viernes, octubre 28, 2011

A la vista, Daniel Sada

Anagrama, Barcelona, 2011. 237 pp. 17,50 €

Ignacio Sanz

Bolaño, aquel monje borracho de literatura, dio un listado con siete u ocho nombres de los escritores más relevantes de la América Latina emergente y ahí estaba Daniel Sada. Cuando dejamos de creer en los dioses que nos dieron nuestros padres necesitamos dioses nuevos o, al menos, pequeños ídolos que los sustituyan. Bolaño lo fue. Tantas mortificaciones. Así fue como yo me acerqué a Daniel Sada.
La literatura es un entramado de vasos comunicantes, una urdimbre unida por afectos y estéticas que tratan de ser únicas pero que necesariamente beben en fuentes parecidas. Porque la tradición que el escritor pretende violentar acaba emergiendo siempre por muy original que se pretenda.
Por lo demás, Sada, tampoco es un recién llegado, que anda, como yo, caramba, somos quintos, así se consigna en la solapa, acariciando los sesenta, una edad muy respetable que antiguamente era, virgen santa, el preludio de la ancianidad. Claro que aquel listado de Bolaño seguro que tiene ya sus diez o doce años y entonces Sada andaría colgado de los cuarenta, una edad tan prometedora.
Pero ya está bien de divagaciones. Digo yo que habrá que entrar a matar.
El desierto es el escenario de esta novela que cuenta con varios protagonistas, todos desvalidos, colgados de una existencia precaria, pobres guiñapos, especialmente los dos protagonistas de la historia, es decir, los dos traileros, conductores de trailers, que deciden matar al patrón allá, en una autopista o semidesierta para lanzar luego al trailer por una barranca y que se pudra el jefe que lleva tantos años humillándolos con esos sueldos de miseria que ni sé. Pero el desierto sigue abrazando sus vidas, lo ocupa todo y ellos desguarecidos, cada cual en su casa espartana, casi desértica dentro de una población carente de gollerías, tampoco se encuentran y se desasosiegan y se buscan en ese paisaje irreal y alucinado donde aparecen otros personajes extremos y alucinados también, y la tensión crece, pero no es una tensión policíaca, a ver si los pillan y los enchironan, es una tensión interior, almas vagantes llevadas al límite de la rutina, sin horizontes ni grandes esperanzas como no sea la de la lotería, tan incierta, almas de carne y hueso, pero semejantes a las que aparecen en Pedro Páramo, supongo que ustedes se acuerdan de Pedro Páramo, esa sensación de irrealidad. Claro que Sada goza con el lenguaje, no es tan contenido, tan austero como Rulfo, todo lo contrario, entraría en la estela florida y desparramada de Faulkner y pone el oído al pueblo facundioso que habla y al hablar retuerce el idioma, juega con las palabras, “chillen, putas”, y nos hace disfrutar con esos guiños que sabemos que vienen del lenguaje coloquial mexicano, un río que se desborda en frecuentes anacolutos. Qué exhuberancia.
Y esta es, a la postre, me parece, la gran contribución de Sada a la literatura en castellano, ese homenaje a una manera de contar tan ligada a la manera de hablar del pueblo. Pero también, claro, la atmósfera que crea. Hay que leer esta novela con un vaso de agua al lado porque se pasa mucha sed. Y con gafas de sol porque deslumbra la luz de ese desierto por el que se mueven y de esas ciudades, que no acaban de serlo, más bien poblachones sin orillas, ya se llamen Sombrerete o se llamen Toreeón.
Pero qué digo agua. Si están un poco hartos de refrescos edulcorados y quieren probar el sabor del tequila seco, aquí tienen ocasión de echarse al coleto un destilado puro del desierto.

jueves, octubre 27, 2011

Diario anónimo (1959-2000), José Ángel Valente

Ed. Andrés Sánchez Robayna. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 2011. 368 pp. 22 €

