viernes, junio 17, 2011

El hombre del corazón negro, Ángela Vallvey

Destino, Barcelona, 2011. 541 pp. 20,50 €

Amadeo Cobas

Esta novela policíaca coral desenmascara los sucios negocios de las mafias de la antigua URSS.
Tiene una presentación larga y decorada para dar a conocer a cada uno de los participantes en la narración. Tiene demoradas las descripciones durante el nudo, y tiene un desenlace sin resquicio dejado al albur, sino con sellado firme de este cierre, sorpresa incluida, todos los protagonistas ubicados correctamente en el final de la obra.
Contiene un estudio muy importante de este mundillo opaco, en el que se principia a delinquir como método de supervivencia hasta metamorfosearse en un modo de vida imposible de abandonar. Al fin, dicen que para un mafioso de éstos es una deshonra trabajar…
Las distintas acciones de este libro transcurren en planos opuestos, con personajes diversos que trazan su vida sin saberse entrelazados a posteriori con los otros intervinientes en la obra. Por poner un ejemplo, una dura escena: cuando la indefensa joven llamada Polina se reencuentra con el bruto Kakus… y muchas páginas más allá lo que ocurre, para solaz y tristeza, según a cuál de ellos preguntásemos…
Destaca el detallismo paisajístico así exterior como interior. El primero porque la autora es exhaustiva en lo más grande al plantear las situaciones con enriquecedora información sobre países como Rusia, Moldavia, Polonia, Ucrania, Rumanía…; ídem en la descripción pequeña, donde desempeña una esmerada prolijidad para acercar, por ejemplo, las situaciones crudas, crudísimas por las que deambulan las pobres muchachas que huyen de la miseria de sus pueblos, en el Este, y vienen a la Europa pudiente para trabajar de niñeras o en la hostelería… ¡Incautas! Acaban convirtiéndose a su llegada en prostitutas hacinadas en cuartuchos, maltratadas por sus captores, endeudadas frente a sus extorsionadores hasta el fin de sus días, sin esperanza de salvación. Y aquí entra la segunda parte del detallismo: las introspecciones que realiza cada uno de los coprotagonistas en esta novela aportan una luz cenital que les hace respirar, con lo que el lector se siente implicado en su desgraciado sobrevivir. Y no sólo de la infausta suerte de las chicas eslavas, sino de la agente de policía, Sigrid Azadoras, que vertebra la estructura de la obra desde su génesis, anunciando una participación determinante en el devenir de los acontecimientos como así es, aunque su brillo no eclipsa ni merma la muy convincente intervención del resto del elenco.
Pormenoriza un tema muy de actualidad después de la catástrofe sucedida en Fukushima: la cercanía vívida de quien sufrió el desastre nuclear en primera persona (de hecho la novela es «En memoria de los liquidadores de Chernóbil»): «Cuando el reactor 4 de Chernóbil explotó, no supieron cómo volver a tapar la puerta que comunicaba con el infierno. Gorbachov no sabía qué hacer. Nadie tenía ni idea. Algo así jamás había ocurrido en el mundo. Nunca. Jamás. El infierno se abría paso a toda velocidad hacia la tierra, ¿quién podía detenerlo?»
Ángela Vallvey, que esgrime entre su mérito curricular ser ganadora del Premio Nadal y finalista del Premio Planeta, entre otros, posee una intensidad en la forma de narrar que tiene su culmen en el sabio pliegue de algunos capítulos, llamando al lector a proseguir, pleno de intriga, mordido por esa víbora llamada incertidumbre: ¿qué va a pasar ahora? Además, lo normal es que el capítulo consecutivo salte a otros protagonistas, a una acción distinta para colorear, para mejor engalanar de diversificación lo relatado ofreciendo puntos de vista variopintos destinados a converger para cimentar sólidamente el armazón literario. Siempre es un placer leer a esta escritora por su buen hacer en este oficio, por su meticulosidad y detallismo, por esa carpintería literaria tan bien provista, por su ingenio y su capacidad para imprimir vida a las escenas que describe, por sus delicados dejes poéticos (es una delicia la poesía destilada por su pluma, la ternura emanada de sus versos, se la recomiendo… disculpen esta dispersión, vuelvo a centrarme), por su lenguaje rico sin sobrecargar, escogida cada palabra en sazón para formular frases intemporales que no se mustien con el decurso del tiempo, desechada la vacuidad de relleno, aplicada la musicalidad del ritmo propicio: el frenesí de una acción vertiginosa concatenado con la calma subsiguiente vestida de una paz muy plástica; apoyados, cómo no, en la sabia conjunción de los períodos expositivos, un movimiento largo jamás asfixiante y otro corto que da nombre a la concreción y mitiga lo superfluo.
Se dice en la novela que «…el dinero es la luz del mundo, su antorcha». Sin ánimo de ser irreverente, convendrán conmigo que, en el mundo actual, no se espera la llegada de un mesías que ilumine nuestro camino con su prédica desde una perspectiva espiritual. Se aguarda el maná actualizado: el dinero. Ya sea con la forma de una quiniela o lotería primitiva premiadas, una sustanciosa herencia inesperada… o el acceso al capital ganado por medios ilícitos, uno de ellos explicado en esta novela (aunque todos sabemos que hay más).
A lo mejor estoy equivocado. Ojalá.
Siempre queda esperanza mientras existan personas que osen enfrentarse a lo establecido aplicando el diálogo y la razón…

