viernes, noviembre 18, 2011

Los pies del horizonte, José Gutiérrez Román

Premio Adonáis 2010. Ediciones Rialp. Madrid, 2011. 72 pp. 9,50 €

Ignacio Sanz

La poesía es un género escurridizo que a veces se escapa entre las manos cuando tratamos de analizarlo. Eso me ocurre al menos a mí. Lo digo porque entro con miedo en esta crítica, precisamente, por esa condición resbaladiza del género.
Con Los pies del horizonte, su autor, José Gutiérrez Román, (Burgos, 1977) ganó el prestigioso premio Adonáis. Cuando yo era joven y vivía en Madrid, el Adonáis gozaba de un halo que deslumbraba al resto de los premios. Por su pureza, su trayectoria y porque su dotación era muy escasa. En esa escasez y en los ganadores de ediciones precedentes, estribaba su prestigio. Luego llegaron premios de poesía millonarios que han ocupado un espacio mayor, algunos con cierto aparato propagandístico, pero el resplandor puro del Adonáis no se ha apagado. Hierro, Claudio Rodríguez o Blanca Andreu fueron algunos de los autores que lo ganaron.
José Gutiérrez Román participa de algunas de la características de estos grandes poetas que acabo de nombrar. Para empezar, vive en el anonimato que el que estaban instalados aquellos, en este caso en un anonimato que hunde sus raíces en su propia provincia. Pero, como aquellos, Gutiérrez Román tiene vocación viajera y cosmopolita y ha corrido mundo, y ha leído mucho, incorporando a su zurrón sobre todo a los grandes poetas portugueses, país en el que vivió algún tiempo. De ahí que el espíritu de Pessoa o de Andrade revolotee entre los poemas de “Planes de fuga”, el primero de los tres apartados que conforman el libro. Uno de estos poemas se titula “Fernando Pessoa, en la víspera de no partir nunca”. Todo un guiño. El poema acaba con estos dos versos preciosos: «Soy un sediento de horizontes lejanos./ Más sé que mi destino es ahogarme de sed aquí, en Lisboa.»
El segundo apartado lo titula “El oro del naufragio” y los poemas que lo nutren guardan una estrecha relación con la memoria, si bien una memoria tamizada por la ironía, los juegos de palabras y las paradojas. Esa es una constante del libro que se manifiesta también en el último apartado, el más extenso, dedicado al amor y que titula “Cuando el amor fue un pasajero”. Definitivamente aquí el poeta se desmelena y juega libremente y la poesía alcanza cotas de libertad, incluso de cierta frivolidad bien entendida, es decir, de levedad, que a menudo desemboca directamente en la sonrisa.
Y como para muestra, bien vale un botón, me voy a permitir transcribir un poema precioso titulado "Algo más que palabras".
«Tú y yo/ tuvimos algo más que palabras./ Alguna vez llegamos a las manos,/ e incluso a los besos./ Más la vida cogió oficio de comediante/ entre nosotros/ y amablemente siguió con sus títeres/ hacia otra parte./ Lejos de cualquier tristeza,/ contemplo con ternura/ esta lección que hoy me brinda el tiempo:/ la desposesión en sentido absoluto./ Porque sé que ya no son mías las noches que pasé en tus manos/ ni las manos en que ahora pasas tus noches.»
A veces toma apuntes de natural con cierta rapidez, al modo de Catulo. Y con parecida agudeza. En definitiva, estamos ante un poeta que afila nuestra mirada y cuya lectura despierta leves sonrisas y nos hace un poco más inteligentes. José Gutierrez Roman, este es su nombre. No lo pierdan de vista.

