viernes, septiembre 16, 2011

Perros en la playa , Jordi Doce

Ilust. Javier Pagola. La Oficina, Madrid, 2011. 224 pp. 14 €

José Luis Gómez Toré

Como ya ocurría en el espléndido Hormigas blancas, libro del mismo autor que tiene mucho que ver con el que ahora me ocupa, el riesgo de textos como éste es que pasen desapercibidos por su carácter misceláneo y, sobre todo, por situarse fuera de los grandes géneros canónicos (por más que los libros de notas y aforismos tengan antecedentes de tanto fuste como Elias Canetti o Antonio Porchia, por citar dos aproximaciones muy distintas a una forma similar de escritura). Quizá tampoco ayude del todo a valorar en su justa medida esta obra el hecho de que buena parte de los textos, incluso el mismo título, procedan del blog del poeta (una de la bitácoras, dicho sea de paso, más interesantes de las muchas páginas literarias que, en nuestra lengua, podemos encontrar en Internet). Con todo, si desterramos prejuicios heredados y leemos Perros en la playa sin anteojeras, este vínculo con un blog aporta un elemento de no poco interés. Libros como éste, a pesar de volcarse en un formato tradicional en papel (por cierto, en una edición muy cuidada, enriquecida por las ilustraciones de Pagola), otorgan dignidad literaria al blog, lo que no es un mérito menor del libro. Tan absurdo es considerar que la literatura, para ser contemporánea, debe reflejar de manera acrítica los lenguajes de Internet como denostar todo lo que no proceda de los formatos y canales tradicionales.
Con todo, Perros en la playa, ya desde su título, despista al lector y juega a presentarse como un libro menor. Como el mismo autor indica, «así han sido, así entiendo ahora estos comentarios: sin rumbo preconcebido, arbitrarios y espontáneos como las carreras de los perros en la arena, moviéndose nerviosamente de un lado para otro, incapaces de buscar otra cosa que su propio cumplimiento, la felicidad íntima de un correr que es también juego, búsqueda de compañía, diálogo con los otros perros que comparten la playa. Esa libertad, sobre todo». Pareciera que este texto, que aúna aforismos, notas y poemas, fuera solo una especie de cuaderno, en el que, con cierta arbitrariedad, se anotaran pensamientos y experiencias, sin mayor trascendencia que las que poseen las huellas que unos perros dejan al jugar en la playa. Pero bien pudiera ser, como sucedía en un poema de Elisabeth Bishop, que esas huellas traicionaran la presencia de un animal menos cotidiano y de mayor envergadura. Los breves textos, que como chispazos de inteligencia o de lirismo, parecen no dejar sino un leve rasguño en la memoria, van calando hondo en el lector, que acaba acompasándose al ritmo peculiar de esta escritura. Pese al frecuente desencanto que se refleja en estas páginas, en el fondo nos hallamos con la práctica continuada de la palabra como placer apenas confesado, o al menos como apuesta vital y personal de quien escribe. No en vano el autor invoca la libertad como un valor central en su propuesta. Precisamente la forma elegida, así como la fragmentariedad del discurso, permiten el libre juego del lenguaje, como si este, desde su aparente modestia, acabara impregnándolo todo. Así, la escritura acaba siendo más que un instrumento, una forma de estar en el mundo. Esta palabra que tiñe toda vivencia de su particular impronta, como una lluvia fina, apenas perceptible, que termina por calar hasta los huesos, me recuerda otro libro, recientemente publicado, Bajo la piel, los días de Eduardo Moga, un texto que comparte con el de Doce su voluntad de desmarcarse de la obediencia a las marcas de separación entre los géneros. Aunque nos encontramos con libros muy diferentes por su planteamiento y por su forma, ambos textos coinciden en su afán por desdibujar los límites entre escritura y vida, asumiendo toda la fragmentariedad y espontaneidad de la existencia.
En Perros en la playa, no falta la mirada crítica, que puede ser ácida, incluso amarga, pero también la ternura, apenas disimulada, de un yo que juega a cada rato a esconderse y que no desdeña la ironía, a menudo lanzada contra sí mismo. El acto de escribir se presenta paradójicamente como forma de reconocerse, de hacerse presente, pero a la vez como ejercicio de desposesión, de quien se arroja a borrar la propia identidad en la mirada múltiple y heterogénea de los potenciales lectores. En estas líneas sentimos toda la capacidad del lenguaje para mostrar y ocultar a un tiempo. Al lenguaje están dedicados, de hecho, no pocos de los textos (“Todas las palabras que nunca pronunció se asoman a ver pasar su cadáver”, nos dice el autor en uno de sus aforismos, o nos deja con este breve apunte, en apariencia incompleto: “Cuando escribir consiste en no sacarle todo el partido a las palabras”).
Constituye un acierto, a mi modo de ver, la inclusión de poemas junto con otras formas de escritura. Esta decisión, lejos de marcar el contraste entre los textos en verso y los textos en prosa, permite apreciar la alta temperatura lírica del conjunto, a menudo oculta tras la espontaneidad de lo escrito. Y de manera retrospectiva, nos hace apreciar como entregas anteriores del autor, como el citado Hormigas blancas o el diario La vibración del hielo, que no incluyen poemas propiamente dichos, participan de una misma mirada poética. Una mirada poética, que es una visión estética pero también moral del correr de los días, de esos recuerdos que se borran como las huellas de los perros en la playa, pero que se salvan, al menos provisoriamente, en páginas como éstas. Páginas tan lúcidas y hermosas, como las que nos ofrece, sin caer en la sensiblería ni renunciar al aguijón cuando es preciso, el excelente prosista que es también el poeta Jordi Doce.