jueves, junio 16, 2011

Fábula del archidiablo Belfagor, Nicolás Maquiavelo

Traducción y edición: José Abad. Traspiés, Granada, 2011. 81 pp. 10 €

Ángeles Prieto

Hete aquí que hoy, en un ejercicio de evidente masoquismo, me apetece elogiaros un texto impresentable, políticamente incorrecto, aquejado de marcada misoginia. Una anomalía absurda que además no tiene razón de ser, al provenir de uno de los filósofos más inteligentes de todas las épocas, el sagaz florentino Nicolás Maquiavelo, el mismo que soltó aquello de: “pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos”, estableciendo así el verdadero motivo de lo que sería el modus vivendi ideal de la Edad Moderna (siglos XVI al XVIII) y buena parte de la Contemporánea. Pero por supuesto, hablamos de unas ansias de figurar que caracterizan tanto a mujeres, como a hombres. Por lo que la maquiavélica identificación del afán ostentoso de éstas con el origen de todos los males, además supone una acusación bastante injusta.
Pero sucede también que amo los relatos breves, ligeros, escritos con desparpajo y desenvoltura, con total libertad, sin moralinas ni autocensuras, que además no cierran por completo el paso a la fantasía. Y me he topado aquí con uno de estos ejemplos interesantes y originales, en buena parte rompedores y adelantados a su tiempo, que rara vez jalonan la historia de la literatura haciéndola avanzar alejada de rígidos y eclesiásticos vericuetos, siempre impuestos.
Porque si partimos de la Metamorfosis de Ovidio y continuamos con el Asno de Oro de Apuleyo, llegaremos al crucial siglo XIII con dos figuras geniales y emblemáticas, afines a Maquiavelo, de las que cuales bebió este con fruición a fin de redactar esta original exempla o fábula archidiabólica. Me refiero por supuesto a Dante, con su Divina Comedia y su detallada descripción del burocrático infierno, que quedaría como modelo para toda la eternidad, y como no podía ser menos, también a Giovanni Bocaccio, en ese Decamerón donde hombres y mujeres celebran su canto a la vida, y contra la muerte, viéndose envueltos en notables enfrentamientos, bromas, burlas y enredos.
Tras ellos, encuadraríamos este cuento de Maquiavelo como un hito más dentro de una larga tradición, pues tendría continuidad temática en posteriores e importantes obras dramáticas. Primero, en comedias o tragicomedias que desarrollarán bien el tema de la uxorginia (horror a tomar esposa o aversión al casamiento), como en La fierecilla domada de Shakespeare o bien, siguiendo el no menos interesante asunto de los diablos mezclados en tratos humanos, encontraríamos El diablo cojuelo de Vélez de Guevara o El mágico prodigioso de Calderón. Y por supuesto, también en lo que consideraríamos tiempo después, novela. Empezando por El diablo enamorado del ilustrado Jacques Cazotte, pasando por el impresionante Fausto de Goethe y terminando con El maestro y Margarita de Bulgakov.
Y como no pienso revelar el argumento de tan interesante y original relato del florentino, ya sólo me quedaría la opción de recomendar su lectura no sólo a los alegres divorciados, libres ya del despotismo matrimonial, sino también a todo estudioso, amante de la literatura, que tomará así buena nota de que la historia de la literatura no es más que una continuada carrera de relevos. En cuanto a nosotras, pobres y vilipendiadas mujeres, nos quedará siempre el reconocimiento, aunque también la opción, de seguir otra máxima de Maquiavelo: Los hombres ofenden al que aman, nunca al que temen. Así que señoras, aplicaos el consejo.

miércoles, junio 15, 2011

Fiesta en una botella, John Collier

Trad. Daniel Gascón. Contraseña, Zaragoza, 2011. 193 páginas.

