viernes, diciembre 30, 2011

En casa. Una breve historia de la vida privada, Bill Bryson

Trad. Isabel Murillo. RBA, Barcelona, 2011. 671 pp.  25 €

Care Santos

Bill Bryson (Des Moines, Iowa, 1951) debe de ser un tipo curioso, siempre formulándose preguntas inauditas, como quién inventó el salero de mesa o por qué las camas en esta parte del mundo se sostienen sobre cuatro patas y siempre dispuesto a todo con tal de averiguarlo. Conocido entre los lectores de nuestro país por su anterior trabajo, el monumental Una breve historia de casi todo (2003), ahora es un propósito en apariencia más humilde el que alienta sus pesquisas. Sólo en apariencia, hay que advertirlo, porque en manos de Bryson, hasta los acordes más sencillos acaban convertidos en compleja sinfonía. 
En 1977, el autor norteamericano, su esposa y los cuatro hijos de ambos se instalaron en una nueva casa en North Yorkshire, Inglaterra, donde habría de residir dos décadas. La casa era una antigua y reformada rectoría dieciochesca con vistas a la campiña. Fue el descubrimiento casual de una diminuta apertura en el piso superior lo que proporcionó al autor la primera inspiración para este libro. Se trataba de una vieja ventana, disfuncional desde hacía mucho, desde la que pudo, por breves instantes contemplar "un mundo que conoces bien pero que nunca has visto desde ese ángulo". El día anterior había estado paseando con un viejo amigo arqueólogo que le había hecho notar la razón por la cual en el condado de Norfolk, escasamente poblado y no muy grande, hay 27.000 descubrimientos arqueológicos al año: "La gente", dijo el amigo, "lleva mucho tiempo tirando sus cosas por aquí... desde mucho antes de que Inglaterra fuera Inglaterra". Podría ser un buen resumen de este vasto e interesante trabajo que trata, resumiendo, más o menos de eso: de la gente, de lo que tira y del tiempo que hace de todo.
Las distintas habitaciones de la vieja rectoría sirven al autor para una división en capítulos que avanza por la casa así como por las distintas épocas que la conformaron. Aquí se cumple a la perfección aquella vieja máxima que asegura que en literatura lo muy universal puede alcanzarse desde lo muy local. Así, Bryson parte del vestíbulo para ir adentrándose en todas las estancias, incluidos el lavadero, la despensa, el vestidor y -por supuesto- el desván. Hace alguna parada curiosa: en la caja de los fusibles, por ejemplo, para continuar enseguida escaleras arriba y recorrer la planta superior. Ese paseo íntimo por su propio domicilio inglés nos invita a conocer la apasionante historia de lo  muy cotidiano, eso que nunca habíamos contemplado desde esa óptica, por seguir el razonamiento del autor. Así, Bryson da cuenta de los grandes cambios que afectaron nuestro modo de vivir -de la invención de la chimenea a la implantación de la electricidad, por citar dos momentos de gran trascendencia-, analiza la evolusión del gusto a través de los siglos, las excentricidades de las clases más pudientes, la conquista lenta pero asegurada del confort por parte de la sociedad, la interminable lucha contra las enfermedades y la suciedad en las distintas épocas... Y esta microhistoria le lleva irremisiblemente a hablar de los grandes emprendedores de la humanidad, desde los inventores a los viajeros o los empresarios, sus peripecias más arriegadas y a veces más exitosas y también sus grandes meteduras de pata.
El libro está lleno de curiosidades que son imposibles de resumir aquí: leyendo a Bryson se puede una enterar de las cosas más pintorescas: cómo el sedentarismo afectó negativamente a nuestros hábitos alimenticios y, consecuencia de ello, a nuestras aptitudes; qué existencia lamentable era la de una lavandera del finales del XVIII; por qué Londres era una ciudad oscura y gris durante la primera industrialización o quién fue el inventor real de la bombilla y por qué fue Edison quien se apuntó el mérito. Bryson siente simpatía por los tipos excéntricos, y se entreteniene en hablarnos de ellos puntillosamente. Así, conocemos a una gran variedad de inventores cuya aportación a la historia es mucho más relevante de lo que parece o de lo que la posteridad ha querido reconocer. También nos presenta un buen catálogo de tipejos indeseables, tocados de una genialidad que apenas les alcanzó para fastidiar al prójimo.
Pero acaso lo más novedoso de este libro, como ya ocurría en el anterior de su autor, sea el tono. Bryson es todo lo contrario a un jactancioso especialista. Su estilo destila ironía y sentido del humor., su visión de la historia y de sus moradores es casi irreverente de puro alejada del tono académico. Es como si fuera un pariente simpático que invitamos a almorzar y que en la sobremesa se divierte haciendo gala de su catálogo de curiosidades históricas y sus inmensas facultades para sacar punta de todo. Igual tardamos en volver a invitarle, pero mientras disfrutamos de su compañía, nos lo pasamos en grande.

