viernes, octubre 21, 2011

Solo con invitación: Apuntes de medicina interna, José Manuel de la Huerga

Menoscuarto, Palencia, 2011. 198 pp. 15,50 €

Ignacio Sanz

Los amores adolescentes son difíciles de olvidar. Y los de la mediana edad. Sobre todo cuando tienen consecuencias ulteriores. Por ello, antes que un tratado de medicina, estamos ante un recorrido pormenorizado por los quebrantos del corazón a través de una intensa saga familiar fundada por un médico nacido en el corazón ganadero de las montañas cántabras. También se trata, por extensión, de un recorrido por la intrahistoria de España. El narrador de esta novela es Abel, el nieto del fundador de la saga, recién licenciado en Medicina en la Universidad de Valladolid. Entre nieto y abuelo aparece el tío Berto, con su punto de excentricidad, dedicado también a la medicina. Y conflictos, muchos conflictos familiares soterrados que el narrador nos va contando con sutileza al tiempo que los descubre él mismo, es decir, en tiempo real, pues aunque de cara a la galería, sobre todo de cara a su madre, ha regresado a la vieja casona familiar donde ha pasado los veranos dichosos de su infancia y juventud para preparar el examen al MIR, en realidad está tratando de desentrañar ciertas zonas de sombra de su familia. Y entrando en esas zonas de sombras, el lector se va a topar de frente con pequeños monstruos arquetípicos de la historia de nuestro país.
La novela está poblada de personajes no sólo familiares, abuelos, tíos, primos, también criadas, enfermeras y gente de la vecindad. Y hay, cómo no, tratándose de un recorrido que abarca más de medio siglo, una evolución en las costumbres, pasando del clasismo rancio en el que se mueve la abuela, hasta el desenfado modernistas del primo Asier que pone en solfa con su actitud buena parte de ese rígido costumbrismo. Resulta muy interesante observar una vez leída la novela la evolución de los personajes, es decir, la habilidad que ha tenido José Manuel de la Huerga para dotar de dinamismo prácticamente a todas las criaturas que aparecen en estas páginas. De tal modo que el lector va cambiando su impresión sobre el carácter de todos o de casi todos los personajes, desde la Niña Fea, hasta Mabel, la vieja criada, dechado de sentido común y sabiduría natural, y pieza clave de esta complicada historia dramática, pero salpicada también de pequeñas ráfagas de humor.
El personaje central es el abuelo, el doctor Rojo, fundador de la saga en la que se centra la narración, cuya figura, influido por el ambiente, el narrador tiene idealizada. Pero es el propio narrador el que nos va descubriendo ciertas flaquezas personales y algunas complicidades con el sistema político que le fueron permitiendo escalar puestos en la jerarquía profesional.
Un elemento a destacar en la novela es el cuidado en el lenguaje, tanto cuando describe situaciones derivadas de la práctica de la medicina, ya que consigue hacerlo comprensible para el lector medio sin entrar en tecnicismos, como cuando deja hablar a los personajes populares como Noe, Luisal o Mabel que parecen ciertamente tipos extraídos del corazón de las montañas, expresándose con el sufijo “uco”, que más que una nota de costumbrismo local otorga a la narración carácter de autenticidad. El ritmo es sereno, como un río caudaloso que fluyera por la llanura.
Una vez leída, el lector piensa que tras la novela se agazapa un perfecto guión cinematográfico. Precisamente por la riqueza de matices que ofrecen los personajes y por el rico entramado de situaciones que la conforman.
En definitiva, estamos ante un friso riquísimo de paisajes y paisanajes que se desarrollan a lo largo de buena parte del siglo XX y a los que el autor ha dotado de vida al acentuar sus contradicciones, con la agilidad de un impresionista.


José Manuel de la Huerga: "La pasión mueve el mundo"

Usted es natural de León y lleva muchos años afincado en Valladolid. Sin embargo, en su novela es muy importante el mar y el paisaje cantábrico (los valles, las montañas, la costa). Da la sensación de que esta ambientación no se debe sólo a simples razones literarias, sino que usted tiene un vínculo muy estrecho con ese paisaje, ¿es así o se trata de una apreciación equivocada?
—Para un castellano de El Páramo leonés Cantabria es la ventana abierta al mar. Santander, Laredo, San Vicente de la Barquera… tienen resonancia de verano en los oídos de la gente de tierra adentro. Ahí está desde hace décadas el llamado “tren playero” que sale cada verano desde Valladolid a las siete de la mañana, recorre la provincia de Palencia y “desemboca” en Santander. Los castellanos de los primeros años de la democracia llegaban por riadas, los fines de semana especialmente, para disfrutar de un paisaje cautivador: frente a ellos un mar infinito, a veces caliginoso, y a sus espaldas “praos” verdes y montañas escarpadas. Además, soy de esos niños de los setenta que estudiábamos la geografía de Castilla la Vieja con Santander como salida natural al mar.