Care Santos

Cualquier lector puede pensar, viendo el nombre de John Collier en la cubierta de esta edición preciosa -como todas las del sello independiente aragonés Contraseña- que se trata de un autor que no conoce de nada. Error. La obra de John Collier (1901-1980) nos resulta mucho más familiar de lo que creemos. Es el autor del cuento en que se basó la película de Roger Corman The Little Shop of Horrors (traducida como La tienda de los horrores), de 1960, revisitada por Franz Oz en 1984. También es el autor de los guiones, y de los relatos en que se inspiraron, de un buen puñado de capítulos de dos de las series más míticas de la historia del terror y la ciencia ficción audiovisual: The Twiling Zone (La dimensión desconocida) y Alfred Hitchcock presents. Collier pertenece a esa generación de escritores de género que se dio a conocer a un amplísimo público a través de las revistas estadounidenses especializadas. En España se le ha traducido poco o casi nada, y aún se le considera un autor de segunda división, pero en Estados Unidos pertenece a una raigambre de escritores forjados en el mimo a un público que les pagó con una enorme devoción. Misma estirpe, por cierto, de la que salieron Richard Matheson o Fredrick Brown, por citar dos de los que comienzan a ser más conocidos para los lectores en castellano.
Fiesta en un botella nos ofrece ahora la oportunidad de solventar este desconocimiento. Para los amantes de las series antes mencionadas, debería ser una lectura obligatoria. No sólo por el aire de familiar ambientación que reconocerán en relatos como Volver por Navidad o De mortuis -dos de los cuentos que fueron adaptados a la pequeña pantalla- sino también por algunos hallazgos del género de terror al más puro estilo de los grandes, como el cuento Onagra, tal vez el mejor de la colección. En él, las familias más poderosas de una fantasmal Nueva York, venidas a menos tras el crack del 29, se han refiugiado en los grandes almacenes de la ciudad, para descubrir que allí impera un mundo feroz liderado por sus propias criaturas sombrías. El relato, así planteado, se convierte no sólo en una épica lucha por la supervivencia, también en una crítica a la sociedad contemporánea del autor, que tantos rasgos en común presenta con la nuestra, al más puro estilo Ray Bradbury o Philip K. Dick.
Estupendos son también los relatos Fiesta en una botella, que abre y da título al volumen, y El aperitivo. Ambos participan de una tenmática y una ambientación similares: el clásico almacén de las maravillas, donde un viejo con algo de brujo ofrece una mercancía maravillosa a sus visitantes -temática deudora, como señala bien Fernando Iwasaki en el prólogo- de Las mil y una noches, y ambos comparten también su mirada despiadada sobre el hombre moderno, demasiado ambicioso o demasiado cándido para entender lo que está ocurriendo a su alrededor.
Me gusta algo menos el Collier sarcástico. Sus relatos sobre venganzas familiares, tahúres profesionales o parejas de enamorados vencidos por la codicia hasta el asesinato me parecen menos eficaces, pero hay que reconocer que incluso en ellos, el autor no olvida jamás su papel de encantador de serpientes, y sabe servir a su público algunas pinceladas inolvidables, ya sea en forma de diálogos o de arranques sorprendentes. Contentar al público, entretener, ofrecer espectáculo... es algo que los autores estadounidenses de género siempre han tenido muy claro. Es el equivalente literario al axioma "el cliente siempre tiene la razón". Y a nadie le amarga que le mimen de vez en cuando.

* * *

Fernando Iwasaki llama la atención en el prólogo acerca de las versiones televisivas de pequeño formato que de los cuentos de Collier -y de otros muchos- realizó el actor argentino Alberto Laiseca. He aquí una de ellas, correspondiente al relato The Chaser (El perseguidor), traducido como El cazador en las ediciones argentinas -seguro que para evitar la coincidencia con el título cortazariano- y como El aperitivo (¿por qué?) en la española de Contraseña. Un modo adictivo de entrar en la literatura de un autor adictivo.


martes, junio 14, 2011

Destierro en Manhattan: Refugiados españoles en Norteamérica, Antonio Ruiz Vilaplana