jueves, noviembre 17, 2011

Yo confieso, Jaume Cabré

Trad. Concha Cardeñoso Sáenz de Miera. Destino, Barcelona, 2011. 859 pp. 26,90 €

Care Santos

El enamoramiento siempre es algo maravilloso. El que los lectores experimentamos de pronto hacia un autor, también. Reconozco que esta no será una reseña literaria al uso si comienzo proclamando mi enamoramiento rotundo y repentino hacia la obra de Jaume Cabré, a quien debo admitir que nunca había leído antes de atreverme con las más de 800 páginas de esta última obra suya. En cambio, creo que digo mucho más de la novela de lo que pueda explicar después al afirmar que tras terminarla tuve que correr a buscar obras anteriores del autor. Así, fueron cayendo Galceran, l'heroi de la guerra negra, La teranyina (La telaraña), Senyoria (Señoría), Les veus del Pamano (Las voces del Pamano), la obra teatral Pluja seca (Lluvia seca) y los dos libros ensayísticos sobre lectura y escritura titulados El sentit de la ficció. Itinerari privat y La matèria de l'esperit, estos tres últimos sólo disponibles en catalán. De modo que en menos de un mes  he pasado de feliz ignorante a embelesada experta en la obra de este barcelonés nacido en 1947 cuyo universo literario me ha emocionado como pocas cosas de las que he leído. He sido tardía y algo miope, lo reconozco, porque Cabré es un autor muy valorado y con muchos lectores en Catalunya , además de aclamado en algunos de los países más lectores de Europa, como Alemania. Yo confieso: es la primera vez que me arrepiento de no atender a los gustos mayoritarios y los éxitos de venta.
De modo que, al hilo del itinerario narrado, me hallo en condiciones de afirmar que el poder, uno de los asuntos de esta novela, es también el tema que más interesa -o por lo menos aquel sobre el que más ha escrito- su autor. A pesar de que Cabré no se considera a sí mismo un escritor de tesis, y dice no comenzar jamás una novela a partir de una idea abstracta o una intención, aquí toda la trama se sustenta sobre una idea: la búsqueda de la naturaleza del mal. Una trama compleja, que recorre toda la historia europea del siglo XX, cargada de personajes, situaciones, emociones, coincidencias y hallazgos felices, que tiene dos puntos fuertes: la habilidad del autor para crear personajes y su facilidad para transmitir emociones a sus lectores.
Así, Yo confieso narra una doble trayectoria vital: la de Adrià, escritor, apasionado de las lenguas y la música, humanista un poco demodeé, quien en los últimos retazos de su vida decide ponerse en paz con su conciencia escribiendo una larga carta que es la novela; y la de un violín especial, nacido en el siglo XVII de una madera con su propia historia y heredado por varias manos que no lo poseyeron sino a las que poseyó, hasta llegar al padre del narrador y protagonista. En cada una de esas dos peripecias aparecerán personajes inolvidables, teatrales, histriónicos, profundamente emocionantes, hasta que todos converjan en el final de un modo magistral.
Quienes ya hayan leído al autor sabrán que la música es una de sus pasiones confesas y otro de sus temas literarios. Para quienes no lo hayan hecho aún y gusten de esta ambientación, he aquí una buena noticia: la música es parte importante del argumento de varias de sus obras, como los cuentos de Viatge d'hivern (Viaje de invierno) o la novela L'ombra de l'eunuc (La sombra del eunuco). Y ocurre lo mismo con las reflexiones sobre la creación, su sentido y su sinsentido, que también son parte importante tanto de la última novela como de las anteriores. Es posible, pues, continuar viviendo en estas páginas más allá de ellas.
Alguien ha comparado esta novela a una catedral. Me parece una comparación acertada. Por un lado, tenemos aquí la gradilocuencia de la arquitectura, la ambición de las proporciones y el carácter casi épico de su realización. Por otra, también está el gusto por el detalle, la artesanía, la miniatura. La cuidadosa caracterización del habla de los diferentes actores, las coincidencias, el lenguaje, la recreación histórica, el humor fino, la documentación -se adivina- maniática... De modo que aquí no falta de nada: ni historia, ni estilo, ni verosimilitud, ni suspense, ni inteligencia, ni pasión. Esta novela es un goce en todos los sentidos.
En fin. A diferencia de otros afectados por el mal del amor, quien ama los libros puede compartir su pasión sin ser tildado de perverso. Eso es lo que hago, ni más ni menos: dejen de leer estas líneas y corran a la librería más próxima a buscar algo de Jaume Cabré. Mejor si pueden leerlo en catalán, aunque las traducciones al castellano son buenas y abundantes.
Y disculpen el tono imperioso y ligeramente febril. El amor, ya se sabe, es lo que tiene.