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jueves, octubre 20, 2011

Flores de verano, Tamiki Hara

Trad. Yoko Ogihara y Fernando Cordobés. Impedimenta, Madrid, 2011. 136 pp. 16,50 €

Santiago Pajares

En un par de segundos pueden suceder infinidad de cosas. Pueden morir ciento cuarenta mil personas y una enorme ciudad puede quedar arrasada. Puede dejar huérfanos, desaparecidos, terror y miseria. En sólo dos segundos. Eso fue lo que ocurrió en Hiroshima el 6 de Agosto de 1945 a las 8:15 de la mañana. Cuando eres escritor y algo así te ocurre se convierte en una piedra demasiado grande para cargar y no escribir sobre ella. ¿Cómo se continúa después de algo así?
Años después de la explosión de la primera bomba atómica se creó en Japón una corriente literaria llamada genbaku bangaku, o lo que es lo mismo, la literatura de la bomba atómica escrita por hibakushas, escritores supervivientes de la bomba atómica y otros que tuvieron testimonio directo de ello. Tamiki Hara es quizá su mayor exponente, y Flores de verano, su obra más conocida. Porque en el caso particular de este escritor, la bomba le llegó cuando ni él mismo creía ya que podría soportar nada más.
Hijo de una familia acomodada, vivió una infancia donde la muerte era ya compañera habitual, matando a muchos de sus hermanos y a su propio padre cuando contaba tan solo doce años. Con treinta y seis años murió su madre y con treinta y nueve su esposa, lo que impactó al escritor más que todas las demás muertes juntas. Un año después cayó la bomba.
Esto dio un sentido a la vida de Tamiki Hara, contar lo ocurrido y dejar testimonio de su experiencia.
En Flores de verano podremos saber cómo era Hiroshima las semanas previas a la explosión de la bomba, cómo vivía con la constante amenaza de bombardeos que ya estaban aniquilando las ciudades más importantes de Japón y la eterna pregunta de sus propios habitantes: ¿Y por qué aquí no caen? Y es que no sabían que Hiroshima debía permanecer intacta para comprobar las consecuencias de la bomba. Ahora sabemos qué es una bomba atómica, pero después de la explosión nadie sabía qué había ocurrido ni los devastadores efectos de la radioactividad para los supervivientes. Hay en la ciudad un estanque dedicado no a las víctimas, sino al agua que los que quedaron no pudieron beber, y es que los miles de grados producidos por la deflagración la evaporaron toda.
Estos son cosas que sabemos ahora, sesenta años después. Y lo sabemos porque hubo escritores que estuvieron allí, que sobrevivieron y se empeñaron en hacernos entender la historia. Desde dentro. Desde donde más duele.
Tamiki Hara sobrevivió, pero no vivió mucho más. Escribió Flores de verano, Salmos para consolar el alma de los muertos y El país que mi corazón desea. En esta última narra su situación personal en un cruce ferroviario cercano a su casa en Tokio: «¿No le gustaría a mi sombra desvanecerse pronto en esas mismas vías?» El 13 de Marzo de 1951 Tamiki Hara se suicida tirándose a esas vías.
Compuesta en tres relatos (“Preludio a la aniquilación”, “Flores de verano” y “De las ruinas”), esta es una obra escrita con suma delicadeza. Reposada, pero no lenta. Precisa y metódica. Unos días atrapados ya para siempre en el tiempo, relatados por la mano de un escritor que murió pero dejó tras de sí mucho más que letras y páginas. El testimonio de lo que ocurrió y que nunca más debería ocurrir en tan sólo dos segundos.