Zimerman Ediciones, Granada, 2010. 221 pp. 14,96 €

José Gutiérrez Román

Hace poco tiempo nos hacíamos eco (y nos alegrábamos) de la reedición del mítico libro Doy fe de Antonio Ruiz Vilaplana. Esa alegría se ha multiplicado al conocer que por las mismas fechas había aparecido otro título suyo, hasta ahora inédito en España: Destierro en Manhattan, publicado en 1945 en México, y que hasta hoy no había vuelto a imprimirse. Hay que agradecer y felicitar a Zimerman Ediciones por recuperar obras tan valiosas como ésta dentro de su colección “Exiliados”.
Vilaplana, como muchos otros, se vio abocado al exilio tras finalizar la Guerra Civil. La escritura de Destierro en Manhattan comienza en 1945, justo cuando Vilaplana se dispone a dejar Estados Unidos y sus recuerdos aún están recientes. Es ese el momento elegido para hacer balance de lo que ha ganado y perdido durante ese lustro que ha pasado en Nueva York y para dar fe una vez más de los acontecimientos y personas que le han rodeado. Y siempre a través de una prosa eficaz y elegante, en la que confluyen la autobiografía novelada y el relato periodístico, ese género que de algún modo le empareja con Manuel Chaves Nogales, como se apunta en el prólogo.
En la primera parte del libro Vilaplana da cuenta de su trabajo como reportero para una importante agencia de noticias estadounidense. He aquí una radiografía de aquella sociedad y de su periodismo, por los que manifiesta admiración en ciertos aspectos e incomprensión en otros. Resulta especialmente interesante su análisis de la mujer norteamericana, el aislamiento social dentro de la gran urbe o ese modus vivendi mediatizado por la impronta del cine. En este sentido afirma: «Mi experiencia reporteril me ha convencido de que en Norteamérica no existen bien definidas y delimitadas las fronteras entre lo real y lo ficticio o perteneciente al séptimo arte». La magnificencia de la avanzada sociedad estadounidense no logra, sin embargo, borrar la añoranza que el autor siente por esos modos de vida patrios más imperfectos y con menos comodidades, pero mucho más humanos.
El resto del libro se detiene en las dramáticas historias personales de los expatriados (españoles principalmente) que va conociendo en Nueva York. Vilaplana pone la lupa de su escritura al servicio de aquellos menos afortunados, cuyas vidas transcurren entre la penuria y el abandono. Son los «sin papeles» de su tiempo. Esa lupa se centra de un modo particular en tres personajes: Alberto, un joven sensible y desorientado que no consigue abrirse paso en la gran urbe; Anselmo, humilde trabajador, con una hija a su cargo, que ejemplifica la bondad y el sacrificio; y por último, la figura más interesante, y a la que Vilaplana dedica más atención: Manuel Orozco, un hombre mayor, culto e inteligente, defensor de las ideas liberales, que no quiere renunciar a las prebendas de su pasada vida burguesa. Es él un personaje literario redondo: educado, cínico, atractivo y digno de compasión a un tiempo, y de cuya voz provienen algunas de las reflexiones más interesantes del libro. En una de ellas define así su condición de expatriados: «Eso es lo que nosotros todos somos: fuegos fatuos. Nadie sabe por qué existen, pero existen, aparecen y desaparecen. La gente los ve, pero huyen de ellos, no quieren su proximidad. Saben que hay tales fuegos fatuos, pero es algo dramático y misterioso que existe solamente en las noches, en las lejanías de los pueblos; no tienen existencia real, sino una vida de reflejo y alucinante. Esos somos los expatriados, fuegos fatuos». Sin duda, este fragmento es el que mejor resume la esencia del libro.
La figura de Antonio Ruiz Vilaplana sigue ejerciendo un poderoso y doble atractivo: por un lado está su gran talento como escritor, esa pericia para indagar en el momento histórico, los ambientes, las ciudades y en las personas que se mueven por ellas. Y por otra parte tenemos la fascinación que produce su propia vida, como si fuera el protagonista de una novela que permanece con nosotros una vez se ha cerrado el libro. Vilaplana se ha convertido en uno de esos fascinantes autores-personaje cuyo atractivo reside precisamente en esa unión indisociable de vida y obra. A fecha de edición del libro seguía sin saberse a ciencia cierta en qué otros países vivió después de su periplo norteamericano o dónde había muerto. Toda esta información se nos desveló por fortuna hace pocos días en la prensa, donde se recogía la visita a Burgos de sus dos hijos nacidos en Suiza. Ahora conocemos por fin algunos de estos datos biográficos antes velados, e incluso que hay un tercer libro de Vilaplana inédito. Estamos, pues, de enhorabuena. Todo ello debería servir para rehabilitar y reconocer la figura y la obra de Antonio Ruiz Vilaplana. Su vida y su brillante escritura, sin duda, lo merecen.