jueves, diciembre 29, 2011

Las infantas, Lina Meruane

Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2010. 151 pp. 19 €

Elvira Navarro

«Perrault, uf, qué feo nombre», dice una de las protagonistas del libro que aquí nos ocupa. Sí, en efecto, qué feo suena el nombre de Perrault, y qué tentación de jugar a las hipótesis descabelladas. Tampoco suenan muy bien los hermanos Grimm, con esa eme arrastrándose grimosa, por lo que podríamos aventurar, por ejemplo, que los insignes cuentistas estaban tan apesadumbrados por sus horrísonos apelativos que inventaban bellos nombres de mujeres-niñas o de niñas-mujeres, como Caperucita, Blancanieves o Gretel. Sin embargo, luego no podían soportar la música de esas sílabas, y las echaban a rodar en historias en las que había madrastras y brujas muy viejas que comían humanos. Además, y esto es otra hipótesis tal vez no tan descabellada como la anterior, la belleza tiene que ser castigada, ya que sus efectos son difícilmente controlables y no del todo morales. Encerrémosla pues en cuentos con moraleja, en museos, en críticas del juicio donde nos limitemos a exclamar “¡Esto es bello!” delante de cuadros y jardines sin rastro de sublimes románticos. Hagamos que se sienta en jaque y siempre a punto de menguar, como una actriz de Hollywood que acaba de cumplir los cuarenta. Y todo ello bajo el imperio de lo inteligible, la razón y lo serio. ¿Qué pasaría si un día las heroínas de los cuentos decidieran fugarse de las historias que protagonizan porque estuvieran hartas del precio que pagan por figurar? He aquí el modo en que he leído Las infantas, primer libro de Lina Meruane, que se publicó en Chile en 1998 y que apareció en Argentina el pasado año, en la editorial Eterna Cadencia. En él nos topamos con unas versiones de Gretel, Blancanieves y Caperucita llamadas Hildegreta e Hildeblanca, y que aquí son hijas de un rey del que huyen. Frescas, indolentes, sensuales, sexuales y tal vez también amorales (quién sabe si fue de este modo como las concibieron sus inventores), Hildegreta e Hildeblanca parecen reprotagonizar los cuentos a su antojo, y así el lobo está a los pies de Caperucita, y las viejas a las que les gusta la carne humana son comidas por un séquito de enanos. A pesar de que este resumen argumental lo sugiere, no hay en Las infantas un ejercicio de venganza, ni por tanto plan previo de los personajes o del narrador. Lo que reina, y perdonen que me repita, es el juego, o tal vez una lógica que me recuerda a unas palabras que leí recientemente en una entrevista a Julia Kristeva, y que dicen así: «Mi convicción profunda es que lo femenino y lo maternal tiene toda su originalidad por fuera del poder. Existen otras lógicas, si no más profundas, al menos heterogéneas a la superficie política y policial de la comunicación racional y racionalista. Se trata de lógicas del inconsciente, ritmos y polifonías de la música subyacente a la palabra y a la palabrería: un infrasentido, al igual que hay infrasonidos». Traigo aquí las palabras de Kristeva no para enredarme con lo femenino, sino porque este libro parece pertenecer a la lógica con la que se lo describe. Hildegreta e Hildeblanca están fuera del poder, es decir a salvo de todos sus efectos, tanto de los buenos como de los malos. Bien y mal son además categorías que en este contexto no tienen ningún sentido. Las supuestas hermanas carecen de familia, de origen, de hogar y de identidad, y no porque no puedan señalarse, sino porque son confusos. Ellas mismas se encargan, además, de destruir cualquier definición. También carecen de cualquier atisbo humanista, y ello es asumido por el lector como una paradoja en la medida en que éste sí suele decodificar desde lo que el lugar común define como “humano”. Por otra parte, las aventuras de las infantas, donde se despliega un lenguaje más cargado de imágenes y metáforas, aunque sin sacrificar lo narrativo, se saltean con pequeñas historias en las que el protagonismo no está claro. Dichas historias se presentan despojadas de la gracilidad casi poética del cuento infantil para investirse de un registro más serio, registro que vincula la narración con cierto realismo. Ya no son personajes de fábula trazando piruetas imposibles quienes se exhiben en paisajes legendarios, sino seres de carne y hueso que pasean sus malas relaciones con el padre, con la hermana o con sus cuerpos por unos espacios tan despojados que parece que estén siempre en un inmenso loft. El dolor, el miedo, la culpa y la sumisión son algunos de los elementos que vehiculan estas segundas tramas en las que los personajes, al contrario que Hildegreta e Hildeblanca, se entregan a la tragedia. La elipsis reina en las dos líneas argumentales, que pueden leerse como complementarias en la medida en que los temas se repiten, aunque habitando lógicas distintas que no necesariamente tienen por qué confluir. El sentido está aquí tan abierto que se presta a las interpretaciones que al lector se le antojen, y lo único que transpira cada página es una constante rebelión contra lecturas unilaterales. Mirad las capas infinitas de esta cebolla y lo que podemos hacer con ellas, parece decirnos el libro; celebremos este poder desconocido al que tal vez se llegue a través de juegos con los que no nos atrevemos. Gracias, Lina Meruane, por recordárnoslo.