José Luis Gómez Toré

Una de las más fecundas contradicciones que animan la tradición lírica occidental es la que surge entre el yo que dice y el yo que se dice, entre la primera persona que privilegia la lírica y el impulso de despersonalización que anida en el propio lenguaje. Ya en los trovadores provenzales, como recuerda el filósofo Giorgio Agamben en un memorable artículo sobre Valente, las vidas y razós intentan dar cuenta de la figura del creador y de la gestación del poema, y sin embargo los datos biográficos a menudo parecen surgir del propio texto, antes que de un conocimiento exterior al mismo. No en vano nos advierte Gadamer de que la cuestión de quién habla en el poema está lejos de tener una respuesta obvia. En este sentido, llama, sin duda, la atención que Valente, uno de los poetas que más ha repudiado el confesionalismo en la lírica, llevara a lo largo de muchos años un diario. No obstante, quien se acerque a estas páginas con el objetivo de conocer la vida oculta del poeta quedará defraudado. Por el contrario, los lectores que quieran profundizar en el itinerario intelectual de alguien que supo que la poesía no estaba reñida con el pensamiento se encontrarán ante un documento de primer orden. Gracias a la labor de Sánchez Robayna (a quien debemos asimismo la cuidada edición de las obras completas del escritor), contamos con una vía de acercamiento más a una de las figuras intelectuales más ricas y complejas de nuestra literatura contemporánea.
La vida íntima del escritor apenas llega a asomar en algunos pasajes, si bien dichos momentos están cargados de una especial intensidad (como la relación amorosa con Coral o el dolor por la muerte de su hijo Antonio, víctima de una sobredosis). Las más de las veces asistimos a una colección de citas, reflexiones o apuntes, algunos de los cuales servirán de germen para poemas y ensayos posteriores. Buena parte de los materiales aquí recogidos confirman la visión que el propio Valente tenía de sus anotaciones: “Diario anónimo: papeles inéditos de personajes que probablemente no existen, pero que de algún modo deberían haber existido”. Esa obsesión por la impersonalidad de la escritura, o por la pluralidad casi pessoana del que escribe, asoma aquí y allá, mostrándonos la convicción de un escritor para el que la poesía es ante todo escucha, más que habla. No obstante, no todo en este diario mira hacia el espacio acotado del arte. A pesar de que Valente consideraba que la voz del poeta es una voz de extramuros, que no permanece a la ciudad, lo cierto es que como ciudadano no deja de lado la reflexión política, si bien se trata de una mirada que desdeña todo dogmatismo. Esta constatación hace pensar que determinados tramos de su obra poética (pienso, por ejemplo, en El inocente o Presentación y memorial para un monumento) no son episodios más o menos anecdóticos en su trayectoria, sino una línea más o menos subterránea que aflora en poemas muy posteriores como “Hibakusha” de Al dios del lugar (dedicado a la barbarie de Hiroshima) o el poema dedicado a los indios kaiowá de su libro póstumo.
Hay en toda la obra valentiana una búsqueda constante de la libertad, libertad incluso de las ataduras del yo, de una identidad fija que cristaliza en personaje (y que borra al otro, olvidando que “el otro es mi yo disidente”). Por ello, solo un conocimiento superficial del poeta puede encontrar chocante que su interés por la mística no desemboque en un acercamiento a la religión tradicional. Más bien hallamos la actitud contraria: hasta el punto de que en estas páginas, con ocasión de la persecución que sufre Salman Rushdie, el escritor corrobora la validez del aserto marxiano acerca de la religión como opio del pueblo. Y es que para Valente es aberrante todo intento de conciliar el lenguaje del poder con el lenguaje del espíritu (un espíritu que se entiende, no en oposición a la materia, sino como expresión de ésta).
No deja de sorprender la capacidad de Valente para darnos en unos pocos fragmentos, en una pincelada, lo que tantos otros son incapaces de decirnos en largos artículos o interminables libros. Ello no solo da fe de la pobreza intelectual de buena parte de nuestra crítica literaria, sino también de la necesidad de releer al poeta, para, más allá de lecturas simplificadoras, seguir dialogando con una obra que cada vez se revela más necesaria.