lunes, junio 13, 2011

Los fantasmas del Retiro, José Vicente Pascual

Paréntesis, Sevilla, 2011. pp. 532 pp. 17 €

Ángeles Prieto

En una visión de conjunto sobre la narrativa española actual, el lector bien informado mediante la red y los suplementos culturales, puede observar perfectamente como ésta parece avanzar mediante pelotones de ciclistas de manera compacta. O al menos es así cómo los autores son promocionados por unas leyes de mercado que impone colocar importantes figuras en primera línea, difícilmente sustituibles, seguido de un grueso conformado por los artífices esforzados del libro anual, muchos de los cuales más que avanzar, a veces retroceden. Y una cola trasera a la que suelen incorporarse figuras mediáticas populares, de corta vida literaria, aunque también pueden ascender al primer pelotón alguna pluma esforzada de otros grupos quejosos de no recibir la atención que merecen, como los especialistas del relato corto o algún poeta. Todo esto expuesto en líneas generales, pues en ocasiones nos sorprenden además algunos escapados, generalmente por la vía del humor o la confesión íntima, que generan asombro, diversión y el general aplauso. Pero la normalidad, lo previsible, la ayuda y el respeto mutuo entre los escritores españoles suele ser la tónica, lo que nos muestran. Al contrario de lo que ocurre en ese pelotón trasero de los cuentistas, mucho más bronco al sentirse menos mimados por el mercado, donde actualmente las antologías saturan los estantes y provocan diferencias entre ellos, con el efecto de desorientar muchísimo al lector sobre quiénes deben ser, o no, leídos.
Pero lejos de este panorama que conforman los agentes y las grandes editoriales, donde a pesar de las fanfarrias pocos son los que logran vender de manera masiva y mucho menos exportar, nos encontramos con algunas figuras literarias que a mí me producen cierto interés admirativo. Me refiero a los que generalmente no parecen utilizar las bicicletas promocionales de los agentes, ni pertenecen a ningún equipo en competición, los corredores de fondo que han logrado permanecer durante años en las pistas con una narrativa sólida, de estilo único, ajena a modas, y cuya principal representante quizá sea esa Ana María Matute genial que sólo al final ha logrado su gin tonic mayor del merecido reconocimiento. Aunque también podemos ver correr por ahí a algunos varones de respiración apasionada de los que sólo citaré, más que nada por falta de memoria, a tres: don Mauricio Wiesenthal, José Manuel Benítez Ariza y José Vicente Pascual.
Estos dos últimos autores han publicado recientemente en Paréntesis, una editorial andaluza en alza dispuesta a darnos a conocer voces nuevas y rescatar del olvido mediático a otras tantas. Y como en las librerías andaluzas, los libros siempre se ordenan y localizan por editoriales, observaremos que esta novela que nos ocupa, Los fantasmas del Retiro de José Vicente Pascual, es la que ostenta el lomo más grueso de todas ellas. Una larga novela de suspense sólida, de argumento verdadero pero inverosímil, que intenta acercarnos a la postguerra madrileña en los años cincuenta, con el aliciente literario de presentárnosla de manera mucho más original y disparatada de lo que hemos venido leyendo hasta ahora.
Porque en ella, un personaje político anacrónico de la Transición, Silvano Cervera, nos rememora su juventud estudiantil en ese Madrid de antaño al que le costaba tanto levantar cabeza, con aquella Brigada político social controlándolo todo. O casi todo. Y es a partir de este casi, donde arranca la astronómica historia de Silvano y la trama singular y compleja de esta novela, que mucho nos guardaríamos de desvelar en esta reseña.
Una buena opción para acercarnos a la obra de José Vicente Pascual, que supone darnos de bruces con un autor prolífico y constante, un auténtico corredor de fondo literario, caracterizado por sus metáforas siempre originales, tantas veces castizas, donde prima el buen humor, un seguro optimismo hacia la vida y una mirada bastante aguda. Y una oportunidad para no quedarse ahí y conocer después su considerable obra narrativa, porque en ella no hay que perderse, so pena de perder momentos gloriosos de lectura, la exitosa novela histórica Juan Latino (1998), otra reflexión sobre la postguerra muy diferente a ésta y muy aplaudida por la crítica, El país de Abel (2002) y el homenaje al tango que efectúa en la conmovedora Palermo del cuchillo (1995). Sólo así comprenderemos porqué merece la pena editar siempre y cuidar con mimo, a los que avanzan aparte, a los auténticos y esforzados rara avis de nuestra farándula literaria.