miércoles, diciembre 28, 2011

Por problemas técnicos, hoy 28 de diciembre hemos tenido que faltar a nuestra cita diaria. Mañana estaremos aquí de nuevo.

Perdonad las molestias

martes, diciembre 27, 2011

Doble mirada: La memoria del gintonic, Antonio Báez

Talentura, Madrid, 2011. 120 pp. 12 €

1. Óscar Esquivias

A veces las fronteras que separan los cuentos de las novelas son difusas. Uno de los criterios para deslindar ambos géneros es que el texto pueda leerse de un tirón. De esta manera definía los cuentos Edgar Allan Poe (que sabía de lo que hablaba) en su ensayo Filosofía de la composición (1846), y añadía que así el autor podía asegurarse de controlar el efecto emocional que el relato iba a causar en el lector, algo imposible con un texto más largo cuya lectura debe necesariamente interrumpirse y reanudarse varias veces. Aceptada tal premisa, quizá deberíamos considerar La memoria del gintonic como un cuento largo y no como una novela, ya que si el lector se salta el prólogo y descuenta de la paginación los dos relatos con los que se completa el volumen, el texto se queda en unas ochenta páginas, escritas con tal desenfado y amenidad que se hace difícil no leerlo de una sola sentada. Quizá consciente de ello, el propio autor lo presenta bienhumoradamente como su «primera novelita».
El título (no muy afortunado, en mi opinión) de esta novela, novelita o cuento alude a la bebida favorita de una anciana, Eulogia, protagonista y narradora de la historia. También hace referencia a un asunto medular del libro: la conciencia por parte de este personaje de su pérdida progresiva de facultades mentales, de estar viviendo en un mundo poblado de recuerdos y de fantasmas (en su imaginación están muy presentes personas fallecidas, como su esposo Ernesto o su hermana Teresa, quienes se mezclan con las personas reales que la frecuentan, como su cuidadora africana Palmira, su hijo Carlos, su nuera Julia o su hermana Esperanza —presidenta de una Comunidad Autónoma—). La descripción del laberinto de la memoria en el que anda perdida Eulogia está trazada con mucho humor, pero también con inevitable —y creciente— dramatismo.
Hay además un juego metaliterario muy curioso. Eulogia quiere escribir una novela y para ello se apunta a un taller literario en internet. Gracias a la nota previa del autor y al prólogo de Cristina Cerrada y Leonor Sánchez, sabemos que el propio Antonio Báez (bajo el nombre ficticio de Eulogia) participó realmente en uno de estos talleres y las prologuistas fueron sus tutoras. Como tales aparecen luego en las páginas de la novela, convertidas en personajes, prodigando consejos y elogios.
Con estos mimbres tan variados construye Báez su primera novelita, plena de simpatía y de humor, con un fluir narrativo libérrimo. El autor tiene muy buen pulso para la escritura, aunque a veces flaquea la tensión del relato. También creo que trata a su protagonista más como un personaje que como una persona, excediéndose en la caracterización y descuidando su hondura psicológica. Pero estos reparos no empañan el interés y la calidad de un texto que apunta muy alto y que se lee, como Poe quería, de una vez, con gran placer, felicidad y emoción. Los dos cuentos que completan el libro («El regalo» y «Banquete») son muy breves y participan del espíritu de la novela (también se toman gintonics —este volumen lo podía haber patrocinado Schweppes— y hay un mismo trasfondo de mentiras vitales, vejez y demencia).