jueves, septiembre 15, 2011

1Q84, Haruki Murakami

Tusquets Editores, Barcelona, 2011. 737 pp. 26 €

Salvador Gutiérrez Solís

Me ha llevado mucho tiempo escribir estas líneas. Tiempo y esfuerzo. Y me ha supuesto un enorme ejercicio de aceptación/reconciliación, de luchar contra mis prejuicios, contra mis gustos, contra mis inquietudes. Creo que me estoy poniendo excesivamente serio y dramático. 1Q84, la última novela de Haruki Murakami, cuenta con todos los ingredientes, con todos los elementos, para que se convirtiera en el mejor exponente del tipo de novela que aborrezco. Es más, me habría encantado despellejar esta novela, reducirla a jirones, descubrir todas sus trampas y engaños, advertir al lector de la posible estafa: no se la compre. Sin embargo, y vuelvo a luchar contra ¿yo mismo?, me ha entusiasmado.
Nunca he sido un devoto seguidor de Murakami, que en anteriores entregas me ha llegado a interesar y aburrir en idéntica proporción e intensidad. Bien es cierto que siempre le he reconocido un especial talento para contar historias, que considero un talento superior al de la “narratividad”, pero nunca había conseguido atraparme. Contemplaba un buen escaparate, perfectamente diseñado, que exhibía un producto que no me interesaba. Lo que había llegado a mis oídos de 1Q84 propiciaba que afilara los colmillos, preparado para morder en la yugular del autor japonés.
Y con esa sensación, de aburrirme y hasta de espantarme, comencé la lectura de la última novela de Murakami. Dicen que la predisposición y la intención, en muchos casos, ya son más que suficientes. En mi caso, no sirvieron de nada. Porque a las pocas páginas, como abducido o magnetizado por el extraño ser de Super 8, ya estaba completamente entregado a la historia de Murakami.
También me ha llevado un tiempo encontrar una explicación coherente y convincente a este radical cambio de opinión, que se ponen muchas cosas en duda con estos vaivenes. En primer lugar, que ya sabía, Murakami es un contador de historias excepcional, sabe contar “cosas que pasan” y, sobre todo, sabe “contar” y describir personas. En 1Q84 “pasan muchas cosas” (y algunas de ellas realmente extrañas). En segundo lugar, porque “cuenta grandes cosas” partiendo de la simplicidad más absoluta, a partir de detalles que parecen insignificantes pero que, unidos los unos a los otros, se convierten en un inmenso universo conforme se avanza en la lectura de la novela. Y tercero, más difícil de explicar, Murakami despliega en esta obra una literatura adictiva, embriagadora, que te engancha desde el primer momento. Es muy complicado renunciar a su lectura.
Los personajes de 1Q84, especialmente Tengo y Aomame, también proyectan esa apariencia simplista, incluso plana, con la que Murakami envuelve a su narrativa. Su descubrimiento, su conocimiento, es otra de las grandes claves de esta novela, como si se trataran de cebollas, capa a capa los vamos construyendo, desnudando, de la mano del autor. La crisálida del aire cabe entenderse como un ejercicio metaliterario conmemorativo, al mismo tiempo que puede considerarse como el hilo conductor de la narración, la causa y el efecto.
Aunque resulte sorprendente, las 737 páginas que Murakami nos entrega no suponen un freno a la hora de acometer su lectura. La sensación de precipicio, incluso de vacío, cuando nos acercamos al final es inevitable. Sensación en parte aliviada cuando tomamos conciencia de que volveremos a introducirnos en este alucinante universo.