miércoles, octubre 26, 2011

Hoteles, Maximiliano Barrientos

Periférica, Cáceres, 2011. 128 pp. 16,5 €

Fernando Sánchez Calvo

Tero, Abigail y Andrea son dos adultos y una niña que huyen a través de un viaje. Un viaje sin límites temporales y espaciales. La última huye porque es menor y acompaña a su madre, pero de tener unos años más también hubiera huido por su propia cuenta. Los dos primeros, por su parte, no huyen porque sean actores de películas porno y se arrepientan de sus vidas laborales: huyen porque buscan “fabricar un pasado en común”, porque con el viaje pretenden construir un “paisaje privado”, íntimo, que no se parezca en nada a su manido paisaje habitual de incomunicación, infidelidades y hastíos varios. Son palabras concretas de los protagonistas, quienes se desnudan con sus declaraciones en un tiempo presente delante de un director de cine, interesado en construir de manera fragmentada un documental sobre el momento concreto en el que los protagonistas escaparon para explicar, de esa manera, su propia vida sentimental, igual de fragmentada que la de Tero, Abigail y Andrea.
De esta sinopsis deduzco que, aunque en esta poderosa y dislocada novela no dejan de aparecer hoteles, carreteras, coches, apartamentos o habitaciones, en realidad más que de paisajes, se está hablando de paisanajes, esto es: del alma de las personas a través del espacio, de la cantidad necesaria de hoteles destartalados, carreteras polvorientas, habitaciones solitarias o coches desvencijados para poder, en el fondo, hablar de tres, cuatro o cinco personas que en un momento de sus vidas se cruzan, comparten soledad, miedo, esperanza y una “aliviadora sensación de no saber a dónde estás yendo” para poco después, al cabo de un día o de unos meses, volver a separarse o a juntarse, pero ya sin el vértigo o ilusión de poder empezar algo nuevo. «Hay orden en el fracaso. Algo sucede, algo intercede y desde entonces caemos», comenta el director del documental concluyendo todavía en el ecuador de la novela. Esto último, por su parte, no sólo sucede en la vida, sino en cualquier proceso vital y con un mínimo de estructura como también lo puede ser el arte de novelar.
Por ello, de esta última deducción intuyo que Maximiliano Barrientos ha trabajado muchísimo en los años previos a éste los textos que componen esta novela, Hoteles, y el libro de relatos con el que la editorial Periférica lo dio a conocer al lector español: Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer. Dos piezas fundamentales de la nueva narrativa boliviana, no sólo porque el autor apenas supere los treinta años, sino porque en ellos recoge todo lo que es Hispanoamérica desde ya varias décadas. En Hoteles, y por extensión en Fotos tuyas, está la soledad de Sábato, la enferma perversidad de Onetti, la irónica metaliteratura de Borges y Roa Bastos, la concisión y el desaliento de Rulfo, amén de todos los prodigios estructurales que vieron su culmen en Vargas Llosa o García Márquez. Pero, frente a éstos, y como ya hicieron algunos autores que se dieron a conocer masivamente a finales del XX (léase a Jorge Volpi), Maximiliano Barrientos ha superado el espacio de lo sudamericano. Ya no hace falta mencionar, reivindicar el espacio sudamericano en la narrativa. Tanto es así que en las dos obras que Periférica ha publicado el espacio más importante es el indeterminado, los cruces de carretera, los impersonales hoteles a lo yanqui que han ocupado y vestido prácticamente todos los lugares del mundo. El paisaje sudamericano ahora está en el alma de los protagonistas, los únicos portadores de esa esencia, quienes siguen llevando el desarraigo, la exuberancia, el realismo mágico (disfrútese en Hoteles el episodio del accidente con el caballo para comprobarlo) y la eterna desventura de la incomunicación entre unos personajes que intentan ser felices de la peor forma posible (parafraseo un relato del boliviano) y de los cuales, en realidad, sólo deberíamos filmar los grandes momentos. Ésa es la película propuesta por Barrientos en Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer y, por supuesto, en Hoteles: “Editar una vida”, coger sólo lo mejor de cada ser vivo, sólo lo que verdaderamente merezca la pena. La duda: “¿Cuánto quedaría de una vida editada?” Las conclusiones que sacamos tras las dos lecturas mencionadas no son muy esperanzadoras.