2. Miguel Baquero

Como declara Antonio Báez (Antequera, 1964) en la introducción de esta su primera novela: “La literatura que me interesa sirve para desalojar, despojar y vaciar ciertas habitaciones imaginarias llenas de trastos inútiles”. En gran manera, La memoria del gintonic, publicada por Talentura, es una crónica de ese desalojo, de esa sacada repentina y rápida de los muebles a la calle. Pero el lugar donde se lleva a cabo dicho desalojo, el escenario, en fin, de esta novela, es una casa desahuciada. En concreto, la memoria de una anciana que padece de alzheimer y que, como regalo de cumpleaños, le pide a su hijo la inscripción en un curso de literatura, para, por medio de la novelística, tratar de extraer y sacar a la calle, desde el fondo de una memoria que cada día se derrumba más, aquellos recuerdos, aquellos hechos o aquellas imaginaciones que un día conformaron su personalidad.
En La memoria del gintonic, todos esos elementos (“trastos inútiles”, a que se refirió el autor) son sacados con evidente rapidez, con urgencia, por una persona que a veces no consigue recordar el nombre de quienes se encuentran a su lado y si son personas que conoce o no. Aprovechando los raros instantes de lucidez, los ejercicios que le imponen sus profesoras del taller literario, la anciana protagonista va sacando a la carrera y bajando a la calle, exponiendo en los folios, lo que encuentra precipitadamente por su casa en ruinas. A veces son recuerdos lógicos y coherentes, pero también (o mejor sería decir: sobre todo), son viejas impresiones, fantasías donde lo real y lo ficticio se confunden, sueños recurrentes que desde siempre la han marcado. Desalojado todo a la carrera y a la intemperie de las páginas, el lector encuentra cómo todos estos elementos tienen, al fin, la misma categoría, cómo nuestras personalidades (la de la protagonista, la del autor, la del lector, la de todos) están formadas, a partes iguales, por hechos históricos que vivimos y nos dejaron huella, por sucesos personales, presencias hoy muertas, figuras ya perdidas, que nos marcaron con una impresión indeleble, pero también (o, repito, sobre todo) por sueños absurdos, por fantasías sin sentido, por imágenes que carecen de cualquier lógica. Eso también somos nosotros y eso también habita en nuestro interior.
Con una profunda empatía humana y una capacidad admirable en lo literario para introducirse en la piel de su protagonista, Antonio Báez nos ofrece en su La memoria del gintonic todo un ejercicio de literatura entendida no como una sucesión de páginas que, como suelen elogiar ahora los críticos, con evidente simpleza, “se leen de un tirón”, sino como un escenario donde ocurren los dramas humanos, a veces tan sencillos y conmovedores como la degeneración de una anciana y sus intentos por salvar del desastre siquiera sea una mínima parte de aquello de lo que un día estuvo compuesta.

