Estigma, ha colaborado en publicaciones como Anthropos, Clarín, Ínsula o el diario El País. En la actualidad es profesor de los Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja de Madrid y dirige un par de programas literarios en Radio Nacional de España. Compagina todo ello con su labor como escritor, con la publicación de 88 Mill Lane (2006) y De mecánica y alquimia (2009), Premio Ignotus al mejor libro de cuentos del año y finalista del Premio Setenil. Además de haber editado Perturbaciones y Ficción Sur, y haber sido incluido él mismo en numerosas antologías, como Cuento vivo de Andalucía (2006) o Atmósferas (2009). Para sorprendernos ahora con El asesino hipocondríaco (2012), un extraordinario ejercicio literario, en el que se mezcla el humor con una concienzuda documentación.
El argumento se basa en la tarea que tiene que acometer el señor Y., contratado para liquidar a Eduardo Blaisten. Lo que ocurre es que el asesino a sueldo se muestra desde el principio un tipo peculiar, compendio de una serie de enfermedades, reales o imaginarias, que lo llevan a creer que cada día es el último de su vida. Por ende, este acopio de dolencias le impide continuamente realizar su encargo. De manera que la narración se convierte en una sucesión de intentos fallidos del escrupuloso asesino hipocondríaco. Hasta aquí, la excusa para la trama narrativa. Sin embargo, el acierto de Rengel consiste en el entramado que teje, capítulo a capítulo, a modo de analogía con escritores y pensadores famosos aquejados de los mismos males que nuestro personaje. Una verdadera galería de enfermos ilustres con los que el protagonista se identifica. Kant, Poe, Voltaire, Proust, Byron, Tolstói y muchos otros, como un selecto club de malditos a los que la mala fortuna y la enfermedad han asediado siempre. Sin que estas digresiones menoscaben para nada el desarrollo del argumento.
Hay que elogiarle a Muñoz Rengel, aparte de lo dicho, su hábil manejo de la palabra y su atinada manera de dejar aquí y allá cabos que el lector podrá ir atando fácilmente para encontrar un sentido a la historia. Si bien se podría decir que la acción no es trepidante ni intrigante, por consabida ya a lo largo de la lectura, sí sabe el autor mantener el pulso, con un lenguaje mezcla de sencillez y tecnicismos, prosa fluida y una gran dosis de ironía. Y culminar, asimismo, con un final abierto, en estructura circular, que reafirma la espiral en que se encuentra metido el desdichado M.Y. Una creación insólita y magistral este argentino de moral kantiana, un ser paradójico y delirante que representa en grado máximo al hipocondríaco, inspirador de compasión por mucho que fríamente pueda parecer incluso repulsivo. Como contrapunto, su objetivo, el señor Blaisten, tan seguro de sí mismo, de tan exultante salud, con una amante. Todo lo que Y. no tiene. Porque lo que él tiene es soledad, nulas relaciones sociales como buen asesino profesional, por eso se inventa amigos, muy sofisticados, por cierto. Quizá habría que reflexionar también sobre el mundo de las apariencias; que el lector decida.
En cualquier caso, una novela entretenida, diferente, con un falso trasfondo de género negro, que más allá de la propia historia y de desvelarnos curiosas anécdotas sobre grandes literatos y pensadores, puede ponernos sobre aviso de los males de la soledad, de la excesiva sensibilidad y de hasta qué punto es posible distorsionar la realidad y lastrar nuestra vida hasta que nos llegue la hora. Porque eso sí, todos morimos al fin.