martes, octubre 25, 2011

Juntos, Ally Condie

Trad. Rosa Pérez. Montena, Barcelona, 2011. 352 pp. 14,95 €

Victoria R. Gil

Después de vampiros, zombis y demás no-muertos, la literatura juvenil se adentra en la ciencia ficción agitando, que no batiendo, una mezcla de romanticismo y sociedades supuestamente ideales que da como resultado un curioso cóctel de amor y distopías. Con menos violencia que la saga de Los Juegos del Hambre, de Suzzane Collins, que abrió el camino hacia ese pluscuamperfecto futuro con protagonista adolescente, Ally Condie toma el relevo y compone una novela más intimista, en la que el impulso de rebelarse que late en este tipo de historias se cocina a fuego lento.
Los aficionados a la ciencia ficción encontrarán —y disfrutarán descubriéndolas— referencias a los grandes maestros del género. Aquí están las drogas para el inevitable control de la población de Un mundo feliz; la muerte por decreto a la edad más conveniente de La fuga de Logan; el odio por la palabra escrita de Farenheit 451, y una omnipresente y todopoderosa Sociedad tan orwelliana que decide desde qué comen y cómo se visten sus ciudadanos hasta con quién deben casarse.
Ally Condie inicia en Juntos la historia de Cassia Reyes, una joven que empieza a preguntarse si el mundo que conoce es realmente el mejor de los mundos posibles, como siempre ha creído y todos le han asegurado. Y digo inicia porque no sabremos en esta novela a qué respuestas llegará la protagonista, ya que éste es el primer libro de una trilogía, Matches, cuya segunda parte se publicará en Estados Unidos el próximo mes de noviembre con el título de Crossed. Habrá que esperar hasta entonces para desvelar algunas de las múltiples incógnitas que la autora deja sin resolver, ya que es previsible que todas no se despejen hasta finalizada la serie. ¿Elegirá Cassia la ternura o la pasión? ¿El riesgo o la seguridad? ¿La libertad o la obediencia? ¿Sabremos por qué la perfecta Sociedad se equivocó precisamente al seleccionar a su pareja ideal? ¿O acaso no se trata de un error y sí de un experimento, una prueba, un sabotaje…?
Lo ignoramos. Como lo ignora la propia Cassia, con quien asistimos, en el día de su 17 cumpleaños, a la que será la ceremonia más importante de su vida, el momento en que conocerá el nombre y el rostro de su príncipe azul, con el que habrá de compartir un futuro con fecha de caducidad. Contra todo pronóstico, el procedimiento que nunca falla esta vez lo hace y la equivocación —¿Involuntaria? ¿Intencionada? ¿Manipuladora?—  es la espoleta que inicia una reacción en cadena en la conciencia de Cassia.
Con una reflexiva morosidad que sorprende en este tipo de narraciones, más hechas a la premura y la ligereza, la autora muestra la evolución que conduce a la protagonista a replantearse todo lo que hasta entonces había tenido por una verdad incuestionable. Un poema, tan clandestino como evocador, será el primer paso hacia la rebeldía que está por llegar. Pero no será hasta las próximas entregas cuando los millones de lectores que ha cosechado esta saga en todo el mundo descubran el camino que finalmente tomará la joven.
Ally Condie, una ex profesora estadounidense de educación secundaria, ha conseguido un éxito inmediato con esta trilogía por cuyos derechos de edición pujaron siete grandes editoriales norteamericanas, que se ha publicado hasta ahora en más de treinta países y cuyo guión ya se está escribiendo para que Disney lo lleve a la gran pantalla.