lunes, diciembre 26, 2011

El códice purpúreo, Herminia Luque Ortiz

Paréntesis, Sevilla, 2011. 247 pp. 14 €

Pedro M. Domene

La narradora, Herminia Luque Oriz (Granada, 1964) afirma, con toda rotundidad, que en el siglo IV d.C. concurren acontecimientos que suponen una notable transformación cultural en Occidente, de una parte el triunfo del cristianismo que hará desaparecer el horizonte clásico de un desgastado Imperio Romano, de otra se afianza la no menos interesante consolidación de un nuevo formato libresco, el códice que sustituirá al tradicional rollo de papiro para así asentar definitivamente el pergamino. El códice purpúreo (2011), la tercera entrega de esta granadina, después de Piscinas de enero (2009) y Bitácora de Poseidón (2010), recrea ese final de época y la popularización del género epistolar, una novela histórica que ahonda en un aspecto textual poco reconocido y llama la atención de un lector acostumbrado a ese espacio narrativo que solo sopesa la posibilidad de recrear un tiempo histórico y una amena lectura. En esta ocasión, uno se enfrenta a una Historia documentada, de una amplia dimensión simbólica y tan efectista que nadie podrá desdeñar el eco de los mejores epistológrafos del momento. Señalaremos en favor de Luque Ortiz que tras el aparente relato de una suma de virtudes o de un modelo de vida cristiana, plantea una compleja trama que estructura en una alternada recreación epistolar que intenta, entre otros propósitos mucho más ambiciosos, desvelar la muerte de una joven virgen fallecida, aunque ese trasfondo sirva al mismo tiempo para denunciar una consolidación partidista y la secreta ortodoxia de una nueva espiritualidad con los claroscuros que se le otorga a la simbología religiosa, precisamente en unos momentos en los que el enfrentamiento entre viejo y nuevo cristianismo estaba tan necesitado de mártires como modelo de una vida entregada al sacrificio.
Herminia Luque ha realizado un virtuoso acopio de información para sumergir al lector en la apasionante confabulación epistolar con que sustenta su novela: una serie de misivas que intercambian algunos de los personajes principales de esta historia y que evocan el recuerdo y el entorno familiar de una adolescente, Ávita, extrañamente fallecida por un voluntario ayuno, cuando poco antes había anunciado su firme decisión de dedicar su vida a un adoctrinamiento espiritual, y frente a la insatisfacción o los peligros de la vida mundana con que pugnaba en su existencia. Su madre Honoria, que llorará su pérdida a lo largo del relato, será uno de los personajes con quienes amigos y allegados intercambiará una información acerca de tan lamentable pérdida, y así oiremos la voz de la amiga y afectuosa Flavia, un sibarita e interesado Licinio, o los doctos y teórico-doctrinales ejemplos del obispo Gregorio que conllevan la intención de rentabilizar la muerte de la joven para convertirla en un símbolo religioso de gran trascendencia. Todo un puzzle epistolar al que irán sumándose otros personajes de distintas clases sociales, una anatomía clásica, fidedigna y de época con que nos obsequia Luque Ortiz, donde fanatismo y muerte convergen al mismo tiempo, frente a esa pequeña historia privada, pero cuyos ángulos oscuros se amplían en la breve existencia de Ávita y en su modélica trascendencia posterior.
La prosa de este conjunto de cartas ofrece todas las características de un género que añade la visión de una época curiosa historiográficamente hablando, desde la perspectiva de ese filtro cultural que supone el códice como nuevo formato, la información pagana con que construye la actitud y el carácter de algunos personajes, las coordenadas sociales e históricas que aportan los datos de un auténtico Gregorio de Elvira, conocido autor de tratados sobre las Santas Escrituras desde las que pueden advertirse su firme voluntad antijudaica o el camino esgrimido con que adoctrina la vida de la joven mártir hasta alcanzar así una necesaria santidad, o incluso salpicadas las curiosas vidas cotidianas de las mujeres, tanto de damas como esclavas, el gusto por embellecer sus cuerpos frente a ese sentido pecaminoso que preconizaba el naciente poder eclesiástico. Resulta notable esa visión doctrinal del cristianismo primitivo y lo relacionado con la gnosis herética, sin olvidar las noticias sobre las reliquias de los hispanorromanos de enorme trascendencia en esta novela. Pero, sobre todo, El códice purpúreo ofrece fidelidad a una época donde la pérdida y el dolor se convierten para algunos de sus personajes en deseo, en esperanza de toda una vida, y añade un amplio conocimiento desde lo mundano a lo espiritual como muestra de las bondades de una fe cristiana que, desde sus comienzos, jamás se ha sentido segura en su proceder.