miércoles, septiembre 14, 2011

El ocupante, Sarah Waters

Trad. Jaime Zulaika. Anagrama, Barcelona, 2011. 536 pp. 23,50 €

Ariadna G. García

Sarah Waters es, sin duda, uno de los grandes genios de la literatura británica de los últimos tiempos. Aclamada por la prensa internacional desde su primer libro (El lustre de la perla, 1998), ha ido creando una obra crítica y testimonial tanto de la sociedad victoriana, como de la Inglaterra que vivió y padeció las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. Sus personajes ven la realidad desde la frustración civil y la afectiva, desde la ambigüedad y el caos de un mundo siempre en movimiento. Ni siquiera ellos mismos son lo que parecen, se van transformando hasta encontrarse o perderse. Quizás por eso, porque Waters susurra sus historias (hermosas, desgarradas) a nuestros deseos más ocultos, a la máscara que llevamos para vivir en comunidad, sus novelas arrasan en las listas de ventas. Sus argumentos sólidos, sus tramas bien urdidas, las sórdidas y complejas redes sentimentales que atrapan y, en ocasiones. asfixian a sus personajes, han cautivado, además, a los productores de la BBC, que han llevado a la pequeña pantalla casi todos sus libros. Afinidad (1999) fue adaptada al cine en 2008.
El ocupante, como su predecesora (Ronda nocturna, 2006), está ambientada en la Inglaterra de 1947, es decir, en el año que marca el fin del imperialismo británico, con la independencia de la India. Estamos en la época del declive nobiliario, del auge del laborismo y de la clase obrera. En cierto sentido, la obra recuerda a Los restos del día (Kazuo Ishiguro, 1989). En ambas, un narrador en primera persona nos describe el deterioro de una mansión victoriana, y en contraste, gracias a la memoria individual y colectiva, relata su antiguo el esplendor en los Felices Años 20. Darlington Hall y Hundreds Hall comparten, pues, un mismo significado: son símbolos imperiales y de decadencia.
Hasta aquí, el libro de Waters podría pasar por una novela histórica. Pero El ocupante es mucho más que eso.
La obra gira en torno a la familia Ayres, compuesta por la Señora Ayres, apesadumbrada por la muerte de su primera hija; Roderick, su primogénito, veterano de la Royal Air Force; y Caroline, antigua enfermera de la Royal Navy, en edad de buscar esposo. El narrador, el doctor Faraday, de origen humilde (su madre fue sirvienta de la casa) acude a Hundreds Hall para curar las dolencias de Betty, la criada de hogar, aunque con el pretexto de sanar la rodilla maltrecha del joven hacendado, poco a poco se convertirá en un asiduo de la mansión.
Pero a su alrededor, entre las paredes, detrás de los objetos cotidianos, y en el techo, parece que habitase otra presencia. Los golpes, los ruidos, las extrañas marcas que se empiezan a ver, y el progresivo trastorno mental de cada miembro de la familia, inducen a pensarlo. De manera que pronto, contienden en el libro dos actitudes para resolver el misterio: una científica (avalada por Faraday) y otra supersticiosa (sostenida por Betty).
Escrita con un estilo elegante, minucioso y detallista, la obra revela la maestría de Sarah Waters para construir escenas y para desarrollar la psicología de sus personajes. Éstos, a su vez, se explican a sí mimos y a su momento histórico. A través de ellos vamos siendo testigos de los cambios que introdujo en el país el Partido Laborista, tras su triunfo en las elecciones de 1945: la creación de un servicio nacional de salud pública, y la implantación de la Seguridad Social, entre otros. También asistimos con ellos a la crisis financiera del Estado. La obra finaliza en 1948, año de los Juegos de Londres, que pasaron a la historia del movimiento olímpico con el sobrenombre de Juegos de la Austeridad. Y no era para menos, los atletas, a falta de otro sitio, dormían en los antiguos barracones militares.
Quien no haya leído El ocupante, está de enhorabuena. Se va a enfrentar a la lectura de unas 530 páginas terroríficas, enigmáticas y extremadamente manipuladoras. Una delicia para los amantes de la buena literatura.