lunes, octubre 24, 2011

El violento oficio de escribir, Rodolfo Walsh

451 Editores, Madrid, 2011. 556 pp. 21,50 €

Pedro M. Domene

La vida de Rodolfo Walsh (1927-1977) transcurrió entre grandes momentos de tensión por su activa militancia política, por su vocación literaria, y sobre todo por su curiosidad periodística. En la década de los cuarenta, tras pasar por varios domicilios familiares y colegios, se trasladó a Buenos Aires para completar su educación secundaria. Mediada la década, su vida adquiere una actividad casi febril: un frustrado intento de ingresar en el Liceo Naval, colabora con la editorial Hachette, participa en la Alianza Libertadora Argentina, cursa algunas asignaturas en la Facultad de Humanidades, y ya en 1950 obtiene una mención en el Primer Premio de Cuentos Policiales que organiza la revista Vea y Lea. A partir de este momento se dedica al periodismo y trabaja para Vea y Lea y Leoplán, donde publicará cuentos, artículos de crítica literaria y divulgación cultural. Sus abundantes colaboraciones en la prensa lo señalan como la cumbre del periodismo argentino y, en ocasiones, acompaña sus textos con fotografías que convierten sus reportajes en auténtico periodismo gráfico, y sobre los temas más diversos. A partir de 1956 sus continuas denuncias contra la represión y los fusilamientos de José León Suárez desembocarán en los libros, Operación masacre (1957), hito del género testimonial en la literatura argentina y al que seguirán ¿Quién mató a Rosendo? (1969), y su famosa Carta abierta de un escritor a la Junta Militar (1977). Ernesto Ekaizer relata en el prólogo a El violento oficio de escribir (2011), como, desde varios meses, el periodista y su esposa Lilia Ferreyra viven en una casa modesta, sin luz eléctrica, agua corriente o gas, que han comprado a unos 52 km del centro de Buenos Aires, de donde Walsh viajaría el 25 de marzo de 1977 a la capital para acudir a varias citas y echar en diferentes buzones varios sobres que contienen su famosa Carta abierta..., que condensa toda la labor informativa del año, basada en la fuente documental que forman los cables de noticias difundidas, denuncia el asesinato, la desaparición y tortura de miles de ciudadanos en virtuales campos de concentración que ha creado la dictadura del general Jorge Rafael Videla en las guarniciones militares. Walsh va armado con una pistola Walter PPK calibre 22 que no le salvará la vida, pero será más difícil que lo cojan vivo. Un llamado «grupo de tareas» de la Escuela Mecánica de la Armada y un pelotón de policías le han preparado una encerrona. El militante con quien Walsh debía encontrarse ha desvelado el lugar de la cita, aun le da tiempo a sacar su pistola pero varios disparos le cruzan el pecho en diagonal y apenas llega vivo al campo de concentración de la ESMA. Esa misma noche los militares que se han hecho con la escritura de compra venta que portaba el periodista, organizan el saqueo y bombardeo de su casa, a donde a la mañana siguiente llega su esposa sin conocer la tragedia y advierte que la han volado llevándose su carpeta de documentos y escritos personales.
La edición que 451 Editores presenta con el título de El violento oficio de escribir (2011, aunque la original es de 2007), con prólogo de Ernesto Ekaizer y nota preliminar de Daniel Link, recoge, según este último, la totalidad de los artículos publicados con la firma de Rodolfo Walsh o sus iniciales R.W., o R. J. W.) o el seudónimo, Daniel Hernández. De sus libros o grandes investigaciones, se incluyen ejemplos aislados necesarios para dar una visión fiel del progreso de la obra periodístico; tampoco se recogen sus artículos y prólogos que se considerarían de crítica literaria, tampoco los escritos íntimos y del resto de la obra conocida quedan muchas notas sin publicar y se ofrece una edición incompleta por definición. Según su editor, este libro se titulada así porque el propio Walsh, escribió en un texto autobiográfico que decía los siguiente: «En 1964 decidí que, de todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía». Cuando leemos los abundantes textos de la presente edición, se percibe el espíritu de Walsh cuando afirmaba que pretendía devolverle al periodismo la voz y la identidad de las noticias, los acontecimientos o la dignidad a los personajes que habían sido protagonistas y que de alguna manera dejaban testimonio con sus actuaciones o con su propia vida. El «caso Padilla», su estancia en Cuba y la creación de la agencia de noticias Prensa Latina, los diversos artículos sobre la baja condición social de los trabajadores de la Argentina, son algunos de los textos más sugerentes; en ocasiones, se funde literatura y periodismo, y este último aspectos tanto literario como político, testimonio de una objetividad que, de alguna manera, en la totalidad de la obra de Walsh se completó con los informes de Cadena informativa que ampliaba así su compleja visión del periodismo. La lectura de «La Carta abierta de Rodolfo Walsh a la Junta Militar» vislumbra ese «acto de libertad» con que invitaba a sus últimos lectores y aun hoy a quienes confiamos en ese voluntarioso periodismo caracterizado por la honradez y la exactitud verificada.