miércoles, octubre 19, 2011

Una novela francesa, Frédéric Beigbeder

Trad. Francesc Rovira. Anagrama, Barcelona, 2011. 213 pp. 18,50 €

Julián Díez

El punto de partida ha sido ya extensamente expuesto: Beigbeder, escritor de éxito, maldito de manual en la mejor tradición francesa, que comparte impacto mediático y aura de incorregible con su aquí prologuista Michel Houllebecq, fue detenido una noche por consumir cocaína en el capó de un coche, delante de un local parisino. A partir de ahí, permaneció dos días internado hasta que se decidió su sanción. En ese breve periodo encerrado, vivió una suerte de catarsis que es relatada en esta novela; claustrofóbico, se vuelca en sí mismo y dirige la mirada hacia su infancia, que en las primeras páginas nos asegura no recordar, para ofrecernos después 200 páginas de detalles minúsculos, íntimos, verosímiles y tiernos.
La cuestión clave de esta novela es cómo la magia de un buen literato es capaz de crear una obra memorable a partir de materiales que a mí, y creo que a bastantes otros lectores, nos resultan antipáticos. Beigbeder no duda en retratarse una y otra vez como un pobre niño rico, un pijo muy desdichado por haber tenido que soportar tantas facilidades, un preso de apenas dos días de vivencia que pretende presentar su tropezón como una epopeya digna de un Jean Valjean o un Edmond Dantès. Obviamente reflejado en sus protagonistas de obras previas —especialmente recomendable es la destructiva y eficaz 13,99 euros—, Beigbeder es un personaje ególatra, quejumbroso, siempre con una celebridad conocida en la boca para ponerse a la altura, ocasionalmente misógino, cultureta antes que ilustrado... Sin embargo, consigue, como en tantas ocasiones lo ha hecho la buena literatura con personajes poco amables, convertir a su falible yo, con todos sus defectos y sombras, en un reflejo de la sociedad en su conjunto con el que resulta inevitable empatizar.
El primer mecanismo al que apela para ello es el de esa infancia supuestamente olvidada. Hay en cualquier relato de la niñez ecos comunes que resuenan en cualquiera: la indefensión, la ilusión, la búsqueda de conocimientos y recursos para afrontar la vida futura. Sobre todo, por las sensaciones que producen los instantes más íntimos y sentidos, como los de Beigbeder recibiendo de su abuelo la enseñanza de las cabrillas, las piedras planas que pueden saltar sobre el agua con un buen lanzamiento. Quien más y quien menos, cuenta con el tesoro de un lugar mágico como el Guéthary sobre el que Beigbeder construye sus recuerdos. Aunque todo lo demás pueda resultar impostado o hiperbólico, el sentimiento de pérdida y de añoranza es común.
También lo es para cuantos compartimos generación con él la sensación de infancia arrebatada, que se busca recuperar con placeres triviales y una actitud peterpanesca. La irresponsabilidad de ese paso se vuelve contra Beigbeder bruscamente cuando encara la realidad de los calabozos del Dépôt, como se podría volver en contra de cualquiera de nosotros al toparnos repentinamente con realidades suburbiales o tercermundistas que preferimos ignorar para mantenernos cuerdos en nuestro confortable día a día.
De lo particular, Biegbeder busca llegar a lo genérico desde ese título en el que implica a todo su país en su travesía; lo remacha luego con una de las numerosas frases contundentes que jalonan su reflexión: «(Esta novela) es la historia de un país que consiguió perder dos guerras haciendo creer que las había ganado, para a continuación perder su imperio colonial haciendo ver que esto no mermaba un ápice su importancia». Como Francia, Beigbeder gana en la derrota para terminar volviendo a Guéthary con su hija, en una redención sutil pero inequívoca, y se somete al reto de enseñar a lanzar piedras a la niña en un momento que le roba a los entretenimientos electrónicos. Sale vencedor, como lo hace de este libro en el que consigue, como manifiesta en un momento dado, usar la escritura como un medio para retener el tiempo, al igual que todos usamos la lectura como medio para desaparecerlo.

martes, octubre 18, 2011

Breve historia de un amor eterno, Slizárd Rubin

Trad. Éva Cserhári y Antonio Manuel Fuentes Gaviño. Backlist, Barcelona, 2011. 201 pp. 18 €