martes, septiembre 13, 2011

Los patos de Central Park, Marina Fernández Bielsa

Alfaqueque Ediciones, Cieza (Murcia), 2011. 94 pp. 15 €

Amadeo Cobas

«Los hilos que mueven los afectos son tan finos que a menudo no somos capaces de verlos. Pero están ahí, y pueden romperse en cualquier momento. Un gesto, una palabra, una sospecha, un pensamiento, bastan para tensarlos. Hasta que se quiebran y resulta difícil recomponerlos, por la misma fragilidad de su naturaleza. Pero, por alguna extraña razón, hay sentimientos que perduran y cariños que no se rompen por mucho que el tiempo o la distancia intenten desgastarlos». Esta frase, que inicia un capítulo intermedio del libro, serviría de prefacio para presentar la obra en su conjunto, para sintetizarla en nueve líneas bien intensas y para reconducir al lector sin pérdida posible sobre lo que prima aquí. Y no es sino la evocación descarnada de Diana, la protagonista, varada en una etapa de su vida en plena transformación, justo ahí donde se ubican las preguntas trascendentales para proseguir su caminar por un derrotero u otro; justo cuando los remordimientos y las autoconvicciones pretenden amarrar el tiempo pasado a la memoria como un lastre impedidor de la toma de nuevas decisiones por miedo a tomar una errónea.
El haz de luz principal de esta novela enfoca unas introspecciones emanadas de lo particular y que desembocan en lo general. Así, la autora da en la “diana” al presentarnos a una protagonista con la cabeza muy bien asentada, reconocedora de las equivocaciones y también de los aciertos con los que ha construido el edificio de su vida. De paso vamos conociendo las maneras de Marina Fernández, una escritora que muestra como carta de presentación narrativa esta novela corta, en la cual destila método a la par que originalidad, se recrea con unas atmósferas muy pulcras y sobre todo se exhibe cual pistolero desenfundando el mérito de un lenguaje vertiginoso a modo de latigazo y de una belleza natural tal un atardecer.
¿Por qué afirmo lo anterior? Porque escoge las palabras milimétricamente para conseguir el efecto pretendido: dibujar las escenas hasta otorgarles la dimensión precisa que las vuelva diáfanas: «El portal olía a comida casera y a vecindad añeja, a humedad y a zaguán recién fregado». Todos hemos reconocido haber entrado en este portal o en uno similar, el recuerdo del “nuestro” enmarca el de la autora y le da vivencia de barrio, de cercanía, de confidencia en el rellano, de guisote de puchero desprendiendo aromas maravillosos al sobrepasar la puerta de la vecina. Esta escritora es una orfebre que engasta piedras preciosas sobre las joyas de su narrar tan delicioso: «como inquilinos habitando una nostalgia resistente al desahucio»…
Destaca el uso mágico que hace de las figuras literarias, diseminadas a lo largo del texto como guindas que ornan sin deje alguno de chabacanería las meditaciones profundas e íntimas en las que se sumerge la protagonista. Valga el botón de muestra de esta prosopopeya urbana: «Las grandes ciudades nunca duermen y nunca se callan del todo; siguen latiendo de noche porque la muerte es un lujo que no pueden permitirse».
Hay apocalipsis en la prosa poética donde navega al evocar pasados, desmenuzar presentes y predecir futuros: «Delirios de sábado ocioso y maldito, malgastado de nada. La luna desperdiciada, los deseos baldíos…». Hay verdades grandes como templos, acaso extraídas de lo profundo, donde habitan los secretos más inconfesables, el territorio del pensamiento que nunca debió traspasar la frontera de la mudez para internarse en la reflexión oral… ¿O sí?: «Siempre he perseguido un tipo de amistad que no se limite a un intercambio de soledades […] Siempre he buscado amigos a los que poder entregarme sin condiciones, sin reservas. Esa clase de amigos que con sólo una mirada saben qué humor toca y cómo deben actuar…».
Adopta como propios los ecos musicales más o menos pretéritos, paladeando las letras de John Lennon o Serrat a Radio Futura y Míkel Erentxun, reconstruyendo Diana en su mente aquellos programas de televisión míticos, forjadores de toda una generación de teleadictos vespertinos. ¿Ejemplos? Heidi, Verano Azul, La casa de la pradera… Novela sobre literatura revisitada, aquella que jalonó la juventud de la protagonista: desde El guardián entre el centeno hasta Nubosidad variable pasando por el fraguador de pensamientos propios: El club de los poetas muertos.
Tiene muchas lecturas el juego íntimo que aquí se nos brinda, puedo imaginar el cosquilleo para el cerebro de una lectura en voz baja pegada al oído; aunque se presta también a otra silenciosa permitiendo el aullido emitido por estos descarnados sentimientos, e inclusive cabe un juego a priori pérfido y sin embargo válido en este escenario: el de barajar los capítulos salteándolos, sin que por ello pierda fuerza y sentido el contenido de este libro.
«Ya no hay molinos en La Mancha. No al menos como los que ilustran los libros del Quijote. O quizá los hay, pero no se ven desde este tren», se nos dice en el ocaso de la novela, cuando periclitan esas meditaciones de Diana al llegar al «fin de los sueños adolescentes, con diez años de retraso». Este despertar de la protagonista coincide con el desvanecimiento de la obra, con su final, no otra cosa sino un principio, una partida en tren hacia el destino de la nueva vida al aguardo.
Y al aguardo nos quedamos de la siguiente joyita que nos regale Marina Fernández, porque si debuta con esta obra madura pese a emanar de quien no está sino en la génesis de su carrera, con el bastión de su saber hacer literario, con un estilo propio ya consolidado, le auguramos éxitos venideros y le deseamos el reconocimiento por editores, primero, y público.
Este último, no me cabe duda.