miércoles, noviembre 16, 2011

Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer, Maximiliano Barrientos

Periférica, Cáceres, 2011. 127 pp. 16,50 euros

Cecilia Frías

¿Quién no ha hecho el ejercicio de revisar viejas fotos en las que apenas reconoces a ese sujeto que fuiste? ¿Qué fue de aquel momentoapresado en un papel?
Parece que en manos de Maximiliano Barrientos la realidad se tornara en una especie de cuerpo resbaladizo que se nos escapa cuando intentamos desentrañar sus claves. Fragmentos de un puzle, que al igual que la prosa de las ficciones que componen Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer se esparcen sobre la hoja en blanco para que nosotros, lectores, reconstruyamos trozo a trozo, escena a escena, esa ilusión de vida.
Para los personajes que deambulan por estos relatos compuestos a retazos la edad de las certezas se ha evaporado. Jóvenes parejas que recién se asoman al mundo adulto con todas las incertidumbres que ello conlleva, mientras que otras permanecen a la deriva a pesar del paso de los años, o sencillamente se ponen la máscara y actúan como si la existencia no fuera algo maravilloso y cruel a la par.
«Se llama Saúl Hernández. Véanlo a los dieciocho… Se llama Claudia Arrázola. Véanla…», nos introduce el narrador con verbo escueto y deliberadamente aséptico. Con la pretendida objetividad de una cámara, presenciamos situaciones aisladas de la vida de estos chicos con las que podremos ir trazando sus identidades fragmentadas. Y como si se nos fueran dejando breves pistas sobre lo que está por suceder para alentar nuestra lectura, conocemos que en algún momento los destinos de estos jóvenes solitarios se cruzarán.
Puede que sea el desapego emocional por ellos mismos, el no entender qué pasó para que las historias en común no funcionaran, el “sentirse turistas” en sus propios pellejos o en ese escenario urbano, el Santa Cruz natal de Barrientos, que tantas veces les es hostil… el denominador común acada uno de los protagonistas. Individuos que viven ensimismados, que están en plena búsqueda y no se sienten capaces de comunicar al otro sus miedos, aunque éstos los paralicen.
Ingrid está rota por dentro. Vemos instantáneas de algunos momentos felices del pasado. Pisa a fondo el acelerador para tener la seguridad de que cualquier minucia puede terminar con el desasosiego del presente. Y en un intento por fabricarse una nueva e impoluta personalidad en la que las huellas del dolor se hayan limpiado, se hace llamar Dianacon los compañeros de trabajo. Sebastián tiene tanta rabia contenida que golpea las paredes hasta que le sangran los nudillos. Raquel necesita ser infiel a su marido, ese extraño con el que duerme cada noche, para sentirse viva.
Pero amén del sabor agridulce que nos queda tras merodear por el acontecer de estos seres humanos desubicados, parece que existe otroasunto latente en la trama de todos los relatos: la escurridiza realidad y los fallidos intentos del artista por atrapar esos momentos que se desvanecen con el pasar del tiempo. Ni el lenguaje cinematográfico de una cámara de video, ni las fotografías que intentan congelar el instante consiguen detener el reloj. Solo a la escritura se le concede un voto más de confianza, como nos transmite el narrador en una suerte de juego metaliterario que se planteaa través de las notas al pie de página en las que reflexiona sobre él mismo y sus criaturas de ficción.

martes, noviembre 15, 2011

Vivir y morir en Lavapiés, José Ángel Barrueco

Ediciones Escalera, Madrid, 2011. 224 pp. 16 €

Miguel Baquero

"Creo en la fragmentación, tío. Proporciona una cierta perspectiva que no poseen las narraciones lineales. Sé que es manido, pero es como cuando se fractura un espejo y tú tratas de recomponerlo. Luego te miras en él y, sí, te devuelve una imagen rota, distorsionada, pero al mismo tiempo aporta muchos puntos de vista, muchas caras, muchas raciones y pequeños trozos. Y es tu cabeza la que deberá hacer el trabajo. El esfuerzo de recomponerlo todo en tu mete. De juntar los pedazos."
Esta es, en esencia, la técnica con que está narrada esta novela, Vivir y morir en Lavapiés, séptima obra del escritor José Ángel Barrueco (Zamora, 1972). Con el objetivo de describir la vida en el famoso barrio madrileño, el autor se sirve de pequeños fragmentos, de ocho, nuevo, diez líneas a lo sumo, que en principio parecen no guardar relación alguna entre sí, pero que al fin, con el paso de las páginas, van entre todas componiendo un enorme, y lo que es más importante (y literario), un vivido fresco de esa célebre rincón de Madrid. Un cuadro que, gracias a esta técnica dijéramos de patchwork, de trabajo por retales, se nos muestra con mayor realismo y mucha más profundidad vital que lo que pudiera hacer una descripción exhaustiva o un tratado sociológico.
Algunas historias se escapan de esa brevedad y, poco a poco, van conformando un relato que avanza, salteadamente, a lo largo de las páginas hasta adquirir cierto protagonismo: es la historia, por ejemplo, de una banda de matones que buscan a un tipo, seguramente un pequeño delincuente que al parecer les ha hecho una pirula, para ajustarle las cuentas. Otras historias, sin embargo, no menos trágicas, como el emigrante que acaba de acuchillar a su esposa, tras ser mostradas en un par de brevísimos capítulos luego se diluyen y acaban por desaparecer. En parte esto también es un reflejo de cómo las historias vecinales nos eligen a nosotros, y de algunas nos convertimos en cómplices o conocedores, y otras, sencillamente, se desarrollan en la calle de al lado y acabamos ignorándolas. Así es, en resumidas cuentas, la vida de barrio.
Estamos en un Lavapiés plagado de referencias literarias, musicales, cinematográficas. Incluso los más fieros matones no son desconocedores de tal o cual autor, esta o aquella serie televisiva, determinadas canciones… No se trata de personajes objetos, que aparecen sólo en la novela para creer esa paisaje humano, sino que en los breves fragmentos en los que intervienen nos muestran un pedazo minúsculo de su sensibilidad, de sus ambiciones, de sus sueños. También de sus groserías y sus prejuicios y sus bajezas, porque Barrueco en su novela, y por fortuna, no ha buscado en ningún momento idealizar el barrio, algo que, a quien reseña al menos, siempre le ha resultado algo cargante: eso de que se presente a Lavapiés como meca ideal de la multiculturalidad. En Vivir y morir en Lavapiés se nos cuenta que —como será en verdad— no todo es tan beatifico en el barrio, desde luego, ni la integración es modélica.
Sea como fuere, el autor no está ahí para juzgar, hacia una postura u otra, tampoco para caricaturizar ni para torcer la mueca en un gesto de suficiencia e ironía. En uno de estos breves capitulillos él mismo se hace aparecer como un personaje fugaz más, muestra del papel neutral, casi de magnetófono, como en aquel famoso consejo de Ferlosio, que ha adoptado para escribir su novela. Un texto de gran agilidad, de muy cuidada factura, y en el que el autor demuestra, al mismo tiempo, un gran amor por las letras y un gran amor por el barrio recreado.