María Dolores García Pastor

Hace tiempo leí una anécdota sobre un escritor de éxito al que alguien le pedía un buen argumento para escribir una novela. No recuerdo ni el autor ni el medio en el que lo leí, disculpen pero la maternidad me tiene atontada la memoria. El caso es que el autor se lucía con una frase bastante parecida a esta: “un hombre y una mujer se enamoran, aquí tiene usted el argumento que le hace falta para su novela”. Hay quienes con esa brillante idea no tienen ni para empezar o se pierden en los típicos tópicos y en los sentimentalismos excesivamente edulcorados. En vez de todo eso, Slizárd Rubin nos regala una novela gracias a la que se le ha llegado a comparar con autores como William Faulkner, Milan Kundera, Berthold Brecht o el mismísimo Proust, ahí es nada.
Viajamos a la Hungría inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial. Til es un joven humilde aspirante a escritor que narra su historia de amor con Orsolya. Ella pertenece a una familia pudiente que no puede ocultar su simpatía y buena relación con los alemanes durante la gran guerra. Él un proletario que se afana en dar la bienvenida a los soviéticos que llegan para imponer un nuevo orden. Las diferencias de clase y políticas marcan el día a día de la pareja y los reproches y las humillaciones irán haciendo mella en ella. No se trata de una historia de amor al uso, es la crónica de una obsesión. Una relación basada en las desigualdades que empuja a sus protagonistas a entrar en una espiral autodestructiva que se prolongará a lo largo del tiempo con infinidad de idas y venidas.
Pero lo que atrae de este libro no es el morbo que pueda tener una relación intensa y tormentosa que en ocasiones llega al maltrato. Lo que atrapa al lector es, sobre todo, la manera que tiene su protagonista de narrar lo que acontece. En primera persona para hacerlo más cercano, más inmediato, casi palpable. Pero desprovisto de sentimentalismos. El narrador hace examen de conciencia aplicando sobre los hechos una mirada desapasionada y fría, casi indiferente. Sus recuerdos se alternan con los sueños y temores que le asaltan. Y con todo ello rememora con nostalgia un tiempo que no volverá, lo que nos hace recordar al Proust de Por el camino de Swan. Eso y el hecho de que los recuerdos que llegan hasta él nazcan de algunas de sus sensaciones o de la contemplación de paisajes y objetos. Mientras que toda la novela está impregnada de un halo que a mí me recuerda a La insoportable levedad del ser de Kundera.
Desafortunadamente y una vez más la política ha tenido que ver en el hecho de que un gran autor y una gran obra como ésta hayan tardado en tener el reconocimiento merecido. Cuando un régimen político aplasta la libertad de sus ciudadanos quienes se dedican a contar historias tienen dos caminos: el ostracismo o la sumisión. La novela de Slizárd Rubin escrita en 1963 fue redescubierta y valorada en su país en el año 2004 y para poder disfrutarla traducida al castellano hemos tenido que esperar casi medio siglo. Como se suele decir, nunca es tarde si la dicha es buena, y en este caso lo es.

lunes, octubre 17, 2011

Diástole, Emilio Bueso

Salto de Página, Madrid, 2011. 240 pp. 18 €

Ariadna G. García

Hay novelas que, una vez leídas, ocupan un lugar fijo en las estanterías, un espacio reservado, hasta que toca hacer mudanza, donar libros... Son obras, en su mayoría, que nos han gustado, pero no lo suficiente como para releerlas o prestarlas. Diástole, la segunda novela de Emilio Bueso (tras Noche cerrada, 2007), no se encuentra entre ellas.
A medio camino entre la novela de terror, la novela negra, la novela romántica y el tratado de pintura, Diástole nos atrapa desde el comienzo, y a un ritmo de infarto, nos conduce por la vida de dos hombres acabados, cuyos corazones no sienten nada fuera de los límites del arte, o del amor, que al fin y al cabo, vienen a ser lo mismo: fuente de belleza.
Jérôme Fournier es un pintor de 41 años, cuya vida ha sido bastante triste. Ya no queda nada de su talento. Aquellos a los que amó han muerto o lo han abandonado. Se trata de un tipo solitario, poli-toxicómano, a quien la vida concede una última oportunidad para congraciarse consigo y con su obra.
Frente a él (el libro se articula en torno a estos dos personajes, aunque no son los únicos) se alza la figura distinguida de Iván, un coleccionista de cuadros que ha atravesado Europa para encargarle un lienzo: su retrato.
A lo largo de las cuatro noches de posado (desarrolladas en una antigua y ruinosa mansión de los Pirineos), Iván irá relatando los pormenores de su historia, a fin de que la pintura capte todos los matices de su personalidad.
Como resultado, Jérôme pinta un retrato al óleo de estilo expresionista, lo que no es casual. Esa estética pictórica potencia el drama, la angustia de ambos personajes por sentirse vivos. Las pinceladas son violentas, como el pasado de Iván en la URSS y Ucrania. Los colores, intensos, estridentes; como el mono que, de continuo, padece Fournier. El libro está salpicado de referencias a Edvard Munch (El Gólgota), James Ensor (La entrada de Cristo en Bruselas) y Marc Chagall (La caída del Ángel), cuyas obras se caracterizan por el uso de máscaras, la deformación, la expresión del dolor, la búsqueda del misterio, o la oscuridad; temas que envuelven con cada trazo, con cada palabra, a los protagonistas del libro.
Diástole es un homenaje al don artístico, al pulso que late en la carótida de los verdaderos creadores, capaces de sacrificar lo mejor de sí mismos por la idea, la obra en la que creen. Su oficio consiste en perseguir la belleza del mundo: un amor efímero que con el alba se desvanece; un alma abatida por la pérdida de aquello que la hacía palpitar.
Emilio Bueso ha creado una obra original, de una fuerza arrolladora, cuya prosa oscila entre lo desgarrado y lo lírico, lo soez y lo bello, como lo son los extremos por los que se mueve la vida.
Quien lea el libro ya sabe que no podrá colocarlo, junto a otros volúmenes, en una estantería. Lo llevará consigo, lo prestará. Sus páginas arderán por dentro de sus ojos, como un amanecer incombustible.