lunes, septiembre 12, 2011

Morir de libros, Miguel Ángel Mala

XIII Premio Tiflos de Novela. Castalia, Madrid, 2011. 256 pp. 14 €

Fernando Sánchez Calvo

Miguel Ángel Mala es un tipo curtido en el trabajo de escribir y en el de ganar premios literarios, cosas muy distintas que a veces van unidas (como es su caso) pero que en otras ocasiones no tiene por qué derivar la una de la otra y viceversa. Lo he visto un par de veces. Tres a lo sumo. La tercera, concretamente, ha sido en la Residencia de Estudiantes, en la entrega del Premio Tiflos de Novela 2011, galardón cada vez más prestigioso, promovido por la ONCE y publicado por Castalia en su colección Albatros, donde, al finalizar la velada, le pedí que me firmara Morir de libros. Miguel Ángel Mala cogió el libro, me miró (no sé si para inspirarse o para saber quién era), y con la vista pegada al papel, rubricó su nombre en mi ejemplar con las mismas ganas y obsesión que un genio escribe una obra maestra.
Obviamente, por estadística, Morir de libros no es una obra maestra (ni falta que hace), pero sí es una obsesiva novela hecha por y para reír que ha ganado la XIII edición del citado premio por derecho propio y porque, por encima de todo, cumple con un requisito: la gran coherencia que encierra a pesar de la disparatada aventura que se cuenta en ella. El mismo protagonista, en las líneas finales, contesta a su mujer que va a morir porque nada puede escapar a la lógica narrativa. Ya se anticipaba en el título (bien por la Crónica de una muerte anunciada), y, por lo tanto y por respeto, no tenía sentido hacer trampas al lector. Otra cosa de agradecer pues a la novela: que aparte de cerrada, no hace trampas. Con un narrador clásico en tercera persona, la herencia de los genios futuristas de la segunda mitad del siglo XX (Asimov, Dick) y una estructura lineal, es valiente cuando tiene que serlo y donde ha querido el autor: en el contenido.
Miguel Ocaña, político corrupto, cae una mañana cualquiera en el vicio más inesperado que se le presupone a alguien como él. En su zapato ha crecido un libro (hasta ahí todo normal), pero es que, encima, ese libro (Rebelión en la granja) esconde una historia que fascina a Miguel Ocaña (a partir de aquí la perversión). Desde entonces su vida dará un vuelco que le hará abandonar su flamante carrera profesional para dedicarse sólo a la lectura y a los peligros que esto entraña. Para empezar Miguel Ocaña, descubre que leyendo se piensa. Para seguir, Miguel Ocaña descubre que leyendo uno aprende a cuestionar lo que le rodea. Poco a poco, y con la ayuda de brillantes lecturas, nuestro protagonista irá formando un perfil de sí mismo que, lógicamente, no ayuda en nada a la sociedad: más bien molesta. Por eso, a estas alturas, Miguel Ocaña es considerado un criminal por las autoridades y comienza su camino a la perdición. Es además en el último tercio del libro donde el surrealismo incipiente de las primeras líneas deriva en una brillante y divertidísima locura de acciones, inventos, diálogos y vueltas de tuerca.
Para concluir, otro punto a destacar aparte de la fina ironía: el ritmo narrativo. Intrépido y agotador para el que coja esta historia entre sus manos, muchos de los personajes secundarios que arropan al protagonista parecen recién sacados de uno de los clásicos de Baroja: llegan, se presentan, hacen o dicen, desaparecen y no vuelven en lo que resta de la trama. Por una parte, no tenemos profundidad en los tipos (por eso son tipos), pero por otra ganamos en Miguel Ocaña, es decir, en el caso concreto de un individuo concreto que un buen día decidió dejar de ser corrupto, decidió dejar de ser político, decidió leer por leer, y la sociedad lo castigó por ello. Tiene lógica, e incluso gracia.