lunes, noviembre 14, 2011

Rupturas y ambiciones, Miguel Ángel Cáliz

E.D.A. Libros, Benalmádena, 2011. 103 pp. 12€

Pedro M. Domene

Una acertada atmósfera, un cuidado ritmo, fondo y cierta profundidad en la trama, además de una elaborada precisión son algunas de las características que pueden pedirse en un buen cuento, o por extensión en una colección de relatos que tenga la fuerza suficiente para envolvernos con sus historias, sea capaz de rebasar ese margen que ficción y realidad nos permiten e, incluso, para que una vez instalados en esa dicotomía literaria consigamos ir más allá, vislumbremos los vacíos escondidos bajo el secreto de una buena historia y, apelando a nuestro talento como lectores, nos dejemos atrapar en su magia.
Buena parte de algunas de estas reflexiones pueden apreciarse en Rupturas y ambiciones (2011), de Miguel Ángel Cáliz, granadino inquieto, autor de algunos libros anteriores, Inventario (2002), cuentos, y la novela, Horas para Wallada (2009), también ha formado parte de las antologías, Relatos para leer en el autobús (2006) y Ficción Sur (2008). En esta ocasión, el narrador recoge una colección de doce relatos, más un decálogo al final, es un libro estructurado en dos parte, la primera con los primeros ocho cuentos, muchos de ellos con ese aire de desenfado literario que conlleva una mirada aguda de la cotidianidad, con bastante humor y cierta ironía que se concretan en la vida misma: un manager emprendedor dispuesto a todo, un usuario de transporte público, un novio que ve cómo se disipa su felicidad de tantos años, un guardia nocturno sin aparentes ambiciones, aunque sobresale en el conjunto «Bestiario» un pequeño muestrario de personajes singulares que, por su breve aparición y la extensión del texto, se convierten en fogonazos con que hilvanar un excelente relato, son seres encadenados por sus fobias, aunque la magia de la literatura nos ofrece conocer sus insignificantes vidas. La condensación de la propia historia lleva a multiplicar el significado de esta construcción minimalista, sin duda de mayores posibilidades. Igualmente notable, «En pantalla», un cuento ambientado en un bar donde se reúnen políticos, deportistas, actores, presentadores y las amiguitas de todos ellos, según relata Cáliz, así el local se convierte en ese lugar para las confesiones, para los encuentros amorosos, para hacer recuento de derrotas y, en última instancia, quizá para muchos de ellos sobrevivir y reorganizar sus vidas. Tres grandes temas quedan esbozados y se sintetizan en estos cuentos: la ternura, la mirada gris de la sordidez de la vida y, por último, la esperanza de un proyecto vital mejor.
Poder, dinero y éxito para homenajear al género negro, el cine de peligrosos ambientes para contar una misma historia con variantes, aunque desde perspectivas diferentes con personajes arquetípicos: Gina, la chica, El Conde, el malo o Marcos, el chico bueno que cuentan sus historia en cuatro relatos encadenados, pero cuya vida se entrecruza para lograr un relato común o único. Domina un cierto equilibrio sobre el relato que casi se convierte en una novela corta con pretensiones mayores, que deja buen sabor de boca en el lector pero se aleja de la ambiciosa proyección de la primera parte con esas abundantes rupturas que superan la trama y se acercan así a la perfección, sin duda el mejor cóctel para saborear el mejor ejemplo de buena literatura de la mano del granadino, Miguel Ángel Cáliz.